Lo que hay de verdadero y falso en el NOM

Tras la caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética, Bush padre acostumbraba a emplear la expresión “Nuevo Orden Mundial”, que podía entenderse, florituras aparte, como un nuevo statu quo en que los Estados Unidos ostentaban en solitario la hegemonía mundial. Los progresistas no tardaron en apropiarse de la expresión, confiriéndole un sentido siniestro y vagamente conspirativo, a fin de usarla como arma arrojadiza contra el presidente norteamericano. Como es sabido, todo presidente de los Estados Unidos perteneciente al Partido Republicano es automáticamente catalogado como una suerte de Satanás, si bien disfrazado de vaquero paleto, responsable de prácticamente todas las guerras y calamidades que suceden en el planeta. El fenómeno de la histeria antiTrump no es enteramente nuevo, ni mucho menos, como sabe cualquiera que no haya nacido hace menos de dos o tres décadas.

Ahora bien, de un tiempo a esta parte, “Nuevo Orden Mundial”, frecuentemente abreviado como NOM (lo que le presta una apariencia de realidad objetiva y concreta, ni que habláramos de algo tan real como la ONU o la OTAN), ha sido adoptado por algunos autores de derechas y las miríadas de sus seguidores en las redes sociales. Se trata de un caso análogo a esa otra expresión que era el “pensamiento único”, surgida también en los noventa en los medios izquierdistas para referirse a un supuesto predominio de la ideología “neoliberal”. Que entrecomillo porque nunca he visto a nadie definirse como tal, de lo cual dedúcese que es un término que esgrimen sólo los enemigos del mercado libre con fines despectivos. Pues bien, también la expresión “pensamiento único” se ha pasado al campo derechista, en el cual designa a esta religión laica que amalgama la charlatanería de “género”, el multiculturalismo y el ecologismo milenarista, y que en este caso sí que puede justamente caracterizarse como dominante en los medios de comunicación, en las instituciones supranacionales, en los gobiernos y en la academia.

Pero el acrónimo NOM no es simplemente una palabra que un bando ideológico ha sabido reclutar con hábil oportunismo para sus fuerzas dialécticas. En el uso que hacen de ella algunos de los autores de derechas a los que aludía se han deslizado connotaciones y algo más que connotaciones de tipo antisemita (ellos dirán “antisionista”) y anticapitalista (ellos dirán antiglobalización o antieconomía “especulativa”) que son extrañas al pensamiento liberal-conservador clásico. En la teoría del NOM han recalado viejos delirios esotéricos del estilo de los Protocolos de los Sabios de Sión y similares, que en lugar de someter a la Ilustración a la crítica inteligente que merece, se convierten en un remedo de la caricatura oscurantista que los propios ilustrados se habían fabricado a modo de contrincante fácil.

Varias son las causas de esta deriva, algunas fundadas en hechos objetivos y otras no. Por ejemplo, es un hecho objetivo que las instituciones que promueven la ideología de género-LGTB y el multiculturalismo son al mismo tiempo, por lo general, defensoras (aunque no siempre coherentemente) del libre comercio internacional y la globalización. Pensemos en las pretensiones de los dirigentes de la Unión Europea de seguir laminando las soberanías nacionales, no sólo en el orden económico sino en el político y cultural, como se aprecia por las severas críticas y amenazas disciplinarias a los países del Este que no se pliegan al discurso multiculturalista ni de “género”.

Otro ejemplo, enmarcado en la influencia de los judíos en Washington, nos lo ofrece que un poderoso defensor de la globalización progresista sea el multimillonario judío George Soros. También es un hecho innegable, aunque de importancia difícil de calibrar, la actividad de la masonería, entre cuyos miembros se encuentran numerosos dirigentes políticos.

Sin embargo, el salto de esos hechos a la teoría conspirativa del NOM supone incurrir en una falacia lógica muy burda pero muy extendida, tanto entre la izquierda como la derecha. Es la misma falacia que se comete cuando, a partir de hechos innegables como que algunos hombres maltratan a sus parejas o exparejas del sexo opuesto, se construye toda una teoría paranoica y seudofreudiana sobre el patriarcado opresor y omnipresente, que actúa discriminando a la mujer en todos los órdenes y grados, desde los mil y un ejemplos de “sexismo” y “micromachismos” hasta el asesinato de mujeres, como si existiera una especie de continuum conceptual desde los vestidos rosas para niñas hasta la crónica negra de sucesos.

Reconocemos el mismo razonamiento defectuoso en el asunto que nos ocupa. Sobre hechos como que algunos dirigentes y autores progresistas mezclan aviesamente la libre circulación de personas y de mercancías con ideas contrarias a las identidades nacionales, las tradiciones y al cristianismo (por ejemplo, apoyando la entrada masiva de inmigrantes musulmanes en Europa como una supuesta necesidad del mercado laboral), y que algunos líderes y conspicuas figuras del progresismo mundialista son judíos, masones o miembros del Club Bilderberg, algunos montan una entelequia consistente en un Gobierno Mundial secreto (es decir, indemostrable por definición) o Gran Conspiración que aspira a someter a los Estados nacionales a los designios de una plutocracia cosmopolita, aplicando un siniestro Plan (por supuesto, también secreto) minuciosamente pergeñado hasta el último detalle.

Este es el error en el que cae la derecha cuando se deja fascinar por actitudes propiamente revolucionarias o de izquierdas, consistentes en externalizar la culpa en entidades malignas abstractas, aunque a menudo encarnadas en sujetos concretos, como el “capitalismo”, el “imperialismo”, las multinacionales o la Trilateral. A esta derecha echada a perder por el izquierdismo es a la que podemos considerar con propiedad como ultraderecha, término a menudo utilizado con imperdonable ligereza. A la verdadera ultraderecha se la reconoce porque adopta con naturalidad un claro lenguaje anticapitalista y por una inconfundible vena esotérica. Tiende a sustituir el papel de las ideas en la historia y la sociedad por el de misteriosas y casi omnipotentes fuerzas ocultas, lo que paradójicamente la acerca más al materialismo histórico, es decir, a una visión en que la realidad primordial es de naturaleza impersonal. Por eso los liberal-conservadores que venimos de la izquierda tenemos calada a la ultraderecha: nos recuerda demasiado a aquello de lo que logramos escapar.

