Machismo sutil y otros cuentos

Un artículo de El Mundo titulado Anatomía de las 101 ‘manadas’ ofrece ciertos datos significativos. En los últimos tres años han actuado en España 101 “manadas” o agresores sexuales en grupo, de los cuales el 31 % son españoles, un 49 % extranjeros y el resto no está determinado. Por nacionalidades, destaca el 22 % de magrebíes.

Si tenemos en cuenta que en nuestro país hay un 10 % de extranjeros, y en particular un 1,6 % de magrebíes, las conclusiones son claras. La proporción de inmigrantes miembros de esos grupos delictivos es al menos cinco veces superior a su ratio respecto a la población total. En el caso de los magrebíes, catorce veces mayor, aproximadamente.

De esto se desprende claramente que el fenómeno de las agresiones sexuales en grupo no se puede comprender sin tener en cuenta la inmigración, y en especial la de procedencia islámica. En árabe existe incluso la palabra taharrush, que designa un “juego” de violación y humillación en grupo, del que generalmente se hace víctima a una mujer de conducta occidental.

Sin embargo, el periodista, pese a reconocer que la sobrerrepresentación de ciudadanos magrebíes y extranjeros en general como autores de estos delitos es “muy ocultada”, dedica prácticamente todo el artículo a recabar explicaciones que sortean la incómoda realidad del choque cultural, para culpabilizar a un supuesto machismo generalizado de la sociedad española.

Especialmente reveladoras son las palabras de la psicóloga Bárbara Zorrilla: “La revolución sexual se ha vuelto contra las mujeres porque la sociedad española sigue siendo machista.” Cualquiera diría que si la revolución sexual no ha traído los beneficios que prometía, la culpa es de la propia revolución, pero ¿qué sabremos los no iniciados?

Me he acordado de un breve cuento de Pere Calders titulado “Invasió subtil”. El narrador asegura haber conocido, en una localidad catalana, a “un japonés desconcertante, que no se parecía en ningún aspecto a la idea que yo tenía formada de esta clase de orientales”. En efecto, se trataba de un individuo que no presentaba ojos rasgados ni piel amarillenta, que hablaba un catalán sin acento extranjero, vestía como un occidental y se dedicaba a vender santos de Olot. Tras esta descripción, la mujer del narrador le pregunta de dónde ha sacado que ese hombre es japonés… El narrador reconoce, no sin desdeñar la “candidez” de su mujer, que nadie se lo ha dicho, pero que los detecta enseguida. Y termina expresando su inquietud por la habilidad de los nipones para camuflarse entre nosotros.

La corrección política trasluce una lógica paranoica similar. No hay dato, indicio ni evidencia que le pueda desengañar de que vivimos en una sociedad intrínsecamente machista.

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El aborto siempre vuelve

En contra del mantra progresista de que la despenalización del aborto provocado es un tema “superado”, sobre el cual existe un “consenso” social firmemente establecido, el aborto siempre vuelve. Como la culpa, como el remordimiento, como la incómoda verdad. No se trata de anecdóticas meteduras de pata de políticos de la derecha. El único y gran error de la derecha es haberse creído la mentira del consenso, que no es más que la imposición del pensamiento único: o te rindes a los dogmas del progresismo o eres expulsado a las tinieblas exteriores, lejos de cargos, subvenciones y espacio mediático.

Cuando Suárez Illana dijo que en Nueva York se había legalizado el infanticidio de recién nacidos y que esta barbaridad era propia de los neandertales, se expresó con torpeza, con inexactitud, pero no dijo nada esencialmente alejado de la verdad. Muy probablemente, el candidato del Partido Popular sólo quiso decir que el aborto es una práctica que no tiene nada de “progresista”, sino que existe desde los tiempos más remotos. Y a fin de cuentas, en la asamblea de Nueva York, el pasado 22 de enero, se aprobó poder matar a un feto humano hasta el noveno mes de embarazo, incluso dejándolo morir si sobrevive fuera del seno materno.

Naturalmente, les faltó tiempo a los Guardianes del Progreso para recurrir a sus paleontólogos útiles en defensa del Buen Neandertal, negando que existan evidencias en el registro fósil de que esta especie no tratara amorosamente a sus hijos o no pagara escrupulosamente sus impuestos. Consiguieron lo que pretendían, cosa por lo demás harto fácil: que alguien del PP rectifique cuando por casualidad, y aunque sea con lengua de trapo, se le haya escapado una verdad.

