Falsos salvadores

Una de las formas más claras y sintéticas con la que puede describirse cierta forma de entender la política nos la proporciona Thomas Sowell, cuando afirma que “los políticos se benefician al representar a diferentes grupos como enemigos unos de otros y a ellos como los salvadores del grupo que dicen representar.”

Pobres contra ricos, trabajadores contra empresarios, mujeres contra hombres, negros contra blancos, homosexuales contra heterosexuales, etc. Los ejemplos son fáciles de enumerar y teóricamente ampliables hasta el delirio. En un programa de la cadena Telecinco se ha llegado a defender el incesto entre dos hermanos, hijos del mismo padre, en horario infantil. El siguiente paso será que algunos propongan “abrir un debate” para que las relaciones incestuosas dejen de ser “estigmatizadas”; para que se “normalicen” y “visibilicen”.

Hay dos subespecies de salvadores profesionales: unos se dedican a la política; los otros, al periodismo. Pienso en Évole o en Cintora, que andan por el mundo empeñados en descubrir agravios. Pero a diferencia del noble don Quijote, estos no tratan de hacer justicia, ni mucho menos arriesgan su integridad física, ni siquiera sus haciendas. Su labor se limita a alimentar el resentimiento, la frustración y la indignación, que los políticos aprovecharán luego para vender sus falsas esperanzas.

Artículo completo en Actuall.

Cuatro razones para llamar progresistas a los progresistas

Quienes se llaman a sí mismos progresistas no siempre coinciden en todo, pero podemos señalar una serie de puntos que la mayoría de ellos suele compartir.

  • Son partidarios de la redistribución de la riqueza mediante la coacción estatal, con diferentes grados de socialismo. Como dijo Richard M. Weaber: “Un progresista es una persona que no es comunista, pero no puede dar ninguna buena razón para no serlo.”
  • En relación con lo anterior, entienden la democracia no tanto como un instrumento de limitación del poder político, sino como una forma de legitimarlo y de justificar su expansión.
  • Creen que es necesario actuar (también coacticvamente, por supuesto) para que se produzca una igualdad de hecho entre sexos, en todas las actividades, e independientemente de las inclinaciones y preferencias de hombres y mujeres, las cuales aborrecen como producto de un condicionamiento cultural “heteropatriarcal”.
  • Son partidarios de la legalización del aborto, barbarie que justifican sosteniendo la tesis groseramente acientífica de que un ser humano antes de nacer (o por lo menos hasta una determinada semana de gestación, decidida por ellos) es sólo “un amasijo de células”. Son también partidarios de la eutanasia e incluso del suicidio asistido.
  • Quieren imponer que los “modelos alternativos de familia” (monoparentales, homoparentales y lo que surja) tengan el mismo valor social que la familia natural formada por la madre, el padre y los hijos.
  • En España, son “antifranquistas”, lo cual implica una imagen sesgada e idealizada de la Segunda República y de las izquierdas en los años treinta, así como el desprecio del nacionalismo o el patriotismo español (pero no de los nacionalismos catalán, vasco, etc.) y de la moral católica, por asociarlos con el régimen franquista.
  • Defienden el pacifismo Creen que toda violencia se origina en las injusticias y desigualdades. Adoptan actitudes buenistas ante el islam, así como ante la inmigración ilegal o descontrolada, negándose a ver los conflictos, o en todo caso achacándolos a la xenofobia y al racismo.
  • Creen fervientemente en el cambio climático antropogénico, al que asocian con todo tipo de calamidades presentes y futuras. Están en contra de la energía nuclear, de las nuevas tecnologías extractivas de petróleo, de los cultivos transgénicos, etc. Defienden los “derechos” de los animales, al tiempo que apoyan el aborto y la experimentación con embriones humanos.

Una crítica típica a los progresistas se basa en negar que algunos de los puntos anteriores sean “realmente” progresistas. Por ejemplo, muchos sostienen que lo progresista no es el aborto, sino defender el derecho a la vida desde la concepción. O que los nacionalismos periféricos no tienen nada de progresistas, pues son ideologías románticas que surgen como una reacción contra la Ilustración. O que el socialismo no es tampoco un progreso, pues conduce a la miseria y la pérdida de libertades, etc. Sin duda, estas críticas aciertan en las cuestiones de fondo. Pero en mi opinión, disputar el uso del término progresista es una forma ineficaz, débil y hasta contraproducente de plantearlas. Hay cuatro razones por las cuales creo que es mejor llamar progresistas a los sedicentes progresistas, las cuales expongo acto seguido.