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Compraré los estereotipos que me dé la gana

Abacus es una cooperativa de decenas de tiendas en Cataluña, Valencia y Baleares, que venden libros, productos de papelería y juguetes educativos. Este año han editado un catálogo de juguetes titulado (traduzco en adelante del catalán), “Esta Navidad, no compres estereotipos”. En la portada y contraportada aparece el eslogan “Navidad comprometida”. Los estereotipos a los que se refiere el catálogo son los llamados “de género”. En la portada, con la imagen de un muñeco de bebé inexpresivo, nos invitan a descubrir a “Adán, el juguete que no existe”. ¿Y quién es Adán? Pues un muñeco para que un niño juegue a ser padre. Ya en el reverso de la portada nos preguntan retóricamente: “¿Dejarías que tu hijo jugara a ser padre?” La intención obvia es ridiculizar el acto de regalar muñecas para niñas, que supuestamente marcan sus vidas imponiéndoles el papel de madres y amas de casa (algo a todas luces horrible), en contraposición a los niños, destinados a triunfar profesionalmente como médicos, policías o pilotos de avión.

El catálogo se divide en varias secciones, tituladas con eslóganes como “Colores para todos” (“¿Quién decidió que el azul era para los niños y el rosa para las niñas?”), “No queremos vuestros estereotipos” o “La imaginación no tiene género”, donde se preguntan “¿Por qué sólo el 25 % de las chicas optan por una carrera técnica?” y ofrecen la solución por unos precios módicos: “Regalando juguetes STREAM [acrónimo inglés de Ciencia, Tecnología, Lectura, Ingeniería, Arte y Matemáticas] estimulamos la mente y el ingenio de niñas y niños, despertando su interés por la ciencia, la tecnología”, etc. En esta sección aparece un juego de figuritas que “facilita el conocimiento de los diferentes modelos familiares existentes en la sociedad actual”. La siguiente, “Los hombres de casa”, anima a que las niñas se interesen por el bricolage y los niños por la cocina… Creo, en fin, que los ejemplos son los suficientemente representativos.

Ante tal acumulación de gilipolleces (permítanme el cambio de tono un tanto brusco) uno no sabe por dónde empezar. Pero voy a intentar razonar mis sentimientos. Que un catálogo de juguetes se proponga ser políticamente correcto (aunque digan “comprometido”, porque nadie quiere reconocer que es asquerosamente “correcto”; hoy mola ser rebelde y transgresor) ya es en sí mismo un síntoma de que algo no va bien. Desde el momento en que la política se inmiscuye en los juguetes infantiles, podemos tener la seguridad de que se ha ido demasiado lejos por un camino equivocado.

Nada es más inconfundiblemente totalitario que la manipulación de los niños, especialmente poniendo en su boca palabras de adultos, cuando todo el mundo sabe que en las edades más tiernas no se hace más que reproducir lo que se oye en casa. “No queremos vuestros prejuicios” significa en realidad “repetimos como loritos bien amaestrados vuestros prejuicios de papis y educadores progres”.

Porque conviene recalcarlo: la idea de que las diferencias entre los sexos (como ese 25 % de chicas que optan por carreras técnicas) son todas debidas exclusivamente a factores culturales (el mítico “patriarcado”) no tiene la menor base científica, por no decir que está en contra de toda la evidencia empírica seria. Concretamente, la inclinación de los niños por juguetes distintos según su sexo ha sido objeto de numerosos estudios, que indican que es muy fuerte y que se da incluso en los países más igualitarios, independientemente de las ideas de los padres.

Reconocer esto no supone nada en contra de la igualdad moral de todos los seres humanos, independientemente de su sexo, raza o cualquier otra condición. Debate para otra ocasión es de dónde surge esa igualdad moral, y si puede justificarse desde posiciones materialistas o positivistas: quizás el empeño histérico de algunos por negar las diferencias naturales provenga de que, desde dichas posiciones, no tienen otro medio de sostener la igualdad.

Sean cuales sean los motivos profundos, lo que caracteriza a las ideologías, por contraposición a la ciencia y al sentido común, es su capacidad para blindarse ante los hechos. Uno de los mecanismos que emplean para conseguir esto es explicar la disensión como una confirmación o previsión de la propia teoría. Quienes critican al marxismo, por elaborados que sean sus argumentos, son burgueses. Quienes disienten de la ideología de género son machistas u homófobos.

Las ideologías son inmunes al razonamiento porque su objetivo no es obtener la verdad, sino el poder, aunque en su argot lo llaman “transformar la sociedad” o “empoderar” (chirriante anglicismo) a la mujer… Lo cual pasa por eliminar a burgueses, machistas y homófobos. Quienes critican las ideologías pretendidamente emancipatorias pasan a ser, por definición, malévolos saboteadores de la emancipación. El mero hecho de anteponer la búsqueda de la verdad a los objetivos de ingeniería social ya resulta en sí mismo sospechoso, contrarrevolucionario, reaccionario. Para los ideólogos, la pretensión de conocimiento puro no es más que una construcción social del poder. Y créanme, el poder es lo único que les importa.

Ellos ciertamente hablan de crear un mundo libre de dominación, pero para conseguirlo, curiosamente aspiran al dominio absoluto, acallar toda disidencia, prohibir toda discrepancia. Por eso, para justificar su propia coacción, necesitan retratar a sus enemigos como violentos, por ejemplo destacando arbitrariamente lo que ellos llaman “violencia de género” con respeto a otros tipos de violencia, e incluyendo en ella incluso delitos de opinión. El uso del sufijo “fobia” para designar a los que nos limitamos a no comulgar con sus ruedas de molino, metiéndonos en el mismo saco que a maltratadores, rufianes y asesinos, ya revela su intención totalitaria, su equiparación del enemigo político con un enfermo o criminal al cual hay que curar o reeducar a la fuerza. Aunque lo ideal para ellos es hacer imposible la disidencia, adoctrinar desde la infancia para que ni siquiera pueda uno albergar pensamientos desviados de la línea oficial.

