El Gran Cambiazo

La estrategia no es nueva, pero las señales de su intensificación y aceleración son obvias. Podríamos denominarla con algún término más o menos académico, pero cuando pienso en ello para mis adentros, la que primero me viene a la mente es la palabra cambiazo. Hay algo de trilerismo o de prestidigitación en el modo como el poder político-mediático (cada vez más es uno solo) trata de sustituir las libertades clásicas de pensamiento y de circulación por seudolibertades autodestructivas: aborto, eutanasia, promiscuidad, identidad sexual…

La libertad de pensamiento se erosiona de varias maneras:

  1. Hurtando a los padres el derecho a educar a sus hijos según sus convicciones, lo cual se plantea como una irreprochable intención de ofrecer educación supuestamente cívica y sexual, tras las cuales se amparan contenidos ideológicos radicales.
  2. Tipificando los llamados “delitos de odio”, o al menos denunciando supuestos estereotipos sexistas, racistas, etc., a fin de censurar manifestaciones imprecisamente ofensivas para grupos privilegiados, que se presentan como “vulnerables” y que son previamente determinados por gobiernos, grupos de presión y grandes empresas tecnológicas y de comunicación.
  3. Tipificando también delitos como la “apología del franquismo”, lo que en la práctica se traduce en la imposición de una historia oficial de la cual estaría prohibido desviarse.
  4. Poniendo trabas a la objeción de conciencia o la libertad religiosa de médicos, funcionarios o empresarios que no desean ser cómplices de abortos, practicar la eutanasia o ser obligados a participar en bodas homosexuales.
  5. Promocionando el acceso a contenidos culturales en línea, es decir, controlados por grandes empresas, y potencialmente por gobiernos y grupos de presión, que pueden decidir que determinadas obras o fragmentos de ellas sean discretamente retirados del espacio público, sin necesidad de prohibiciones formales, secuestros o quemas de libros.

Por su parte, la libertad de circulación se restringe con pretextos ecologistas, sanitarios, fiscales o de cualquier otro tipo que puedan surgir, mediante supresión de vuelos domésticos, restricciones a los vehículos privados con motores de combustión fósil, peajes, tasas, etc. También mediante las limitaciones al uso de dinero en efectivo, de modo que cada vez es más difícil, por no decir imposible, realizar cualquier desplazamiento o intercambio que no quede registrado y geolocalizado, en bases de datos potencialmente accesibles a la administración y las grandes corporaciones.

La otra cara de la moneda de estas claras restricciones de derechos son las llamadas “ampliaciones de derechos”. Tras la despenalización del aborto, en la mayoría de países desarrollados, ya el siglo pasado se inició una campaña global, promovida por la ONU, las multinacionales abortistas y un activismo generosamente financiado, para convertirlo en un “derecho a la salud reproductiva y sexual”. Esta campaña sigue a toda máquina, como se ha podido comprobar con la aprobación del parlamento europeo de un informe radicalmente proabortista, y en el empeño de medios públicos y privados en “denunciar” la objeción de conciencia de médicos provida en hospitales estatales.

Aquí se ve claramente la estrecha relación entre las seudolibertades y la pérdida de auténticas libertades. No se trata de que las primeras sean una mera cortina de humo, sino de que realmente no pueden sostenerse sin conculcar las segundas. Así, las denominadas educación sexual y la perspectiva de género, bajo el pretexto falaz de “empoderar” a los jóvenes y a las mujeres, no hacen más que promover unos patrones de conducta promiscua y experimentadora que, con lógica implacable, requieren del aborto o la opción por la homosexualidad para eliminar sus consecuencias “indeseadas”, que suelen darse en forma de bebés. También para terminar con los últimos restos de moralidad judeocristiana (lo que llaman eliminar el “sentimiento de culpa”), que todas las ideologías modernas ven como una rémora a la implantación de sus ambiciosas reformas y revoluciones.

Al mismo tiempo, las restricciones a la circulación, de manera indirecta, privilegian comportamientos individualistas, perfectamente simbolizados, aunque parezca anecdótico, por la difusión del patinete eléctrico, que inevitablemente marginalizan a las familias “patriarcales”, acostumbradas a desplazarse con vehículos privados relativamente grandes. Lo que desde luego no es anecdótica es la generalización del smartphone desde edades cada vez más tempranas, que favorece un modelo de toma de decisiones y formación de opinión cada vez más aislado de vínculos familiares o comunitarios de cualquier tipo, excepto los que nos unen a la administración y las grandes corporaciones proveedoras de servicios.

