Sentencia sobre el aborto

El fallo del Tribunal Supremo de los Estados Unidos (Supreme Court of United States, abreviadamente, SCOTUS) en el caso Dobbs versus Jackson Women’s Health Organization, que debía decidir en el conflicto entre una clínica abortista y el Estado de Mississippi, por su legislación restrictiva del aborto, anula tanto la conocida sentencia del caso Roe vs. Wade, de 1973, como la de Planned Parenthood vs. Casey, de 1992, en las cuales se establecía el aborto provocado como un derecho constitucional. Ahora SCOTUS revisa su jurisprudencia y niega que la Constitución de los EEUU ampare ese supuesto derecho. Por tanto, remite el debate a cada Estado y en definitiva al pueblo, que es quien elige a los legisladores, tanto estatales como federales.

Los medios de comunicación dominantes, así como numerosas figuras públicas, han puesto el grito en el cielo por lo que interpretan como un retroceso de cincuenta años en los derechos de la mujer. Incluso alguien ha visto en la sentencia un anticipo de un futuro régimen fundamentalista, como el que imagina Margaret Atwood en su famosa novela distópica El cuento de la criada. Naturalmente, esto es insostenible, a la luz de los hechos que he resumido en el anterior párrafo. El tribunal en ningún momento se ha pronunciado sobre la cuestión de fondo; simplemente ha proclamado que la respuesta no se encuentra en el texto constitucional, tal como fue redactado en el siglo XVIII y enmendado varias veces desde entonces.

Más aún, la sentencia de SCOTUS, si supone algún retroceso, no es en las libertades, sino todo lo contrario: es un retroceso, ya veremos cuán decisivo, en el camino que nos conduce al totalitarismo. Intento explicarlo.

El debate sobre el aborto se ha querido dar por zanjado hace tiempo, tanto desde la izquierda como desde la derecha. Pero con una diferencia significativa: para la izquierda se trata de un derecho aún hoy en día amenazado, que debe ser defendido a capa y espada, mientras que la mayor parte de la derecha (al menos la europea) lo considera como una cuestión superada, que ya solo unos pocos integristas provida tratan de situar en la agenda política. Sin embargo, que alguien no quiera hablar de un tema no quiere decir que esté zanjado o superado. En realidad, la izquierda demuestra mayor astucia que la derecha al no ver el aborto como una conquista irreversible, pues entiende que su papel en la batalla cultural es capital.

El aborto es uno de los legados de la revolución sexual de la década de los sesenta. Como señala el filósofo del derecho Francisco José Contreras, «el aborto libre es una última red de seguridad contraceptiva en una sociedad permisiva, en la que las “relaciones sin compromiso” conducen tarde o temprano a embarazos indeseados.» (La fragilidad de la libertad, Homo Legens, 2018, pág. 158.) Pero la promiscuidad es solo una cara del asunto. La tentación del aborto no siempre, aunque sí frecuentemente, se explica como consecuencia de una “noche loca”, sino de manera más genérica, como un método eugenésico rudimentariamente negativo, pero que abre la puerta a la eugenesia sistemática y masiva. Ambas cosas, la desinhibición sexual sin límites y la eugenesia, derivan de un principio subyacente: la autodeterminación radical del individuo, que no acepta ninguna condición ni norma previa o heterónoma, sino que quiere decidirlo todo por sí mismo.

Ahora bien, esta autodeterminación radical es una ilusión y además una ilusión diabólicamente peligrosa, que de manera fatal acaba conduciendo a la más completa antítesis de la libertad individual. Cuando el ser humano no reconoce la verdad sobre su propia naturaleza, cuando se ponen en cuestión el amor como entrega, el valor irreductible de la vida humana y el papel insustituible de la familia con vocación de permanencia, se produce un vacío moral y psicológico que se apresuran a llenar las ideologías y el despotismo. Aldous Huxley, en su novela Un mundo feliz (mucho más clarividente que la citada obra de Atwood) comprendió perfectamente que la abolición del amor monógamo y la eugenesia sistemática solo podían alfombrar el totalitarismo más formidable jamás concebido, un mundo de esclavos felices e idiotas, producidos en serie (literalmente) por el Estado.

La decisión del tribunal supremo norteamericano no es una regresión de las libertades, sino por el contrario un inesperado revés para quienes nos empujan, no siempre ciegamente, hacia semejante servidumbre, nunca vista en la historia. Una sociedad donde nada será sagrado, nada será absoluto, salvo las consignas emitidas por una elite tecnocrática. Esta se encarna de manera incipiente en los dirigentes políticos y económicos que se reúnen en cónclaves como el Foro de Davos para dictarnos arrogantemente la “agenda” que todos debemos obedecer de aquí al 2030 o fechas sucesivas, pasando olímpicamente por encima de cualquier control democrático. Lo que más ha indignado a los críticos de SCOTUS, en el fondo, es que haya devuelto a la plaza pública la discusión (arriesgada, pero infinitamente preferible a opacos conciliábulos) sobre si la vida humana es un derecho inalienable, anterior al Estado, o por el contrario depende de los términos en que lo regulen comités financiados por dictaduras como China y turbios poderes financieros, cuando no directamente por corporaciones abortistas.

Los progres son perfectamente conscientes de lo que hay en juego; mucho más, al menos, que la estólida derecha economicista que únicamente tenían en frente hasta ahora. Pero también esto se está acabando, gracias entre otras cosas a los nombramientos para la Corte Suprema de Donald Trump.

El asco redentor

Las vanguardias artísticas fueron una revolución contra el gusto estético. Aparentemente, su triunfo fue total. A principios del siglo pasado, el estreno de “La consagración de la primavera” de Ígor Stravinsky se convirtió en un escándalo monumental. Hoy se interpreta en las salas de conciertos como un clásico incuestionable, y cualquier melómano o aspirante a serlo reconoce al instante sus primeros compases. Algo análogo sucedió en las artes plásticas.

