El bucle sórdido

El gobierno socialista de Pedro Sánchez repite desde el primer día el mantra del diálogo con los separatistas catalanes para distinguirse de su antecesor, sugiriendo que es la falta de este bálsamo milagroso y curalotodo el origen del “problema catalán”. La última en remachar el soniquete, cuando escribo estas líneas, ha sido Teresa Cunillera, delegada del gobierno en Cataluña, quien en una entrevista ha formulado así el profundo paradigma: “Donde [desde el gobierno del PP] ponían ordeno y mando y confrontación, nosotros ponemos diálogo, acuerdo y negociación.”

Se trata de una inversión de la realidad tan grosera y descarada que no debería ser necesario señalarla. Pero por desgracia lo es, porque hay demasiada gente que vive de difundirla. Para empezar, quienes rompieron cualquier diálogo fueron los separatistas cuando optaron por la vía unilateral, violando la Constitución y el Estatuto catalán, además de otras leyes de menor rango, desobedeciendo a la Justicia y proclamando formalmente en el parlament que eso es precisamente lo que habían hecho y lo que seguirían haciendo.

Dicen los separatistas que se vieron abocados a la ruptura con el Estado por culpa de un gobierno enrocado, que se negaba a hablar. Esto, después de décadas de autonomismo y de gobiernos centrales del PSOE y del PP sostenidos por los diputados nacionalistas, y haciendo la vista gorda ante la corrupción institucionalizada del pujolismo, es una burla feroz.

Por lo demás, nadie con dos dedos de frente puede creer que las enmiendas del Tribunal Constitucional a un nuevo Estatut, última de las preocupaciones de los ciudadanos catalanes, que ni habían imaginado que les hiciera puñetera falta, sean el origen de un problema real. Y menos creíble aún es que el origen se halle en ningún quítame allá esas pajas por desacuerdos en inversiones o en competencias, cuando la Generalitat tiene las más decisivas, incluyendo 17.000 policías autonómicos y más de 70.000 maestros y profesores dedicados al adoctrinamiento masivo de la juventud en el nacionalismo catalán.

Pero el estribillo del diálogo contiene una mentira aún más grande, la megamentira que corrompe todo el debate político contemporáneo. Aquella según la cual la derecha es autoritaria e intransigente, mientras que la izquierda es democrática y tolerante. ¡Permítanme que me ría! Desde la Revolución Francesa, si algo ha sido portador de los más brutales y sanguinarios despotismos del mundo ha sido la izquierda. Y cuando la derecha ha prohijado dictaduras y fascismos, ha sido unas veces como una reacción más o menos torpe a la izquierda, y otras como una mutación de la misma con la única finalidad de robarle su idea totalitaria.

Digámoslo sin tapujos: el objetivo último del PSOE y de Podemos no es solucionar ningún “problema catalán”, sino excluir del sistema a la derecha. Entiéndase bien, no me refiero al Partido Popular, que es un actor necesario para dicha exclusión. Conviene que exista una seudoderecha domesticada a la que los incautos sigan votando, para prevenir la irrupción de formaciones como Vox que realmente pongan en cuestión las premisas de la socialdemocracia hembrista y multicultural. Para ello, hay que seguir alimentando sin cesar el mito de una derecha archivillana y con ADN autoritario. Aunque el franquismo diera paso a la democracia parlamentaria, y el castrismo y el bolivarianismo sigan vendiendo cuarenta años después la misma tiránica opresión y la misma miseria de siempre.

Todo indica que el PSOE se propone repetir la misma jugada que tan bien le salió con ETA. Negociar con quienes desean la destrucción de España, con tal de obligar al PP a bajar la cabeza por miedo a ser tildado de enemigo de la paz, y a que asuma su indigno papel subalterno, de partido conservador… de las “conquistas progresistas”, desde el aborto a la memoria histórica.

A resucitar al brazo político de ETA, llegando al extremo de implicar al Tribunal Constitucional en la infamia, se lo llamó “proceso de paz” y “derrota de ETA”. Ahora, a que los separatistas catalanes ganen tiempo y puedan rearmarse (metafóricamente y quizás no tanto), lo llamarán diálogo y acuerdo. Y el PP, si alguna vez regresa al gobierno, volverá a tragarse con patatas cualquier pacto infame con los separatistas al que llegue el PSOE. Y la izquierda volverá a decir que el PP es un partido autoritario e intolerante. ¿No habrá nadie que sea capaz de romper este bucle sórdido? Desde luego, no en ninguno de los actuales partidos con representación parlamentaria.

