La supervivencia de Occidente

Los discursos de políticos, periodistas, intelectuales y activistas permiten esbozar los rasgos más generales de la psicología progresista, dominante en Occidente y sus áreas de mayor influencia. Sucintamente, el progresismo es una mentalidad que postula la existencia de una minoría de malvados opresores (ricos, curas, militares, etc.) causante de la mayor parte de los problemas de la humanidad. Si se pudieran desmontar las estructuras de dominación al servicio de estas minorías, nos libraríamos de ellas y el mundo sería un paraíso, como evoca John Lennon en su empalagosa canción Imagine.

Además de la cosmovisión progresista, hay otras como la judeocristiana, la islamista, la budista, etc. Según la primera, el mal no procede de una minoría, sino que reside potencialmente en el corazón de cada hombre. El Antiguo Testamento se refiere una y otra vez al pueblo de Israel como pecador. El cristianismo generalizó esta concepción a todo el género humano. Ello no es óbice para que se dé una crítica contundente a los poderosos, los ricos, los monarcas. Incluso los reyes más venerados de la historia de Israel, David y Salomón, incurren en pecado. Pero en la Biblia el mal no es patrimonio de ninguna oligarquía, y lo único que se puede oponer a él es el arrepentimiento individual ante Dios misericordioso, siempre dispuesto a perdonar a quien le busca sinceramente.

En la canonización de Santa Teresa de Calcuta, el papa Francisco la caracterizó como una luchadora contra los poderosos, los “criminales” responsables de la pobreza. En realidad, la santa de Calcuta se centró ante todo en aportar consuelo a los pobres, enfermos y moribundos, y perdió poco tiempo en indagar causas y culpabilidades, que sin duda las habrá en casos concretos, pero que es muy discutible establecerlas como principio. Ni siquiera desdeñó donaciones de dictadores y personajes moralmente dudosos, con tal de poder atender a los sufrientes y desvalidos.

En contraste, los discursos y textos de Bergoglio se caracterizan por tratar de dar una lectura progresista del cristianismo, empeño drásticamente equivocado, en mi opinión. El mal es una elección del hombre como ser libre, no algo a lo que se vea abocado por culpa de estructuras injustas. Cuestionando esto, el cristianismo entero se tambalea. Paradójicamente, si la Iglesia uniera su suerte al progresismo, a fin de ser aceptada por el mundo, beneficiaría a un enemigo acaso más formidable, que es el islam. La Iglesia puede y debe ser un refugio para todos aquellos hastiados del pensamiento progresista dominante. Si desdeña este papel, el islam lo asumirá con gusto, y de hecho lo lleva interpretando desde hace tiempo con éxito. Cada vez son más los desengañados del progresismo que, sin embargo, ya no volverán a la Iglesia, porque dos siglos de descristianización y de insidias contra ella se lo dificultan enormemente. Se acogen a la primera religión o superstición que se cruza en su camino, y el carácter agresivamente desacomplejado del islam no deja de causar una impresión favorable en muchos ánimos desorientados.

La cosmovisión islámica es brutalmente simple. El mundo se divide en fieles e infieles, y la historia es la lucha de los primeros por imponer la ley islámica a todo el mundo, mediante la fuerza, la negación de los matrimonios religiosamente mixtos (el cónyuge debe convertirse siempre) y la demografía. En cierto sentido el islam es diametralmente opuesto al progresismo, por sus principios y por su moral; justo el extremo pendular por el que pueden sentirse atraídos muchos. Oriana Fallaci dijo que “en Occidente la Derecha ya no existe. La Derecha símbolo de involución, quiero decir. (…) La Derecha ruin, reaccionaria, obtusa, feudal hoy se encuentra sólo en el Islam. Es el Islam.” (La fuerza de la Razón, cap. 10.)

Ahora bien, lo cierto es que el progresismo estándar tiende a ser mucho más condescendiente con el islam que con el cristianismo. ¿Cómo se explica esta aparente paradoja? Tal vez haya algo de inercia anticlerical, de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, puesto que el islam nunca ha ocultado su desprecio hacia la Cruz. También puede haber cierta percepción del cristianismo  como una religión débil, residual, más aún en la medida en que trata de contemporizar con el progresismo, incluso de plegarse ante él. Una causa más honda residiría acaso en un cierto autoodio occidental, en un oscuro anhelo autodestructivo. Sea cual sea la explicación, es innegable que quienes desde el progresismo felicitan a los musulmanes por el ramadán o la fiesta del cordero suelen ser los mismos que tratan de eliminar la simbología cristiana de la Navidad y acogen con agrado las ofensas gratuitas a los católicos, con hipócritas pretextos laicistas.

La conclusión es que el progresismo es letal para el cristianismo, incluso en su variante aparentemente menos anticatólica, la de intelectuales como Fallaci, que se declaraba “atea cristiana” y expresó con vehemencia su repulsa por el islam. Aunque inteligente y valiente, Fallaci demostraba no haber entendido gran cosa del cristianismo. Al tiempo que trata de apropiarse de lo que para ella es lo mejor del humanismo cristiano, siguiendo a Benedetto Croce, reniega de “las bellas fábulas sobre los milagros” e incurre en la enésima repetición del necio topicazo de una Iglesia que nos habría ocultado el verdadero mensaje de Cristo. (La fuerza de la Razón, cap. 9). Es decir, reduce el cristianismo a una caricatura buenista y seudohumanista para luego acusar a la Iglesia de ingenuo pacifismo ante el islam, que si ha incurrido en alguna medida en ello es, precisamente, por contaminación progresista. Primero convertimos a Jesucristo en una especie de hippy simpático, negándole la categoría divina, y luego nos sorprendemos de que los musulmanes nos desprecien.

El progresismo sólo puede fracasar, porque se basa en una antropología rousseaniana y falsa. Es el progresismo quien nos pone a los pies de los caballos islámicos. Occidente debe, imperiosamente, reencontrarse con sus raíces judeocristianas si quiere sobrevivir, y no sólo de una manera vaporosamente secularizada, sino recobrando la fe en Dios y en la Resurrección. Esto pasa por derrocar previamente la dictadura de la corrección política y la ideología de género-abortista-LGTB, que trata de destruir al cristianismo desde sus fortalezas institucionales en la ONU, los gobiernos y las grandes corporaciones. Esta es la tarea para la cual se requiere una derecha occidental que con toda razón decía Fallaci que no existe (por ahora), aunque ella misma fuera incapaz de imaginarla más allá de la caricatura progresista que le cierra el paso, con la colaboración entusiasta de la derecha real de Cameron, Merkel y Rajoy. Una derecha, precisando algo más, libre de cualquier vínculo con el paganismo antisemita y el populismo estatalista, aunque la llamarán ultraderechista de todos modos, para desprestigiarla.

¿Dejaremos los cristianos de excusarnos por serlo?

Es prácticamente imposible discrepar del abortismo, del matrimonio entre personas del mismo sexo o cualquier otro dogma de la ideología de género-LGTB sin ser “acusado”, además de con los “machista” y “homófobo” de rigor, de sostener posiciones religiosas. No deja de ser sintomático que tener creencias en un ser trascendente y en otra vida pueda ser motivo de exclusión de un debate.

Artículo en Actuall.