Dejemos las cosas claras sobre el aborto

El debate sobre el aborto sigue candente en Argentina: mañana miércoles el trámite legislativo pasa por el Senado, donde la ley que propugna que el aborto inducido sea un derecho sin limitaciones hasta la semana 14 (y en determinados supuestos hasta el final del embarazo) podría acabar siendo aprobada.

Los defensores del aborto argumentan básicamente de dos maneras. Por un lado, lo plantean como una emergencia de salud pública, es decir, como la única manera de acabar con los abortos clandestinos, que provocan decenas de muertes de mujeres al año. Por el otro lado, el aborto es uno de los frentes principales del feminismo, si no el principal, en su lucha por conseguir la igualdad plena entre hombres y mujeres.

Los contrarios al aborto argumentan, basándose en ciencias como la embriología y la biogenética, que desde el momento mismo de la concepción, el cigoto es un individuo humano con su propio código genético, dotado por tanto del mismo derecho a la vida que se le reconoce a todo ser humano desde el nacimiento. De ahí que la muerte inducida de un feto o un embrión sea equiparable a un asesinato u homicidio.

Los provida además exponen a la luz los numerosos errores y falsedades de los argumentos abortistas. Por ejemplo, las exageraciones sobre el número de abortos clandestinos y el carácter supuestamente inocuo y carente de riesgos del aborto legalizado. Un buen resumen de estas críticas lo pueden encontrar en este vídeo de Agustín Laje.

En cambio, la crítica de los abortistas a los provida se reduce básicamente a tacharlos de integristas religiosos, a pesar de que, como acabamos de ver, su punto de partida sea estrictamente científico, y de que muchos de los contrarios al aborto se declaran explícitamente ateos o agnósticos.

Sin embargo, en mi opinión, los abortistas tienen parte de razón: los argumentos fundamentales contra el aborto son de naturaleza religiosa o, si se quiere, metafísica, aunque a menudo de un modo implícito o inconsciente. Lo que sucede es que eso no debería ser considerado una crítica, o al menos los cristianos no deberíamos caer en el error de tomárnosla como tal, y mucho menos acabar negando a Cristo tres veces antes de que cante el gallo, para ser admitidos en el debate público.

La ciencia nos enseña que un ser humano surge en el momento de la fecundación, pero no nos dice que a un ser humano, sea cual sea su edad, no se le puede matar, ni torturar, ni perseguir por sus creencias o cualquier otra condición. La ciencia no puede fundar ninguna ética; por el contrario, es ella misma la que debe quedar sometida a la ética.

Por supuesto, existen diferentes concepciones de la ética, tanto inmanentistas como trascendentalistas. Pero es evidente que cualquiera que tome partido en el debate sobre el aborto lo hará desde alguna de esas concepciones. ¿Por qué una en concreto, la cristiana, debería ocultarse o ponerse entre paréntesis? La razón que esgrimen algunos cristianos es que los abortistas los acusan de querer imponer sus creencias a los demás. Pero ¿no es eso también lo que hacen los abortistas? El argumento de que ellos no obligan a nadie a abortar o realizar abortos es completamente cínico. Para empezar, porque algunas legislaciones abortistas, en determinados países, imponen restricciones a la libertad de conciencia de los médicos. Pero sobre todo porque, ¿qué diríamos de alguien que defendiera la esclavitud con el argumento de que no nos obliga a poseer esclavos si ello va contra nuestras creencias?

Despenalizar el aborto no es una opción moralmente neutral, no significa decirle a la gente que cada cual haga lo que quiera según sus creencias íntimas. Significa, en la práctica, transmitir el mensaje de que el aborto no es un mal, que incluso es un derecho de la mujer. Y sobre todo significa facilitar que haya muchos más abortos, es decir, que se pierdan centenares de miles de vidas humanas que posiblemente se podrían salvar si muchas mujeres no contemplaran acabar con la vida de sus hijos como una opción reconocida legalmente e incluso costeada por el Estado.

Innegablemente, prohibir el aborto resta libertad a las mujeres, aunque no sólo a ellas: también a los hombres de su entorno que colaboran de un modo u otro en esa práctica salvaje, a veces incluso presionando a las madres para que acaben con la vida de sus hijos. Pero también prohibir el asesinato y el robo resta libertades, y todos estamos de acuerdo en que son necesarias esas restricciones para defender la vida humana y la propiedad.

Bien es cierto que el feminismo contemporáneo ve en la maternidad un obstáculo en la completa emancipación de la mujer. Sostiene que ser madre es una opción entre otras muchas de igual valor, y que por ello la mujer debe ser libre de poder “desprenderse” de un hijo antes de que nazca. Este egoísmo demente va en realidad contra el sentir más profundo de la mayoría de mujeres, que conciben la maternidad no como una carga, sino como un privilegio. Nada hay más radicalmente antifemenino que el feminismo contemporáneo.

De esta última consideración se desprende algo crucial: es imposible librar en condiciones la batalla contra el aborto olvidando que esta obsesión necrófila sólo es comprensible dentro de la cosmovisión progresista, que sustituye el culto a Dios por el culto al hombre, según el cual éste sólo es totalmente libre si se rebela por completo contra cualquier dependencia religiosa, cultural e incluso natural, en la medida que lo permita la técnica.

La libertad así entendida empieza negando los “prejuicios” religiosos y culturales, para acabar negando las propias diferencias naturales entre los sexos, que es exactamente lo que hace la ideología de género. La libertad humana se convierte así en una demoníaca voluntad de poder ilimitado, que rechaza y trata de destruir todo lo que no nazca de ella.

El progresismo, tal como se entiende en la actualidad en las instancias supranacionales, la mayoría de gobiernos, los medios de comunicación y las grandes corporaciones es simple y llanamente una guerra contra el cristianismo, y nada lo pone más en evidencia que el abortismo. Por eso, sí, es verdad, el fondo del problema es religioso, o antirreligioso, según se mire. Y no reconocerlo es regalarle al enemigo una ventaja decisiva.

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El bucle sórdido

El gobierno socialista de Pedro Sánchez repite desde el primer día el mantra del diálogo con los separatistas catalanes para distinguirse de su antecesor, sugiriendo que es la falta de este bálsamo milagroso y curalotodo el origen del “problema catalán”. La última en remachar el soniquete, cuando escribo estas líneas, ha sido Teresa Cunillera, delegada del gobierno en Cataluña, quien en una entrevista ha formulado así el profundo paradigma: “Donde [desde el gobierno del PP] ponían ordeno y mando y confrontación, nosotros ponemos diálogo, acuerdo y negociación.”

Se trata de una inversión de la realidad tan grosera y descarada que no debería ser necesario señalarla. Pero por desgracia lo es, porque hay demasiada gente que vive de difundirla. Para empezar, quienes rompieron cualquier diálogo fueron los separatistas cuando optaron por la vía unilateral, violando la Constitución y el Estatuto catalán, además de otras leyes de menor rango, desobedeciendo a la Justicia y proclamando formalmente en el parlament que eso es precisamente lo que habían hecho y lo que seguirían haciendo.