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Por qué hay ateos

Del mismo modo que los ateos tratan de buscar respuestas en la sociología, la psicología y hasta la neurología a la pregunta de por qué muchos creemos en Dios, es lícito y conveniente preguntarse por qué hay ateos.

Los ateos se sienten intelectualmente superiores porque piensan que los creyentes tenemos motivos irracionales como la búsqueda de consuelo o de respuestas agradables a los enigmas de la existencia, el interés por preservar la moralidad y el orden social, etc. No suelen plantearse que ellos puedan tener sus propias motivaciones irracionales.

Creo que hay dos explicaciones psicológicas fundamentales del ateísmo. La primera es el orgullo o la rebeldía del hombre que no quiere deberle nada a una instancia superior, que pretende ser éticamente autosuficiente y aspira a conseguirlo todo por sí mismo. Esta rebeldía es una constante en la historia humana, pero caracteriza especialmente la época moderna. No es accidental que nuestra secularizada cultura haya elevado a valores supremos el ánimo rebelde, la transgresión y el inconformismo.

Subyace aquí, por cierto, una paradoja: la sociedad contemporánea recompensa sólo formas de rebeldía estandarizadas, prefabricadas. Falsas rebeliones, en suma, como por ejemplo el feminismo o el homosexualismo, que en realidad se integran en el orden establecido constituido por grupos de presión, medios de comunicación, partidos políticos y grandes corporaciones, y contra las que, significativamente, sí está mal visto y hasta perseguido sublevarse. Hemos cambiado la obediencia a la ley divina, que nos acerca a los ángeles, por servidumbres humanas que rebajan nuestra dignidad al nivel de las bestias.

Pero hay otra causa psicológica del ateísmo nada desdeñable, procedente de una de nuestras debilidades: es la pereza intelectual. Ésta se manifiesta en forma de una serie de razonamientos simplistas y sofísticos, entre los cuales destacaría el naturalismo grosero, la carga de la prueba, el paso prescindible y la paradoja de Epicuro.

Naturalismo grosero

Por naturalismo entiendo la idea de que no existe ninguna realidad sobrenatural, es decir, que todo puede y debe explicarse mediante las leyes de la naturaleza. Esta tesis, aunque no la compartamos, merece ser respetada. Sin embargo, con frecuencia se adopta sin tener consciencia de que se trata de un mero postulado, es decir, que no se sostiene en ningún otro principio más fundamental o general, ni en ninguna evidencia. (Puede haber evidencia empírica de que exista algo, pero no de que algo no exista.) La inconsciencia del naturalismo como mero postulado es lo que denomino naturalismo grosero.

Un naturalista grosero asegura que los milagros no existen, porque suponen violar las leyes de la naturaleza. Pero precisamente esta es la definición de milagro: una violación de las leyes de la naturaleza, realizada directa o indirectamente por Dios. Afirmar que los milagros no existen porque violan las leyes de la naturaleza es una argumentación circular: es exactamente lo mismo que decir que las leyes naturales no se pueden violar porque las leyes naturales no se pueden violar. O más concisamente: los milagros no existen porque los milagros no existen.

El naturalismo grosero es claramente perezoso. Lo más fácil es decir que sólo existe lo que podemos percibir por los sentidos, y fin de la historia. Pero que una idea sea cómoda o intuitiva no significa que sea cierta. Existen infinidad de cosas que no percibimos, salvo por sus efectos, y que muy pocos ateos se atreverían a negar.

La carga de la prueba

Consiste este argumento en la idea de que los ateos no tienen ninguna obligación intelectual de argumentar por qué Dios no existe, sino que corresponde a los creyentes ofrecer pruebas positivas de la existencia de un Creador. Es decir, el ateísmo sería la posición “normal” o por defecto de un ser racional, que no estuviera contaminado por prejuicios recibidos. Comte señaló que ya nadie cree en los dioses de la mitología griega, y que no por ello se exigen pruebas de su inexistencia. Más humorístico, Bertrand Russell imaginó que podría existir una tetera orbitando entre Marte y Júpiter, indetectable para cualquier telescopio por su insignificante tamaño. Refutar la existencia de Dios sería tan ocioso, según él, como tratar de probar que no existe esa tetera.

