A la república catalana sempre farà bon dia

En los últimos días de la campaña electoral catalana, los mensajes de las candidaturas separatistas han adquirido unos niveles de delirio difícilmente superables. Esta misma mañana de sábado me he encontrado en el parabrisas de mi coche una cuartilla de assemblea.cat (calidad de impresión extra: el contribuyente paga) donde, entre las sandeces acostumbradas, se compara a Cataluña con Estados Unidos cuando se independizó de Inglaterra. (Omiten pequeños detalles como que hubo una guerra por medio, que se trataba de colonias, que estaban separadas de la metrópoli por un oceáno, que su superficie era cuatro veces mayor que la de Gran Bretaña y que se hallaban en plena expansión territorial y demográfica.)

Sería arduo tratar de elaborar una antología del disparate secesionista limitada sólo a las últimas 48 o 72 horas. Pienso en el cantante Lluís Llach, cabeza de lista por Gerona, gritando “¡nunca más súbditos!” (mai més súbdits!) y me pregunto de qué libertades básicas carecemos los catalanes que sí disfrutan el resto de españoles y de ciudadanos europeos. Pienso en Artur Mas asegurando desvergonzadamente que, en una Cataluña independiente, no sólo no peligrarán las pensiones, sino que aumentarán en un diez por ciento; y me pregunto si no se ruborizarán hasta sus más fieles segudidores, al escuchar tan burdas patrañas.

El pasado jueves, el Diari de Tarragona titulaba en primera página, refiriéndose al que fuera alcalde convergente de Tarragona durante dieciocho años, Joan Miquel Nadal:


Nadal rompe su silencio: ‘Me han hecho independentista’


Y al pie del titular añaden más palabras entrecomilladas: “Hay un maltrato permanente y constante hacia Catalunya”. Reconozco que tuve curiosidad por el contenido de la entrevista, por saber qué graves razones podían haber convertido en independentista a un político que no se destacó precisamente por su perfil nacionalista mientras gobernó la capital tarraconense, entre 1989 y 2007, con el apoyo del PP en su último mandato.

En el cuerpo de la entrevista (página 9), Nadal acentúa aún más el dramatismo de su conversión al independentismo, comparándose sin recato con San Pablo al caer del caballo. (El artículo, escrito en castellano, dice Sant Pau: desconozco si es que el apóstol ha venido a engrosar la nómina de criptocatalanes ilustres, junto a Colón, Leonardo da Vinci y Cervantes.) Según Nadal, todo se ha precipitado en los últimos cinco años: “A partir del Estatut se han sucedido un conjunto de desgracias y de desprecios hacia Catalunya.”

En este punto, el entrevistador tiene la osadía de pedirle ejemplos de tales desgracias y desprecios, y Nadal le da un par. Suponemos que podría aportar muchos más, pero que habrá elegido algunos  que considera especialmente representativos. ¿Y cuáles son? Pues agárrense los machos, que diría el castizo: “Que para arreglar la N-340 en El Perelló un conseller tenga que ir a Madrid.” Este es uno. Y el otro, que la financiación de los Juegos Mediterráneos del 2017 en Tarragona esté “en el alero” por la decisión de “un señor de Madrid” (se refiere a Montoro, supongo).

Vamos a ver si lo entiendo. A un independentista sobrevenido, que no es un cualquiera, sino alguien que tuvo las máximas responsabilidades municipales y fue también congresista y parlamentario autonómico, cuando le preguntan ejemplos del terrible maltrato que España inflige a Cataluña, lo primero que se le ocurre es que no se repara un tramo de carretera que pasa por una población de tres mil habitantes (he circulado muchas veces por ahí, y no recuerdo ningún problema de acceso al pueblo) y que todavía no está claro si habrá dinero para unos Juegos decididamente menores, celebrados por última vez el 2013 en Mersin (Turquía), después de que Grecia renunciara por sus problemas económicos, y después de que Barcelona fuera la sede de las primeras Olimpíadas celebradas en suelo español. ¿Y esto son razones para declarar unilateralmente la independencia de Cataluña? ¿Qué le pasa a esta gente? ¿De verdad se creen agraviados y humillados por semejantes chorradas o se trata de un virus que afecta al cerebro?

Por supuesto, podría decirse que quizás el exalcalde no estuvo especialmente inspirado, o que tiró sólo de ejemplos locales. Otros hubieran hablado de afrentas inadmisibles como la “Ley Wert” de Educación, o que el Tribunal Constitucional haya frenado la ley de pobreza energética catalana y la agencia tributaria de la Generalitat. La primera, pese a las palabras de su ministro impulsor sobre la “españolización” de los niños catalanes, es una tímida reforma educativa, no mal encaminada, pero totalmente insuficiente, que no toca nada esencial del modelo educativo catalán. Lo segundo, referente a la pobreza energética, pone de manifiesto, siquiera incidentalmente, las evidentes dificultades jurídicas de medidas populistas, de consabidos efectos perversos. Y lo tercero es sencillamente conmovedor. Cataluña estaría oprimida porque Madrid no le permite tener Hacienda propia. Esto tiene la misma lógica que si un marido le pide el divorcio a su mujer porque esta no le consiente irse de juerga cuando le dé la gana hasta altas horas de la madrugada. Nuestro playboy está en su derecho de preferir la soltería al matrimonio, pero sería una burla feroz afirmar que su esposa lo maltrata porque no le deja vivir como soltero mientras estén casados, y que ese maltrato es la razón por la que se vería “obligado” a pedirle el divorcio.

Las quejas y lamentos nacionalistas son análogas a las del populismo de extrema izquierda que pretende asaltar nuestro Estado de Derecho a finales de este año. En ambos casos se pintan con trazos tenebristas los supuestos agravios (recortes en Sanidad y desahucios que “matan”, jóvenes “exiliados”, etc.) con el fin de fomentar la ira y canalizarla contra el sistema constitucional. Tanto Podemos como los secesionistas de Junts pel Sí y la CUP practican la misma demagogia salvaje, carente de los menores escrúpulos; ambos prometen paraísos a la vuelta de la esquina sólo con votarles; y ambos, además, han sido alimentados durante décadas por el gobierno central, aunque especialmente a partir de las dos nefastas legislaturas de Zapatero, y su prolongación en la de Rajoy. Un Rajoy que en cuatro años de mayoría absoluta no ha revertido ninguna de las leyes ideológicas de su predecesor (ley de plazos del aborto, ley de Memoria Histórica, etc.) y que no ha frenado el gasto público ni el endeudamiento, limitándose a aplicar las mínimas reformas que el propio Zapatero seguramente se hubiera tragado, por dictado de Bruselas, como lo ha hecho Tsipras en Grecia.

