Silencios entre líneas I

Cuestionar una teoría sobre un hecho no es negar el hecho.

El consenso es el mejor amigo del Poder.

No hubo testigos de lo que pudo ocurrir pero no ocurrió.

El primer pecado fue el desagradecimiento; el segundo, la envidia. El tercero fue echarle la culpa a otro.

La ciencia solo puede predecir el futuro cuando deja de serlo.

Las leyes injustas nos permiten conocer quién es más amigo del Poder que de las leyes.

Sé tú mismo = Sé lo mismo que todos.

Jesucristo dijo poned la otra mejilla, no las otras.

No es que los esclavos tengan miedo, sino que el miedo tiene esclavos.

Primero dijeron disolved los ejércitos, abolid la familia, desterrad la religión. Más astutos, ahora dicen bienvenidos refugiados, hay muchas formas de familia, todas las religiones quieren la paz.

Odiar al que odia es la excusa perfecta para odiar, y con frecuencia el único odio real.

El aforismo es un pensamiento separado de los argumentos que lo oscurecen.

Caer en la ilusión del progreso es el mayor peligro del progreso.

La democracia no es lo contrario de la dictadura, sino muchas veces su prólogo o su cobertura.

Los derechos humanos nunca corren más peligro que cuando los defienden los gobiernos.

El moderno se cree superior al hombre medieval, a quien desprecia. El hombre medieval se creía superior al antiguo, a quien admiraba. Diferencia entre mezquindad y nobleza.

Si todo es diverso, todo es igual.

Resiliencia es cuando alguien gana dinero con lo que hacíamos antes sin saber que se llamaba así.

El peor despotismo es el que pretende liberarnos.

A más cómo menos por qué (Jorge Wagensberg) significa: A más técnica menos sentido.

Si un ateo al morir fuese al Cielo, diría: es una coincidencia, todo es azar.

Las noticias son los argumentos del que no piensa por sí mismo.

El Gran Tuteo

El pasado 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, la Generalidad catalana me envía un SMS dirigiéndose a mí en los siguientes términos, que traduzco del catalán: “Hola CARLOS. Ya puedes vacunarte con la dosis de refuerzo contra la COVID-19. Si todavía no tienes cita y hora, pide cita en…” Hoy cinco de enero vuelven a enviarme idéntico mensaje, dado que no me he dignado a responder al primero.

Que cinco meses después de haberme inoculado las dos primeras dosis experimentales tengamos que estar así, con “refuerzos” de los que, por cierto, ya nos avisan que su dudosa efectividad durará diez semanas, demuestra claramente que esto no son vacunas. Por decirlo brevemente, esto es una megaestafa de nivel global, mucho peor que las hipotecas subprime que provocaron la crisis del 2008, porque aquí directamente se juega con la salud de millones de personas, para engordar los beneficios de las grandes farmacéuticas.

No se confundan, no soy anticapitalista, ni estoy cuestionando que las empresas privadas y el mercado libre son el menos malo de los sistemas para que haya abundante producción de medicinas, y de cualquier producto, normalmente a los precios más razonables posibles. Pero admitir esto no supone un cheque en blanco para que algunas empresas puedan violar impunemente cualquier código ético, ni mucho menos para que nos obliguen a consumir sus productos.

Los biempensantes de siempre dirán que gracias a las vacunas se ha reducido la mortalidad. ¿Cómo lo saben? ¿Cómo saben que no se habría reducido de todos modos, como ha ocurrido con todas las grandes epidemias de la historia (cuando no existían vacunas), generalmente mucho más letales que este catarro que solo se complica en un pequeño porcentaje de quienes lo contraen?

¿Cómo se puede afirmar que los vacunados, aunque se contagien, no enferman gravemente, cuando hay tantos casos conocidos -imaginen los no conocidos- que contradicen esto; y cuando de todos modos, también la mayoría de no vacunados cursan el covid como un simple resfriado, más o menos molesto, como ocurre con todo resfriado estacional? ¿Cómo se pueden ignorar los numerosos reportes, demasiados para que todos sean falsos, de efectos adversos y muertes repentinas, inusuales en grupos de población joven, como los deportistas profesionales?