Pero que el gusto estético se haya abierto, y en cierto modo educado, no quiere decir que sea infinitamente moldeable. En las salas de conciertos, aunque el público actual sea infinitamente más dócil, sigue interpretándose mucho más habitualmente Tchaikovsky (o Rachmáninov) que Stravinsky. Porque, digámoslo claro, y sin ignorar el valor de obras como la suite “Pulcinella”: hay en los dos compositores anteriores mucha más belleza perdurable, pónganse como se pongan los críticos musicales, que tienden a juzgar las obras por el grado en que les permiten lucirse a ellos, más que por su intrínseca calidad.

Hoy las elites globales están empeñadas en atacar cualquier limitación, cualquier barrera, no solo del gusto estético, sino en el más amplio sentido del término, incluyendo lo alimentario o sexual. Desde hace unos años, la ONU y otros organismos internacionales (de nula representatividad democrática, dicho sea de paso) se están poniendo particularmente pesados para que comamos insectos, a fin de reducir nuestro consumo de carnes de origen vacuno y otros animales, que supuestamente contribuyen al apocalipsis climático. Por supuesto que en la dieta existe un alto componente cultural, y que lo que es materia de yantar en algunos países se percibe como repugnante en otros, a veces muy cercanos. Pero estas diferencias no suelen ser meramente arbitrarias, sino que tienen que ver con todo un ecosistema no solo cultural, sino también biológico, e incluso, en algunos casos, genético, como sucede con el consumo de leche, a la que es intolerante gran parte de la humanidad adulta en el mundo.

También son cada vez más frecuentes los aleccionamientos para modificar nuestras inclinaciones afectivas, particularmente en el terreno del transexualismo. Según los activistas de esta ideología, que un hombre rechace como pareja a lo que llaman una mujer transexual (es decir, a otro hombre que ha realizado un cambio de fenotipo sexual a mujer) es un ejemplo paradigmático de homofobia, que debería superarse con una adecuada reeducación. Según el posmodernismo hegemónico, al igual que no existen verdades ni normas morales absolutas y universales, tampoco existen normas del gusto objetivas. Por tanto, cualquier preferencia o inclinación tradicional es sospechosa, y debe por ello ser cuestionada, cuando no abolida. Solo así seremos verdaderamente libres.

Por supuesto, esta doctrina no es más que una gigantesca estafa, porque estos relativistas lo son con todo…, excepto con sus propias teorías y con ellos mismos. Si de verdad eres relativista, tanto te da que haya quien quiera comer gusanos como quien no quiera ni verlos. Tan legítimo te parecerá quien desee exclusivamente, como pareja, a mujeres que posean los atributos propios de su sexo biológico al nacer, como quien no haga ascos a combinaciones artificiales de atributos femeninos y masculinos. Pero no, estos relativistas apócrifos lo que pretenden es sustituir unos gustos por otros, unos viejos dogmas por otros nuevos. Cosa por lo demás inevitable, porque todo relativismo se refuta a sí mismo. Así, no quieren simplemente descubrirnos las virtudes culinarias de los insectos, sino concienciarnos para que no comamos carne, o comamos mucha menos. Nosotros, claro, la masa; porque ellos, en su condición de minorías selectas, y en la intimidad de sus mansiones, no se privarán de nada absolutamente, por tradicional y poco “sostenible” que sea.

El objetivo de la elite globalista es arrasar cualquier obstáculo que se interponga en su poder, como ya han hecho con el sentimiento del pudor. Probablemente hoy sea el gusto (en su sentido más visceral e instintivo) la última barrera que les permite ejercitar su arrogancia dominadora, demostrarse a sí mismos su poderío demiúrgico. Por eso es importante, para resistir a este totalitarismo cada vez más invasivo, seguir defendiendo algunas repugnancias mínimas, sin necesidad de justificarse por ello a cada instante. Ya lo vio con su proverbial lucidez el gran Nicolás Gómez Dávila: “Cuando se cumplan las promesas progresistas, a la humanidad quizá la salve el asco redentor.”

El problema no es la ultraderecha

Ayer Iker Jiménez, en su programa “Horizonte” del canal Cuatro, trató de los disturbios de Saint-Denis durante la final de la Copa de Campeones. Ante todo, hay que agradecer que alguien se atreva a abordar en televisión un tema minado por la corrección política imperante. Pero quisiera apostillar unas palabras de uno de los intervinientes, Alejo Schapire. Este, entre reflexiones valientemente lúcidas, no evitó pagar el peaje obligatorio cada vez que se entra en el tema de la inmigración no asimilada, al afirmar que si no hablamos de ello, lo hará la ultraderecha. Como si, después de todo, el crecimiento de esas “zonas no go” en Europa (¡ayer se habló de más de setecientas solo en Francia!) donde no rigen las constituciones ni las leyes elaboradas en los parlamentos democráticos, no fuera suficiente problema en sí, tal vez incluso el mayor de todos nuestros problemas ahora mismo.

Es como si dijéramos que el problema de no hablar del cáncer es que le cedemos el terreno a los charlatanes que venden curas milagrosas. Ciertamente que estos no ayudan, y que en ocasiones pueden hasta entorpecer la curación; pero seamos claros. El problema de verdad, el auténtico problema, cuando hablamos de salud, es el cáncer (o la enfermedad que sea), no los curanderos.

Aludir a la ultraderecha al tratar cuestiones conflictivas puede ser una forma de esquivar los primeros escupitajos: “¡No me vayáis a confundir con un racista!” Pero lo único que con seguridad se logra con esta actitud defensiva es renovar una vez más la sospecha, si no sobre uno mismo, sí sobre cualquiera que antes o después señale esos asuntos incómodos, y por tanto seguir dificultando que esto se haga.