Traspasar la carga de la prueba a los creyentes es sin duda una demostración de pereza intelectual. No tiene más justificación que si los creyentes hicieran lo mismo, pues las comparaciones que se hacen de Dios con seres imaginarios como los citados y cualesquiera otros eluden sistemáticamente la naturaleza del concepto monoteísta de Dios. Aquí no nos estamos planteando la existencia de un ser cualquiera, como la diosa Afrodita, la tetera de Russell o el ratoncito Pérez, cuya existencia o inexistencia no afectan globalmente al resto del universo, sino la naturaleza básica de la realidad.

O bien la realidad primordial (lo que los presocráticos denominaban arjé) es una Inteligencia personal, creadora de todo lo demás, o bien el arjé es la materia inerte, de la cual surgiría accidentalmente la inteligencia. El ateo ha realizado su elección entre ambas posibilidades, como lo ha hecho el creyente. No veo por qué el primero estaría menos obligado a justificar su posición, si es que lo está de algún modo, que el segundo.

Como enseñaba Joseph Ratzinger en su libro Introducción al cristianismo: “Nadie puede sustraerse al dilema del ser humano. Quien quiera escapar de la incertidumbre de la fe caerá en la incertidumbre de la incredulidad, que jamás podrá afirmar de forma cierta y definitiva que la fe no sea la verdad. Sólo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable.”

El paso prescindible

Uno de los argumentos simplistas favoritos del ateísmo es el siguiente: Si decimos que el universo existe porque fue creado por Dios, pero Dios es un ser increado, ¿por qué no ahorrarnos un paso y decir que el universo es increado? En realidad, esto ya ha sido contestado en la sección anterior, pero reformularemos aquí el razonamiento para que se comprenda bien. Decir que Dios ha creado el universo no es añadir un ente superfluo más al conjunto de lo existente, sino que altera por completo el carácter y el sentido de dicho conjunto.

Supongamos que el universo sea increado, es decir, que exista por sí mismo. Esto puede significar dos cosas: o bien que existe sin razón alguna, o bien que la razón de su existencia se halle en sí mismo. Si admitimos los primero, cualquier cosa puede darse (puesto que no necesita razón alguna para ello), y por tanto se derrumba la inteligibilidad última de lo real. No habría ningún motivo por el cual el universo se nos presentara regido por las leyes naturales conocidas, ni tan siquiera por cualesquiera otras; sencillamente habría habido un determinado orden -hasta ahora- que en cualquier momento podría concluir abruptamente. El filósofo ateo Sartre comprendió perfectamente eso y lo reflejó en su novela La náusea.

Si en cambio suponemos que el universo existe por su propia naturaleza, se deduce que todo cuanto existe es necesario, que nada podría ser de otra manera, pues tiene en sí mismo la fuerza para existir. En un universo así no hay lugar para la libertad humana, como ya vio el gran pensador Spinoza, porque la libertad es la negación de que todo acontecimiento esté sometido a la necesidad causal o al azar.

Por el contrario, si Dios ha creado el universo, se justifica tanto su inteligibilidad (pues procede de una Inteligencia ordenadora) como la libertad humana, que sería un trasunto de la libertad absoluta del propio Creador. Por tanto, no se trata de un paso lógico de más o de menos: se trata de elegir entre una concepción u otra de la existencia, radicalmente distintas. El ateo es una persona a la que le da una enorme pereza tan tremenda elección, y por eso se deja seducir fácilmente por el argumento de que basta con prescindir de un paso, aplicando la ley del mínimo esfuerzo.

La paradoja de Epicuro

Por las redes sociales circula un diagrama llamado “paradoja de Epicuro”. Importa poco que la atribución al filósofo griego sea fantasiosa, aquí nos interesa sólo analizar la argumentación lógica. Este es el diagrama:

paradojaEpicuro

El razonamiento básico no es más que la exposición del clásico problema del mal: Si Dios es omnipotente e infinitamente bueno, ¿por qué existe el mal? Si lo permite no es bueno, y si no puede impedirlo, no es omnipotente. De lo que se deduce, dice el ateo, que Dios no existe.

El diagrama considera y rechaza tres posibles respuestas de los creyentes al problema del mal. La primera respuesta es que Dios permite el mal para que el hombre sea libre de elegir el bien. La segunda, que el mal procede del diablo. Y la tercera, que el mal es una forma de poner a prueba al hombre. Las tres se rechazan por el mismo motivo: un Dios omnipotente puede crear un mundo con libre albedrío y libre del mal; asimismo, puede destruir al diablo. Por último, no necesita probar al hombre, porque es omnisciente y ya puede prever sus actos.

