La tiranía LGTB

Ignacio Arsuaga, presidente de Hazte Oír, fue entrevistado hace un par de semanas en Antena 3. El tema fue, naturalmente, el autobús naranja que ha recorrido España y otros países, recibiendo todo tipo de ataques violentos, para denunciar la imposición de la ideología de género en las escuelas y defender la libertad de los padres de educar a sus hijos según sus convicciones.

Como era previsible, la periodista Susanna Griso sometió al activista a un interrogatorio con la finalidad de que su entrevistado tuviera que defenderse de la acusación de estar favoreciendo, indirectamente, el acoso escolar a niños con problemas de identidad sexual. Aunque dio la sensación de que, más que incriminar a Arsuaga, la periodista quería dejar clara su propia postura políticamente correcta.

La defensa de Arsuaga fue, en mi opinión, muy razonable, pero el problema es que, debido al formato breve de la entrevista, no pudo apenas ser otra cosa que eso, una defensa. El presidente de HO incidió sobre todo en la libertad de educación de los padres, lo cual por supuesto es absolutamente necesario. Pero no es suficiente, porque lo malo de la ideología de género no es sólo que atente contra libertades formales, sino que se basa en premisas acientíficas y nocivas sobre la naturaleza humana, que empiezan por perjudicar a aquellos que dice defender.

Para empezar, hay que desmontar con toda claridad la falacia de que existe una relación causal entre disentir de la ideología de género y el acoso escolar o cualquier violación del artículo 14 de la Constitución. Y que de este modo, asocia términos como “homofobia”, “transfobia” o “machismo” con cualquier discrepancia teórica de la ideología de género, que es algo tan burdo como llamar fascista a quien no esté de acuerdo con las ideas socialistas.

Dicha falacia pretende que sólo se puede proteger a los transexuales y LGTB en general “normalizándolos”. Esto es como si dijéramos que sólo se puede proteger a los gordos (que suelen ser blanco fácil de burlas más o menos pesadas) normalizando la obesidad. Es decir, presentándola como una “opción”, y tratando de erradicar los “prejuicios” contra el exceso de peso. Imaginen que llevados de este impulso supuestamente justiciero, animáramos a ganar kilos a todo aquel que quisiera, incluso aunque gozara de una constitución adecuada, y en cambio prohibiéramos las dietas de adelgazamiento.

Si alguien objetara contra la comparación que la obesidad es una enfermedad o trastorno, mientras que la transfobia o la homosexualidad no lo son, podríamos acusarle por la misma regla de tres de gordófobo, y de paso exigir que los manuales de medicina eliminaran la obsesidad de sus listas de enfermedades. Pues bien, este es exactamente el disparate que se comete con la transexualidad.

El acoso y otras formas de injusticia contra cualquier ser humano son inadmisibles sin excepción, sean cuales sean las peculiaridades físicas o psíquicas de sus víctimas. No se requiere en absoluto “normalizar” lo que no es normal (es decir, que se sale de la norma estadística, o de lo preferible por razones de salud o de otro tipo). Más aún, los esfuerzos de normalización son contraproducentes, pues incentivan conductas poco saludables o recomendables, además de instaurar una suerte de hipocresía o “doblepensamiento” obligatoria.

Para que un niño con disforia de género no sea objeto de burlas lo peor que podemos hacer es escamotear la realidad, proclamando que hay niñas con pene y niños con vulva. Porque por mucho que nos empeñemos en lo contrario, la realidad seguirá ahí. Separar el sexo de la biología es tan absurdo como lo sería separar un supuesto “peso percibido” del peso real, dándole la razón a quienes padecen anorexia. En cualquier caso, no estoy ayudando sinceramente a alguien sosteniendo que la solución de sus problemas pasa por obligar al mundo entero a comulgar con piedras de molino.

El quid de la cuestión reside en que la dignidad inherente a toda persona humana es un concepto inseparable de nuestra raíz cultural judeocristiana. Pero como ahora los occidentales ya no somos oficialmente cristianos (especialmente, ya no lo son las élites que elaboran el pensamiento dominante), sino algo que podríamos definir como progres laicos multiculturalistas, nos hemos incapacitado prácticamente para entender la igualdad como algo que trasciende las diferencias empíricas y culturales entre los seres humanos. Desconectados de toda referencia trascendente, para no caer en un posible nihilismo nazistoide, nos vemos abocados a negar simplemente dichas diferencias. A negar absurdamente que existan los sexos y las razas. Y a negar también que haya culturas y religiones mejores que otras, al menos en ciertos aspectos fundamentales. Hay que proclamar que ser homosexual o transexual es un “orgullo”, y al mismo tiempo que el islam es paz y amor.

