La economía lo es todo

El XVIII Congreso del Partido Popular ha confirmado lo que ya sabíamos, que para Mariano Rajoy la economía lo es todo, y que en las cuestiones morales (como el aborto, los vientres de alquiler, la eutanasia, etc.) la formación de centroderecha continuará adoptando, previsiblemente, las posiciones “progresistas” con cada vez menos años de retraso.

Artículo en Actuall.

Aquí Andrómeda: Respuesta a Isabel San Sebastián

Tengo el máximo respeto por Isabel San Sebastián, una periodista y escritora que siempre ha demostrado su lucidez y valentía frente a los terroristas de ETA. Sin embargo, al mismo tiempo no puedo disimular mis diferencias ideológicas con ella. No es que haya alguna relevancia en lo que pueda opinar un bloguero prácticamente desconocido como quien escribe, claro está, pero tal vez resulte clarificador para alguien más. El breve autorretrato ideológico que nos ha brindado Isabel en ABC supone una ocasión inmejorable para este contraste de posiciones.

San Sebastián se declara “huérfana política”, “apátrida ideológica” y “marciana en este mundo polarizado entre extremos enfrentados igual de repugnantes”. Establece por tanto una equiparación moral entre “el pensamiento políticamente correcto encarnado por Obama” y “el ultranacionalista Trump”. Es una postura por la que numerosas personas de ideas liberal-conservadoras, abrumadas por el bombardeo mediático diario contra Trump, se sentirán tentadas. Pero yo, que me considero también liberal-conservador, no comparto esta posición. No soy ningún forofo de Trump (ni de ningún político en activo), pero creo sinceramente que los medios de comunicación, en su papel de columna del establishment socialdemócrata, han creado un clima de histeria antiTrump al cual no me da la gana de sumarme.

Empieza significativamente Isabel por proclamarse feminista. Sin duda hay en ello una réplica al supuesto machismo del presidente americano, basado en conversaciones privadas filtradas a la prensa -aparte de en cierta forma desconsiderada de dirigirse en público a alguna mujer, pese a que no se le pueda acusar de haber sido más cortés con muchos hombres. Dejando de lado el lenguaje utilizado (que tire la primera piedra quien entre amigos se exprese igual que si estuviera tomando el té en el palacio de Buckingham), lo único que hizo Trump fue decir que los ricos famosos ligan más, lo cual no sé si será machista, pero no parece rebatible.

Pero vayamos a lo mollar. Isabel define el feminismo como la concepción según la cual las mujeres merecen “las mismas oportunidades, los mismos derechos e igual trato que los hombres, cosa que dista mucho de ser una realidad.” Pues bien, yo discrepo de once palabras entre estas veinte. No creo que las mujeres merezcan siempre el mismo trato que los hombres: soy de esos anticuados que piensan que los hombres debemos cederles el asiento y el paso, entre otras cortesías. Nunca me he visto en un naufragio, pero me parecería deplorable que se perdiera la fórmula de “las mujeres y los niños primero”.

Sobre todo, no creo en absoluto esa fábula victimista de que las mujeres no tengan hoy (en el mundo civilizado cristiano) las mismas oportunidades y los mismos derechos que los hombres. Lo único que demuestran todas las estadísticas que aparentemente apoyan esa cantinela (la famosa “brecha salarial”, el “techo de cristal”, etc.) es que las mujeres y los hombres son distintos, pero no que ello sea en sí mismo una injusticia. Esto último es una interpretación a posteriori, y en mi opinión equivocada.

Las mujeres y los hombres no tenemos los mismo derechos porque seamos empíricamente iguales (a todas luces no lo somos) sino a pesar de ello. Lo somos porque somos hijos de Dios, ese Dios en el que –de nuevo significativamente– San Sebastián admite no creer. Todo mi respeto ante su agnosticismo, que comprendo por haberlo experimentado durante muchos años de mi vida. Pero no nos extrañemos de que quien no reconoce en el hombre su esencia trascendente sea incapaz de fundar la igualdad moral de todo el género humano en otra cosa que en la absurda negación de la realidad, como lleva a cabo la ideología de género lleva hasta el delirio.