Pararle los pies al nacionalismo, de una vez por todas, es algo que será posible no sólo en función de los resultados de las elecciones autonómicas de mañana, sino también de las generales de finales de año. Sólo un cambio en el gobierno de Madrid que no vaya en la dirección del populismo bolivariano, sino por el contrario, de la reforma del insostenible sistema socialdemócrata y del Estado de las Autonomías; una reforma que restaure en su plenitud el Estado de Derecho, recuperando la independencia del poder judicial, expulsando a los etarras de las instituciones y restableciendo el respeto a las leyes en Cataluña; sólo una reforma que por primera vez trate de ofrecer soluciones no condicionadas por las mentiras progresistas y nacionalistas podrá hacer de España una nación donde los extremistas y secesionistas dejen de cosechar los apoyos de que ahora disfrutan, y en consecuencia dejen de ser la mayor amenaza que se cierne sobre nuestra democracia liberal. Mañana es preciso votar contra los separatistas, para darles las menores facilidades posibles. Pero lo decisivo será en diciembre.

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El debate Margallo-Junqueras: comentario rápido

En todo debate con posiciones políticas enfrentadas, cada espectador tiende a reafirmarse en sus posiciones previas, incluso si los participantes con cuyas opiniones coinciden no han estado especialmente brillantes. El debate entre el miembro del gobierno español Margallo y el candidato separatista Junqueras, emitido por la cadena 8TV, no creo que sea una excepción. Y además ambos participantes se han desenvuelto con cierta competencia, en mi opinión. Sin embargo, las consideraciones expresadas por Margallo son tan lógicas y fundamentadas, que a excepción de los independentistas más fanáticos, necesariamente deberían sembrar dudas entre quienes abriguen la intención de votar a las candidaturas partidarias de una declaración unilateral de independencia. Podemos resumirlas en cinco puntos.

1) Si un territorio se separa de un Estado miembro de la Unión Europea, formando un nuevo Estado, automáticamente se excluye a sí mismo de la UE. Junqueras asegura que ningún texto jurídico prevé la expulsión de un Estado, pero nadie habla de expulsión, sino de autoexclusión.

2) Según la Constitución, ningún ciudadano español puede ser privado de su nacionalidad. Pero la independencia equivale precisamente a salirse de la Constitución. Ninguna declaración jurídica internacional, como pretende Junqueras, puede saltarse esta contradicción flagrante. Debe decirse que Margallo ha arrojado bastante claridad sobre esta cuestión, en marcado contraste con su jefe Rajoy, que en el fragmento de entrevista intercalado en el debate, ha demostrado que no se había preparado –por decirlo suavemente– un tema de importancia tan crucial como este.

3) Ningún miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU reconocerá a Cataluña como Estado. No Estados Unidos, aliado de España, y menos aún los demás (Rusia, Francia, China, Reino Unido), todos ellos con regiones en las que existen movimientos separatistas de mayor o menor importancia. Este es un punto impresionante, que por sí solo debería bastar para desanimar al más acérrimo separatista, por poca capacidad de juicio que conserve.

3) Como consecuencia de los puntos 1 y 3, una Cataluña fuera de la UE sufriría con todo su rigor el llamado “efecto frontera”: sus exportaciones a países miembros de la UE, y también a aquellos que tienen tratados comerciales con ella, se verían limitadas por aranceles; razón por la cual caerían brutalmente. Esto se traduciría en un aumento del paro (hasta el 37 %, el mayor del mundo, según Margallo) y una disminución de los ingresos por cotizaciones sociales e impuestos que afectaría dramáticamente a las pensiones (con una caída en torno al 40 %) y a los servicios sociales, en proporción similar. (Cataluña tampoco podría financiarse con créditos del exterior, al no ser un Estado reconocido.) La contraargumentación de Junqueras es ridiculamente jactanciosa. Según él, el consumidor internacional no dejaría de demandar los productos “buenos y baratos” de Cataluña, como si en esta economía globalizada no hubiera competidores en condiciones de aprovecharse de las ventajas que una Cataluña independiente les ofrecería estúpidamente. Junqueras le afea a Margallo que blanda amenazas y escenarios apocalípticos, pero el ministro le ha respondido con una metáfora muy gráfica: no está amenazando ni asustando quien sólo quiere evitar que un amigo suyo se tire desde un puente.

4) Al dejar de estar supervisados por el Banco Central, los bancos en Cataluña dejarían de disponer de liquidez, lo que conduciría a la fuga de depósitos y al corralito. La réplica de Junqueras se basa en esgrimir las declaraciones del gobernador del banco de España y banqueros privados, en el sentido de que esto no ocurrirá, omitiendo que se refieren a que no creen posible la independencia, no a sus efectos.

La conclusión que se desprende de la intervención de Margallo es que la independencia no es realmente posible (el reconocimiento de la ONU es decisivo, y no se producirá), pero que el intento de llevarla a cabo sólo puede generar graves dificultades para los catalanes de a pie. Quizá se podría haber expresado más claramente, pero veo difícil, para cualquier espectador que sinceramente desee acercarse a la verdad, sustraerse a dicha conclusión.

El progresismo es el problema

Las ideas no son un mero reflejo de las condiciones materiales, como pretende el marxismo, sino que tienen un poder causal inmenso. Y las ideas equivocadas, por ello mismo, albergan una capacidad de destrucción pavorosa. Más en concreto, los efectos nocivos del progresismo son resumibles en tres epígrafes.

1) El genocidio de la humanidad intrauterina. En 1973 el Tribunal Supremo de los Estados Unidos pronunció su célebre sentencia del caso Roe vs. Wade. En él, la demandante Roe, cuyo verdadero nombre es Norma McCorvey, había reclamado el derecho a abortar como consecuencia de una violación, aunque no terminó ejerciéndolo, y dio el bebé en adopción. (Años después, Norma confesó que no había existido tal violación, se convirtió al cristianismo y hoy es una importante activista provida católica.) La sentencia, favorable a Roe, fue un tremendo éxito del activismo judicial progresista, y marcó el inicio de un espantoso genocidio de millones de seres humanos en edad fetal y embrionaria, en numerosos países. Por supuesto, el aborto, al igual que el infanticidio, ha existido en todos los tiempos. Pero el hecho incuestionable es que, de no triunfar en el último tercio del siglo XX la posición progresista sobre el asunto, hubieran podido salvarse millones de vidas, como mínimo en el Occidente próspero y médicamente avanzado.


