El burkini del lago Ness

Probablemente este verano del 2016 será recordado, entre otras cosas, como el verano del burkini. Las imágenes de unos policías locales obligando a una mujer musulmana a quitarse esa prenda de baño que cubre completamente el cuerpo, salvo el rostro, y la polémica subsiguiente, tocan sin duda algo muy profundo de la manera de ser occidental, con sus miserias y sus noblezas.

Artículo en Actuall.

No todas las religiones son iguales

El canal de noticias 24H de RTVE, y periódicos como El País y Público, atribuyeron las palabras “Dios es grande” a un sujeto que atacó con un machete a dos policías en Charleroi, Bélgica, a primeros de agosto. Lo que en realidad pronunció el agresor fue “Al·lahu-àkbar”, es decir, el takbir o profesión de fe islámica, que se traduce por “Alá es grande”.

Cabe mantener una sutil discusión académica acerca de si el concepto de Alá es asimilable al Dios judeocristiano, pero desde un punto de vista periodístico, esconder el takbir a los lectores es deontológicamente impresentable.

Por desgracia, no es el único ejemplo de los intentos casi desesperados de algunos de repartir las culpas de la violencia islamista entre las religiones en general y la cristiana en particular. Es  muy vieja la tesis con la que suelen aderezarse tales pretensiones, según la cual el cristianismo habría sido tan violento como lo es ahora el islamismo, hasta que la Ilustración vino a domesticarlo.

Sin entrar a discutir acerca de los hechos históricos (y habría para rato), quienes sostienen tal teoría nunca se preguntan por qué se produjo la Ilustración en una civilización cristiana, y no en la árabe, la persa o la hindú.

Pero el mayor peligro no se encuentra en aquellos que, de modo más o menos velado, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, tratan de atizarle al cristianismo. Como se dice vulgarmente, a estos se les ve demasiado el plumero. El problema  más grave reside en que, con la loable intención de salvar las barreras culturales entre los seres humanos, busquemos paralelismos espurios entre la religión fundada por Jesucristo, que dio su vida por todos los hombres, y la establecida por ese caudillo político-religioso llamado Mahoma.

El propio Jorge Bergoglio, en una entrevista publicada por un medio católico, relativizó el expansionismo islámico recordando que también Jesús ordenó a sus discípulos difundir el Evangelio por todo el mundo. Posteriormente, insistió en esta línea negando que exista una violencia específicamente musulmana, y señalando a favor de ello ejemplos de católicos que matan a su mujer. En el contexto de esas últimas declaraciones, dirigidas a periodistas que lo acompañaban en un avión, añadió que el yihadismo no es una guerra religiosa, sino algo que tiene que ver con una lucha por “intereses”, “dinero” y “recursos”.

Indudablemente, el Sumo Pontífice no sostiene una visión materialista de la historia. Ni tampoco desconoce la elemental distinción entre difundir la noticia de la salvación e imponer a sangre y fuego una doctrina. Tampoco –estoy convencido– ignora el papa que los terroristas islamistas insisten incansablemente (con razón o sin ella) en justificar sus crímenes en la aplicación rigurosa de los preceptos islámicos, a diferencia de un católico italiano que mata a su mujer, y a cuyo abogado, por pocos escrúpulos que tenga, a buen seguro no se le pasará por la cabeza hallar en la fe católica la menor disculpa.

¿Cómo podemos explicar entonces las palabras de Bergoglio? Lo ignoro. Quiero pensar que se trata sólo de un exceso de locuacidad, de gusto por la improvisación, pero dejo aquí esta cuestión, que es marginal respecto a nuestro asunto.

Gilbert K. Chesterton, hace más de un siglo, ya mostraba su hastío frente a “esta frase facilona que uno oye machaconamente repetida”, según la cual “las religiones difieren en sus formas y rituales, pero sus enseñanzas son idénticas”. El escritor católico inglés afirmaba rotundamente lo contrario: las religiones no se distinguen grandemente por sus “métodos externos” (templos, sacerdotes, escrituras sagradas, etc.), sino por sus contenidos. “Coinciden en el mecanismo pero difieren en el significado”.

Se dice con frecuencia que el islam no establece separación entre religión y política, y esto es cierto, pero sin ulterior profundización no nos explica demasiado. Siempre habrá la tentación de atribuir tal cosa a un accidente histórico, como si el humanismo, la ciencia y los derechos humanos hubieran surgido en Europa por generación espontánea, sin que tuviera nada que ver el humus cristiano.

La diferencia fundamental entre la religión cristiana y la musulmana estriba en la antropología judía que ve al hombre primordialmente como pecador, es decir, como desobediente, y que por ello mismo está necesitado de la misericordia divina. En el islam falta en gran medida esta rica antropología previa: se diría que se dan la obediencia y la desobediencia como hechos brutos, como un dualismo intolerable. En lugar de un verdadero diálogo entre el Creador y la criatura, hay una transmisión de órdenes y una mera elevación de signos de acatamiento. Y esto inevitablemente se refleja en el modelo de sociedad, basado en el dominio de los fieles sobre los infieles, del hombre sobre la mujer, de los soberanos sobre los súbditos.

