Antinomias y dobles fondos

El discurso político dominante se organiza desde antinomias como fascismo/antifascismo, racismo/antirracismo, feminismo/machismo y cambio climático/negacionismo, entre otras; posiblemente todas ellas derivables o reducibles a la primera. José Ferrater Mora, en su Diccionario de filosofía de bolsillo, define inicialmente “antinomia” como “un conflicto entre dos ideas, proposiciones, actitudes, etc.” Y cita como ejemplos clásicos la “antinomia entre fe y razón, entre el amor y el deber, entre la moral y la política…” Kant sostuvo que existían cuatro antinomias filosóficas fundamentales e irresolubles: Sobre si el universo es infinito y eterno o lo contrario, sobre si existen o no substancias simples, sobre si existe o no el libre albedrío, y sobre si hay o no un ser necesario. El pensamiento occidental se ha esforzado desde sus mismos orígenes presocráticos en resolver las antinomias o las que ha considerado como tales. Los primeros filósofos trataron de descubrir lo permanente e inmutable por detrás del cambio y de lo perecedero, y ofrecieron distintas explicaciones para tratar de conciliarlos; alguna tan drástica como sostener que todo cambio es ilusorio. Pero en el discurso político contemporáneo no existe tal pretensión conciliadora, sino todo lo contrario: de lo que se trata es de llevar la antinomia hasta el paroxismo, para que uno de los dos miembros se vea expulsado, proscrito, destruido. Hasta aquí, muchos pensarán que no sería mala cosa desterrar de una vez por todas el fascismo, el racismo o el machismo. Pero el antinomismo político al que yo me refiero no es tanto el conflicto en sí como la estrategia que se utiliza para provocarlo y para ganarlo. Su mecanismo principal es lo que denominaré el doble fondo semántico. Una maleta de doble fondo permite ocultar ciertos objetos, mostrando al abrirse sólo aquellos que aparentemente se desea trasladar. Exactamente es lo que se practica con términos como antifascismo, antirracismo, feminismo o cambio climático. Aparentemente, un antifascista es hoy un continuador de la resistencia contra el nazismo organizada durante la Segunda Guerra Mundial. La cultura popular se reconoce espontáneamente en héroes y mártires de aquella resistencia, sobre todo gracias a un sinfín de películas inolvidables, desde Casablanca hasta El pianista. Sin embargo, basta una somera observación de los contenidos y los símbolos desarrollados y utilizados por los grupos que se autodenominan hoy “antifascistas”, para concluir que se trata de organizaciones de extrema izquierda, que contraponen una borrosa voluntad del pueblo o de teóricas minorías oprimidas a la democracia parlamentaria, la independencia judicial y la prensa libre. Para ello no dudan en emplear la violencia para alcanzar sus fines revolucionarios o, con carácter más inmediato, intimidar a sus enemigos políticos y a los jueces. Son los que revientan mítines coreando bucólicas consignas del estilo de “a por ellos como en Paracuellos” o “Gora ETA”. Son los que incendian, saquean y hieren gravemente a policías para protestar contra una sentencia judicial que no sea de su agrado. Como se ve, realmente no se esfuerzan mucho en ocultar su auténtica agenda, pero no lo necesitan, porque de ello ya se encarga un periodismo que hace tiempo que subordinó la verdad a la ideología, sea por cobardía o por convicción. Este periodismo no sólo asume acríticamente el término “antifascista” (con lo que implícitamente, cuando no abiertamente, se tacha de “fascistas” a los blancos de sus iras), sino que suele omitir sus manifestaciones de extremismo político más inequívoco; a diferencia de otras en las que se escudriñan con afán símbolos “preconstitucionales”. Y ante comportamientos violentos inocultables, se esfuerza en distinguir apriorísticamente entre unos manifestantes pacíficos y una minoría de exaltados o meros delincuentes oportunistas, que no excusan desprestigiar a los amables y admirables antifascistas. Algo análogo sucede con el término feminismo. Aparentemente, la palabra designa algo tan obvio y enraizado en nuestra cultura como que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos y la misma dignidad como seres humanos. Pero el doble fondo consigue que viole la frontera del pensamiento crítico algo tan anticientífico como la teoría de género, según la cual la identidad sexual es una construcción cultural impuesta por unas estructuras de dominación patriarcales, que sirven para explicar tanto la violencia que sufren algunas mujeres, como su menor presencia en determinadas profesiones o puestos directivos, así como sus menores ingresos totales. Por supuesto, dicha teoría pasa convenientemente por alto, además de campos científicos enteros como la psicología evolucionista, las muchas y notables diferencias que no son favorables a los hombres, desde su menor esperanza de vida hasta su mucha mayor probabilidad de ser carne de accidentes laborales, de la violencia, la cárcel o la indigencia. Sin embargo, quien no comparta esta teoría es automáticamente descalificado con el antónimo machista, es decir, metido en el mismo saco que quienes piensan que la mujer es inferior al hombre y debe obediencia genérica al varón, y en particular al padre y al marido. No importa que lo que propiamente llamamos machismo sea absolutamente residual en nuestra cultura (incluso que en el pasado conviviera con tendencias que lo moderaban en gran medida, cuando no lo contradecían, sobreprotegiendo a las mujeres en numerosas circunstancias); la táctica del feminismo de género, al incluir dentro del término infamante a cualquiera que ose discrepar de sus premisas, permite convertirlo automáticamente en un enemigo omnipresente, contra el que no cabe sino luchar sin descanso. El mismo esquema se repite en las controversias sobre el cambio climático. Esta expresión se refiere en principio a un mero hecho, como es la tendencia al calentamiento global registrada desde hace un siglo o más. Ahora bien, bajo unas evidencias empíricas que realmente nadie o casi nadie niega, nos cuelan de tapadillo una teoría antropogénica y apocalíptica que, con los procedimientos científicos clásicos, y en ausencia de fortísimas presiones políticas, estaría muy lejos de ser unánimemente admitida. Los escasos discrepantes públicos, como el diputado de Vox Francisco José Contreras, a quien apoyamos totalmente desde este humilde blog, saben que deberán arrostrar el estigma de negacionistas, que subliminalmente los asocia a quienes ponen en duda el Holocausto perpetrado por los nazis. Por eso decía al principio que quizás todas las antinomias son hoy reducibles a la antinomia fascismo/antifascismo. Una antinomia que degrada cualquier debate a una especie de juicio popular en el que la sentencia de culpabilidad está dictada de antemano, los argumentos de la defensa son tergiversados, ridiculizados o sencillamente ignorados, y el acusado no tiene otra opción que humillarse y admitir su crimen de pensamiento, cosa que rara vez le servirá para librarse de la pena de muerte civil. Pero a esta situación no habríamos llegado sin la cobardía de quienes han fingido durante demasiado tiempo no ser conscientes de la existencia de un doble fondo en buena parte de los términos de uso político.