Dicen los separatistas que se vieron abocados a la ruptura con el Estado por culpa de un gobierno enrocado, que se negaba a hablar. Esto, después de décadas de autonomismo y de gobiernos centrales del PSOE y del PP sostenidos por los diputados nacionalistas, y haciendo la vista gorda ante la corrupción institucionalizada del pujolismo, es una burla feroz.

Por lo demás, nadie con dos dedos de frente puede creer que las enmiendas del Tribunal Constitucional a un nuevo Estatut, última de las preocupaciones de los ciudadanos catalanes, que ni habían imaginado que les hiciera puñetera falta, sean el origen de un problema real. Y menos creíble aún es que el origen se halle en ningún quítame allá esas pajas por desacuerdos en inversiones o en competencias, cuando la Generalitat tiene las más decisivas, incluyendo 17.000 policías autonómicos y más de 70.000 maestros y profesores dedicados al adoctrinamiento masivo de la juventud en el nacionalismo catalán.

Pero el estribillo del diálogo contiene una mentira aún más grande, la megamentira que corrompe todo el debate político contemporáneo. Aquella según la cual la derecha es autoritaria e intransigente, mientras que la izquierda es democrática y tolerante. ¡Permítanme que me ría! Desde la Revolución Francesa, si algo ha sido portador de los más brutales y sanguinarios despotismos del mundo ha sido la izquierda. Y cuando la derecha ha prohijado dictaduras y fascismos, ha sido unas veces como una reacción más o menos torpe a la izquierda, y otras como una mutación de la misma con la única finalidad de robarle su idea totalitaria.

Digámoslo sin tapujos: el objetivo último del PSOE y de Podemos no es solucionar ningún “problema catalán”, sino excluir del sistema a la derecha. Entiéndase bien, no me refiero al Partido Popular, que es un actor necesario para dicha exclusión. Conviene que exista una seudoderecha domesticada a la que los incautos sigan votando, para prevenir la irrupción de formaciones como Vox que realmente pongan en cuestión las premisas de la socialdemocracia hembrista y multicultural. Para ello, hay que seguir alimentando sin cesar el mito de una derecha archivillana y con ADN autoritario. Aunque el franquismo diera paso a la democracia parlamentaria, y el castrismo y el bolivarianismo sigan vendiendo cuarenta años después la misma tiránica opresión y la misma miseria de siempre.

Todo indica que el PSOE se propone repetir la misma jugada que tan bien le salió con ETA. Negociar con quienes desean la destrucción de España, con tal de obligar al PP a bajar la cabeza por miedo a ser tildado de enemigo de la paz, y a que asuma su indigno papel subalterno, de partido conservador… de las “conquistas progresistas”, desde el aborto a la memoria histórica.

A resucitar al brazo político de ETA, llegando al extremo de implicar al Tribunal Constitucional en la infamia, se lo llamó “proceso de paz” y “derrota de ETA”. Ahora, a que los separatistas catalanes ganen tiempo y puedan rearmarse (metafóricamente y quizás no tanto), lo llamarán diálogo y acuerdo. Y el PP, si alguna vez regresa al gobierno, volverá a tragarse con patatas cualquier pacto infame con los separatistas al que llegue el PSOE. Y la izquierda volverá a decir que el PP es un partido autoritario e intolerante. ¿No habrá nadie que sea capaz de romper este bucle sórdido? Desde luego, no en ninguno de los actuales partidos con representación parlamentaria.

Por qué hay ateos

Del mismo modo que los ateos tratan de buscar respuestas en la sociología, la psicología y hasta la neurología a la pregunta de por qué muchos creemos en Dios, es lícito y conveniente preguntarse por qué hay ateos.

Los ateos se sienten intelectualmente superiores porque piensan que los creyentes tenemos motivos irracionales como la búsqueda de consuelo o de respuestas agradables a los enigmas de la existencia, el interés por preservar la moralidad y el orden social, etc. No suelen plantearse que ellos puedan tener sus propias motivaciones irracionales.

Creo que hay dos explicaciones psicológicas fundamentales del ateísmo. La primera es el orgullo o la rebeldía del hombre que no quiere deberle nada a una instancia superior, que pretende ser éticamente autosuficiente y aspira a conseguirlo todo por sí mismo. Esta rebeldía es una constante en la historia humana, pero caracteriza especialmente la época moderna. No es accidental que nuestra secularizada cultura haya elevado a valores supremos el ánimo rebelde, la transgresión y el inconformismo.

Subyace aquí, por cierto, una paradoja: la sociedad contemporánea recompensa sólo formas de rebeldía estandarizadas, prefabricadas. Falsas rebeliones, en suma, como por ejemplo el feminismo o el homosexualismo, que en realidad se integran en el orden establecido constituido por grupos de presión, medios de comunicación, partidos políticos y grandes corporaciones, y contra las que, significativamente, sí está mal visto y hasta perseguido sublevarse. Hemos cambiado la obediencia a la ley divina, que nos acerca a los ángeles, por servidumbres humanas que rebajan nuestra dignidad al nivel de las bestias.

Pero hay otra causa psicológica del ateísmo nada desdeñable, procedente de una de nuestras debilidades: es la pereza intelectual. Ésta se manifiesta en forma de una serie de razonamientos simplistas y sofísticos, entre los cuales destacaría el naturalismo grosero, la carga de la prueba, el paso prescindible y la paradoja de Epicuro.

Naturalismo grosero

Por naturalismo entiendo la idea de que no existe ninguna realidad sobrenatural, es decir, que todo puede y debe explicarse mediante las leyes de la naturaleza. Esta tesis, aunque no la compartamos, merece ser respetada. Sin embargo, con frecuencia se adopta sin tener consciencia de que se trata de un mero postulado, es decir, que no se sostiene en ningún otro principio más fundamental o general, ni en ninguna evidencia. (Puede haber evidencia empírica de que exista algo, pero no de que algo no exista.) La inconsciencia del naturalismo como mero postulado es lo que denomino naturalismo grosero.

Un naturalista grosero asegura que los milagros no existen, porque suponen violar las leyes de la naturaleza. Pero precisamente esta es la definición de milagro: una violación de las leyes de la naturaleza, realizada directa o indirectamente por Dios. Afirmar que los milagros no existen porque violan las leyes de la naturaleza es una argumentación circular: es exactamente lo mismo que decir que las leyes naturales no se pueden violar porque las leyes naturales no se pueden violar. O más concisamente: los milagros no existen porque los milagros no existen.

El naturalismo grosero es claramente perezoso. Lo más fácil es decir que sólo existe lo que podemos percibir por los sentidos, y fin de la historia. Pero que una idea sea cómoda o intuitiva no significa que sea cierta. Existen infinidad de cosas que no percibimos, salvo por sus efectos, y que muy pocos ateos se atreverían a negar.

