No hay izquierda buena

No hay izquierda buena; eso no es más que un mito. La izquierda nace de una pretensión errónea: que el hombre puede salvarse a sí mismo. O dicho con crudeza, que no hay más dioses que el hombre. Esta es su esencia, que se mantiene inmutable por encima de sus variaciones y transformaciones. Ahora bien, esa pretensión entraña una contradicción insoluble. Si el hombre es un dios, ¿cómo podría adorarse a sí mismo? ¿Y dictarse preceptos? ¿Y condenarse? En resumen, ¿cómo puede un ser autosalvarse? La única solución, aunque sea una atroz huida hacia adelante, es dividir a la humanidad en humanos y subhumanos.

La izquierda desde su origen ha creído resolver su contradicción esencial mediante las identidades políticas. Puesto que niega el pecado original, pero por fuerza debe haber culpables, es preciso dividir la humanidad en grupos distintos ontológicamente (no sólo en cuanto a sus ideas o creencias) y antitéticos. Las primeras identidades que nacieron de esta aporía fueron las del proletario y el burgués. No se trataba de dos formas de pensar, sino de dos maneras de ser. En la revolución bolchevique, proceder de familia burguesa, noble o de propietarios rurales, entrañaba peligro de cárcel, de deportación, de muerte, fueran cuales fueran las ideas de uno y lo que hubiera hecho.

No es que la revolución favoreciera a los obreros; todo lo contrario, lo primero que hizo fue acabar con el derecho de huelga, con los sindicatos libres, con muchas mejoras de las condiciones laborales. Y tampoco es que los dirigentes de la revolución fueran proletarios: muchos de ellos procedían de las filas de la burguesía, empezando por el mismo Lenin. Pero es que la izquierda no es la representante de una clase: es la inventora de la clase como sujeto en la eterna lucha por la dominación, lo único que le importa. Su objetivo comprobable, a la luz de sus hecatombes, no es la justicia, sino la torpe deificación del hombre, lo que supone establecer un poder sin límites para los usufructuadores de esa deificación.

Debe reconocerse que los alumnos más aventajados de la izquierda fueron los nacionalsocialistas alemanes. Su ideología reventó las distinciones entre izquierda y derecha, porque supo conectar con la visión antimoderna que culpaba de la Revolución Francesa primero a los masones y muy pronto a los judíos. Pero su hábil construcción del mito ario y el mito de la conspiración judía mundial fue una aplicación de manual de las identidades del burgués y el proletario. De hecho, la propaganda contra los judíos los identificaba tanto con el capitalismo financiero como con el bolchevismo. Pero especialmente con el primero, lo que atrajo a tantos antiguos militantes comunistas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la izquierda basada en la identidad proletaria y su contrafigura burguesa, gracias a la victoria soviética junto a los aliados, llegó a su punto culminante, simbolizado con el lanzamiento del Sputnik. Pero con el paso de los años, el capitalismo demostró ser mucho más capaz de encarnar las aspiraciones de las masas, proporcionándoles ese simulacro de felicidad que llamamos bienestar material. La izquierda fue adaptándose poco a poco a esta realidad, no sin algunos episodios de desconcierto. La reacción de un Pasolini, que se sentía más próximo a los policías de origen obrero que a los estudiantes burgueses del Mayo Francés, es paradigmática. Pero la izquierda terminó reencontrándose en las nuevas identidades del colonizado, la mujer, el homosexual, el inmigrante. Todos frente al opresor, el hombre blanco heterosexual, el patriarcado.

En contra de lo que sostienen algunos, tanto desde cierta izquierda “clásica” como desde cierta derecha, la izquierda con esta adaptación no ha traicionado sus orígenes, no se ha vendido al neoliberalismo, y menos aún se ha convertido en la careta del gran capital y las Big Tech. La izquierda es la de siempre, y prueba de ello es que su antiliberalismo sigue tan vivo como antaño, aunque no siempre le convenga exteriorizar la teorización marxista en primer plano. La izquierda no ha dejado de movilizar impulsos tribales señalando un chivo expiatorio que justifique y embellezca su ansia de poder, y al que además pueda culpar de los desastres que genera su gestión, por naturaleza saqueadora. El mercado, pese a su apariencia de poder, es una institución de funcionamiento delicado, y fácil de destruir, que la izquierda solo respeta mientras no tenga el poder suficiente para salir indemne de su demolición, y considerablemente más rica.

La derecha y el capital, con su ceguera congénita a todo lo que no sea economía, han comprado el discurso de género, LGTB, multicultural y ecologista, creyendo ingenuamente que este era un precio irrisorio a pagar por que la izquierda fuera olvidándose de las monsergas anticapitalistas. Craso error, porque no se ha olvidado lo más mínimo de ellas (solo que vive bien, por ahora) y además se ha adueñado de toda la cultura occidental, gracias al caballo de Troya del victimismo y la diversidad. Ahora, si no aceptas cualquier disparate que diga una feminazi, un activista racial, un ecologista apocalíptico y sus loros mediáticos, eres un machista, un racista, un negacionista. ¿Cómo podrás hacerles frente cuando digan que hay que cambiar el modelo económico (ya lo vienen diciendo hace tiempo, para quien quiera escucharlos) a fin de acabar con el patriarcado y salvar el planeta? Los que creen que en el fondo todo es economía, siempre acabarán dominados por los que creen -al menos por sus actos, aunque reciten el catecismo marxista- que todo es política.

A la izquierda, y a esa derecha tontamente útil que lleva haciéndole el juego desde hace décadas, solo la podemos derrotar desde unas pocas pero firmes convicciones. Que el hombre no es un animal más, sino una aleación de materia y espíritu. Que el individuo abstracto no existe, sino que es hijo de sus padres, descendiente de unos antepasados, habitante de una patria, enraizada en el pasado y proyectada al futuro. Que el Estado es un instrumento, no un dios. Que el Occidente judeocristiano debe defenderse moralmente, pero también económica y militarmente, frente a la teocracia islámica, el bizantinismo ruso y el totalitarismo chino. Y por último: Que el sexo, la afectividad, la raza, la clase social, el origen geográfico, no te hacen mejor ni peor. Lo único que tiene valor es la verdad, no quien la pronuncia, ni lo oprimido que crea o diga estar. El que habla tanto en nombre del oprimido: este es probablemente el más peligroso, el que se cree con derecho de liberarnos, de salvarnos, sin pedirnos permiso. El que se cree un dios y odia todo lo que él no ha diseñado a su arbitrio.

Argumentos para creer en Dios

Según la Iglesia, “Dios… puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas”. (Catecismo, 36.) Sin embargo, algo más adelante en el mismo texto, citando a Santo Tomás de Aquino, se afirma que “la certeza que da la luz divina [la fe] es mayor que la que da la luz de la razón natural”. (C., 157.) Parece, por tanto, que la forma en que se utiliza aquí la palabra certeza no es la usual del lenguaje ordinario. Por ejemplo, yo sé con certeza cómo me llamo. Si tuviera que dar razón de ello, me bastaría con el testimonio de mis padres, que me han llamado igual desde que tengo memoria. Incluso si se me pidieran pruebas aún más concluyentes, sé que mi nombre consta en un registro civil, cuyo original nunca he visto, pero en el cual se basa el documento de identidad, verificado por un funcionario, que tengo siempre a mano.

