Los últimos días de Cleptoluña

Debo empezar por una confesión de ingenuidad. Esta semana Actuall publicaba mi artículo Los Roque Guinart de CDC, en el que rememoro al bandolero catalán que aparece en el Quijote para dejar caer unas prudentes –demasiado prudentes– insinuaciones sobre el carácter cleptocrático de la oligarquía catalana. El trepidante ritmo de la actualidad ha venido a demostrar que la comparación con el bandolerismo catalán del siglo XVII se queda corta, y que Roque Guinart y sus secuaces eran unos aficionados, qué digo, unos niños de teta, al lado de la famiglia Pujol y la cúpula de CDC.

Las revelaciones de La Razón de ayer no deberían quedar eclipsadas por la sedición independentista por entregas a la que estamos asistiendo, ni menos aún por la desorientación que provocan las cifras de muchos ceros a quienes nos hemos criado con la peseta. Si es cierto –y no me cabe ninguna duda de ello– que el clan Pujol oculta en Belice 900 millones de euros (150.000 millones de pesetas), nos encontramos tal vez ante el caso de corrupción personal más desaforado de la historia de España. Para que se hagan una idea, la deuda de la Generalitat con las farmacias es de 330 millones, poco más de un tercio de los fondos que los Pujol trasladaron de Andorra a un entorno más seguro, bien que inútilmente. (Un aplauso para la UDEF, qué coño es.) Y todo ello no sería más que una parte de la trama del famoso tres por ciento.

Aunque siempre lo habíamos sospechado, ahora podemos afirmar documentadamente que el nacionalismo catalán se ha dedicado durante décadas a saquear la patria que tanto dice amar. Es decir, a robarnos a todos los catalanes, y también al resto de españoles, que han contribuido generosamente a financiar las infraestructuras y obras olímpicas, cuyas jugosas comisiones iban a parar a los bolsillos de unos salteadores con pañuelo cuatribarrado.

La dimensión del atraco es tal, que lleva a replantearme mi instintivo recelo hacia las explicaciones crematísticas del separatismo, tan deudoras de ese marxismo vulgarizado que en todo cree hallar un mezquino motivo económico. Al final, va a resultar que es verdad: que Artur Mas y compañía se han lanzado a la aventura secesionista con el único o principal fin de escapar a la acción de la Justicia, rompiendo a plena luz del día con los últimos restos de legalidad que aún fingían respetar.

Las filtraciones de tensiones en el seno del govern provisional, por el pacto golpista con la CUP, desveladas por varios periódicos y corroboradas por el siempre bien informado Salvador Sostres, vendrían a reforzar la tesis de que Mas está simplemente tratando a cualquier precio de salvar su propio pellejo, precio que de todos modos no pagaría él, sino los catalanes corrientes, en cuanto cayéramos en manos de los catasunos de la CUP. Puede que el presidente en funciones haya calculado que estos pondrán sordina a sus atrabiliarias exigencias comunistas a cambio de independencia, pero aunque esto se verificara, poco iba a animar a cualquiera que estuviera pensando invertir un euro en la tierra de Gaudí. Y ni siquiera está claro que los antisistemas de alpargata vayan a incumplir la promesa hecha a sus trescientos mil votantes de no darle la presidencia a Mas.

Por supuesto que el secesionismo no se explica sólo como la coartada de una cínica cleptocracia, pues no existiría sin los dos millones de votantes que lo han apoyado en las recientes elecciones autonómicas. Pero no es menos cierto que buena parte de estos votantes han estado cultivados durante tres décadas por la escuela y los medios de comunicación dominados por la cleptocracia. Y que ha sido fundamentalmente la clase dirigente (no la sociedad) la que ha dado el salto desde el nacionalismo supuestamente moderado de Pujol, con su pacto no escrito con los gobiernos de Madrid de no interferencia en su trama recaudatoria, a cambio de estabilidad política, hasta la ruptura golpista con la Constitución y con una unidad de quinientos años, la más antigua de Europa.

Y también por supuesto, la ruptura de España es algo más grave que el saqueo del 3 %, porque sus consecuencias serían irreversibles e incalculables. Pero Al Capone fue encarcelado por delitos fiscales, no por otros mucho peores. Poco importa el medio, mientras la banda criminal que señorea Cataluña termine pagando por sus fechorías. Cierto que las ha cometido con el apoyo de tantos idiotas, entre los que me cuento; aunque esto fue hace muchos años, cuando Aznar hablaba catalán en la intimidad y Pujol sabía embelesarnos tan bien con su interpretación de venerable maestro zen.

