Silencios entre líneas I

Cuestionar una teoría sobre un hecho no es negar el hecho.

El consenso es el mejor amigo del Poder.

No hubo testigos de lo que pudo ocurrir pero no ocurrió.

El primer pecado fue el desagradecimiento; el segundo, la envidia. El tercero fue echarle la culpa a otro.

La ciencia solo puede predecir el futuro cuando deja de serlo.

Las leyes injustas nos permiten conocer quién es más amigo del Poder que de las leyes.

Sé tú mismo = Sé lo mismo que todos.

Jesucristo dijo poned la otra mejilla, no las otras.

No es que los esclavos tengan miedo, sino que el miedo tiene esclavos.

Primero dijeron disolved los ejércitos, abolid la familia, desterrad la religión. Más astutos, ahora dicen bienvenidos refugiados, hay muchas formas de familia, todas las religiones quieren la paz.

Odiar al que odia es la excusa perfecta para odiar, y con frecuencia el único odio real.

El aforismo es un pensamiento separado de los argumentos que lo oscurecen.

Caer en la ilusión del progreso es el mayor peligro del progreso.

La democracia no es lo contrario de la dictadura, sino muchas veces su prólogo o su cobertura.

Los derechos humanos nunca corren más peligro que cuando los defienden los gobiernos.

El moderno se cree superior al hombre medieval, a quien desprecia. El hombre medieval se creía superior al antiguo, a quien admiraba. Diferencia entre mezquindad y nobleza.

Si todo es diverso, todo es igual.

Resiliencia es cuando alguien gana dinero con lo que hacíamos antes sin saber que se llamaba así.

El peor despotismo es el que pretende liberarnos.

A más cómo menos por qué (Jorge Wagensberg) significa: A más técnica menos sentido.

Si un ateo al morir fuese al Cielo, diría: es una coincidencia, todo es azar.

Las noticias son los argumentos del que no piensa por sí mismo.

El Gran Tuteo

El pasado 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, la Generalidad catalana me envía un SMS dirigiéndose a mí en los siguientes términos, que traduzco del catalán: “Hola CARLOS. Ya puedes vacunarte con la dosis de refuerzo contra la COVID-19. Si todavía no tienes cita y hora, pide cita en…” Hoy cinco de enero vuelven a enviarme idéntico mensaje, dado que no me he dignado a responder al primero.

Que cinco meses después de haberme inoculado las dos primeras dosis experimentales tengamos que estar así, con “refuerzos” de los que, por cierto, ya nos avisan que su dudosa efectividad durará diez semanas, demuestra claramente que esto no son vacunas. Por decirlo brevemente, esto es una megaestafa de nivel global, mucho peor que las hipotecas subprime que provocaron la crisis del 2008, porque aquí directamente se juega con la salud de millones de personas, para engordar los beneficios de las grandes farmacéuticas.

No se confundan, no soy anticapitalista, ni estoy cuestionando que las empresas privadas y el mercado libre son el menos malo de los sistemas para que haya abundante producción de medicinas, y de cualquier producto, normalmente a los precios más razonables posibles. Pero admitir esto no supone un cheque en blanco para que algunas empresas puedan violar impunemente cualquier código ético, ni mucho menos para que nos obliguen a consumir sus productos.

Los biempensantes de siempre dirán que gracias a las vacunas se ha reducido la mortalidad. ¿Cómo lo saben? ¿Cómo saben que no se habría reducido de todos modos, como ha ocurrido con todas las grandes epidemias de la historia (cuando no existían vacunas), generalmente mucho más letales que este catarro que solo se complica en un pequeño porcentaje de quienes lo contraen?

¿Cómo se puede afirmar que los vacunados, aunque se contagien, no enferman gravemente, cuando hay tantos casos conocidos -imaginen los no conocidos- que contradicen esto; y cuando de todos modos, también la mayoría de no vacunados cursan el covid como un simple resfriado, más o menos molesto, como ocurre con todo resfriado estacional? ¿Cómo se pueden ignorar los numerosos reportes, demasiados para que todos sean falsos, de efectos adversos y muertes repentinas, inusuales en grupos de población joven, como los deportistas profesionales?

Y la pregunta más importante de todas, a mi entender: ¿Cómo diablos puede la gente tener tanto miedo de morirse, pese a la baja letalidad de esta epidemia, para entregar su libertad y atarse a un código QR, sentando un precedente peligrosísimo para las libertades, que lamentaremos por mucho tiempo? ¿O no nos damos cuenta de que China no solo nos ha atacado con el virus biológico sino con el más peligroso de todos, el virus totalitario con el que, en colaboración con las elites globalistas occidentales, confían en encadenarnos a todos, gracias a nuestros miedos?

Si alguien me quiere llamar negacionista, adelante, pero entonces no ha entendido nada. Negar que esta broma pesadísima sean vacunas no es negar las vacunas en general, como negar que Pedro Sánchez sea doctor en economía no es negar la economía. Y negar que la baja letalidad de esta epidemia justifique las violaciones masivas de derechos humanos que se están produciendo en el mundo no es negar que haya una epidemia, como negar que exista el patriarcado opresor fuera de la imaginación de las feminazis no es negar que haya tipejos execrables que maltraten a las mujeres.

Pero yo no quería limitarme a hablar de un tema que ya me tiene totalmente harto. Porque el asunto, evidentemente, se enmarca en un proceso mucho más amplio, al que acabo de aludir al mencionar a las elites globalistas. ¿Saben qué tienen en común el mensaje de la consejería de Salud catalana y algunos que se emiten públicamente en sintonía con la Agenda 2030 de la ONU? “No poseerás nada, pero serás feliz”, predice un conocido vídeo publicado por el Foro de Davos. Pues miren, lo que tienen en común es el tuteo. Nos hablan con esa confianza que se permiten los creadores publicitarios para vendernos todo tipo de mercancías, como si fueran nuestros amigos, o más intolerable aún, nuestros padres.

El “Gran Reinicio” (The Great Reset) a fin de cuentas no se llama así por casualidad, sino que copia el modelo de las grandes tecnológicas, de Apple, Microsoft, Google, que en cada reseteo actualizan en línea nuestros programas y aplicaciones sin consultarnos, sin habernos preguntado antes nuestra opinión, para proporcionarnos una mejor “experiencia”. En lugar de los procedimientos parlamentarios, de los controles judiciales, el modelo que quieren implantar a escala global es el de una “gobernanza” (en su jerga) sobre la que los ciudadanos tendremos tanto control como sobre los consejos de administración del Nasdaq. Ninguno, obviamente. Pero lo que en el sector privado es razonable, porque prima la búsqueda de la productividad sobre otros criterios, no es extrapolable a toda la sociedad, a todas las actividades ni decisiones humanas.

No debemos dejar que las administraciones, ni las grandes corporaciones privadas, ni los periodistas estrellas nos tuteen, nos traten con paternalismo y pretendan asustarnos. Porque no son nuestros padres, ni siquiera unos padres insufriblemente pijoprogres, para que nos digan que nos vacunemos, que no salgamos, que no debemos comer carne, ni ducharnos a diario, ni conducir automóviles de combustión, ni cómo tenemos que hablar o pensar inclusivamente. No tienen derecho alguno; y sus emergencias climáticas, sus crisis de refugiados y sus pandemias no deberían atemorizarnos, sino por el contrario hacernos reír. O lo que viene a ser lo mismo, estimular nuestro espíritu crítico, provocarnos a investigar y pensar por nuestra cuenta. Nunca deberíamos comprar sus miedos, porque sólo sin miedo se puede ser un adulto libre, al que se le habla de usted.

Soberanía, el libro de Buxadé

Abordé el libro de Jorge Buxadé (Soberanía. Por qué la Nación es valiosa y merece la pena defenderla, Homo Legens, 2021) con ciertas expectativas y algunas prevenciones. La verdad es que apenas he seguido hasta ahora las ruedas de prensa del autor, pero confieso que tampoco suelo estar al día de las intervenciones de Santiago Abascal, Iván Espinosa de los Monteros y otros dirigentes y representantes de Vox. Veo algunos vídeos o incluso algunos mensajes breves en redes sociales, a menudo con semanas de retraso. Soy hombre de letra impresa, y ni puedo ni quiero seguir el ritmo frenético de las nuevas tecnologías, ni estar todo el día pegado a la actualidad. Prefiero infinitamente leer una obra del siglo XVII, sin mirar durante horas el maldito teléfono móvil.

