Manifiesto para la Resistencia Nacional

Desde hace días, miles de españoles nos hemos echado a la calle, con escrupuloso respeto de las indicaciones sanitarias contra la pandemia, para manifestar nuestro rechazo a este Gobierno mentiroso, incompetente, sectario y corrupto. Y somos millones los que, desde hace semanas, protestamos desde ventanas y balcones contra la desastrosa gestión sanitaria y contra el recorte de libertades fundamentales.

¿POR QUÉ NOS MANIFESTAMOS?

  • Por la pésima gestión de la crisis sanitaria, que nos ha llevado a los máximos mundiales de fallecidos, de enfermos y de personal sanitario infectado.
  • Por la imprevisión criminal del Gobierno de PSOE-Unidas Podemos y la primacía de sus intereses políticos e ideológicos, que impidieron la respuesta cuando la pandemia aún podía ser contenida en la semana previa al 8 de marzo.
  • Por la imposición de medidas económicas improvisadas y contraproducentes, responsables de una crisis laboral y empresarial que nos aboca a la ruina como nación, al empobrecimiento a todos, y al hambre a los más desfavorecidos.
  • Por la adulteración de las cifras gubernamentales de fallecimientos, que ocultan al menos un tercio de las muertes reales y contradicen los datos oficiales de las Comunidades Autónomas.
  • Por la ineptitud del Gobierno para conseguir los test, mascarillas y material de protección imprescindibles para una rápida reapertura de la economía.
  • Por el recorte de derechos cívicos y constitucionales, que ha convertido el estado de alarma en un estado de excepción sin base legal. Sólo pueden manifestarse los amigos y aliados del Gobierno.
  • Por el aprovechamiento político del estado de alarma para tramitar leyesque reforzarán el dominio ideológico de la extrema izquierda sobre la sociedad.
  • Por la manipulación informativa en favor del Gobierno de los medios de comunicación públicos y de los subvencionados, la censura a las redes sociales y la criminalización de los opositores.

¿QUÉ QUEREMOS?

  • Derogación inmediata del estado de alarma y mantenimiento de las medidas de prevención sanitaria que recomiende un comité de expertos solvente, transparente y de conocimiento público.
  • Normalización de la vida familiar, social y económica, con especial atención a los grupos de riesgo.
  • Pago inmediato de los ERTES y de las ayudas estipuladas para el mantenimiento de las pequeñas empresas y los autónomos.
  • DIMISIÓN del Gobierno de Pedro Sánchez y encargo de la Presidencia por S. M. el Rey a una personalidad independiente con respaldo de todos los partidos constitucionalistas de las Cortes. Gobierno técnico y de gestión que haga frente a la crisis sanitaria y a sus terribles consecuencias económicas y sociales. Convocatoria de elecciones nacionales un año después.

LLAMAMIENTO A LOS ESPAÑOLES

Españoles, nuestra nación y nuestro Estado de Derecho están siendo puestos en peligro por un Gobierno que ha demostrado su indiferencia ante el daño causado al pueblo. Os llamamos a manifestaros masiva y pacíficamente, siempre atentos a las normas sanitarias, para procurar el cambio que nos devuelva la libertad y la esperanza.

¡¡VIVA ESPAÑA!!

FIRMANTES DEL MANIFIESTO:

Alfonso Ussía, periodista y escritor.

Ángel Fernández, doctor en Economía.

Antonio Caballos Rufino, catedrático de Historia Antigua (U. de Sevilla)

Antonio de la Hoz, economista.

Aquilino Duque, poeta y escritor.

Arnaud Imatz, hispanista.

Carlos Bustelo García del Real, economista y exministro.

Carlos López Díaz, asesor comercial y escritor.

Carlos Rodríguez Braun, catedrático de Historia del Pensamiento Económico (UCM)

Carlos Ruiz Miguel, catedrático de Derecho Constitucional (U. de Santiago)

Dalmacio Negro Pavón, catedrático de Hª de las Ideas y las Formas Políticas (UCM)

Elio Gallego García, catedrático de Teoría y Filosofía del Derecho (U. San Pablo-CEU)

Emma Nogueiro, periodista y escritora.

Fernando Sánchez Dragó, escritor.

Francisco Javier García Alonso, catedrático de Química Inorgánica (U. de Oviedo) 

Francisco José Fernández de la Cigoña, abogado y bloguero.

Francisco Saavedra, presidente de SCJ Vita

Jesús Cotta Lobato, poeta y escritor.

Jesús Huerta de Soto, catedrático de Economía Política (U. Rey Juan Carlos)

Jesús Palacios, periodista e historiador.