¿Qué ganan con este cambiazo los gobiernos y sus aliados mediáticos y financieros? La respuesta no es difícil. Basta comparar unas libertades con otras. Mientras que el aborto, la eutanasia, la promiscuidad y la homosexualidad son decisiones y conductas de resultados predeterminados, en gran medida dependientes del Estado como garantizador de su ejercicio, y que no afectan en lo más mínimo a sus prerrogativas, las libertades de pensamiento y de circulación son libertades abiertas, es decir, de resultados imprevisibles, y por tanto mucho más difíciles de controlar. Las ideas, creencias y opiniones, así como los lugares o los intercambios económicos, son casi ilimitados. El poder político no tiene ningún problema con que abortes o te cambies de sexo, eso no le afecta. Es más, promoverá tu “derecho” para tomar este tipo de decisiones en la medida en que esto le permita restringir tu libertad de pensamiento sin que tú protestes, o incluso se lo agradezcas, para protegerte frente a los “intolerantes” que no reconocen que haya un “derecho” al aborto, a la “muerte digna” o al “matrimonio igualitario”.

Inseparable de esta estrategia es la postulación de un enemigo amenazador, omnipresente e invisible (“estructural”), con denominaciones como “machismo”, “fascismo” o “ultraderecha”, que pretende hacer retroceder a la sociedad a tiempos oscuros, más o menos legendarios, donde las mujeres tendrían prohibida cualquier actividad fuera de las labores domésticas y reproductivas, y las personas homosexuales sufrirían persecuciones y humillaciones sin cuento. No debería sorprender lo más mínimo que quienes se erigen en defensores de las mujeres y el movimiento LGTB sean habitualmente los mismos que ven con buenos ojos la llegada masiva de inmigrantes musulmanes, cuyas sociedades de origen son, evidentemente, mucho menos respetuosas de la igualdad y la libertad sexual que la europea. En la medida en que esto conduce a un aumento de agresiones sexuales y conductas discriminatorias, y siempre con la entusiasta colaboración periodística, estos fenómenos, traducidos a estadísticas fácilmente manipulables, se cargan en las cuentas del neomachismo y el neofascismo rampantes. Lo cual, por supuesto, justifica nuevas vueltas de tuerca en la limitación de la libertad de pensamiento.

Así es como intentan darnos el Gran Cambiazo. En tiempos feudales era libertad a cambio de seguridad. Hoy es libertad a cambio de nuevos derechos y “empoderamiento”. La diferencia es que ahora el poder político, en las sociedades desarrolladas, recurre mucho menos a la coacción física, y prácticamente ha eliminado todas las formas de tratos crueles y degradantes. En esto hemos ganado, sin duda. En contrapartida (¡nada es gratis!), se pretende que renunciemos insensiblemente a la propia libertad interior, a la capacidad de pensar por nuestra cuenta, sin la cual no hay libertad de ninguna clase. No es una afirmación abstracta. Basta ver durante unos minutos cualquier informativo televisivo, en cualquier cadena, para comprobar que el objetivo de transmitir una información para que la audiencia saque sus conclusiones ha quedado totalmente desplazado por la oferta de unas conclusiones precocinadas, hábilmente vendidas con técnicas emocionales y listas para su consumo sin el menor esfuerzo intelectual. Este es el panorama, y no podemos endulzarlo sin autoengañarnos.

