El talón de Aquiles occidental

Mi artículo en Actuall. Aprovecho para recomendar la suscripción al brief de Actuall, un ágil resumen matutino de la actualidad a cargo de Víctor Gago.

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El islam es una religión de paz y el comunismo era una buena idea

Los eternos bienintencionados se esfuerzan en mostrarnos que el islam no tendría un carácter irreductiblemente agresivo y expansionista. Así, el escritor cristiano-árabe Amin Maalouf sostuvo que tanto el Antiguo Testamento como el Corán contienen pasajes que justifican la violencia y la conquista. Sería un accidente histórico que los musulmanes (cuya religión a fin de cuentas es seiscientos años más joven que el cristianismo) no hubieran evolucionado hacia actitudes más moderadas y pacíficas, al igual que habrían hecho los cristianos, sin necesidad de renegar de su fe.

Esta tesis parte como mínimo de una lectura muy descuidada u olvidadiza de los libros sagrados de las tres grandes religiones monoteístas. Es verdad que ya desde los tiempos de Moisés, los que se meten con los judíos o se interponen en su camino, acaban masacrados, sea por intervención directa de Yavé o al filo de la espada. Pero hay dos diferencias esenciales entre la Biblia y el Corán. La primera es que los judíos no pretenden conquistar el mundo, sino que desde el principio sólo aspiran a poseer la Tierra Prometida por Dios. No eran unos pacifistas, de acuerdo, pero tampoco eran imperialistas. Su expansionismo tenía límites geográficos concretos, que coincidían grosso modo con los que siguen defendiendo en nuestros días, en un territorio menor que la Comunidad Valenciana.

La otra diferencia, nada desdeñable, es que junto a los pasajes más belicistas e intolerantes, desde el Antiguo Testamento se insiste en el precepto de no maltratar ni oprimir al extranjero, “pues extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto.” (Éx., 22, 20). Y en contra de lo que algunos podrían creer, el principio de amar al prójimo “como a ti mismo” no fue instituido por vez primera por Jesucristo, sino que se halla ya formulado en el Levítico (19, 18), aunque ahí el concepto de prójimo todavía se circunscriba a “los hijos de tu pueblo”. No hay duda de que en pasajes como estos y muchos otros se encuentra la semilla de una interpretación universalista y pacífica de las Escrituras, que eclosiona en los Evangelios.

Por el contrario, el Corán no ofrece lugar a interpretaciones caritativas. Es un libro que invita sin disimulos a conquistar el mundo a sangre y fuego, imponiendo la conversión forzosa y la sumisión de quienes permanezcan infieles. Por citar solo un pasaje, en Corán 9, 29 se llama a combatir contra quienes han recibido la Escritura (judíos y cristianos) pero no creen en la “religión verdadera” (la de Mahoma). “Luchad hasta que, humillados, paguen el tributo.” No hay límites teóricos al expansionismo islámico; no se ve por qué habría de detenerse antes de conquistar el planeta entero, aunque tenga claros sus objetivos más inmediatos, como España, los Balcanes o la India.

La Historia además desmiente el paralelismo entre una supuesta fase agresiva del cristianismo, que felizmente se habría superado, y la expansión inherente al islam. Los cristianos, en la Reconquista y en las Cruzadas, no hicieron más que reaccionar a las conquistas previas de los mahometanos. Si hace quinientos años Europa empezó a dominar la mayor parte del mundo mediante las armas, su técnica superior, su medicina y su cultura, no por ello impuso a la fuerza el cristianismo, sino a través del anuncio del Evangelio, acompañado de la alfabetización y la asistencia a los pobres y enfermos. La diferencia es crucial: el cristianismo anuncia y sirve, el islam somete. No por casualidad significa “sumisión”.

Los únicos imperialismos verdaderamente agresivos surgidos en el seno de Occidente fueron el marxismo y el nacionalsocialismo, ambos mortales enemigos del cristianismo, y derrotados el siglo pasado, aunque el primero siga incordiando todo lo que puede desde sus reductos caribeños y norcoreanano. En cambio, el islam, que es el totalitarismo expansivo (valga la redundancia) más antiguo, sigue siendo la amenaza que siempre fue, ahora agravada por la vulnerabilidad de unas sociedades que confunden tolerancia con relativismo, y confían bovinamente en que la libertad y la democracia se pueden defender sin disparar un solo tiro.