Joaquín Pintos de Mora, comandante de la Guardia Civil (r.)

José Francisco Serrano Oceja, profesor de Periodismo (U. San Pablo-CEU)

José Javier Esparza, periodista y escritor.

José Luis Cendejas, doctor en Economía.

Juan Manuel Cansino, catedrático de Economía (U. de Sevilla)

Julio Ariza, abogado y presidente de El Toro TV.

Manuel Bustos Rodríguez, catedrático de Historia Moderna (U. de Cádiz)

Miguel d’Ors, poeta.

Miguel Platón, periodista e historiador.

Pío Moa, historiador y escritor.

Rafael de la Guerra Gallego, doctor en Medicina.

Rafael Sánchez Saus, catedrático de Historia Medieval (U. de Cádiz)

Romualdo Maestre, periodista.

LISTADO ACTUALIZADO DE FIRMANTES: https://www.outono.net/elentir/2020/05/22/manifiesto-para-la-resistencia-nacional-un-grupo-de-intelectuales-llama-a-manifestarse/

¿A mí qué me importa?

Hay un tipo de artículo periodístico que a fin de hacer más digerible una crítica a un Gobierno Progresista (pronúnciese con unción y embeleso), empieza por tratar de dejar patentemente claro que el autor no es un meapilas, por usar esa expresión despreciativa tan del gusto de Federico Jiménez Losantos. Con ello puede que consiga ese objetivo inconfeso, pero a la postre no hace más que rendir culto al Zeitgeist progresista, que no es más que la forma laica y socialmente aceptada de ser un meapilas.

Entra dentro de esta categoría una breve columna, irónicamente titulada “¿Por qué existimos?”, y debida a Rosa Belmonte, que es de las pocas periodistas de opinión de mi diario de provincias que vale la pena leer. Aclaro que desde hace tiempo solo compro el periódico provincial, pues visto que todos siguen la misma línea editorial (progresista, por supuesto), al menos prefiero enterarme del obituario local; que uno ya empieza a tener edad para fijarse en esa sección.

Pues hablando de obituario, a mí me pasa al revés que a Belmonte: que me importa más lo que hay después de la muerte que enterarme de cuándo abrirán las peluquerías y los fisioterapeutas. Incluso me importa más la vida de ultratumba que saber si Sánchez sobrevivirá a su calamitosa gestión de la epidemia y seremos capaces de soportarlo unos años más. ¿Qué es la vida eterna comparada con una legislatura o dos?

Balmes decía que el indiferentismo es una insensatez, porque “nadie morirá por mí”. Esto se me antoja incontestable, pero quien se envanece de no tener preocupaciones existenciales suele tirar aquí de Epicuro, a poca formación clásica que posea, y decirte que cuando soy, la muerte no es, y cuando muero, no soy. Esbozaré, pues, un argumento que acaso impresione más a los indiferentes, porque cuestiona su coherencia, esa cualidad tan sobrevalorada en nuestros días.

Estoy convencido de que quien se ufana de no tener curiosidad metafísica o religiosa no vería como digno de elogio que alguien presumiera de no tener el menor interés por la literatura o el arte. Seguro que si alguien dijera “¿a mí qué me importa quién era Sófocles?”, inspiraría una gran lástima a Rosa Belmonte.

Este sentimiento es fácil de entender, porque el hombre contemporáneo ya no cree en Dios, pero sí cree con fervor beatífico, además de en el Progreso, en la Cultura, a la que se atribuyen poderes maravillosos como favorecer la paz entre los hombres y combatir la intolerancia y el fanatismo. Con pruebas bastante endebles, a decir verdad, porque desde la invención de la imprenta, los resultados en materia de evitación de guerras, tiranías y genocidios han tirado más bien a modestos.

Belmonte cita al gran Solzhenitsin (aunque luego lo estropea un poco mencionando a Bret Easton Ellis), a cuento de una atinada comparación del confinamiento con la ausencia de libertades básicas de la Unión Soviética, que es la verdadera pepita de oro del artículo.

Distaída por su empeño en parecer desenfadada y frívola, quizás no cae en la cuenta de que Solzhenitsin no sólo era un hombre profundamente religioso, sino que sin sus convicciones espirituales no puede entenderse su demoledora crítica tanto del totalitarismo comunista como del decadentismo moral de Occidente, que nos está conduciendo a una distopía huxleyana en la que supuestamente ya no necesitaremos creer en nada para ser felices. Ni tampoco saber nada.

