La tiranía LGTB

Ignacio Arsuaga, presidente de Hazte Oír, fue entrevistado hace un par de semanas en Antena 3. El tema fue, naturalmente, el autobús naranja que ha recorrido España y otros países, recibiendo todo tipo de ataques violentos, para denunciar la imposición de la ideología de género en las escuelas y defender la libertad de los padres de educar a sus hijos según sus convicciones.

Como era previsible, la periodista Susanna Griso sometió al activista a un interrogatorio con la finalidad de que su entrevistado tuviera que defenderse de la acusación de estar favoreciendo, indirectamente, el acoso escolar a niños con problemas de identidad sexual. Aunque dio la sensación de que, más que incriminar a Arsuaga, la periodista quería dejar clara su propia postura políticamente correcta.

La defensa de Arsuaga fue, en mi opinión, muy razonable, pero el problema es que, debido al formato breve de la entrevista, no pudo apenas ser otra cosa que eso, una defensa. El presidente de HO incidió sobre todo en la libertad de educación de los padres, lo cual por supuesto es absolutamente necesario. Pero no es suficiente, porque lo malo de la ideología de género no es sólo que atente contra libertades formales, sino que se basa en premisas acientíficas y nocivas sobre la naturaleza humana, que empiezan por perjudicar a aquellos que dice defender.

Para empezar, hay que desmontar con toda claridad la falacia de que existe una relación causal entre disentir de la ideología de género y el acoso escolar o cualquier violación del artículo 14 de la Constitución. Y que de este modo, asocia términos como “homofobia”, “transfobia” o “machismo” con cualquier discrepancia teórica de la ideología de género, que es algo tan burdo como llamar fascista a quien no esté de acuerdo con las ideas socialistas.

Dicha falacia pretende que sólo se puede proteger a los transexuales y LGTB en general “normalizándolos”. Esto es como si dijéramos que sólo se puede proteger a los gordos (que suelen ser blanco fácil de burlas más o menos pesadas) normalizando la obesidad. Es decir, presentándola como una “opción”, y tratando de erradicar los “prejuicios” contra el exceso de peso. Imaginen que llevados de este impulso supuestamente justiciero, animáramos a ganar kilos a todo aquel que quisiera, incluso aunque gozara de una constitución adecuada, y en cambio prohibiéramos las dietas de adelgazamiento.

Si alguien objetara contra la comparación que la obesidad es una enfermedad o trastorno, mientras que la transfobia o la homosexualidad no lo son, podríamos acusarle por la misma regla de tres de gordófobo, y de paso exigir que los manuales de medicina eliminaran la obsesidad de sus listas de enfermedades. Pues bien, este es exactamente el disparate que se comete con la transexualidad.

El acoso y otras formas de injusticia contra cualquier ser humano son inadmisibles sin excepción, sean cuales sean las peculiaridades físicas o psíquicas de sus víctimas. No se requiere en absoluto “normalizar” lo que no es normal (es decir, que se sale de la norma estadística, o de lo preferible por razones de salud o de otro tipo). Más aún, los esfuerzos de normalización son contraproducentes, pues incentivan conductas poco saludables o recomendables, además de instaurar una suerte de hipocresía o “doblepensamiento” obligatoria.

Para que un niño con disforia de género no sea objeto de burlas lo peor que podemos hacer es escamotear la realidad, proclamando que hay niñas con pene y niños con vulva. Porque por mucho que nos empeñemos en lo contrario, la realidad seguirá ahí. Separar el sexo de la biología es tan absurdo como lo sería separar un supuesto “peso percibido” del peso real, dándole la razón a quienes padecen anorexia. En cualquier caso, no estoy ayudando sinceramente a alguien sosteniendo que la solución de sus problemas pasa por obligar al mundo entero a comulgar con piedras de molino.