También sé con total seguridad cosas mucho más inabarcables para mí; por ejemplo, que me hallo sobre la superficie de un cuerpo aproximadamente esférico, llamado la Tierra, de diámetro siete millones de veces mayor que mi estatura. De nuevo, puedo dar razones muy sólidas de este saber; aunque si lo analizo, todas se reducen a testimonios de un gran número de personas, vivas y muertas. Pero a nadie se le ocurre decir que la forma y dimensiones del astro que habitamos, o mi nombre, son meras creencias. Saber es una cosa, y creer es otra.

Sin embargo, la fe en Dios tampoco es una mera creencia. Uno no cree en Dios de la misma forma en que cree que dentro de un rato va a llover, porque está muy nublado y sopla un aire húmedo. Hablamos de otro tipo de creencia, en la cual, si bien formalmente podemos admitir el error, y subjetivamente experimentar episodios de duda, no nos estamos viendo con ningún pensamiento probabilístico, del tipo “puede que”, sino con algo en cuya firme verdad confiamos. Porque esta es la palabra, confianza. Creer en Dios, como se ha dicho tantas veces, es creer a Dios: un acto orientado hacia un ser personal. Pero por ello mismo la distinción entre saber y creer sigue siendo básica. Parecería arrogante que alguien dijera, salvo quizás en un sentido distinto del ordinario: “ que Dios existe.” ¿Qué ser humano puede afirmar algo con tal seguridad?

De lo anterior se desprende que la fe como confianza no nos permite, ni mucho menos nos obliga, a prescindir de nuestra capacidad racional. La gran mayoría de personas se sienten con razón amadas por sus padres, pero si los de alguno dieran constantemente pruebas inequívocas de lo contrario, para él ese sentimiento terminaría siendo tristemente anulado por los hechos. Lo mismo sucede con Dios. Hay argumentos a favor y en contra de su existencia, que es imposible desdeñar. Porque la verdad es única; no pueden coexistir dos verdades que fuesen contradictorias, ya proceda una de la fe y otra de la razón.

El problema del mal

Hay, pues, que enfrentarse a las pretendidas refutaciones de la existencia de un Ser personal, principio de todo. Porque si una sola de esas refutaciones fuera incontestablemente válida, sobraría cualquier otro razonamiento, ya fuese en contra y menos aún a favor. Por eso Santo Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, al tratar la cuestión de la existencia de Dios, procede analizando en primer lugar los dos grandes argumentos en contra. (Suma, I q. 2 a. 3) El primero es el problema del mal: ¿Cómo conciliar la existencia de un bien infinito (Dios) con la existencia de tantos males? El segundo argumento ateo es el que podríamos llamar de economía de los principios, o brevemente problema económico: Si todo lo que ocurre se puede explicar en virtud de leyes naturales o decisiones humanas, “no hay necesidad de recurrir a que haya Dios.” Otra forma muy popularizada de este argumento, usada actualmente por Richard Dawkins, se formularía así: Si el universo ha sido creado por Dios, y Dios es increado, ¿por qué no ahorrarnos un paso y decir que el universo es increado? A fin de cuentas, Dios sería la explicación de algo que no necesita ser explicado, como es la mera existencia del universo. Por lo demás, el argumento positivista, tal como lo formulan Comte o Bertrand Russell, no deja de ser una variante de lo mismo. Según estos pensadores, argumentar que algo no existe es absurdamente superfluo. No necesito dar razones de que los dioses del Olimpo, o una tetera orbitando entre Marte y la Tierra, no existen. Lo mismo con un Ser infinito creador del universo.

La forma de solucionar estos dos problemas es distinta en cada caso. Santo Tomás, tras citar protocolariamente la autoridad de la Escritura (en concreto, el pasaje del Éxodo en que Dios le dice a Moisés “Yo soy el que soy”) pasa a exponer sus famosas cinco vías, o pruebas, de la existencia de Dios, que después comentaré. Tras esta parte, que es la principal del artículo o capítulo, el Aquinate ofrece sus soluciones a las objeciones contra la existencia de un Ser infinito. Sobre el problema del mal, se limita a repetir el dictamen de San Agustín, según el cual Dios “de ningún modo permitiría que hubiese en sus obras mal alguno si no fuese tan omnipotente y bueno que del mal sacase bien”. En cambio, como solución del problema económico, remite de hecho a las pruebas que acaba de exponer, especialmente a la quinta vía.

Hay que reconocerlo: la explicación teológica del problema del mal parece escasamente convincente, por no decir fríamente displicente. Ningún padre cuyo hijo estuviera aquejado de una enfermedad incurable se consolaría con ese argumento. Ello no obsta para que muchas personas, en circunstancias parecidas, hallen un firme asidero en la fe religiosa. Pero es obvio que este consuelo no nace del argumento agustiniano, sino de una fe que sobrepasa al razonamiento, de la confianza en el Dios que se hizo hombre, sufrió y murió por nosotros, y resucitó al tercer día. El error, tan común en los ateos que esgrimen el problema del mal como si su solo planteamiento ya zanjara la cuestión a su favor, es la confusión de ambos planos, el racional y el emocional. Una explicación no siempre aporta consuelo, pero eso no quiere decir que sea errónea. No deja de ser paradójico que los ateos acostumbren a acusar a la religión de anteponer la búsqueda de la consolación al frío análisis racional. Pues bien, cuando se les ofrece algo de lo último, como es la solución teológica clásica del problema del mal, entonces nos replican que nos paseemos por la sala de oncología infantil de un hospital, revelándonos su sensible corazón, del que al parecer los fanáticos teístas carecemos.

A mi modo de ver, la solución al problema del mal de San Agustín y Santo Tomás es impecablemente lógica. Pero para comprenderla rectamente, y aparte de lo que he dicho sobre los planos racional y emocional, hay que hacerse cargo de su carácter absolutamente sintético. Decir que Dios permite el mal para sacar el bien de él, vendría a ser como resumir el Quijote diciendo que Alonso Quijano se volvió loco, luego se curó y se murió. Nadie diría por este resumen que se trata de una de las obras maestras de la literatura universal; y nadie diría por la explicación teológica del mal, que Dios es un ser infinitamente bueno y misericordioso. Y aun así, tanto el uno como la otra son irreprochables.

El problema económico

Veamos ahora la solución de Santo Tomás al problema económico, que como hemos dicho se basa en sus célebres cinco vías. La primera argumenta que tiene que existir un primer motor inmóvil, que comunique el movimiento a todos los demás seres. La segunda, análogamente, que tiene que existir una primera causa, para evitar una cadena infinita de causas. En mi opinión, estas dos “pruebas” de la existencia de Dios son completamente insatisfactorias, porque aun concediendo que probaran la existencia de un primer motor y una primera causa, faltaría que esos entes fueran asimilables al Dios personal del judeocristianismo, lo que no se desprende de los razonamientos en sí.

