Tabarnia revisitada

Mapa de TabarniaLo de Tabarnia va tan deprisa que dificulta una reflexión mínimamente reposada. En la entrada anterior del blog, desde la simpatía, expresé mis dudas de que la nueva comunidad autónoma fuera factible o siquiera deseable, “salvo como mal menor ante una improbable secesión de Cataluña o una eternización del procés.” Sé que rectificar a los tres días no ayudará a mi credibilidad, pero la lectura del lúcido artículo de Aurora Nacarino-Brabo, “Tabarnia, una broma muy seria”, me ha hecho reconsiderar el tema.

Ya no creo que Tabarnia sea algo así como un bote salvavidas para quienes queremos permanecer dentro de España. En realidad, Tabarnia vendría a ser lo más parecido a la puta solución del viejo problema catalán, con perdón. O si se quiere exprimir la metáfora naval, un torpedo en la línea de flotación del secesionismo nacionalista. (A distinguir del secesionismo autonomista tabarnés.)

Divídase Cataluña, en base al “derecho a decidir” tan reverenciado por los nacionalistas, en dos comunidades autónomas muy desiguales en demografía y riqueza, de tal manera que en la rica y poblada los nacionalistas no alcancen la mayoría absoluta parlamentaria, mientras que la otra sea tan esmirriada, demográfica y económicamente, que aunque allí gobiernen cómodamente, se les quiten las ganas de proclamar la república independiente de mi casa. Y así por décadas, probablemente siglos. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes?

En cuanto a la viabilidad del proyecto, si es que queremos pasar del nivel de broma gamberra, es inexcusable responder cuanto antes a una pregunta muy simple: ¿Cuál debe ser el territorio de la autonomía de Tabarnia? ¿Debe incluir, además por supuesto de la metrópoli barcelonesa, la parte más urbanizada de la provincia de Tarragona, como implica el exitoso nuevo topónimo? ¿O bien, como aseguran algunos, la Constitución no admite tal cosa, y hay que centrarse pragmáticamente sólo en la provincia de Barcelona?

La carta magna establece en sus artículos 143 y 144 que pueden constituirse en autonomías (aparte de las islas, y de las ciudades Ceuta y Melilla) los territorios que cumplan las siguientes condiciones:

  • “Provincias limítrofes con características históricas, culturales y económicas comunes”.
  • “Provincias con entidad regional histórica”.
  • [Con autorización de las Cortes, aquel ámbito territorial que] “no supere el de una provincia y no reúna las condiciones del apartado 1 del artículo 143.” [Es decir, aunque carezca de “entidad regional histórica”.]

Del texto constitucional se desprende claramente que, en principio, no puede establecerse una comunidad autónoma fuera de la división provincial establecida. Para que Tabarnia se constituya como autonomía sería imprescindible, por tanto, crear previamente una nueva provincia que uniera parte de las actuales Barcelona y Tarragona, mediante una ley orgánica, tal como prevé el artículo 141 de la Constitución.

Otra posibilidad, antes apuntada, y defendida por algunos, es que nos olvidemos de la simpática Tabarnia y nos centremos en conseguir la comunidad autónoma de Barcelona, lo que no requiere alterar los límites provinciales.

Sin embargo, esta opción presenta un arduo problema, y es que según el artículo 143.2 de la Constitución, para la constitución de una nueva comunidad autónoma se requiere la iniciativa de las Diputaciones y de dos tercios de los municipios de cada provincia. Lo cual sería prácticamente impensable en nuestro caso porque, aunque la mayoría de la población de la provincia barcelonesa no sea nacionalista, sí lo es con toda probabilidad la mayoría de los trescientos y pico municipios que la integran, la cual suele además determinar el control de la Diputación.

Así que, de todos modos, si se quisieran constituir como comunidad autónoma sólo las comarcas más urbanizadas de la provincia de Barcelona, no habría más remedio que alterar los límites provinciales mediante ley orgánica, con el fin de sacudirse los municipios nacionalistas (por decirlo sin tapujos), obviamente contrarios a una nueva comunidad autónoma que los dejaría fuera de juego. Siendo esto así, el argumento pragmático-legal en favor de una Barcelona autónoma sin Tarragona se desvanece en gran medida, porque en cualquier caso se requiere la creación previa de una nueva provincia.

No hace falta decir que la comunidad autónoma de Tabarnia, sumando el área urbana de Tarragona-Reus como mínimo, cumpliría aún mejor el objetivo de jugársela al nacionalismo que la versión restringida a sólo unos municipios de Barcelona, aunque concentren por sí solos la mayor parte de la población y la riqueza catalanas. A lo cual hay que añadir el efecto movilizador que ha demostrado el nuevo topónimo.

Pero la condición de dos tercios de municipios de la provincia a los que se refiere el artículo 143 nos lleva no sólo a justificar con más fundamento el territorio de Tabarnia; nos señala también cuál debe ser el procedimiento a seguir. Por resumirlo en tres palabras: Primero, la provincia. Dicho con toda claridad, sería un completo error iniciar el procedimiento constitucional sin antes reivindicar que las Cortes aprobaran la modificación provincial. Porque si la iniciativa autonómica fracasa (lo que con la actual división provincial es inevitable, dado el predominio de municipios independentistas) no podrá repetirse hasta pasados cinco años (art. 143.3), salvo que se obtenga una mayoría de 3/4 de municipios a favor (art. 151), lo cual es aún más difícil, evidentemente.