Por supuesto, la realidad es demasiado persistente para que los totalitarios puedan triunfar por completo, al menos con la tecnología actual. Pero de momento, eso no les supone un problema. Al contrario, hechos como que hombres y mujeres, desde la infancia, sigan reproduciendo modelos tradicionalmente masculinos y femeninos, de manera espontánea, y a despecho de la masiva dosis de propaganda que vierten diariamente casi todos los medios, son para ellos la prueba no de su error, sino de que “queda mucho por hacer”, es decir, de que hay que seguir insistiendo en los mismos desvaríos antinaturales, seguir derrochando dinero público, engordando burocracias, discriminando al varón y a las familias convencionales, y seguir manipulando a los niños, sin escrúpulos. Hace tiempo ya que la ideología de género se ha convertido en uno de los peores monstruos de nuestro tiempo, y algunos vamos a seguir repitiéndolo, mientras nos dejen.

El día internacional de una gran mentira

Todos los que se reclaman de un pretexto colectivo son tramposos.

Cioran

Hoy alguien ha decidido que es el “día de la violencia de género”. Pero por supuesto, cada día es el día de la violencia de género, y no me refiero al hecho de que diariamente muchas mujeres sufren violencia a manos de hombres. También cada día en todo el mundo hay hombres que padecen muchos tipos de violencia, o para ser más exactos, hay muchos más hombres víctimas de agresiones de todas clases que mujeres.

Al decir que todos los días son el “día de la violencia de género” quiero decir que todos los días, desde las televisiones y demás medios de comunicación al completo, así como desde las populosas administraciones y no escasas corporaciones, nos bombardean con el mensaje de que la mujer está oprimida por el hombre, y que los asesinatos de mujeres son sólo la forma extrema de una discriminación que empieza desde la cuna, y que se extiende a desigualdades económicas, barreras profesionales, acoso, violaciones, explotación sexual, etc.

La histérica insistencia en remachar este mensaje ya debiera ponernos sobre la pista de su falsedad. Entiéndase: nadie en sus cabales niega que muchas mujeres son maltratadas y asesinadas, pero la interpretación que se hace de este hecho es un completo disparate. No es cierto que el hombre oprima a la mujer, por la sencilla razón de que “el hombre” y “la mujer” no existen, son abstracciones. Lo que hay son individuos. Sólo se conoce una palabra más tramposa que “mujer” en sentido colectivo, y es la palabra “pueblo”, salvoconducto de las mayores iniquidades de la historia.

Pongamos el caso de un hombre que mata a su pareja o expareja femenina. ¿Por qué razón debemos enfocarlo como un episodio más de una supuesta guerra entre los sexos, incluso si en ese caso concreto fuera realmente un crimen machista? Por lo demás, los verdaderos móviles rara vez los conocemos por los medios. La mayoría de estos tienen códigos deontológicos o “libros de estilo” que les prohíben expresamente aludir a posibles motivos, a diferencia de otros tipos de delito. Ojo al dato: libros de estilo periodístico que desaconsejan informar. En palmario contraste, cuando una mujer asesina a sus hijos pequeños ahogándolos en la bañera (como en un reciente caso sucedido en Jaén), las explicaciones psicológicas prácticamente van por delante. Se puntualiza que la parricida había estado en tratamiento por depresión o que sufría cualquier otro trastorno. Si una mujer asesina a su marido, la reacción típica que sutilmente se abona es algo así como: “Pobrecita, lo que debió hacerla sufrir él para que llegara a ese extremo.” El hombre es ontológicamente culpable, y la mujer ontológicamente víctima. Antes de cualquier investigación, se tiene especial interés en orientarnos acerca de las causas en las que debemos pensar, y puesto que la mayoría de casos no tienen un seguimiento posterior, o quedan sepultados por nuevas noticias, esa primera sugestión es la que persiste.

Por el contrario, cuando crímenes semejantes son cometidos por el hombre, se considera de mal gusto aludir a ninguna explicación relacionada con posibles trastornos psicológicos, drogadicción, antecedentes delictivos o cualquier otra circunstancia particular, como si eso fuera un inadmisible elemento exculpatorio o atenuante del delito. La interpretación apriorística del asesinato de una mujer por su pareja o expareja lo reduce a un ejemplo más de la omnipresente violencia “machista” generada por el patriarcado. No importan los detalles, salvo aquellos que sirvan para reforzar la monotesis oficial.

Esto es posible, entre otras razones, porque se le ha dado al término “machismo” un sentido tan amplio que casi cualquier conducta masculina puede ser incluida en ese epígrafe, de modo que resulta muy difícil eludir una acusación. Un hombre celoso ya es por ello machista, independientemente de que abrigue o no ningún tipo de ideas acerca de una supuesta supremacía del sexo masculino. Nadie parece percatarse de que los celos, tanto más cuanto más se internan en lo patológico, son emociones perfectamente compatibles con la idea de que ambos sexos gozan exactamente de los mismos derechos y las mismas capacidades  intelectuales; de hecho se dan también muy frecuentemente en dirección mujer-hombre y entre parejas de gais y lesbianas. Incluso aunque se constatara que las conductas posesivas son ejercidas en mayor medida por los hombres hacia las mujeres, esto obedecería sin duda a factores más psicobiológicos que culturales. Desde la noche de los tiempos, el hombre ha tenido más que perder por una infidelidad de su pareja que no al revés, porque puede acabar cuidando del hijo biológico de otro, que es el peor negocio posible en términos evolutivos. Por supuesto, en la era de los anticonceptivos esta posibilidad se ha reducido considerablemente, pero no por completo; y en todo caso, los genes siguen influyendo en nuestra conducta porque son ciegos y sordos: no saben nada de cambios sociales producidos en las últimas décadas. Excuso decir que esto bajo ningún concepto puede ser considerado un atenuante de ningún delito o abuso, salvo que absurdamente estuviéramos dispuestos a aplicarlo a casi cualquier comportamiento ilícito, con o sin componente sexual.

