Tiempos de esperanza

En el capítulo de las reacciones al pacto parlamentario en Andalucía entre los tres partidos que suman mayoría de votos y escaños, permítanme una nota al pie escrita desde Tarragona, donde hace escasos días se inauguró la primera sede de Vox en Cataluña.

El Diari de Tarragona ha publicado en el día de los Santos Inocentes un editorial titulado “El pacto de Andalucía, un primer aviso”. Lo único que me interesa de él son sus últimas palabras:

“Realmente es preocupante que la política española retroceda a los tiempos del franquismo. Si Andalucía, como temen algunos analistas, es el trampolín de la ultraderecha para entrar en el Congreso de Diputados, nos esperan tiempos de tribulaciones aún mayores.”

Esto es la página 4 del periódico. La siguiente la ocupa, a cuatro columnas, un artículo de una feminazi que arremete contra una sentencia favorable a una custodia compartida, despotricando como una energúmena contra la “moral judeocristiana” y la “ideología extremadamente machista” de la juez.

En las dos páginas anteriores puede leerse un reportaje sobre el crecimiento de la inmigración en Tarragona (un 60 %), encabezada por la procedente de Marruecos, y presentada por el diario como un paliativo de la crisis de natalidad.

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No estoy muy seguro de lo que el editorialista trata de decirnos con “los tiempos del franquismo”. Puede que se refiera a aquéllos en los que los impuestos eran bajos y no existía paro, no había ninguna crisis de la natalidad y los odios de la Guerra Civil habían sido superados por una inmensa mayoría de españoles, con víctimas en ambos bandos. O tal vez se refiera a la represión (sobre todo contra terroristas y comunistas) y la prohibición de los partidos políticos.

Vox es un partido que defiende decididamente la monarquía parlamentaria, el sistema de partidos y la independencia judicial. Todo ello es compatible (y lo último se vería además reforzado) con la reforma constitucional que propugna, reforma de la que también vienen hablando desde hace años los partidos de izquierdas, aunque con objetivos muy distintos y generalmente menos explícitos, sin que nadie se escandalice.

Como creo que el editorialista no ignora esto, deduzco que lo que le inquieta es más lo otro, la idea de una sociedad laboriosa, con un Estado más ligero y sostenible, con muchos más niños, y alejada de resentimientos como los cultivados por la memoria histórica o la ideología de género.

No me resulta fácil imaginar las “tribulaciones” que traería consigo la futura entrada de Vox en las Cortes. A lo mejor el editorial se refiere a la suspensión de la autonomía catalana, esa cuyo presidente suspira por una “vía eslovena”, que fue el prólogo del conflicto más sangriento en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. O quizás esté pensando en la irrupción de políticas que protejan y fomenten esa horrible familia natalista y heteropatriarcal, gracias a la cual estamos todos aquí.

Ojalá tengamos pronto esta clase de “tribulaciones”. Pienso votar por ellas en todas las ocasiones que se presenten, no para volver a ningún tiempo pasado, que algunos se empeñan en rememorar con obsesivo rencor, sino para que mis hijos tengan un futuro mejor.

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La Hidra y las sirenas

¡Oh amigos! No conviene que sean únicamente uno o dos quienes conozcan los vaticinios que me reveló Circe, la divina entre las diosas, y os los voy a referir… Nos ordena lo primero rehuir la voz de las divinales sirenas…, atadme con fuertes lazos, de pie y arrimado a la parte inferior del mástil… Y en el caso de que os ruegue o mande que me soltéis atadme con más lazos todavía.

Odisea, canto XII.

Me van a disculpar la propuesta de un neologismo un tanto bárbaro: progreblishment, que sería la contracción de establishment progresista. Toda sociedad tiene un establishment, es decir, un grupo de personas que ejercen el poder, no sólo desde el gobierno y las grandes corporaciones, sino desde muchas otras instituciones: comunicativas, académicas, religiosas, etc.

El establishment es un hecho consustancial a la civilización. Sólo desde la más simplona beatería democrática se puede caer en el error de pretender acabar con cualquier establishment, es decir, con el hecho de que exista una elite o grupo de personas que, en cada momento, ejercen el poder.