La buena noticia, pues, es que Tabarnia es viable constitucionalmente. La mala, que sigue siendo un procedimiento políticamente muy difícil. Pero con la movilización democrática todo es posible, incluso que la partidocracia se mueva. Después de todo, ¿quién iba a decirnos que la solución podría hallarse no en el famoso 155, sino en el anodino 141, que se ocupa de las provincias?

Un último apunte. La reivindicación de la quinta provincia catalana (que irónicamente coincidiría con un viejo anhelo de las comarcas del Ebro, al separarlas del resto de la provincia tarraconense) implica lógicamente también revisar la distribución de escaños por circunscripción, al añadirse una más. Hasta ahora, los nacionalistas se han sentido muy cómodos con un sistema electoral que les favorece, porque les aporta más escaños de los que les corresponden proporcionalmente. Pero si aman tanto a Cataluña como dicen, deberían ceder en esto, y así a lo mejor no nos veríamos obligados a crear la autonomía de Tabarnia. (Tot sigui per la unitat de la pàtria.) Acaso bastaría de momento con crear, a modo disuasorio, la provincia de Tabarnia.

[Nota del 1/01/2018: Para la creación de la autonomía de Tabarnia se requiere reformar el Estatut, al menos los artículos 9 y 10, que fijan el territorio y la capital de Cataluña. Se trata aparentemente de un obstáculo fatal para el proyecto tabarnés, mientras los nacionalistas tengan mayoría parlamentaria. Pero instaurar una república catalana implica superar el Estatut. Y no se puede apelar a dos de sus artículos y saltarse los doscientos y pico restantes. De nuevo, el nacionalismo tiene que elegir: secesión a costa de romper Cataluña o seguir dentro de España para mantener la unidad de Cataluña.]

 

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Tabarnia: una broma de verdad

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No recuerdo cuándo leí por primera vez la palabra Tabarnia. Confieso que hace sólo dos días que le he prestado suficiente atención para tratar de averiguar algo más sobre su significado. Tabarnia es un nombre inventado, como Eriador (o como Euskadi) pero a diferencia del salido de la pluma de Tolkien designa un territorio real. Aunque no parece haber un acuerdo definitivo sobre sus límites, en la versión más amplia que he encontrado Tabarnia abarcaría (véase mapa) desde el municipio de Vandellòs en la costa de Tarragona hasta el pueblo gerundense de Tossa de Mar, ya en el límite con el Bajo Ampurdán, pasando por la capital tarraconense y buena parte de la provincia de Barcelona, incluyendo por supuesto la metrópoli, y adentrándose hasta Santpedor, el pueblo natal de Pep Guardiola (què li sembla, míster?) situado a escasos setenta kilómetros de la costa.

El elemento definidor de este territorio no sería otro que el rechazo al secesionismo catalán. La Plataforma por la Autonomía de Barcelona (PAB) tiene como objetivo formal separar a Tabarnia de Cataluña, convirtiéndola en otra comunidad autónoma de España. Todo el asunto no deja de ser una parodia demoledora del independentismo, como se puede comprobar por esta somera enumeración:

  • Tabarnia tiene su propia bandera, resultado de fusionar las de Barcelona y Tarragona. (Ver abajo.)
  • Sus impulsores han creado el eslogan Barcelona is Not Catalonia.
  • Proponen un referéndum de autonomía en 2019. “Esto va de democracia”, afirman.
  • Se quejan de que “Cataluña nos expolia. Barcelona aporta un 28 % más de lo que recibe.”.
  • Imaginan que los tabarneses vivirán mucho mejor si consiguen separarse de Cataluña.
  • Esgrimen argumentos históricos basándose en la antigua soberanía condal.
  • Buscan paralelismos de sus reivindicaciones territoriales en otros lugares (señalando por ejemplo que Madrid, La Rioja o Cantabria se constituyeron en comunidades autónomas, separadas de las dos Castillas).
  • Denuncian una supuesta barcelofobia de la Cataluña profunda contra los pixapins o camacus.
  • Etc.

(Nota: en el campo catalán se conocen diversas maneras despectivas de referirse a los barceloneses. Una sería pixapins -“meapinos”- en alusión a los groseros modales miccionales de cierto turismo invasivo, de origen capitalino. La otra es una burlona exageración de la pronunciación barcelonesa de la expresión Què maco! –“¡Qué bonito!”- habitual en labios del típico visitante urbano, ávido de pintoresquismos.)

La moraleja es obvia: donde las dan las toman. ¿Cataluña quiere separarse de España? Pues que no se queje si Barcelona, Tarragona o el Valle de Arán toman ejemplo y se plantean a su vez separarse del Principado. Sin rehuir una potente ironía servida en frío, que vuelve contra los secesionistas sus propios argumentos, los organizadores de la PAB parecen ir en serio. Se basan en los artículos 143 y 144 de la Constitución, que establecen las condiciones para la creación de una comunidad autónoma. Pero sobre todo, parten del hecho innegable de la existencia de dos Cataluñas: la nacionalista, rural, monolingüe y cerrada en sí misma, frente a la cosmopolita, urbana y bilingüe, que se encuentra perfectamente cómoda en España y en Europa. Apoyándose en sondeos y resultados electorales, los autonomistas de Tabarnia sostienen que ambas Cataluñas tienen un reflejo territorial innegable. Simplificando, el litoral urbano frente al interior rural.