  • Los progresistas han ganado ya esta batalla. Una cosa es no caer en su lenguaje (por ejemplo, evitando expresiones ideológicamente cargadas o eufemísticas, como “violencia de género”, “interrupción voluntaria del embarazo”, etc.) y otra muy distinta es no reconocer cuando hemos perdido. Pretender deshacer el significado socialmente admitido del término progresista es tan inútil como querer recuperar las Filipinas.
  • Progresismo deriva de progreso, pero esto no significa que criticar el progresismo equivalga a estar en contra de todo progreso (entendido en su sentido más trivial de mejora de algo), del mismo modo que criticar el infantilismo no es estar en contra de la infancia, ni estar contra el cientificismo supone oponerse a la ciencia.
  • Si nos negamos a conceder a los progresistas esta denominación, como si fuera un título honorable, el resultado es que la palabra progresismo seguirá conservando un prestigio inmaculado cuyos máximos beneficiarios son quienes, a fin de cuentas, se amparan en ella. Obsérvese que los progresistas no pierden ni un minuto en defender el “verdadero” conservadurismo, o el conservadurismo “bien entendido”. En cambio, la actitud de la derecha es mucho más torpe, ya no sólo con el vocablo progresismo, sino incluso con el término izquierda. Resulta patético escuchar a algunos políticos o periodistas de derechas poner en duda que sus adversarios sean “verdaderamente” de izquierdas, como si lo contrario (es decir, ser de derechas) fuera lo más bajo que se puede caer en esta vida. O por lo menos dando por buena la visión que la izquierda tiene de sí misma como solidaria, justiciera, etc. A la izquierda y al progresismo en general hay que juzgarlos por sus resultados, no por sus intenciones. Cuando la propia derecha cae en la trampa de identificar implícitamente con las últimas el progresismo, no hace más que meterse un gol en propia puerta. Algo análogo podemos decir de expresiones como “derecha moderna”, como si la modernidad fuera el máximo criterio de aceptabilidad[1].
  • No existe una expresión alternativa inequívoca para denominar a quienes se llaman a sí mismos progresistas. “De izquierdas” hace tiempo que ya no sirve, pues muchos de los puntos enumerados arriba son defendidos por centristas o por liberales (en el sentido de contrarios al intervencionismo estatal). La división entre derecha e izquierda ha corrido parecida suerte (sobre todo desde 1968) a la que sufrió la división entre los británicos tories y whigs tras la Revolución francesa[2]. Tampoco son útiles, fuera de ciertos contextos, expresiones como “políticamente correcto” o “pensamiento único”, entre otras, que se emplean muchas veces para expresar ideas que no tienen nada que ver con el progresismo dominante, o incluso que son exactamente contrarias a él. De hecho, la expresión “pensamiento único” se refería en los años noventa al “neoliberalismo” tras la caída del muro de Berlín, y sólo después fue empleada por algunos autores para denominar críticamente la ideología de izquierdas que predomina ampliamente en los medios de comunicación y en las ciencias sociales. Con “políticamente correcto” ha sucedido más o menos lo contrario. De designar la estrategia del marxismo cultural que interpreta la historia y la sociedad como una lucha entre hombres y mujeres, blancos y negros, homos y heteros, etc., ha pasado a significar (en cierta habla española descuidada) algo así como lo convencional o carente de originalidad, que puede variar ostensiblemente según el hablante. Mucho más desafortunado es el uso del término liberalismo (a veces por una mala traducción del inglés) para referirse al progresismo en general, como si el abortismo y la relativización de la familia fueran consecuencias lógicas de la libertad de expresión, la libertad religiosa, la división de poderes, el derecho de propiedad y el mercado libre. En cualquier caso, si queremos tener posibilidades en la guerra cultural contra el progresismo, es imprescindible identificarlo con una palabra lo menos ambigua e imprecisa posible, y por el momento no se me ocurre otra mejor.