Por eso, en cuanto supe que un conspicuo dirigente de Vox había escrito un libro, me dije: esto ya me gusta más. Acceder al pensamiento de una persona con el ritmo pausado de lectura de un volumen de 350 páginas (no está mal para una ópera prima) es un privilegio, resultado del esfuerzo de quien lo haya escrito, que merece al menos cierta consideración.

Poco antes de comprar Soberanía quise obtener alguna información más detallada sobre su autor, aparte de su currículum objetivo: vicepresidente de área política de Vox, eurodiputado, abogado del Estado y profesor de derecho administrativo. Tampoco está nada mal. Pero en una rápida búsqueda, descubrí que para Google lo importante es que el político nacido en Barcelona en 1975 se presentó en unas listas electorales de Falange, a la edad de veinte años. El diario El País, cómo no, llegaba a titular, tras las últimas elecciones europeas: “Jorge Buxadé Villalba: un falangista en el Parlamento Europeo”.

Cierto que Buxadé, en una entrevista, negó estar arrepentido de su fugaz relación con el partido fundado por José Antonio Primo de Rivera, y sí en cambio de haber militado en el PP durante diez años. Algo por lo demás poco sorprendente, dada la diferente duración de ambas circunstancias, y lo que determinó el fin de la segunda: el fracaso de Mariano Rajoy en impedir el golpe de Estado separatista en Cataluña.

Pero hay dos aspectos biográficos que me parecen mucho más destacables, y que me predisponen favorablemente, lo confieso, a favor de Buxadé. El primero, su condición de católico y padre de familia numerosa. El segundo, de carácter generacional: que el eurodiputado entró en el Partido Popular como reacción al 11-M, es decir, a la infame utilización política del atentado por la izquierda, contra el Gobierno.

Personalmente, yo no llegué a afiliarme al PP (nunca he sido de ningún partido hasta que en 2017 me afilié a Vox), pero ya he contado alguna vez a mis pacientes lectores que lo voté por vez primera el 14 de marzo de 2004, por el mismo motivo. La inmediata consecuencia de lo que sucedió en aquellas nefastas jornadas fue el cumplimiento del pacto del PSOE con la ETA, para salvar políticamente a los terroristas, y con ello a todo el nacionalismo vasco. Pacto que luego Rajoy respetó, junto al resto de la legislación ideológica de Rodríguez Zapatero, y que está directamente en el origen de Vox.

Paso a comentar el libro. En él podemos distinguir tres partes. La primera, de los capítulos I al IX, en los cuales el autor expone el concepto de soberanía (partiendo como buen jurista de su primer teorizador, el pensador francés del siglo XVI Juan Bodino) y desarrolla sus implicaciones siguiendo muy de cerca el programa de Vox, en relación a la crítica del Estado autonómico, la partidocracia y la facilidad con que miles de inmigrantes ajenos a nuestra cultura acceden a la nacionalidad española.

A Buxadé le interesa el concepto definido por Bodino no como una justificación de la monarquía absoluta, naturalmente, sino como instrumento teórico y jurídico al servicio de la nación, que es una realidad natural (en el sentido de que no ha resultado de ninguna convención), anterior al Estado, como la familia. Junto a la religión, “son tres elementos que de forma silenciosa pero suave nos moldean”, y gracias a los cuales “el individuo sale de sí mismo para ser persona, completarse, crecer, ligándose a otro pero sin hacer violencia de sí mismo”.

Aquí me surgía una primera duda, que es la principal prevención con la que empecé a leer el libro. ¿Por qué deberíamos destacar la nación por encima de los otros dos elementos, la familia y el cristianismo? Buxadé no se plantea esta pregunta porque en realidad él no afirma que la patria sea más importante que la familia ni la fe religiosa. Lo que dice es que las tres cosas van unidas, como lo demuestra que reciben el ataque en bloque del globalismo. Ahora bien, sucede que el principal obstáculo de esta forma de dominación mundial que pretenden implantar las elites políticas y financieras desde organismos internacionales, inmunes a cualquier control democrático y judicial, es la soberanía de los Estados-nación, particularmente los que sí están sometidos a las leyes y al sufragio popular.

En la parte central del libro, del capítulo X hasta el XVIII, más o menos, el autor acomete la disección de ese fenómeno del globalismo. Se trata a mi entender de las mejores páginas de esta obra, y reconozco que me han hecho adquirir una conciencia mucho más clara de la realidad que denominamos con esa expresión; la cual no designa solo una ideología, sino a una elite política y plutocrática que controla los organismos internacionales y los medios de comunicación, actuando sin control democrático ni judicial.

En los años noventa del pasado siglo, la izquierda abominaba de la globalización, entendida como sinónimo de neoliberalismo. Era sobre todo una forma de proseguir la lucha contra el capitalismo después de la caída del Muro de Berlín. Pero hoy esa izquierda ha pactado tácitamente con las grandes corporaciones y poderes financieros para liderar culturalmente lo que antes denostaba, utilizando los lenguajes y pretextos del género, el inmigracionismo y el catastrofismo climático.

Si el globalismo como sistema o régimen tiene en las naciones soberanas su principal enemigo, como ideología se manifiesta como una seudorreligión sustitutoria del cristianismo. Su arma dialéctica principal es el “consenso progre”. Buxadé acomete un brillante análisis de este sustantivo, poniendo de relieve su carácter falaz, y la habilidad con que se instrumentaliza para imponer el pensamiento que conviene al globalismo, persiguiendo cualquier disidencia.

Este falso consenso propugna un tipo humano, como retrata agudamente en un capítulo posterior, el XXI, “que se autodetermina y autoafirma cada mañana, en lo sexual, en lo familiar, en lo social; desarraigado, sin memoria ni tradición. Ese individuo que proponen rechaza todo lo que le viene dado: la familia y la nación; es un individuo aislado que no conoce el nosotros.” O, me permito precisar, que solo conoce el nosotros artificial de las identidades políticas (género, negro, inmigrante), que a diferencia del sexo, la familia, la nacionalidad o la religión no son previas a la política ni al Estado, y requieren la demonización de otro (el hombre, el heterosexual, el blanco) a falta de un auténtico contenido positivo.

Del resto de capítulos (XXVI en total) destacaría los XXIII y XXIV, donde el autor, como no podía ser menos por su experiencia como eurodiputado y su formación en derecho administrativo, nos ilustra sobre la deriva federalizante de la Unión Europea, empeñada, en perfecta coordinación con el globalismo con sede en Nueva York, Ginebra o Davos, en doblegar a los Estados nacionales para imponer sin límite alguno la “gobernanza” mundial y el dichoso “consenso progre”.

Pero no quiero destripar el libro; prefiero recomendar encarecidamente su lectura. Debo confesar que Soberanía ha cumplido con creces mis expectativas. Estas eran que por fin existiera un libro que de alguna manera, aunque fuera oficiosamente, resumiera o compendiara el ideario, las concepciones y las propuestas de Vox. Por supuesto, ya teníamos antes algunas obras de representantes de este partido como Hermann Tertsch, sobre nuestra historia política reciente; de Alicia Rubio, sobre la ideología de género; del propio Santiago Abascal, como el libro entrevista con Kiko Méndez-Monasterio, Hay un camino a la derecha; o el firmado por Fernando Sánchez Dragó, Santiago Abascal. España vertebrada, que reproduce más o menos libremente largas conversaciones entre el escritor y el político.

Además, sería inexcusable no mencionar las numerosas obras del diputado de Vox Francisco José Contreras, catedrático de filosofía del derecho y especialista en liberalismo conservador, entre las que destacaría La fragilidad de la libertad (2018), en la misma editorial del libro de Jorge Buxadé. Máxima preocupación del profesor Contreras, con razón, es la cuestión del invierno demográfico. Difícilmente tendrá sentido defender la soberanía de la nación española, frente a cualesquiera enemigos internos y externos, si los españoles seguimos teniendo menos hijos de los necesarios para reemplazar a los que mueren. La baja natalidad es un problema de profunda raíz espiritual, relacionada sin duda con ese hombre desarraigado descrito por Buxadé, que al quedar desconectado del pasado, la familia y la tierra de sus ancestros, pierde todo sentido de proyección al futuro, salvo en la forma de un ecologismo malthusiano y desesperanzado, que ve como un bien el suicidio demográfico. Buxadé apenas ha podido más que dejar apuntado este tema, literalmente vital. Con todo, y aunque no sé si al autor le hará gracia que lo considere así, su libro es lo más cercano que tenemos a un manual de introducción al pensamiento de Vox. Algo completamente inusual en nuestro pedestre panorama político, y que honra y distingue a esta formación.