La realidad o el consenso

Hoy, como siempre, la auténtica disyuntiva es la realidad o el consenso. Lo real es lo que es, independientemente de que nos guste más o menos. A veces puede cambiarse, pero incluso en este caso, solo es posible desde las reglas de la propia realidad. Es decir, siempre hay algo dado, algo previo que tenemos que asumir, que debemos aceptar, sea para preservarlo tal cual o para intentar modificarlo. En cambio, el consenso es un acuerdo entre diferentes individuos, que puede partir de lo real o no. Lo segundo es más habitual de lo que se cree. Pues el consenso, al contrario que la realidad, se puede fabricar, puede ser creado por el hombre, hasta cierto punto, sin condiciones previas, sin atenerse a lo que realmente hay. Basta con influir en los demás para que piensen como yo quiero que piensen. Paradójicamente, esto con frecuencia pasa por hacerles creer que ya existe un consenso, y que si no lo aceptan quedarán marginados, señalados como los raros de la tribu, como el tonto del pueblo. El consenso nace en este caso, como digo muy habitual, de la ilusión del consenso. O dicho de otro modo, se convierte en verdadero consenso lo que antes era un falso consenso, lo que no significa que su contenido pase a ser verdad. Aunque mucha gente, incluso la mayoría, crea que la proposición P es cierta, eso no es una prueba de su certeza. De hecho la historia es una sucesión de proposiciones que, pese a contar durante siglos o milenios con la aprobación de casi todo el mundo, se han revelado erróneas.

Los partidarios del consenso poseen un arma nada secreta, pero no por ello menos poderosa: las dudas escépticas y relativistas sobre la verdad. Los escolásticos, siguiendo a Aristóteles, definían la verdad como la adaequatio rei et intellectus, la correspondencia entre la cosa y la mente. Esta definición siempre ha sido problemática, porque sólo la mente puede decidir si se ajusta a la realidad, lo que la convierte en juez y parte, o nos lleva a una regresión infinita. Por otra parte, la mente es cambiante, tanto en el tiempo (cambiamos de opinión, aprendemos, etc.) como en el espacio (no hay dos personas que piensen igual en todo). Los antiguos griegos identificaban la verdad con lo permanente y eterno, en contraposición a lo mudable y temporal, que reputaban por eso mismo ilusorio. Pero esto no es más que otra forma de plantear el problema en toda su radicalidad. La prueba es que proliferaron las concepciones filosóficas que diferían acerca de qué era lo realmente permanente, en qué consistía el principio primordial (arjé) en el cual se basa todo.

Occidente, dos mil quinientos años después, sigue debatiendo sobre las mismas cuestiones que nuestros antepasados griegos, a menudo con otros términos, que a veces oscurecen más que aclaran. Pero los amigos del consenso quieren hacernos creer que el debate sobre la verdad ya estaría superado. Que como es imposible alcanzar la certeza sobre nada, a lo único que podemos aspirar es a ponernos de acuerdo, a forjar consensos sobre cada tema. Sin embargo, esta es una falsa solución, o más propiamente un escaqueo del problema. ¿Cómo puede nacer el acuerdo si no es, al menos provisionalmente, desde la realidad, desde los hechos, desde lo objetivo? Quien trata de eludir esto, normalmente partiendo de la subjetividad, de los sentimientos, de las buenas intenciones, sencillamente está haciendo trampa, y además una trampa peligrosa. Porque implícitamente transmite el mensaje de que quien no sienta como yo es un ser malvado, malintencionado. El que piensa diferente es racista, machista, homófobo… Les sonará.

Nuestro tiempo sigue bajo el signo de Nietzsche, muerto en 1900, el último año del siglo XIX. Para el filósofo alemán, solo es verdadero lo que contribuye a fomentar la vida de la especie. Curiosamente, se trata de una de las ideas que más han contribuido a fomentar la muerte de millones de seres humanos, sea en su formulación historicista o más crudamente biologicista. Y tal concepción está en la base de la concepción de la verdad por consenso: en lugar de una verdad ontológica, que existe independientemente del hombre, se propugna una verdad utilitaria, al servicio del hombre. Pero para determinar que algo realmente nos beneficia, debemos en algún momento acceder a lo real: de lo contrario hay que elaborar un consenso acerca de lo que debe entenderse por consenso, y así en un bucle sin principio ni fin, que tarde o temprano se zanja con la ley del más fuerte, como decía Sócrates. O como se dice ahora, de quien controle los medios de comunicación y la enseñanza.