Por supuesto, el proyecto de Tabarnia puede incurrir en vicios similares a los del secesionismo catalán, el principal de los cuales quizás sería hablar en nombre de una sociedad uniforme que no existe. En Tabarnia, aunque en menor proporción que en el resto de Cataluña, hay también muchos nacionalistas catalanes; tantos que, sin ellos, los partidos independentistas no habrían conseguido ni de lejos los resultados de las pasadas elecciones. Como he tratado de expresar en mi anterior entrada, la reducción del nacionalismo a un fenómeno de paletos de pueblo es una caricatura en la que no encaja objetivamente la mayoría de independentistas.

Es aún aventurado asegurar que la autonomía de Tabarnia sea políticamente realizable; ni tan siquiera que sea deseable, salvo como mal menor ante una improbable secesión de Cataluña o una eternización del procés. A mí personalmente me sobran las diecisiete autonomías (simpatizaría con una descentralización en el nivel municipal, no regional), así que teóricamente no debería ser partidario de una decimoctava. Sin embargo, a los impulsores de Tabarnia hay que reconocerles que, poniendo literalmente en el mapa la innegable división de la sociedad catalana, le prestan una visibilidad seductora a la parte de ella que durante cuarenta años ha venido siendo más ignorada y despreciada. Los llamados xarnegos o, más pérfidamente si cabe, “colonos”, ahora son -somos- tabarneses. ¡Un respeto! El mero planteamiento de una comunidad autónoma de Tabarnia ya implica responder a los nacionalistas donde más les duele y con sus mismas armas dialécticas, reforzadas con aquella de la que más carecen: el sentido del humor.

Bandera de Tabarnia

Para más información, lean esta entrevista a Carla Arrufat publicada en ElMagacín.com. El mapa de arriba procede del mismo sitio.

Hay otra plataforma que defiende la autonomía de Barcelona sin utilizar el topónimo Tabarnia, aunque tampoco parece rechazarlo. Se llama BCN Via Fora.

 

Reflexiones tras el 21-D

La victoria del separatismo en Cataluña el pasado 21 de diciembre es un desastre no por anunciado menos doloroso. Los 70 diputados de Junts per Catalunya, ERC y la CUP lo tienen todo a su favor para prolongar el maldito procés durante no sabemos cuánto tiempo, con las graves consecuencias que hasta los más tontos del lugar ya pueden extrapolar a partir de la simple experiencia de los últimos meses: continuación de la hemorragia de empresas, descenso de las inversiones y de las ventas, aumento del paro y, en definitiva, dificultades económicas para muchas personas. Además del deterioro inevitable de la convivencia y sin olvidar la tortura psicológica nada despreciable de tener que escuchar todos los días el trillado repertorio de sandeces hispanófobas del megalomaníaco Puigdemont y otros orates, las cursilerías sobre la futura república donde manará leche y miel de las fuentes y las cínicas apelaciones al “diálogo sin condiciones”, salvo las que ellos digan.

La meritoria victoria electoral de la candidata de Ciudadanos, Inés Arrimadas, apenas consigue arrojar alguna luz sobre este sombrío cuadro. Es verdad que a la larga supone una esperanza, incluso para los que estamos lejos del liberal-progresismo de la formación naranja. Que uno de cada cuatro votantes se haya decantado por esta catalana de origen andaluz; que en poblaciones como Tarragona haya alcanzado el 35 % de los votos y en algunas otras lo haya superado; que se haya desenmascarado la gran patraña de quienes se erigen en únicos representantes de un poble català monolítico, todo ello es algo que debe reconocerse y valorarse. El discurso asustaviejas de Xavier Domènech, pintando a Arrimadas como un engendro de Aznar y el IBEX-35, diablos laicos del papanatismo progre, no sólo no ha impedido que Ciudadanos ganara las elecciones, sino que tampoco ha evitado que el colau-podemismo perdiera tres diputados respecto a la penúltima edición (Catalunya sí que es pot) de lo que en tiempos menos eufemísticos llamábamos comunistas.

Pero las cosas como son: en el corto plazo, los diputados de Ciudadanos más los del PSC y el PP no nos sirven para desactivar el maldito y mil veces maldito procés, que era lo realmente urgente. La secesión ha sido impedida por la acción del gobierno central (aunque en el tiempo de descuento y como forzada por la Corona y la sociedad civil) y de la Justicia, gracias a las querellas de Vox y del malogrado fiscal José Manuel Maza. Pero aunque la secesión se haya neutralizado, lo que realmente está haciendo daño es el procés. Y éste, por desgracia, sigue vivo.