El culto al cero

El hombre contemporáneo, casi invariablemente progresista y ateo o agnóstico, hace tiempo que dejó de adorar lo Infinito. No es por tanto sorprendente que haya pasado a convertirse en un adorador de la nada, o en su forma aparentemente más científica, por mensurable, en un idólatra del cero; ese gran invento que nos llegó de la India, a través de los árabes, y que en su extravío metafísico se le antoja más deseable, o al menos más asequible.

Tolerancia cero contra esto o lo otro. Les suena, sin duda. Cero machismo. ¡Bien! Cero racismo ¡Bravo! Cero CO₂ ¡Sí, sí! Cero despilfarro de alimentos. ¡Eso, eso! Incluso en este blog, Cero en progresismo, no hemos podido escapar del todo al espíritu de los tiempos…

Es difícil no simpatizar con quien aspira a erradicar por completo la pobreza o la violencia. Pero una cosa es lo que debería ser, y otra lo que es. Una cosa son los sentimientos y otra los hechos. En la naturaleza, y eso incluye la sociedad humana, es prácticamente imposible reducir nada a cero. La gente que tiene pavor a la energía nuclear, posiblemente desconoce cuáles son los niveles de radiactividad natural. Los celíacos que consumen productos sin gluten (me refiero a los celíacos de verdad, como mi hijo mayor, no a los que siguen modas dietéticas absurdas) saben que en realidad el gluten free significa solo que el gluten se encuentra en proporción inferior a 20 ppm (partes por millón); siempre hay alguna traza, por infinitesimal que sea.

No es una cuestión de tecnología. Evidentemente, podemos acercarnos más al cero, pero llega un momento que el coste de cualquier minimización es mayor que el beneficio. Y esto sucede debido a una de las leyes físicas más fundamentales, la Segunda Ley de la Termodinámica. El universo en su conjunto avanza hacia el desorden. Todo proceso genera calor, es decir, pérdida de energía que, si bien no se destruye, tampoco se recupera. O por decirlo en términos matéricos: desperdicios, escoria. ¿Podemos conseguir despilfarrar menos, ser más eficientes? Naturalmente, pero nunca al cien por cien, ni frecuentemente mucho menos. Siempre sobra algo, siempre hay un resto.

Es más, no solo los esfuerzos por conseguir el cero de cualquier cosa, más allá de cierto límite, son quiméricos (¡un despilfarro de esfuerzo!) sino que en muchos casos serían indeseables. Reducir las emisiones de CO₂, entre otros gases de efecto invernadero, lo estamos pagando cada vez más caro. Y todo por unos hipotéticos beneficios que disfrutarán las generaciones futuras, suponiendo que el cambio climático actual, a diferencia de los que ha habido hace miles o millones de años, se deba principalmente a la acción humana. Pero además, el dióxido de carbono es un gas imprescindible para la vida. ¡Carbono, probablemente el elemento más característico de todo ser vivo! Un mundo con cero emisiones del gas que todos expelemos al respirar, a cada instante, no solo sería imposible, sino indeseable. Sería un mundo sencillamente muerto.

Sucede lo mismo con cualquier otra cosa que nos empeñemos en erradicar de manera absoluta. Ya hemos traspasado hace tiempo el Rubicón en que la lucha contra el machismo se ha convertido en una guerra abierta contra la masculinidad, en que cualquier palabra o conducta que no hace tanto tiempo eran consideradas heroicas o románticas, ahora son objeto de sospecha, cuando no se condenan de modo inapelable.

Desvalorizando la familia clásica, las virtudes heroicas o el romanticismo no disminuye la violencia contra las mujeres, como está más que comprobado a estas alturas. Al contrario, socavamos los mismos principios que nos llevan a protegerlas y ensalzarlas. O dicho en lenguaje teológico: El mal es la negación del bien. Solo Dios, que es el Bien absoluto, está exento del mal. Pero en este mundo finito, la obsesión erradicacionista por reducir el mal a cero solo podría alcanzarse destruyendo incluso el bien, sin el cual el mal no es posible, como la sombra no es posible sin la luz. Por eso los nihilistas más consecuentes, retratados por Dostoyevski en su novela Los demonios, soñaban con la destrucción de todo, con la aniquilación del universo entero, si hubieran tenido poder para ello.

Las tres enfermedades de la derecha

Las enfermedades de la derecha, como los enemigos del alma según San Juan de la Cruz, son tres: el economicismo, la conspiranoia y el antisemitismo. El primero es el más extendido. Se basa en la idea de que lo importante, lo que realmente mueve el mundo y preocupa a la gente es la economía. Habitualmente se presenta como una forma de liberalismo vulgarizado, según el cual bastaría con abolir los intervencionismos gubernamentales en el mercado para solucionar prácticamente todos los problemas sociales, a corto o largo plazo.

No es difícil darse cuenta de que detrás de esta concepción hay un adanismo o negación de la naturaleza caída del hombre, visión que el economicismo comparte con el progresismo en general. Por eso coincide con el centrismo, la aproximación servil hacia las posiciones morales (o más bien inmorales) de la izquierda, renunciando a todo debate de ideas más allá de la economía, e incluso adoptando en este campo posiciones llamadas socialdemócratas.

Hay una reacción frecuente contra el economicismo que en realidad yerra el tiro: consiste en negar lo bueno del liberalismo (la defensa de la libertad del individuo frente al Estado o la colectividad) y en una especie de nostalgia idealizadora de instituciones precapitalistas. Con ello sin duda nos salimos del liberalismo, pero no del economicismo, que es el verdadero mal.

A fin de cuentas, el economicismo es un materialismo, la negación u olvido de la esencia espiritual del hombre. Y este es también el origen (aunque no lo parezca) de la otra enfermedad o desviación de la derecha: la conspiranoia. Uso este término despectivo con reticencia, pues nació para desacreditar a las informaciones e investigaciones que pusieron en duda la versión oficial sobre los atentados del 11-M, para lo cual hay razones muy serias. Pero el conspiranoico no es el que sostiene la existencia de tal o cual conspiración, referente a un atentado, un magnicidio o acontecimiento similar. La teoría de la conspiración postula la existencia de una conspiración única, universal y, sobre todo, omniexplicativa. Todo lo que sucede, para el conspiranoico, es un indicio, una señal de la conspiración que mueve los hilos del mundo y la historia.

El error del conspiranoico consiste en atribuir sistemáticamente el mal no a voluntades individuales o ideas equivocadas o perversas, sino a fuerzas impersonales o casi impersonales (es decir, en esencia, estructurales, materiales) a veces identificadas con el dinero o el capitalismo, a veces con organizaciones secretas como la masonería o un legendario sanedrín judaico. Esta última puede adquirir un carácter tan obsesivo y monotemático que merece ser tratada aparte, como la tercera enfermedad de la derecha, sobre todo por las atroces consecuencias que tuvo el siglo pasado.

Aunque el odio a los judíos tiene raíces en la Antigüedad (al principio empezó como una persecución contra los cristianos), el antisemitismo contemporáneo nace en la constelación de teorías conspirativas sobre la Revolución francesa, que algunos tempranamente quisieron ver instigada por la masonería, exagerando desmedidamente la parte de verdad que hay en ello. Ello acabó degenerando en elucubraciones puramente fantásticas, en las que aparecían hasta los templarios, y pronto los judíos.

Lo cierto es que los monjes guerreros nunca han podido ser protagonistas de ninguna conspiración, porque, de hecho, ellos fueron víctimas de una, que los destruyó: Urdida por el rey francés Felipe el Hermoso, quien detuvo en 1307 a todos los templarios de Francia en una acción coordinada que prefigura asombrosamente las purgas de Stalin.

En cuanto a los judíos, el proceso que terminó en el Holocausto fue iniciado, antes de la llegada de Hitler al poder, por la policía secreta zarista, al difundir una obra conocida como los Protocolos de los Sabios de Sión, editada e imitada innumerables veces. Era ésta una ficción sumamente grosera sobre un plan secreto de los judíos para dominar el mundo, cuyo origen literario, plagiando numerosos pasajes de una obra de Maurice Joly, está sobradamente demostrado, pese a lo cual sigue impresionando a muchos incautos.

El antisemitismo, como toda conspiranoia, es una recaída en el viejo y persistente gnosticismo que se enfrentó con la Iglesia prácticamente desde su origen. Se trata de la creencia de que existe un conocimiento esotérico (es decir, al alcance de unos pocos iniciados en el secreto) que proporciona una interpretación del mundo maniquea, y eventualmente las claves para dominarlo. El resultado de estas concepciones de tipo mágico, con sus ilusiones de control de la realidad y dominio sobre los demás, es la negación de la doctrina cristiana de redención. Aquí ya no hay gente equivocada, o que hace cosas malas, sino personas a las que hay que combatir, y en última instancia exterminar, por ser lo que son, aunque no hayan hecho nada. Llámense judíos, burgueses o propietarios rurales. Las enfermedades de la derecha, después de todo, no son tan distintas de la izquierda como superficialmente puede parecer.