Lo que sí es válido y hasta obligado es la crítica de un determinado poder, o de cómo se ejerce. Admitido que se trata de un fenómeno inevitable y necesario, la cuestión es limitarlo para que no se produzca su hipertrofia orgánica, proceso que siempre termina comprometiendo la salud entera del cuerpo social.

Aquí es donde entra el elemento progresista, aunque de modo distinto al que habitualmente se considera. Porque el progresismo, más allá de su autopercepción como la lucha por los débiles, la libertad y la igualdad, es una ideología que legitima, a la corta o a la larga, el poder totalitario. Soy consciente de que debo justificar una afirmación tan a contracorriente.

El progresismo, reducido a su esencia, que puede tener distintos desarrollos, a veces incluso aparentemente antitéticos, es la tesis según la cual el ser humano puede lograr exclusivamente por sus propios medios y capacidades eliminar el mal en el mundo.

Todo progresismo es utópico, no necesariamente en el sentido de que pretenda conscientemente conseguir un mundo perfecto, sino en el de que tiende a creer que haya algún problema humano (la desigualdad, la violencia, la ignorancia, etc.) que tenga una solución total y definitiva.

El problema de esta tesis es que en ella va de suyo que el hombre es el creador de toda norma moral. Es decir, que la distinción entre el bien y el mal puede ser establecida por “expertos” y por legisladores, basándose exclusivamente en una racionalidad inmanente. El progresismo es por eso intrínsecamente contrario a la revelación de un Salvador divino. Si no la niega categóricamente, la relega al fuero interno, donde debe permanecer recluida prácticamente como si fuera algo impúdico.

La pretensión progresista de fundar la ética exclusivamente en la razón humana conduce invariablemente a un relativismo moral que rara vez se ejerce hasta sus últimas consecuencias o de modo enteramente coherente. Si tal cosa hiciera, produciría resultados tan aberrantes que la mayoría de progresistas se echarían atrás horrorizados.

Digamos que el progresismo prospera a base de no ser enteramente consecuente, o para ser más exactos, de no mostrar todas sus conclusiones lógicas de golpe, sino por fases. En cada fase, el concepto de lo que es aberrante retrocede un poco más, gracias a campañas de propaganda intensiva, realizadas en el doble frente del periodismo y el entretenimiento de masas.

Desde hace mucho tiempo, el establishment es progresista. Desde la ONU hasta el Ayuntamiento, desde los partidos políticos hasta las asociaciones vecinales, desde los grandes medios de comunicación hasta las novelas de moda, desde las grandes corporaciones hasta los sindicatos, desde la Universidad hasta la escuela de pueblo: el progresismo es la ideología abrumadoramente dominante, la principal legitimadora del poder sin límites.

Alicia V. Rubio, en su trascendental libro Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres, caracteriza a la ideología de género como una Hidra de mil cabezas, una imagen tomada de la mitología clásica que me parece igualmente apropiada para describir al progresblishment. No en vano el ultrafeminismo constituye el núcleo del progresismo actual.

Esta naturaleza multiforme nos indica el camino a seguir para resistir al progresblishment. Ante todo, es imperativo percibir, por debajo de sus variantes y ramificaciones, su unidad fundamental. Sólo así es posible, si no derribar al progreblishment, al menos mantener viva la resistencia. No la hay digna de tal nombre si se limita a una serie de asociaciones o incluso partidos políticos que sólo se centran en cuestiones concretas, sectoriales o superficiales.

Por eso veo con ilusión y esperanza la emergencia de Vox, un partido que no teme abordar de frente todos los temas en los que el progresblishment lleva décadas imponiendo su pensamiento y sus leyes: el modelo territorial del Estado, la valoración de nuestro pasado, el estatismo socialdemócrata, el multiculturalismo globalista y la ideología de género.

Ya están surgiendo numerosas voces que no se sienten cómodas con este carácter de resistencia global de Vox, bien porque en el fondo abrigan la tesis fundamental del progresismo, aunque se aparten de algunas de sus derivadas, bien porque consideran que el partido fundado por Santiago Abascal y José Antonio Ortega Lara debe “limar aristas” en algunos asuntos (aborto y matrimonio homosexual, por ejemplo) para ampliar su base electoral.