El enemigo de mi enemigo

En asuntos intelectuales no hay aliado más equívoco que el enemigo de nuestro enemigo.

Nicolás Gómez Dávila

Si en la derecha política hay una esencia más allá de sus formas diversas y cambiantes en el tiempo, no puede ser otra que la negativa a adorar a ese dios sustitutorio del Dios judeocristiano que llamamos Progreso. Esta definición es ya de inicio polémica, no sólo contra la izquierda, lo que va de suyo, sino contra cualquier pretendida derecha que se limita a disputar con su enemiga lo que debe entenderse por progreso, sin cuestionar que el horizonte existencial último del hombre sea tratar de hacer un mundo a su medida, como si no hubiera otro. No pretendo tomar por el todo a una derecha estrictamente confesional, pero sí creo, con Donoso Cortés, que todas las posiciones políticas tienen su origen último en afirmaciones o negaciones teológicas, explícitas o mucho más frecuentemente implícitas. El tipo humano que antes se llamaba burgués, y en contra de lo que convencionalmente siempre se creyó y se sigue creyendo, nunca ha sido realmente de derechas. Como señala Nicolás Gómez Dávila, uno de los autores que más agudamente ha penetrado en el alma moderna: “El burgués es izquierdista por naturaleza y derechista meramente por susto.” Que el capitalismo es inseparable de la destrucción de la sociedad tradicional, sea como causa o consecuencia, no sonará novedoso a nadie mínimamente conocedor de la historia de los dos últimos siglos pasados. Sin embargo, la guerra fría entre Occidente y el bloque soviético, de 1945 a 1989, oscureció en parte esta evidencia, logrando que la ideología neoliberal (uso no sin reticencias este término de la propaganda izquierdista y ultraderechista) fuera vista como la expresión más auténtica de la derecha política. Sin embargo, tanto neoliberales como comunistas coinciden en su aversión a un mundo pretérito que juzgan caduco, con la única diferencia que los segundos incluyen también al capitalismo dentro de lo que debe ser superado sin miramientos. Como muestra brillantemente Russell R. Reno en su ensayo El retorno de los dioses fuertes (2019), tras la Segunda Guerra Mundial se forjó un consenso, común a la derecha y la izquierda, contra toda idea de verdad absoluta, formulado por Karl Popper en su influyente obra La sociedad abierta y sus enemigos. Ésta plantea un rechazo de la más excelsa tradición cultural desde Platón, con el argumento demencial de que el esencialismo y la creencia en verdades fuertes acaban conduciendo antes o después a repetir Auschwitz. En nuestros días, la lucha por la “apertura” y contra cualquier prejuicio religioso o conservador ha conducido a paranoicas persecuciones de toda actitud y contenido supuestamente fascistas, racistas y machistas, del presente y del pasado. El furor contra el segundo, particularmente, se extiende desde la Antigüedad clásica, desterrada de los programas de estudio de numerosas universidades, hasta obras recientes del cine o la literatura infantil, histéricamente censuradas. Todo ello apoyado y financiado por los poderes económicos, en especial los gigantes de la tecnología digital. ¿Por qué lo hacen? En parte lo acabamos de decir: se hallaría en el código genético de la burguesía secularizadora que domina el mundo desde hace doscientos años. Francisco José Contreras lo considera un “gen autodestructivo” del liberalismo, en forma de relativismo desquiciado “que se suma alborozado a la destrucción de la familia, de la noción de virtud, del código moral tradicional, sin saber que eso equivale a aserrar la rama de árbol sobre la que está subido.” (Una defensa del liberalismo conservador, 2018.) En parte es también una mera adaptación oportunista y cobardona a un paisaje mediático y cultural inspirado por radicalismos que han cobrado vida propia en el mundo académico. De nuevo Gómez Dávila da en el clavo: “El burgués no aplaude al que admira, sino al que teme.” Aquí entran los famosos complejos de la derecha política, aunque siempre me pareció esto más una constatación psicológica que una auténtica explicación. Otros prefieren creer que es ante todo una cuestión de interés objetivo, de un plan más o menos diseñado. No hay duda de que a cierto capitalismo le beneficia la existencia de un tipo humano culturalmente vacío y socialmente desvinculado, mucho más fácilmente manipulable como consumidor y como trabajador precario. Pero seleccionar este hecho, entre otros, para elevarlo a clave omniexplicativa nos lleva a un terreno cercano al neomarxismo o al neofascismo. Es decir, de nuevo a distintas variantes de idolatrías o religiones sustitutorias. Adriano Erriguel, prologuista de la versión española del libro de Reno, va por ahí. (Pensar lo que más les duele, 2020.) Mientras éste emplea cinco veces la palabra “neoliberal(ismo)” en su libro, el de Erriguel (más extenso pero sin llegar a doblarlo en número de páginas) repite machaconamente el término, siempre con intención denostadora, más de 260 veces. No es sólo una diferencia cuantitativa. Para el autor mejicano, neoliberalismo no designa sólo una posición ideológica, sino ante todo “un sistema de mercantilización y de estandarización absoluta del mundo”, que en la práctica resulta indistinguible del capitalismo. Lo que no queda claro es por qué sistema habría que sustituirlo y, lo más importante, cómo. Cosa por lo demás común a todos los críticos del capitalismo, desde los apacibles distributistas chestertonianos hasta los terroristas de extrema izquierda. Como ha observado sabiamente Roger Scruton, el mercado existe “porque los apetitos son intercambiables. Podemos ponerles precio. Pero los bienes que son para nosotros en verdad importantes, no son objetos de mercado.” Lo cual significa que el origen del problema no es el capitalismo, sino nosotros, la naturaleza caída del hombre. “Ningún sistema político, ningún orden económico, ninguna dictadura podrá nunca reemplazar la disciplina moral en la que debemos ejercitarnos si deseamos vivir en un mundo de abundancia sin el riesgo de poner en venta lo que nos es más preciado: el amor, la moralidad, la belleza o Dios.” (Pensadores de la nueva izquierda, 2017.) El ensayo de Erriguel contiene enseñanzas valiosas, pero me temo que está viciado por un error de origen, ya manifiesto en las primeras palabras: “Vivimos en la época más piadosa, mojigata y santurrona de la historia.” Se refiere, por supuesto, a ese neopuritanismo, en gran medida procedente de los Estados Unidos, conocido como corrección política, con movimientos como el Me Too o el Black Lives Matter. Ahora bien, vale lo de mojigata y santurrona. Pero, ¿piadosa? ¿Se da cuenta Erriguel de lo que significa realmente este vocablo? No ha existido probablemente en toda la historia de la humanidad una época más impía, que rechace con mayor obcecación cualquier idea de una realidad superior al hombre, objeto de veneración. Confundir la piedad con la santurronería deriva de hecho de la característica fundamental de nuestro tiempo, cada vez más incapaz de comprender el hecho religioso. Ni el libre mercado es la panacea antitotalitaria en la que creía Hayek, como señala Reno recordando dolorosamente el contraejemplo de China, ni los enemigos del mercado y la libertad individual son los que van a salvar nuestra civilización de una enfermedad que ante todo no es política ni económica, sino espiritual.