Por unas malditas mascarillas

El 3 de marzo se conoció que una persona fallecida el 13 de febrero era el primer fallecido en España por Covid-19. Había entonces 45 contagiados conocidos en nuestro país, y centenares en Italia. Los muertos sumaban ya 27 en el país vecino, y rozaban los 3.000 en China, al menos según los escasamente creíbles datos facilitados por su opaco régimen comunista.

Desde ese mismo día, como muy tarde, el Gobierno debería haber tomado al menos las siguientes medidas de salud pública:

  1. Obligatoriedad de uso de mascarillas protectoras para toda la población. Este sencillo objeto (que un país desarrollado como España debería poder fabricar o importar en cantidades casi ilimitadas), utilizado por dos personas que se encuentren a una distancia de conversación, reduce las probabilidades de contagio entre ellas al 1,5 %, según la estimación que muestra el gráfico difundido, entre otros, por el diputado de Vox Francisco J. Contreras.
  2. Suministro de EPIs suficientes en cantidad y calidad a personal sanitario y asistencial, como el de las residencias geriátricas.
  3. Prohibición de actos o eventos multitudinarios. Distancia social mínima. Reducción de aforo en locales públicos y privados. Higiene elemental (lavado de manos con jabón) al entrar y salir de lugares púbicos.
  4. Cuarentena obligatoria para contagiados no hospitalizados y para personas procedentes de los países con mayor número de infectados.
  5. Realización de pruebas PCR a personas sintomáticas, sospechosas de haber tenido contacto con contagiados o que trabajen con grupos de riesgo (sanitarios y gerocultores).

El coste de estas medidas es infinitamente inferior al que tendrá, y ya está teniendo, el confinamiento drástico decretado por el Gobierno de Pedro Sánchez el 14 de marzo. Y su eficacia, muy superior. Porque el confinamiento sin mascarillas suficientes, sobre todo en los primeros días, cuando muchos ciudadanos nos quedamos sin ellas por el exceso de demanda, demostró ser incapaz de frenar el incremento de los contagios. (A no ser que se prohibiera incluso salir a comprar alimentos o medicamentos, lo que lógicamente es inviable.) Y que ni siquiera el personal de los hospitales tuviera acceso a los suficientes Equipos de Protección Individual fue ya sencillamente catastrófico, en un momento en que se requería que el sistema de Salud trabajara al máximo de rendimiento.

¿Por qué ocurrió esto?

¿Por qué el Gobierno tardó tanto en adoptar esas sencillas y relativamente poco costosas medidas, en lugar de ordenar la reclusión de todos los españoles en sus casas, paralizando casi todo el sistema productivo, lo que forzosamente va a provocar una recesión económica peor que la de 2008?

¿De qué nos habrá servido aplicar el confinamiento más estricto y ruinoso del planeta, junto con Italia, si según datos oficiales (que posiblemente subestimen la realidad) somos el segundo país del mundo, después de Bélgica, en fallecidos por millón de habitantes a causa del Covid-19?

La última pregunta es retórica: evidentemente, el confinamiento no ha servido de mucho, porque si se hubiera actuado antes, no hubiera sido necesario, al menos de modo tan riguroso, como demuestra la experiencia de países como Alemania, Austria o Suiza, por limitarnos a Europa. Las empresas habrían seguido funcionando; los comercios que lo hubieran deseado, adoptando medidas de protección y reducción de aforo, hubieran podido evitar el cierre prolongado. Proponer ahora a la hostelería que abra con aforo reducido, tras cincuenta días de cierre, es poco menos que una burla. Esta restricción hubiera sido asumible en un primer momento, no tras las pérdidas de pura quiebra que han sufrido tantos negocios.

La primera pregunta (la segunda no es más que su desarrollo) requiere imperiosamente ser respondida, y además en sede judicial, porque de ello se desprenden gravísimas responsabilidades, incluso penales, salvo que se pueda explicar la inoperancia del Gobierno por causas de fuerza mayor o no punibles. Aquí me limito a ofrecer tres posibles respuestas para su investigación, todas compatibles entre sí.

