Esto es solo el principio

Las elecciones  de ayer han demostrado que las encuestas no han fallado tanto como algunos creíamos y sobre todo deseábamos. Al contrario, en lo esencial han acertado: Pedro Sánchez seguirá como presidente del gobierno gracias a una ligera superioridad del bloque de izquierdas y sobre todo a los pactos con los nacionalistas, incluyendo probablemente a los separatistas.

Por mi parte, yo me equivoqué de pleno al predecir una clara victoria de las “tres derechas”. También perdí mi apuesta sobre el resultado de Vox. ¡Suerte que no me jugué nada! En un primer momento, llevado de la euforia, llegué a pronosticar cinco millones de votos y 75 escaños. Luego, revisando mi sencillo método con más frialdad, obtuve un resultado mucho más cercano a la realidad: tres millones de votos y treinta diputados. (Han sido casi 2,7 millones y 24 escaños.) Pero para ser honrados, me negué a creer en esos números mucho más realistas. Yo soñaba con, si no más de setenta, al menos unos cincuenta diputados…

En lo que todo el mundo ha fallado es en prever la dimensión de la hecatombe que sufriría el Partido Popular. Pensemos que aunque el PP hubiera perdido cuarenta diputados, que algo así se veía venir, con los mismos que cosecharon ayer Ciudadanos y Vox, se alcanzaba una mayoría absoluta holgada. Pero es que el partido liderado por Pablo Casado ha dilapidado nada menos que 71 escaños, más de la mitad. Dicho sea de paso, quien creo que debería dimitir no es Casado, que lleva muy poco tiempo, sino Maroto, el director de campaña electoral, fiel a la genial estrategia marianosorayesca de sobrevivir haciéndose el muerto frente a la izquierda y los separatistas.

Pero volviendo a lo que me interesa, a Vox, creo que el discurso que dio anoche Santiago Abascal resume a la perfección la situación, y no se me ocurre nada importante que añadir. “Esto es solo el principio”, ha empezado diciendo el presidente de mi partido, y ha concluido con unas palabras que siempre suele pronunciar nuestro secretario general, Javier ortega: “¡Bienvenidos a la resistencia!” Si hace seis meses, antes de las elecciones de Andalucía, nos hubieran propuesto que Vox obtuviera 24 diputados en el Congreso, creo que la mayoría de simpatizantes y afiliados de este partido hubiéramos firmado sin pensarlo.

Obtener un diez por ciento de votos sin las subvenciones de que disfrutan los demás partidos, siendo excluidos de los debates electorales, siendo demonizados desde la izquierda y la derecha, con todos los grandes medios manipulando y tergiversando nuestras ideas sin el menor escrúpulo, es una gran gesta. Un éxito sin precedentes. Vienen tiempos difíciles, pero existe una luz al final del túnel que se llama Vox.

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El voto alegre

Nunca antes en mi vida (que ya supera el medio siglo) había experimentado este sentimiento ante la perspectiva de ir a depositar mi voto en unas elecciones: alegría. He votado siempre por el mal menor; más que a favor de unos, en contra de otros. Pero esta vez es distinto, porque por fin hay un partido que defiende mis ideas y mis principios, al menos en un grado altísimo.

Muchos hablan del voto de miedo. Miedo al “trifachito” o miedo a un “gobierno Frankenstein”, según el pie del que cojee cada cual. El miedo no es necesariamente malo, pues se trata de un mecanismo de defensa que nos impele a evitar el peligro. Pero generalmente, quienes hablan de ese voto miedoso lo hacen como un reproche contra su supuesta irracionalidad.

Si bien se mira, votar es en sí mismo irracional, al menos cuando hablamos de censos electorales de millones de personas. El voto de un individuo tiene una relevancia infinitesimal. Que yo vaya a votar mañana o deje de hacerlo no afectará lo más mínimo al resultado. ¿Por qué sin embargo tanta gente da su papeleta? Una respuesta común es que millones de actos irrelevantes como el nuestro se convierten en un acto relevante. Pero esto no es una verdadera respuesta. Mi voto particular sigue siendo innecesario, mientras no influya en lo que harán los demás.

No sé por qué vota realmente la gente; sólo puedo decir por qué voto yo. Para poder decirme a mí mismo: yo fui uno de los millones que contribuyeron a que las cosas cambiaran a mejor. Mi acto fue insignificante, sin duda, pero al menos no me quedé mirando. Hice algo.

