Menos libres que ayer y más que mañana

Tan peligroso para la libertad es que el Estado sea negligente en sus funciones esenciales (preservar la paz y la seguridad) como que se exceda en ellas y se desborde en ámbitos que no tienen nada que ver. No creamos que lo primero conduce al mero desorden y la anarquía, a diferencia de lo segundo. Ambas tendencias se retroalimentan y nos conducen hacia al totalitarismo. Si el Estado no es capaz de proteger las fronteras de un país contra un Estado agresivo, es obvio que ello nos expone a ser dominados por un ocupante que por definición no se considera obligado por nuestras leyes e instituciones. Esto es un caso que no se producía en Europa desde hace ochenta años, hasta la invasión rusa de Ucrania. Pero en la Europa occidental lo que está sucediendo no es menos grave a la larga: los Estados no nos están protegiendo contra la invasión migratoria, más o menos “pacífica”, y encima son cada vez menos eficaces en la lucha contra la pequeña delincuencia, que es la que afecta a la mayor parte de los ciudadanos, en especial a los de rentas medias y bajas.

Ahora bien, las burocracias y las fuerzas policiales del Estado moderno no se han desmantelado, ni están inactivas o funcionando a medio rendimiento. El formidable aparato del Estado, ya que no se emplea para garantizar la seguridad y la propiedad, tiende a utilizarse para controlar y fiscalizar a los ciudadanos respetuosos con las leyes, los que se dedican a trabajar honradamente para ganarse la vida y mantener a sus familias. Para que ello resulte aceptable, se desvía el foco de atención desde la delincuencia de todo tipo (tanto común como política) a otro tipo de males, aunque realmente afecten mucho menos a la seguridad y la prosperidad del ciudadano común.

Aquí entran en juego los discursos sobre el machismo, el racismo, el cambio climático y todo aquello que sirve para convencer a la gente de que debe aceptar nuevos sacrificios (impuestos, normas, restricciones de libertades) para combatir esas amenazas, y preocuparse ante todo por ellas, no por el creciente peso del Estado sobre sus vidas, ni por una delincuencia que funcionalmente adopta cada vez más un carácter parapolicial, con violaciones de las leyes y de la propiedad pública y privada que parecen más amparadas por la administración que la actividad económica legal, martirizada por los impuestos y normativas.

No hay, pues, ninguna paradoja en que el Estado por un lado desatienda sus funciones esenciales (preservar la paz y la seguridad) y por otro se inmiscuya en muchos otros aspectos de la vida: la economía, las familias, la educación, las creencias y costumbres. Lo primero conduce a lo segundo, porque el Estado no tiene ningún interés en disminuir su poder, y además se reviste de ideologías “progresistas” que justifican esa redefinición de su sentido. Ahora ya no se trata meramente de proteger la vida y la propiedad, sino de hacernos felices, de construir un mundo mejor. Ello abre la puerta a todo tipo de abusos y engaños que acaban amenazando valores primordiales, mucho más tangibles que la subjetiva felicidad, como son la vida, la propiedad y la privacidad. El Estado no está tan interesado en que las calles sean seguras y los ciudadanos prosperen con su trabajo e iniciativa, como en entrar en los hogares y las empresas privadas para garantizar que haya igualdad de sexos, se reciclen adecuadamente los desechos, no se malgaste la energía ni se emita CO₂ en exceso.

Cada vez más cosas dependen del Estado, es decir, de la minoría que lo controla. Cada vez más gente es dependiente de ayudas y subvenciones, lo que implica aumentar la presión fiscal sobre los que producen. Cada vez es más difícil emprender, circular o simplemente expresarse sin violar alguna norma o tener que pagar algún peaje económico o simbólico. Cada vez los medios de comunicación son más instrumentos de propaganda de la ideología progresista que sirve a los intereses de este incipiente Estado totalitario. Hoy somos menos libres que hace medio siglo, y vamos camino de serlo más que dentro de diez o veinte años. Porque el proceso, que es de carácter global y está auspiciado por las grandes organizaciones y corporaciones multinacionales, se está acelerando claramente. O conseguimos detener e invertir esta tendencia (para empezar, señalándola y denunciándola) o nuestra civilización se convertirá en algo irreconocible y mucho peor de lo que ha sido hasta ahora.

El tonto de nuestro tiempo

Uno de mis aforismos favoritos se debe, qué casualidad, a uno de mis autores favoritos, Nicolás Gómez Dávila. Dice así: “El tonto no sale de las ideas intermedias.” El origen de mi predilección, aparte de proporcionarme la vana ilusión de escapar de la categoría, es que la sentencia retrata no ya a un tipo humano, demasiado humano, sino a nuestra sociedad entera.

Pienso en ello siempre ante el espectáculo tedioso de las sucesivas “polémicas”, así llamadas por el periodismo. Debates o más bien refritos de debates en que se discute con ardor sobre detalles contingentes eludiendo meticulosamente plantear las cuestiones de fondo. Por ejemplo, la última (o penúltima, al ritmo de la noche) sobre el aborto. Que si ofrecer una ecografía es coacción, o incluso “sadismo”, que decía un espécimen; que si esto ya se ofrece en la Sanidad pública y por tanto la propuesta es mero “postureo” (según el amortizado referente de la derecha Jiménez Losantos); que si esto o lo otro: todo menos hablar de si existe un derecho supremo a la vida de los no nacidos, y de si podemos (¿merecemos?) sobrevivir como civilización facilitando los abortos en lugar de tratar que disminuyan.

Ya sé qué dirá el retén de los enterados: Que esto es un tema de conciencia de cada cual, o expresiones equivalentes, como que esto es una cuestión metafísica o religiosa y que estamos ya en la etapa científica del Homo Deus. Por emplear la lengua de graduado social del Partido Popular: que esto es un debate “superado”.

Estos gestores cerrilmente incultos del PP probablemente ni sospechan que son meros epígonos degradados de un filósofo británico del siglo XVIII, David Hume, quien al final de su Ensayo sobre el entendimiento humano condenaba a la hoguera (metafórica, of course) todas las obras de conocimiento que no fueran catalogables como analíticas (matemática y lógica) o empíricas (ciencias experimentales como la física, química, etc.)

Recomendación muy imprudente, como el tiempo ha demostrado. No hace falta recordar las hogueras de los nazis para darse cuenta de que cualquier intento de imponer de qué se puede hablar o no termina sofocando la propia llama del conocimiento científico. Hoy se habla de “consenso” para cancelar como negacionista a quien cuestiona la teoría antropogénica de cambio climático, desincentivando cualquier línea de investigación que podría ayudarnos a enfrentarnos con más éxito a un proceso que acaso sea de origen principalmente natural. Peor aún, está prohibido discutir los fundamentos de filosofías flagrantemente anticientíficas, instaladas en la Universidad, el Estado, la ONU y Google, como es el caso de la teoría de género, que hubiera horrorizado a ilustrados como David Hume.

Es preciso, es ya impostergable reabrir los grandes debates cerrados en falso. Empezando por el fundamental: ¿Somos un mero accidente astrofísico o somos esencialmente espíritu irreductible a la materia? Y si fuéramos esto último, ¿debemos entenderlo en un sentido panteísta o teísta? De estas tres opciones (en rigor, no hay otras, con todas las subvariantes imaginables), es decir, materialismo, panteísmo y teísmo, sólo la última nos permite inferir que la vida humana tiene un valor primordial y que somos libres. O en otros términos, que no todo vale igual y que nuestras decisiones importan. Desde el teísmo judeocristiano no da lo mismo abortar que no abortar, no es un tema que resolvamos dejándolo a la conciencia o subjetividad de cada cual y que no deba preocuparnos más allá de ese fuero interno.

Pero si rechazamos la cosmovisión cristiana que dio origen a nuestra civilización, que al menos se nos exponga con perfecta claridad y consistencia cuál es el recambio. Que se nos diga qué clase de lógica hay en que Jordan Peterson y los demás psicólogos canadienses deben ser obligatoriamente reeducados en el activismo LGTB y en cambio resulta intolerable que a una embarazada se le ofrezca escuchar el latido fetal. Quien no sale de las ideas intermedias acaba siempre contradiciéndose, mezclando conclusiones de premisas incompatibles de las que no es consciente. Se trata del fenómeno conocido como progresismo, la forma oficial que adopta la tontería contemporánea.

