Las dos críticas al capitalismo

Hay una crítica indocumentada, ternurista e inane contra el capitalismo. Es la de quienes denuncian, contra los datos más rigurosos, que “los ricos cada vez son más ricos y los pobres más pobres”, y basándose en medias verdades y en informes tendenciosos e interesados como los de Oxfam postulan un aumento escandaloso de las desigualdades o la irrupción de una nueva depauperización en el mundo desarrollado.

No es una crítica que ejerza exclusivamente la izquierda, sino que la encontramos también en determinados autores conservadores y tradicionalistas, con términos a veces apenas distinguibles. Hay un cierto auge, en círculos restringidos, de las ideas distributistas de Gilbert K. Chesterton, el genial apologista católico, que defendía una especie de sociedad neorrural tan alejada del capitalismo como del comunismo. En nuestro país, el escritor Juan Manuel de Prada se ha erigido en uno de los representantes notorios, a través de sus columnas periodísticas, de esta tendencia reaccionaria.

No me malinterpreten. Quien escribe se reconoce sin ambages en el pensamiento reaccionario, cuya tesis central es que la modernidad, entendida como la ruptura con el cristianismo, es un error capital, por no decir la fuente de todos los errores. Sin embargo, las deducciones que algunos autores extraen de esta tesis, en el terreno económico, me parece que se han dejado influir por ideas que nada tienen que ver con el pensamiento genuinamente reaccionario, sino con un marxismo más o menos vulgarizado, que evidentemente se halla en sus antípodas.

Hace escasos días me llamó la atención la emisión, en Intereconomía TV, de una interesante entrevista de Julio Ariza a Jaime Mayor Oreja, en la que, tras tratar diversos temas, el director de la cadena lanzó una soflama denunciando las crecientes desigualdades económicas, en unos términos que cualquier comunista habría suscrito. El político democristiano se mostró diplomáticamente en sintonía con el discurso de su entrevistador, aunque apresurándose a señalar que él no era socialista ni comunista. Lo cual es una forma de admitir una cierta coincidencia con el diagnóstico de la izquierda, desconectándolo, no sé si muy consistentemente, de sus soluciones.

Personalmente, creo que el socialismo es una doctrina completamente falsa, no sólo por sus resultados sino ante todo por su interpretación del mundo, de la que a fin de cuentas derivan aquéllos. Sencillamente no existe un monstruo llamado capitalismo que sea el único o principal responsable de la pobreza en el mundo, de las guerras y de los desastres medioambientales. Nada ha provocado más miseria en el planeta que la instauración del comunismo en Rusia y en China, así como las políticas socialistas en otros muchos países, como la India de no hace muchas décadas. Nadie ha matado más en la historia que los regímenes y movimientos comunistas, en los últimos cien años. Y nadie ha provocado desastres ecológicos comparables a Chernóbil y otros menos conocidos.

La doctrina comunista, sin embargo, sigue disfrutando de un prestigio absolutamente increíble e inmerecido. Y las muletas de este prestigio son básicamente el discurso antifascista y el discurso anticapitalista. Del primero, sólo cabe decir que es probablemente el mayor éxito propagandístico de todos los tiempos. La izquierda pretende que unas doctrinas que en su origen no fueron más que una mutación ideológica del socialismo, y cuya influencia real, reducida a un cuarto de siglo, terminó en 1945 con la derrota del nazismo, constituyen la mayor amenaza que se cierne sobre la humanidad hasta el día de hoy y en el futuro.

La pretensión es desde luego ridícula, pero hay que rendirse a la evidencia de su efectividad política. El antifascismo es desde siempre el gran banderín de enganche del izquierdismo, tanto de jóvenes ingenuos como de oportunistas. El antifascismo lo justifica todo, incluso prácticas políticas violentas que no se distinguen de las fascistas. Porque en el fondo, y sin negar sus diferencias, fascismo y progresismo comparten una idea con resultados prácticos muy similares: la de que la vida social es una guerra más o menos encubierta, bien sea de clases, razas o sexos.

Sobre todo, el antifascismo es el gran espantajo que mantiene a la derecha política y sociológica amedrentadas, siempre a la defensiva, como si el mero hecho de sostener cualquier posición no progresista, como por ejemplo ser contrario a la eutanasia, le colocara a uno, dentro del llamado espectro político, más cerca de Adolf Hitler. (El cual, dicho sea de paso, defendía radicalmente la eutanasia y la aplicó desde antes de la guerra con la firme y valiente oposición de la Iglesia católica.)

El otro discurso que le hace el caldo gordo al comunismo es el anticapitalismo. Cada vez que algún bienintencionado conservador dice que comparte el diagnóstico de Podemos, pero no sus recetas, habría que darle una colleja metafórica. Porque dicho diagnóstico, por debajo de adornos y tacticismos varios, no es otro que situar el origen de todos los males en la propiedad privada y el libre mercado. Suelen hablar, para atracción de los incautos, de “gran propiedad” o “capital especulativo”, pero a la postre un comunista con poder acabará robando o arruinando a los más pobres e indefensos. Y ello es así no por desviaciones o excesos, sino por culpa del mismo concepto de partida.