Y esta vez lo haré con alegría, sin miedo. También sin rabia, como cuando voté en las generales de 2004, en contra de quienes se beneficiaron del 11-M y pusieron los cimientos para la dictadura del progresismo. Una dictadura aún en construcción, que todavía no es completa, aunque podría acabar siéndolo, si no reaccionamos.

Pero esta vez, como digo, no hay rabia. Los que trazan un perfil psicológico del votante “cabreado”, siempre en la misma línea de arrogarse el monopolio de la racionalidad, no han entendido nada. Están ciegos ante la corriente de ilusión (una ilusión cargada de razones) que recorre España entera.

Sea cual sea el resultado, la dictadura progresista ya no podrá blindarse, con un partido en el Congreso que no podrá ser ilegalizado, al que no podrán callar, que dará voz a millones de españoles y reabrirá todos los debates cerrados en falso con el sello espurio del “consenso”. Eso, en el peor de los casos. En el mejor, habrá un cambio de Gobierno que permitirá restaurar las libertades lesionadas y corregir los grandes errores de la Transición, sin sacrificar lo esencial de su legado: una España unida y reconciliada, donde no se pretende imponer una ideología oficial que establezca desde el poder quiénes son los buenos y los malos.

Mañana iré a votar con la alegría de quien sabe que, pase lo que pase, ya ha ganado. Porque habrá ganado España.

Llamar comunistas a los comunistas

Una de los muchos detalles que me gustan de los discursos de Santiago Abascal es que llama comunistas a los comunistas, y además con frecuencia. Puede parecer que no tiene mayor importancia, que es algo tautológico, trivial. Pero no. El lenguaje político predominante, tanto en la izquierda como en la derecha “moderada” o del establishment, se caracteriza por la asimetría en el uso de los términos, aparentemente antónimos, fascismo y comunismo.

El fascismo fue derrotado 45 años antes de la caída del Muro de Berlín. Con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, los neofascismos han tenido una existencia puramente grupuscular. Sin embargo, para los medios de comunicación, la gran amenaza para la democracia es siempre, definitoriamente, el fascismo, la ultraderecha o el populismo de derechas, expresiones que emplean de manera prácticamente intercambiable y con total ligereza, aplicándolas a partidos que en algunos casos son incluso antitéticos con el fascismo, como es el caso de Vox, con su defensa de las libertades individuales.

De modo harto dispar, al término comunista se recurre sólo para denominar regímenes desaparecidos como la URSS. Rara vez para referirse a Cuba o Corea del Norte y menos aún a partidos como Podemos o Izquierda Unida. Los propios comunistas, aunque sigan presumiendo de serlo entre sus fieles, no acostumbran a hablar demasiado abiertamente de comunismo ante grandes audiencias. Alberto Garzón, autor de un libro titulado Por qué soy comunista, utiliza un lenguaje muy cercano al de Pablo Iglesias, un neomarxista que se cuida mucho de utilizar el argot de la secta para el gran público.

Incluso la derecha liberal evita hablar de comunistas para referirse a quienes lo son en la actualidad. Llamarlos por su nombre, y advertir contra sus ideas y actividades, se ridiculiza a menudo como “maccarthismo”, como si los millones de muertos que causó el marxismo fueran meras fantasías histéricas.

La razón de esta anomalía es que la ideología progresista, para ser hegemónica, requiere dos condiciones. La primera, ya aludida, consiste en demonizar toda disidencia, asociándola sin escrúpulos a los desastres de la última guerra mundial, al racismo y al Holocausto. La segunda condición es blanquear el comunismo para que las hordas de la extrema izquierda puedan actuar como la “banda de la porra” o la vanguardia del progresismo, como certeramente señala Abascal.

Comunistas y separatistas de extrema izquierda suelen ir de la mano para reventar violentamente manifestaciones y actos políticos de Vox, el Partido Popular y Ciudadanos, contando con unos periodistas escandalosamente indulgentes. Eso cuando no culpan insidiosamente a los mencionados partidos por “provocar”. De esta manera se anima a los extremistas violentos a seguir actuando con casi total impunidad contra las libertades básicas de expresión y reunión.

Si no se atajan estos métodos, nos encaminamos hacia una democracia fallida como la que ya existe en el País Vasco y Cataluña, donde determinadas opciones políticas sufren considerables dificultades para poder manifestarse sin sufrir represalias. Vox es sin duda el partido que advierte más claramente contra esta batasunización. Con razón los progres están inquietos, porque sus bandas de la porra, tanto mediáticas como callejeras, ya no dan miedo: ya se las llama por su nombre.

