Irlanda y la libertad que viene

Los partidarios del aborto han ganado en Irlanda; dudo que quede alguien que no se haya enterado, porque los principales medios de comunicación han celebrado la noticia con alborozo comparable al de los aficionados madridistas tras la victoria de su equipo en la final de Kiev. El día anterior al referéndum, El País titulaba: Irlanda se enfrenta a su último tabú: el aborto. Debo decir que no estoy de acuerdo. Quedan muchos otros tabúes, como el incesto, la antropofagia o la venta de órganos, y no quisiera dar más ideas.

Nicolás Gómez Dávila escribió: “Entre el animal y el hombre no hay más barrera que una empalizada de tabús.” Claro, ¿qué se puede esperar de un reaccionario católico? La gente que sigue dominada por las supersticiones se empeña en sostener tabúes como que la vida es un don sagrado, sobre el cual no tenemos ningún derecho absoluto. Y así no hay manera de poder tener una vida sexual totalmente animal, digo libre, sin temor a consecuencias indeseadas.

Desde luego, cada vez hay menos personas que sigan creyendo en esos rollos de la sacralidad de la vida humana. En la gran mayoría de países de nuestro entorno y más allá, hace muchas décadas que ni derecha ni izquierda debaten sobre este tema. El consenso es casi total. En España, sin ir más lejos, ha gobernado varios años el Partido Popular, incluso con mayoría absoluta, sin que haya osado derogar las leyes despenalizadoras del aborto del PSOE.

Esto se debe a los complejos de la derecha, dicen algunos. No lo creo. Se debe a que conocen demasiado bien a sus votantes, personas que en su mayoría se han alejado primero de la práctica católica y luego –consecuentemente– de las creencias. O que aún acuden a misa los domingos, pero ahí se encuentran con sacerdotes que tampoco está muy claro en qué creen. Personas que votan al centroderecha porque opinan que su bolsillo peligra menos con aquel en el gobierno, pero que si una hija de diecisiete años les llegara a casa con un embarazo la animarían sin recato alguno a “interrumpirlo”, no sea que se trunque una magnífica carrera en la hostelería por culpa de esos engorrosos biberones y pañales.

Pero no cantemos victoria demasiado pronto. Quedan bolsas de irreductibles que sostienen que cuando un óvulo es fecundado por un espermatozoide, empieza una nueva vida humana, con su ADN irrepetible. Gente con escasa formación democrática, que hace más caso a la embriología que a sus representantes políticos. Incluso no faltan católicos raritos, que a pesar de los curas y del papa guay siguen creyendo en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Contra estos individuos parece que sirven poco los dramáticos relatos de experiencias individuales que ofrecen los medios de comunicación. No se conmueven ante esas historias desgarradoras de mujeres que abortaron clandestinamente, sin contárselo a nadie, por vergüenza. Historias que son muy reveladoras de la mentalidad moderna. El hombre y la mujer contemporáneos no sólo quieren libertad total, sino que además les aplaudan por hacer lo que les dé la gana, como si se tratara de algo meritorio y valiente.

Las mujeres que abortan no se conforman con hacerlo, ni con que sea gratis y con pocos trámites. Reivindican que socialmente se vea como algo normal, qué digo, elogiable. Análogamente, los homosexuales tampoco se conforman con tener relaciones con personas de su mismo sexo; ahora luchan por lo que llaman visibilidad y no discriminación: desfilar públicamente en actitudes obscenas, adoptar niños mediante vientres de alquiler e iniciar a los más pequeños en sus prácticas sexuales desde las aulas escolares.

