Sigan mintiendo sobre Vox

Preguntado por un periodista en TVE si los miembros de Vox se sienten de ultraderecha o extrema derecha, uno de los ideólogos de este partido, el profesor Francisco J. Contreras, dio una respuesta magistral, que vale la pena transcribir casi entera:

“No, claro que no, estas etiquetas no tienen ningún sentido; y además ya no funcionan… Las etiquetas, estas descalificaciones de facha, ultraderecha, racista, etcétera… durante mucho tiempo le han funcionado a la izquierda, era su forma de cerrar los debates… Una palabra-mordaza de éstas significa ‘el debate está cerrado, yo no quiero que se hable sobre esto’, y el rival se dejaba intimidar, efectivamente se callaba… Con nosotros esto no funciona, no nos callamos porque nos llamen racistas o ultras. Por supuesto no lo somos. Es una señal de la impotencia de la izquierda que sabe que lleva las de perder en los debates de fondo, como la dictadura del feminismo radical o la inmigración…”

(Vídeo. A partir del minuto 45.)

No sólo esas descalificaciones ya no funcionan sino que incluso parecen estar teniendo un efecto contrario al deseado por quienes abusan de ellas. La hostilidad de los medios hacia determinados políticos, partidos o discursos cada vez redunda más no en descrédito de éstos, sino de los propios medios, que han reducido sus grandilocuentes códigos deontológicos a un empeño obsesivo por inculcarnos la unanimidad progresista.

Muchos ciudadanos cada vez estamos más asqueados de que, desde instituciones políticas, económicas y de todo tipo nos traten como menores de edad o como elementos sospechosos a los que hay que “formar”, “concienciar”, “sensibilizar” y en definitiva “reeducar”, al estilo de los regímenes totalitarios.

No deja de ser sumamente revelador que quienes acusan a Vox de ultraderechista utilicen, a fin de justificar su aislamiento político, una expresión tan impúdica como “cordón sanitario”, con su obvia connotación pestilente y deshumanizadora, más propia del lenguaje político de los nazis (plagado de indecentes metáforas clínicas y biológicas) que del debate civilizado.

Cuando tus propuestas se basan en la más elemental sensatez, en el puro sentido común, quien las califica con términos infamantes se retrata él mismo. Limitar la inmigración masiva, combatir a las mafias de la inmigración ilegal, perseguir el extremismo islámico, ¿qué tiene que ver con el odio a los extranjeros?

Restaurar la igualdad ante la ley de hombres y mujeres, oponerse a la imposición coactiva del feminismo neomarxista, pretender que las ayudas públicas lleguen a las personas verdaderamente maltratadas y no a asociaciones radicales, proteger a hombres, mujeres, niños y ancianos de la violencia doméstica, ¿qué tiene que ver con el machismo?

Entender que la institución óptima para la sociedad es la familia natural, es decir, la convivencia estable del padre y la madre biológicos con sus hijos, como prácticamente todo el mundo pensaba no hace muchos años, ¿qué tiene que ver con el odio a los homosexuales?

En fin, proponer como hace Vox, un sufragio universal más proporcional, defender una mayor libertad educativa, blindar la independencia judicial, ¿qué tiene que ver con las actitudes autoritarias y antidemocráticas que se asocian con la ultraderecha y el fascismo?

La respuesta a estas preguntas es obviamente nada. Tan obvia es, que quienes insisten en propalar tales mentiras e infundios acaban atrayendo hacia Vox más votantes de los que disuaden. Por mí pueden continuar así.

Anuncios

Cinco años después

Hoy hace cinco años que Vox se presentaba en una rueda de prensa. ABC relegó la noticia, al día siguiente, a la página 29. Bajo una foto en la que aparecían los fundadores Santiago Abascal, José Antonio Ortega Lara e Iván Espinosa de los Monteros, entre otros, la breve nota comenzaba:

“Vox, el nuevo partido de centro-derecha abanderado por el exfuncionario de prisiones José Antonio Ortega Lara y por el exdiputado del PP vasco Santiago Abascal, propone acabar con el actual Estado autonómico…”

El redactor añadía que Vox abogaba por “regenerar la democracia, mantener una política antiterrorista firme y fomentar una economía libre…” y que la nueva formación “se pronunció en contra del aborto”.

Hermann Tertsch le dedicaba en el mismo periódico una clarividente columna, titulada “Vox o la conciencia perdida”. Ya desde el primer momento denunció el ninguneo que sufriría el nuevo partido durante los años siguientes, y apuntó, profético, que el PP acabaría necesitándolo: “Vox podría movilizar votos en la derecha decididos a no volver jamás al PP de Rajoy.” Que es lo que ha acabado ocurriendo en Andalucía.