Todos estos razonamientos se basan en una errónea concepción de la omnipotencia. Esta, como ya señaló Tomás de Aquino, no puede incluir lo lógicamente contradictorio. Dios no puede hacer que dos más dos sumen cinco, o que un triángulo tenga dos lados, no porque haya una limitación a su poder, sino simplemente porque tales cosas son absurdos que ni siquiera pueden pensarse.

Aplicado a nuestro problema, vemos que Dios no puede hacer libre al hombre y al mismo tiempo imposibilitarle que sea capaz de elegir el mal. Sería lógicamente contradictorio. Ahora bien, si Dios permite el mal por razón del libre albedrío, puede entre otras cosas admitir que exista el diablo, aunque por supuesto sin llegar a concederle un poder ilimitado. Y también tiene sentido someter al hombre a prueba, no porque Él necesite conocerlo (ya lo conoce, obviamente) sino porque es el hombre quien necesita conocerse a sí mismo, con el fin de que a partir de ese autoconocimiento tenga la oportunidad de perfeccionarse, arrepintiéndose del pecado y relativizando los bienes materiales.

No se me ocurre ni remotamente haber zanjado en estas pocas líneas el problema del mal. Por el contrario, el diagrama de la paradoja de Epicuro, con su engañosa sencillez, es una presuntuosa simplificación de un problema que ha ocupado a los filósofos cristianos durante siglos, como si bastaran unos pocos letreros y flechas para ahorrarnos la lectura meditada de una bibliografía ingente. ¿Cabe mayor demostración de pereza?

Termino apuntando una reflexión sobre la conexión entre la pereza intelectual y el orgullo rebelde contra Dios. No es extraño que quien se cree capaz de prescindir de Dios quiera creer que el universo puede existir por sí mismo, sin necesidad de un Creador, e incluso que tenga la osadía de enmendarle la plana, de pensar que en su lugar hubiera hecho las cosas mejor. Si la pereza es ignorancia del coste de las cosas, la rebeldía es negarse a pagar su precio, no reconocer ninguna deuda. Es una actitud vital básica que hoy se manifiesta en muchas formas subalternas, en la constante exigencia de derechos sin obligaciones, en las políticas económicas deficitarias, en la desvalorización pedagógica del esfuerzo y muchas más. Todas ellas derivan de la misma negación o transgresión original.

La prueba de Franco

Como todos ustedes saben, el presidente del gobierno Pedro Sánchez ha anunciado la exhumación del cadáver de Franco del Valle de los Caídos. 42 años después de la muerte del dictador, de los cuales más de la mitad ha gobernado el PSOE, un presidente de este partido parece haber descubierto dónde está enterrado el antepenúltimo Jefe del Estado.

Algunos dirán que nunca es tarde para corregir una “anomalía” semejante, sin paralelo en Europa. “¡Imaginen un monumento a Hitler en Alemania!” Dicen cosas así, basadas en groseras patrañas sobre la construcción y el significado del Valle de los Caídos, y mucha gente calla o responde débilmente, por ignorancia o cobardía.

A los progresistas les gusta mucho comparar a Franco con Hitler, lo cual es por lo pronto un grave insulto a las millones de víctimas del nacionalsocialismo. Pero se crecen con ello, porque piensan que así avergüenzan a sus adversarios, y no se puede negar que en la mayoría de casos consiguen tal efecto.

Es evidente que el objetivo inmediato de Sánchez es drenarle votos a Unidos Podemos. Pero sería un error quedarnos en esta explicación coyuntural. Debemos remontarnos al anterior presidente socialista, Rodríguez Zapatero, que fue quien pretendió enlazar la legitimidad democrática con la Segunda República, despreciando los casi treinta años de democracia que España sumaba en 2004, cuando se produjeron los atentados de Madrid que lo catapultaron a la Moncloa.

Esta política guerracivilista tuvo su plasmación en la Ley de Memoria Histórica y en el pacto secreto con la ETA y su brazo político. La primera convierte en doctrina de Estado una interpretación de la República, la Guerra Civil y la dictadura favorable al bando izquierdista del conflicto.