El aborto es el punto débil de la Estrella de la Muerte progresista. Los progres lo saben, pero la derecha tolerada por el establishment no, o más bien no quiere saberlo. Oponerse al aborto, además de un imperativo ético, es vital para cualquier resistencia mínimamente organizada frente a la revolución cultural que vive Occidente desde hace medio siglo.

Quien aprueba despenalizar el aborto por completo proclama un derecho absoluto del hombre a delimitar quién es un ser humano y quién no, quién tiene derecho a vivir y quién no. No hay, para los progres, criterios objetivos, no hay una molécula de ADN único e irrepetible en el cigoto, sino la Voluntad absoluta del hombre frente a la realidad y frente a Dios, tanto si creen en Él como si no. Esto es el progresismo en su esencia: al cuestionarlo, cuestionas la religión de Estado de la modernidad.

Otra característica del progresismo es su inconsecuencia. Te dirán que eres muy libre de estar contra el aborto por razones éticas o religiosas, pero que no puedes imponer a los demás tus creencias. Sin embargo, por alguna razón, se abstienen de aplicar este criterio hiperliberal a todo lo demás: al asesinato, al robo, al fraude o al exceso de velocidad. Esto demuestra que el abortismo no es, como se nos intenta vender, una reivindicación de libertad individual. “Liberar” a la mujer por el peregrino procedimiento de devaluar su mayor privilegio, que es la maternidad, es la parodia más grotesca de la libertad que cabe imaginar.

Cuando se les asegura a las mujeres que vale la pena matar a sus propios hijos en gestación con tal de librarse de una maternidad no deseada, se les está diciendo, de la manera más brutal, que la maternidad no es un bien en sí mismo, ni una bella y grave responsabilidad, sino que sólo importa en tanto que se desea: no hay más bien que mi subjetividad, mi placer, mi voluntad de poder (empowerment, en la neolengua internacional). Progresismo desencadenado, en todo su furor luciferino.

Los progresistas volverán a repetir las mismas mentiras, y la “derechita cobarde” (sí, señor Aznar, cada día deberían decírselo a la cara) volverá a pedir perdón cuando por un instante olvide quién manda. Sólo quien se halle extramuros del sistema, quien no tenga todavía gran cosa que perder, puede romper las líneas defensivas del Imperio Progresista, aspirar a acercarse a su punto débil y disparar contra él.

¿Será ésta la misión histórica de Vox? ¿Son conscientes sus dirigentes de que el aborto no es un tema más, sino el nudo gordiano de todo? Creo que sí, y que por ello mismo sabrán actuar con astucia y por fases: exactamente como han hecho los abortistas durante años para imponer su podrido consenso.

Los tres problemas existenciales de España


Desde que Pedro Sánchez hizo de la exhumación de Franco el tema estrella de su legislatura, hemos escuchado muchas veces aquello tan socorrido de que “esto no es lo que preocupa a los ciudadanos”.

En efecto, si atendemos a las encuestas, lo que preocupa a los españoles, a gran distancia de cualquier otro asunto, es el paro: un 39 % considera que es el problema más importante y un 60,6 % lo coloca entre los tres mayores problemas. Luego les siguen “los políticos en general” y “la corrupción y el fraude”. (Barómetro del CIS de febrero.) Ahora bien, una cosa es que a los ciudadanos les inquiete mucho más el paro o la corrupción que el separatismo o los debates sobre la “memoria histórica”, y otra cosa bien distinta es que sean indiferentes ante estos temas, e incluso que no les apasionen mucho más, aunque ello parezca contradictorio con sus respuestas al CIS.

Las encuestas tienden a magnificar los asuntos económicos, porque afectan especialmente a la vida cotidiana, pero lo que motiva a la gente, aquello sobre lo que le gusta hablar y discutir, suelen ser otras cosas: el fútbol, los cotilleos, y también el separatismo catalán, la inmigración o la inseguridad ciudadana.

Por eso, cuando Javier Maroto asegura que el PP es el partido que más seriamente aborda la principal preocupación de los españoles, el desempleo, dice probablemente algo cierto, pero al mismo tiempo revela por qué no hacen más que perder votantes. No es sólo por la corrupción, que también, sino porque al reducirlo todo a economía, al conformarse con su gris ambición de gestores, el PP deja en un mezquino segundo plano gran parte de lo que nos hace humanos: creencias, principios y valores.