Sin embargo, Occidente no se fundó sólo en las concepciones griegas sobre la verdad. La otra raíz de nuestra civilización es el judeocristianismo. El concepto de verdad hebreo difería del griego, aunque en modo alguno sean antitéticos. Al contrario, lo mejor de nuestra cultura se erige sobre la fértil conjugación de ambos. Mientras para el griego la verdad (aletheia) se identifica con la realidad frente a lo aparente, para el judío la verdad (‘emunah) equivale a confianza, a fidelidad. Como explica Ferrater Mora: “Verdadero es, pues, para el hebreo lo que es fiel, lo que cumple o cumplirá su promesa, y por eso Dios es lo único verdadero, porque es lo único realmente fiel.” La única manera de escapar a las antinomias escépticas sobre la verdad, una y otra vez se termina descubriendo que es hacer un acto de fe, un voto de confianza. Ya Descartes, en los orígenes de la modernidad, encuentra en la idea de Dios la única escapatoria del solipsismo radical al que lo abocaba el “je pense doncs je suis” como la primera certeza evidente. O Dios o la subjetividad elevada a absoluto.

Todos los intentos de esquivar y desacreditar esta conclusión, que obviamente choca de frente contra el anticristianismo más menos descarnado de la posmodernidad que nos hemos dado, nos conducen a la falsa solución del consenso, es decir, a excluir a quienes no piensen igual que el grupo detentador del consenso. Bienvenidos sean quienes vengan a desenmascarar falsos consensos, a los excluyentes disfrazados de inclusivos, a los autoritarios disfrazados de rebeldes, a los odiadores disfrazados de solidarios, a los que se mofan de toda verdad metafísica para imponer sus mentiras. Bienvenidos, ya me entendéis, quienes han venido a arrancarles sus caretas progresistas y centristas.

Las supersticiones ideológicas de hoy

Superstición. 1. Creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón.

2. Fe desmedida o valoración excesiva respecto de algo. Superstición de la ciencia.

(Diccionario de la RAE)

Los hombres cambian menos de ideas que las ideas de disfraz.

En el decurso de los siglos las mismas voces dialogan.

(Nicolás Gómez Dávila)

La superstición, al contrario de como suele entenderse en esta época descreída, es algo completamente distinto de la religión, por no decir opuesto. La superstición es la creencia en la magia, es decir, en la posibilidad de controlar la realidad, en mayor o menor grado, mediante un conocimiento esotérico o gnóstico. La religión no pretende ejercer ningún dominio de la realidad, sino que nos pone en contacto con un ente superior, que propiamente nos exime o libera de cualquier necesidad o ilusión de control. La magia trata de hacernos señores del mundo, mientras que la religión nos reconcilia con él, al proporcionarnos un acceso a su fundamento último.

Por otro lado, la magia se distingue de la ciencia, no tanto porque sus métodos sean mucho menos eficaces (eso es una consecuencia de algo previo), sino porque la segunda busca la verdad por la verdad misma. La eficacia práctica de la ciencia, que se ha demostrado espectacularmente a partir de la revolución industrial, viene como si dijéramos por añadidura, porque hombres que, con frecuencia, en lo último que pensaban era en la aplicación de sus teoremas, indagaciones y experimentos, y precisamente debido a ese amor desinteresado por la verdad, llegaron a desentrañar muchos secretos de la naturaleza con mucho más acierto que cualesquiera magos, alquimistas, adivinadores y curanderos.

Estas distinciones no son óbice para reconocer que la superstición casi siempre se inspira en la religión o en la ciencia. O mejor dicho, en formas degradadas o vulgarizadas de ambas. Los límites entre cierta praxis religiosa desviada, que confunde ritos y plegarias con mecanismos mágicos para obtener cosas concretas, a veces resultan borrosos. Asimismo, ciertos discursos sobre el medio ambiente, sobre la salud o la nutrición, bajo su terminología científica o seudocientífica, con frecuencia no esconden más que un interés político y comercial, que se aprovecha de la innata tendencia supersticiosa del ser humano.

Esa tendencia innata es la que explica que la época moderna, ufanamente convencida de haber relegado el pensamiento mágico a una presencia residual, sea tan supersticiosa como cualquier tiempo pasado. Lo que quizás distingue a la modernidad es el predominio de un tipo particular de superstición, más comúnmente llamada ideología, especialmente interesada por obtener el control del ser humano y la sociedad. Las principales ideologías de los dos últimos siglos revelan su carácter profundamente supersticioso en una serie de rasgos, que enumero:

  1. Gnosticismo: Se creen en posesión de la clave que explica la historia humana y en particular el presente.
  2. Chivo expiatorio: Culpan de todos los males a un grupo humano concreto, al que acusan de dominar el mundo o aspirar a hacerlo.
  3. Paranoia: Ven en todas partes la acción de ese chivo expiatorio, y están ciegos a ejemplos en contra.
  4. Histeria colectiva: Tienden a escenificaciones y ritualizaciones de indignación, a veces violentas, que desempeñan una función de autoconvencimiento y de intimidación de quienes no comparten su fanatismo, para que como mínimo finjan adhesión.
  5. Milenarismo: creen que puede y debe librarse un combate final entre el Bien y el Mal, en que uno de los dos acabará derrotado definitivamente.
  6. Irrefutabilidad: Consideran cualquier crítica como proveniente de los propios agentes del Mal, o influida por ellos. Más aún: la existencia de las críticas prueba que la superstición es cierta, pues el mal se revuelve contra quienes lo combaten.

Basta considerar estos rasgos para pensar inevitablemente en el antisemitismo; no en vano se trata de la primera gran superstición política moderna. Como sucede con muchas supersticiones, su origen se encuentra en una religiosidad heterodoxa o deficitaria. Pero en su forma moderna, se basó en el racismo seudocientífico y sobre todo quedó indisolublemente ligada al mito de la conspiración judía mundial, como demuestra Norman Cohn en su obra ya clásica sobre el tema. Este mito nació como una reacción a la Revolución francesa, convirtiéndose luego en una plantilla que sirvió lo mismo para cuestionar el capitalismo y el liberalismo que el comunismo, a los que se acusaba de ser instrumentos de dominación del judaísmo. Aunque las supersticiones en general son inasequibles a la argumentación racional y la experiencia, puede decirse que el antisemitismo quedó herido de muerte a causa de su siniestro éxito, al desembocar en el Holocausto. Desde 1945, pese a que está lejos de desaparecer, en su forma más obvia se encuentra completamente desacreditado, y fuera de círculos de lunáticos y de neonazis nadie lo defiende hoy.

No es de extrañar que las supersticiones que han tomado el relevo sean hoy de carácter liberal y de izquierdas, y por tanto aparentemente antitéticas del antisemitismo, que en gran medida surgió como una reacción antimoderna. El comunismo aprovechó la derrota del nazismo y la victoria de la URSS en la Segunda Guerra Mundial para, a través de su influencia en la intelectualidad y el periodismo, consolidar el mito antifascista, que consiste en restringir el totalitarismo a su variante fascista y asociar impúdicamente comunismo con democracia y progresismo. Esto permitió que la superstición anticapitalista, prima hermana del antisemitismo (no por casualidad la comparten la extrema izquierda y la extrema derecha), siguiera viva hasta finales del siglo XX. Pero tras la caída del Muro de Berlín, sin que el trasfondo anticapitalista haya desaparecido, el pensamiento mágico dominante gira en torno a las ideas de raza (sí, otra vez) y de género, ambas sintetizadas en el concepto de diversidad.

Lo que hoy se llama antirracismo no es más que una forma de racismo contra los blancos, término acientífico que designa a los europeos y los americanos descendientes de europeos. Todos los rasgos antes citados, que valen para el antisemitismo, se aplican también al antirracismo. En toda disparidad entre razas, real o imaginaria, así como en cualquier crítica razonable a la inmigración ilegal no se ve más que racismo de los blancos, en especial contra africanos y descendientes de africanos, como una expresión de su dominio mundial. Incluso a las pocas horas de un atentado islamista, la mayor preocupación de las autoridades parece ser la islamofobia (término fantasmagóricamente impreciso) que podría provocar, como si esa fuera la única y verdadera amenaza. Otro tanto podemos decir de la superstición del género. Esta sostiene que los hombres heterosexuales oprimen a las mujeres y a los llamados colectivos LGTB, y explica toda la historia, como mínimo de los últimos dos mil años, a partir de esta clave. El patriarcado tiene la culpa de casi todos los males, y en particular de que el sexo femenino no haya brillado tanto en determinadas actividades. El machismo está en todo, desde la menor presencia de mujeres en puestos directivos (aunque la mayoría de hombres tampoco sean jefes ni altos cargos) hasta la violencia de pareja, incluso la psicológica, como si ellas fueran seres angélicos, incapaces de cualquier ofensa. Por supuesto, no se tiene en cuenta la mayor mortalidad masculina, la mucho mayor tasa de suicidios, ni el número claramente superior de hombres sin techo o en la cárcel. Toda superstición es ciega ante los contraejemplos y desdeña las explicaciones alternativas. Y criticarla es la mayor prueba de que es cierta. Las críticas al feminismo radical no demuestran otra cosa sino que el machismo resurge, de que los hombres dominan el mundo y no están dispuestos a ceder su poder.