El quid de la cuestión reside en que la dignidad inherente a toda persona humana es un concepto inseparable de nuestra raíz cultural judeocristiana. Pero como ahora los occidentales ya no somos oficialmente cristianos (especialmente, ya no lo son las élites que elaboran el pensamiento dominante), sino algo que podríamos definir como progres laicos multiculturalistas, nos hemos incapacitado prácticamente para entender la igualdad como algo que trasciende las diferencias empíricas y culturales entre los seres humanos. Desconectados de toda referencia trascendente, para no caer en un posible nihilismo nazistoide, nos vemos abocados a negar simplemente dichas diferencias. A negar absurdamente que existan los sexos y las razas. Y a negar también que haya culturas y religiones mejores que otras, al menos en ciertos aspectos fundamentales. Hay que proclamar que ser homosexual o transexual es un “orgullo”, y al mismo tiempo que el islam es paz y amor.

Esta negación esquizofrénica de la realidad implica inevitablemente acabar estrellándose contra ella, y es sin duda el mayor problema que amenaza a la civilización occidental. Requiere cuestionar toda nuestra tradición racionalista y cristiana, lo que históricamente ha sido la madre de los totalitarismos comunista y nacionalsocialista. (Como es sabido, el progresismo pretende enfrentar el racionalismo y el cristianismo, especialmente a partir de la reforma protestante. Es probablemente su truco de mayor éxito, y no debemos cansarnos de denunciarlo.)

Volviendo, para terminar, al terreno de lo concreto, una cosa es que respetemos a alguien que quiera ser llamado Vanesa en el trato cotidiano, aunque su documento de identidad diga Manolo. Personalmente, no tendría el más mínimo problema con ello. Pero ningún gobierno puede imponerme esa mera condescendencia o cortesía. Nadie absolutamente puede obligarme a afirmar en toda circunstancia (privada, académica, etc.) que Manolo es una mujer, a despecho de su cromosoma XY, o que la tierra es plana o que dos más dos son cinco.

Nadie puede obligarme a que acepte como “normal” o como verdadero lo que no lo es, o que aplauda aquello que no veo bien. Hay que decirlo claramente: las asociaciones LGTB tratan de establecer una tiranía. Quieren imponer su fanática intolerancia, y encima llamarla tolerancia. Hay que resistirse a ello con toda firmeza. Deben eliminarse todas las subvenciones públicas que reciben (y lo mismo digo de las asociaciones llamadas “feministas”) y hay que revertir toda la aberrante legislación que han conseguido (y todavía conseguirán) implantar, a nivel autonómico o estatal. Pero por encima de todo, hay que defender la familia natural formada por la madre, el padre y sus hijos biológicos, como la forma óptima de desarrollo e integración social del individuo, especialmente durante la infancia.

Gracias

Varias asociaciones que se autotitulan defensoras de la sanidad pública han mostrado su ofendido rechazo a una donación de cientos de millones de euros del multimillonario Amancio Ortega, destinada a adquirir costosos equipos para el tratamiento del cáncer.

¡No quiero ni pensar en cómo se las gastarán las asociaciones enemigas de la sanidad pública! Pero es de justicia escuchar los argumentos de las primeras. En resumen, dicen que la sanidad pública no debe estar al albur de la caridad privada, sino que debe financiarse mediante los impuestos.

El presidente de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, ha remachado el mismo razonamiento al afirmar que la Sanidad “no puede depender de cuántos pantalones o faldas venda Zara”, en alusión a la conocida marca fundada por Ortega.

Por supuesto, el señor Fernández expresa un deseo, disfrazado de juicio de valor, que choca directamente con la realidad; algo congénito en la izquierda, ya sea socialdemócrata, comunista o de entretiempo. Él podrá querer que la sanidad dependa de lo que dependa, pero el hecho es que por pura lógica, un país gozará de mejor sanidad cuanto más rico sea, es decir, más produzca. Pantalones, faldas, zapatos, coches, hidroaviones, neveras, naranjas y pimientos: el entero Producto Interior Bruto.