Importa mucho entender bien qué es el procesismo. Por lo pronto, evitemos los diagnósticos apresurados o perezosos. Sostener que el independentismo es un fenómeno de locura colectiva es un recurso facilón, válido no más allá de conversaciones de ascensor. Como ha argumentado Adolf Tobeña en su brillante ensayo La pasión secesionista, los independentistas no están locos, aunque es evidente que tampoco actúan racionalmente. Su conducta puede entenderse a la luz de los datos más recientes de la psicobiología, que nos indican que estaría anclada en aspectos profundos de nuestra naturaleza genética y neuronal.

¿Significa esto que el nacionalismo secesionista es un fenómeno de carácter atávico, algo por tanto “antiguo” (en el sentido coloquial que le gustaba utilizar a Zapatero) o, por ser más precisos, preilustrado? No corramos tanto. Es una tentación rutinaria del grueso de los intelectuales caracterizar lo que no les gusta como refractario a la modernidad, que por lo visto sería el sumo bien. De ahí interpretaciones como una reciente de Mario Vargas Llosa, que tachaba a la ultraizquierdista CUP de reaccionaria y “tradicionalista”. Ocurrencia enmarcable dentro de esos análisis, más o menos superficiales, que insisten en disociar o disculpar a la izquierda y al progresismo del nacionalismo, en flagrante contradicción con la existencia de partidos como ERC, fundada hace más de ochenta años. Otra variante de esta caracterización, que sin ir más lejos abonaba Salvador Sostres ayer en el ABC, trata de identificar el nacionalismo con lo rural/tradicional, en oposición a lo urbano/moderno.

Ciertamente, el nacionalismo se hace fuerte en los pueblos pequeños, donde todo el mundo se conoce y la discrepancia adquiere rasgos de heroísmo. Salta a la vista, sólo con contar las banderas españolas que han florecido por doquier en las grandes poblaciones catalanas y las (inexistentes) que contemplamos en cualquier rincón de la Cataluña profunda, asfixiantemente forrada de cubanas, pancartas republicanas y lazos amarillos a favor de los “presos políticos”. Pero aun así, y a pesar de la ley electoral que infrarrepresenta a la provincia de Barcelona respecto a las otras tres, la gran mayoría de votos y diputados los siguen obteniendo los nacionalistas en la más poblada y urbanizada, con diferencia, de las cuatro circunscripciones catalanas. Sin una aportación elevada de voto urbano, los nacionalistas jamás podrían haber soñado con gobernar, porque la mayoría de los catalanes apenas vemos un tractor salvo cuando practicamos turismo rural.

La letanía de que la izquierda y el nacionalismo son incompatibles aún es más discutible. Hay un dato muy revelador, pero que está pasando desapercibido, debido a que ERC ha sido superada en votos por la formación del expresidente fugado Puigdemont. Esquerra Republicana de Catalunya ha obtenido, de largo, el mejor resultado absoluto de su historia, bastante más de novecientos mil votos. Lo máximo que había logrado con anterioridad fueron 544.000 papeletas en 2003. En 2012 quedó por debajo del medio millón. (Sólo Francesc Macià alcanzó en 1932 un porcentaje electoral muy superior, aunque con menos de 270.000 votos.) Por el contrario, Junts per Catalunya, pese a su ligera ventaja sobre el partido liderado por Oriol Junqueras, ha cosechado como sucesora de Convergència uno de los resultados más discretos de su historia.

¿Qué quiero decir con esto? Pues que la emergencia del independentismo rupturista es ininteligible sin tener en cuenta el ascenso de un partido de izquierdas como ERC (que ya protagonizó un golpe secesionista en 1934) y también sin la ultraizquierdista CUP. La propia radicalización de CDC y de la posconvergencia, en los últimos años, obedece a un intento de no dejarse arrebatar el espacio nacionalista por Esquerra, su más íntimo rival electoral, así como de asegurarse el apoyo parlamentario de la CUP. Dicho de otro modo, el motor del procés reside en la izquierda. El golpismo revolucionario, la agitación callejera, la hipertrofia del democratismo asambleario, el desprecio de la legalidad, son elementos consustanciales de una izquierda que por lo demás lleva cuarenta años llamando facha a quien luce los colores de la bandera constitucional, y no sólo en Cataluña. Quien no vea las sinergias de la visión victimocéntrica de la historia y de la sociedad que sostienen los progres y los nacionalistas, seguramente es porque le resulta incómodo reconocerlo.

¿En qué quedamos entonces? ¿El nacionalismo tiene una base psicobiológica y por tanto tan antigua como la humanidad, tal como sostiene el profesor Tobeña, y es por tanto en cierto modo una rémora, un peso muerto que arrastramos como especie? ¿O por el contrario está más bien relacionado con movimientos de emancipación como el socialismo o el feminismo? En cierto sentido, ambas cosas son verdad.