La diferencia principal entre el antisemitismo y la superstición de la diversidad es, por supuesto, que ésta no ha llevado a la persecución cruenta de los varones blancos heterosexuales, como culpables de casi todos los males, ni nada indica que algo semejante pueda llegar a producirse, por múltiples razones. Entre éstas, que los hombres blancos heterosexuales no son una minoría como lo eran los judíos europeos.

Sin embargo, la superstición de la diversidad tiene dos consecuencias sumamente graves. La primera es que, con una justificación feminista, el aborto ha sido legalizado en la mayoría de países. Esto significa millones de seres humanos asesinados durante su periodo de gestación, muchos de ellos cuando su corazón ya latía, los demás cuando faltaban pocas semanas o días para que lo hiciera. No sería adecuado llamarlo holocausto, porque no es un crimen deliberado y perpetrado por una sola organización o régimen, ni realizado contra un grupo humano determinado, pero guarda una semejanza, aparte del número: se justifica negando el carácter humano de las víctimas.

La segunda consecuencia de la superstición de la diversidad es que tiende a socavar el Estado de derecho, al provocar un clima de terror, que justifica juicios paralelos o adulterados y legislaciones inconstitucionales, en gran medida para adaptarse a decisiones supranacionales sin legitimidad democrática alguna, pero que los propios tribunales constitucionales no se atreven con frecuencia a objetar. Por no hablar de restricciones o desnaturalizaciones de derechos básicos como la libertad de educación, la religiosa o la de expresión. Parece que todo vale con tal de combatir los monstruos del machismo o del racismo que supuestamente rigen el mundo.

La superstición, no nos engañemos, acompañará siempre al ser humano. Su tendencia a la idolatría, particularmente a creer en entes malignos más o menos invisibles (estructurales, se llaman ahora) a los que se atribuyen todos los males, se muestra ahora igual que hace miles de años. E igual que entonces, será ineludible seguir defendiendo la verdad, lejos de todo pensamiento mágico.

Cambiar el mundo o yo

Hay dos clases de personas, las que quieren mejorar el mundo y las que quieren mejorarse a sí mismas. Tal vez mejorarse a uno mismo no pretenda otra cosa que mejorar el mundo: “Si todos hicieran como yo…” Pero en cualquier caso, hablemos de pequeños gestos o grandes gestas, sigue habiendo una diferencia radical entre quienes tratan, ante todo, de cambiar a los otros, y quienes piensan primordialmente en cambiar ellos mismos.

El caso paradigmático del primer tipo de personas, los mejoradores exteriores, es el progresista, lo que los anglosajones llaman últimamente woke. La persona concienciada, comprometida en la lucha contra los que, según ella, son los grandes males del mundo: el racismo, el machismo, la contaminación ambiental, etc. El paradigma del segundo tipo humano, los mejoradores interiores, sería el monje contemplativo que se retira del mundo para tratar de encontrar a Dios dentro de sí, desprendiéndose de todo lo superfluo.

Estos paradigmas aún no son las dos posiciones más extremas que cabe imaginar. La forma extrema de mejoramiento exterior es el terrorista, aunque suene paradójico. Porque sí, el que asesina o destruye por ideas políticas o religiosas, cree estar actuando para que el mundo se conforme con su idea de cómo debería ser; es decir, para hacerlo mejor, por lunática que nos parezca su visión de lo que más conviene al género humano. La antítesis del terrorista serían quizás esos monjes budistas que filtran incluso el agua que beben, para no matar las minúsculas formas de vida que pudiera haber en ella. Respetan a todo ser vivo, por insignificante que sea.