¿La moralidad es el problema?

Hace tiempo que vengo siguiendo al psiquiatra Pablo Malo, a través de su blog y su cuenta de Twitter @pitiklinov, porque me interesa la psicología evolucionista desde que leí, mucho antes, dos libros de Steven Pinker: Cómo funciona la mente y La tabla rasa. En ambas obras, y en especial la segunda, el autor norteamericano arremete contra el “modelo estándar de las ciencias sociales”, que desdeña los fundamentos biológicos de la naturaleza humana y considera que nuestro comportamiento puede explicarse básicamente en términos culturales, como algo inculcado socialmente. Por el contrario, Pinker, y en España Pablo Malo, partiendo de la teoría de la evolución de Darwin, y apoyándose en una rica literatura de las ciencias experimentales, sostienen que, sin necesidad de negar dogmáticamente influencias ambientales obvias, muchos de los patrones de conducta e inclinaciones humanos se explican consistentemente como un producto de la evolución y la adaptación al medio por selección natural. Es decir, no somos una tabla rasa, como creía, influido por Locke, el influyente filósofo de la Ilustración Helvétius.

Es fácil ver las vastísimas implicaciones que tienen estas dos concepciones (la culturalista y la evolucionista) para los debates políticos e ideológicos actuales. Si tuviera razón Helvétius, sería posible perfeccionar ilimitadamente al hombre mediante la educación. El progresismo, desde hace dos siglos, y más aún en las últimas décadas, se basa exactamente en esta pretensión de reformar la sociedad cambiando los modos de pensar de la gente, las instituciones y el lenguaje. Si no hay una naturaleza humana fija, en principio no hay obstáculos insalvables a lo que unos ingenieros sociales, supuestamente benévolos, pueden llevar a cabo para conseguir establecer una sociedad perfecta, sin conflictos ni injusticias. En cambio, si hay una naturaleza humana, se deducen dos cosas. La primera, que no será posible alterarla exclusivamente mediante una especie de reprogramación educativa o propagandística. La segunda, que las tendencias o patrones de conducta innatos ya no se pueden considerar meramente como reminiscencias de una ignorancia primitiva, de la superstición religiosa o del heteropatriarcado. Lo primero no significa que la educación sea inútil, ni lo segundo quiere decir que toda conducta innata sea buena. Pero claramente desautorizan el lema formulado por Marx hacia 1845, conocido como la oncena tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos simplemente han interpretado el mundo de diversos modos, de lo que se trata es de transformarlo.” Difícilmente podremos trasformar el mundo (¡sin hacer un destrozo, se entiende!) si no conocemos antes el ser que es sujeto y a la vez objeto de esta transformación.

Aparentemente, el progresismo posmoderno supone una ruptura con el marxismo, al poner en la picota todos los “metarrelatos”. Pero hay un hilo conductor que une estas concepciones: ambas critican el conocimiento objetivo y de algún modo lo supeditan a la acción. Marx y Engels, porque lo consideran como parte de la superestructura ideológica al servicio de la clase dominante; los posmodernos porque lo consideran una construcción lingüística también al servicio del poder. Por eso yo sostengo que la nueva izquierda no es más que una reedición o remozamiento de la izquierda clásica; no, como pretenden algunos, una especie de simulacro al servicio del neoliberalismo. Otra cosa es que las grandes empresas crean, con razón o sin ella, que adoptar la sofistería sobre la “diversidad” es un precio irrisorio a cambio de la paz sociolaboral, además de un adorno cool para sus imágenes de marca. En cualquier caso, lo grave de estas doctrinas es que echan por tierra la idea de un conocimiento neutral y objetivo, liberado de sesgos políticos y moralistas, lo cual obviamente es letal para la ciencia, como muy certeramente argumenta Pablo Malo en su interesantísimo libro Los peligros de la moralidad (Deusto, 2021). A continuación voy a comentar esta obra, que me parece repleta de valiosas aportaciones, aunque al mismo tiempo discrepo de su tesis fundamental.

La tesis del autor es que la moralidad, aunque necesaria socialmente, y por contraintuitivo que parezca, es también la responsable no solo de contaminar la ciencia y extremar las posiciones políticas, sino de las mayores atrocidades perpetradas por el hombre, como las guerras y los genocidios. Quien está convencido de hacer el bien (por Dios, por la patria, la humanidad, el socialismo, etc.) es capaz de eliminar por completo los escrúpulos que normalmente conserva, aunque sea en grado mínimo, aquel que se limita a perseguir sus pequeños intereses o se halla bajo los efectos de una pasión momentánea.  Según Malo, este carácter ambivalente de la moralidad se debe a que se trata de una capacidad forjada evolutivamente, que seleccionó a los individuos que practicaban la solidaridad dentro de grupos pequeños, como eran las bandas de cazadores-recolectores del paleolítico, mientras competían implacablemente con otros grupos. De ahí que uno de los binomios fundamentales de la mente moral sea el nosotros/ellos, fuente de los mayores conflictos, persecuciones y matanzas.

Esta teoría, que simplifico por razones de espacio, parece muy plausible. Pero el autor no se limita a sostener lo expuesto, sino que va más allá. Pablo Malo no solo trata de entender las bases biológicas de nuestros sentimientos morales, sino que hace una afirmación de mucho más calado: que no existe una moralidad objetiva -universal- fuera de la mente moral, sino que ésta ha surgido accidentalmente por evolución natural, carente de toda intencionalidad. La moral no es más que una adaptación biológica, no existen un bien y un mal en sentido absoluto. Malo se sitúa así en la estela de autores como Dawkins y Dennett, los cuales consideran que el darwinismo es la mayor revolución del pensamiento humano; mayor desde luego que la de Copérnico, pues acabó para siempre con la idea de que el hombre, al igual que los demás seres vivos, fueron creados por un ser infinitamente inteligente. Todo puede explicarse de manera mucho más sencilla y consistente como un producto del azar y la adaptación al medio.

Desde luego, la influencia de Darwin en nuestra cultura, aparte de su innegable valor científico, es difícil de exagerar. No hay duda de que es uno de los autores que más ha contribuido a la pérdida del sentido trascendente de la vida de millones de personas. Pero admitir esto es una cosa, y afirmar que realmente el naturalista inglés descubrió algo nuevo en relación a la existencia de Dios, otra muy distinta.

En una entrada anterior he sostenido que en rigor solo hay dos argumentos a favor del ateísmo: el problema del mal y la economía de los principios (lo que hay se basta por sí solo). Quienes interpretan el darwinismo como una refutación del teísmo no hacen más que reeditar la enésima variante del segundo de ellos. Puesto que hemos hallado una explicación natural de la aparición del hombre, y en particular de sus concepciones morales, la idea de un Creador es sencillamente superflua, una hipótesis innecesaria, como ya vino a decir Laplace, mucho antes de Darwin. En efecto, esto vale para la biología, pero también para la física o la astronomía: cualquier explicación en términos causales sirve a los ateos para confirmarles que no es necesaria la intervención de ninguna divinidad. El problema es que el propio hecho de que existan leyes de la naturaleza no se puede explicar mediante ellas mismas, sin caer en una circularidad lógica. La inteligibilidad del universo, que se da acríticamente por supuesta, nos remite a una Inteligencia primordial. Los ateos creen eliminar a Dios de sus teorías, pero lo reintroducen subrepticiamente en su concepción de la naturaleza como una entidad regida por leyes invariables. Lo mismo sucede con la moralidad, como veremos. Se niega su carácter objetivo al mismo tiempo que implícitamente se presuponen principios que van más allá de un mecanismo adaptativo.