Dice Isabel que está en contra del aborto y de la pena de muerte precisamente por ser “mujer, madre y feminista”. Sinceramente, no veo la relación entre el feminismo victimista tal como ella misma lo define y la defensa del derecho a la vida. Más bien, cada día se observa lo contrario. Tampoco creo que sea lo mismo el aborto que la pena de muerte. Yo también estoy contra ambos, pero por razones distintas, y de dispar gravedad. Mi oposición al aborto se ha ido tornando con el tiempo cada vez más absoluta. Lo que nos separa de la barbarie es la defensa de aquellos que por naturaleza son los más indefensos, los niños y en especial los que se están gestando aún en el seno materno.

Esto no vale para la pena de muerte, donde el condenado ha actuado libremente en contra de leyes cuya violación bien sabía a dónde le podían conducir. Nadie le obligó a cometer un asesinato, único crimen por el que podría ver justificable la pena capital. Sin embargo, puesto que se debe preferir el mal menor al mayor, y nadie me ha demostrado por el momento que la pena de muerte sea más efectiva contra el crimen que la cadena perpetua, soy partidario de sustituir la primera por la segunda.

Prosigue San Sebastián su retahila de argumentos contra Trump asegurando que quiere profundamente a España, pero no la considera el mejor país del mundo ni desde luego el peor. “Solo el mío”, sentencia, en clara alusión al “America first” del presidente de los Estados Unidos. Y que está a favor de la Unión Europea, de la libre circulación y por tanto en contra de las barreras proteccionistas, que “acaban causando conflictos, al igual que el nacionalismo y los totalitarismos de uno u otro color”.

En cambio, yo veo muy natural que un presidente elegido por americanos diga “América primero”. Raro sería que dijera que va a servir los intereses de la humanidad antes que los de los compatriotas que lo han votado. Lo que no significa que los unos tengan que ser incompatibles con los otros. Ante el proteccionismo, creo que a muchos se les llena la boca enseguida de “totalitarismo”, “ultranacionalismo” y otras expresiones tremendistas. Las barreras comerciales, para empezar, existen en todo el mundo, y hasta que ganó Trump las elecciones, yo no había detectado tanta preocupación por ello en la opinión pública ni en la publicada.

En segundo lugar, Trump lleva pocos días en la Casa Blanca, y todavía no sabemos qué va a hacer exactamente. En cualquier caso, no va a cerrar su país a las importaciones y las inversiones, lo que sería ya no indeseable, sino imposible. Renegociar bilateralmente los tratados de comercio con cada país no es estar contra el libre comercio; por el contrario, puede ser una manera de salvaguardarlo.

Nada beneficia más a los demagogos antiliberales que cerrar los ojos ante los perjuicios que la globalización puede causar en las clases medias y los trabajadores de los países ricos. La solución a largo plazo no pasa ciertamente por aplicar aranceles a productos de países emergentes. Pero la política económica de Trump hay que considerarla en bloque; no se puede entender sin tener en cuenta la notable reducción de impuestos y la desregulación que propone. El crecimiento que favorecerían estas medidas puede que simplemente convierta los aranceles en superfluos, y beneficiaría a la larga no sólo a los Estados Unidos, sino a todo el mundo.

Se proclama Isabel liberal, partidaria del individuo “por encima de la masa, llámese esta clase social, etnia, religión, partido, nacionalidad o cualquier otra forma de agrupamiento reduccionista”. Esto suena muy bien, pero fácilmente se puede deslizar a posiciones en exceso simplistas. El individuo no es apenas concebible fuera de marcos como la familia, la nación, la cultura y la religión. Es más, los intentos extremos de desvincularlo de estas comunidades no lo hacen más libre, sino menos. Lo convierten en un ser mucho más dependiente del Estado, y mucho más esclavo de sus pasiones egoístas, ambas cosas estrechamente relacionadas.

No es que sea Isabel una ultraliberal, precisamente. Enseguida nos aclara que está a favor del Estado del bienestar, porque no le parece bien que haya “ganadores” ni “perdedores”. Curiosamente, esta precisión revela una cierta idea equivocada del liberalismo en quien acaba de proclamarse liberal. Porque el liberalismo clásico, desde Adam Smith, se basa en la teoría de que los intercambios económicos no son un juego de suma cero, en el que unos ganan y otros pierden, sino en el que todas las partes se benefician. Si por Estado del bienestar entendemos que determinados servicios deben ser asumidos inevitablemente por el Estado, un liberal no puede estar de acuerdo con ello, salvo que llamemos liberal laxamente a cualquiera que no esté demasiado a favor de Corea del Norte.