Esperaremos en vano que el islam tenga su Renacimiento, su revolución científica, su Ilustración. Ni siquiera sus fueros, cortes estamentales y otras instituciones que, desde la Edad Media, refrenaban la arbitrariedad política en los reinos cristianos, porque no es un problema de modernidad contra reacción. El islam no tendrá todo eso porque el humanismo, tal como los occidentales lo entendemos, es extraño a su naturaleza.

Reconocer eso es muy duro, pues sabemos que es humanamente imposible cambiar la mentalidad básica de más de mil millones de musulmanes. Pero sí podemos obligarles a que nos respeten, lo quieran o no. Para ello es imprescindible empezar por no hacernos ridículas ilusiones sobre un supuesto islam pacífico, y en general abandonar definitivamente la absurda presunción de que, para bien y para mal, todas las religiones serían iguales.

Pedro Azcoll: Clinton es una bruja progresista

Pedro Azcoll Saiz (Barcelona, 1967), autor del ensayo Por qué no soy progresista, de próxima publicación en Biblioteca de Autores Ficticios, ha tenido la gentileza de concedernos su primera entrevista.

Entrevistador: Usted sostiene que el progresismo es una nueva religión, que ha desplazado al cristianismo. ¿No choca esto con el gran número de cristianos que se consideran progresistas, o viceversa?

Pedro Azcoll Saiz: Efectivamente, es así. Muchos cristianos se consideran progresistas, y además creen que esa es la lectura más acorde con el Evangelio, porque asocian el progresismo con la defensa de los débiles. Sin embargo, no nos debemos dejar engañar por esto. Los seres humanos solemos ser incoherentes. Hay católicos que creen en el tarot o el reiki, que consultan horóscopos o practican yoga. Son cosas claramente incompatibles con el primer mandamiento, pero la gente, incluidos muchos católicos bautizados, empieza por ignorar el catecismo, y además tampoco profundiza gran cosa, por lo general, en esas supersticiones o doctrinas procedentes de Oriente, del paganismo o del esoterismo. Lo absorben todo sin criterio. Y lo mismo sucede con el progresismo, que considerado muy superficialmente parece una especie de cristianismo secularizado, pero en realidad choca frontalmente con los fundamentos de la fe cristiana.

E: Sin embargo, el progresismo ha penetrado profundamente en la Iglesia. Usted acusa al propio Bergoglio de ser progresista.

PAS: Sin duda. Pero no es la primera vez que una herejía llega hasta los niveles más altos de la Iglesia. Ya ocurrió en los primeros siglos, con el arrianismo. Lo de Bergoglio es en parte un hecho generacional. Tenemos por un lado los curas progres de los años 80, muchos de los cuales son ahora obispos. Por otro, tenemos a quienes siempre saben adaptarse a las circunstancias, como en España tantos exfranquistas, ahora reconvertidos en furibundos antifranquistas. No conozco la biografía de Bergoglio, por lo que no sé exactamente a qué categoría pertenece. Por suerte, la Iglesia, al contrario de lo que dicen algunos ignorantes, no es una monarquía absoluta. Desde luego tampoco es una democracia, ni puede ni debe serlo, pero el obispo de Roma no tiene un poder ilimitado: no puede cambiar la doctrina a su antojo. Esta es una de las razones (aparte de la sobrenatural, que como creyente es para mí la principal) por la cual la Iglesia ha durado dos mil años.

E: ¿Usted no cree, como Churchill, que la democracia es el peor de los sistemas, exceptuando todos los demás?

PAS: Esta frase es ingeniosa, pero creo que está equivocada. Puede haber democracias desastrosas y dictaduras relativamente benévolas. Si por democracia entendemos estrictamente un sistema basado en el sufragio universal, sus defectos están claros. El pueblo se equivoca a menudo, y vota a incompetentes o malvados. Lo que sí es cierto es que cualquier otro sistema tiene también graves defectos, que conducen a su degradación, como ya vio Aristóteles. Lo ideal sería un sistema mixto que combinara las virtudes de los demás modelos ideales, que Aristóteles clasificaba como monárquicos, aristocráticos y democráticos. Pero eso es tan fácil de decir como difícil de plasmar en la práctica. Más que en la democracia, como supuesta expresión de la voluntad popular, yo creo en el concepto de imperio de la ley. Esto es lo verdaderamente contrario a la tiranía, no la democracia, que puede ser tan tiránica como cualquier monarquía o más. Sin embargo, el principio del voto, bien combinado y compensado con instituciones que limiten el poder de los gobiernos, actúa como un contrapeso o control adicional, y en este sentido sí soy favorable a ella. Todo lo contrario de como entienden la democracia los progresistas, que la ven como un pretexto para que nadie pueda legítimamente resistirse al poder político, cuando gobiernan ellos.

E: ¿Usted condenaría el franquismo?

