La Paradoja de Tocqueville

Los graves disturbios de Cataluña ponen aún más de relieve una cuestión sumamente intrigante: por qué el nacionalismo catalán mayoritario se ha radicalizado hasta convertirse en secesionista. O por expresarlo con más precisión: por qué una comunidad que probablemente goza de un nivel de autonomía muy superior a cualquier otra región europea, de un tiempo a esta parte ha entrado en una deriva separatista, como si la democracia española se hubiera vuelto de golpe una cárcel para una parte de sus habitantes.

Algunos analistas culpan de ello a la sentencia del Tribunal Constitucional que invalidó algunas partes del Estatuto de autonomía aprobado por el parlamento catalán en 2006. Nunca me ha convencido esta explicación, pues el nuevo Estatuto jamás fue una demanda social. Pero aunque la admitiéramos, aún quedaría por responder por qué, en un momento dado, la clase política nacionalista trató de convencer a los ciudadanos de que el anterior Estatuto había dejado de ser satisfactorio, pese a las amplias competencias que le había permitido desarrollar a la Generalitat.

Creo que el problema podría iluminarse gracias a lo que llamaré la Paradoja de Tocqueville. Esta paradoja sociopolítica fue formulada por Alexis de Tocqueville en varios pasajes de su obra. Decía el pensador francés en El Antiguo Régimen y la Revolución:

Una cosa sorprende desde el principio: la Revolución, cuyo objetivo propio era abolir en todas partes lo que quedaba de las instituciones medievales, no estalló en los países en que estas instituciones, mejor conservadas, hacían sentir más al pueblo sus molestias y sus rigores, sino, por el contrario, en aquellos donde menos molestaban; de suerte que su yugo pareció más insoportable allí donde en realidad era menos pesado.”

Cuando leí por primera vez este pasaje, la idea de que las revoluciones tienen su origen en las injusticias sufridas por el pueblo, que me parecía una verdad elemental, se me empezó a agrietar por vez primera. Posiblemente ninguna reflexión haya tenido mayor impacto en mis concepciones políticas. Fue a partir de entonces cuando empecé a cuestionarme el “relato” progresista, como se dice ahora.

No sólo en Francia los restos de feudalismo eran mucho menos opresivos (objetivamente) que en el resto del continente europeo, sino que en los años previos a la Revolución la prosperidad económica no había disminuido, sino al contrario. Y sin embargo, el descontento público tendía a aumentar. En ello vislumbra Tocqueville una ley de alcance general:

No es siempre de mal en peor como se cae en la revolución. Ocurre con mucha frecuencia que un pueblo que ha soportado sin quejarse, como si no las sintiera, las leyes más abrumadoras, las rechaza violentamente en cuanto su peso se aligera. (…) En 1780 nadie pretende ya que Francia está en decadencia; se diría, por el contrario, que no hay en aquel momento límites a sus progresos. Es entonces cuando surge la teoría de la perfectibilidad continua del hombre. Veinte años antes, no se esperaba nada del porvenir; ahora nada se teme de él. La imaginación, apoderándose por adelantado de esta felicidad próxima e inaudita, hace a los hombres insensibles a los bienes que ya tienen y los precipita hacia cosas nuevas.”

En su anterior obra, la más célebre y extensa, La democracia en América, Tocqueville ya formula su paradoja en varias ocasiones refiriéndola a la pasión por la igualdad, lo que podría generalizarse a cualquier pasión emancipatoria:

Por una singular extravagancia de nuestra naturaleza, la pasión por la igualdad, que debería disminuir a la vez que la desigualdad de condiciones, aumenta, por el contrario, a medida que las condiciones se igualan.”

Cuando la desigualdad es la ley común en una sociedad, las desigualdades más fuertes no son sorprendentes. Cuando todo está más o menos al mismo nivel, las más pequeñas hieren. Por ello el deseo de igualdad se hace siempre más insaciable a medida que la igualdad es mayor.”

El odio que los hombres sienten por los privilegios aumenta a medida que los privilegios se hacen más raros y menores, de tal suerte que se diría que las pasiones democráticas se inflaman más cuando encuentran menos alimento.”

La analogía con la situación en Cataluña es evidente. A medida que la presencia del Estado central disminuye en esta región, cada vez se les hace menos soportable a los nacionalistas. Cuando la policía autonómica ha obtenido las competencias fundamentales de orden público, tráfico y policía judicial, sueñan con cerrar hasta el último cuartel de la Guardia Civil. Cuando en la escuela se imparten todas las materias en catalán, las pocas horas dedicadas a impartir la asignatura de lengua castellana les parecen ya excesivas; incluso deploran que los alumnos hablen en español en el patio del colegio. Y por supuesto, como más dinero público gestionan, más insuficiente les parece.

A la luz de la experiencia histórica, este proceso tiene difícil solución. Lo que está claro es que la causa de la creciente impaciencia y radicalización de los nacionalistas no es objetiva, sino subjetiva. Es una cuestión de percepción. Las cesiones del Estado central, las cuales son inherentes a la concepción del Estado autonómico, en lugar de contentar al nacionalismo, no hacen más que exacerbarlo.

En Cataluña, como en las demás regiones de España, podría haber sin problema alguno una administración municipal y provincial descentralizada, adaptada a las particularidades culturales y lingüísticas. Pero las instituciones de autogobierno, por su propia naturaleza, tienden a acrecentar su poder a costa de la soberanía nacional, hasta poner en cuestión la unidad territorial. El Estado autonómico no es la solución, sino el problema.

  • Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, Guadarrama, Madrid, 1969.
  • Alexis de Tocqueville, La democracia en América, Trotta, Madrid, 2018.

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La mentira la construye gente como Antonio Maestre

Un procedimiento canónico para refutar una tesis es la reducción al absurdo. Es lo que ha conseguido, aunque involuntariamente, Antonio Maestre, con un artículo titulado “El fascismo se construye con gente como Pablo Motos”, en el que arremete contra el presentador televisivo por haber entrevistado a Santiago Abascal en su programa.

Cuando comparas a Pablo Motos, por una mera entrevista, con amigos íntimos de Hitler como Ernst Hanfstaengl (Putzi), que financió la publicación de Mein Kampf, o con Heinrich Hoffmann, fotógrafo personal del genocida alemán, aparte de caer en el ridículo, no haces otra cosa que resaltar lo rebuscado y disparatado de lo que pretendes convencernos.

Por supuesto, el mayor disparate no es comparar a Motos con Putzi o con Hoffmann, sino a Abascal con Hitler. En esto Maestre carece de toda originalidad; ya estamos demasiado acostumbrados a que, mecánicamente, se califique a Vox como un partido ultraderechista y fascista. Pero no podemos darnos por vencidos ante una mentira tan salvaje y descarada, ni ante una banalización tan desvergonzada de lo que fue el régimen nazi.

Maestre basa su identificación de Vox con el fascismo en que, según él, ese partido difunde “discursos de odio que consideran que los gays o las personas migrantes son ciudadanos de segunda”. Esto es un absoluto y canallesco embuste, y Abascal lo desmintió explícitamente en la entrevista, precisando que se opone estrictamente a la inmigración ilegal, y que en su partido hay homosexuales, incluso cargos electos, que comparten su visión crítica de esas asociaciones LGTBI que pretenden hablar en su nombre.

Uno podrá estar de acuerdo o no con las ideas de Vox. Pero compararlas con las concepciones antisemitas y racistas del partido nazi es una doble afrenta: contra los millones de judíos exterminados en los años cuarenta y contra la inteligencia.

El consenso progresista se basa en una serie de ideas sencillas, como por ejemplo que la familia tal como se ha concebido durante miles de años es algo caduco, que el aborto es un derecho, que las mujeres padecen una injusticia estructural incluso en las sociedades más igualitarias del planeta, que no hay ningún problema con la inmigración ilegal ni con el islam, y que el actual sistema económico no es ecológicamente sostenible.

A nadie desprecian más los periodistas en general que a quien se atreve a salirse de esa ortodoxia, o expresar las dudas más razonables. Le llaman populista, xenófobo, machista, negacionista e incluso racista y fascista. Tratan de convencer al público de que no hay nada más peligroso que la difusión de ideas críticas con el consenso progresista, de que quienes no acatan la ideología de género andrófoba o el donjulianismo multicultural nos amenazan con retornar a las iniquidades y desastres de los años treinta. Es un procedimiento defensivo grosero, pero hasta ahora eficaz. La casi total unanimidad ideológica de los medios, en los temas de fondo, lo demuestra.

Ahora bien, los más celosos guardianes del progresismo son quienes se sitúan en la extrema izquierda, lo que ellos llaman “antifascismo”, es decir, un totalitarismo simétrico a aquel contra el que no cesan de advertirnos anacrónicamente. Pongamos que hablo de Antonio Maestre. Porque el consenso progre es también el mayor blanqueador del comunismo, la ideología más letal del siglo pasado. La ortodoxia progre es la última barrera de seguridad que permite a los neocomunistas y a los filoterroristas seguir disfrutando de un trato privilegiado en los platós, en las redacciones, en los campus y en los eventos sociales. No es de extrañar que sientan inquietud por un partido como Vox, el único que se atreve a plantear una alternativa al pensamiento único progresista, el único que denuncia las mentiras de la extrema izquierda instaladas en las sociedades democráticas. O lo que es lo mismo, el único que señala los auténticos peligros que las amenazan.

La excentricidad de Vox

Hay dos ideas que, a pesar de su ineptitud, se repiten y se seguirán repitiendo durante estos días de precampaña y campaña electoral hasta el 10 de noviembre. La primera es que esta nueva convocatoria de elecciones es un fracaso de la clase política o, más concretamente, un fracaso de un Pedro Sánchez incapaz de obtener los apoyos suficientes para ser investido presidente. La segunda es que si Sánchez vuelve a ganar las elecciones, incluso con mayor número de escaños que ahora, la culpa principal será de la estúpida división de la derecha en tres partidos: PP, Cs y Vox.

Empezaré por la segunda tesis porque sinceramente me pone negro. Si algo me parece singularmente erróneo es pensar que PP, Cs y Vox son “la derecha”, sea lo que sea lo que designemos bajo esta etiqueta. Es decir, que se trataría de formaciones que comparten unos principios fundamentales. En realidad, son mucho mayores las coincidencias esenciales del PP y Ciudadanos con el PSOE que con Vox. Si algo hay dividido es el denominado centro, que hoy no es más que el consenso progresista, aunque yo prefiero llamarlo, más crudamente, el progresismo dominante.