Permítanme ahora decirles cuáles son en mi opinión los tres grandes problemas de España. Los desarrollaré en orden de importancia creciente, aunque el que menciono en primer lugar sea sin duda el más acuciante en estos momentos.

1. La amenaza de disgregación territorial
No me refiero solamente al separatismo catalán, aunque sí especialmente. La crisis de Cataluña es sin duda la más grave que ha sufrido nuestro país en los últimos cuarenta años, como mínimo. Pero no se trata de un fenómeno aislado, sino que comparte su origen con el nacionalismo vasco y las tendencias diferenciadoras en otras regiones, algunas incluso promovidas desde los gobiernos autonómicos por partidos supuestamente nacionales, como es el caso del PP en Galicia.

El objetivo final al que tienden estos movimientos centrífugos, tanto los más planificados y agresivos como los más aparentemente inofensivos (pienso en absurdos como la promoción del bable u otras hablas regionales a la categoría de idiomas oficiales), es la destrucción de la Nación, al menos tal como se ha organizado en los últimos cinco siglos. Y esto tendría dos consecuencias principales. La primera, que los 46 millones de españoles, al dejar de estar unidos, seríamos mucho más débiles y vulnerables frente a intromisiones de potencias extranjeras y poderes trasnacionales.

La segunda consecuencia es que al romperse la continuidad histórica de la nación, el conocimiento de nuestro pasado dejaría de transmitirse, hasta convertirse en ininteligible para las generaciones futuras, con la pérdida espiritual inconmensurable que ello supone. La nación española es una de las más importantes e influyentes de toda la historia, sin la cual no puede comprenderse el devenir de Occidente. Fue una de las más romanizadas y cristianizadas, la que frenó el avance del islam tras largos siglos de luchas, la que descubrió el Nuevo Mundo y trasplantó a él nuestra civilización, la que más luchó por mantener unida la cristiandad y, ya en el siglo pasado, logró evitar la victoria del comunismo en un país de Europa occidental.

Las tendencias disgregadoras de nuestra nación tienen su origen primero en la Leyenda Negra y la mitología izquierdista, es decir, en propagandas al servicio de poderes extranjeros e ideologías totalitarias, que los propios españoles hemos acabado interiorizando. Al dejar de sentirnos legítimamente orgullosos de nuestra Nación (lo que no excluye la honrada autocrítica, uno de los rasgos con los que España también ha contribuido a la cultura occidental), hemos abonado el terreno para que arraiguen fanáticos racistas e hispanófobos como Sabino Arana, Arzalluz, Pujol, Puigdemont o Torra.

Ahora bien, la causa próxima o eficiente de los nacionalismos disgregadores es sin duda el Estado autonómico, el mayor defecto de diseño de la Constitución del 78. Porque se requiere ser muy ingenuo, o estar muy ciego, para no ver que si en Cataluña hay actualmente dos millones de independentistas es porque durante cuarenta años ha habido unos gobernantes autonómicos con el control de competencias estatales básicas, desde la Enseñanza hasta la Seguridad, así como de los medios de comunicación públicos y buena parte de los privados.

2. La amenaza de la islamización
Si la destrucción de la Nación española es la amenaza más inminente que se cierne sobre nosotros, hay otra aún peor, y es que no sólo se pierda España, sino que los habitantes de la Península Ibérica y los archipiélagos canario y balear dejen de pertenecer a la cultura occidental, en unas pocas generaciones. Que nuestra civilización se vea reemplazada por otra basada en una religión que es mucho más que una religión: todo un orden sociopolítico, que establece desde prescripciones alimentarias obligatorias hasta la subordinación de la mujer al hombre, pasando por la eliminación de la libertad de pensamiento y la entera sustitución de nuestros códigos civil, penal e incluso mercantil. Por no hablar de la reducción de los cristianos a una minoría expuesta a vejaciones y persecuciones como las que padecen en numerosos países islámicos y totalitarios.

