Cambioclimatismo y cristianismo. Réplica a Luis I. Gómez

Hay un sector del liberalismo que sigue empeñado en incluir al cristianismo en el capítulo de las cosas que debemos ir superando, por tratarse de una forma de pensamiento primitivo, incompatible con la racionalidad y la ciencia. Por lo general es un liberalismo agnóstico o ateo bastante civilizado, muy alejado de los comecuras y asaltacapillas de izquierdas, pero que incurre en apreciaciones sobre la fe cristiana bastante torpes, aunque sean formuladas en un lenguaje comedido.

Uno de los subgéneros literarios favoritos del liberalismo agnóstico o ateo es el basado en criticar determinadas ideologías o sistemas filosóficos (el socialismo, el ecologismo radical, el psicoanálisis, etc.) tratando de demostrar que no son más que un sucedáneo del cristianismo, una especie de recaída lamentable en el irracionalismo y la superstición, aunque la encubran con lenguaje mundano e incluso ostenten apariencia “científica”.

Aprovecho para apuntar aquí un aspecto curioso de dicho subgénero, y es que suele despertar entusiasmo entre no pocos creyentes cristianos, cristianos culturales o liberal-conservadores, que se zampan cualquier línea de argumentación contra el progresismo y el izquierdismo, aunque parta de premisas anticristianas o específicamente anticatólicas que, planteadas en otro contexto, probablemente les parecerían ofensivas. Incluso vulgarizan esa literatura, adoptando con ligereza para uso propio expresiones como “dogmático”, “inquisitorial”, “medieval”, etc., con toda su carga “inocentemente” cristianófoba. Como si fuera necesariamente malo todo dogma proclamado y no el introducido a hurtadillas; como si la inquisición no hubiera sido un dechado de garantismo en comparación con las persecuciones de católicos y de brujas realizadas por los protestantes o como si la Edad Media hubieran sido mil años de oscuridad y opresión; todo ello creencias populares fundadas en la más crasa ignorancia.

A fin de ejemplificar lo que decimos, viene de perlas una entrada del muy estimable blog de Luis I. Gómez titulada “La teología del cambio climático. Medievalismo preindustrial”, que resume de manera entrañablemente ingenua la colección de tópicos neoilustrados en los que nuestra cultura vive inmersa, y de la cual los liberales agnósticos constituyen una de sus ramas o variantes.

Afirma Gómez: “A finales de la Edad Media, el hombre occidental comenzó a emanciparse de la hasta entonces omnipresente ideología religiosa mediante el uso de su inteligencia y el desarrollo de la lógica.” Es decir, que hasta hace unos cinco siglos, a los europeos no se les había ocurrido utilizar la inteligencia ni la lógica. Tela marinera, que diría un castizo.

El texto continúa en este estilo que, por su tono brutalmente simplificador, recuerda a cualquier manual de la asignatura de Educación para la Ciudadanía introducida por Rodríguez Zapatero:

“De este movimiento emancipador surgió la Ilustración. Se declara a la razón como la fuente universal del juicio, con la que es posible liberarse de las ideologías tradicionales, rígidas y anticuadas. (…) Con la Ilustración, la ciencia logró, por fin, liberarse de la camisa de fuerza de la superstición y comenzó a crear su visión del mundo.”

Gómez relata entonces cómo la Ilustración dio paso a la revolución industrial (¡de la Enciclopedia a la máquina de vapor!) que a su vez produjo un crecimiento económico exponencial, sin precedentes en la historia. Pasamos así de unas economías de subsistencia dependientes “del Dios de la lluvia” a la moderna sociedad industrial, basada en las enormes cantidades de energía obtenidas de los combustibles fósiles. Y acto seguido llegamos al nudo de este edificante relato. Cuenta el autor:

“Deberíamos estar felices e intentar que nuestra prosperidad alcanzase los últimos rincones del planeta, pero no es así: tenemos mala conciencia… porque nos va bien.”

Vuelven los viejos demonios de la superstición, ahora travestidos como cambioclimatismo. La nueva religión no habría hecho más que sustituir a Dios por Gaia (la Tierra), el Infierno por el calentamiento global, las bulas y penitencias por los impuestos ecológicos y la Salvación por “el paraíso descarbonizado en 2100”.

La comparación, más o menos forzada, entre ideologías terrenales y el mensaje de salvación cristiano no es nada nueva. George Steiner apuntó ideas parecidas ya en los años setenta, rastreando paralelismos entre el judeocristianismo por un lado, y el marxismo, el psicoanálisis y el estructuralismo (entonces en boga) por otro. Similitudes a las que se refirió como “nostalgia de lo absoluto”. Y por supuesto no podemos evitar remontarnos a Nietzsche, que concebía el socialismo como el último avatar de una secular rebelión de esclavos resentidos, abanderada ya por Sócrates, pero que llegó a su máxima expresión con el cristianismo.

Ahora bien, concediendo sin demasiados problemas que los paralelismos entre ideologías terrenales mesiánicas y cristianismo tengan algo de verdad, queda por dilucidar lo que esto significa. ¿Esas ideologías están equivocadas porque son una recaída en el irracionalismo religioso, o bien yerran precisamente en la medida en que se apartan del pensamiento cristiano y lo desfiguran, parodian o parasitan, según el procedimiento más o menos reconocible de anteriores herejías?

Para responder cabalmente a esta cuestión, deberíamos adentrarnos en el estudio de la historia del pensamiento y del conocimiento. Descubriríamos entonces que el relato ilustrado de la lucha entre razón y fe, con momentos estelares como el caso Galileo, es un montaje propagandístico infumable, que no sólo exagera y deforma, sino que llega a invertir lo que realmente ocurrió. Pero esta tarea supera con creces las intenciones mucho más modestas de este escrito. En lugar de ello, voy a proponer otra línea de reflexión para delimitar un poco más el problema.

Supongamos que realmente las ideologías seculares no fueran más que enésimas reediciones del mesianismo judeocristiano, ¿por qué se producirían una y otra vez estas recaídas? ¿Qué es lo que llevaría al ser humano a despreciar los evidentes beneficios de la ciencia y la técnica para entregarse periódicamente a los dudosos consuelos del irracionalismo y la superstición?

Los progresistas suelen ensayar diversas respuestas de índole psicológica y sociológica, sin considerar otra posibilidad, como es que quizás esos reiterados brotes de irracionalismo demostrarían que el relato neoilustrado podría ser en gran medida mitológico. Que la modernidad no sería la era de la razón que nos han enseñado, vencedora en una épica lucha contra la supuesta oscuridad medieval, sino por el contrario una profunda crisis de la razón, exacto reverso de la crisis de fe, y que dio lugar a una explosión de ideologías desnortadas, compitiendo por ocupar el vacío resultante.

Esto me lleva a caer en la cuenta de otro paralelismo. Los que se lamentan por la persistencia de la “religión”, creyendo detectarla incluso en las formulaciones más laicas, recuerdan poderosamente a los que deploran la capacidad de supervivencia del “patriarcado”, en alerta constante ante las mil epifanías del machismo. Frecuentemente aparecen artículos periodísticos señalando la llamada “brecha de género” en los estudios y profesiones. Todos se escandalizan de que los hombres y las mujeres se obstinen en elegir carreras y profesiones distintas (ellos más de tipo técnico, ellas más de tipo social), atribuyéndolo a la persistencia o retorno de estereotipos y prejuicios caducos. Nunca se plantean siquiera la posibilidad de que la ideología de género esté equivocada, que las diferencias psicológicas entre sexos carezcan de una causa exclusivamente cultural, y obedezcan en cambio a otras de tipo biogenético.

Algo similar podría ocurrirles a los neoilustrados, que no conciben siquiera la hipótesis de que sus sobadas ideas sobre el presunto conflicto entre razón y fe podrían ser falaces.

Este error de juicio tiene consecuencias paradójicas y devastadoras. La crítica anticristiana del sector agnóstico y ateo del liberalismo deja gravemente tocado al propio liberalismo, cuya concepción central de la libertad individual queda en el aire si la desconectamos de su origen cristiano. Decía Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio, precisamente dedicada a uno de los motivos clásicos del pensamiento cristiano católico, la íntima relación entre fe y razón, que si eliminamos la dimensión trascendente de la persona, esta “acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica.” He ahí la esencia de los totalitarismos secularistas que combate el liberalismo, de los colectivismos que reducen al individuo a una mera pieza en la maquinaria social. Un individualismo adánico o por mejor decir amnésico, desarraigado de la tradición judeocristiana, como hoy está en alza, muta en estatalismo tan fácilmente como se le da la vuelta a un calcetín.