No pretendo negar que el machismo exista. Sí afirmo dos cosas: Primero, que en nuestra cultura occidental es mucho más anecdótico de lo que nos martillean a diario quienes tienen acceso a cualquier tribuna. Hombres que realmente maltratan o incluso matan a su mujer “porque era mía”, porque creen que tienen verdadero “derecho” a ello, son realmente raros y a menudo su existencia se restringe a determinades comunidades étnicas. Lo más común es que los maltratadores sean simplemente personalidades tóxicas (que significativamente se dan en todos los niveles de instrucción y en todas las sociedades), o bien que el maltrato se produzca dentro de parejas conflictivas donde la violencia verbal y física es cotidiana por ambas partes, aunque a menudo salga perdiendo la más débil físicamente. No incluyo aquí la dudosa categoría del “maltrato psicológico”, evidente fuente de abuso legal en la que cabe casi cualquier cosa que un abogado mínimamente avispado pueda utilizar para favorecer a su cliente.

En segundo lugar, en aquellas culturas donde la discriminación de la mujer es innegable y en ocasiones atroz, como en los países de mayoría musulmana, recuerdo mi distinción inicial: lo que hay en tales países es un clamoroso déficit de libertades individuales, sea por razones de sexo u otras. No existe un conflicto entre dos colectivos, sino entre el colectivo y el individuo. Incluso en Arabia Saudí o en Irán, carece de sentido sostener que los hombres como un todo oprimen a las mujeres en su conjunto, pues el machismo propiamente cultural suele contar con el apoyo y el papel activo de buena parte de las mujeres, que lo ejercen especialmente sobre las familiares jóvenes.

¿Y qué me dice usted de la brecha salarial, de las disparidades profesionales por sexo y del “techo de cristal”? Mi respuesta es siempre la misma: miremos a los individuos, no a entes colectivos imaginarios. En Occidente al menos, una mujer puede ser lo que se proponga. Si es tan productiva y competente como un hombre, ganará lo mismo por unidad de tiempo que ese hombre. Si quiere ser médico, policía, juez, bióloga o bombera, nada se lo impide. Incluso existen leyes de discriminación positiva (en mi opinión, radicalmente injustas) que la favorecen a ella por encima de los varones, en las pruebas físicas de admisión a cuerpos de policía y otros servicios. Salvo estas ayudas impertinentes, todo lo que una mujer consigue hoy, al igual que en el pasado, se lo debe a sus propios méritos, no a los de activistas pasados o presentes. La única diferencia con tiempos pretéritos o con otras culturas se halla en la mayor libertad individual de que hoy y aquí supuestamente disfrutamos (aunque en algunos aspectos posiblemente hemos retrocedido), que redunda en sociedades más meritocráticas, donde todos se ven favorecidos, sea cual sea su sexo, raza o condición.

Si en Occidente hay menos estibadoras, menos doctoradas en ciencias exactas y menos mujeres en consejos de administración, ello es resultado de la suma de millones de decisiones individuales. Y aunque los condicionantes biogenéticos no sean férreamente deterministas a nivel individual, sí producen efectos estadísticos notables. Somos iguales en derechos pero manifiestamente desiguales en muchos aspectos psicológicos y evidentemente fisiológicos. La igualdad es un concepto ético-jurídico, no empírico. No es en absoluto incompatible con que las mujeres en general tiendan a preferir actividades socializadoras, a buscar un mayor equilibrio entre vida laboral y familiar, empleos con menor riesgo y esfuerzo físico, etc. No porque el “patriarcado” haya colonizado sus mentes, sino porque son así desde hace cientos de miles de años, debido a la evolución biológica. Y hasta que el neofeminismo no ha envenenado a muchas, la mayoría estaban perfectamente satisfechas de ser como son. Aunque insisto, ello no determina lo que hará cada individuo, ni justificaría la burda traslación al derecho ni a la moral de unos supuestos dictados de nuestros genes.

Ahora bien, si la falacia naturalista (elevar a precepto todo condicionamiento natural) es rotundamente errónea, no es menos disparatado negar la naturaleza. Transmitir a las mujeres el mensaje de que deberían erradicar cualquier tentación de ceder a sus inclinaciones espontáneas sólo sirve para producir una absurda y estéril infelicidad. Es, de hecho, una forma de machismo mucho más radical que el que se pretende combatir, pues en la práctica instaura la masculinidad como referencia, algo que si no fuera porque siempre fracasa, supondría un radical empobrecimiento de la naturaleza humana. Pero aunque no pueda conseguir sus últimos objetivos, el neofeminismo es una de las fuerzas más destructivas que existen hoy en día. Sólo señalaré su efecto más perverso, que es la despenalización del aborto a partir del último tercio del siglo pasado.

Aunque ese crimen existe desde la prehistoria, en sociedades avanzadas como la nuestra resulta todavía más imperdonable. Cuando la ciencia nos permite conocer la vida intrauterina con minucioso detalle y protegerla hasta extremos antes impensables, cuando se han desterrado situaciones de miseria extrema como las que podían conducir al aborto y a los infanticidios, sólo una demencial ideología que hace del primero un “derecho” y una “conquista” (y no faltan autores que defienden también los segundos), sin olvidar los sórdidos intereses de siniestras multinacionales abortistas como Planned Parenthood, explican que porcentajes tan monstruosos de bebés sean sacrificados diariamente antes de nacer.

Por si esto no fuera suficiente, ahora debemos permanecer alertas ante la penúltima vuelta de tuerca de este neofeminismo totalitario. El artículo 14 de la Constitución, que garantiza la no discrimnación por sexo, raza, creencias y cualesquiera otras circunstancias, está plenamente consolidado en nuestro país. Los que repiten incansablemente que existe una masiva discriminación de facto hacia la mujer, manipulando cifras y leyéndolas a través de su burdo prisma ideológico, los que sostienen que “queda mucho por hacer”, quieren en realidad poner sus sucias manos sobre dicho artículo, como ya confiesan abiertamente, a fin de desnaturalizarlo y así blindar toda una serie de aberraciones jurídicas que por desgracia ya contaminan nuestro ordenamiento legal. Parecidas amenazas se ciernen sobre otros países. El resultado final puede acercarse mucho, por sus consecuencias, a la famosa sentencia orwelliana de Animal Farm: Todos somos iguales, pero unos son más iguales que otros.