¿Qué es, aquí y ahora, el centro? El centro es hoy la convicción de que el actual modelo socialdemócrata, que recaba grosso modo la mitad del Producto Interior Bruto, esto es, la mitad del dinero de nuestros bolsillos, es básicamente incuestionable. Las leves discrepancias entre los tres partidos del centro se limitan a si todavía hay margen para aumentar los impuestos y el “gasto social”, o si más bien convendría moderarlos un tanto, no vayamos a matar a la vaca de tanto exprimirla.

Profundizando algo más, el centro-progresismo descansa en la firme creencia de que el Estado tiene la obligación de proporcionarnos la felicidad, de buscarla por nosotros y no meramente dejarnos en paz para que cada individuo trate de encontrarla por su cuenta y a su manera. Este principio es el que inspira o aglutina los apartados básicos del discurso centro-progresista: El europeísmo beato, la aceptación acrítica del autonomismo, el multiculturalismo, la ideología de género y el ecocatastrofismo.

Y observen una cosa: partidos supuestamente alejados del centro como Unidas Podemos y los separatistas no hacen más que llevar un paso más lejos, o dos, ideas plenamente aceptadas e identificadas con las posiciones centro-progresistas. Por ejemplo: el derecho de autodeterminación no es más que una exacerbación histérica del culto al Estado como la encarnación de una mítica voluntad democrática. Sólo hay un partido parlamentario que defienda actualmente posiciones divergentes de esta casi unanimidad asfixiante, un partido que podríamos adjetivar perfectamente como excéntrico, y es evidentemente Vox.

Quienes suspiran por una suma del PP, Cs y Vox, sencillamente no han entendido nada, o fingen que no han entendido nada. En buena lógica, lo más clarificador sería que “sumaran” el PP, Cs y el PSOE, si bien es providencial que no lo hagan, porque de lo contrario su predominio sería definitivamente irresistible.

Ahora se verá más fácilmente la ineptitud de la tesis vulgar según la cual las elecciones son un fracaso de Sánchez o de los políticos en general. En realidad, al mostrar sus distancias con UP y los separatistas, Sánchez no hace otra cosa que tratar de convertirse en el líder del centro-progresismo. Y parece que la estrategia le está saliendo bien. No fracasa quien no consigue lo que en el fondo no pretendía.

Los de Casado y Rivera podrán decir lo que quieran, acusar a Sánchez de pactar con Bildu, de que piensa indultar a los políticos independentistas tras las previsibles condenas… Nada de todo esto tiene apenas fuerza mediática frente a los hechos desnudos: que vamos a unas nuevas elecciones por la falta de acuerdo entre Sánchez e Iglesias, en especial respecto al derecho de autodeterminación. Cosa esta última que el presidente en funciones no hace más que poner astutamente de relieve, robándole al Partido Popular, y aún más a Ciudadanos, uno de sus temas más idiosincrásicos, como es la defensa de la unidad de España. Cabe señalar que el pacto del PSOE con los herederos políticos de ETA en Navarra impresiona poco a una opinión pública que en su mayoría se ha tragado con patatas el cuento chino de la derrota de la banda criminal.

Este es, pues, el panorama: unas elecciones en las que se presenta un centro progresista dividido en tres partidos (lo repetiré una vez más: PP, Cs y el PSOE), otro conjunto de siglas que se limitan a desarrollar o exasperar la ideología dominante, como son Unidas Podemos y los separatistas, y un solo partido realmente extramuros del sistema, el dirigido por Santiago Abascal; el único que cuestiona el moderno culto seudorreligioso al Estado Providencia, con sus miniestaditos menores (autonomías) y sus querencias totalitarias.

La culpa de los otros

He adoptado un nuevo lema para mi cuenta de Twitter, Exprogre (@Carlodi67):

Dejé de ser progre el día que comprendí que culpable y otro no son sinónimos.

La más inmediata fuente de inspiración de esta frase es El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce, obra de carácter satírico cuyo ingenio con frecuencia logra brillar por encima de un radicalismo a decir verdad muy trillado. Algunas entradas de este libro, escrito, como su título indica, a modo de diccionario, son realmente geniales. Por ejemplo esta: “Curandero, s. Asesino sin licencia.” Nótese que realmente el dardo satírico se dirige a los asesinos con licencia, en la mejor tradición del escepticismo antimédico desde Montaigne.

O juzguen también esta otra: “Culpable, adj. El otro.” Confieso que tenía absolutamente presente esta definición impagable en el momento de concebir mi lema tuitero. Pero también resonaba en mí una sentencia que he escuchado numerosas veces al entrañable Carlos Rodríguez Brown: “El mejor amigo del hombre es el chivo expiatorio”.

Alguien podrá decir que la búsqueda de culpables no es privativa del progresismo; más aún, que no caracteriza en absoluto al verdadero progresismo. Lo primero lo admito sin reparo alguno. Efectivamente, si alguien llevó la demasiado humana manía de señalar chivos expiatorios hasta cotas de maldad y delirio difíciles de igualar, no fue otro que Adolf Hitler con su patológica obsesión antisemita. Y sin irnos más lejos, aquí entre nosotros, en el nordeste peninsular, tenemos a unos compatriotas que gustan lucir lazos amarillos y culpar de todos sus males, reales e imaginarios, a España.