La parte más interesante del libro de Malo es la que se ocupa de la crítica del hipermoralismo (él utiliza expresiones como “epidemia de moralidad”, entre otras) en que se ha convertido el pensamiento progresista dominante (feminismo de género, antirracismo, etc.), sobre todo en el mundo anglosajón, pero extendiéndose a todo Occidente. El autor aplica de manera verosímil conceptos evolucionistas como “tribalismo intragrupal” para entender el fenómeno de la preocupante escalada de la polarización política, de la indignación moral, las cazas de brujas, la cultura de la cancelación y la politización de todos los ámbitos públicos y hasta privados. En especial señala el papel de las redes sociales, a las que no sin razón atribuye un papel perverso como amplificador de estos fenómenos. Pero no se queda aquí, sino que apunta una causa mucho más profunda, y que quizás pueda sorprender, teniendo en cuenta los presupuestos filosóficos que enuncia el libro desde el primer capítulo. Malo suscribe una tesis en la que esencialmente coinciden diversos autores, según la cual el actual progresismo woke (conocido académicamente como teoría de la Justicia Social Crítica) es una nueva religión que ha venido a llenar el vacío dejado por el cristianismo, del cual toma algunos aspectos (sobre todo del protestantismo) pero rechaza otros fundamentales, como el perdón, o la propia idea de Dios, lo cual no contribuye precisamente a hacerlo más amable.

Pese a ello, creo que Malo, como muchos otros autores, se detiene más en las semejanzas entre el progresismo posmoderno y el cristianismo que en sus diferencias, que desde mi punto de vista cristiano (no me pretendo imparcial) son lo decisivo. Dicho de otro modo, para Pablo Malo y compañía, el problema parece ser, al menos en ocasiones, no que nos hayamos separado de nuestra matriz cultural judeocristiana, sino que no nos hemos separado lo suficiente. Aunque por otra parte reconoce que es difícil concebir una sociedad sin religión, sus propuestas se encaminan a disminuir su presencia en la vida pública, y lo mismo con la moralidad. ¿Es este realmente el camino?

Malo defiende que hay que reducir el discurso moralista en la democracia, porque ello conduce a posiciones irreconciliables. En mi opinión, se necesita menos democracia, no menos moralidad. Y antes de que nadie me malinterprete, no estoy defendiendo una dictadura, es decir, atacando el sistema parlamentario, sino al revés: para mí la esencia de la democracia es la elección de los gobernantes y el control del poder ejecutivo por el legislativo y el judicial. Todo lo que va más allá de eso, ideas revestidas de “democracia avanzada” y similares, conducen a una intromisión asfixiante del Estado en todos los aspectos de la vida, que entre otras cosas termina socavando el propio parlamentarismo, al desplazar el poder de los representantes electos a una intrincada administración no elegida, que se arroga competencias crecientes en aras de conseguir la igualdad, la diversidad, la sostenibilidad y todo lo que podemos englobar como una supuesta profundización de la democracia, o “más democracia”. Es lo que ocurre con la Unión Europea, que se atreve ya a rechazar las decisiones de parlamentos y tribunales de los países cuyos gobiernos, democráticamente elegidos, no se ajustan a la visión utópica de los eurofuncionarios. No es de sorprender que cuando la política lo invade todo, se produzcan conflictos morales irresolubles, pero echarle la culpa de ello al moralismo es cuando menos curioso.

Tal como yo lo veo, el hipermoralismo progresista no es tanto una herencia del cristianismo (aunque evidentemente haya cierta continuidad, nada nace de la nada) como una herejía, es decir, una ruptura, una desviación. En algunos momentos Malo parece estar cerca de compartir esta idea, pero en otros se diría que se le escapan sus implicaciones, debido posiblemente a que no es creyente. No se trata, como quizá alguien pueda anticiparse, de proponer una restauración del cristianismo. Desde luego, yo estaría muy a favor de que se produjese, pero no creo que ello solucionara nuestros males sociales, por la sencilla razón de que el cristianismo no es esencialmente una “solución” de ningún mal social, salvo quizás “por añadidura”, dicho sea en lenguaje evangélico.

Acaso entenderíamos mucho mejor el problema del hipermoralismo si en lugar de hablar de moralidad, lo hiciéramos de sentimientos. Porque a fin de cuentas, lo que efectúa Malo al negar que exista una moral objetiva es reducir la moral a sentimientos, a emociones con un trasfondo evolutivo y fisiológico, que no podemos ignorar (esto último es una gran verdad) pero que tampoco podemos identificar con la moral sin más. Los sentimientos morales no son la moralidad, aunque sean en la práctica inseparables de ella.

Malo reduce la moralidad a sentimientos basándose en la teoría de la evolución y en la neurología. Esto ya lo he discutido. Pero además ofrece un argumento filosófico, expuesto originalmente por Platón. En esencia nos dice que la moral religiosa se basa o bien en la obediencia ciega a la voluntad de Dios (si el quinto mandamiento fuera el opuesto, Matarás, matar sería bueno) o bien considera que Dios es bueno y no puede ordenar cosas malas, con lo cual la moral es independiente de la existencia de Dios, y hay que buscar otras fuentes para su fundamentación; por ejemplo, los sentimientos, como propuso David Hume. En cierto modo, se trata de otra variante de lo que yo llamo la economía de los principios, el gran argumento ateo, aparte del problema del mal. Igual que aparentemente no necesitamos a Dios para entender el universo, no lo necesitaríamos para distinguir entre el bien y el mal.

El pensamiento católico, salvo escuelas periféricas como el nominalismo medieval, y salvo tal vez los catecismos dirigidos a gentes sencillas y a los niños, siempre ha sostenido que la moral no se reduce a la obediencia a los mandamientos divinos, sino que estos responden a la propia naturaleza del bien, que en su modo absoluto coincide con Dios. Es decir, Dios no puede ordenar unos mandamientos opuestos a los revelados, no porque esté supeditado al bien, por así decirlo, sino porque Él es el Bien: sería ir contra sí mismo. Por eso San Agustín define el mal como el alejamiento de Dios, y no en un sentido figurado, sino ontológico: alejarnos del Ser absoluto significa que nos deslizamos hacia la nada, es decir, que perdemos nuestra esencia humana para volver a la animalidad, a la materia inerte.

Todo esto puede sonar muy especulativo, pero lo cierto es que se trata de la única alternativa a reducir la moral a hechos fácticos como los sentimientos, que es tanto como abolirla. Y lo bueno es que incluso quienes sostienen posiciones reduccionistas similares, casi siempre acaban presuponiendo, de manera implícita, una moral objetiva, por encima de nuestros precarios sentimientos morales. Afirma Pablo Malo, partiendo de la psicología evolucionista: “Favorecemos a los de nuestro grupo y desconfiamos de los de fuera. Es verdad que existe esta tendencia y no debemos negarla. Pero no tenemos por qué considerarla buena moralmente. Al contrario, nuestros valores morales nos dicen que queremos construir un mundo en el que no nos matemos unos a otros.” ¿A qué valores morales se refiere el autor? ¿No quedamos en que se originan en una evolución contingente? ¿Desde qué otro sistema moral podemos juzgarlos?

Creo que el libro de Pablo Malo es enormemente interesante, informativo y ayuda a pensar. Estoy de acuerdo con muchas de las cosas que dice. Pero yerra el tiro en su tesis fundamental, al hablar de moralidad, en lugar de los sentimientos. Decir que los nazis exterminaron a millones de personas por culpa de sus ideas morales creo que no solo es contraintuitivo: también es falso. Lo que les llevó al genocidio no fue la moralidad: fueron unos sentimientos que podemos llamar morales o quizás seudomorales, que en algunos casos podían experimentar sinceramente, pero eso no les podía impedir darse cuenta de que estaban subvirtiendo por completo la moral judeocristiana en la que sin duda habían sido educados. Es propio del ser humano racionalizar (moralizar) su conducta para justificarse, pero no por ello decimos que la razón es culpable de los mayores crímenes. Ni tampoco la moral misma.

C. S. Lewis hizo una observación, en su libro Mero cristianismo, que en principio resulta chocante, pero que arroja luz sobre una clave de las tinieblas del corazón humano: “Los nazis, al principio, tal vez maltratasen a los judíos porque los odiaban; más tarde los odiaron mucho más porque los habían maltratado. Cuanto más crueles seamos, más odiaremos, y cuanto más odiemos, más crueles nos volveremos…” Esto nos sugiere que tal vez no deberíamos dar más importancia de la imprescindible a los móviles morales, seudomorales o ideológicos de quienes hacen el mal.

Volviendo a la actualidad, el gran problema que amenaza a la convivencia no es un exceso de moralismo, sino de sentimentalismo, hasta el punto de hacer imposible el debate racional. Si yo siento que quien discrepa de mis ideas está movido por el odio, e incluso me odia a mí personalmente, como perteneciente a un “colectivo vulnerable”, quedo eximido de argumentar, porque no tendría sentido oponer razonamientos a emociones. Por supuesto, esto es letal para la ciencia, la libertad y la democracia parlamentaria. Pero el problema no viene de que yo haya moralizado el debate, sino que lo he planteado en términos puramente emocionales (egocéntricos, a fin de cuentas), aunque disfrazados, más o menos burdamente, de moralidad.