La batalla del latido fetal

La medida promovida por Vox en Castilla y León para que las mujeres embarazadas escuchen el latido del corazón de sus hijos ha puesto muy nerviosos a los izquierdistas y progres en general. Han dicho que utilizar la tecnología médica para que las mujeres tengan mejores elementos de juicio en caso de estar planteándose abortar, es atacar sus derechos. El portavoz parlamentario del PSOE, Patxi López, ha llegado a proferir en Twitter que la medida es “violencia machista”.

Más allá de la catadura moral y la indigencia intelectual que revelan estas reacciones, no deberían sorprendernos. Están en juego mucho más que los chiringuitos del feminismo. Notemos que aunque el latido del corazón puede escucharse, con la tecnología actual, entre las seis y doce semanas de gestación, este órgano empieza a funcionar a las tres semanas, e incluso según un estudio tendría actividad a los 16 días desde la concepción. (First of our three billion heartbeats is sooner than we thought.) Es decir, el corazón del embrión humano late desde antes que la madre sepa que está embarazada de él.

Aunque el latido cardíaco no es la única señal de vida, sin duda es la más importante, al menos intuitivamente. Es muy difícil sostener que acabar con una criatura cuyo corazón ya está latiendo no es lo mismo que matarla, sino algo equiparable a extirpar un quíster. Un “amasijo de células” no tiene pulsaciones. Señalar este hecho desplaza el foco desde las consecuencias indeseadas que el nacimiento de un bebé pueda tener para los adultos a lo que nunca hubiera debido perderse de vista: su dignidad como criatura humana completamente indefensa.

Algo tan simple como dar a conocer la verdad sobre los embriones y fetos humanos pone en cuestión, como he dicho, no solo los chiringuitos del feminismo establecido. Es un auténtico torpedo por debajo de la línea de flotación de la izquierda posmoderna. Esta se fundamenta, desde los años setenta, en la afirmación de que abortar es un derecho que hace a las mujeres más libres. Es decir, ha entronizado un concepto de libertad como la realización de nuestros deseos, entendidos como la maximización del placer sin restricciones, sin responsabilidades ni efectos secundarios.

Es en esta concepción hipersubjetivista donde la izquierda académica y política, el capitalismo digital, las burocracias globalistas y los gobiernos confluyen en un mensaje difundido con toda la fuerza de choque de los medios de comunicación y entretenimiento de masas: Tú busca el placer; nosotros, la élite globalista, nos encargamos del resto. Tú solo consume nuestros productos, vota a los partidos del “consenso” y no te preocupes de nada más. Mientras puedas follar con quien quieras y estar a la última sobre series y videojuegos, eres libre, aunque toda tu vida esté monitorizada y mediada por nosotros. De acuerdo con esta estrategia, el siguiente paso (o nicho de mercado, en la jerga mercadotécnica) es que los niños empiecen a ser sexualmente activos cuanto antes, para que asuman su papel integral de consumidor de placer y entretenimiento garantizados por el Estado y las grandes corporaciones tecnológicas. La última iniciativa legislativa de Podemos va en esta línea.

En este camino de servidumbre huxleyana son literalmente trituradas millones de vidas por la industria del aborto, generosa financiadora del Partido Demócrata norteamericano. Para que esta máquina infernal no se detenga, los enemigos a abatir son la familia natural y las viejas naciones europeas. La primera es un núcleo de potencial resistencia, una transmisora de valores y prestadora de servicios voluntarios no controlados por el tecnoestado. Las segundas, las naciones, son víctimas a sacrificar en el altar de una infranatalidad que se pretende compensar mediante una inmigración masiva y culturalmente inasimilable, crónicamente dependiente de la asistencia estatal y electoralmente rentable a medio y largo plazo. Porque si a las nativas europeas se las anima a abortar, a las inmigrantes norteafricanas se las incentiva a procrear con generosas ayudas por hijo.

Con lo dicho, creo que se entenderá mucho mejor por qué a los progres les escandaliza tanto que una mujer pueda escuchar el latido fetal de su hijo. No pueden sufrir que haya un lazo de amor más fuerte que ellos, algo absolutamente blindado contra toda su basura ideológica y sus designios totalitarios.

Cómo construir un Enemigo paso a paso

Nada hay más útil para el poder político que un Enemigo. En primer lugar, un Enemigo facilita obtener numerosos apoyos, porque activa ciertos resortes emocionales (es decir, irracionales) que anidan en lo más hondo de nuestra naturaleza de origen animal. Pero sobre todo, el Enemigo resulta inmejorable como medio para neutralizar cualquier crítica u oposición: basta señalar al discrepante, al disidente como un colaborador del Enemigo, o identificarlo directamente con él.

Por supuesto, el mejor Enemigo es el imaginario, porque contra él no hay necesidad de defenderse realmente. Como más abstracto y de contornos borrosos sea, tanto mejor, porque eso dificulta que su existencia pueda ser puesta en duda y, sobre todo, porque se le puede achacar casi cualquier mal, convirtiéndolo en invisible y omnipresente.

Otra característica del Enemigo es que debe ser muy poderoso, con capacidad para hacernos retroceder a todos hacia edades oscuras, convenientemente recreadas. Pero tampoco conviene que sea omnipotente. Hay que hacer ver que el Enemigo va contra la Historia, es decir, que al final acabará perdiendo, para prevenir cualquier tentación de unirse a él.

Para construir un Enemigo con estas características basta con seguir las siguientes indicaciones.

Primero: Hay que magnificar y viralizar todos los males que se presten de manera intuitiva a ser atribuidos al Enemigo, al tiempo que conviene ocultar, quitar importancia o tachar como bulos las noticias que no le sean fácilmente achacables. Si de todos modos estas no se pueden negar, hay que retorcerlas para que de algún modo el culpable también sea el Enemigo.

Segundo: Hay que tomar en bloque todos los males atribuibles al Enemigo, sin distinción de grado, de manera que los más leves produzcan casi la misma repulsión que los más graves, por asociación. Esto facilita enormemente crear una sensación de emergencia y de psicosis o caza de brujas, alerta ante el menor supuesto signo de manifestación del Enemigo.

Tercero: Hay que instar a la colaboración activa de la población contra el Enemigo, de modo que nadie pueda considerarse neutral, o escabullirse de la lucha. La medida ideal consiste en imponer cursos de reeducación obligatorios en los ámbitos laborales y profesionales. También es muy conveniente incitar la delación y las autoinculpaciones en público.

Cuarto: La lucha contra el Enemigo no puede tener descanso, de hecho debe intensificarse, en especial promoviendo nuevos derechos supuestamente amenazados por el Enemigo, y atribuyendo, como hemos visto, cualquier crítica o resistencia a este mismo. Con ello se obtienen los apoyos de todos los beneficiados por estas medidas y se justifican mayores exacciones fiscales y restricciones de libertades, vayan o no destinadas realmente a la lucha. No menos importante es que, al radicalizar las exigencias de la lucha, se consiguen imponer como ya indiscutidas, como objetos de un debate zanjado, las exigencias y presunciones anteriores, presentadas como mínimos elementales e irrenunciables.

Siga estas recomendaciones para convertirse en político, activista, tertuliano o incluso artista de éxito. Con la primera entrega, pin de la Agenda 2030 por cincuenta céntimos.

La batalla cultural de Agustín Laje

Dos son los fenómenos políticos característicos de las tres últimas décadas. El primero, la definitiva reformulación de la vieja izquierda marxista o socialdemócrata como nueva izquierda o progresismo. Aunque sin duda el proceso empezó simbólicamente en el Mayo francés de 1968, no es hasta la caída del muro de Berlín (1989) cuando la izquierda, más o menos a regañadientes, y con la boca pequeña, no tiene más remedio que reconocer el fracaso del “socialismo real” y reinventarse (palabra muy de nuestro tiempo) por la vía de convertir en centrales causas que anteriormente eran, en la práctica, secundarias, cuando no ajenas, respecto a la vieja lucha de clases: el feminismo de género, el movimiento LGTB, el racialismo, el multiculturalismo y el ecologismo.