Suena a pesadilla distópica, pero lo que está sucediendo en otros países europeos, empezando por nuestro vecino francés, es una advertencia imposible de ignorar. Sobre las causas de este problema, y para no extenderme, baste apuntar tres: Primero, la progresiva descristianización de Europa, un proceso de siglos que ha generado un vacío espiritual apto para ser ocupado por una religión foránea. Segundo, las políticas multiculturales que favorecen coordinadamente la ONU, organizaciones como el entramado del magnate George Soros y gobiernos como el de Angela Merkel. Y tercero, el derrumbe de la natalidad europea, que es también el mayor problema de España, del que me ocupo seguidamente.

3. La amenaza de extinción
La infranatalidad de la sociedad española es el problema existencial por antonomasia. Malo es que España deje un día de existir como nación, malo sería que nuestros descendientes dejen de ser mayoritariamente cristianos, en el más amplio sentido cultural del término; pero lo más irremediable de todo es sencillamente dejar de ser en sentido absoluto, tras un agónico invierno demográfico de siglos, que ya estamos experimentando. A esa nada nos dirigimos, con matemática implacabilidad, si un gran porcentaje de mujeres fértiles siguen por más tiempo sin tener hijos, o se conforman con tener uno solo.

Es común explicar la baja natalidad por causas económicas, como el desempleo, la precariedad laboral o las dificultades de conciliación. En realidad, estos son pretextos para eludir la verdadera naturaleza del problema y no enfrentarnos a verdades incómodas sobre nosotros mismos. Prueba de ello es que ninguno de los países con menores tasas de paro, como Japón, Alemania, Estados Unidos, Holanda, Reino Unido, Austria, Suiza, etc., alcanzan tampoco tasas de natalidad suficientes para asegurar el reemplazo generacional.

Las causas de la baja natalidad son de orden moral y cultural. Nadie dijo nunca que tener hijos y criarlos fuera fácil, pero muchos deciden ser padres a pesar de las dificultades, y si realmente el tener descendencia fuera un objetivo vital prioritario de nuestra sociedad, lo harían muchos más. Trágicamente, hace tiempo que ha dejado de serlo, y ello está relacionado, mucho más que con aspectos económicos, con la crisis de la familia provocada por la revolución sexual de los años sesenta. Sin la perspectiva de familias estables compuestas por los dos progenitores biológicos, apoyándose mutuamente, cada vez más mujeres y hombres se abstienen de tener hijos o se limitan al hijo único.

El feminismo radical, el homosexualismo y sobre todo el abortismo (la forma más siniestra de antinatalismo), frutos de esa revolución sesentayochista, no hacen más que codificar esta cultura de hedonismo nihilista, cuya máxima aspiración es la búsqueda del placer, el bienestar y la autorrealización individuales, sin sentimientos de culpa, sin responsabilidad ni compromisos firmes.

Es vital llevar a cabo la crítica y el desenmascaramiento de esta ideología denominada “progresista”, que prácticamente se ha convertido en la nueva religión de Estado. Una religión política que si bien choca frontalmente con el islam, de manera paradójica podría situarnos a los pies de los caballos de esta religión medieval. La disgregación territorial de España no haría más que acelerar el proceso. El ser o no ser de nuestra nación, el de nuestra cultura y el de nuestra descendencia están estrechamente relacionados, y me temo que cada vez lo apreciaremos con más dolorosa claridad.

No quiero concluir sin una nota de esperanza: la triple crisis existencial en la que nos encontramos es la razón profunda que explica el ascenso de un fenómeno político como Vox, un partido en el que no por casualidad convergemos todos los que deseamos preservar no sólo la unidad de España, sino la cultura judeocristiana y el orden espontáneo de la familia y la propiedad privada.

La sociedad aduladora

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Ayer “los jóvenes” se manifestaron en contra del cambio climático. Ya empezamos mal cuando adoptamos el lenguaje de ciertas organizaciones políticas convirtiéndolas en las representantes de “los jóvenes”, “los estudiantes” o “las mujeres”, como si se tratara de colectivos en los que todos piensan igual, excepto tal vez algunos individuos alienados que no saben cuáles son sus verdaderos intereses, como sí lo saben la ONU, los gobiernos y las grandes multinacionales.

Bastaba sintonizar cualquier canal televisivo, en esta maravillosa pluralidad que nos hemos dado, para ver a niños de corta edad repitiendo como adiestrados loritos lo que sus educadores les habían enseñado. Les ahorraré ejemplos de eslóganes y consignas tontas. Eran del estilo de “Sólo tenemos un planeta” y otras cursiladas sonrojantes.

