El celibato y la inversión de los valores

Supongo que habrás tratado de persuadirle de que la castidad es insana.

C. S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino.

 

La estrategia del progresismo consiste en invertir los valores morales: que lo malo sea visto como bueno y lo bueno como malo. Que lo obsceno aparezca como inocente, y lo inocente como sospechoso. Que lo sacrílego se perciba como liberador, y lo santo como aberrante.

El orden apuntado no es arbitrario. Convertir el bien en mal sería imposible de buenas a primeras, pues produciría una indignación generalizada. Al principio hay que proceder al revés. Para ello se recurre a la “empatía”, en realidad una parodia de la misericordia cristiana. Se trata de ponernos en la piel de delincuentes, pervertidos, personas de mala vida, etc. Hacernos ver que todos, de haber vivido en otras circunstancias y pasado por determinadas experiencias, podríamos incurrir en pecados semejantes (lo cual es posiblemente cierto) y que esas personas por tanto son víctimas inocentes (lo cual es una deducción falaz).

En esta primera fase (convertir lo malo en bueno), interesa mucho desprestigiar las críticas de quienes advierten que esos ejercicios de empatía torticera pretenden atentar sibilinamente contra la moral y la familia. Hay que presentar a tales críticos como fanáticos intolerantes e insensibles, y sobre todo tranquilizar a cualquiera que piense que se trata de subvertir el orden tradicional. No, simplemente se pide tolerancia hacia otros modos de vida, igualmente legítimos.

Una vez se han superado las suspicacias de los más cándidos, y se han acallado las críticas de quienes no quieren pasar por “carcas” y “fundamentalistas”, sí se puede pasar descaradamente a la segunda fase, convertir el bien en mal. Se responsabiliza de las agresiones que puedan sufrir los homosexuales a quien defiende la familia tradicional. Se culpa de las muertes de mujeres por abortos clandestinos a quien se opone al aborto. Se acusa de la propagación de las enfermedades de transmisión sexual al Vaticano, por oponerse al preservativo. Y se culpa de los casos de pederastia dentro de la Iglesia al celibato clerical. Este último tema se ha puesto una vez más de actualidad, desgraciadamente.

Un informe judicial ha destapado unos mil casos de pederastia en varias diócesis católicas de Pensilvania, con unos trescientos sacerdotes implicados directamente a lo largo de unos setenta años. Sin duda, se trata de cifras aterradoras, pero conviene tener en cuenta el registro de agresores sexuales de la policía del Estado, que sumaba los 22.000 sujetos hasta 2017, por lo que el número de sacerdotes entre esta clase de individuos representaría menos del 1,4 %.

No pretendo minusvalorar la gravedad de los delitos sexuales perpetrados por curas. Al contrario, me parecen mucho más horrendos los cometidos por ellos que por cualquier otro colectivo, porque deberían ser ejemplo de pureza y no de la conducta más repugnante. Pero la avidez con la que los medios saltan sobre los escándalos más escabrosos dentro de la Iglesia, como si no hubiera muchos más casos de pederastia en colegios, clubes deportivos o asociaciones laicos, y también dentro de la familia (sobre todo las desestructuradas), es significativa.

Por supuesto, el sensacionalismo periodístico sobre el tema no obedece sólo a la mera motivación de captar audiencia. Su finalidad primordial se enmarca dentro de la estrategia progresista, que aunque aparentemente juzga a la Iglesia con sus mismos parámetros cristianos, lo que pretende en realidad es subvertirlos. Esto se observa claramente en artículos de opinión como la “Carta abierta al papa Francisco” de la escritora Nancy Huston, que culpa de los abusos y violaciones sexuales no a los pervertidos, sino al “dogma” del celibato.

La señora Huston empieza desviando las culpas de la pederastia, atribuyendo los delitos sexuales a una genérica “propensión de los hombres a aprovecharse de su poder político y físico para satisfacer sus necesidades [sic] sexuales”. Nótese la vulgata freudiana implícita: habría una “necesidad sexual” ciega e indeterminada, de modo que si se reprime su expresión de un modo, se manifestará de otro. Según la escritora canadiense, los curas abusadores eligen a los niños entre sus víctimas “no porque los sacerdotes sean pedófilos” sino porque si tuvieran relaciones consentidas con adultos o recurrieran a la prostitución serían más fácilmente descubiertos.

Es decir, se nos pretende hacer creer que un hombre de sexualidad normal se convierte en un depredador infantil simplemente porque la Iglesia le prohíbe tener pareja formal, aunque nadie le obligara a ordenarse. “El problema –dice Huston– no tiene que ver con la pedofilia ni la perversión”; se debe a que “a unas personas normales [sic] se les pidan cosas anormales [sic]”. O sea, un violador de niños es “normal”, lo que es “anormal” es el celibato. Por si no quedara lo suficientemente claro: “La ‘perversión’ está en la Iglesia, en su negativa a reconocer la importancia de la sexualidad y las desastrosas consecuencias de reprimirla.”