El segundo fenómeno va ligado estrechamente al anterior, aunque no era inevitable que se produjese, aparentemente: la hegemonía casi absoluta de la cultura neoizquierdista, progre o wokista, como queramos llamarla, que ha conquistado las grandes instituciones internacionales, empezando por la ONU, la mayoría de gobiernos del mundo desarrollado y sus márgenes iberoamericanos, la Universidad y todas las etapas del sistema educativo, e incluso el poder económico más flamante del capitalismo posindustrial: la grandes tecnológicas (Google, Meta, Microsoft, Apple, Amazon, etc.) y el sesgado filantropismo de los Soros, Rockefeller, Gates, etc.

El primer fenómeno ha sido ya sobradamente estudiado, para lo cual ha contado con una facilidad nada desdeñable: que los propios intelectuales de izquierda, desde Gramsci hasta Laclau y Mouffe, trazaron con plena consciencia la estrategia de “culturización” posmarxista, para cualquiera que desee comprenderla cabalmente, desde mucho antes del fin de la guerra fría. Pero el segundo fenómeno, quizás por ser más reciente, todavía está en fase de debate, o más bien de propuestas de interpretación que de algún modo hacen cada una la guerra por su cuenta, pues parten de premisas ideológicas muy distintas.

Simplificando mucho el panorama, se han alzado dos grandes tendencias interpretativas. La primera, que suele denominar al fenómeno como “marxismo cultural”, considera que la izquierda no ha hecho más que reeditar la doctrina de Marx y Engels con un simple recambio del sujeto revolucionario: antes la clase obrera, ahora las mujeres, los negros y los LGTB. A favor de esta interpretación está el hecho de que muchos de los intelectuales y políticos de la nueva izquierda proceden del marxismo teórico e incluso del comunismo militante. Han pasado del culto al Che Guevara, favorable a internar a los homosexuales en “campos de trabajo”, a la bandera arcoiris, símbolo del movimiento LGTB, sin pestañear. Sin embargo, esta tesis se queda en los móviles (la izquierda ha adoptado un nuevo disfraz para seguir luchando por el poder) pero no explica su éxito, que es realmente lo que debiera sorprendernos, y menos aún el apoyo que reciben de los grandes poderes financieros y del capitalismo tecnológico.

La segunda interpretación es en cierto modo opuesta. Pone el acento no en la política, sino en la economía. Para algunos autores, que suelen venir de la izquierda (por ejemplo, Daniel Bernabé, La trampa de la diversidad), pero ocasionalmente también de cierta derecha (verbigracia, Adriano Erriguel, Pensar lo que más les duele), lo que ha ocurrido es que el capitalismo ha absorbido a la izquierda cultural para sus propios objetivos o más bien que esa nueva izquierda es la inevitable evolución ideológica del neoliberalismo, o incluso del liberalismo clásico, llevados a sus últimas consecuencias. Ambos enfoques son compatibles y convergen en la fusión del ideal emancipatorio-hedonista del sesentayochismo con el triunfo arrollador de la sociedad de consumo. De nuevo aquí el icono del Che sirve como ilustración: el prolijo merchandising de las camisetas, tazas y todo tipo de productos vendidos con la célebre imagen estampada del revolucionario argentino certificaría el irónico triunfo del lucro capitalista sobre los ingenuos ideales revolucionarios.

Pero si esta explicación economicista (“siga el rastro del dinero”) da cuenta de una manera intuitiva del triunfo de la nueva izquierda (que en realidad sería una simulación), resulta mucho menos convincente como explicación de los móviles. Puede que el icono del Che Guevara sea un medio de lucro tan bueno como cualquier otro, pero el sesgo izquierdista de Google y las cantidades astronómicas de dinero que se desvían desde las grandes corporaciones y fundaciones filantrópicas al activismo ultraizquierdista no encajan demasiado en esa fácil respuesta del beneficio económico inmediato. Además, está el hecho ya señalado de que fue la izquierda intelectual la que, desde mediados del siglo XX, empezó a manifestar sentirse defraudada por el aburguesamiento de la clase obrera, y a buscar recambios del sujeto revolucionario.

Agustín Laje, en su obra La batalla cultural. Reflexiones críticas para una nueva derecha, Sekotia, 2022) ha realizado el que probablemente sea el esfuerzo más serio hasta la fecha para desembrollar estas cuestiones. A lo largo de quinientas páginas con un alto nivel de abstracción, con un texto de estilo universitario, plagado de referencias bibliográficas, el politólogo y filósofo argentino profundiza en el concepto de cultura y en su evolución desde la premodernidad hasta la posmodernidad. Su tesis principal se resume con el concepto de desdiferenciación. Si la modernidad, desde el siglo XVI, puede caracterizarse como un proceso de diferenciación y autonomización de los campos económico, cultural y político de la matriz religiosa premoderna, la época posindustrial o posmoderna se entiende como un proceso inverso, no para volver a las raíces judeocristianas, sino para fundir de nuevo economía, política y cultura (es decir, desdiferenciarlas), debido entre otras cosas a la propia dinámica de un capitalismo crecientemente terciarizado, basado en la información y la digitalización.

Dicho en otras palabras, la distinción entre economía y cultura cada vez tiene menos sentido y por ello no es operativo, intelectualmente hablando, reducir una a la otra. Lo que se da es que el mercado puede utilizar por ejemplo el feminismo de género para vender más (asociando su productos a la mujer “empoderada”, y lucrándose con el negocio del aborto) pero al mismo tiempo el feminismo radical se aprovecha del afán de lucro para financiarse y obtener la hegemonía cultural. “Un análisis unidireccional de todo lo visto encontraría que, simplemente, el feminismo es un buen negocio. Yo encuentro, además de eso que, siendo un buen negocio, y precisamente por volverse mercancía, la ideología en cuestión multiplica su alcance hegemónico. El éxito de la mercancía es causa y consecuencia de la hegemonía cultural, en un círculo de retroalimentación permanente.” (La batalla cultural, pág. 267.)

De esto se deduce que la “batalla cultural” no es un medio entre otros que puedan tener los partidos o movimientos políticos para alcanzar el poder, sino que es la esencia misma de lo político. La derecha política que en España representa el Partido Popular rehúye la batalla cultural porque prefiere disfrutar de las migajas de la hegemonía cultural izquierdista, lo que llama eufemísticamente el “consenso”. Pero una de las características de la batalla cultural, como analiza el autor al principio del libro, es que al menos una de las partes sea consciente de ella y que encuentre una resistencia, por mucha inferioridad de condiciones (silenciamiento y tergiversaciones de los medios, boicoteo institucional, incluso ataques violentos) en que la segunda se encuentre.

Naturalmente, lo peor que le puede pasar a la resistencia es que afronte la lucha desunida. De ahí que el último capítulo del libro de Laje presente otro concepto muy interesante, el sistema de equivalencias. Con esta expresión, Laje designa los elementos análogos o comunes de las distintas corrientes de la derecha (liberales, conservadores, patriotas y tradicionalistas), que permiten unir fuerzas contra el enemigo común del globalismo progresista, y superar las limitaciones de cada una de ellas, por ejemplo el economicismo de los liberales o el religiosismo de los tradicionalistas. Con ello no está diciendo el autor que la religión o la economía no deban entrar en el debate, sino que hay que ser capaz de ver más allá de ellas con fines estratégicos. Por ejemplo, los católicos deben entenderse con los evangelistas y hasta con los ateos que reconocen la importancia de la herencia cultural cristiana. Y los liberales deben reconocer que la postulación de un “nosotros” más allá de la mera suma de los individuos (por ejemplo, la nación) no supone en sí misma la caída en el colectivismo ni el estatismo.

En resumidas cuentas, no es que haya que dar la batalla cultural. Es que ya estamos en ella, y solo desde la máxima lucidez de quienes se encuentran en la resistencia será posible que la hegemonía cultural de la izquierda no se convierta en un totalitarismo global, del que no existirá la posibilidad del exilio, como por lo menos era posible, al menos para los más afortunados, con los totalitarismos del siglo pasado.

La carne, el demonio y el clima

El geólogo Enrique Ortega Gironés, con un dilatado currículo como docente, investigador, jefe del Departamento de Geología de la minas de Almadén y consultor de la UE y el Banco Mundial, entre otros organismos internacionales, publicó un artículo, el pasado 30 de noviembre, en la revista del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos Tierra y Tecnología, cuyo título no podía ser más elocuente: “La Geología versus el dogma climático (1ª parte)”.