Nada me complace más que la economía argumental. Si con el mismo razonamiento puedo expresar mi aversión por las ideologías más dispares, me siento feliz. En efecto, no soy progresista por la misma razón, en esencia, por la que tampoco soy ultraderechista o separatista. Y no por ello pretendo que todos los pájaros que mato con el mismo tiro sean de la misma especie.

Con lo que no estoy de acuerdo es con salvaguardar al “verdadero progresismo”, al cual habría que distinguir de sus supuestas desviaciones o tergiversaciones. Yo no sé si hay tal cosa. Me limito a juzgar al progresismo por los que se llaman a sí mismos, con indisimulada satisfacción, progresistas. Y lo que he advertido en ellos, desde siempre, es que tienen automatizada de manera admirable la externalización de la culpa.

Externalizar la culpa es sostener que los grandes males que supuesta o realmente aquejan al hombre (la pobreza, la desigualdad, las guerras, los problemas medioambientales, etc.) son atribuibles o bien a estructuras perversas (el capitalismo, el patriarcado) o bien a unos grupos determinados, que en general podemos denominar como los poderosos. No pretendo que el progresismo se reduzca a esta idea. Sí digo que si quitamos esta idea, no hay progresismo.

Lo esencial de la externalización de la culpa es, primero, su carácter de explicación omnicomprensiva, su función casi gnóstica de secreto del universo. Lo segundo es que se achaca a un colectivo, no al individuo en sí. La culpa es siempre artificial (es decir, antrópica), pero supraindividual. Esto no impide a los progresistas personalizarla en figuras de carne y hueso, sus habituales bestias negras. Verbigracia: Trump, y en general todos los presidentes de Estados Unidos del Partido Republicano. Pero el odio hacia personajes identificados con la derecha, la ultraderecha o el populismo, aunque no desdeñe las ventajas propagandísticas de la encarnación en unos apellidos concretos, es siempre odio a lo que estos representan, al noúmeno más que al fenómeno. Los vicios o defectos que parecen inherentes a un conservador se juzgan accidentales en un progresista, o indicio de que no es un “verdadero progresista”.

Hay dos maneras, en cierto modo opuestas, con las que se consigue desvincular la culpa del pecado original (pues de esto se trata, en última instancia), atribuyéndola a entes distintos del yo o el nosotros. Una consiste en negar, no siempre implícitamente, la libertad humana. Si yo no soy libre, sean cuales sean mis circunstancias, para decidir hasta cierto punto lo que quiero ser, porque el medio social determina de manera implacable mi destino, el hecho de que no alcance cierto nivel de prosperidad o incluso de que me convierta en un delincuente sólo podrá atribuirse a un sistema opresor o injusto.

La igualdad de oportunidades que predica el liberalismo, según el progresismo de manual, sería una farsa: aunque todos puedan acceder a la enseñanza gratuita, los hijos de los ricos gozarán de mayores facilidades, de un entorno más cómodo para concentrarse en los estudios y de una educación privada de superior calidad. Análogamente, si en las carreras tecnológicas sigue habiendo un predominio masculino, forzosamente deber atribuirse a barreras sexistas ocultas, aunque las mujeres no encuentren hoy ningún obstáculo para elegir cualquier profesión.

Dejas de ser progresista cuando comprendes que todo eso son excusas baratas, ya sea para consolarse de las propias limitaciones o errores, ya sea para cultivar un resentimiento políticamente explotable. Las oportunidades están ahí para quien quiera aprovecharlas, con su esfuerzo y su constancia. Los ejemplos de individuos que con casi todo en contra han sabido jugar sus bazas mucho mejor que otros, criados entre los mayores lujos y comodidades, son lo suficientemente elocuentes. Y probablemente más ilustrativos sean los casos de quienes han malbaratado una existencia teniéndolo todo a favor.

Entiéndase, ser o no progresista es menos una cuestión biográfica que de carácter. Hay quien pretende ahorrar a los demás el precio que él mismo ha tenido que pagar. Puede parecer una actitud generosa, pero es dudoso que beneficie a quienes va dirigida. En esta categoría de benefactores dudosos incluyo desde los reconocidos académicos, literatos o artistas que desconfían del talento como ascensor social, hasta empresarios de éxito que creen que la autodisciplina vital, gracias a la cual han triunfado, por alguna razón no basta para ayudar a los que vienen detrás de ellos. En otra ocasión trataré de indagar en el mecanismo psicológico de estos progresistas cuyo mayor contraejemplo son ellos mismos.

La otra manera de teorizar la culpa consiste en lo contrario, aparentemente. En lugar de la despersonalización, ahora se trata de personificar determinados males de origen natural. Sin embargo, el fin es el mismo; se trata de atribuir a determinados grupos o clases una culpa que justifica perseguirlos como enemigos del interés general. Pueden ser desde los llamados imprecisamente “ricos” hasta el más humilde conductor de un vehículo diésel, acusado de poner en riesgo nuestro planeta.

En los inicios de la epidemia del sida surgió una intoxicación periodística (lo que ahora llamamos fake news) que acusaba a los servicios secretos de los Estados Unidos de haber creado el virus del VIH en un laboratorio, con el fin atrozmente inverosímil de exterminar a la población africana. Jean-François Revel, en su obra maestra El conocimiento inútil, rastreó el origen del bulo, que se halla, en efecto, en unos servicios secretos: los soviéticos, vía Berlín Este. De hecho, los propios científicos rusos consideraban ridícula semejante teoría. Victor Jdanov, director del Instituto de Virología de Moscú, preguntado por un periodista sobre si el sida había sido creado por la CIA, respondió: “¿Por qué no los marcianos?”