Sin duda, tiene razón Pablo Malo cuando dice que es simplista y esencialmente errónea “la visión de que hay personas buenas (morales) que hacen cosas buenas y personas malas (inmorales) que hacen cosas malas”. Pero no porque la moralidad sea la que autorice, o incluso anime, a las personas buenas a hacer el mal, sino porque después de todo, tal vez no eran tan buenas. ¿Cómo clasificamos a una persona como buena? ¿La que saluda cortésmente a sus vecinos, la que respeta las normas de tráfico, la que trata con afecto a sus familiares cercanos? Que alguien se comporte decentemente en circunstancias ordinarias no es una prueba infalible de bondad. Son recurrentes los casos de peligrosos criminales que, tras cumplir su condena, o durante la libertad condicional, reinciden con un crimen horrible. En estos casos, es habitual escuchar una frase exculpatoria de las autoridades judiciales o penitenciarias: “Se tuvo en cuenta su buena conducta en la cárcel.” Oh, claro, es cierto, no violó ni asesinó a nadie dentro de la cárcel. ¿Quién iba decir que lo haría fuera?

Mucho más cerca de la verdad está Solzhenitsyn, citado por Malo, cuando dice que “la línea que divide el bien del mal atraviesa el corazón de cada ser humano”. Pero no creo que aquí el escritor ruso apoye la tesis del autor. Lo que dice Solzhenitsyn, y en esto habla como cristiano, es que el mal procede de nuestra voluntad. Pero el hombre es una unidad, y sabe arreglárselas para que su voluntad concuerde con sus ideas morales e incluso con su religión. Dicho más exactamente, modifica sus ideas morales e incluso su religión, o las reinterpreta, para que se adapten a sus deseos. Los terroristas pueden creer sinceramente que están luchando por una buena causa, pero matar a personas inocentes no es algo de que debamos responsabilizar genéricamente a tener una visión moral del mundo, por el mero hecho de que los asesinos crean tenerla, y necesiten creerlo.

Pablo Malo nos dice que cualquiera de nosotros, si nos dejamos llevar por una moralidad desbocada, podemos convertirnos en monstruos. La idea es inquietante, pero no más que la subyacente en el milenario pensamiento judeocristiano: En cualquiera de nosotros, desde la Caída, ya hay un monstruo, y a buen seguro que, si le dejamos, encontrará la “moralidad”, o la interpretación de la misma, que le permita reivindicarse. Como decía San Juan de la Cruz, la forma más habitual en que el diablo nos engaña es “debajo especie de bien, y no debajo de especie de mal; porque ya sabe que el mal conocido apenas lo tomarán. Y así siempre te has de recelar de lo que parece bueno, mayormente cuando no interviene obediencia.” La última observación sobre la obediencia hay que entenderla en el contexto de la vida monástica, pero lo importante de las palabras del santo es que nos pone sobre aviso del mayor peligro: de que el mal se disfrace de bien, o dicho de otro modo, de moralidad. O de cualquier otra cosa que le sirva, como la racionalidad, o la ciencia.

Las dos agendas

Vox presentó su programa político en Madrid, en una reunión de fin de semana con sus militantes, trufada de actividades que algunos compararon con una feria, aludiendo quizás involuntariamente a la novela de Ana Iris Simón titulada así, Feria. Me hubiera gustado asistir al evento, pero circunstancias personales me lo impidieron. Lo que sí he hecho es leer el programa de Vox, titulado Agenda España. No hace falta decir que, aparte de su mucha mayor brevedad, se trata de un texto muy diferente de la novela de Simón. Sin embargo, tienen algo en común. Ambos son una reacción contra cierta concepción del progreso que nos han vendido; y voy a dejarlo aquí, para no alargarme. Me centraré sólo en el programa político.

Por supuesto, Vox ya contaba antes con un programa, llamado “100 medidas urgentes para España”. Pero aunque en lo esencial las ideas y propuestas del partido liderado por Santiago Abascal siguen siendo las mismas, el nuevo texto programático de algún modo formaliza algo que ya era evidente desde hace tiempo: que Vox es mucho más que una mera escisión del Partido Popular. El título “100 medidas” era muy típico del PP, muy de gestor que se expresa en términos cuantificables. El problema de concebir la política como una mera labor de gestión es que la izquierda utilizará tus servicios sin agradecértelo.

Aznar preservó la ley del aborto y reeditó los pactos con los nacionalistas. Nunca pretendió borrar o al menos corregir el felipismo. Zapatero se lo pagó asediando las sedes del PP tras los atentados de Atocha y destruyendo toda su obra contra la organización terrorista ETA, a la cual le ofreció su supervivencia política a cambio de abandonar una actividad criminal que apenas estaba en condiciones de mantener. Si quieren les recuerdo lo que pasó luego con Rajoy y Sánchez, pero creo que no es necesario. El PP presume mucho de su gestión, pero luego el PSOE se encarga de que no quede de ella ni las raspas. Este es el resumen de los últimos 25 años.

Vox surgió como una reacción contra la concepción de la política como modosa gestión de las “conquistas” de la izquierda. Vox ha nacido para derrotar al PSOE, no para ser su partido suplente. Su enemigo, aunque algunos no puedan o no quieran entenderlo, no es el PP, sino el Partido Socialista, el que más daño ha hecho a España, y cuyo pasado criminal y golpista, durante la República y la Guerra Civil, Vox no deja de recordarle en sede parlamentaria y en toda ocasión que se preste.

Aquí es donde la Agenda España da en el clavo, al proponer toda una enmienda al paradigma del progresismo global expresado por la Agenda 2030, la resolución de la ONU (aprobada el 25 de septiembre de 2015) que el gobierno de coalición socialcomunista ha hecho suya, encargando de su implementación a la ministra de Derechos Sociales y Agenda 2030 Ione Belarra, secretaria general de Podemos. Porque, ¿saben quién es el Secretario de Estado para la Agenda 2030? Enrique Santiago, secretario general del Partido Comunista de España y abogado de las FARC en las negociaciones con el gobierno colombiano de Juan Manuel Santos. La Agenda 2030 y el regreso del PSOE a su pasado más radical desde la Guerra Civil son una y la misma cosa.

No se vayan a creer que la dichosa agenda onusina es algo así como el Manifiesto Comunista. Se trata de un aburrido ejercicio de verborrea político-burocrática de 40 páginas, que se resume en una enumeración de buenos deseos, como son acabar con el hambre en el mundo, con la violencia, la contaminación, etc., entre los cuales se deslizan algunas pretensiones menos inocentes, aunque siempre en lenguaje eufemístico. Así, cuando habla de facilitar el acceso a “los servicios de salud sexual y reproductiva”, se está refiriendo a fomentar el aborto. Y cuando declara que se respeta la soberanía de cada país, “pero siempre de manera compatible con las normas y compromisos internacionales pertinentes”, está diciendo que no hay alternativa a la Agenda 2030, a la que más de una vez califica como “universal” e “indivisible”, o sea, obligatoria para todo el mundo y no modificable. No vale tomar de la Agenda 2030 lo que a cada cual le parezca aprovechable: hay que quedarse con el paquete completo, y sus contenidos deben formar parte de la enseñanza obligatoria.

Después de todo, tras las innegables diferencias, sí existe algo en común con el Manifiesto Comunista: ambos se arrogan el derecho de transformar el mundo, sin tener en cuenta a quienes puedan tener otras ideas sobre el tema. Ambos dicen hablar en nombre de otros (el proletariado, los pueblos, las mujeres) pero encargan de la tarea transformadora a una minoría dirigente, no elegida por quienes dicen representar, y prácticamente incuestionable. Más allá de los contenidos concretos, que podríamos analizar con detalle, comparándolos con la Agenda España, el documento de la ONU es una pura y simple imposición, mientras que el de Vox nace como una propuesta democrática, que los españoles decidirán si votan o no.

Hay tres palabras cuyas frecuencias pueden servir para calibrar el abismo entre las dos agendas. La primera es patria, que como pueden imaginar no aparece una sola vez en la Agenda 2030, mientras que en la Agenda España (46 páginas, aunque aproximadamente la mitad de palabras que el farragoso texto de la ONU) se halla cuatro veces, sin contar el término patriotismo. No hay lugar para las patrias en el mundo del globalismo progresista, porque ellas representan obstáculos a sus planes “universales” e “indivisibles”, por no decir totalitarios.