Bien es cierto que la voz cantante la llevaban niños más creciditos y adolescentes, aunque tampoco crean que ello redundaba en la gran originalidad de sus proclamas. Lo que no dejaba de llamarme la atención es el tono sistemáticamente adulador con el cual periodistas y políticos se referían a esos jóvenes. Lo que venían a decirnos es que debíamos tomárnoslos muy en serio, que nos estaban dando una lección de “compromiso” y “responsabilidad”.

Por supuesto, estas muestras de adulación no fueron una peculiaridad del día de ayer. Son constantes, y el ecologismo es sólo un pretexto ocasional. Cada día le estamos diciendo a la juventud que es la generación más preparada de la historia y que se merece lo mejor, por el mero hecho de existir. Que los adultos tenemos más que aprender de los jóvenes que no al revés, y que deben ser rebeldes. Nótese el carácter contradictorio de esta última oración: “Sed rebeldes” es exactamente algo tan paradójico como decir: “¡Obedece: no seas obediente!”

Tanto halago no es en absoluto desinteresado. Sabemos todos por la propaganda comercial que quien quiere vendernos algo empieza por darnos coba, o sea por mentirnos agradablemente. Decirle a los jóvenes, o a quienes pretenden representarlos, que sus propuestas son enormemente originales e inteligentes es engañarlos, especialmente cuando son meros ecos de las directrices de organizaciones burocráticas y corporativas muy poderosas.

Decirle a los jóvenes que no tienen que pasar por empleos “precarios” (contratos temporales, de prácticas, etc.) ni desplazarse fuera de su provincia para adquirir experiencia laboral, es engañarlos también. Y sobre todo es engañarlos decirles que están sobradamente preparados, que los adultos no tenemos apenas nada que enseñarles, pues ellos se manejan mejor con YouTube e Instagram que sus padres. Son halagos enormemente dañinos porque desincentivan mejorar, aprender, disciplinarse y esforzarse: crecer, en suma. Promueven el infantilismo, además de la queja y la victimización, fácilmente instrumentalizables por los políticos.

La adulación no se ceba sólo en los jóvenes. Se trata de una técnica de manipulación política que se emplea de forma sistemática y general. Pondré dos ejemplos más. El primero, las mujeres. Bajo promesas de supuesta liberación, se las orienta sutilmente a que sean más productivas para el sistema. Menos tener hijos y dedicarse al hogar, tareas de rango inferior, y más rendir, más competir profesionalmente. Más interesarse por carreras de ingeniería, por deportes bruscos, por conducir maquinaria pesada y dirigir empresas. Quienes tanto liberan a la mujer no hacen otra cosa que decirle lo que tiene que hacer, incluso lo que le tiene que gustar y lo que tiene que desear.

El segundo ejemplo son los inmigrantes. De maneras más o menos implícitas, se les transmite el mensaje de que llegan aquí pertrechados de numerosos derechos y muy escasas obligaciones. De que es la sociedad de acogida la que les debe algo, encontrarles un empleo o incluso garantizarles unos ingresos mínimos sin trabajar. De que su cultura y sus costumbres son respetables sin más, sean las que sean, mientras que no puede decirse lo mismo de la cultura europea, manchada de colonialismo y racismo.

El resultado es que los extranjeros, y me refiero especialmente a los de origen musulmán, acaban encontrando pocos motivos para integrarse, porque más bien se les disuade de ello. Pero este inmigrante no integrado es terreno abonado para el resentimiento. Como más se le anima a reclamar derechos y seguir encerrado en su cultura, más acaba odiando a la sociedad anfitriona, que no le da todo lo que le han hecho creer que le corresponde, y en la cual no puede dejar de sentirse eternamente un extraño.

El complemento inseparable del halago es que quien no te adula como yo es malvado, no te quiere, es tu enemigo: o sea, el autoritario, el fascista, el machista, el xenófobo. Probablemente sea ésta la principal función política de la adulación: atraer, mediante el viejo procedimiento de ofrecer protección y amparo, siervos agradecidos.

¿A quién iríamos?