Más pronto que tarde, si el gobierno hace lo que tiene que hacer (ahí residen mis únicas dudas), podremos valorar las virtudes dramatúrgicas de Artur Mas, en el papel de mártir de la patria catalana entre rejas. También tendremos la oportunidad de evaluar la actuación coral de los separatistas de calçotada que proliferan en el sector político-administrativo, cuando el día que por fin vaya la policía a detenerlos por obedecer órdenes anticonstitucionales y desobedecer las contrarias, se orinen en los pantalones. Ardo en deseos de que empiece el espectáculo, pero aún más de que termine de una puñetera vez, y asistamos a los últimos días de Cleptoluña.

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¿En serio es posible la ética sin religión?

Hoy es una tesis casi universalmente admitida que la ética no necesita de la religión. (Cuando hablo de religión, pienso básicamente en el cristianismo, aunque lo que diga pueda hacerse extensivo, en ocasiones, a otras religiones.) El razonamiento general suele ser que el bien y el mal existen por sí mismos, independientemente de la voluntad de Dios. O dicho de manera que todo el mundo lo entienda: matar y robar estaría mal, incluso aunque Dios no existiera.

Esto lo admiten en general los propios creyentes. Más aún, muchos de ellos privilegian los argumentos éticos laicos sobre los religiosos, con la intención de suscitar acuerdos más amplios entre creyentes y no creyentes. Así, por ejemplo, es común entre los católicos provida asegurar que la defensa del derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural se fundamenta en consideraciones del humanismo laico e incluso científicas, sin relación con ninguna fe religiosa.

Ahora bien, cuando analizamos los razonamientos que pretenden fundamentar una ética laica, las cosas no parecen tan sencillas. Para el agnóstico, cabe al menos la posibilidad de que los seres humanos no seamos más que un accidente molecular, una azarosa y efímera conjunción de estructuras atómicas. Desde este punto de vista, el único sentido que parece tener la moral es que nos permite hacer nuestra vida más agradable. No hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros (la “regla de oro”) sería, en definitiva, un tipo de conducta más inteligente que la miope persecución del interés egoísta inmediato. Actualizando este viejo razonamiento con algo de teoría de juegos y etología animal, resolveríamos el misterio del origen de la moral y quedaríamos como tipos informados, todo por el mismo precio.

Sin embargo, con ello ni siquiera hemos rozado realmente el misterio. La cuestión no es cómo pudieron surgir comportamientos altruistas en el mundo animal, sino si el altruismo no tiene otra justificación que la optimización de la especie. O dicho de modo que se me entienda. Aunque admitiéramos que el altruismo tiene ventajas evolutivas innegables ¿qué le impide a un individuo concreto, a quien el futuro de la especie le importe un pimiento, realizar un acto inmoral que le beneficie, sobre todo si tiene motivos razonables para creer que no será descubierto ni por tanto castigado por ello?

Esta pregunta no debe confundirse con la retórica cínica de alguien que dijera algo así como “¿por qué no puedo hacer lo que me venga en gana, si nadie me lo impide, o nadie se entera?” Por el contrario, se trata, al menos en mi caso, de alguien que siente que debemos hacer lo correcto, pero se pregunta honestamente de dónde surge ese sentimiento. ¿Se trata sólo de una especie de instinto socializador o de empatía? O dicho con términos menos pedantes: ¿se trata realmente sólo de un sentimiento?

Kant negó en efecto que se tratara de un sentimiento. Para el filósofo prusiano, el imperativo categórico de actuar conforme a leyes de validez universal se desprende de la razón pura práctica, que procede con independencia de cualquier consideración de interés egoísta. Esto puede sonar muy profundo, pero en realidad no dice nada en absoluto. Que llamemos racional a la conducta que pretendemos justificar no nos acerca lo más mínimo a esa justificación. Pero el caso es que la consecuencia principal de la filosofía kantiana fue reafirmar en las generaciones de intelectuales subsiguientes la idea de que la moral puede fundamentarse sin apoyarse en el cristianismo, y poco importa que la intención del pensador de Königsberg fuera por el contrario rescatar a la moral y la religión del escepticismo de Hume.