Las asociaciones feministas y LGTB ya han conseguido todo esto, o están muy cerca de conseguirlo, en muchos lugares. Van quedando pocos países en los que no se ampare la libertad de matar a los no nacidos, y estamos haciendo grandes avances en la libertad para corromper a los niños. Queda, eso sí, una tarea ineludible: callar esas voces disidentes y perturbadoras, esos ultracatólicos y fachas que se obstinan en defender a los fetos y a la familia tradicional. No seremos verdaderamente libres hasta que las leyes no castiguen con dureza ejemplarizante los delitos de homofobia y abortofobia. Sólo seremos auténticamente libres cuando todos pensemos igual.

 

Anuncios

La vuelta a la tortilla

Las personas autodenominadas progresistas están generalmente a favor de cosas como que se pueda matar a seres humanos no nacidos, liquidar a enfermos terminales, ayudar a la gente a suicidarse, que los niños puedan ser adoptados por homosexuales mediante vientres alquilados, que un hombre pueda ser condenado por supuestamente maltratar o agredir a una mujer sin necesidad de pruebas, etc.

El gran éxito del progresismo, que lo convierte en la ideología socialmente dominante, consiste en haberle dado la vuelta a la tortilla: que seamos quienes disentimos de los progresistas los que tenemos que defendernos de acusaciones tan infamantes como querer que las mujeres vayan a la cárcel, que mueran en clínicas abortivas clandestinas, que los enfermos agonicen entre horribles sufrimientos, que los gais sean perseguidos y vejados, que los violadores queden impunes, etc.

¿A qué se debe este éxito del progresismo? ¿Cómo pueden triunfar métodos argumentativos tan groseramente emocionales y manipuladores? ¿Cómo es posible que quienes estamos en contra de matar, a favor de proteger a los niños, a los ancianos y a las mujeres embarazadas, y a favor de la presunción de inocencia, nos hallemos a la defensiva, teniendo a veces que afrontar consecuencias desagradables por expresar nuestras opiniones?

Se dice en ocasiones, con razón, que los progresistas sencillamente son más hábiles en el manejo de la propaganda. El marxismo cultural, con la ideología de género y el movimiento LGTB como puntas de lanza, hace décadas que comprendió que para “transformar la sociedad” (es decir, implantar el totalitarismo socialista) era necesario ganar la batalla cultural. Apoderarse de la enseñanza, de los medios de comunicación, encuadrar a los intelectuales, e incluso infiltrarse en la Iglesia.

Cada uno de los pasos de este programa subversivo se ha llevado a cabo con una eficacia notable desde los años 60 del pasado siglo. No soy un entusiasta de las teorías conspiratorias, pero hay que reconocer que todo se ha desarrollado como si respondiera a un plan perfectamente diseñado.

Pero se trate o no de algo conscientemente ejecutado, la pregunta sigue en pie. ¿Por qué les está saliendo tan bien, al menos hasta ahora? En mi opinión, ello se debe a una debilidad intrínseca de la democracia. Los discursos más burdos, aunque sean patentemente engañosos, proliferan en democracia como la salmonella en una tortilla hecha el día anterior: porque es un medio idóneo para ellos.

La célebre frase atribuida a Abraham Lincoln, “puedes engañar a todo el mundo algún tiempo”, etc., pero “no a todo el mundo todo el tiempo” expresa una idea bastante intuitiva, según la cual es más fácil engañar a uno solo (incluso todo el tiempo) que a muchos. Pero no faltan indicios que sugieren justo lo contrario: que las masas tienden a equivocarse o dejarse engañar clamorosamente allí donde un individuo actuaría de manera más sensata o racional. Como dijo Nicolás Gómez Dávila: “La posibilidad de engañar al elector crece con el número de electores.”

Existe sin duda algo así como un fenómeno de “estupidización gregaria” del individuo cuando está sometido a estímulos provenientes de los medios de comunicación, o de las reuniones numerosas o claques. Algo así como si nos desnudáramos de la inteligencia cuando nos sumergimos en la masa.

