Las dos agendas

Vox presentó su programa político en Madrid, en una reunión de fin de semana con sus militantes, trufada de actividades que algunos compararon con una feria, aludiendo quizás involuntariamente a la novela de Ana Iris Simón titulada así, Feria. Me hubiera gustado asistir al evento, pero circunstancias personales me lo impidieron. Lo que sí he hecho es leer el programa de Vox, titulado Agenda España. No hace falta decir que, aparte de su mucha mayor brevedad, se trata de un texto muy diferente de la novela de Simón. Sin embargo, tienen algo en común. Ambos son una reacción contra cierta concepción del progreso que nos han vendido; y voy a dejarlo aquí, para no alargarme. Me centraré sólo en el programa político.

Por supuesto, Vox ya contaba antes con un programa, llamado “100 medidas urgentes para España”. Pero aunque en lo esencial las ideas y propuestas del partido liderado por Santiago Abascal siguen siendo las mismas, el nuevo texto programático de algún modo formaliza algo que ya era evidente desde hace tiempo: que Vox es mucho más que una mera escisión del Partido Popular. El título “100 medidas” era muy típico del PP, muy de gestor que se expresa en términos cuantificables. El problema de concebir la política como una mera labor de gestión es que la izquierda utilizará tus servicios sin agradecértelo.

Aznar preservó la ley del aborto y reeditó los pactos con los nacionalistas. Nunca pretendió borrar o al menos corregir el felipismo. Zapatero se lo pagó asediando las sedes del PP tras los atentados de Atocha y destruyendo toda su obra contra la organización terrorista ETA, a la cual le ofreció su supervivencia política a cambio de abandonar una actividad criminal que apenas estaba en condiciones de mantener. Si quieren les recuerdo lo que pasó luego con Rajoy y Sánchez, pero creo que no es necesario. El PP presume mucho de su gestión, pero luego el PSOE se encarga de que no quede de ella ni las raspas. Este es el resumen de los últimos 25 años.

Vox surgió como una reacción contra la concepción de la política como modosa gestión de las “conquistas” de la izquierda. Vox ha nacido para derrotar al PSOE, no para ser su partido suplente. Su enemigo, aunque algunos no puedan o no quieran entenderlo, no es el PP, sino el Partido Socialista, el que más daño ha hecho a España, y cuyo pasado criminal y golpista, durante la República y la Guerra Civil, Vox no deja de recordarle en sede parlamentaria y en toda ocasión que se preste.

Aquí es donde la Agenda España da en el clavo, al proponer toda una enmienda al paradigma del progresismo global expresado por la Agenda 2030, la resolución de la ONU (aprobada el 25 de septiembre de 2015) que el gobierno de coalición socialcomunista ha hecho suya, encargando de su implementación a la ministra de Derechos Sociales y Agenda 2030 Ione Belarra, secretaria general de Podemos. Porque, ¿saben quién es el Secretario de Estado para la Agenda 2030? Enrique Santiago, secretario general del Partido Comunista de España y abogado de las FARC en las negociaciones con el gobierno colombiano de Juan Manuel Santos. La Agenda 2030 y el regreso del PSOE a su pasado más radical desde la Guerra Civil son una y la misma cosa.

No se vayan a creer que la dichosa agenda onusina es algo así como el Manifiesto Comunista. Se trata de un aburrido ejercicio de verborrea político-burocrática de 40 páginas, que se resume en una enumeración de buenos deseos, como son acabar con el hambre en el mundo, con la violencia, la contaminación, etc., entre los cuales se deslizan algunas pretensiones menos inocentes, aunque siempre en lenguaje eufemístico. Así, cuando habla de facilitar el acceso a “los servicios de salud sexual y reproductiva”, se está refiriendo a fomentar el aborto. Y cuando declara que se respeta la soberanía de cada país, “pero siempre de manera compatible con las normas y compromisos internacionales pertinentes”, está diciendo que no hay alternativa a la Agenda 2030, a la que más de una vez califica como “universal” e “indivisible”, o sea, obligatoria para todo el mundo y no modificable. No vale tomar de la Agenda 2030 lo que a cada cual le parezca aprovechable: hay que quedarse con el paquete completo, y sus contenidos deben formar parte de la enseñanza obligatoria.

Después de todo, tras las innegables diferencias, sí existe algo en común con el Manifiesto Comunista: ambos se arrogan el derecho de transformar el mundo, sin tener en cuenta a quienes puedan tener otras ideas sobre el tema. Ambos dicen hablar en nombre de otros (el proletariado, los pueblos, las mujeres) pero encargan de la tarea transformadora a una minoría dirigente, no elegida por quienes dicen representar, y prácticamente incuestionable. Más allá de los contenidos concretos, que podríamos analizar con detalle, comparándolos con la Agenda España, el documento de la ONU es una pura y simple imposición, mientras que el de Vox nace como una propuesta democrática, que los españoles decidirán si votan o no.

Hay tres palabras cuyas frecuencias pueden servir para calibrar el abismo entre las dos agendas. La primera es patria, que como pueden imaginar no aparece una sola vez en la Agenda 2030, mientras que en la Agenda España (46 páginas, aunque aproximadamente la mitad de palabras que el farragoso texto de la ONU) se halla cuatro veces, sin contar el término patriotismo. No hay lugar para las patrias en el mundo del globalismo progresista, porque ellas representan obstáculos a sus planes “universales” e “indivisibles”, por no decir totalitarios.

La segunda palabra es familia, que se cita en cinco ocasiones en el texto de la ONU, frente a 30 en el programa de Vox. En el primer documento, dos de las cinco veces forma parte de la expresión “planificación familiar”. Ni una sola vez habla la Agenda 2030 de la natalidad, cuyo descenso por debajo del nivel de reemplazo generacional es el mayor problema de España y casi todo el mundo desarrollado, a medio plazo; por el contrario, implícitamente defiende las prácticas abortistas y anticonceptivas, al tiempo que se preocupa mucho por la preservación de la biodiversidad animal y vegetal.

Por último, la tercera palabra cuyas respectivas frecuencias son significativas es libertad. Entre las 19.000 y pico palabras de la Agenda 2030 aparece solo tres veces, dos de ellas dentro de la vaga expresión “libertades fundamentales”, y una con un significado más ambiguo, por no decir misterioso, en las primeras líneas, donde dice que la Agenda “tiene por objeto fortalecer la paz universal dentro de un concepto más amplio de la libertad”. No sea que China o las teocracias islámicas se molesten. Por el contrario, la Agenda de Vox, el “partido ultraderechista” según gran parte de la prensa, cita 27 veces la palabra libertad, la mayoría de ellas refiriéndose a libertades bien concretas, como la de expresión, educación, de conciencia, de cátedra, etc. y en contraposición con el totalitarismo. Esta es la clave: si queremos ser libres, dueños de nuestro destino y fieles a nuestras raíces, o si por el contrario estamos dispuestos a que una élite progresista sin religión ni patria nos dicte cómo debemos pensar, sentir, opinar y actuar. Parece un fácil dilema, pero el problema es que no todo el mundo lo tiene claro.

Los infiernos sentimentales

En una suerte de intercambio de papeles, el catolicismo cada vez es más tolerante y abierto, o lo que hoy se entiende por tal, mientras que el progresismo ofrece día a día una faz más amenazadora e intransigente. Los curas del montón, esos que nos encontramos muchos católicos el domingo al ir a misa, ya no hablan casi nunca del Infierno, ni tratan del divorcio, ni suelen condenar el aborto. Más bien quitan hierro a esos temas, se muestran comprensivos e indulgentes hacia las parejas de hecho y los homosexuales, y piden rezar por los inmigrantes y refugiados, sea cual sea su religión.

Por llamativo contraste, el progresismo no cesa de advertirnos, con tono apocalíptico, sobre las amenazas que se ciernen sobre nuestra sociedad: el cambio climático, el avance de la ultraderecha, el machismo, el racismo, al tiempo que endurece sus posiciones, poniendo en el punto de mira a los médicos que objetan contra el aborto, a los provida que tratan de ayudar a las mujeres que van a abortar, a quienes no muestran entusiasmo ante los “otros modelos de familia”, a los que señalan los perjuicios de la inmigración ilegal, etc. El estereotipo del fanático ultracatólico sigue circulando, sigue siendo objeto de volterianas tribunas en el periódico dominical; pero el hecho es que en nuestros días abunda mucho más el fanático ultraprogresista, dispuesto a perseguir a quienes no comparten su seudorreligión, por los medios más expeditivos: censura, ilegalizaciones y tipificación de los llamados “delitos de odio”, sin renunciar a los escraches y actos vandálicos.

Otra cosa es que a veces los católicos tradicionalistas (en sentido amplio, no hablo de los que defienden posiciones preconciliares) entramos al trapo con cierta torpeza. La cuestión principal no es si los divorciados que conviven con una nueva pareja pueden comulgar o no (aunque el catecismo da una respuesta inequívoca), sino qué podemos y debemos hacer como cristianos para que haya menos rupturas matrimoniales, para restaurar la visión cristiana de la vida conyugal. Partir del hecho consumado del divorcio es como mínimo colocarse en una posición de desventaja dialéctica.

Algo análogo sucede en los repetitivos debates sobre el aborto, en los que de buenas a primeras se espeta a los provida que queremos meter en la cárcel a las mujeres que abortan. No habría que tener miedo de decir que quizás a algunas sí, tras ponderar posibles agravantes y eximentes; pero ¿por qué no empezamos hablando de cómo evitar los miles de abortos que se producen todos los meses?