En realidad, ambas posiciones son la misma: quien ve la política predominantemente como mercadotecnia ya está de algún modo admitiendo que no hay más verdad que la que procede del hombre, que no hay nada por encima de la voluntad popular, no hay un derecho natural, ni instituciones como la familia, la nación y el “orden espontáneo” en general, que sean anteriores al Estado e independientes de una sacrosanta opinión pública; por otra parte tan manipulable.

Por eso, el principal desafío de Vox no es obtener un determinado número de votos en las próximas citas electorales (aunque eso sea muy importante), sino mantenerse fiel a sí mismo. Eso sólo lo logrará desoyendo los cantos de las sirenas, para lo que deberá amarrarse bien al mástil de los principios y así poder mantener el rumbo de la nave, en el proceloso mar del relativismo. Toda una odisea moderna.

Voluntarismo y feminismo radical

Una de las características esenciales del progresismo es el voluntarismo: creer que basta con querer algo, con que haya voluntad política (“¡sí se puede!”), para obtener cualquier resultado deseable. Así, se habla de “blindar” determinados “derechos sociales” en la Constitución, como si para garantizar las prestaciones públicas (pensiones, sanidad, etc.) bastara una reforma legal, y lo de menos fuera que la sociedad genere riqueza suficiente para permitirse tener mejores hospitales o pagar más a sus jubilados. Ya el hecho de llamar “derechos” a lo que no son sino servicios que alguien debe costear es, en sí mismo, voluntarismo.

Otro ejemplo claro de voluntarismo es la exigencia de que exista cero criminalidad, en especial la que afecta a determinados tipos de víctimas, aquellas que la red social Twitter llama “categorías protegidas”, por razón de raza, religión, género, orientación sexual o discapacidad. De hecho, esta exigencia se extiende no sólo hacia los delitos que puedan sufrir mujeres, homosexuales o minorías étnicas, sino hacia cualquier tipo de diferencia, dando por sentado que sólo puede explicarse por algún tipo de discriminación injusta.

El voluntarismo se manifiesta notoriamente en determinadas expresiones de los formadores de opinión, vertidas habitualmente tras noticias de asesinatos de mujeres. “Algo estamos haciendo mal como sociedad”, “esto es un fracaso de todos”, “hay que acabar con esta lacra”, “ni una más”, etc., etc. Toda esta retórica revela una concepción extremadamente pueril de la vida, propia de personas que se sorprenden, o fingen sorprenderse por una suerte de impostada inocencia, de la existencia del mal, y tratan de buscar explicaciones estructurales, extendiendo la culpabilidad a entes abstractos o colectivos como el patriarcado o los varones en general, como si así demostraran su mayor compromiso en favor de las víctimas.

No resulta cómoda la crítica a esta retórica “comprometida”, porque quien la ejerce se expone, con total seguridad, a ser tachado ya no de insensible, sino de justificar a los criminales. Lo paradójico es que son estos “comprometidos” o “progresistas” quienes suelen oponerse a la cadena perpetua, una medida penal que, si bien tampoco reduciría a cero los atentados contra la vida humana, al menos es innegable que hubiera podido evitar la muerte violenta de muchas personas con nombres y apellidos: todas aquellas que murieron a manos de un condenado por asesinato, en libertad tras cumplir un tiempo más o menos largo de reclusión.

A fin de cuentas, es lógico que el progresismo se oponga a la cadena perpetua: es otro ejemplo de pensamiento voluntarista, de creer que puesto que el legislador ha decidido que todo delincuente se tiene que reinsertar, lo va a hacer. No se digna a considerar la experiencia de miles de casos que lamentablemente contradicen tan buenas intenciones.

Probablemente la variante más extrema de pensamiento voluntarista sea la ideología de género. Aquí ya no se trata sólo de querer acabar con la violencia contra las mujeres, intención tan noble como lo es pretender acabar con cualquier tipo de violencia, sino de poner bajo sospecha todo aquello que no aparente proceder de la voluntad humana. Esta ideología niega la naturaleza como factor explicativo, sustituyéndola por el fantasma del “sexismo”. Por ejemplo, si hay más mujeres enfermeras que enfermeros, se descarta a priori que ello pueda deberse a una inclinación natural de las mujeres y se postulan los efectos de una supuesta educación sexista que las encasilla en tareas de cuidados, análogas a la maternidad.