Para el pensamiento judeocristiano, el error fundamental del ser humano consiste en buscar consciente o inconscientemente la salvación en algo distinto de Dios, y en especial en entenderla como algo que depende exclusivamente del hombre, ya sea por procedimientos mágicos o técnicos. Esto bastaría para distinguir drásticamente el cristianismo del socialismo, la ideología de género o el “cambioclimatismo”. Esta última, en concreto, aunque Gómez la presente como una regresión a épocas preindustriales, lo confía todo en la capacidad del hombre de detener o aminorar el cambio climático, que supuestamente habría iniciado él mismo, mediante el desarrollo entre otras cosas de tecnologías “limpias”, y exhibiendo de paso una ignorancia apoteósica sobre cómo funciona la innovación, como si con resoluciones políticas y burocráticas pudiera avanzar la teconología.

De nuevo, Juan Pablo II, en el documento citado, lo expresó con nitidez:

“Diversos sistemas filosóficos [vale decir, ideologías], engañándolo [al ser humano], lo han convencido de que es dueño absoluto de sí mismo, que puede decidir autónomamente sobre su propio destino y su futuro confiando sólo en sí mismo y en sus propias fuerzas. La grandeza del hombre jamás consistirá en esto. Sólo la opción de insertarse en la verdad, al amparo de la Sabiduría y en coherencia con ella, será determinante para su realización. Solamente en este horizonte de la verdad comprenderá la realización plena de su libertad y su llamada al amor y al conocimiento de Dios como realización suprema de sí mismo.”

El conflicto no es ni ha sido nunca entre fe católica y razón, sino entre la concepción del Dios que se ha hecho hombre y la de quienes creen que el hombre puede ser un dios. Estos últimos son quienes emplean una idea puramente instrumental de la razón, que rechaza cualquier enunciado no reducible a lo experimental, es decir, a lo que el hombre realiza o manipula. Pero esta concepción positivista es tan dogmática como la opuesta, porque se basa en algo tan absolutamente indemostrable como negar que exista lo que no podemos percibir, directa o indirectamente, mediante nuestros sentidos. Y el problema no es que sea dogmática, sino que no lo reconozca. Porque un dogma oculto es un dogma que se escabulle de la crítica.

La gran mentira sobre la cual se ha construido buena parte del pensamiento moderno es no admitir honradamente su carácter dogmático, a diferencia de lo que ha hecho siempre la Iglesia, exponiendo formalmente a la luz pública, y hasta con pompa y boato, los dogmas en los que se expresa la fe católica. Nos han vendido toda la vida el cuento de que lo racional es carecer de cualquier dogma, y de que modernidad y racionalidad son sinónimos, cuando lo cierto es que tenemos más dogmas subrepticios que nunca, como el dogma de que el género es una construcción cultural, el dogma del cambio climático antropogénico y muchos más. Sin olvidar el dogma de que el cristianismo es propio de edades oscuras, a pesar de que, en palabras de Chesterton, “la Iglesia fue la única que nos sacó de ellas.”

Peor que el miedo es la ceguera

Europa occidental sufre una oleada de terrorismo islamista desde hace algo más de dos años y medio. Son más de trescientas las personas asesinadas desde la matanza de París, en enero de 2015, contra la revista Charlie Hebdo. Los países más golpeados: Francia, seguida a considerable distancia de Bélgica, Reino Unido, Alemania… y ahora España. Hay serios indicios de que el atentado que planeaban los yihadistas en Barcelona podía haber sido indeciblemente peor. Igualmente, el atentado semifrustrado en la localidad tarraconense de Cambrils habría causado muchos más muertos y heridos, si no hubiera sido por la inmediata y contundente intervención de la policía, que abatió a cinco terroristas.

Quien escribe vive en Tarragona, a veinte kilómetros de Cambrils. Gracias a Dios, nadie de mi entorno se vio afectado, aunque por poco. Una sobrina mía se hallaba en un bar, en la misma zona del tiroteo, cuando sucedió todo, y entró la policía ordenando a los presentes que abandonaran el local a toda prisa. Un amigo acababa de pasar por allí media hora antes. Mi mujer, mis hijos y yo podíamos perfectamente haber estado paseando por las inmediaciones, a esa hora, después de haber cenado en alguno de los numerosos restaurantes de ese encantador pueblo turístico, como hemos hecho muchas veces. En suma, he visto el terror más cerca que nunca.

La reacción cívica al atentado se ha expresado con el lema “no tengo miedo”. Es una forma de decirles a los terroristas que no han conseguido su objetivo, el cual sería, como la misma palabra que los define indica, aterrorizarnos. Sin embargo, sentir miedo es algo natural y, dentro de ciertos límites, perfectamente racional. El miedo es un mecanismo de defensa, en el sentido de que nos conduce a tomar precauciones adecuadas y a no correr riesgos innecesarios. Es bueno que intentemos recuperar la normalidad, pero sin caer en la inconsciencia o el autengaño, como si aquí, en Cataluña, en España, en Europa y en el mundo no pasara nada. Está pasando y es muy grave. Nos han declarado hace tiempo la guerra.

Sobre todo, recelo del “no tinc por” porque se queda en el aspecto más superficial de las motivaciones de los yihadistas. Evidentemente que quieren causar terror, y además lo consiguen, digamos lo que digamos, al menos durante unas horas. Pero para ellos el miedo sólo es un medio, valga el juego de palabras. Uno de sus medios. Su objetivo último es imponer el islam en Europa, como repiten incansablemente a quien quiera escucharles. No pretenden alterar nuestras rutinas diarias sólo por fastidiar; no es verdad que si modificamos en algo nuestra vida cotidiana, ellos habrán conseguido lo que buscan. Son por supuesto mucho más ambiciosos que eso. Por el contrario, la idea de que si continuamos haciendo y diciendo lo mismo de siempre como si nada hubiera sucedido, ya hemos vencido, puede ser una de las más estúpidas desde que Chamberlain y Daladier regresaron de Munich anunciando poco menos que la paz perpetua.

Para empezar, una de las cosas que deberíamos dejar de hacer, es repetir todos esos mantras y eslóganes hipnóticos de que el islam es amor, de que los yihadistas no tienen nada que ver con el “auténtico” islam, que la gran mayoría de musulmanes están en contra de la violencia sólo por el hecho de que no son cómplices directos de los actos terroristas, que el problema no es el islam sino la islamofobia… Pues lamentablemente, esto no es cierto.

La islamofobia hoy por hoy no es un problema ni lejanamente comparable al balance de miles de asesinatos del islamismo en todo el mundo. En Tarragona alguien arrojó pintura roja al consulado de Marruecos. Y en Montblanc, un pueblo del interior de la provincia con una bien conservada muralla medieval, han aparecido pintadas amenazantes en la persiana de una mezquita. Sin duda, se trata de gamberradas propias de gente de escasas luces, pero equipararlas al asesinato de catorce personas resulta un despropósito.

Los medios se esfuerzan en hacernos creer que los musulmanes moderados, que condenan la violencia, son la gran mayoría. Pero lo cierto es que las pocas veces que los vemos manifestarse, en escaso número, sus eslóganes se centran más en exculparse, en proclamar que el islam no es terrorismo, que en rechazar el yihadismo con rotundidad y claridad, y dejando para ocasión más oportuna protestas victimistas.

Hay que decir las cosas como son. El islam sí es el problema. La mayoría de musulmanes podrán no compartir los métodos terroristas, aunque sólo sea porque los consideren contraproducentes, pero la mayoría simpatiza con sus objetivos, a tenor de las encuestas. La mayoría está a favor de implantar la ley islámica incluso en aquellos territorios en que su religión es minoritaria. Por lo demás, como señala la periodista Brigitte Gabriel, que casi todos los musulmanes sean pacíficos es tan irrelevante como que también lo fueran los alemanes en la época nazi, o los rusos y los chinos bajo el comunismo. El carácter pasivo de las masas no hace mejor al totalitarismo, y probablemente sea una condición de su fuerza.

Los millones de musulmanes que residen en Europa occidental suponen un problema de seguridad difícil de exagerar, porque son el caldo de cultivo del terrorismo, y además un entorno en el que este se camufla con facilidad.