Porque, díganme: ¿quién decide qué forma de propiedad es lícita o no? ¿Dónde ponemos el límite y cómo? Y lo más importante: ¿es posible un mundo de más de siete mil millones de pequeños propietarios? ¿Existe una alternativa a la economía industrial que permita alimentar, vestir, dar vivienda y medios de transporte a los miles de millones de seres humanos que, gracias precisamente (y digan lo que digan sofistas y demagogos) al capitalismo, han accedido a niveles de prosperidad desconocidos en toda la historia?

Ahora bien, dicho esto, hay una crítica de otro orden al capitalismo, ejercida por los autores reaccionarios en sus momentos más lúcidos, con la que sí estoy de acuerdo. La resume magníficamente Nicolás Gómez Dávila en uno de sus escolios: “El capitalismo es abominable porque logra la prosperidad repugnante vanamente prometida por el socialismo que lo odia.”

Es decir, el problema del capitalismo no es que produzca miseria, sino lo contrario: su ilimitada y demostrada capacidad para producir riqueza y satisfacer los deseos consumistas de las masas. Objetivo que comparte plenamente con el comunismo, con la única diferencia de que uno cumple sus promesas y el otro no. Soy consciente de que esta posición puede confundirse con un aristocratismo o torremarfilismo hipócrita y cínico. El de quien desde una posición acomodada (como era la de Gómez Dávila) puede permitirse el lujo de deplorar el mal gusto e inmoralidad de infinitos productos industriales destinados a satisfacer la demanda del gran público.

Desde luego, un reaccionario consecuente no debería caer en el error de proponer ilusorias alternativas. Puede evocar con ánimo ilustrativo o hasta provocativo viejas formas de vida preindustrial y feudal, pero realmente sabe, o debería saber, que ni esas viejas formas eran tan idílicas ni en todo caso podemos (ni queremos, hablando con sinceridad) volver a ellas. Sin embargo, esto no invalida el hecho de que el capitalismo, al producir sin otro criterio que satisfacer la demanda (sea espontánea o excitada artificialmente), nos conduce a una sociedad donde el materialismo eclipsa fácilmente cualquier otro sistema de valores, aunque sea a veces bajo el disfraz de las variadas seudoespiritualidades que el mercado se apresta también a ofrecernos.

Se ha comparado, en mi opinión acertadamente, el mercado libre con la democracia. Y en efecto, ambos beben del mismo principio: que el pueblo, o el consumidor, es el soberano. Para la mentalidad moderna, esto es un dogma incuestionable; pero tiende a desentenderse graciosamente de sus consecuencias más incómodas, lamentándolas como si se tratara de accidentes inexplicables o azarosos. Ese pueblo soberano puede al final acabar votando a Hitler. Y ese consumidor-rey sostiene una industria pornográfica (en el sentido más amplio, no me refiero sólo al negocio de contenidos sexuales, sino al entretenimiento basura en general) que mueve miles y miles de millones de dólares en el mundo, los cuales evidentemente se distraen de otros menesteres infinitamente más caritativos, nobles o inteligentes.

No nos equivoquemos. El problema de la democracia y del capitalismo no es que vote gente ignorante, ni que gente vulgar tenga dinero para comprar. No se resolvería nada restringiendo el sufragio ni creando redes de comercio elitista. Pues precisamente, esta “solución” ya ha sido ensayada hasta la saciedad por los comunistas. Lenin no accedió al poder por una mayoría de votos, sino dando un golpe de Estado y cerrando el parlamento. Sin embargo, la ideología leninista no dejaba por ello de ser democrática, en un sentido más profundo de lo que suele creerse. Quien está imbuido de la supersticiosa idea de que el pueblo o la mayoría siempre tienen la razón, en el fondo no necesita siquiera de ningún método que permita corroborarlo. Basta con que, del mismo modo supersticioso, crea que alguien, un líder o un partido, encarna esa voluntad infalible. Nuestro reaccionario de cabecera Gómez Dávila ya señaló esta fundamental comunidad de principios entre las democracias parlamentarias y las “democracias populares”: “Mayoría, partido minoritario, o individuo, la legitimidad democrática no depende de un mecanismo electoral, sino de la pureza del propósito.” (N. Gómez Dávila, Textos, Atalanta, 2010, pág. 72.)

Lo que distingue al parlamentarismo occidental del despotismo democrático es que, precisamente en el primero, el principio democrático está restringido y compensado por el constitucionalismo: porque en Europa y en Estados Unidos hay todavía serios límites legales a lo que un gobierno puede hacer, por mucha legitimidad electoral que posea, y porque sobrevive la división de poderes. Pero los ataques al imperio de la ley y a la independencia judicial son habituales desde las posiciones más fervientemente democráticas. Es ya cotidiano que se exija a los jueces que se plieguen al sentir popular expresado en manifestaciones callejeras, o que se demande a los gobiernos que ejerzan poderes ilimitados para solucionar tanto problemas reales como muy frecuentemente imaginarios o exagerados histéricamente.