La idea de que los abortos se producirían de todos modos, de forma clandestina y con mayor peligro para la salud de la mujer, es un mendaz estribillo con el cual el progresismo trata de rehuir su responsabilidad,


y de paso asociar la cuestión con el resentimiento igualitarista (las mujeres ricas abortarían en caras clínicas privadas). Y es tan ridículo como lo sería defender la despenalización del asesinato o el robo, con el peregrino argumento de que, de todos modos, el número de delitos no aumentaría por saberse que iban a quedar impunes. (Para refutarlo, basta imaginar lo que sucedería si se suspendiera el código penal un solo día.)

2) El encallanamiento de millones de vidas en el hedonismo autodestructivo y la dependencia del Estado. El progresismo promueve alegremente el acceso “gratuito” (costeado por impuestos) a servicios sociales y a subsidios, así como la práctica sin “prejuicios” de la actividad sexual. Lo primero multiplica injustificadamente el número de personas que viven una existencia mediocre y degradante, adormecidas en la trampa de una pobreza soportable a cambio de no trabajar o trabajar menos. Aunque los individuos sean los primeros responsables de su situación, no cabe duda de que el progresismo socialdemócrata favorece la existencia masiva de semejante tipo humano. Por su parte, el hedonismo sexual, en el formato que promueven de manera sistemática inmundos programas de televisión de gran influencia, aparentemente apolíticos, contribuye al vapuleo de la familia clásica, ridiculizándola insistentemente, junto con los conceptos de pudor y decencia. El resultado es la debilitación de la clase media, cuya fuerza fundamental ha estribado tradicionalmente en la solidez familiar, para desplazarla por una mucho más manipulable masa amorfa, basada en el individuo-mónada, “libre de ataduras”, y por ello mismo aislado en


una egoísta búsqueda del placer, que a la larga genera sólo insatisfacción, frustración y soledad. A esto y no a otra cosa es a lo que el progresismo llama “liberación sexual”.


3) La amenaza contra la democracia liberal. El progresista se llena la boca con las palabras “libertad” e incluso “Estado de derecho”. Pero la esencia de su ideología cuestiona profundamente el último, sin el cual hablar de libertades es meramente una burla. Para el progresismo, cuya máxima elaboración teórica fue el marxismo, el derecho, las leyes, no son más que una superestructura encaminada a justificar la dominación de una clase sobre otra. Por tanto, las garantías formales que ofrecen las constituciones no son más que “candados” que impiden la subversión del orden establecido; o dicho con más franqueza, obstáculos para un ejercicio totalitario del poder político. La “dictadura del proletariado” no fue una ocurrencia de Marx, sino una consecuencia absolutamente lógica de la aceptación de sus premisas teóricas. No cambia la esencia de la idea que se la llame “poder popular” o con cualquier otro eufemismo embaucador.

Si las consideraciones expresadas en el tercer punto pudieran parecer exageradas o poco verosímiles, la reciente evolución política española nos ofrece su más dramática confirmación. El surgimiento de un partido político curtido en los métodos de la dictadura populista venezolana (de la que sus dirigentes han sido –y son– conspicuos colaboradores), con serias posibilidades de alcanzar el poder del Estado, tal vez sea la amenaza más grande que se cierne sobre un país democrático occidental desde la Segunda Guerra Mundial.

Aunque Pablo Iglesias y los suyos han acometido en los últimos meses una inteligente obra de maquillaje de su ideario leninista, disfrazándolo con expresiones evanescentes, basta con tener en cuenta sus trayectorias, y no ser un completo analfabeto político, para entender lo que se oculta en sus propuestas. Nacionalizaciones, intervencionismo salvaje, sometimiento de los medios privados de comunicación, son medidas que tampoco se molestan en enmascarar demasiado, y cuyos efectos devastadores para los derechos individuales básicos –la libertad de expresión, la propiedad privada, las garantías judiciales– resultan evidentes. Y un mantra que en su propaganda se cuidan siempre de no omitir, y que aún así pasa habitualmente desapercibido: “proceso constituyente popular”. Es decir, la abolición golpista de la Constitución de 1978 (sin seguir el procedimiento establecido por ella misma) para sustituirla, como hizo Hugo Chávez en Venezuela, por un texto a la medida de un régimen totalitario, en el que la oposición sea casi imposible y las cortapisas al poder [“popular”], inexistentes. Incluso antes de las elecciones generales, es altamente probable que, en cuestión de días, en el parlamento catalán obtenga mayoría absoluta la suma de los diputados de las tres listas de separatistas y neocomunistas (Junts pel sí, Catalunya sí que es pot y la CUP): las tres coincidentes en su odio a la vigente Constitución democrática.

Ahora bien,


el fenómeno del populismo de izquierdas surge en un clima de opinión trabajado por el progresismo durante décadas.


En su último y muy meritorio libro, Días de ira, Hermann Tertsch ha señalado la filiación existente entre Podemos y el zapaterismo, que pretendió una irresponsable ruptura con la transición democrática española, pactando con ETA y el separatismo catalán, a fin de excluir a la derecha del régimen político y refundar nuestra democracia no en la reconciliación, sino en la victoria de un bando de la guerra civil (el “rojo”, con el que explícitamente se identificó Zapatero) sobre el otro. Victoria también enmascarada con palabras hipócritas como democracia y paz, pero que aviesamente desentierra el resentimiento guerracivilista e institucionaliza el sometimiento de una parte de España a la otra.

Sin embargo, Zapatero no surgió de la nada. Tertsch señala certeramente el papel fundamental que ha desempeñado la mentira antifranquista en nuestra vida democrática, esa historieta de buenos y malos en la que sólo habría habido, desde 1931, demócratas de un lado y fascistas del otro. Pues bien, este embuste sectario, que debería ofender la inteligencia de cualquier persona no adoctrinada; que ha envenenado nuestra autoestima como sociedad, y ha minado nuestro más elemental instinto de conservación frente a los cantos de sirena del populismo, identificando valores como la familia, la propiedad privada, el respeto a la ley o el patriotismo con el franquismo; este embuste es indisociable del progresismo que infecta la cultura occidental desde hace décadas. En España simplemente tenemos nuestras defensas más bajas, por razones históricas y sociológicas, analizadas también por Tertsch en su libro.