Los errores modernos son infinitos; pero todos ellos, si bien se mira, tienen su origen y van a morir en dos negaciones supremas: una relativa a Dios y otra relativa al hombre. La sociedad niega de Dios que tenga cuidado de sus criaturas, y del hombre que sea concebido en pecado.

Juan Donoso Cortés

Hace un tiempo me encontré con un viejo amigo de instituto y, tomando unas cervezas, nos pusimos al día de nuestras respectivas andanzas. A él le sorprendió que yo (en mis años mozos un descreído y ávido lector de Nietzsche y de Cioran) hubiera retornado a la fe católica en la que fui bautizado. No recuerdo sus palabras exactas, pero más o menos vinieron a ser estas: “Que exista Dios no lo veo descabellado, pero creer que nos envió a su Hijo para salvarnos y todo eso…” Realmente no le cabía en la cabeza que yo hubiera sucumbido ante semejante fábula.

He reflexionado más de una vez sobre aquella conversación, sobre lo que yo podía haber contestado y no contesté en aquel momento. Tengo claro que, precisamente por su carácter espontáneo, la reacción de mi amigo es muy representativa del clima mental moderno. Al contrario de lo que podría pensarse, no se empieza habitualmente dudando de la existencia de Dios, sino de que Él intervenga en el mundo, lo que incluye la propia Encarnación. Que ello desemboque finalmente en el ateísmo es menos importante de lo que parece. No hay gran diferencia entre creer en un Dios superfluo y no creer que siquiera exista.

Pero antes del ateísmo, hay otro paso intermedio. Si Dios no se ocupa de los asuntos humanos, esto significa que realmente no tenemos gran necesidad de Él. O lo que es lo mismo: el concepto de pecado (entendido como aquello que nos aleja de nuestro Creador) deja de tener sentido. No es que el hombre moderno no crea en el bien ni el mal, sino que ya no los define en relación con Dios. Por supuesto, esto convierte en incomprensible la figura de un Salvador. ¿Cómo y –sobre todo– de qué habría de salvarnos el Hijo de Dios si no existe ninguna cuenta pendiente con la divinidad?

Un análisis superficial nos sugiere que el relato del Pecado Original, tal como se halla en el relato del Génesis, sencillamente no encaja en la visión positivista moderna, y que ésta es la razón por la que ha dejado de ser el mito fundacional de nuestra cultura. Pero reconocer que el mito del Edén está preñado de profundas verdades no nos obliga (al menos a los católicos) a creer en la verdad literal de su forma narrativa. En mi opinión, la razón de la moderna incredulidad reside en otra parte: en una concepción errónea del Creador.

Una ocurrente expresión de ese error la dio el cineasta Orson Welles cuando dijo que no rezaba “porque no quiero aburrir a Dios”. ¿Cómo un ser infinito iba a mostrar interés en los insignificantes asuntos de los habitantes de este grano de arena que habitamos, perdido en la inmensidad del cosmos? Para el hombre moderno, suponer semejante cosa es un ejemplo de primitivo pensamiento antropomórfico.

Sin embargo, como señaló Ratzinger en Introducción al cristianismo, el antropomorfismo en realidad consiste en concebir a Dios como un monarca demasiado atareado para atender los problemas de sus muchos súbditos. “Nos lo imaginamos como una conciencia como la nuestra, con sus límites, (…) a la que le es imposible abarcarlo todo.” Pero para un ser infinito, nada es demasiado pequeño, nada escapa a su atención: “hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados.” (Mateo, 10, 30.)

Aleccionadora ironía: el hombre moderno cree haber superado el pensamiento antropomórfico, cuando es él quien cae en tal error con todo el equipo. Según esto, el escepticismo religioso sería consecuencia, al menos en parte, de un déficit intelectual, no de los “avances de la ciencia” ni de una actitud más “racional”.

Ahora bien, las ideas tienen consecuencias. Cuando somos incapaces de imaginar un ser infinito ocupándose de nuestra insignificancia, ésta es lo único que permanece, inapelable. En una inteligencia infinita no existe distinción entre lo subjetivo (cómo percibe las cosas) y lo objetivo (cómo son en realidad). Sólo Dios nos ve como somos realmente, y por tanto sólo Su mirada confiere valor a la existencia de cada ser humano. Se empieza por negar esta mirada y se termina en la imagen del individuo como un mero insecto social, como un ser absolutamente sacrificable en el altar de un supuesto interés colectivo. He aquí el origen de los totalitarismos del siglo XX.

