Reflexiones tras el 21-D

La victoria del separatismo en Cataluña el pasado 21 de diciembre es un desastre no por anunciado menos doloroso. Los 70 diputados de Junts per Catalunya, ERC y la CUP lo tienen todo a su favor para prolongar el maldito procés durante no sabemos cuánto tiempo, con las graves consecuencias que hasta los más tontos del lugar ya pueden extrapolar a partir de la simple experiencia de los últimos meses: continuación de la hemorragia de empresas, descenso de las inversiones y de las ventas, aumento del paro y, en definitiva, dificultades económicas para muchas personas. Además del deterioro inevitable de la convivencia y sin olvidar la tortura psicológica nada despreciable de tener que escuchar todos los días el trillado repertorio de sandeces hispanófobas del megalomaníaco Puigdemont y otros orates, las cursilerías sobre la futura república donde manará leche y miel de las fuentes y las cínicas apelaciones al “diálogo sin condiciones”, salvo las que ellos digan.

La meritoria victoria electoral de la candidata de Ciudadanos, Inés Arrimadas, apenas consigue arrojar alguna luz sobre este sombrío cuadro. Es verdad que a la larga supone una esperanza, incluso para los que estamos lejos del liberal-progresismo de la formación naranja. Que uno de cada cuatro votantes se haya decantado por esta catalana de origen andaluz; que en poblaciones como Tarragona haya alcanzado el 35 % de los votos y en algunas otras lo haya superado; que se haya desenmascarado la gran patraña de quienes se erigen en únicos representantes de un poble català monolítico, todo ello es algo que debe reconocerse y valorarse. El discurso asustaviejas de Xavier Domènech, pintando a Arrimadas como un engendro de Aznar y el IBEX-35, diablos laicos del papanatismo progre, no sólo no ha impedido que Ciudadanos ganara las elecciones, sino que tampoco ha evitado que el colau-podemismo perdiera tres diputados respecto a la penúltima edición (Catalunya sí que es pot) de lo que en tiempos menos eufemísticos llamábamos comunistas.

Pero las cosas como son: en el corto plazo, los diputados de Ciudadanos más los del PSC y el PP no nos sirven para desactivar el maldito y mil veces maldito procés, que era lo realmente urgente. La secesión ha sido impedida por la acción del gobierno central (aunque en el tiempo de descuento y como forzada por la Corona y la sociedad civil) y de la Justicia, gracias a las querellas de Vox y del malogrado fiscal José Manuel Maza. Pero aunque la secesión se haya neutralizado, lo que realmente está haciendo daño es el procés. Y éste, por desgracia, sigue vivo.

Importa mucho entender bien qué es el procesismo. Por lo pronto, evitemos los diagnósticos apresurados o perezosos. Sostener que el independentismo es un fenómeno de locura colectiva es un recurso facilón, válido no más allá de conversaciones de ascensor. Como ha argumentado Adolf Tobeña en su brillante ensayo La pasión secesionista, los independentistas no están locos, aunque es evidente que tampoco actúan racionalmente. Su conducta puede entenderse a la luz de los datos más recientes de la psicobiología, que nos indican que estaría anclada en aspectos profundos de nuestra naturaleza genética y neuronal.

¿Significa esto que el nacionalismo secesionista es un fenómeno de carácter atávico, algo por tanto “antiguo” (en el sentido coloquial que le gustaba utilizar a Zapatero) o, por ser más precisos, preilustrado? No corramos tanto. Es una tentación rutinaria del grueso de los intelectuales caracterizar lo que no les gusta como refractario a la modernidad, que por lo visto sería el sumo bien. De ahí interpretaciones como una reciente de Mario Vargas Llosa, que tachaba a la ultraizquierdista CUP de reaccionaria y “tradicionalista”. Ocurrencia enmarcable dentro de esos análisis, más o menos superficiales, que insisten en disociar o disculpar a la izquierda y al progresismo del nacionalismo, en flagrante contradicción con la existencia de partidos como ERC, fundada hace más de ochenta años. Otra variante de esta caracterización, que sin ir más lejos abonaba Salvador Sostres ayer en el ABC, trata de identificar el nacionalismo con lo rural/tradicional, en oposición a lo urbano/moderno.