La segunda palabra es familia, que se cita en cinco ocasiones en el texto de la ONU, frente a 30 en el programa de Vox. En el primer documento, dos de las cinco veces forma parte de la expresión “planificación familiar”. Ni una sola vez habla la Agenda 2030 de la natalidad, cuyo descenso por debajo del nivel de reemplazo generacional es el mayor problema de España y casi todo el mundo desarrollado, a medio plazo; por el contrario, implícitamente defiende las prácticas abortistas y anticonceptivas, al tiempo que se preocupa mucho por la preservación de la biodiversidad animal y vegetal.

Por último, la tercera palabra cuyas respectivas frecuencias son significativas es libertad. Entre las 19.000 y pico palabras de la Agenda 2030 aparece solo tres veces, dos de ellas dentro de la vaga expresión “libertades fundamentales”, y una con un significado más ambiguo, por no decir misterioso, en las primeras líneas, donde dice que la Agenda “tiene por objeto fortalecer la paz universal dentro de un concepto más amplio de la libertad”. No sea que China o las teocracias islámicas se molesten. Por el contrario, la Agenda de Vox, el “partido ultraderechista” según gran parte de la prensa, cita 27 veces la palabra libertad, la mayoría de ellas refiriéndose a libertades bien concretas, como la de expresión, educación, de conciencia, de cátedra, etc. y en contraposición con el totalitarismo. Esta es la clave: si queremos ser libres, dueños de nuestro destino y fieles a nuestras raíces, o si por el contrario estamos dispuestos a que una élite progresista sin religión ni patria nos dicte cómo debemos pensar, sentir, opinar y actuar. Parece un fácil dilema, pero el problema es que no todo el mundo lo tiene claro.

Los infiernos sentimentales

En una suerte de intercambio de papeles, el catolicismo cada vez es más tolerante y abierto, o lo que hoy se entiende por tal, mientras que el progresismo ofrece día a día una faz más amenazadora e intransigente. Los curas del montón, esos que nos encontramos muchos católicos el domingo al ir a misa, ya no hablan casi nunca del Infierno, ni tratan del divorcio, ni suelen condenar el aborto. Más bien quitan hierro a esos temas, se muestran comprensivos e indulgentes hacia las parejas de hecho y los homosexuales, y piden rezar por los inmigrantes y refugiados, sea cual sea su religión.

Por llamativo contraste, el progresismo no cesa de advertirnos, con tono apocalíptico, sobre las amenazas que se ciernen sobre nuestra sociedad: el cambio climático, el avance de la ultraderecha, el machismo, el racismo, al tiempo que endurece sus posiciones, poniendo en el punto de mira a los médicos que objetan contra el aborto, a los provida que tratan de ayudar a las mujeres que van a abortar, a quienes no muestran entusiasmo ante los “otros modelos de familia”, a los que señalan los perjuicios de la inmigración ilegal, etc. El estereotipo del fanático ultracatólico sigue circulando, sigue siendo objeto de volterianas tribunas en el periódico dominical; pero el hecho es que en nuestros días abunda mucho más el fanático ultraprogresista, dispuesto a perseguir a quienes no comparten su seudorreligión, por los medios más expeditivos: censura, ilegalizaciones y tipificación de los llamados “delitos de odio”, sin renunciar a los escraches y actos vandálicos.

Otra cosa es que a veces los católicos tradicionalistas (en sentido amplio, no hablo de los que defienden posiciones preconciliares) entramos al trapo con cierta torpeza. La cuestión principal no es si los divorciados que conviven con una nueva pareja pueden comulgar o no (aunque el catecismo da una respuesta inequívoca), sino qué podemos y debemos hacer como cristianos para que haya menos rupturas matrimoniales, para restaurar la visión cristiana de la vida conyugal. Partir del hecho consumado del divorcio es como mínimo colocarse en una posición de desventaja dialéctica.

Algo análogo sucede en los repetitivos debates sobre el aborto, en los que de buenas a primeras se espeta a los provida que queremos meter en la cárcel a las mujeres que abortan. No habría que tener miedo de decir que quizás a algunas sí, tras ponderar posibles agravantes y eximentes; pero ¿por qué no empezamos hablando de cómo evitar los miles de abortos que se producen todos los meses?

El caso es que catolicismo mayoritario se va volviendo progresista, mientras que el progresismo adquiere un estilo religioso y hasta puritano. ¿Cuál es la causa de esto? Opino que la respuesta se halla en la preponderancia de una mentalidad, tanto entre creyentes como no creyentes, que podemos llamar sentimental. A muchos católicos se les hace cuesta arriba creer en la eternidad de las penas infernales, del mismo modo que la sociedad hoy rechaza la pena de muerte y los castigos físicos. Ambas actitudes tienen el mismo origen.

Sin duda, hay algo innegablemente bueno en la suavización de las costumbres y las leyes, pero esta sensibilidad contraria al sufrimiento no debería terminar eclipsando a la razón. El mayor rechazo al catolicismo no proviene hoy de la racionalidad sino del sentimentalismo. Si no se puede negar la comunión a las parejas adúlteras, porque sería una crueldad pedirles que renuncien a las relaciones íntimas, ¿tiene sentido ningún sacrificio? Al final, oponerse a la eutanasia, frenar la inmigración ilegal, defender que los violadores en serie no salgan nunca de la cárcel, son posiciones percibidas como “crueles” con los enfermos terminales, con los inmigrantes ilegales, con los criminales. Se empieza rechazando el infierno y se termina con inyecciones letales para ancianos, y dejando que los asesinos y violadores campen por las calles. Y es que el sentimentalismo tiene siempre dos caras, una tierna y otra brutal.

Ya lo advirtió nuestro injustamente olvidado Jaime Balmes, en fecha tan temprana como 1843, nada menos: “Este sentimiento muelle se esfuerza en divinizar el goce, busca una excusa a todas las acciones perversas, califica de deslices los delitos, de faltas las caídas más ignominiosas, de extravíos los crímenes, procura desterrar del mundo toda idea severa, ahoga los remordimientos y ofrece al corazón humano un solo ídolo, el placer; una sola regla, el egoísmo.” (Cartas a un escéptico en materia de religión, III.)

El hombre contemporáneo ha dejado de temer al Infierno, al que considera incompatible con la infinita misericordia de Dios, suponiendo que crea en Él. Se olvida, por supuesto, de su Justicia no menos infinita. Pero el lugar del Infierno teológico lo han ocupado con presteza el catastrofismo climático, las pandemias, el fascismo. Todos ellos, si bien se mira, tienen algo en común que los distingue del averno judeocristiano. La salvación de los nuevos infiernos, nacidos del miedo propagado por los medios de comunicación y del sentimentalismo, ya no depende de cada uno de nosotros, ya no nos sitúa como dueños de nuestro irreductible libre albedrío, sino que es una tarea colectiva, gregaria, la cual se utiliza para obligarnos a acatar sin discusión a los poderes terrenales (desde la ONU hasta el más anodino Ayuntamiento). Unos poderes cada vez más inapelables, más minuciosamente normativos; más tiránicos, en fin. Que cada cual juzgue si ganamos algo con el cambio.

Crimen de odio y neototalitarismo

En la entrada anterior sostenía que el totalitarismo en ciernes no es ninguna regresión ultraderechista, sino que por el contrario amaga en quienes más denuncian ese improbable retorno del fascismo. Aquí quiero analizar el elemento clave de este nuevo totalitarismo: el delito o crimen de odio.

Para empezar, cabe decir que en el código penal jamás debería haber entrado esta categoría. Los motivos subjetivos por los que alguien ejerce violencia contra otra persona no son en sí mismos un delito, ni siquiera un agravante. Tampoco deberían castigarse más severamente los delitos cometidos contra personas pertenecientes a un colectivo que las de otro. Los códigos penales, muy adecuadamente, castigan conceptos como la premeditación, o la organización criminal, que son de carácter objetivo y por tanto comprobable (por ejemplo, la adquisición del arma de un crimen), pero esto es algo completamente distinto de penalizar motivaciones subjetivas, sean económicas, emocionales o ideológicas. Ni siquiera en un terrorista se persiguen sus ideas, salvo en la medida en que se expresen como amenazas explícitas de violencia física o apología del terrorismo.