Esta negación esquizofrénica de la realidad implica inevitablemente acabar estrellándose contra ella, y es sin duda el mayor problema que amenaza a la civilización occidental. Requiere cuestionar toda nuestra tradición racionalista y cristiana, lo que históricamente ha sido la madre de los totalitarismos comunista y nacionalsocialista. (Como es sabido, el progresismo pretende enfrentar el racionalismo y el cristianismo, especialmente a partir de la reforma protestante. Es probablemente su truco de mayor éxito, y no debemos cansarnos de denunciarlo.)

Volviendo, para terminar, al terreno de lo concreto, una cosa es que respetemos a alguien que quiera ser llamado Vanesa en el trato cotidiano, aunque su documento de identidad diga Manolo. Personalmente, no tendría el más mínimo problema con ello. Pero ningún gobierno puede imponerme esa mera condescendencia o cortesía. Nadie absolutamente puede obligarme a afirmar en toda circunstancia (privada, académica, etc.) que Manolo es una mujer, a despecho de su cromosoma XY, o que la tierra es plana o que dos más dos son cinco.

Nadie puede obligarme a que acepte como “normal” o como verdadero lo que no lo es, o que aplauda aquello que no veo bien. Hay que decirlo claramente: las asociaciones LGTB tratan de establecer una tiranía. Quieren imponer su fanática intolerancia, y encima llamarla tolerancia. Hay que resistirse a ello con toda firmeza. Deben eliminarse todas las subvenciones públicas que reciben (y lo mismo digo de las asociaciones llamadas “feministas”) y hay que revertir toda la aberrante legislación que han conseguido (y todavía conseguirán) implantar, a nivel autonómico o estatal. Pero por encima de todo, hay que defender la familia natural formada por la madre, el padre y sus hijos biológicos, como la forma óptima de desarrollo e integración social del individuo, especialmente durante la infancia.

Gracias

Varias asociaciones que se autotitulan defensoras de la sanidad pública han mostrado su ofendido rechazo a una donación de cientos de millones de euros del multimillonario Amancio Ortega, destinada a adquirir costosos equipos para el tratamiento del cáncer.

¡No quiero ni pensar en cómo se las gastarán las asociaciones enemigas de la sanidad pública! Pero es de justicia escuchar los argumentos de las primeras. En resumen, dicen que la sanidad pública no debe estar al albur de la caridad privada, sino que debe financiarse mediante los impuestos.

El presidente de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, ha remachado el mismo razonamiento al afirmar que la Sanidad “no puede depender de cuántos pantalones o faldas venda Zara”, en alusión a la conocida marca fundada por Ortega.

Por supuesto, el señor Fernández expresa un deseo, disfrazado de juicio de valor, que choca directamente con la realidad; algo congénito en la izquierda, ya sea socialdemócrata, comunista o de entretiempo. Él podrá querer que la sanidad dependa de lo que dependa, pero el hecho es que por pura lógica, un país gozará de mejor sanidad cuanto más rico sea, es decir, más produzca. Pantalones, faldas, zapatos, coches, hidroaviones, neveras, naranjas y pimientos: el entero Producto Interior Bruto.

Todos los servicios públicos y privados de una sociedad, sin excepción, se financian gracias a impuestos o donaciones de los empresarios y los asalariados contratados por los primeros. Como no podría ser de otra manera.

Dicho sea de paso, incluso es más efectivo que alguien done directamente su dinero para comprar aparatos de radioterapia, que no que ese dinero pase previamente por manos de una legión de burócratas que pueden decidir dedicarlo a otros menesteres, además de sus propios sueldos, como por ejemplo… subvencionar a las asociaciones de defensa de la sanidad pública.

En cualquier caso, pretender que el nivel de vida de una sociedad no dependa de su productividad es sencillamente pueril, es puro pensamiento mágico. Si quieren una sanidad “blindada”, libre de las garras del “neoliberalismo”, vayan a ver cualquier hospital cubano o veneozolano.

Pero quisiera ir más al fondo de este asunto. La noticia de las críticas a la donación de Ortega ha coincidido más o menos en el tiempo con la muerte de Ignacio Echeverría en un atentado islamista en Londres. Como saben, este hombre acudió heroicamente a defender a una mujer que estaba siendo atacada por los terroristas, armado únicamente con un monopatín, y murió asesinado en el empeño.

Pues bien, en las redes sociales y no sé si también en otros medios de comunicación, no han faltado los miserables de guardia que han calificado de tonto o poco menos a Ignacio Echeverría por perder la vida de esa manera, en lugar de salir huyendo como casi todo el mundo.