He aquí la inversión de los valores en todo su esplendor: la perversión no es sentirse atraído por niños prepúberes, sino el celibato asumido por quien libremente se ordena como sacerdote. No en vano “reprimir” es una de las palabras fetiche del progresismo. Es la forma en que se descalifica el concepto de autocontrol sobre las pasiones, una constante del pensamiento clásico desde Sócrates hasta Nicolás Gómez Dávila, hasta el punto de considerarlo nocivo para la Salud, ese ídolo incontestable de la sociedad del bienestar. Y que en el fondo, no es algo mucho menos vulgar que el pretexto del putero que justifica cínicamente su depravación con la necesidad de un “viril desahogo” de vez en cuando.

Para remachar su argumento, Huston engarza algunas necedades adicionales, como la comparación del celibato con el burka y la ablación del clítoris. Es típico de los progresistas señalar supuestas semejanzas entre el cristianismo y el islam a fin de denigrar al primero. Eso sí, después de un atentado islamista recordarán que “el islam es paz” y que no debemos caer en la islamofobia.

Sostiene Huston además, como es también habitual en los progresistas, que el Evangelio no dice nada acerca del celibato, lo cual es falso: véase Mateo 19, 12. Por lo demás, parece ignorar las cartas de San Pablo, cosa no menos típica: los progresistas, como los herejes de todos los tiempos, toman de las Escrituras sólo lo que les conviene.

Por último añade que “la mayoría de sacerdotes no logran conservar la castidad”. ¿Cómo lo sabe? No nos lo dice, seguramente por falta de espacio. Pero es muy propio de nuestra sociedad el escepticismo plebeyo hacia la continencia, la renuncia y el sacrificio, como en general hacia todo lo que es noble y santo. En programas de “telerrealidad” como “Gran Hermano” es habitual que algunos jóvenes participantes presuman de su supuesta incapacidad para abstenerse del sexo durante semanas o incluso unos pocos días. Naturalmente, con tan poco aguante, nunca descubrirán que es más fácil la abstinencia del sexo (o del tabaco) durante años que durante meses.

En cualquier caso, aunque fuera cierto que la mayoría de sacerdotes fracasaran en mantenerse castos, ello no demostraría nada. Que la santidad sea una empresa difícil y minoritaria no es un argumento contra ella, ni siquiera en estos tiempos supersticiosamente democráticos, en que el valor de las cosas parece reducirse a su popularidad. Jesús dijo: “sed perfectos, como vuestro Padre es perfecto”. Si los sacerdotes son los primeros que tiran la toalla, ¿qué clase de ejemplo estarían dando?

No hace falta decir que muchos de los críticos con el celibato ni siquiera son católicos. No se preocupan por el bien de la Iglesia, sino todo lo contrario, lo que desean es que deje de ser un modelo alternativo al imperio progresista, es decir, que sea cada vez más irrelevante. Su objetivo es que todo el mundo piense igual para que, en definitiva, el pensamiento progresista esté a resguardo de toda crítica. Porque un pensamiento que está en guerra contra la verdad sólo puede imponerse exigiendo la unanimidad totalitaria.

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Dejemos las cosas claras sobre el aborto

El debate sobre el aborto sigue candente en Argentina: mañana miércoles el trámite legislativo pasa por el Senado, donde la ley que propugna que el aborto inducido sea un derecho sin limitaciones hasta la semana 14 (y en determinados supuestos hasta el final del embarazo) podría acabar siendo aprobada.

Los defensores del aborto argumentan básicamente de dos maneras. Por un lado, lo plantean como una emergencia de salud pública, es decir, como la única manera de acabar con los abortos clandestinos, que provocan decenas de muertes de mujeres al año. Por el otro lado, el aborto es uno de los frentes principales del feminismo, si no el principal, en su lucha por conseguir la igualdad plena entre hombres y mujeres.

Los contrarios al aborto argumentan, basándose en ciencias como la embriología y la biogenética, que desde el momento mismo de la concepción, el cigoto es un individuo humano con su propio código genético, dotado por tanto del mismo derecho a la vida que se le reconoce a todo ser humano desde el nacimiento. De ahí que la muerte inducida de un feto o un embrión sea equiparable a un asesinato u homicidio.

Los provida además exponen a la luz los numerosos errores y falsedades de los argumentos abortistas. Por ejemplo, las exageraciones sobre el número de abortos clandestinos y el carácter supuestamente inocuo y carente de riesgos del aborto legalizado. Un buen resumen de estas críticas lo pueden encontrar en este vídeo de Agustín Laje.