  1. El Gobierno retrasó la prohibición de actos multitudinarios, junto con otras medidas, para no tener que suspender las manifestaciones feministas del 8 de marzo. En una mezcla letal de sectarismo e ignorancia, la consigna  de aquellos días era que “el machismo mata más que el coronavirus”. Sin despreciar los contagios que sin duda se produjeron en esas concentraciones de masas (entre otras que se permitieron también para no tener que prohibir la que interesaba al Gobierno), fue la tardanza en adoptar las medidas necesarias la que facilitó que el virus se propagara exponencialmente, durante los fatales días previos al 8 de marzo, por todo el territorio nacional.
  2. El Gobierno, también por razones izquierdistas, no facilitó la producción ni la importación de mascarillas por agentes privados, sino que prefirió optar por requisas arbitrarias y más tarde controles de precios, prácticas supersticiosas y demagógicas que desde tiempo inmemorial se han demostrado completamente contraproducentes, pues sólo sirven para reducir aún más la producción del artículo que escasea. Los eventuales incrementos de precios son coyunturales y un mal necesario, gracias al cual, y en ausencia de obstáculos artificiales o naturales, la oferta y la demanda vuelven a equilibrarse.
  3. El Gobierno, intuyendo que la adopción de un drástico confinamiento le permitiría gobernar bajo Estados de Alarma sucesivamente prorrogados, gozando así de mucha mayor libertad para incrementar su control de la sociedad mediante decretos dudosamente constitucionales y consignas de fuerte carga emocional (“este virus lo paramos unidos”), habría preferido esta opción antes que tomar a tiempo medidas más adecuadas y menos costosas.

Como se ve, las tres respuestas tienen algo en común: son propias de un Gobierno de coalición entre socialistas y comunistas, que se caracteriza por un discurso feminista radical (donde el patriarcado no es más que otra forma de denominar al capitalismo), el odio a los empresarios y la iniciativa privada en general, y el afán por incrementar el control del Estado sobre toda la sociedad. Sin estos móviles y resortes ideológicos, resulta muy difícil de comprender que el gobierno del cuarto país de la UE por su PIB haya sido incapaz de proporcionar a todos sus habitantes algo tan simple como mascarillas protectoras, en número suficiente. Sólo esto hubiera sido decisivo para evitar miles de muertes: unas malditas mascarillas.

La eficacia del confinamiento

Tras cincuenta días de uno de los confinamientos de la población más drásticos del mundo, si no el que más, resulta preocupante que sigamos en cifras de alrededor de cuatrocientos muertos diarios por el virus de Wuhan. Naturalmente, somos libres de pensar que sin el confinamiento, los muertos serían muchos más. Pero, ¿esto es así?

Los números, aparentemente, abonan esta idea. El Estado de Alarma se decretó el 14 de marzo, pero como es lógico, sus efectos sobre la mortalidad no fueron inmediatos, pues el deceso de un enfermo de Covid-19 se produce días o incluso semanas después del contagio. La disminución de la mortalidad empieza a notarse a partir del 3 de abril, pues el día antes se alcanza el máximo absoluto de 961 muertos contabilizados en un día, y desde entonces la tendencia ha sido claramente decreciente, como muestra la gráfica de Worldometer. (Todos los datos aquí utilizados proceden de esta fuente, o son elaborados por mí a partir de ella.)

Ahora bien, hay que tener en cuenta que, incluso sin tomar medidas de salud pública contra el virus, el coeficiente de crecimiento de la mortalidad tenderá a disminuir, a partir de un momento dado. Esto es debido a que el virus necesita infectar a personas que sigan haciendo vida normal para contagiar a otras, y estas van escaseando, en un territorio determinado, a medida que más infectados se encuentran demasiado mal para salir de casa, son hospitalizados o mueren. También porque cada vez más personas probablemente se inmunizan, al menos por unos meses. El destino del virus en términos reproductivos, tarde o temprano, es morir de éxito.

Los datos corroboran esta teoría. Del 14 al 15 de marzo, el total de muertos por el coronavirus pasó de 196 a 294. Es decir, creció un 50 % en un día. De mantener este ritmo, en cuestión de semanas habrían muerto millones de personas, al tiempo que el sistema sanitario se habría colapsado por completo. No sucedió esto, sino que del 1 al 2 de abril, justo antes de que se alcanzara el máximo de fallecidos en un día, la tasa de crecimiento había sido del 10 %. Por tanto, podemos decir que en ese período, antes de que el confinamiento pudiera tener efecto en el número de muertes, el porcentaje de crecimiento de la mortalidad disminuyó por sí solo 2,5 puntos diarios, de media.

A partir del 2 de abril,  sin embargo, y hasta hoy, el descenso medio de la mortalidad ha sido mucho menos acusado. Del 24 al 25 de abril el número total de muertos pasó oficialmente de 22.524 a 22.902, es decir, creció un 1,7 %. Esto, desde el 10 % que había crecido del 1 al 2 de abril, y aunque permite albergar cierta esperanza, supone una disminución diaria del coeficiente multiplicador de 0,36 puntos, mucho más discreta que la del período anterior,  en el que suponemos que aún no pudo tener efecto el confinamiento en la mortalidad.