PAS: Por supuesto que no. El franquismo fue una dictadura de derechas, que se implantó tras vencer a las izquierdas en la guerra civil. Con ello nos libró de caer en una dictadura de izquierdas que hubiera sido mucho peor, no sólo para España, sino para Europa y el mundo, porque habría acabado en la órbita de la URSS. La obra de Bolloten demuestra abrumadoramente cómo los comunistas, que al principio eran un partido minoritario, pero contaron con la colaboración consciente e inconsciente del PSOE y los republicanos de izquierdas, se hicieron con el control de la zona del Frente Popular, combinando el pragmatismo, las intrigas y los asesinatos de sus adversarios. El franquismo tuvo sus luces y sus sombras. Sobre todo fue muy dura la represión de posguerra, aunque ni mucho menos tuvo el carácter genocida que le imputan la izquierda sectaria y la derecha más estúpida. Las condenas a muerte ejecutadas fueron muchas menos que las cifras truculentas que maneja la historiografía progre, y no olvidemos que muchas de ellas, si no la mayoría, recayeron en individuos con responsabilidades en crímenes cometidos antes y durante la guerra, como Lluís Companys. En cualquier caso, pretender que todo fue malo con el franquismo es una soberana idiotez, como lo sería afirmar que todo fue color de rosa. Pero el progresismo no sólo miente, distorsiona y exagera, especialmente gracias al poder que le otorga la ley de memoria histórica, sino que rechaza todo aquello que de bueno tenía el franquismo: la defensa de la familia natural y la religión católica, el Estado fiscalmente reducido, la educación meritocrática y basada en la transmisión de conocimientos, el patriotismo…

E: Es consciente de que por afirmaciones como ésta le tildarán de fascista para arriba, tanto desde la izquierda como de la derecha.

PAS: Sí, evidentemente. El progresismo ha logrado imponer su “relato”, como se dice ahora, a pesar de la evidencia aplastante de los hechos en contra. El franquismo fue–nos dicen–una larga noche lóbrega, a pesar de que creó y consolidó una clase media a la que debemos agradecer el bienestar presente. El capitalismo–aseguran–tiene la culpa del hambre y las guerras, a pesar de que es el sistema que más ha reducido el número de pobres en toda la historia, de que el socialismo ha sido la causa de casi todas las hambrunas del siglo pasado y de la mayoría de guerras civiles, y de que Hitler provocó la Segunda Guerra Mundial gracias a su pacto con Stalin, con el que empezó por repartirse Polonia. Las mujeres en Occidente–repiten machaconamente– están discriminadas salarialmente y se les impone un “techo de cristal”, cosa que es absolutamente falsa, porque gozan de acceso pleno a todos los estudios y todas las profesiones, y simplemente tienen sus propias prioridades, que con frecuencia no coinciden con las de los hombres, pese a toda la propaganda feminista para convencerlas de lo contrario. El aborto es un “derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo”, pese a que desde el instante mismo de la fecundación, el cigoto es un organismo con su propio ADN, que tiene en sí mismo la potencialidad de desarrollarse hasta llegar a ser un adulto. La homosexualidad y otro tipo de conductas sexuales son inclinaciones tan valiosas como la heterosexualidad dentro del matrimonio, y quien lo niegue–sentencian–es un homófobo, pese a que es obvio que las relaciones sexuales con finalidad procreadora, dentro de una unión estable, son el mejor entorno concebible para la crianza del ser humano, y forjan lazos que de no existir favorecen el totalitarismo, que aspira al poder absoluto sobre las mentes, mediante el control de la enseñanza, y que compra la obediencia de los súbditos proporcionándoles placer y diversión sin fin y sin compromiso. Quiero aclarar que esto no significa que haya que prohibir la homosexualidad o la prostitución, ni mucho menos. Son prácticas que desde siempre han existido, y que deben ser toleradas en sociedades civilizadas, pues perseguirlas sería mucho peor remedio que la enfermedad, pero nunca deberían ser “dignificadas” ni fomentadas. Y ya lo último que nos ha impuesto el progresismo: la letanía de que la islamofobia es incluso más peligrosa que el islamismo, a pesar de que éste acumula miles de cadáveres desde las últimas décadas…

E: En su libro otorga un papel importantísimo a lo que llama la esfera “prepolítica”, la influencia de la televisión, el cine, la publicidad comercial y la subliteratura en conformar la mentalidad progresista.

PAS: Esto es clave. La telebasura, especialmente los programas basados en chismes de entrepierna, contribuye a moldear las nociones morales más básicas, según un esquema maniqueísta que sólo distingue entre lo supuestamente avanzado y lo retrógrado. La castidad se considera algo pernicioso y además imposible. Se elogia y ensalza la promiscuidad femenina, hasta niveles ninfomaníacos, como si fuera un gran éxito de la liberación de la mujer. Los mismos que aseguran deplorar la cosificación de las mujeres, aplauden a aquellas que coleccionan amantes de una noche, proponiéndolas como modelo a seguir. Especialmente triste es el influjo de esta propaganda nauseabunda sobre la juventud, intimidada por la idea de no perder la virginidad lo antes posible. Se promociona sin pudor un egoísmo desesperado, que cifra la felicidad no en el amor virtuoso, eclipsado por el amor pasional, sino en la búsqueda del placer sensorial como si no hubiera mañana. Y este egoísmo se encubre o edulcora con una hipócrita agitación de causas solidarias, a favor de víctimas convenientemente seleccionadas, desde los refugiados no cristianos hasta los galgos o los toros bravos. Mientras no sean cristianos perseguidos, niños abortados o presos políticos de países socialistas, cualquier causa puede servir para proporcionar la adecuada dosis de piedad sucedánea, que permita volver con buena conciencia, al instante siguiente, al narcisismo más desenfrenado.

E: Esto empezó con el cine de Hollywood, la música rock y en general la industria del entretenimiento made in USA, que ha adoctrinado ya a varias generaciones en la concepción “liberal” de la sexualidad y el hedonismo más burdamente materialista. ¿Cree, en este sentido, que el capitalismo, al estar interesado en una sociedad de consumidores sin trabas culturales ni morales, es también un gran responsable del triunfo del progresismo?