La conexión entre ambas noticias no puede ser más llamativa, sin pretender en absoluto comparar a sus protagonistas. Uno se ha desprendido de una parte de su riqueza que no necesita, mientras que el otro ha dado todo lo que tenía: su propia vida. Pero lo que sí son comparables son las reacciones. En ambos casos se reprueba vilmente el altruísmo, se llega a poner bajo insidiosa sospecha la generosidad. Desgravar a Hacienda, o actuar atolondradamente, son torpes explicaciones que ensayan las almas innobles para asimilar lo que no entienden.

Hay un tercer ejemplo, de carácter menor, pero que responde al mismo tipo de mezquindad increíble pero cierta. Son esas mujeres que se toman a mal que un hombre les ceda caballerosamente el paso o el asiento. Lo consideran un ejemplo de vetusto machismo, o como se dice ahora, “micromachismo”, que no debe dejarse pasar sin denunciar, porque está en el inicio de la siniestra espiral patriarcal que termina en el asesinato de mujeres a manos de sus parejas masculinas.

Resulta inevitable detectar en estas formas de desagradecimiento una incapacidad innata para comprender la generosidad, el heroísmo y la mera cortesía, y es siempre tentador echarse unos chistes a cuenta de “la merma”, como llaman algunos castizos a los tontiprogres que pululan en las redes sociales. Craso error si nos quedamos sólo ahí. No se trata tanto de un problema de disfunción psicológica o mala educación: tales actitudes derivan de premisas ideológicas muy determinadas, que pueden cegar al más pintado.

A riesgo de resultar excesivamente reiterativo, permítanme recordarles una tesis elemental. El progresismo considera que el mal (la pobreza, la violencia, la injusticia) es algo estructural, y que por tanto debe combatirse estructuralmente. Aquí “estructural” quiere decir en parte impersonal, y en parte artificial, aunque parezca contradictorio, y probablemente lo sea.

Esto viene en gran medida de Jean-Jacques Rousseau, que consideraba al hombre bueno por naturaleza (el “buen salvaje”), pese a lo cual la sociedad, y en especial la propiedad privada, lo han pervertido. De ahí que los progres crean que es factible, al menos teóricamente, una sociedad en la que el mal sencillamente no sea posible, o se haya reducido a un mínimo residual, mediante las adecuadas reformas.

Ahora bien, noten lo que eso implica. En una sociedad como ellos imaginan, determinadas formas del bien no tienen cabida. Sin ir más lejos, la generosidad o el heroísmo. Porque en esa utopía igualitaria y pacífica que ellos imaginan, no hay ricos ni pobres, no hay terroristas, no hay delincuentes, y por tanto no se necesitan filántropos ni héroes; no hay sencillamente ocasión para el ejercicio de tales virtudes. Igualmente, está de más cualquier forma de galantería viril, porque las mujeres son exactamente iguales a los hombres. Si el mal es una estructura, una forma de organización, el bien también debe serlo.

Ahora volvamos a la realidad: toda esta es una ensoñación de idiotas y para idiotas. La violencia no se elimina mediante la educación y la igualdad. La mayoría de terroristas islamistas en Europa ha recibido ayudas públicas, ha tenido acceso a la enseñanza, superior en algunos casos, y eso no les ha disuadido de odiar profundamente a la sociedad de acogida, o en la que han nacido, hasta el punto de cometer los más execrables asesinatos.

La mayor igualdad entre hombres y mujeres no acaba tampoco con los asesinatos de parejas, pero no porque un machismo atávico se resista a desaparecer: esto no tiene casi nunca nada que ver, en nuestra cultura, con el machismo, sino en cualquier caso con el pecado original, que es lo que lleva a algunos a matar a sus semejantes, frecuentemente a la persona con la que conviven, sea hombre o mujer, de sexo distinto o del mismo. Es más, la igualdad sexual llevada al absurdo no tiene otro efecto que desacreditar las normas con las que al menos la vieja cortesía dulcificaba el trato entre los sexos.

Rescatando el tema de la donación de Amancio Ortega, aumentar los impuestos a las empresas hasta niveles confiscatorios sólo consigue que su productividad se resienta, que es tanto como decir que la sociedad se empobrezca, y por tanto, haya menos dinero para la sanidad pública, se pongan como se pongan sus supuestos defensores. Los políticos pueden hacernos más pobres, como lo demuestra el caso de Venezuela, el país con las mayores reservas de petróleo del mundo; en cambio no pueden hacernos más ricos, porque incrementar la presión fiscal, o imprimir más billetes de banco, no aumenta un ápice la riqueza real.