Criticar la democracia no es abogar por una dictadura. Esta sería una acusación típicamente tramposa de los progresistas. Por el contrario, la democracia sólo puede evitar degenerar en despotismo si no perdemos de vista sus limitaciones y sus peligros. Si somos conscientes de que se necesitan contrapesos al absolutismo popular, como de hecho lo son las constituciones, la separación de poderes, etc. Sólo si existen barreras a lo que una pretendida mayoría puede decidir en un parlamento o en un referéndum, habrá barreras a lo que tiranos e ingenieros sociales traten de imponer, en nombre de esa supuesta mayoría.

Sin embargo, puede darse la paradoja de que el sufragio sea el único medio de romper el bucle perverso descrito por Gómez Dávila: “El Estado moderno fabrica las opiniones que recoge después respetuosamente con el nombre de opinión pública.” Hay momentos en que las propias ideas acaban aburriendo, sobre todo si más que propias son inducidas. Cuando esto sucede el pueblo puede llegar a actuar más sabiamente que las elites, como también previó en cierto modo el genial reaccionario colombiano: “El sufragio universal es hoy menos absurdo que ayer: no porque las mayorías sean más cultas, sino porque las minorías lo son menos.”

La elección de Trump en Estados Unidos y la reelección de Orban en Hungría quizás sean algunos de los primeros signos de agotamiento del progresismo; indicios de que el complejo estatal comunicacional no es invencible; de que algún día puede empezar a decaer, como toda construcción humana, como todos los imperios habidos hasta la fecha.

Nos toca a los disidentes del progresismo, en las próximas décadas, darle de nuevo la vuelta a la tortilla: que lo normal vuelva a ser defender la vida del no nacido, el derecho de los niños a tener un padre y una madre, valorar la maternidad como se merece, es decir, más que cualquier otro proyecto de realización personal (habitualmente mero empleúcho), por muy legítimo que sea…

No creo que la tarea sea más difícil, si nos decidimos a acometerla, que la que el marxismo cultural emprendió hace unas pocas décadas, en contra de dos mil años de cristianismo.

El desequilibrado

Un método de argumentación política muy frecuente consiste en vincular aquello que nos parece mal con la “ultraderecha”. Una vez lo has conseguido, parece que ya queda todo explicado. Lo estamos comprobando ahora a cuenta de los escritos hispanófobos (impropiamente calificados de xenófobos, como muy bien ha puntualizado el bloguero Elentir) del recién investido presidente de la Generalidad, Joaquim Torra, Quim para los amigos y para los periodistas.

Otro expediente fácil y sumamente popular es hablar de “locura colectiva” para explicar la aparentemente súbita irrupción del secesionismo. El catedrático de Psiquiatría Adolf Tobeña nos ha ilustrado a los profanos sobre el carácter más bien seudocientífico de este tipo de diagnósticos. (La pasión secesionista, 2017.) Pero que dudemos de la existencia de psicopatologías colectivas no implica descartarlas en casos individuales.

En cualquier caso, Torra comparte un aspecto esencial de su ideología con la izquierda, que es el antifranquismo. En uno de sus artículos rescatados de la hemeroteca, afirmaba: “El franquismo fue un golpe contra la civilización catalana del que todavía no nos hemos recuperado.” Para Torra, Franco tiene la culpa (después de casi cuarenta años de inmersión lingüística en catalán, así como de control nacionalista de los medios de comunicación públicos y no pocos privados) de que menos de la mitad de la población de Cataluña sea catalanoparlante.

Sin duda, hoy se habla, se escribe y se publica en catalán mucho más que en ningún tiempo pasado, en términos absolutos. Pero los nacionalistas no se conforman con ello, porque lo que quieren es que la cultura catalana y especialmente la lengua, sean absolutamente predominantes en Cataluña. Y jamás podrán aceptar que el hecho de que no sea así se deba a algún mérito del idioma y la cultura españoles; al dinamismo, o si quieren, a la mera inercia de la tercera lengua más hablada del mundo.