Cuando escribo estas líneas, aún no se ha publicado la segunda parte anunciada, y tengo la sospecha de que no la vamos a ver, al menos en la citada revista. A las dos semanas de aparecido el artículo, la dirección del boletín emitió un comunicado oficial donde se desmarcaba de las tesis del autor, lamentaba el revuelo causado y hacía voto de enmienda, prometiendo reforzar la línea editorial en un sentido aún más favorable al dogma climático; perdón, al “consenso científico”. Irónicamente, con ello no hacían más que corroborar la crítica de Ortega a “una supuesta unanimidad científica que está muy lejos de ser cierta”.

El autor cuestiona la teoría antropogénica del cambio climático basándose en la amplia evidencia de los cambios de la temperatura global debidos a causas naturales (radiación solar, anomalías en la órbita terrestre y otros), a lo largo de millones de años, y en especial en los últimos ochocientos mil, donde se observan ciclos de unos cien mil años que obviamente no pueden haber sido causados por la acción humana, irrelevante en términos planetarios hasta hace menos de un siglo. Sentados estos hechos innegables, nuestro científico establece un sugestivo paralelismo con el conflicto del siglo XIX entre los descubrimientos de la geología y quienes, basándose en una interpretación literal de la Biblia, defendían una edad mucho más joven de la Tierra, que actualmente vendrían a ser los que hablan del cambio climático como un singular fenómeno reciente.

Hoy, el cristianismo ha sido reemplazado socialmente por una seudorreligión wokista centrada en la llamada “diversidad” y en una visión apocalíptica de los posibles efectos de la acción del hombre sobre la naturaleza. El papel que en el pasado ejercía la Iglesia como autoridad intelectual universal, ahora se lo han arrogado instituciones como la ONU y otras, que establecen la verdad oficial y excomulgan civilmente a los discrepantes. Los biempensantes opinarán que aquí ha habido un “progreso”, pues la ONU y la UE no se basan en la fe religiosa, sino en la ciencia y el saber académico. Pero esto no es más que una reedición del mismo error. Fue la propia Iglesia la que, en el caso paradigmático de Galileo, quiso estar en consonancia con el saber científico de 1610, fundado en la física aristotélica. Fueron los mismos científicos y expertos de la época, bien acogidos en la culta sede pontificia, y no incultos fanáticos religiosos, los que secundaron a la Inquisición para que condenara las teorías del físico italiano.

Podrá aducirse que aquellos no eran verdaderos científicos, sino escolásticos desconectados del conocimiento experimental. Pero este mismo cargo puede hoy presentarse contra esos académicos especializados en la teoría de género, que sostienen el carácter puramente cultural del sexo, basándose en filósofos ajenos a las ciencias empíricas, y en franca contradicción con la evidencia científica más reciente, en campos como la genética, la psicología o la neurología. Algo análogo sucede con los científicos climáticos que, si bien suelen proceder, como señala Enrique Ortega, de disciplinas respetables como la meteorología, la oceanografía o la física atmosférica, carecen de la suficiente perspectiva que proporciona el conocimiento especializado del pasado geológico.

El conflicto, por tanto, no es, ni ha sido nunca, entre razón y fe, sino entre una interpretación ideológica de la ciencia (o directamente una ideología sin base científica, como en el caso de los estudios de género y la teoría crítica) y otra posición religiosa o filosófica. Esta confusión entre la ciencia propiamente dicha y la interpretación que se hace de ella no la cometen solamente los defensores de dicha interpretación, sino a menudo quienes se oponen a ella. Es lo que le ocurrió a la Iglesia cuando se enfrentó a la teoría de la evolución, o a la propia geología. Negó durante un tiempo las premisas, incluso si eran evidencias científicas abrumadoras, porque admitió las conclusiones irreligiosas que popularmente se deducían de ellas. Como señala el filósofo de la ciencia Francisco J. Soler en su notable ensayo Mitología materialista de la ciencia (2013): “No son las teorías científicas las que deben ser cuestionadas para defender el teísmo, sino las lecturas materialistas de las mismas, tan a menudo confundidas y amalgamadas innecesariamente con ellas.”

Lamentablemente, el clero católico actual, con el papa Francisco a la cabeza, está incurriendo en el mismo error de hace cuatrocientos años: dejarse seducir por la sabiduría mundana de nuestro tiempo, que si en 1610 era la física aristotélica, hoy es el alarmismo climático al servicio de intereses políticos y económicos, y la teoría crítica al servicio de la identity politics ultraizquierdista. En un documento sinodal de apenas ocho páginas publicado por el Arzobispado de Tarragona, se insiste varias veces en la inclusión de las mujeres, los divorciados, los inmigrantes y las personas LGTB, no predicando simplemente el amor al prójimo, sea cual sea su condición y sus pecados, como enseñó Cristo, sino que la Iglesia debe necesariamente cambiar para ponerse en consonancia con el mundo. Se trata de un lenguaje que nos recuerda el agudo aforismo de Nicolás Gómez Dávila: “La Iglesia absolvía antes a los pecadores, hoy ha resulto absolver a los pecados.”

El amor al prójimo no tiene nada que ver con el sentimentalismo, con querer que todo el mundo se sienta cómodo en la Iglesia. Si es verdadero amor, es un amor exigente, que no se limita a darte la razón para contentarte, sino que trata de guiarte hacia la verdad, aunque eso inevitablemente suponga un proceso doloroso, e implique el riesgo de que alguien termine alejándose de la Iglesia. Pero quien cree en la gracia divina sabe que impedirlo no está en nuestra mano. La labor de la Iglesia no es hacer ofertas atractivas para ganar más clientes, sino difundir el Evangelio y dejar que sea Dios quien abra los ojos, los oídos y el corazón de quienes lo reciben. Vincularse a ideologías mundanas como el ecologismo, el feminismo o el activismo LGTB, solo servirá para que cuando todos esos errores sean rebatidos, la Iglesia, como le ocurrió con su tardía defensa del geocentrismo (¡a menudo se olvida que Copérnico fue un religioso!), vuelva a encontrarse caminando con el paso cambiado. Pero portae inferi non praevalebunt adversus eam. (Mateo, 16, 18.)  Les deseo una feliz Navidad a todos mis lectores.

Hacia la dictadura diversa y sostenible

El asalto al poder judicial es un capítulo clásico en la instauración de toda dictadura. En España estamos asistiendo a ello, y no será que faltaran señales de que podíamos llegar hasta aquí. Quizás la más clara, la entrada en el gobierno de quienes fueron asesores de máximo nivel del régimen chavista de Venezuela, aprovechando diligentemente las generosas retribuciones de éste para fundar el partido ultraizquierdista Podemos. Tampoco sería posible el descaro del ejecutivo en su intento de controlar el Tribunal Constitucional sin la sumisión de los medios de comunicación, en un país donde un gran porcentaje de la población sigue “informándose” encendiendo la televisión. Roza la obscenidad la forma en que el gobierno ha comprado al duopolio televisivo mediante una publicidad institucional masiva, como no se había visto nunca. No menos importante es la inoperancia, que a veces llega a complicidad con el gobierno, del segundo partido en las Cortes, más preocupado por demarcarse de su inmediato rival y tercera fuerza en el Congreso, que del PSOE y sus impresentables aliados.

Pero no es concebible ninguna dictadura sin una ideología que la justifique, ampliamente compartida por una fracción considerable de la población. Dicha ideología puede hoy describirse con sólo dos palabras narcóticas y omnipresentes, inexcusables en cualquier pieza de retórica oficial y cada vez más frecuentes en la publicitaria, si es que sigue teniendo sentido distinguirlas; desde la ONU y Google hasta la última guardería municipal. Me refiero a DIVERSIDAD y SOSTENIBILIDAD. Bajo su apariencia irreprochable, incontestable, de terminología apta para cualquier inocente redacción escolar, ambos términos y sus familias semánticas no hacen más que fomentar de manera implacable y ad nauseam la DIVISIÓN y la CULPABILIDAD, vocablos mucho más francos, por los que deberíamos sustituirlos.