La escasez, tanto absoluta como relativa, es consustancial a la existencia humana. Asimismo, el mal se halla en germen en cada uno de nosotros. Por eso siempre serán necesarios y bienvenidos, además por supuesto de las fuerzas del orden y otras instituciones sociales, los héroes, las Hermanitas de los Pobres y los Zaqueos generosos. Y sobre todo, por eso es necesario el Salvador, porque solos no podemos luchar contra el mal.

En lo más profundo de sus almas, oscuramente, quizás los progres llegan a barruntar algo de esto, aunque sólo sea porque sus intentos de erradicar el “mal estructural” fracasan una y otra vez. Pero en lugar de rectificar, de cambiar la estrategia para enfrentarse al mal, es por lo pronto más fácil… atacar al bien.

No acabaremos, con las recetas progresistas, con el terrorismo, con la pobreza ni con el maltrato, pero al menos pongamos en la picota a héroes cívicos, a filántropos, a empresarios creadores de empleos, a madres abnegadas y a caballeros bien educados. Así prepararemos el camino de la espléndida utopía en la que serán todos ellos sustituibles por funcionarios o por robots, y habrá sido por fin eliminada del vocabulario la reaccionaria palabra gracias.

La derecha chic

Es ya un lugar común acusar a determinada izquierda de “rancia”, volviendo en su contra uno de los adjetivos que tanto le gusta esgrimir para atacar y caricaturizar a la derecha. Se trata, en cualquier caso, de un recurso retórico francamente pobre. Pero usado por la derecha, es además inepto. Porque supone admitir implícitamente el marco mental progresista, que identifica sistemáticamente lo antiguo o tradicional con lo caduco, con aquello que debe ser superado obligatoriamente.

Artículo en Actuall.

Derechos colectivos, servidumbre individual

Alicia Rubio, la autora de Cuando os prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres, ha sido destituida de su cargo en un Instituto por escribir este libro, en nombre de una ideología que supuestamente defiende los derechos de las mujeres. La paradoja sólo puede sorprender a quienes siguen comprando esa mercancía adulterada de los discursos de emancipación.

Cuando se habla de derechos colectivos, se preparan las tiranías futuras. Y no podría ser de otro modo, porque los derechos colectivos son entes tan imaginarios como la inteligencia colectiva o la voluntad general: no existen ni han existido jamás.

Artículo en Actuall.

Cómo mola ser ateo

El humorista David Broncano ha dedicado un monólogo a cachondearse de las religiones en general y de los católicos en particular. Más concretamente, ha dicho que las creencias religiosas son unas “putas mierdas” y una “gilipollez”. Esto puede provocar la hilaridad de un público poco exigente, no lo niego, pero aquí pasaré por alto sus gracietas sobre Cristo y la Virgen y me centraré en los argumentos que desliza a fin de demostrar que los cristianos somos idiotas.

Primer argumento: ¡El mal en el mundo! ¡Tachaaaán! ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Broncano, que es algo gracioso, aunque mucho menos de lo que cree, pone como ejemplo un pez del Amazonas que al parecer se te introduce en las partes (él emplea otra palabra menos fina que empieza también por pe) y te hace un auténtico destrozo. Seguro que Santo Tomás no conocía la existencia de este bicho, que si no, habría reescrito la Suma Teológica de arriba a abajo. ¿Cómo a un Dios omnipotente y omnisciente se le pudo colar un fallo así?

Decía Nicolás Gómez Dávila: “La sabiduría se reduce a no enseñarle a Dios cómo se deben hacer las cosas”. Pero no me negarán que resulta tentador tratar de rectificar al Creador. Es verdad que nuestra inteligencia no es del todo infinita, pero seguro que si nos dejan diseñar el universo, hubiéramos hecho algo un poco más apañadito, sin terremotos, sin depredadores y sin mosquitos. Y ya puestos, sin moscas y sin publicidad en los intermedios.

Otro gran argumento es que la fe y el conocimiento científico son incompatibles. Broncano da a entender que hasta Francisco, al que llama el “papa bueno” (este apelativo ya estaba pillado por Juan XXIII, pero Broncano aún no había nacido) la Iglesia no ha reconocido la validez de la teoría del Big Bang sobre el origen del universo.

Desde luego, en Francisco no me extrañaría mucho, porque este hombre ha sido capaz de descubir el comunismo siglo y medio después de Marx y Engels. Pero lo cierto es que la teoría de la Gran Explosión fue anticipada en 1931 por el astrofísico y sacerdote católico Georges Lemaître, y siempre fue vista con buenos ojos por la Iglesia católica. Lemaître vivió también antes de que naciera Broncano, justo es decirlo. A este le suena más Stephen Hawking, lo que aprovecha para burlarse además de su estado físico. ¿Les dije ya que se cree muy gracioso?