La carga de la prueba

Consiste este argumento en la idea de que los ateos no tienen ninguna obligación intelectual de argumentar por qué Dios no existe, sino que corresponde a los creyentes ofrecer pruebas positivas de la existencia de un Creador. Es decir, el ateísmo sería la posición “normal” o por defecto de un ser racional, que no estuviera contaminado por prejuicios recibidos. Comte señaló que ya nadie cree en los dioses de la mitología griega, y que no por ello se exigen pruebas de su inexistencia. Más humorístico, Bertrand Russell imaginó que podría existir una tetera orbitando entre Marte y Júpiter, indetectable para cualquier telescopio por su insignificante tamaño. Refutar la existencia de Dios sería tan ocioso, según él, como tratar de probar que no existe esa tetera.

Traspasar la carga de la prueba a los creyentes es sin duda una demostración de pereza intelectual. No tiene más justificación que si los creyentes hicieran lo mismo, pues las comparaciones que se hacen de Dios con seres imaginarios como los citados y cualesquiera otros eluden sistemáticamente la naturaleza del concepto monoteísta de Dios. Aquí no nos estamos planteando la existencia de un ser cualquiera, como la diosa Afrodita, la tetera de Russell o el ratoncito Pérez, cuya existencia o inexistencia no afectan globalmente al resto del universo, sino la naturaleza básica de la realidad.

O bien la realidad primordial (lo que los presocráticos denominaban arjé) es una Inteligencia personal, creadora de todo lo demás, o bien el arjé es la materia inerte, de la cual surgiría accidentalmente la inteligencia. El ateo ha realizado su elección entre ambas posibilidades, como lo ha hecho el creyente. No veo por qué el primero estaría menos obligado a justificar su posición, si es que lo está de algún modo, que el segundo.

Como enseñaba Joseph Ratzinger en su libro Introducción al cristianismo: “Nadie puede sustraerse al dilema del ser humano. Quien quiera escapar de la incertidumbre de la fe caerá en la incertidumbre de la incredulidad, que jamás podrá afirmar de forma cierta y definitiva que la fe no sea la verdad. Sólo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable.”

El paso prescindible

Uno de los argumentos simplistas favoritos del ateísmo es el siguiente: Si decimos que el universo existe porque fue creado por Dios, pero Dios es un ser increado, ¿por qué no ahorrarnos un paso y decir que el universo es increado? En realidad, esto ya ha sido contestado en la sección anterior, pero reformularemos aquí el razonamiento para que se comprenda bien. Decir que Dios ha creado el universo no es añadir un ente superfluo más al conjunto de lo existente, sino que altera por completo el carácter y el sentido de dicho conjunto.

Supongamos que el universo sea increado, es decir, que exista por sí mismo. Esto puede significar dos cosas: o bien que existe sin razón alguna, o bien que la razón de su existencia se halle en sí mismo. Si admitimos los primero, cualquier cosa puede darse (puesto que no necesita razón alguna para ello), y por tanto se derrumba la inteligibilidad última de lo real. No habría ningún motivo por el cual el universo se nos presentara regido por las leyes naturales conocidas, ni tan siquiera por cualesquiera otras; sencillamente habría habido un determinado orden -hasta ahora- que en cualquier momento podría concluir abruptamente. El filósofo ateo Sartre comprendió perfectamente eso y lo reflejó en su novela La náusea.

Si en cambio suponemos que el universo existe por su propia naturaleza, se deduce que todo cuanto existe es necesario, que nada podría ser de otra manera, pues tiene en sí mismo la fuerza para existir. En un universo así no hay lugar para la libertad humana, como ya vio el gran pensador Spinoza, porque la libertad es la negación de que todo acontecimiento esté sometido a la necesidad causal o al azar.

Por el contrario, si Dios ha creado el universo, se justifica tanto su inteligibilidad (pues procede de una Inteligencia ordenadora) como la libertad humana, que sería un trasunto de la libertad absoluta del propio Creador. Por tanto, no se trata de un paso lógico de más o de menos: se trata de elegir entre una concepción u otra de la existencia, radicalmente distintas. El ateo es una persona a la que le da una enorme pereza tan tremenda elección, y por eso se deja seducir fácilmente por el argumento de que basta con prescindir de un paso, aplicando la ley del mínimo esfuerzo.

La paradoja de Epicuro

Por las redes sociales circula un diagrama llamado “paradoja de Epicuro”. Importa poco que la atribución al filósofo griego sea fantasiosa, aquí nos interesa sólo analizar la argumentación lógica. Este es el diagrama:

paradojaEpicuro

El razonamiento básico no es más que la exposición del clásico problema del mal: Si Dios es omnipotente e infinitamente bueno, ¿por qué existe el mal? Si lo permite no es bueno, y si no puede impedirlo, no es omnipotente. De lo que se deduce, dice el ateo, que Dios no existe.

El diagrama considera y rechaza tres posibles respuestas de los creyentes al problema del mal. La primera respuesta es que Dios permite el mal para que el hombre sea libre de elegir el bien. La segunda, que el mal procede del diablo. Y la tercera, que el mal es una forma de poner a prueba al hombre. Las tres se rechazan por el mismo motivo: un Dios omnipotente puede crear un mundo con libre albedrío y libre del mal; asimismo, puede destruir al diablo. Por último, no necesita probar al hombre, porque es omnisciente y ya puede prever sus actos.

Todos estos razonamientos se basan en una errónea concepción de la omnipotencia. Esta, como ya señaló Tomás de Aquino, no puede incluir lo lógicamente contradictorio. Dios no puede hacer que dos más dos sumen cinco, o que un triángulo tenga dos lados, no porque haya una limitación a su poder, sino simplemente porque tales cosas son absurdos que ni siquiera pueden pensarse.

Aplicado a nuestro problema, vemos que Dios no puede hacer libre al hombre y al mismo tiempo imposibilitarle que sea capaz de elegir el mal. Sería lógicamente contradictorio. Ahora bien, si Dios permite el mal por razón del libre albedrío, puede entre otras cosas admitir que exista el diablo, aunque por supuesto sin llegar a concederle un poder ilimitado. Y también tiene sentido someter al hombre a prueba, no porque Él necesite conocerlo (ya lo conoce, obviamente) sino porque es el hombre quien necesita conocerse a sí mismo, con el fin de que a partir de ese autoconocimiento tenga la oportunidad de perfeccionarse, arrepintiéndose del pecado y relativizando los bienes materiales.

No se me ocurre ni remotamente haber zanjado en estas pocas líneas el problema del mal. Por el contrario, el diagrama de la paradoja de Epicuro, con su engañosa sencillez, es una presuntuosa simplificación de un problema que ha ocupado a los filósofos cristianos durante siglos, como si bastaran unos pocos letreros y flechas para ahorrarnos la lectura meditada de una bibliografía ingente. ¿Cabe mayor demostración de pereza?