Pero la población musulmana es sobre todo un problema político, porque constituye el sujeto que los terroristas pretenden redimir. Es el motivo principal por el cual actúan, el que desde su punto de vista justifica su existencia. Donde no hay musulmanes no sólo es materialmente difícil exportar hoy la guerra santa, sino que carece de sentido. El islam no puede hoy conquistar tierras de “infieles” por métodos militares convencionales, porque está en franca inferioridad con Occidente, en el plano tecnológico y económico. Necesita, en primer lugar, invadir territorios mediante migración pacífica.

Afirmar que la solución está en la integración es una tautología estupenda, del tamaño de decir que la solución del asesinato es que haya más respeto por la vida humana. Los perfiles de los terroristas demuestran que su radicalización no procede de haber sido excluidos por la sociedad. Muchos de ellos recibían subsidios, participaban en actividades culturales y deportivas, han estudiado en nuestras escuelas e incluso universidades. Otros han pasado por la delincuencia común, al igual que tantos europeos nativos, a los que sin embargo no les da por la guerra santa tras un redescubrimiento de sus raíces culturales. Quien redescubre el cristianismo huyendo de las drogas y el delito suele rehacer su vida, incluso dedicarla a causas solidarias, exactamente al contrario que esos jóvenes que redescubren el islam de sus mayores a través de internet y deciden morir matando al mayor número de infieles.

Por supuesto, por si alguien pensaba que estoy sugiriendo algo así, no podemos deportar a veinte millones de musulmanes de Europa. Además de materialmente descabellado, sería ante todo un crimen que va contra nuestros valores religiosos, morales y políticos. Pero sí podemos hacer algunas cosas moralmente irreprochables, aunque no queden muy bien como discurso de una candidata a un premio de belleza. Primero, expulsar a todos los que no trabajen, cometan pequeños delitos o prediquen la guerra santa. Segundo, limitar físicamente la entrada de musulmanes a través de nuestras fronteras y tercero, dejar de atraer a la inmigración con la promesa irresistible de este El Dorado del bienestar, a cargo del contribuyente, en que se ha convertido Europa. Muchos huyen de la miseria y las guerras, sí, pero posiblemente podrían dirigirse a otros países musulmanes, donde experimentarían muchos menos problemas de integración. O mejor aún, podrían quedarse en los suyos y luchar para levantarlos, cosa menos seductora aunque probablemente mucho más beneficiosa para todos, a la larga. Y posiblemente se evitarían más muertes por naufragio en el Mediterráneo que todas las ONG que colaboran con los traficantes de personas.

En cuarto lugar, tenemos la tarea más complicada, pero más fundamental de todas. Debemos recuperar nuestras raíces cristianas y humanistas. Si consideramos las leyendas negras antiimperialistas y anticristianas que hemos creado y difundido alegremente en contra de nosotros mismos, no puede sorprendernos que los musulmanes nos desprecien y se refugien en una identidad que consideran (erróneamente) la única alternativa seria a la corrección política y al relativismo.

Ya que hablamos tanto, en respuesta al yihadismo, de que no debemos renunciar a nuestros valores, es hora de que los rescatemos en su pureza original, y nos desprendamos de las capas de suciedad ideológica que los han desfigurado hasta volverlos casi irreconocibles. Es cierto que el judeocristianismo y el humanismo clásico chocan también con el islam, quizás casi tanto como las necedades de la ideología de género o el animalismo. Pero si el conflicto es inevitable, al menos que valga la pena lo que defendemos.

Soldados del feminismo

De Javier Cercas sólo he leído Soldados de Salamina. Dejando de lado el carácter ideológicamente trucado de la novela, reconozco que disfruté con su hábil combinación de realidad y ficción. Hay que separar siempre entre calidad literaria e ideas. Pero cuando un autor vomita exabruptos como el artículo de El País titulado “Feminismo salvaje”, se torna realmente heroico atenerse a esa máxima.

Dice el escritor en el citado artículo cosas como estas:

“…si don Quijote estuviera vivo (…) se dedicaría a perseguir por tierra, mar y aire a esos hijos de mala madre que maltratan y asesinan mujeres y, una vez los hubiera pillado, sin fórmula de juicio les cortaría el rabo y los testículos, se los metería en la boca (…) y los abandonaría en mitad de Los Monegros para que murieran al sol en medio de horribles tormentos.”

“No entiendo que, mientras unos cobardes de mierda matan mujeres indefensas a diario, no broten como hongos comandos de mujeres armadas que imiten a don Quijote y se tomen la justicia por su mano y se dediquen a cortar rabos y testículos y todo lo demás…”

“En resumen, hay quien piensa que el feminismo se está volviendo de un tiempo a esta parte extremista y ya está yendo demasiado lejos; yo lo que pienso es que de momento, y hasta nueva orden, la forma más extremista de feminismo es demasiado moderada.”

Esta furia emasculadora puede entenderse como una mera licencia literaria, como un simple desahogo verbal de quien trata sólo de expresar su comprensible odio y desprecio hacia los asesinos y maltratadores de mujeres. Pero Cercas no puede ignorar que en este mundo desquiciado “la forma más extremista de feminismo” ha propuesto exterminar a los hombres o recluirlos en campos de concentración. Y que las formas que pasan por moderadas han conseguido imponer leyes que eliminan garantías procesales como la presunción de inocencia del varón, y que estigmatizan como “maltratador” a un desgraciado que, en una discusión acalorada, ha pronunciado alguna grosería o le ha dado un torpe empujón a su mujer, metiéndolo en el mismo saco que a un sádico torturador y asesino.

Se suponía que un intelectual es alguien que sabe ir más allá de las ocurrencias de tertulianos de taberna: esos que aseguran, entre copa y copa, que todos los males patrios se solucionarían ahorcando a los corruptos, fusilando a los especuladores o castrando a los “maltratadores” sin juicio previo. Sin embargo, en estos tiempos en que la ultraizquierda telechavista ha puesto en circulación el término “cuñadismo” para ridiculizar a quienes no comulgamos con sus ideas comunistas o criptocomunistas, el cuñadismo progresista alcanza niveles inéditos.

No se trata sólo de unos pasajes desafortunados. El autor empieza con una autoconfesión de machismo digna de las autohumillaciones de los célebres juicios de Moscú durante el estalinismo. Y no se detiene ahí: sin la menor concesión de matiz, acusa a todos los varones de ser “en lo esencial una panda de descerebrados borrachos de testosterona y únicamente ocupados en beber cerveza y averiguar quién es más macho mientras provocamos catástrofes”. Que, digo yo, entre birra y birra algunos han tenido tiempo de pintar la Capilla Sixtina, componer la Quinta Sinfonía y publicar la Teoría de la Relatividad. Incluso se registran casos en la Historia de hombres que han formado una familia junto a sus esposas y han enseñado a sus hijos que no hay que pegar, robar ni decir tacos.

Todas esas expresiones tremebundas pueden parecer, al igual que los pasajes anteriormente transcritos, meros ejemplos de calentones verbales. Pero tales excesos parten de unos supuestos que casi todo el mundo ha terminado interiorizando, tras décadas de propaganda incesante. Lo cual significa que siempre puede haber alguien lo suficientemente consecuente para no considerarlos excesos.

La premisa fundamental de Cercas, y del pensamiento hoy dominante, es que las mujeres han estado durante milenios oprimidas brutalmente por los hombres, y que sólo ahora, desde hace unas décadas, empiezan a sacudirse su dominio. Ahora bien, permítanme una reflexión. Parto de la base de que las mujeres son, en promedio, tan inteligentes como los hombres. Incluso tenemos indicios (como lo son sus calificaciones académicas, sus menores tasas de delincuencia y menor afición al riesgo estúpido) de que gozan de una inteligencia global superior al otro sexo. ¿Cómo entonces se habrían dejado dominar por los varones desde el paleolítico?

No me vale la explicación de que los hombres se han beneficiado de su mayor fuerza física, cuando siempre hemos entendido que la inteligencia es precisamente la facultad que le ha dado al ser humano la superioridad sobre el resto de animales. Tampoco me valen los ejemplos de tantas injusticias sufridas por las mujeres, como si no fueran al menos tan numerosas las padecidas por varones, y como si pudiera ignorarse el hecho de que en todas las épocas y culturas hayan sido estos las víctimas mayoritarias de los trabajos más duros y penosos, así como de la violencia, tanto en circunstancias bélicas como de paz. Cosa que se puede demostrar gráficamente comparando las mortalidades femenina y masculina de cualquier pirámide de población. No hay ninguna guerra de los hombres contra las mujeres, aunque los informativos televisivos nos lo quieran hacer creer con sospechosa insistencia, llevando el conteo de mujeres muertas por violencia de pareja y callando el de hombres asesinados o que se suicidan sin matar a nadie.