Es aquí donde reaccionarios y liberales se encuentran: en su desconfianza de la democracia como expresión de una voluntad popular de derechos ilimitados. Pero algunos liberales, en su empeño por absolutizar la libertad individual, acaban no distinguiéndose demasiado de los demócratas más sectarios. Proclamar soberano al individuo (lo que implícitamente descarta cualquier criterio de valor trascendente) tiene resultados prácticos que no son tan distintos del absolutismo democrático, como se advierte por las significativas coincidencias de estos susodichos liberales con muchas posiciones progresistas, como la defensa de la eutanasia o los vientres de alquiler. Si el liberalismo fuera eso (aunque me resisto a concederlo), yo estaría con los reaccionarios, sin dudarlo.

 

 

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La linterna mágica

Los medios de comunicación de masas (en adelante, MCM) son principalmente instrumentos de propaganda. La información objetiva es en ellos sólo una pequeña parte (a veces, difícil de encontrar y aislar) que básicamente funciona como pretexto u ocasión para inculturar y reforzar entre la población la visión progresista del mundo.

Esto vale para todos los grandes medios convencionales públicos y privados, de información y entretenimiento, televisión, cine, radio y prensa de papel, con sus ediciones digitales; también para buena parte de los medios exclusivamente digitales.

Internet es una tecnología que parece cuestionar la influencia unidireccional y jerárquica de los MCM, pero de momento ésta sigue siendo enorme e innegable, y personalmente no tengo muy claro que las redes sociales vayan a hacer algo más que mitigarla levemente, pese a resultados inesperados como la elección de Trump. Que los MCM atribuyan este acontecimiento a la mera difusión de bulos por potencias extranjeras indica que tienen mal perder, pero no que su posición corra un riesgo serio, por ahora.

No hay apenas diferencia entre medios de línea editorial nominalmente conservadora o progresista, ni siquiera entre medios públicos bajo gobiernos de distinto color político. Unos son más afines a determinados partidos, lo que se percibe en cómo tratan los escándalos de corrupción que salpican a unos y a otros; pero en lo ideológico, cada vez resultan más indistinguibles, al igual que sucede con esos mismos partidos.

Ello se debe no tanto a que los medios sean serviles al poder, que lo son, como al hecho de que son una parte del mismo. Los periodistas forman parte de la clase dirigente, como se podía decir genéricamente del clero siglos atrás. Y siendo abrumadoramente progresistas, es lógico que tiendan a transmitir esta ideología, acaso sin ser siempre conscientes de ello. Los escasos periodistas que no son progresistas, o bien se adaptan al entorno para sobrevivir, recluyendo sus ideas y creencias en su fuero interno, o bien pagan un alto precio por la disidencia, empezando por sufrir el veto de los principales medios.

La mayor parte de las noticias y mensajes que sirven los MCM pueden clasificarse en una reducida lista de temas clave, en función de las ideas que se quieren difundir: Ideología de género, socialdemocracia, multiculturalismo, laicismo, ecologismo… Ya de entrada, los hechos son seleccionados en función de las necesidades propagandísticas. Por ejemplo, interesa más la violencia de pareja que la violencia causada por musulmanes. Y si no hay más remedio que informar de esta última, se pone especial cuidado en alertar preventivamente contra el peligro de la islamofobia, como si un mal en gran medida hipotético fuera más preocupante que un mal presente.

Un rasgo muy revelador es la ausencia casi total de pluralismo en temas de sustancia ideológica y filosófica, en contra de lo que pudiera creerse debido a la proliferación de “polémicas” más o menos ruidosas, que a menudo se reducen a desacuerdos o malentendidos verbales. Rara vez se da voz a posiciones que discrepen consistentemente del progresismo si no es para demonizarlas o ridiculizarlas, asociándolas a la “ultraderecha”, el “populismo” y sambenitos semejantes, y procurando en cualquier caso que sus críticas no puedan llegar de manera inteligible al gran público.

Es práctica común recabar la opinión de “expertos” a los que se presenta como portavoces de una supuesta versión científica oficial sobre cualquier tema, como si no hubiera controversias dentro de la ciencia –o como si cualquier cuestión fuera competencia de ésta. Si por ejemplo se habla de transexualidad, los “expertos” consultados serán invariablemente partidarios de las tesis de las asociaciones LGTB (cuando no directamente miembros de ellas), ignorando que existen respetables opiniones divergentes entre profesionales de la psiquiatría o la endocrinología.

En teoría, los periodistas se rigen por códigos de objetividad e imparcialidad, pero en la práctica no es en absoluto así, sencillamente porque la propia ideología progresista niega que exista la objetividad. El progresismo sólo cree en la realidad del poder, y por tanto todo discurso es o bien un medio para sostenerlo o para cuestionarlo. No hace falta decir que el progresista, por definición, se considera un cuestionador del poder, un heroico transgresor. Da lo mismo cuál sea su posición social, si es un multimillonario, un autócrata o un periodista al servicio de alguno de ellos: él siempre “lucha” contra poderes superiores o fuerzas malignas, llámense capitalismo, patriarcado, autoritarismo, etc., y para este romántico rebelde todo está justificado, empezando por el uso sin escrúpulos de la mentira y las más descarnadas técnicas de manipulación de las emociones gregarias.