Cinco años es lo que Vox ha tardado en romper el muro del silencio. Pero sobre todo han sido cinco años en los que ha madurado su mensaje. La percepción, quizás incluso la autopercepción, de que Vox era algo así como un “PP auténtico” lo lastró un tanto en sus primeros pasos. Esta concepción llevaba en sí misma la idea implícita de que el nuevo partido nacía con vocación de inmolación, de acabar siendo reabsorbido por un Partido Popular reencontrado con sus supuestas esencias.

Sin embargo, la idea más característica de Vox, que es la supresión de las autonomías, nunca la defendieron Fraga, Aznar, Rajoy ni ahora Casado. Al contrario, desde que el primero llegó a la presidencia de la Xunta de Galicia, el Partido Popular ha contribuido a acentuar lo peor del sistema autonómico, que es la exacerbación de lo diferencial, cuando no su invención, en lugar de lo que nos une.

En cambio, las diferencias entre el PP y Ciudadanos son meramente de matiz. El partido de Albert Rivera surgió aprovechando el espacio que le dejó el PP en la resistencia contra el nacionalismo catalán. Pero ambos comparten esencialmente la misma concepción del Estado autonómico y de una Europa federal, en la que los Estados nacionales ceden cada vez más soberanía. También ambos están muy cercanos, en la mayoría de temas, al “consenso socialdemócrata”.

Vox por el contrario no considera que la soberanía nacional sea un concepto caduco. Conecta con una tendencia mundial, que Trump ha llevado a su expresión más reconocible, de oponerse a un cierto concepto de la globalización, no desde presupuestos neomarxistas, sino de defensa de las clases medias y bajas frente a los planes de las elites progresistas que tratan de imponerles el multiculturalismo y la ideología de género.

Las dificultades que ha experimentado Vox desde 2014 han sido providenciales. Probablemente, si ya en las elecciones europeas de aquel año hubiera obtenido representación, no habría llegado a encontrarse a sí mismo. Ni en ese caso hubiera sido decisivo para acabar con el régimen socialista de Andalucía.

Quién odia a quién

Entre las consecuencias de la irrupción de Vox en la escena política hay una de tipo literario: la aparición de un subgénero entre periodístico y fantástico que podríamos llamar algo así como “Se empieza votando a Vox y se acaba en los campos de concentración”. O para abreviar: “Vox = nazis”.

El artículo arquetípico de este subgénero ya se puede fijar en sus rasgos generales, porque desde el 3 de diciembre pasado (el día después de las elecciones andaluzas) han proliferado los ejemplos. Dicho artículo arranca con una reflexión de tono pontifical sobre las emociones que inspiran a los grupos humanos; algunas nobles, como la solidaridad y la fraternidad, pero otras más oscuras, como el miedo, el resentimiento y el odio. Luego nos ilustran tal reflexión con el caso paradigmático: el surgimiento del fascismo y del nazismo en los años treinta del siglo pasado.

Seguidamente, sin apenas solución de continuidad, pasan a hablarnos de Vox, al que tachan de xenófobo, racista, machista, anticatalán y retrógrado, sin el menor análisis del contenido real de sus propuestas; lo relacionan con Trump, Salvino y Bolsonaro (a los que previamente se ha aplicado con profusión un parecido tratamiento estigmatizador) para dar más empaque global al asunto y terminan con una llamada a defender la democracia, puesta en peligro por estas fuerzas ominosas surgidas de las profundidades más tenebrosas de la psique humana, e invitando a todas las formaciones políticas, de manera más o menos explícita, a establecer un “cordón sanitario” contra los apestados, es decir, contra Vox.

No es una caricatura. He leído varios artículos que se atienen exactamente a este esquema. Uno de los últimos, el de Josep Carles Rius titulado “Vox, la política de l’odi” y publicado ayer sábado en el Diari de Tarragona, periódico provincial que parece haber encontrado en la defensa de los cordones sanitarios contra un partido democrático una manera de sentirse importante, algo así como El País en los tiempos en que marcaba la política nacional desde sus editoriales, para desgracia de España.

Sostiene Rius, siguiendo estrictamente la plantilla descrita, que Vox “se alimenta del odio con sus mentiras. Como los fascismos de siempre. Odio al inmigrante; odio a las mujeres que defienden sus derechos, odio a los catalanes que reclaman la independencia, odio a todos aquellos que no encajan con la visión arcaica y retrógrada de su España”. Luego afirma que este odio procede del franquismo (¡no podía faltar Franco!), y que deberíamos haber intuido que “el monstruo estaba aquí. Escondido, y que, tarde o temprano, despertaría.” Pero aún estamos a tiempo de evitar el mayor peligro, que es su “capacidad de expansión”. Aquí es donde nos dice que “no hay neutralidad posible” y que debemos librar la batalla decisiva por la democracia. En fin, un artículo canónico, como les decía.