No: tiene que haber detrás una voluntad maligna, alguien que odia a los catalanes y es el culpable de que no sean una potencia internacional. Dentro de esta categoría que podemos llamar el Enemigo, Franco sigue ocupando un puesto singularísimo, y en esto el nacionalismo catalán no se diferencia en absoluto de la izquierda, obsesionada por derrotar al dictador aún cuatro décadas después de muerto.

Pero si de obsesiones hablamos, otro artículo de Torra, La llengua i les bèsties, merece figurar en una antología del género psicopatológico. Torra postula aquí un Enemigo implacable de todo lo catalán, una clase de individuos que experimentan “un odio perturbado, nauseabundo… contra todo lo que representa la lengua [catalana]”.

Cualquiera diría que quien está proyectando un odio perturbado es el propio Torras al referirse a estas “bestias”, “carroñeras, víboras, hienas… Están aquí, entre nosotros. Les repugna cualquier expresión de catalanidad. Es una fobia enfermiza. Hay algo freudiano en estas bestias. O una pequeña sacudida en su cadena de ADN… Abundan, las bestias. Viven, mueren y se multiplican.”

Sin duda, esta forma de deshumanizar al supuesto enemigo, asimilándolo a plagas o parásitos, recuerda inquietantemente a Hitler. Pero quien antes utilizó un brutal lenguaje seudozoológico para referirse a los exterminables fue Lenin. Nada cambia que el odio de éste fuera no racial, sino de clase. Como ha señalado Federico Jiménez Losantos en su magnífico Memoria del comunismo, “¿Cuál es la diferencia esencial entre las ‘ratas’ burguesas según Lenin y las ‘ratas’ judías según Hitler?”. Ahora bien, al igual que son innegables y fundamentales los elementos comunes de todo totalitarismo, de izquierdas o de derechas, tampoco estaría de más rastrear coincidencias de carácter biográfico o psicológico entre algunos de sus líderes.

El artículo citado de Torra parte de una carta de protesta hecha pública en 2008 por un militante de UPyD, en la que se quejaba por el uso del catalán, en detrimento del castellano, en la compañía aérea Swiss. Torra, no contento con llamar de nuevo “bestia” a esta persona “con nombre y apellidos”, afirma de ella que segrega “salivera rabiosa”, que desprende “un hedor de cloaca” y un “sudor mucoso, como de un sapo resfriado”.

Sin dejar de tener en cuenta que determinadas ideologías pueden atraer especialmente a cierto tipo de personas, yo veo en este desahogo destemplado un problema psicológico, un desequilibrio íntimo que requeriría una elucidación particular. Que el señor Torra, a punto de hacerse con el mando político de 17.000 policías autonómicos, reaccione de esta manera sólo porque una persona reivindica el uso de la lengua común oficial de España, sin oponerse a que además se utilicen otras lenguas regionales, resulta sumamente alarmante. Urgen acaso psicotécnicos para evaluar la idoneidad de los dirigentes políticos.

Ser feo, gordo y mala persona

Nada retrata mejor a la izquierda que el modo como ella retrata a la derecha. El desprecio, la ignorancia y el odio con que observa a su enemiga (porque es así como la ve, y en esto no le quitaré la razón) dice mucho más de ella, de la izquierda, que no al revés.

Una reciente ilustración de esto que digo la tenemos en un breve artículo, publicado en El Periódico, firmado por Ángeles González-Sinde, cineasta y exministra de Cultura con Rodríguez Zapatero, titulado Ser de derechas, en una alusión tardía y seguramente inconsciente a un libro de Germán Yanke (fallecido hará justo un año el lunes que viene), a su vez titulado Ser de derechas: manifiesto para desmontar una leyenda negra (Temas de Hoy, 2004).

