Vox y la dictadura del pensamiento

El fascismo sirvió tempranamente al comunismo para reivindicarse eficazmente por contraste. Convirtiendo al primero en el Mal absoluto, los comunistas hicieron olvidar a muchos que, desde 1917 y hasta la invasión de Polonia en 1939, gracias al pacto entre Hitler y Stalin, el régimen soviético había sido con diferencia mucho más asesino y represor que el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán.

En España, el sambenito de fascista permitió demonizar a la derecha democrática representada por Gil-Robles, quien hasta el último momento logró mantener a la CEDA dentro de la constitución republicana y el respeto al sufragio universal, pese a ser con frecuencia víctima de la violencia de las izquierdas y de arbitrariedades de las autoridades. Aún hoy los historiadores progresistas, ignorando los hechos que no cuadran con sus prejuicios, dan por cosa juzgada que el legalismo del principal líder de la derecha era impostado, lo cual les lleva a justificar o “comprender” con irresponsable ligereza la violencia izquierdista que acabaría conduciendo a la Guerra Civil.

Por supuesto, los progresistas no tienen problema en considerar como democrático al Frente Popular que llegó al poder en febrero de 1936 sin esperar a que concluyera el escrutinio electoral, y pese a que amparó los procedimientos más desvergonzadamente mafiosos para torcer a su favor los resultados, especialmente en las elecciones que se repitieron en mayo en Granada y Cuenca, tal como relatan M. Álvarez y R. Villa en su libro 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular.

El síndrome de estigmatización fascista opera hoy exactamente igual que en los años treinta. Cuando el progresismo criptomarxista imperante decide que alguien es fascista o ultraderechista, la sentencia es inapelable. Ni siquiera se requieren argumentos o pruebas mínimamente sólidas; basta con asociar rutinariamente y sin tregua el adjetivo ultraderechista con el nombre del partido o del personaje al que de manera poco disimulada se desea expulsar del consenso civilizado. Un político determinado dice un día cualquier cosa que, convenientemente descontextualizada, cuando no tergiversada, pueda interpretarse en el sentido que interesa a los efectos de la propaganda progre, y ya no es necesaria ninguna otra corroboración, ni tener en cuenta mil indicios de naturaleza opuesta: pasa a ser un peligroso ultraderechista por los siglos de los siglos.

Significativamente, nunca se procede de modo análogo con partidos o políticos que con mucha más propiedad sí pueden catalogarse de ultraizquierdistas. Este adjetivo es tan escasamente empleado que de hecho el prefijo aislado “ultra” se considera sin más como sinónimo de ultraderecha, como si no existiera una amenaza mucho más relevante de signo contrario.

No es sorprendente que los separatistas hayan adoptado la estrategia progresista. Nada como pintar una España fascista ayuda tanto a ocultar la naturaleza racista y supremacista del nacionalismo catalán, desde sus orígenes hasta los exabruptos de Torra (tachando de bestias inmundas a quienes según él se resisten a aprender el catalán, aunque simplemente exijan que en un vuelo de Barcelona a Palma se utilice al menos el español para las comunicaciones con los pasajeros) y pasando por las divagaciones antropológicas de Jordi Pujol sobre el andaluz, al que consideraba como poco más que un infrahombre.

Un ejemplo paradigmático del síndrome descrito lo encontramos precisamente en el artículo del intelectual orgánico del nacionalismo catalán, Francesc-Marc Álvaro, “Vox, atado y bien atado”, publicado en La Vanguardia el 11 de octubre. Conviene recordar que para el progresismo y el separatismo, franquista y fascismo son sinónimos, pese a que incluso un escritor tan poco franquista como Eduardo Mendoza ha reconocido que Franco estaba ideológicamente muy lejos de esa ideología totalitaria, más allá de que las necesidades bélicas le llevaran a aceptar el apoyo militar de Alemania e Italia, y de que premiara el apoyo de la Falange integrándola en un régimen que básicamente fue autoritario, católico y conservador.

El artículo de F.-M. Álvaro consiste en una serie de afirmaciones gratuitas y redundantes sobre el supuesto carácter fascista de Vox, de las que no se libran tampoco el PP y Ciudadanos, a los que considera igualmente ultraderechistas, aunque se esfuercen en disimularlo sin excesivo éxito. En todo el texto sólo hay unas pocas palabras que se puedan considerar como una argumentación o explicación de sus juicios, aquellas con las cuales el autor acusa al partido presidido por Santiago Abascal de “construir y señalar a varios enemigos interiores y exteriores de una España que debe ser salvada: independentistas, inmigrantes, feministas, sindicatos, etcétera.”

Ciertamente, para concluir que los independentistas son enemigos de España no hace falta ser de extrema derecha: basta con escuchar lo que dicen a todas horas. El propio Torra defendió textualmente “atacar al Estado español”, entre un sinfín de declaraciones y actuaciones de inequívoco carácter hispanófobo, perpetradas por los dirigentes separatistas y sus seguidores.

Lo demás es sencillamente mentira. Vox no va contra los inmigrantes sin más: sólo contra los ilegales y especialmente contra el salafismo, tanto de importación como cultivado en nuestro territorio. De hecho, nunca olvida dedicar palabras de afecto hacia los extranjeros o naturalizados de origen hispanoamericano, que en el acto de Vistalegre volvieron a escucharse por boca del secretario general Javier Ortega-Smith, de origen argentino.

Si el feminismo se entiende como sinónimo de la ideología de género, efectivamente Vox va contra el feminismo, es decir, contra el postulado neomarxista de la guerra de sexos que criminaliza al varón. Pero entre los miembros más prominentes del partido hay varias mujeres excelentes como la arquitecto y empresaria Rocío Monasterio (hispanocubana, por cierto) o la profesora Alicia Rubio, autora de un libro imprescindible sobre la ideología de género, lo que desmiente taxativamente cualquier pérfida insinuación de que Vox cuestione la libertad de la mujer y la igualdad de derechos de ambos sexos.