El mismo día que se publicaba este alegato, miembros de Vox eran salvajemente agredidos en Zaragoza y en Barcelona por grupos de “antifascistas” y separatistas. Cerca del local donde Vox debía celebrar un acto aparecía una pintada amenazando con un tiro en la nuca a su presidente, Santiago Abascal. (Un político, habrá que recordarlo de nuevo, que ha vivido su infancia y juventud bajo la amenaza de ETA, al igual que su padre.) En otro acto del partido en Murcia, hace unas semanas, los ultraizquierdistas le gritaban a José Antonio Ortega Lara, uno de los fundadores de Vox: “¡Vuelve al zulo!” También se oyeron ahí cariñosas consignas del tenor de “¡Os mataremos como en Paracuellos!”

Ante estos hechos (salvo que queramos negarlos o atribuirlos a infiltrados o descontrolados, táctica también clásica de la izquierda) la pregunta razonable es ¿quién odia a quién? La respuesta obvia es que odian los que agreden, coaccionan y jalean a los violentos, como hizo el líder de Podemos Pablo Iglesias tras las elecciones andaluzas o como hace ese auténtico maestro del odio que es Joaquim Torra. O como el ultrafeminismo que criminaliza a los hombres en general, profana espacios religiosos (siempre cristianos, claro) para ofender creencias que no comparte y escupe su rabia en las redes sociales contra cualquiera (sea hombre o mujer) que ose disentir de sus delirios ideológicos.

Pero quiero ir más lejos. No es sólo que la atribución de odio esté malignamente invertida, que quien acusa de odio a Vox sea el que, a todas luces, alienta auténtico odio: es que éste es precisamente el Método. Si quieres movilizar la ira contra alguien, di que es culpable de un delito de odio, di que es él quien odia. Te ahorrarás así cualquier amago de mala conciencia; al contrario, podrás creerte incluso movido por los más nobles ideales.

Hoy no existe apenas otro discurso de odio que el de quienes acusan a otros de discurso del odio. Paradójico pero efectivo. La intención es clara: cerrar el sistema a cualquier disidencia, a la menor crítica. ¿Defiendes la familia natural formada por la unión estable del padre y la madre biológicos como lo mejor para los niños y para la sociedad? Eres un homófobo que perseguiría a los homosexuales si pudiera. ¿Defiendes que hombres y mujeres deben ser iguales ante la ley y que la Ley de Violencia de Género vulnera esa igualdad? Eres un machista que pretende que la mujer se encierre “en casa y con la pata quebrada”.

Insisto en que no estoy caricaturizando lo más mínimo: cosas como ésta y peores se han escrito. Y podemos seguir. ¿Defiendes la natalidad y el freno a la inmigración ilegal como opciones mucho más deseables que un reemplazo demográfico capaz de convertir nuestra cultura occidental en minoritaria? Eres un retrógrado religioso y un xenófobo. ¿Defiendes que los dirigentes separatistas que han violado la Constitución y empujado a las muchedumbres a obstruir las acciones de jueces y policías, con la complicidad de la policía autonómica, sean juzgados? Pues eres un catalanófobo.

Hasta ahora, no ha habido en España más odio y violencia relevantes que los ejercidos contra Vox y antes contra quienes han defendido la unidad de España y la libertad, muchos de ellos pagándolo con su vida a manos del terrorismo. Esta es la pura realidad.

Los juicios de intenciones infamantes sobre el partido de Abascal y Ortega Lara se revelan como meras injurias, a menudo aderezadas con burdas mentiras, con un fin bien concreto: intimidar a los miembros de Vox, a los políticos de otros partidos que puedan estar abiertos a pactar con ellos y a sus potenciales votantes. Todo ello no mediante argumentos y debate racional, sino recurriendo a la coacción y el escrache, siempre precedidos por el insulto, la sobreactuación político-mediática y la manipulación de los sentimientos de lectores y espectadores.

Hay que reconocer que el establishment progresista lo borda. Atribuye el odio a quienes desea que odiemos, del mismo modo que se cierra a toda crítica detentando el monopolio del pensamiento crítico. Como ha sentenciado Carlos Marín-Blázquez en su pequeña joya recién publicada, titulada Fragmentos: “A modelar unanimidades el sistema lo llama formar ciudadanos críticos.” Y a odiar con buena conciencia lo llama combatir el discurso del odio.