Por eso, ya no sólo se trata de luchar contra la violencia y otras formas de injusticia innegables, sino que el asesinato de una mujer a manos de un hombre pasa a ser sólo una manifestación más, aunque en grado sumo, de la desigualdad promovida por el machismo. Y en el machismo cabe cualquier tipo de diferenciación entre ambos sexos, incluso viejas normas de cortesía como ceder el paso a una mujer.

Si esta manía igualitaria alcanza extremos ridículos, estos no son lo peor. Lo grave es que, en su furia igualadora, el feminismo radical no admite que las mujeres adopten sensatas medidas de precaución, como por ejemplo evitar paseos solitarios por determinados parajes o calles. Estas medidas, insisto en ello, nunca erradicarán el mal por completo, pero sí pueden salvar muchas vidas. Sin embargo, embriagado de voluntarismo, el feminismo radical se niega en redondo a considerar cualquier comportamiento bajo otro punto de vista que no sea el de los sagrados “derechos”. ¿Es que no tenemos derecho a correr solas, es que no tenemos derecho a salir de noche y a emborracharnos?, se pregunta con retórica indignación.

Tener derecho a algo no implica siempre que ese algo sea realizable ni recomendable. Ningunos padres que le aconsejan a su hija una forma de vestir menos llamativa o unos horarios prudentes están justificando que la violen: sólo intentan protegerla. Que las mujeres sean más vulnerables a determinados tipos de agresiones que los hombres no significa que se las agreda “por el solo hecho de ser mujeres”. Significa que somos iguales en derechos, pero desiguales en muchos aspectos, como la fuerza muscular o la variabilidad psicológica, es decir, la proporción de personas que se apartan del promedio en determinados atributos. La variabilidad se observa por ejemplo en el hecho de que haya más premios Nobel de ciencias masculinos, pero también, y está científicamente comprobado, más varones imbéciles o con rasgos asociales.

Hay muchas otras asimetrías entre los sexos que no producen ningún escándalo. A nadie se le ocurre acusar al “matriarcado opresor” de que los hombres sufran mucha mayor mortalidad que las mujeres por violencia o por accidentes, ni de que realicen los trabajos más duros o de que haya muchos más varones que mujeres viviendo en la calle. Forma parte de la naturaleza de las cosas, y en absoluto está claro que realmente podamos cambiar todo lo que se nos antoje: ni siquiera que sea deseable. ¿Realmente hemos pensado cómo sería un mundo de seres andróginos o asexuados, en el que no existiera ninguna diferencia entre los sexos? Y aunque fuera posible ¿cómo sabemos que en ese mundo tampoco existiría el mal?

El igualitarismo radical no es más que un aspecto de la arrogancia voluntarista. Una arrogancia que nos ciega ante la realidad, y que por tanto sólo puede causar más dolor del que es inevitable en este mundo.

Pérfida equidistancia

Xavier Fernández José firma en el Diari de Tarragona, del cual es Redactor Jefe, una breve columna donde muestra su inquietud por “la alta tensión que se vive en Cataluña” y se pregunta: “si pasa algo irremediable [eufemismo que vale por “si hay muertos”], ¿quiénes serán los culpables?”. (Cuando escribo esto, el artículo, titulado así, “¿Quiénes serán los culpables?”, no está aún colgado en la edición digital.)

Fernández se responde seguidamente: “Está muy claro: Torra, Puigdemont y el independentismo radical, por un lado. Ciudadanos, PP y sus amigos de Vox, por otro. Al mismo nivel.” Más claro, imposible. Quienes movilizaron a las muchedumbres el 1-O, y en días previos, para que obstruyeran la acción de la Justicia y de las fuerzas policiales; quienes acosaron a los agentes de la policía en sus alojamientos con la intención expresa de expulsarlos de Cataluña, quienes cortan carreteras y realizan otros actos de vandalismo, quienes pretenden impedir violentamente el derecho de manifestación de sus adversarios políticos…, todos ellos están “al mismo nivel” que los jueces, policías y dirigentes políticos que defienden la legalidad y tratan de proteger, con mayor o menor acierto, los derechos de todos los ciudadanos. En síntesis, quienes violan el orden constitucional serían tan culpables como aquellos que se mantienen fieles a la ley.