Sostengo que la dominación universal del hombre sobre la mujer es un mito, entre otras cosas porque no puede ser verdad a la vez (1) que las mujeres y los hombres sean igual de inteligentes y (2) que en todos los tiempos y culturas los segundos hayan dominado a las primeras. En mi opinión, la segunda tesis es falsa. Es el feminismo quien se empeña denodadamente en hacer de las mujeres una suerte de eternas menores de edad, que necesitan ser emancipadas, como si fuera verdad la primera tesis.

Sostengo también que los dos sexos, desde la prehistoria, han asumido espontáneamente una eficaz división del trabajo de evidente origen biológico, gracias a la cual ha sobrevivido y se ha multiplicado nuestra especie, atravesando las largas edades en que la mortalidad infantil era abrumadora y las condiciones de vida en general mucho más duras que las actuales. Y que esta división del trabajo, como incidentalmente reconoce el propio Cercas en su artículo, ha sido plenamente aceptada y transmitida culturalmente tanto por las mujeres (madres y abuelas, en su función educadora) como por los hombres, hasta hace dos días.

Lo que en tiempos muy recientes ha cambiado drásticamente es que vivimos en sociedades mucho más prósperas, lo cual es causa y efecto a la vez de una mayor libertad individual. Por eso la revolución científica y tecnológica se ha producido en Occidente, una civilización más respetuosa con el individuo que las civilizaciones asiáticas, gracias a sus raíces clásica y cristiana. La persona, sea cual sea su sexo, se ve hoy mucho menos presionada por la comunidad para elegir su propio camino vital. Y esto es bueno, aunque como todo en esta vida, también puede ir demasiado lejos, llevándonos a la descohesión social y la ruptura de la continuidad generacional. Allí donde impera el individualismo narcicista del carpe diem, nadie se hace responsable de lo que ocurra en el futuro. Formar familias, criar hijos, con los esfuerzos y renuncias que ello implica: que lo hagan otros, que vengan inmigrantes, que se ocupe el Estado.

Pero justo cuando el individualismo ha alcanzado su punto culminante en la historia, probablemente necesitado de una serena corrección, surge una reacción tan inoportuna como destemplada. Entran en escena los colectivistas que clasifican a los individuos según su género, que supuestamente se elige… Pero, ¡ay del homosexual o del transexual que se lamentan de su “elección”! Libres para entrar, pero no para salir. Los nuevos colectivistas utilizan las categorías de género (como los totalitarios de quienes son hijos espirituales emplearon las de clase o raza) para dar rienda suelta a un odio revanchista que tarde o temprano fomenta los crímenes más atroces; invariablemente justificados por la acumulación de un largo memorial de agravios e iniquidades pretéritas y presentes, magnificadas o inventadas.

De momento, las feministas más radicales no van por ahí castrando ni matando hombres, aunque sus actos vandálicos y terroristas de “baja intensidad”, en especial contra la Iglesia, aumentan de día en día. Lo que sí hay es quien defiende la justicia popular contra el macho, sin jueces profesionales, abogados defensores ni todas esas formalidades burguesas. Se me ocurren pocas cosas más despreciables que quien azuza la androfobia para hacerse perdonar su condición varonil. Quizás la de aquella pintada, creo que apareció en una pared de Vigo, que tras el 11-S pedía: “Osama, mátanos”.

 

 

 

Los separatistas tienen razón

El gobierno autonómico de Cataluña está apoyado parlamentariamente por el partido que ha mandado durante décadas en esta región, el cual ha cambiado de nombre por su implicación en la corrupción institucional conocida popularmente como “el tres por ciento”.

Lo apoya además la Esquerra Republicana, el mismo partido bajo cuyo gobierno, durante la guerra civil, se produjeron miles de asesinatos de religiosos y “burgueses” y se expropiaron innumerables propiedades; y que en los tiempos actuales no ha ocultado su cercanía ideológica a grupos terroristas como Terra Lliure y la ETA.

Por último, el Govern recibe también el apoyo de la CUP, grupo comunista que ataca violentamente al turismo y a cualquiera que no le guste, además de sostener posiciones ultrafeministas contra la familia y la Iglesia que faltan al respecto a la mayoría de la gente.

Pues bien, este Govern trata abiertamente de instaurar una república separada de España en Cataluña, violando la Constitución democrática (aprobada por la mayoría de catalanes en 1978), el Estatut catalán y numerosas leyes de menor rango, además de sentencias del Tribunal Constitucional, entre otros tribunales. Eso sí, pretende que los ciudadanos catalanes estaremos obligados a pagar nuestros impuestos al nuevo Estado y a obedecer todas las leyes que los secesionistas promulguen.

Frente a esta clara sedición, el Gobierno español, en lugar de suspender al Govern y de detener y procesar a sus miembros, toma medidas como fiscalizar sus gastos para impedir el anunciado referéndum de independencia, o como estudiar si se produce un incumplimientio de la Ley de Protección de Datos. Que es como si, ante los preparativos evidentes de unos atracadores frente a la sede de un banco, la policía se limitara a ponerles una multa de aparcamiento y a expedientarles por no tener la ITV en vigor.

A todo esto, los sediciosos replican denunciando, como siempre, que “Madrid ens roba“,  y ante los discretos impedimentos judiciales que sufren, que España es una dictadura por no permitirnos votar a los catalanes.

Hay que tener realmente la cara muy dura para afirmar tales cosas, cuando los catalanes hemos votado decenas de veces desde que se instauró la democracia; cuando la renta per cápita de Cataluña es un 20 % superior a la media nacional; cuando la Generalitat cuenta con varios canales de televisión, prensa sumisa subvencionada, controla el sistema educativo, la sanidad y dispone de una nutrida policía autonómica; y cuando los partidos nacionalistas llevan décadas influyendo en los gobiernos de Madrid gracias a una ley electoral que los sobrerrepresenta en el Congreso. Esta es la terrible dictadura española.

Sin embargo, nunca faltan exquisitos equidistantes que critican al gobierno no por su inacción, sino por no mostrarse “dialogante”, y por no elaborar una propuesta que nos permita a los catalanes sentirnos cómodos (todavía más) dentro de España.

Definitivamente, hay que reconocer que los separatistas tienen razón en una cosa: en tomarnos a los demás por perfectos idiotas.

La esclavitud progresista

Nuestro tiempo rinde un culto palabrero a la libertad individual, y al mismo tiempo prohíbe a unos padres que puedan sacar a su hijo enfermo de un hospital, donde no le ofrecen ninguna esperanza de curación, a fin de someter al niño a un tratamiento experimental. (Caso Charlie Gard.) El niño muere poco después, sin que sepamos si se hubiera podido salvar o no. Probablemente no, pero ¿qué mal había en intentarlo?

Obsérvese que se trata exactamente de la situación opuesta a la de algunos padres, pertenecientes a una conocida secta, que son obligados a consentir una transfusión de sangre, en contra de sus creencias religiosas, para salvar la vida de su hijo. Aquí, un juez antepone, (correctamente, en mi opinión) el derecho a la vida del menor a la patria potestad; allí, otro juez antepone no entiendo muy bien qué (¿el aberrante “derecho a la muerte digna”?) a la patria postestad… y al propio derecho a la vida.

Existen numerosos ejemplos, de lo más variado, que desmienten la envanecida idea que tenemos de nuestra civilización como culminación histórica de las libertades. Un pastelero es condenado judicialmente por negarse a elaborar una tarta para una boda homosexual, en contra de sus convicciones cristianas. Un periodista (Hermann Tertsch) es condenado por relatar la participación del abuelo de un dirigente político en crímenes de la guerra civil. Un autobús es detenido y sancionado por las autoridades por mostrar una leyenda según la cual hombres y mujeres se distinguen por sus órganos genitales. Y me limito a enumerar sólo unos pocos casos recientes entre centenares.

Hay razones de sobra para sostener que, en la práctica, la libertad se considera sagrada, siempre y cuando no sirva para defender el cristianismo, la familia “tradicional”, o una verdad que choque contra la versión progresista oficial de la historia. Análogamente, podríamos decir que también la vida es sagrada (especialmente, la de un asesino en serie juzgado y condenado a muerte en Estados Unidos), salvo si se trata de la vida de un bebé no nacido, de un anciano o un enfermo terminal.