Todos los servicios públicos y privados de una sociedad, sin excepción, se financian gracias a impuestos o donaciones de los empresarios y los asalariados contratados por los primeros. Como no podría ser de otra manera.

Dicho sea de paso, incluso es más efectivo que alguien done directamente su dinero para comprar aparatos de radioterapia, que no que ese dinero pase previamente por manos de una legión de burócratas que pueden decidir dedicarlo a otros menesteres, además de sus propios sueldos, como por ejemplo… subvencionar a las asociaciones de defensa de la sanidad pública.

En cualquier caso, pretender que el nivel de vida de una sociedad no dependa de su productividad es sencillamente pueril, es puro pensamiento mágico. Si quieren una sanidad “blindada”, libre de las garras del “neoliberalismo”, vayan a ver cualquier hospital cubano o veneozolano.

Pero quisiera ir más al fondo de este asunto. La noticia de las críticas a la donación de Ortega ha coincidido más o menos en el tiempo con la muerte de Ignacio Echeverría en un atentado islamista en Londres. Como saben, este hombre acudió heroicamente a defender a una mujer que estaba siendo atacada por los terroristas, armado únicamente con un monopatín, y murió asesinado en el empeño.

Pues bien, en las redes sociales y no sé si también en otros medios de comunicación, no han faltado los miserables de guardia que han calificado de tonto o poco menos a Ignacio Echeverría por perder la vida de esa manera, en lugar de salir huyendo como casi todo el mundo.

La conexión entre ambas noticias no puede ser más llamativa, sin pretender en absoluto comparar a sus protagonistas. Uno se ha desprendido de una parte de su riqueza que no necesita, mientras que el otro ha dado todo lo que tenía: su propia vida. Pero lo que sí son comparables son las reacciones. En ambos casos se reprueba vilmente el altruísmo, se llega a poner bajo insidiosa sospecha la generosidad. Desgravar a Hacienda, o actuar atolondradamente, son torpes explicaciones que ensayan las almas innobles para asimilar lo que no entienden.

Hay un tercer ejemplo, de carácter menor, pero que responde al mismo tipo de mezquindad increíble pero cierta. Son esas mujeres que se toman a mal que un hombre les ceda caballerosamente el paso o el asiento. Lo consideran un ejemplo de vetusto machismo, o como se dice ahora, “micromachismo”, que no debe dejarse pasar sin denunciar, porque está en el inicio de la siniestra espiral patriarcal que termina en el asesinato de mujeres a manos de sus parejas masculinas.

Resulta inevitable detectar en estas formas de desagradecimiento una incapacidad innata para comprender la generosidad, el heroísmo y la mera cortesía, y es siempre tentador echarse unos chistes a cuenta de “la merma”, como llaman algunos castizos a los tontiprogres que pululan en las redes sociales. Craso error si nos quedamos sólo ahí. No se trata tanto de un problema de disfunción psicológica o mala educación: tales actitudes derivan de premisas ideológicas muy determinadas, que pueden cegar al más pintado.

A riesgo de resultar excesivamente reiterativo, permítanme recordarles una tesis elemental. El progresismo considera que el mal (la pobreza, la violencia, la injusticia) es algo estructural, y que por tanto debe combatirse estructuralmente. Aquí “estructural” quiere decir en parte impersonal, y en parte artificial, aunque parezca contradictorio, y probablemente lo sea.

Esto viene en gran medida de Jean-Jacques Rousseau, que consideraba al hombre bueno por naturaleza (el “buen salvaje”), pese a lo cual la sociedad, y en especial la propiedad privada, lo han pervertido. De ahí que los progres crean que es factible, al menos teóricamente, una sociedad en la que el mal sencillamente no sea posible, o se haya reducido a un mínimo residual, mediante las adecuadas reformas.