En cuanto a la afirmación de que Vox va contra los sindicatos, así, genéricamente, es una pura y simple bellaquería, basada en el punto del programa de la formación derechista que aboga por eliminar las subvenciones a los sindicatos, sí… Pero también a los partidos políticos, patronales y fundaciones, lo que groseramente olvida Francesc-Marc Álvaro.
El resto del artículo se limita a intercalar puras majaderías: Vox no sería más que una reedición de Fuerza Nueva “tuneada y libre de plomo”, con Martínez el Facha como referente y resuelta a aplicar el legado de Franco, resumido en las palabras “atado y bien atado”. Fuente: Francesc-Marc Álvaro, Porque lo digo yo.

No se quedan ahí las tonterías vertidas por el articulista. Para él, las imágenes utilizadas en un vídeo promocional de Vox (ignoro a cuál se refiere) donde aparecen las Fuerzas Armadas, los toros, un campo de trigo y una madre con su bebé son parte de una iconografía propia de “un franquismo sin Franco” (¡Sic!).

Probablemente, lo que nuestro columnista menos le perdona a Vox es su desacomplejado nacionalismo (aunque yo prefiero llamarlo patriotismo) español. Para el autor, la relación de este nacionalismo con la democracia es constitutivamente problemática. Hay que reconocerle un cierto desparpajo a quien sostiene tal cosa mientras desdeña la voluntad de la gran mayoría de españoles, y entre ellos la de más del 50 % de los catalanes. Significativamente, el único partido al que Álvaro concede que tenga una posición correcta sobre la cuestión es Podemos, “que no niega el debate sobre la autodeterminación”. Veamos si lo he entendido bien: Vox es predemocrático por reivindicar la unidad indivisible de España, tal como reconoce la Constitución, mientras que la formación bolivariana es un ejemplo a imitar.

Son muchas necedades para un artículo tan breve, en efecto. Pero es que hoy el progresismo, del cual el separatismo antiespañol constituye sólo un apéndice, aunque monstruosamente hipertrofiado, es esto: sólo se sostiene a base de lanzar vocablos intimidatorios contra el discrepante y contra quien ingenuamente alega el sentido común. Ultra, homófobo, xenófobo, populista… Los grandes medios de comunicación no hacen otra cosa que dirigir a los ciudadanos, casi las veinticuatro horas del día, en la dirección que ellos consideran correcta, emitiendo veredictos morales previos a cualquier información objetiva, y seleccionando ésta cuidadosamente para que sólo pueda avalar dichos veredictos. Basta encender la radio al levantarse para empezar a recibir una dosis concentrada, en cuestión de minutos, de ideología de género, buenismo multicultural o resentimiento anticapitalista.

Las difamaciones contra Vox y contra la derecha en general no son más que uno de los efectos colaterales de la dictadura del pensamiento en la que vivimos. Una dictadura que está lejos de ser tan incruenta como aparenta: sus principales víctimas son los miles de seres humanos abortados con la complicidad de la administración. Lo cual me hace caer en la cuenta de que F.-M. Álvaro tiene razón en una cosa. Asegura que “no es casual que Abascal lance proclamas antiabortistas en el mismo mitin donde promete desmantelar las autonomías.” Efectivamente, yo tampoco creo que sea casual que quienes defienden el aborto sean los mismos que apoyan la existencia de diecisiete gobiernos y parlamentos autonómicos, los mismos que creen que la baja natalidad puede compensarse importando mano de obra sin cualificación y culturalmente inasimilable, los mismos que consideran al islam una religión de paz mientras atacan los símbolos y las creencias cristianos…

Son los que nos llaman fachas por no pensar como ellos, por no plegarnos a su monopensamiento. Pretenden obligarnos a callar, con sus leyes de Memoria Histórica y demás engendros jurídicos. No debemos dejarnos amedrentar, lo que entre otras cosas significa no dejarnos afectar por lo que puedan decir ellos de Vox.

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La insultante juventud del diablo

El hombre contemporáneo mira con superioridad a los siglos medievales, en los que se debatía sobre el sexo de los ángeles y otras cuestiones llamadas despectivamente bizantinas. Mientras, el hombre contemporáneo debate sobre si Epi y Blas son gais o asexuales.

Nada resume mejor el complejo de superioridad de la modernidad. Creemos haber dejado atrás los siglos oscuros de la superstición y la Inquisición. Pero resulta que, sólo durante algunas semanas, la Revolución Francesa asesinó por razones ideológicas más personas que la Inquisición en sus siglos de historia, y con muchas menos garantías judiciales; es decir, con ninguna. Y en nuestros días proliferan seudociencias como la homeopatía o la perspectiva de género, que incluso se imparten en la Universidad.

Cuando el contemporáneo desaprueba algo, dice que es un “retroceso”, que supone “volver a la Edad Media”. Y estas expresiones son moneda corriente tanto entre progresistas y liberales como en los denominados conservadores. Los conservadores, a efectos prácticos, no son en su mayoría más que un subtipo de progresistas rezagados. De hecho, los progresistas de hoy consideran inaceptablemente reaccionarias posiciones que sostenían con total naturalidad los progresistas de ayer o anteayer.

El progresista tiende a considerar como extremistas las posiciones conservadores o tradicionales, por moderadas que sean. En cambio, muestra habitualmente una exquisita deferencia hacia los extremismos de izquierda. Esta es la razón por la que se emplean términos denigratorios como ultraconservador, pero no ultraprogresista, como si cualquier exceso de lo último fuera disculpable y hasta loable.

El progresista califica rutinariamente como ultraderechistas a partidos cuyos programas e ideas se salen del consenso progresista en cuestiones como la inmigración o la ideología de género. Sin embargo, rara vez se refiere a partidos comunistas, que exaltan la revolución bolchevique y simpatizan abiertamente con el régimen cubano, como ultraizquierdistas. Hay un franco empeño por alertarnos de una permanente amenaza fascista, al tiempo que se desdeña o ridiculiza cualquier advertencia contra el comunismo, pese a haber gozado de una extensión cronológica y geográfica muy superior.