San Sebastián manifiesta también su rechazo de los extremos en cuestiones migratorias, tanto del “papeles para todos” como de negar acogida a los refugiados que huyen de la guerra. Los términos abstractos son irreprochables, pero aquí importa cómo los traducimos a la práctica. Hay que mojarse más. ¿Estamos de acuerdo con la política de la canciller Merkel, de permitir entrar de golpe a cerca de dos millones de inmigrantes en su país? ¿Estamos de acuerdo con que poblaciones y barriadas enteras de Europa se estén islamizando sin que nadie haga nada por evitarlo? ¿Es suficiente con revestirse de intachabilidad moral, enunciando trivialidades como que no hay que criminalizar a todos los musulmanes?

Isabel San Sebastián no entra en tales menudencias. Ella es partidaria de “la sensatez, la dignidad, el pluralismo y la libertad”, lo cual no deja de ser tranquilizador. A mí me dice alguien que es una persona sensata y pluralista, y me pongo en sus manos sin pensarlo. Termina la periodista reafirmándose en su condición de marciana, lo que me lleva a concluir que si por sus opiniones se considera de otro planeta, las mías sin duda son de otra galaxia.

Falta de lógica

Un progresista es alguien que se ve a sí mismo como una persona desprejuiciada, capaz de adoptar un enfoque aplastantemente lógico de las cosas.

¿Que la riqueza está mal repartida? Pues aumentamos los impuestos a los ricos lo que haga falta. ¿Que algunas mujeres se quedan embarazadas sin desearlo? Pues se legaliza el aborto. ¿Que dos personas del mismo sexo se quieren? Pues dejemos que se casen, si ese es su deseo.

Para el progresista son tan diáfanos los males del mundo y las correspondientes soluciones que le resulta difícil comprender a quien discrepe de él. Tiende a verlo como malintencionado, defensor de injustos privilegios, o bien como un fanático religioso.

Frente a esta autopercepción del progresista, yo sostengo que su verdadera naturaleza no consiste en pasarse de lógico (si es que pudiera haber exceso en ello) sino más bien lo contrario: que rara vez acostumbra a seguir su línea de razonamiento hasta las últimas consecuencias.

Esto podría deberse a un impulso de moderación no del todo adormecido, pero sea como fuere, se trata de una inhibición que nos impide comprobar si dicha línea de razonamiento es acertada o no.

Si los ricos acaparan mucha más riqueza de la que les corresponde, lo consecuente sería desposeerlos sin contemplaciones, instaurando un sistema comunista. ¿Por qué quedarnos sólo en un mero incremento fiscal o en expropiaciones anecdóticas?

Si es lícito acabar con la vida de un ser humano antes de que nazca porque –nos aseguran los progres– no hay ahí un ser autónomo, consciente ni con capacidad de experimentar dolor, ¿por qué no eliminar, previa sedación “humanitaria”, a discapacitados de cualquier edad cuya vida juzguemos que no vale la pena de ser vivida?

Si el matrimonio es sólo cuestión de personas que se quieren, ¿por qué no legalizar el incesto? ¿Y por qué no la poligamia? (Los progres lo llaman “poliamor”: tienen un indudable talento para dar nombres “modernos” a las cosas más decrépitas.)

Ahora bien, si los progresistas fueran consecuentes hasta el final, si se tratara de personas tan racionales y carentes de prejuicios como se imaginan que son, en lugar de sentirse ofendidos ante esas preguntas, o de despreciarlas como manipulaciones, se las tomarían en serio; lo cual les llevaría a adoptar una entre dos posiciones posibles.

La primera consistiría en admitir resueltamente esas conclusiones. De hecho, en parte ya lo hacen, aunque no acostumbran a ser muy ágiles: sólo un poco más que la derecha política, que es igual a la izquierda, con quince años de retraso. La inmensa mayoría de progres de hace dos o tres décadas se hubiera horrorizado ante “conquistas” como por ejemplo el “matrimonio gay”, a pesar de que es una conclusión bastante lógica de las ideas de liberación sexual que ya manejaban entonces, y desde mucho antes. Hoy siguen horrorizándose ante la pedofilia, pero por el camino que vamos, inculcando a los niños dislates como la transexualidad electiva, en el futuro ya veremos.