Aparentemente, Fernández reparte estopa en ambas direcciones. Echa en cara a Gabriel Rufián “su chulería, su egocentrismo, su provocación constante, su mala educación, su odio.” Pero dedica más del doble de palabras, y no menos duras, a criticar al PP, al PSOE, a Ciudadanos y a Vox. (Podemos y sus franquicias regionales se libran, curiosamente). De los partidos que defienden la legalidad y la unidad de España, afirma que “buscan desesperadamente una excusa para inyectar su receta de odio y represión” y, en un audaz desplazamiento de la culpabilidad, los acusa de querer “cargarse la libertad de expresión en TV3 y convertir a los Mossos, ellos sí, en una policía política. Para conseguirlo no tienen límite alguno. Su fin justifica cualquier medio.”

No contento con ello, y pese a la brevedad del texto, Fernández menciona el caso de los ERE en Andalucía, e incluso, sin venir demasiado a cuento, reprocha a José María Aznar su papel en la guerra de Irak. Lo cual probablemente explica que se haya quedado sin espacio para aludir a la cleptocracia del pujolismo. Tampoco se olvida de Mariano Rajoy, de quien desliza que se negó a acceder a las “legítimas aspiraciones” de los separatistas, y no duda en comprar el lenguaje de “presos políticos” y “exiliados” utilizado por estos.

Sinceramente, no me gustaría que si un día sufro un atraco, me tocara un juez con una lógica tan retorcida como la que traslucen las palabras de Xavier Fernández. Imagino que acabaría siendo condenado junto con el atracador, por no llegar pacíficamente a un acuerdo sobre la propiedad de mis efectos personales. Tampoco descarto que mi pena se viera agravada por haberme atrevido a denunciar el robo a la policía, en lugar de abrirme a un diálogo constructivo con mi atracador.

Lo que en un juzgado resultaría surrealista e inverosímil, es desgraciadamente el pan nuestro de cada día en numerosas tribunas periodísticas, desde las cuales se atenta sin el menor pudor contra el sentido común. Este nos dice que los culpables del conflicto en Cataluña son principalmente quienes llevan décadas inculcando el odio a España mediante la mentira y la manipulación emocional. Entre estos hay no pocos periodistas, unos indisimuladamente partidarios del separatismo y otros más pérfidamente equidistantes.

¿Tanto cuesta leerse el programa de Vox?

Dice Álvaro Vargas Llosa en ABC que “Vox no es fascista, pero es la dimensión iliberal de la derecha española.” Y basa su afirmación en la propuesta de Vox de suprimir las comunidades autónomas, en su defensa de la soberanía nacional frente a las intromisiones de Bruselas y en que ha recibido “votos de izquierda” en las elecciones andaluzas.

Lo último me deja perplejo. Por lo visto, ser de izquierdas sería una esencia inmutable de la persona, como la etnia o el sexo biológico, si es que hay otro. Don Álvaro coincidiría de algún modo con esos progresistas que opinan que un obrero que vota a la derecha tiene que ser idiota. Pero no hay que descartar otra explicación: también se puede dejar de ser de izquierdas, especialmente cuando te das cuenta de que te han estado engañando.

Respecto a la cuestión territorial, si identificamos sin más descentralización con liberalismo, las guerras del siglo XIX entre liberales y carlistas serían sencillamente ininteligibles. Pero dejando de lado esto, Vox no se opone a la descentralización per se, sino a la fragmentación y la cesión de la soberanía nacional, que es algo distinto. Un cierto grado de descentralización administrativa, con municipios y diputaciones provinciales dotados de importantes competencias, es perfectamente compatible con la existencia de un único parlamento y un único gobierno.

Por lo demás, Vox no es un partido eurófobo, no propone un referéndum sobre nuestra continuidad en la UE, ni volver a la peseta. Pero se alinea con el grupo de Visegrado (Polonia, República Checa, Eslovaquia y Hungría), países que no están dispuestos a que desde Bruselas les impongan la ideología de género, el abortismo ni cuotas de inmigrantes musulmanes, que ya sabemos lo liberales que son.