Todos conocemos el viejo lema, atribuido a Julio César entre otros: Divide et impera, divide y vencerás. Se trata exactamente del principio que aplican hoy la mayoría de gobiernos con la sociedad, estratégicamente aliados con las grandes corporaciones tecnológicas y el activismo paraestatal. Como demuestra documentadamente el periodista Mike González en su libro The Plot to Change America: How Identity Politics is Dividing the Land of Free (2020), es de todo punto falso que la política de la identidad sea un movimiento popular, algo que surge desde abajo, desde los grupos discriminados y perseguidos que defienden sus derechos: “El hecho es que desde el principio ha sido, y sigue siendo, un proyecto creado por la élite.” Una élite que incluye (y ha sido formada por) una clase académica infectada de marxismo cultural, que reduce todo en la sociedad y en la vida a relaciones de dominación, así como por el relativismo posmoderno, que niega la existencia del principal vínculo de unión de los seres humanos: una razón universal.

Si estas élites consiguen que una gran parte de la gente no se sienta un ciudadano, perteneciente a una nación, o simplemente una persona, sino ante todo mujer, negro, inmigrante o gay; y si consiguen que el resto, los hombres, los blancos, los heterosexuales, o simplemente los que conducen un utilitario diésel de cinco plazas, se sientan culpables, los dominarán sin problemas. Primero, porque se erigirán en salvadores y protectores de las víctimas reales o supuestas. Segundo porque muchos aceptarán (y obligarán a otros con sus votos a aceptarlo) los sacrificios que les impongan para expiar su condición de supuestos machistas, racistas y emisores de carbono. Tercero, porque desvían fácilmente toda crítica al poder hacia los “malos de la película” convenientemente establecidos, la “ultraderecha”, los “negacionistas”, etc. Pero sobre todo, porque les harán perder conciencia de su unidad, de aquello que los une (familia, patria, el Dios cristiano), y por tanto de su propia fuerza.

El filósofo romano Boecio sentenció: “La unidad y el bien son lo mismo”. La unidad no es uniformidad, no es una imposición externa, sino una realidad compartida preexistente, también conocida como bien común: un territorio, una historia, una cultura. Todo lo que propugna la división nace del rencor contra lo que nos reconcilia y nos hermana dentro de una gran nación, y de una misma civilización occidental. Por eso la izquierda y el progresismo institucional condenan a Occidente como la única civilización en la historia que habría cometido injusticias (en los últimos tres mil años, dijo un imbécil hace poco) y la única responsable del apocalipsis climático sucesivamente aplazado, mientras ve con simpatía la inmigración de culturas inasimilables, que incuba un conflicto de alcance incalculable en Europa y sirve, mientras tanto, para volver a acusar a una parte de la sociedad de xenófoba y racista.

Por lo demás, no es un maquiavelismo meramente coyuntural el hecho de que Pedro Sánchez haya pactado con los separatistas catalanes ni con los filoetarras (por mucho que se prohíba esa palabra en el Congreso), dado que viene de lejos, de la llegada al poder de Rodríguez Zapatero, aquel nefasto marzo de 2004. El separatismo territorial es quizá la forma más evidente, también la más burda, del odio hacia la unidad. La otra, fuertemente entrelazada con la anterior, es reabrir las heridas de la guerra civil. Solo si conseguimos escapar de la trampa de la división, de los discursos del resentimiento basados en el género, la raza, los localismos y el guerracivilismo, preservaremos a medio plazo nuestras libertades, más amenazadas que nunca por una tiranía en ciernes.

De Zapatero a Feijóo

Si Alberto Núñez Feijóo llega a ser presidente del gobierno, y salvo que se vea obligado a pactar con Vox un programa de legislatura, y no la mera investidura, todo indica que su presidencia sería en lo esencial un mero continuismo de las tres anteriores: las de Zapatero, Rajoy y Sánchez. Para desarrollar esta afirmación, conviene demorarnos en hacer un repaso de la evolución política de España durante el presente siglo.

Sin duda, el acontecimiento que marca el inicio del siglo XXI son los atentados del 11 de setiembre de 2001 contra el World Trade Center y el Pentágono. Todos tenemos grabadas a fuego en nuestras retinas las imágenes de las Torres Gemelas desplomándose tras el impacto de dos aviones de pasajeros, secuestrados y estrellados por terroristas islámicos suicidas. Las consecuencias inmediatas de aquel ataque fueron la invasión de Afganistán por los Estados Unidos, y posteriormente la segunda guerra de Irak.

España, gobernada por José María Aznar, se alineó claramente con la potencia agredida, contribuyendo en la guerra de Irak con un modesto contingente militar en labores de reconstrucción. Sea cual sea el juicio que merezca la intervención militar americana, la posición de España obedecía a una lógica atlantista que, al contrario de lo que rezonga el eterno antiamericanismo, no menoscaba nuestra soberanía, sino que la refuerza frente a la burocracia de Bruselas, mucho más invasiva. Otro motivo nada menor era la colaboración de inteligencia que venían prestando los Estados Unidos en la lucha contra ETA. Probablemente fue uno de los factores decisivos para que la organización terrorista, a principios de 2004, se encontrara al borde de una derrota completa, tanto en el aspecto policial y judicial como en el político.

Sin embargo, la izquierda socialista y comunista, atendiendo exclusivamente a sus propios intereses, decidió utilizar el apoyo de Aznar al presidente Bush para iniciar una campaña de manifestaciones contra la guerra de Irak, disfrazadas de un transversal ideal pacifista, exactamente como han hecho siempre los comunistas europeos durante la guerra fría, invariablemente preocupados por el “imperialismo” norteamericano, al tiempo que ciegos ante el brutal expansionismo soviético, el único que amenazaba a Europa occidental con sus ojivas nucleares. Y que hoy sigue siendo una amenaza con el presidente y exagente del KGB Vladimir Putin, dicho sea de paso.

Tres días antes de las elecciones del 14 de marzo de 2004, se produjeron los atentados con explosivos de los trenes de Atocha, con casi doscientas víctimas mortales. Aquello lo cambió todo. La izquierda y sus terminales mediáticas, en lugar de defender la unidad de la nación contra el terrorismo llevaron al paroxismo la campaña del “No a la guerra”, culpando del atentado al ejecutivo de Aznar y asediando las sedes del Partido Popular. En pocas horas, con los muertos sin enterrar, se propagó el bulo de que el gobierno sabía que el atentado era de carácter yihadista pero trataba de ocultarlo a la opinión pública. Un medio afín al PSOE como la cadena SER llegó a afirmar sin el menor escrúpulo que se habían encontrado cadáveres de terroristas suicidas en los trenes, cosa absolutamente falsa. Por el contrario, fue el propio ministro de Interior quien el mismo día de los atentados, por la tarde, informó a la opinión pública del hallazgo de una supuesta pista islamista. Pero el bulo adquirió una fuerza imparable, y el socialista Rubalcaba pronunció la pérfida frase “los españoles se merecen un gobierno que no les mienta”.

Como consecuencia de la agitación orquestada por el PSOE y los comunistas, cuando todas las encuestas apuntaban a la victoria electoral del partido gobernante, el candidato socialista Rodríguez Zapatero ganó las elecciones. Su primera medida fue retirar las escasas tropas españolas en Irak, dando de este modo la razón a los terroristas que supuestamente perpetraron el atentado, aunque a día de hoy nadie ha demostrado quién fue el autor intelectual. Pero la primera legislatura de Zapatero fue mucho más lejos, iniciando un “proceso de paz” con la organización terrorista ETA, que de estar a punto de ser completamente desarticulada, pasó a legalizar de nuevo su brazo político, e incluso a tomar la iniciativa como si el abandono del terrorismo fuera una meditada decisión que hubiera tomado la banda.

