Progresista tu padre

A modo de introducción, sirva lo que de momento es una anécdota entre tantas: el hombre del chavismo en España, Pablo Iglesias, fiel a su estilo de hablar como si fuera ya el presidente de la república, ha anunciado para el año que viene una “Ley del Cambio Climático” que, entre otras cosas, pretende “acabar con el primo de Rajoy y los científicos que lo negaban”.

Traduciendo su lenguaje pérfido y taimado de leninista con piel de cordero, se trataría de prohibir la disensión en una materia que debería ser, como cualquier otra, objeto de debate absolutamente libre, especialmente en el ámbito científico. Pero esta pulsión totalitaria no es una novedad, ni tampoco exclusiva del personaje, ni mucho menos. Se suma a los intentos innumerables, en todo el mundo, de acallar cualquier opinión discrepante sobre el cambio climático, la ideología de género y el multiculturalismo, y en nuestro país a los esfuerzos amparados por la Ley de Memoria Histórica para imponer una visión oficial acerca de la segunda república, la guerra civil y el franquismo. En suma, el objetivo es establecer un pensamiento único progresista del cual sea legalmente imposible apartarse, o por lo menos muy costoso en términos personales.

Quien esto escribe declara que no está dispuesto a dejarse imponer ningún pensamiento progresista oficial. Lo diré con toda claridad: no soy progresista. O si alguien desea mayor precisión, estoy en contra de muchas cosas que los progresistas dicen que son “progreso”. ¿Quieren que les diga qué es el progreso para mí?

Para mí sería un progreso que descendiera drásticamente el número de abortos e incluso –puestos a pedir– que haya más nacimientos que defunciones, más cunas que ataúdes. Ya sé que esto es anatema para el ecologismo milenarista, que el ser humano es una plaga para el planeta Tierra y que lo mejor que podríamos hacer es extinguirnos. Y sé también que la maternidad es para el neofeminismo una rémora en el camino de la igualdad absoluta, algo que en el mejor de los casos debe quedar relegado al estatus de una opción vital entre muchas otras, no más loable que comprarse un perro. Pero yo me niego a llamar progreso al triunfo de la muerte.

Para mí sería progreso que hubiera cada vez menos rupturas familiares, que los niños crecieran generalmente con su madre y con su padre biológicos, y que en la mayoría de casos estos llegaran a la vejez disfrutando juntos de sus nietos. Sé que esto es para algunos una ofensa a los “otros modelos de familia”, y que ya se empiezan a poner bajo sospecha, e incluso a proscribir, las palabras padre y madre. Sé que el mundo actual coloca en la cima de los valores la búsqueda de una felicidad narcisista y sensual, en contraposición a conceptos como castidad, matrimonio y familia, los cuales son ridiculizados como dogmas del heteropatriarcado ultracatólico opresor y fascista (añádanse todos los epítetos que se quiera). Pero yo no admito que acabar con la familia, tal como se ha entendido durante miles de años, sea un progreso.

Para mí sería un progreso que cada vez más personas escaparan de la pobreza, gracias al trabajo dignificador, al esfuerzo, al talento. No que cada vez haya más gente dependiente de una subvención o ayuda estatal, no que cada vez haya más gente con títulos educativos desvalorizados, por culpa de un sistema de enseñanza que sustituye la transmisión de conocimientos y la tradición humanista por un igualitarismo uniformizador y un adanismo bárbaro, cuando no por el odio al cristianismo, a España y a Occidente. Sé que esto será tachado de neoliberal, de franquista, eurocéntrico y qué sé yo más por los que han prostituido palabras como “igualdad”, “libertad” o “educación”, convirtiéndolas en verdaderos diques contra cualquier cambio de mentalidad que nos haga realmente más libres y más prósperos. Pero para mí no es un progreso seguir fabricando dependientes de papá Estado y analfabetos funcionales.

Para mí sería un progreso que disminuyera el número de individuos, al menos en Europa, cuyas creencias les dicen que es bueno o al menos justificable en determinados casos matar “infieles”, pegar a la esposa, agredir o incluso violar a mujeres que no adoptan la indumentaria islámica, e imponer en general sus preceptos religiosos a toda la sociedad, incluso aunque sean una minoría dentro de ella. Ya sé que algunos tacharán estas afirmaciones de islamófobas e intolerantes. (Los musulmanes y sus defensores dando lecciones de tolerancia: ¡curioso espectáculo!) Pero qué quieren que les diga, para mí no es ningún progreso que haya barrios enteros en Europa donde las mujeres no se atreven a salir a la calle de modo distinto a como supuestamente lo ordenó un profeta del siglo VII.

Para mí sería un progreso, en fin, que en mi país, España, la lengua común fuera valorada y respetada en todas las regiones, que sirviera para unirnos más, para facilitar el comercio y los negocios, la libre circulación de personas, el florecimiento cultural… Ya sé que esto es inaceptable para los fanáticos que en Cataluña, País Vasco, Galicia y otras partes sólo buscan diferenciarse del resto, levantar barreras, rumiar interminables letanías de agravios y en definitiva cargarse una nación de quinientos años. Sé que ellos ven en la cultura española común un enemigo de las culturas regionales, al cual culpan de que estas sean minoritarias. Esto, por cierto, es tan ridículo como si los bajos culparan a los altos de su menor estatura. Se trata, aunque suene paradójico, de una derivada más de la idolatría igualitarista.

Muchos creen asestarle la mayor crítica a los nacionalismos cuando niegan que sean compatibles con el pensamiento progresista. Por todo lo dicho hasta ahora, se comprenderá que a mí esta crítica me parece especialmente ingenua. Lo que pienso es que buena parte de lo que se ha dado en llamar progresismo es muy poco compatible con el progreso. En este sentido, los nacionalismos irredentos no son más que subgéneros del progresismo deformado y deformante que lo pringa todo. Pero por supuesto, yo no creo que oponerse a las cosas que nos unen sea progreso.

No obstante, nada está más lejos de mi intención que disputar el término progresista, reivindicar algo así como el verdadero progresismo. Le regalo gustosamente la etiqueta “progresista” a quien la quiera. Me importan mucho más los principios que las palabras. Por mí, pueden continuar llamando progresistas a actores multimillonarios de Hollywood, a presentadores de telebasura y a terroristas de la ETA reciclados en “hombres de paz”. No pienso correr el más mínimo riesgo de que me relacionen lejanamente con alguno de estos personajes, por una mera cuestión de vocabulario. Así que llámenme facha, machista, islamófobo, lo que se les ocurra; pero si de verdad quieren insultarme, llámenme progresista.

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