No se ve en el horizonte ninguna evolución del mundo musulmán hacia la moderación, sino más bien al contrario. Los velos y las barbas no han hecho sino aumentar en las últimas décadas. Nada hace prever una inversión de esta tendencia, a juzgar por su libro sagrado, la Historia y la sangrienta actualidad, tras los 129 asesinatos del viernes trece en París.

El islam, preciso es reconocerlo, va a ser mucho más difícil de derrotar que el nazismo y el comunismo. Tiene muchos más adeptos sinceros, y mucho más fanáticos. Es humanamente imposible que desaparezca. Lo único que podemos hacer es pasar a la ofensiva para obligarle a que se conforme con sus actuales límites geográficos, al menos durante un siglo o dos, hasta que vuelva a resurgir, y vuelta a empezar.

Pero el principal problema reside en nosotros mismos, los europeos, empeñados en seguir creyendo en el camelo de que el islam es una religión de paz y que los criminales que acribillan o revientan con explosivos a civiles inocentes, al grito de Allahu akbar, no tienen nada que ver con Mahoma.

Aquellos que repiten las necedades políticamente correctas, tratando de distinguir al islam de quienes lo aplican con todas sus consecuencias, suelen ser los mismos que sostenían y sostienen aún que el comunismo no era mala idea, y que en la Unión Soviética no se aplicó el “verdadero” socialismo. Por muchos millones de muertos que causara el marxismo, y pese a que hubiera miles de cabezas nucleares apuntando a las capitales europeas, los biempensantes progresistas nos prevenían en su día contra la “paranoia” anticomunista, y mostraban su equidistancia entre el capitalismo y el socialismo real.

Del mismo modo, por mucho que la mayoría de conflictos bélicos del mundo se registren en las fronteras del islam, esos mismos progresistas seguirán dándonos lecciones de ética contra la “xenofobia”, segurián repartiendo culpas entre los yijadistas y la OTAN, y seguirán comparando el terrorismo con el machismo o el cambio climático.

Pues bien, mientras tales imbéciles continúen empeñados en que cantemos Imagine de Lennon, que los niños dibujen palomas de la paz en la guardería y los adolescentes aprendan que el mal absoluto es el “neoliberalismo”, solo estaremos más cerca de perder definitivamente la guerra que los mahometanos libran contra nosotros, con mayores o menores altibajos y treguas, desde hace mil cuatrocientos años.

Cómo nos roban la identidad

El pasado 25 de octubre ABC publicó una jugosa entrevista de Hermann Tertsch y R. Pérez-Maura al primer ministro de Hungría, Viktor Orban, definido con acierto como “la bestia negra de la izquierda europea” y como un personaje incómodo para la derecha políticamente correcta. De las palabras de Orban destacaría el siguiente fragmento:

“La izquierda tiene una visión y una agenda. Ellos creen que hay que deshacerse de las identidades existentes para tener mayor libertad. Que hay que desmantelar la identidad religiosa, la nacional y hasta la sexual porque eso es la libertad. No estamos de acuerdo. Nos parece legítimo, pero no lo aceptamos. Nosotros no lo queremos y en 2011 aprobamos con la mayoría de dos tercios una constitución que considera claramente a la cristiandad como su referente, que respeta la nación, la defiende y mantiene. Que defiende la familia, con una mujer y un hombre.”

Dándole vueltas a estas palabras, me hice dos preguntas: ¿cómo trata de robarnos la identidad el progresismo? (Progresismo es un término más amplio que izquierda, pues engloba también a esa derecha políticamente correcta, al menos una parte de sus posiciones.) Y ¿por qué nos quieren robar nuestras identidades cristiana, nacional y sexual?

Respondiendo a la primera cuestión, creo que es útil para el análisis distinguir dos procedimientos básicos, aunque en la práctica suelen darse entremezclados.

1) El método más burdo y reconocible consiste en atacar, denigrar, ridiculizar y cuestionar directamente aquella identidad que molesta al progresismo. En el caso del cristianismo, se trata de presentar a los creyentes como personas irracionales, intransigentes, incoherentes e hipócritas. Dado que los cristianos somos tan imperfectos y débiles como el resto de los seres humanos, esta táctica dispone de abundante material para sustentarse; basta con poner el foco en los defectos de los creyentes y omitir los de los demás. Pero sobre todo se trata de amplificar, exagerar y generalizar dichos defectos hasta elaborar una grosera caricatura del cristianismo (cosa de meapilas, de fanáticos y de curas pedófilos), con la que personas de formación precaria, especialmente los jóvenes pasados por el adoctrinamiento escolar progresista, tenderán inconscientemente a no querer ser identificados.