Junto con el pacto con ETA, lo más característico de los gobiernos de Zapatero fueron las leyes de ingeniería social, sobre violencia de género, el aborto, el matrimonio homosexual, el “divorcio exprés”, la ley de “Memoria histórica” y la aceptación del nuevo Estatuto catalán. El sentido unitario de toda esta legislación puede resumirse como una deconstrucción de los conceptos de familia y de nación. La primera pasaba a ser por ley una institución patriarcal sospechosa, que debía ser superada mediante la idea de los “otros modelos de familia”, basados puramente en vínculos subjetivos de afectividad, y dejando en completo segundo o tercer plano el bien de los niños. La forma extrema de esta desprotección de la infancia es por supuesto el aborto, que se convierte en un “derecho” absoluto de la mujer donde nadie aboga por el nonato, ni el padre pinta nada. Es cierto que el aborto ya estaba despenalizado desde los años ochenta, y que el propio Aznar no hizo nada por al menos reducir su número, aunque solo fuera combatiendo el fraude de ley masivo que permitía abortar bajo el supuesto de preservar la salud de la madre, frecuentemente con diagnósticos espurios. Pero la ley de plazos de Zapatero eliminó incluso la necesidad de este fraude masivo, haciendo mucho más difícil reducir el número de abortos dentro del marco legal.

Por su parte, la “memoria histórica” y la aprobación parlamentaria del Estatuto catalán, flagrantemente inconstitucional, no hicieron más que poner en entredicho los fundamentos de la democracia y de la nación española. La primera, al establecer una verdad oficial sobre la república de los años treinta, la Guerra Civil y el franquismo, otorga la exclusiva legitimidad democrática a la izquierda. La segunda niega el carácter de nación a España, abriendo las puertas al separatismo catalán y de otras regiones. También en honor a la verdad hay que decir que la semilla de la disgregación territorial ya se halla en los pactos con los nacionalistas que vinieron realizando todos los gobiernos anteriores, incluyendo los de Aznar. Pero ningún gobernante llegó jamás a la irresponsabilidad de Zapatero, cuando dijo que aceptaría el Estatuto que aprobase “Cataluña” (es decir, los nacionalistas), pasando olímpicamente por encima de la soberanía del pueblo español.

Tras las elecciones de finales de 2011, estos despropósitos parecían tener los días contados. El Partido Popular ganó las elecciones por mayoría absoluta, y Mariano Rajoy se convirtió en presidente del gobierno. España se encontraba inmersa en la profunda crisis económica que estalló en 2008, y la prioridad era combatir las calamitosas cifras del paro y del déficit. Pero siendo esto cierto, no era excusa para no tocar una sola coma de las leyes ideológicas de Zapatero, ni para seguir manteniendo el pacto con ETA, permitiendo que su brazo político campara a sus anchas por las instituciones, recibiendo dinero público y ofreciendo trato privilegiado a los terroristas de ETA encarcelados por sus crímenes. No era excusa para no detener contundentemente, con las leyes en la mano, el proceso separatista de Cataluña, que se inició por aquel entonces, con el pretexto de las enmiendas del Tribunal Constitucional al Estatuto irresponsablemente promovido por el PSC y aceptado por Zapatero. Sin embargo, Rajoy no hizo nada. Se centró en la economía, con resultados más bien modestos, y permitió que los enemigos de España y de la familia siguieran teniendo el BOE y gran parte del discurso mediático de su parte. El resultado fue la celebración del referéndum ilegal de independencia de Cataluña, y la huida del presidente de la Generalidad, Carles Puigdemont, a Bélgica, donde fue amparado por la hispanófoba justicia de ese país, dejando en ridículo a España ante todo el mundo.

El premio que obtuvo Rajoy por rendirse ideológicamente ante la izquierda antes de presentar batalla fue que los medios magnificaran la corrupción de su partido en la misma medida que se desinteresaban de la corrupción del PSOE. Ello catapultó a Pedro Sánchez al poder antes de que concluyera la segunda legislatura de Rajoy. Su sucesor, aliándose con la extrema izquierda, y apoyándose en el brazo político de ETA y en los golpistas catalanes, no ha hecho más que profundizar en la línea política e ideológica marcada por Zapatero, que el gallego había dejado prácticamente en el mismo punto que se encontró en 2012. Incluso hemos vuelto a la crisis económica, en parte como consecuencia de los efectos de la pandemia del virus de Wuhan (que ha permitido todo un ensayo de totalitarismo global), y por la guerra de Ucrania, pero sobre todo por la suicida política energética a la que nos conduce la religión ecologista-globalista, responsable del encarecimiento de los precios de la electricidad y los combustibles.

Volviendo al principio, todo indica que Feijóo tratará de ser un Mariano II. Se centrará en la economía y eludirá cualquier confrontación ideológica con el consenso progre. Sus precedentes como presidente de la autonomía gallega, donde adoptó los postulados del nacionalismo, favoreciendo la lengua gallega respecto a la española común, así como los postulados de la ideología de género, no permiten presagiar un cambio de la senda marcada por Zapatero. Esto es más claro si añadimos diferentes declaraciones suyas y de otros dirigentes del PP, en las que confiesan sin rubor que prefieren pactar con el PSOE o el PNV antes que con Vox. Mucho nos tememos que un presidente Feijóo, salvo que se vea obligado por la aritmética parlamentaria a cumplir un pacto con Santiago Abascal que imprima un cambio radical a sus planteamientos, no abordará con coraje ni claridad de ideas los más graves problemas que nos amenazan. No se enfrentará al suicidio demográfico con medidas natalistas y profamilia, las únicas que pueden asegurar nuestra supervivencia nacional-cultural y el mantenimiento de los servicios sociales, frente a la inmigración masiva. No se atreverá a ilegalizar los partidos separatistas y filoterroristas, poniendo fin a la disgregación territorial del estado autonómico. No derogará las leyes contrarias a las libertades individuales, en especial las libertades de expresión y de educación: leyes promovidas por grupos de presión que cultivan un victimismo marxista-posmoderno, y que no toleran visiones alternativas, ni siquiera en ese supuesto templo del pensamiento libre que es la Universidad, abocándonos a un régimen woke posliberal.

En mi deprimente resumen de este siglo XXI, con todo, no falta un rayo de esperanza, que es la aparición de Vox. Nació como una escisión del PP, planteada, entre otros, por Santiago Abascal y José Antonio Ortega Lara. El primero, político e hijo de político vasco, que desde joven vivió amenazado por ETA. El segundo, secuestrado por la banda terrorista, que lo mantuvo encerrado en un agujero inhumano más de 500 días. La escisión se produjo principalmente por la incapacidad de Rajoy, con su mayoría absoluta, de volver a la política antiterrorista que estuvo a punto de acabar realmente con ETA, lo que incluía la ilegalización de su brazo político y terminar con las concesiones judiciales y penitenciarias a los terroristas. Pronto, tras unos comienzos difíciles, debido al silenciamiento y la hostilidad de unos medios de comunicación vendidos al bipartidismo PSOE-PP, el partido fundado por Abascal y Ortega Lara fue perfilando su identidad ideológica, que va más allá de la defensa de la unidad de España, puesto que defiende además una España mejor. Vox es el único partido que no teme enfrentarse a la dictadura intelectual y mediática de la ideología de género, el único partido que se atreve a hablar claro contra la inmigración ilegal y el islamismo, el único partido que se opone a la existencia de una verdad oficial o religión de Estado. Ésta, amparándose en la neolengua de la “diversidad” y la “sostenibilidad”, impone un pensamiento único y somete la soberanía nacional a los delirios totalitarios de una casta globalista de políticos, financieros y grandes corporaciones, los cuales se atreven a dictarnos sin la menor legitimidad democrática incluso nuestros hábitos alimenticios e higiénicos, llegando a la desfachatez de anunciarnos, como algo ya decidido: “no poseerás nada y serás feliz”. Vox se presenta como el valedor de las clases medias y trabajadoras, cuyo mayor capital es la familia y la patria. Unas clases medias y trabajadoras que tienen derecho a un empleo, a unos servicios sociales decentes y a poseer una vivienda en propiedad, un medio privado de transporte de cinco o más plazas y una empresa, sin temer a los okupas ni a Hacienda; que tienen derecho a elegir la educación de sus hijos en los valores y convicciones que prefieran; que tienen derecho a que sus barrios y sus pueblos no se conviertan en zonas donde rijan la ley islámica ni la ley de la selva.