No carece de utilidad señalar que estos aprendices de totalitarios se dividen en dos clases. Unos son los que viven directamente de los mantras de la ideología de género, o ejercen poder gracias a ellos. A estos no los vamos a convencer nunca. Los otros son los que consideran que es de buen tono hacer suyas las monsergas neofeministas. Son los fariseos de la superioridad moral, los que creen hacerles un gran homenaje a las mujeres al considerarlas como criaturas oprimidas que necesitan ser redimidas. Son los que, en los casos más ridículos, si son varones piden abyectamente perdón por pertenecer al colectivo opresor. Tampoco estoy seguro de que no sea una miserable pérdida de tiempo argumentar con estos. Pero sí exijo, para empezar, que dejen de imponernos a los demás su dosis diaria de reeducación y de pornovictimismo.

 

 

 

Nuestros fariseos

Desconfío en general de las campañas de concienciación gubernamentales, porque su escasa o nula eficacia me llevan a sospechar que su verdadero objetivo no es luchar contra la violencia doméstica, contra el consumo excesivo de alcohol o contra el maltrato animal, sino erigir a la administración en la autoridad moral de referencia.

La reciente campaña “Menores sin alcohol” no me parece una excepción. Pero la retirada de un cartel que relacionaba el consumo de alcohol por parte de las chicas con relaciones sexuales “sin protección y no consentidas” merece un comentario aparte. El Ministerio de Sanidad, tras las críticas que tildaban el cartel de “machista”, se ha apresurado a admitir que la difusión del mensaje ha sido un error.

Sin embargo, ¿dónde está el error? El cartel expone una verdad objetiva y de puro sentido común, como es que la ebriedad sitúa a las mujeres en una situación de vulnerabilidad ante agresiones sexuales. Afirmar tal cosa no tiene nada que ver con culpabilizar a las víctimas de una violación. Tampoco culpamos a quienes se van de vacaciones de que entren en sus casas a robar, y no por ello deja de ser cierto que los ladrones suelen aprovechar esas circunstancias. ¿Acusaremos a la policía de despreciar el derecho a las vacaciones cuando recomienda tomar determinadas precauciones?

Del mismo modo que no puedo evitar abrigar sospechas sobre las verdaderas intenciones de las campañas del gobierno, comprenderán que tampoco simpatice con el fariseísmo de quienes se indignan ante mensajes que sólo una mente retorcida puede interpretar como machistas.

Los fariseos, al contrario de lo que suele pensarse, eran muy populares en la sociedad judía de principios de nuestra era. Armand Puig lo explica muy bien en su gran biografía de Jesús. No eran unos rigoristas inflexibles, sino más bien al contrario, intentaban adaptar las leyes religiosas a las variadas circunstancias de la vida cotidiana; lo cual les llevaba, paradójicamente, a caer en una meticulosidad que podía terminar ahogando la auténtica piedad y la caridad.

Los fariseos de nuestro tiempo son los guardianes de la corrección política, los escrutadores de cualquier expresión o actitud que pueda ser tildada como machista, homófoba o racista. Así como los fariseos del siglo I excluían de la comunidad religiosa a los que consideraban como impuros (prostitutas, paganos, etc.), nuestros progresistas (como se autodenominan) incurren en una exclusión análoga al profesar lo que Daniele Giglioli llama una “moral de monstruos”. Es decir, una moral centrada en la víctima concebida como la inocencia y la irresponsabilidad absolutas, y que por ello mismo erige como principio activo a su verdugo, concebido como un monstruo en el que se concentra toda culpa.

El fariseo adquiere una elevada concepción de sí mismo por el módico precio de observar una ortodoxia que él mismo gestiona, señalando y expulsando a quienes la incumplen, siquiera inadvertidamente. Y la ortodoxia de nuestro tiempo, por si alguno todavía no se ha enterado, se llama progresismo, corrección política o ideología de género.

La cuestión de fondo no debería ser otra que la siguiente: ¿qué protege más a las mujeres, la información objetiva sobre los riesgos a que pueden enfrentarse, o el mero enunciado repetitivo de derechos abstractos por encima de cualesquiera circunstancias realistas? La ortodoxia progresista ya ha respondido lo segundo antes de cualquier averiguación. No necesita ninguna quien se cree investido de una envidiable superioridad moral, como los antiguos fariseos.

Fantasías sadofascistas

Las declaraciones de la secretaria general de ERC, Marta Rovira, acusando al Gobierno español de haber amenazado con derramamiento de sangre a los dirigentes secesionistas, no deberían sorprendernos lo más mínimo. Se inscriben en la estrategia invariable del separatismo, consistente en demonizar a España presentándola como un Estado fascista. Y si de paso los jueces belgas se dejan impresionar como acostumbran, mejor que mejor.

Las fantasías violentas de Rovira apuntan mucho más allá del partido gobernante en Madrid: “Este régimen del 78… era una broma porque ni tan solo ha servido para frenar el franquismo y el fascismo, que está presente en el sistema político español y que actúa impunemente en nuestro país… Ahora… surge la bestia del franquismo otra vez…”

No quiero ni pensar en lo que estarían diciendo algunos, si en la jornada del referéndum ilegal del 1 de octubre alguien hubiera muerto al desnucarse contra el bordillo de una acera, en la confusión de una carga policial. De haber ocurrido una desgracia semejante, las consecuencias fácilmente habrían derivado en una radicalización de la rebelión separatista, que posiblemente habría desencadenado esa intervención del Ejército con la que sueñan muchos militantes de ERC y la CUP. A algunos de ellos, como el diputado Gabriel Rufián, ya sabemos al menos cómo les excitan unas esposas.

El riesgo fue en efecto altísimo. Y fue un riesgo que podía haberse evitado aplicando el artículo 155 antes del 1 de octubre, a fin de impedir de raíz la perpetración del referéndum ilegal. Tiempo habrá para pedirle responsabilidades a Mariano Rajoy por su incomprensible demora en la aplicación de la Constitución. Pero no es el momento ahora.

Gracias a Dios, los secesionistas no tuvieron suerte; no hubo muertos, ni siquiera uno solo, cuando más los necesitaban para orquestar irresponsablemente una “primavera catalana” con resultados tan espléndidos como los que tuvieron sus análogas árabes. Pero ello no les lleva a renunciar a su estrategia clásica. Es la misma, por cierto, que utilizan los comunistas cuando acusan al capitalismo de la miseria, de todas las guerras del planeta y hasta de catástrofes meteorológicas, a fin de blanquear los cien millones de muertos causados por la ideología marxista.