La familia en el acuerdo entre el PP y Vox

El acuerdo entre el PP y Vox para la investidura del presidente de la Junta de Andalucía contiene bastantes puntos muy genéricos que pueden acabar traducidos en nada o en muy poca cosa. Llaman también la atención sus omisiones, en especial la sustitución de la ley andaluza de violencia de género por otra que abarque la violencia intrafamiliar, como proponía Vox.

Pese a ello, no es un mal acuerdo para el partido presidido por Santiago Abascal, si tenemos en cuenta la correlación de fuerzas y el riesgo que suponía una repetición de las elecciones. Y sobre todo no está mal porque Vox, sin renunciar a ninguna de sus propuestas excluidas del texto pactado, ha conseguido incluir en él varios temas que hasta ahora eran prácticamente tabúes. Estos son la eliminación de chiringuitos administrativos y subvenciones arbitrarias, la defensa de la libertad educativa contra las imposiciones ideológicas, la protección de la familia y el fomento de la natalidad, la lucha contra la inmigración ilegal y la sustitución de la totalitaria ley de memoria histórica por otra de “concordia”.

De entre todos estos temas, el más importante sin duda es la protección de la familia y la natalidad, el principal frente donde hoy se libra la batalla cultural, directamente relacionado con la ideología de género, del cual la ley de violencia de género no es más que uno de sus frutos podridos. También está conectada esa cuestión con el multiculturalismo institucional que nos vende la inmigración de reemplazo como la “solución” al envejecimiento dempográfico, cuando no es más que una de sus consecuencias, preñada de incertidumbres y amenazas. Se trata de los puntos 17 al 20, que para comodidad del lector copio aquí:

17. Implementar un Plan Integral de Apoyo a las Familias que tenga entre sus ejes fundamentales el fomento de la natalidad y que incluya medidas como la ampliación de la gratuidad educativa de los 0 a 3 años, la ampliación de red de guarderías y beneficios fiscales a las familias, en especial a las numerosas.

18. Crear una Consejería de Familia.

19. Desarrollar un Plan Andaluz de Adopción.

20. Poner en marcha un sistema de atención a mujeres con embarazos no deseados que les proporcione información, asistencia y alternativas socioeconómicas.

No me cabe ninguna duda de que el gobierno del Partido Popular y Ciudadanos intentará aguar, cuando no desnaturalizar, el carácter de estas propuestas, y aquí es donde Vox deberá emplearse a fondo, poniendo en evidencia a ambas formaciones cuando sea necesario y manteniendo vivo un debate que sacuda a una sociedad adormecida por el martilleo ideológico incesante y el entretenimiento embrutecedor.

Javier Maroto, en intervenciones en medios y en las redes sociales, ya ha prefigurado la estrategia que seguirá el PP, de la mano con C’s. Respecto a los puntos 17 y 18, ha afirmado que se refiere a “todas las familias”, tanto la “tradicional” como las monoparentales, homoparentales y reconstituidas.

Por su parte, Javier Ortega Smith, preguntado al día siguiente en RNE por esas declaraciones, también ha dado una pista significativa de cuál será la respuesta de Vox: sin entrar en polémicas con la concepción de familia del señor Maroto (cosa natural, a pocas horas de pactar con su partido), ha señalado, en pocas palabras, la importancia crucial del fomento de la natalidad.

En efecto, cuando hablamos de familia, o bien hablamos de niños o bien no tiene sentido crear ninguna Consejería, ni multiplicar leyes, ni gastar dinero público en ayudas. Ahora bien, las familias que más hijos tienen, por lo general, son las formadas por parejas heterosexuales estables, en especial las casadas. Y no sólo son más fecundas, sino que, también por lo general, son las más adecuadas para la felicidad y el desarrollo de los niños, digan lo que digan Maroto y el de la moto.

No se trata de excluir a nadie, sino de favorecer lo que es mejor para los menores y para el futuro de la sociedad. Los adultos que, por la razón que sea, asumen en solitario la crianza de un hijo, merecen ser apoyados, al igual que los que han formado una nueva familia, tras la ruptura de una anterior. Pero es absurdo pretender que para un niño resulta indiferente carecer de su padre o de su madre biológicos, por la causa que sea. No digamos ya fomentar experimentos deshumanizadores como los vientres de alquiler.

Si ha de existir una Consejería de Familia, que sea para contribuir a que nazcan más niños y para que se críen a ser posible en el mejor entorno para ellos, el cual no es otro que la familia natural o “ecológica”, como la llama Alicia Rubio. Es decir, la formada preferiblemente por la unión estable del padre y la madre biológicos. Si no es para esto, mejor que no exista: nos ahorraremos otro organismo superfluo.