Un tercer gran argumento viene a decirnos que tener fe en Dios es de pobres; sí, tal como suena. Como más pobre es un país, más creyentes hay. Bien es verdad que en los países desarrollados también nacen menos niños, hay más obesos y mayor tasa de suicidios, pero eso es el progreso, amigos. La cuestión es que creer en Dios no mola nada, es un atavismo propio de gente poco glamurosa que no tiene el último modelo de iPhone ni encarga sushi por internet.

Broncano, ya lanzado, se desmelana intelectualmente, y nos expone una versión actualizada del argumento de la tetera de Russell, para lo que echa mano de los célebres pitufos, probablemente más conocidos por su juvenil público. Nadie ha podido demostrar, en rigor, que los simpáticos enanitos azules no existen. ¿Y acaso hay más indicios de la existencia de Dios que de los pitufos? Bien es verdad que tampoco nadie les atribuye a estos la creación del universo, pero el hecho de que estemos aquí no sirve como indicio de la existencia de Dios, porque Stephen Hawking ya ha dejado bien claro que la Singularidad inicial, lo que explotó hace catorce mil millones de años, pudo surgir de la nada sin la intervención de ningún ser superior.

–Pero ¿por qué surgió de la nada este universo y no otro? ¿Qué explicación tiene el “ajuste fino” del universo? ¿Hay infinitos universos o sólo el que conocemos?

–¡Anda, niño, vete a dormir ya, mira que eres preguntón!

Y ahora, la bomba. La tenía guardada, el tío. Resulta que Jesucristo es un mito, y encima copiado de otros más antiguos, como Horus, Mithra o Atis. Nuestro humorista no entra en detalles, pero la cosa pudo haber ido más o menos de la siguiente manera: los discípulos habían oído hablar de esas historias de un dios que muere y resucita cíclicamente (San Pedro o San Juan hasta debieron tener la colección de cómic completa, encuadernada en tapa dura), y tras el desconcierto inicial por la crucifixión (si es que ocurrió), uno de ellos concibió un plan genial.

–¡Ya está, decimos que el Señor ha resucitado como Horus, fundamos la Iglesia y a vivir del cuento dos mil años!

Hay sólo algunos detallejos menores que no encajan del todo con esta sesuda reconstrucción histórica, como que la vida de Jesús es el hecho histórico de la Antigüedad del cual se conservan mayor número de papiros. No deja de ser una marca curiosa, para tratarse de un mero plagio literario, compuesto casi veinte siglos antes de que Hollywood comprara los derechos del guión.

Por último, un argumento demoledor. Como está desgraciadamente de actualidad, hay sujetos que en nombre de Dios matan a sus semejantes. Broncano se guarda mucho de hablar explícitamente del terrorismo islámico, no vaya a tener algún problemilla por hacerse el valiente. Pero a lo que vamos: ¿pueden citarme el caso de alguien que haya matado en nombre del ateísmo? Y no vale decir que el comunismo ateo mató a cien millones de personas el siglo pasado, porque ningún comunista se inmolaba gritando “¡La nada es grande!”. Simplemente te fusilaban, torturaban o mataban de hambre en nombre del socialismo científico; ni punto de comparación.

El monologuista no oculta en este punto su irritación. Ahora los creyentes piden respeto, después de “cuarenta años de misa obligatoria”. Una vez más hay que recordar que Broncano es bastante joven, y por tanto la noción que tiene del franquismo debe proceder básicamente de pelis españolas. Vamos, que aquello era un infierno de militares y curas hasta que llegó Zapatero y liberó a las mujeres y los gais, fecha arriba, fecha abajo.

Concluye el humorista con una nota positiva, confesando que su dios es el Chiste. Así que después de todo cree en algo: en lo gracioso que es. Ya lo veníamos barruntando. Quien no cree en Dios, acaba creyendo, directa o indirectamente, bajo un nombre u otro más o menos presuntuoso, en sí mismo. Eso que nuestro tiempo ha elevado a la categoría de virtud poco menos que suprema, llamándola “autoestima”. Desde luego, hay que tener la autoestima por las nubes para atreverse a hablar de la cuestión fundamental de la existencia humana, partiendo de una ignorancia tan vasta como aquella que uno atribuye a los demás.

Consideraciones más o menos intempestivas de un católico

En este escrito empezaré estableciendo una tesis muy básica sobre la relación entre cristianismo, ateísmo y progresismo, para después comentar algunos aspectos más concretos de la situación política internacional. Creo que de este modo puedo referirme a estos últimos con una perspectiva que a menudo se pierde en los debates a ras de la actualidad.