Es la misma estrategia también de la que se valieron las izquierdas en 1936, aprovechándose de bulos atávicos sobre francotiradores apostados en conventos, o frailes que envenenaban las aguas, a fin de justificar el asesinato de miles de religiosos. Es el método, en fin, que utilizaron los nacionalsocialistas con sus caricaturas de judíos usureros y violadores de inocentes doncellas arias, como parte de la preparación psicológica de la población para la Solución Final.

No hay mejor medio para justificar cualquier crimen que deshumanizar a tu enemigo, que pintarlo como una bestia perversa contra la cual todo vale. Marta Rovira odia la Constitución democrática de 1978, esa constitución que ella considera fascista, a pesar de que durante los cuarenta años de su vigencia los únicos que han asesinado a centenares de españoles por razones políticas han sido los enemigos de la carta magna y de la nación española, casualmente militantes de extrema izquierda y separatistas, algunos de cuyos miembros han sido agasajados por las instituciones catalanas, y otros integrados en el partido de Rovira y organizaciones afines.

También yo tengo más de un reproche que hacerle a nuestra Constitución, no crean. El principal de ellos, carecer de un artículo que excluya a partidos que aticen el odio etno-nacional, como hace Esquerra Republicana de Catalunya, sin ir más lejos. Algo en la línea de lo sugerido por el catedrático de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Barcelona Adolf Tobeña, en la página 176 de su libro La pasión secesionista. Debe tratarse de otro redomado fascista.

Puigdemont en Bruselas o la Leyenda Negra 3.0

La huida del Poc Honorable Carles Puigdemont a Bélgica no responde a una elección geográfica casual. El expresidente del gobierno autonómico catalán se encuentra prácticamente en el epicentro, en la cuna de lo que se conoce como Leyenda Negra. Los Países Bajos comprendían en el siglo XVI lo que hoy son Holanda, Bélgica, Luxemburgo y territorios del norte de Francia. Y fue allí donde la propaganda protestante-orangista contra el Imperio español y contra el catolicismo alcanzó un éxito espectacular. Hasta el punto de que todavía hoy los propios españoles nos seguimos creyendo los más manidos tópicos sobre el malvado imperialismo hispánico y la odiosa Inquisición.

Las probabilidades de que un juez belga, nublado por históricos prejuicios hispanófobos, se compadezca del pobre Carles, perseguido por el represor Estado español, inquisitorial y franquista, y le conceda unas vacaciones de un par de meses en el país de Tintín, son considerables. Sin duda el cesado presidente de la Generalitat ha tenido en cuenta esto a la hora de elegir el destino de su poc honorable fugida.

No son ajenos a esta cuestión los paralelismos existentes entre los antiguos Países Bajos y Cataluña, salvando todas las distancias. España jamás se apoderó de Cataluña por conquista. Los antiguos condados catalanes, bajo la hegemonía del condado de Barcelona, pasaron por razones dinásticas a la Corona de Aragón, la cual terminó uniéndose con Castilla por el matrimonio de los reyes Fernando e Isabel, como sabe cualquier escolar, salvo quizás los catalanes, cuyos temas de Historia de España han sido suplantados por la historieta de los Països Catalans.

Análogamente, jamás España se apoderó de los Países Bajos por conquista militar. El emperador Carlos V, nacido en Gante (actual Bélgica, en el Flandes Oriental) era tan legítimo soberano de las tierras flamencas como rey de Castilla y de Aragón, por mero derecho sucesorio. Como nos relata María Elvira Roca en su libro Imperiofobia y leyenda negra, del que extraigo los entrecomillados siguientes, tampoco existió ninguna revuelta popular contra España, sino una guerra civil promovida por los intereses de la alta nobleza local, que se sentía perjudicada por los planes imperiales de estructurar el territorio “al modo de un estado federal.”

Los orangistas vencieron esa guerra en gran medida gracias a su hábil y sistemático uso de la propaganda. Esta supo presentar a los españoles como unos invasores, a pesar de que en gran medida las tropas leales al monarca eran flamencas; creó asimismo su propio panteón de mártires y logró convencer a muchos de que los impuestos que pagaban los holandeses servían para financiar las deudas del Imperio. “Fueron necesarios muchos años de intensa propaganda y el concurso de los predicadores calvinistas para convencer a una parte de la población neerlandesa de que eran explotados y oprimidos, y de que, por lo tanto, debían rebelarse contra el rey.” A estas alturas supongo que les va sonando el cuento.

Si luteranos, calvinistas y orangistas fueron los inventores de la propaganda política moderna, basada fundamentalmente en caricaturas y estereotipos sin base real, repetidos mecánicamente gracias a la recién inventada imprenta, sus más adelantados discípulos han sido los comunistas y los nacional-socialistas del siglo XX, que tuvieron a su disposición el poder de la radio y el cine. El primer ensayo general de la Leyenda Negra 2.0, o leyenda antifranquista, fue el relato de la represión de la revolución de Asturias de octubre de 1934, magnificada con impúdico sectarismo para contribuir decisivamente a la victoria del Frente Popular en las elecciones fraudulentas de 1936. El antifranquismo posterior transfiguró a las mismas izquierdas que se cargaron la República en sus heroicas defensoras, frente a un alzamiento promovido por una rancia conspiración de militares, curas y terratenientes. Los antifranquistas habrían combatido épicamente al dictador Franco de modo que ahora mismo están, por fin, a un paso de derrotarlo, aunque el general se resiste obcecadamente desde la tumba donde fue enterrado hace más de cuarenta años.

En estas circunstancias estamos asistiendo a una nueva edición de la Leyenda Negra, conocida también como el procés. Los elementos que la componen son fácilmente reconocibles. Tenemos una sociedad dividida, como es la catalana, entre partidarios de la unidad de España y adeptos al separatismo. Tenemos a una oligarquía local que ambiciona un poder sin cortapisas y la impunidad plena por décadas de corrupción sistémica, la cual ha conseguido, mediante su control de la enseñanza y la comunicación pública, convencer a una parte de la población de que el conflicto es con España.

Tenemos, por descontado, las listas de agravios, como las balanzas fiscales, la insuficiente inversión en infraestructuras o en becas, y cualquier otro problema real o imaginario susceptible de ser atribuido a una supuesta obsesión de Madrid por perjudicar y humillar a los catalanes.