Por supuesto, lo anterior es de hecho la pura negación de la libertad. Ser libre para manifestarse o conducirse sólo en una dirección, la aprobada por la ideología progresista oficial, es una forma bastante cínica de referirse a la esclavitud. Y cada vez más, esto es lo que está sucediendo en nuestra civilización.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La libertad, tal como la entendieron los pensadores clásicos, es la capacidad del individuo de autogobernarse mediante su facultad racional. Quien se deja arrastrar por sus emociones no es libre, sino su sirviente. En la cultura judeocristiana, esta libertad es reflejo de la propia divinidad creadora. Ahora bien, la época moderna, en contra de la grosera fábula que nos han inculcado a todos, se caracteriza no por el triunfo del racionalismo, sino por la crisis de la razón clásica y medieval. Como dijo explícitamente el filósofo ilustrado David Hume, la razón no es, ni puede ser, más que una “esclava de las pasiones”. Aquello que llamamos racional, como motivo de la acción, es en realidad un determinado estado anímico en que los sentimientos apacibles predominan sobre otras pasiones más violentas; pero se trata en todo caso de sentimientos, al fin y al cabo. Nietzsche y Freud llevaron a sus últimas consecuencias un descrédito de la razón que ya estaba en germen en los orígenes de la modernidad.

Naturalmente, la crisis de la razón socava de raíz el concepto de libertad, entendida como el imperio de la razón sobre las pasiones. Pero el prestigio de la palabra permaneció inalterado y nadie quiso renunciar a él, a pesar a que el significado original se hubiera invertido por completo. Libertad llegó a significar anteponer el deseo a todo, remover cualquier obstáculo que se interponga a la voluntad, sea o no razonable.

Esta subversión del significado, perniciosa en sí misma, tuvo una consecuencia trascendental e igualmente funesta: al dejar de entenderse al individuo como ente racional, el sujeto de la acción política pasó a ser el colectivo: los trabajadores, los arios, las mujeres, los LGTB, los inmigrantes musulmanes, los catalanes, etc. Ahora se trata de emancipar a grupos, no a individuos. Y esta liberación sólo puede hacerse a costa de los individuos, por pura lógica. Cuando alguien asegura representar la “lucha” de un colectivo, tengan por seguro que defiende hacerle pagar el pato a otro, so pretexto de que pertenece a un colectivo enemigo, el de los opresores o parásitos. El culpable puede ser el empresario, el judío, el varón blanco heterosexual, el europeo nativo o el español. Pero que es culpable y que se merece ser odiado, jamás se pone en cuestión. Este es el supuesto que permite elaborar legislaciones que violan derechos humanos básicos, como la presunción de inocencia, la libertad de expresión, la de educación y la religiosa.

Por suerte, la verdad es indestructible, y el concepto clásico de libertad no ha sido nunca del todo olvidado, por más que la elite política, cultural y económica intente desterrarlo definitivamente con sus expresiones orwellianas. Como son el género, el empoderamiento, el derecho a decidir y un sinfín más. De esta manera pretenden convertirnos en un rebaño feliz y eficiente, donde la disidencia sea ya no perseguida, sino prácticamente imposible. Creo que vivimos en una época en la cual se decidirá si vencen definitivamente las elites progresistas o se producirá una poderosa reacción humanista, que nos lleve a redescubrir nuestros valores judeocristianos y clásicos. En definitiva, reencontrarnos con lo que somos.

La otra versión

Este verano, nuestros diligentes informativos televisivos nos están ofreciendo por capítulos un melodrama protagonizado por Juana Rivas, una madre española obligada a entregar a sus hijos, por orden judicial, a su marido maltratador, que reside en Italia. El vídeo de la señora llorando, describiendo el pánico de sus tiernos niños ante la perspectiva de caer en manos del monstruoso padre, a buen seguro habrá amenizado los chiringuitos del país, entre ración de patatas bravas y ración de calamares.

Cuando escribo estas líneas, Juana Rivas se encuentra en paradero desconocido con sus dos hijos, tras no aparecer en el punto de encuentro donde debía entregárselos al padre. Las manifestaciones feministas en apoyo a la madre no se han hecho esperar, con pancartas que proclaman “Juana está en mi casa”, en claro desafío a las instancias judiciales. Incluso el presidente Rajoy, que se declara tan respetuoso con los jueces, ha manifestado su comprensión por la señora Chivas.

Confieso que reacciono instintivamente cuando alguien trata de tocarme la fibra sensible. Mi primera reacción suele ser precaverme contra un posible intento de manipulación sentimental. Sobre todo cuando la víctima (pues la cosa suele ir en estos casos de víctimas inocentes y desvalidas) es una mujer, un palestino, un afroamericano o un gay. No porque tenga absolutamente nada en contra de las mujeres, los negros o los gais. Tampoco porque tenga nada en contra de las personas de religión musulmana, aunque admito que sí contra su religión, que no me gusta ni un pelo. No es por nada de esto. Es que simplemente sé, por experiencia, que los medios de comunicación ofrecen informaciones sistemáticamente sesgadas, cuando no groseramente tergiversadas, en apoyo de quienes pertenecen a los colectivos que ellos consideran los “buenos”, dentro de su maniqueísta y ultraizquierdista cosmovisión, implantada de serie por nuestro sistema lúdico-educativo.

Por eso, no pude menos que experimentar una franca satisfacción, espero que no del todo insana, al leer el oxigenante artículo de Arcadi Espada en El Mundo, titulado “Juana está en casa de Rajoy”. Quiero antes aclarar mi posición en relación con este periodista. Aprecio mucho su crítica del nacionalismo catalán, pues los catalanes somos también otro colectivo de “víctimas de nacimiento”, y si algo detesto en esta vida es ser tenido por una víctima sin serlo y sobre todo sin merecerlo. Como católico, amo a las víctimas, empezando por la más excelente de todas, que fue Nuestro Señor Jesucristo. Pero sólo pido que sean víctimas de verdad, no de telefilme de sobremesa ni de Pallywood. Dicho esto, la verdad es que no me cuento entre los admiradores de Espada. En asuntos como la bioética debo decir que he leído textos suyos que me parecen francamente desacertados, así que nada me inclina a confiar ciegamente en su criterio.

Sin embargo, en el artículo citado, Arcadi Espada ha hecho algo digno de elogio, por mucho que debería ser pura rutina profesional. Nos ha aportado nada menos que la otra versión del caso Juana Rivas; la versión del padre, Francesco Arcuri. Permítanme que se la resuma. Francesco y Juana eran en 2009 padres de un niño de pocos años. Una mañana, Juana llegó a casa tras “una noche de farra” y ambos discutieron, cosa habitual en la pareja, con insultos recíprocos y destrozo de mobiliario por parte de ella. Al tratar de impedir que le rompiera algunas de sus cosas, Francesco le lastimó una mano. Ella se marchó y se fue a un hospital donde le diagnosticaron una lesión leve. No volvió a casa, y esa misma tarde la policía detenía a Francesco, para su sorpresa. A fin de evitar el juicio, él terminó admitiendo su culpabilidad, lo que le supuso una condena de tres meses de cárcel más un año de alejamiento. Grave decisión, por la cual quedó automáticamente estigmatizado como un “maltratador”, categoría ideológico-jurídica de tufo soviético, de esas en las que cabía desde un terrorista hasta Milan Kundera; o en nuestro caso, desde una bestia que le da una paliza a su mujer cada vez que se emborracha, hasta el infeliz que se arma de valor para decirle a su esposa que su madre debería ducharse de vez en cuando. (Maltrato psicológico y tiro porque me toca.)

Lo que sucedió luego forma parte también del guión ya conocido en este tipo de parejas conflictivas. Reconciliación efímera, con un segundo hijo de por medio, hasta que la mujer, insatisfecha por no disfrutar de la vida social que le gustaría, abandona al hombre, llevándose a los hijos de ambos, y obstaculizando el contacto con su padre desde mayo del 2016. Hay una segunda denuncia de maltrato, perdida en el limbo burocrático, pero por la cual los medios ya han juzgado y condenado a Francesco, faltaría más. Están en posesión de un instinto infalible para detectar machistas allí donde las asociaciones feministas dicen que los hay, que es en todas partes, como se creía de los contrarrevolucionarios en la Unión Soviética, o de las brujas en Salem.