El mundo es un señuelo

Vivimos sin duda alguna en un mundo poscristiano, cuando no anticristiano, pero quizás los aludidos estamos hoy menos en guardia contra él que en tiempos pasados. Opino que hay tres causas de ello. La primera es que el mundo, actualmente, gracias sobre todo a las ubicuas pantallas y pantallitas de los televisores y los teléfonos mal llamados inteligentes, es más seductor, más avasallador que nunca. No hay rincón donde no nos persigan sus mensajes, sus sofismas, sus cantos de sirena, el espectáculo de sus infamias. La segunda causa es que, desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia parece empeñada en reconciliarse con el mundo, o al menos en dejar de verlo como un enemigo. La desconfianza, incluso el desprecio hacia el mundo (contemptus mundi) tiene su fundamento en las propias Escrituras. “Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios.” (Santiago, 4, 4.) Esta prevención se mantuvo viva a lo largo de los siglos. Tomás de Kempis, en La Imitación de Cristo, dice así: “No me venza, Dios mío, no me venza la carne y la sangre; no me engañe el mundo y su breve gloria; no me derribe el demonio y su astucia.” San Juan de la Cruz, místico y (no lo olvidemos) doctor de la Iglesia, lo expresó en fórmula que pasaría a los catecismos del padre Ripalda y el padre Astete, leídos en el mundo de habla hispana hasta bien entrado el siglo pasado: “Es primero de advertir que los daños que el alma recibe nacen de los enemigos ya dichos, que son mundo, demonio y carne.” (Cautelas.) Sin embargo, el catecismo actual de la Iglesia católica, obra por lo demás admirablemente erudita y razonada, redactada bajo el pontificado de San Juan Pablo II, omite la advertencia contra el trío enemigo. Es algo que yo echo de menos. Por eso me parece más necesario que nunca releer al santo de Fontiveros, en especial lo que nos dice del mundo en su Subida del monte Carmelo. Allí describe los daños “de las noticias y discursos, así como falsedades, imperfecciones, apetitos, juicios, perdimiento de tiempo, y otras muchas cosas que crían en el alma muchas impurezas.” Subrayo la palabra “noticias”, quizás una de las mayores plagas modernas, que amparándose en la vana ilusión de mantenernos informados al minuto, no hace más que intentar moldear incesantemente nuestras mentes, al servicio de los poderes terrenales. Este bombardeo abrumador de supuesta información tiene como efecto “que muchas veces ha de parecer lo verdadero falso, y lo cierto dudoso, y al contrario, pues apenas podemos de raíz conocer una verdad.” Y es sumamente difícil resistir a ello sin desfallecimiento, pues de las noticias “se ingieren mil imperfecciones e impertinencias, y algunas tan sutiles y delgadas, que, sin entenderlo el alma, se le pegan de suyo…” Lo cual me lleva de manera natural a la que considero tercera causa de la desprevención contemporánea de los cristianos hacia el mundo. El discurso hegemónico contemporáneo, eso que llamamos “progresismo”, sabe muy bien sintonizar con el cristianismo inercial de nuestra cultura. Si el Evangelio nos enseña que “la verdad os hará libres” (Juan, 8, 32), el progresismo esencialmente consiste en quedarse con la libertad, pero invirtiendo su relación con la verdad: ya no se fundamenta en ella, sino al revés, la libertad se entiende como una búsqueda sin término de la verdad, lo que inevitablemente la degrada en subjetivismo, hasta el extremo de que puede haber una verdad distinta para cada uno. Se recela de toda verdad absoluta, universal, como de una imposición; cuando en realidad, nada es más contrario al despotismo que la existencia de principios inmutables, inalienables, inviolables. Pero el progresismo, al predicar en tono moralista contra las injusticias, parece coincidir con el cristianismo. Y esta semejanza es tanto más eficazmente engañosa cuanto que el propio cristianismo tiende excesivamente, en nuestros días, a un moralismo de parvulario, que relega la doctrina a un plano simbólico, casi decorativo. Solo importa ser “bueno”; pero sin una doctrina seria acerca de qué es el bien, y sobre el origen del mal, esta pretensión degenera en un sentimentalismo que lo pringa todo, y que con tanta frecuencia no encubre más que vulgar egoísmo. Lo comprobamos en cómo se enaltece el mero hacer lo que uno “siente” en todo momento, o en el tópico encomiástico, habitual en obituarios, de “hizo siempre lo que le dio la gana”, como si en ello hubiera algún raro mérito. El mundo sabe halagar nuestros oídos de modo que, insensiblemente, nos vamos apartando de la verdad, creyendo que en realidad nos acercamos a ella. Nos recuerda al propio demonio, cuya especialidad, de nuevo según San Juan de la Cruz, es engañarnos “debajo de especie de bien”. No debemos caer en la trampa. Pero será difícil si no aprendemos a reducir la ingesta de noticias y novedades, cuyo volumen diario es mucho mayor del que cualquiera puede digerir críticamente.