Posdata a Los nervios de la partidocracia

En las europeas de 2014, Vox obtuvo muchos más votos en Andalucía que en las autonómicas de 2015. Exactamente 32.407. Por tanto, para ser congruentes con el método, el factor multiplicador sería 12. Esto nos da unos tres millones de votos, lo que podría suponer unos 30 diputados. (Ciudadanos en 2016 obtuvo 32 escaños con 3.141.570 votos.) Pero hay muchas razones para suponer que el factor multiplicador será mayor, porque son las primeras elecciones en que Vox ha roto la ley del silencio. En todo caso, 30 diputados sería el suelo de Vox. El techo nadie lo sabe.

Los nervios de la partidocracia

Screenshot_20190414-202923~2(Mitin de Vox en Tarragona, 13 de abril. jordiferre8)

La partidocracia está muy nerviosa. Por eso, la matraca de la división del voto se escuchará hasta el 27 de abril, jornada de reflexión. No es más que un cuento asustaviejas, dirigido a los que hemos decidido votar a Vox, y a los que lo decidirán en los próximos días, para intentar impedir que el partido liderado por Santiago Abascal no termine dando el sorpasso a Ciudadanos e incluso al Partido Popular.

Aquí se juega mucho más que la presidencia del gobierno. Todo un sistema basado en los falsos consensos de la ideología progresista puede tener los días contados. Ya no habrá (ya no hay, desde la irrupción de Vox) más temas tabúes: las autonomías, la ideología de género, la memoria histórica, el relato de la derrota de ETA, la socialdemocracia, el aborto… Ya no marcarán la agenda ni controlarán el lenguaje la izquierda ni los nacionalistas ni los filoterroristas. Ya hay millones de españoles a los cuales no les asusta, incluso les divierte, que los llamen fachas, machistas, xenófobos, homófobos: mentiras tan burdas, sambenitos tan gastados que se vuelven contra quienes los esgrimen.

Estas elecciones tienen una particularidad: se producen a menos de cinco meses de las elecciones andaluzas del 2 de diciembre, la mejor encuesta que ningún sociólogo podría haber soñado. Por supuesto que no se pueden extrapolar sin más unos resultados autonómicos a toda la nación, pero sí son mil veces más significativos que esos sondeos con un 40 por ciento de indecisos, con los cuales pretenden amedrentarnos y hacernos creer que Sánchez va a gobernar cuatro años con el apoyo de Podemos y ERC, si no votamos en masa al PP; es decir, a la vieja partidocracia.

Observemos lo que ocurrió en Andalucía. El PP perdió 7 escaños, pero Cs ganó 12. Es decir, la suma de ambos partidos se incrementó en 5 diputados autonómicos. Con el apoyo de los 12 que también ganó Vox (desde cero), les sobraron dos escaños para alcanzar la mayoría absoluta y acabar con cuarenta años de socialismo en la comunidad autónoma.

Ahora vamos al Congreso salido de las últimas elecciones generales. Las formaciones de Casado y Rivera sumaron 169 diputados, a 7 de la mayoría absoluta. Supongamos que dentro de dos semanas el previsible descalabro del PP es tan considerable, y el aumento de Cs tan discreto, que no sólo no conservan esos 169 diputados, sino que pierden 10. (Un ejemplo sencillo: que el PP pierda veinte y Cs gane 10.) En ese caso, quedarían a 17 escaños de la mayoría absoluta.

Pues bien, hay razones para pensar que Vox va a obtener mucho más que esos 17 escaños. No tanto por las encuestas (pese a sus esfuerzos por ocultarlo), como por el éxito apoteósico de Santiago Abascal llenando y desbordando auditorios, y por la ebullición que se vive en las redes sociales: se palpa en el ambiente que un fenómeno extraordinario ha irrumpido en la política española.

Claro que los pálpitos nos pueden llevar a engaño. Para intentar ser lo más objetivos posible, volvamos de nuevo a nuestra macroencuesta andaluza, una encuesta sin indecisos, sin “cocinas”, donde no hay lugar a error o interpretación. Entonces se produjo un verdadero tsunami: un partido que creció en votos, desde las autonómicas de 2015, ¡un 2.049 por ciento! Es decir, que multiplicó por más de veinte sus resultados.