Claro que hay energúmenos neonazis que se aprovechan de los problemas de los guetos para colocar su racismo nauseabundo. Pero la representatividad de los cabezas rapadas en nuestra sociedad es ínfima. No es verdad que el racismo, ni el machismo ni el fascismo estén en auge. Al menos, no como se suelen entender habitualmente. Otra cosa es que aumenten las agresiones sexuales, por ejemplo, en correlación innegable con las zonas de mayor densidad de inmigración de origen africano.

Quienes más hablan de ultraderecha no pretenden otra cosa que fomentar el odio contra formaciones políticas como pueden ser la RN francesa o el Vox español, que sí gozan de un gran apoyo social, precisamente porque no son neonazis ni fascistas, sino que sostienen críticas razonablemente fundamentadas de las políticas identitarias de izquierdas.

Digámoslo de una vez por todas. La ultraderecha, la de verdad, la que esgrime simbología nacionalsocialista o fascista, la de las consignas antisemitas y las teorías de conspiraciones esotéricas, por mucho que vocifere en las redes sociales y de vez en cuando junte cuatro gatos en una manifestación (muchos menos que la ultraizquierda, por cierto) es el menor de nuestros problemas, o al menos uno de los menores. Ponerlo al nivel de los que sí son verdaderamente preocupantes, como la inmigración culturalmente inasimilable, la baja natalidad de los europeos nativos y el empobrecimiento de unas clases medias sacrificadas en el altar globalista de la diversidad y la sostenibilidad, supone no tomárnoslos verdaderamente en serio, no hacernos cargo de dónde nos estamos jugando nuestra supervivencia como civilización. Y cada vez hay menos margen para hacerlo, si es que acaso queda alguno.

El milagro de Mark Wahlberg

Este fin de semana se ha estrenado en España la película “El milagro del Padre Stu”, dirigida por Rosalind Ross, protagonizada por Mark Wahlberg y con Mel Gibson como secundario de lujo. Se trata de una historia de redención basada en la vida real de Stuart Long, un boxeador aficionado, con problemas con la bebida, y herido psicológicamente por la muerte de su hermano, que tras un accidente del que salva la vida milagrosamente (en sentido no del todo figurado) se siente llamado por Dios a convertirse en sacerdote católico. La película es una exhibición interpretativa de Wahlberg en un papel muy propio de él, bravucón de barrio deslenguado y gracioso, que primero se acerca a la Iglesia para conquistar a una chica hispana (Carmen, interpretada por Teresa Ruiz) pero que acaba enredado en lo que Chesterton llamaría “la trampa de la verdad”. La obra puede parecer a primera vista un dramón, pero el sentido del humor que la recorre y la agilidad narrativa que demuestra Ross (socia y pareja de Mel Gibson) en esta ópera prima hace que sus dos horas de metraje fluyan sin fatiga.

Varias críticas coinciden en echar de menos una mayor elaboración de la transformación interior del protagonista, que hasta cierto punto puede parecer inverosímil. En unos pocos fotogramas Stu pasa de refocilarse con su novia a decirle que quiere ser cura, provocando que ella se levante de la mesa de un bar y salga llorando, comprensiblemente, pese a haber sido quien lo atrajo a la fe. Sin embargo, creo que esta transición aparentemente brusca encaja, por un lado, con el carácter atormentado y en incesante autobúsqueda del personaje, que antes había decidido inopinadamente triunfar como actor, tras haberlo intentado con el boxeo. Y por otro lado, permite destacar la acción inexplicable, en términos humanos, de la gracia, concepto clave de la película, que en dos momentos se llega a plasmar de modo sobrenatural. (He dicho dos momentos, aunque solo uno sea explícito: el segundo en el orden narrativo no lo anticiparé aquí.)

Otras críticas señalan, con buena voluntad, que la película puede interesar tanto a espectadores católicos como no católicos. Esto es cierto, pero solo si dentro de los segundos no incluimos a los anticatólicos, obviamente. Algunos críticos de cine no han ocultado su hostilidad hacia una obra en la que participa Mel Gibson, figura apestada de Hollywood, dicen que por su supuesto antisemitismo, sustentado por algún exabrupto de contexto dudoso y sobre todo por su obra maestra “La Pasión de Cristo”, que si es antisemita, también lo será el Evangelio según San Juan. Incluso no ha faltado algún imbécil que ha querido entrever supremacismo blanco en la selección de música country para la banda sonora. No menos sintomático es el caso de Jordi Batlle, crítico de La Vanguardia, cuyos prejuicios anticatólicos le llevan a caer de lleno en la deshonestidad intelectual, precisamente contra una obra que no solo no esquiva dichos prejuicios, sino que los trata de manera notablemente inteligente y desenfadada. Batlle titula su reseña “Una misa de dos horas”, dando a entender que es un rollazo apologético, lo que es sencillamente mentira, y remata su displicente despacho afirmando que en la película hay tanto arte cinematográfico como en una chincheta. ¡Ni que se hubiera sentado en ella! Pues miren, confieso que fue esta reseña la que me decidió ir a ver esa “misa de dos horas”. De lo cual no me arrepentí lo más mínimo, sino todo lo contrario. Moltes gràcies, Jordi.

La insufrible beatería progre-cultural

La mañana del día de Sant Jordi un compromiso me impidió acercarme a las paradas de libros. Por la tarde, mi mujer y yo, compartiendo un paraguas, recorrimos la Rambla Nova de Tarragona, pasando entre las paradas que trataban de proteger los libros de la lluvia con plásticos. Varias de ellas exponían unos letreros impresos en DIN A-4 con el mensaje ESPAI LLIURE DE FEIXISME (Espacio libre de fascismo).