El enigma permanece después de Kant, y por ello Wittgenstein pudo formularlo en el siglo XX con toda su pureza:

“Cuando se asienta una ley ética de la forma «tú debes…» el primer pensamiento es: ¿y qué, si no lo hago? Pero está claro que la ética nada tiene que ver con el premio y el castigo en sentido ordinario. Esta pregunta por las consecuencias de una acción tiene que ser, pues, irrelevante. Al menos, estas consecuencias no deben ser acontecimientos. Porque algo correcto tiene que haber, a pesar de todo, en aquella interpelación. Tiene que haber, en efecto, un tipo de premio y de castigo éticos, pero éstos han de residir en la acción misma.” (Tractatus, 6.422.)

En realidad, el enigma ético es irresoluble si se plantea desde el punto de vista agnóstico, poniendo a Dios entre paréntesis. Porque aunque sea cierto que el bien y el mal no se reducen a la voluntad de Dios, tampoco pueden comprenderse desde el inmanentismo. O sólo pueden comprenderse, efectivamente, como un sentimiento, es decir, como una programación cerebral que podría ser reescrita por totalitarios liberados de “prejuicios”, exactamente como hicieron nazis y comunistas, que desdeñaron las emociones subjetivas (empezando por la compasión) como obstáculos en la realización de sus delirios sociales.

El bien y el mal no se reducen a la voluntad del Dios cristiano, que es un Dios racional, a diferencia del islámico. Pero admitida su existencia, todo bien procede de Él, y por tanto es imposible comprenderlo haciendo abstracción del Creador. Sólo si en el origen de todas las cosas existe un principio personal, tiene un sentido no retórico hablar de la dignidad de la criatura humana. Sólo si hemos sido creados por Dios tiene sentido decir que la esencia del hombre consiste en realizar el bien, el cual se identifica con el amor infinito del Creador. Si por el contrario no hubiese Dios, ni la más compleja interacción molecular podría generar una ley moral universal y eterna, fuera de meros sentimientos de empatía que optimicen la reproducción de genes egoístas; más allá de emociones contingentes y manipulables por aprendices de Fausto con batas blancas mercenarias, al servicio de camisas negras o rojas.

El mejor libro de ética jamás escrito sigue siendo probablemente la Ética a Nicómaco de Aristóteles, a pesar de que el pensador griego no tenía la noción del Creador. Sin embargo, su ontología se basa en la identificación del ser con el bien, lo cual debería haberle conducido a la idea de que el fundamento de todo lo existente es un principio personal. Pues el bien no puede entenderse desligado del concepto de persona; no existirían el bien y el mal en un mundo deshabitado de entes personales. Más aún: es imposible que existan personas si la realidad no procede, constitutivamente, de un acto creador, de un acto personal.

No hace mucho, el periodista Luis del Pino dijo: “Creo más en el derecho a la vida cuanto más agnóstico soy”. (Dicho sea de paso, ojalá todos los agnósticos pensaran igual.) Su argumento es que, si no hay otra vida después de la muerte, tanta más razón hay para que no se pueda negar a nadie “la oportunidad de vivir su única vida”. Pero si sólo hay una vida, morir equivale a volver al mismo estado en que nos encontrábamos antes de nacer, es decir, a no haber existido nunca.

Siempre (¡incluso cuando yo mismo era agnóstico!) me ha parecido una falacia el carpe diem asociado a la idea de “solo se vive una vez”. Con esa misma creencia en la fugacidad de la vida se puede justificar cualquier cosa, pues si al final solo va a triunfar la nada, ¿qué diablos importa nada? El más consumado vividor, aquel que apura todos los placeres de la vida con la convicción de que no tendrá otra ocasión para ello, deberá admitir, partiendo de esa misma convicción, que no se va a llevar ningún recuerdo; que cuando todo termine, terminará absolutamente y no habrá diferencia alguna entre él y el más estricto de los ascetas. Todas las juergas o gestas del primero habrán adquirido la misma categoría ontológica que las voluntarias privaciones del segundo: serán menos que humo, no serán nada.

Aunque Luis del Pino y muchos agnósticos cabales como él no lo sepan, ellos creen en el derecho a la vida porque siguen siendo cristianos culturales, aunque hayan perdido la fe, o no la hayan tenido nunca. Creen en cosas que se deducen de la existencia de un Dios personal, aunque hayan olvidado el origen de tal creencia. Pero la pregunta es por cuánto tiempo puede la moral judeocristiana subsistir, desarraigada de la fe que la nutre. O si se quiere plantear en términos más esperanzadores: ¿cuánto tiempo puede uno tardar en abrirse a la fe desde que se reconoce la verdad moral del cristianismo? Claro que para reconocer esa verdad, es preciso que no triunfen quienes, desde fuera y dentro de la Iglesia, tratan de diluir la moral cristiana en el pensamiento progresista. Ese mismo pensamiento para el que la fe, en el mejor de los casos, es un sentimiento superfluo, que no necesitamos para hacer el bien.