La mayoría de la gente utiliza con intención crítica el término Inquisición, pese a tocarnos históricamente mucho más cerca la Cheka comunista, indeciblemente más letal y arbitraria. Asimismo, cuando se pretende denunciar algún exceso policial, se habla de la Gestapo nacionalsocialista, desaparecida en 1945, cuando la Stasi de la República Democrática Alemana pervivió hasta 1989 y afectó a la vida de muchas más personas aún vivas.

La Inquisición se convierte en el prototipo de la represión del pensamiento y de los derechos individuales, a pesar de que ha sido en los dos últimos siglos largos de secularización cuando la humanidad ha conocido unas persecuciones políticas e ideológicas masivas sin apenas precedente en la historia. Asimismo, se toma como expresión del mal por antonomasia el régimen de Hitler, que duró una docena de años, pese a que el comunismo empezó a perpetrar sus matanzas mucho antes y las continuó mucho tiempo después, con un siniestro balance global que acaso multiplica por cuatro o cinco las víctimas mortales del nazismo.

No se trata de aplicar a la interpretación de la historia el pedestre “y tú más” del debate político vulgar. Que los comunistas mataran más que los nazis, a lo largo del siglo XX, no hace a los segundos mejores. Pero que el discurso contemporáneo juzgue de manera tan distinta unos crímenes u otros nos lleva a la inquietante conclusión de que no todas las víctimas son iguales, que quienes caen a manos de verdugos progresistas parecen invisibles, o acaso sean menos dignos de compasión, como si alguna culpa oscura hubieran tenido.

El ejemplo más reciente de esta manera sectaria de ver la historia es la llamada Ley de Memoria Histórica establecida por Zapatero, mantenida por Rajoy y reavivada por el actual presidente del gobierno, Pedro Sánchez. Sólo se consideran víctimas cuya dignidad debe ser reconocida las del bando franquista de la Guerra Civil y la dictadura, independientemente de las responsabilidades materiales y políticas de muchas de ellas, en crímenes cometidos durante la república y la guerra. Los que mataron los rojos no cuentan. “Algo habrían hecho”. Esta frase, que resume la actitud más vil de quienes se mostraban como mínimo indiferentes ante los asesinatos de la ETA, expresa el pensamiento implícito de quienes olvidan deliberadamente, por ejemplo, la cruenta persecución religiosa de 1936.

Una visión tan falsa y deforme como la que sostiene el progresismo sólo puede llevar a incrementar todo tipo de errores e injusticias, justificados por la revancha permanente contra un pasado pintado al estilo tenebrista, que supuestamente amenaza siempre con pervivir o regresar. El progresismo, ese ajuste de cuentas incesante con la historia, esa recreación obsesiva de agravios pretéritos sufridos por las mujeres, los obreros, los homosexuales o los negros, se convierte así en la principal y verdadera amenaza contra las libertades (de expresión, de educación, de objeción de conciencia, de presunción de inocencia) por cuya retórica defensa se da tantos golpes de pecho.

Quizá nadie lo expresó mejor que Chesterton: “Las novelas y el periodismo caducos acostumbran a hablar del sufrimiento de la gente bajo las viejas tiranías. Pero, de hecho, la gente casi siempre ha sufrido bajo nuevas tiranías; bajo tiranías que habían sido libertades públicas apenas veinte años antes.” Probablemente nada sea más conveniente para un despotismo en ciernes que foguearse asesinando a zares derrocados. Puede que le baste sólo con profanar los restos mortales de caudillos sepultados.

República Amarilla de Feoluña

Os gusta que os llamen independentistas, aunque para mí no sois más que unos vulgares separatistas, con mucha menos épica y estética que los esclavistas sureños de la guerra civil estadounidense. Estos trataron de secesionarse de la joven nación americana a fin de preservar su sistema de esclavitud racista; vosotros queréis preservar una Cataluña étnicamente jerarquizada, donde los Garcías, los Martínez y los López no se os acaben subiendo a las barbas en el gobierno y el parlamento autonómicos, ni en los consejos de administración.

Pero quiero dirigirme no a los políticos ni a los grandes empresarios que apoyan el llamado “proceso”, sino a los separatistas del montón, como los jubilados que llenan los autobuses de las manifestaciones nacionalistas y acuden al supermercado con el lacito amarillo en la solapa. Quiero haceros una pregunta: sinceramente, ¿qué creéis que os aportará la República? ¿De verdad creéis que viviréis mejor, que tendréis salarios más altos, pensiones más altas? ¿De verdad creéis que la sanidad y la enseñanza públicas van a ser mejores porque se gestionen desde Barcelona? ¡Ah, pero si ya se gestionan desde Barcelona!

Quizás sea una cuestión de lo que llamáis “dignidad”. Quizás pretendéis hablar más en catalán, aunque no sé cómo, si en vuestros pueblos no se puede hablar más catalán –ni más árabe. Es verdad que habláis castellano cuando os conviene, con vuestros clientes, aquellos que tenéis un comercio, un taller, una gestoría. ¿En la nueva república les hablaréis sólo en catalán?

Pero ya comprendo que no es sólo la lengua. Que disponer de un documento de identidad catalán os hará inmensamente felices. Que cuando no veáis ninguna bandera española ni en ningún bar sintonicen un canal de televisión en español, respiraréis mejor. A veces, el ser humano se conforma con muy poca cosa.

Pero ¿sabéis que os digo? Que no me lo creo. No me creo que vuestro estado de permanente borrachera sentimental esté motivado por meras fantasías utópicas, ni por dignísimas futilidades. Os diré cuál es la emoción que verdaderamente os mueve, cuál es el motor de todo el proceso: el odio. El odio, sí, un odio a España que no podéis disimular, que aflora cuando estáis más relajados, cuando os sentís entre los vuestros, en la intimidad, o cuando os enardecéis en una multitud, o en una brigada vecinal; los llamados C.D.R. que habéis copiado de Cuba o Venezuela.