Ignorando los letreros, busqué sin éxito la parada de Vox, donde esa mañana había estado Salvador Caamaño, autor del libro Tarragona, 1936. Terror en la retaguardia, firmando ejemplares. Imagino que el ubicuo mensajito iba contra ello, contra la visita de Rocío Monasterio a Tarragona o ambas cosas. Sin embargo, había representación de casi todos los partidos. Incluso de Ciudadanos, que cada vez recuerda más a Augusto Pérez, aquel personaje de Unamuno, protagonista de su novela Niebla, empeñado en existir fuera de la ficción.

No es que fuera la primera vez que no compraba un libro en Sant Jordi, pues no soy amante de las aglomeraciones, ni tampoco de las novedades editoriales. Me hace mucha más ilusión adquirir un ejemplar de La rebelión de las masas de 1935 (5ª ed.) por 10 euros que el último libro de un autor superventas por 26, y no lo digo precisamente por el precio.

Pero, sobre todo, miren: no puedo con la beatería de la cultura. Prefiero mil veces más la religiosa, como cualquier original a la copia. Aunque lo justo es distinguir, tanto en el ámbito sagrado como en el profano, entre beatería y devoción. San Francisco de Sales, a principios del siglo XVII, lo enseñó muy bien en su conocida obra Introducción a la vida devota, pero dudo que pudiera encontrarse ayer en alguna de las docenas de paradas de la rambla tarraconense.

Otro autor, Nicolás Gómez Dávila, que legó al morir una biblioteca de treinta mil volúmenes en varias lenguas, aseguró que sus convicciones eran las mismas que las de “la anciana que reza en el rincón de una iglesia”. Su devoción por la literatura y el pensamiento no le impidió escribir penetrantes aforismos contra los meapilas culturales: “El libro no educa a quien lo lee con el fin de educarse.” “El fomento de la cultura la enferma.” “La instrucción no cura la necedad, la pertrecha.”

Por supuesto, la beatería cultural es solo un aspecto de la beatería progresista, de quienes se creen mejores que los demás tanto moral como intelectualmente, aunque apenas lean un par de libros al año, y pocos de ellos escritos antes de que nacieran. El espíritu de quien declara espacios libres de lo que llaman “fascismo” es el mismo de los que cancelan obras clásicas, o incluso las queman, por no ser políticamente correctas. Son mucho peor que beatos; peor incluso que inquisidores. Porque estos, al menos, por injustos o ridículos que fueran, leían los libros que condenaban.

Putin y el III Imperio

Cien años después del establecimiento formal de la URSS en 1922, Putin invade Ucrania. ¿Casualidad? No lo creo. Todo indica que el autócrata del Kremlin pretende pasar a la historia como el fundador del Tercer Imperio ruso (tras el imperio zarista y el soviético, se entiende.)

Aquí vale aquello de que nunca segundos imperios, y menos aún terceros, fueron buenos. Miren, si no, cómo acabaron el II y el III Reich alemanes: con las dos guerras mundiales.

Hay sin embargo una corriente de opinión favorable a Putin, quizás incluso a los imperios en general. No en vano, uno de los ensayos de más éxito de los últimos años ha sido Imperiofobia y leyenda negra, donde su autora María Elvira Roca Barea desmonta con brillantez el grueso de las propagandas contra el imperio español, el “imperialismo” norteamericano y el imperio ruso, mostrando su denominador común.

Ahora bien, sin negar que exista la “imperiofobia”, no podemos perder de vista que al amparo del prestigio (nunca del todo desvanecido, más bien al contrario) del imperio romano, numerosas veces se ha pretendido hacer pasar mercancías adulteradas. De acuerdo en que el imperio romano o el español (yo añadiría incluso el británico, pero me da a mí que Roca Barea no es tan comprensiva con éste) han contribuido, pese a sus manifiestos abusos, a la extensión de la civilización. Pero lo que Hitler, Stalin o Hirohito trataron de extender a Europa y a China era algo mucho más parecido a la barbarie y la esclavitud.

Sin ir más lejos, ¿qué civilización pretende Putin imponer a Ucrania que ésta no tenga ya? En vano se desgañitan algunos pintándonos una Ucrania genocida de la minoría rusófona, o colonia del globalismo sorosiano. Si esto fuera cierto sin más, no se explicaría por qué los ucranianos, incluyendo buena parte de la población rusófona, a la que por cierto pertenece el presidente Zelenski, están defendiendo con inesperado heroísmo su país, enarbolando la bandera nacional, en lugar del logo multicolor de la Agenda 2030.

Admito un punto en común entre Putin y el globalismo de Nueva York-Bruselas-Davos: el desprecio por la soberanía de las naciones. Sea en nombre de la diversidad, el cambio climático o la Gran Rusia, tanto el tirano ruso como las elites occidentales están dispuestas a derrocar gobiernos, e imponer leyes sin respetar los parlamentos ni los tribunales nacionales. Pero sinceramente, prefiero tener que enfrentarme al globalismo que a los misiles rusos. Llámenlo cuestión de gustos.

No es la Agenda 2030, es Ucrania

Ante la invasión rusa de Ucrania, algunas personas en Occidente se han posicionado a favor de Rusia. Es decir, justifican esta postura con los mismos argumentos que enarbola Vladimir Putin. El primero, que la OTAN lleva tiempo hostigando a Rusia, admitiendo en su seno a países cada vez más cercanos a sus fronteras como las repúblicas bálticas, Polonia, etc. El segundo, que Ucrania lleva a su vez maltratando desde hace años a la población rusófona en su territorio, lo que ha terminado agotando la santa paciencia rusa, y obligado al Kremlin a actuar militarmente para proteger a los habitantes de Crimea o el Donbass.

Ambos argumentos son sumamente endebles, y en boca del presidente Putin están cargados de cinismo. Quizás haya que recordar que Rusia, después de la Segunda Guerra Mundial, sostuvo militarmente a gobiernos comunistas en Europa del Este, hasta finales del siglo pasado. Que los tanques rusos se pasearon por Praga y Budapest para reprimir las revueltas contra las tiranías soviéticas teledirigidas desde Moscú. ¿Puede a alguien extrañarle que países como la República Checa, Eslovaquia, Polonia, Letonia, Estonia y Lituania deseen la protección de la OTAN? ¿Qué se supone que debería haber respondido la Alianza atlántica a sus peticiones? ¿Algo así como: no, no sois naciones soberanas con libertad para decidir vuestras políticas exteriores; quedaos como estáis, no vayamos a molestar a los rusos?