Que el nacionalismo, más allá de sus formulaciones decimonónicas, apela a sustratos paleolíticos de nuestro cerebro, cuenta con fuerte evidencia empírica. Lo cuestionable es la antítesis de trazo grueso entre “antigüedad” y modernidad en la que algunos pretenden encajonar todos los fenómenos sociopolíticos; también éste. Lo que llamamos modernidad podría definirse como la pretensión de que el hombre se convierta en dueño absoluto de su propio destino, desdeñando a Dios y al pasado. Ahora bien, el proyecto moderno es, paradójicamente, tan antiguo al menos como la Torre de Babel. No sugiero que la modernidad, en sentido meramente cronológico, tenga que acabar necesariamente como el episodio bíblico (aunque tampoco me sorprendería) ni mucho menos que no debamos congratularnos de los auténticos logros humanos y sociales de los últimos siglos. Sí sostengo que convertir la crítica a los nacionalismos en un pretexto para ajustar cuentas con otros (la derecha, el “populismo” o incluso Trump: análisis oportunistas de este jaez hemos leído), además de ineficaz, a menudo sólo sirve para reforzar las falacias y los mitos que alimentan al propio nacionalismo. Si para combatir a los secesionistas lo peor que se nos ocurre decir de ellos es que son reaccionarios y de derechas, entrando en el estúpido juego de “facha el último”, ya les hemos concedido su principal ventaja, erigida sobre una burda caricatura de la España negra con la que cualquiera desearía romper.

Progresista tu padre

A modo de introducción, sirva lo que de momento es una anécdota entre tantas: el hombre del chavismo en España, Pablo Iglesias, fiel a su estilo de hablar como si fuera ya el presidente de la república, ha anunciado para el año que viene una “Ley del Cambio Climático” que, entre otras cosas, pretende “acabar con el primo de Rajoy y los científicos que lo negaban”.

Traduciendo su lenguaje pérfido y taimado de leninista con piel de cordero, se trataría de prohibir la disensión en una materia que debería ser, como cualquier otra, objeto de debate absolutamente libre, especialmente en el ámbito científico. Pero esta pulsión totalitaria no es una novedad, ni tampoco exclusiva del personaje, ni mucho menos. Se suma a los intentos innumerables, en todo el mundo, de acallar cualquier opinión discrepante sobre el cambio climático, la ideología de género y el multiculturalismo, y en nuestro país a los esfuerzos amparados por la Ley de Memoria Histórica para imponer una visión oficial acerca de la segunda república, la guerra civil y el franquismo. En suma, el objetivo es establecer un pensamiento único progresista del cual sea legalmente imposible apartarse, o por lo menos muy costoso en términos personales.

Quien esto escribe declara que no está dispuesto a dejarse imponer ningún pensamiento progresista oficial. Lo diré con toda claridad: no soy progresista. O si alguien desea mayor precisión, estoy en contra de muchas cosas que los progresistas dicen que son “progreso”. ¿Quieren que les diga qué es el progreso para mí?

Para mí sería un progreso que descendiera drásticamente el número de abortos e incluso –puestos a pedir– que haya más nacimientos que defunciones, más cunas que ataúdes. Ya sé que esto es anatema para el ecologismo milenarista, que el ser humano es una plaga para el planeta Tierra y que lo mejor que podríamos hacer es extinguirnos. Y sé también que la maternidad es para el neofeminismo una rémora en el camino de la igualdad absoluta, algo que en el mejor de los casos debe quedar relegado al estatus de una opción vital entre muchas otras, no más loable que comprarse un perro. Pero yo me niego a llamar progreso al triunfo de la muerte.

Para mí sería progreso que hubiera cada vez menos rupturas familiares, que los niños crecieran generalmente con su madre y con su padre biológicos, y que en la mayoría de casos estos llegaran a la vejez disfrutando juntos de sus nietos. Sé que esto es para algunos una ofensa a los “otros modelos de familia”, y que ya se empiezan a poner bajo sospecha, e incluso a proscribir, las palabras padre y madre. Sé que el mundo actual coloca en la cima de los valores la búsqueda de una felicidad narcisista y sensual, en contraposición a conceptos como castidad, matrimonio y familia, los cuales son ridiculizados como dogmas del heteropatriarcado ultracatólico opresor y fascista (añádanse todos los epítetos que se quiera). Pero yo no admito que acabar con la familia, tal como se ha entendido durante miles de años, sea un progreso.

Para mí sería un progreso que cada vez más personas escaparan de la pobreza, gracias al trabajo dignificador, al esfuerzo, al talento. No que cada vez haya más gente dependiente de una subvención o ayuda estatal, no que cada vez haya más gente con títulos educativos desvalorizados, por culpa de un sistema de enseñanza que sustituye la transmisión de conocimientos y la tradición humanista por un igualitarismo uniformizador y un adanismo bárbaro, cuando no por el odio al cristianismo, a España y a Occidente. Sé que esto será tachado de neoliberal, de franquista, eurocéntrico y qué sé yo más por los que han prostituido palabras como “igualdad”, “libertad” o “educación”, convirtiéndolas en verdaderos diques contra cualquier cambio de mentalidad que nos haga realmente más libres y más prósperos. Pero para mí no es un progreso seguir fabricando dependientes de papá Estado y analfabetos funcionales.

Para mí sería un progreso que disminuyera el número de individuos, al menos en Europa, cuyas creencias les dicen que es bueno o al menos justificable en determinados casos matar “infieles”, pegar a la esposa, agredir o incluso violar a mujeres que no adoptan la indumentaria islámica, e imponer en general sus preceptos religiosos a toda la sociedad, incluso aunque sean una minoría dentro de ella. Ya sé que algunos tacharán estas afirmaciones de islamófobas e intolerantes. (Los musulmanes y sus defensores dando lecciones de tolerancia: ¡curioso espectáculo!) Pero qué quieren que les diga, para mí no es ningún progreso que haya barrios enteros en Europa donde las mujeres no se atreven a salir a la calle de modo distinto a como supuestamente lo ordenó un profeta del siglo VII.