El necio de la pradera

El diario digital Público ha tardado 24 horas en echar a Máximo Pradera como columnista, por un artículo suyo titulado “El cáncer de Julia”. Cuando alguien hace algo bien, hay que reconocerlo. ¡Incluso aunque sea Público! El motivo del escándalo se resume pronto: Para animar a Julia Otero tras su anuncio de que padece un cáncer, Pradera deseó en voz alta que, en lugar de la periodista, la enfermedad la hubieran contraído Donald Trump, José María Aznar, Macarena Olona, David Cameron o Marine Le Pen. No es la primera vez que Pradera mete la pata hasta el fondo; ya lo hizo cuando se incendió Notre Dame de París, lamentando que no se hubiera quemado en cambio la Almudena, como él mismo nos recuerda, sin la menor autocrítica. Al parecer, hay algo profundamente averiado en las entrañas psíquicas de este hombre, por lo cual no puede demostrar admiración o afecto por algo o alguien sin al mismo tiempo compensar tales sentimientos con odio descarnado contra otra persona o cosa. Ahora bien, esta deficiencia moral o psíquica no debería eclipsar lo que dice en el texto susodicho. Porque muchos pensarán que, aunque Pradera se haya pasado en las formas, tiene razón en detestar a Trump o a Macarena Olona. Y a mí lo que me inquietan son esos muchos. Pradera arranca acusando a Trump de haber estado a punto de cargarse el planeta (por su retirada del Acuerdo de París sobre el cambio climático). Pero el complejo mediático global nos está diciendo todos los días más o menos lo mismo: que por culpa de Trump, de los que conducimos motores diésel, los que comemos carne y procreamos, el fin del mundo está cada vez más cerca. Miles de personas se lo creen. No es solo Pradera, por desgracia. Luego éste acusa también a Trump de haber intentado un golpe de estado azuzando a los asaltantes del Capitolio. Habrá sido el golpe de estado más estúpido de la historia, pues frustró la menor posibilidad, si es que había alguna, de que el Congreso impugnara los resultados de las elecciones que han dado la presidencia a Biden. Prosigue el autor su particular ajuste de cuentas con Aznar, al cual acusa de habernos metido en la guerra de Iraq, la burbuja inmobiliaria y de emponzoñar la convivencia desde la fundación FAES. Se olvida un clásico del repertorio argumental progre, que Aznar también negoció con ETA. Sin duda, el que fuera presidente del gobierno de 1996 a 2004 cometió muchos errores, pero entre ellos no se halla haber cedido ante los terroristas, ni que España combatiera en ninguna guerra, salvo la reconquista de la isla Perejil, que duró un cuarto de hora y tuvo cero bajas. Tampoco parece culpa del expresidente que bancos de todo el mundo se dedicaran durante unos años locos a conceder hipotecas alegremente, ni los clientes a firmarlas de manera no menos temeraria; ni que los políticos de todos los partidos, desde Izquierda Unida al PP, pasando por el PSOE y los nacionalistas, saquearan las Cajas de Ahorros. Bien es verdad que desde FAES se han defendido con total descaro conceptos como el estado de derecho o el mercado libre, pero al menos estos no suelen terminar en vandalismo como las ideas contrarias. Llega el turno de Macarena Olona, a la que desprecia por condolerse de la muerte del general Rodríguez Galindo. Es lo que tiene la cultura católica, que no niega a nadie su condición humana, sean cuales sean sus pecados. Cita también con displicencia las palabras de la diputada de Vox en el Congreso: “el hombre no mata, mata el asesino”. ¿En quién va a creer usted, en sus propios ojos o en la teoría de género? Luego pasa a desearle lo peor a David Cameron, al que tacha de “tarado” por el Brexit, como si le hubiera afectado a Pradera personalmente. Estos progres son a veces muy sentidos. En especial, se toman muy a mal que se consulte al pueblo sin garantías de que vaya a decidir lo correcto. Por último, no se olvida de desearle tampoco un cáncer a Marine Le Pen, por culpar de todo al inmigrante, cuando cualquiera versado en el pensamiento de Feuerbach y Cristina Fallarás sabe que la culpa de todo es de la Iglesia. Pero lo más característicamente progre del artículo de Pradera no son sus fobias personales, sino su reivindicación de la rabia como terapia contra el cáncer, y acaso contra todo mal. Aquí está la quintaesencia del progresista: someter la realidad, y a quienes se atreven a mostrarla, al tribunal inapelable de sus sentimientos, que juzgan tan elevados como el desmesurado concepto que tienen de sí mismos.