El ateísmo, hoy dominante entre las elites, sostiene que la realidad primordial, de la que surge o fundamenta todo lo existente, no es de tipo personal, sino que está sometida a leyes carentes de finalidad, está regida por el puro azar o por una combinación de ambas cosas. De ello se deduce que para un ateo, el bien y el mal no son conceptos objetivos, sino que se trata de convenciones exclusivamente humanas, esto es, subjetivas. Esta sería la razón por la cual las ideas sobre lo que está bien y lo que está mal varían aparentemente en el tiempo y en el espacio. El ateo tiende por naturaleza a ser progresista (la moral evoluciona) y multiculturalista (la moral varía según la cultura).

Por el contrario, el creyente piensa que la realidad primordial o fundante es de tipo personal, lo que llamamos Dios. De ahí se deduce que el deber-ser no es algo que derive secundariamente del ser, sino que forma parte esencial de él. Por tanto, para el creyente sólo existe una ética verdadera, universal y eterna, y las variaciones que registra la historia y la antropología son o bien extravíos, o bien producto de observaciones negligentes, contaminadas por prejuicios acerca de lo que verdaderamente piensan las personas de otras culturas o épocas sobre el bien y el mal. El creyente tiende por naturaleza (con la salvedad que a continuación diré) a ser conservador, es decir, a creer que no hay innovación posible en el terreno moral doctrinal.

Cabe señalar que dentro de los creyentes existen dos variantes muy disímiles, en líneas generales representadas por el judeocristianismo y por el islamismo. Ambas coinciden en que existe una única moral objetiva y eterna, pero el primero admite que se da un margen para distintos tipos de organización jurídico-política compatibles con la moral verdadera, mientras que el segundo se plantea como un sistema completo donde no hay una verdadera distinción entre moral, derecho y política. Es decir, el islamismo es por naturaleza totalitario.

El creyente judeocristiano puede ser, y a menudo lo es, reformista en el terreno estrictamente político, en el sentido de defender una forma de organización social distinta de aquella en que vive. Sin embargo, con ello corre el riesgo de ser confundido –y mucho peor, de confundirse él mismo– con el progresista. Por eso en ocasiones se convierte en un “modernista”, que desea una Iglesia más adaptada a la mentalidad progresista. Lo cual conduce con lógica inflexible a una Iglesia que renuncia a su esencia (como depositaria y custodia de la verdad eterna), reducida a una mera ONG.

Esto no significa que el cristiano deba abstenerse de intentar mejorar las cosas desde la política, sino que debe hacerlo sin dejarse seducir por los cantos de sirena del progresismo, que en su fundamento último es una ideología atea. Unos cantos brutalmente amplificados por el poder de los medios de comunicación modernos, abrumadoramente decantados hacia el progresismo.

En la actualidad, con la llegada al papado de Jorge Bergoglio, el progresismo ha alcanzado el mayor nivel de penetración en la Iglesia, que ya era bastante alto. La preocupación por los pobres y por el medio ambiente, así como el acercamiento a quienes están alejados de la Iglesia, son no sólo legítimos sino necesarios. Pero estas causas se pervierten cuando se adopta el marco interpretativo progresista. Este comete dos errores fundamentales.

En primer lugar, el progresismo culpa de la pobreza y del deterioro del medio ambiente a la economía de mercado intrínsecamente. De ahí extrae la conclusión de que es posible construir una sociedad mejor simplemente por mera voluntad política, ignorando las leyes de la economía y de la naturaleza humana[1]. Toda ideología que propugna tal cosa favorece indefectiblemente sistemas totalitarios. Por eso el socialismo es incompatible con la democracia y el estado de derecho.

Como vimos, la clave del progresismo es el subjetivismo, lo que equivale a la idea de que el hombre puede construir su mundo desde cero, de manera totalmente autónoma. Esto se refleja en las concepciones económicas y en otras como la ideología de género, que reduce las diferencias sexuales a construcciones culturales.

En segundo lugar, el progresismo, al negar que existan un bien y un mal objetivos, desconoce el concepto de pecado. Por tanto, sólo puede entender el acercamiento a los que están alejados de la Iglesia (a las “periferias”, en el lenguaje de Francisco) como una relativización y a la postre negación de sus pecados o errores, que es algo completamente distinto del perdón. (No puede haber perdón si no se reconoce primero el pecado.)