En cambio, la crítica de los abortistas a los provida se reduce básicamente a tacharlos de integristas religiosos, a pesar de que, como acabamos de ver, su punto de partida sea estrictamente científico, y de que muchos de los contrarios al aborto se declaran explícitamente ateos o agnósticos.

Sin embargo, en mi opinión, los abortistas tienen parte de razón: los argumentos fundamentales contra el aborto son de naturaleza religiosa o, si se quiere, metafísica, aunque a menudo de un modo implícito o inconsciente. Lo que sucede es que eso no debería ser considerado una crítica, o al menos los cristianos no deberíamos caer en el error de tomárnosla como tal, y mucho menos acabar negando a Cristo tres veces antes de que cante el gallo, para ser admitidos en el debate público.

La ciencia nos enseña que un ser humano surge en el momento de la fecundación, pero no nos dice que a un ser humano, sea cual sea su edad, no se le puede matar, ni torturar, ni perseguir por sus creencias o cualquier otra condición. La ciencia no puede fundar ninguna ética; por el contrario, es ella misma la que debe quedar sometida a la ética.

Por supuesto, existen diferentes concepciones de la ética, tanto inmanentistas como trascendentalistas. Pero es evidente que cualquiera que tome partido en el debate sobre el aborto lo hará desde alguna de esas concepciones. ¿Por qué una en concreto, la cristiana, debería ocultarse o ponerse entre paréntesis? La razón que esgrimen algunos cristianos es que los abortistas los acusan de querer imponer sus creencias a los demás. Pero ¿no es eso también lo que hacen los abortistas? El argumento de que ellos no obligan a nadie a abortar o realizar abortos es completamente cínico. Para empezar, porque algunas legislaciones abortistas, en determinados países, imponen restricciones a la libertad de conciencia de los médicos. Pero sobre todo porque, ¿qué diríamos de alguien que defendiera la esclavitud con el argumento de que no nos obliga a poseer esclavos si ello va contra nuestras creencias?

Despenalizar el aborto no es una opción moralmente neutral, no significa decirle a la gente que cada cual haga lo que quiera según sus creencias íntimas. Significa, en la práctica, transmitir el mensaje de que el aborto no es un mal, que incluso es un derecho de la mujer. Y sobre todo significa facilitar que haya muchos más abortos, es decir, que se pierdan centenares de miles de vidas humanas que posiblemente se podrían salvar si muchas mujeres no contemplaran acabar con la vida de sus hijos como una opción reconocida legalmente e incluso costeada por el Estado.

Innegablemente, prohibir el aborto resta libertad a las mujeres, aunque no sólo a ellas: también a los hombres de su entorno que colaboran de un modo u otro en esa práctica salvaje, a veces incluso presionando a las madres para que acaben con la vida de sus hijos. Pero también prohibir el asesinato y el robo resta libertades, y todos estamos de acuerdo en que son necesarias esas restricciones para defender la vida humana y la propiedad.

Bien es cierto que el feminismo contemporáneo ve en la maternidad un obstáculo en la completa emancipación de la mujer. Sostiene que ser madre es una opción entre otras muchas de igual valor, y que por ello la mujer debe ser libre de poder “desprenderse” de un hijo antes de que nazca. Este egoísmo demente va en realidad contra el sentir más profundo de la mayoría de mujeres, que conciben la maternidad no como una carga, sino como un privilegio. Nada hay más radicalmente antifemenino que el feminismo contemporáneo.

De esta última consideración se desprende algo crucial: es imposible librar en condiciones la batalla contra el aborto olvidando que esta obsesión necrófila sólo es comprensible dentro de la cosmovisión progresista, que sustituye el culto a Dios por el culto al hombre, según el cual éste sólo es totalmente libre si se rebela por completo contra cualquier dependencia religiosa, cultural e incluso natural, en la medida que lo permita la técnica.

La libertad así entendida empieza negando los “prejuicios” religiosos y culturales, para acabar negando las propias diferencias naturales entre los sexos, que es exactamente lo que hace la ideología de género. La libertad humana se convierte así en una demoníaca voluntad de poder ilimitado, que rechaza y trata de destruir todo lo que no nazca de ella.

El progresismo, tal como se entiende en la actualidad en las instancias supranacionales, la mayoría de gobiernos, los medios de comunicación y las grandes corporaciones es simple y llanamente una guerra contra el cristianismo, y nada lo pone más en evidencia que el abortismo. Por eso, sí, es verdad, el fondo del problema es religioso, o antirreligioso, según se mire. Y no reconocerlo es regalarle al enemigo una ventaja decisiva.