En la actualidad, la teoría de moda que culpa al hombre (en realidad, a la economía de mercado) de hipotéticas catástrofes es la teoría del cambio climático. Por supuesto, es posible que la actividad industrial tenga algún tipo de efecto en el clima. Pero en la práctica no se puede investigar hasta qué punto esto es así, porque la doctrina oficial, según la cual la principal causa del cambio climático es antropogénica, se da por sentada e incuestionable. Y menos aún se puede explorar (si uno tiene estima por su estabilidad laboral y su reputación) la teoría alternativa, según la cual el cambio climático se debería en su mayor parte a variaciones cíclicas en la órbita terrestre y en la radiación solar que consiguientemente recibe nuestro planeta.

Este empeño en encontrar culpables, incluso de problemas ficticios o que no son causados por el hombre, obedece a una lógica falsamente justiciera. Sostener que los judíos, los burgueses, los kulaks, los prósperos occidentales, los varones blancos heterosexuales, tienen la culpa de que la tierra no sea un paraíso es una sutil invitación a la coacción e incluso a la persecución. Al final de toda teoría de la especie culpabilizadora hay, en el mejor de los casos, un nuevo impuesto o una multa. En el peor, el campo de concentración.

El progresismo, por supuesto, incluye entre su nómina de culpables, en lugar preeminente, a todos sus críticos. Si cuestionamos la guerra de sexos hoy conocida como “perspectiva de género”, somos unos vetustos machistas que desearíamos ver a las mujeres encerradas en casa. Si denunciamos los efectos perniciosos de una inmigración ilegal masiva, somos unos xenófobos que gozamos viendo a los africanos ahogarse en el Mediterráneo… Fácilmente volverá contra nosotros la crítica aquí expuesta y nos acusará de culpar a la inmigración de todos los males.

Pero recordemos que la externalización de la culpa no es más que una suerte de inversión de la doctrina del pecado original, que por esto mismo tiene en común con ella su carácter omniexplicativo. Señalar un mal concreto, por vasto que sea, no es, por sí solo, convertirlo en el chivo expiatorio universal.

Reconocer que determinada inmigración causa problemas y decir que los problemas son a priori culpa de la sociedad de acogida, son formas de razonar antitéticas. La primera, basada en la experiencia, el sentido común y la noción judeocristiana de la responsabilidad individual. La segunda, basada en mantras alejados de la realidad y en un determinismo metafísico que culpa a la sociedad y el medio de las malas decisiones individuales, y por tanto considera la percepción interna de la culpa como una superstición caduca. Aunque como toda verdad negada, acabe resurgiendo con aspecto paródicamente deforme. Cuando se expulsa la culpa de la conciencia, retorna en forma de policía secreta.

La alerta de los necios

El hábito periodístico de adjuntar el adjetivo ultraderechista a Vox parece firmemente arraigado. Si esto conseguirá ponerle un techo electoral insuperable al partido presidido por Santiago Abascal o, por el contrario, terminará desacreditando definitivamente un término del que tanto se abusa, al igual que sucede con sus sinónimos fascista y facha, el tiempo lo dirá.

Ese descrédito sin duda arrastraría a quienes nos alertan un día sí y otro también contra la reencarnación de Hitler en cada líder político que se distancie un centímetro del progresismo culturalmente dominante. Por eso algunos están dispuestos a admitir que, rigurosamente hablando, no se puede decir que Vox sea ultraderechista, sino que se trataría de otra cosa, aunque no mucho mejor.

La tertuliana televisiva Elisa Beni, en un artículo titulado “Alerta, teocracia”, sostiene que lo que distingue a Vox de otras formaciones europeas de “claro signo neofascista” es su “marcado sesgo ultracatólico”. Y por el tono del texto se diría que la horroriza o asquea incluso más lo segundo que lo primero. Para la periodista, lo verdaderamente característico de Vox no es su apelación al patriotismo (la “España imperial”, dice) ni su discurso de regeneración y ahorro de dinero público. Todo esto no es sino mero “confetti que envuelve el verdadero objetivo, que es el de hacer coincidir las leyes civiles con las leyes de la Iglesia. Un camino de vuelta a la teocracia.”

Beni se refiere, como concreta seguidamente, a la oposición de Vox a la ideología de género, que según ella no hace más que asumir como propia la doctrina de la Iglesia sobre la materia, tal como empezó a plasmarse a finales de los años noventa, como reacción a la Conferencia de Beijing de 1995. Ahí, de algún modo, se institucionalizó mundialmente el secuestro del feminismo igualitario por el feminismo de género. La distinción entre ambos la explica muy bien Steven Pinker, psicólogo experimental y profesor de la Universidad de Harvard, en su ya clásico libro La tabla rasa. (Paidós, 2002).

El feminismo igualitario combatió la discriminación sexual y las injusticias contra las mujeres, y fue el inspirador de las dos primeras olas del feminismo. La primera reclamó el derecho al voto y la educación para las mujeres, desde mediados del siglo XIX hasta las primeras décadas del XX. La segunda ola, ya en los años setenta, reivindicó el acceso de la mujer a todas las profesiones. Pero desde finales del siglo pasado nos encontramos inmersos en una tercera ola, que se corresponde con el feminismo de género.