¿Qué os ha hecho España para que la odiéis tanto, para que una perfecta imbécil, además de desagradecida, pueda decir en Twitter: “Ya es mala suerte que de todos los países de Europa nos haya tocado nacer en España”? (No menciono su nombre para no darle más relevancia.) No me vengáis con la matraca de los “presos políticos” ni los “exiliados”. No son ni una cosa ni otra, son ciudadanos que no están por encima de la ley, y que por tanto deben responder ante la Justicia de las acusaciones que pesan sobre ellos. Unos en prisión provisional y otros fugados, entre ellos Carles Puigdemont, viviendo a cuerpo de rey en Bélgica. Si algo demuestra que una república, incluso imaginaria, es mucho más cara que una monarquía parlamentaria, ahí tenemos la prueba fehaciente.

Permitidme que responda por vosotros lo que os ha hecho España: os ha dado uno de los países del mundo con más esperanza de vida, un país donde a pesar de los problemas (¿dónde no los hay?) se vive generalmente muy bien, donde hay bajos índices de criminalidad, donde se habla la segunda o tercera lengua del planeta (según se cuenten el número de hablantes vernáculos o los que simplemente la conocen), con una historia gloriosa aunque tengáis de ella una ignorancia abisal. España contuvo al islam, descubrió, pobló y civilizó América, construyó en el nuevo continente ciudades, universidades, catedrales, y escribió los primeros diccionarios y gramáticas de las lenguas indígenas; enriqueció la cultura universal con sus artistas y escritores… Cometió errores y crímenes, pero qué país no los ha cometido, algunos horrendos. Los alemanes, pobres, no pueden ocultar los suyos, demasiado monstruosos y recientes. Pero franceses, ingleses, norteamericanos, incluso los insignificantes belgas, han perpetrado atrocidades inenarrables, y no por ello dejan de estar encantados de haberse conocido.

Decís que España sigue siendo franquista, tras cuarenta años de democracia. Para empezar, habría que decir que la democracia llegó gracias a los franquistas, no a los antifranquistas retrospectivos, ni los antifranquistas terroristas y ultraizquierdistas, que nunca habían creído en el parlamentarismo “burgués”. Pero bien comprendéis el verdadero punto débil de los españoles: lo poco que se quieren a sí mismos, y el pánico que tienen a que los llamen fachas. Y lo sabéis tan bien porque, mal que os pese, sois españoles de pura cepa. Os llaméis García o Gilabert.

¿Cuándo empezasteis a odiar tanto a España y por qué? Probablemente ni vosotros mismos lo sabéis. Esto viene de mucho antes de que el separatismo se convirtiera en movimiento de masas, de siglos antes. Deberíamos remontarnos, sin duda, a la Leyenda Negra creada por los enemigos del Imperio español y del catolicismo, y que llevamos comiéndonos con patatas hasta hoy mismo.

No es necesario insistir en los efectos que el odio tiene para la convivencia. En lugar de ello, me interesa aquí señalar una de las consecuencias más significativas, aunque quizás menos estudiadas, de esa emoción: la fealdad. La fealdad en sus diversas formas, que incluyen lo cursi y lo ridículo, pero que no es meramente metafórica, sino real carencia o anomalía estética y que en Cataluña ha acabado por explotar, invadiéndolo casi todo. Siento decíroslo, pero la República de Feoluña es una terrible constatación experimental de esa profunda y misteriosa relación entre la ética y la estética.

No creo en absoluto que sea casualidad que hayáis impuesto la bandera estrellada cuatricolor (amarillo, rojo, blanco y azul) sobre la bicolor, con las cuatro barras y la estrella rojas sobre fondo amarillo. Si ésta, teóricamente más izquierdosa, se ve todavía en algún balcón, la otra ha ganado por goleada la batalla icónica. Y me sorprende que nadie os haya señalado (hasta donde yo sé) lo hortera de esa combinación cromática, con el amarillo dándose patadas con el azul y el blanco, y el rojo acabando de arreglar el pastel. Desde luego, vuestro gusto está a la altura de vuestras pobres ideas.

Por si hubiera alguna duda sobre el efecto feísta del odio, ahí tenemos la invasión de los plásticos amarillos, la destrucción de los paisajes urbano y rural de Cataluña que estáis perpetrando quienes decís amarla tanto, contaminando con furia invasiva calles, plazas, puentes, árboles y monumentos. El odio hace estragos en el propio odiador, los sentimientos turbios se exteriorizan y terminan fijándose en el fenotipo, como se puede comprobar contemplando la cara de mala llet de vuestro líder Joaquim Torra. También me diréis que es casualidad.

Histeria antimachista

Ruego al lector que considere el siguiente texto, procedente del Diari de Tarragona del 7 de setiembre:

recorte

Lo primero que salta a la vista en esta noticia es la contradicción entre el antetítulo (“Violencia machista”) y la entradilla: “El precario estado de salud de las dos mujeres pudo ser el desencadenante que habría llevado a este médico jubilado a realizar la acción.” Si es cierto que este individuo cometió el doble crimen en un estado de enajenación o desesperación, ¿a santo de qué viene la “violencia machista”?

Nótese que no pretendo mitigar la culpabilidad del asesino, sino clasificar correctamente el delito cometido. El suceso tiene todo el aspecto de pertenecer a una tipología muy distinta del asesinato cometido por una pareja o expareja celosa o dominante, aunque no sea menos abominable. Más bien se encuadra dentro de esa clase de crímenes, cometidos tanto por hombres o mujeres, que en un momento determinado, acaso temporalmente trastornados, deciden quitarse la vida, no sin antes matar a las personas dependientes de ellas, por una desdichada “compasión” mal entendida.

Es lo que sugieren los hechos desnudos: que el hombre matara también a su propia madre, que su esposa fuera médico jubilada al igual que el homicida (lo que desmiente la trillada falacia marxistoide de que la violencia machista es consecuencia del sometimiento económico de la mujer) y que hubiera planificado su suicidio, como indica la nota que dejó.

Sin embargo, no contento con el antetítulo, el redactor concluye la noticia remachando la interpretación políticamente correcta. Tras señalar ritualmente que no existían denuncias previas por maltrato (lo que no descarta que hubiera maltrato y más bien nos invita a conjeturar que la esposa lo sufriera en silencio) suma las dos víctimas a la lista de “víctimas mortales a manos de sus parejas o exparejas”, que alcanzaría la cifra de 30 este año y de 954 desde el 2003.