Se podría pensar que lo que es válido para Polonia no lo es para Ucrania, que ahí existe un límite que no debería haberse cruzado. Sin duda Ucrania es un país culturalmente dividido entre una población oriental más cercana a Rusia y la occidental, que se siente parte de Europa. Pero en cualquier caso, lo que quiera ser Ucrania, incluyendo si desea permanecer unida o dividirse en dos, es algo que debieran decidir los propios ucranianos, no el Estado Mayor de Putin.

El segundo argumento parece de carácter más empírico. ¿Quién inició antes las hostilidades en las zonas rusófonas de Ucrania? ¿Kiev o Moscú? ¿Fue el gobierno de Ucrania el que inopinadamente se puso a recortar derechos de los ciudadanos de Crimea, o fue Putin quien empezó a dar dinero y armas para instigar el secesionismo? Como catalán, conozco demasiado bien las mentiras sistemáticas contra España a las que recurren los separatistas de mi región, como para que me crea sin más la versión prorrusa sobre los territorios secesionistas de Ucrania.

Ahora bien, podríamos seguir discutiendo sobre estos argumentos sin ponernos de acuerdo, aduciendo unos hechos u otros en defensa de las posturas contrapuestas. Lo que interesa analizar son las posiciones de fondo que hay detrás de ellos. Quienes adoptan gustosos las justificaciones de Putin actúan, en mi opinión, movidos por dos concepciones previas. Una, la más elemental, es el antiamericanismo o anglofobia. Como ven a la OTAN, no sin cierta razón, como un instrumento de los intereses de los EEUU, no pueden evitar ponerse de parte del país que se declara acosado por la organización del tratado noratlántico, como si se tratara de una damisela desvalida sin la mitad de las armas nucleares del mundo. Más particularmente, algunos sostienen que a España no le conviene permanecer en una organización que no contempla explícitamente apoyar a nuestro país en caso de una agresión de Marruecos a Ceuta y Melilla.

Sobre lo último, el blog Contando Estrelas publicó una interesante entrada. Sobre la cuestión genérica, pensar que los intereses de EEUU son incompatibles con los de otros países, es una forma muy burda de la falacia de la suma cero: que en cualquier relación, lo que beneficia a uno no puede beneficiar también a otro. Personalmente, creo que ser aliado de la primera potencia militar del mundo, mientras siga siendo un país libre, es mejor que estar en contra, o incluso que ser neutral, salvo que fuéramos un país protegido por su orografía y su sistema bancario en el centro de Europa.

Pero quizás la posición de base que más ha decantado a algunos a favor de las tesis rusas es precisamente algo a lo que acabo de aludir: mientras los Estados Unidos sigan siendo un país libre. Porque en efecto, hay indicios inquietantes de que la ideología globalprogresista, conocida también como la cultura de la cancelación, podría transformar la patria de la libertad en una democracia totalitaria (no hay oxímoron, como sabemos desde Tocqueville), dividida en colectivos raciales y de género que reemplazarían las libertades individuales por una suerte de privilegios estamentales. Y lo que es aún peor para los que no vivimos en ese país, extendiendo semejante modelo a todo el mundo a través de los organismos internacionales, el capitalismo seudofilantrópico y las grandes compañías tecnológicas. Lo que en resumen se conoce como Agenda 2030 o también el Gran Reset.

Nada sorprendentemente, algunos están viendo el enfrentamiento entre Rusia y Ucrania, apoyada la última por esos organismos internacionales y unos EEUU con amagos pretotalitarios, como una primera batalla real, en términos militares, entre el modelo de Putin (que ha puesto freno a la ideología de género y LGTB en Rusia, aunque se pase un pelín cargándose opositores con caramelos de plutonio) y el modelo de Joe Biden, la Open Society y la Fundación Gates.

Sin embargo, esta antítesis descansa en un grave error. Un Occidente perdedor (como lo será si va cediendo ante Putin, a la muniquesa) no equivale a una derrota del globalprogresismo, sino todo lo contrario. Hoy, la causa de Ucrania representa exactamente lo más opuesto a los valores que propugna el autoodio progresista, paradójicamente coaligado con cierta derecha recalcitrantemente antiamericana. La soberanía nacional, el patriotismo, el sacrificio hasta la entrega de la propia vida, los hombres defendiendo con las armas a su país, a sus mujeres e hijos… Los ucranianos nos están dando una lección acerca de valores que hemos olvidado, peor aún, que llevamos ridiculizando desde hace demasiado tiempo. Es fácil hacer chistes sobre el presidente Zelenski, cuya figura se ha agigantado visiblemente tras la invasión de su país. ¿Puede un antiguo humorista liderar a su nación en la hora más grave de su existencia reciente? Quizás tanto como un mediocre actor de Hollywood, Ronald Reagan, lideró a su país y, junto al papa Juan Pablo II, contribuyó a que colapsara la Unión Soviética.

Un Occidente débil, cerrado en sí mismo, solo puede beneficiar a la ideología globalprogresista, la cual no está realmente interesada en extenderse a Rusia o a China, sino ante todo en constituirse como un régimen de pensamiento único en América y Europa. Para ello, no le vendría nada mal que los occidentales se desengañasen definitivamente de cualquier sueño de grandeza, de patriotismo, de unidad. Las únicas guerras que interesan al globalprogresismo y a la izquierda son las guerras internas, entre clases o entre identidades políticas. Por eso, lo confiesen o no, son objetivamente colaboracionistas de cualquier enemigo exterior, sea Rusia o el islam. El mayor peligro para el progresismo globalista es que una moral patriótica o de cruzada nos una a todos por encima de identidades de clase, de género o de raza, y sea la ocasión de reencontrarnos con nuestros auténticos valores fundacionales. Como está intentando hacer Polonia, contra los eurócratas de Bruselas, pero también contra el imperialismo ruso.