Termino apuntando una reflexión sobre la conexión entre la pereza intelectual y el orgullo rebelde contra Dios. No es extraño que quien se cree capaz de prescindir de Dios quiera creer que el universo puede existir por sí mismo, sin necesidad de un Creador, e incluso que tenga la osadía de enmendarle la plana, de pensar que en su lugar hubiera hecho las cosas mejor. Si la pereza es ignorancia del coste de las cosas, la rebeldía es negarse a pagar su precio, no reconocer ninguna deuda. Es una actitud vital básica que hoy se manifiesta en muchas formas subalternas, en la constante exigencia de derechos sin obligaciones, en las políticas económicas deficitarias, en la desvalorización pedagógica del esfuerzo y muchas más. Todas ellas derivan de la misma negación o transgresión original.

La prueba de Franco

Como todos ustedes saben, el presidente del gobierno Pedro Sánchez ha anunciado la exhumación del cadáver de Franco del Valle de los Caídos. 42 años después de la muerte del dictador, de los cuales más de la mitad ha gobernado el PSOE, un presidente de este partido parece haber descubierto dónde está enterrado el antepenúltimo Jefe del Estado.

Algunos dirán que nunca es tarde para corregir una “anomalía” semejante, sin paralelo en Europa. “¡Imaginen un monumento a Hitler en Alemania!” Dicen cosas así, basadas en groseras patrañas sobre la construcción y el significado del Valle de los Caídos, y mucha gente calla o responde débilmente, por ignorancia o cobardía.

A los progresistas les gusta mucho comparar a Franco con Hitler, lo cual es por lo pronto un grave insulto a las millones de víctimas del nacionalsocialismo. Pero se crecen con ello, porque piensan que así avergüenzan a sus adversarios, y no se puede negar que en la mayoría de casos consiguen tal efecto.

Es evidente que el objetivo inmediato de Sánchez es drenarle votos a Unidos Podemos. Pero sería un error quedarnos en esta explicación coyuntural. Debemos remontarnos al anterior presidente socialista, Rodríguez Zapatero, que fue quien pretendió enlazar la legitimidad democrática con la Segunda República, despreciando los casi treinta años de democracia que España sumaba en 2004, cuando se produjeron los atentados de Madrid que lo catapultaron a la Moncloa.

Esta política guerracivilista tuvo su plasmación en la Ley de Memoria Histórica y en el pacto secreto con la ETA y su brazo político. La primera convierte en doctrina de Estado una interpretación de la República, la Guerra Civil y la dictadura favorable al bando izquierdista del conflicto.

El pacto con ETA, por su parte, consiguió insuflarle nueva vida al agonizante brazo político de la organización terrorista, justo cuando estaba a punto de ser vencido tanto policial como políticamente. Sobre este tema, recomiendo la lectura del importante libro de Rogelio Alonso titulado La derrota del vencedor, donde desmonta todas las mentiras que se vienen repitiendo desde hace años sobre “la derrota de ETA”.

Lo que une a la banda criminal con los partidos de izquierdas y los nacionalismos hispanófobos es que todos ellos se reconocen en su antifranquismo. Zapatero, con la Ley de Memoria Histórica y el pacto con la ETA, pretendió ni más ni menos que instaurar un nuevo régimen en el que las ideas discrepantes de la narrativa izquierdista sencillamente no tengan cabida.

Es obvio que para la perfección de este plan, la figura de Franco sigue siendo imprescindible. Y a ello contribuye que la derecha política haya sido absolutamente incapaz de ofrecer su propia versión desacomplejada sobre el franquismo, señalando lo que rechaza de ese periodo o simplemente considera anacrónico, pero también lo que es perfectamente reivindicable. Cuando le mientan la bicha, lo único que sabe replicar es que ese tema “no es la prioridad de los españoles” o el socorrido “hay que mirar el futuro”, al que se atuvo también, hace escasos días, el recién elegido presidente del PP, Pablo Casado.

En esta situación, no es de extrañar que la izquierda se sienta absolutamente cómoda y que sea la menos interesada en que nos olvidemos de Franco. ¿Cómo iba a querer tal cosa, si le proporciona la ventaja decisiva sobre su adversaria? Una derecha amedrentada por el estigma del franquismo le facilitará largas legislaturas y se limitará a administrarle fielmente la finca en su ausencia, sin atreverse a aplicar su propio programa.

Porque no se trata de un mero debate historiográfico: aquí estamos decidiendo entre dos modelos de sociedad. La izquierda (e inclúyase en adelante a su derecha de compañía) significa un Estado mucho más gravoso y metomentodo, una sociedad civil más débil y teledirigida.

La izquierda significa que la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, queda al albur de la opinión y del interés.

La izquierda significa que la familia y la infancia se vean desprotegidas, con leyes que consagran el seudoderecho de cualquier adulto caprichoso a la adopción de niños y a la reproducción fuera de la convivencia heterosexual.

La izquierda significa seguir dando cancha a los nacionalismos hispanófobos, que no descansarán hasta destruir la nación que odian.

La izquierda, en fin, significa desarmarnos frente al islamismo y continuar erosionando nuestras raíces cristianas, sin las cuales devenimos juguetes de la última doctrina delirante de moda.

Si la derecha española quiere aún oponerse a todo esto, es decir, si quiere sencillamente sobrevivir, debe de una vez por todas clarificar su posición ante la figura de Franco. Debe comprometerse con la verdad de lo que sucedió en España en el siglo pasado, sin miedo alguno al qué dirán, apelando al conocimiento y no al emocionalismo necio que hoy es moneda corriente. Esa sería la auténtica prueba del nueve, “la prueba de Franco” de que por fin hay una derecha que está dispuesta a dar la batalla intelectual.

¿Pasará la prueba el sucesor de Rajoy en el PP, Pablo Casado? De momento, como hemos visto, no se ha salido del guión, a pesar de lo fácil que lo tendría alguien nacido tras la muerte del dictador, y que sólo se molestase en leer algún libro de Pío Moa o Stanley Payne.

Más allá del liberalismo conservador

¿Qué relación existe entre la libertad de mercado y el derecho a la vida del no nacido? ¿O entre la libertad de expresión y la familia tradicional compuesta por los padres y sus hijos biológicos? Para ciertas personas, la democracia liberal y los derechos individuales son incompatibles o poco congruentes con el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural y la defensa de la familia.

Algunas de esas personas, que se autodenominan liberales, y hasta reparten carnés de liberalismo, consideran que el aborto y la eutanasia son derechos tan inviolables como la libertad de expresión o la religiosa. Asimismo, opinan que cualquier persona adulta tiene absoluto derecho a adoptar niños o a reproducirse sin pareja heterosexual y sin otro motivo que la mera satisfacción de sus deseos.