La fatalidad y la esperanza

Tras las elecciones de San Valentín al parlamento de Cataluña, algunas cosas siguen lamentablemente igual, pero algo ha dado un vuelco, dejando descolocados a unos cuantos. La entrada de Vox en la cámara legislativa autonómica, con 11 diputados y por tanto grupo propio, ha sido de nuevo ocasión de reeditar el sobado mantra de la división de la derecha. Esta era la respuesta inercial de varios opinadores del ABC de ayer. Julián Quirós editorializaba en página 2: “La derecha no volverá a gobernar mientras cuente con tres partidos, incluso quizá mientras cuente con dos.” Luis Ventoso, en página 7, formulaba el mismo principio elevado casi a verdad metafísica: “La derecha desunida siempre será vencida.” Y Salvador Sostres, pensador de cabecera del rajoyismo eterno, acusaba a Vox de ser el gran aliado de Pedro Sánchez para permanecer en el poder. Lo curioso es que al mismo tiempo no duda en echar la culpa a Pablo Casado del mal resultado global de la derecha constitucionalista en Cataluña, al haber éste “bombardeado lo poco que quedaba en pie de su partido”. Tampoco olvida la traición de Ciudadanos a los votantes que le dieron la mayoría relativa en 2017. Por su parte, Ventoso también apunta al Partido Popular cuando propone reemplazar a Casado por Feijóo (¡sorpresa!), es decir, más viaje al fondo de la noche centrista. Cuanto más se contradicen ellos mismos con la tesis del Vox culpable, más digna de estudio es su pertinacia en sostener lo que la realidad ya se ha encargado de desmentir numerosas veces: en Andalucía, Madrid capital, Madrid comunidad, en Murcia y, sin ir más lejos, el pasado domingo en Cataluña, donde el separatismo tiene en sus manos formar gobierno pese a presentarse dividido en cuatro partidos, nada menos. Pero la razón de fondo de esta inercia teórica no se halla en una ineptitud para las matemáticas electorales (que a lo mejor también) sino en una incomprensión radical de por qué surgió Vox. Se empeñan en sumar Vox con PP y Ciudadanos como si fueran, minucias aparte, lo mismo. No han entendido algo tan sencillo como que la derecha no está en crisis por culpa de Vox, sino que Vox surgió porque la derecha, pese a llevar entonces dos años gobernando con mayoría absoluta, ya estaba en crisis: en una crisis de orfandad política, debida a la traición del Partido Popular a sus principios. Olvidan que el desencadenante no fue otro que el servil acatamiento del gobierno del PP al pacto de Zapatero con la ETA, que incluía tragarse con patatas la sentencia europea contra la doctrina Parot para permitir la liberación de asesinos terroristas. Aquello fue la gota que colmó el vaso, como explicó Santiago Abascal en la carta a Mariano Rajoy, de noviembre de 2013, con la cual se despidió de su anterior partido. Antes ya se había arrinconado a María San Gil, ya se había marchado desencantado Ortega Lara. Ya el PP había incumplido sistemáticamente cada una de sus promesas, en todos los terrenos. Ya había mostrado su debilidad ante el separatismo catalán, ya había consolidado “por inacción… toda la legislación ideológica de Zapatero”, ya había subido los impuestos “en contra de nuestros principios sobre política económica”, ya había demostrado su “pasividad ante la legislación que ataca la vida del no nacido” y, por terminar de decirlo todo, ya había exhibido su nula autocrítica en relación con la corrupción, además del incumplimiento de los estatutos del partido sobre democracia interna. ¿De qué sirve tener mayoría absoluta para no distinguirse del PSOE? Vox nació como una rebelión contra el fatalismo. Al principio hubo mucho de instintivo en ello. Fue tras el temprano tropiezo en las europeas de 2014 cuando Vox se encontró a sí mismo. Supo darse cuenta de que ese fatalismo no era un mero rasgo psicológico de Rajoy, sino que responde a un mal más profundo, que viene de mucho antes: el de esa derecha que se limita a preocuparse de las cuentas económicas, mientras que en todo lo demás se acoge al consenso popperiano (R. R. Reno) para abominar de cualquier principio fuerte, para acabar renegando de Cristo e incluso de Platón, dejando así el terreno despejado para el suicidio de Occidente. La “sociedad abierta” no era más que el nombre exitosamente propagandístico (¿quién va a defender una sociedad cerrada?) de una sociedad vacía. Por supuesto, el vacío no existe, sino que se acaba llenando con algún tipo de totalitarismo, sea islámico o basado en la nueva religión del progresismo global, que nos quiere “diversos” pero pensando todos igual, sin propiedades, sin hijos naturales y comiendo insectos y algas. La vocación de Vox es resistirse a esto; tarea inmensa que los partidos de la derecha agnóstica (en sentido amplio, no solo religioso) ni siquiera son capaces de barruntar. Así que, por favor, señores opinadores, dejen de dar la brasa con su fatalismo sobre la división de la derecha. Vox no tiene intención alguna de fundirse con esa derecha determinista; al contrario, nació tanto contra ella como contra la izquierda. Vox va de otra cosa: va de esperanza.

Solo queda Vox

Hay distintos niveles de engaño en política. El fundamental es el que atañe a distinguir entre el bien y el mal. Cuando alguien dice que el aborto sin restricciones es un bien, está diciendo que el valor de la vida humana no es algo esencial, sino accidental, que depende del deseo de algunas personas. Claro que está engañándose en primer lugar a sí mismo, ya sea un político o un votante cualquiera. Luego están los niveles intermedios, cuando un político asegura que hará tal cosa y luego hace la contraria, o cuando dice representar los intereses de una determinada clase social, y en realidad defiende otros. Los ejemplos paradigmáticos los tenemos en Pedro Sánchez y en el PSC. El primero juró y perjuró de todas las maneras posibles, antes de las últimas elecciones legislativas, que no pactaría con la ultraizquierda ni con el separatismo. La hemeroteca resulta verdaderamente sangrante. ¡Llegó a decir que no podría dormir teniendo como ministro a Pablo Iglesias! Al día siguiente, casi literalmente, lo nombraba su vicepresidente segundo, disimulando apenas la traición tras la vicepresidencia primera de Carmen Calvo. Pero el pacto presupuestario lo teatralizaron Sánchez e Iglesias juntos, como si fueran los copríncipes de Andorra; con los impuestos de España, eso sí. El engaño del PSC viene de mucho más lejos, y hasta puede decirse que es una obra maestra de la suplantación continuada. Lleva toda la vida beneficiándose del voto obrero, del cinturón rojo de Barcelona, que es fundamentalmente españolista, para hacer la política del nacionalismo, convenciendo a sus votantes de que lo mejor para sus hijos es que reciban enseñanza en catalán, aunque su lengua sea la castellana, y que hay que regalar más y más concesiones a la oligarquía gobernante de la Plaza de Sant Jaume. De hecho, la historia reciente del separatismo se remonta al Estatut que se sacó de la manga Pascual Maragall, sin que nadie se lo hubiera demandado. Salvador Illa no tiene otra cosa en mente que reeditar este gran embeleco. Pronto veremos si el votante socialista sigue siendo como el cornudo del chiste, al que le preguntan si su mujer grita durante el orgasmo. “¡Ya lo creo, a veces la oigo desde la calle!” Pero para ser justos, esta mentira histórica del PSC está en el ADN de toda la izquierda occidental, más visible cuanto más extrema es su retórica. Una izquierda que, desde hace mucho tiempo, pero sobre todo tras el derribo del Muro de Berlín, y a despecho de su jerga foropaulista y neomarxista, ha dejado de defender a los trabajadores (mejor o peor; generalmente lo segundo, pero al menos era una seña de identidad que los poderes económicos debían respetar) para convertirse en la mansión, a lo Eyes Wide Shut, de una orgía permanente basada en la teoría de género, la deconstrucción del Occidente judeocristiano y la inmigración masiva, nigromancias con las que los poderes económicos y en especial las grandes multinacionales tecnológicas (Google, Apple, Microsoft, Facebook, Amazon, Twitter, etc.) se sienten ya no cómodas, sino cada vez más fuertes. Hasta el punto de que ven cerca el momento de sustituir al pueblo (trabajadores y clases medias tradicionales, basadas en la solidez familiar, el ahorro y el ascensor social educativo) por una masa de individuos desvinculados, eternos adolescentes sin otra posesión, material o espiritual, que un patinete eléctrico, suscripciones a ocio prefabricado y apps para ligar. Mucho más manejables, tanto laboral como políticamente; a dónde va usted a parar. Volviendo de nuevo a la pequeña escala, a Cataluña, en las elecciones de mañana sólo hay un partido que no basa su estrategia en el engaño. El único que denuncia en lenguaje llano lo que acabo de explicar sumariamente. Incluso ERC, que es el partido que históricamente menos ha engañado a su votante, un perfil de independentista republicano y anticlerical, muy años treinta, dice ahora que el PSC pertenece al bloque del 155, dando a entender que no apoyaría a Illa ni aunque obtuviera más votos. Esto es entendible en el contexto de su rivalidad con el fugado Puigdemont, pero Esquerra sabe perfectamente que la segunda cosa que más le conviene, después de ganar ella las elecciones, es que las ganen los socialistas. Ambos no desean otra cosa que entenderse, pero les conviene fingir que hay un cordón sanitario contra el PSC, cuando el único que lo sufre hoy, desde la manipulación mediática hasta la violencia de las hordas rojoseparatistas, es Vox. Casualmente, el único partido que no necesita mentir sobre sí mismo ni sobre los demás.