En el párrafo final de su artículo, el hijo del gran novelista se pregunta: “¿Qué deben hacer los liberales frente a Vox?” Y seguidamente se autorresponde: “Seguir en lo suyo: defender las libertades, la Constitución, la España europeísta, la libre empresa y el libre comercio, una creciente libertad de elección en temas que antes eran tabú, como la educación y la sanidad, y la reforma valiente de un Estado del bienestar desbordado por la realidad.”

Pues bien, dejando de lado la cursilería de “la España europeísta”, que puede significar cualquier cosa y nada, da la casualidad de que Vox defiende todos esos puntos de manera mucho más clara y decidida que ningún partido con representación en las Cortes.

Vox es el único partido que propone derogar las liberticidas leyes de Memoria Histórica y de Violencia de Género, que imponen una auténtica dictadura del pensamiento y que, en caso de la segunda, cuestiona principios tan básicos del liberalismo como la igualdad ante la ley y la presunción de inocencia.

Vox es el partido que ha defendido más decididamente nuestra Constitución, siendo el único que se ha presentado como acusación popular contra los golpistas separatistas de Cataluña.

Vox es el partido que defiende el recorte de impuestos más drástico, además de la eliminación de cinco normas reguladoras del comercio y la industria por cada una nueva que se promulgue, la liberalización del suelo y la protección de la propiedad privada frente a la okupación y los asaltos a viviendas.

Vox defiende también el cheque escolar, la fórmula que otorga mayor libertad a los padres para elegir la educación de sus hijos, garantizando al mismo tiempo el acceso universal a la enseñanza.

Vox es el único partido que defiende un sistema mixto de pensiones (de reparto y basado en el ahorro privado). Todavía me acuerdo del famoso debate entre Pizarro y Solbes en las elecciones generales de 2008, donde el supuesto gran fichaje liberal del PP renegó despavorido de haber propuesto jamás algo semejante.

Si a pesar de todo ello Vox es un partido “iliberal”, el Partido Popular y Ciudadanos deben ser marxista-leninistas de línea dura. Sin embargo, a don Álvaro lo que le preocupa es Vox, y no el PP que teniendo mayoría absoluta subió los impuestos y mantuvo todas las leyes liberticidas de Rodríguez Zapatero.

Posiblemente muchos votantes de Vox lo hayan votado ante todo por su discurso patriótico y su firmeza frente al separatismo catalán; puede incluso que desconozcan las medidas más liberales de su programa. Pero barrunto que Álvaro Vargas Llosa tampoco se lo ha leído.

Vox y la verdadera solidaridad con los inmigrantes

Entrevistado en RNE sobre Vox, Monseñor Argüello, que es secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal, dijo básicamente dos cosas: la primera, que le preocupan “el escenario con Vox y también las reacciones hacia Vox”, en referencia a las violentas manifestaciones azuzadas por Pablo Iglesias contra los resultados de las elecciones andaluzas.

En segundo lugar, el obispo manifestó su inquietud por la cuestión de la inmigración, uno de los temas centrales del programa de Vox, recordando que es deber cristiano acoger a “aquellos que huyen de situaciones de dificultad, injusticia o hambre”. Lo cual merece algunos comentarios.

Sin duda alguna, el espíritu de acogida al extranjero es consustancial al cristianismo que profesamos probablemente la mayoría de afiliados y simpatizantes de Vox. “Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis…” (Mateo, 25, 35.)

Ahora bien, Vox en absoluto se opone a dicho espíritu. Al contrario, en la medida 99 de su programa, que no por ser la penúltima es menos importante, el partido de Santiago Abascal y Ortega Lara defiende la creación de una Agencia de ayuda a las minorías cristianas perseguidas, principalmente en Oriente Medio y en África, según el modelo de Hungría.

Los medios de comunicación y las ONG que dedican considerables recursos a concienciarnos, por ejemplo, sobre las penalidades de la minoría rohingya (musulmanes expulsados de Myanmar tras décadas de violentos conflictos con los budistas) mantienen al mismo tiempo un silencio casi absoluto sobre el genocidio cristiano en Irak y otros países. Curiosa solidaridad selectiva.