Con las tres vías restantes sucede muy distintamente, pienso yo. La tercera vía parte del hecho de que existen seres contingentes, que podrían haber existido o no. De ahí deduce que esos seres no han existido siempre, lo cual plantea el problema de cómo han podido surgir de la nada. La respuesta es que debe haber un ser necesario, que exista por sí mismo y sea la explicación de la existencia de los demás seres. Lo fundamental de este argumento se halla más en lo que sugiere que en lo que el santo dice explícitamente. Aparentemente se le puede objetar que el ser necesario tampoco tiene por qué ser el Dios bíblico, tal como he señalado respecto a las dos primeras vías. Pero en este caso no es así. Porque nótese que una cosa es que haya un ser necesario, y otra que el acto de creación de los seres contingentes también lo sea. Si este fuera el caso, no habría ningún ser contingente, pues su existencia se seguiría necesariamente de la del Creador. Sin embargo, en ningún momento afirma eso Santo Tomás. De hecho, lo niega explícitamente en otra parte de su obra, al afirmar que Dios “es causa de las cosas por su voluntad, y no por necesidad de su naturaleza.” (Suma, I q. 19 a. 4) Aquí sostiene lo mismo, pero implícitamente, al partir de la existencia de seres contingentes (que podrían no haber sido) como un hecho evidente, que “hallamos en la naturaleza”. Ahora bien, que existan un ser necesario y unos seres contingentes sólo puede conciliarse mediante el concepto bíblico de creación, es decir, de la acción de un ser personal que libremente decide crear el mundo.

El argumento económico contra la existencia de Dios (“ahorrémonos un paso y digamos que todos los seres con necesarios”) contradice la experiencia humana de la contingencia, es decir, que algunas cosas, e incluso nosotros mismos, podrían no haber existido. El ateo puede seguir sosteniendo su idea, pero ya no puede simplemente trasladar la carga de la prueba al teísta: nos tendrá que convencer con argumentos de que no existen seres contingentes, sino que todo cuanto hay, ha tenido que existir necesariamente. O bien que ha surgido de la nada sin más, porque sí. Lo cual no es menos dogmático que sostener que tiene que haber una explicación. La pretensión de que no hay que argumentar una posición más que la otra es sencillamente arbitraria.

La cuarta vía es la de los grados de perfección. Señala Santo Tomás que unos seres son más o menos buenos, verdaderos y nobles que otros, entre otras cualidades. Ahora bien, para poder decir de algo que es más o menos bueno, por ejemplo, debemos partir de una referencia absoluta del bien. De donde el Doctor Angelicus deduce que tiene que existir un ser “verísimo, nobilísimo y óptimo, y por ello ente o ser supremo.” Contra este argumento se opone el relativismo, para el cual no existirían el bien, la verdad, etc. en sí mismos, sino que se trataría de convenciones humanas. Esta doctrina, muy difundida entre las clases cultas ya desde Montaigne, se popularizó sobre todo a partir de principios del siglo XX, como ha mostrado el historiador Paul Johnson. Sin embargo, con toda su aura de cínica sabiduría, no resiste medio minuto de análisis. Pues si todo es relativo, también lo es esta misma afirmación, y por tanto no nos la podemos tomar en serio.

La quinta vía es el argumento del “gobierno del mundo” (ex gubernatione rerum), según la cual todo tiende hacia un fin, incluso los objetos inanimados; por tanto, debe existir “algo inteligente (aliquid intelligens) que dirige todas las cosas naturales a su fin, y a éste llamamos Dios.” El argumento finalista, pese a estar en nuestros días tan desacreditado, sobre todo después de Darwin, es mi preferido. Creo que, por mucho que la ciencia moderna (o la interpretación que hacen muchos de ella, para ser más exactos) pretenda haberlo desterrado, siempre reaparece de un modo u otro. Un buen ejemplo de ello es el llamado “ajuste fino” en cosmología: la evidencia de que las constantes físicas y numerosos parámetros astronómicos parecen haber sido cuidadosamente elegidos, algunos de ellos hasta grados de precisión enormemente improbables, para permitir la aparición del hombre en el universo. Bien es verdad que, aunque estas observaciones resultan de difícil explicación con los conocimientos actuales, sin la intervención de una mente superior, esto podría cambiar en el futuro. Hay que recelar por sistema de concebir a Dios como un “rellenador de huecos”, como un recurso al que acudimos simplemente cuando no logramos explicar algo. Pero lo decisivo no es lo que ignoramos, sino por el contrario lo que sabemos: el hecho mismo de que existan leyes de la naturaleza, es decir, de que el universo sea inteligible, nos lleva a plantear la pregunta de si la inteligencia surge de la materia inerte o al revés. Mi convicción es que quienes optan por la primera posibilidad, que algunos asocian impropiamente con la mentalidad científica (cuando la ciencia es un método que no prejuzga ninguna posición metafísica, o no debería hacerlo) no hacen más que presuponer inconscientemente aquello que pretenden explicar como un suceso espontáneo. Nos dicen que la inteligencia surge como un complejo proceso de evolución cósmica y selección natural, merced a leyes físicas, químicas y biológicas que ya estaban ahí, oportunamente, antes de la aparición de la inteligencia. Pero incluso para organizar semejante lotería cósmica, como la que en cierto modo ya postularon los atomistas griegos, o sostienen hoy las teorías del multiverso, se requieren leyes, unas reglas de juego que en algún momento tienen que ser previas al propio azar, si no queremos caer en una regresión al infinito. Más aún, la regularidad del universo conocido no parece compatible con semejantes explicaciones panaleatorias, salvo que nos haya tocado un improbable premio gordo cósmico.

La verdadera causa del ateísmo

En resumen, creo que las vías 3ª, 4ª y 5ª de Santo Tomás de Aquino siguen siendo argumentos potentes a favor de la existencia de Dios, sobre todo si los reformulamos fuera del corsé aristotélico. Pero ¿cuán potentes? ¿Son argumentos demostrativos, concluyentes? Probablemente lo son para un creyente; pero una persona que no quiera creer en Dios, siempre preferirá pensar cualquier otra cosa, ya sea que el mundo es absurdo, como sostenían Camus o Cioran, o bien -lo que es muy común- se acogerán a cualquier charlatanería con apariencia de ciencia, de la cual las librerías andan bien surtidas. Hay todo un subgénero de divulgación, en la estela de la popular Historia del tiempo, de Stephen Hawking, que abusando de metáforas y extrapolaciones sin verdadera base científica, anuncia periódicamente que el universo ha surgido de la nada de modo completamente “natural” y espontáneo, sin necesidad de invocar a ningún Creador. Todo ello servido con muchos términos de la física cuántica y la astrofísica, con los que algunos lectores se dejan deslumbrar fácilmente. Pero si analizamos estas elucubraciones con un mínimo rigor filosófico, quedan en lo mismo de siempre: el laplaciano “No he necesitado esa hipótesis”, es decir, el argumento económico que ya trató Santo Tomás, junto con el problema del mal. Desde entonces, nadie ha aportado un argumento verdaderamente nuevo contra la existencia de Dios.

Llegados a este punto, nos hallamos ante la cuestión de por qué alguien puede preferir que Dios no exista. Sostengo, en efecto, que el motivo más profundo del ateísmo se halla en el mismo que en el teísmo: en la voluntad, más que en la razón. El ateo descreería de Dios, no porque haya llegado a esa conclusión tras un desapasionado análisis racional, sino porque detesta la idea de que exista un juez de sus actos, un ojo escrutador del que es imposible esconderse, al que es imposible engañar. Los argumentos vendrían después. Quizás todos nuestros argumentos vienen siempre después.