El caso es que catolicismo mayoritario se va volviendo progresista, mientras que el progresismo adquiere un estilo religioso y hasta puritano. ¿Cuál es la causa de esto? Opino que la respuesta se halla en la preponderancia de una mentalidad, tanto entre creyentes como no creyentes, que podemos llamar sentimental. A muchos católicos se les hace cuesta arriba creer en la eternidad de las penas infernales, del mismo modo que la sociedad hoy rechaza la pena de muerte y los castigos físicos. Ambas actitudes tienen el mismo origen.

Sin duda, hay algo innegablemente bueno en la suavización de las costumbres y las leyes, pero esta sensibilidad contraria al sufrimiento no debería terminar eclipsando a la razón. El mayor rechazo al catolicismo no proviene hoy de la racionalidad sino del sentimentalismo. Si no se puede negar la comunión a las parejas adúlteras, porque sería una crueldad pedirles que renuncien a las relaciones íntimas, ¿tiene sentido ningún sacrificio? Al final, oponerse a la eutanasia, frenar la inmigración ilegal, defender que los violadores en serie no salgan nunca de la cárcel, son posiciones percibidas como “crueles” con los enfermos terminales, con los inmigrantes ilegales, con los criminales. Se empieza rechazando el infierno y se termina con inyecciones letales para ancianos, y dejando que los asesinos y violadores campen por las calles. Y es que el sentimentalismo tiene siempre dos caras, una tierna y otra brutal.

Ya lo advirtió nuestro injustamente olvidado Jaime Balmes, en fecha tan temprana como 1843, nada menos: “Este sentimiento muelle se esfuerza en divinizar el goce, busca una excusa a todas las acciones perversas, califica de deslices los delitos, de faltas las caídas más ignominiosas, de extravíos los crímenes, procura desterrar del mundo toda idea severa, ahoga los remordimientos y ofrece al corazón humano un solo ídolo, el placer; una sola regla, el egoísmo.” (Cartas a un escéptico en materia de religión, III.)

El hombre contemporáneo ha dejado de temer al Infierno, al que considera incompatible con la infinita misericordia de Dios, suponiendo que crea en Él. Se olvida, por supuesto, de su Justicia no menos infinita. Pero el lugar del Infierno teológico lo han ocupado con presteza el catastrofismo climático, las pandemias, el fascismo. Todos ellos, si bien se mira, tienen algo en común que los distingue del averno judeocristiano. La salvación de los nuevos infiernos, nacidos del miedo propagado por los medios de comunicación y del sentimentalismo, ya no depende de cada uno de nosotros, ya no nos sitúa como dueños de nuestro irreductible libre albedrío, sino que es una tarea colectiva, gregaria, la cual se utiliza para obligarnos a acatar sin discusión a los poderes terrenales (desde la ONU hasta el más anodino Ayuntamiento). Unos poderes cada vez más inapelables, más minuciosamente normativos; más tiránicos, en fin. Que cada cual juzgue si ganamos algo con el cambio.

Crimen de odio y neototalitarismo

En la entrada anterior sostenía que el totalitarismo en ciernes no es ninguna regresión ultraderechista, sino que por el contrario amaga en quienes más denuncian ese improbable retorno del fascismo. Aquí quiero analizar el elemento clave de este nuevo totalitarismo: el delito o crimen de odio.

Para empezar, cabe decir que en el código penal jamás debería haber entrado esta categoría. Los motivos subjetivos por los que alguien ejerce violencia contra otra persona no son en sí mismos un delito, ni siquiera un agravante. Tampoco deberían castigarse más severamente los delitos cometidos contra personas pertenecientes a un colectivo que las de otro. Los códigos penales, muy adecuadamente, castigan conceptos como la premeditación, o la organización criminal, que son de carácter objetivo y por tanto comprobable (por ejemplo, la adquisición del arma de un crimen), pero esto es algo completamente distinto de penalizar motivaciones subjetivas, sean económicas, emocionales o ideológicas. Ni siquiera en un terrorista se persiguen sus ideas, salvo en la medida en que se expresen como amenazas explícitas de violencia física o apología del terrorismo.

El concepto de delito de odio es ideológico, no jurídico, pues presupone una teoría sobre una injusticia histórica o estructural, sufrida por un grupo al que se pretende proteger o incluso resarcir. Esta clase de consideraciones sustantivas no pueden ser admitidas en el derecho sin desnaturalizarlo. La Justicia por definición no prejuzga a nadie, no puede tomar partido por unos grupos en contra de otros. Una vez se postulan los delitos de odio, es decir, los crímenes de pensamiento, se suceden fatalmente tres pasos:

  1. Primero se persiguen los delitos que realmente se justifican por motivos ideológicos o culturales. Esto, como digo, ya es una aberración jurídica, pero resulta fácil de introducir tras un período preparatorio de alarma social (o mejor dicho mediática) que magnifica la importancia cuantitativa de este tipo de comportamientos.
  2. Una vez conseguido el punto 1, el concepto de crimen de odio sufre su primera ampliación. Pasa de facto a incluir casi cualquier delito sufrido por el miembro de un colectivo clasificado como vulnerable, sin necesidad de investigar los móviles. Esto lleva a descartar otro tipo de causalidad delictiva, como podría ser la delincuencia común, la pasional, la violencia doméstica, los trastornos psicológicos, el alcoholismo, etc. De nuevo se trata de una aberración jurídica, pues se castiga con más severidad el mismo delito en función de ciertas características del agresor y de la víctima, como el sexo, la raza, etc.
  3. Por último, se acaban clasificando como crímenes de odio la mera expresión de opiniones divergentes con el discurso oficial sobre los colectivos vulnerables, incluso aunque carezcan del menor tinte amenazador. Simplemente basta con que algún grupo organizado, que se arroga la representación de esos colectivos, dictamine que esa opinión alienta el odio o es ofensiva.

Esta ampliación abusiva del concepto de delito de odio, incluso aunque exista todavía solo en el nivel de la propaganda política, tiene como consecuencia la inflación artificial de su incidencia numérica, habitualmente apoyada en encuestas cuya metodología no puede más que dar lugar a resultados alarmistas. Así es como se retroalimenta la histeria victimista. Quien critique estos procedimientos será acusado de negacionista y en última instancia de culpable también de delito de odio. Se trata de un bucle argumental: quien cuestiona mi verdad no hace con ello más que confirmarla.

La retórica del delito de odio ya es en sí misma un juego muy peligroso, pues lo que pretende es incitar al odio contra los que son acusados de esto mismo. Pero se torna mucho más preocupante cuando consigue institucionalizarse, mediante organismos paraoficiales que se arrogan el derecho a la verificación de las informaciones, o códigos de conducta escritos y no escritos que conducen a la censura e incluso a despidos laborales. El último paso, por supuesto, es la traducción del crimen mental en leyes, lo que conduce a sanciones administrativas o incluso penales. Aquí es evidente que nos hallamos ya en el nivel propiamente totalitario, en el cual el poder del Estado (ejecutivo y judicial) impone una ideología oficial y persigue a los disidentes, contando con el apoyo de un aparato mediático adicto en bloque, sin apenas fisuras.

El neototalitarismo va mucho más allá de restringir la libertad de pensamiento en determinados temas tabú, de modo que bastaría con no aventurarse en ellos. La teoría de los colectivos vulnerables no se limita a extralimitarse en la reparación de determinadas injusticias históricas, sino que responde a una concepción totalizante, que cuestiona de raíz la entera tradición cultural occidental, es decir, el legado grecolatino y judeocristiano. En su lugar se trata de imponer una antropología materialista, en la cual la naturaleza humana carece de una esencia eterna, y es por tanto técnicamente manipulable, como cualquier otro objeto de la naturaleza. Aquí no hay lugar para la libertad individual, salvo en su inofensiva parcela de ocio y entretenimiento, ni en rigor hay sitio para la democracia, salvo como simulacro para embellecer la dictadura de los especialistas, cada vez más identificados con una élite trasnacional, que no tolera naciones ni instituciones díscolas. Esta distopía, aunque esté lejos de haber producido todo el daño que entraña, es ya nuestro presente inmediato. Pero si la visión materialista es errónea, como creo firmemente, el futuro está por escribir.

¿Vamos hacia un totalitarismo blando?

El presidente del gobierno Pedro Sánchez afirmó en la ONU, el pasado 22 de setiembre, que la democracia “está amenazada”. Concretamente señaló a quienes tratan de “excluir o culpar a las minorías vulnerables”, los que “llaman al odio por razones de origen, sexo o creencia” y los que “apelan a muros y fronteras”. Unos meses antes, en un acto electoral, fue mucho más claro, al referirse a “la amenaza extremista de la extrema derecha”, en alusión a unas cartas con balas enviadas al ministro del Interior y al vicepresidente. Unas cartas cuya autoría sigue sin haberse aclarado, y que en el contexto de una campaña electoral huelen a montaje chapucero.

No deja de resultar irónico que quien tanto se inquieta por la democracia presida un gobierno que ha decretado al menos dos Estados de Alarma y un cierre del Congreso inconstitucionales, como así ha fallado el Tribunal Constitucional, gracias a las denuncias interpuestas por Vox, el partido supuestamente ultraderechista, según numerosos políticos y periodistas. Por no hablar de sus socios de gobierno ligados a la dictadura venezolana, y de sus apoyos en partidos filoterroristas y golpistas. Efectivamente, tiene razón Sánchez en que la democracia está amenazada: pero es por su propio gobierno.