Naturalmente, es posible que la versión del señor Arcuri sea mentira, o no enteramente cierta. Pero lo mismo puede afirmarse de la versión de la mujer. Para el islam, el testimonio de una mujer vale menos que el de un hombre. Pero en nuestra cultura, se suponía que los dos valen igual. Digo “se suponía” porque actualmente, con las leyes vigentes contra la “violencia de género”, eso ya ha dejado de ser así. Ahora el testimonio de la supuesta víctima, si es mujer, pesa más que el del hombre.

Sin embargo, todavía los occidentales creemos más o menos débilmente en algo llamado ética periodística, que consiste, básicamente, en un esfuerzo por la objetividad y la imparcialidad; es decir, en tratar de conocer los hechos en sí mismos, independientemente de los observadores o de las partes; y cuando esto no es totalmente posible (casi nunca lo es, por desgracia), al menos recabar las distintas versiones que nos puedan aportar aquéllos, y que cada cual saque sus conclusiones.

Lo que ha hecho Arcadi Espada al publicar la versión del caso Juana Rivas es precisamente poner en evidencia la flagrante y sistemática violación de la más elemental ética periodística de esas televisiones y periódicos que, no es que se hayan decantado por una de las versiones (lo que sería legítimo), sino que simplemente han despreciado cualquier otra posible, como si el mero hecho de suponer que pueda existir una narración alternativa fuese un delito de pensamiento machista, un orwelliano “crimental”.

Porque esto es lo que le está ocurriendo a nuestra civilización, tan orgullosa de sus libertades y de su pluralismo. No sucede sólo con el tema del sexo (del “género”, en neolengua), sino con multitud de cuestiones, desde el cambio climático a la guerra civil española, desde la familia hasta la inmigración. Las elites político-mediáticas han determinado, por lo visto de una vez para siempre, lo que debemos pensar en toda una serie de materias, que lo abarcan casi todo; la discrepancia sencillamente no se concibe. Cuando pese a todo termina aflorando, por tímidamente que sea, es perseguida y condenada con auténtica saña, por métodos legales y a menudo ilegales.

¿Se imaginan, por ejemplo, en una cadena de gran audiencia la exposición de argumentos a favor de la vida del no nacido? No se trata solo de que nos hayamos acostumbrado a esta dictadura del pensamiento llamada eufemísticamente corrección política. Es que hemos cedido ya tanto terreno que no tenemos apenas base argumental para sostener una interpretación alternativa de la realidad. Y cuando falta el marco interpretativo, ni siquiera se plantea la necesidad de un relato objetivo de los hechos, que es lo que se ha limitado a ofrecernos Arcadi Espada. La realidad se adapta a la ideología, y no al revés.

Para realizar una interpretación alternativa de la violencia dentro de la pareja hay que luchar contra tal piélago de falacias acumuladas, en el que nos hemos sumergido insensiblemente, que no basta ni mucho menos con conocer otra versión de los hechos.

Es preciso cuestionar la entera visión dominante sobre la sexualidad, el matrimonio y la familia que nos han vendido desde Mayo del 68 (por poner una fecha simbólica), y que ha demostrado ser puramente destructiva. Una ideología que nos ha llevado a una siniestra banalización de la ruptura familiar (cuyas principales víctimas son los niños, empezando por los que son matados antes de nacer y terminando en los que son utilizados como rehenes en los conflictos de pareja) a cambio de una estéril búsqueda de experiencias sensuales, regida por el egoísmo y el narcisismo puros; o por la “autoestima” y “el derecho a ser feliz”, si prefieren la neocharlatanería en boga. La tarea es enorme, pero ineludible, si apreciamos en algo los valores cristiano-clásicos fundadores de nuestra civilización, hoy pervertidos y suplantados por el progresismo oficialista.

 

Consideraciones desde un cristianismo no progresista

1. Definición del progresismo

El progresismo es una cosmovisión poscristiana institucionalizada.

1.1. El progresismo es una cosmovisión porque ofrece una interpretación de la existencia humana global, más allá de la política.

El progresismo, en esencia, sostiene que el hombre se construye a sí mismo liberándose de todo aquello que lo condiciona o limita: prejuicios, tradiciones, normas y la propia naturaleza.

El progresismo mayoritario o mainstream es colectivista: concibe esta liberación no tanto como una tarea individual, aunque también, sino como una lucha entre grupos: trabajadores contra capitalistas, el pueblo contra los poderosos, mujeres contra hombres, etc., en la cual unos representan el progreso y la razón, frente a la ignorancia y la defensa del statu quo de los otros.

La concepción progresista es consustancial a una determinada concepción de la historia, sin la cual carecería de su enorme fuerza, que tiene su origen en el Renacimiento y se elaboró fundamentalmente en la Ilustración. El propio término “renacimiento”, por contraste con los mil años de la Edad Media, supuestamente bárbara y oscura desde el siglo V al XV, está en la raíz del progresismo. El cuadro se completa con los subrelatos de la leyenda negra hispanófoba y anticatólica[1], la mitificación de la revolución francesa[2], la visión izquierdista de la guerra civil española[3], el doble rasero en el juicio sobre nazismo y comunismo[4] y, más recientemente, la ideología de género[5].

1.2. El progresismo es poscristiano en el doble sentido de que surge contra el cristianismo (si bien lo disimula cuando le conviene) pero, por eso mismo, no puede entenderse sin él. El amor por los pobres y los marginados es obviamente central en el cristianismo, y resulta por ello fácil confundirlo con la actitud progresista. Muchos autores han venido a decir algo así como que el progresismo sería el cristianismo sin Dios, que es algo no menos absurdo que la tortilla sin huevo. Técnicamente puede considerarse como una herejía, en el sentido que dan a este término autores como Blaise Pascal o G. K. Chesterton[6]. Las herejías toman una verdad determinada, la aíslan de las demás y la lanzan incluso contra ellas. A la postre, una verdad así deja de ser verdad, se convierte en una triste parodia. Vale la pena citar aquí las lúcidas palabras de Pascal:

(Hay muchos que yerran tanto más peligrosamente cuanto que toman una verdad para comienzo de su error. Su vuelta [error] no consiste en seguir una falsedad, sino en seguir una verdad con exclusión de otra.)

Hay un gran número de verdades, tanto de fe como de moral, que parecen repugnantes [contradictorias] y que subsisten todas en un orden admirable.

La fuente de todas las herejías es la exclusión de algunas de estas verdades; y la fuente de todas las objeciones que nos hacen los heréticos es la ignorancia de algunas de estas verdades.

(Blaise Pascal, Pensamientos, XIII, traducción de Eugenio D’Ors, Ed. Orbis, Barcelona, 1982, p. 101.)

El socialismo a menudo se presenta como un Evangelio depurado del elemento teológico y sobrenatural (detalles diríase que decorativos), basándose especialmente en pasajes como el Sermón de las Bienaventuranzas o la expulsión de los mercaderes del templo. Jesucristo señala la riqueza como un obstáculo para el encuentro del hombre con Dios, porque le hace excesivamente dependiente de los bienes materiales; de ahí que los pobres se hallen en una posición más favorable para alcanzar la Salvación. Pero, evidentemente, esto no tiene nada que ver con ninguna pretendida “solución” terrena de la pobreza, como defienden los socialistas. Jesús, ciertamente, aconsejó a los ricos que repartieran sus bienes, lo cual sin duda sería un medio de acabar con la riqueza… pero no con la pobreza absoluta, salvo que caigamos en la falacia de la suma cero (hay pobres porque hay ricos). No era esta la verdadera preocupación del Salvador: ¿”Solucionar” la pobreza, cuando esta es mejor para el alma que la riqueza?

Entre los numerosos pasajes del Evangelio que dejan bien clara la verdadera doctrina de Jesús, hay uno que resulta especialmente ilustrativo. Se han citado innumerables veces las palabras de Cristo en Mateo, 6, 24, “No podéis servir a Dios y al dinero” como un ejemplo de una mentalidad antimercantilista. Sin embargo, tras esta frase, sigue inmediatamente una aclaración fundamental, igualmente archicitada, pero que a menudo no se relaciona con la anterior.

Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta.

(Mateo, 6, 25-26.)