La pregunta que ineludiblemente se plantea es por qué los periodistas son mayoritariamente progresistas. Admitamos en primer lugar que por la misma razón que lo son la mayoría de maestros de escuela, profesores de enseñanza secundaria y superior y, en general, la gente instruida. Enunciada brevemente: El progresismo resulta casi irresistible para todos ellos porque se autopercibe y autoproclama sin descanso como el gran enemigo de la ignorancia. Y ¿quién querría ser visto como un defensor de ésta?

Probablemente el mayor éxito del progresismo sea haber impuesto, paradójicamente, su ignorante visión del pasado, especialmente del período medieval, entendido básicamente como un cúmulo de errores y supersticiones, con las únicas salvedades de unos pocos pensadores y científicos que debieron enfrentarse a la Iglesia, institución cerrada a toda innovación y mejora. Aceptado ese falso relato maniqueísta, que empieza por desdeñar (¡y ya es desdeñar!) el papel crucial del clero y el monacato católicos, tras la caída del Imperio romano, en la preservación y estudio del legado clásico, es perfectamente comprensible que cualquier individuo alfabetizado quiera estar en el lado bueno de la historia.

Hay que tener en cuenta que la mayor parte de las personas instruidas saben en realidad muy poco de casi todo, excepto sus particulares especialidades, por lo que no es de extrañar que adopten con facilidad los estereotipos más ramplones sobre la historia o sobre el cristianismo. Si esto no han podido evitarlo científicos y pensadores como Albert Einstein o Bertrand Russell, algunas de cuyas opiniones sociales y políticas eran, por decirlo suavemente, de nivel barbacoa familiar (véase El conocimiento inútil, de J.-F. Revel), imaginen con cualquier mediocre maestro o profesor, que a menudo se limita a mantener durante toda su vida las ingenuidades “idealistas” que adoptó siendo un estudiante imberbe.

Pero esta injustificada autopercepción del progresismo como la lucha por el conocimiento no es más que una derivada, una consecuencia de una tesis más profunda o fundamental, que aquí, para no alargarnos, sólo podemos desarrollar de manera muy sintética, formulándola así: El hombre es capaz, exclusivamente por sus propios medios y capacidades, de alcanzar cualquier grado superior de perfeccionamiento. Expresado categorialmente, el progresismo no es más que un gnosticismo, la doctrina según la cual el ser humano, mediante su conocimiento de la realidad, puede llegar a superarse a sí mismo, hasta convertirse en un ser divino o fusionarse con él.

Todo en el progresismo acaba siempre tendiendo, de manera directa o indirecta, a la misma idea: que el conocimiento (reducido previamente a mera técnica) tiene un poder -lo que equivale a un “derecho”- ilimitado y por tanto es opuesto a la religión cristiana, a la que debe reemplazar de una vez por todas. Podríamos decir, recurriendo al mito bíblico, que el primer progresista habría sido la serpiente que le susurró a Eva, en el jardín del Edén, que si ella y Adán comían del árbol de la ciencia del Bien y del Mal, serían como dioses.

Es cierto que Nietzsche renegó del progresismo por considerarlo una reedición del cristianismo. Pero no deja de ser significativo que su ateísmo le llevara a predicar el Superhombre, algo no distinto de lo que sostiene, aunque habitualmente con otras palabras, el propio progresismo, y de manera muy explícita recientes divagaciones transhumanistas como las de Yuval N. Harari (Homo Deus), que tienen la virtud clarificadora, precisamente, de abogar por un progresismo mucho más autoconsciente, coherente e implacable, purificado de reminiscencias cristianas.

El progresismo, aun cuando algunos quieran entenderlo como una puesta al día del cristianismo, es ante todo una ruptura, una rebelión radical contra él, por cuanto reniega de la doctrina de que el hombre sea una criatura divina necesitada de redención trascendente, un ser que no puede salvarse por sí solo. Los mandamientos del progresismo, asumidos por millones de personas, incluyendo muchas que se creen “conservadoras”, se resumen en dos: Te amarás a ti mismo por encima de todo y serás rebelde contra toda norma externa, que no proceda de tu sagrada libertad o subjetividad. Evidentemente, esta letanía difundida con uno u otro estilo por la publicidad comercial, los libros de autoayuda, los artistas y los paparazzi-filósofos que copan los horarios televisivos de máxima audiencia, no es otra cosa que la inversión exacta de los preceptos cristianos.

En consecuencia, “adaptar la Iglesia a la sociedad moderna”, la gran divisa de los cristianos que se consideran progresistas, o viceversa, no puede ser otra cosa que tratar de abrogar la doctrina cristiana sin poner en guardia a los creyentes que siguen siendo fieles a la doctrina bimilenaria de la Iglesia. No es más que una sustitución taimada de unas convicciones por otras palmariamente antitéticas, basada en paralelismos superficiales y engañosos, hasta que la religión fundada por Jesucristo acabe siendo suplantada enteramente por la religión progresista o “humanitaria”. La ironía suprema es pretender con ello estar volviendo a una supuesta pureza evangélica, algo que por lo demás han pretendido siempre casi todas las herejías.