Mientras escribo esto, me entero de que el cineasta Fernando Trueba, en la recepción del Premio Nacional (repito, Nacional) de Cinematografía, ha confesado no haberse sentido español en su vida. Que es algo tan congruente, dadas las circunstancias, como si hubiera dicho que nunca le ha importado el cine una mierda. No es el primero que lo afirma (lo de no sentirse español), ni me temo será el último. Podría pensarse que los sentimientos son libres, y que el oficio artístico conlleva siempre una cierta postura de enfant terrible. Pero con ello eludiríamos lo esencial, y es que las palabras de Trueba serán difundidas con respeto digno de mayor causa en horario de máxima audiencia, y hasta saludadas con alborozo indisimulado por muchos, que las verán como manifestación entrañable de uno de los suyos: un buen progresista, contrario al patriarcado, al capitalismo, a España y a la Iglesia. Pero lo más significativo es que sea un gobierno del PP quien premie a Trueba con el Premio Nacional del cine. Esta derecha cobarde, ignorante y corrupta, antes de desaparecer tragada por la vorágine del populismo que ella misma ha alimentado con su estulticia infinita, ya es indistinguible en medio del paisaje progresista.

Hermann Tertsch escribe el término “progresista” así, entrecomillado, como si aún hubiera posibilidades de rescatarlo, y asociarlo al respeto a la dignidad humana y la defensa de la sociedad abierta, en lugar de al abortismo, el clientelismo estatal, el desprecio a la nación española y las vejaciones contra los católicos. Modestamente, creo que llega un momento en que resulta una pérdida de tiempo luchar contra los usos del lenguaje, como lo sería pretender seguir escribiendo obscuro o pneumático, por muy justificado que esté en la etimología. Enunciémoslo alto y claro, sin precavidas comillas: el progresismo es el problema.

Una introducción crítica al progresismo

En una fecha tan relativamente temprana como 1947, Julián Marías sostenía que “el mundo en que vivimos no es cristiano” y que, por primera vez desde Carlomagno, los cristianos “se sienten en Europa como fracción.” Ahora bien, si Occidente (pues creo que podemos generalizar hasta tal punto) ya no es cristiano, cabe preguntarse legítimamente qué es; es decir, qué visión del mundo es la que ha venido a desplazar al cristianismo de su posición hegemónica durante siglos. La respuesta a esta cuestión constituye la primera tesis de este ensayito:


el hombre occidental ha dejado de ser ante todo cristiano para convertirse en aquello que usualmente llamamos progresista.


La primera objeción parecerá obvia. Se nos dirá que no existe ninguna incompatibilidad entre el cristianismo y el progresismo; más aún, para algunos, el progresismo sería incluso la única actitud verdaderamente coherente con el auténtico mensaje del evangelio. Pero cuando decimos que nuestro mundo ha dejado de ser cristiano, no pretendemos negar que existan cientos de millones de cristianos. Solamente afirmamos que en el espacio público, en las instituciones, en los medios de comunicación, en la cultura, el cristianismo no es una referencia, no es un marco de pensamiento implícito, ni siquiera en los detalles más nimios. ¿Se imaginan hoy a un locutor diciendo algo así como “no hubo que lamentar daños personales, gracias a Dios” o “nos veremos mañana a la misma hora, Dios mediante”? Probablemente, semejante audacia le valdría a nuestro héroe ser expedientado, o incluso despedido, por conculcar el libro de estilo del medio, en medio de una tormenta de protestas de indignados laicistas.

Evidentemente, estamos generalizando. Todavía hay médicos que se atreven a mantener un crucifijo en su consulta de la Seguridad Social… hasta que la dirección del centro de salud, advertido por algún usuario, le conmina a la retirada de esa intolerable simbología religiosa en un edificio público, según una reciente noticia.

La otra objeción a nuestra tesis inicial provendría del terreno de los críticos con el progresismo, y se referiría al propio término. Generalmente, desde esas posiciones se prefieren el entrecomillado irónico, junto a expresiones sinónimas, como la contracción peyorativa “progre”, “lo políticamente correcto”, “pensamiento único”, “nueva ética global”, “ingeniería social”, etc.; o bien los críticos apuntan a partes, temas o rasgos del pensamiento progresista, como el laicismo radical, la ideología de género, el ecologismo o el “buenismo”. Es decir, se evita sistemáticamente, casi siempre, criticar al progresismo llamándolo por su nombre. La razón de ello es obvia. El término goza de tal prestigio (superior incluso al de “izquierda”, que genera más división) que sencillamente son muy pocos quienes estarían dispuestos a ser tachados de antiprogresistas, o simplemente de no progresistas. El resultado de esta prudencia verbal me parece no menos evidente. Protegido de toda crítica incluso por sus propios adversarios, el término progresista se conserva impoluto, y constituye un capital nada desdeñable en manos de quienes componen con él sus lemas y consignas ideológicos.

Aquí llamaremos progresistas a los progresistas, tal como se llaman a sí mismos. Por deportividad, pero sobre todo por claridad, que es vital en esta cuestión. Aunque no debería hacer falta decirlo, no ser progresista no significa ser contrario al progreso, en el sentido más trivial de mejora, del mismo modo que no ser socialista no significa ser contrario a la sociedad ni a la gente.

Con lo dicho ya he anticipado cuál es mi posición frente al progresismo. Por expresarla de manera más formal, diré que mi segunda tesis es que


el progresismo, a pesar de su indudable éxito, es una cosmovisión errónea.


A fin de argumentar tal afirmación, primero voy a ofrecer una sumaria descripción del pensamiento progresista, en su modalidad mainstream o corriente principal, dividiéndola en seis temas: (1) economía; (2) ecología; (3) feminismo, sexualidad y bioética; (4) pacifismo y educación; (5) interpretación de la historia y (6) cristianismo. En segundo lugar, trataré de mostrar el denominador común, o principio esencial subyacente de las ideas progresistas en cuestiones tan variadas, lo cual me llevará a impugnar el progresismo en su conjunto.