PAS: Algo de esto hay, pero conviene aquí precisar ciertos conceptos, para no caer en el discurso de la equidistancia entre capitalismo y socialismo, ni en las teorías conspirativas del nuevo orden mundial. Hay una responsabilidad de algunas grandes corporaciones  y de personajes como George Soros en la difusión del progresismo y la implantación de sus políticas. Pero la culpa de ello no es de la economía de mercado como modelo económico. También el apoyo de algunos industriales a Hitler sirivió a los comunistas para sostener el mito de que el nazismo fue un brote del capitalismo, y aún hoy algunos tratan de explicar las guerras, incluso el terrorismo islamista, exclusivamente como consecuencia de sórdidos intereses de rapiña de recursos o de venta de armas. En el fondo, teorías como las del Club Bilderberg y otras similares, en la tradición ultraderechista de los Protocolos de los Sabios de Sión, coinciden con el marxismo en su visión materialista de la historia, aunque la condimenten con detalles más o menos románticos y esotéricos. Yo huyo de estos planteamientos. Primero porque opino que el libre comercio es el único modelo que permite reducir indefinidamente la pobreza absoluta, y segundo porque estoy convencido de que el mundo no está movido tanto por fuerzas ciegas o supuestos intereses, como por las ideas, verdaderas o falsas. La lucha eterna, para mí, es la que expone la Biblia, entre las distintas idolatrías (el dinero es sólo una de ellas) y la fe en el Dios verdadero.

E: Pero el progresismo invariablemente acusa a la Iglesia, o al menos a la parte de ella que no se pliega a sus dictados, de querer imponer su moral y sus creencias a toda la sociedad. ¿Qué tiene que decir a esto?

PAS: Es cierto que la Iglesia no debe imponer lo que considera que es la Verdad sobre el ser humano. El mensaje de Cristo debe ser abrazado libremente, porque de lo contrario no tendría ningún valor moral, llevaría a una mera demostración externa carente de convencimiento sincero. Sin embargo, todo el mundo reconoce numerosos casos en que debemos imponer las normas morales por la fuerza, porque el mal producido por no hacer nada sería superior. Si alguien trata de cometer un asesinato, nuestra primera obligación es tratar de impedírselo, incluso matándole si no existiera otro medio, pues es más grave la muerte de un inocente que la de un culpable, que además puede cometer otros asesinatos. En multitud de situaciones, adoptar una especie de laissez faire moral ni siquiera se concibe. Aquí hay que incluir el caso del aborto. Un Estado que permite el aborto no es ideológicamente neutral, desde el momento en que desatiende su principal obligación, que es defender la vida humana. Los argumentos progresistas que tratan de deshumanizar al embrión o al feto merecen la misma repulsa que los argumentos de los nazis contra los judíos. Ahora bien, en otros asuntos, por supuesto estoy de acuerdo en que el Estado no debe intervenir. Pero ni en un sentido ni en otro, y los progresistas no suelen jugar limpio en este aspecto. Quieren librar a los jóvenes de la clase de religión, pero para someterlos a la influencia del lobby LGTB, con el apoyo estatal, y coartando la libertad de los padres de elegir cómo quieren educar a sus hijos.

E: Usted se muestra muy crítico con el Partido Popular de Rajoy y especialmente con Cristina Cifuentes, gran valedora en la Comunidad de Madrid de la ideología LGTB. ¿Cree en la posibilidad de una alternativa política al discurso progresista dominante?

PAS: Soy pesimista a corto plazo. No veo en el horizonte un movimiento, dentro del PP o fuera, como es el caso de Vox, capaz de tener cierto éxito, ya no digo gobernar. El progresismo lo impregna todo, y quizás su mayor éxito consiste en esta derecha domesticada, plegada a la corrección política, y que actúa consolidando los “avances” de la izquierda cada vez que gobierna. Rajoy no ha modificado en lo esencial nada del legado ideológico de Zapatero, y sigue siendo defendido por muchos como si se tratara de un gran estadista. En especial me subleva el apoyo que le presta la cadena de la Conferencia Episcopal, 13TV, aunque eso no es lo peor. Que la Iglesia desaproveche la oportunidad de difundir su mensaje, de dar a conocer la obra de intelectuales y artistas católicos a través de un medio tan potente como es la televisión, y en lugar de ello se dedique a emitir películas de Chuck Norris o Charles Bronson, aunque no tengo nada contra estos actores, me parece lamentable.

E: ¿Qué opina de Donald Trump?

PAS: Me parece que es una pena que se haya impuesto como candidato republicano, habiendo figuras mucho más serias como Ted Cruz y otros. Pero no comprendo a los conservadores que prefieren que gane Hillary Clinton, una bruja progresista sin escrúpulos. Trump no es un conservador, en el sentido norteamericano; algunas de sus propuestas económicas son erróneas, y su visión de la política internacional es confusa, aunque al menos asegura que quiere terminar con el Dáesh. Pero si ganara, cosa que parece improbable, ello supondría un notable revés para el progresismo. No su derrota, evidentemente, pero sí la pérdida de una batalla. Por lo menos hay alguien que se sale del guión políticamente correcto.