El pacto con ETA, por su parte, consiguió insuflarle nueva vida al agonizante brazo político de la organización terrorista, justo cuando estaba a punto de ser vencido tanto policial como políticamente. Sobre este tema, recomiendo la lectura del importante libro de Rogelio Alonso titulado La derrota del vencedor, donde desmonta todas las mentiras que se vienen repitiendo desde hace años sobre “la derrota de ETA”.

Lo que une a la banda criminal con los partidos de izquierdas y los nacionalismos hispanófobos es que todos ellos se reconocen en su antifranquismo. Zapatero, con la Ley de Memoria Histórica y el pacto con la ETA, pretendió ni más ni menos que instaurar un nuevo régimen en el que las ideas discrepantes de la narrativa izquierdista sencillamente no tengan cabida.

Es obvio que para la perfección de este plan, la figura de Franco sigue siendo imprescindible. Y a ello contribuye que la derecha política haya sido absolutamente incapaz de ofrecer su propia versión desacomplejada sobre el franquismo, señalando lo que rechaza de ese periodo o simplemente considera anacrónico, pero también lo que es perfectamente reivindicable. Cuando le mientan la bicha, lo único que sabe replicar es que ese tema “no es la prioridad de los españoles” o el socorrido “hay que mirar el futuro”, al que se atuvo también, hace escasos días, el recién elegido presidente del PP, Pablo Casado.

En esta situación, no es de extrañar que la izquierda se sienta absolutamente cómoda y que sea la menos interesada en que nos olvidemos de Franco. ¿Cómo iba a querer tal cosa, si le proporciona la ventaja decisiva sobre su adversaria? Una derecha amedrentada por el estigma del franquismo le facilitará largas legislaturas y se limitará a administrarle fielmente la finca en su ausencia, sin atreverse a aplicar su propio programa.

Porque no se trata de un mero debate historiográfico: aquí estamos decidiendo entre dos modelos de sociedad. La izquierda (e inclúyase en adelante a su derecha de compañía) significa un Estado mucho más gravoso y metomentodo, una sociedad civil más débil y teledirigida.

La izquierda significa que la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, queda al albur de la opinión y del interés.

La izquierda significa que la familia y la infancia se vean desprotegidas, con leyes que consagran el seudoderecho de cualquier adulto caprichoso a la adopción de niños y a la reproducción fuera de la convivencia heterosexual.

La izquierda significa seguir dando cancha a los nacionalismos hispanófobos, que no descansarán hasta destruir la nación que odian.

La izquierda, en fin, significa desarmarnos frente al islamismo y continuar erosionando nuestras raíces cristianas, sin las cuales devenimos juguetes de la última doctrina delirante de moda.

Si la derecha española quiere aún oponerse a todo esto, es decir, si quiere sencillamente sobrevivir, debe de una vez por todas clarificar su posición ante la figura de Franco. Debe comprometerse con la verdad de lo que sucedió en España en el siglo pasado, sin miedo alguno al qué dirán, apelando al conocimiento y no al emocionalismo necio que hoy es moneda corriente. Esa sería la auténtica prueba del nueve, “la prueba de Franco” de que por fin hay una derecha que está dispuesta a dar la batalla intelectual.

¿Pasará la prueba el sucesor de Rajoy en el PP, Pablo Casado? De momento, como hemos visto, no se ha salido del guión, a pesar de lo fácil que lo tendría alguien nacido tras la muerte del dictador, y que sólo se molestase en leer algún libro de Pío Moa o Stanley Payne.

Más allá del liberalismo conservador

¿Qué relación existe entre la libertad de mercado y el derecho a la vida del no nacido? ¿O entre la libertad de expresión y la familia tradicional compuesta por los padres y sus hijos biológicos? Para ciertas personas, la democracia liberal y los derechos individuales son incompatibles o poco congruentes con el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural y la defensa de la familia.

Algunas de esas personas, que se autodenominan liberales, y hasta reparten carnés de liberalismo, consideran que el aborto y la eutanasia son derechos tan inviolables como la libertad de expresión o la religiosa. Asimismo, opinan que cualquier persona adulta tiene absoluto derecho a adoptar niños o a reproducirse sin pareja heterosexual y sin otro motivo que la mera satisfacción de sus deseos.