I. Descripción del progresismo

1) Economía

Una de las ideas de más éxito del progresismo, admitida incluso por muchos que nadie consideraría progresistas, ni acaso ellos mismos, es que sólo el Estado puede garantizar el acceso universal a servicios públicos como la sanidad y la educación, entre otros. Una consecuencia prácticamente inmediata de esta afirmación es que deben existir unos impuestos elevados y progresivos para sostener el Estado del Bienestar, como se denomina al sistema de prestaciones y subsidios públicos. En esta cuestión, las diferencias entre derecha e izquierda tienden a ser de matiz, sobre todo en Europa. En Estados Unidos la primera todavía mantiene una defensa bastante firme de un presupuesto público reducido, como se ha podido comprobar en la oposición que ha encontrado Obama a su proyecto de sanidad pública. En el viejo continente, el consenso socialdemócrata es casi total, y por ello cada vez tiene menos sentido hablar de derecha e izquierda (y no sólo en cuestiones económicas, como veremos). Lo que tenemos en realidad es un régimen europrogresista cuestionado por minorías divididas, centradas unas en lo económico (liberales) y otras en cuestiones de bioética y defensa de la familia (movimiento provida, La Manif Pour Tous), con algunos puntos de encuentro como la defensa de la libertad educativa. Pero volvamos al tema económico.

Otro ingrediente clave es la necesidad de la masiva intervención del estado en la regulación del mercado. Esto incluye desde medidas de control de precios y salarios (salario mínimo, protección de ciertas industrias y de la agricultura mediante subsidios, aranceles y otras normativas), limitación del suelo urbanizable, promoción de vivienda pública para facilitar el acceso a la vivienda, limitación de horarios comerciales para proteger al pequeño comercio y un largo etcétera.

La idea del Estado del Bienestar se fundamenta en una concepción global denominada juego de suma cero. Es la idea según la cual existen pobres porque hay ricos. La desigualdad se percibe como el principal problema del mundo, que además no estaría sino agravándose. “Los pobres cada vez son más pobres, y los ricos, más ricos.” Para solucionar este problema, la única solución es la política, es decir, la intervención del Estado, la lucha contra el fraude fiscal, que los ricos financien unos extensos servicios sociales. O dicho de otra manera, contrapesar el poder económico (que es el verdadero poder) con el poder político, que emana de la voluntad popular. Conviene señalar que, en este marco ideológico, la caridad, tal como la ejercen la Iglesia y muchas asociaciones laicas, al mitigar los peores efectos de un sistema social injusto, sólo serviría para perpetuarlo. Lo que procede es repartir la riqueza mediante la coacción fiscal y la intervención del Estado en las relaciones entre empresarios y asalariados.

2) Ecología

Para los progresistas, la naturaleza no cesa de degradarse, por culpa de la economía de mercado, que antepone los criterios productivos y consumistas a cualquier consideración medioambiental. Especialmente grave resulta el cambio climático inducido por el hombre, que nos obliga a drásticas medidas de reducción de emisiones de gases industriales. Ello hace inevitable una decidida intervención del Estado, también en este ámbito, para obligar a las empresas a aplicar dichas medidas. Por otra parte, es preciso además que los gobiernos intervengan para promover fuentes de energía limpias y renovables, que no comprometan el futuro de las próximas generaciones. Esto implica, por ejemplo, prohibir la energía nuclear y también el fracking, la nueva técnica de extracción de petróleo cuyo desarrollo en Estados Unidos está revolucionando el mercado mundial del crudo.

También habría que prohibir o regular severamente la producción de cultivos y alimentos transgénicos, que sólo benefician a poderosas multinacionales y pueden ocasionar serios problemas de salud.

En términos genéricos, el actual sistema económico neoliberal es insostenible, y más pronto que tarde será imperativo reducir el crecimiento económico, si no queremos agotar las materias primas y dañar de manera irreversible los procesos biológicos. Esto incluye, por cierto, limitar también el crecimiento demográfico mediante el control de la natalidad, lo que implica difundir entre los países más pobres las técnicas anticonceptivas y la despenalización del aborto. Al mismo tiempo, es necesario proteger a las especies animales no humanas, reconociendo sus derechos en algunos casos, como los simios y otros mamíferos.

3) Feminismo, sexualidad y bioética

Reivindicación fundamental del progresismo es la despenalización total o parcial del aborto, considerado, de manera explícita o implícita, como un derecho de la mujer. El aborto obedece a dos concepciones fundamentales. La primera, que la igualdad entre los sexos obliga a intentar neutralizar o minimizar en lo posible todo aquello que por la biología los separa. Así, puesto que sólo las mujeres pueden parir, es preciso que dispongan de todos los medios para librarse de un embarazo no deseado, incluido el deshacerse libremente del bebé antes del nacimiento. La segunda idea, estrechamente relacionada con la anterior, parte de considerar el sexo consentido entre adultos como una práctica en la que no hay nada moralmente más relevante que “en la comida o en los paseos por el campo” (Savater, Ética para Amador). Está relacionada con lo anterior porque, entre otras cosas, esto implica que cualquier diferencia de comportamiento sexual entre hombres y mujeres no tiene ninguna justificación, y sólo puede explicarse por prejuicios culturales. Y esta idea conduce al aborto, porque si efectivamente queremos que el sexo sea una actividad banalmente divertida, sin drama, es preciso eliminar antiguallas como los celos o los bebés no deseados.

Consecuencia fundamental de esta concepción de la sexualidad es que existe un número indefinido de modelos de familia (monoparentales, homoparentales, etc.), socialmente tan valiosos y apropiados para los niños como pueda serlo la familia tradicional. (La derecha política suele ser en estas cuestiones tan progresista como pueda serlo la izquierda. En España, el Partido Popular ha aceptado, salvo un pequeño retoque, las leyes del aborto y del matrimonio homosexual promulgadas por Zapatero en la anterior legislatura.) Abundando en todo esto, no tiene sentido hablar de matrimonio para toda la vida, porque el amor es un sentimiento que las personas no pueden controlar. Por ello es preciso poner todas las facilidades para el divorcio.

Más allá del sexo, para el progresista es evidente que queda mucho por hacer hasta lograr la plena igualdad entre hombre y mujer. Tanto el maltrato que sufren muchas mujeres por parte de sus parejas o exparejas masculinas, como las diferencias salariales, como la menor representación que ellas tienen en determinadas actividades y puestos de responsabilidad, son consecuencia de la ideología machista que persiste en nuestra sociedad. Por ello, de nuevo los gobiernos tienen que intervenir favoreciendo al sexo femenino (discriminación positiva) con leyes que corrijan esta injusticia.

Dentro de este apartado, no debemos olvidar que es también progresismo defender la eutanasia, los vientres de alquiler o la experimentación con embriones humanos con fines terapéuticos, entre otras debatidas cuestiones bioéticas.