Y tampoco faltan los mártires. Primero, los más de ochocientos heridos por la represión policial del referéndum ilegal del 1 de octubre, número suministrado por los separatistas e inflado con personas atendidas por los servicios sanitarios sin la menor lesión,  crisis de ansiedad, caídas accidentales, forcejeos con las fuerzas del orden, un infarto y sólo una lesión grave provocada directamente por la policía, debido al impacto ocular de una pelota de goma antidisturbios.

Añádanse al martirologio nacionalista los miembros del govern y los dirigentes de las asociaciones separatistas encarcelados tras presentarse a declarar a la Audiencia Nacional. Unas decisiones judiciales de las que se acusa demagógicamente al ejecutivo y que son pintadas como un ataque a la democracia y los derechos humanos.

A fin de sostener esta victimización, la Leyenda Negra 3.0 pretende hacernos creer que el proceso separatista es intachablemente pacífico, cuando desde el principio ha contado con el poder de una fuerza policial de 17.000 agentes autonómicos, sin la cual hubiera sido inconcebible que el Estado hubiera permitido la reiterada violación de las leyes y las resoluciones judiciales de los últimos dos años. Cuando al conseller de Interior Joaquim Forn le preguntaron, en una entrevista publicada el 11 de octubre, si podía producirse un enfrentamiento entre Mossos por un lado y Policía Nacional y Guardia Civil por otro, respondió que “si hay buena voluntad y se acepta la nueva realidad política, no habrá ninguna colisión entre policías.” Lo cual no es conceptualmente muy distinto del atracador de un banco que advierte de que nadie sufrirá ningún daño si se pliega a sus exigencias.

Pero sobre todo, el procés ha contado con el poder intimidatorio de las masas de fanáticos movilizadas por los dirigentes separatistas. Hablamos de muchedumbres tumultuarias como la de 40.000 personas que sitió durante horas a los agentes que realizaban un registro en la Conselleria de Hacienda, los días 20 y 21 de setiembre, destrozando varios coches patrulla. O los miles de personas que se encerraron en centros públicos y se concentraron delante de ellos desde tempranas horas del 1-O, con la manifiesta intención de impedir el cumplimiento de las órdenes judiciales por la fuerza del número (el “muro humano” que pedía la diputada de la CUP Anna Gabriel) y que hirieron con su “resistencia pacífica” a decenas de agentes policiales. O también los escraches nocturnos ante los lugares de alojamiento de policías y guardias civiles desplazados a Cataluña, que con la ayuda de amenazas mafiosas contra los directivos de algunos hoteles, lograron en algunos casos la expulsión de las fuerzas del orden.

Gracias a Dios, hasta ahora no ha habido que lamentar ninguna víctima mortal, como consecuencia de los tumultos protagonizados por las muchedumbres separatistas. Pero también el golpe de Estado del 23-F fue incruento, y ello no impidió al tribunal que juzgó al teniente coronel Antonio Tejero condenarlo a treinta años de cárcel por el delito de rebelión, al estimar, entre otras razones, que la obligada oposición de las autoridades legítimas a los planes de los rebeldes podía haber sido causa de derramamiento de sangre.

La propaganda del procés tiene que presentarlo como inmaculadamente democrático y pacífico porque sólo de este modo, por contraposición a esta falsa imagen de inocencia, las medidas tomadas por el Estado, aunque se basen en la más escrupulosa legalidad, aparecen como incomprensiblemente represoras e incluso violentas. Si consiguen que incluso los no separatistas interioricen esta nueva edición de la Leyenda Negra que se está fraguando ante nuestros ojos, su triunfo será inevitable.

Me gusta el olor a BOE por la mañana

Esta mañana, al leer en el BOE los ceses de Puigdemont, Junqueras y el resto de consejeros de la Generalitat, además de diversos altos cargos autonómicos, incluyendo el mayor de los Mossos, he experimentado una satisfacción sin paliativos. Ni siquiera el editorial de Luis del Pino en es.Radio, con su teoría de un pacto secreto entre el expresidente de la Generalitat y Mariano Rajoy, ha logrado empañar mi alegría matutina. Trato de explicarme.

Es verdad que la convocatoria de elecciones en Cataluña para el 21 de diciembre, anunciada ayer por Rajoy, nos cogió a muchos desprevenidos. Si ya nos parecía precipitado el plazo apuntado incialmente de sólo seis meses para aplicar el artículo 155, no digamos fijar los comicios autonómicos para dentro de 55 días. A primera vista, parecía una broma. Pero a veces una propuesta inopinada sirve para, pasado el estupor inicial, tomar en consideración otro modo de ver las cosas.

La idea de prolongar lo máximo posible la intervención de la Generalitat tenía su lógica: primero se restablecían la legalidad y la normalidad, tomándose el tiempo que hiciera falta, y sólo después el gobierno central disolvía el parlamento autonómico y organizaba unas elecciones en condiciones. Pero esta bonita teoría presentaba dos problemas que, con ser evidentes, quizás no hemos tenido suficientemente en cuenta, al menos entre los contrarios a la secesión.

En primer lugar, por mucho que el gobierno se empeñe retóricamente en negarlo, el artículo 155 es una suspensión del autogobierno. Según el Real Decreto publicado hoy mismo, las funciones del presidente de la Generalitat son asumidas por el presidente del gobierno central, Mariano Rajoy, quien a su vez las delega en la vicepresidenta, Soraya Sáenz. (R.O. 944/2017, de 27 de octubre, artículos 3 y 7.) Es decir, que durante unos dos meses, Cataluña estará gobernada directamente desde Madrid, hasta que tome posesión el nuevo gobierno regional salido de las urnas, supongo que en enero de 2018.

Por supuesto, no pasa absolutamente nada por ello. Toda Francia es gobernada directamente desde París, dejando de lado unas limitadas competencias municipales y departamentales, y nadie con dos dedos de frente clama al cielo por unos derechos civiles supuestamente pisoteados de los ciudadanos galos, ni tacha a nuestro país vecino de ser una dictadura represora.