En el Génesis hay dos momentos en que se retrata la psicología de la huida de Dios. El primero, cuando Adán y Eva, tras haber comido el fruto prohibido, torpemente “se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín”. (Gen. 3:8) El segundo, cuando Dios le pregunta a Caín por su hermano Abel, y el homicida responde, afectando ignorancia: “¿Soy yo el guardián de mi hermano?” (Gen. 4:9) Este arquetipo del hombre que trata vanamente de ocultarse a la mirada de Dios, o de eludir sus interrogaciones con excusas insinceras, es eterno. Un ateo recalcitrante como Jean-Paul Sartre lo reproduce en su relato autobiográfico Les mots. Allí nos narra cómo de niño, insensiblemente, se había alejado de la religión, cosa fácil en una familia burguesa que la practicaba más por discreción que por devoción. Pero el detonante fue una reacción que recuerda de manera impresionante los celos de Caín hacia su hermano, pese a tratarse de un asunto mucho más intrascendente. Habiendo recibido solo un segundo premio por una redacción religiosa de la que se sentía orgulloso, el pequeño Jean-Paul, despechado, rompe definitivamente con Dios. La ruptura, sin embargo, se formaliza poco después. Un día, tras cometer una pequeña travesura, experimenta la mirada de Dios por última vez. Vale la pena transcribir el pasaje entero:

“Estaba tratando de arreglar mi destrozo [había quemado una alfombrilla sin querer, jugando con unos fósforos] cuando, de pronto, Dios me vio, sentí Su mirada en el interior de mi cabeza y en las manos; estuve dando vueltas por el cuarto de baño, horriblemente visible, como un blanco vivo. Me salvó la indignación; me puse furioso contra tan grosera indiscreción, blasfemé, murmuré como mi abuelo: «Maldito Dios, maldito Dios, maldito Dios». No me volvió a mirar nunca más.”(Las palabras, Alianza Ed., 1982, p. 71.)

Que todo se origine en una chiquillada intrascendente no hace menos reveladora la confesión. ¿Acaso no fue también, aparentemente, una chiquillada comer el fruto de un árbol? En todo caso, aparte del paralelismo bíblico, es de señalar la idea que Sartre tiene de su ruptura con Dios: “Me salvó la indignación.” La elección del verbo no es accidental: el ateo cree salvarse librándose de Dios, como el creyente lo hace entregándose a Él.

La apuesta de Pascal

Reflexionemos ahora sobre lo que el creyente espera de Dios, en contraste con el ateo. La respuesta es simple: todo. Si Dios es un bien infinito, que nos ofrece una vida eterna junto a Él, todo sacrificio, toda renuncia, toda mortificación, en rigor es nada. La cuestión es cómo puede alguien elegir algo finito (una sensación de autonomía durante nuestra breve estancia en la tierra, unos placeres efímeros) frente al bien infinito que es Dios. Esta es la pregunta que nos invita a hacernos Pascal, y que da pie al argumento para creer en Dios quizás más fuertemente lógico de todos, dado a conocer cuatro siglos después de Santo Tomás.

El científico y pensador Blaise Pascal se había ocupado, entre otras muchas materias, de las matemáticas aplicadas a los juegos de azar, carteándose con el gran matemático Fermat. Sin duda fue ello lo que le inspiró su célebre argumento de la apuesta. Desgraciadamente, nunca llegó a redactarlo de manera clara, porque los fragmentos hoy conocidos como Pensées no eran más que un montón de papeles desordenados con anotaciones privadas, con caligrafía casi indescifrable, que pensaba utilizar en una obra que nunca llegó a escribir. Con todo, Pascal creía haber hallado una prueba demostrativa, no de la existencia de Dios, pero sí de que lo más racional es creer en ella. “Si los hombres son capaces de alguna verdad, ésta lo es”, dijo quien no tenía por costumbre envanecerse de nada.

El argumento de Pascal, con algunas reflexiones complementarias, ocupa cuatro páginas profusamente garabateadas de su manuscrito original, conservado en la Biblioteca Nacional de París. Corresponden al fragmento 418 de la edición canónica de Louis Lafuma. (Ed. du Seuil, 1962.) Se puede resumir en pocas líneas. Una apuesta es tanto más racional cuanta diferencia hay entre lo que se apuesta (pongamos una cantidad de dinero que nos arriesgamos a perder) y el premio que nos puede deparar el azar, siempre y cuando estemos obligados a jugar. Ahora bien, esto es lo que ocurre con la existencia de Dios. No hay posibilidad de eludir el juego, porque ya estamos en esta vida. Cela n’est pas volontaire, vous êtes embarqués. Y el juego consiste en acertar si Dios existe o no. Pongamos que lo decidimos lanzando una moneda. Cruz es Dios, es decir, un bien infinito. Y cara es que no existe, y por tanto perdemos los bienes finitos que arriesgamos. Pascal, tratándose de una nota privada, no pone ejemplos, pero podemos imaginar que se está refiriendo a una vida de placeres sin culpa, sin la mirada escrutadora de Dios, sin que haya que rendir cuentas ante ningún ser superior por nuestros actos. No importa; sean cuáles sean esos placeres, son un bien finito, y por tanto insignificante frente al bien infinito que supone une éternité de vie et de bonheur, una eternidad de vida y de felicidad. “Si ganáis, ganáis todo, y si perdéis no perdéis nada.” La conclusión lógica tiene por tanto une force infinie. No apostar por la cruz, nunca mejor dicho, sería completamente irracional. Hay que arriesgar cualquier bien finito sans hésiter, sin vacilar. “No hay nada que sopesar, hay que darlo todo.”

Se malentendería por completo a Pascal si se pensara que su apuesta por Dios es un cálculo mezquinamente pragmático. No se trata de creer en Dios porque es lo que más nos conviene (aunque esto sea indudablemente cierto) sino de demostrar que, aparte de motivaciones mucho más hondas, no creer en él es racionalmente insostenible, en completa contradicción con el mito ilustrado que acabaría triunfando en el siguiente siglo. Quienes, a pesar del argumento de la apuesta, sigan sin creer en un bien infinito, deberán reconocer que no es por motivos racionales, sino debido a su rebelde voluntad, a su vano intento de escapar a la mirada divina. Deberían, si quieren conducirse como seres de razón, trabajar contra las pasiones, siguiendo el ejemplo de los que creen, en faisant comme s’ils croyaeint, haciendo como si creyesen (acudiendo a misa, etc.); así acabarán creyendo de veras. Hay aquí mucho más que un apunte de perspicaz psicología: la comprensión de que podemos utilizar con inteligencia nuestra naturaleza animal a favor de la razón que la somete. Lo cual, por cierto, solo es posible si el hombre posee un principio espiritual subsistente, creado por Dios a su imagen y semejanza.