A primera vista, el cristiano, sea religioso o laico, no llega a tal extremo, e incluso parece encontrarse a medio camino entre las dos actitudes, la exterior y la interior. Aunque inicialmente su esfuerzo se encamine a mejorarse a sí mismo (a salvarse), es impropio de él que se desentienda del mundo. Más bien al contrario, Jesús encargó a sus discípulos la misión de predicar el evangelio por toda la tierra, de convertir a todas las naciones. La oración más importante del cristiano, el Padrenuestro, no se expresa en singular, como una plegaria individual, sino en plural. “Venga a nosotros tu reino.” Es un ruego colectivo, de toda la Iglesia, que significa asamblea, reunión.

Sin embargo, al mismo tiempo es innegable que en el cristianismo el cambio en sentido estricto es interior; es un estado del alma, aunque lleve necesariamente a determinados cambios en el exterior. El reino de Dios no es una organización política, sino la expresión de la comunión con Cristo y con todos los miembros de la Iglesia. Esto no significa que sólo exista en un más allá, al que accedemos tras la muerte, pero sí que su manifestación en el mundo visible es, por encima de cualquier otra cosa, de orden espiritual. Intentar establecer o cambiar estructuras sociopolíticas, incluso cuando pudiera parecer un empeño acorde con el evangelio, sobrepasa propiamente el marco cristiano, y raro es cuando el cristianismo y la política no chocan o se relacionan problemáticamente.

Bien es verdad que el hombre exterior, la persona comprometida con el cambio social, empieza siempre por promover un cambio de mentalidad. Hoy es un lugar común casi indiscutido que el secreto para conseguir una sociedad más justa, igualitaria y libre es una educación que enseñe a pensar sin prejuicios y sin tabúes, que más que transmitir unos contenidos doctrinales, permita a niños y jóvenes razonar por sí mismos, ser creativos y espontáneos. Pero el cristianismo, aunque otorgue un importante papel a la educación, inspirando la creación de escuelas y universidades, tiene sobre ella una idea completamente distinta de la ilustración. Los hombres no hacen ni padecen el mal por culpa de una sociedad patriarcal, racista o capitalista, que podamos reformar mediante la enseñanza u otros medios, sino porque se apartaron originalmente de Dios y precisan de su gracia para liberarse del pecado. El mal existente en el mundo no procede de una errónea organización sociopolítica y económica que fuera responsable de pervertir una naturaleza humana prístinamente buena. En todo caso, la relación causal sería a la inversa. El mal en estado puro, por así decir, no se debe a una inocente ignorancia, ni a unas estructuras que la preservan en su beneficio, sino que se origina en la voluntad humana. Más concretamente, en la voluntad que reniega de haber sido creada por Dios, y aspira a ser un dios para sí misma. Y esto significa que, en la medida que olvidamos nuestra filiación divina o la entendemos como una servidumbre, todos somos pecadores; no solo los ricos, los hombres, o los blancos, tal como proclama el actual identitarismo político.

El contraste entre la visión del hombre exterior y el interior se revela quizás de modo más claro en sus respectivas visiones del fin al que tiende la historia. Suele decirse que mientras el primero anhela un paraíso terrenal, una sociedad sin clases y sin conflictos donde el proceso humanizador alcanza su fase superior, el hombre interior, al menos en su variante cristiana, pone su esperanza en una consumación sobrenatural de la historia, que trasciende el mundo físico. Pero esta conceptualización es insuficiente e incluso, hasta cierto punto, desorientadora. En primer lugar, el cristianismo predica la resurrección de la carne y la renovación de la creación tras el Juicio Final: el paraíso que promete no es inmaterial, pues incluye la corporeidad dentro de su escatología. Esto contrasta con el sueño transhumanista, que confía en abolir la enfermedad, la vejez y la propia muerte, liberando al hombre de toda atadura material mediante la tecnología. Independientemente de que sean factibles o no, estas especulaciones no proceden de la literatura de ciencia-ficción, sino que se encuentran latentes en el utopismo socialista, y particularmente en la concepción marxista de las condiciones económicas, generalizables a toda condición material.

El transhumanismo prácticamente ve el mundo físico como una cárcel de la que hay que liberarse, y en este sentido es la enésima reedición del gnosticismo dualista, que abominaba de la materia, y que fue firmemente combatido por la Iglesia de los primeros siglos. Y es que la desmaterialización del mundo no es más que la pretensión de remodelarlo o, mejor dicho, recrearlo por completo a la medida del hombre, como si se le pudiera enmendar la plana al Creador, reduciéndolo a mero demiurgo. El progresismo y su última fase, el transhumanismo, son las ideologías propias de la voluntad autodeificadora, aquel pecado original relatado alegóricamente en el libro del Génesis.