El dato incurre por lo pronto en dos falsedades evidentes. En primer lugar, la madre del asesino no era su pareja o expareja, por lo que en rigor no debería contabilizarse dentro de esa lista, sino en otra de parricidios. En segundo lugar, las personas asesinadas por sus parejas o exparejas son más de treinta este año, y sin duda muchas más de mil desde 2003… Al menos si incluimos a las víctimas de sexo masculino, asesinadas por sus compañeras. Que las hay aunque oficialmente se ignoren.

Por supuesto, hay razones sobradas para cuestionar unos cómputos globales engrosados de manera tan arbitraria como nos indica este suceso. Pero incluso en los casos más claros de asesinatos por celos de pareja, el concepto de “violencia de género” es apriorístico y carente de valor científico. Pretende sugerir, sin necesidad de ninguna contrastación empírica, que los asesinos de mujeres no son meramente seres inmorales o disfuncionales que abusan de la superioridad física para resolver sus frustraciones, o por cualesquiera otros motivos, sino producto de una cultura patriarcal dominante que justifica o disculpa parcialmente ese tipo de violencia, como sucede en determinadas culturas.

De hecho, un elevado porcentaje de los delitos llamados “machistas” es cometido por ciudadanos extranjeros, y no podemos descartar que en algunos de ellos intervenga efectivamente una vaga creencia de una suerte de preeminencia del hombre sobre la mujer. Pero tal atavismo, de existir, hace mucho que no tiene el menor respaldo entre los europeos nativos, ni en las leyes ni en las costumbres, y desde luego no es un elemento imprescindible de la violencia, pues también hay mujeres que matan por celos o conflictos de convivencia, así como agresiones dentro de parejas homosexuales. Países con legislaciones igualitarias más antiguas que la española, como Finlandia (cuya igualdad entre los sexos ya llamó la atención de Ángel Ganivet hace un siglo), tienen estadísticas de feminicidios superiores a las nuestras.

Atribuir a un machismo ancestral todo asesinato de una mujer a manos de su pareja o expareja masculina es tan riguroso como la acusación de brujería (es decir, de tratos con el diablo) a la que se exponía en otras épocas cualquier persona que realizara prácticas de curanderismo o abortos. Personalmente no veo objeción a la existencia del diablo, como tampoco niego que exista el machismo, pero sospecho que en la gran mayoría de personas condenadas por sus relaciones con el maligno, si no en todas, tales cargos eran objetivamente infundados. Y algo análogo está sucediendo en la edad contemporánea, que tanto presume de su carácter racional y científico.

Resulta paradójico que el feminismo haya puesto en circulación el provocador lema: “Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar”. Mucho más exacto sería decir que gran parte del feminismo actual manifiesta una continuidad con las antiguas cazas de brujas, motivadas por creencias supersticiosas inmunes a la experiencia. Sólo que hoy la superstición tiene formato académico.

La ideología de género es una seudociencia que proporciona muchísimo dinero de los contribuyentes y poder institucional a quienes la utilizan. Las estadísticas demuestran que no sirve lo más mínimo para reducir las agresiones a mujeres, cosa lógica, pues en lugar de promover una investigación científica de su naturaleza multicausal, se limita a postular una guerra milenaria entre los sexos que sirve para explicar por adelantado cualquier cosa, desde la relativa escasez de ingenieras o directoras de cine hasta la violencia de pareja, del mismo modo que Marx convirtió la lucha de clases en el principio omniexplicativo de la historia y los fenómenos sociales. Es más, al añadir motivos de resentimiento entre los sexos y menospreciar la maternidad, favorece las disensiones y rupturas familiares que constituyen el contexto habitual de la violencia.

Quizás el efecto más inquietante de esta ideología neomarxista sea el ataque creciente que perpetra contra los derechos individuales, no sólo de quienes pueden verse acusados de violencia machista, conculcando normas tan elementales como la presunción de inocencia o la igualdad ante la ley, sino de todos aquellos que nos atrevemos a discrepar de semejante histeria colectiva, alimentada por una masiva propaganda con la cual nos bombardean todos los días, desde los periódicos de provincias hasta las televisiones que acaparan la mayor parte de la audiencia, y tanto desde la sección de sucesos como de la política, la económica y la cultural. Si decir esto es reaccionario, sinceramente creo que hoy el primer deber de una persona mínimamente inteligente e íntegra es ser reaccionaria.

Otra trampa del sanchismo

El gobierno de Pedro Sánchez parece especializado en la puesta en marcha de polémicas en las que, sea cual sea la posición que adopten la oposición y los críticos, aquel sólo puede ganar. El ejemplo paradigmático es la exhumación del cadáver de Franco. Apoyarla significa plegarse a la interpretación de la historia de la izquierda y convertirse en cómplice de la Comisión de la Verdad, engendro totalitario con el que ya se nos amenaza resueltamente. Ponerse en contra permite situar a quien tal posición adopta en el campo del “fascismo” más o menos confeso: o sea, estigmatizarlo como un enemigo contra el que todo vale, al que se debe aislar implacablemente e incluso negar los derechos más elementales, como la libertad de expresión.

Otra polémica que se encuadra en esta estrategia, también conocida como “si sale cara gano yo, si sale cruz pierdes tú”, es la del sindicato de prostitutas con las que el gobierno pretende alimentar más horas de informativos y tertulias –después de hablar de Franco, naturalmente. De nuevo asistiremos a esos debates trucados en los que se cumple la máxima (no recuerdo su autor) según la cual el diablo envía los errores al mundo por parejas de opuestos, para que los seres humanos creamos que la verdad se halla en uno de los dos miembros.

¿Por qué digo que también aquí el diablo, digo el gobierno y la izquierda, sólo pueden ganar? Pues porque el debate parece centrarse básicamente en dos posiciones: la de quienes ven en la prostitución femenina otra manifestación más de la opresión del patriarcado, frente a la de quienes defienden que se trata de una actividad tan respetable como cualquier otra. En el primer caso, es obvio que se refuerza un frente más de la ideología de género. En el segundo, se contribuye al encallanamiento de la sociedad, hundiéndola más en esa ciénaga pútrida donde la izquierda se mueve con destreza anfibia.