Papelera de la historia

La gran ventaja de términos más o menos sinónimos como ultraderecha o fascismo es que eximen a quien los esgrime de cualquier argumentación. Lo mismo sucede con el restante repertorio de palabras intimidatorias, como racista, machista y la creciente colección de terminadas en el sufijo –fobo: homófobo, tránsfobo, islamófobo, etc. Uno pude esforzarse en argumentar contra el lenguaje dominante de la corrección política, puede aportar numerosos datos objetivos que cuestionan la visión buenista de la inmigración, que discuten las teorías de género o plantean dudas sobre el apocalipsis climático. Las respuestas invariables, a menudo acompañadas de improperios y descalificaciones salvajes, serán: xenófobo, racista, machista, negacionista… El calificativo sustituye al argumento. Se ataca no lo que dice uno, sino lo que supuestamente es uno. Incluso aunque fuera cierto que determinado mensaje es racista o bordea el racismo, ello no sería impedimento para rebatirlo con procedimientos racionales, sino precisamente al contrario. Cuando creemos que determinadas ideas son nocivas y repulsivas, es cuando más obligación moral tenemos de emplear la argumentación, la lógica y la escrupulosidad intelectual. Pero para empezar, debemos ser serios a la hora de identificar dichas ideas. Si ante cualquiera que nos obliga a replantearnos determinados postulados reaccionamos con un rechazo visceral como si fuera el Mal absoluto, puede que nos hallemos ante una inmejorable ocasión de hacer autocrítica. Identificar nuestras ideas y creencias con el bien puro, además de proporcionar agradables sensaciones de superioridad moral, es la forma más extendida de blindarlas contra toda crítica. He pensado en ello, una vez más, tras leer un articulito de un periodista de Catalunya Ràdio, Albert Mercadé, titulado “Manual electoral per a despistats i com estalviar-vos una setmana de campanya”. (Estalviar-vos significa ahorraros.) Con brevedad que siempre es digna de agradecer, el autor nos explica en rápidas pinceladas las nueve opciones políticas que se presentan a las elecciones autonómicas catalanas del 14 de febrero: A las ocho primeras (desde la CUP hasta el PP, pasando por Comuns, ERC, Junts, PDeCAT, PSC i Ciutadans) dedica una media de 74 palabras. A la última, Vox, exactamente 16, que traduzco: “Papelera de la historia. El único presente que puede tener la extrema derecha en nuestra casa.” Ya está, no hace falta decir nada más. Lo que diga Vox no importa. Basta decir lo que es. Lo que yo os digo que es Vox, por supuesto: extrema derecha, fascismo, basura. Porque lo digo yo. Desde luego, no parece una actitud muy ilustrada frente a esa supuesta reacción. Y no deja de ser paradójico hablar de “nuestra casa” (casa nostra) para excluir de ella a los que supuestamente representan la exclusión y la xenofobia. Pero el título ya nos debería haber puesto sobre aviso: bajo su aparente ironía, no me cabe duda de que, en su fuero interno, el autor piensa que si solo votaran los periodistas, o siendo generosos los titulados superiores, todo iría mucho mejor. Por eso prescinden del argumento, del debate honesto, porque creen que la mayoría de la gente no está preparada para comprenderlos. La democracia tiene ese problema; a veces el pueblo no vota lo que la élite tiene previsto por su bien. Desde el Brexit y la elección de Trump se han renovado las voces (nunca apagadas del todo) de quienes piden limitar el alcance del sufragio universal (aunque suelen expresarlo en términos más eufemísticos) y sostienen, más o menos abiertamente, que un gobierno mundial de expertos y tecnócratas debería estar por encima de los estúpidos prejuicios (sin duda machistas, xenófobos y añádase aquí el repertorio extenso) de la gente corriente, de ese hatajo de deplorables, según los definió Hillary Clinton en 2016. Luego hubo sorpresas y madresmías porque los así insultados no la votaron lo suficiente en algunos estados. Y se multiplicaron los análisis coincidentes en un razonamiento circular, que es lo mismo que decir una carencia de argumento: los deplorables votan el Brexit, a Trump o a Vox… porque son deplorables.