El articulito es efectivamente una demostración de que la leyenda negra de la derecha no es más que una variante subalterna de la Leyenda Negra antiespañola por antonomasia: un puñado de medias verdades, flagrantes mentiras y groseras caricaturizaciones que se difunden de manera totalmente acrítica, y que terminan siendo interiorizadas por los propios españoles y por la propia derecha. (Les recomiendo de nuevo, a quienes aún no lo hayan leído, el libro de María Elvira Roca: Imperiofobia y leyenda negra.)

Con una burda redacción de nivel escolar, González-Sinde nos explica irónicamente cómo le gustaría ser de derechas e incluso, “si ya me pongo muy fantástica”, ser hombre, porque al parecer eso reporta innegables ventajas. Empieza así:

“Hay lunes que me levanto y me digo: ¡cómo me gustaría ser de derechas! Cómo desearía encender la radio y creer firmemente que, a pesar de lo que oigo, las cosas están bien: que los pobres son pobres porque no se esfuerzan; que los inmigrantes sobran y deben ser deportados…”

El resto repite el mismo esquema cursilón. González-Sinde nos pinta a un varón de derechas absolutamente satisfecho de sí mismo y, a consecuencia de ello, de un statu quo en el que él supuestamente ocupa una posición privilegiada.

Nicolás Gómez Dávila (disculpen la brusquedad del salto mental) definió a la burguesía como “todo conjunto de individuos inconformes con lo que tienen y satisfechos de lo que son.” Y cualquiera que haya leído lo suficiente al reaccionario colombiano sabrá que para él, el burgués alcanza su forma más perfecta en el intelectual de izquierdas. Una persona que se cree moral e intelectualmente superior, y que por ello se muestra inconforme con todo lo existente que no haya sido diseñado por la elite de la cual imagina formar parte.

No es este el lugar para entrar a debatir las ideas de la derecha y de la izquierda sobre la pobreza o la inmigración, porque las chocarrerías no merecen ser contestadas con razonamientos. Sí conviene tomar nota de aquello en lo que González-Sinde acierta: que para la derecha, al menos la derecha sociológica (que de la partidocrática ya no podemos esperar sino sistemáticas traiciones) la bandera de España es preciosa y que el último Estatut de Cataluña fue nefasto. Lo cual equivale a admitir implícitamente que la izquierda española tiene desde sus orígenes un serio problema con su propio país; del cual ella, característicamente, infiere que es su país el que tiene un problema.

Dice González-Sinde también con bastante verdad, si pasamos por alto sus torpes exageraciones, que los hombres tenemos la suerte de no preocuparnos tanto por nuestras canas, nuestras barrigas o nuestras arrugas como las mujeres. Pero hay en ello un claro retintín acusatorio, como si esa suerte no fuera debida a razones biológicas sino a la opresión del heteropatriarcado –háganme el favor de contener la risa. Vamos, que las mujeres se aplican cremas o calzan tacones por una imposición cultural irresistible. Acepto gustosamente que ser de derechas sea, entre otras cosas, no transigir con semejantes necedades, en las que menos que nadie creen esa gran mayoría de mujeres que no sienten el menor complejo de culpa o inferioridad por querer estar guapas.

Concluye González-Sinde su ejercicio de redacción modelo para la asignatura de Educación para la Ciudadanía con un resumen de su tesis, por si alguien se hubiera perdido. Dice así:

“Cómo anhelo ser ese señor de derechas, que cree tener la razón en todo, que no duda de nada, al que los demás admiran y respetan. ¡Cómo descansaría! Sin embargo… no lo logro. Nací o me hicieron de izquierdas. Tendré que conformarme.”

De ahí se deduce que la izquierda nunca cree tener la razón absoluta, como lo demuestra que jamás haya tratado de imponer sus ideas violentamente. Pese a lo cual, pobrecita, es universalmente despreciada e insultada. Todos los días con la matraca del Gulag y el Laogai, nombres que todos los estudiantes de la ESO conocen sobradamente, y en cambio ¿alguien les ha hablado de un tal Franco? ¿No va siendo hora de que el cine español empiece a ocuparse de nuestra guerra civil?