Nada de todo esto, que parece puro sentido común, se puede defender consistentemente dentro del marco ideológico y menos aún jurídico de la Agenda 2030. Todo lo contrario, ésta solo nos ofrece más intervención estatal, menos libertad, más inmigración masiva “enriquecedora”, que significa pobreza para la mayoría, mientras nos neutraliza, atonta y divide con reivindicaciones ecologistas y colectivistas. Por eso el programa de Vox se llama Agenda España, planteándose explícitamente como una alternativa al pensamiento globalprogresista. Lo que por lo pronto supone una alternativa tanto a Sánchez como a Feijóo.

Conservadurismo, progresismo y globalismo

Derecha e izquierda son, como es de sobra sabido, categorías que nacen con la Revolución francesa. Pero sus fundamentos son mucho más antiguos y reflejan dos modos en parte irreductibles de la comprensión del mundo y de la vida. Por eso en los debates y tertulias rara vez se llega a un acuerdo: porque se discute sobre conclusiones, cuando el desacuerdo procede de premisas antitéticas y en sí mismas indemostrables. Esto no significa que derecha e izquierda no tengan un territorio común.

El espacio común de derecha e izquierda se enraíza en las culturas matrices de Occidente: la judeocristiana y la grecolatina. Hallamos sus formulaciones más antiguas en el libro del Éxodo, en los preceptos que protegen a extranjeros, viudas, huérfanos y pobres. Y por supuesto su desarrollo más elevado se encuentra en los evangelios, en pasajes como el de la mujer adúltera que Jesús salva de ser lapidada y muchos otros. Esta visión contraria a la violencia y la injusticia recorre toda la historia hasta llegar a dos formulaciones modernas que ya se caracterizan por un principio de división, de interpretación contrapuesta. Una se halla en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América: “Todos los hombres son creados iguales, y están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables…” La otra es el lema del Manifiesto Comunista: “¡Proletarios de todo el mundo, uníos!”

La Declaración pone el acento en lo que nos une como seres humanos. Todos podemos ser en algún momento víctimas, y merecemos ser tratados con justicia. En el Antiguo Testamento se recuerda a los judíos que traten bien al emigrante, “pues emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egipto.” (Éxodo, 22, 20.) Jesucristo asegura a quienes ayudaron al hambriento, al sediento o al forastero: “conmigo lo hicisteis”. (Mateo, 25, 40.) Séneca, coetáneo de Jesús, recomienda tratar al esclavo con humanidad e incluso camaradería, porque “¡ese que llamas esclavo ha nacido de la misma simiente y disfruta del mismo cielo, respira lo mismo, vive lo mismo, muere lo mismo! Tanto puedes verlo tú un día libre que él a ti un día esclavo.” (Cartas a Lucilio, 47, 10, trad. de F. Socas.)

El Manifiesto Comunista en cambio sitúa por encima de todo la división entre explotados y explotadores, entre oprimidos y opresores. Postula una brecha insalvable entre unos y otros, y pone toda la esperanza de salvación en un combate con vencedores y vencidos. Es literalmente una llamada a la revolución cruenta y a la guerra civil.

Esta divergencia de lo que son creencias comunes, que todos los occidentales tenemos interiorizadas como un anhelo de justicia universal, procede de dos principios contrapuestos, que llamaré conservador y progresista. El primero se basa en los versículos del Génesis (1, 31) que son el colofón al relato de la Creación en seis días: “Dios vio cuanto había hecho, y era muy bueno.” El mundo es primigeniamente algo bueno, el ser es en sí mismo un bien. El mal no es más que la negación del bien, es algo de carácter negativo, que no existe por sí mismo, y que procede, como se explica a continuación en la Biblia, del pecado original cometido por la primera pareja humana, el cual consistió en una desobediencia totalmente gratuita a Dios, es decir, en un alejamiento de la fuente de quien le dio el ser.

El conservador piensa que el mal se combate restableciendo la armonía perdida con el Creador, es decir, volviendo a la afirmación del ser, no a su negación, no a la rebeldía. El conservadurismo puede de algún modo entenderse como una nostalgia del paraíso perdido, pero si se queda en eso es deficitario. El cristianismo enseña que podemos esperar algo incluso superior al jardín edénico, que es el Cielo. La salvación entraña algo más que volver al origen, y en este aspecto implica una cierta idea de progreso, de proceso de perfeccionamiento que paradójicamente no se hubiera dado sin la Caída, y que conduce al nacimiento de Jesucristo.

La visión progresista, en su forma más pura, subvierte por completo el relato bíblico. Según esta, el hombre es en esencia bueno, por el simple hecho de que nace sin haber hecho nada malo. El mal, por definición, es algo en última instancia externo al hombre, procede de la propia naturaleza en su conjunto, que es insensible a sus necesidades, y lo atormenta con escaseces y miserias, con depredadores, frío y enfermedades. La historia humana no es más que un proceso por el cual la humanidad, mediante la tecnología, trata de humanizar el mundo, hacérselo a su medida. “El hombre es la medida de todas las cosas”, dijo Protágoras. En este proceso se generan estructuras sociales injustas: algunos hombres explotan a otros tratándolos como si fueran parte de la naturaleza inconsciente o meramente animal. De algún modo, la opresión surge de esa crueldad original de la naturaleza con el hombre, reproducida por éste dentro de la sociedad, consigo mismo.

El problema fundamental del progresismo es que al ser el hombre parte de la naturaleza, resulta difícil entender, omitiendo cualquier trasunto teológico, de dónde deriva su conflicto con ella, por qué no vive armónicamente con el mundo en el que se encuentra. Hemos dicho que el progresismo entiende el mal como algo externo al hombre. Pero sería más exacto decir que el progresismo no da una explicación cabal del origen del mal, porque tampoco da una explicación positiva de qué es el bien, al identificarlo con la inocencia, entendida circularmente como ausencia del mal. Este bucle vacío conduce a una concepción de la naturaleza humana como una tabla rasa, en especial a partir de John Locke, quien negó la existencia de ideas innatas, e influyó fuertemente en pensadores ilustrados como Helvétius, según el cual la educación permitiría hacer del hombre un ser mejor, libre de los prejuicios en los que se sustentan las instituciones sociales injustas, y abierto sin trabas al progreso científico y tecnológico.

Semejante concepción, tan familiar al hombre contemporáneo, deja abiertas las cuestiones de quiénes educan a los educadores, y de cuáles son esas ideas que supuestamente sirven al perfeccionamiento indefinido del hombre. En la pedagogía moderna, los contenidos son secundarios, lo importante es el cultivo de la espontaneidad, el enseñar a pensar y ser críticos, no los principios desde los que se ejerce esa crítica. Porque no olvidemos que el hombre es bueno por definición, y por tanto la educación, más que hacerlo bueno o mejor, lo que hace es remover los prejuicios que le impiden serlo.

No es de extrañar, con estas premisas, que insensiblemente el pensamiento moderno evolucionara desde la búsqueda de la verdad hacia la apología de la acción, de la transformación, de la praxis. Como señaló Joseph Ratzinger en su obra Introducción al cristianismo, fue Giambattista Vico quien anunció el paso del pensamiento moderno desde el verum est ens (el ser es la verdad) al verum quia factum, la verdad es lo que hacemos, el hacer mismo. La formulación última de esta concepción (o penúltima, como veremos) es la undécima tesis sobre Feuerbach de Marx: “Los filósofos simplemente han interpretado el mundo de diversos modos; de lo que se trata es de transformarlo.” Pero seguimos sin escapar de las aporías señaladas antes. Si no interpretamos el mundo, si no lo conocemos, ¿cómo sabremos de qué modo, y sobre todo en qué sentido debemos transformarlo?

La izquierda posmoderna ha ido aún más lejos que Marx, lo que en parte supone negar su concepción economicista de la historia y la sociedad. Para el posmodernismo, todo conocimiento es una construcción social, no existe un conocimiento objetivo, una verdad absoluta. Esto no es muy diferente de lo que sostenía el marxismo, que consideraba toda la cultura como una superestructura explicable solo por las relaciones económicas y de poder. Pero la filosofía posmoderna incurre en un subjetivismo extremo, donde ya no importa el mundo real más allá de las construcciones sociolingüísticas. Todo son “discursos”, “relatos”, y la única transformación posible y efectiva consiste en sustituir unas narrativas por otras. Basta cambiar las mentes para cambiar la realidad, pues la “cosa en sí”, por utilizar la expresión kantiana, es incognoscible y por tanto irrelevante desde un punto de vista operativo. Una forma extrema de esta concepción es la ideología de género, que niega la propia biología.