Hay que insistir en ello: el verdadero enemigo del progresismo es el cristianismo, y los más lúcidos entre los progresistas y entre los cristianos siempre lo han tenido perfectamente claro. No debe sorprendernos, entonces, que para contrarrestar dos mil años de cultura cristiana se requiera un bombardeo ideológico constante y masivo. Propaganda en realidad es un término de origen católico, sin la connotación negativa que ha adquirido con posterioridad: se trataba de difundir (propagar) el Evangelio, tal y como Cristo encargó a sus discípulos. La propaganda progresista es siempre en última instancia, cuando no en primera, contrapropaganda cristiana.

Con frecuencia, esta contrapropaganda es lo suficientemente inteligente para ocultar su objetivo último, por razones meramente tácticas. No otra es la razón, como hemos señalado, por la que tantos cristianos se muestran entusiastas colaboradores de su propia extinción de facto, si no de nombre. Pero también es la razón por la cual determinados ateos y agnósticos, enfrentados contra secciones importantes del discurso progresista, como pueden ser el socialismo o la ideología de género, son incapaces de reconocer lo que está verdaderamente en juego, e incurren a veces en argumentos o estrategias que a la larga sólo agravan el mal que intentan combatir. Un ejemplo entre decenas serían las críticas al feminismo radical que lo confunden con un vulgar retroceso puritano o “inquisitorial”, como si el remedio a ciertos males presentes fuera no menos, sino más “libertad sexual”, esto es, acentuar la total sumisión a los apetitos animales que nos venden como emancipación.

El progresismo lleva aproximadamente dos siglos ejerciendo como ideología de la intelectualidad europea, pero los MCM le han prestado una efectividad inaudita en las últimas décadas, especialmente desde mediados del siglo XX. Ya entonces hubo quien detectó el verdadero sentido del complejo mediático, sólo aparentemente más inofensivo que el “complejo militar-industrial” al que se refirió Eisenhower. Una de esas mentes clarividentes (dejando de lado sus opiniones contra el jazz: nadie es perfecto) fue Richard M. Weaver (Las ideas tienen consecuencias), quien denominó a los MCM como la “linterna mágica”, en una feliz expresión, inspirada en la caverna platónica, que pone de relieve su carácter de mecanismo de distracción y simulación.

Lo cierto es que es difícil encender un televisor sin que le embargue a uno la sensación de que el progresismo ya ha vencido hace tiempo. Sin embargo, desde mi punto de vista católico (o de un católico de derechas, si se requiere más precisión), el progresismo no puede triunfar definitivamente. O bien surgirá una reacción en algún momento o bien su victoria será pírrica, porque se cumplirá al precio de destruir la sociedad que conquiste completamente. Porque no se puede vivir permanentemente contra la verdad sin sufrir las consecuencias, como “el hombre insensato que edificó su casa sobre arena.” (Mateo, 7, 26.)

 

El arreglamundos

Si yo fuera un partidario del aborto, probablemente habría elegido realizar un referéndum sobre su legalización aprovechando la circunstancia excepcionalmente favorable del papado de Jorge Bergoglio. ¿Cómo dejar pasar la oportunidad de un pontífice que cree que no hay que hablar tanto de este asunto, y que consecuentemente evitará poner toda la carne en el asador para movilizar a los católicos?

Sé que es una acusación muy dura, que incomoda a muchos creyentes. Pero la hago en conciencia y como católico que, con el debido respeto al sucesor de Pedro, no tiene ninguna obligación por ello de estar en todo de acuerdo con él ni de comulgar con sus errores, si los comete. Porque por encima de la autoridad papal están la Escritura y el Magisterio de la Iglesia bimilenaria, que se resumen en el Catecismo.

A nadie que no viva en una aldea sin televisión ni periódicos se le oculta que en la agenda del papa Francisco el aborto ocupa un lugar muy secundario, por detrás de temas como el cambio climático, la economía mundial, los refugiados, la inclusión en la Iglesia de homosexuales y adúlteros, etc. Este orden de prioridades ya es en sí mismo claramente impropio del máximo dirigente católico, porque no le distingue de un líder secular cualquiera.

Bergoglio parece ante todo más preocupado por arreglar el mundo que por la salvación de las almas. O quizá crea que la salvación de su alma pasa por arreglar el mundo, no lo sé. Pero aunque los cristianos no tengamos por que despreocuparnos de los asuntos sociales, nuestro horizonte debe ser la vida eterna y no este mundo pasajero.

Por supuesto, esto suena mal, o cuando menos extraño, al oído moderno. Suena a escapismo, incluso a falta de caridad con los sufrientes en el aquí y ahora. Y sin embargo, se da la paradoja de que la Iglesia, fundada por Aquel que dijo que “mi Reino no es de este mundo”, ha hecho mucho más por los pobres que todas las divagaciones utópicas responsables del exterminio de millones de “enemigos” políticos, para al fin y al cabo multiplicar la miseria o, en el mejor de los casos, obtener discretos resultados en comparación con la prosperidad capitalista. No hay duda alguna que aquí se cumple lo que dice el Evangelio: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.” (Mateo, 6, 33.)

Cuando el cristiano antepone las preocupaciones materiales (“sociales”) suele hacerlo a través del filtro o el prisma de las teorías e ideologías de moda en cada momento. Y lo único que consigue es comprometer a la Iglesia con errores que tarde o temprano acaban saliendo a la luz.