E: Por último, ¿qué les diría a los lectores que lo consideran a usted un personaje ficticio, un alter ego de este entrevistador?

PAS: Admito que a veces yo también tengo mis dudas. Mi propio nombre, Pedro Azcoll Saiz, es anagrama del suyo, Carlos López Díaz. ¿Se había dado cuenta?

Por qué no soy progresista

El gran filósofo inglés Bertrand Russell pronunció una conferencia en Londres, hará pronto noventa años, titulada “Why I am not a Christian” (Por qué no soy cristiano). Tiempo después, esta conferencia, junto con otros ensayos del autor, fue publicada en un libro con el mismo título, que aún hoy sigue siendo reeditado en ediciones de bolsillo.

Por qué no soy cristiano es un libro recomendable, además de para aquel que desee conocer de primera mano las opiniones de Russell sobre religión, moral y política, por el capítulo que ofrece la transcripción del célebre debate radiofónico entre el filósofo y el padre Copleston, sobre la existencia de Dios.

Sin embargo, hay que decir que el resto de la obra es muy decepcionante. En contraste con las notables aportaciones del pensador inglés en campos como la filosofía del conocimiento y los fundamentos de la matemática, sus opiniones personales sobre religión y política eran de una simpleza pavorosa. Este fenómeno de grandes pensadores y científicos que, cuando se aventuran fuera del terreno estricto de su especialidad, son capaces de proferir las mayores sandeces, ya fue señalado por Ortega y Gasset en los años treinta, refiriéndose a él como “la barbarie del especialismo”.

También se ocupó de ello Jean-François Revel en su monumental ensayo El conocimiento inútil. Concretamente, sobre Bertrand Russell, el escritor francés recordaba que el filósofo había defendido en 1937 el desarme unilateral del Reino Unido frente al régimen nazi, convencido de que “si los soldados de Hitler nos invadieran, deberíamos acogerlos amistosamente, como si fueran turistas; así perderían su rigidez y podrían encontrar seductor nuestro estilo de vida”.

Pero vayamos al grano. Una conferencia titulada Por qué no soy cristiano podía implicar un cierto grado de audacia en 1927, o al menos un decidido afán por escandalizar un poquito; aunque tampoco vayan a pensar que hace casi un siglo la crítica del cristianismo no había alcanzado una gran popularidad. Casi todos los topicazos anticristianos que hoy nos toca escuchar en tertulias o artículos efímeros eran ya moneda corriente en las primeras décadas del siglo XX, como puede comprobar cualquiera que lea los brillantes ensayos polémicos de Gilbert K. Chesterton.

De lo que no me cabe duda es que, si hoy quisiéramos de verdad épater le bourgeois, deberíamos pronunciar una conferencia o escribir un libro titulado “Por qué no soy progresista”. Pues si Russell en 1927 no era cristiano, a todas luces puede afirmarse que era un progresista de manual, y que su cosmovisión no ha hecho más que ganar preponderancia con el tiempo, entre intelectuales más o menos productivos y entre meros repetidores o consumidores de opiniones ajenas. Comparen, si no, la actitud pacifista de Russell frente al nazismo, con la que sostienen los biempensantes progresistas de nuestros días ante el islamismo, basada en el “diálogo” y las fronteras abiertas.

Nunca he perdido la esperanza de ver publicada un día una obra que examine los dogmas fundamentales del progresismo, con la misma habilidad divulgativa de Bertrand Russell, aunque con mucho más rigor que el utilizado por éste para despachar el cristianismo. Gracias a Dios, esta obra ha sido por fin escrita[1].

Por qué no soy progresista es uno de esos libros que se devoran en dos tardes. La obra consta de tres partes. En la primera, el autor, Pedro Azcoll Saiz, procede a acotar, tanto desde un punto de vista descriptivo como histórico, lo que entiende por progresismo. Se hace un repaso, no exento de humorismo, de las ideas socialistas, anarquistas, la ideología de género, el ecologismo, el pacifismo, etc. Azcoll sostiene que el progresismo es “la gran religión de nuestro tiempo”, aproximadamente desde principios del siglo pasado, aunque con un importante punto de inflexión fechable en mayo del 68. Sus precedentes remotos pueden hallarse en los sofistas griegos, si bien la larga gestación del progresismo como religión universal no empezó a cobrar el aspecto que nos resulta familiar hasta el movimiento ilustrado del siglo XVIII.

En la segunda parte, Pedro Azcoll acomete una tarea más ambiciosa: desvelar la lógica profunda que subyace en la cosmovisión progresista. La tesis del autor es que el progresismo realmente es una filosofía subjetivista. El progresista tiende a creer, de manera más o menos consciente, que no existe un orden objetivo y eterno de las cosas, sino que todo es o bien accidental o construcción humana. En consecuencia, “siempre que se topa con un aparente orden necesario, él lo interpreta como una estructura de dominación, llámese el mercado, el patriarcado o como se quiera”.

Azcoll afirma que la vía principal por la cual se produce el adoctrinamiento progresista son los primeros años de infancia, en la fase que denomina prepolítica. La pedagogía moderna se basa en la idea de que lo importante no es transmitir conocimientos, sino fomentar la espontaneidad y la creatividad. De este modo, cuando la mente de los niños es más moldeable, se les inculca profundamente la idea de que no existe ningún orden objetivo y necesario, sino de que cada cual debe encontrar su camino personal. No hay una verdad absoluta y universal, sino prácticamente tantas verdades como seres humanos. El progresismo sustituye el lema délfico “conócete a ti mismo” por el moderno “sé tú mismo”.