Para extrapolar este incremento a las próximas elecciones, necesitaríamos que Vox se hubiera presentado en todas las provincias, en alguna de las anteriores elecciones generales. No ha sido así, pero al menos tenemos un dato precioso: los votos que un recién creado Vox obtuvo en las elecciones europeas de 2014, muy cercanas en el tiempo a las andaluzas de 2015, y en las que recibió papeletas de todas las provincias. En esa ocasión obtuvo cerca de 250.000 votos. Multiplicados por veinte, ahora serían casi 5 millones.

¿Cómo se traduce esto en escaños? No es fácil estimarlo, porque depende de los resultados de todos los partidos, circunscripción por circunscripción. Pero podemos intentar una sencilla aproximación empírica. En las generales de 2016, los partidos que más se acercaron a los cinco millones de votantes, por encima (PSOE) y por debajo (Podemos sin sus confluencias), sumaron aproximadamente 8,7 millones de votos, y 130 diputados. Esto arroja un promedio de cerca de 67.000 votos por escaño. Dividan los hipotéticos cinco millones de Vox por ese cociente y les saldrán 75 escaños.

Pongamos que nos equivocamos de pleno. Pongamos que Vox sólo obtiene 35 diputados, menos de la mitad de los que acabamos de pronosticar. Y que PP y Cs juntos, debido al derrumbe del primero, y pese al ascenso del segundo, llegan a perder veinticinco. Aún así serían 179 diputados, tres más que la mayoría absoluta. A donde voy a parar es que aquí no nos estamos jugando la permanencia de Pedro Sánchez en la Moncloa. Este no es más que el discurso del miedo que necesita Casado para que la debacle del Partido Popular no sea tan aparatosa como se teme. Y también el que necesita el propio Sánchez para que sus votantes no se desmoralicen y se queden en casa como hicieron en Andalucía.

Todo indica que gobernará la derecha, con un pacto de gobierno a dos o tres partidos. Pero cambia mucho el panorama según qué combinación se produzca. Un gobierno de PP y Cs, en el mejor de los casos, reducirá el paro a la mitad, pero dejará esencialmente los problemas existenciales de España en la misma situación que se los encuentre, para que en pocos años vuelvan la izquierda y los separatistas a llevarnos al borde del abismo.

En cambio, un gobierno presidido por Santiago Abascal aplicaría el programa del único partido que defiende lo que pensamos millones de españoles, que nunca admitimos el pack indivisible que nos han vendido los viejos partidos (tal como explica Abascal en el libro de Sánchez Dragó), en el cual incluyen desde el Estado autonómico hasta la ley de Violencia de Género, pasando por leyes que protegen más a delincuentes y okupas que a personas honradas y propietarios.

No es descabellado. Con 75 diputados, Vox puede superar a un Cs que crece, pero siempre menos de lo esperado, debido a su evanescencia ideológica, e incluso a un PP que recibirá un formidable castigo por la corrupción y las traiciones a sus votantes. Y por desastrosos que fueran los resultados del PP y decepcionantes los de Cs, sería difícil que no se lograra una holgada mayoría absoluta. La temible “división del voto” de derechas lo es para todos menos para Vox y sus votantes. Porque el voto útil existe, pero es el de Vox, el único que garantiza que esa mayoría absoluta servirá para algo más que para decidir quién será el próximo presidente de gobierno.

P. D. de 19 abril: En las europeas de 2014, Vox obtuvo muchos más votos en Andalucía que en las autonómicas de 2015. Exactamente 32.407. Por tanto, para ser congruentes con el método, el factor multiplicador sería 12. Esto nos da unos tres millones de votos, lo que podría suponer unos 30 diputados. (Ciudadanos en 2016 obtuvo 32 escaños con 3.141.570 votos.) Pero hay muchas razones para suponer que el factor multiplicador será mayor, porque son las primeras elecciones en que Vox ha roto la ley del silencio. En todo caso, 30 diputados sería el suelo de Vox. El techo nadie lo sabe.

Diálogos en Castilfrío

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Para cualquier político, ser protagonista de un libro de Fernando Sánchez Dragó sería un raro privilegio. Por ahora, sólo el líder de Vox, que yo sepa, puede presumir de ello. Santiago Abascal. España vertebrada (Planeta) no es un libro-entrevista al uso, sino un diálogo entre el escritor y el político. Desarrollado en la casa soriana del primero en Castilfrío, a lo largo de tres días, en esas conversaciones se plasman opiniones de ambos. También interviene ocasionalmente Kiko Méndez-Monasterio.