Silencios entre líneas I

Cuestionar una teoría sobre un hecho no es negar el hecho.

El consenso es el mejor amigo del Poder.

No hubo testigos de lo que pudo ocurrir pero no ocurrió.

El primer pecado fue el desagradecimiento; el segundo, la envidia. El tercero fue echarle la culpa a otro.

La ciencia solo puede predecir el futuro cuando deja de serlo.

Las leyes injustas nos permiten conocer quién es más amigo del Poder que de las leyes.

Sé tú mismo = Sé lo mismo que todos.

Jesucristo dijo poned la otra mejilla, no las otras.

No es que los esclavos tengan miedo, sino que el miedo tiene esclavos.

Primero dijeron disolved los ejércitos, abolid la familia, desterrad la religión. Más astutos, ahora dicen bienvenidos refugiados, hay muchas formas de familia, todas las religiones quieren la paz.

Odiar al que odia es la excusa perfecta para odiar, y con frecuencia el único odio real.

El aforismo es un pensamiento separado de los argumentos que lo oscurecen.

Caer en la ilusión del progreso es el mayor peligro del progreso.

La democracia no es lo contrario de la dictadura, sino muchas veces su prólogo o su cobertura.

Los derechos humanos nunca corren más peligro que cuando los defienden los gobiernos.

El moderno se cree superior al hombre medieval, a quien desprecia. El hombre medieval se creía superior al antiguo, a quien admiraba. Diferencia entre mezquindad y nobleza.

Si todo es diverso, todo es igual.

Resiliencia es cuando alguien gana dinero con lo que hacíamos antes sin saber que se llamaba así.

El peor despotismo es el que pretende liberarnos.

A más cómo menos por qué (Jorge Wagensberg) significa: A más técnica menos sentido.

Si un ateo al morir fuese al Cielo, diría: es una coincidencia, todo es azar.

Las noticias son los argumentos del que no piensa por sí mismo.

El Gran Tuteo

El pasado 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, la Generalidad catalana me envía un SMS dirigiéndose a mí en los siguientes términos, que traduzco del catalán: “Hola CARLOS. Ya puedes vacunarte con la dosis de refuerzo contra la COVID-19. Si todavía no tienes cita y hora, pide cita en…” Hoy cinco de enero vuelven a enviarme idéntico mensaje, dado que no me he dignado a responder al primero.

Que cinco meses después de haberme inoculado las dos primeras dosis experimentales tengamos que estar así, con “refuerzos” de los que, por cierto, ya nos avisan que su dudosa efectividad durará diez semanas, demuestra claramente que esto no son vacunas. Por decirlo brevemente, esto es una megaestafa de nivel global, mucho peor que las hipotecas subprime que provocaron la crisis del 2008, porque aquí directamente se juega con la salud de millones de personas, para engordar los beneficios de las grandes farmacéuticas.

No se confundan, no soy anticapitalista, ni estoy cuestionando que las empresas privadas y el mercado libre son el menos malo de los sistemas para que haya abundante producción de medicinas, y de cualquier producto, normalmente a los precios más razonables posibles. Pero admitir esto no supone un cheque en blanco para que algunas empresas puedan violar impunemente cualquier código ético, ni mucho menos para que nos obliguen a consumir sus productos.

Los biempensantes de siempre dirán que gracias a las vacunas se ha reducido la mortalidad. ¿Cómo lo saben? ¿Cómo saben que no se habría reducido de todos modos, como ha ocurrido con todas las grandes epidemias de la historia (cuando no existían vacunas), generalmente mucho más letales que este catarro que solo se complica en un pequeño porcentaje de quienes lo contraen?

¿Cómo se puede afirmar que los vacunados, aunque se contagien, no enferman gravemente, cuando hay tantos casos conocidos -imaginen los no conocidos- que contradicen esto; y cuando de todos modos, también la mayoría de no vacunados cursan el covid como un simple resfriado, más o menos molesto, como ocurre con todo resfriado estacional? ¿Cómo se pueden ignorar los numerosos reportes, demasiados para que todos sean falsos, de efectos adversos y muertes repentinas, inusuales en grupos de población joven, como los deportistas profesionales?

Y la pregunta más importante de todas, a mi entender: ¿Cómo diablos puede la gente tener tanto miedo de morirse, pese a la baja letalidad de esta epidemia, para entregar su libertad y atarse a un código QR, sentando un precedente peligrosísimo para las libertades, que lamentaremos por mucho tiempo? ¿O no nos damos cuenta de que China no solo nos ha atacado con el virus biológico sino con el más peligroso de todos, el virus totalitario con el que, en colaboración con las elites globalistas occidentales, confían en encadenarnos a todos, gracias a nuestros miedos?

Si alguien me quiere llamar negacionista, adelante, pero entonces no ha entendido nada. Negar que esta broma pesadísima sean vacunas no es negar las vacunas en general, como negar que Pedro Sánchez sea doctor en economía no es negar la economía. Y negar que la baja letalidad de esta epidemia justifique las violaciones masivas de derechos humanos que se están produciendo en el mundo no es negar que haya una epidemia, como negar que exista el patriarcado opresor fuera de la imaginación de las feminazis no es negar que haya tipejos execrables que maltraten a las mujeres.