La segunda posición es como mínimo tan racional como la primera, y consiste en plantearse si no existirá algún error en unas premisas de partida que nos conducen a conclusiones indeseables. Esto incluye preguntas del tipo: ¿Realmente toda desigualdad es injusta? ¿Depende el valor de la vida humana de mi grado subjetivo de consciencia? ¿El matrimonio es sólo dos personas que se quieren? ¿Basta el consentimiento adulto para que cualquier conducta sea moralmente equiparable?

Admitir que uno podría estar equivocado es una cuestión de humildad. Este es probablemente el rasgo psicológico fundamental del conservador, al menos en nuestra cultura cristiana: reconocer que no sabemos lo suficiente, y que es precipitado suprimir una institución o revocar una norma, por el mero hecho de que hemos olvidado su sentido o no lo comprendemos con claridad.

En este punto es ya habitual encontrarnos con un problema que lleva cociéndose desde los años sesenta del siglo pasado. Es el intento de muchos cristianos, entre ellos muchos clérigos y altos dirigentes de la Iglesia católica, por confundirse con el paisaje progresista. ¿Adónde irá entonces el progre desencantado? ¿Huirá de sus errores pasados para encontrarlos de nuevo en tantas homilías dominicales, en curas y monjas asiduos a los platós, en informes de Cáritas redactados por podemitas, e incluso en declaraciones de un papa que sostiene que “los comunistas piensan como cristianos”?

Lo malo de la falta de lógica es que muchos progres, asqueados por tanto buenismo, por tanto sucedáneo del evangelio, van a tener muy difícil dar con el camino de retorno a casa, como sí hizo el hijo pródigo de la parábola. Sin duda porque pudo reconocer su antiguo hogar, que el padre, desdeñando adaptarse a las modas, había conservado sin cambios caprichosos de señalización del camino, ni de fachada ni de mobiliario.

Por el contrario, los progres desencantados de nuestros días, en lugar de redescubrir la armonía entre razón y fe que caracterizó al pensamiento cristiano durante dos mil años, desde San Juan a Ratzinger, pueden verse tentados por deshacerse hasta de los últimos restos de razón, al confundirla con cierto pensamiento blando erigido sobre su naufragio.

Entonces van y se convierten al islam. No es ningún chiste, lamentablemente. Está pasando e irá a más, si los cristianos no dejamos de hacer el gilipollas tratando de adaptarnos a una sociedad enferma, que lo ha apostado todo a unas recetas equivocadas.

Ya lo dijo Nicolás Gómez Dávila: “Los católicos no sospechan que el mundo se siente estafado con cada concesión que el catolicismo le hace.” Y encima, dejándose intimidar por quienes ni siquiera se atreven a ser lógicos hasta el final, de una vez por todas, en lugar de por capítulos. Vamos, por unos progres que no tienen ni media hostia bofetada.

 

Feminismo coñazo

El progresismo se caracteriza por tomar un principio como bandera, deformarlo y convertirlo en algo irreconocible, cuando no opuesto. Así sucede en su negociado feminista. Lo que empezó siendo una reivindicación tan legítima y loable como la igualdad de derechos se convirtió, por influjo del marxismo, en una teoría de la lucha de sexos. Y esta teoría ha tenido un éxito aplastante.

Hoy es dogma de fe que las diferencias sociales entre hombres y mujeres (el “techo de cristal”, la “brecha salarial”, etc.) son consecuencia de un ancestral dominio de los primeros sobre las segundas, y no de las distintas prioridades e inclinaciones que ellas manifiestan espontáneamente. Y es dogma de fe también que las decenas de feminicidios que se producen anualmente en un país como el nuestro, cometidos por parejas o exparejas masculinas, son producto de una cultura machista que se resiste a desaparecer.

Los asesinatos machistas existen, por cierto, pero en su gran mayoría se perpetran en culturas como la musulmana, donde son conocidos como “crímenes de honor”. Entre los nativos del Occidente desarrollado, es poco probable que el hombre que mata a su mujer o exmujer se halle espoleado por una ideología de ese tipo, como tampoco quien atraca un banco necesita autojustificarse con ideas anticapitalistas, aunque algún caso se haya dado.