En resumen, es de la mayor importancia referirse críticamente al progresismo sin circunloquios timoratos, como si nuestra mayor preocupación fuera que nadie cuestionara nuestra pertenencia a este selecto club. Tampoco tiene sentido intentar cambiar desde fuera sus reglas de admisión. Es innegable que los progresistas han sabido encontrar un nombre que a muchos inspira respeto, pero ya es hora de que se lo perdamos: sólo es una palabra.

 

[1] Lo ha expresado con brillante desparpajo la bloguera Yael Farache en esta entrada, aunque quiero pensar que ha sido demasiado dura extendiendo su crítica a todo el partido Vox, en lugar de limitarse al tontaina que se puso en contacto con ella.

[2] Véase al respecto el magnífico estudio de Yuval Levin, El gran debate. Edmund Burke, Thomas Paine y el nacimiento de la derecha y de la izquierda, Gota a gota, Madrid, 2015.

De un día para otro

Toda la vida se había entendido que los ciudadanos eran tanto mujeres como hombres, y ahora resulta que si no añadimos “y ciudadanas” deberían retirarnos el saludo, por sexistas. Toda la vida habíamos considerado una obviedad que el matrimonio era la unión entre un hombre y una mujer, y casi de un día para otro, esta simple afirmación se ha convertido en homofóbica. Toda la vida se había dado por descontado que los hombres tienen pene, y por sostener tal evidencia se ha acusado al escritor Ian McEwan de “transfobia”.

Artículo en XYZ.

 

La pendiente bionarcisista

Aunque el exhibicionismo de las redes sociales lo haya elevado a cotas estomagantes, el fenómeno no es nuevo. Chesterton ya señalaba, a principios del siglo pasado, que la fe en uno mismo era casi el lema del mundo moderno. Hoy podemos prescindir del casi. Quererse más, tener autoestima, dedicarse más tiempo a uno mismo, hacer lo que uno siente: son algunas fórmulas de esa seudosabiduría que nos sirve a diario desde la publicidad comercial hasta ese curanderismo sofisticado de contraportada de La Vanguardia.

Quisiera llamar la atención sobre una derivación del narcisismo contemporáneo, que podríamos denominar bionarcisismo. Este se funda en la idea de que el individuo tiene un derecho absoluto sobre su naturaleza biológica, que incluye desde el aborto hasta la eutanasia, pasando por los úteros de alquiler, el cambio de sexo y la eugenesia. En resumen, que todo lo médica y científicamente posible me está permitido, porque yo lo valgo.

El bionarcisismo es la fase avanzada de un proceso. Se empieza controlando la natalidad (que en sociedades cada vez más envejecidas sigue considerándose una pauta civilizada irrenunciable) y se acaba liquidando, de modo rutinario, a ancianos y enfermos. Naturalmente, es tentador reírse de las predicciones apocalípticas, pero el optimismo progresista no goza de ninguna ventaja especial sobre el pesimismo conservador: ambas actitudes parten de la misma incertidumbre sobre el futuro.

El filósofo progresista James Rachels, en su Introducción a la filosofía moral, aborda el caso de un hombre que fue condenado a 25 años de cárcel en Canadá por asesinar a su hija con parálisis cerebral, para evitarle sufrimientos. Algunas asociaciones de discapacitados manifestaron su alivio, porque una sentencia absolutoria habría supuesto “lanzarse por una pendiente resbaladiza”, al abrir las puertas a que cualquiera se crea con derecho a decidir quién debe vivir o morir.

El contraargumento de Rachels es significativo: si empezamos–sostiene–a utilizar este “argumento de la pendiente resbaladiza”, cada vez que alguien se oponga a algo “podrá inventar una predicción acerca de aquello a lo que podría conducir y, por muy inverosímiles que sean sus predicciones, nadie podrá probar que esté equivocado. Este método se puede emplear para oponerse casi a cualquier cosa.” Es decir, Rachels critica el argumento de la pendiente resbaladiza utilizando el argumento de la pendiente resbaladiza. ¡Se empieza hablando de deslizarse por planos inclinados, y a saber adónde puede uno acabar deslizándose!