4) Pacifismo y educación

Una idea central del progresismo es que las causas fundamentales de la violencia son la pobreza, la desigualdad y las injusticias. Esto significa que tanto la delincuencia común como el terrorismo político o religioso son consecuencia de un sistema social injusto (capitalismo) o bien de intervenciones militares encaminadas a sostener ese sistema (imperialismo). El capitalismo y el fascismo han causado, y siguen causando, más muertos que todas las revoluciones de izquierdas y el terrorismo juntos, los cuales, en este sentido, podemos comprender, si no siempre justificar. Como norma general, detrás de todas las guerras existen conflictos o intereses económicos. Por ello, en cualquier conflicto en que una de las partes sea un país occidental o Israel, este será el principal culpable, pues sólo puede obedecer a perpetuar un orden económico y geopolítico injusto. Todo conflicto puede resolverse mediante el diálogo, y prevenirse mediante el desarme de al menos una de las partes. Incidentalmente, conviene señalar que la libertad de armas es la principal causa del alto número de muertos por arma de fuego en los Estados Unidos.

Más conclusiones derivadas de lo dicho. La finalidad de las leyes penales es la reinserción de los delincuentes en la sociedad, pues en gran parte el delito es consecuencia de un sistema socialmente injusto. Esto implica que ni la pena de muerte ni la cadena perpetua son admisibles.

Los países ricos deben acoger sin restricciones a todos los inmigrantes que pretenden cruzar pacíficamente sus fronteras, y proporcionarles unas mínimas condiciones de vida. Tanto la frontera entre Estados Unidos y México como la barrera de Cisjordania o las vallas de Ceuta y Melilla son tan injustificables como el muro de Berlín. En cuanto a las costumbres de los recién llegados, debemos ser respetuosos con ellas, por norma general, incluso cuando chocan con nuestras ideas progresistas (como ocurre con el velo islámico, o incluso el burka), porque  no tenemos derecho a imponer nuestra cultura a nadie. No todos los progresistas están ni mucho menos de acuerdo en este último punto; sin embargo, es más difícil que se cuestione el progresismo de alguien por ser tolerante con el burka que por lo contrario, e incluso en este último caso fácilmente surgen acusaciones de xenofobia.

Como decimos, el progresismo es poco amigo de las fronteras. Esto, que en principio parece conducir al internacionalismo, implica también una mayor flexibilidad o comprensión frente a demandas de los nacionalismos sin Estado, al no considerar inamovibles los límites territoriales vigentes. Por un lado, los progresistas están a favor de que los Estados cedan aún más soberanía a la UE; por otro, les resulta incómodo oponerse con claridad al derecho de autodeterminación, cuando no simpatizan con él. En general, el progresista tiende a pensar que la voluntad democrática debe estar por encima de las leyes, incluso si estas fueron, en su día, votadas democráticamente. En contra de lo que algunos progresistas y no progresistas afirman, la relación del progresismo con los nacionalismos no es contra natura. Surge naturalmente de que ambos comparten esa idea de la relación entre el derecho y la democracia, es decir, de que el primero debe someterse a la segunda.

En general, una de las ideas más caras al progresismo es que la rebeldía y la transgresión de las normas (de todo tipo: políticas, morales, estéticas, etc.) son las principales fuerzas que hacen avanzar a la humanidad. Y en relación con ello surge también su concepción de la educación. El fin primordial de esta no debe ser la adquisición de conocimientos memorísticos ni de destrezas mecánicas, sino el desarrollo del espíritu crítico y el fomento de la convivencia y la tolerancia. La educación debe ser algo divertido, que no imponga al niño aburridas materias que le son ajenas, sino que promueva la espontaneidad y la creatividad. Y de nuevo enlazando con lo dicho antes, la educación es la verdadera clave para acabar con la violencia, las injusticias y las desigualdades. Es preciso, en especial, educar a los niños en pautas no sexistas, para erradicar el machismo y la homofobia.

Además de por supuesto implantar una educación pública de calidad, el Estado debe subvencionar y favorecer fiscalmente la cultura en general. Esta no puede ser una mercancía. Digamos por último, dentro de este apartado, que los intelectuales y artistas suelen ser progresistas como consecuencia, según creen, de disponer de más información, capacidad de análisis y espíritu crítico. En cambio, las personas conservadoras (no progresistas) basan sus ideas y creencias en prejuicios, ignorancia, fanatismo o intereses inconfesables.

5) Interpretación de la historia

Para el progresismo, la historia es un proceso de gradual liberación del ser humano, aun cuando existan recaídas que pueden durar décadas o siglos. En general, la Edad Media se concibe como una etapa de oscuridad de mil años sobrevenida tras un período de esplendor crepuscular del paganismo, que en su fase final precristiana le recuerda al progresista nuestra propia época escéptica y hedonista, retratada por Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano. Sin embargo, en el caso de España, sobre todo en el ámbito académico, tiende a ver con buenos ojos la etapa islámica, en la que hubo una modélica convivencia de las tres culturas (cristiana, judía y musulmana), truncada brutalmente por la expansión de los reinos cristianos. Asimismo, se tiende a despreciar el descubrimiento de América, en el que básicamente se perpetró un genocidio contra los pueblos indígenas.

Centrándonos en el siglo XX, para el progresista la guerra civil española fue un conflicto entre la democracia y el fascismo, que no en vano ganó este último gracias a la superioridad militar proporcionada por Hitler y Mussolini. La represión en la zona nacional fue organizada por las autoridades, mientras que en la zona del frente popular se debió a las acciones de incontrolados. El régimen franquista fue de principio a fin una oscura noche de represión y miseria. Ampliando el horizonte más allá de nuestra península, el régimen bolchevique surgido en Rusia en 1917 nació como una rebelión contra la opresión zarista. A su vez, el nazismo fue una reacción de la burguesía alemana contra el socialismo. Salvador Allende fue un mártir de la democracia, y Ernesto Che Guevara un idealista que luchó por liberar a los oprimidos por el capitalismo.

6) Cristianismo

La Iglesia católica sigue estando muy atrasada en cuestiones de moral sexual. El papa Francisco está intentando cambiar esta situación, consciente de que el Vaticano debe adaptarse a los tiempos modernos, pero encuentra feroces resistencias internas, que en su intransigencia incluso amenazan con un cisma. La Iglesia ha sido hasta ahora, al menos, enemiga del conocimiento y de la ciencia. A fin de cuentas, la religión es un medio del poder para mantener a las masas en el embrutecimiento. Todas las religiones son similares. El islam es tan pacífico (o agresivo, según se mire) como el cristianismo, al menos si nos basamos en la historia y en sus respectivos libros sagrados. Un mundo sin religión sería en cualquier caso mucho mejor, tal como canta John Lennon en su canción Imagine. El espacio público y la enseñanza deberían estar libres de simbología cristiana.