Falta de pruebas

Lo que sigue es una respuesta a un comentario de Alfredo al escrito inaugural de este blog. Por su extensión, he optado por publicarla en el formato de una nueva entrada (privilegios de que esta sea mi bitácora), en lugar de como un comentario consecutivo.

Sostiene Alfredo que, si bien mis consideraciones sobre el progresismo no carecen de interés, quedan descalificadas por el hecho de que yo confiese creer en Dios. Dice:

“Sin ofender, cualquiera que afirme creer en Dios, sin ninguna prueba objetiva, está descalificado para hablar de datos científicos, pruebas objetivas, etc. de cualquier otra disciplina.”

Y remacha:

“Insisto. Respeto a cualquier adulto que crea en Dios o en Papá Noel, pero dudo de cualquier otro razonamiento que esa persona haga, ya que puede estar basado en la misma falta de pruebas que la existencia de Dios.”

Para empezar, cabe dudar del “respeto” de alguien que asimila la creencia en Dios a la creencia infantil en Papá Noel, pero pasemos esto por alto. Comparar el monoteísmo con las creencias más primitivas o ingenuas, como los dioses de Homero o el Ratoncito Pérez, es un motivo habitual de la literatura y especialmente de los foros escépticos, que divierte mucho a sus participantes. Supongo que experimentan con ello un vago sentimiento de superioridad, de personas maduras que hace tiempo dejaron atrás los cuentos de viejas.

En segundo lugar, y antes de entrar en el fondo del asunto, no deja de chocarme, en alguien que de algún modo presume de racionalista, que valore tanto el argumento de autoridad de “unos cuantos premios Nobel” que, según él, contradicen mis opiniones no progresistas. Irónicamente se declara impresionado de que yo me atreva a disentir de tales premiados, pero con franqueza, a mí no me impresiona lo que pudiera pensar José Saramago sobre política o economía, ni en general nadie que haya sido laureado por la políticamente correcta academia sueca, aunque sea con merecimiento. Por lo demás, sospecho que si nos ponemos a recolectar citas de premios Nobel de literatura, economía o física, el resultado será lo suficientemente plural y hasta contradictorio para que cada cual encuentre alguna corroboración de sus opiniones favoritas.

Aprovecho de paso para aclarar lo que en mi artículo quise decir sobre la “emocionalidad” del progresismo, y que Alfredo cree atribuible también a los defensores del mercado libre. Por supuesto, cualquiera puede defender apasionadamente sus ideas, pero la cuestión es si esas ideas se basan en algo más que emociones. Difícilmente se puede considerar el concepto de mercado como emotivo; más bien resulta enormemente contraintuitivo, y de ahí proviene su difícil aceptación popular. En la mentalidad vulgar se halla fuertemente arraigada la falacia de la “suma cero”, es decir, que si una parte obtiene un beneficio en una transacción económica, la otra parte necesariamente pierde. Esta falacia alcanza su máxima formulación intelectual en la teoría marxista de la plusvalía, aunque no por ello deja de reposar en un error, refutado por la experiencia de las millones de personas que han salido y están saliendo de la pobreza gracias al mercado libre, primero en Europa y América, luego en Asia, y ahora incluso en África.

Pero vamos a la parte mollar del comentario de Alfredo:  “cualquiera que afirme creer en Dios, sin prueba objetiva, está descalificado para hablar de datos científicos”, etc.

Parece claro que por “pruebas” se refiere Alfredo a pruebas empíricas. Así, tenemos pruebas de la existencia de enormes reptiles prehistóricos en los restos óseos hallados en estratos geológicos, y tenemos pruebas de la expansión del universo en los espectros de la luz procedente de otras galaxias. Y parece también obvio que no podemos esperar ningún tipo de pruebas similares de la existencia de Dios. ¿Qué tipo de fenómeno podría ser considerado como un elemento probatorio de la existencia de un ser trascendente, que por definición está más allá de la experiencia?