De manera análoga se procede con la identidad española. Se considera que España no tiene nada de lo que enorgullecerse, para lo cual se tergiversa de manera sistemática nuestra historia. La Reconquista se recrea como una agresión de bárbaros cristianos contra los civilizados y refinados musulmanes, el Descubrimiento como un genocidio del cual los pueblos indígenas aún no han logrado recuperarse, la guerra civil del 36 como una derrota de una democracia modélica a manos del fascismo, que habría sojuzgado a España durante cuarenta años de terror y miseria sostenidos.

Lo mismo con la identidad sexual. Se presenta a las mujeres que se dedican exclusivamente al cuidado de su familia como oprimidas por el patriarcado, y se inculca en los niños, a través del sistema educativo y de la industria del entretenimiento, la idea de que no existe ninguna diferencia entre hombre y mujer –más más allá de las evidencias fisiológicas– que no esté basada en caducos estereotipos culturales. Por lo demás, sobre los varones heterosexuales, especialmente los casados, se dejan caer, en formatos periodísticos o de ocio, calculadas insinuaciones que los asimilan a una caterva de maltratadores en potencia y clientes habituales de prostíbulos.

2) El segundo procedimiento es más sutil. Consiste no en atacar directamente la identidad que se quiere destruir, sino en favorecer y ensalzar modelos alternativos o incluso identidades abiertamente hostiles a la primera. En el caso del cristianismo, se trata claramente de favorecer al islam, esa religión de paz, con el pretexto indeciblemente hipócrita de la libertad religiosa y la lucha contra la xenofobia y la discriminación, que algunos invocan para defender el derecho a los menús halal en los colegios, entregar la Catedral de Córdoba a los musulmanes u oponerse a la prohibición del burka, pero olvidan cuando pretenden eliminar toda simbología y práctica católicas del espacio público, e incluso de los cementerios.

Respecto a la identidad española, el progresismo, al igual que sucede con el islamismo, no duda en aliarse o incluso fusionarse con los etnicismos más reaccionarios, presentados como movimientos de emancipación, exigiendo que se reconozcan “singularidades” que ya están de sobras reconocidas, como si España tuviera que admitir y reparar unas atroces injusticias que sólo existen en la imaginación resentida y las falsificaciones históricas de los nacionalistas periféricos.

El mismo patrón, en fin, se sigue en el caso de la identidad sexual. Se trata de presentar de la manera más atractiva y cándida unos supuestos modelos alternativos de familia, contrapuestos a la “familia tradicional”, que ya de este modo queda etiquetada como una antigualla a superar.

Los ejemplos de estos procedimientos son inacabables, pero resulta muy ilustrativo el que proporciona una noticia aparecida al día siguiente de la publicación de la entrevista a Orban.

Una notaria “casa” un trío de mujeres en Río de Janeiro. Lo interesante de la noticia, más que el contenido (un suma y sigue en la colección de aberraciones de este mundo desquiciado) es el tratamiento que recibe por parte del periodista de turno, que a duras penas consigue disimular la delectación que le produce el acontecimiento. El trío lésbico es presentado como un “fruto del amor”, sin que se plantee la menor duda sobre lo que durará tal engendro y si no terminará como el rosario de la aurora, y sobre todo con una víctima especialmente indefensa, el pobre niño que una de las componentes del trío planea concebir por inseminación artificial.

El acontecimiento, y esto es clave, se presenta como un avance de la igualdad, a la que inútilmente se oponen aquellos “legisladores conservadores” que tratan de “imponer un único modelo de familia”, en contra del rumbo imparable que ha tomado la sociedad. Qué pueda significar la igualdad en este contexto, es algo indescifrable. ¿Cuál es el límite? ¿Por qué sólo tres personas? ¿Por qué no una “boda” de un quinteto de cuerdas, si para formar una familia bastan “amor, una relación duradera, intención de tener hijos…”? Si cinco violinistas se quieren, conviven y uno o una de ellos quiere reproducirse por inseminación o clonación (todo se andará), ¿quiénes somos los demás para poner trabas a su conmovedora unión?