El feminismo de género pretende que no existe ninguna diferencia empírica entre hombres y mujeres, aparte de los órganos de reproducción sexual, que no sea una construcción cultural, y más concretamente un instrumento de dominio estructural del “heteropatriarcado”. Recientemente, se niega incluso que los genitales puedan determinar el género, pues éste sería una elección que realizan los individuos, generalmente a edades tempranas.

La consecuencia de esta tesis es que cualquier diferencia de conducta o predisposición entre hombres y mujeres debe ser combatida sin descanso mediante leyes coercitivas y reeducación constante, tanto de los hombres, culpables de un machismo obstinado y pertinaz, como de las mujeres, a las que hay que convencer “por su bien” de que se interesen menos en la maternidad, y más en estudios y profesiones de carácter tecnológico, por ejemplo, así como en alcanzar rangos sociales superiores. No basta con que exista igualdad de oportunidades; mientras contabilicemos más ingenieros que ingenieras, o más ajedrecistas de elite masculinos que femeninos, es obligado sospechar que existen barreras ocultas a derribar.

El problema de la tesis del género es que es falsa, pues se contradice, además de con la antropología cristiana y el mero sentido común, con todo el conocimiento científico actual sobre evolución humana, genética y neurociencia. Los hombres y las mujeres no somos idénticos, aunque sí muy similares, en promedio, en capacidades intelectuales. Pero existen diferencias notables de gustos e inclinaciones, y en minoritarios niveles de excelencia (en unas materias a favor de las mujeres y en otras a favor de los hombres) que, si bien no justifican ningún tipo de discriminación individual, es imposible ignorar sin comprometer la felicidad de los individuos de ambos sexos, y sin caer en injusticias (discriminación del varón, ridiculización de la mujer que prioriza la maternidad) como mínimo iguales a las que se declara combatir.

Por supuesto, la realidad es tozuda, y las pretensiones del feminismo de género no dejan de estrellarse contra ella. Pero su reacción invariable es que hay que seguir aumentando los recursos destinados a los chiringuitos del género y endurecer más aún las leyes contra un fantasmal machismo que, paradójicamente, les parece mayor cuanto más se igualan las condiciones entre los dos sexos. Ello incluye la criminalización de cualquier discrepancia, asociándola sin pudor alguno con el maltrato e incluso el asesinato de mujeres.

La Iglesia se opone, en coherencia con la fe y el pensamiento católicos, a la ideología de género. Pero ni siquiera hace falta ser creyente para comprender que se trata de una ideología totalitaria y anticientífica, que rompe con la tradición liberal humanista para engarzar con el marxismo cultural y el posmodernismo majareta de ciertos filósofos, cuyas desquiciadas doctrinas han arraigado en los campus universitarios de los Estados Unidos, irradiando desde ahí con sus mensajes tóxicos al resto del mundo.

Con todo, el efecto más pernicioso de la ideología de género, a la larga, es que nos distrae de la única y verdadera amenaza machista y teocrática, la que procede del islam. El progresismo dominante no sólo se manifiesta permisivo con una inmigración descontrolada que, entre otros problemas, contribuye a aumentar la población musulmana en Europa, sino que condena como islamófoba prácticamente cualquier crítica hacia el islam. Que, al mismo tiempo, personajes como Elisa Beni aún tengan la necia desfachatez de alertarnos contra el supuesto nacionalcatolicismo de Vox, no es serio. Más bien es siniestro.

La libertad individual en el punto de mira

Vivimos un tiempo donde la libertad es reverenciada de la manera más hipócrita imaginable, elevando a la categoría de primeras virtudes la “rebeldía” y la “transgresión”, mientras que ¡ay de ti si te atreves a cuestionar lo que la elite progresista global considera que no es siquiera debatible!

Para abortar a tu hijo, para experimentar formas de sexualidad “no normativa”, para cambiarte de sexo, o elegir una de las decenas de “géneros” con los que algunos aseguran identificarse, cada vez hay menos obstáculos, si es que queda alguno, al menos en Occidente. Incluso se pretende destruir la inocencia infantil, induciendo a los niños a que se planteen esas opciones a edades cada vez más tiernas.

Pero no sueñes con criticar la seudociencia del “género”, que niega algunos de los hechos más básicos de la biología humana. Tampoco se te ocurra opinar que a lo mejor dentro de cincuenta años no se va a producir la catástrofe climática con la que nos amenazan diariamente. Y no te atrevas a poner en duda que la inmigración masiva sea la única solución de la baja natalidad, o a señalar los problemas de conflictividad que acarrea, en especial la inmigración musulmana. Si osas hacerlo, serás anatemizado con calificativos infamantes, intentarán destruirte socialmente, multarte y hasta, si pueden, meterte en la cárcel.

Ahora bien, la cosa va más allá de perseguir al disidente. Las que están hoy en el punto de mira son las formas más elementales de libertad individual, las de millones de seres humanos normales y corrientes que en muchos casos ni siquiera se han preocupado jamás de cuestiones políticas o ideológicas. Cada vez con mayor insistencia se lanzan globos sonda del siguiente tenor: no deberíamos tener hijos, no deberíamos comer carne, no deberíamos conducir un coche privado, no deberíamos viajar en avión, etc.