Para mí sería un progreso, en fin, que en mi país, España, la lengua común fuera valorada y respetada en todas las regiones, que sirviera para unirnos más, para facilitar el comercio y los negocios, la libre circulación de personas, el florecimiento cultural… Ya sé que esto es inaceptable para los fanáticos que en Cataluña, País Vasco, Galicia y otras partes sólo buscan diferenciarse del resto, levantar barreras, rumiar interminables letanías de agravios y en definitiva cargarse una nación de quinientos años. Sé que ellos ven en la cultura española común un enemigo de las culturas regionales, al cual culpan de que estas sean minoritarias. Esto, por cierto, es tan ridículo como si los bajos culparan a los altos de su menor estatura. Se trata, aunque suene paradójico, de una derivada más de la idolatría igualitarista.

Muchos creen asestarle la mayor crítica a los nacionalismos cuando niegan que sean compatibles con el pensamiento progresista. Por todo lo dicho hasta ahora, se comprenderá que a mí esta crítica me parece especialmente ingenua. Lo que pienso es que buena parte de lo que se ha dado en llamar progresismo es muy poco compatible con el progreso. En este sentido, los nacionalismos irredentos no son más que subgéneros del progresismo deformado y deformante que lo pringa todo. Pero por supuesto, yo no creo que oponerse a las cosas que nos unen sea progreso.

No obstante, nada está más lejos de mi intención que disputar el término progresista, reivindicar algo así como el verdadero progresismo. Le regalo gustosamente la etiqueta “progresista” a quien la quiera. Me importan mucho más los principios que las palabras. Por mí, pueden continuar llamando progresistas a actores multimillonarios de Hollywood, a presentadores de telebasura y a terroristas de la ETA reciclados en “hombres de paz”. No pienso correr el más mínimo riesgo de que me relacionen lejanamente con alguno de estos personajes, por una mera cuestión de vocabulario. Así que llámenme facha, machista, islamófobo, lo que se les ocurra; pero si de verdad quieren insultarme, llámenme progresista.

Lo que hay de verdadero y falso en el NOM

Tras la caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética, Bush padre acostumbraba a emplear la expresión “Nuevo Orden Mundial”, que podía entenderse, florituras aparte, como un nuevo statu quo en que los Estados Unidos ostentaban en solitario la hegemonía mundial. Los progresistas no tardaron en apropiarse de la expresión, confiriéndole un sentido siniestro y vagamente conspirativo, a fin de usarla como arma arrojadiza contra el presidente norteamericano. Como es sabido, todo presidente de los Estados Unidos perteneciente al Partido Republicano es automáticamente catalogado como una suerte de Satanás, si bien disfrazado de vaquero paleto, responsable de prácticamente todas las guerras y calamidades que suceden en el planeta. El fenómeno de la histeria antiTrump no es enteramente nuevo, ni mucho menos, como sabe cualquiera que no haya nacido hace menos de dos o tres décadas.

Ahora bien, de un tiempo a esta parte, “Nuevo Orden Mundial”, frecuentemente abreviado como NOM (lo que le presta una apariencia de realidad objetiva y concreta, ni que habláramos de algo tan real como la ONU o la OTAN), ha sido adoptado por algunos autores de derechas y las miríadas de sus seguidores en las redes sociales. Se trata de un caso análogo a esa otra expresión que era el “pensamiento único”, surgida también en los noventa en los medios izquierdistas para referirse a un supuesto predominio de la ideología “neoliberal”. Que entrecomillo porque nunca he visto a nadie definirse como tal, de lo cual dedúcese que es un término que esgrimen sólo los enemigos del mercado libre con fines despectivos. Pues bien, también la expresión “pensamiento único” se ha pasado al campo derechista, en el cual designa a esta religión laica que amalgama la charlatanería de “género”, el multiculturalismo y el ecologismo milenarista, y que en este caso sí que puede justamente caracterizarse como dominante en los medios de comunicación, en las instituciones supranacionales, en los gobiernos y en la academia.

Pero el acrónimo NOM no es simplemente una palabra que un bando ideológico ha sabido reclutar con hábil oportunismo para sus fuerzas dialécticas. En el uso que hacen de ella algunos de los autores de derechas a los que aludía se han deslizado connotaciones y algo más que connotaciones de tipo antisemita (ellos dirán “antisionista”) y anticapitalista (ellos dirán antiglobalización o antieconomía “especulativa”) que son extrañas al pensamiento liberal-conservador clásico. En la teoría del NOM han recalado viejos delirios esotéricos del estilo de los Protocolos de los Sabios de Sión y similares, que en lugar de someter a la Ilustración a la crítica inteligente que merece, se convierten en un remedo de la caricatura oscurantista que los propios ilustrados se habían fabricado a modo de contrincante fácil.