Ciertamente, el nacionalismo se hace fuerte en los pueblos pequeños, donde todo el mundo se conoce y la discrepancia adquiere rasgos de heroísmo. Salta a la vista, sólo con contar las banderas españolas que han florecido por doquier en las grandes poblaciones catalanas y las (inexistentes) que contemplamos en cualquier rincón de la Cataluña profunda, asfixiantemente forrada de cubanas, pancartas republicanas y lazos amarillos a favor de los “presos políticos”. Pero aun así, y a pesar de la ley electoral que infrarrepresenta a la provincia de Barcelona respecto a las otras tres, la gran mayoría de votos y diputados los siguen obteniendo los nacionalistas en la más poblada y urbanizada, con diferencia, de las cuatro circunscripciones catalanas. Sin una aportación elevada de voto urbano, los nacionalistas jamás podrían haber soñado con gobernar, porque la mayoría de los catalanes apenas vemos un tractor salvo cuando practicamos turismo rural.

La letanía de que la izquierda y el nacionalismo son incompatibles aún es más discutible. Hay un dato muy revelador, pero que está pasando desapercibido, debido a que ERC ha sido superada en votos por la formación del expresidente fugado Puigdemont. Esquerra Republicana de Catalunya ha obtenido, de largo, el mejor resultado absoluto de su historia, bastante más de novecientos mil votos. Lo máximo que había logrado con anterioridad fueron 544.000 papeletas en 2003. En 2012 quedó por debajo del medio millón. (Sólo Francesc Macià alcanzó en 1932 un porcentaje electoral muy superior, aunque con menos de 270.000 votos.) Por el contrario, Junts per Catalunya, pese a su ligera ventaja sobre el partido liderado por Oriol Junqueras, ha cosechado como sucesora de Convergència uno de los resultados más discretos de su historia.

¿Qué quiero decir con esto? Pues que la emergencia del independentismo rupturista es ininteligible sin tener en cuenta el ascenso de un partido de izquierdas como ERC (que ya protagonizó un golpe secesionista en 1934) y también sin la ultraizquierdista CUP. La propia radicalización de CDC y de la posconvergencia, en los últimos años, obedece a un intento de no dejarse arrebatar el espacio nacionalista por Esquerra, su más íntimo rival electoral, así como de asegurarse el apoyo parlamentario de la CUP. Dicho de otro modo, el motor del procés reside en la izquierda. El golpismo revolucionario, la agitación callejera, la hipertrofia del democratismo asambleario, el desprecio de la legalidad, son elementos consustanciales de una izquierda que por lo demás lleva cuarenta años llamando facha a quien luce los colores de la bandera constitucional, y no sólo en Cataluña. Quien no vea las sinergias de la visión victimocéntrica de la historia y de la sociedad que sostienen los progres y los nacionalistas, seguramente es porque le resulta incómodo reconocerlo.

¿En qué quedamos entonces? ¿El nacionalismo tiene una base psicobiológica y por tanto tan antigua como la humanidad, tal como sostiene el profesor Tobeña, y es por tanto en cierto modo una rémora, un peso muerto que arrastramos como especie? ¿O por el contrario está más bien relacionado con movimientos de emancipación como el socialismo o el feminismo? En cierto sentido, ambas cosas son verdad.

Que el nacionalismo, más allá de sus formulaciones decimonónicas, apela a sustratos paleolíticos de nuestro cerebro, cuenta con fuerte evidencia empírica. Lo cuestionable es la antítesis de trazo grueso entre “antigüedad” y modernidad en la que algunos pretenden encajonar todos los fenómenos sociopolíticos; también éste. Lo que llamamos modernidad podría definirse como la pretensión de que el hombre se convierta en dueño absoluto de su propio destino, desdeñando a Dios y al pasado. Ahora bien, el proyecto moderno es, paradójicamente, tan antiguo al menos como la Torre de Babel. No sugiero que la modernidad, en sentido meramente cronológico, tenga que acabar necesariamente como el episodio bíblico (aunque tampoco me sorprendería) ni mucho menos que no debamos congratularnos de los auténticos logros humanos y sociales de los últimos siglos. Sí sostengo que convertir la crítica a los nacionalismos en un pretexto para ajustar cuentas con otros (la derecha, el “populismo” o incluso Trump: análisis oportunistas de este jaez hemos leído), además de ineficaz, a menudo sólo sirve para reforzar las falacias y los mitos que alimentan al propio nacionalismo. Si para combatir a los secesionistas lo peor que se nos ocurre decir de ellos es que son reaccionarios y de derechas, entrando en el estúpido juego de “facha el último”, ya les hemos concedido su principal ventaja, erigida sobre una burda caricatura de la España negra con la que cualquiera desearía romper.

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