Podemos tomarnos a broma semejantes “recomendaciones”. Pero haríamos mal, porque el mero hecho de que desde la ONU o cualquier administración nacional o local, así como desde las mal llamadas ONG, a las que en general les sobra la letra N, se atrevan ya a sugerirnos el número de hijos que debemos tener o no, lo que debemos comer o cómo debemos movernos, revela una mentalidad totalitaria inequívoca.

Los totalitarios del presente ya no son revolucionarios, no pretenden destruirlo todo en un espasmo de violencia para implantar el paraíso socialista. Han aprendido que es mucho más efectiva (y cómoda para ellos) una estrategia gradualista, de pequeños pasos, de sucesivas “conquistas sociales”, de objetivos parciales, fijados por comités de “expertos” con plazos realistas. Pero su finalidad es la misma que la de los comunistas del siglo XX, responsables de los mayores genocidios de la historia, junto con sus primos hermanos los nacionalsocialistas.

El ideal progresista más o menos secreto, más o menos confeso, es una sociedad regida por un gobierno mundial en el que la única libertad individual sea la sexual y consumista, mientras que una administración prácticamente omnipotente se haría cargo de nuestras vidas, desde la cuna hasta la tumba. Una sociedad en la que sólo existirían individuos “liberados” de cualquier vínculo tradicional o incluso biológico, de cualquier dogma religioso o moral no estrictamente utilitarista, frente a un Estado teóricamente benevolente que les garantizaría la felicidad material y la ausencia de dolor hasta el fin de sus días, probablemente en una acogedora sala de eutanasia.

Los pretextos de este nuevo totalitarismo son sobradamente conocidos: salvar el planeta, luchar contra el machismo, la homofobia y el racismo. En estas amenazas que supuestamente afligen a la humanidad, la mayor parte es pura invención, o no son aplicables a las sociedades occidentales. Por no ser prolijo, me limitaré a comentar sólo el catastrofismo climático.

Es innegable que existe una tendencia al calentamiento global desde hace décadas. Según los registros que publica la agencia NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration) de los Estados Unidos, desde finales de la década de los setenta, la temperatura global media ha sido superior al promedio del siglo XX, y además de manera creciente, aunque no exactamente lineal. Por ejemplo, la variación de enero de 1978 fue de 0,22° más. En 2017 alcanzó el máximo, casi un grado (0,99°), aunque en los dos últimos años se ha suavizado levemente: 0,89° en 2018 y 0,84° este año. En cualquier caso, la tendencia general es evidente. Pero la pregunta es: ¿por cuánto tiempo persistirá?

La respuesta depende de la teoría con la cual expliquemos el calentamiento. La teoría oficial que defienden muchos científicos y sobre todo las instituciones políticas y los medios de comunicación, es que el calentamiento está correlacionado con la cantidad de gases emitidos por el hombre, como el CO2 entre otros. Si esto es así, y dichas emisiones no se controlan, la temperatura seguirá aumentando con efectos a medio y largo plazo catastróficos, como la subida del nivel del mar debido al deshielo de la Antártida y de Groenlandia, el incremento de fenómenos meteorológicos extremos, e incluso migraciones y guerras debido a la desertización de amplias regiones del planeta.

A esta teoría se le pueden hacer varias objeciones, pero principalmente dos. La primera, que  un factor de carácter cíclico como las variaciones en la radiación solar, observadas por los astrofísicos, podría ser mucho más importante que la acción humana, como lo demuestran los cambios climáticos producidos en la Edad Media y en épocas muy anteriores al Homo Sapiens. La segunda, que incluso aunque el impacto antrópico fuese tan relevante como se afirma, aún estamos lejos de poder predecir mecánicamente sus consecuencias.

Sin embargo, tanto las instituciones políticas como los medios de comunicación pretenden que las previsiones más alarmistas representan las únicas científicamente válidas, y además, en contra del propio método científico, las han elevado a la categoría de verdades absolutas. Discutirlas es situarse, según ellos, fuera de los límites del debate racional, algo así como defender que la Tierra es plana o que el cáncer se puede curar con homeopatía. De ahí que se llame negacionistas a quienes discrepan del ecocatastrofismo.

Esta elevación de la teoría del cambio climático a un rango seudorreligioso tiene como función postular una emergencia planetaria que eventualmente justificaría medidas draconianas contra la libertad de los individuos. Para algunos aprendices de totalitario, puede llegar un momento, si es que no ha llegado ya, en el que haya que tomar medidas drásticas con el fin de reducir la población humana y la contaminación.

Esto no es un regreso al milenarismo, como algunos interpretan perezosamente. No es que los antiguos profetas que predicaban el fin de los tiempos (“¡Arrepentíos, pecadores!”) se hayan transmutado en altos cargos de la ONU o en directivos de chiringuitos climáticos. Aquéllos eran a menudo sencillos moralistas, con frecuencia de vida sumamente austera, que trataban de influir en la conducta del prójimo mediante la palabra. Los de hoy son dictadores potenciales y arrogantes que disfrutan de posiciones socialmente privilegiadas, pero que sueñan con mucho más poder.

Van a por nuestras libertades, pero no las de alcoba, que ni los más celosos inquisidores del pasado podrían soñar en sorprender, por mucho que quisieran. La libertad sexual nos la conceden astutamente, a cambio de que les dejemos fiscalizar todo lo demás. Ya están casi plenamente desarrollados los medios técnicos (geolocalización, dinero electrónico, cámaras con reconocimiento facial, inteligencia artificial, etc.) para llevarlo a cabo hasta las últimas consecuencias. Si lo permitimos.