Bergoglio no puede alterar la doctrina católica, pero sí puede introducir una práctica pastoral que la modifique de facto. Es lo que hace mediante su documento Amoris laetitia y sus muchas declaraciones informales, que hacen las delicias de los medios progresistas, es decir, de casi todos, incluidos los de línea católica. Exactamente igual a como proceden siempre los progresistas en terrenos como el aborto y otros, Bergoglio empieza introduciendo la posibilidad de excepciones, basadas en casos anecdóticos y conmovedores, de manera que quien se oponga a ellas sea visto como un inflexible fariseo, un malvado “ultraconservador” o “ultracatólico” con “cara de vinagre”.

La experiencia demuestra que las excepciones en determinados temas morales empiezan por una pequeña grieta y acaban convertidas en un formidable coladero. Se empieza defendiendo el aborto en casos dramáticos como la violación y se termina convirtiéndolo en un método anticonceptivo rutinario. Se empieza con el “discernimiento” que permite dar la comunión a determinadas parejas no casadas canónicamente, y se acabará admitiendo como compatible con el sacramento de la eucaristía cualquier tipo de desorden amoroso. Esto ya sucede en algunas parroquias, pero la idea es que acabe “normalizándose” a toda la Iglesia. Otro concepto, el de “normalizar”, característicamente progresista. Porque procede de norma, y progresista es quien no acepta otras normas que las que el hombre se da a sí mismo.

El resultado de todo esto no puede ser más lamentable. Nos acercamos al punto de una virtual dictadura del pensamiento progresista, que cada vez reacciona con mayores dosis de coerción frente a la disidencia. Ya empieza a resultar difícil oponerse a los dogmas de la ideología de género, del multiculturalismo o incluso del cambio climático antropogénico sin correr el riesgo de perder el empleo o incluso de sufrir consecuencias judiciales. La Iglesia no puede desentenderse de la resistencia a estas injusticias, y si lo hace, sólo cederá la causa de dicha resistencia a un totalitarismo rival del progresismo como es el islamismo. (Una rivalidad comparable a la que existió entre comunismo y nazismo.) Sin embargo, en la línea típicamente progresista, Bergoglio se empeña en ignorar las diferencias entre religiones y se erige en un defensor de la penetración indiscriminada en Europa de inmigrantes musulmanes, mal llamados genéricamente refugiados, como si ello no tuviera que causar la menor inquietud, pese al trato criminal que sufren los cristianos en los países musulmanes.

Por si fuera poco, ahí tenemos a Putin enredando. Defensor de los cristianos en Oriente Medio para algunos, es en realidad un autócrata que trata hábilmente de sacar partido a su favor de la criminal y estúpida política de Obama en la región.

El carácter nefasto de la pasada administración norteamericana no hace bueno a Putin. Basta asomarse a su órgano de propaganda e intoxicación, el canal de noticias RT, donde se defiende descaradamente el chavismo y se da pábulo a toda teoría conspiratoria contra el “imperialismo” (el de Estados Unidos, por supuesto) para comprender que Rusia no ha variado gran cosa su relación con Occidente respecto a la antigua Unión Soviética: intenta minarlo moralmente desde dentro, todo lo que puede, para defender sus intereses geopolíticos[2]. Tiene todo el derecho a defenderlos, como todo el mundo, pero no a costa de introducir veneno ideológico en otros países, ni de asesinar a opositores y periodistas.

Por todo ello, la situación es casi desesperante. Los cristianos no progresistas (es decir, los cristianos que vemos claramente la verdadera esencia anticristiana del progresismo) nos encontramos muy solos. Frente a la hegemonía progresista, apenas tenemos el respaldo de nuestro clero, cuando no la hostilidad manifiesta de una parte considerable de él, a todos los niveles. El islamismo, esa religión de paz que ha exterminado prácticamente a los cristianos en Oriente Medio, y los asesina de cien en cien en Egipto y otros países de África, cada vez se hace más visible en Europa, contando por añadidura con la protección progresista, celosamente vigilante contra el fantasma de la “islamofobia”. Y encima, tenemos motivos más que suficientes para desconfiar de “amigos” como el señor Putin, que alberga un indisimulado interés en un Occidente moral y materialmente débil.

En cuanto a Trump, hay indicios esperanzadores (la nominación de Gorsuch para el Tribunal Supremo, la retirada de subvenciones al tinglado abortista, su política fiscal liberalizadora, etc.) de que lidere una histórica reacción contra el progresismo. Pero no debemos olvidar que donde más poder ejerce constitucionalmente un presidente de los Estados Unidos es en política exterior, terreno minado en el que es sumamente difícil acertar. Aunque también sea difícil hacerlo peor que el anterior inquilino de la Casa Blanca.