Numerosos indicios apoyan la tesis de que las reiterativas llamadas a defenderse de un improbable resurgimiento del fascismo no son más que maniobras de distracción, cuya finalidad es ocultar de dónde procede el verdadero peligro. Aldous Huxley definió el problema en su obra Nueva visita a un mundo feliz (Brave New World Revisited). Pese a haberse escrito unos veinticinco años después de su novela Un mundo feliz, curiosamente este ensayo, en algunos aspectos, ha quedado más desfasado que su obra más famosa. Hijo de su tiempo, Huxley se mostraba en 1958 muy preocupado por la superpoblación, temor que, si bien algunos desinformados siguen alimentando, hoy carece de base empírica. Por el contrario, en gran parte del mundo, y no solo el desarrollado, actualmente nos enfrentamos al problema del envejecimiento demográfico. Sin embargo, el autor británico sí describió algo muy parecido a lo que estamos comprobando en nuestros días:

Las constituciones no serán derogadas y las buenas leyes permanecerán en las colecciones legislativas, pero estas formas liberales servirán únicamente para disfrazar y adornar una sustancia profundamente antiliberal.”

Menos de dos décadas después, esta predicción empezó a verificarse mediante leyes y sentencias judiciales a favor del aborto y la no discriminación, que gradualmente han ido retorciendo el derecho, vaciándolo de su sentido originario. En nombre de la privacidad se ha anulado el derecho a la vida del ser humano en gestación. En nombre de la igualdad, se han restringido las libertades religiosa, de expresión, de educación y de empresa. Y mientras las libertades individuales se ven cada vez más sometidas a criterios colectivistas (corrección política), se “libera” al individuo ofreciéndole el cambio de sexo y la eutanasia.

El técnico jurídico de la Comisión Europea Jakob Cornides teme que la lucha contra la discriminación acabe por transformarse en “un nuevo totalitarismo, en el que todo el poder estaría en manos de las personas e instituciones que se han arrogado el control de las definiciones del término «discriminación» y que, por ello, se verían facultadas para ejercer una nueva forma de gobierno arbitraria. Con la invasión de nuevas leyes, las libertades de los ciudadanos están cada vez más restringidas y sometidas al control de funcionarios especializados en tratamiento igualitario, comisiones de tratamiento igualitario, agencias de derechos fundamentales y otras estructuras burocráticas. Ello se asemeja a la experiencia comunista, que prometió una sociedad sin clases, pero que creó una sociedad de amos de esclavos.” (F. J. Contreras y M. Kluger, eds., ¿Democracia sin religión?, Stella Maris, Barcelona, 2014.)

En lugar de una burda regresión, el peligro para la democracia se halla en los avances hacia una sociedad donde la toma de decisiones se encuentra cada vez más en manos de “expertos” institucionales (en teoría de género, migraciones, climatología, epidemiología o lo que sea), los cuales de facto suplantan la voluntad popular (manipulable, pero no tanto como algunos desearían) y las soberanías nacionales, aunque las formalidades democráticas se sigan observando con aparente pulcritud. La pandemia del coronavirus de Wuhan no ha hecho más que exacerbar el fenómeno. No hace falta imaginar siniestras conspiraciones; con frecuencia, eventos fortuitos tienden a acelerar o intensificar determinadas tendencias históricas. La invisible dictadura científica novelada por Aldous Huxley, hará pronto noventa años, sigue siendo una inquietante advertencia, desde luego mucho más realista que el fantasma de la ultraderecha con el que tratan de amedrentarnos sin descanso.

Por qué soy de derechas

Para explicar por qué soy de derechas, suponiendo aventuradamente que a alguien le importe lo más mínimo, es imperativo empezar criticando el mito de la izquierda, posiblemente el más poderoso de nuestra cultura. Sin esta tarea previa, cualquier cosa que uno diga en favor de ideas conservadoras solo servirá para ser utilizada en su contra.

Ser de izquierdas, en síntesis, es querer cambiar el mundo. No resolver esta injusticia o aquélla, sino transformar la sociedad entera, desde sus cimientos, para que no haya en ella siquiera la posibilidad de la injusticia. Fue Karl Marx quien formuló el principio fundamental de la izquierda, con su célebre undécima tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos simplemente han interpretado el mundo de diversos modos, de lo que se trata es de transformarlo.”

Este lema es de una inmensa arrogancia. Querer transformar el mundo implica considerarse su dueño, por mucho que esta apropiación se disfrace de noble altruismo, de ambición colectiva o revuelta de los desposeídos. Siempre hay un tirano en ciernes que sabe ver la ocasión en medio del caos revolucionario. Por lo demás, el más elemental sentido de la prudencia debería advertirnos de los riesgos inherentes a una pretensión tan osada. En la civilización hay un sinfín de cosas que funcionan bien, y que tendemos a dar por sentadas, como señaló Edmund Burke: “Somos demasiado propensos a considerar las cosas en el estado en que las encontramos, sin darnos cuenta suficiente de las causas por las que han sido producidas y sobre las que posiblemente se sostienen.” En una revolución inevitablemente se trastocan y pierden muchas cosas valiosas y necesarias. Y siempre son los más débiles quienes sufren en primera línea los desórdenes y los desabastecimientos.

Pero analizando con mayor detenimiento el lema de Marx, descubrimos que no solo es arrogante y temerario, sino además internamente contradictorio. Porque trasformar el mundo activamente es imposible sin una interpretación previa de él, sin una visión de lo que está mal y de a dónde queremos llegar. Marx pretendía que es la vida la que determina la conciencia, no la conciencia la que determina la vida. Muy bien, pero esto es ya una forma de conciencia, y como tal se podrá discutir. ¿O no? El pensador alemán diría que es irrelevante la discusión teórica, oponer frases a otras frases, y que lo único que importa es la evolución de las relaciones sociales. Pero esto es algo que se desprende de lo anterior, no una prueba a favor. La concepción materialista de la historia, aunque pretende estar basada en el conocimiento empírico, es de hecho tan inasequible a la contrastación factual como el idealismo que critica.

Prueba de ello es que Marx y sus seguidores hicieron de la propaganda y la concienciación su primera arma política. Luego no estaban tan seguros de que la mera evolución de las condiciones materiales iba a traer el comunismo. En efecto, si la cultura, los productos de la conciencia son meros ecos y reflejos de la actividad material humana, ¿por qué las clases dominantes los necesitan para justificar el orden social? ¿Por qué los revolucionarios se molestan en cuestionar esas teorías y creencias, tildándolas de patrañas? Si el pensamiento es un epifenómeno de la materia (por tanto, algo no menos material en sí), ¿en qué sentido puede ser verdadero o falso?

El marxismo nunca ha escapado a esta contradicción entre su determinismo materialista y el voluntarismo político, por la sencilla razón de que el materialismo es una contradicción en sí mismo. O bien el pensamiento no es más que un nombre que damos a ciertos procesos de la materia, en cuyo caso no tiene sentido decir de ningún pensamiento que es real o ilusorio, como no lo tiene decirlo de ningún fenómeno natural, o bien es irreductible a la materia; en cuyo caso el materialismo es falso. Decir no hay más que materia es como decir que no existe ninguna verdad, frase evidentemente paradójica, que se refuta a sí misma.

Marx fue el primero en no ser consecuente con el materialismo, al valorar moralmente, de forma subrepticia, los hechos sociales e históricos. Es frecuente en él referirse a formas sociales del pasado, o que cree caducas, como “bazofia” o “inmundicia”, lo cual contrasta con los aires “científicos” que se da. Si la evolución de las relaciones sociales es un proceso puramente material, como los cambios más lentos de la geología, no se comprende fácilmente por qué debería el futuro ser considerado mejor que el pasado, o por qué deberíamos señalar unas determinadas relaciones de producción o intercambio como más injustas que otras.

Sin embargo, creo que hay una explicación del carácter bipolar del marxismo. Su impulso moral procede a todas luces del judeocristianismo, en cuyo seno nació como cualquier otro movimiento cultural europeo. Lo que hace Marx no es más que sustituir la Providencia por la concepción materialista de la historia; la voluntad divina por la necesidad. Con ello el hombre no puede hacer otra cosa que tratar de conocer las leyes que constituyen la necesidad para resignarse a ellas, para no ir inútilmente en contra del sentido de la historia. En cualquier caso, esta sigue su marcha imparable, con o sin nuestra colaboración. Se trata, cabe señalar, de algo muy distinto de la resignación cristiana, que se basa en la entrega confiada a una voluntad infinita, a la que sí le importa nuestra voluntad, por insignificante que sea a su lado. El cristiano reza “venga a nosotros tu Reino”. No pretende transformar el mundo, sino que sabe que su tarea es transformarse él mismo, tratando de hacer el bien en su limitado entorno. No es él quien debe sentirse encargado del mundo, pues para eso ya está Dios.

Ciertamente, hay una derecha no cristiana, que inspirada en pensadores como Nietzsche, culpa al cristianismo del surgimiento de la izquierda. Es una derecha que acaba cayendo en otro tipo de idolatrías, en lugar del materialismo histórico. Pueden ser la nación, la raza, el mercado como panacea, o bien un positivismo jurídico que solo sirve para ir asumiendo, con más o menos retraso, las “conquistas” legislativas de la izquierda.

La derecha que yo profeso es antes que ninguna otra cosa cristianismo. Creo en unos principios morales eternos y creo en el pecado original. Por eso estoy convencido de que el poder político debe ser limitado, que ni la democracia ni menos aún un despotismo científico pueden justificar cualquier cosa. Creo que hay que fomentar la formación de familias sólidas, basadas en la unión estable entre hombre y mujer, con muchos hijos a poder ser, y prohibir el aborto y la eutanasia. Creo también que debemos defender nuestra cultura cristiana y nuestra patria frente al islam que día a día crece en Europa. Creo que hay que poner en su sitio al ecologismo apocalíptico, y protegernos sin complejos frente a China y Rusia. Todo ello sólo puede lograrse preservando la libertad individual, que a fin de cuentas es hija del judeocristianismo, pero sin confundirla con el mantra relativista de que todos los modos de vida son igual de valiosos, ignorando que unos contribuyen mucho más al bien común que otros. Que estos principios sean calificados de reaccionaros, no me importa absolutamente nada. Que se los califique de “fascistas” me parece simplemente una cretinez, sobre todo porque es desconocer que el fascismo y el nacionalsocialismo no fueron más que mutaciones de la extrema izquierda. Renegaron igual que ella del cristianismo para adorar ídolos más acordes con la sed de poder.