El relativismo progresista está estrechamente relacionado con el fenómeno del sentimentalismo. A esta cuestión dedica el autor algunas de sus páginas sin duda más logradas, en las cuales examina múltiples aspectos de la cultura contemporánea, desde la literatura y el cine hasta la publicidad comercial, pasando por los libros de autoayuda y seudoespiritualidad, con las cuales desarrolla y precisa su tesis central sobre el subjetivismo. El progresista cree que hay que dejarse guiar por los buenos sentimientos. La distinción entre buenos y malos sentimientos es uno de sus evidentes puntos débiles, pues al no admitir un criterio objetivo externo, es el mismo sentimiento el que se autoentroniza como “bueno”.

Para el progresista, cuentan mucho más las intenciones que los resultados. Esto determina todas sus concepciones, tanto en política económica, como en la política exterior o la moral sexual. De ahí que interprete toda discrepancia como malvada, o al menos insensible.

El progresista cree que la educación es la auténtica cura de todos los males, pero recordemos cómo la entiende él: como una remoción de todos los “prejuicios” que nos impiden desarrollar nuestra espontaneidad, prejuicios que proceden y son parte de las estructuras de dominación.

En la tercera parte, Azcoll acomete la tarea más polémica, pues es aquí donde realmente trata de argumentar por qué él no es progresista, exponiendo una crítica sistemática de esta ideología que hasta este momento sólo había apuntado o sugerido.

Según nuestro autor, el progresismo o subjetivismo es fundamentalmente un ateísmo, pues resulta incompatible con cualquier concepción de un Bien y una Verdad objetivos y eternos, que trascienda al hombre. Esto parece contradecirse con el hecho de que muchos creyentes, especialmente entre los cristianos, se consideran progresistas, o viceversa. Más aún, una parte del discurso del propio papa católico desprende un inconfundible aroma progresista. Ahora bien, esto se explicaría, según Azcoll, porque “la mayoría de personas no solemos ser absolutamente coherentes, y sostenemos al mismo tiempo ideas y creencias diversas que, convenientemente desarrolladas, evidenciarían ser incompatibles”.

Para el autor, gran parte del éxito del progresismo reside precisamente en que, mientras en sus formulaciones más radicales y lúcidas es claramente antirreligioso, en su versión moderada se muestra no sólo compatible con el cristianismo, sino en aparente sintonía con él. Es un tópico incluso mostrar a Jesús como una especie de progresista o revolucionario avant la lettre. Azcoll desmonta sin miramientos esta aparente cercanía entre progresismo y cristianismo. Es especialmente duro con lo que llama el “cristianismo kumbayá”, que reduce el Evangelio a un mensaje buenista de paz y amor, eliminando o restando importancia a todo aquello, desde lo sobrenatural hasta las palabras más aparentemente duras e inequívocas de Cristo, que claramente no es asimilable por el progresismo.

Azcoll critica desde el respeto, pero sin ambages, a Bergoglio, al que imputa esa vieja confusión entre el progresismo y parte del mensaje cristiano, con el agravante de su máxima responsabilidad, lo que podría debilitar a la Iglesia como la institución más importante que resiste a la ideología global.

Si el progresismo es un ateísmo, con frecuencia inteligentemente disfrazado, para rebatirlo resulta imprescindible ofrecer argumentos racionales en favor de la existencia de Dios, del alma humana y de la moral judeocristiana. Pedro Azcoll, en la mejor tradición del pensamiento cristiano, cree que estos argumentos existen y ofrece un somero esbozo de ellos. Admite que no pueden considerarse formalmente demostrativos, pero señala que lo mismo sucede con los argumentos ateos. Esta es la razón por la cual el nuevo ateísmo pretende traspasar la “carga de la prueba” al teísmo: basta con que no se pueda demostrar la existencia de Dios (o de las hadas, o de la tetera en órbita de Bertrand Russell) para no creer en Él.

Azcoll sostiene que esto es “una mera argucia, porque la existencia de Dios tiene que ver con el fundamento de todo, y por tanto no puede situarse al mismo nivel de cualquier ser imaginario que se nos ocurra, cuya existencia o inexistencia no afecta al conjunto del universo”. El hombre está condenado a elegir entre creer en Dios o no; puede encubrir la gravedad de esta decisión fundamental con un chiste, como el de la tetera de Russell o el Monstruo del Espagueti Volador, pero se equivoca si cree que así logra eludirla.

En este punto, Azcoll observa que cobra todo su sentido el papel de la fe, que procede del mismo Dios. Sólo ella nos ayuda a tomar la decisión correcta. Pero ello no entraña ningún desprecio de la razón, sino al contrario. El autor traduce unos versos del científico y poeta catalán David Jou: “Cuando digo que creo no voy contra razón: penetro en la razón,/exulto en la razón, me adentro en la raíz de la razón[2].” En la conclusión, Azcoll vuelve a ceder de nuevo la palabra a este catedrático de Física y estimable poeta:

Algunos hablan de la razón

como de un producto del cerebro.

otros hablamos del cerebro

como de un producto de la Razón,

de una razón anterior a los humanos, a los animales,

a las estrellas y galaxias,

una Razón igual o superior

a la de las leyes físicas,

una Razón capaz de crear aún más razón

-una pequeña razón que pudiese ir reconociendo,

lentamente,

la Razón inicial, profunda y grandiosa-.