Ser de izquierdas, sin duda, es realmente duro: en la escuela, en la televisión y en el cine uno no escucha otra cosa, desde la más tierna infancia y a todas horas, que Franco fue un gran estadista, que España es una nación con una historia gloriosa, el cambio climático acaso no se deba a la acción humana y que el mercado libre ha demostrado ser mucho más eficaz en la reducción de la pobreza que las fórmulas socialistas.

Que ante este bombardeo constante de ideas derechistas haya quienes, heroicamente, se mantengan en posiciones de izquierdas tendría su mérito, si dicho bombardeo fuera una descripción realista. Que la izquierda se la crea o pretenda que nos la creamos ya lo dice todo de su carácter tan ilimitadamente victimista como presuntuoso.

 

Mayo del 68 para despistados

Medio siglo después de los acontecimientos de mayo de 1968 en París, el análisis más común es que aquellos jóvenes revolucionarios fracasaron en sus objetivos inmediatos pero vencieron a la larga, porque consiguieron cambiar la cultura occidental, que se tornó menos autoritaria y represiva y más liberal y hedonista; menos tradicionalista y convencional y más espontánea y creativa.

Este análisis de alguna manera es tautológicamente cierto, porque tal como suele expresarse implica una toma de partido a favor de la libertad y contra la autoridad, del placer contra el sacrificio, lo espontáneo contra lo convencional, etc., lo que lo convierte en sí mismo en una prueba viviente de que los ideales del 68 han triunfado.

Ahora bien, algunos, seguramente pocos o muy pocos, no podemos sentirnos satisfechos con tal estado de cosas, porque tenemos la sensación, y algo más que una sensación, de que el sistemático cuestionamiento de la autoridad, las normas, las convenciones y las tradiciones es un gravísimo error.

Una cosa es cuestionar la autoridad de alguien en concreto y otra cuestionar la autoridad en sí. Una cosa es cuestionar una determinada norma y otra oponerse a toda norma. Una cosa es defender la imaginación y la creatividad y otra muy distinta arremeter contra el sentido de realidad y contra la transmisión del conocimiento.

Mario Vargas Llosa publicó en El País, hace unos años, un lúcido artículo sobre el famoso lema del 68 “prohibido prohibir”. El autor de La ciudad y los perros argumentaba que lo único que consiguió el “prohibido prohibir” fue destruir el sistema educativo, con sus consignas derivadas contra la autoridad de maestros y profesores, contra la disciplina y los exámenes, etc.

Pero sus efectos deletéreos fueron mucho más allá de la pedagogía. Nuestra cultura se funda sobre el relato bíblico del fruto prohibido. Cuestionar toda prohibición supone una enmienda a la totalidad de la civilización occidental, cosa que seguramente entusiasma a muchos inconscientes, pero no a quienes mediten brevemente sobre las consecuencias.

Como escribió Nicolás Gómez Dávila (muchos de cuyos célebres escolios son verdaderos anti-lemas sesentayochistas): “Humanidad es el rango a que asciende el animal que acata prohibiciones.” El libertarismo ingenuo olvida que los totalitarismos comunista y nazi sólo fueron posibles sobre los escombros de la moral judeocristiana a que pretendió reducirla alegremente buena parte de la clase intelectual, sustituyéndola por sofisterías seudocientíficas como la lucha por la vida o la lucha de clases.

El mayo francés, con su alergia a normas y tabúes, anunciaba la apoteosis de egoísmo en que vivimos, justificada con una falaz instrumentalización de la terminología de los derechos. “El culto intransigente al yo y sus deseos”, como lo denomina Francisco J. Contreras en un imprescindible artículo, se ha convertido en el criterio supremo que da paso al aborto, la disolución de la familia (con la que ya soñaban Marx y Engels) y los vientres de alquiler.