Populismo para perezosos

Hay ciertos artículos que podrían ser escritos perfectamente por un programa de inteligencia artificial. Uno de ellos es el que nos instruye y previene contra los peligros del populismo, en alusión más o menos explícita a Trump, al Brexit o a Vox. Lo mismo puede estar escrito por un robot progresista que por uno conservador. La diferencia se halla en los ejemplos contemporáneos con los que ilustran sus tesis. El primero tiende a comparar a todo populismo con el nazismo, el patrón universal de medida del mal. También el conservador acostumbra a dejar entrever la alargada sombra de Hitler, pero si es español incluirá dentro de la categoría del populismo a Podemos y a los separatistas catalanes. Por lo demás, sus análisis son prácticamente intercambiables. El populismo se basa en atizar las bajas pasiones de la plebe, en el discurso del odio y en ofrecer soluciones simples a problemas complejos. Es un peligro que acecha siempre en los sistemas democráticos, por lo que hay que estar en permanente guardia contra él. El problema de este análisis es que se puede aplicar prácticamente a todo partido político. ¿Acaso la izquierda no fomenta el linchamiento de los que no comulgan con ella acusándolos de fascistas? ¿Acaso no ofrece soluciones simples a problemas complejos, como aumentar los impuestos a los ricos o dar papeles a todos los inmigrantes? ¿Es que no nos enseñó ya Aristóteles que ni la democracia ni ningún sistema político son eternos, que todos albergan en su seno los gérmenes de su autodisolución? Lamentablemente, muchos autores de este típico artículo no son robots. Me consta que algunos son personas inteligentes, como por ejemplo Josep Martí Blanch, cuyo libro Ets de dretes i no ho saps (Eres de derechas y no lo sabes, 2008) leí con agrado en su momento. Hace unos días ha publicado en el Diari de Tarragona un texto de título algo largo: “La ferida que infecta la democràcia. El populisme sempre dorm ben a la vora.” Desde el primer párrafo empieza comprando la versión oficiosa sobre el asalto al Capitolio, dando por hecho que fue instigado por Trump, cuestión sobre la que hay dudas más que razonables. Pero no entraré ahora en esto. Martí hace una serie de afirmaciones dentro del más puro “consenso de posguerra” (como denomina R. R. Reno en su libro El retorno de los dioses fuertes al pensamiento dominante en Occidente desde 1945,) como por ejemplo que la democracia se basa en “el reconocimiento de las ideas del otro”. Siempre y cuando no se salgan de ese mismo consenso, claro, en cuyo caso diremos que son ideas machistas, racistas y fascistas, y trataremos de excluirlas. Lo que demuestra que esa afirmación, aunque suene bien a nuestros oídos entrenados desde la infancia, es inaplicable y por tanto falsa. La democracia exige el reconocimiento del otro, el respeto a las personas, pero no necesariamente a sus ideas, a todas las ideas. Poner en cuestión ciertos dogmas del progresismo no es necesariamente negar la democracia; lo que la niega es impedir esta discusión. El resto del artículo sigue el patrón ya esbozado, y termina con un aparente esfuerzo de entender las causas del populismo, que también se atiene a la pauta canónica: tras reconocer vagamente que puede existir un malestar social, acto seguido retrata implícitamente a quienes puedan sufrirlo como unos pobres idiotas que se dejan dominar por emociones primarias como el miedo y el odio. Es significativo que acuse al populismo de utilizar el insulto como arma política, al tiempo que desliza un “hijo de puta” dirigido a Donald Trump, aunque sin nombrarle. Confieso que me da pereza contestar este tipo de artículos. Debería haber también un robot para ello, aunque me temo que los amos de Silicon Valley no estén por la labor, sino más bien todo lo contrario.

Tesis para una nueva década

Permítanme enunciarlo formulariamente: El trumpismo no ha muerto, aunque sería deseable que dejara de llamarse trumpismo. Para explicar esta tesis, debemos responder lógicamente, en primer lugar, a una sencilla pregunta: ¿Qué es el trumpismo? La definición oficiosa, la que nos han vendido durante cuatro años los medios de comunicación y las Big Tech, nos viene a decir que se trata de la enésima variante de una cosa llamada imprecisamente populismo, con ciertas peculiaridades accidentales achacables al personaje de Donald Trump, descrito como un grosero maleducado en el mejor de los casos, y como un fascista (autoritario, racista, conspiranoico, etc.) en el peor. Naturalmente, partiendo de esta definición, resulta imposible entender que el presidente saliente de los EEUU, pese a perder las elecciones, haya obtenido 11,2 millones de votos más que en 2016. Esto propicia un género periodístico en sí mismo, al que pertenecen todos esos artículos que tratan de explicarse la popularidad del gobernante, y cuya conclusión suele ser perfectamente previsible: sus votantes son unos pobres incultos e idiotas, frustrados porque han perdido sus empleos debido a la deslocalización industrial. La diferencia entre unos artículos y otros se reduce básicamente al grado de empatía hacia este tipo sociológico, que oscila desde el desprecio y el odio más indisimulados hacia millones de personas que no piensan como los autores, hasta una suerte de compasión condescendiente. Pero de nuevo, el incremento de votantes debido a un supuesto cabreo por razones económicas resulta incongruente con los datos de prácticamente pleno empleo y crecimiento (descontando los efectos de la pandemia made in China) conseguidos gracias a las políticas desreguladoras y de rebajas fiscales aplicadas por el todavía inquilino de la Casa Blanca, hasta el 20 de enero. Sin duda Trump ha recibido muchos votos nuevos de gente cuya situación personal ha mejorado bajo su mandato, pero a mí esta explicación me parece insuficiente para dar cuenta del fenómeno del trumpismo. Este no surge principalmente de una frustración económica, sino de un malestar mucho más amplio, de carácter cultural. Digámoslo ya: El trumpismo es una revuelta, al principio tal vez sorda e instintiva, pero cada vez más consciente de sí misma, contra las élites progresistas, que dominan en las administraciones de los países desarrollados y las organizaciones supranacionales, en los medios de comunicación, las grandes corporaciones tecnológicas y el sistema educativo. Es una revuelta del hombre común contra quienes tratan de imponernos a todos cómo debemos pensar y cómo debemos vivir, aplicando un terrorismo intelectual masivo, que criminaliza incesantemente, desde sus ubicuas pantallas, a aquellos que se resisten a plegarse al pensamiento dominante. Estoy hablando, por supuesto, del moralismo interseccionalista (género, raza), globalista y ecologista. En resumen, la cosa consiste en enseñarnos, como en la fábula de Orwell Animal Farm, que todos somos iguales, pero unos más iguales que otros. En la cúspide de la nueva jerarquía social estarían los transexuales no blancos, y en la base, la casta inferior compuesta por los varones blancos heterosexuales, que debemos aprender a pedir perdón por existir. El segundo elemento también establece una suerte de clases superior e inferior: la de los nómadas (desde inmigrantes de nula cualificación hasta miembros de la élite apátrida) y la de los desgraciados que están vinculados de más de un modo (sentimental, familiar, laboral) al lugar donde viven, y desean preservar la cultura y las costumbres de sus antepasados europeos. No menos importante es el tercer elemento, que remacha los dos anteriores tratando de abolir tanto sectores económicos enteros como comportamientos individuales que hipotéticamente atentan contra el planeta, erigido en una especie de nueva divinidad. Naturalmente, sólo por decir esto, soy calificado automáticamente como un homófobo, racista y negacionista del cambio climático. Un nazi, en definitiva. La ideología de estas élites actúa como si la Segunda Guerra Mundial no hubiera terminado en 1945, y la lucha contra un fascismo multiforme y omnipresente debiera proseguir sin pausa. Esto implica que las diferencias entre la democracia liberal y el comunismo (aliados contra natura en aquella contienda) no serían decisivas, lo cual inevitablemente lleva a un retorcimiento del verdadero sentido de la palabra democracia. Esta pasa a ser un republicanismo izquierdista, un régimen con un pensamiento oficial (“progresismo”) del que es lícito excluir a los discrepantes, sin importar su número. En estas condiciones, la existencia del trumpismo como rebelión contra esta democracia espuria no se explica por la aparición de un personaje histriónico, sino que obedece a la más profunda necesidad histórica, adopte las formas que adopte. Aquí es necesaria una aclaración: el asalto al Capitolio en Washington no debe llevarnos a error. Podría perfectamente haber sido provocado por elementos ultraizquierdistas infiltrados, que actúan, secundados por la tropa siempre disponible de los tontos útiles, como ejecutores de las decisiones de la élite progresista. Sea como fuere, lo que es claro es que tuvo el efecto de abortar la investigación parlamentaria de las elecciones, tal como proponía el senador Ted Cruz. Cui prodest, respóndanse ustedes mismos. Y haya habido o no fraude electoral en los Estados decisivos (excuso recordar que en el sistema de elección presidencial no basta con ganar en votos totales), lo que también es innegable es que los medios de comunicación, a despecho de su pretendida vocación informadora, se han negado a priori a divulgar los argumentos y las supuestas pruebas aportadas por los abogados de Trump. Es decir, si hubiera habido fraude, habrían tratado de ocultarlo de todos modos. Lo cual solo viene a confirmarnos que es vital recuperar la auténtica democracia, que se originó en la Atenas clásica, pero que cobró su forma contemporánea bajo el influjo de una creencia fundamentalmente judeocristiana: que el voto, entre otros derechos, de todo ser humano, sea cual sea su sexo, raza, cuna o creencias, vale exactamente igual. Ningún gobierno, ni ninguna arrogante expertocracia tienen derecho a imponer al pueblo lo que ellos crean que es mejor para el pueblo, sin contar con el pueblo. Pueden llamar populismo a esta idea, pero si lo hacen para meter en un mismo saco a Trump, Maduro, Iglesias o Puigdemont, seguirán preguntándose por qué más de 74 millones de americanos han votado al primero, y seguirán sin entender absolutamente nada de lo que sucede en el mundo.