“Progresista -apostilla ácidamente Pedro Azcoll – es quien cree que la razón es exclusivamente un producto de su cerebro; que en cierta manera razona como si el mundo hubiera empezado a existir con él”.

En definitiva, es este un libro que será de gran utilidad para cualquiera que desee analizar críticamente los fundamentos de sus propias opiniones políticas, sean éstas del tipo que sean, profundizando en el nivel previo a la política, que es donde se fraguan realmente.

 

 

 

[1] Agradezco al autor, Pedro Azcoll Saiz, que me haya permitido acceder a su manuscrito, que será publicado en breve en la editorial Biblioteca de Autores Ficticios.

[2] David Jou, Poemes sobre ciència i fe, Viena Edicions, Barcelona, 2013.

El islamismo y la ceguera progresista

El terrorismo yihadista es por encima de todo un mal en sí mismo, que destruye vidas humanas, genera sufrimiento y provoca daños económicos directos e indirectos. Sin embargo, quienes a las pocas horas–o incluso minutos–de un atentado nos advierten de los peligros de la islamofobia están sugiriendo que los efectos de ésta pueden ser peores que los del terrorismo.

Artículo completo en Actuall.

Islamofobia para torpes

Según una extendida teoría, los problemas de convivencia del islam, por decirlo finamente, son semejantes a los que experimentó el cristianismo, hasta que la Ilustración lo civilizó. Se trata de una tesis aparentemente bienintencionada, que viene a decirnos algo así como que todas las religiones son iguales y que el islam, si todavía no es una religión de paz y amor, lo será algún día. Sólo debemos esperar pacientemente a que los musulmanes tengan su Siglo de las Luces, y todo se arreglará.

Santiago Navajas, en un reciente artículo en Voz Pópuli, nos vuelve a contar este bonito cuento de Disney, aunque sin entrar en explicarnos por qué la revolución científica, la Ilustración y las libertades individuales son la gran aportación del Occidente cristiano y no de China, la India o Persia. Ni por qué algunos de los más grandes pensadores y científicos europeos desde el siglo XVII al XX eran cristianos fervientes. Ni por qué los emigrantes que fundarían los Estados Unidos de América, una de las naciones más libres y democráticas del orbe, malgré tout, eran tan profundamente religiosos. Claro que estas cuestiones no deben ser más que pequeños cabos sueltos sin importancia.

Lo importante, como nos señala Navajas, es no caer en la islamofobia, y a fin de afearnos didácticamente este vicio, nos ofrece un buen ejemplo de cristianofobia, que nos toca más de cerca. Imaginen que alguien dijera que “gran parte de los cristianos era un hatajo de sádicos torturadores” (ya saben, antes de ser civilizados por los enciclopedistas). Pues bien, Navajas lo afirma con total tranquilidad. Eso sí, yo considero que hubiera sido más efectiva una oración como:

Gran parte de los europeos era un hatajo de sádicos torturadores.

A fin de cuentas, no hace mucho tiempo, europeo y cristiano eran prácticamente términos sinónimos. Es verdad que a algunos, la segunda frase les puede chirriar un tanto, mientras que meterse con los cristianos, como que mola más, oiga.

Pero donde Santiago Navajas lo borda es con su comparación entre antisemitismo e islamofobia. Les recuerdo la historia: Hitler se aprovechó demagógicamente del terror que sembraba el judaísmo radical en Europa, matando a la gente en nombre de Yavé y amenazando con recuperar Sefarad y establecer el Gran Israel desde Lisboa hasta Cachemira.

No obstante, la mayoría de los judíos estaban fuertemente integrados en nuestra sociedad; más aún, tuvieron alguna que otra participación reseñable en esferas como la ciencia, la literatura o la música. (Puede que a algún erudito le suenen nombres como Albert Einstein, Arthur Rubinstein o Franz Kafka.) ¡¡Vamos, exactamente igual que los musulmanes en nuestros días!! Quien no vea los estrechos paralelismos es que es un islamófobo incurable.

La gran ventaja del concepto de islamofobia es que disuade a cualquiera de proponer medidas concretas, no sea que vaya a ser estigmatizado como xenófobo e islamófobo. Así Europa puede continuar durmiendo su plácida siesta, arrullada por el lenguaje exquisitamente correcto de nuestras preclaras élites políticas e intelectuales. Contra el terrorismo islamista y la proliferación de nikabs (a los que sigue de cerca, a partir de cierta masa crítica, la policía religiosa), “unidad y firmeza de los demócratas”; que indudablemente será algo muy efectivo, sea lo que sea que signifique en la práctica. (Y si no es efectivo, siempre quedaremos bien quejándonos amargamente de que la gente vote después a Marine Le Pen.)

Termina Santiago Navajas su ensayo con una enternecedora evocación de una sociedad donde conviven armoniosamente Abraham (sospecho que quería decir más bien Moisés), Jesús, Mahoma y (¿por qué no?) Richard Dawkins. No me negarán que poner a este señor a la altura de Jesucristo queda como muy sofisticado y ocurrente. Por si alguien no está muy al tanto, Dawkins es un escritor que dentro de cien años probablemente no será recordado ni por sus descendientes directos. No digamos ya si vencen los islamistas, esos a los que Navajas y otros pretenden conquistar a base de abrazos amorosos, sin olvidar las preceptivas puyas contra los cristianos.