Pero yo no quería limitarme a hablar de un tema que ya me tiene totalmente harto. Porque el asunto, evidentemente, se enmarca en un proceso mucho más amplio, al que acabo de aludir al mencionar a las elites globalistas. ¿Saben qué tienen en común el mensaje de la consejería de Salud catalana y algunos que se emiten públicamente en sintonía con la Agenda 2030 de la ONU? “No poseerás nada, pero serás feliz”, predice un conocido vídeo publicado por el Foro de Davos. Pues miren, lo que tienen en común es el tuteo. Nos hablan con esa confianza que se permiten los creadores publicitarios para vendernos todo tipo de mercancías, como si fueran nuestros amigos, o más intolerable aún, nuestros padres.

El “Gran Reinicio” (The Great Reset) a fin de cuentas no se llama así por casualidad, sino que copia el modelo de las grandes tecnológicas, de Apple, Microsoft, Google, que en cada reseteo actualizan en línea nuestros programas y aplicaciones sin consultarnos, sin habernos preguntado antes nuestra opinión, para proporcionarnos una mejor “experiencia”. En lugar de los procedimientos parlamentarios, de los controles judiciales, el modelo que quieren implantar a escala global es el de una “gobernanza” (en su jerga) sobre la que los ciudadanos tendremos tanto control como sobre los consejos de administración del Nasdaq. Ninguno, obviamente. Pero lo que en el sector privado es razonable, porque prima la búsqueda de la productividad sobre otros criterios, no es extrapolable a toda la sociedad, a todas las actividades ni decisiones humanas.

No debemos dejar que las administraciones, ni las grandes corporaciones privadas, ni los periodistas estrellas nos tuteen, nos traten con paternalismo y pretendan asustarnos. Porque no son nuestros padres, ni siquiera unos padres insufriblemente pijoprogres, para que nos digan que nos vacunemos, que no salgamos, que no debemos comer carne, ni ducharnos a diario, ni conducir automóviles de combustión, ni cómo tenemos que hablar o pensar inclusivamente. No tienen derecho alguno; y sus emergencias climáticas, sus crisis de refugiados y sus pandemias no deberían atemorizarnos, sino por el contrario hacernos reír. O lo que viene a ser lo mismo, estimular nuestro espíritu crítico, provocarnos a investigar y pensar por nuestra cuenta. Nunca deberíamos comprar sus miedos, porque sólo sin miedo se puede ser un adulto libre, al que se le habla de usted.

Soberanía, el libro de Buxadé

Abordé el libro de Jorge Buxadé (Soberanía. Por qué la Nación es valiosa y merece la pena defenderla, Homo Legens, 2021) con ciertas expectativas y algunas prevenciones. La verdad es que apenas he seguido hasta ahora las ruedas de prensa del autor, pero confieso que tampoco suelo estar al día de las intervenciones de Santiago Abascal, Iván Espinosa de los Monteros y otros dirigentes y representantes de Vox. Veo algunos vídeos o incluso algunos mensajes breves en redes sociales, a menudo con semanas de retraso. Soy hombre de letra impresa, y ni puedo ni quiero seguir el ritmo frenético de las nuevas tecnologías, ni estar todo el día pegado a la actualidad. Prefiero infinitamente leer una obra del siglo XVII, sin mirar durante horas el maldito teléfono móvil.

Por eso, en cuanto supe que un conspicuo dirigente de Vox había escrito un libro, me dije: esto ya me gusta más. Acceder al pensamiento de una persona con el ritmo pausado de lectura de un volumen de 350 páginas (no está mal para una ópera prima) es un privilegio, resultado del esfuerzo de quien lo haya escrito, que merece al menos cierta consideración.

Poco antes de comprar Soberanía quise obtener alguna información más detallada sobre su autor, aparte de su currículum objetivo: vicepresidente de área política de Vox, eurodiputado, abogado del Estado y profesor de derecho administrativo. Tampoco está nada mal. Pero en una rápida búsqueda, descubrí que para Google lo importante es que el político nacido en Barcelona en 1975 se presentó en unas listas electorales de Falange, a la edad de veinte años. El diario El País, cómo no, llegaba a titular, tras las últimas elecciones europeas: “Jorge Buxadé Villalba: un falangista en el Parlamento Europeo”.

Cierto que Buxadé, en una entrevista, negó estar arrepentido de su fugaz relación con el partido fundado por José Antonio Primo de Rivera, y sí en cambio de haber militado en el PP durante diez años. Algo por lo demás poco sorprendente, dada la diferente duración de ambas circunstancias, y lo que determinó el fin de la segunda: el fracaso de Mariano Rajoy en impedir el golpe de Estado separatista en Cataluña.

Pero hay dos aspectos biográficos que me parecen mucho más destacables, y que me predisponen favorablemente, lo confieso, a favor de Buxadé. El primero, su condición de católico y padre de familia numerosa. El segundo, de carácter generacional: que el eurodiputado entró en el Partido Popular como reacción al 11-M, es decir, a la infame utilización política del atentado por la izquierda, contra el Gobierno.

Personalmente, yo no llegué a afiliarme al PP (nunca he sido de ningún partido hasta que en 2017 me afilié a Vox), pero ya he contado alguna vez a mis pacientes lectores que lo voté por vez primera el 14 de marzo de 2004, por el mismo motivo. La inmediata consecuencia de lo que sucedió en aquellas nefastas jornadas fue el cumplimiento del pacto del PSOE con la ETA, para salvar políticamente a los terroristas, y con ello a todo el nacionalismo vasco. Pacto que luego Rajoy respetó, junto al resto de la legislación ideológica de Rodríguez Zapatero, y que está directamente en el origen de Vox.

Paso a comentar el libro. En él podemos distinguir tres partes. La primera, de los capítulos I al IX, en los cuales el autor expone el concepto de soberanía (partiendo como buen jurista de su primer teorizador, el pensador francés del siglo XVI Juan Bodino) y desarrolla sus implicaciones siguiendo muy de cerca el programa de Vox, en relación a la crítica del Estado autonómico, la partidocracia y la facilidad con que miles de inmigrantes ajenos a nuestra cultura acceden a la nacionalidad española.