Para el progresismo, que en esto es un directo heredero de la Ilustración, creer en Dios es una mera cuestión de fe, sin ninguna base racional. En realidad, a medida que avanza la ciencia, más difícil es creer en un Dios personal (antropomorfo). Por último, cabe decir, a la luz de los conocimientos actuales, que Jesús de Nazaret no fue más que un maestro de moral, que ni realizó milagros, ni pretendió fundar ninguna Iglesia, ni por supuesto resucitó. Y prácticamente no sabríamos nada de él, porque los evangelios no son fuentes históricas fiables.

II. La esencia del progresismo

Espero que mi descripción del pensamiento progresista no se tome como una caricatura o algo semejante. He tratado de exponer los puntos de vista que encajan dentro de esa denominación de forma lo más desapasionada posible, empleando en lo posible el lenguaje y los clichés progresistas. Por supuesto, existen diferencias dentro del progresismo. No todos los progresistas estarán absolutamente de acuerdo con todo lo enunciado aquí; algunos son más radicales y otros más moderados. Y muchas personas que no se consideran progresistas compartirán sin embargo algunos puntos; por ejemplo, la idea, tan extendida, de que la educación tiene que estar encaminada a defender la creatividad y espontaneidad, huyendo de la memorización de datos y fechas. Sin embargo, no hay duda de que una persona que estuviese de acuerdo con todas esas ideas sería considerado un progresista de manual. El progresismo no es un sistema cerrado y perfectamente definido; sus contornos pueden ser difusos, pero al mismo tiempo presenta una apariencia inconfundible.

La pregunta que surge a continuación es: ¿qué tienen en común todas esas ideas? El autor progresista George Lakoff, en su célebre libro No pienses en un elefante, se hace esa misma pregunta. ¿Qué tienen en común posiciones sobre cuestiones tan distintas como el aborto y los impuestos? Creo que su respuesta sobre los valores familiares tiene mucho de verdad. Los conservadores analizarían todas las cuestiones, desde la política exterior hasta la economía, bajo el punto de vista de un virtual padre estricto, que aspira a preparar a sus hijos para enfrentarse a un mundo peligroso, inculcando valores como la disciplina y el esfuerzo; en contraste, los progresistas se basarían implícitamente en un modelo de padres protectores, que desean ante todo la felicidad de sus hijos, sea cual sea el camino que elijan en la vida, y que creen que de este modo también contribuyen a hacer un mundo mejor.

Así, por ejemplo, el conservador defiende un Estado reducido porque cree que lo mejor para los individuos es permitir que prosperen por su propio esfuerzo, y no infantilizarlos con la percepción crónica de subsidios. Pero al mismo tiempo, defiende el valor de la autoridad para proteger los derechos de los ciudadanos honrados frente a la delincuencia. Por el contrario, el progresista confía en la educación para reducir la violencia social, y aspira a que todo el mundo pueda vivir dignamente gracias a una justa redistribución de la riqueza, sin que le preocupe que los subsidios y las prestaciones sociales puedan llevar a muchos a vegetar a la sombra del presupuesto público.

La teoría de Lakoff no está lejos, en cierto modo, de la concepción que formuló en los años ochenta Thomas Sowell (uno de los más importantes intelectuales no progresistas de Estados Unidos), que identifica las posiciones conservadoras con un cierto pesimismo antropológico, en contraste con el optimismo consustancial al progresismo. La idea no es nueva, y tiene ilustres precedentes, desde Burke hasta Hayek (La fatal arrogancia). Actualmente es defendida, aparte del citado Sowell, por autores como Roger Scruton, en obras como Usos del pesimismo. El peligro de la falsa esperanza (2010) o, con matices, por el psicólogo evolucionista Steven Pinker (a caballo entre el progresismo y un conservadurismo moderado cercano a Sowell), quien reconoce que las ciencias de la naturaleza humana respaldan más la concepción pesimista que el utopismo de izquierdas. (Véase  S. Pinker, La tabla rasa, Paidós, Barcelona, 2003, pág. 427.)

Permítanme ahora exponer una explicación del progresismo complementaria de las anteriores. Si analizamos cada una de las afirmaciones de nuestra sumaria descripción anterior, hallaremos un rasgo común a todas ellas: que son como mínimo discutibles. Hasta aquí, parece que esto podría afirmarse exactamente igual de otra lista de afirmaciones en el sentido opuesto, que resumieran el pensamiento conservador. Pero siendo esto cierto, no puede dejar de señalarse una diferencia, una asimetría esencial entre el pensamiento progresista y el no progresista. El primero no sólo cree estar en posesión de una cierta verdad (como todo el mundo), sino que además abriga la convicción de que su forma de pensar en sí misma es moralmente superior; repito, en sí misma, independientemente de su adecuación a la realidad. Es decir, su criterio fundamental no es tanto lo que realmente es, sino lo que debería ser, lo que (según su personal criterio) sería deseable.

Anthony Browne, en The Retreat of Reason. Political Correctness and the Corruption of Public Debate in Modern Britain (2006) ha expuesto esta idea, si bien él se refiere específicamente al fenómeno de la corrección política (más exagerado en el mundo anglosajón que en España). Creo, sin embargo, que puede extrapolarse perfectamente al modo de pensar progresista en general, del cual lo políticamente correcto no constituye más que una arista o ramificación, surgida del marxismo cultural de la Escuela de Frankfurt. Browne señala cómo la ideología política dominante “ha sustituido la razón por la emoción, subordinando la verdad objetiva a la virtud subjetiva”.


La medida de aceptabilidad de una opinión deja de ser la correspondencia con la realidad y pasa a ser lo que se supone que una persona decente (= progresista por definición) debería creer.


De ahí que los discrepantes no sean vistos como personas que simplemente se equivocan, con las que se puede mantener un debate, sino como gentes malvadas (xenófobas, homófobas, y todo el repertorio de calificativos conocido) a las que es lícito silenciar y condenar. Así, por ejemplo, si alguien señala con datos en la mano que la tasa de delincuencia de los inmigrantes es superior a la de los nativos, aún antes de sugerir ninguna medida política basada en ese dato, se le vitupera como un inadmisible xenófobo, sin que importe lo más mínimo que su información sea empíricamente verificable o no. Sencillamente, determinadas cosas no pueden decirse, ni en rigor deberían pensarse.