Mis deseos son la realidad”, rezaba una pintada en Nanterre. No es difícil imaginar adónde conduce este subjetivismo sin trabas. Pero más decisivo es entrever de dónde viene, reconocer su auténtico origen luciferino. Otra pintada de aquellos días lo dejaba claro, por si había dudas: “Lo sagrado: ahí está el enemigo.

Tampoco debemos olvidar el carácter profundamente paradójico del “prohibido prohibir”, explicitado por la frase completa, que rara vez se cita, y que dice así: “Prohibido prohibir. La libertad comienza por una prohibición.” En efecto, a fin de cuentas resulta imposible eludir todas las prohibiciones y coerciones, y quien lo intenta no hace más que crear otras nuevas aún más intolerables, encubriéndolas con una escarnecedora neolengua orwelliana.

Quien se apresta a “romper todas las cadenas interiores” (grafiti de la facultad de Medicina) está poniendo las bases para recurrir a cadenas exteriores que reduzcan a obediencia las fuerzas imprudentemente desatadas, tal como ya señaló Donoso Cortés en un conocido pasaje:

No hay más que dos represiones posibles: una interior y otra exterior, la religiosa y la política. Estas son de tal naturaleza, que cuando el termómetro religioso está subido, el termómetro de la represión está bajo, y cuando el termómetro religioso está bajo, el termómetro político, la represión política, la tiranía, está alta.

No faltaron grafitis que ya remedaban el estilo cínico de todo totalitarismo: “No hay libertad para los enemigos de la libertad”. Por supuesto, la definición de quiénes caen bajo tal categoría se apresura siempre a arrogársela el poder.

Consideremos ahora el que sin duda fue el lema más exitoso del mayo francés: “La imaginación al poder”, o como formulaba un grafiti en la Sorbona, “L’imagination prend le pouvoir” (La imaginación toma el poder). Seguramente muchos jóvenes repiten hoy estas palabras sin siquiera saber de dónde proceden, como si se tratara de un eslogan publicitario cualquiera. Sin embargo, distan mucho de ser inocentes.

Qué duda cabe de que el engañoso prestigio de “la imaginación al poder” ha insuflado nueva vida a los utopismos recalcitrantes, con sus secuelas de crímenes y de miseria. Corolario directo de este lema es otro que mostraron las paredes de la misma universidad: “Olvídense de todo lo aprendido: comiencen a soñar.” Dejando de lado la cursilería, que sigue siendo moneda corriente en nuestro tiempo, cualquiera diría que nos están invitando a olvidar las lecciones de la historia.

Desde la Revolución francesa y el genocidio de La Vendée, el asesinato en masa se ha basado invariablemente en la arrogante pretensión de empezar la historia desde cero, de hacer tabla rasa del pasado a fin de construir un mundo nuevo. “Cambiar la vida, transformar la sociedad”, era otra de las consignas del 68, inspiradas en el surrealismo, y todavía hoy aureolada de un imprudente prestigio. Este adanismo irresponsable es el clamoroso efecto del culto irrestricto a la imaginación, entendida abusivamente como un desprecio del conocimiento, de la tradición y la mera realidad.

Así, otro lema sesentayochista muy recordado en este cincuentenario exigía: “Sean realistas. Pidan lo imposible.” (Muros de Censier.) Ignoro si quien lo ideó o copió era consciente de que, según la Biblia, sólo Dios puede lo imposible. (Mateo, 19, 26.) En cualquier caso, nos revela que el mayo francés en el fondo no es más que otro capítulo en la pretensión de sustituir a Dios por el hombre.

La palabra clave del lema más famoso del 68 no es realmente “imaginación”, sino “poder”. Nuestra cultura contemporánea, como se observa en la asfixiante ideología de género, que pretende ocupar todos los ámbitos públicos y privados, está obsesionada con el poder, con las relaciones de dominación. Quienes desean “liberar” al hombre de toda traba, de todo “prejuicio” moral y religioso y de toda dependencia, no hacen otra cosa que convertirlo en esclavo de sus apetitos y de aquellos que saben astutamente fomentarlos. A menudo, esgrimiendo eslóganes de aquel sobrevalorado mayo del 68.