Asimismo, cuando se deja de creer en el pecado, para dar cuenta de la existencia del mal se postulan entidades como el capitalismo, el heteropatriarcado o la conspiración judía. Al igual que el Génesis explica la existencia del mal físico (“con dolor parirás los hijos”) como una consecuencia del mal moral (la desobediencia a Dios), así la ideología de género, por ejemplo, tiende a explicar incluso diferencias psicológicas innatas o biológicas entre los sexos como consecuencias de unas estructuras sociales injustas. (Los “estereotipos sexistas”.)

Algunos de los autores que admiten el carácter del progresismo como religión sucedánea parecen creer que el problema es el propio cristianismo, es decir, el sustrato de “superstición” que pervive en las ideologías modernas. Pero ideologías “purificadas” de cristianismo ya se ensayaron, con las consecuencias que todos conocemos: se llamaron comunismo (“socialismo científico”) y nacionalsocialismo.

Puede que la creencia en la redención por Jesucristo sea absurda. Pero si fuera así, todo absolutamente sería absurdo. Esta es la conclusión a la que llegué en mi juventud leyendo a Cioran, al que por ello sigo teniendo en gran estima, pese a que no me consta que él terminara dando el paso a la fe. El gran engaño del humanismo progresista consiste en sostener que existe una racionalidad inmanente. Es decir, que podemos prescindir de Jesús y responder de otra manera que Pedro cuando el Mesías preguntó a sus discípulos si pensaban en abandonarle: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna”. (Juan, 6, 69.)

A otro perro con ese hueso

Los artículos que nos advierten sobre lo que eufemísticamente llaman “dividir el voto de derechas” seguirán arreciando de aquí al 28 de abril. Todos ellos coinciden en desaconsejar, de manera más o menos descarada, el voto a Vox, por lo cual cabe recelar de sus auténticos motivos. ¿Por qué no concentrar el voto en este partido en lugar del Partido Popular, si verdaderamente lo único que quieren es que la derecha obtenga más escaños que la izquierda?

Por supuesto, es legítimo y respetable que a uno le guste más el PP que Vox. Pero disimular esta predilección tras cábalas aparentemente pragmáticas, basadas en encuestas discutibles, es hacer trampa.

Por lo demás, esta treta resulta poco convincente, después de las elecciones andaluzas del 2 de diciembre. Comparando estos comicios con los de la misma comunidad autónoma celebrados en 2015, salta a la vista un hecho: que el incremento de los votos sumados del PP, Cs y Vox (cerca de 355.000) fue similar a la espectacular ganancia obtenida por Vox, unos 378.000 votos más que tres años antes, cuando cosechó sólo 18.000 y pico. Es decir, no se trató de un juego de suma cero, en el que tres partidos se limitaron a repartirse los mismos votos, sino que se dio una ganancia neta; y fue gracias a Vox.

Sin embargo, los números no son lo más importante. Admitamos que votar a Vox no garantiza absolutamente una mayoría suficiente para desbancar a Sánchez. Pero votar al Partido Popular o a Ciudadanos tampoco. En cambio, dar el voto a Vox puede no sólo permitir que gobierne la derecha, sino algo mucho más ambicioso: que el cambio no se limite a unas gotas de liberalismo económico, asumiendo el paisaje cultural de la izquierda, sino que por vez primera se defiendan, con políticas reales y no mera retórica, los valores liberal-conservadores: defensa de la unidad y la soberanía nacionales, de la familia natural y de la libertad individual frente al colectivismo de género y el estatalismo.

Vox es quizás la última esperanza de una resistencia efectiva contra una ingeniería social progresista que, en las últimas tres décadas, ha ido adquiriendo tintes totalitarios, demonizando cualquier discrepancia y ocupando todos los espacios institucionales y comunicativos.

Vox no ha venido a usufructuar algo tan volátil como un mero sentimiento de protesta o hartazgo. Vox defiende un programa con raíces intelectuales y morales mucho más hondas que las burdas explicaciones psicologistas con las que se pretende encasillar, cuando no denigrar, a sus simpatizantes, ciudadanos que habíamos estado huérfanos de representación política hasta ahora. Por eso, a los que se empeñan en asustarnos afirmando que votar a Vox es votar a Sánchez, les invitamos a ir a otro perro con ese hueso.