Por culpa del resto

Dos años después de los atentados islamistas de Barcelona y Cambrils, me temo que los denominados “expertos” siguen sin haber aprendido absolutamente nada. Un ejemplo: Vicens Valentín, profesor de la UOC (Universitat Oberta de Catalunya) entrevistado por el Diari de Tarragona, se acaba de descolgar con las siguientes palabras:

“Hay que pensar que estas personas que atacaron eran de aquí y vivían entre nosotros. O mejor, dicho, es gente de aquí pero que no se siente suficientemente de aquí, seguramente por culpa del resto. Hay que hablar en términos de integración o de educación. La reflexión y el debate de fondo debe ponerse ahí, no en políticas reactivas como poner bolardos.” (Negritas mías.)

Es el peligro de no sentirse “suficientemente de aquí”, que te empiezan a rondar ideas de volar la Sagrada Familia. Tócate las narices. Yo es que, la verdad, no puedo. No puedo tomarme en serio a estos intelectuales de pacotilla, por muchos masters que tengan, que monopolizan la opinión supuestamente “experta” de los medios. El hecho de rebatir sus trilladas sentencias una y otra vez me produce una pereza casi invencible. Pero alguien tiene que hacerlo.

Según Valentín, la culpa de que fueran asesinadas dieciséis personas en las Ramblas de Barcelona no fue tanto del autor material de esa matanza, como “del resto”. O sea, de la sociedad en su conjunto, por no haber sabido integrar al pobre asesino mediante la educación y la inserción laboral.

La idea de que el crimen es consecuencia de una sociedad injustamente organizada, o lo que es lo mismo, el abandono del concepto de culpa individual, constituye uno de los corolarios principales de la crisis de la cultura cristiana. Hasta aquí, los progresistas no me quitarán la razón. Lo que nos diferencia es que ellos, desde su cosmovisión materialista, no ven que haya ningún mal en tal crisis ni por tanto en reducir la culpabilidad a la causalidad. Al contrario, lo consideran un progreso.

Por supuesto, ese reduccionismo es chapuceramente, interesadamente parcial. A los progres les conviene que siga habiendo culpables, incluso auténticos villanos de cine: son todos aquellos que no les siguen la corriente, los que osamos contradecirles: los “populistas”, la “ultraderecha”…

Ahora bien, insisto en destacar su empecinamiento, su incapacidad congénita para aprender de la experiencia. Si algo caracteriza a muchos de los autores de atentados islamistas es su integración en nuestra sociedad, la igualdad de oportunidades de que han gozado, tanto a través de la escolarización como del mercado laboral e incluso el asociacionismo. Pero los dogmas progres son inmunes a cualquier contrastación. Si la culpa es a priori de la sociedad, habrá que concluir, sean cuales sean los datos objetivos de que dispongamos, que si alguien se convierte en yihadista es porque no hemos sabido integrarlo “lo suficiente”, es decir, porque seguimos siendo unos redomados racistas que nos merecemos todo lo que nos hagan, o poco menos.

Personalmente, no puedo dejar de abrigar la idea de que el yihadismo tiene algo que ver con el islam. Que tal vez el problema se encuentre en una religión absolutamente intransigente con quienes no la profesan. De esta audaz hipótesis se deduciría que la solución no está en la “educación”, al menos no mientras se limite a algo tan superficial, aparte de transmitir algún que otro conocimiento, como a remachar tres o cuatro eslóganes pacifistas y buenistas.

Lo gracioso de todo esto, permítanme decirlo de esta manera, es que si los atentados se hubieran cometido en nombre de Jesucristo, los progresistas cargarían unánimes contra el cristianismo, y hasta propondrían sustraer a los padres la libertad de educar a sus hijos según sus creencias, como recientemente manifestaba una diputada de Podemos, que no se privaba ni siquiera de personalizar su totalitaria medida contra la dirigente de Vox Rocío Monasterio. Por el contrario, ya sabemos cómo se trata al islam: es una religión de paz, y no hay que generalizar unos actos lamentables para alimentar la islamofobia…

Como yo no soy progresista, no creo que haya que limitar la patria potestad, salvo en casos de claro maltrato o abandono, ni siquiera en el caso de los musulmanes. Personalmente, soy más partidario, entre otras medidas, del control de fronteras y de acabar con el efecto llamada, con unos objetivos muy claros: impedir la inmigración ilegal y conseguir que los musulmanes opten, en lo posible, por emigrar a países de su misma cultura, fuera de Europa.

No podemos ni debemos obligar a nadie a renegar de su religión. Pero sí es factible y admisible dejarle bien claro que nuestra sociedad se basa en principios completamente distintos, y además que si se viene aquí es para contribuir económicamente, no para vivir de subsidios. Para mí, esto no sólo es mucho más eficaz que lo que los progres entienden por educación, sino también mucho más liberal. Porque limitar el crecimiento de la población musulmana en Europa es indispensable para que –como lamenta Vicens Valentín– no sigamos perdiendo “trozos de nuestra libertad”. Esa libertad, fundada en la cultura cristiana y grecorromana, que retrocede en la misma medida que se expanden las zonas dominadas por la ley islámica.