A Buxadé le interesa el concepto definido por Bodino no como una justificación de la monarquía absoluta, naturalmente, sino como instrumento teórico y jurídico al servicio de la nación, que es una realidad natural (en el sentido de que no ha resultado de ninguna convención), anterior al Estado, como la familia. Junto a la religión, “son tres elementos que de forma silenciosa pero suave nos moldean”, y gracias a los cuales “el individuo sale de sí mismo para ser persona, completarse, crecer, ligándose a otro pero sin hacer violencia de sí mismo”.

Aquí me surgía una primera duda, que es la principal prevención con la que empecé a leer el libro. ¿Por qué deberíamos destacar la nación por encima de los otros dos elementos, la familia y el cristianismo? Buxadé no se plantea esta pregunta porque en realidad él no afirma que la patria sea más importante que la familia ni la fe religiosa. Lo que dice es que las tres cosas van unidas, como lo demuestra que reciben el ataque en bloque del globalismo. Ahora bien, sucede que el principal obstáculo de esta forma de dominación mundial que pretenden implantar las elites políticas y financieras desde organismos internacionales, inmunes a cualquier control democrático y judicial, es la soberanía de los Estados-nación, particularmente los que sí están sometidos a las leyes y al sufragio popular.

En la parte central del libro, del capítulo X hasta el XVIII, más o menos, el autor acomete la disección de ese fenómeno del globalismo. Se trata a mi entender de las mejores páginas de esta obra, y reconozco que me han hecho adquirir una conciencia mucho más clara de la realidad que denominamos con esa expresión; la cual no designa solo una ideología, sino a una elite política y plutocrática que controla los organismos internacionales y los medios de comunicación, actuando sin control democrático ni judicial.

En los años noventa del pasado siglo, la izquierda abominaba de la globalización, entendida como sinónimo de neoliberalismo. Era sobre todo una forma de proseguir la lucha contra el capitalismo después de la caída del Muro de Berlín. Pero hoy esa izquierda ha pactado tácitamente con las grandes corporaciones y poderes financieros para liderar culturalmente lo que antes denostaba, utilizando los lenguajes y pretextos del género, el inmigracionismo y el catastrofismo climático.

Si el globalismo como sistema o régimen tiene en las naciones soberanas su principal enemigo, como ideología se manifiesta como una seudorreligión sustitutoria del cristianismo. Su arma dialéctica principal es el “consenso progre”. Buxadé acomete un brillante análisis de este sustantivo, poniendo de relieve su carácter falaz, y la habilidad con que se instrumentaliza para imponer el pensamiento que conviene al globalismo, persiguiendo cualquier disidencia.

Este falso consenso propugna un tipo humano, como retrata agudamente en un capítulo posterior, el XXI, “que se autodetermina y autoafirma cada mañana, en lo sexual, en lo familiar, en lo social; desarraigado, sin memoria ni tradición. Ese individuo que proponen rechaza todo lo que le viene dado: la familia y la nación; es un individuo aislado que no conoce el nosotros.” O, me permito precisar, que solo conoce el nosotros artificial de las identidades políticas (género, negro, inmigrante), que a diferencia del sexo, la familia, la nacionalidad o la religión no son previas a la política ni al Estado, y requieren la demonización de otro (el hombre, el heterosexual, el blanco) a falta de un auténtico contenido positivo.

Del resto de capítulos (XXVI en total) destacaría los XXIII y XXIV, donde el autor, como no podía ser menos por su experiencia como eurodiputado y su formación en derecho administrativo, nos ilustra sobre la deriva federalizante de la Unión Europea, empeñada, en perfecta coordinación con el globalismo con sede en Nueva York, Ginebra o Davos, en doblegar a los Estados nacionales para imponer sin límite alguno la “gobernanza” mundial y el dichoso “consenso progre”.

Pero no quiero destripar el libro; prefiero recomendar encarecidamente su lectura. Debo confesar que Soberanía ha cumplido con creces mis expectativas. Estas eran que por fin existiera un libro que de alguna manera, aunque fuera oficiosamente, resumiera o compendiara el ideario, las concepciones y las propuestas de Vox. Por supuesto, ya teníamos antes algunas obras de representantes de este partido como Hermann Tertsch, sobre nuestra historia política reciente; de Alicia Rubio, sobre la ideología de género; del propio Santiago Abascal, como el libro entrevista con Kiko Méndez-Monasterio, Hay un camino a la derecha; o el firmado por Fernando Sánchez Dragó, Santiago Abascal. España vertebrada, que reproduce más o menos libremente largas conversaciones entre el escritor y el político.

Además, sería inexcusable no mencionar las numerosas obras del diputado de Vox Francisco José Contreras, catedrático de filosofía del derecho y especialista en liberalismo conservador, entre las que destacaría La fragilidad de la libertad (2018), en la misma editorial del libro de Jorge Buxadé. Máxima preocupación del profesor Contreras, con razón, es la cuestión del invierno demográfico. Difícilmente tendrá sentido defender la soberanía de la nación española, frente a cualesquiera enemigos internos y externos, si los españoles seguimos teniendo menos hijos de los necesarios para reemplazar a los que mueren. La baja natalidad es un problema de profunda raíz espiritual, relacionada sin duda con ese hombre desarraigado descrito por Buxadé, que al quedar desconectado del pasado, la familia y la tierra de sus ancestros, pierde todo sentido de proyección al futuro, salvo en la forma de un ecologismo malthusiano y desesperanzado, que ve como un bien el suicidio demográfico. Buxadé apenas ha podido más que dejar apuntado este tema, literalmente vital. Con todo, y aunque no sé si al autor le hará gracia que lo considere así, su libro es lo más cercano que tenemos a un manual de introducción al pensamiento de Vox. Algo completamente inusual en nuestro pedestre panorama político, y que honra y distingue a esta formación.