Ahora bien, que algo no pueda ser probado científicamente no lo convierte automáticamente en una tesis descartable, sin sentido o irracional. Por ejemplo, no podemos probar sucesos futuros, ni siquiera que mañana saldrá el sol (como ya señaló Hume), porque por definición no son observables en el presente, y tampoco podemos demostrar que sucesos del pasado se repetirán en el futuro. De manera general, la ciencia entera se basa en la idea de la inteligibilidad de la realidad, es decir, en la existencia de leyes generales invariables, a las cuales estarían sometidos todos los fenómenos. Ahora bien, de esta idea no puede existir ninguna prueba objetiva, porque es precisamente la premisa en la que se basa cualquier exigencia de una prueba objetiva. Puedo decir que mañana saldrá el sol, porque así nos lo garantiza la ley de la gravedad, y otras leyes que aseguran las regularidades físicas, salvo catástrofes raras y en principio también enmarcables dentro de leyes generales. Pero no puedo probar que esas leyes seguirán verificándose mañana, o ni siquiera dentro de una hora –hasta que no haya pasado una hora, o un día. Y a pesar de todo, creo en ellas, como creían Newton y Einstein.

Sostengo, pues, que es falsa la idea de que toda tesis no verificable empíricamente es irracional o rechazable de algún modo, como pretenden los positivistas. Al contrario, sin algunas de estas tesis, ni siquiera sería posible la ciencia. Ahora bien, aún admitiendo esto, estamos lejos de haber demostrado que la creencia en Dios no sea tan infantil como la creencia en Papá Noel, por tomar prestada la provocativa comparación de Alfredo. Trataré de argumentar que no sólo no es infantil, sino una tesis extraordinariamente potente.

Hay dos grandes metafísicas fundamentales posibles, dentro de las cuales podríamos clasificar todas la variantes imaginables. O bien consideramos que el principio fundamental de la realidad es impersonal, o bien que es de carácter personal. (Herbert Spencer sostuvo que tal vez no fuera ni lo uno ni lo otro, pero esto contradice, en mi opinión, el principio lógico tertium non datur: entre una tesis y su negación, no hay una tercera posibilidad.)

La idea de que el fundamento de todo lo real es impersonal tiene a su favor la experiencia de la gélida indiferencia de la naturaleza hacia entes personales como los seres humanos, e incluso los seres vivos en general. Las personas sucumben a enfermedades, catástrofes meteorológicas o geológicas, escasez de alimentos, etc., sin que nada en el universo, cuando estas cosas suceden, parezca preocuparse lo más mínimo por su suerte. En contra de lo que se suele pensar, la idea (o más exactamente, su formulación consciente) de que la realidad, en su sustrato último, es impersonal y por tanto amoral, pudiera ser más antigua que la contraria. Si analizamos las viejas mitologías politeístas y las creencias religiosas animistas, llegamos a la conclusión de que, por encima de las acciones de dioses o espíritus diversos, existe un fatum o destino ciego al que están sometidos incluso un Zeus, un Júpiter o un Odín. (Que en esto se distinguen radicalmente del Yavé bíblico, por cierto.) Y en las primeras cosmogonías conocidas, el mundo se forma a partir de un caos primigenio que habría existido desde un tiempo indefinido: es decir, que la materia informe precedería de algún modo a la inteligencia ordenadora, al contrario de lo que sostiene la tesis de la creación, desarrollada muy posteriormente por los hebreos, y precisada por los primeros filósofos cristianos, aunque a nuestra cultura occidental le parezca tan vieja como el rascarse.

Digámoslo sin ambages: la creencia en que el mundo está regido, en última instancia, en su más profunda esencia, por leyes impersonales, carentes de todo propósito consciente, es poderosamente intuitiva, y ha atraído a los hombres seguramente desde la prehistoria. Aunque parece que su explícita formulación como ateísmo o agnosticismo sólo en nuestro tiempo se ha convertido en una convicción popular, tiendo a pensar que desde siempre ha habido al menos un hueco en el corazón humano, incluso en los tiempos en que el cristianismo era el pensamiento dominante, para la sospecha de que acaso nada obedezca a un designio inteligente, de que ni hay Dios ni otra vida después de la muerte. La religión no sería más que un intento desesperado, y en el fondo poco efectivo, para eludir una conclusión tan poco gratificante para la autoestima humana.