Desde luego, sería un error pensar que el gravísimo problema de la baja natalidad se resuelve exclusivamente con ayudas económicas. Pero por ahí también se empieza: es vital favorecer una mentalidad profamilia y natalista. Y las medidas socioeconómicas, aparte de su mayor o menor eficacia directa, transmiten implícitamente un mensaje fundamental, aunque incomprensiblemente olvidado por una sociedad abonada a un carpe diem de tono cada vez más nihilista: el mensaje de que, a pesar de todas las dificultades y sacrificios que suponga, no hay nada más importante ni maravilloso que traer niños al mundo, pues obviamente no existe ningún futuro sin ellos.

Análogas consideraciones valen para los puntos 18 y 20. Asesorar a las mujeres con embarazos no deseados tiene que estar orientado sin tapujos a reducir el número de abortos, mientras el aborto sea legal, informándoles objetivamente de las implicaciones de sus decisiones y ofreciéndoles todas las alternativas imaginables, incluida la cesión del bebé en adopción.

Si el PP y C’s tratan de crear otro organismo más, copado por ideólogos abortistas, para engañar miserablemente a las madres diciéndoles que el aborto es algo bueno, seguro e indoloro, mejor que no. Ya tenemos bastante de esta clase de burocracia siniestra al servicio de la industria de la muerte. Vox no toleraría, estoy convencido de ello, que su acuerdo de investidura terminara en semejante fraude.

Lo que separa a Vox de Ciudadanos

Desde que Vox ha dejado de ser un partido extraparlamentario en Andalucía, están proliferando, entre quienes contemplan con escasa o nula simpatía su irrupción, gruesas comparaciones con Podemos, e incluso con los separatistas catalanes.

La comparación con Podemos se basa, aparte de en el calificativo de extremistas (que curiosamente se aplica raramente a la formación neocomunista) en que, de algún modo, ambas formaciones cuestionan la Constitución del 78. Sin embargo, esta superficial semejanza oculta dos diferencias radicales. La primera y más obvia es que Vox pretende eliminar el Estado de las Autonomías, mientras que Podemos defiende la redefinición de España como “estado plurinacional”.

La segunda diferencia, no menos importante, es que Podemos habla de “proceso constituyente” y de romper los “candados constitucionales”, con un lenguaje que calca de manera inquietante, aunque nada sorprendente, al del chavismo. En cambio, Vox defiende escrupulosamente el Estado de Derecho, y su compromiso con las vías constitucionales de reforma de la carta magna es por tanto inequívoco.

Algo análogo ocurre con la insidiosa e inverosímil comparación entre Vox y los separatistas catalanes. Ambos son acusados también de cuestionar la Constitución, aunque aquí la diferencia es aún más estridente, si cabe, que con el partido morado. Pues mientras éste no ha dado, por el momento, ningún golpe contra la carta magna, los Puigdemont, Junqueras y compañía sí lo han hecho. Y da la casualidad de que es Vox el único partido que se ha presentado como acusación popular contra los separatistas.

Pero la pretendida semejanza entre Vox y los separatistas tendría una argumentación algo más elaborada, aunque tampoco crean que mucho. Fue apuntada, a los pocos días de las elecciones andaluzas, por Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional y uno de los fundadores de Ciudadanos, en un artículo publicado en El País, titulado “Hipótesis sobre Vox”. Vale la pena extraer de ahí una cita algo larga:

“El primer rasgo [de Vox] es un nacionalismo español a la antigua, el propio de la derecha clásica, a la misma altura del nacionalismo catalán aunque de signo opuesto. Un nacionalismo identitario duro, basado en los mitos históricos, los símbolos, la lengua castellana, y los valores tradicionales de raíz católica. España es un término sagrado por el cual, si es preciso, se debe luchar y morir. Este punto de partida le lleva a considerar que el Estado de las autonomías tiene la culpa de los separatismos y propone suprimirlo, reemplazarlo por un Estado centralista.”

Que el Estado de las Autonomías, además de ser una onerosa carga para los contribuyentes, tiene la culpa de los separatismos, me parece algo tan evidente que no sé muy bien qué más pruebas se pueden pedir. Sin la existencia de parlamentos y gobiernos autonómicos, pertrechados con el control de la enseñanza, medios de comunicación y fuerzas de seguridad, el golpe separatista (frustrado, por ahora) jamás se habría producido. El nacionalismo como ideología seguramente existiría, pero circunscrito a ambientes intelectuales y asociativos minoritarios.