¿Acaso estas palabras del Salvador deben interpretarse como contrarias a la agricultura y a la industria humana? Evidentemente, no. Cuando Cristo predica que no seamos esclavos del dinero, no está diciendo tampoco “¡abajo el capital”. Nos revela con su lenguaje eternamente sugestivo, por encima de tiempos y culturas, que lo material es secundario respecto a lo espiritual. Algo que tanto los comunistas como los capitalistas coinciden en olvidar. Es bien comprensible que los seres humanos sintamos la legítima aspiración de mejorar por medios honrados nuestras condiciones de vida, y las de nuestros hijos. Pero esa actitud está tan alejada del afán de enriquecimiento a toda costa como del revanchismo y la demagogia contra “los ricos”.

Con todo, los socialistas, en su interesada y oportunista interpretación del Evangelio, encuentran la paradójica colaboración de algunos cristianos, incluyendo lamentablemente muchos clérigos, especialmente los de más edad, afectados generacionalmente por el sesentayochismo, como el propio papa Bergoglio, quien ha llegado a afirmar que “los comunistas piensan como cristianos”. Coinciden de este modo, con gran inconsciencia, con el ateo Nietzsche, que tenía la misma mala opinión de cristianos y socialistas, identificándolos en lo esencial. Y coinciden también con libertarios pro mercado como Antonio Escohotado, quien en su monumental obra Los enemigos del comercio sostiene con gran despliegue de datos (por supuesto todos ellos sometidos a una plantilla interpretativa incuestionable) el carácter esencialmente cristiano del socialismo, lo que le permite matar de un tiro los dos pájaros de su animadversión personal. El libertarismo no deja de ser más que una corriente (si bien sociológicamente marginal) del progresismo[7].

También es preciso señalar, a despecho de las interesadas o ingenuas confusiones, el contraste entre cristianismo y progresismo en el asunto de la antidiscriminación. El cristianismo defiende que todos los seres humanos somos iguales en dignidad como hijos de Dios, independientemente de las diferencias y asimetrías naturales y sociales, por razones de sexo, raza, cultura, etc. En cambio, el progresismo o bien niega absurdamente esas diferencias empíricas, o pretende erradicarlas forzadamente, en contra de la biología, la historia y la experiencia en general. El cristiano considera al hombre y la mujer iguales en dignidad, y por tanto en derechos, pero no ve en ello ninguna incompatibilidad con que ambos tengan papeles complementarios y no intercambiables, y sí en cambio una riqueza que procede del mismo designio divino.

Asimismo, el cristiano no tiene nada en contra de las personas homosexuales, a las que acoge exactamente igual que al resto de los seres humanos, pero ello no implica en absoluto tener que aprobar moralmente la práctica de la homosexualidad. El progresista, en cambio, es incapaz de hacer estas distinciones. Para él, el rechazo de la homosexualidad, o la defensa del modelo tradicional de familia, son justificaciones implícitas para la discriminación y las injusticias. Y en efecto, desde una posición absolutamente secularista, en la que Dios no tiene cabida, no es difícil que se produzcan deducciones abominables.

El reverso del progresismo siempre es el nazismo. Los progres usan y abusan del argumento reductio ad Hitlerum de manera mecánica, con el evidente fin de desacreditar a cualquiera que se oponga a sus criterios. Así por ejemplo, cualquiera que cuestione abrir las fronteras a la inmigración masiva es un xenófobo, incluso un racista, fácilmente emparentable con los nacionalsocialistas de los años treinta del siglo XX. Pero se trata de algo más que de un recurso dialéctico o una inercia propagandística. Al faltar una concepción trascendente, que ponga la dignidad humana al abrigo de cualquier circunstancia material, el progresista siempre está luchando contra el nazi, no sólo exteriormente, sino, aunque parezca osado decirlo, interiormente.

Así, el progresista se autoprohíbe la crítica a las culturas no europeas. El islam es paz, nos dice, pero sobre todo se lo dice a sí mismo. Necesita deformar la realidad empírica, lo que nos muestra la experiencia, porque no tiene ningún criterio que la trascienda para evitar sacar conclusiones que con razón le asustan. No puede basar sus razonamientos en algo tan simple como, por así decirlo: “No me gusta el islam ni lo apruebo; pese a lo cual, los musulmanes son también hijos de Dios.” El progresista debe encontrar otros argumentos que le distingan del cristiano, necesita desesperadamente motivos seculares para seguir aferrándose al humanismo. El progresista ve nazis por todas partes porque en el fondo de su alma está siempre luchando para no ser él mismo un nazi. Lucha que le honra, pero que libra en autoimpuestas condiciones desfavorables porque se empeña en renunciar metódicamente (incluso cuando se declara creyente) a lo único que le ayudaría radicalmente: sacar las consecuencias de la fe en el Dios que se hizo hombre.

Más allá de sus guiños ocasionales y oportunistas al cristianismo, y de los numerosos casos de incoherencia personal y empanadas mentales varias, el progresismo es por esencia profundamente anticristiano, pues el cristianismo sostiene que el hombre sólo se realiza plenamente en su entrega a Dios y al prójimo, es decir, en trascender su propio ser, mientras que el progresismo aspira a una total autonomía o autosuficiencia, que desde el punto de vista cristiano es a la postre quimérica, además de fuente de pecado y dolor.

1.3. El progresismo está institucionalizado. Con ello pretendemos señalar que es la ideología oficial u oficiosa de la mayoría de gobiernos occidentales, organizaciones supranacionales, grandes corporaciones, instituciones educativas, los medios de comunicación y la industria cultural y de entretenimiento. Hoy la distinción clásica entre derecha e izquierda ya no significa gran cosa. Las administraciones y los medios han asumido un mismo lenguaje, con conceptos como el género y muchos otros, que nadie discute, al menos en espacios de gran audiencia, y que se están incorporando de manera acelerada a los códigos legales.

Esta institucionalización no es todavía absolutamente monolítica, sino que subsiste una crítica antiprogresista más o menos marginal. Pero incluso esta resistencia minoritaria podría ser arrasada, lo que nos lleva a otras consideraciones.

2. El progresismo tiene consecuencias, y no son buenas

El progresismo no se conforma sólo con la hegemonía, sino que pretende ser pensamiento único y obligatorio. Hasta el momento, al ser una ideología implantada en los principales Estados de derecho, experimenta dificultades para eliminar por completo toda disidencia. Pero los avances en la abusiva tipificación de delitos de “fomento del odio” representan una cuña formidable en dichos estados de derecho, que puede terminar desnaturalizándolos gravemente. El día que ya no se pueda discrepar lo más mínimo de la corrección política (esa forma de censura victimocrática surgida en la izquierda universitaria más elitista), nada podrá evitar que el progresismo se aplique hasta sus últimas consecuencias. Estas serían la prohibición del cristianismo, la erradicación de la familia biológica y la entronización de una dictadura tecnocrática justificada en la “ciencia”, en la que el individuo dejaría de tener ningún valor, estando supeditado, sin ninguna cortapisa moral, al “interés de la sociedad”, es decir, del estado. Todo esto podría llevarse a cabo de manera muy inteligente, sin aparente coacción excesiva, ofreciendo a los individuos una irrestricta libertad sexual y satisfacciones consumistas.

Este totalitarismo blando ha sido predicho más de una vez. Tempranamente por Tocqueville, en un famoso pasaje de su obra La democracia en América, mil veces citado[8]. Y medio siglo después, en la década de los treinta, por Aldous Huxley en su célebre novela Un mundo feliz (Brave New World). El novelista francés Michel Houellebecq, en su obra Las partículas elementales, ha señalado agudamente el carácter de Un mundo feliz como el manifiesto secreto del progresismo, aunque todo el mundo finja hipócritamente detestar la distopía que plantea Huxley. En realidad, quizás estamos cerca del momento en que ya no seremos capaces de entender Un mundo feliz como la amarga sátira que es. También es obligada lectura, sin salirnos de la novelística, la contraposición magistral que expone Arthur Koestler entre la moral cristiana y el colectivismo, en su obra El cero y el infinito[9].

3. Algunos errores comunes

Por ahora estamos lejos de revertir el poder hegemónico del progresismo. Pero hay que evitar imperiosamente que se instaure una dictadura progresista, y eso sí podemos lograrlo. La primera condición para ello es ser conscientes de a qué nos enfrentamos. Por eso urge detectar una serie de errores que proceden de esta conciencia escasa o insuficiente de la amenaza progresista.