La primera condición para ayudar al necesitado es identificar quién lo es realmente, quiénes son los perseguidos, quiénes huyen de la auténtica miseria. La duda razonable que asalta a cualquier persona que sea capaz de pensar por su cuenta es, en primer lugar, si la mayoría de los inmigrantes que tratan de entrar ilegalmente en Europa son realmente perseguidos en sus países de origen. No me vale Libia si entraron allí por propia voluntad, ni Siria cuando no sabemos realmente en qué bando estaban.

En segundo lugar, cabe preguntarse si son realmente los más pobres. ¿Tan pobres son quienes pagan miles de euros a las mafias de tráfico de personas y tienen fuerza y salud suficientes para saltar las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla, andar en caravanas de miles de kilómetros o aventurarse en duras travesías marítimas?

No debemos perder de vista que los principales responsables de que tantas personas mueran ahogadas tratando de cruzar el Mediterráneo son las mencionadas mafias de tráfico de personas, así como las ONG que colaboran con ellas, encubriendo su complicidad con una retórica hipócritamente emocional. Y sobre todo, no debe olvidarse el efecto llamada del asistencialismo estatal europeo.

Gran parte de los inmigrantes se sienten fatalmente atraídos por la promesa de unas generosas ayudas (generosas con el dinero de los contribuyentes, claro) que garantizan niveles de vida muy superiores a los de sus países de origen, sin apenas necesidad de trabajar fuera de la economía sumergida ni de integrarse culturalmente, salvo para empaparse bien de las mil triquiñuelas administrativas que permiten acumular subsidios y prestaciones gratuitas.

Hay un abismo entre el auténtico necesitado, que sólo pide una oportunidad para restablecerse de sus penurias y poder empezar cuanto antes a ganarse la vida, y el parásito oportunista, que no llega rogando caridad sino exigiendo “derechos” desde el primer momento, instruido a conciencia por ONG fuertemente ideologizadas.

Si además la “solidaridad” se carga sobre las espaldas de las clases medias y bajas, que son las que asumen el coste, tanto fiscal, como en términos de colapso de servicios públicos, competencia por los empleos menos cualificados, incremento de la delincuencia y presión cultural, no sólo deja de tener algo que ver con la caridad cristiana, sino que se convierte en una auténtica burla.

Dar una manta al que pasa frío quitándosela a otro no es ser solidario. Es ser, en el plano colectivo, un demagogo o un ingeniero social: de esos que promueven la inmigración masiva desde sus lujosas mansiones protegidas por altos muros y por la policía.

Aquí un monstruo de Vox

La espectacular irrupción de Vox en el parlamento de Andalucía ha puesto de los nervios al progresismo abrumadoramente dominante. Al partido presidido por Santiago Abascal le están llamando de todo menos bonito. Lo más suave es extrema derecha y ultraderecha. Quienes pensamos (hablo al menos por mí) que la izquierda es un error multiforme no deberíamos, en teoría, ofendernos porque nos dijeran que somos muy de derechas, es decir, que defendemos resueltamente lo que creemos que es la verdad. El problema es que ultraderecha y extrema derecha se utilizan como sinónimos de fascismo, y eso sí que es mentira. No digamos ya cuando se nos tilda de racistas, machistas y otras lindezas.

En El País del día posterior a las elecciones andaluzas, además de los consabidos epítetos citados, se pudieron leer cosas como “populismo neofascista”, “supremacista” (¡sic!) o, señalando a los dirigentes del partido liberal-conservador, “friquis… con garrote y taparrabos” (Manuel Jabois.)

Como ha señalado Francisco José Contreras, catedrático de la Universidad de Sevilla y miembro del Comité Ejecutivo Provincial de Vox, en un artículo titulado ¿Por qué no es Vox fascista?, es imposible que lo sea un partido que pide reducir drásticamente el peso del Estado o que defiende la máxima libertad educativa, como es el cheque escolar. (Dicho sea de paso, vi anoche al profesor Contreras en una tertulia en Canal Sur y no iba con taparrabos de leopardo ni garrote, sino con traje y corbata.)

Pero los argumentos les dan absolutamente igual a nuestros adversarios, porque fascismo, facha y toda la familia semántica que acompaña a estos términos no son elementos de análisis ni de debate, sino armas arrojadizas, meros exabruptos. Son en realidad lo contrario del debate racional: de lo que se trata es de demonizar y deshumanizar las ideas y propuestas de Vox de tal modo que mucha gente no ose siquiera escucharlas, tomarlas en consideración aunque sólo sea para discutirlas racionalmente, con argumentos. Basta rechazarlas con tres o cuatro consignas preventivas.