El concepto de delito de odio es ideológico, no jurídico, pues presupone una teoría sobre una injusticia histórica o estructural, sufrida por un grupo al que se pretende proteger o incluso resarcir. Esta clase de consideraciones sustantivas no pueden ser admitidas en el derecho sin desnaturalizarlo. La Justicia por definición no prejuzga a nadie, no puede tomar partido por unos grupos en contra de otros. Una vez se postulan los delitos de odio, es decir, los crímenes de pensamiento, se suceden fatalmente tres pasos:

  1. Primero se persiguen los delitos que realmente se justifican por motivos ideológicos o culturales. Esto, como digo, ya es una aberración jurídica, pero resulta fácil de introducir tras un período preparatorio de alarma social (o mejor dicho mediática) que magnifica la importancia cuantitativa de este tipo de comportamientos.
  2. Una vez conseguido el punto 1, el concepto de crimen de odio sufre su primera ampliación. Pasa de facto a incluir casi cualquier delito sufrido por el miembro de un colectivo clasificado como vulnerable, sin necesidad de investigar los móviles. Esto lleva a descartar otro tipo de causalidad delictiva, como podría ser la delincuencia común, la pasional, la violencia doméstica, los trastornos psicológicos, el alcoholismo, etc. De nuevo se trata de una aberración jurídica, pues se castiga con más severidad el mismo delito en función de ciertas características del agresor y de la víctima, como el sexo, la raza, etc.
  3. Por último, se acaban clasificando como crímenes de odio la mera expresión de opiniones divergentes con el discurso oficial sobre los colectivos vulnerables, incluso aunque carezcan del menor tinte amenazador. Simplemente basta con que algún grupo organizado, que se arroga la representación de esos colectivos, dictamine que esa opinión alienta el odio o es ofensiva.

Esta ampliación abusiva del concepto de delito de odio, incluso aunque exista todavía solo en el nivel de la propaganda política, tiene como consecuencia la inflación artificial de su incidencia numérica, habitualmente apoyada en encuestas cuya metodología no puede más que dar lugar a resultados alarmistas. Así es como se retroalimenta la histeria victimista. Quien critique estos procedimientos será acusado de negacionista y en última instancia de culpable también de delito de odio. Se trata de un bucle argumental: quien cuestiona mi verdad no hace con ello más que confirmarla.

La retórica del delito de odio ya es en sí misma un juego muy peligroso, pues lo que pretende es incitar al odio contra los que son acusados de esto mismo. Pero se torna mucho más preocupante cuando consigue institucionalizarse, mediante organismos paraoficiales que se arrogan el derecho a la verificación de las informaciones, o códigos de conducta escritos y no escritos que conducen a la censura e incluso a despidos laborales. El último paso, por supuesto, es la traducción del crimen mental en leyes, lo que conduce a sanciones administrativas o incluso penales. Aquí es evidente que nos hallamos ya en el nivel propiamente totalitario, en el cual el poder del Estado (ejecutivo y judicial) impone una ideología oficial y persigue a los disidentes, contando con el apoyo de un aparato mediático adicto en bloque, sin apenas fisuras.

El neototalitarismo va mucho más allá de restringir la libertad de pensamiento en determinados temas tabú, de modo que bastaría con no aventurarse en ellos. La teoría de los colectivos vulnerables no se limita a extralimitarse en la reparación de determinadas injusticias históricas, sino que responde a una concepción totalizante, que cuestiona de raíz la entera tradición cultural occidental, es decir, el legado grecolatino y judeocristiano. En su lugar se trata de imponer una antropología materialista, en la cual la naturaleza humana carece de una esencia eterna, y es por tanto técnicamente manipulable, como cualquier otro objeto de la naturaleza. Aquí no hay lugar para la libertad individual, salvo en su inofensiva parcela de ocio y entretenimiento, ni en rigor hay sitio para la democracia, salvo como simulacro para embellecer la dictadura de los especialistas, cada vez más identificados con una élite trasnacional, que no tolera naciones ni instituciones díscolas. Esta distopía, aunque esté lejos de haber producido todo el daño que entraña, es ya nuestro presente inmediato. Pero si la visión materialista es errónea, como creo firmemente, el futuro está por escribir.

¿Vamos hacia un totalitarismo blando?

El presidente del gobierno Pedro Sánchez afirmó en la ONU, el pasado 22 de setiembre, que la democracia “está amenazada”. Concretamente señaló a quienes tratan de “excluir o culpar a las minorías vulnerables”, los que “llaman al odio por razones de origen, sexo o creencia” y los que “apelan a muros y fronteras”. Unos meses antes, en un acto electoral, fue mucho más claro, al referirse a “la amenaza extremista de la extrema derecha”, en alusión a unas cartas con balas enviadas al ministro del Interior y al vicepresidente. Unas cartas cuya autoría sigue sin haberse aclarado, y que en el contexto de una campaña electoral huelen a montaje chapucero.

No deja de resultar irónico que quien tanto se inquieta por la democracia presida un gobierno que ha decretado al menos dos Estados de Alarma y un cierre del Congreso inconstitucionales, como así ha fallado el Tribunal Constitucional, gracias a las denuncias interpuestas por Vox, el partido supuestamente ultraderechista, según numerosos políticos y periodistas. Por no hablar de sus socios de gobierno ligados a la dictadura venezolana, y de sus apoyos en partidos filoterroristas y golpistas. Efectivamente, tiene razón Sánchez en que la democracia está amenazada: pero es por su propio gobierno.

Numerosos indicios apoyan la tesis de que las reiterativas llamadas a defenderse de un improbable resurgimiento del fascismo no son más que maniobras de distracción, cuya finalidad es ocultar de dónde procede el verdadero peligro. Aldous Huxley definió el problema en su obra Nueva visita a un mundo feliz (Brave New World Revisited). Pese a haberse escrito unos veinticinco años después de su novela Un mundo feliz, curiosamente este ensayo, en algunos aspectos, ha quedado más desfasado que su obra más famosa. Hijo de su tiempo, Huxley se mostraba en 1958 muy preocupado por la superpoblación, temor que, si bien algunos desinformados siguen alimentando, hoy carece de base empírica. Por el contrario, en gran parte del mundo, y no solo el desarrollado, actualmente nos enfrentamos al problema del envejecimiento demográfico. Sin embargo, el autor británico sí describió algo muy parecido a lo que estamos comprobando en nuestros días:

Las constituciones no serán derogadas y las buenas leyes permanecerán en las colecciones legislativas, pero estas formas liberales servirán únicamente para disfrazar y adornar una sustancia profundamente antiliberal.”

Menos de dos décadas después, esta predicción empezó a verificarse mediante leyes y sentencias judiciales a favor del aborto y la no discriminación, que gradualmente han ido retorciendo el derecho, vaciándolo de su sentido originario. En nombre de la privacidad se ha anulado el derecho a la vida del ser humano en gestación. En nombre de la igualdad, se han restringido las libertades religiosa, de expresión, de educación y de empresa. Y mientras las libertades individuales se ven cada vez más sometidas a criterios colectivistas (corrección política), se “libera” al individuo ofreciéndole el cambio de sexo y la eutanasia.

El técnico jurídico de la Comisión Europea Jakob Cornides teme que la lucha contra la discriminación acabe por transformarse en “un nuevo totalitarismo, en el que todo el poder estaría en manos de las personas e instituciones que se han arrogado el control de las definiciones del término «discriminación» y que, por ello, se verían facultadas para ejercer una nueva forma de gobierno arbitraria. Con la invasión de nuevas leyes, las libertades de los ciudadanos están cada vez más restringidas y sometidas al control de funcionarios especializados en tratamiento igualitario, comisiones de tratamiento igualitario, agencias de derechos fundamentales y otras estructuras burocráticas. Ello se asemeja a la experiencia comunista, que prometió una sociedad sin clases, pero que creó una sociedad de amos de esclavos.” (F. J. Contreras y M. Kluger, eds., ¿Democracia sin religión?, Stella Maris, Barcelona, 2014.)

En lugar de una burda regresión, el peligro para la democracia se halla en los avances hacia una sociedad donde la toma de decisiones se encuentra cada vez más en manos de “expertos” institucionales (en teoría de género, migraciones, climatología, epidemiología o lo que sea), los cuales de facto suplantan la voluntad popular (manipulable, pero no tanto como algunos desearían) y las soberanías nacionales, aunque las formalidades democráticas se sigan observando con aparente pulcritud. La pandemia del coronavirus de Wuhan no ha hecho más que exacerbar el fenómeno. No hace falta imaginar siniestras conspiraciones; con frecuencia, eventos fortuitos tienden a acelerar o intensificar determinadas tendencias históricas. La invisible dictadura científica novelada por Aldous Huxley, hará pronto noventa años, sigue siendo una inquietante advertencia, desde luego mucho más realista que el fantasma de la ultraderecha con el que tratan de amedrentarnos sin descanso.