Los liberalconservadores, por el contrario, defienden la compatibilidad del demoliberalismo con lo que, para abreviar, llamaré moral tradicional. Con objeto de razonar esta posición, Francisco José Contreras, catedrático de filosofía del derecho de la Universidad de Sevilla, ha escrito varios libros magníficos, entre los que destacan Liberalismo, catolicismo y ley natural y el breve pero enjundioso Una defensa del liberalismo conservador, recientemente publicado. (Unión Editorial, Madrid, 2018.)

En el estilo del resto de obras del profesor sevillano, la última es una argumentación analítica, clara y profusamente documentada con datos empíricos, engarzada en la tradición del pensamiento clásico y la reflexión contemporánea más lúcida. El efecto es impresionante. Quien no esté de acuerdo con Contreras no puede –honestamente– desdeñarlo o despacharlo con un simple calificativo ideológico despectivo. Y quienes compartimos sustancialmente sus conclusiones, tampoco nos vemos eximidos del esfuerzo de digestión intelectual que requiere su lectura.

Contreras señala, con toda razón, los supuestos conservadores de los liberales clásicos, desde Locke hasta Hayek, así como su plasmación práctica en el sistema político de los Estados Unidos. Niega que el libertarianismo (como el que representa por ejemplo Juan Ramón Rallo, por citar a un autor mediático) sea una deriva inevitable del liberalismo clásico, tal como acostumbran a denunciar los pensadores tradicionalistas. Los autores citados en primer lugar y otros entendían la libertad más bien como un medio, o una condición, para realizar la vida buena y virtuosa, mientras que los libertarianos, especialmente a partir de John Stuart Mill, convierten la libertad en un fin en sí mismo, de modo que cualquier decisión libre que no interfiera en los derechos de terceros merece la misma valoración. Por ello, el libertarianismo es moralmente relativista, a diferencia del liberalismo clásico.

Esta distinción entre la libertad como medio y como fin es crucial, pero muy fácil de olvidar. Creo que el propio pensamiento liberalconservador bordea ese olvido con frecuencia, cuando argumenta a favor de la moral y las instituciones tradicionales como las más adecuadas para preservar la libertad o la civilización. Lo cual es cierto, pero distinto de la afirmación que puede deslizarse implícitamente: que salvaguardar esos bienes indudables es la única justificación, o la más importante, de instituciones como el matrimonio y la familia.

Es significativa al respecto una cita de Robert P. George aportada por Contreras : “Las empresas no pueden producir por sí mismas personas honradas y trabajadoras a las que emplear. Ni puede tampoco el Gobierno crearlas por decreto. Las empresas y los gobiernos necesitan que existan muchas personas con estas características, pero dependen de las familias –ayudadas a su vez por las comunidades religiosas y otras instituciones de la sociedad civil– para producirlas.”

Nótese el verbo producir, empleado un par de veces. Sin duda, su uso es completamente inocente, o todo lo más levemente irónico, pero no por ello consigue evitar una connotación desasosegante. Se quiera o no, sugiere que si existiera algún método alternativo para fabricar el “material humano” necesario para el funcionamiento de la economía, como en la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley, podríamos prescindir de la institución familiar.

Este riesgo del pensamiento liberalconservador, consistente en reducir a finalidades pragmáticas los valores conservadores, parece confirmar los recelos de los autores reaccionarios contra el liberalismo. Contreras acaso trata de hacer justicia a dichas prevenciones al admitir que existe una pulsión “autofágica” en el liberalismo. Explicada brevemente: la explosión de riqueza creada por el sistema capitalista ha alumbrado una sociedad consumista que socava las virtudes (disciplina, ahorro, esfuerzo) que son condiciones de posibilidad del propio capitalismo. Sin embargo, con esta concesión no parece que dejemos de supeditar los valores morales a sus efectos socioeconómicos, cosa muy distinta de comprender la indiscutible relación entre ambos.

Opino que la tentación utilitarista del liberalismo conservador sólo se puede sortear asimilando la verdad nuclear del pensamiento reaccionario, esto es, la denuncia de la ruptura moderna con el cristianismo. Es lo que de hecho hace Contreras en el último capítulo, no exento de cierta melancolía crepuscular, titulado “Liberalismo, teísmo, materialismo.” Aunque también podríamos decir que con ello, en cierto modo, trasciende el marco del liberalismo conservador, apuntando al territorio maldito de los Donoso Cortés, Richard M. Weaver y Gómez Dávila. Lo cual no sería el menor mérito de un libro que tiene más que suficientes para hacer de su lectura un festín de la inteligencia. No se lo pierdan.