Me he encontrado a mí mismo, aparte de en las Escrituras y el pensamiento clásico y cristiano, desde Platón y San Agustín hasta Ratzinger, con la lectura de autores clásicos como Burke, Tocqueville, Donoso Cortés, Nicolás Gómez Dávila, Jean-François Revel, y autores vivos como Francisco José Contreras, Pío Moa, Ben Shapiro, Samuel Gregg y Ryszard Legutko. Nada me complacería más que animar a leerlos a quien no lo haya hecho. Y que esto le ayudara, como me ayudó a mí, a liberarse de una vez por todas del mito de la izquierda.

El destino de Occidente

Las reacciones ante el brutal ataque sufrido por Estados Unidos en su territorio, hace hoy veinte años, fueron de dos tipos. Ambos pretendían responder de algún modo a la pregunta ¿Por qué nos odian tanto? Pero mientras unos analizaban el islamismo como una ideología teocrática que en germen ya contenía la posibilidad de una matanza semejante, otros trataban de comprender la rabia de los atacantes como una consecuencia de agravios sufridos en el pasado, o todavía en curso: las Cruzadas, el imperialismo, las desigualdades entre Norte y Sur, etc.

Esta clasificación es una simplificación, naturalmente, pues dentro de cada uno de los dos tipos cabe hacer subdivisiones. Por ejemplo, una explicación muy común, dentro del análisis de islamismo, consiste en señalar que el islam no ha pasado por una Ilustración como la que surgió en la Europa cristiana del siglo XVIII. Esta teoría, aparte de albergar supuestos muy problemáticos sobre la relación entre el cristianismo y la sociedad, parece ignorar esenciales diferencias entre las religiones, lo que lleva a sostener que todas podrían pasar por unas fases similares.

Dejo solo apuntado ese debate. Consideremos ahora el segundo tipo de teorías, las que tienden a culpar a las propias víctimas de los ataques. Aquí básicamente podemos distinguir dos subtipos, aunque suelen presentarse combinados. Por un lado, están quienes explican el 11-S como un episodio más de una espiral de venganzas que habríamos iniciado los cristianos con las Cruzadas. Estos olvidan que fueron los musulmanes quienes empezaron por imponer su religión con la espada desde el siglo VII, en territorios más o menos cristianizados desde época romana. Pero sin remontarse a la Edad Media, muchos acusan a los Estados Unidos de haber fomentado el resentimiento con sus intervenciones militares en Oriente Medio. De nuevo olvidan cosas como que este país tiene entre algunos de sus más firmes aliados a países musulmanes, que apoyó a los muyahidines en Afganistán contra la URSS, que estuvo del lado de los musulmanes kosovares y albaneses en las guerras balcánicas de finales del siglo pasado, etc. En resumen, presentar a la nación norteamericana como un enemigo del islam en bloque es una mentira muy burda.

Luego tenemos las explicaciones que acusan a los Estados Unidos como el país paradigmático del capitalismo, al cual culpan de la pobreza del llamado Tercer Mundo. Ya esta teoría sobre el origen de la desigualdad, obviamente marxista o de matriz marxista, es sumamente discutible. Pero incluso sin entrar en un debate que requeriría alguna extensión, cabe preguntarse por qué fueron precisamente musulmanes, entre cuyos países los hay riquísimos (empezando por la Arabia Saudita de la que procedía el multimillonario Ben Laden) quienes habrían reaccionado atacando los centros financiero y militar de la potencia supuestamente opresora.

Me basta lo dicho para mi propósito de sugerir la debilidad de las teorías autoculpabilizadoras, antiamericanas o anticapitalistas. Pero hay una cuestión que me parece especialmente interesante: ¿Cuál es la causa de la popularidad de estas concepciones, sobre todo entre las personas instruidas? En mi opinión, dejando de lado aspectos emocionales más turbios, hay una razón principal: el marco intelectual general en el que se encuadran, que las hace sugestivamente plausibles. Este marco no es otro que el pensamiento materialista, en gran medida inspirado en Karl Marx, aunque sin duda sea anterior a éste. Según esta concepción, quedarnos en los motivos ideológicos y subjetivos de los terroristas es un análisis idealista y burgués, como se estilaba decir no hace tanto, que no tiene en cuenta las relaciones de poder objetivas.

Ahora bien, establecida tal posición filosófica, no tardan en aparecer las contradicciones. Porque estos mismos que reducen la historia a un sórdido conflicto económico suelen ser los mismos que luego nos advierten contra la islamofobia, y contra muchas otras fobias, a las que pretenden combatir con pedagógicas campañas de sensibilización, visibilización y normalización, a fin de impedir que los ciudadanos se sientan atraídos por prejuicios irracionales, prestos a ser explotados por las fuerzas de la ultraderecha y el populismo. Es decir, son materialistas para explicar los actos terroristas, pero idealistas (que creen en la fuerza de las ideas) para defender lo que consideran justo. Este idealismo ha alcanzado hoy su expresión más extrema con la teoría de género, que considera la identidad sexual como algo completamente independiente de la biología.

Entre una parte de la izquierda intelectual está creciendo un considerable recelo hacia estas tendencias, y más en concreto hacia los discursos identitarios que han postergado como colectivos a emancipar a los pobres y a los trabajadores, sustituyéndolos por las mujeres, los homosexuales, los transexuales y las minorías étnicas. Pero la aporía irresuelta entre lo ideal y lo material se hallaba ya en la propia izquierda decimonónica. Siempre ha estado allí. Si el hombre es un animal más, un organismo surgido por azar de formas de organización molecular menos complejas, ¿qué sentido tiene cualquier lucha por la igualdad, la libertad o la justicia? ¿No son estos principios, acaso, meras entelequias metafísicas, meros epifenómenos neuronales en un mundo regido por leyes causales y amorales?

Como plasmó Arthur Koestler en un memorable pasaje de su novela El cero y el infinito, solo hay dos concepciones éticas posibles: una basada en la persona, como ente espiritual irreductible, y otra en los colectivos, los cuales pueden ser abordados como hace la ingeniería con cualquier otro material o fuerza inanimada. El progresismo intenta conciliar ambas cosmovisiones mediante la retórica de la marcha imparable del progreso, acompañada del “vertedero de la historia”, adonde van quienes se resisten inútilmente a aquél. Pero por la forma en que nos advierte sin descanso de la amenaza del fascismo, no parece tener tanta fe en ese progreso imparable. Más bien se diría que cree en algún tipo de justificación por la fe, o las opiniones, aunque sean en última instancia causalmente irrelevantes.

Como ha señalado Daniel Rodríguez Herrera en un reciente artículo, el progresismo sería a fin de cuentas una desviación del cristianismo protestante. Ahora bien, esta herejía laica y decadente, compuesta de una extraña mezcla de hedonismo nihilista y autoodio, no tiene la menor posibilidad de hacer frente por mucho tiempo a esos otros herejes que destruyeron las Torres Gemelas, capaces de sacrificar su propia vida por sus creencias. Si Occidente no se reencuentra de algún modo en la ética cristiana que le confirió su carácter, deshaciéndose de sus debilitadoras desfiguraciones, es dudoso que pueda ganar la guerra que le fue declarada al empezar este siglo.

El tabú de Vox

Los informativos de las cadenas de televisión generalistas, tanto la pública como las privadas, muestran rutinariamente declaraciones del Partido Popular y de Ciudadanos, sobre el asunto que sea, mientras que omiten frecuentemente las de Vox, que es la tercera fuerza parlamentaria, con muchos más escaños en el Congreso que el partido naranja. Parece como si existiera un tabú que impide o dificulta nombrar a Vox, salvo que no haya otro remedio.

No he empleado al azar la palabra “tabú”, ampliamente (por no decir abusivamente) divulgada por la antropología y el psicoanálisis freudiano. Cuando, también de manera reiterada, políticos y periodistas claman por aislar a Vox mediante un “cordón sanitario”, como si se tratara de un ente impuro y contaminante, y hasta se le aplican calificativos de orden escatológico o patológico, es tentador recordar la gran variedad de prohibiciones mágicas y religiosas que encontramos en numerosas culturas.

Juan Soto Ivars, en su reciente libro La casa del ahorcado (Penguin, 2021), ha utilizado el concepto de tabú, así como el de herejía, para comprender el fenómeno de las identidades políticas y la cultura de la cancelación. En mi opinión, en nuestros días se detectan tabúes un tanto alegremente, con ánimo de cuestionar cualquier costumbre, por el mero hecho de serlo, y de liberarnos de cualquier sentimiento de vergüenza, de asco o de culpa, como si tales sentimientos en ningún caso tuvieran justificación. Sin embargo, es innegable que en la medida en que el concepto de tabú nos permite tomar distancia crítica frente a algo, a veces resulta iluminador.

Así sucede con el sonado caso de James Damore, explicado con detalle en el capítulo 5 del citado libro. Como muchos recordarán, Damore era un empleado de Google, con formación en biología, que en 2017 fue despedido fulminantemente por apuntar la hipótesis, en un escrito de uso interno, de que las diferencias de género dentro de la empresa no solo podían tener causas culturales (el machismo) sino también de carácter psicobiológico, las cuales explicarían que las mujeres se inclinaran menos por profesiones tecnológicas y absorbentes puestos directivos. Damore no trataba de justificar esta situación con un argumento naturalista; por el contrario, sugería medidas más eficaces para facilitar la igualdad, pero basadas en conocimientos empíricos, no en consignas ideológicas.