Aquí podría terminar nuestra reflexión, y aquí es donde termina la de muchos. Pero resulta que la tesis de la impersonalidad última de lo real también tiene sus problemas, y mucho más serios de lo que suelen admitir sus más entusiastas defensores. Uno es el problema moral: cómo podrían existir leyes morales en un mundo que en su fundamento último es amoral. Esta cuestión es crucial, aunque aquí sólo la dejo apuntada. El otro problema es el siguiente:

Admitiendo que las leyes y constantes más generales del universo son impersonales, cabe preguntarse por qué existen estas leyes y no otras, e incluso por qué existen siquiera leyes, y no un mero caos sin orden alguno. Podemos exponer con más precisión esta cuestión. Imaginemos que existen otros universos lógicamente posibles (reales o no) además del que conocemos, es decir, mundos en los que las leyes físicas fundamentales son distintas del universo conocido. Llamemos A a este, y B, C, D…, etc. a los otros univeros concebibles, en número probablemente infinito. Pues bien,  nuestro problema se podría formular así: ¿por qué existe el universo A y no cualquiera de los otros, o simplemente ninguno?

Tendríamos, según creo, dos tipos de respuestas posibles (aparte de la teísta), dejando de lado la posición positivista, que se limita simplemente a rechazar la pregunta, o lo que es lo mismo, a decir que las cosas son así, y punto. La primera respuesta sería que los universos B, C, D…, etc., si pudiéramos analizarlos exhaustivamente, nos revelarían ser inconsistentes, y por tanto lógicamente imposibles. Es decir, A sería el único universo posible; no podría existir otro universo con leyes fundamentales distintas. La otra respuesta sería que, en realidad, existe la serie infinita de todos los universos paralelos A, B, C…, etc.; es decir, que todas las posibilidades existen de algún modo, aunque desde nuestro universo no podamos observar los otros. (Tesis del multiverso, o más exactamente, del multiverso extremo.)

La primera respuesta es muy difícil de sostener seriamente. Significa que no podemos imaginar ningún conjunto de leyes fundamentales, por simples que sean, distintas de las que rigen nuestro universo, y que sean consistentes. Se trata de una afirmación muy difícil de creer, y que en todo caso es inverificable, pues puedo demostrar que un universo virtual determinado es inconsistente, pero no que no exista ningún universo consistente, además del conocido.

La segunda respuesta aún es más problemática. En primer lugar, por definición tampoco podría demostrarse. No puedo observar universos basados en leyes físicas distintas del nuestro, salvo que en realidad no sean universos distintos, sino remotas regiones del  que conocemos, y por tanto sometidas a las mismas leyes generales, con todas las particularidades locales que se quieran. (Lo cual nos conduciría a la primera respuesta.) Y en segundo lugar, una consecuencia inevitable de la tesis del multiverso extremo son los universos bromistas.

Un universo bromista es aquel en el que existen leyes que se verifican durante un tiempo, o incluso la mayor parte del tiempo, pero que en cualquier instante pueden quedar en suspenso, sea por un breve período o indefinidamente, y sea universalmente o localmente. Estos universos pueden súbitamente colapsar debido a una breve interrupción catastrófica de alguna ley fundamental, o bien simplemente pueden registrar alguna irregularidad anecdótica, de efectos meramente locales. Imaginemos, por ejemplo, un universo en el que de repente “fallara” (en rigor, dejara de verificarse) la ley de la gravedad, provocando automáticamente una disgregación apocalíptica, a escala cósmica; o bien otro en que la gravitación sólo se interrumpiera, por unos instantes, en una habitación, y los muebles empezaran a levitar.

Todo esto puede parecer una fantasía, y en efecto lo es. Pero más exactamente es un tipo de fantasía emparentada con lo que en ciencia y filosofía se denomina “experimento mental”, con precedentes en las famosas aporías de Zenón de Elea. Por supuesto, yo no creo en los universos bromistas, pero la cuestión es si son lógicamente posibles, y creo que eso difícilmente puede negarse. Es decir, lo decisivo es si la realidad tiene obligatoriamente que ser inteligible, por siempre y en todo lugar. Si el universo está regido por un principio impersonal, no vemos por qué debería ser así. Podríamos tener la suerte de habitar en un universo no bromista, en el que las leyes fundamentales se mantienen invariables siempre, pero nada nos garantiza que esto vaya a contimnuar siempre así, y que en cada instante no se pueda venir abajo nuestra confianza en la regularidad de la naturaleza.

Estas especulaciones, que acaso puedan parecer un tanto sofísticas, podrían expresarse de otro modo si meditamos más profundamente sobre la naturaleza de lo real. Parece que su carácter tenazmente inteligible no congenia fácilmente con su supuesta esencia impersonal. La carencia de todo propósito consciente es algo que choca con la elegancia y regularidad de un universo que podría haber sido mucho más imprevisible, mucho más caótico, incluso sin llegar a ser por ello totalmente hostil a la materia orgánica. ¡Nuestro universo es mucho más inteligible y elegante de lo que sería necesario siquiera para que la vida humana sea viable!