Para ello, nada es tan útil como la palabra fascista, una de las más tóxicas del lenguaje político, porque como digo, no sirve para abrir debates, sino para cerrarlos . ¿Esto o alguien es fascista? Pues no hay más que hablar, a la hoguera con él, o a machetazos, como amenazaban las hordas ultraizquierdistas en sus manifestaciones violentas, en respuesta a los resultados de unas elecciones democráticas.

Según Umberto Eco, el fascismo creado por Mussolini era más una retórica que una ideología coherente, a diferencia del nacionalsocialismo hitleriano. Sin embargo, ello no impidió al escritor italiano postular, para mí de modo un tanto incongruente, un “fascismo eterno”, al que sintetizó por una serie de rasgos que ni siquiera es preciso que se den todos a la vez para tachar algo como fascista. Salvo cuando se detectan en la izquierda, como sucede con la violencia: entonces caracterizarla de fascista no vale.

Lo decisivo es que mediante una amplificación desmesurada y sesgada del significado del término se pueden catalogar tanto un conservadurismo burkeano o un tradicionalismo de matriz católica (ingresarían, supongo, por el sumo delito contrarrevolucionario de “culto a la tradición”), como un nazismo “decididamente anticristiano y neopagano”, según la definición del propio Eco.

Esta es la auténtica función del adjetivo fascista, criminalizar cualquier forma de pensamiento contraria al progresismo, por el insidioso procedimiento de emparentarla, en primer o segundo grado, con Hitler.

Debe reconocerse que cuando intelectuales de la talla de Umberto Eco se prestan a semejante fraude, no es nada fácil luchar contra él. Si te opones al aborto o a la agenda LGTB te llamarán con suerte ultraderechista, que no es más que la forma relativamente fina de llamarte nazi hijo de puta.

El truco no por burdo y evidente deja de ser sumamente efectivo: Se trata de sugerir que quien se opone al aborto es un misógino al que no le importa que las mujeres mueran en clínicas abortistas clandestinas; que quien no desea que sus hijos sean adoctrinados en ideología de género, volvería a fusilar a Federico García Lorca; que quien está contra la inmigración ilegal es un xenófobo desalmado al que no le preocupa que cientos de africanos se ahoguen en el Mediterráneo; y que quien luce con orgullo la bandera rojigualda en el balcón no abriga más que odio a los catalanes.

Un profesor de instituto que se define en su cuenta de Twitter (@JuanitoLibritos) como “abiertamente gay y de izquierdas”, se ha lamentado en esta red social, y en un artículo publicado en el digital Sur, de que varios de sus exalumnos hayan votado a Vox. “No les sirvió de nada lo poco o lo mucho que mis compañeros y yo les enseñamos: al final acabaron siendo fascistas. Fascistas nacidos cerca del año 2000. Fascistas adolescentes con acento andaluz.”

Juanito Libritos reconoce no sin perplejidad que se trataba de “adolescentes normales”, algunos incluso buenos estudiantes, lo cual le lleva a sentirse dolorosamente responsable por no haber dado más importancia a los síntomas de que en esos chavales se estaba incubando el germen del fascismo. Ni por un instante se le ocurre pensar que a lo mejor quien debería revisar algunos prejuicios es él; que quizás esos buenos chicos votaron a Vox porque no se trata de ningún partido fascista, que promueva perseguir a los extranjeros, ni a los homosexuales, ni a los catalanes, ni destruir la democracia parlamentaria, sino que todo ello se reduce a delirios paranoicos, alumbrados por mentes sectarias como la suya.

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Por cierto que el sectarismo casa mal con aquel elegante escéptico que era Oscar Wilde, por quien Juanito Libritos confiesa su admiración en un tweet. Admiración literaria que comparto con él, como posiblemente más cosas que difícilmente imaginará, mientras siga pensando que quienes discrepamos de sus ideas políticas sólo podemos ser unos descerebrados o unos monstruos. En mi caso, un monstruo con acento catalán.