La reacción al sobrio escrito de Damore, filtrado por alguien a la prensa, fue tacharlo casi unánimemente como un cavernario “manifiesto machista”. Ivars recopila titulares de los principales medios españoles, reflejo mimético de los anglosajones, que transmitieron una idea completamente falsa del memorando y de las intenciones del empleado despedido por Google. “La mentira, el menosprecio y la difamación de aquella campaña mediática me dejaron estupefacto”, confiesa Ivars. Pues bien, mientras leía el relato del caso James Damore, no podía evitar encontrar un fuerte paralelismo con otra campaña mediática, aunque mucho más prolongada, como es la que viene sufriendo Vox prácticamente desde su existencia. ¡Bienvenido a la estupefacción que experimentamos los simpatizantes y afiliados de este partido desde hace años!

Por supuesto, las ideas de Vox se pueden compartir o no, pueden gustar más o menos, del mismo modo que el escrito de James Damore puede ser discutido y criticado. Pero afirmar que Vox es racista porque señala los problemas originados por la inmigración ilegal, o que es machista porque no admite la teoría de género sobre el patriarcado estructural, o que es homófobo porque defiende el derecho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo con sus convicciones morales, es exactamente la misma clase de manipulación y caza de brujas que sufrió James Damore. No se escuchan los argumentos, mejores o peores: se condena sin siquiera juicio al que se ha atrevido a violar el tabú, con unos términos infamantes que por sí solos pretenden disuadir de cualquier debate, de cualquier contacto con la impureza.

Pero Ivars no solo es ciego ante el paralelismo entre los casos de Damore y de Vox, sino que incurre en la misma manipulación que con tanta razón critica, al acusar al partido presidido por Santiago Abascal de criminalizar en bloque a todos los inmigrantes, cosa radicalmente falsa. Ivars no niega que la inmigración masiva cause problemas, e incluso reprocha a la izquierda su insensibilidad hacia las clases sociales que más los sufren, que no son precisamente las más acomodadas. Pero no nos dice cómo habría que hacer las cosas, no propone soluciones a los problemas que vagamente admite. Todo lo contrario, al único partido que se enfrenta al lenguaje identitario de la izquierda, la cual ve por doquier una guerra de clases, de sexos y de razas, lo acusa del mismo error identitario, solo que en este caso con la patria como idea supuestamente conflictiva.

El truco es poco original. Se trata de equiparar los nacionalismos periféricos a un supuesto nacionalismo español. Se trata de igualar el islamismo a un supuesto integrismo católico. Es más: las mayores amenazas, para los progresistas, siempre acaban siendo el españolismo, el ultracatolicismo, la islamofobia, la ultraderecha, el populismo de derechas o lo que ellos consideran como tales. Como señala el filósofo polaco Ryszard Legutko:

“Los guerreros de la corrección política se ven a sí mismos en una lucha como la de David y Goliat. No pueden estar más alejados de la realidad. Pertenecen a la corriente mayoritaria y tienen todos los instrumentos de poder a su disposición. En sus filas están los tribunales nacionales e internacionales, la ONU y sus agencias, la Unión Europea con todas sus instituciones, incontables medios de comunicación, las universidades y la opinión pública.” (Los demonios de la democracia, Encuentro, 2021.)

Este complejo de David frente a Goliat viene de lejos, cuando desde Occidente se trataba con suicida indulgencia al totalitarismo socialista, y frecuentemente se desdeñaba al anticomunismo como una paranoia macartista. En contraposición, el fascismo, por fortuna derrotado en 1945, era percibido como un enemigo formidable, preparado para renacer en cualquier momento. Es difícil no ver en ello una hábil estrategia, promovida por el comunismo y sus tontos útiles, para neutralizar el instinto defensivo de las democracias parlamentarias. Preocupadas por el regreso de Hitler, desde hace ochenta años vienen ignorando las serias advertencias que, desde Tocqueville hasta Aldous Huxley y George Orwell, nos previenen contra el peligro de una evolución totalitaria a partir de ideas e instituciones aparentemente democráticas, progresistas y científicas.

En sociedades dominadas por el monocultivo del pensamiento progresista, y donde cualquier debate que cuestione la ortodoxia es sistemáticamente cancelado, no hay mayor tabú que denunciar esta situación. Como hacen Vox y pocos más, generalmente individuos aislados. Si no empezamos por reconocer esto, poco aporta a la reflexión política esa palabra de origen polinesio.

No hay izquierda buena

No hay izquierda buena; eso no es más que un mito. La izquierda nace de una pretensión errónea: que el hombre puede salvarse a sí mismo. O dicho con crudeza, que no hay más dioses que el hombre. Esta es su esencia, que se mantiene inmutable por encima de sus variaciones y transformaciones. Ahora bien, esa pretensión entraña una contradicción insoluble. Si el hombre es un dios, ¿cómo podría adorarse a sí mismo? ¿Y dictarse preceptos? ¿Y condenarse? En resumen, ¿cómo puede un ser autosalvarse? La única solución, aunque sea una atroz huida hacia adelante, es dividir a la humanidad en humanos y subhumanos.

La izquierda desde su origen ha creído resolver su contradicción esencial mediante las identidades políticas. Puesto que niega el pecado original, pero por fuerza debe haber culpables, es preciso dividir la humanidad en grupos distintos ontológicamente (no sólo en cuanto a sus ideas o creencias) y antitéticos. Las primeras identidades que nacieron de esta aporía fueron las del proletario y el burgués. No se trataba de dos formas de pensar, sino de dos maneras de ser. En la revolución bolchevique, proceder de familia burguesa, noble o de propietarios rurales, entrañaba peligro de cárcel, de deportación, de muerte, fueran cuales fueran las ideas de uno y lo que hubiera hecho.

No es que la revolución favoreciera a los obreros; todo lo contrario, lo primero que hizo fue acabar con el derecho de huelga, con los sindicatos libres, con muchas mejoras de las condiciones laborales. Y tampoco es que los dirigentes de la revolución fueran proletarios: muchos de ellos procedían de las filas de la burguesía, empezando por el mismo Lenin. Pero es que la izquierda no es la representante de una clase: es la inventora de la clase como sujeto en la eterna lucha por la dominación, lo único que le importa. Su objetivo comprobable, a la luz de sus hecatombes, no es la justicia, sino la torpe deificación del hombre, lo que supone establecer un poder sin límites para los usufructuadores de esa deificación.

Debe reconocerse que los alumnos más aventajados de la izquierda fueron los nacionalsocialistas alemanes. Su ideología reventó las distinciones entre izquierda y derecha, porque supo conectar con la visión antimoderna que culpaba de la Revolución Francesa primero a los masones y muy pronto a los judíos. Pero su hábil construcción del mito ario y el mito de la conspiración judía mundial fue una aplicación de manual de las identidades del burgués y el proletario. De hecho, la propaganda contra los judíos los identificaba tanto con el capitalismo financiero como con el bolchevismo. Pero especialmente con el primero, lo que atrajo a tantos antiguos militantes comunistas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la izquierda basada en la identidad proletaria y su contrafigura burguesa, gracias a la victoria soviética junto a los aliados, llegó a su punto culminante, simbolizado con el lanzamiento del Sputnik. Pero con el paso de los años, el capitalismo demostró ser mucho más capaz de encarnar las aspiraciones de las masas, proporcionándoles ese simulacro de felicidad que llamamos bienestar material. La izquierda fue adaptándose poco a poco a esta realidad, no sin algunos episodios de desconcierto. La reacción de un Pasolini, que se sentía más próximo a los policías de origen obrero que a los estudiantes burgueses del Mayo Francés, es paradigmática. Pero la izquierda terminó reencontrándose en las nuevas identidades del colonizado, la mujer, el homosexual, el inmigrante. Todos frente al opresor, el hombre blanco heterosexual, el patriarcado.

En contra de lo que sostienen algunos, tanto desde cierta izquierda “clásica” como desde cierta derecha, la izquierda con esta adaptación no ha traicionado sus orígenes, no se ha vendido al neoliberalismo, y menos aún se ha convertido en la careta del gran capital y las Big Tech. La izquierda es la de siempre, y prueba de ello es que su antiliberalismo sigue tan vivo como antaño, aunque no siempre le convenga exteriorizar la teorización marxista en primer plano. La izquierda no ha dejado de movilizar impulsos tribales señalando un chivo expiatorio que justifique y embellezca su ansia de poder, y al que además pueda culpar de los desastres que genera su gestión, por naturaleza saqueadora. El mercado, pese a su apariencia de poder, es una institución de funcionamiento delicado, y fácil de destruir, que la izquierda solo respeta mientras no tenga el poder suficiente para salir indemne de su demolición, y considerablemente más rica.

La derecha y el capital, con su ceguera congénita a todo lo que no sea economía, han comprado el discurso de género, LGTB, multicultural y ecologista, creyendo ingenuamente que este era un precio irrisorio a pagar por que la izquierda fuera olvidándose de las monsergas anticapitalistas. Craso error, porque no se ha olvidado lo más mínimo de ellas (solo que vive bien, por ahora) y además se ha adueñado de toda la cultura occidental, gracias al caballo de Troya del victimismo y la diversidad. Ahora, si no aceptas cualquier disparate que diga una feminazi, un activista racial, un ecologista apocalíptico y sus loros mediáticos, eres un machista, un racista, un negacionista. ¿Cómo podrás hacerles frente cuando digan que hay que cambiar el modelo económico (ya lo vienen diciendo hace tiempo, para quien quiera escucharlos) a fin de acabar con el patriarcado y salvar el planeta? Los que creen que en el fondo todo es economía, siempre acabarán dominados por los que creen -al menos por sus actos, aunque reciten el catecismo marxista- que todo es política.