Ahora bien, noten lo que eso implica. En una sociedad como ellos imaginan, determinadas formas del bien no tienen cabida. Sin ir más lejos, la generosidad o el heroísmo. Porque en esa utopía igualitaria y pacífica que ellos imaginan, no hay ricos ni pobres, no hay terroristas, no hay delincuentes, y por tanto no se necesitan filántropos ni héroes; no hay sencillamente ocasión para el ejercicio de tales virtudes. Igualmente, está de más cualquier forma de galantería viril, porque las mujeres son exactamente iguales a los hombres. Si el mal es una estructura, una forma de organización, el bien también debe serlo.

Ahora volvamos a la realidad: toda esta es una ensoñación de idiotas y para idiotas. La violencia no se elimina mediante la educación y la igualdad. La mayoría de terroristas islamistas en Europa ha recibido ayudas públicas, ha tenido acceso a la enseñanza, superior en algunos casos, y eso no les ha disuadido de odiar profundamente a la sociedad de acogida, o en la que han nacido, hasta el punto de cometer los más execrables asesinatos.

La mayor igualdad entre hombres y mujeres no acaba tampoco con los asesinatos de parejas, pero no porque un machismo atávico se resista a desaparecer: esto no tiene casi nunca nada que ver, en nuestra cultura, con el machismo, sino en cualquier caso con el pecado original, que es lo que lleva a algunos a matar a sus semejantes, frecuentemente a la persona con la que conviven, sea hombre o mujer, de sexo distinto o del mismo. Es más, la igualdad sexual llevada al absurdo no tiene otro efecto que desacreditar las normas con las que al menos la vieja cortesía dulcificaba el trato entre los sexos.

Rescatando el tema de la donación de Amancio Ortega, aumentar los impuestos a las empresas hasta niveles confiscatorios sólo consigue que su productividad se resienta, que es tanto como decir que la sociedad se empobrezca, y por tanto, haya menos dinero para la sanidad pública, se pongan como se pongan sus supuestos defensores. Los políticos pueden hacernos más pobres, como lo demuestra el caso de Venezuela, el país con las mayores reservas de petróleo del mundo; en cambio no pueden hacernos más ricos, porque incrementar la presión fiscal, o imprimir más billetes de banco, no aumenta un ápice la riqueza real.

La escasez, tanto absoluta como relativa, es consustancial a la existencia humana. Asimismo, el mal se halla en germen en cada uno de nosotros. Por eso siempre serán necesarios y bienvenidos, además por supuesto de las fuerzas del orden y otras instituciones sociales, los héroes, las Hermanitas de los Pobres y los Zaqueos generosos. Y sobre todo, por eso es necesario el Salvador, porque solos no podemos luchar contra el mal.

En lo más profundo de sus almas, oscuramente, quizás los progres llegan a barruntar algo de esto, aunque sólo sea porque sus intentos de erradicar el “mal estructural” fracasan una y otra vez. Pero en lugar de rectificar, de cambiar la estrategia para enfrentarse al mal, es por lo pronto más fácil… atacar al bien.

No acabaremos, con las recetas progresistas, con el terrorismo, con la pobreza ni con el maltrato, pero al menos pongamos en la picota a héroes cívicos, a filántropos, a empresarios creadores de empleos, a madres abnegadas y a caballeros bien educados. Así prepararemos el camino de la espléndida utopía en la que serán todos ellos sustituibles por funcionarios o por robots, y habrá sido por fin eliminada del vocabulario la reaccionaria palabra gracias.

La derecha chic

Es ya un lugar común acusar a determinada izquierda de “rancia”, volviendo en su contra uno de los adjetivos que tanto le gusta esgrimir para atacar y caricaturizar a la derecha. Se trata, en cualquier caso, de un recurso retórico francamente pobre. Pero usado por la derecha, es además inepto. Porque supone admitir implícitamente el marco mental progresista, que identifica sistemáticamente lo antiguo o tradicional con lo caduco, con aquello que debe ser superado obligatoriamente.

Artículo en Actuall.