Los liberalconservadores, por el contrario, defienden la compatibilidad del demoliberalismo con lo que, para abreviar, llamaré moral tradicional. Con objeto de razonar esta posición, Francisco José Contreras, catedrático de filosofía del derecho de la Universidad de Sevilla, ha escrito varios libros magníficos, entre los que destacan Liberalismo, catolicismo y ley natural y el breve pero enjundioso Una defensa del liberalismo conservador, recientemente publicado. (Unión Editorial, Madrid, 2018.)

En el estilo del resto de obras del profesor sevillano, la última es una argumentación analítica, clara y profusamente documentada con datos empíricos, engarzada en la tradición del pensamiento clásico y la reflexión contemporánea más lúcida. El efecto es impresionante. Quien no esté de acuerdo con Contreras no puede –honestamente– desdeñarlo o despacharlo con un simple calificativo ideológico despectivo. Y quienes compartimos sustancialmente sus conclusiones, tampoco nos vemos eximidos del esfuerzo de digestión intelectual que requiere su lectura.

Contreras señala, con toda razón, los supuestos conservadores de los liberales clásicos, desde Locke hasta Hayek, así como su plasmación práctica en el sistema político de los Estados Unidos. Niega que el libertarianismo (como el que representa por ejemplo Juan Ramón Rallo, por citar a un autor mediático) sea una deriva inevitable del liberalismo clásico, tal como acostumbran a denunciar los pensadores tradicionalistas. Los autores citados en primer lugar y otros entendían la libertad más bien como un medio, o una condición, para realizar la vida buena y virtuosa, mientras que los libertarianos, especialmente a partir de John Stuart Mill, convierten la libertad en un fin en sí mismo, de modo que cualquier decisión libre que no interfiera en los derechos de terceros merece la misma valoración. Por ello, el libertarianismo es moralmente relativista, a diferencia del liberalismo clásico.

Esta distinción entre la libertad como medio y como fin es crucial, pero muy fácil de olvidar. Creo que el propio pensamiento liberalconservador bordea ese olvido con frecuencia, cuando argumenta a favor de la moral y las instituciones tradicionales como las más adecuadas para preservar la libertad o la civilización. Lo cual es cierto, pero distinto de la afirmación que puede deslizarse implícitamente: que salvaguardar esos bienes indudables es la única justificación, o la más importante, de instituciones como el matrimonio y la familia.

Es significativa al respecto una cita de Robert P. George aportada por Contreras : “Las empresas no pueden producir por sí mismas personas honradas y trabajadoras a las que emplear. Ni puede tampoco el Gobierno crearlas por decreto. Las empresas y los gobiernos necesitan que existan muchas personas con estas características, pero dependen de las familias –ayudadas a su vez por las comunidades religiosas y otras instituciones de la sociedad civil– para producirlas.”

Nótese el verbo producir, empleado un par de veces. Sin duda, su uso es completamente inocente, o todo lo más levemente irónico, pero no por ello consigue evitar una connotación desasosegante. Se quiera o no, sugiere que si existiera algún método alternativo para fabricar el “material humano” necesario para el funcionamiento de la economía, como en la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley, podríamos prescindir de la institución familiar.

Este riesgo del pensamiento liberalconservador, consistente en reducir a finalidades pragmáticas los valores conservadores, parece confirmar los recelos de los autores reaccionarios contra el liberalismo. Contreras acaso trata de hacer justicia a dichas prevenciones al admitir que existe una pulsión “autofágica” en el liberalismo. Explicada brevemente: la explosión de riqueza creada por el sistema capitalista ha alumbrado una sociedad consumista que socava las virtudes (disciplina, ahorro, esfuerzo) que son condiciones de posibilidad del propio capitalismo. Sin embargo, con esta concesión no parece que dejemos de supeditar los valores morales a sus efectos socioeconómicos, cosa muy distinta de comprender la indiscutible relación entre ambos.

Opino que la tentación utilitarista del liberalismo conservador sólo se puede sortear asimilando la verdad nuclear del pensamiento reaccionario, esto es, la denuncia de la ruptura moderna con el cristianismo. Es lo que de hecho hace Contreras en el último capítulo, no exento de cierta melancolía crepuscular, titulado “Liberalismo, teísmo, materialismo.” Aunque también podríamos decir que con ello, en cierto modo, trasciende el marco del liberalismo conservador, apuntando al territorio maldito de los Donoso Cortés, Richard M. Weaver y Gómez Dávila. Lo cual no sería el menor mérito de un libro que tiene más que suficientes para hacer de su lectura un festín de la inteligencia. No se lo pierdan.

Las dos críticas al capitalismo

Hay una crítica indocumentada, ternurista e inane contra el capitalismo. Es la de quienes denuncian, contra los datos más rigurosos, que “los ricos cada vez son más ricos y los pobres más pobres”, y basándose en medias verdades y en informes tendenciosos e interesados como los de Oxfam postulan un aumento escandaloso de las desigualdades o la irrupción de una nueva depauperización en el mundo desarrollado.

No es una crítica que ejerza exclusivamente la izquierda, sino que la encontramos también en determinados autores conservadores y tradicionalistas, con términos a veces apenas distinguibles. Hay un cierto auge, en círculos restringidos, de las ideas distributistas de Gilbert K. Chesterton, el genial apologista católico, que defendía una especie de sociedad neorrural tan alejada del capitalismo como del comunismo. En nuestro país, el escritor Juan Manuel de Prada se ha erigido en uno de los representantes notorios, a través de sus columnas periodísticas, de esta tendencia reaccionaria.

No me malinterpreten. Quien escribe se reconoce sin ambages en el pensamiento reaccionario, cuya tesis central es que la modernidad, entendida como la ruptura con el cristianismo, es un error capital, por no decir la fuente de todos los errores. Sin embargo, las deducciones que algunos autores extraen de esta tesis, en el terreno económico, me parece que se han dejado influir por ideas que nada tienen que ver con el pensamiento genuinamente reaccionario, sino con un marxismo más o menos vulgarizado, que evidentemente se halla en sus antípodas.

Hace escasos días me llamó la atención la emisión, en Intereconomía TV, de una interesante entrevista de Julio Ariza a Jaime Mayor Oreja, en la que, tras tratar diversos temas, el director de la cadena lanzó una soflama denunciando las crecientes desigualdades económicas, en unos términos que cualquier comunista habría suscrito. El político democristiano se mostró diplomáticamente en sintonía con el discurso de su entrevistador, aunque apresurándose a señalar que él no era socialista ni comunista. Lo cual es una forma de admitir una cierta coincidencia con el diagnóstico de la izquierda, desconectándolo, no sé si muy consistentemente, de sus soluciones.

Personalmente, creo que el socialismo es una doctrina completamente falsa, no sólo por sus resultados sino ante todo por su interpretación del mundo, de la que a fin de cuentas derivan aquéllos. Sencillamente no existe un monstruo llamado capitalismo que sea el único o principal responsable de la pobreza en el mundo, de las guerras y de los desastres medioambientales. Nada ha provocado más miseria en el planeta que la instauración del comunismo en Rusia y en China, así como las políticas socialistas en otros muchos países, como la India de no hace muchas décadas. Nadie ha matado más en la historia que los regímenes y movimientos comunistas, en los últimos cien años. Y nadie ha provocado desastres ecológicos comparables a Chernóbil y otros menos conocidos.