Hemos comentado cuatro argumentos fundamentales para creer en Dios. Tres de Santo Tomás de Aquino y el de Pascal. Insisto en que la quinta vía tomista es mi preferida: la inteligencia primordial creó la materia inerte y todo lo demás. Al revés no es posible: todas las concepciones que pretenden que lo superior procede de lo inferior, subrepticiamente están escondiendo lo primero en lo segundo, haciendo que aparezca a posteriori como por arte de magia. Pero el argumento pascaliano tiene el irresistible encanto de una fórmula matemática, y quizás el gran pensador francés lo hubiera llegado a expresar así de haber tenido tiempo y salud. Su fuerza nace de la irresistible idea de infinito. Quien se atreve a mirar este “abismo de la fe” (como lo llama San Juan de la Cruz), deja de necesitar argumentos; pero al mismo tiempo adquiere la iluminación imprescindible para comprenderlos plenamente.

Lo que faltaba

Desde que apareció Vox en 2014 hemos tenido que leer sobre él enormes tonterías. Y no crean que todas ellas proceden de maníacos anónimos de las redes sociales o de tertulianos baratos. Conspicuas firmas del liberalismo exquisito, con espacio reservado en las principales cabeceras de la prensa, como Mario Vargas Llosa, Cayetana Álvarez de Toledo, Francesc de Carreras, etc., marcaron el camino desde el principio. Vox era como Podemos, porque se salía del marco constitucional y de la ortodoxia liberal. Vox era incluso como los nacionalistas catalanes y vascos, solo que con la bandera de España en lugar de las regionales. Luego ya todo viene rodado. Vox es como los nazis: basta sustituir a los judíos por los inmigrantes; además ambos están contra los homosexuales. Y ahora, lo que faltaba: Vox es como los talibanes, basta cambiar islam por catolicismo; además ambos son machistas.

Todas estas imbecilidades (pues no se pueden calificar de modo más suave) son intentos tan desesperados como ridículos de desactivar el peligro que Vox representa para la izquierda y el centro centrado, pues bastan dos minutos para refutarlas.

Vox propone reformar la Constitución del 78 por los procedimientos que esta misma establece; no sugiere, como Podemos siguiendo a su referente Hugo Chávez, tirarla a la papelera para escribir una nueva, sin “candados” que limiten el poder del gobierno.

Vox no es antiliberal por el mero hecho de abogar por unas fronteras seguras y la protección de nuestra industria y agricultura, contra la deslealtad de China y Marruecos, que no es solo ni principalmente comercial. Vox no es nacionalista por defender la unidad y la soberanía de España, porque no necesita incitar al odio contra ningún opresor imaginario del que la nación deba independizarse.

Vox no pretende violar los derechos humanos por denunciar una inmigración ilegal que, ésta sí, erosiona los derechos humanos de los españoles, en especial los más humildes y las mujeres, exponiéndolos a mayor inseguridad y a la expansión del islam. Vox no está contra las mujeres ni contra los homosexuales por criticar ideologías identitarias, que dividen a la sociedad, engordan grupos de presión que viven de esa división y lesionan derechos de los varones, sin beneficiar lo más mínimo a una sola mujer u homosexual de carne y hueso.

Por último, Vox no es un partido confesional por oponerse al aborto y a la eutanasia, como no lo es ningún partido porque en algo coincida con las posiciones de la Iglesia o del cristianismo. Y aunque lo fuera, que no lo es, la concepción católica del hombre y la sociedad siempre ha distado un abismo de la islámica. Los que recetan una Ilustración al islam parecen creer, por un lado, que todo lo valioso de nuestra cultura procede de las luces y de la secularización; y por otro, que éstas surgieron por casualidad en la Europa cristiana, en lugar del Oriente Medio musulmán.

Vox no sólo no se ajusta a tales despropósitos, sino que es lo más opuesto a ellos que existe en la política española. Ningún partido defiende más con hechos la Constitución y las leyes. Ningún partido defiende más la libertad individual, por encima de identidades políticas y contra vacunaciones obligatorias y confinamientos inconstitucionales. Ningún partido defiende más efectivamente a las mujeres y a los homosexuales contra la mayor amenaza que pende sobre ellos, aquí y en Afganistán. Ningún partido defiende más, contra una de las raíces de la xenofobia, a los inmigrantes legales. Por otra parte, es cierto que ningún partido defiende más la vida humana y a España.

Que esto se pueda considerar un discurso de extrema derecha, sólo pone de manifiesto que estamos inmersos en una cultura de extrema izquierda. De ahí que todo lo que se salga del guión obligatorio sea tachado de antisistema, de contrario a la democracia y a los derechos humanos. Sin embargo, es el régimen actual el que conculca derechos, el que los vacía de sentido, casi siempre esquivando la democracia, obedeciendo al dictado de organismos como la ONU o la UE, e insultando a los ciudadanos cuando no votan lo que deberían. El abortismo es frontalmente contrario al derecho a la vida. La tipificación de “crímenes mentales” (llámense delitos de odio o negacionismos) es contraria a la libertad de pensamiento y al debate científico, incompatibles con el establecimiento de verdades oficiales. La “justicia” de género va contra la igualdad de sexos y contra la presunción de inocencia. El activismo LGTB atenta contra el derecho de los padres a elegir el modo de educar a sus hijos, y contra la inocencia de los niños.

Por si fuera poco, nada de todo ello beneficia a los colectivos victimizados a los que se asegura proteger. En nada contribuye a salvar la vida de una sola mujer, asesinada por su pareja o expareja, atribuir invariablemente su muerte a un especulativo machismo estructural, en lugar de tratar de prevenir algunas de las diversas causas que suelen estar detrás de este tipo de crímenes. Tampoco ayuda en nada a ninguna mujer privilegiar el aborto como “solución” a sus problemas, y no digamos a la criatura por nacer.

Frente a los que tanto hablan de democracia y del derecho a decidir, el único demócrata consecuente, el único que, tras la experiencia de cuarenta años de estado autonómico, está dispuesto a que todos los españoles decidan en referéndum, por el artículo 168 de la Constitución, sobre si mantener esta organización territorial o cambiarla, es Vox.

Los que sostienen que Vox es de ultraderecha, los que comparan a Vox con la ultraizquierda, con los separatistas, con los nazis y, desde hace dos días, con los talibanes, no hacen otra cosa que descalificarse intelectualmente. Tengan un Nobel, una cátedra, un escaño o una cuenta de Twitter. Las tonterías son tonterías, las diga quien las diga.

Los señores del consenso

Fuera del consenso no hay salvación, nos vienen a decir, desde la izquierda institucional hasta el extremocentro. Y no les falta parte de razón. Sin unos acuerdos mínimos compartidos por el 99 por ciento, la civilización probablemente naufragaría en un caos de destrucción y pillaje. No he puesto la cifra por mera costumbre retórica. El país con el mayor número de personas en la cárcel por cien mil habitantes es Estados Unidos: 655. Es decir, el 0,65 %. No es ahora el momento de discutir si ello se debe a que se trata de una sociedad más violenta, al derecho constitucional de portar armas, a su sistema judicial y penal o a una combinación de todo ello. Pero si miramos el vaso medio lleno, lo cierto es que más del 99 % de la población en todo el mundo cumple habitualmente las leyes, y acepta en líneas generales que se castigue matar, robar o violar.