Pero lo más importante es que no hay, en nuestra civilización, algo así como una relativa comprensión o disculpa social del asesinato de una mujer, por motivos “pasionales”. Incluso es sumamente discutible que en el pasado hubiera más feminicidios, porque las concepciones sobre el “honor” quedaban en gran parte compensadas con otras de origen caballeresco y, por supuesto, cristiano, hoy menospreciadas por el progresismo. No podemos decir honestamente y a priori que un sujeto capaz de matar a su pareja o expareja, porque ésta ha decidido romper la relación, o por otro motivo, se sienta amparado mínimamente por una mentalidad machista generalizada.

Sin embargo, entre las autoridades y los creadores de opinión se ha instaurado una especie de histeria colectiva que recuerda a las cazas de brujas de siglos pasados, cuando determinadas actividades, como el curanderismo o la magia, eran catalogadas sistemáticamente como de carácter diabólico, lo que desencadenaba crueles persecuciones.

Hoy no existen ejecuciones públicas en la hoguera, pero sí se ha desarrollado en muchos países una legislación que, en nombre del feminismo igualitario, viola la igualdad ante la ley, entre otros derechos, y alienta la percepción de los hombres en general como maltratadores en potencia. Todo ello a fin de sastisfacer las demandas de grupos de presión radicales, que han convertido la guerra de sexos en un medio de acaparar subsidios públicos y cuotas de poder.

Lo peor de todo es que el feminismo tal como hoy se entiende –o si se quiere preservar el sentido originario, aunque dudo que sea ya posible, el ultrafeminismo– no sólo no contribuye a reducir los casos de violencia contra las mujeres, sino que exacerba algunas de sus causas. Una de ellas son las propias leyes que favorecen desproporcionadamente a la mujer en caso de ruptura de la pareja. Pero quizá la más decisiva, y que pocos se atreven a señalar, sea una extraviada concepción de la libertad sexual.

Actualmente se considera la promiscuidad como un derecho sacrosanto, especialmente si se es mujer u homosexual. En la televisión y el cine, que siguen siendo los medios más influyentes, se banaliza rutinariamente el sexo y se muestra incluso como modelo a las jóvenes y maduras más desinhibidas, que sólo tratan de “pasarlo bien”. Quien reprueba esta mentalidad es acusado invariablemente de machista e hipócrita (además de ultraconservador, ultracatólico y el repertorio habitual) por no juzgar con la misma vara de medir al hombre, cuyas hazañas amatorias supuestamente disculpa como simpáticas travesuras. Es decir, en lugar de un discurso que eleve las exigencias morales del varón se incurre decididamente en otro que pretende la igualación por abajo. El feminismo irónicamente promueve que la mujer imite al hombre incluso en lo peor, y no al revés.

Ahora bien, la relación entre la libertad sexual entendida como ausencia de normas y la violencia contra las mujeres no es difícil de intuir. Aunque la mayoría de hombres y mujeres comparten cualidades psicológicas muy similares, es un hecho estadístico conocido que entre los primeros hay una mayor variabilidad, es decir, mayor número de casos que se apartan de la media, para bien y para mal. Simplificando, hay más premios Nobel de Física varones que mujeres, pero también más delincuentes hombres que mujeres. Generalmente, las (y los) feministas explican lo primero como un ejemplo de una turbia discriminación sexista en las facultades de Física, mientras eluden significativamente considerar lo segundo. Tontas no son: la paridad en las cárceles no se encuentra entre sus reivindicaciones.

De lo dicho se deduce que las mujeres que coleccionan muchas parejas sexuales corren más riesgo, en comparación con los hombres de comportamiento similar, de cruzarse con un canalla seductor que las maltrate y que, en el peor de los casos, las asesine cuando ellas quieren poner fin a la relación. No es que los hombres muestren por término medio más tendencias criminales que las mujeres, ni que estén más dotados para la física y las matemáticas. Es que entre el sexo masculino se dan más desviaciones hacia los extremos. Por eso mueren más mujeres a manos de hombres que no al revés, aunque bien es verdad que los medios exageran la asimetría contabilizando sólo las víctimas femeninas. Y aunque los datos podrían dar un vuelco -quién sabe- si considerásemos los infanticidios y sobre todo el genocidio silencioso de los abortos provocados, casi siempre con la colaboración de las madres.