La doctrina comunista, sin embargo, sigue disfrutando de un prestigio absolutamente increíble e inmerecido. Y las muletas de este prestigio son básicamente el discurso antifascista y el discurso anticapitalista. Del primero, sólo cabe decir que es probablemente el mayor éxito propagandístico de todos los tiempos. La izquierda pretende que unas doctrinas que en su origen no fueron más que una mutación ideológica del socialismo, y cuya influencia real, reducida a un cuarto de siglo, terminó en 1945 con la derrota del nazismo, constituyen la mayor amenaza que se cierne sobre la humanidad hasta el día de hoy y en el futuro.

La pretensión es desde luego ridícula, pero hay que rendirse a la evidencia de su efectividad política. El antifascismo es desde siempre el gran banderín de enganche del izquierdismo, tanto de jóvenes ingenuos como de oportunistas. El antifascismo lo justifica todo, incluso prácticas políticas violentas que no se distinguen de las fascistas. Porque en el fondo, y sin negar sus diferencias, fascismo y progresismo comparten una idea con resultados prácticos muy similares: la de que la vida social es una guerra más o menos encubierta, bien sea de clases, razas o sexos.

Sobre todo, el antifascismo es el gran espantajo que mantiene a la derecha política y sociológica amedrentadas, siempre a la defensiva, como si el mero hecho de sostener cualquier posición no progresista, como por ejemplo ser contrario a la eutanasia, le colocara a uno, dentro del llamado espectro político, más cerca de Adolf Hitler. (El cual, dicho sea de paso, defendía radicalmente la eutanasia y la aplicó desde antes de la guerra con la firme y valiente oposición de la Iglesia católica.)

El otro discurso que le hace el caldo gordo al comunismo es el anticapitalismo. Cada vez que algún bienintencionado conservador dice que comparte el diagnóstico de Podemos, pero no sus recetas, habría que darle una colleja metafórica. Porque dicho diagnóstico, por debajo de adornos y tacticismos varios, no es otro que situar el origen de todos los males en la propiedad privada y el libre mercado. Suelen hablar, para atracción de los incautos, de “gran propiedad” o “capital especulativo”, pero a la postre un comunista con poder acabará robando o arruinando a los más pobres e indefensos. Y ello es así no por desviaciones o excesos, sino por culpa del mismo concepto de partida.

Porque, díganme: ¿quién decide qué forma de propiedad es lícita o no? ¿Dónde ponemos el límite y cómo? Y lo más importante: ¿es posible un mundo de más de siete mil millones de pequeños propietarios? ¿Existe una alternativa a la economía industrial que permita alimentar, vestir, dar vivienda y medios de transporte a los miles de millones de seres humanos que, gracias precisamente (y digan lo que digan sofistas y demagogos) al capitalismo, han accedido a niveles de prosperidad desconocidos en toda la historia?

Ahora bien, dicho esto, hay una crítica de otro orden al capitalismo, ejercida por los autores reaccionarios en sus momentos más lúcidos, con la que sí estoy de acuerdo. La resume magníficamente Nicolás Gómez Dávila en uno de sus escolios: “El capitalismo es abominable porque logra la prosperidad repugnante vanamente prometida por el socialismo que lo odia.”

Es decir, el problema del capitalismo no es que produzca miseria, sino lo contrario: su ilimitada y demostrada capacidad para producir riqueza y satisfacer los deseos consumistas de las masas. Objetivo que comparte plenamente con el comunismo, con la única diferencia de que uno cumple sus promesas y el otro no. Soy consciente de que esta posición puede confundirse con un aristocratismo o torremarfilismo hipócrita y cínico. El de quien desde una posición acomodada (como era la de Gómez Dávila) puede permitirse el lujo de deplorar el mal gusto e inmoralidad de infinitos productos industriales destinados a satisfacer la demanda del gran público.

Desde luego, un reaccionario consecuente no debería caer en el error de proponer ilusorias alternativas. Puede evocar con ánimo ilustrativo o hasta provocativo viejas formas de vida preindustrial y feudal, pero realmente sabe, o debería saber, que ni esas viejas formas eran tan idílicas ni en todo caso podemos (ni queremos, hablando con sinceridad) volver a ellas. Sin embargo, esto no invalida el hecho de que el capitalismo, al producir sin otro criterio que satisfacer la demanda (sea espontánea o excitada artificialmente), nos conduce a una sociedad donde el materialismo eclipsa fácilmente cualquier otro sistema de valores, aunque sea a veces bajo el disfraz de las variadas seudoespiritualidades que el mercado se apresta también a ofrecernos.

Se ha comparado, en mi opinión acertadamente, el mercado libre con la democracia. Y en efecto, ambos beben del mismo principio: que el pueblo, o el consumidor, es el soberano. Para la mentalidad moderna, esto es un dogma incuestionable; pero tiende a desentenderse graciosamente de sus consecuencias más incómodas, lamentándolas como si se tratara de accidentes inexplicables o azarosos. Ese pueblo soberano puede al final acabar votando a Hitler. Y ese consumidor-rey sostiene una industria pornográfica (en el sentido más amplio, no me refiero sólo al negocio de contenidos sexuales, sino al entretenimiento basura en general) que mueve miles y miles de millones de dólares en el mundo, los cuales evidentemente se distraen de otros menesteres infinitamente más caritativos, nobles o inteligentes.

No nos equivoquemos. El problema de la democracia y del capitalismo no es que vote gente ignorante, ni que gente vulgar tenga dinero para comprar. No se resolvería nada restringiendo el sufragio ni creando redes de comercio elitista. Pues precisamente, esta “solución” ya ha sido ensayada hasta la saciedad por los comunistas. Lenin no accedió al poder por una mayoría de votos, sino dando un golpe de Estado y cerrando el parlamento. Sin embargo, la ideología leninista no dejaba por ello de ser democrática, en un sentido más profundo de lo que suele creerse. Quien está imbuido de la supersticiosa idea de que el pueblo o la mayoría siempre tienen la razón, en el fondo no necesita siquiera de ningún método que permita corroborarlo. Basta con que, del mismo modo supersticioso, crea que alguien, un líder o un partido, encarna esa voluntad infalible. Nuestro reaccionario de cabecera Gómez Dávila ya señaló esta fundamental comunidad de principios entre las democracias parlamentarias y las “democracias populares”: “Mayoría, partido minoritario, o individuo, la legitimidad democrática no depende de un mecanismo electoral, sino de la pureza del propósito.” (N. Gómez Dávila, Textos, Atalanta, 2010, pág. 72.)