Ahora bien, lo que es cuestionable es la premisa de que el supuesto nacionalismo de Vox y el de los separatistas se distinguen sólo por el sujeto nacional que defienden. O mejor dicho, es dudoso que esa diferencia sea una mera cuestión de “signo”, como si bastara intercambiar los nombres de Cataluña y España para describir una misma ideología.

Personalmente, soy más partidario de asociar a Vox con el término patriotismo que con el de nacionalismo. Lo que llamamos nación es un hecho cultural e histórico que seguirá ahí por mucho que lo neguemos, y que tampoco existe meramente porque así lo decida la mitad más uno del censo electoral. Y esto es así porque los muertos también forman parte de la nación: por ello la palabra patria se revela más adecuada, porque alude a los padres o antepasados.

Si olvidamos esta continuidad en el tiempo, a través de las generaciones, somos incapaces de entender nada. Por eso proliferan hoy quienes rechazan la Constitución del 78 con el peregrino argumento (que llevaría a derogar prácticamente todas las constituciones del mundo) de que ellos no la votaron, porque no habían nacido o eran todavía menores de edad.

En esto se funda la antítesis entre el nacionalismo catalán y el patriotismo español de Vox. El primero pretende crear una nación manipulando la historia; inventándola en parte y omitiendo todo lo que no le conviene; el segundo, por el contrario, se opone a toda manipulación, tanto las de los nacionalismos periféricos, como la Leyenda Negra y la ley de Memoria Histórica, que de hecho se retroalimentan entre sí.

Pero la concepción de la nación o patria nos pone sobre la pista de una diferencia de carácter más amplio entre Ciudadanos y Vox. Los primeros defienden un liberalismo progresista, que de algún modo es ciego para cualquier otra realidad que no sea la constituida por el binomio individuo /estado. En cambio, Vox es liberal-conservador: defiende la libertad del individuo sin perder de vista que esa libertad queda a la intemperie cuando olvidamos que las personas nacen y crecen en una familia, tienen un sexo biológico con igualdad de derechos pero no intercambiable, y se reconocen en una identidad nacional.

No elegimos nuestra familia, ni nuestro sexo ni nuestra patria. Pero por una de esas paradojas que escapan a los toscos esquemas seudorracionalistas del progresismo, sin todo ello careceríamos de defensa moral e institucional frente al Estado, las burocracias supranacionales y las grandes corporaciones.

De ahí se sigue la reivindicación de la soberanía nacional frente a Bruselas, sin que Vox pueda considerarse un partido propiamente euroescéptico, pues no propone la salida de la UE ni del euro. También es ello congruente con su posición en inmigración, señalada como xenófoba e incluso racista por F. de Carreras, quien acusa al partido presidido por Santiago Abascal de no “apreciar los beneficios que [la inmigración] ofrece ante el descenso de la tasa de crecimiento demográfico y la necesidad de mano de obra”. Impagable ejemplo de cómo el progresismo embarulla los problemas con las soluciones, y encima no ve más que motivos siniestros en quien evita ese error.

Evidentemente, si tuviéramos una natalidad suficiente, la inmigración, caso de existir, no sería un problema, o sería uno menor, porque se absorbería más fácilmente. Cierto es que en Ciudadanos niegan que haya que “absorber” a nadie. Como recoge Cristian Campos en un reciente artículo, miembros de la dirección del partido naranja se preguntan “¿a qué se refiere Vox cuando dice que los inmigrantes se deben integrar en nuestros valores? Perdona, tú le puedes exigir a la gente que cumpla la ley. Pero… ¿qué es eso de ‘nuestros valores’? ¿Se han de convertir al catolicismo?”

Excuso decir que no se trata de convertir coactivamente a nadie. Pero precisamente porque descartamos esta opción, la inmigración de reemplazo que algunos propugnan alegremente (y otros al dictado de intereses muy determinados) es una locura. En Ciudadanos creen que nuestros valores se reducen a la Constitución, sin que importe lo más mínimo la identidad cultural. Pero ¿en qué se fundamentan los valores constitucionales, si no en nuestra cultura clásica y cristiana? ¿Cuántos musulmanes pueden residir en España antes de que la propia Constitución acabe siendo un papel mojado, como ya ocurre en muchas zonas de Europa?

Esta congénita carencia de realismo que aqueja al progresismo, y que se manifiesta en la cuestión nacional y más aún en la delirante ideología de género, es lo que explica el éxito de Vox, un partido que ha hecho bandera de la reacción contra las imposiciones no sólo del separatismo y el multiculturalismo, sino también del ultrafeminismo, el lobby LGTB y el animalismo. Naturalmente, Ciudadanos tiene todo el derecho del mundo de no seguir a Vox por este camino. Y Vox tendrá perfecto derecho de actuar en consecuencia.