Así ocurre con las teorías que culpan al libre mercado de la pobreza, contra los abrumadores datos que prueban justo lo contrario. O con la pedestre visión economicista, vestigio del marxismo, de que las guerras y el terrorismo se “explican” siempre por meros intereses económicos, como los de los fabricantes de armas.

Algo análogo tenemos con el cambio climático, un fenómeno sobre el que, más allá del “consenso” político, no existe ninguna certeza científica (hasta donde haya certezas científicas) de que sea provocado principalmente por la acción humana, ni por tanto merecen confianza las predicciones catastrofistas basadas en modelos antropogénicos.

La misma impericia se observa en el tema de las migraciones. Se nos presenta a los inmigrantes como refugiados que huyen de las guerras y que son rescatados en alta mar por humanitarias ONG, cuando la realidad es muy distinta. En gran parte emigran de países que no están en guerra, y no parecen desde luego los más pobres de sus habitantes, pues tienen al menos salud y dinero suficiente para pagar a las mafias dedicadas al tráfico de personas. Mafias que gozan de la inestimable colaboración de unas ONG que cada vez van a recoger a los emigrantes más cerca de las costas de los países de origen.

Por otra parte, cuando se habla de solidaridad, yo me pregunto qué clase de solidaridad es la de unos políticos que invitan a venir a Europa a miles de inmigrantes, pero no para acogerlos en sus confortables zonas residenciales, sino para que sean los ciudadanos europeos más humildes quienes sufran los innegables problemas de convivencia, especialmente con los musulmanes, así como una mayor competencia por los servicios públicos y los empleos menos cualificados. Invito yo, pero pagas tú: esta la divisa de nuestra solidaria clase política.

Tampoco quiero dejar pasar otro de los temas de la agenda bergogliana. Su empeño (bien que jugando al despiste y ocultándose a menudo tras testaferros) por congraciarse con los homosexuales y los adúlteros (al menos, los divorciados vueltos a casar). Pero no como hacía Cristo, que abría sus brazos a los pecadores arrepentidos, sino al revés, como si fuese la Iglesia la que debe arrepentirse y pedirles perdón a ellos.

Aquí de nuevo muchos cristianos se dejan colonizar por concepciones modernas sobre la sexualidad, como si fueran verdades establecidas firmemente. Se asumen las ideas desde Freud para acá en el sentido de que controlar (“reprimir”) los impulsos sexuales jamás puede ser bueno, y que es preciso satisfacerlos sin otra consideración que el respeto a la libertad ajena y la higiene. Incluso pasando por encima de las vidas de los no nacidos. A esto se reduce en esencia la llamada “educación” sexual moderna, en proporcionar técnicas de satisfacción compatibles con la infecundidad y la prevención de enfermedades de transmisión sexual.

Si la Iglesia cediese en esto (lo que no sucederá nunca: “las puertas del infierno no prevalecerán”, Mateo, 16, 18), eliminaría de facto el sexto y el noveno mandamientos (por no hablar del quinto, en relación al aborto) y convertiría el sacramento del matrimonio en algo superfluo. No haría otra cosa que bendecir sacrílegamente el egoísmo universal, que persigue satisfacer un instinto primario del modo más cínico posible, aunque sin desdeñar, a efectos propagandísticos, seguir utilizando en muchos casos un lenguaje romántico de “amor incondicional”.

Lo peor de todo es que se quiera vender esta mercancía tóxica como si fuera, no ya compatible con el cristianismo, sino el mismo cristianismo, depurado de supuestas excrecencias. Como si los que tratamos de ser fieles al Catecismo fuéramos el equivalente de los antiguos fariseos: unos rigoristas desalmados, que situamos el sábado por encima del hombre.

Sin embargo, la característica definitoria de los fariseos no era tanto su supuesto rigorismo como que se creían moralmente superiores. “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres…” (Véase Lucas 18, 9-14.) De algún modo llegaron a creer que se habían ganado la salvación por sus propios méritos, sin necesidad de la misericordia divina.

Pues bien, esto me recuerda poderosamente a nuestros actuales progresistas. A quienes se creen moralmente superiores porque sostienen las opiniones y las indignaciones supuestamente correctas. A quienes no se creen necesitados de salvación, sino más bien salvadores de los demás. Creen, por ejemplo, que hay que abrir de par en par las puertas a la inmigración. No piensan en las consecuencias, en cómo un país puede garantizar unas condiciones de vida adecuadas a todos los que vengan. Lo único que importa al nuevo fariseo es sentirse bien consigo mismo, gustarse a sí mismo, y que me aspen si no repite esta máxima como si fuera el primer mandamiento.

Enamorado de su propia bondad, como Narciso de su reflejo, el progresista es incapaz de reconocer que sus gestos para arreglar el mundo con demasiada frecuencia sólo lo estropean más; como no podía ser de otro modo, cuando uno se deja guiar exclusivamente por sentimientos autohalagadores en lugar de por la verdad y por la auténtica caridad, que lo último que tiene en cuenta es los propios deseos, y aún actúa a menudo contrariándolos. Como sucede con el valiente, que no es quien no tiene miedo, sino quien sabe dominarlo, el bueno no es el que carece de egoísmo e impulsos viles, sino quien se sobrepone a ellos, con la ayuda de Dios. ¡Que Él nos libre de creernos buenos por nuestros sentimientos espontáneos y más aún de querer regirnos sólo por ellos!