Por supuesto, la esperanza que atesora todo cristiano es incomparablemente superior a la que pueda inspirar ningún dirigente político. Pero por ello mismo es perfectamente compatible con una visión desengañada y lúcida de la cruda realidad.

La situación en Europa resulta especialmente inquietante. Centrándonos en las elecciones francesas, nos encontramos con un dilema endiablado. Por una parte, un candidato del progresismo como Macron, defensor del buenismo multicultural, de la ideología de género, aunque no totalmente insensato en economía… Del otro, una candidata como Marine Le Pen, que combina un discurso rupturista en algunos puntos con el progresismo (no a los úteros de alquiler, derogación de la ley del matrimonio homosexual…, aunque ni pío contra el aborto, que parece legalmente blindado en Francia) con un discurso antiglobalización que puede deslizarse hacia la peor cara del proverbial chovinismo francés, con su irreprimible tendencia a destrozar McDonald’s y asaltar los caminones españoles en la frontera. Confieso que me alegro de no poder votar en Francia.

No han faltado, por cierto, críticas a Vox (único partido español nacionalista, y a la vez provida y contrario a la ideología de género, además de liberal en lo económico) por su acercamiento al FN francés. Sin embargo, creo que Santiago Abascal ha recalcado con bastante claridad las coincidencias y diferencias con otros movimientos europeos de la derecha alternativa. Se trata de una táctica arriesgada, pero comprensible. Cuando uno intenta distinguirse de la derecha establecida, entregada al progresismo (representada en España por el Partido Popular de Rajoy y Sáenz de Santamaría, y en parte también por Ciudadanos) no puede manifestar muchos remilgos ante ciertas compañías dudosas. Pero insisto, no hay duda alguna sobre el radical contraste entre el programa económico de Vox y el de Podemos, mientras que Marine Le Pen se ha esforzado en señalar sus puntos comunes con Mélenchon, el Pablo Iglesias francés. Aunque también hay que reconocer que el sistema electoral galo fuerza o incita a la candidata nacionalista a no despreciar ningún voto, ni siquiera el de ultraizquierda.

Desgraciadamente, el debate sobre Europa, tan candente tras el Brexit, actúa como una fuente de ruido en la cuestión fundamental de cómo impedir que el progresismo acabe convirtiéndose en una auténtica dictadura. Los católicos deseamos naturalmente una Europa unida, porque ello es una garantía frente a conflictos como los del siglo XX, y porque sería el mejor medio para fortalecernos ante todo frente al islam; también frente al expansionismo ruso y la dictadura china. Pero los principales defensores de la Unión Europea y el mundialismo son hoy, lamentablemente, los mismos progresistas que querrían erradicar definitivamente el cristianismo, que ven en la inmigración islámica “una oportunidad” (¿para quién?) y que favorecen la destrucción de la familia natural con su aberrrante ingeniería social. No deberíamos ceder a los progres la patente del europeísmo, sin duda, pero lo que no podemos de ninguna de las maneras es tragar con sus mercancías putrefactas por amor a una Europa unida que, aunque valiosa, a fin de cuentas no es un fin en sí misma.

[1] Los libertarios (que a menudo se llaman a sí mismos liberales) son una subespecie minoritaria dentro del progresismo, que en lugar de culpar al mercado de todos los males, lo convierten en una solución simplistamente mágica de todos ellos. (Así, defienden los úteros de alquiler, la legalización de todas las drogas, etc.) Un error de naturaleza opuesta, pero error al fin y al cabo. Conviene mucho distinguir el liberalismo clásico de tales desvíos.

[2] Resulta penoso, por cierto, el acuerdo de Intereconomía (uno de los poquísimos medios críticos con el progresismo de todos los partidos) con RT. Ante este error de fondo, se me antoja anecdótico que Julio Ariza entrevistara ayer domingo a un señor llamado Andreu Bacardit, que asegura haber dado con el “Teorema del Todo”, una física enteramente nueva que le ha permitido desarrollar, según dice, una tecnología para obtener electricidad ilimitada de la energía oscura del universo, y que hasta reprodujo un experimento ante las cámaras para “demostrarlo”. Pero desde luego, estos patinazos tampoco contribuyen en nada a la credibilidad de un medio de comunicación.

La insufrible charlatanería del cambio climático

Acerca del cambio climático pueden enunciarse dos hechos incontrovertibles. El primero, que la temperatura media global ha aumentado 0,7° en los últimos cien años, aproximadamente. El segundo, que el aparato mediático-político progresista ha impuesto una explicación oficial de este fenómeno, sostenida mediante una manipulación informativa constante y abrumadora.

Artículo en Actuall.