Sin embargo, cuando alguien propone rescatar valores como la castidad, el pudor y la mera prudencia, automáticamente se le acusa de estar criminalizando a la mujer por ejercer su libertad sexual. El procedimiento habitual, burdo pero efectivo, es generar el máximo ruido. Aunque lo llamen “polémica”, los medios suelen cuidarse de que sólo se escuchen con claridad las consignas emocionales de una de las posiciones, y por tanto sea imposible colocar un argumento que requiera un mínimo esfuerzo intelectual. El resultado es que quien trata de abordar determinadas cuestiones utilizando el sentido común y algunos datos objetivos, se expone a temibles consecuencias sociales, a menos que se inculpe y se retracte; y aún eso no le garantiza ninguna rehabilitación.

El dogma de la libertad sexual por encima de todo tiene como lógico desenlace una obsesión patológica por desligar la feminidad de la maternidad, hasta el extremo de considerarla como una imposición social, una construcción cultural que pretende reducir a las mujeres a su función reproductiva y bla, bla, bla. “Imposición” que se combate cebándose despiadadamente en los bebés nonatos, víctimas inocentes e indefensas del abyecto “derecho” al aborto.

Recientemente, un equipo de científicos de varios centros de investigación españoles, junto con la universidad holandesa de Leiden, ha publicado un interesante estudio[1], basado principalmente en escáneres cerebrales realizados en decenas de mujeres y hombres a lo largo de varios años, antes y después de ser padres. Los datos de dicho estudio suministran la primera evidencia de que el embarazo produce cambios de larga duración en el cerebro femenino, que implican probablemente habilidades relacionadas con el cuidado de los hijos. Al mismo tiempo, no se han observado modificaciones cerebrales en hombres que han sido padres, lo que descarta que se trate de un fenómeno inducido culturalmente, ajeno al sexo biológico.

Este estudio aporta una notable confirmación de la idea popular del “instinto maternal”. Aunque hablando con propiedad aquí no se trate de ningún instinto, lo cierto es que se han encontrado evidencias empíricas de que el cerebro de la mujer alcanza una especialización superior en la crianza de los hijos tras el embarazo. Algo que tiene que resultar forzosamente perturbador para el ultrafeminismo.

Prueba de esto último es la reacción que me encontré cuando me hice eco del artículo en mi modesta cuenta de Twitter, @Carlodi67, que no llega a los quinientos seguidores en el momento de escribir estas líneas. En los minutos y horas siguientes recibí decenas de respuestas, entre indignadas y sarcásticas, multiplicadas por centenares de retuiteos o “me gusta” de esas mismas respuestas, a cargo de una tropa de cuentas feministas radicales, como una llamada “Locas del coño”. (Sic.)

La mayoría de ellas señalaban las presiones sociales que reciben las mujeres en edad fértil para ser madres. (En resumen, comentarios del entorno más o menos entrometidos, estilo “se te pasará el arroz”; nada especialmente insoportable, salvo quizás para adolescentes hipersensibles.) Otras declaraban, con cierto énfasis histérico, lo felices que eran por no tener hijos ni desearlos. Algunas aludían a las dificultades de conciliación laboral (que podrían reducirse, sin duda, pero siempre existirán en algún grado, mientras no se invente la bilocación) y no faltaban las que mostraban su escándalo ante –horror de los horrores– los muñecos de bebés para niñas.

Lo que tenían en común casi todos estos comentarios no era, como podría pensarse en un arrebato de generosidad, la defensa de la libertad individual frente a la colectividad, pues esta libertad no se le niega a nadie en nuestra sociedad. Lo sintomático era el malestar, incluso la indignación por el mero hecho de que alguien pueda considerar la maternidad como lo más maravilloso que le puede pasar a una mujer en la vida.

Imaginen que alguien opinara que la música es el arte más excelente, y acto seguido saltaran algunas personas con escasas aptitudes musicales, o simplemente poco interesadas en esa forma artística, tomándoselo como una ofensa personal. Que en lugar de decir: “pues yo prefiero la literatura, o la pintura”, denunciaran destempladamente estar siendo “ninguneadas” o “cuestionadas”; y además pretendieran que los demás cambiaran sus criterios para complacer su estrecha sensibilidad estética.

Cualquier mujer, al igual que cualquier hombre, puede con toda legitimidad decidir no tener hijos, evidentemente. Pero lo que no se puede exigir con sensatez es que la sociedad no valore especialísimamente la maternidad y la familia. Aunque sólo sea porque la que no lo haga será una sociedad enferma y abocada a la extinción.

[1] Elseline Hoekzema et al., “Pregnancy leads to long-lasting changes in human brain structure”, Nature Neurosciencie, advance online publication, 19/12/2016.