Telemanipulación Española ataca de nuevo

El pasado miércoles, algunos medios digitales y cuentas de redes sociales, entre ellas @voxnoticias_es, denunciaron que TVE había intercalado la palabra “Vox” en unas imágenes de archivo de la Alemania nazi, emitidas dos días antes en el programa “La 2 Noticias”.

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Las opiniones oscilaron entre las de quienes lo consideraron un ejemplo de propaganda subliminal y quienes le restaron importancia. Estos últimos señalaron, acertadamente, que la palabra Vox pertenecía a un anuncio de un viejo fabricante de discos alemán (Vox Schallplatten und Sprechmaschinen A. G.), por lo que todo se reduciría a una mera coincidencia.

Estrictamente, se entiende por imagen subliminal aquella que no es percibida conscientemente, lo que no es el caso que nos ocupa, pues las letras citadas aparecen durante unos dos segundos, claramente por encima del umbral de la consciencia.

Ahora bien, la tesis de la coincidencia es insostenible. La probabilidad de que, de manera no intencionada, entre las miles y miles de horas de archivos visuales que se conservan de los años de incubación y ascenso del nazismo, se hayan seleccionado unos escasos segundos en los cuales aparecen las letras VOX, y en un reportaje emitido a pocas semanas de unas elecciones en las que se presenta un partido con esas siglas, es sencillamente infinitesimal.

Por si hubiera alguna duda, la voz en off que acompaña las imágenes, en el momento en que aparecen las tres letras mencionadas, está diciendo “no es nada nuevo bajo el sol”, un modo poco sutil de relacionar el fragmento de película histórica con la más candente actualidad.

Por tanto, aunque no se pueda hablar técnicamente de propaganda subliminal, la intención manipuladora es evidente. Sobre todo si analizamos el breve reportaje en su conjunto.

El vídeo en cuestión introducía la noticia de una declaración del secretario general de la ONU, António Guterres, alertando contra la propagación del “discurso del odio”, y pronunciada en una reunión del Consejo de Derechos Humanos, un organismo entre cuyos miembros se encuentran países como Afganistán, Arabia Saudita, China, Cuba, Libia, Pakistán y Venezuela, cuyas sistemáticas violaciones de los derechos humanos parece que no inquietan tanto al mandatario de la ONU.

Por supuesto, el anodino e hipócrita discurso de Guterres aludía, sin nombrarlos, a todos aquellos dirigentes políticos que cuestionan la doctrina oficial de la ONU en materias como la inmigración o la ideología de género. Con este fácil pretexto, los periodistas de la televisión pública elaboran un manipulador montaje, con imágenes de Marine Le Pen, Viktor Orbán y Jair Bolsonaro, burdamente subtituladas “EL ODIO SE ABRE PASO”, alternadas con un cementerio profanado con esvásticas, una alambrada, niños en campos de refugiados, manifestaciones de ultraderecha y material visual del período entre las dos guerras mundiales.

El vídeo es un ejemplo de manual de cómo las imágenes permiten sustituir a la argumentación racional. En lugar de plantear un análisis crítico de lo que sostienen algunos de esos líderes políticos, por otra parte con importantes diferencias ideológicas entre sí, se los demoniza a priori, como si el espectador no fuera lo suficientemente adulto para llegar por sí mismo a sus propias conclusiones.

Y no se trata sólo de este reportaje. El tono moralista y adoctrinador de los informativos, en todas las cadenas generalistas, es ininterrumpido e indisimulado. Las imágenes increíblemente casuales del viejo anuncio discográfico sobrepasan la indecencia habitual, pero incluso sin ellas, el mensaje del reportaje seguiría estando inequívocamente dirigido contra Vox.

Los medios, sobre todo después de las elecciones andaluzas, han comprendido que hablar explícitamente de dicho partido, por mucho que sea en contra, le beneficia más que lo contrario. Así que están optando por atacarlo y criminalizarlo sin nombrarlo. Aparentemente hablan de Le Pen o de Bolsonaro, pero cualquiera entiende que se refieren a Abascal. Otra cosa es que les vaya a servir de nada. Para ello deberían recuperar la credibilidad que han perdido por culpa de sus torpes y evidentes manipulaciones.