Muchos creen tener la receta mágica para resolver esta cuestión. Sería el principio de John Stuart Mill, según el cual la coacción estatal sólo es válida para prohibir comportamientos que dañen a terceros. En ningún caso el gobierno puede intervenir para salvarme de decisiones que sólo me dañan (si es que lo hacen) a mí, como por ejemplo drogarme o prostituirme. Reconozcamos que este principio es con frecuencia útil. Pero también la mecánica de Newton sirve aún para poner satélites en órbita, e incluso para viajar a la luna, y sin embargo desde Einstein sabemos que no es la verdad absoluta, sino que en todo caso tiene una validez parcial. Por ejemplo, es incapaz de explicar la órbita del planeta Mercurio, demasiado cercano a la gravedad del sol.

Dos son los problemas del principio de Mill, según mi opinión. El primero, que está lejos de quedar siempre claro si determinados comportamientos dañan o no a terceros. Ejemplos: el tráfico de drogas, el suicidio asistido, la eutanasia. Que ambas partes (el traficante, el cooperador del suicidio o la eutanasia, por un lado, y el consumidor de drogas, el suicida o el paciente por otro) actúen libremente, ¿justifica la no intervención de las leyes ni de la autoridad? ¿Un daño consentido deja de ser un daño? ¿No existen criterios objetivos?

El segundo problema es que quienes defienden la no intervención, de manera implícita o inconsciente están presuponiendo el relativismo moral. Aquí la prostitución es un buen ejemplo. Concediendo que esa actividad no daña a terceros, y que por tanto no debería prohibirse, ¿se deduce de ahí que es sólo una actividad económica más? O formulado de manera más general: ¿todo lo que no está prohibido legalmente tiene el mismo valor moral?

Si respondemos negativamente, se plantea entonces la siguiente cuestión, tal como agudamente me la transmitió el periodista Yago González a través de Twitter: “Si uno tiene la convicción firme de que algo es moralmente malo, legalizarlo es en cierto modo legitimarlo moralmente, ¿no? Es un poco contradictorio.”

Creo que, efectivamente, ese es un problema muy real de las leyes. Por un lado, no podemos prohibir todo lo que está mal, porque nos veríamos abocados a una especie de teocracia asfixiante, con la policía dedicada a perseguir toda clase de supuestos vicios. Pero por otro, es cierto que la ley es maestra, como decía Aristóteles, y que la opinión pública tiende a percibir como moralmente legítimo todo aquello que no está legalmente prohibido, es decir, sin mediar coacción de la autoridad.

No hay aquí una solución mágica. Este problema existe y humanamente es ineludible. Los cristianos nos regimos de manera genérica por las palabras de Jesús: “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Pero está claro que estas no nos permiten resolver de manera infalible cada caso concreto. Mi opinión respecto a los que nos ocupa sigue siendo la de Clint Eastwood en Sin perdón: “Dejad a las putas en paz”. Pero dejarlas en paz también implica no engañarlas, no halagarlas falsamente diciéndoles que, puesto que son libres de vender su cuerpo, no hay nada de malo en ello. Esto es mentira y ellas suelen ser las primeras en saberlo. En cuanto tienen la oportunidad, tratan de dejar esa clase de vida.

El error de muchos liberales consiste en creer que deben dejar la moral “aparte”, tal como también con gran acierto señalaba Yago, en el tuiteo en el que se originó nuestra breve conversación. Pero quien pone la moral entre paréntesis, no está haciendo más que realizar sus propios juicios morales implícitos, sin reconocerlos, haciéndolos pasar por pura lógica. El “¿quién soy yo para juzgar?”, que puso de moda el papa Francisco, es con frecuencia difícil de distinguir de ese relativismo moral que impide decir que hay cosas buenas o malas, independientemente de lo que piense cada cual.

¿Quién soy yo para juzgar? Como ejercicio de humildad, la pregunta está muy bien. Pero en esta era democrática, suele entenderse de manera externa al propio ego: ¿quién es nadie para juzgar, para decirme lo que tengo que hacer? A los progresistas les chifla esta relativización de la moral, este cuestionamiento de toda autoridad. Pero sólo cuando lo que se relativiza y cuestiona son las creencias y la autoridad ajenas, no las suyas. Así no sorprende que haya tantos progresistas.

El celibato y la inversión de los valores

Supongo que habrás tratado de persuadirle de que la castidad es insana.

C. S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino.

 

La estrategia del progresismo consiste en invertir los valores morales: que lo malo sea visto como bueno y lo bueno como malo. Que lo obsceno aparezca como inocente, y lo inocente como sospechoso. Que lo sacrílego se perciba como liberador, y lo santo como aberrante.

El orden apuntado no es arbitrario. Convertir el bien en mal sería imposible de buenas a primeras, pues produciría una indignación generalizada. Al principio hay que proceder al revés. Para ello se recurre a la “empatía”, en realidad una parodia de la misericordia cristiana. Se trata de ponernos en la piel de delincuentes, pervertidos, personas de mala vida, etc. Hacernos ver que todos, de haber vivido en otras circunstancias y pasado por determinadas experiencias, podríamos incurrir en pecados semejantes (lo cual es posiblemente cierto) y que esas personas por tanto son víctimas inocentes (lo cual es una deducción falaz).

En esta primera fase (convertir lo malo en bueno), interesa mucho desprestigiar las críticas de quienes advierten que esos ejercicios de empatía torticera pretenden atentar sibilinamente contra la moral y la familia. Hay que presentar a tales críticos como fanáticos intolerantes e insensibles, y sobre todo tranquilizar a cualquiera que piense que se trata de subvertir el orden tradicional. No, simplemente se pide tolerancia hacia otros modos de vida, igualmente legítimos.

Una vez se han superado las suspicacias de los más cándidos, y se han acallado las críticas de quienes no quieren pasar por “carcas” y “fundamentalistas”, sí se puede pasar descaradamente a la segunda fase, convertir el bien en mal. Se responsabiliza de las agresiones que puedan sufrir los homosexuales a quien defiende la familia tradicional. Se culpa de las muertes de mujeres por abortos clandestinos a quien se opone al aborto. Se acusa de la propagación de las enfermedades de transmisión sexual al Vaticano, por oponerse al preservativo. Y se culpa de los casos de pederastia dentro de la Iglesia al celibato clerical. Este último tema se ha puesto una vez más de actualidad, desgraciadamente.