Los ejemplos que ilustran el carácter emocional del progresismo serían inacabables. Me limitaré a tres o cuatro. En economía, es evidente que defender servicios públicos gratuitos, el salario mínimo o la construcción de viviendas sociales a cargo del Estado encaja perfectamente dentro de este sentimentalismo. No se juzga si estas medidas son realmente efectivas, si producen efectos indeseados, incluso contrarios al fin perseguido. Lo único que importa es sentirse moralmente superior por defender los derechos de los más desfavorecidos y las “conquistas” sociales, y permitirse tachar de insolidario “neoliberal” y defensor de los ricos a quien piense que los subsidios y los servicios sociales “gratuitos” universales son un método excelente para cronificar la pobreza, no para reducirla. Así lo demuestra el contraste objetivo entre países como Estados Unidos, o Suiza, donde no existe salario mínimo ni un sistema universal de salud pública (sólo para las rentas más bajas), y Venezuela, donde los emotivos desvelos del régimen por los más pobres han conseguido dejarlos sin acceso a los productos de consumo más básicos.

De manera genérica, la afirmación de que hay pobres porque hay ricos se considera moralmente superior a otro tipo de explicación, de manera previa a cualquier intento de comprobación de su verdad o falsedad. Análogamente, sostener que el cambio climático es una grave amenaza para la humanidad le convierte a uno, automáticamente, en una persona más preocupada por el medio ambiente que a otra que sinceramente piense lo contrario, basándose en los datos objetivos que contradicen los mantras de que las temperaturas globales no paran de ascender y el Ártico de menguar.

Lo mismo puede decirse acerca del papel de la mujer en la sociedad. Sostener que las diferencias de comportamiento en las elecciones profesionales o de otro tipo entre hombres y mujeres pueden tener un decisivo componente biológico, y no exclusivamente cultural, como pretende la paranoia antipatriarcal de la ideología de género, es una opinión en sí misma machista y misógina, antes de que hayamos podido siquiera tratar de contrastarla con la realidad.

Quiero poner un sólo ejemplo más, basado en una de las tesis del progresismo antes expuesta, que a muchos, incluso entre no progresistas, puede parecer indiscutible. Me refiero a la de que Franco ganó la guerra civil gracias a la ayuda de Hitler y Mussolini. Evidentemente, nadie niega que esa ayuda existió, pero el bando del frente popular tuvo a su vez la nada despreciable aportación de la Unión Soviética, y de otros países que sortearon los controles de comercio de armas con los dos contendientes, así como muchos más recursos financieros e industriales, en los inicios de la guerra, que el bando sublevado. Ramón Salas Larrazábal, en su monumental Historia del Ejército Popular de la República, demostró ya en los años setenta, con una acumulación abrumadora de datos, que los factores principales de la derrota del gobierno del frente popular fueron tanto una pésima administración de sus recursos militares y económicos, como un grave déficit de moral militar, que le llevaba sistemáticamente a exagerar la capacidad bélica del adversario, y a quejarse amargamente de sus carencias de armamento y mandos cualificados, cuando la mayor parte de las ocasiones no existía ninguna base objetiva para ello. Pero no importa. Para el Buen Progresista, es artículo de fe que la guerra civil fue sólo un prólogo a la Segunda Guerra Mundial, y que Franco fue un pequeño hitlerito; y quien ose cuestionarlo se convierte automáticamente en sospechoso, o más bien reo, de simpatizante con el fascismo. Esta maniobra, siempre repetida, es tan burda como si por negar que existen pruebas de que a Hitler le olían mal los pies, se nos tachara de más favorables al nazismo que si aceptáramos tal cosa sin la menor comprobación.

El progresismo como un síndrome de emocionalismo irracional choca sin duda con la percepción que tienen los progresistas de sí mismos como personas racionales y hasta científicas. En realidad, no hay ninguna contradicción.


Existe un culto romántico a la razón, una idolatría de la ciencia que tiene poco que ver con cualquier sentido preciso que queramos darle a la racionalidad y a la ciencia.


Algunos confunden la ciencia con las declaraciones de un comité de la ONU sobre el cambio climático, y la razón con los exabruptos más groseros del anticlericalismo. No en vano, el origen del progresismo se encuentra, en buena parte, en la crítica ilustrada de la religión. Pero esa crítica se basaba ante todo en apriorismos ideológicos, más que en conocimientos que arrojaran nueva luz sobre el contenido de las Escrituras y los dogmas de la fe cristiana. Como señaló Chesterton, la  crítica de la religión, antes como ahora, reposa siempre en una razonamiento circular. Se niegan los relatos de sucesos sobrenaturales, como la Resurrección, sobre la base de que quienes los escribieron eran supersticiosos o alucinados. Y si preguntamos por qué se dice que esos autores eran supersticiosos o alucinados, se nos responde: porque creían en sucesos sobrenaturales. En definitiva, los milagros no existen porque los milagros no existen. Este es todo el argumento, no busquen más. Pero todas las leyes físicas conocidas no contienen en sí mismas la más mínima demostración de por qué no podría haber excepciones a las leyes físicas.

Hay probablemente un origen anterior del progresismo, datable en el subjetivismo moderno que arranca de Descartes. Desde el momento en que la filosofía se hizo cuestión radicalmente de la realidad objetiva, o al menos de nuestro conocimiento de ella, se pusieron las bases para una visión de las cosas que adoptara la coherencia interna como criterio único o preferente. En lugar de tratar de averiguar qué hay ahí fuera, de entender cómo es el mundo, desde el siglo XVII la mayor tentación de la intelectualidad ha sido tratar de someter la realidad a nuestras pretensiones; no interpretar el mundo, sino transformarlo, como formuló lapidariamente Marx. Pero una vez perdida la referencia de la objetividad, lo que queda en su lugar es la ideología, o lo que es lo mismo, las emociones más o menos disfrazadas. Occidente debe reencontrarse con la tradición realista de Aristóteles y Santo Tomás (lo que no significa una restauración acrítica) para recuperar la conexión entre racionalidad y cristianismo, hoy cortocircuitada por el embrollo del sentimentalismo progresista.

Nota: Por si quedara alguna duda, el autor declara que considera falsas todas y cada una de las afirmaciones contenidas en la parte I. Descripción del progresismo.