¿Se hubiera producido esa suavización de la curva de mortalidad incluso sin confinamiento? Es muy difícil saberlo. Los datos nos pueden dar una pista, aunque no una respuesta apodíctica. Desde el 13 de febrero en que se produjo la primera muerte por Covid-19 en España (aunque no se supo hasta principios de marzo) hasta el 14 de marzo en que el gobierno impuso el Estado de Alarma, la mortalidad creció un 19 % diario, de media. Si contamos hasta el 2 de abril (día con mayor número de muertes), el crecimiento fue de un 21 % diario. Esto es lo que creció diariamente la mortalidad desde el primer fallecido hasta los 10.348 de ese día. Desde entonces, en cambio, el crecimiento diario medio ha sido del 3,5 %.

Es difícil no concluir que el confinamiento ha sido útil. Si se hubiera mantenido no digo ya un 20 % de crecimiento diario de la mortalidad, sino el ya apuntado 10 % que creció del 1 al 2 de abril, hoy habría unos 70.000 muertos más.

Pero esto no deja de ser una mera especulación. Lo innegable son las más de 20.000 vidas que se han perdido realmente, y que gran parte de ellas podrían haberse salvado, actuando apenas unos días antes, cuando la curva de la mortalidad era catastrófica. La epidemia tiene un inicio explosivo, y por eso los países que le han hecho frente con más éxito son los que atajaron los contagios desde los primeros casos: controlando las fronteras y aeropuertos, realizando tests masivos, imponiendo cuarentenas a los contagiados o sospechosos de estarlo y prohibiendo eventos multitudinarios, sin necesidad de paralizar casi por completo la actividad económica, como se ha hecho en España.

Si se fracasa en los inicios, aunque el aumento de la mortalidad consiga reducirse, luego cuesta mucho bajar de un número espantoso de muertos diarios, semana tras semana. Y entonces es cuando el confinamiento drástico se hace inevitable, con sus terribles secuelas económicas.

Salvar a Sánchez

La prioridad no puede ser otra que salvar vidas humanas. Pero para algunos se diría que este empeño rivaliza con (por caridad no diré que se supedita a) salvar políticamente a Pedro Sánchez. No es ajeno a ello, hay que reconocerlo, que el Gobierno está siendo verdaderamente generoso con sus apologistas mediáticos, regándolos con la bendita lluvia de la publicidad institucional y otras aportaciones.

En el momento en que nos hallamos, salvar a Sánchez requiere paliar en lo posible la crudeza de las cifras. No es tarea fácil, porque 20.000 muertos oficiales es un número muy difícil de digerir. No digamos ya cuando conozcamos el verdadero. Aunque hay indicios semioficiales, como los Informes MoMo del Instituto de Salud Carlos III. El del 16 de abril registra un exceso de mortalidad (es decir, un incremento del número total de fallecidos por todas las causas, en un periodo dado, por encima de lo estadísticamente normal) del 69,3 %. Esto, expresado en términos que hasta los de letras entenderán perfectamente, significa que en el último mes, 4 de cada 10 fallecidos en España (69/169) lo son con toda probabilidad por culpa del virus de Wuhan o del colapso sanitario provocado por éste.

Sin embargo, en una sociedad constantemente bombardeada por datos, hemos desarrollado una cierta insensibilidad o más bien embotamiento, sobre todo si los números no se asocian con imágenes demasiado emotivas. Por lo pronto, hay que ahorrar en lo posible la visión de féretros alineados o de efectivos de la UME acarreando cadáveres desde los hospitales a las morgues. Como mucho, se mostrará un cadáver saliendo de una residencia privada, porque todo lo que sea culpabilizar a los malvados empresarios redunda en favor del Gobierno más izquierdista desde 1936. Y luego ya si eso hablaremos de la responsabilidad de una administración que ha fallado estrepitosamente en suministrar equipos de protección suficientes a los profesionales sanitarios y asistenciales.

Lo que también ayuda mucho a Sánchez es que la epidemia esté causando estragos en los Estados Unidos. No importa que su población sea siete veces mayor que la de España, no importa que su tasa de mortalidad pandémica sea de 118 por millón de habitantes, frente a los 441 de España, y los 184 de la UE-27, cuando escribo esto. Diremos que los contagiados en los EE.UU. superan a los de España, Italia, Francia y Alemania juntas (cosa previsible: también las supera en población) y así nuestras audiencias podrán llevarse la consoladora impresión de que tenemos mucha suerte de estar gobernados por Sánchez y no por Trump. Por supuesto, todo ello lo reforzaremos mostrando imágenes de calles de Nueva York desiertas, de ataúdes y de fosas comunes, mientras que en España, por la tele, no veremos más que aplausos a los pacientes dados de alta. Pobres americanos, qué mal lo están pasando.