Varias son las causas de esta deriva, algunas fundadas en hechos objetivos y otras no. Por ejemplo, es un hecho objetivo que las instituciones que promueven la ideología de género-LGTB y el multiculturalismo son al mismo tiempo, por lo general, defensoras (aunque no siempre coherentemente) del libre comercio internacional y la globalización. Pensemos en las pretensiones de los dirigentes de la Unión Europea de seguir laminando las soberanías nacionales, no sólo en el orden económico sino en el político y cultural, como se aprecia por las severas críticas y amenazas disciplinarias a los países del Este que no se pliegan al discurso multiculturalista ni de “género”.

Otro ejemplo, enmarcado en la influencia de los judíos en Washington, nos lo ofrece que un poderoso defensor de la globalización progresista sea el multimillonario judío George Soros. También es un hecho innegable, aunque de importancia difícil de calibrar, la actividad de la masonería, entre cuyos miembros se encuentran numerosos dirigentes políticos.

Sin embargo, el salto de esos hechos a la teoría conspirativa del NOM supone incurrir en una falacia lógica muy burda pero muy extendida, tanto entre la izquierda como la derecha. Es la misma falacia que se comete cuando, a partir de hechos innegables como que algunos hombres maltratan a sus parejas o exparejas del sexo opuesto, se construye toda una teoría paranoica y seudofreudiana sobre el patriarcado opresor y omnipresente, que actúa discriminando a la mujer en todos los órdenes y grados, desde los mil y un ejemplos de “sexismo” y “micromachismos” hasta el asesinato de mujeres, como si existiera una especie de continuum conceptual desde los vestidos rosas para niñas hasta la crónica negra de sucesos.

Reconocemos el mismo razonamiento defectuoso en el asunto que nos ocupa. Sobre hechos como que algunos dirigentes y autores progresistas mezclan aviesamente la libre circulación de personas y de mercancías con ideas contrarias a las identidades nacionales, las tradiciones y al cristianismo (por ejemplo, apoyando la entrada masiva de inmigrantes musulmanes en Europa como una supuesta necesidad del mercado laboral), y que algunos líderes y conspicuas figuras del progresismo mundialista son judíos, masones o miembros del Club Bilderberg, algunos montan una entelequia consistente en un Gobierno Mundial secreto (es decir, indemostrable por definición) o Gran Conspiración que aspira a someter a los Estados nacionales a los designios de una plutocracia cosmopolita, aplicando un siniestro Plan (por supuesto, también secreto) minuciosamente pergeñado hasta el último detalle.

Este es el error en el que cae la derecha cuando se deja fascinar por actitudes propiamente revolucionarias o de izquierdas, consistentes en externalizar la culpa en entidades malignas abstractas, aunque a menudo encarnadas en sujetos concretos, como el “capitalismo”, el “imperialismo”, las multinacionales o la Trilateral. A esta derecha echada a perder por el izquierdismo es a la que podemos considerar con propiedad como ultraderecha, término a menudo utilizado con imperdonable ligereza. A la verdadera ultraderecha se la reconoce porque adopta con naturalidad un claro lenguaje anticapitalista y por una inconfundible vena esotérica. Tiende a sustituir el papel de las ideas en la historia y la sociedad por el de misteriosas y casi omnipotentes fuerzas ocultas, lo que paradójicamente la acerca más al materialismo histórico, es decir, a una visión en que la realidad primordial es de naturaleza impersonal. Por eso los liberal-conservadores que venimos de la izquierda tenemos calada a la ultraderecha: nos recuerda demasiado a aquello de lo que logramos escapar.

Compraré los estereotipos que me dé la gana

Abacus es una cooperativa de decenas de tiendas en Cataluña, Valencia y Baleares, que venden libros, productos de papelería y juguetes educativos. Este año han editado un catálogo de juguetes titulado (traduzco en adelante del catalán), “Esta Navidad, no compres estereotipos”. En la portada y contraportada aparece el eslogan “Navidad comprometida”. Los estereotipos a los que se refiere el catálogo son los llamados “de género”. En la portada, con la imagen de un muñeco de bebé inexpresivo, nos invitan a descubrir a “Adán, el juguete que no existe”. ¿Y quién es Adán? Pues un muñeco para que un niño juegue a ser padre. Ya en el reverso de la portada nos preguntan retóricamente: “¿Dejarías que tu hijo jugara a ser padre?” La intención obvia es ridiculizar el acto de regalar muñecas para niñas, que supuestamente marcan sus vidas imponiéndoles el papel de madres y amas de casa (algo a todas luces horrible), en contraposición a los niños, destinados a triunfar profesionalmente como médicos, policías o pilotos de avión.

El catálogo se divide en varias secciones, tituladas con eslóganes como “Colores para todos” (“¿Quién decidió que el azul era para los niños y el rosa para las niñas?”), “No queremos vuestros estereotipos” o “La imaginación no tiene género”, donde se preguntan “¿Por qué sólo el 25 % de las chicas optan por una carrera técnica?” y ofrecen la solución por unos precios módicos: “Regalando juguetes STREAM [acrónimo inglés de Ciencia, Tecnología, Lectura, Ingeniería, Arte y Matemáticas] estimulamos la mente y el ingenio de niñas y niños, despertando su interés por la ciencia, la tecnología”, etc. En esta sección aparece un juego de figuritas que “facilita el conocimiento de los diferentes modelos familiares existentes en la sociedad actual”. La siguiente, “Los hombres de casa”, anima a que las niñas se interesen por el bricolage y los niños por la cocina… Creo, en fin, que los ejemplos son los suficientemente representativos.