No es nada sorprendente que un consenso tan necesario para la existencia de la civilización se remonte a la fundación de las grandes religiones. Los diez mandamientos, por limitarnos al caso que nos resulta más familiar, fueron entregados a Moisés, hace más de tres mil años, directamente por Dios, según las Escrituras hebreas. Sean cuales sean nuestras creencias, lo que el relato bíblico transmite es que se trata de preceptos que no han sido establecidos por ninguna comunidad terrenal, por ningún contrato social. En consecuencia, y de ahí deriva su fuerza, tampoco ninguna decisión humana podría alterarlos o derogarlos legítimamente. Ahora bien, la moderna ideología democrática y progresista choca frontalmente con esta concepción. Para el hombre contemporáneo, lo aprovechable en el Decálogo no deriva de una autoridad trascendente, sino del acuerdo, de la convención. Matar y robar están mal no porque vayan contra la voluntad divina, sino porque atentan contra las normas para el buen funcionamiento de la sociedad, la voluntad de la mayoría o como lo queramos racionalizar.

El consenso, así entendido, al ser una creación humana, está sujeto a constante actualización y modernización. Aunque el judeocristianismo, en mucha mayor medida de lo que solemos ser conscientes, sigue siendo el fundamento de nuestra cultura, hoy se nos imponen consensos en gran medida elaborados en el último medio siglo; lo que con perspectiva de milenios es como decir ayer por la tarde. Feminismo, abortismo, homosexualismo, multiculturalismo… Los sacerdotes y clérigos han dado paso, en cuanto a influencia, a los actuales señores del consenso, en su mayoría políticos y periodistas, secundados por artistas y por bufones. Los cuales se ven a sí mismos como los guardianes de la civilización y la democracia, con legitimidad para condenar moralmente, cuando no penalmente, a todos los que cuestionen las nuevas tablas de la ley demoliberal y progresista. Escuchándolos, parece incluso que antes de ellos todos los hombres eran unos bárbaros maltratadores de los débiles y estupradores de doncellas.

Algunos autores critican la asfixiante corrección política como un mero intercambio de unos tabúes por otros, como un retorno del puritanismo y las cazas de brujas, como la sustitución de la vieja inquisición cristiana por una nueva inquisición laica, que si bien ya no condena a nadie a la pira, lo destruye civilmente. Hasta cierto punto parecen olvidar que, de todos modos, la civilización no puede existir sin cierto consenso cercano a la unanimidad, sobre unos principios fundamentales. El problema es cómo se establece este consenso. Y con ello no nos referimos a la mayor o menor crueldad en los castigos. Quien haya perdido su cargo o su trabajo, por la expresión de una opinión políticamente incorrecta, poco consuelo hallará en que le recuerden que en el siglo XVI posiblemente lo hubieran quemado en la hoguera.

La principal diferencia, desde un punto de vista social, entre el consenso antiguo y los consensos actuales radica en la fuente de su autoridad. Antes, simplificando, ésta solía dividirse entre sacerdotes y reyes, entre la nobleza y el clero. Y aunque coincidían en su interés por preservar el viejo orden estamental, la tensión entre el poder religioso y el militar-estatal fue una constante sin la cual la historia de Occidente, con sus logros y fracasos, resulta incomprensible, o se reduce a ese cuento marxista de ciegas fuerzas materiales, que a fuerza de explicarlo todo no explica nada.

Hoy los gobernantes y representantes políticos son al mismo tiempo los sacerdotes de la religión progresista. Algunos protestaron ingenuamente, hace unos meses, por no conocer a los miembros del comité de expertos que el gobierno habría consultado para decidir las medidas contra la epidemia. Pero nuestros políticos (al igual que nuestros periodistas, tan amigos de anteponer el consabido “según los expertos” a sus opiniones) no necesitan ningún tipo de sabios u hombres de Dios que los puedan limitar o apercibir, vaya idea. Basta con hacer creer que los consultan; les resulta mucho más práctico. Quienes más gritan en favor de la separación entre la Iglesia y el Estado, de facto no hacen más que defender una nueva religión, llámese progresismo, tecnocracia o como se quiera, en la que no cabe la noción de separación entre una autoridad espiritual y el poder político, porque ambos serían una y la misma cosa. Me cuesta imaginar cómo conseguiremos que nuestra civilización siga siendo fértil y creativa, si es que aún lo es, suprimiendo una de las causas decisivas que, durante siglos, la hizo así.

La bromita

El periodista Moisés Peñalver (en Twitter, @moxes101), por causalidades de la vida, fue vecino de Ernest Lluch por un día, en Barcelona, adonde acababa de trasladarse. Al día siguiente, el político socialista fue asesinado por ETA. Peñalver lo rememora en su breve columna “La foto de l’Ernest Lluch”. (Diari Més.) Sobre ETA no hace ningún comentario en particular, posiblemente porque ya está todo dicho sobre estos malnacidos. Sin embargo, en un texto de apenas 270 palabras, Peñalver encuentra la ocasión para dejar caer un profundo chiste sobre Vox, sin nombrarlo y sin venir a cuento. Dice que es más difícil encontrar piso en Barcelona que “cazar una neurona en la sede del partido con el anagrama verde.”

El humor, al contrario de lo que se cree, es una cosa muy seria. Como en la literatura y en todo, hay humor de más y menos calidad. El humor de calidad es casi divino: distancia al hombre de su mísera condición, poniéndolo en el punto de vista de los dioses. Alguien dijo que Shakespeare se perdía por un chiste, incluso en el momento más dramático. Por el contrario, el humor de baja calidad tiene una génesis completamente distinta, hasta el punto de que parece impropio llamarlo con el mismo nombre que el otro. Este seudohumor, en lugar de hacernos tomar distancia respecto de nosotros mismos, lo que hace es celebrar la pertenencia a la tribu, la identificación gregaria con el colectivo. Se ríe del que es diferente, de la tribu del otro lado de la montaña. Es quizás el humor más corriente en política. Su carácter espurio se reconoce fácilmente porque el objeto de las burlas es perfectamente intercambiable. De cualquiera puede decirse algo tan genérico como que es tonto, feo, cobarde o cornudo; especialmente si no hay necesidad de que sea cierto.

En el ejemplo presente, el cachondeíto resulta además especialmente torpe y de pésimo gusto. Porque Vox surgió en 2014 por un cúmulo de razones, pero sobre todo por una causa eficiente, por decirlo en lenguaje peripatético: la profunda desilusión, indignación y sensación de impotencia por la política de cesiones ante los terroristas, que perpetró Zapatero y continuó en lo esencial Rajoy. No es por casualidad que dos de los más importantes fundadores de Vox sean un amenazado por ETA como el bilbaíno Santiago Abascal, junto a la víctima del secuestro más largo de la organización criminal, José Antonio Ortega Lara. Simplificando, Vox fue una escisión del PP como UPyD lo fue del PSOE; ambos con origen en el País Vasco, y por los mismos motivos detonantes, independientemente de sus grandes diferencias ideológicas. Toda la cháchara politológica sobre el “populismo”, así como la retórica barata sobre la “ultraderecha”, se basan en olvidar este hecho fundacional.

Volviendo a mi tesis sobre los tipos de humor, al rememorar un crimen cometido por los terroristas de la ultraizquierda nacionalista, se diría que el autor trata de dejar bien claro, precavidamente, que es de “els nostres”, un progresista favorable al procés; no lo vaya a confundir, alguien que no conozca su trayectoria, con algún derechista carpetovetónico. Por mi parte me abstendré de hacer ninguna broma sobre Peñalver, porque las que se me ocurren ahora mismo son de baja calidad.