Y la pregunta más importante de todas, a mi entender: ¿Cómo diablos puede la gente tener tanto miedo de morirse, pese a la baja letalidad de esta epidemia, para entregar su libertad y atarse a un código QR, sentando un precedente peligrosísimo para las libertades, que lamentaremos por mucho tiempo? ¿O no nos damos cuenta de que China no solo nos ha atacado con el virus biológico sino con el más peligroso de todos, el virus totalitario con el que, en colaboración con las elites globalistas occidentales, confían en encadenarnos a todos, gracias a nuestros miedos?

Si alguien me quiere llamar negacionista, adelante, pero entonces no ha entendido nada. Negar que esta broma pesadísima sean vacunas no es negar las vacunas en general, como negar que Pedro Sánchez sea doctor en economía no es negar la economía. Y negar que la baja letalidad de esta epidemia justifique las violaciones masivas de derechos humanos que se están produciendo en el mundo no es negar que haya una epidemia, como negar que exista el patriarcado opresor fuera de la imaginación de las feminazis no es negar que haya tipejos execrables que maltraten a las mujeres.

Pero yo no quería limitarme a hablar de un tema que ya me tiene totalmente harto. Porque el asunto, evidentemente, se enmarca en un proceso mucho más amplio, al que acabo de aludir al mencionar a las elites globalistas. ¿Saben qué tienen en común el mensaje de la consejería de Salud catalana y algunos que se emiten públicamente en sintonía con la Agenda 2030 de la ONU? “No poseerás nada, pero serás feliz”, predice un conocido vídeo publicado por el Foro de Davos. Pues miren, lo que tienen en común es el tuteo. Nos hablan con esa confianza que se permiten los creadores publicitarios para vendernos todo tipo de mercancías, como si fueran nuestros amigos, o más intolerable aún, nuestros padres.

El “Gran Reinicio” (The Great Reset) a fin de cuentas no se llama así por casualidad, sino que copia el modelo de las grandes tecnológicas, de Apple, Microsoft, Google, que en cada reseteo actualizan en línea nuestros programas y aplicaciones sin consultarnos, sin habernos preguntado antes nuestra opinión, para proporcionarnos una mejor “experiencia”. En lugar de los procedimientos parlamentarios, de los controles judiciales, el modelo que quieren implantar a escala global es el de una “gobernanza” (en su jerga) sobre la que los ciudadanos tendremos tanto control como sobre los consejos de administración del Nasdaq. Ninguno, obviamente. Pero lo que en el sector privado es razonable, porque prima la búsqueda de la productividad sobre otros criterios, no es extrapolable a toda la sociedad, a todas las actividades ni decisiones humanas.

No debemos dejar que las administraciones, ni las grandes corporaciones privadas, ni los periodistas estrellas nos tuteen, nos traten con paternalismo y pretendan asustarnos. Porque no son nuestros padres, ni siquiera unos padres insufriblemente pijoprogres, para que nos digan que nos vacunemos, que no salgamos, que no debemos comer carne, ni ducharnos a diario, ni conducir automóviles de combustión, ni cómo tenemos que hablar o pensar inclusivamente. No tienen derecho alguno; y sus emergencias climáticas, sus crisis de refugiados y sus pandemias no deberían atemorizarnos, sino por el contrario hacernos reír. O lo que viene a ser lo mismo, estimular nuestro espíritu crítico, provocarnos a investigar y pensar por nuestra cuenta. Nunca deberíamos comprar sus miedos, porque sólo sin miedo se puede ser un adulto libre, al que se le habla de usted.

Soberanía, el libro de Buxadé

Abordé el libro de Jorge Buxadé (Soberanía. Por qué la Nación es valiosa y merece la pena defenderla, Homo Legens, 2021) con ciertas expectativas y algunas prevenciones. La verdad es que apenas he seguido hasta ahora las ruedas de prensa del autor, pero confieso que tampoco suelo estar al día de las intervenciones de Santiago Abascal, Iván Espinosa de los Monteros y otros dirigentes y representantes de Vox. Veo algunos vídeos o incluso algunos mensajes breves en redes sociales, a menudo con semanas de retraso. Soy hombre de letra impresa, y ni puedo ni quiero seguir el ritmo frenético de las nuevas tecnologías, ni estar todo el día pegado a la actualidad. Prefiero infinitamente leer una obra del siglo XVII, sin mirar durante horas el maldito teléfono móvil.