Ante tal acumulación de gilipolleces (permítanme el cambio de tono un tanto brusco) uno no sabe por dónde empezar. Pero voy a intentar razonar mis sentimientos. Que un catálogo de juguetes se proponga ser políticamente correcto (aunque digan “comprometido”, porque nadie quiere reconocer que es asquerosamente “correcto”; hoy mola ser rebelde y transgresor) ya es en sí mismo un síntoma de que algo no va bien. Desde el momento en que la política se inmiscuye en los juguetes infantiles, podemos tener la seguridad de que se ha ido demasiado lejos por un camino equivocado.

Nada es más inconfundiblemente totalitario que la manipulación de los niños, especialmente poniendo en su boca palabras de adultos, cuando todo el mundo sabe que en las edades más tiernas no se hace más que reproducir lo que se oye en casa. “No queremos vuestros prejuicios” significa en realidad “repetimos como loritos bien amaestrados vuestros prejuicios de papis y educadores progres”.

Porque conviene recalcarlo: la idea de que las diferencias entre los sexos (como ese 25 % de chicas que optan por carreras técnicas) son todas debidas exclusivamente a factores culturales (el mítico “patriarcado”) no tiene la menor base científica, por no decir que está en contra de toda la evidencia empírica seria. Concretamente, la inclinación de los niños por juguetes distintos según su sexo ha sido objeto de numerosos estudios, que indican que es muy fuerte y que se da incluso en los países más igualitarios, independientemente de las ideas de los padres.

Reconocer esto no supone nada en contra de la igualdad moral de todos los seres humanos, independientemente de su sexo, raza o cualquier otra condición. Debate para otra ocasión es de dónde surge esa igualdad moral, y si puede justificarse desde posiciones materialistas o positivistas: quizás el empeño histérico de algunos por negar las diferencias naturales provenga de que, desde dichas posiciones, no tienen otro medio de sostener la igualdad.

Sean cuales sean los motivos profundos, lo que caracteriza a las ideologías, por contraposición a la ciencia y al sentido común, es su capacidad para blindarse ante los hechos. Uno de los mecanismos que emplean para conseguir esto es explicar la disensión como una confirmación o previsión de la propia teoría. Quienes critican al marxismo, por elaborados que sean sus argumentos, son burgueses. Quienes disienten de la ideología de género son machistas u homófobos.

Las ideologías son inmunes al razonamiento porque su objetivo no es obtener la verdad, sino el poder, aunque en su argot lo llaman “transformar la sociedad” o “empoderar” (chirriante anglicismo) a la mujer… Lo cual pasa por eliminar a burgueses, machistas y homófobos. Quienes critican las ideologías pretendidamente emancipatorias pasan a ser, por definición, malévolos saboteadores de la emancipación. El mero hecho de anteponer la búsqueda de la verdad a los objetivos de ingeniería social ya resulta en sí mismo sospechoso, contrarrevolucionario, reaccionario. Para los ideólogos, la pretensión de conocimiento puro no es más que una construcción social del poder. Y créanme, el poder es lo único que les importa.

Ellos ciertamente hablan de crear un mundo libre de dominación, pero para conseguirlo, curiosamente aspiran al dominio absoluto, acallar toda disidencia, prohibir toda discrepancia. Por eso, para justificar su propia coacción, necesitan retratar a sus enemigos como violentos, por ejemplo destacando arbitrariamente lo que ellos llaman “violencia de género” con respeto a otros tipos de violencia, e incluyendo en ella incluso delitos de opinión. El uso del sufijo “fobia” para designar a los que nos limitamos a no comulgar con sus ruedas de molino, metiéndonos en el mismo saco que a maltratadores, rufianes y asesinos, ya revela su intención totalitaria, su equiparación del enemigo político con un enfermo o criminal al cual hay que curar o reeducar a la fuerza. Aunque lo ideal para ellos es hacer imposible la disidencia, adoctrinar desde la infancia para que ni siquiera pueda uno albergar pensamientos desviados de la línea oficial.

Por supuesto, la realidad es demasiado persistente para que los totalitarios puedan triunfar por completo, al menos con la tecnología actual. Pero de momento, eso no les supone un problema. Al contrario, hechos como que hombres y mujeres, desde la infancia, sigan reproduciendo modelos tradicionalmente masculinos y femeninos, de manera espontánea, y a despecho de la masiva dosis de propaganda que vierten diariamente casi todos los medios, son para ellos la prueba no de su error, sino de que “queda mucho por hacer”, es decir, de que hay que seguir insistiendo en los mismos desvaríos antinaturales, seguir derrochando dinero público, engordando burocracias, discriminando al varón y a las familias convencionales, y seguir manipulando a los niños, sin escrúpulos. Hace tiempo ya que la ideología de género se ha convertido en uno de los peores monstruos de nuestro tiempo, y algunos vamos a seguir repitiéndolo, mientras nos dejen.