Lo que distingue al parlamentarismo occidental del despotismo democrático es que, precisamente en el primero, el principio democrático está restringido y compensado por el constitucionalismo: porque en Europa y en Estados Unidos hay todavía serios límites legales a lo que un gobierno puede hacer, por mucha legitimidad electoral que posea, y porque sobrevive la división de poderes. Pero los ataques al imperio de la ley y a la independencia judicial son habituales desde las posiciones más fervientemente democráticas. Es ya cotidiano que se exija a los jueces que se plieguen al sentir popular expresado en manifestaciones callejeras, o que se demande a los gobiernos que ejerzan poderes ilimitados para solucionar tanto problemas reales como muy frecuentemente imaginarios o exagerados histéricamente.

Es aquí donde reaccionarios y liberales se encuentran: en su desconfianza de la democracia como expresión de una voluntad popular de derechos ilimitados. Pero algunos liberales, en su empeño por absolutizar la libertad individual, acaban no distinguiéndose demasiado de los demócratas más sectarios. Proclamar soberano al individuo (lo que implícitamente descarta cualquier criterio de valor trascendente) tiene resultados prácticos que no son tan distintos del absolutismo democrático, como se advierte por las significativas coincidencias de estos susodichos liberales con muchas posiciones progresistas, como la defensa de la eutanasia o los vientres de alquiler. Si el liberalismo fuera eso (aunque me resisto a concederlo), yo estaría con los reaccionarios, sin dudarlo.

 

 

La linterna mágica

Los medios de comunicación de masas (en adelante, MCM) son principalmente instrumentos de propaganda. La información objetiva es en ellos sólo una pequeña parte (a veces, difícil de encontrar y aislar) que básicamente funciona como pretexto u ocasión para inculturar y reforzar entre la población la visión progresista del mundo.

Esto vale para todos los grandes medios convencionales públicos y privados, de información y entretenimiento, televisión, cine, radio y prensa de papel, con sus ediciones digitales; también para buena parte de los medios exclusivamente digitales.

Internet es una tecnología que parece cuestionar la influencia unidireccional y jerárquica de los MCM, pero de momento ésta sigue siendo enorme e innegable, y personalmente no tengo muy claro que las redes sociales vayan a hacer algo más que mitigarla levemente, pese a resultados inesperados como la elección de Trump. Que los MCM atribuyan este acontecimiento a la mera difusión de bulos por potencias extranjeras indica que tienen mal perder, pero no que su posición corra un riesgo serio, por ahora.

No hay apenas diferencia entre medios de línea editorial nominalmente conservadora o progresista, ni siquiera entre medios públicos bajo gobiernos de distinto color político. Unos son más afines a determinados partidos, lo que se percibe en cómo tratan los escándalos de corrupción que salpican a unos y a otros; pero en lo ideológico, cada vez resultan más indistinguibles, al igual que sucede con esos mismos partidos.

Ello se debe no tanto a que los medios sean serviles al poder, que lo son, como al hecho de que son una parte del mismo. Los periodistas forman parte de la clase dirigente, como se podía decir genéricamente del clero siglos atrás. Y siendo abrumadoramente progresistas, es lógico que tiendan a transmitir esta ideología, acaso sin ser siempre conscientes de ello. Los escasos periodistas que no son progresistas, o bien se adaptan al entorno para sobrevivir, recluyendo sus ideas y creencias en su fuero interno, o bien pagan un alto precio por la disidencia, empezando por sufrir el veto de los principales medios.

La mayor parte de las noticias y mensajes que sirven los MCM pueden clasificarse en una reducida lista de temas clave, en función de las ideas que se quieren difundir: Ideología de género, socialdemocracia, multiculturalismo, laicismo, ecologismo… Ya de entrada, los hechos son seleccionados en función de las necesidades propagandísticas. Por ejemplo, interesa más la violencia de pareja que la violencia causada por musulmanes. Y si no hay más remedio que informar de esta última, se pone especial cuidado en alertar preventivamente contra el peligro de la islamofobia, como si un mal en gran medida hipotético fuera más preocupante que un mal presente.

Un rasgo muy revelador es la ausencia casi total de pluralismo en temas de sustancia ideológica y filosófica, en contra de lo que pudiera creerse debido a la proliferación de “polémicas” más o menos ruidosas, que a menudo se reducen a desacuerdos o malentendidos verbales. Rara vez se da voz a posiciones que discrepen consistentemente del progresismo si no es para demonizarlas o ridiculizarlas, asociándolas a la “ultraderecha”, el “populismo” y sambenitos semejantes, y procurando en cualquier caso que sus críticas no puedan llegar de manera inteligible al gran público.

Es práctica común recabar la opinión de “expertos” a los que se presenta como portavoces de una supuesta versión científica oficial sobre cualquier tema, como si no hubiera controversias dentro de la ciencia –o como si cualquier cuestión fuera competencia de ésta. Si por ejemplo se habla de transexualidad, los “expertos” consultados serán invariablemente partidarios de las tesis de las asociaciones LGTB (cuando no directamente miembros de ellas), ignorando que existen respetables opiniones divergentes entre profesionales de la psiquiatría o la endocrinología.

En teoría, los periodistas se rigen por códigos de objetividad e imparcialidad, pero en la práctica no es en absoluto así, sencillamente porque la propia ideología progresista niega que exista la objetividad. El progresismo sólo cree en la realidad del poder, y por tanto todo discurso es o bien un medio para sostenerlo o para cuestionarlo. No hace falta decir que el progresista, por definición, se considera un cuestionador del poder, un heroico transgresor. Da lo mismo cuál sea su posición social, si es un multimillonario, un autócrata o un periodista al servicio de alguno de ellos: él siempre “lucha” contra poderes superiores o fuerzas malignas, llámense capitalismo, patriarcado, autoritarismo, etc., y para este romántico rebelde todo está justificado, empezando por el uso sin escrúpulos de la mentira y las más descarnadas técnicas de manipulación de las emociones gregarias.

La pregunta que ineludiblemente se plantea es por qué los periodistas son mayoritariamente progresistas. Admitamos en primer lugar que por la misma razón que lo son la mayoría de maestros de escuela, profesores de enseñanza secundaria y superior y, en general, la gente instruida. Enunciada brevemente: El progresismo resulta casi irresistible para todos ellos porque se autopercibe y autoproclama sin descanso como el gran enemigo de la ignorancia. Y ¿quién querría ser visto como un defensor de ésta?

Probablemente el mayor éxito del progresismo sea haber impuesto, paradójicamente, su ignorante visión del pasado, especialmente del período medieval, entendido básicamente como un cúmulo de errores y supersticiones, con las únicas salvedades de unos pocos pensadores y científicos que debieron enfrentarse a la Iglesia, institución cerrada a toda innovación y mejora. Aceptado ese falso relato maniqueísta, que empieza por desdeñar (¡y ya es desdeñar!) el papel crucial del clero y el monacato católicos, tras la caída del Imperio romano, en la preservación y estudio del legado clásico, es perfectamente comprensible que cualquier individuo alfabetizado quiera estar en el lado bueno de la historia.