La alternativa al principio impersonal de la realidad es la tesis monoteísta. Según esta, el principio fundamental es un ser personal, una inteligencia ordenadora, preexistente a todo (y por tanto, ilimitada, infinita), que habría elegido dar existencia al universo conocido entre los infinitos posibles. Esto explicaría por qué el universo es inteligible, por qué existe este universo y no otro (o simplemente ninguno) y al mismo tiempo no rechazaría la posibilidad lógica de otros universos, aunque no existan realmente. Es lo que la teología expresa diciendo que Dios es un ser necesario, mientras que el mundo es contingente.

La tesis teísta, al igual que las ontologías de tipo impersonal, tampoco puede probarse. Pero en mi opinión es la que ofrece la explicación más satisfactoria de por qué hay un mundo, y por qué hay este mundo y no otro. Lo que nos dice es que la inteligencia no es algo al final de un proceso evolutivo y contingente, sino que se hallaría en el origen. De ahí que el mundo sea inteligible, y por ello aparece también en él una forma de inteligencia finita como la humana, que es un reflejo de las inteligencia divina.

El teísmo no es en absoluto incompatible con la ciencia, ni con la teoría de la evolución ni con el modelo cosmológico actual. La idea de que la ciencia apadrina la concepción materialista de la existencia es una opinión particular de algunos pensadores y divulgadores, científicos y no científicos, y nada más que eso. Y sostengo que además es falsa. (Recomiendo al respecto el libro Mitología materialista de la ciencia, del filósofo de la ciencia Francisco José Soler, en el que se habla de las teorías del multiverso y muchas otras cuestiones apasionantes.)

Como he dicho antes, no estoy nada seguro de que el monoteísmo sea una idea precisamente natural, más bien tardó miles de años en forjarse y depurarse, imponiéndose sobre cosmogonías que en última instancia se basaban en un principio impersonal (el destino o algo similar, que todavía sigue gozando de popularidad), pese a que su profusión de entes antropomórficos o zoomórficos lo disimulara. Por eso no bastan las consideraciones metafísicas precedentes para creer en Dios: el ser humano necesita que el propio Dios se le revele, que salga a su encuentro. Eso sí, el hombre siempre puede cerrarse a la fe, si se empeña en ello.

Ateos y agnósticos se ven a sí mismos como insobornables buscadores de la verdad, que no se conforman con fábulas consoladoras o edificantes. Sospecho que en su actitud haya motivaciones menos nobles. Un cierto orgullo de quien no quiere correr el riesgo de engañarse, y que para ello opta por la desconfianza sistemática. Y al mismo tiempo, una especie de temor a la desilusión, que les lleva a rechazar lo que ellos consideran que son ilusiones. Espero que estas meditaciones ayuden a Alfredo o a otros a ver más claro en sus propios motivos, y a despejar la maraña de falacias que les dificultan abrir su corazón a Dios.

Cómo ser católico sin molestar

Una manera muy asequible de ser católico sin molestar a nadie es evitar pronunciarse sobre determinados temas en un sentido claro e inequívoco, que pudiera delatar nuestra fe. Pero esta actitud puede que ya no sea suficiente en nuestros días. El solo hecho de decirse católico puede llevar a algunos a pensar que compartimos creencias sostenidas por la Iglesia durante dos mil años, lo cual a su vez sería causa de situaciones incómodas. A continuación, desgranaremos unos pocos consejos prácticos para prevenir dichas situaciones.

En primer lugar hay que dejar bien claro, en cuestiones de bioética y moral sexual, que no somos unos beatos gazmoños e intolerantes, sino que no nos distinguimos de la manera de pensar de la mayoría. Si hablamos de natalidad, será útil precisar que no estamos a favor de que las mujeres se pongan a parir “como conejas”. Y si tenemos tres o más hijos (quien escribe, sólo dos: que conste) conviene ocultar la menor muestra de orgullo. (Una señora con tres vástagos, al felicitarla por ello, me respondió: “Pues no se lo aconsejo”.)