Quienes pretenden ante todo cambiar el mundo, de hecho aspiran a plegarlo a sus despóticos deseos. Mientras que quienes parten del cambio interior no toman como referencia su subjetividad, sino que, muy al contrario, desean someterla a un principio superior. De otro modo no pensarían que deben cambiar, evidentemente. Ahora bien, tanto si a ese principio lo llamamos Dios como de otro modo, la crítica que suele hacérsele es que se trata de una norma o un ser imaginario, una proyección del propio ser humano. Ese trascender la propia subjetividad no sería más que una ficción. El hombre nunca sale de sí mismo, no se encuentra más que a sí mismo. Los exteriores ven al hombre como el único ser de referencia, como la medida de todas las cosas. Y por ello mismo lo imaginan y lo quieren liberado de todo prejuicio heterónomo, de todo condicionamiento y limitación. Es decir, como una pura libertad de ser lo que quiera ser. Sin embargo, tal cosa ¿qué es, sino la nada? En efecto, si no hay ningún contenido, ninguna condición siquiera corporal (piénsese en el transexualismo) que me constriña, que me defina, ¿qué soy yo, más que la mera posibilidad de ser algo? Si todo puedo y debo elegirlo, si no puedo asumir nada previamente dado, porque ya sería una imposición, en lugar de mi absoluta y pura elección, ¿qué soy yo, qué queda de mí?

En última instancia, el sueño de cambiar el mundo se revela quimérico por puramente contradictorio: un ser que se construye, que se crea a sí mismo. Frente a esto, plantear la existencia de un ser increado e infinito como origen de todo lo creado, y por tanto como su finalidad trascendente, lejos de ser una fantasía arbitraria, se aparece como la única forma intelectualmente radical de escapar al absurdo de un ser autocreador, cerrado en sí mismo. Se trataría no de cambiar la realidad para convertirla en nosotros, en un bucle vacío de sentido, sino de ser lo que somos, de aceptar la realidad en el sentido más profundo, que no tiene nada que ver con ninguna especie de conformismo, sino por el contrario con trascendernos hacia lo absoluto, hacia el Ser del que procede todo ser. Sólo saliendo de nosotros mismos podemos encontrarnos, podemos hallar el significado de lo que somos.

Si por un momento pudo parecer que quien desea mejorar el mundo es el altruista, frente al aparente egoísmo de quien quiere sólo mejorarse él, resulta que es al revés. Es el primero quien, al querer construir un mundo a su medida, no hace más que buscar su reflejo, como Narciso. Es él quien al reclutar sin descanso nuevas víctimas de quienes compadecerse, a las que salvar, no hace más que recrearse en sus propios sentimientos y gustarse a sí mismo. Mientras, quien quiere mejorarse no tiene de sí mismo, ni mucho menos, una idea tan halagadora, y por ello quiere precisamente salir de sí; lo que sólo puede alcanzar si deposita toda su confianza en el único Ser que está completamente libre de cualquier defecto o egoísmo. Mientras el hombre exterior trata de controlar y manipular, tanto a las cosas como a sus semejantes, el hombre interior intenta (lo que ya es mucho) regirse por el amor y el respeto. Es decir, acepta la realidad y a los otros como son y no trata de violentarlos para que sean como cree que deben ser, ni aún por su bien, o por la idea que pueda haberse hecho de lo que es su bien.

El hombre exterior y el hombre interior no se corresponden exactamente con ninguna ideología, por más que el primero tienda a adoptar ideas progresistas y de izquierdas, mientras que el segundo se incline hacia el conservadurismo. Pues todos caemos en un momento u otro en la tentación del hombre exterior; nadie se libra, en algún grado, de querer cambiar a los demás, o por lo menos de imponerles lo que cree que es mejor para ellos, frecuentemente en nombre del bien común o de la mayoría. Sin embargo, sí podemos ser conscientes de esta inclinación inherente a la condición humana: esa es la verdadera diferencia entre una clase de personas y la otra. Entre quienes se creen moralmente superiores y quienes no albergan tan elevado concepto de sí mismos.