Sin embargo, tampoco se nos puede escapar que prolongar mucho una situación de intervención en Cataluña implicaría un riesgo de desgaste político enorme para el gobierno central. Con los nacionalistas (y con la izquierda siempre dispuesta a no desaprovechar una oportunidad electoralista, aunque sea al precio de hacerle el caldo gordo a los enemigos de España) jugando a lo que mejor saben hacer, que es el victimismo y su eterna guerra de guerrillas imaginaria contra el fantasma de Franco, la situación en la comunidad catalana tendría muchas posibilidades de complicarse aún más, en lugar de enderezarse.

El segundo problema es mucho más hondo. Restaurar una auténtica normalidad en Cataluña, tras casi cuarenta años de régimen nacionalista, tampoco se puede hacer en unos meses. Se requerirán probablemente décadas, y lo que es enormemente difícil, un gobierno o gobiernos en Madrid con el coraje y la lucidez suficientes para encarar esta cuestión. Un semestre, un año o incluso alguno más servirían casi de tan poco como el par de meses que prevén las medidas tomadas ayer por la Moncloa, tras la aprobación del Senado. En cambio, haber convocado ayer mismo las elecciones tiene dos ventajas nada desdeñables.

La primera ventaja inmediata es que se envían a casa todos los diputados separatistas. Sólo con dejar de padecer el espectáculo de las tipas de la CUP, con sus camisetas feminazis y abortistas, repantigadas en sus escaños, generosamente pagados con nuestros impuestos, ya vale realmente la pena. Por no hablar de algo tan vital como evitar la ocasión de que algunos conviertan la cámara autonómica en una sede revolucionaria de la “soberanía” del poble de Catalunya, en la cual pudieran desarrollarse escenificaciones melodramáticas de la resistencia “democrática” contra la “opresión franquista” y bla, bla, bla.

La segunda ventaja no es más que el exacto reverso del problema que señalaba en primer lugar. Al aplicar el 155 al mismo tiempo que convoca elecciones, Rajoy ha destrozado prácticamente el argumentario victimista de la opresión-del-Estado-franquista-y-tal-y-cual. Seguramente, no dejarán de hacerse los mártires, pero, con elecciones plenamente democráticas a la vuelta de la esquina, estas imposturas tendrán mucha menos credibilidad y dramatismo.

Por todo ello, no me convence la teoría de Luis del Pino sobre un acuerdo entre Rajoy y Puigdemont para celebrar elecciones, cada cual contentando a sus respectivas bases. Según el periodista de es.Radio, uno haría como que declara la independencia, y el otro como que aplica el 155. Pero, siempre según esta hipótesis, la declaración separatista sería puro teatro, sin sustancia legal alguna, y la aplicación del susodicho artículo constitucional quedaría totalmente descafeinada por lo reducido del plazo.

En mi opinión, sería un grave error banalizar lo que ocurrió ayer en el parlament. Los adjetivos ya rutinarios del lenguaje periodístico y político como esperpéntico, kafkiano o surrealista, aunque tengan su innegable valor descriptivo, yerran en lo esencial si pretenden que nos lo tomemos a broma. Por supuesto que se trató de un acto ilegal (uno más, y hemos perdido la cuenta), inválido de raíz desde el punto de vista del derecho. Pero lo cierto es que en todo el mundo se percibió como un gesto explícito de rebelión de una institución representativa, y la gravedad de un hecho semejante no puede eludirse mediante sutilezas jurídicas.

En cuanto a la escasa duración de la intervención del gobierno autonómico, como he dicho, tampoco un período mayor sería suficiente, y probablemente sólo serviría para alimentar la agitación nacionalista e izquierdista. Hay que tener en cuenta que el Estatuto de Cataluña fija un plazo máximo de 60 días para celebrar elecciones autonómicas desde la disolución del parlamento de la comunidad por el presidente. Al enviar a casa a gobernantes y diputados de la Generalitat ayer mismo, Rajoy podía convocar los comicios, como muy tarde, en plenas celebraciones navideñas, lo que se ha evitado fijándolos cinco días antes del agotamiento del citado plazo. Y lo principal que hay que hacer, que es remover a consellers, altos cargos y diputados separatistas, así como organizar un proceso electoral con garantías, no requiere mucho más tiempo.

¿Significa lo anterior que Rajoy es ahora un estadista brillante o incluso genial? Lamentaría producir la sensación de que esta es mi opinión. Los precedentes de un gobernante que dilapidó su anterior mayoría absoluta para consolidar el nefasto legado ideológico y político de su predecesor nos vedan cualquier optimismo. Rajoy aún puede equivocarse gravemente si permite que Puigdemont y sus cómplices sigan en libertad los próximos días, eludiendo la acción de la Justicia, y en los meses siguientes, si se inicia un proceso de reforma constitucional en la dirección que muchos nos tememos: más concesiones a los nacionalistas periféricos y, con la complicidad de PSOE y Ciudadanos, blindaje de “derechos” espurios, que en realidad lesionan y vacían de contenido a los verdaderos derechos, como son la libertad de expresión, elegir la educación de los propios hijos y la libertad religiosa.

Pero déjenme disfrutar al menos por hoy de las medidas tomadas por el gobierno. Existe un mundo de diferencia entre que las elecciones las haya convocado Rajoy y que lo hubiese hecho Puigdemont, aunque sea más o menos por las mismas fechas. Lo segundo significaría tener que soportar dos meses más (¡dos eternos meses!) a unos gobernantes rebeldes, haciendo de las suyas, chuleando al Estado e insultando a todos los españoles. Ahora, al menos, los dirigentes separatistas que no tengan que defenderse de graves acusaciones judiciales estarán muy ocupados tratando de convencer a sus seguidores de que presentarse a unas elecciones autonómicas, convocadas desde Madrid, y tras haber proclamado la República catalana, no es tomarles por auténticos idiotas.

Algunos temen, y es comprensible, que los separatistas puedan volver a obtener mayoría en el próximo parlament. Pero creo que el poco tiempo que tienen para recomponer y desviar la desilusión de los suyos (que puede derivar en un cabreo mayúsculo, con perdón por la expresión) va a jugar en su contra, y en cambio juega a favor de la “mayoría silenciosa” que despertó el pasado 8 de octubre en la gran manifestación de Barcelona, que espero vuelva a tener de nuevo un gran éxito mañana y que es la única que puede cambiar para bien la historia de Cataluña y de toda España.