 

La única salvación

Hasta ayer, 26 de julio de 2016, en que los yihadistas tomaron rehenes en una iglesia de Normandía, degollaron al sacerdote e hirieron gravemente a una monja, los cristianos europeos no habíamos sido un blanco preferente, en contraste con el genocidio que están perpetrando en Oriente Medio. Los islamistas en Europa preferían, al parecer, atacar medios de comunicación decididamente blasfemos como el Charlie Hebdo, o a multitudes en salas de conciertos, aeropuertos, festejos pirotécnicos y centros comerciales.

Antes de que se produjera el asalto a la iglesia normanda, personalmente trataba de encontrar explicación a este hecho, y me inclinaba por dos hipótesis no incompatibles entre sí. La primera, que los islamistas aborrecen sobre todo la cara hedonista e irreligiosa de la cultura occidental, razón por la cual preferían matar en lugares de ocio, representativos de algún modo de nuestro materialista modo de vida, o lo que ellos consideran como tal.

La segunda motivación, más calculadora, se basaría en dos tesis complementarias: una, que la mayor debilidad de Occidente se halla precisamente en su materialismo, en su pérdida de los valores trascendentes. La otra, que atacando las debilidades de los europeos, se conseguiría el efecto paradójicamente perverso de exacerbarlas. Podríamos llamarlo el “efecto Je suis Charlie Hebdo“, que llevó a tantos a solidarizarse con una revistilla de contenidos francamente venenosos. Por el contrario, un ataque frontal a símbolos cristianos podría tener, análogamente, el resultado contraproducente (para los intereses de nuestros enemigos) de reavivar la simpatía hacia nuestras raíces religiosas, que en siglos pasados nos hacían más fuertes, más sanos, frente al islam.

Ahora, esas hipótesis parecen haber quedado refutadas por el último atentado en la iglesia  de Saint-Etienne-du-Rouvray, salvo que se trate de una desviación accidental de la estrategia del Dáesh. Pero tampoco es descartable que se haya producido una modificación de dicha estrategia, si es que existía. No descartaría que quienes la diseñaran desde sus guaridas en Irak hubieran llegado a la conclusión de que los europeos somos ya incapaces de reaccionar ante nada, de que tragamos con todo; de que nuestra mayor preocupación es que no se produzcan reacciones xenófobas o ultraderechistas, como si el hecho de que nos estén matando no fuera por sí solo lo suficientemente grave. En este caso, ¿para qué se iban a privar de su deporte favorito, que es asesinar a cristianos?

Las élites temen a lo que ellas llaman la ultraderecha (metiendo en el mismo saco a movimientos políticos de diferentes países, con orígenes e idearios diferentes) porque el día que incluso los mansos europeos nos hastiemos de contemplar niqabs invadiendo crecientemente nuestros espacios públicos, esos movimientos barrerán a la correctocracia de Merkel, Hollande o Rajoy. Pero lo realmente importante que se decidirá en los próximos años no es quién se sentará en el Elíseo o en la Cancillería federal, sino la supervivencia de Europa. Entiéndaseme, no de la Unión Europea, sino de la civilización europea, algo infinitamente más importante.

Nuestra supervivencia dependerá de que se adopten o no tres o cuatro medidas rigurosas pero imprescindibles. La primera, acabar con el efecto llamada, cortando de raíz todas las ayudas del Estado de bienestar a los inmigrantes de origen musulmán, y facilitando las expulsiones de desempleados (un porcentaje considerable), sospechosos y por supuesto delincuentes. Otra, deshacer por las buenas o por las malas las imposiciones anticonstitucionales de la ley islámica, en barriadas enteras de las ciudades europeas. Y una tercera o cuarta, aunque tan importante como las demás, combatir por tierra, mar y aire al yihadismo fuera de Europa, en Siria, Iraq, Afganistán y donde haga falta, para destruirlo sin contemplaciones.

Los europeos debemos decidir si queremos la paz a cambio de un agónico proceso de cesiones, hasta el sometimiento completo, o por el contrario estamos verdaderamente dispuestos a preservar nuestra identidad, lo que–no nos engañemos–va a tener un mayor coste en vidas humanas, civiles y sobre todo militares.

El problema es que optar por lo segundo será enormemente difícil desde el utilitarismo progresista, es decir, si no creemos en gran cosa más que en los centros comerciales con aparcamiento gratis la primera hora y en los condones con sabores frutales. Quizás estemos aún a tiempo de permitir que nos ilumine la verdad en la que creían el padre Jacques Hamel y otros miles de mártires cristianos en todo el mundo. Una Verdad (despojada de las deformaciones buenistas a la moda) por la que vale la pena luchar: justo lo que, a largo plazo, los islamistas deberían temer más de nosotros.

No introduzcas a cualquiera en tu casa,

Porque son muchas las intrigas del astuto.

(…)

Pues pagando el bien con el mal, pone asechanzas,

Y a las cosas mejores les pone tacha.

(…)

Mete en casa al forastero

Y te descompondrá con tumultos

Y te enajenará el ánimo de los tuyos.

(Proverbios, 11, 31-36)

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