La superación de Marx por la izquierda, por así decir, ha tenido el efecto paradójico de interesar a una parte de los poderes financieros y las grandes corporaciones, que ven esta cultura relativista como un útil sucedáneo de las reivindicaciones redistribuidoras de la izquierda clásica, e incluso una oportunidad de negocio, al sustituir el debate económico, tan característico de la Guerra Fría, entre capitalismo y socialismo, por las nuevas reivindicaciones woke, basadas en los temas del género, el multiculturalismo y el ecologismo. Como ha señalado Iñaki Domínguez en su ensayo Homo relativus, la estrategia “consistiría en hacer prevalecer lo simbólico frente a lo material en la mente de la ciudadanía para retribuir a esta en intangibles, lo cual incluiría una narcotización digital. Esta productividad que no es remunerada materialmente ha de serlo simbólicamente, como ya vimos. Se hipertrofia, así, lo simbólico para compensar un vacío material.”

Conviene, sin embargo, no confundirse. Las premisas básicas de las dos cosmovisiones, conservadora y progresista, siguen siendo las que subyacen, de manera más o menos consciente o explícita, a todo debate intelectual mínimamente serio. Porque no hay otras posiciones más fundamentales: o la realidad procede de una Inteligencia creadora infinita o en el origen está solamente el hombre, obligado a “crearse” a sí mismo. Una parte de la izquierda, recelosa de la deriva del wokismo de origen anglosajón, viene a coincidir en su análisis con una parte de la derecha más antiliberal, igualmente recelosa del progresismo, del capitalismo made in USA y el atlantismo. Para ambas, el progresismo globalista no es más que un avatar del neoliberalismo, culpable de todos los males. Pero esto no casa en absoluto con la conversión de la mayor parte de la izquierda a la nueva religión diversostenible. Los mismos que defendían el comunismo antes de la caída del muro de Berlín son hoy los más radicales voceros del transexualismo y otras variantes del progresismo más radical. De hecho, siguen sin renegar del socialismo, siguen abrazando la simbología castrista y bolivariana, y bastante más que la simbología.

Que las elites globalistas, que la ONU y el Foro de Davos parezcan coincidir en sus proclamas con el progresismo izquierdista (“no poseerás nada y serás feliz”) demuestra que han comprendido perfectamente el poder de las ideas, tal como antes lo comprendió la izquierda, en especial desde Gramsci. Pero interpretar esto de nuevo en clave economicista (el malo de la película sería el capitalismo) es volver al punto de partida marxista, que a fin de cuentas ya prefiguraba, o al menos ponía las condiciones para la izquierda posmoderna, que todo lo reduce a la lucha por la dominación, aunque sea en clave simbólica.

El pensamiento conservador, tal como lo he definido en este escrito, en mi opinión es el verdadero. Este se funda tanto en la doctrina del Génesis sobre la naturaleza del bien y del mal, como en la que alcanza su máxima expresión en los evangelios cristianos y en algunos autores grecolatinos: la concepción del hombre como un ser de naturaleza dual (espiritual y corporal), dotado de una dignidad de origen divino, de la cual derivan la unidad de todo el género humano y las libertades individuales. Ninguna idea inexacta de la naturaleza del progresismo globalista debería extraviarnos.

El progresismo contado a los niños

“Los niños (…) tienen derecho a conocer que pueden amar o tener relaciones sexuales con quien les dé la gana. Basadas, eso sí, en el consentimiento.” Palabras de la ministra de Igualdad Irene Montero en comisión parlamentaria del 21 de setiembre.

El partido Vox no ha tardado en querellarse contra la ministra por incitar a la corrupción de menores. No es para menos. Como argumenta con precisos términos jurídicos el texto de la querella, reducir la libertad sexual al consentimiento, en el caso de los niños, supone arrojarlos a los pies de los caballos de los pedófilos. No es casual que las graves afirmaciones de esa tiorra (el término lo avala Unamuno) surjan al calor del debate sobre el aborto en menores sin necesidad de autorización paterna. Lo que hay detrás de toda esta “polémica” (aunque el principal partido de la derecha, al menos por el número de sus diputados, la esté evitando a conciencia) no se puede entender aisladamente. Forma parte de un vasto y ya viejo proceso de desautorización absoluta de toda instancia (familia, Iglesia, asociaciones civiles) no supeditada al Estado. Es el Estado quien les dice a los niños que son “libres de experimentar con su cuerpo” (por utilizar su nauseabundo lenguaje). El Estado se erige así en la fuente de toda autoridad, desde su mismo origen, desde la más tierna infancia. Solo queda ya justificar que la sacrosanta administración alcance el nivel de producir industrialmente a los niños, como en el mundo feliz de Aldous Huxley, donde la paternidad natural estaba prohibida.

Las concepciones sobre sexualidad dominantes favorecen claramente a las ideas más aberrantes, por mucho que algunos todavía se escandalicen con cierta candidez ante ellas, pero sin dejar de poner tronos a las premisas. El progresismo juega en su campo cuando gran parte de las personas más o menos instruidas dan por sentado que la sexualidad no tiene otro objeto que la obtención de placer, y que poner en duda esto es una insana forma de represión basada en arcaicos prejuicios judeocristianos. Lo expresará de un modo u otro, pero hoy piensa así probablemente una mayoría de la población, independientemente de a quién vote. Y estoy convencido de que en esta mayoría se encuentran tanto Feijóo como Ayuso y la mayoría de sus votantes. El consentimiento es la última frontera, el argumento aparentemente infalible con el cual se pretende justificar todo lo que no sea la violación pura y simple.

Esta subversión de valores va más allá incluso del judeocristianismo. Los clásicos grecolatinos contemporáneos de Jesús, como nuestro Séneca, y los anteriores, desde antes de Sócrates, salvo excepciones como los cínicos y algunos sofistas, defendieron en conjunto una concepción del hombre como un ser que solo es verdaderamente libre en la medida en que es capaz de dominar sus pasiones, de guiarse por la razón y no por los sentimientos o los impulsos fisiológicos. Todo esto ha saltado por los aires. El marxismo empezó anteponiendo la trasformación del mundo a su “interpretación”, es decir, al conocimiento. Hoy el progresismo y la izquierda, apenas distinguibles, basándose en la sofística posmoderna, han llevado tal pretensión al paroxismo, poniendo cualquier conocimiento racional y objetivo en la picota. Solo importan el deseo y la subjetividad. Si yo quiero ser mujer, soy mujer. Si yo quiero tener relaciones sexuales con quien me dé la gana, ¿quién podrá impedírmelo o afearlo? ¿Quién puede osar contradecir un deseo o un sentimiento?

Los sentimientos no están sujetos a las categorías de verdad ni falsedad. Son en este aspecto irracionales, están más allá del lenguaje argumentativo, que es lo que nos hace seres humanos, y más concretamente adultos. La bendita inocencia de los niños consiste, no en que sean “buenos”, sino en que no pretenden justificar sus deseos. Aprenden mucho antes a decir “mío” que “tuyo”, pero no se les ocurre que deban justificar por qué la pelota o el muñeco les pertenece. Simplemente agarran con fuerza el juguete para que otro niño, o el hermanito, no se lo arrebate. Somos los adultos quienes sistemáticamente elaboramos argumentos para apropiarnos de las cosas, los llamamos derechos y creamos instituciones como la policía y los jueces para proteger nuestros intereses, ¡no siempre sin fundamento! El Estado progresista, sin embargo, está empeñado en devolver a los adultos a la inocencia, o mejor dicho, a una falsa inocencia. Porque ahora el propio deseo se convierte en argumento, y no contentos con esta adulteración (nunca mejor dicho), se pretende hacer cómplices de ella a los niños. Con lo cual, no solo los adultos no regresan realmente a la inocencia, sino que destruyen la de la infancia, enseñándole lo que no es sino una malicia de un grado superior, una irracionalidad disfrazada de racionalidad. Convertir el deseo, el principio del placer en la norma suprema es hacer de él (de cualquiera que hábilmente sepa hablar en su nombre) el jefe supremo. Mi palabra es la ley, como dice la ranchera. O dicho más claramente: el Gobierno siempre tiene la razón.