Santiago ya contaba con un verdadero libro-entrevista, Hay un camino a la derecha (Stella Maris, 2015), donde el mencionado Kiko se limitaba a hacer las preguntas, de modo que la mayor parte del texto lo constituían las palabras del político. Sigue siendo en mi opinión el mejor libro para acercarse al ideario de Vox. Pero con ello no quiero decir que el de Dragó no sea sumamente interesante, sólo que es otra cosa: un coloquio, a veces caótico, más que una entrevista propiamente dicha, en el que no sólo se exponen las ideas de Abascal, sino que se someten a discusión, junto con las del escritor.

Son muchos los temas debatidos. Aquí comentaré sólo algunos que me fascinan en especial, prescindiendo olímpicamente de las polémicas más estridentes. Son la ideología de Vox, la democracia, la distinción entre patriotismo y nacionalismo, la relación entre cristianismo y progresismo y por último, el problema de la baja natalidad.

La ideología de Vox
Aunque en numerosas ocasiones Abascal no duda en posicionarse en la derecha (y el citado libro de 2015 es un buen ejemplo de ello, ya desde su título), en su conversación con Sánchez Dragó se muestra poco interesado por las etiquetas, lo que no tiene nada que ver con la indefinición. El líder de Vox cita como algunos de sus autores de cabecera a Burke y Tocqueville, auténticos padres del pensamiento liberal-conservador. Le alabo el gusto y el criterio. Sin embargo, reconoce no saber con seguridad “qué significa ser conservador o liberal”. Y añade: “Vox debe definirse por su programa y sus propuestas, no por las etiquetas”. Creo que en esto tiene mucha razón. Una gran parte del debate político contemporáneo se basa sólo en palabras, en especial en palabras estigmatizadoras (machismo, xenofobia, populismo, ultraderecha, etc.) que más que expresar un pensamiento racional, argumentativo, lo simulan o sustituyen. Aunque sin duda en Vox hay un claro ingrediente liberal, definirse como lo hace también Albert Rivera contribuiría más a confundir que a otra cosa. Y análogos problemas presenta el término conservador, que con el PP parece haber quedado reducido al papel de gestor eficiente de la economía y “conservador” de las leyes ideológicas de la izquierda. Por eso dice Nassim N. Taleb que “los filósofos [piensan] con conceptos (…) y los idiotas con palabras”.

Democracia 
Como hemos dicho, Abascal menciona a Tocqueville, uno de los autores que, desde la simpatía hacia la democracia, no dejó de señalar sus peligros. Dragó se muestra especialmente escéptico respecto al sufragio universal y cuestiona el principio de que todos los votos valgan lo mismo. El político no le sigue en absoluto por ese camino aristocratizante, sino que por el contrario ve el problema de la democracia actual no en el pueblo, sino en oligarquías que lo engañan con “programas que son una especie de pack. Y eso es un timo que permite a los políticos dar gato por liebre y una coartada para que los gobiernos no hagan lo que los votantes no quieren que se haga. Si por la gente fuera, ningún psicópata sexual saldría de la cárcel. Los asesinos y los violadores se pudrirían en ellas. Diana Quer y Laura Luelmo, entre otras muchas, seguirían vivas.” Y añade más adelante: “Si la gente votara caso por caso, ley a ley, en vez de otorgar patentes de corso para que los gobernantes cuelen lo que les venga en gana, no habría traducciones en el Senado, por poner un ejemplo de bajo voltaje, ni existirían las autonomías, por ponerte otro de gruesa cilindrada, pero el sistema vigente, impuesto por los partidos al uso, impide que los españoles puedan decidir ese tipo de cosas.

Nacionalismo y patriotismo
Dragó resume muy bien el concepto de patria de Abascal como “la suma de los muertos, de los vivos y de los que nacerán en ella.” Y la compara, no sin cierto ánimo travieso, con “la comunión de los santos de la teología católica, pero con un toque muy orteguiano y muy joseantoniano”. No se puede reducir el patriotismo a la legalidad constitucional. Por el contrario, es la Constitución de 1978 la que “se fundamenta en la unidad indisoluble unidad de la Nación española”. Tampoco se puede confundir el patriotismo con un nacionalismo basado en el odio a un enemigo externo imaginario. Algunos han sostenido que la crítica contra la inmigración descontrolada responde a esa xenofobia, pero nada más falso. Vox no tiene nada contra los extranjeros, ni mucho menos contra las razas no blancas. Por el contrario, Abascal señala que el español lo último que puede ser es racista, pues una de las aportaciones de la Hispanidad a la historia es su reconocimiento de la igualdad de los indígenas americanos. Lo que Vox critica con toda razón es el efecto llamada que amenaza la seguridad y la prosperidad de la sociedad española con una inmigración masiva y culturalmente conflictiva, con el falaz pretexto de una solidaridad mal entendida, que no es más que una parodia del verdadero concepto cristiano. Lo que nos lleva al siguiente tema.