Un informe judicial ha destapado unos mil casos de pederastia en varias diócesis católicas de Pensilvania, con unos trescientos sacerdotes implicados directamente a lo largo de unos setenta años. Sin duda, se trata de cifras aterradoras, pero conviene tener en cuenta el registro de agresores sexuales de la policía del Estado, que sumaba los 22.000 sujetos hasta 2017, por lo que el número de sacerdotes entre esta clase de individuos representaría menos del 1,4 %.

No pretendo minusvalorar la gravedad de los delitos sexuales perpetrados por curas. Al contrario, me parecen mucho más horrendos los cometidos por ellos que por cualquier otro colectivo, porque deberían ser ejemplo de pureza y no de la conducta más repugnante. Pero la avidez con la que los medios saltan sobre los escándalos más escabrosos dentro de la Iglesia, como si no hubiera muchos más casos de pederastia en colegios, clubes deportivos o asociaciones laicos, y también dentro de la familia (sobre todo las desestructuradas), es significativa.

Por supuesto, el sensacionalismo periodístico sobre el tema no obedece sólo a la mera motivación de captar audiencia. Su finalidad primordial se enmarca dentro de la estrategia progresista, que aunque aparentemente juzga a la Iglesia con sus mismos parámetros cristianos, lo que pretende en realidad es subvertirlos. Esto se observa claramente en artículos de opinión como la “Carta abierta al papa Francisco” de la escritora Nancy Huston, que culpa de los abusos y violaciones sexuales no a los pervertidos, sino al “dogma” del celibato.

La señora Huston empieza desviando las culpas de la pederastia, atribuyendo los delitos sexuales a una genérica “propensión de los hombres a aprovecharse de su poder político y físico para satisfacer sus necesidades [sic] sexuales”. Nótese la vulgata freudiana implícita: habría una “necesidad sexual” ciega e indeterminada, de modo que si se reprime su expresión de un modo, se manifestará de otro. Según la escritora canadiense, los curas abusadores eligen a los niños entre sus víctimas “no porque los sacerdotes sean pedófilos” sino porque si tuvieran relaciones consentidas con adultos o recurrieran a la prostitución serían más fácilmente descubiertos.

Es decir, se nos pretende hacer creer que un hombre de sexualidad normal se convierte en un depredador infantil simplemente porque la Iglesia le prohíbe tener pareja formal, aunque nadie le obligara a ordenarse. “El problema –dice Huston– no tiene que ver con la pedofilia ni la perversión”; se debe a que “a unas personas normales [sic] se les pidan cosas anormales [sic]”. O sea, un violador de niños es “normal”, lo que es “anormal” es el celibato. Por si no quedara lo suficientemente claro: “La ‘perversión’ está en la Iglesia, en su negativa a reconocer la importancia de la sexualidad y las desastrosas consecuencias de reprimirla.”

He aquí la inversión de los valores en todo su esplendor: la perversión no es sentirse atraído por niños prepúberes, sino el celibato asumido por quien libremente se ordena como sacerdote. No en vano “reprimir” es una de las palabras fetiche del progresismo. Es la forma en que se descalifica el concepto de autocontrol sobre las pasiones, una constante del pensamiento clásico desde Sócrates hasta Nicolás Gómez Dávila, hasta el punto de considerarlo nocivo para la Salud, ese ídolo incontestable de la sociedad del bienestar. Y que en el fondo, no es algo mucho menos vulgar que el pretexto del putero que justifica cínicamente su depravación con la necesidad de un “viril desahogo” de vez en cuando.

Para remachar su argumento, Huston engarza algunas necedades adicionales, como la comparación del celibato con el burka y la ablación del clítoris. Es típico de los progresistas señalar supuestas semejanzas entre el cristianismo y el islam a fin de denigrar al primero. Eso sí, después de un atentado islamista recordarán que “el islam es paz” y que no debemos caer en la islamofobia.

Sostiene Huston además, como es también habitual en los progresistas, que el Evangelio no dice nada acerca del celibato, lo cual es falso: véase Mateo 19, 12. Por lo demás, parece ignorar las cartas de San Pablo, cosa no menos típica: los progresistas, como los herejes de todos los tiempos, toman de las Escrituras sólo lo que les conviene.

Por último añade que “la mayoría de sacerdotes no logran conservar la castidad”. ¿Cómo lo sabe? No nos lo dice, seguramente por falta de espacio. Pero es muy propio de nuestra sociedad el escepticismo plebeyo hacia la continencia, la renuncia y el sacrificio, como en general hacia todo lo que es noble y santo. En programas de “telerrealidad” como “Gran Hermano” es habitual que algunos jóvenes participantes presuman de su supuesta incapacidad para abstenerse del sexo durante semanas o incluso unos pocos días. Naturalmente, con tan poco aguante, nunca descubrirán que es más fácil la abstinencia del sexo (o del tabaco) durante años que durante meses.

En cualquier caso, aunque fuera cierto que la mayoría de sacerdotes fracasaran en mantenerse castos, ello no demostraría nada. Que la santidad sea una empresa difícil y minoritaria no es un argumento contra ella, ni siquiera en estos tiempos supersticiosamente democráticos, en que el valor de las cosas parece reducirse a su popularidad. Jesús dijo: “sed perfectos, como vuestro Padre es perfecto”. Si los sacerdotes son los primeros que tiran la toalla, ¿qué clase de ejemplo estarían dando?

No hace falta decir que muchos de los críticos con el celibato ni siquiera son católicos. No se preocupan por el bien de la Iglesia, sino todo lo contrario, lo que desean es que deje de ser un modelo alternativo al imperio progresista, es decir, que sea cada vez más irrelevante. Su objetivo es que todo el mundo piense igual para que, en definitiva, el pensamiento progresista esté a resguardo de toda crítica. Porque un pensamiento que está en guerra contra la verdad sólo puede imponerse exigiendo la unanimidad totalitaria.