Francisco, creo yo, debería ser el primero en saber todo esto.

Cervantes el facha

La extrema izquierda separatista (los partidos CUP y Arran, más los sindicatos COS y SEPC) ha impedido violentamente que Sociedad Civil Catalana rindiera un homenaje a Cervantes en la Universidad de Barcelona. Hasta aquí, una algarada estudiantil más, en una Universidad politizada desde los años sesenta del siglo pasado. Nada nuevo, aparentemente.

Pero hay que prestar atención a dos aspectos. Uno de ellos, de carácter inmediato y evidente, es el sistemático cultivo del odio. La llegada del fanático hispanófobo Joaquim Torra a la presidencia de la Generalitat es sólo, por usar la manida metáfora, la punta del iceberg de un fenómeno no por conocido menos inquietante.

Un error común consiste en pensar que el odio es algo puramente irracional. No es así, o al menos no lo es más que la emoción antitética, el amor. El odio suele estar cargado de razones. Seguramente, más de uno de los participantes en el boicot estaba al tanto de las sesgadas investigaciones del periodista Jordi Borràs, autor de un libro titulado Desmuntant Societat Civil Catalana, en el que pretende demostrar la naturaleza ultraderechista del núcleo fundador y dirigente de la entidad cívica contraria al secesionismo. Un resumen de la tesis de este libro puede leerse (en catalán) en el artículo “Els vincles ocults de l’extrema dreta amb Societat Civil Catalana”.

El procedimiento de Borràs consiste en señalar la trayectoria ultraderechista o tradicionalista de algunos miembros de SCC, sumando a ello indicios mucho más débiles: que uno es hijo de un franquista (como muchos izquierdistas), que el de más allá publicó algo en una revista editada por una editorial que es propiedad de un histórico neonazi y que a algunos actos y manifestaciones de SCC, entre gente de muchos otros partidos, han acudido miembros de Falange, MSR o Vox (que no es ultraderechista, pero da igual, todo hace bulto en el mismo saco). Así reúne material suficiente para sugerir, mediante una hábil presentación periodística, que SCC es un oscuro contubernio fascista.

Por supuesto, los cafres que lograron impedir el homenaje a Cervantes necesitan mucho menos que eso para ponerse en acción. Para ellos, todo lo que se sitúa a la derecha de la ultraizquierda es ultraderecha. El mero hecho de defender la unidad de España lo conceptúan directamente como fascismo. Lo que seguro no saben estas criaturas es que el fascismo no fue más que una mutación del comunismo: de ahí que los métodos violentos y de agitación de ambos se parezcan como dos gotas de agua.

Sin embargo, no deberíamos desdeñar el papel de cada uno en incubar el huevo de la serpiente. Borràs ha actuado como tantos intelectuales que ponen la diana: identifican al enemigo que luego, ¡oh casualidad! acaba siendo perseguido y no pocas veces exterminado sin compasión. El ejemplo más reciente y cercano lo tenemos en los Balcanes, pero la entera historia del siglo XX es incomprensible sin tener en cuenta ese papel del intelectual inspirador del chekista, del camisaparda o del terrorista.

El segundo aspecto al que me refería antes tiene que ver con la propia figura de Cervantes. Porque, si bien se mira, Cervantes es bastante incorrecto políticamente, como se dice ahora. Su concepción de la milicia, sus juicios sobre mahometanos o gitanos, sus ideas sobre la mujer y la honestidad sexual, si fueran expresados en lenguaje actual, sin aludir a su origen en el Siglo de Oro, recibirían una condena universal, no sólo de la CUP, sino de todos los partidos del arco parlamentario, del PP a Bildu. Al imprudente que así se expresara se le llamaría fascista, xenófobo, racista, machista y todo el repertorio habitual de anatemas, como paso previo a posibles medidas más desagradables.

Resulta significativo que hoy no podamos decir lo mismo que decía Cervantes tranquilamente, hace cuatrocientos años. Se replicará que el autor del Quijote, a su vez, no hubiera podido manifestar según qué cosas contra la Iglesia, la monarquía o la moral imperante en su época. Cierto. Pero en lo esencial no habría diferencia entre el siglo XVII y el XXI: tanto entonces como ahora, unas ideas son pronunciables y otras no. O como observa Nicolás Gómez Dávila: “Los prejuicios de otras épocas nos son incomprensibles cuando los nuestros nos ciegan.”

Los ignorantes creen que sí hay una diferencia crucial: que hace no muchos siglos te quemaban en la hoguera y hoy al menos, en Occidente, no se arriesga la vida. Esto sólo puede afirmarse desde el más puro analfabetismo funcional, no sólo porque frente al islamismo u otras ideologías, como el animalismo o el “antifascismo”, claro que uno arriesga la vida, y unos cuantos ya la han perdido, por exteriorizar lo que pensaban, sino porque la Inquisición quemó en la hoguera a menos personas, en varios siglos, que las que masacraron los jacobinos en cuestión de meses o las que fusiló Lenin en dos tardes. Y con muchas menos garantías procesales que en tiempos de Torquemada.