Cristianismo y progresismo
Dragó apunta en un momento de la larga conversación una tesis que Abascal no puede menos que compartir: que el progresismo es en cierto modo una herejía del cristianismo. Sin embargo, las conclusiones que de ello extraen ambos conversadores son harto disímiles. Aunque no llega a formularla con claridad, en el escritor late una queja contra el cristianismo, al que acusa de estar tras el moderno igualitarismo en su forma más desquiciada. Abascal no lo ve así: “Has dicho que el socialismo es una herejía del cristianismo, ¿no? Pues ya está. Lo acepto. Yo no soy un hereje. Soy un católico cabal.” Y cuestiona, aunque sin desarrollarlo, ese carácter igualitarista del cristianismo, recordando muy atinadamente la parábola de los talentos. En efecto, lo que hacen siempre todas las herejías, como señaló Pascal, es tomar un principio, una verdad del cristianismo, hipertrofiarlo y volverlo contra otras verdades. En cierto modo funcionan como las enfermedades autoinmunes, en las que el sistema inmunitario por error ataca a células sanas. El progresismo empieza negando u olvidando el origen trascendente del hombre, y luego trata de imponer de modo forzado y descompensado lo que se deriva de dicho origen: entre otras cosas, la igualdad. Para ello no tiene más remedio que falsificar la realidad, como hacen la ideología de género y el multiculturalismo.

La natalidad
Consecuente con ese aristocrastismo que mencionaba antes, Dragó se resiste a preocuparse demasiado por la baja natalidad. Se confiesa “bastante malthusiano. Creo que el origen de muchos de los males que afligen a la humanidad es el exceso demográfico. Me agobia salir de casa. Todo está lleno. La Gran Vía, los cines, los teatros, los museos, los restaurantes, los aviones, las urgencias…” Abascal le señala que los negros augurios de Malthus no se han cumplido: “El hambre (…) ha desaparecido en muchos lugares”. Y se opone a las manipulaciones estadísticas. “La ONU manipula los datos para ponerlos al servicio de la globalización. No son científicos, sino ideológicos. Pero, en todo caso, defiendo el incremento de la natalidad en España, no en otras partes.” A Abascal le preocupa nuestra supervivencia, el futuro de una España condenada a la desaparición como nación si los españoles siguen teniendo tan pocos hijos como ahora. Esto da lugar, además de consideraciones sobre el papel de la Unión Europea y la inmigración, al debate sobre los medios para favorecer la natalidad. También aquí Dragó es escéptico. “Para que en España nazcan más niños, habría que cambiar la mentalidad de las mujeres, cosa que no va a ser precisamente fácil con las del #MeToo danzando por ahí.” Aunque generalmente suelo coincidir con Santiago allí donde difiere de las opiniones del escritor, aquí debo darle bastante razón al segundo. El líder de Vox cree que para animar a las parejas a tener más hijos pueden ser útiles los incentivos fiscales o las medidas de conciliación de la vida laboral y familiar. Sin desdeñar tal cosa, coincido con Dragó en que esto no bastará. Sin embargo, es verdad que tales medidas, más que por su eficacia directa, pueden tener un efecto pedagógico considerable. La ley es maestra. En ello parece confiar Abascal: “No creo que [la actual] sea una generación perdida. De hecho, son los jóvenes los que más nos apoyan. El efecto de esa estrategia tardará en hacerse sentir, pero creo que el Estado tiene medios suficientes para salir airoso.

El libro trata muchos más temas. Significativa es la sintonía entre Abascal y Dragó sobre el derecho a la vida, y por tanto en su crítica del abortismo. Pero no deseo extenderme más. Santiago Abascal. España vertebrada, es una excelente elección para el 23 de Abril, Día del Libro, aunque por supuesto recomiendo adquirirlo ya, a quien no lo haya hecho. Un libro donde se apuntan reflexiones en profundidad, algo muy de agradecer en medio de la zafia charlatanería que algunos confunden con el debate ideológico, y que Vox ha venido felizmente a superar.