Además de los muertos, están las temibles consecuencias económicas del confinamiento. Para eso, también Sánchez tiene un plan salvador (salvador de sí mismo, no lo olvidemos: luego ya si eso España) que requerirá de todo el esfuerzo didáctico de los medios. Porque esas consecuencias van a afectar a muchos más españoles que la crisis del 2008. Ayer escuché a un gran filósofo, que en sus ratos libres se dedica a presentar programas de telebasura, exclamar “vaya mierda de sociedad si no podemos permitirnos estar dos meses parados”. Sin duda, algo así piensan muchos autónomos, qué mierda de vida que no pueden permitirse dos meses (¡qué dos meses, ni dos semanas muchos de ellos!) de vacaciones. A decir verdad, creo que un país funcionaría mucho mejor, y le cuadrarían mucho más las cuentas, si no se permitiera a sí mismo en su conjunto más de lo que pueden permitirse sus autónomos, que son quienes tienen contacto más estrecho con la dura realidad de la productividad y de la delgada línea que separa el debe del haber.

Pero no nos desviemos del tema. Hablábamos del plan de Sánchez, cuyo nombre, siquiera provisional, es Pacto de Reconstrucción. Aquí nuestro protagonista tiene depositadas grandes esperanzas. En esencia, se trata de asociar al Partido Popular con las medidas impopulares que eventualmente se tomen. Si Pablo Casado acepta, él será el culpable de esas medidas; y si no acepta, también. Jugada redonda: si sale cara gano yo, si sale cruz, pierdes tú.

No es la primera vez que el PSOE utiliza la estrategia de un pacto con el PP. ¿Se acuerdan del Pacto Antiterrorista que Zapatero ofreció a Aznar? Yo casi que tampoco, pero no importa. Lo que sí recuerdo es que tres años después se produjo el 11-M. Recuerdo que el PP perdió las elecciones tras sufrir tres días de movilizaciones contra él, en lugar de contra los terroristas. Recuerdo que la Ley de los Partidos Políticos de Aznar, decisiva para derrotar todo el entramado político de ETA, acabó siendo papel mojado, debido a las consabidas presiones sobre el poder judicial, marca de la casa socialista. Y recuerdo –bueno, esto no hace falta recordarlo porque es plenamente actual– que el brazo político de ETA sigue desde entonces en nuestros ayuntamientos, diputaciones, parlamentos autonómicos y en el Congreso de los Diputados.

Si Casado no cae de nuevo en esa vieja trampa de firmar un pacto con el PSOE, no por ello lo tendrá fácil. Le dirán de todo menos guapo, sobre todo lo que más teme, que se ha entregado a la ultraderecha. Además de la izquierda, todo el centrismo mediático, todos los tertulianos de Cope con alguna rara excepción, le aconsejarán encarecidamente al líder del PP que firme su sentencia de muerte política, y que se ponga él mismo la soga al cuello. Y le ayudarán con su ración diaria de improperios a Vox. Mira qué paliza le estamos dando a Santiago Abascal. ¿No querrás ser tú el siguiente, verdad?

Sánchez aún puede salvarse incluso si la oposición no firma un pacto que le ate las manos para poder criticar su nefasta gestión, así como sus intentos de aprovechar la epidemia para instaurar un régimen de inspiración venezolana. Con toda la maquinaria mediática a su servicio, no cabe descartarlo. Pero aún quedaría Vox, al que solo se podrá neutralizar terminando definitivamente con la democracia.

El bulo fundacional

En su intento de neutralizar las críticas por su nefasta gestión de la epidemia, el gobierno arremete contra los que llama bulos. Ayer, Jueves Santo, Santiago Abascal le replicó a Pedro Sánchez que él llegó al poder gracias a un bulo: que no pactaría con Podemos.

La acusación, además de ser exacta, nos ilustra sobre la naturaleza esencial de la machacona cancioncilla oficial y oficiosa sobre los bulos. Son quienes utilizan la mentira, la manipulación y la sedación informativa de manera sistemática quienes más hablan de fake news, de bots y de conspiranoias de la ultra-ultraderecha para atacar a un cándido y desvalido gobierno progresista.

Pero aquí quiero contemplar este asunto de los bulos (en el sentido que utilizan dicha expresión las terminales de la izquierda) desde un punto de vista mucho más elevado, apuntando al que podríamos llamar bulo fundacional. Y este no es otro que el bulo de la ciencia, más conocido como el cientificismo. Alguno se preguntará qué tiene esto que ver. Pues le diré que ahí está la clave de todo.