Los filósofos progresistas pretenden demostrar que nuestras reglas morales tradicionales están equivocadas porque no nos sirven para resolver ciertos dilemas desconcertantes, sean reales o imaginarios. De ello infieren que el hombre no depende de ninguna instancia superior para conocer el bien y el mal, ni para decidir sobre la vida y la muerte, sino que debe hacerlo exclusivamente con el instrumento de su razón. Se trata de una idea en la que resuena aquel “seréis como dioses” que la serpiente susurró a Eva en el jardín del Edén, a fin de convencerla de que probara el fruto del árbol del bien y del mal. No cabe duda de que la metáfora de la pendiente resbaladiza procede de lo más profundo de nuestra cultura judeocristiana: del concepto de la Caída.

En rigor, las predicciones de las que recela Rachels no pretenden tanto alertarnos acerca de unas hipotéticas consecuencias, como abrirnos los ojos respecto al carácter perverso de ciertas decisiones, situándolas en contextos imaginativos extremos. Cuando recurrimos, por ejemplo, a la célebre (aunque no sé si suficientemente comprendida) novela de Aldous Huxley, no lo hacemos tanto porque nos inquiete que pueda convertirse en realidad (aunque estamos lejos de descartarlo) como porque, quizás, la manera más didáctica de percibir el carácter radicalmente deshumanizador de ciertas biotecnologías consista en desarrollar hasta el delirio sus virtuales implicaciones.

Sin embargo, puede haber quien, enfrentado a esa anticipación distópica, no llegue a la conclusión que esperamos. Es decir, que descubra y hasta admita con franqueza que no tiene nada en contra de un “mundo feliz” que erradicara todo sufrimiento, aun a costa de imponer la eugenesia y el condicionamiento mental sistemáticos.

Por supuesto, los liberal-progresistas que aprueban los vientres de alquiler o la experimentación con embriones detestan la idea de un Estado huxleyano, aunque sólo sea porque no les gusta ningún Estado. Pero me pregunto si tendrían argumentos para rechazar la producción industrial de seres humanos por el sector privado. (Paso por alto lo poco probable que me parece que el gobierno quedara al margen, a largo plazo, de las posibilidades de control social que brindaría esa tecnología.)

O para ser más preciso, me pregunto qué hay en los razonamientos del liberal-progresismo que choque con la idea de externalizar masivamente la reproducción humana o, ya puestos, suministrar una droga de la felicidad perfecta, sin efectos secundarios, mientras todo ello se realice a través del mercado libre. Y me permito responder: nada. Apuesto que los bionarcisistas más lúcidos no tendrían ningún problema en reconocerlo.

La pendiente resbaladiza no debe entenderse necesariamente en un sentido trivialmente causal o anticipativo, sino más bien de carácter mítico-simbólico: expresaría la inestable elevación de la criatura que aspira a suplantar a Dios. Soy perfectamente consciente de que esto suena a medieval, la segunda peor cosa que se puede decir de un ser vivo (la primera es franquista, por supuesto). El bionarcisista ya no cree en mitos ni fábulas, sobre todo en la medida en que van unidos a preceptos enojosos o cuyo significado simplemente se le escapa. Más aún, está perfectamente maduro para despreciar aquel hermoso cuento de un país donde los niños crecían durante nueve meses dentro de los vientres maternos, y olvidar definitivamente el sentido maravilloso de la existencia. ¿Me creerán si les digo que no le envidio en absoluto?

¿Fue el nazismo peor que el comunismo?

El fenómeno más característico de la cultura política europea en los últimos setenta años ha sido, y sigue siendo en buena medida, la relativa indulgencia con la cual la opinión pública mayoritaria ha percibido el comunismo, especialmente en comparación con la repulsa casi unánime que –con todo merecimiento– no ha dejado de suscitar el régimen de Hitler. Ello es tanto más notable cuanto que el nazismo dejó de ser una amenaza en 1945, mientras que la Unión Soviética impuso hasta finales del siglo pasado su férreo dominio sobre la Europa del Este, y situó a las principales capitales de Occidente en el punto de mira de sus ojivas nucleares.

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Aún hoy, la izquierda sigue gozando en general de una hiperlegitimación moral, que en parte deriva del relato de la lucha contra el fascismo, un saco dentro del cual caben tanto el nazismo como los autoritarismos de derechas. Cualquier figura pública se puede permitir alabar la dictadura cubana, o el régimen de Venezuela, sin apenas escándalo. Pero quien se pronuncie en términos equiparables, o incluso más matizados, sobre Franco o Pinochet, se arriesga a ser condenado de facto al ostracismo, cuando no a ser objeto de sanciones formales.