Marx contra las cruces

La decisión del gobierno de Baviera de colocar crucifijos en los edificios públicos del Land alemán ha sido criticada por el cardenal y arzobispo de Múnich Reinhard Marx, lo que sólo puede sorprender a quienes no conozcan a este personaje. Marx es un obispo que lo mismo tiene palabras de alabanza hacia el fundador del marxismo, con quien comparte apellido, que se muestra favorable a bendecir las uniones homosexuales, todo muy en el estilo del papa Francisco que tanto gusta al progresismo mundial.

Esta vez el cardenal no ha dudado en alinearse con los laicistas más desabridos, rechazando la presencia de cruces en edificios de la administración estatal, lo que considera una instrumentalización política inadmisible. Los medios de comunicación no han dejado de notar el electoralismo de una medida con la que los democristianos tratarían de recuperar la iniciativa frente a la derecha identitaria que representa AfD, Alternativa por Alemania. De hecho, la diputada de AfD Beatrix von Storch ha acusado al cardenal de estar a la cabeza de la rendición del cristianismo frente a la pujanza del islam.

Lo cierto es que el cardenal Marx podría haberse limitado a criticar los argumentos empleados por el gobierno bávaro para oficializar el principal símbolo cristiano, al considerarlo “una expresión del carácter histórico y cultural de Baviera”. Por supuesto que la Cruz para los creyentes es mucho más que un símbolo identitario. Pero también es esto, y no consigo ver qué pueda haber de malo en ello. Sobre todo, soy incapaz de entender cuál es el problema de que los ciudadanos bávaros tengan más ocasiones de toparse con cruces cristianas, sean o no sean creyentes.

Lo que subyace a los planteamientos de Marx (el arzobispo) es, entre otras, la falacia sesentayochista contra la “hipocresía”, que tantos estragos ha causado en la cultura y las costumbres. Se nos dice que los símbolos cristianos y la práctica religiosa carecen de valor si no se cree verdaderamente en ellos y no se lleva una vida en consecuencia. Pero esto es una media verdad tan extendida como peligrosa. Porque si Dios existe y Jesuscristo es su único Hijo, el valor de los sacramentos, de las reliquias y de los símbolos no depende de nuestra subjetividad. Aunque alguien no crea en la verdad teológica de la Pasión de Cristo, su representación en un crucifijo está ahí interpelándole, lo quiera o no, lo sepa o no, para que se convierta.

Los iconoclastas que se oponen a los convencionalismos y tradiciones por considerarlos hipócritas, en lugar de alumbrar un hombre nuevo más puro o auténtico, lo único que siempre han conseguido es promover un tipo humano entre cínico y bárbaro, que si no ve motivo para disimular sus mediocres apetitos, mucho menos lo verá para moderarlos o educarlos. Dijo La Rochefoucauld que “la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”. El mero recuerdo de la virtud siempre será mejor que carecer por completo de ella y ni siquiera echarla de menos. Eliminar los símbolos cristianos del espacio público no contribuye en nada a que los cristianos seamos más virtuosos, y sí en cambio a que cada vez haya menos cristianos.

El cristianismo es algo demasiado importante para dejarlo sólo en manos del clero. Saludemos los intentos realizados desde la política, en Alemania, Hungría o Polonia, por recuperar la identidad cristiana europea, incluso aunque pueda haber mezclados con ellos intereses espurios. ¿Desde cuándo el Espíritu necesita para actuar las motivaciones conscientes de los gobernantes? Quien no vea algo providencial en medidas como la adoptada por el gobierno bávaro, probablemente cree poco en la Providencia.