A la izquierda, y a esa derecha tontamente útil que lleva haciéndole el juego desde hace décadas, solo la podemos derrotar desde unas pocas pero firmes convicciones. Que el hombre no es un animal más, sino una aleación de materia y espíritu. Que el individuo abstracto no existe, sino que es hijo de sus padres, descendiente de unos antepasados, habitante de una patria, enraizada en el pasado y proyectada al futuro. Que el Estado es un instrumento, no un dios. Que el Occidente judeocristiano debe defenderse moralmente, pero también económica y militarmente, frente a la teocracia islámica, el bizantinismo ruso y el totalitarismo chino. Y por último: Que el sexo, la afectividad, la raza, la clase social, el origen geográfico, no te hacen mejor ni peor. Lo único que tiene valor es la verdad, no quien la pronuncia, ni lo oprimido que crea o diga estar. El que habla tanto en nombre del oprimido: este es probablemente el más peligroso, el que se cree con derecho de liberarnos, de salvarnos, sin pedirnos permiso. El que se cree un dios y odia todo lo que él no ha diseñado a su arbitrio.

Argumentos para creer en Dios

Según la Iglesia, “Dios… puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas”. (Catecismo, 36.) Sin embargo, algo más adelante en el mismo texto, citando a Santo Tomás de Aquino, se afirma que “la certeza que da la luz divina [la fe] es mayor que la que da la luz de la razón natural”. (C., 157.) Parece, por tanto, que la forma en que se utiliza aquí la palabra certeza no es la usual del lenguaje ordinario. Por ejemplo, yo sé con certeza cómo me llamo. Si tuviera que dar razón de ello, me bastaría con el testimonio de mis padres, que me han llamado igual desde que tengo memoria. Incluso si se me pidieran pruebas aún más concluyentes, sé que mi nombre consta en un registro civil, cuyo original nunca he visto, pero en el cual se basa el documento de identidad, verificado por un funcionario, que tengo siempre a mano.

También sé con total seguridad cosas mucho más inabarcables para mí; por ejemplo, que me hallo sobre la superficie de un cuerpo aproximadamente esférico, llamado la Tierra, de diámetro siete millones de veces mayor que mi estatura. De nuevo, puedo dar razones muy sólidas de este saber; aunque si lo analizo, todas se reducen a testimonios de un gran número de personas, vivas y muertas. Pero a nadie se le ocurre decir que la forma y dimensiones del astro que habitamos, o mi nombre, son meras creencias. Saber es una cosa, y creer es otra.

Sin embargo, la fe en Dios tampoco es una mera creencia. Uno no cree en Dios de la misma forma en que cree que dentro de un rato va a llover, porque está muy nublado y sopla un aire húmedo. Hablamos de otro tipo de creencia, en la cual, si bien formalmente podemos admitir el error, y subjetivamente experimentar episodios de duda, no nos estamos viendo con ningún pensamiento probabilístico, del tipo “puede que”, sino con algo en cuya firme verdad confiamos. Porque esta es la palabra, confianza. Creer en Dios, como se ha dicho tantas veces, es creer a Dios: un acto orientado hacia un ser personal. Pero por ello mismo la distinción entre saber y creer sigue siendo básica. Parecería arrogante que alguien dijera, salvo quizás en un sentido distinto del ordinario: “ que Dios existe.” ¿Qué ser humano puede afirmar algo con tal seguridad?

De lo anterior se desprende que la fe como confianza no nos permite, ni mucho menos nos obliga, a prescindir de nuestra capacidad racional. La gran mayoría de personas se sienten con razón amadas por sus padres, pero si los de alguno dieran constantemente pruebas inequívocas de lo contrario, para él ese sentimiento terminaría siendo tristemente anulado por los hechos. Lo mismo sucede con Dios. Hay argumentos a favor y en contra de su existencia, que es imposible desdeñar. Porque la verdad es única; no pueden coexistir dos verdades que fuesen contradictorias, ya proceda una de la fe y otra de la razón.

El problema del mal

Hay, pues, que enfrentarse a las pretendidas refutaciones de la existencia de un Ser personal, principio de todo. Porque si una sola de esas refutaciones fuera incontestablemente válida, sobraría cualquier otro razonamiento, ya fuese en contra y menos aún a favor. Por eso Santo Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, al tratar la cuestión de la existencia de Dios, procede analizando en primer lugar los dos grandes argumentos en contra. (Suma, I q. 2 a. 3) El primero es el problema del mal: ¿Cómo conciliar la existencia de un bien infinito (Dios) con la existencia de tantos males? El segundo argumento ateo es el que podríamos llamar de economía de los principios, o brevemente problema económico: Si todo lo que ocurre se puede explicar en virtud de leyes naturales o decisiones humanas, “no hay necesidad de recurrir a que haya Dios.” Otra forma muy popularizada de este argumento, usada actualmente por Richard Dawkins, se formularía así: Si el universo ha sido creado por Dios, y Dios es increado, ¿por qué no ahorrarnos un paso y decir que el universo es increado? A fin de cuentas, Dios sería la explicación de algo que no necesita ser explicado, como es la mera existencia del universo. Por lo demás, el argumento positivista, tal como lo formulan Comte o Bertrand Russell, no deja de ser una variante de lo mismo. Según estos pensadores, argumentar que algo no existe es absurdamente superfluo. No necesito dar razones de que los dioses del Olimpo, o una tetera orbitando entre Marte y la Tierra, no existen. Lo mismo con un Ser infinito creador del universo.

La forma de solucionar estos dos problemas es distinta en cada caso. Santo Tomás, tras citar protocolariamente la autoridad de la Escritura (en concreto, el pasaje del Éxodo en que Dios le dice a Moisés “Yo soy el que soy”) pasa a exponer sus famosas cinco vías, o pruebas, de la existencia de Dios, que después comentaré. Tras esta parte, que es la principal del artículo o capítulo, el Aquinate ofrece sus soluciones a las objeciones contra la existencia de un Ser infinito. Sobre el problema del mal, se limita a repetir el dictamen de San Agustín, según el cual Dios “de ningún modo permitiría que hubiese en sus obras mal alguno si no fuese tan omnipotente y bueno que del mal sacase bien”. En cambio, como solución del problema económico, remite de hecho a las pruebas que acaba de exponer, especialmente a la quinta vía.

Hay que reconocerlo: la explicación teológica del problema del mal parece escasamente convincente, por no decir fríamente displicente. Ningún padre cuyo hijo estuviera aquejado de una enfermedad incurable se consolaría con ese argumento. Ello no obsta para que muchas personas, en circunstancias parecidas, hallen un firme asidero en la fe religiosa. Pero es obvio que este consuelo no nace del argumento agustiniano, sino de una fe que sobrepasa al razonamiento, de la confianza en el Dios que se hizo hombre, sufrió y murió por nosotros, y resucitó al tercer día. El error, tan común en los ateos que esgrimen el problema del mal como si su solo planteamiento ya zanjara la cuestión a su favor, es la confusión de ambos planos, el racional y el emocional. Una explicación no siempre aporta consuelo, pero eso no quiere decir que sea errónea. No deja de ser paradójico que los ateos acostumbren a acusar a la religión de anteponer la búsqueda de la consolación al frío análisis racional. Pues bien, cuando se les ofrece algo de lo último, como es la solución teológica clásica del problema del mal, entonces nos replican que nos paseemos por la sala de oncología infantil de un hospital, revelándonos su sensible corazón, del que al parecer los fanáticos teístas carecemos.

A mi modo de ver, la solución al problema del mal de San Agustín y Santo Tomás es impecablemente lógica. Pero para comprenderla rectamente, y aparte de lo que he dicho sobre los planos racional y emocional, hay que hacerse cargo de su carácter absolutamente sintético. Decir que Dios permite el mal para sacar el bien de él, vendría a ser como resumir el Quijote diciendo que Alonso Quijano se volvió loco, luego se curó y se murió. Nadie diría por este resumen que se trata de una de las obras maestras de la literatura universal; y nadie diría por la explicación teológica del mal, que Dios es un ser infinitamente bueno y misericordioso. Y aun así, tanto el uno como la otra son irreprochables.

El problema económico

Veamos ahora la solución de Santo Tomás al problema económico, que como hemos dicho se basa en sus célebres cinco vías. La primera argumenta que tiene que existir un primer motor inmóvil, que comunique el movimiento a todos los demás seres. La segunda, análogamente, que tiene que existir una primera causa, para evitar una cadena infinita de causas. En mi opinión, estas dos “pruebas” de la existencia de Dios son completamente insatisfactorias, porque aun concediendo que probaran la existencia de un primer motor y una primera causa, faltaría que esos entes fueran asimilables al Dios personal del judeocristianismo, lo que no se desprende de los razonamientos en sí.

Con las tres vías restantes sucede muy distintamente, pienso yo. La tercera vía parte del hecho de que existen seres contingentes, que podrían haber existido o no. De ahí deduce que esos seres no han existido siempre, lo cual plantea el problema de cómo han podido surgir de la nada. La respuesta es que debe haber un ser necesario, que exista por sí mismo y sea la explicación de la existencia de los demás seres. Lo fundamental de este argumento se halla más en lo que sugiere que en lo que el santo dice explícitamente. Aparentemente se le puede objetar que el ser necesario tampoco tiene por qué ser el Dios bíblico, tal como he señalado respecto a las dos primeras vías. Pero en este caso no es así. Porque nótese que una cosa es que haya un ser necesario, y otra que el acto de creación de los seres contingentes también lo sea. Si este fuera el caso, no habría ningún ser contingente, pues su existencia se seguiría necesariamente de la del Creador. Sin embargo, en ningún momento afirma eso Santo Tomás. De hecho, lo niega explícitamente en otra parte de su obra, al afirmar que Dios “es causa de las cosas por su voluntad, y no por necesidad de su naturaleza.” (Suma, I q. 19 a. 4) Aquí sostiene lo mismo, pero implícitamente, al partir de la existencia de seres contingentes (que podrían no haber sido) como un hecho evidente, que “hallamos en la naturaleza”. Ahora bien, que existan un ser necesario y unos seres contingentes sólo puede conciliarse mediante el concepto bíblico de creación, es decir, de la acción de un ser personal que libremente decide crear el mundo.