Por eso, en cuanto supe que un conspicuo dirigente de Vox había escrito un libro, me dije: esto ya me gusta más. Acceder al pensamiento de una persona con el ritmo pausado de lectura de un volumen de 350 páginas (no está mal para una ópera prima) es un privilegio, resultado del esfuerzo de quien lo haya escrito, que merece al menos cierta consideración.

Poco antes de comprar Soberanía quise obtener alguna información más detallada sobre su autor, aparte de su currículum objetivo: vicepresidente de área política de Vox, eurodiputado, abogado del Estado y profesor de derecho administrativo. Tampoco está nada mal. Pero en una rápida búsqueda, descubrí que para Google lo importante es que el político nacido en Barcelona en 1975 se presentó en unas listas electorales de Falange, a la edad de veinte años. El diario El País, cómo no, llegaba a titular, tras las últimas elecciones europeas: “Jorge Buxadé Villalba: un falangista en el Parlamento Europeo”.

Cierto que Buxadé, en una entrevista, negó estar arrepentido de su fugaz relación con el partido fundado por José Antonio Primo de Rivera, y sí en cambio de haber militado en el PP durante diez años. Algo por lo demás poco sorprendente, dada la diferente duración de ambas circunstancias, y lo que determinó el fin de la segunda: el fracaso de Mariano Rajoy en impedir el golpe de Estado separatista en Cataluña.

Pero hay dos aspectos biográficos que me parecen mucho más destacables, y que me predisponen favorablemente, lo confieso, a favor de Buxadé. El primero, su condición de católico y padre de familia numerosa. El segundo, de carácter generacional: que el eurodiputado entró en el Partido Popular como reacción al 11-M, es decir, a la infame utilización política del atentado por la izquierda, contra el Gobierno.

Personalmente, yo no llegué a afiliarme al PP (nunca he sido de ningún partido hasta que en 2017 me afilié a Vox), pero ya he contado alguna vez a mis pacientes lectores que lo voté por vez primera el 14 de marzo de 2004, por el mismo motivo. La inmediata consecuencia de lo que sucedió en aquellas nefastas jornadas fue el cumplimiento del pacto del PSOE con la ETA, para salvar políticamente a los terroristas, y con ello a todo el nacionalismo vasco. Pacto que luego Rajoy respetó, junto al resto de la legislación ideológica de Rodríguez Zapatero, y que está directamente en el origen de Vox.

Paso a comentar el libro. En él podemos distinguir tres partes. La primera, de los capítulos I al IX, en los cuales el autor expone el concepto de soberanía (partiendo como buen jurista de su primer teorizador, el pensador francés del siglo XVI Juan Bodino) y desarrolla sus implicaciones siguiendo muy de cerca el programa de Vox, en relación a la crítica del Estado autonómico, la partidocracia y la facilidad con que miles de inmigrantes ajenos a nuestra cultura acceden a la nacionalidad española.

A Buxadé le interesa el concepto definido por Bodino no como una justificación de la monarquía absoluta, naturalmente, sino como instrumento teórico y jurídico al servicio de la nación, que es una realidad natural (en el sentido de que no ha resultado de ninguna convención), anterior al Estado, como la familia. Junto a la religión, “son tres elementos que de forma silenciosa pero suave nos moldean”, y gracias a los cuales “el individuo sale de sí mismo para ser persona, completarse, crecer, ligándose a otro pero sin hacer violencia de sí mismo”.

Aquí me surgía una primera duda, que es la principal prevención con la que empecé a leer el libro. ¿Por qué deberíamos destacar la nación por encima de los otros dos elementos, la familia y el cristianismo? Buxadé no se plantea esta pregunta porque en realidad él no afirma que la patria sea más importante que la familia ni la fe religiosa. Lo que dice es que las tres cosas van unidas, como lo demuestra que reciben el ataque en bloque del globalismo. Ahora bien, sucede que el principal obstáculo de esta forma de dominación mundial que pretenden implantar las elites políticas y financieras desde organismos internacionales, inmunes a cualquier control democrático y judicial, es la soberanía de los Estados-nación, particularmente los que sí están sometidos a las leyes y al sufragio popular.

En la parte central del libro, del capítulo X hasta el XVIII, más o menos, el autor acomete la disección de ese fenómeno del globalismo. Se trata a mi entender de las mejores páginas de esta obra, y reconozco que me han hecho adquirir una conciencia mucho más clara de la realidad que denominamos con esa expresión; la cual no designa solo una ideología, sino a una elite política y plutocrática que controla los organismos internacionales y los medios de comunicación, actuando sin control democrático ni judicial.