Dejemos las cosas claras sobre el aborto

El debate sobre el aborto sigue candente en Argentina: mañana miércoles el trámite legislativo pasa por el Senado, donde la ley que propugna que el aborto inducido sea un derecho sin limitaciones hasta la semana 14 (y en determinados supuestos hasta el final del embarazo) podría acabar siendo aprobada.

Los defensores del aborto argumentan básicamente de dos maneras. Por un lado, lo plantean como una emergencia de salud pública, es decir, como la única manera de acabar con los abortos clandestinos, que provocan decenas de muertes de mujeres al año. Por el otro lado, el aborto es uno de los frentes principales del feminismo, si no el principal, en su lucha por conseguir la igualdad plena entre hombres y mujeres.

Los contrarios al aborto argumentan, basándose en ciencias como la embriología y la biogenética, que desde el momento mismo de la concepción, el cigoto es un individuo humano con su propio código genético, dotado por tanto del mismo derecho a la vida que se le reconoce a todo ser humano desde el nacimiento. De ahí que la muerte inducida de un feto o un embrión sea equiparable a un asesinato u homicidio.

Los provida además exponen a la luz los numerosos errores y falsedades de los argumentos abortistas. Por ejemplo, las exageraciones sobre el número de abortos clandestinos y el carácter supuestamente inocuo y carente de riesgos del aborto legalizado. Un buen resumen de estas críticas lo pueden encontrar en este vídeo de Agustín Laje.

En cambio, la crítica de los abortistas a los provida se reduce básicamente a tacharlos de integristas religiosos, a pesar de que, como acabamos de ver, su punto de partida sea estrictamente científico, y de que muchos de los contrarios al aborto se declaran explícitamente ateos o agnósticos.

Sin embargo, en mi opinión, los abortistas tienen parte de razón: los argumentos fundamentales contra el aborto son de naturaleza religiosa o, si se quiere, metafísica, aunque a menudo de un modo implícito o inconsciente. Lo que sucede es que eso no debería ser considerado una crítica, o al menos los cristianos no deberíamos caer en el error de tomárnosla como tal, y mucho menos acabar negando a Cristo tres veces antes de que cante el gallo, para ser admitidos en el debate público.

La ciencia nos enseña que un ser humano surge en el momento de la fecundación, pero no nos dice que a un ser humano, sea cual sea su edad, no se le puede matar, ni torturar, ni perseguir por sus creencias o cualquier otra condición. La ciencia no puede fundar ninguna ética; por el contrario, es ella misma la que debe quedar sometida a la ética.

Por supuesto, existen diferentes concepciones de la ética, tanto inmanentistas como trascendentalistas. Pero es evidente que cualquiera que tome partido en el debate sobre el aborto lo hará desde alguna de esas concepciones. ¿Por qué una en concreto, la cristiana, debería ocultarse o ponerse entre paréntesis? La razón que esgrimen algunos cristianos es que los abortistas los acusan de querer imponer sus creencias a los demás. Pero ¿no es eso también lo que hacen los abortistas? El argumento de que ellos no obligan a nadie a abortar o realizar abortos es completamente cínico. Para empezar, porque algunas legislaciones abortistas, en determinados países, imponen restricciones a la libertad de conciencia de los médicos. Pero sobre todo porque, ¿qué diríamos de alguien que defendiera la esclavitud con el argumento de que no nos obliga a poseer esclavos si ello va contra nuestras creencias?

Despenalizar el aborto no es una opción moralmente neutral, no significa decirle a la gente que cada cual haga lo que quiera según sus creencias íntimas. Significa, en la práctica, transmitir el mensaje de que el aborto no es un mal, que incluso es un derecho de la mujer. Y sobre todo significa facilitar que haya muchos más abortos, es decir, que se pierdan centenares de miles de vidas humanas que posiblemente se podrían salvar si muchas mujeres no contemplaran acabar con la vida de sus hijos como una opción reconocida legalmente e incluso costeada por el Estado.

Innegablemente, prohibir el aborto resta libertad a las mujeres, aunque no sólo a ellas: también a los hombres de su entorno que colaboran de un modo u otro en esa práctica salvaje, a veces incluso presionando a las madres para que acaben con la vida de sus hijos. Pero también prohibir el asesinato y el robo resta libertades, y todos estamos de acuerdo en que son necesarias esas restricciones para defender la vida humana y la propiedad.

Bien es cierto que el feminismo contemporáneo ve en la maternidad un obstáculo en la completa emancipación de la mujer. Sostiene que ser madre es una opción entre otras muchas de igual valor, y que por ello la mujer debe ser libre de poder “desprenderse” de un hijo antes de que nazca. Este egoísmo demente va en realidad contra el sentir más profundo de la mayoría de mujeres, que conciben la maternidad no como una carga, sino como un privilegio. Nada hay más radicalmente antifemenino que el feminismo contemporáneo.

De esta última consideración se desprende algo crucial: es imposible librar en condiciones la batalla contra el aborto olvidando que esta obsesión necrófila sólo es comprensible dentro de la cosmovisión progresista, que sustituye el culto a Dios por el culto al hombre, según el cual éste sólo es totalmente libre si se rebela por completo contra cualquier dependencia religiosa, cultural e incluso natural, en la medida que lo permita la técnica.

La libertad así entendida empieza negando los “prejuicios” religiosos y culturales, para acabar negando las propias diferencias naturales entre los sexos, que es exactamente lo que hace la ideología de género. La libertad humana se convierte así en una demoníaca voluntad de poder ilimitado, que rechaza y trata de destruir todo lo que no nazca de ella.

El progresismo, tal como se entiende en la actualidad en las instancias supranacionales, la mayoría de gobiernos, los medios de comunicación y las grandes corporaciones es simple y llanamente una guerra contra el cristianismo, y nada lo pone más en evidencia que el abortismo. Por eso, sí, es verdad, el fondo del problema es religioso, o antirreligioso, según se mire. Y no reconocerlo es regalarle al enemigo una ventaja decisiva.