Atenas y Jerusalén

Anoche terminé de leer El lado correcto de la historia, de Ben Shapiro. Publicado el año pasado en los EEUU, y recién aparecida la traducción española de la mano de Diego Sánchez de la Cruz (Ed. Deusto), me atrevo a decir que tal vez nos hallamos ante el más importante ensayo político de lo que llevamos del siglo XXI. La tesis fundamental de Shapiro, joven abogado, judío ortodoxo, escritor y conferenciante, es tan sencilla como inobjetable: Occidente es la civilización que más ha hecho por elevar la condición moral y material del ser humano, gracias a dos pilares básicos: el judeocristianismo (con su doctrina de que todos los hombres son criaturas de Dios, iguales en dignidad) y el racionalismo nacido en la Grecia antigua, con su concepción de que el fin esencial del hombre se halla en el conocimiento y el autocontrol de su naturaleza pasional. “Si creemos que la vida es algo más que los placeres materiales o la huida del dolor, entonces somos hijos del pensamiento de Jerusalén y Atenas.” Pero ahora Occidente, o al menos su élite más o menos instruida, se ha empeñado en romper con ambas tradiciones y echarlo todo a perder. Por un lado, desde la Ilustración se ataca sin descanso al cristianismo, promoviendo el mito secularista de un conflicto insalvable entre la fe y la razón, y caricaturizando a la primera como una superstición trasnochada. Por el otro, sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial, cada vez se ve más asediada la propia razón, a la que se acusa de eurocéntrica y patriarcal, y se la tiende a desplazar por el emocionalismo histérico de las políticas identitarias, que tratan de prohibir cualquier debate que cuestione su victimismo, así como por un hedonismo materialista y carente de propósito. No es casual que después de derrocar la religión se trate de derrocar la racionalidad: “la noción misma de la razón, entendida como la existencia de argumentos lógicos que guían nuestro comportamiento, es ajena al materialismo científico. Si somos solamente un conjunto de neuronas y hormonas, ¿por qué habría que apelar a la razón? ¿Por qué invocar argumentos?” Shapiro sostiene que las dos guerras mundiales y los totalitarismos del siglo pasado fueron consecuencia de habernos apartado de nuestros orígenes. Y que en el momento presente estamos coqueteando de nuevo con el desastre, con una regresión a los viejos demonios del tribalismo, la tiranía y la miseria. El autor desarrolla y argumenta esta tesis, en una apretada síntesis de poco más de trescientas páginas, recorriendo toda la historia del pensamiento, desde la Biblia, Platón y Aristóteles, hasta los ensayistas de moda más recientes, como Pinker o Harari. Es en el detalle donde, pese a inevitables simplificaciones y omisiones debidas a la relativa brevedad del texto, Shapiro consigue mostrar con gran perspicacia la singularidad del puente entre las dos tradiciones, entre el judeocristianismo y el humanismo griego, sin negar las tensiones entre ambas, que por supuesto las ha habido. Cometemos un error fatal cuando explotamos y agudizamos esa tensión interna, en lugar de tratar de salvarla y convertirla en fructífera, como lograron hacer los Padres Fundadores de los EEUU. De hecho, mucho antes, “el nacimiento del cristianismo representó el primer intento serio de fusionar el pensamiento judío con el griego.” Frente a la visión torpemente maniqueísta de la historia como una lucha entre la luz y la oscuridad, en la cual los progresistas contemporáneos se hallarían del lado de la primera, Shapiro, no sin cierta provocación, cuestiona quiénes están realmente en el lado correcto de la historia; que no son precisamente los que hoy hacen más ruido, negándose a dejar hablar a los discrepantes, ni los que detentan el discurso hegemónico en los medios de comunicación.