El argumento económico contra la existencia de Dios (“ahorrémonos un paso y digamos que todos los seres con necesarios”) contradice la experiencia humana de la contingencia, es decir, que algunas cosas, e incluso nosotros mismos, podrían no haber existido. El ateo puede seguir sosteniendo su idea, pero ya no puede simplemente trasladar la carga de la prueba al teísta: nos tendrá que convencer con argumentos de que no existen seres contingentes, sino que todo cuanto hay, ha tenido que existir necesariamente. O bien que ha surgido de la nada sin más, porque sí. Lo cual no es menos dogmático que sostener que tiene que haber una explicación. La pretensión de que no hay que argumentar una posición más que la otra es sencillamente arbitraria.

La cuarta vía es la de los grados de perfección. Señala Santo Tomás que unos seres son más o menos buenos, verdaderos y nobles que otros, entre otras cualidades. Ahora bien, para poder decir de algo que es más o menos bueno, por ejemplo, debemos partir de una referencia absoluta del bien. De donde el Doctor Angelicus deduce que tiene que existir un ser “verísimo, nobilísimo y óptimo, y por ello ente o ser supremo.” Contra este argumento se opone el relativismo, para el cual no existirían el bien, la verdad, etc. en sí mismos, sino que se trataría de convenciones humanas. Esta doctrina, muy difundida entre las clases cultas ya desde Montaigne, se popularizó sobre todo a partir de principios del siglo XX, como ha mostrado el historiador Paul Johnson. Sin embargo, con toda su aura de cínica sabiduría, no resiste medio minuto de análisis. Pues si todo es relativo, también lo es esta misma afirmación, y por tanto no nos la podemos tomar en serio.

La quinta vía es el argumento del “gobierno del mundo” (ex gubernatione rerum), según la cual todo tiende hacia un fin, incluso los objetos inanimados; por tanto, debe existir “algo inteligente (aliquid intelligens) que dirige todas las cosas naturales a su fin, y a éste llamamos Dios.” El argumento finalista, pese a estar en nuestros días tan desacreditado, sobre todo después de Darwin, es mi preferido. Creo que, por mucho que la ciencia moderna (o la interpretación que hacen muchos de ella, para ser más exactos) pretenda haberlo desterrado, siempre reaparece de un modo u otro. Un buen ejemplo de ello es el llamado “ajuste fino” en cosmología: la evidencia de que las constantes físicas y numerosos parámetros astronómicos parecen haber sido cuidadosamente elegidos, algunos de ellos hasta grados de precisión enormemente improbables, para permitir la aparición del hombre en el universo. Bien es verdad que, aunque estas observaciones resultan de difícil explicación con los conocimientos actuales, sin la intervención de una mente superior, esto podría cambiar en el futuro. Hay que recelar por sistema de concebir a Dios como un “rellenador de huecos”, como un recurso al que acudimos simplemente cuando no logramos explicar algo. Pero lo decisivo no es lo que ignoramos, sino por el contrario lo que sabemos: el hecho mismo de que existan leyes de la naturaleza, es decir, de que el universo sea inteligible, nos lleva a plantear la pregunta de si la inteligencia surge de la materia inerte o al revés. Mi convicción es que quienes optan por la primera posibilidad, que algunos asocian impropiamente con la mentalidad científica (cuando la ciencia es un método que no prejuzga ninguna posición metafísica, o no debería hacerlo) no hacen más que presuponer inconscientemente aquello que pretenden explicar como un suceso espontáneo. Nos dicen que la inteligencia surge como un complejo proceso de evolución cósmica y selección natural, merced a leyes físicas, químicas y biológicas que ya estaban ahí, oportunamente, antes de la aparición de la inteligencia. Pero incluso para organizar semejante lotería cósmica, como la que en cierto modo ya postularon los atomistas griegos, o sostienen hoy las teorías del multiverso, se requieren leyes, unas reglas de juego que en algún momento tienen que ser previas al propio azar, si no queremos caer en una regresión al infinito. Más aún, la regularidad del universo conocido no parece compatible con semejantes explicaciones panaleatorias, salvo que nos haya tocado un improbable premio gordo cósmico.

La verdadera causa del ateísmo

En resumen, creo que las vías 3ª, 4ª y 5ª de Santo Tomás de Aquino siguen siendo argumentos potentes a favor de la existencia de Dios, sobre todo si los reformulamos fuera del corsé aristotélico. Pero ¿cuán potentes? ¿Son argumentos demostrativos, concluyentes? Probablemente lo son para un creyente; pero una persona que no quiera creer en Dios, siempre preferirá pensar cualquier otra cosa, ya sea que el mundo es absurdo, como sostenían Camus o Cioran, o bien -lo que es muy común- se acogerán a cualquier charlatanería con apariencia de ciencia, de la cual las librerías andan bien surtidas. Hay todo un subgénero de divulgación, en la estela de la popular Historia del tiempo, de Stephen Hawking, que abusando de metáforas y extrapolaciones sin verdadera base científica, anuncia periódicamente que el universo ha surgido de la nada de modo completamente “natural” y espontáneo, sin necesidad de invocar a ningún Creador. Todo ello servido con muchos términos de la física cuántica y la astrofísica, con los que algunos lectores se dejan deslumbrar fácilmente. Pero si analizamos estas elucubraciones con un mínimo rigor filosófico, quedan en lo mismo de siempre: el laplaciano “No he necesitado esa hipótesis”, es decir, el argumento económico que ya trató Santo Tomás, junto con el problema del mal. Desde entonces, nadie ha aportado un argumento verdaderamente nuevo contra la existencia de Dios.

Llegados a este punto, nos hallamos ante la cuestión de por qué alguien puede preferir que Dios no exista. Sostengo, en efecto, que el motivo más profundo del ateísmo se halla en el mismo que en el teísmo: en la voluntad, más que en la razón. El ateo descreería de Dios, no porque haya llegado a esa conclusión tras un desapasionado análisis racional, sino porque detesta la idea de que exista un juez de sus actos, un ojo escrutador del que es imposible esconderse, al que es imposible engañar. Los argumentos vendrían después. Quizás todos nuestros argumentos vienen siempre después.

En el Génesis hay dos momentos en que se retrata la psicología de la huida de Dios. El primero, cuando Adán y Eva, tras haber comido el fruto prohibido, torpemente “se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín”. (Gen. 3:8) El segundo, cuando Dios le pregunta a Caín por su hermano Abel, y el homicida responde, afectando ignorancia: “¿Soy yo el guardián de mi hermano?” (Gen. 4:9) Este arquetipo del hombre que trata vanamente de ocultarse a la mirada de Dios, o de eludir sus interrogaciones con excusas insinceras, es eterno. Un ateo recalcitrante como Jean-Paul Sartre lo reproduce en su relato autobiográfico Les mots. Allí nos narra cómo de niño, insensiblemente, se había alejado de la religión, cosa fácil en una familia burguesa que la practicaba más por discreción que por devoción. Pero el detonante fue una reacción que recuerda de manera impresionante los celos de Caín hacia su hermano, pese a tratarse de un asunto mucho más intrascendente. Habiendo recibido solo un segundo premio por una redacción religiosa de la que se sentía orgulloso, el pequeño Jean-Paul, despechado, rompe definitivamente con Dios. La ruptura, sin embargo, se formaliza poco después. Un día, tras cometer una pequeña travesura, experimenta la mirada de Dios por última vez. Vale la pena transcribir el pasaje entero:

“Estaba tratando de arreglar mi destrozo [había quemado una alfombrilla sin querer, jugando con unos fósforos] cuando, de pronto, Dios me vio, sentí Su mirada en el interior de mi cabeza y en las manos; estuve dando vueltas por el cuarto de baño, horriblemente visible, como un blanco vivo. Me salvó la indignación; me puse furioso contra tan grosera indiscreción, blasfemé, murmuré como mi abuelo: «Maldito Dios, maldito Dios, maldito Dios». No me volvió a mirar nunca más.”(Las palabras, Alianza Ed., 1982, p. 71.)

Que todo se origine en una chiquillada intrascendente no hace menos reveladora la confesión. ¿Acaso no fue también, aparentemente, una chiquillada comer el fruto de un árbol? En todo caso, aparte del paralelismo bíblico, es de señalar la idea que Sartre tiene de su ruptura con Dios: “Me salvó la indignación.” La elección del verbo no es accidental: el ateo cree salvarse librándose de Dios, como el creyente lo hace entregándose a Él.

La apuesta de Pascal

Reflexionemos ahora sobre lo que el creyente espera de Dios, en contraste con el ateo. La respuesta es simple: todo. Si Dios es un bien infinito, que nos ofrece una vida eterna junto a Él, todo sacrificio, toda renuncia, toda mortificación, en rigor es nada. La cuestión es cómo puede alguien elegir algo finito (una sensación de autonomía durante nuestra breve estancia en la tierra, unos placeres efímeros) frente al bien infinito que es Dios. Esta es la pregunta que nos invita a hacernos Pascal, y que da pie al argumento para creer en Dios quizás más fuertemente lógico de todos, dado a conocer cuatro siglos después de Santo Tomás.