Ideología-ficción

Una vez, en un país muy lejano, un escritor publicó un libro en el cual sostenía la teoría de que la única causa de todos los tipos de cáncer es la contaminación ambiental, tanto en la atmósfera, como en el agua y los alimentos. Dicho autor proporcionaba un gran número de datos y ejemplos, brillantemente expuestos. No es de sorprender que, aunque su obra carecía de carácter científico, tuviera un gran éxito. Pronto surgieron otros escritores que aportaron nuevos datos y argumentos en apoyo de la teoría, y la extendieron a otro tipo de enfermedades. Finalmente, la Visión Crítica de la Enfermedad (VCE), como se la llamó, se convirtió en una doctrina radical que negaba validez a cualquier otra explicación causal de ninguna enfermedad que no fuera la contaminación. No sólo eso, sino que, irónicamente, rechazaba toda crítica. Pues la juzgaban como una vil intención de justificar la contaminación por intereses económicos, incluso aunque los discrepantes aceptaran que es perjudicial, sólo por osar poner en duda que fuera la única explicación de todas las enfermedades.

En un momento determinado, la VCE llegó a los políticos. Estos la incorporaron a sus discursos y a sus programas, inspiró las recomendaciones de la ONU, y de éstas pasó a las legislaciones nacionales y regionales. Los científicos fueron seducidos con generosas subvenciones para elaborar un consenso intelectual blindado contra el debate. También los medios de comunicación adoptaron la VCE como un marco ideológico indiscutible, que sólo irresponsables y peligrosos negacionistas podían cuestionar. Prácticamente se sugería, cuando no se afirmaba explícitamente, que los negacionistas eran responsables de las personas muertas por enfermedad. Las voces discrepantes fueron paulatinamente intimidadas, aisladas y reducidas a medios de difusión minoritarios, básicamente por internet. Titulares como “Las víctimas de la contaminación superan este año las…”, se convirtieron en la forma rutinaria de contabilizar los muertos por enfermedades cardiovasculares, por cáncer, infecciones y todo tipo de dolencia.

Como consecuencia de las leyes inspiradas en la VCE, aumentaron las inversiones en investigación de los efectos patógenos de la contaminación, e inevitablemente se descuidaron otras líneas de investigación. Al mismo tiempo, como casi cualquier sustancia producida por el hombre puede considerarse un contaminante, se llegó a extremos como reducir el cloro en el agua, u otros productos desinfectantes. En conjunto, todo ello no sirvió para reducir las enfermedades, sino más bien al contrario, resurgieron infecciones que ya estaban casi erradicadas. Sin embargo, en lugar de llevar a una revisión de la VCE, y dado que ya existía una tupida red de intereses burocráticos y académicos, creados alrededor de ella, la conclusión fue que había que intensificar aún más la lucha contra la contaminación, o todo lo que se entendía por tal. Se aplicaron normas draconianas a las empresas, se les exigía demostrar que no contaminaban, invirtiendo la carga de la prueba; y hasta el menor acto supuestamente contaminante, como no reciclar correctamente la basura doméstica, pasó a ser considerado un crimen vergonzoso, que las autoridades animaban a delatar. “La contaminación es un problema de todos”, “Tolerancia cero con la contaminación”, decían.

Por supuesto, la VCE no existe. Este relato no es más que una fantasía, aunque inspirada en hechos y actitudes reales. Pero las semejanzas con otras ortodoxias de nuestro tiempo no se le habrán escapado al lector. La teoría de género, o la teoría antropogénica del cambio climático, son formas de monopolio del pensamiento que causan muchos más perjuicios de los que pretenden combatir. Del mismo modo que la contaminación no está en el origen de todas las enfermedades, ni probablemente de la mayoría de ellas, el machismo no es, ni de lejos, la causa principal de las desigualdades entre los sexos, ni de la violencia contra las mujeres. Negar otras causas mucho más comunes no reduce el número de víctimas, e incluso tiende a mantenerlas, al desincentivar conocerlas mejor y desarrollar formas eficaces de prevención. Además, conduce a cometer injusticias, persiguiendo con celo inquisitorial a los miembros del sexo masculino, y tratando toda desigualdad sexual como injusta, cuando muchas son inocuas y hasta venerables. En cuanto al cambio climático, es evidente que ha existido en todos los tiempos, desde hace cientos o miles de millones de años, y que por tanto es absurdo atribuirle una única causa, juzgando por un periodo tan corto de tiempo como el último siglo o siglo y medio.

Quizás el mayor daño de estas neo-ortodoxias no provenga de las medidas equivocadas y contraproducentes a las que conducen, sino del clima de terror intelectual mediante el cual logran implantarse; probablemente la mayor prueba de su falsedad. Un empeño tan porfiado en convencernos de que el mundo se encamina a una catástrofe ecológica, o de que la mitad de la sociedad está oprimiendo a la otra mitad, y que para poner remedio a estos supuestos debemos aceptar medidas contrarias a las libertades individuales, e incluso radicalizarlas en la medida en que no producen los efectos deseados, solo demuestra una cosa: que se trata de gigantescas patrañas al servicio de unos pocos.

Por qué hay ahora tantos hombres negros en los anuncios

Como católico estoy en contra del racismo y de toda discriminación injusta. “No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Gálatas, 3:28) La raza me da igual, y por tanto no tengo nada en contra de parejas racialmente mixtas. Sin embargo, a los publicitarios parece que no les da igual. Vengo notando la sobrerrepresentación de personas negras, en especial hombres, en los anuncios comerciales. Y me consta que el mismo fenómeno se produce en otros países europeos. También ocurre algo análogo con la orientación sexual. En televisión aparece un porcentaje de homosexuales superior al de la sociedad en su conjunto. Por supuesto, los creadores y productores no tienen ninguna obligación de que sus anuncios y programas sean representativos de nada. Pero es obvio que hay un interés en alardear de “diverso”, que es como decir moderno y abierto; virtudes que, si compramos el producto tal o cual, se nos pegarán de algún modo o nos identificarán. Aunque el fenómeno en sí no reviste mayor importancia, sí me parece un síntoma de algo mucho más serio: el interés de gobiernos, organismos supranacionales y grandes corporaciones en predisponernos a favor de la sustitución demográfica.

No se trata meramente de que los anuncios sean racialmente diversos. Abunda, específicamente, el ejemplo de mujer blanca emparejada con hombre negro, no tanto el de hombre blanco con mujer negra. Si a esto sumamos los ejemplos de parejas homosexuales, se desprende lógicamente que el hombre blanco heterosexual recibe mediáticamente menos consideración, teniendo en cuenta su proporción numérica. Por supuesto, siguen haciéndose anuncios de familias convencionales, esa pareja de hombre y mujer altos y esbeltos, con dos pequeñas preciosidades rubias, que disfrutan de un maravilloso crucero o de un confortable vehículo de más de cinco plazas. Pero este tipo de spots van a la baja, no están a la moda. Cada vez más, el anunciante se dirige a un target de eterno adolescente, soltero, divorciado, gay o lesbiana, con cierto poder adquisitivo. Y la raza funciona como un código que refuerza el mensaje diverso y anticonvencional.