Sin embargo, sí existe esa diferencia, después de todo. Sólo que no es excesivamente halagadora para nosotros. En el siglo XVII sabían perfectamente que algunas cosas no se podían decir, y sobre todo que no debían decirse, porque eran malvadas, repugnantes o intolerables. Hoy creemos que somos libres de manifestar lo que nos da la gana, porque hemos identificado la libertad casi exclusivamente con la licencia para lo disoluto, lo obsceno y lo perverso. O para ser más exactos, hemos pasado del paradigma cristiano en que la libertad es divina porque permite elegir el bien, acatando una norma trascendente, al paradigma diabólico en que la libertad sólo puede consistir en rebelión contra toda norma, con lo cual se invierten el bien y el mal. Sólo puede ser bueno lo que nace de la rebelión, e inclinarse ante algo superior a nosotros es necesariamente malo.

En según qué contextos ya no se puede sostener sin escándalo que los niños necesitan una madre y un padre, o que sus diferencias genéticas determinan su sexo. Pero hace poco se agotaron en Madrid las entradas de una obra de teatro (o lo que fuera eso) en la cual, ¡durante cinco horas! las actrices se masturbaban sobre el escenario, una se dejaba orinar encima y se emitían imágenes reales de canibalismo. ¡Oh, qué libres somos hoy! ¡Gracias, Marqués de Sade, por habernos señalado el camino!

No les extrañe que, en esta época tan orgullosa de sus libertades, alguien acabe proponiendo la prohibición o censura de las obras de Cervantes, si es que no se ha hecho ya, probablemente en alguna universidad anglosajona. Pero como suele suceder, los peores acabarán siendo sus defensores más torpes. Los que pedirán clemencia para nuestro mayor escritor sin atreverse a cuestionar lo esencial de los argumentos contrarios. Los que admitirán, conciliadores: “bueno, sí, un poco facha era Cervantes, pero que hay que comprender las limitaciones de su época”. De las limitaciones de la nuestra hablamos otro día, si eso. Costará encontrar a alguien que las exponga sin temor a perder la reputación, el empleo y algo más.

Adiós a la derecha de plástico

Pedro Sánchez ha excluido el Crucifijo y la Biblia en su acto de toma de posesión como presidente del gobierno. Las reacciones progres felicitándose de manera más o menos contenida por esta opción protocolaria eran perfectamente previsibles. Pero también lo era la típica reacción inepta de cierta derecha. La de quienes se ponen estupendos ironizando sobre las preocupaciones de los que trabajan en un andamio. La de quienes aseguran, a fin de cuentas, que eso es una auténtica chorrada, que lo que importa a los españoles es que haya empleo y se reduzcan las listas de espera sanitarias, y no si Sánchez promete o jura por Dios, por Krishna o por la Energía Cósmica.

Esta es la derecha que nos ha llevado hasta aquí. La derecha sociológica que no cree en nada, para la cual nada es importante salvo la economía. No es importante el aborto, no es importante si los niños tienen un padre y una madre, no es importante si no pueden estudiar en español en España, no es importante nada salvo los datos del empleo, del crecimiento del PIB y la prima de riesgo. Una derecha que no se distingue en nada esencial del mezquino materialismo del progresismo imperante. Una derecha que ha sustituido el rosario o las figuras de vírgenes y santos por atrapasueños, herraduras o tripudos budas de plástico. O por un ateísmo que más bien debería denominarse egoteísmo, el culto al Yo como medida de todas las cosas.

Me adelanto a los pedantes: Lo sé, España no es un Estado confesional; Sánchez puede tomar posesión de su cargo como le dé la gana, dentro de la ley. Seguramente Albert Rivera hará lo mismo si un día es elegido presidente del gobierno. Pero eso no implica que a otros nos tenga que dar igual ni que el protocolo sea irrelevante. Se empieza descuidando las formas y se acaba descuidando el fondo. Esto se ha sabido toda la vida hasta que los niñatos del 68 y sus alumnos conquistaron a la opinión pública con su balbuciente credo espontaneísta, para luego conquistar los sillones y las moquetas. Incluidas las de Ferraz y las de Génova.

Es cierto que Mariano Rajoy juró su cargo sobre la Biblia; que él, como católico nominal, aún guardó algunas formas. Pero siempre gobernó pensando únicamente en el hombre-masa impío y satisfecho de sí mismo que ya describió lúcidamente Ortega abarrotando las terrazas, los estadios y las playas, antes de la última guerra mundial. Por eso no siento pena alguna por la caída de un dirigente que no tuvo otra ambición que la de encarnar a ese lector del Marca que si un día en la vida se topara por casualidad con el nombre de Tomás de Kempis, pensaría que es un futbolista.

No siento la menor simpatía por esa derecha sucedánea, y por ello suicida, que hace mucho tiempo reemplazó los principios liberal-conservadores por vacíos eslóganes de partido, la defensa de España por un acatamiento a la Constitución que es lo mínimo en cualquier país civilizado y, en definitiva, la fe en Dios por la adoración al Estado y al bolsillo. Todo para terminar perdiendo ambos, como siempre ha sucedido. “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.” (Mateo, 16, 25.) Escrito estaba.