En los años noventa del pasado siglo, la izquierda abominaba de la globalización, entendida como sinónimo de neoliberalismo. Era sobre todo una forma de proseguir la lucha contra el capitalismo después de la caída del Muro de Berlín. Pero hoy esa izquierda ha pactado tácitamente con las grandes corporaciones y poderes financieros para liderar culturalmente lo que antes denostaba, utilizando los lenguajes y pretextos del género, el inmigracionismo y el catastrofismo climático.

Si el globalismo como sistema o régimen tiene en las naciones soberanas su principal enemigo, como ideología se manifiesta como una seudorreligión sustitutoria del cristianismo. Su arma dialéctica principal es el “consenso progre”. Buxadé acomete un brillante análisis de este sustantivo, poniendo de relieve su carácter falaz, y la habilidad con que se instrumentaliza para imponer el pensamiento que conviene al globalismo, persiguiendo cualquier disidencia.

Este falso consenso propugna un tipo humano, como retrata agudamente en un capítulo posterior, el XXI, “que se autodetermina y autoafirma cada mañana, en lo sexual, en lo familiar, en lo social; desarraigado, sin memoria ni tradición. Ese individuo que proponen rechaza todo lo que le viene dado: la familia y la nación; es un individuo aislado que no conoce el nosotros.” O, me permito precisar, que solo conoce el nosotros artificial de las identidades políticas (género, negro, inmigrante), que a diferencia del sexo, la familia, la nacionalidad o la religión no son previas a la política ni al Estado, y requieren la demonización de otro (el hombre, el heterosexual, el blanco) a falta de un auténtico contenido positivo.

Del resto de capítulos (XXVI en total) destacaría los XXIII y XXIV, donde el autor, como no podía ser menos por su experiencia como eurodiputado y su formación en derecho administrativo, nos ilustra sobre la deriva federalizante de la Unión Europea, empeñada, en perfecta coordinación con el globalismo con sede en Nueva York, Ginebra o Davos, en doblegar a los Estados nacionales para imponer sin límite alguno la “gobernanza” mundial y el dichoso “consenso progre”.

Pero no quiero destripar el libro; prefiero recomendar encarecidamente su lectura. Debo confesar que Soberanía ha cumplido con creces mis expectativas. Estas eran que por fin existiera un libro que de alguna manera, aunque fuera oficiosamente, resumiera o compendiara el ideario, las concepciones y las propuestas de Vox. Por supuesto, ya teníamos antes algunas obras de representantes de este partido como Hermann Tertsch, sobre nuestra historia política reciente; de Alicia Rubio, sobre la ideología de género; del propio Santiago Abascal, como el libro entrevista con Kiko Méndez-Monasterio, Hay un camino a la derecha; o el firmado por Fernando Sánchez Dragó, Santiago Abascal. España vertebrada, que reproduce más o menos libremente largas conversaciones entre el escritor y el político.

Además, sería inexcusable no mencionar las numerosas obras del diputado de Vox Francisco José Contreras, catedrático de filosofía del derecho y especialista en liberalismo conservador, entre las que destacaría La fragilidad de la libertad (2018), en la misma editorial del libro de Jorge Buxadé. Máxima preocupación del profesor Contreras, con razón, es la cuestión del invierno demográfico. Difícilmente tendrá sentido defender la soberanía de la nación española, frente a cualesquiera enemigos internos y externos, si los españoles seguimos teniendo menos hijos de los necesarios para reemplazar a los que mueren. La baja natalidad es un problema de profunda raíz espiritual, relacionada sin duda con ese hombre desarraigado descrito por Buxadé, que al quedar desconectado del pasado, la familia y la tierra de sus ancestros, pierde todo sentido de proyección al futuro, salvo en la forma de un ecologismo malthusiano y desesperanzado, que ve como un bien el suicidio demográfico. Buxadé apenas ha podido más que dejar apuntado este tema, literalmente vital. Con todo, y aunque no sé si al autor le hará gracia que lo considere así, su libro es lo más cercano que tenemos a un manual de introducción al pensamiento de Vox. Algo completamente inusual en nuestro pedestre panorama político, y que honra y distingue a esta formación.