La insufrible beatería progre-cultural

La mañana del día de Sant Jordi un compromiso me impidió acercarme a las paradas de libros. Por la tarde, mi mujer y yo, compartiendo un paraguas, recorrimos la Rambla Nova de Tarragona, pasando entre las paradas que trataban de proteger los libros de la lluvia con plásticos. Varias de ellas exponían unos letreros impresos en DIN A-4 con el mensaje ESPAI LLIURE DE FEIXISME (Espacio libre de fascismo).

Ignorando los letreros, busqué sin éxito la parada de Vox, donde esa mañana había estado Salvador Caamaño, autor del libro Tarragona, 1936. Terror en la retaguardia, firmando ejemplares. Imagino que el ubicuo mensajito iba contra ello, contra la visita de Rocío Monasterio a Tarragona o ambas cosas. Sin embargo, había representación de casi todos los partidos. Incluso de Ciudadanos, que cada vez recuerda más a Augusto Pérez, aquel personaje de Unamuno, protagonista de su novela Niebla, empeñado en existir fuera de la ficción.

No es que fuera la primera vez que no compraba un libro en Sant Jordi, pues no soy amante de las aglomeraciones, ni tampoco de las novedades editoriales. Me hace mucha más ilusión adquirir un ejemplar de La rebelión de las masas de 1935 (5ª ed.) por 10 euros que el último libro de un autor superventas por 26, y no lo digo precisamente por el precio.

Pero, sobre todo, miren: no puedo con la beatería de la cultura. Prefiero mil veces más la religiosa, como cualquier original a la copia. Aunque lo justo es distinguir, tanto en el ámbito sagrado como en el profano, entre beatería y devoción. San Francisco de Sales, a principios del siglo XVII, lo enseñó muy bien en su conocida obra Introducción a la vida devota, pero dudo que pudiera encontrarse ayer en alguna de las docenas de paradas de la rambla tarraconense.

Otro autor, Nicolás Gómez Dávila, que legó al morir una biblioteca de treinta mil volúmenes en varias lenguas, aseguró que sus convicciones eran las mismas que las de “la anciana que reza en el rincón de una iglesia”. Su devoción por la literatura y el pensamiento no le impidió escribir penetrantes aforismos contra los meapilas culturales: “El libro no educa a quien lo lee con el fin de educarse.” “El fomento de la cultura la enferma.” “La instrucción no cura la necedad, la pertrecha.”

Por supuesto, la beatería cultural es solo un aspecto de la beatería progresista, de quienes se creen mejores que los demás tanto moral como intelectualmente, aunque apenas lean un par de libros al año, y pocos de ellos escritos antes de que nacieran. El espíritu de quien declara espacios libres de lo que llaman “fascismo” es el mismo de los que cancelan obras clásicas, o incluso las queman, por no ser políticamente correctas. Son mucho peor que beatos; peor incluso que inquisidores. Porque estos, al menos, por injustos o ridículos que fueran, leían los libros que condenaban.