Quienes tachan de improcedente el “argumento de la pendiente resbaladiza” suelen razonar igual, cuando no son los mismos, que quienes se ofendían cuando se les señalaba que el “matrimonio gay” abría las puertas a la poligamia, que es precisamente lo que se está verificando ante nuestros ojos. El progresista nunca quiere ver las consecuencias de sus ideas, hasta que esas consecuencias se hacen realidad, en cuyo caso pasa a justificarlas con el “argumento” de que debemos aceptar los cambios sociales, como si su mera existencia fuera una prueba de su bondad.

Paso ahora a tratar de responder a la segunda pregunta, muy brevemente: ¿Por qué? ¿A quién beneficia realmente esta infatigable y masiva labor de derribo de nuestras identidades cristiana, nacional y sexual?

Es fácil hallar la respuesta si nos paramos a pensar en un hombre o una mujer desprovistos de identidad, sin religión, sin sentimiento de pertenencia a una nación, sin más identidad sexual que el hecho de poseer unos atributos anatómicos determinados, que incluso podría modificar a voluntad. ¿Qué motivaciones rigen la vida de este tipo humano? Pueden ser muy diversas, pero apuesto a que las más poderosas serán apetitos puramente materiales, esto es, la búsqueda de la seguridad y del placer. Un ser así, sin ideales ni aspiraciones trascendentes, será sin duda mucho más fácil de comprar, de sobornar, de conducir, de manipular. Será más gobernable, en suma. Las personas con creencias y principios firmes que vayan más allá de llenar el estómago y de compartir fluidos corporales, son un dolor de cabeza, un inconveniente para los gobernantes que sólo creen en el poder. No se las puede conquistar tan fácilmente con subsidios ni con entretenimientos banales o “libertades” embrutecedoras.

No hace falta imaginar conspiraciones masónicas, ni pensar en reuniones del Club Bilderberg (aunque haberlas, haylas) para comprender que existe una tendencia a menudo inconsciente, y con la que colaboran alegremente infinidad de tontos útiles con titulación universitaria, para crear una suerte de gobierno mundial que instaure coactivamente el progresismo como religión global oficial. Una pata importante de este plan es el tinglado del cambio climático, un pretexto perfecto, y precedente inmejorable, para imponer constructos ideológicos a las sociedades, desde instancias supranacionales irresponsables y ajenas al control democrático.

El progresismo aparece hoy por hoy como una fuerza triunfante, aunque no exenta de contradicciones. La principal ya la hemos señalado, su alianza tácita y táctica con el islamismo para hostigar al cristianismo. ¿Quién utiliza a quién? ¿Progresistas a islamistas o al revés? Sea como fuere, si vencieran los que aspiran a restaurar el Califato, el progresismo habría hecho el peor negocio posible.

Otra contradicción que no siempre se comprende bien es el carácter antiglobalizador y anticapitalista del progresismo, pese a beneficiarse tanto de la globalización como del capitalismo. La circulación de información, de patrones culturales y el aumento de la prosperidad, consecuencias principales de la extensión de la lógica del mercado, son aprovechadas, paradójicamente, por quienes odian el mercado libre para difundir sus ideas y para reclamar más poder para los Estados, que contemplan la riqueza creada por la libertad económica como un apetecible botín, que pueden esquilmar fiscalmente o incluso apropiarse directamente. El resultado, allí donde triunfa el populismo anticapitalista, es que la riqueza se destruye en pocos años, lo que si no acaba con dichos regímenes (que pueden ser muy resistentes, a costa de los sufrimientos de la población), los lleva a enquistarse y a perder influencia global.

Estas contradicciones podrían acabar tumbando al progresismo. Pero para que ello no beneficie al islamismo ni a los populismos indigenistas o a los tribalismos europeos, es imperativo reforzar nuestra identidad judeocristiana y las grandes identidades nacionales europeas. Ello no tendría por que ser incompatible con un proyecto europeo confederal, desde luego distinto del actual modelo burocrático. Y requiere asimismo que la reacción contra el progresismo supere sus propias contradicciones, que también las tiene (y el propio Orban es un buen ejemplo de ello), y no confunda la oposición al establishment progresista supranacional con la vía autoritaria al estilo de Putin, y menos aún se deje impresionar por el modelo chino. Volver la mirada a Oriente es uno de los efectos de ese olvido de nuestras propias raíces cristianas y nacionales.