El desdén subrepticio hacia los hombres de raza blanca heterosexuales se ha ido filtrando desde esotéricos departamentos universitarios hacia la cultura popular. Según las teorías llamadas críticas, los europeos, y particularmente los españoles, somos culpables históricamente de los peores crímenes colonialistas, machistas y homófobos, estrechamente ligados a nuestra represora cultura judeocristiana. A fin de expiar los pecados de nuestros antepasados, y conjurar su repetición, ahora debemos compensar a las mujeres y a las minorías oprimidas, otorgándoles determinados privilegios, aunque no se los llame así y realmente beneficien solo a unos reducidos grupos de activistas y vividores del erario. De hecho, las mujeres durante milenios han gozado de tratos de favor, sin duda loables y razonables, como el de estar exentas de ir a la guerra, realizar trabajos especialmente duros, etc. Pero en sociedades donde los privilegios de nacimiento eran aceptados, ello no contradecía la mentalidad predominante. Hoy en día, en cambio, las contradicciones se imponen mediante una neolengua (discriminación positiva, empoderamiento, visibilización, etc., etc.) que inevitablemente fomenta la doblez y el servilismo.

Pero hay más. Como parte de esa expiación colectiva, cuya carga principal recae sobre las clases populares, a las que se amedrenta sin descanso con palabras-policía como machismo, racismo, etc., los europeos debemos aceptar sin rechistar la inmigración masiva procedente de África y Oriente Medio. También se aducen motivos económicos, postulando la inmigración como medio para combatir el envejecimiento demográfico. Cualquier cosa antes que siquiera debatir sobre la recuperación de la natalidad, ni cuestionarse los millones de abortos practicados anualmente. La única alternativa que se contempla es que los africanos cubran los puestos de trabajo de los hijos que no concebimos o que abortamos. Biológicamente, es perfectamente factible. Pero se olvida el pequeño detalle de que los seres humanos vivimos en el seno de culturas muy diferentes en cuanto a resultados materiales y espirituales. Y la experiencia multicultural del último medio siglo, más allá de la cháchara buenista sobre el “enriquecimiento” que supuestamente nos trae el hiyab, no invita al optimismo sobre la capacidad de supervivencia de la civilización europea. Es aquí donde las teorías del autoodio se dan cita con los anuncios de mujeres blancas felizmente emparejadas con hombres negros.

Todos los filósofos y profesores de medio pelo que despotrican contra Occidente, parecen no haber caído en la cuenta de que nuestras sociedades son las más prósperas y libres de la historia, incluyendo el respeto a la mujer, y con todas las excepciones que nadie niega, pero que en otras civilizaciones han sido más bien la norma.

En este contexto de autodesprecio, no sorprende que los medios apenas hablen del genocidio de los cristianos en Oriente Medio y en África. La principal consecuencia de esta tragedia colosal es que el subsahariano que llega a nuestro país sea, con tendencia creciente, más probablemente musulmán que cristiano. Si además tiene hijos con una mujer europea, casi con seguridad serán educados en el islam. También sucede al revés, que hombres europeos se emparejan con mujeres musulmanas, con el mismo resultado, casi siempre, de que sus descendientes sean educados en la religión del progenitor no cristiano. Sin embargo, el hombre está menos limitado por la biología (la edad y todos los inconvenientes de la gestación) para volver a ser padre, acaso con otra pareja, pongamos que cristiana. (Conviene señalar que no estamos hablando de la fe personal e íntima, sino de valores y costumbres que consciente o inconscientemente tienen sus fundamentos en el judeocristianismo.)

¿Comprenden por qué me parece no inocente, o al menos significativo, el favoritismo por estereotipos que no pasan por la paternidad del europeo nativo (o iberoamericano, es decir, culturalmente cristiano)? Este hecho responde, a todas luces, a una inconfesada voluntad nihilista de autodisolución cultural, aunque se exprese visualmente como una cuestión racial, lo que hábilmente dificulta cualquier crítica que no quiera exponerse al peligro de ser tachada como racista. Pero el problema, por supuesto, no es el color de la piel que tendrán nuestros nietos, sino si seguirán viviendo en una sociedad que tiene su fundamento en las palabras de San Pablo citadas al principio, o por el contrario en otra en que la mujer sea consideraba como inferior al hombre, entre otras muchas y dramáticas (perdón, enriquecedoras) diferencias.

Amnesia democrática

Toda la vida hemos soportado veranos calurosos, inundaciones, sequías y huracanes, pero desde que el cambio climático se ha convertido en asunto de máxima importancia para los políticos y periodistas, parecen fenómenos nuevos. También toda la vida ha habido deportistas negros, como el boxeador cubano-español José Legrá, recibido por Franco (nos lo ha recordado Alonso Pinto en su cuenta de Twitter); y no digamos mujeres, como la espartana Cinisca, vencedora de las carreras de carros olímpicas hace 2500 años. Pero desde que las políticas identitarias se empeñan en rajar de Occidente, cada vez que un negro gana una medalla, o lo hace una mujer en una categoría tradicionalmente masculina, se supone que entramos en una nueva y esperanzadora era antifascista, o algo así. Para alegría de la China comunista, por cierto, que se prepara para dominar el mundo mientras Europa y América se entretienen luchando contra el patriarcado y el racismo.

No es por casualidad que esta especie de amnesia colectiva, que nos lleva a olvidar no sólo hechos históricos (lo que puede ser comprensible), sino incluso lo que opinábamos y creíamos casi todos hace escasas décadas, coexista con excrecencias legislativas como la llamada Memoria Democrática. Cuando un político adjetiva, adultera. Máxime cuando, como en este caso, el adjetivo no es uno cualquiera, sino precisamente uno de los más desvirtuados de los tiempos modernos. El hombre contemporáneo ha llegado a creer que la democracia es la última fase de la evolución humana, olvidando lo que sabemos desde Aristóteles, que ningún régimen político en sí mismo es mejor que ningún otro.

La conocida boutade de Churchill, según el cual la democracia es el peor sistema, exceptuando todos los demás, ha sido corrientemente interpretada de la manera más simplona. El filósofo y eurodiputado polaco Ryszard Legutko, en su libro Los demonios de la democracia, ofrece un perspicaz análisis lógico de aquella frase. En resumen, se ha pasado de una visión sanamente escéptica de la política a una concepción peligrosamente totalitaria, en la cual la democracia (que es como decir la igualdad) se convierte en la solución de todos los males, y por tanto en la excusa para politizar todos los aspectos de la vida humana. Y esto se comprueba a diario cuando ni siquiera las noticias deportivas ni meteorológicas escapan a tratamientos ideológicos, convenientemente disfrazados de argumentos éticos o científicos contra enemigos en gran medida imaginarios.

Si a esto añadimos la fobia antimemorística de la pedagogía actual, el círculo se cierra. No hace falta aprenderse nada de memoria, porque a fin de cuentas todo lo podemos encontrar cuando queramos en Google. Así nos quieren, sin memoria, sin propiedades ni referencias prepolíticas de ningún tipo. A merced del Estado y de Google, que por supuesto tendrán la última palabra sobre lo que conviene recordar y, consiguientemente, pensar y sentir.