Hay que tener en cuenta que la mayor parte de las personas instruidas saben en realidad muy poco de casi todo, excepto sus particulares especialidades, por lo que no es de extrañar que adopten con facilidad los estereotipos más ramplones sobre la historia o sobre el cristianismo. Si esto no han podido evitarlo científicos y pensadores como Albert Einstein o Bertrand Russell, algunas de cuyas opiniones sociales y políticas eran, por decirlo suavemente, de nivel barbacoa familiar (véase El conocimiento inútil, de J.-F. Revel), imaginen con cualquier mediocre maestro o profesor, que a menudo se limita a mantener durante toda su vida las ingenuidades “idealistas” que adoptó siendo un estudiante imberbe.

Pero esta injustificada autopercepción del progresismo como la lucha por el conocimiento no es más que una derivada, una consecuencia de una tesis más profunda o fundamental, que aquí, para no alargarnos, sólo podemos desarrollar de manera muy sintética, formulándola así: El hombre es capaz, exclusivamente por sus propios medios y capacidades, de alcanzar cualquier grado superior de perfeccionamiento. Expresado categorialmente, el progresismo no es más que un gnosticismo, la doctrina según la cual el ser humano, mediante su conocimiento de la realidad, puede llegar a superarse a sí mismo, hasta convertirse en un ser divino o fusionarse con él.

Todo en el progresismo acaba siempre tendiendo, de manera directa o indirecta, a la misma idea: que el conocimiento (reducido previamente a mera técnica) tiene un poder -lo que equivale a un “derecho”- ilimitado y por tanto es opuesto a la religión cristiana, a la que debe reemplazar de una vez por todas. Podríamos decir, recurriendo al mito bíblico, que el primer progresista habría sido la serpiente que le susurró a Eva, en el jardín del Edén, que si ella y Adán comían del árbol de la ciencia del Bien y del Mal, serían como dioses.

Es cierto que Nietzsche renegó del progresismo por considerarlo una reedición del cristianismo. Pero no deja de ser significativo que su ateísmo le llevara a predicar el Superhombre, algo no distinto de lo que sostiene, aunque habitualmente con otras palabras, el propio progresismo, y de manera muy explícita recientes divagaciones transhumanistas como las de Yuval N. Harari (Homo Deus), que tienen la virtud clarificadora, precisamente, de abogar por un progresismo mucho más autoconsciente, coherente e implacable, purificado de reminiscencias cristianas.

El progresismo, aun cuando algunos quieran entenderlo como una puesta al día del cristianismo, es ante todo una ruptura, una rebelión radical contra él, por cuanto reniega de la doctrina de que el hombre sea una criatura divina necesitada de redención trascendente, un ser que no puede salvarse por sí solo. Los mandamientos del progresismo, asumidos por millones de personas, incluyendo muchas que se creen “conservadoras”, se resumen en dos: Te amarás a ti mismo por encima de todo y serás rebelde contra toda norma externa, que no proceda de tu sagrada libertad o subjetividad. Evidentemente, esta letanía difundida con uno u otro estilo por la publicidad comercial, los libros de autoayuda, los artistas y los paparazzi-filósofos que copan los horarios televisivos de máxima audiencia, no es otra cosa que la inversión exacta de los preceptos cristianos.

En consecuencia, “adaptar la Iglesia a la sociedad moderna”, la gran divisa de los cristianos que se consideran progresistas, o viceversa, no puede ser otra cosa que tratar de abrogar la doctrina cristiana sin poner en guardia a los creyentes que siguen siendo fieles a la doctrina bimilenaria de la Iglesia. No es más que una sustitución taimada de unas convicciones por otras palmariamente antitéticas, basada en paralelismos superficiales y engañosos, hasta que la religión fundada por Jesucristo acabe siendo suplantada enteramente por la religión progresista o “humanitaria”. La ironía suprema es pretender con ello estar volviendo a una supuesta pureza evangélica, algo que por lo demás han pretendido siempre casi todas las herejías.

Hay que insistir en ello: el verdadero enemigo del progresismo es el cristianismo, y los más lúcidos entre los progresistas y entre los cristianos siempre lo han tenido perfectamente claro. No debe sorprendernos, entonces, que para contrarrestar dos mil años de cultura cristiana se requiera un bombardeo ideológico constante y masivo. Propaganda en realidad es un término de origen católico, sin la connotación negativa que ha adquirido con posterioridad: se trataba de difundir (propagar) el Evangelio, tal y como Cristo encargó a sus discípulos. La propaganda progresista es siempre en última instancia, cuando no en primera, contrapropaganda cristiana.

Con frecuencia, esta contrapropaganda es lo suficientemente inteligente para ocultar su objetivo último, por razones meramente tácticas. No otra es la razón, como hemos señalado, por la que tantos cristianos se muestran entusiastas colaboradores de su propia extinción de facto, si no de nombre. Pero también es la razón por la cual determinados ateos y agnósticos, enfrentados contra secciones importantes del discurso progresista, como pueden ser el socialismo o la ideología de género, son incapaces de reconocer lo que está verdaderamente en juego, e incurren a veces en argumentos o estrategias que a la larga sólo agravan el mal que intentan combatir. Un ejemplo entre decenas serían las críticas al feminismo radical que lo confunden con un vulgar retroceso puritano o “inquisitorial”, como si el remedio a ciertos males presentes fuera no menos, sino más “libertad sexual”, esto es, acentuar la total sumisión a los apetitos animales que nos venden como emancipación.

El progresismo lleva aproximadamente dos siglos ejerciendo como ideología de la intelectualidad europea, pero los MCM le han prestado una efectividad inaudita en las últimas décadas, especialmente desde mediados del siglo XX. Ya entonces hubo quien detectó el verdadero sentido del complejo mediático, sólo aparentemente más inofensivo que el “complejo militar-industrial” al que se refirió Eisenhower. Una de esas mentes clarividentes (dejando de lado sus opiniones contra el jazz: nadie es perfecto) fue Richard M. Weaver (Las ideas tienen consecuencias), quien denominó a los MCM como la “linterna mágica”, en una feliz expresión, inspirada en la caverna platónica, que pone de relieve su carácter de mecanismo de distracción y simulación.

Lo cierto es que es difícil encender un televisor sin que le embargue a uno la sensación de que el progresismo ya ha vencido hace tiempo. Sin embargo, desde mi punto de vista católico (o de un católico de derechas, si se requiere más precisión), el progresismo no puede triunfar definitivamente. O bien surgirá una reacción en algún momento o bien su victoria será pírrica, porque se cumplirá al precio de destruir la sociedad que conquiste completamente. Porque no se puede vivir permanentemente contra la verdad sin sufrir las consecuencias, como “el hombre insensato que edificó su casa sobre arena.” (Mateo, 7, 26.)