Sobre nupcialidad y divorcio, uno tiene que mostrarse abierto a que la Iglesia reconozca -¿qué digo?- dé su bendición a todas las situaciones, sin hacer la menor distinción. El divorcio, las parejas de hecho, incluso las parejas del mismo sexo. Aunque cada vez se case menos gente por la Iglesia, debemos mostrarnos muy preocupados por esa ínfima minoría de católicos vueltos a casar civilmente y que quieren comulgar con pleno consentimiento del cura. También debemos manifestar simpatía por las parejas de hecho, porque el amor no necesita “papeles” y además “casarse es muy caro”. (Somos gente moderna y anticonvencional, pero por alguna razón, ya se sabe que uno no puede casarse sin invitar al menos a un centenar de personas a un banquete.) En cuanto a la otra minoría (dentro de la minoría homosexual) que quiere el matrimonio gay, decir “¿quién soy yo para juzgar?” tiene efectos balsámicos y nos granjea inmediatas y fáciles simpatías. También es muy socorrido aquello de admitir tener muchos amigos gays, para demostrar lo comprensivo y tolerante que es uno. Hace un par de días escuché a un famoso profesional en televisión decir que tenía “miles” de amigos gays. Lo mío es de pena, porque no creo que tenga más de una decena de amigos; todos aburridamente heterosexuales, que yo sepa.

Más delicado es el tema del aborto, eso hay que reconocerlo. Aquí lo prudente sin duda es guardar un elocuente silencio. Así, cuando uno no tiene más remedio que pronunciarse a favor de la vida, cabe aclarar enseguida que aboga por la abolición de la pena de muerte en todo el mundo, sobre todo en Estados Unidos. Esto tiene su mérito, que sin duda nos será reconocido y elogiado, porque en el país norteamericano se provocan entre un millón y millón y medio de abortos anuales, mientras que las ejecuciones de pena de muerte no suelen sobrepasar las cuarenta, últimamente. Además, la mayoría de las ejecuciones del mundo se producen en China; pero como las estadísticas son ahí secretas, quedamos eximidos de cualquier valoración, que además sería poco elegante, en el caso de un occidental. Lo cual nos permite pasar a otro orden de temas.

Un cristiano que no se conforme sólo con no molestar, sino que además quiera ser invitado a cócteles, debe decir pestes de Occidente; vamos, que nuestra civilización (valen también expresiones como “la economía del descarte” y tal) es lo peor de lo peor, la principal responsable del cambio climático, del hambre, las guerras -y vaya usted a saber si el sida y el ébola no han sido creados en un laboratorio de la CIA. Por tanto, cuando alguien trae a colación barbaridades cometidas en otras culturas, lo educadamente progresista es zanjar el asunto diciendo que “en todas partes cuecen habas”, y a otra cosa. Un católico de mundo, un cristiano que verdaderamente quiera ser respetado, tiene que empezar por detestar la civilización donde primero arraigó el cristianismo, tiene que ignorar cualquier remota correlación entre esta religión y menudencias como la democracia, el Estado de derecho, la abolición de la esclavitud, el arte y la ciencia de los últimos siglos. Todo lo contrario, debe mostrarse convencido, como la gran mayoría, de que por alguna razón, todas esas cosas florecieron en Europa y América a pesar de la singularidad de su carácter cristiano. (Galileo y Newton no eran budistas, pero seguramente por poco.)

Creo que sólo nos queda un motivo de reticencias hacia el catolicismo, y es la creencia en los dogmas de la Trinidad, la virginidad de María, la Encarnación y la Resurreción, entre otros. En nuestro mundo científico y racionalista, donde los programas televisivos de divulgación cultural copan las máximas audiencias, muy por encima del deporte y la prensa de la entrepierna, la simple sospecha de que uno crea en tales cosas, puede resultar hasta ofensiva. Pero por suerte, en nuestra ayuda acuden sesudos teólogos que, en resumen, y por no ser prolijos, nos vienen a decir que todo esto son simples símbolos o mitos, que no deben ser tomados verdaderamente en serio por personas maduras, salvo como enternecedores ornamentos tradicionales. Aquí queda como muy intelectual y fino definirse como “católico cultural”. El triunfo suele estar asegurado: uno no cuestiona lo más mínimo el progresismo ambiente, al tiempo que se muestra un tanto traviesillo sacando a relucir una cierta debilidad estetizante por suspersticiones primitivas.

Siguiendo estos consejos, los católicos no sólo pasaremos desapercibidos, sino que incluso podemos aspirar a caer simpáticos. A fin de confirmar esta impresión, basta con que nos mostremos encantados con el papa Francisco, que en cuestión de simpatía sabe un rato, y sin duda todavía va a depararnos momentos inolvidables.