Los fachas no leemos

Se trata de algo consustancial al progresista: cree tener el monopolio del bien y la “cultura”, por no decir de la higiene, así que por definición, los no progres, más comúnmente conocidos como fachas, somos malos o iletrados, pobres víctimas crédulas de las fake news.

Al poco de conocerse la irrupción de Vox en el parlamento de Andalucía, alguien puso por escrito la patraña de que en Almería, donde el partido de Santiago Abascal y Ortega Lara tuvo especial éxito, no había librerías. El desmentido tardó minutos en llegar, merced a una rápida consulta en Google Maps que cualquiera puede hacer con su móvil. Pero aquí lo significativo es el acto reflejo progresista: cuatrocientos mil andaluces votan a Vox, ergo tienen que ser unos analfabetos funcionales.

La misma plantilla sirve para explicar el voto a Trump, el Brexit y cualquier resultado democrático que no cuadre con los planteamientos progresistas. Frecuentemente se adorna con análisis seudosociológicos que tratan de explicar por qué la gente comete el estúpido error de votar a la “ultraderecha” o al “populismo”, y no a partidos socialdemócratas. En su modalidad más paternalista, tales análisis eluden insultar directamente al votante díscolo, pero básicamente lo consideran como a un menor de edad que se deja llevar por miedos o prejuicios irracionales.

Sin embargo, hay síntomas de que esta estrategia está dejando de intimidar o impresionar a muchos. La distancia entre la ideología progresista y la realidad es ya tan escandalosa que cada vez engaña a menos gente. E internet ha acabado con la relación unidireccional entre las elites culturales y las masas, no siempre para mal. Cuando el pedante te dice que en Almería no hay librerías, basta hacer un par de clics para descubrir que es mentira. Y encima se lo puedes decir directamente por Twitter.

Cuando te cuentan que sólo hay un 0,0075 % de denuncias falsas por violencia de género, no hace falta ningún título de posgrado para enterarse de que la gran mayoría de denuncias “verdaderas” terminan siendo sobreseídas o en absolución, por lo que es razonable sospechar que se interponen para obtener beneficios sociales o la custodia de los hijos.

Cuando te explican que la inmigración masiva es necesaria para sostener las pensiones futuras, basta darse un paseo por cualquier barrio o pueblo con alta densidad de inmigrantes africanos, viendo cómo matan el tiempo en los bares o trabajan en la economía sumergida, para no dejarse tomar el pelo de manera tan burda.

Cuando pretenden hacerte creer que el Estado de las Autonomías (instaurado para que los nacionalistas catalanes y vascos se sintieran “cómodos”) ha sido un éxito, sencillamente te tienes que reír. Y así podríamos seguir.

A medida que el progresismo se ve más desacreditado, aumenta su tono faltón. El escritor Antonio Muñoz Molina, un progresista “moderado”, firmaba hace pocos días una tribuna en El País titulada “La edad de la revancha”, en la que se dedica a arrojar expresiones infamantes contra las opiniones de millones de personas que han votado a Bolsonaro en Brasil, a Trump en Estados Unidos, a Salvini en Italia o a Vox en Andalucía: “toxicidad”, “virulenta”, “impúdica”, “sórdido”, “absceso repulsivo de racismo”, “fealdad”, “mueca crispada”, “pozo de negrura”, etc.

No crean que Muñoz Molina se limita a vomitar exabruptos. También nos explica por qué es tan malo Trump para los trabajadores, incluyendo los palurdos que lo votan: porque “beben un agua y respiran un aire más envenenados todavía gracias a las políticas de desguace de los controles medioambientales puestas en marcha desde que tomó el poder”. Pruebas empíricas de ese envenenamiento de la clase obrera, un progre no las necesita: sabe que cualquier recorte de burocracia tiene que ser nefasto a priori.

Por supuesto, Trump también perjudica a las mujeres pobres, debido a “la reducción cada vez mayor de asistencia pública para el control de la natalidad y los obstáculos al derecho al aborto”. Algunos abrigamos la loca idea de que a las mujeres pobres las ayudaría mucho más poder tener sus hijos, a ser posible en una relación estable con el padre; no tenerlos solas ni mucho menos matarlos antes de que nazcan. Pero cualquiera le dice a un progre que la familia tradicional es mejor para los niños, o en cualquier caso que vivir es mejor que morir. Te llamará machista, homófobo, fanático religioso y hasta “pozo de negrura”. Últimamente están muy nerviosos.