3.1. Un error muy extendido consiste en identificar exclusiva o principalmente el progresismo con la izquierda radical. En realidad, esta actúa al mismo tiempo como punta de lanza o como espantajo, abriendo camino con sus exigencias desmesuradas a otras exigencias que por contraste aparecen como “moderadas” o razonables, cuando no como el único medio de contener a los radicales. De hecho, dichas concesiones no hacen más que alfombrarles el camino, al ir “sensibilizando” gradualmente a una sociedad sumida en el relativismo, que se confunde con tolerancia. Aunque más correcto sería decir que van desensibilizándola, consiguiendo que se muestre cada vez más indiferente ante cualquier peregrina innovación. La tolerancia implica la distinción entre el error (que es lo que puede ser tolerado, de donde derivan libertades como la de expresión) y la verdad. En cambio, el relativismo sostiene que no existe algo así como una verdad única, sino que en todo caso hay muchas verdades, todas igualmente respetables… Excepto la de quien niega el propio relativismo, que es tachado de ultracatólico o fascista. (Curiosamente, nunca se oye hablar de ultraprogresista, o ultramusulmán. Al parecer, sólo es malo el exceso en ser cristiano, no en cualquier otra cosa.)

3.2. El progresismo radical no es (sólo) cosa de locos o idiotas. No hay que renunciar al humor como arma dialéctica, máxime cuando los progresistas lo utilizan en ocasiones con gran habilidad (aunque más habitualmente con bochornosa zafiedad), pero cometemos un grave error si nos quedamos meramente ahí, en el “hay más tontos que botellines”, eludiendo una réplica intelectualmente fundamentada. La cosa es muy seria, porque la experiencia demuestra que muchos disparates del pasado han acabado siendo asumidos por la sociedad del presente.

3.3. Uno de los errores más perniciosos consiste en utilizar los argumentos o el lenguaje del propio progresismo para volverlos en su contra. Así, por poner sólo un ejemplo entre cientos, cuando acusamos rutinariamente a la corrección política de “inquisitorial”, dando por buena, inadvertidamente, la leyenda negra anticatólica. Este procedimiento es sin duda efectista en tertulias y contextos informales, porque parece situar al progresismo ante sus contradicciones, que indudablemente las tiene, y además flagrantes. Pero a la larga sólo sirve para reforzarlo, y revela que no hemos escapado a su influjo.

No hay que olvidar que un ciudadano occidental es por defecto progresista (aunque generalmente de una manera superficial) al contrario de lo que se nos pretende hacer creer. Incluso muchos católicos, por no decir la mayoría, han asumido la idea de que la Iglesia se opone al progreso de la ciencia y a la razón, como supuestamente ejemplifica el caso Galileo, “el mayor golpe mediático de todos los tiempos” (Manfred Lütz[10]), y en contra de evidencias abrumadoras como el papel de la Iglesia en la preservación del legado clásico, la creación de las universidades, el cultivo del debate racional y los numerosos científicos católicos, desde Copérnico, el padre del heliocentrismo, hasta Lemaître, padre del Big Bang.

En realidad, el antiprogresismo no es hoy casi nunca algo que se herede, ni mucho menos un fruto de la ignorancia, sino más bien todo lo contrario: exige un esfuerzo considerable de reflexión y aprendizaje, de nadar fatigosamente contra la corriente del gregarismo y de la moda. Los más obstinados “prejuicios”, que tanto dice combatir el progresismo, no son otros, en nuestro tiempo, que los prejuicios progresistas.

3.4. El mayor error de todos, en fin, es olvidar el carácter poscristiano del progresismo. Siempre que tratamos de abstraer la cuestión de la fe, olvidamos nada menos que lo esencial, para entretenernos con aspectos accesorios o superficiales. Cuando decimos, por ejemplo, que el debate sobre el aborto no tiene carácter religioso, incurrimos en una media verdad. Porque el argumento fundamental para proteger cualquier vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, no es otro que teológico. Por mucho que, con el inestimable apoyo de la ciencia, caractericemos el cigoto como una vida humana, siempre se podrá argumentar que mientras no exista actividad nerviosa o cualquier otro criterio de nuestra invención, es lícito tratar a ese ser como un mero amasijo de células, carente de dignidad personal. Sólo si la vida se entiende en un sentido metafísico, y no como un mero hecho molecular, tiene sentido catalogarla como sagrada, sea cual sea su grado de desarrollo. Por supuesto que hay ateos y agnósticos que se oponen al aborto; pero sin dejar de alegrarnos por ello, hay que decir en honor a la verdad que se trata de una actitud teóricamente muy poco consistente. Mal negocio es relegar la fundamentación más rigurosa de nuestras convicciones para abrirnos con mal entendida generosidad a cualquier argumentación endeble, que a la larga no superará las objeciones más serias.

¿Significa esto que la resistencia antiprogresista debe tener carácter confesional? Mi respuesta es un sí con bastantes matices. Carece de sentido -y además se puede ver como algo poco transparente- que los cristianos que nos oponemos al progresismo ocultemos nuestra fe (eso más bien, dejémoslo para los cristianos que lo apoyan), cuando es de ella de donde procede el motivo fundamental de nuestra oposición. Hay no creyentes que se oponen al progresismo, ciertamente (aunque a menudo no a todos sus aspectos). Debemos celebrarlo, sin duda, pero es un error pensar que los retendremos mejor si ocultamos el quid teológico de la cuestión, en aras de un superficial consenso. Lo indicado es hacerles ver con delicadeza, sin caer en un proselitismo precipitado o demasiado burdo, que sus concepciones son en el fondo cristianas, cosa que muchas personas alejadas de la fe no tienen problema alguno en reconocer, honestamente. Lo peor que podemos hacer es ayudar a confirmarles en la idea de que es suficiente vivir como si Dios existiera, y que no se necesita dar el siguiente paso, que es abrirse a la acción de la Gracia. Poco favor les haríamos, y en el fondo, no otra es la semilla por la cual el progresismo vuelve a inocularse una y otra vez: pensar que no necesitamos un Salvador. O por decirlo con las lapidarias palabras de Nicolás Gómez Dávila:

La causa de la enfermedad moderna es la convicción de que el hombre se puede curar a sí mismo.

 

[1] Ver María Elvira Roca Barea,  Imperiofobia y leyenda negra (Siruela, Madrid, 2016) para un penetrante estudio sobre los orígenes y mecanismos de la propaganda denigratoria contra la España católica. La autora aclara (innecesariamente) en que no es católica, lo que no le resta (ni añade) valor alguno a la obra.

[2] Para una crítica de dicha idealización es imprescindible el clásico Reflexiones sobre la Revolución en Francia de Edmund Burke (Alianza Ed., Madrid, 2013.)

[3] Al respecto, es inexcusable acudir, contra el manto de silencio académico, a la obra historiográfica de Pío Moa. Entre otros, ver especialmente Los orígenes de la Guerra Civil Española, Ediciones Encuentro, Madrid, 1999, Los mitos de la guerra civil, La Esfera de los Libros, Madrid, 2003 y Los mitos del franquismo, La Esfera de los Libros, Madrid, 2016.

[4] Son imprescindibles los libros de Jean-François Revel, en especial su clásico El conocimiento inútil, Espasa-Calpe, Madrid, 2007.

[5] Obras recientes sobre el origen de la ideología de género son Nicolás Márquez y Agustín Laje, El Libro Negro de la Nueva Izquierda: Ideología de género o subversión cultural, Grupo Unión, 2016. Alicia Rubio, Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres, Kindle, 2017.

[6] Para un excelente repaso histórico de las herejías modernas, desde el protestantismo hasta nuestros días, donde se muestran lúcidamente su continuidad y sus puntos comunes, recomiendo vivamente la obra de Macario Valpuesta Bermúdez, Adversus haereses. Ensayo apologético de Historia de Occidente, Ediciones Ordás, Sevilla, 2017.

[7] Para una defensa documentada y rigurosa de un liberalismo conservador perfectamente compatible con el cristianismo, véase Francisco J. Contreras, Liberalismo, catolicismo y ley natural, Ed. Encuentro, Madrid, 2013.

[8] Alexis de Tocqueville, La democracia en América, Alianza Ed., Madrid, 1985, vol. 2, p. 266 y sig.

[9] Arthur Koestler, El cero y el infinito, Ed. Destino, Barcelona, 1963, p. 160.

[10] Manfred Lütz, Dios. Una breve historia del Eterno, Ed. Sal Terrae, Santander, 2010.