El científico y pensador Blaise Pascal se había ocupado, entre otras muchas materias, de las matemáticas aplicadas a los juegos de azar, carteándose con el gran matemático Fermat. Sin duda fue ello lo que le inspiró su célebre argumento de la apuesta. Desgraciadamente, nunca llegó a redactarlo de manera clara, porque los fragmentos hoy conocidos como Pensées no eran más que un montón de papeles desordenados con anotaciones privadas, con caligrafía casi indescifrable, que pensaba utilizar en una obra que nunca llegó a escribir. Con todo, Pascal creía haber hallado una prueba demostrativa, no de la existencia de Dios, pero sí de que lo más racional es creer en ella. “Si los hombres son capaces de alguna verdad, ésta lo es”, dijo quien no tenía por costumbre envanecerse de nada.

El argumento de Pascal, con algunas reflexiones complementarias, ocupa cuatro páginas profusamente garabateadas de su manuscrito original, conservado en la Biblioteca Nacional de París. Corresponden al fragmento 418 de la edición canónica de Louis Lafuma. (Ed. du Seuil, 1962.) Se puede resumir en pocas líneas. Una apuesta es tanto más racional cuanta diferencia hay entre lo que se apuesta (pongamos una cantidad de dinero que nos arriesgamos a perder) y el premio que nos puede deparar el azar, siempre y cuando estemos obligados a jugar. Ahora bien, esto es lo que ocurre con la existencia de Dios. No hay posibilidad de eludir el juego, porque ya estamos en esta vida. Cela n’est pas volontaire, vous êtes embarqués. Y el juego consiste en acertar si Dios existe o no. Pongamos que lo decidimos lanzando una moneda. Cruz es Dios, es decir, un bien infinito. Y cara es que no existe, y por tanto perdemos los bienes finitos que arriesgamos. Pascal, tratándose de una nota privada, no pone ejemplos, pero podemos imaginar que se está refiriendo a una vida de placeres sin culpa, sin la mirada escrutadora de Dios, sin que haya que rendir cuentas ante ningún ser superior por nuestros actos. No importa; sean cuáles sean esos placeres, son un bien finito, y por tanto insignificante frente al bien infinito que supone une éternité de vie et de bonheur, una eternidad de vida y de felicidad. “Si ganáis, ganáis todo, y si perdéis no perdéis nada.” La conclusión lógica tiene por tanto une force infinie. No apostar por la cruz, nunca mejor dicho, sería completamente irracional. Hay que arriesgar cualquier bien finito sans hésiter, sin vacilar. “No hay nada que sopesar, hay que darlo todo.”

Se malentendería por completo a Pascal si se pensara que su apuesta por Dios es un cálculo mezquinamente pragmático. No se trata de creer en Dios porque es lo que más nos conviene (aunque esto sea indudablemente cierto) sino de demostrar que, aparte de motivaciones mucho más hondas, no creer en él es racionalmente insostenible, en completa contradicción con el mito ilustrado que acabaría triunfando en el siguiente siglo. Quienes, a pesar del argumento de la apuesta, sigan sin creer en un bien infinito, deberán reconocer que no es por motivos racionales, sino debido a su rebelde voluntad, a su vano intento de escapar a la mirada divina. Deberían, si quieren conducirse como seres de razón, trabajar contra las pasiones, siguiendo el ejemplo de los que creen, en faisant comme s’ils croyaeint, haciendo como si creyesen (acudiendo a misa, etc.); así acabarán creyendo de veras. Hay aquí mucho más que un apunte de perspicaz psicología: la comprensión de que podemos utilizar con inteligencia nuestra naturaleza animal a favor de la razón que la somete. Lo cual, por cierto, solo es posible si el hombre posee un principio espiritual subsistente, creado por Dios a su imagen y semejanza.

Hemos comentado cuatro argumentos fundamentales para creer en Dios. Tres de Santo Tomás de Aquino y el de Pascal. Insisto en que la quinta vía tomista es mi preferida: la inteligencia primordial creó la materia inerte y todo lo demás. Al revés no es posible: todas las concepciones que pretenden que lo superior procede de lo inferior, subrepticiamente están escondiendo lo primero en lo segundo, haciendo que aparezca a posteriori como por arte de magia. Pero el argumento pascaliano tiene el irresistible encanto de una fórmula matemática, y quizás el gran pensador francés lo hubiera llegado a expresar así de haber tenido tiempo y salud. Su fuerza nace de la irresistible idea de infinito. Quien se atreve a mirar este “abismo de la fe” (como lo llama San Juan de la Cruz), deja de necesitar argumentos; pero al mismo tiempo adquiere la iluminación imprescindible para comprenderlos plenamente.

Lo que faltaba

Desde que apareció Vox en 2014 hemos tenido que leer sobre él enormes tonterías. Y no crean que todas ellas proceden de maníacos anónimos de las redes sociales o de tertulianos baratos. Conspicuas firmas del liberalismo exquisito, con espacio reservado en las principales cabeceras de la prensa, como Mario Vargas Llosa, Cayetana Álvarez de Toledo, Francesc de Carreras, etc., marcaron el camino desde el principio. Vox era como Podemos, porque se salía del marco constitucional y de la ortodoxia liberal. Vox era incluso como los nacionalistas catalanes y vascos, solo que con la bandera de España en lugar de las regionales. Luego ya todo viene rodado. Vox es como los nazis: basta sustituir a los judíos por los inmigrantes; además ambos están contra los homosexuales. Y ahora, lo que faltaba: Vox es como los talibanes, basta cambiar islam por catolicismo; además ambos son machistas.

Todas estas imbecilidades (pues no se pueden calificar de modo más suave) son intentos tan desesperados como ridículos de desactivar el peligro que Vox representa para la izquierda y el centro centrado, pues bastan dos minutos para refutarlas.

Vox propone reformar la Constitución del 78 por los procedimientos que esta misma establece; no sugiere, como Podemos siguiendo a su referente Hugo Chávez, tirarla a la papelera para escribir una nueva, sin “candados” que limiten el poder del gobierno.

Vox no es antiliberal por el mero hecho de abogar por unas fronteras seguras y la protección de nuestra industria y agricultura, contra la deslealtad de China y Marruecos, que no es solo ni principalmente comercial. Vox no es nacionalista por defender la unidad y la soberanía de España, porque no necesita incitar al odio contra ningún opresor imaginario del que la nación deba independizarse.

Vox no pretende violar los derechos humanos por denunciar una inmigración ilegal que, ésta sí, erosiona los derechos humanos de los españoles, en especial los más humildes y las mujeres, exponiéndolos a mayor inseguridad y a la expansión del islam. Vox no está contra las mujeres ni contra los homosexuales por criticar ideologías identitarias, que dividen a la sociedad, engordan grupos de presión que viven de esa división y lesionan derechos de los varones, sin beneficiar lo más mínimo a una sola mujer u homosexual de carne y hueso.

Por último, Vox no es un partido confesional por oponerse al aborto y a la eutanasia, como no lo es ningún partido porque en algo coincida con las posiciones de la Iglesia o del cristianismo. Y aunque lo fuera, que no lo es, la concepción católica del hombre y la sociedad siempre ha distado un abismo de la islámica. Los que recetan una Ilustración al islam parecen creer, por un lado, que todo lo valioso de nuestra cultura procede de las luces y de la secularización; y por otro, que éstas surgieron por casualidad en la Europa cristiana, en lugar del Oriente Medio musulmán.

Vox no sólo no se ajusta a tales despropósitos, sino que es lo más opuesto a ellos que existe en la política española. Ningún partido defiende más con hechos la Constitución y las leyes. Ningún partido defiende más la libertad individual, por encima de identidades políticas y contra vacunaciones obligatorias y confinamientos inconstitucionales. Ningún partido defiende más efectivamente a las mujeres y a los homosexuales contra la mayor amenaza que pende sobre ellos, aquí y en Afganistán. Ningún partido defiende más, contra una de las raíces de la xenofobia, a los inmigrantes legales. Por otra parte, es cierto que ningún partido defiende más la vida humana y a España.

Que esto se pueda considerar un discurso de extrema derecha, sólo pone de manifiesto que estamos inmersos en una cultura de extrema izquierda. De ahí que todo lo que se salga del guión obligatorio sea tachado de antisistema, de contrario a la democracia y a los derechos humanos. Sin embargo, es el régimen actual el que conculca derechos, el que los vacía de sentido, casi siempre esquivando la democracia, obedeciendo al dictado de organismos como la ONU o la UE, e insultando a los ciudadanos cuando no votan lo que deberían. El abortismo es frontalmente contrario al derecho a la vida. La tipificación de “crímenes mentales” (llámense delitos de odio o negacionismos) es contraria a la libertad de pensamiento y al debate científico, incompatibles con el establecimiento de verdades oficiales. La “justicia” de género va contra la igualdad de sexos y contra la presunción de inocencia. El activismo LGTB atenta contra el derecho de los padres a elegir el modo de educar a sus hijos, y contra la inocencia de los niños.

Por si fuera poco, nada de todo ello beneficia a los colectivos victimizados a los que se asegura proteger. En nada contribuye a salvar la vida de una sola mujer, asesinada por su pareja o expareja, atribuir invariablemente su muerte a un especulativo machismo estructural, en lugar de tratar de prevenir algunas de las diversas causas que suelen estar detrás de este tipo de crímenes. Tampoco ayuda en nada a ninguna mujer privilegiar el aborto como “solución” a sus problemas, y no digamos a la criatura por nacer.

Frente a los que tanto hablan de democracia y del derecho a decidir, el único demócrata consecuente, el único que, tras la experiencia de cuarenta años de estado autonómico, está dispuesto a que todos los españoles decidan en referéndum, por el artículo 168 de la Constitución, sobre si mantener esta organización territorial o cambiarla, es Vox.

Los que sostienen que Vox es de ultraderecha, los que comparan a Vox con la ultraizquierda, con los separatistas, con los nazis y, desde hace dos días, con los talibanes, no hacen otra cosa que descalificarse intelectualmente. Tengan un Nobel, una cátedra, un escaño o una cuenta de Twitter. Las tonterías son tonterías, las diga quien las diga.