Nadie puede dudar de la atroz singularidad del nacionalsocialismo. Las cámaras de gas sobrecogieron a la humanidad no sólo por la dimensión genocida del crimen, sino porque nunca hasta entonces se había planteado la eliminación masiva de personas como un problema industrial. Es difícil exagerar la malignidad intrínseca de una ideología capaz de justificar semejante aberración. Pero ello no debería ser pretexto para relativizar, minusvalorar ni mucho menos justificar los crímenes del comunismo, que cuantitativamente fueron incluso superiores.

Según Stéphane Courtois, las víctimas mortales de los nazis (sin contar las estrictamente bélicas) se pueden estimar en unas 25 millones, incluyendo cinco millones de judíos. (Otros investigadores cifran el Holocausto en más de seis millones.) Por su parte, los regímenes marxistas de todo el mundo, a lo largo del siglo XX, habrían exterminado a más de 94 millones de seres humanos, mediante ejecuciones, campos de concentración y hambrunas planificadas. Sin embargo, este otro holocausto no ha merecido una condena ni mucho menos tan inequívoca, por diversas causas.

La causa más inmediata es obviamente histórica: los nazis fueron derrotados militarmente con participación de la Unión Soviética. Esto no sólo pareció borrar de la memoria colectiva que la Segunda Guerra Mundial se inició con el pacto germano-soviético; los comunistas de todo el mundo se beneficiaron de la solidaridad antifascista durante décadas. En España sabemos también de qué va esto, pese a que no entráramos en la guerra. Aquí, comunistas y terroristas se aprovecharon de la etiqueta antifranquista para obtener una falsa respetabilidad democrática, que aún hoy distorsiona el debate político.

El resultado de la guerra mundial tuvo otros dos efectos cruciales: uno, que los crímenes nazis fueron juzgados en Nüremberg, mientras que los comunistas nunca se han visto sometidos, globalmente, a un proceso judicial. El segundo efecto es acaso más decisivo. Hemos recibido una profusión de imágenes indescriptibles de prisioneros esqueléticos, de miles de cadáveres amontonados en Dachau o en Auschwitz. El cine y, pocos años después, la televisión permitieron una difusión del horror nacionalsocialista como nunca antes en la historia la ha tenido ninguna otra catástrofe. Tal cosa no ha sucedido, en medida lejanamente comparable, con el Gulag, la deskulakización ni el Gran Salto Adelante maoísta. Lo cual no significa en absoluto que estos crímenes de masas no fueran conocidos, al menos en parte. Pero, sin apenas imágenes, se trató, como denunció el gran Jean-François Revel, de un “conocimiento inútil”, que los tontos útiles (estos sí) del periodismo y la academia pudieron encubrir al gran público.

Lo cual nos lleva a las razones ideológicas que protegen al comunismo de que se perciban sus estrechos paralelismos con el totalitarismo nacionalsocialista. La asociación del marxismo con el movimiento obrero sigue siendo un enorme activo propagandístico, a pesar de que la principal causa de mejora de las condiciones de vida en Occidente y en todo el mundo ha sido el aumento de la productividad capitalista. El comunismo siempre ha tenido la habilidad de exagerar desorbitadamente las injusticias sociales, para luego maquillar sus violaciones de los derechos humanos como comprensibles “excesos” revolucionarios. No es difícil desmontar la estratagema. Por poner sólo un ejemplo, se ha calculado que el zarismo ejecutó unas 4.000 personas entre 1825 y 1910. Lenin, a los cuatro meses de su golpe de Estado, ya había superado esa cifra.

Probablemente, la clave del comunismo se halla en la fascinación que ha ejercido sobre tantos intelectuales, aquejados por esa enfermedad profesional que Hayek llamó “la fatal arrogancia”: la idea de que podemos reorganizar totalmente la sociedad sobre premisas racionalistas y “científicas”. No sorprende que semejante sueño utópico haya servido para justificar los mayores crímenes, pues nada parece un precio excesivo para alcanzar el paraíso en la tierra. Este delirio resulta además especialmente peligroso debido a su capacidad de mutación, de reaparecer camuflado como un inocente idealismo: “Sí se puede”. El mundo sería mucho mejor si existiera una vacuna contra el comunismo; tanto como si se desarrollara otra contra el nazismo.