Nadie mínimamente instruido puede desdeñar la ciencia, sus grandes logros tanto intelectuales como tecnológicos. Pero sí es por desgracia muy común entre las personas instruidas una concepción errónea de la actividad científica, que la convierte en un sucedáneo de la religión, y por ende en la depositaria de la única verdad.

La ciencia nos ha permitido descubrir grandes verdades, qué duda cabe. Hoy sabemos que nuestro planeta es una partícula insignificante perdida en un universo inconcebiblemente grande. Sabemos que los seres humanos, junto con los demás seres vivos, hemos surgido sobre la superficie de este planeta por un proceso evolutivo de miles de millones de años, probablemente a partir de un microorganismo ancestral. Sabemos igualmente que existe una estrecha correlación entre nuestros procesos mentales y la neuroquímica cerebral.

También conocemos bastante bien cómo funciona el sistema inmunitario, y hemos podido desarrollar vacunas y antibióticos que han conseguido aumentar la esperanza de vida humana como nunca en la historia. Esto no nos ha librado de la pandemia del Covid-19, pero existen esperanzas razonables de que se pueda obtener una vacuna o un fármaco que nos permita superar esta crisis planetaria.

Ahora bien, deslumbrados por tan espectaculares logros, muchos han caído en una idolatría de la ciencia que, en primer lugar, les lleva a extraer de ella conclusiones mucho más atrevidas de lo que permite su metodología, y en segundo lugar, alimenta unas expectativas desmesuradas sobre su capacidad para establecer una especie de paraíso terrenal. Se trata, como señala el filósofo de la ciencia Francisco José Soler, en su obra Mitología materialista de la ciencia (2013), “de una representación deformada de la ciencia, en la que se intenta hacer pasar por resultados científicos lo que no son más que interpretaciones particulares de los mismos”.

De la ciencia no se deduce, ni mucho menos, que todo es materia u otra sustancia o estructura carente de intencionalidad; no se deduce que no existen Dios ni el alma, ni que la conducta humana sea puramente determinista, y que por tanto el libre albedrío se reduzca a una ilusión. La ciencia tampoco nos puede ayudar lo más mínimo a distinguir entre el bien y el mal, ni por tanto es una guía infalible para alcanzar ningún paraíso, donde el mal haya sido completamente erradicado. La ciencia, sin duda, puede ayudarnos a hacer el bien, en la medida en que nos ayuda a prever mejor las consecuencias de nuestros actos. Pero no nos dice por qué unas consecuencias serían buenas o malas en sentido absoluto, es decir, independientemente de nuestros deseos o fines subjetivos.

La idolatría de la ciencia–digámoslo con claridad– es la madre o la hermana del progresismo. Esta ideología sostiene, de manera más o menos consciente o elaborada, que el ser humano, gracias al avance del conocimiento y a su extensión mediante la educación, podrá liberarse un día de todas las ataduras políticas, religiosas, económicas e incluso naturales que se interponen en el camino de la felicidad universal definitiva.

Ahora se comprenderá mejor lo que el progresismo entiende por bulos. Para él, existe una verdad indiscutible (la ciencia, el progreso) y todo lo que la cuestione o sea difícil de integrar en ella debe ser considerado bulo, cuento, engaño, superstición. Para el cientificista acabado, es decir, al mismo tiempo progresista, tan bulo es que el gobierno ha ocultado información sobre la epidemia y ha dificultado con sus torpes medidas el acceso a equipos de protección individual, tan bulo es que la ley de violencia de género favorece las denuncias falsas o que los inmigrantes cometen proporcionalmente más delitos que los nativos, tan bulo es todo eso como las creencias cristianas que tanto desprecia. Para el cientificista progresista, todo esto son embustes pueriles (cuando no malintencionados)  que ya han sido refutados de una vez para siempre en las instancias competentes, y en los que sólo pueden creer personas con déficits formativos o intelectuales.

Últimamente se ha puesto de moda entre los progres llamar “terraplanistas” a los que no pensamos como ellos, a los que no tragamos con el adoctrinamiento masivo producido por los medios de comunicación. Esta caricaturización no es casual. Realmente creen los progres que lo que ellos consideran verdades científicas y progresistas son indiscutibles, como si todas fueran del mismo rango que la verdad de que la Tierra es un esferoide. A fin de colocarse en un plano de superioridad intelectual, sitúan la legítima crítica al gobierno o a la izquierda en el mismo nivel que todas las majaderías o fantasías que pululan en internet (terraplanistas, terapias alternativas, visitantes extraterrestres, elucubraciones antisemitas, etc.), exceptuando, como se puede imaginar, los innumerables bulos de tendencia izquierdista.