Progresistas, reaccionarios y liberales

El progresismo utiliza el lenguaje liberal como un instrumento para introducir ideas que no tienen nada que ver con la libertad. Una vez aceptadas por la mayor parte de la sociedad, acaban sirviendo para recortar las libertades, so capa de luchar contra la xenofobia, el racismo, el machismo, la homofobia y toda la lista de “crímenes mentales”. Se trata, en efecto, de vocablos que por su definición borrosa permiten criminalizar cualquier conato de disidencia del discurso progresista dominante.

Recuerden esto cuando oigan hablar de “cordones sanitarios” para aislar a un partido democrático como Vox. Les dirán que es para proteger la democracia y las libertades, pero es falso. De lo que se trata es de continuar el proceso secular de implantación de una antropología poscristiana, que desnaturaliza todos los valores en los que se basan nuestras nociones más básicas sobre el carácter sagrado de la persona.

El objetivo no es otro que el poder absoluto, servido por una ideología llamada progresista que, en esencia, convierte la voluntad humana (aunque la llaman de diferentes formas) en el único absoluto. Reside aquí una contradicción fundamental: pretendiendo llevar hasta sus últimas consecuencias el humanismo, por la vía diabólica de emancipar al hombre de Dios, lo único que logramos es serrar la rama de la filiación divina, en la que se asienta toda nuestra dignidad.

Para conseguir esto, la estrategia fundamental del progresismo consiste, como decimos, en adoptar, cuando le conviene, la apariencia del liberalismo, a fin de cuentas un corolario del humanismo cristiano. Esto lleva a algunos autores a confundirse de enemigo, a renegar de principios liberales como la libertad de expresión, el mercado libre o el parlamentarismo, creyendo que en ellos se encuentra el huevo de la serpiente de las ideas progresistas disolventes.

A su vez, esta confusión engendra otra no menos lamentable, en aquellos adversarios del progresismo que, reconociendo su auténtico carácter antiliberal, rechazan a aquellos autores comúnmente llamados reaccionarios, a los que ven sólo como otra especie de antiliberales, o incluso como el antiliberalismo por antonomasia. Así, es corriente un análisis que convierte al progresismo en un reaccionarismo (de alguna manera, matando dos pájaros de un tiro), lo que parece confirmarse por sus complicidades con el islamismo (pensemos en la vil euforia de muchos izquierdistas tras el 11-S), el aparente neopuritanismo del feminismo extremista o las similitudes entre el anticapitalismo izquierdista y la mentalidad precapitalista tradicional.

IMG_20190101_172717 (1)

El error se convierte en padre de errores que luchan entre sí, multiplicando la confusión. Es fácil perder de vista quién es el auténtico enemigo. Si entendemos por reaccionarios a autores como Juan Donoso Cortés, Richard M. Weaver o Nicolás Gómez Dávila, que han identificado la esencia del progresismo o de la modernidad con la pretensión anticristiana de divinizar al hombre, debe admitirse que su análisis es radicalmente certero, aunque a veces puedan desafinar en algunas de sus conclusiones subalternas.

Digámoslo claramente: el progresismo no es “reaccionario” cuando conduce a resultados contrarios a los derechos individuales, sino perfectamente consecuente con su socavamiento de la antropología cristiana. Su retórica en ocasiones liberal no debe engañarnos, porque una libertad sin base en lo trascendente acaba negándose a sí misma. Si todo es materia, la libertad es una palabra vacía, un embeleco apto para uso de la última tiranía “democrática”. Un reaccionario, por el contrario y ante todo, es quien sabe reconocer la auténtica esencia del progresismo, detrás de su envoltorio liberal. Llamar reaccionarios a los progresistas sólo sirve para acabar de enredarlo todo.

Por supuesto, tampoco son el enemigo aquellos liberales, también conocidos como liberal-conservadores, que no convierten la libertad en un fin supremo, ni por tanto ven en la “cultura del deseo” su máxima expresión, sino todo lo contrario: aquellos que son perfectamente conscientes del origen cristiano de la concepción occidental de la libertad individual, basada en el imperio de la razón sobre las pasiones, y no al revés.

Los reaccionarios y los liberales, en sus momentos más lúcidos, se saben hermanos. Saben que el progresismo no es reaccionario ni tampoco liberal, aunque a veces parezca, superficialmente, una cosa o la otra. Las diferencias entre los reaccionarios y los liberales no progresistas se basan en malentendidos semánticos (y acaso en predilecciones de orden estético) que sólo benefician a su enemigo común, el progresismo ateo y seudoliberal que es hoy la ortodoxia del establishment