Nada es más ridículo que el ignorante que da lecciones, cual maestro Ciruela. Y eso son el cientificista y el progresista, incluso los que son capaces de citar a Bunge o a Zizek, y hasta de haberlos leído. Son ignorantes porque, hayan estudiado mucho o poco, no entienden lo que es el conocimiento científico, y han basado en esa incomprensión radical la noción quimérica del progreso ilimitado del hombre. Por eso rechazan a la ligera como bulos, o tras un análisis superficial, todas esas noticias o rumores incómodos que les obligarían a replantearse sus queridos prejuicios cientificistas y progresistas.

Obsesionado con Vox

Hay mucha gente obsesionada con Vox. Uno de ellos es Xavier Fernández, redactor jefe del Diari de Tarragona. Prácticamente no hay día que en su columna no dedique unas palabras despreciativas o insultantes a la formación liderada por Santiago Abascal, vengan o no vengan a cuento. Normalmente no leo estas invectivas, pues rara vez aportan otra cosa que su prescindible opinión, se trate de Vox o de cualquier otro tema. Pero con la del 6 de abril (“Las siglas de Vox”) he hecho una excepción, que me ha servido para comprobar lo poco que da de sí el autor.

Paso de comentar su ingeniosísimo hallazgo (debe estar muy orgulloso) de convertir el nombre de Vox en acrónimo de “Vileza, Odio y Xenofobia”. Los insultos gratuitos no merecen réplica. Fuera de esta sensacional aportación literaria, buena parte del texto se dedica a atribuir al partido de sus odios una serie de mensajes anónimos de pésimo gusto contra la presentadora televisiva Cristina Pedroche, al dar a conocer el fallecimiento de su abuela en Twitter. Dice Fernández: “¿Cómo podemos intuir que son de Vox? El lenguaje les delata. Son dignos discípulos de Abascal…” ¿Para qué queremos pruebas cuando está claro que el acusado es culpable? Y este señor, como buen progre, nos da cada día lecciones de derechos humanos, asegurando que los políticos separatistas que cumplen penas de prisión han sido injustamente condenados. Como para fiarnos de su criterio.

El periodista prosigue con una manipulación ya algo caducada, según la cual Santiago Abascal habría mentido al afirmar que el 70 % de los imputados por delitos sexuales son extranjeros. Habrá que repetirlo una vez más. El presidente de Vox no dijo eso refiriéndose a todos los delitos sexuales, sino a las violaciones en grupo, basándose en un informe del que también se hizo eco un artículo de El Mundo titulado “Anatomía de las 101 manadas”. En dicho informe se concluía que sólo un 31 % de los autores identificados o detenidos desde 2016 eran españoles. Puede que Abascal se aventurara en exceso al clasificar como extranjeros al 69 % restante (pues no todos pudieron ser identificados) pero quienes mienten de lleno son los que tergiversan sus palabras haciéndole decir lo que no dijo. En cualquier caso, la cuestión de fondo es si existe una relación estadística significativa entre inmigración ilegal y delincuencia, y esto solo puede responderse empíricamente, con datos desapasionados, no adoptando conclusiones previas en virtud de su ideología, como hacen quienes tachan a Vox de xenófobo.

Otro elemento que aporta Xavier Fernández ya me da un poco de pereza. Se refiere a uno de tantos vídeos virales que se divulgan sin la suficiente comprobación previa de su veracidad. En este caso, se trata de la denuncia de un transportista de material sanitario de que el gobierno español no es buen pagador, o algo así. No sé a qué vídeo se refiere, ni me he molestado en buscarlo, porque si tuviéramos que comprobar todo lo que circula por redes sociales, no tendríamos tiempo para otra cosa. Según X. Fernández, ese camionero en realidad sólo llevaba folios, y entre los muchos que cayeron en el supuesto engaño estaría el subinspector de la Policía Nacional Alfredo Perdiguero, que se presentó en una lista autonómica de Vox. Este tipo de error tan común en redes sociales y en WhatsApp (quien esté libre de pecado que tire la primera piedra) lo anota también mezquinamente Fernández en su lista de agravios contra Vox.

Como militante de Vox, sinceramente me gustaría leer argumentos algo más serios y elaborados en su contra. Como escribió una vez el filósofo rumano Emil Cioran: “Jamás me consolaré de la mediocridad de mis enemigos”.