Putin y el III Imperio

Cien años después del establecimiento formal de la URSS en 1922, Putin invade Ucrania. ¿Casualidad? No lo creo. Todo indica que el autócrata del Kremlin pretende pasar a la historia como el fundador del Tercer Imperio ruso (tras el imperio zarista y el soviético, se entiende.)

Aquí vale aquello de que nunca segundos imperios, y menos aún terceros, fueron buenos. Miren, si no, cómo acabaron el II y el III Reich alemanes: con las dos guerras mundiales.

Hay sin embargo una corriente de opinión favorable a Putin, quizás incluso a los imperios en general. No en vano, uno de los ensayos de más éxito de los últimos años ha sido Imperiofobia y leyenda negra, donde su autora María Elvira Roca Barea desmonta con brillantez el grueso de las propagandas contra el imperio español, el “imperialismo” norteamericano y el imperio ruso, mostrando su denominador común.

Ahora bien, sin negar que exista la “imperiofobia”, no podemos perder de vista que al amparo del prestigio (nunca del todo desvanecido, más bien al contrario) del imperio romano, numerosas veces se ha pretendido hacer pasar mercancías adulteradas. De acuerdo en que el imperio romano o el español (yo añadiría incluso el británico, pero me da a mí que Roca Barea no es tan comprensiva con éste) han contribuido, pese a sus manifiestos abusos, a la extensión de la civilización. Pero lo que Hitler, Stalin o Hirohito trataron de extender a Europa y a China era algo mucho más parecido a la barbarie y la esclavitud.

Sin ir más lejos, ¿qué civilización pretende Putin imponer a Ucrania que ésta no tenga ya? En vano se desgañitan algunos pintándonos una Ucrania genocida de la minoría rusófona, o colonia del globalismo sorosiano. Si esto fuera cierto sin más, no se explicaría por qué los ucranianos, incluyendo buena parte de la población rusófona, a la que por cierto pertenece el presidente Zelenski, están defendiendo con inesperado heroísmo su país, enarbolando la bandera nacional, en lugar del logo multicolor de la Agenda 2030.

Admito un punto en común entre Putin y el globalismo de Nueva York-Bruselas-Davos: el desprecio por la soberanía de las naciones. Sea en nombre de la diversidad, el cambio climático o la Gran Rusia, tanto el tirano ruso como las elites occidentales están dispuestas a derrocar gobiernos, e imponer leyes sin respetar los parlamentos ni los tribunales nacionales. Pero sinceramente, prefiero tener que enfrentarme al globalismo que a los misiles rusos. Llámenlo cuestión de gustos.

No es la Agenda 2030, es Ucrania

Ante la invasión rusa de Ucrania, algunas personas en Occidente se han posicionado a favor de Rusia. Es decir, justifican esta postura con los mismos argumentos que enarbola Vladimir Putin. El primero, que la OTAN lleva tiempo hostigando a Rusia, admitiendo en su seno a países cada vez más cercanos a sus fronteras como las repúblicas bálticas, Polonia, etc. El segundo, que Ucrania lleva a su vez maltratando desde hace años a la población rusófona en su territorio, lo que ha terminado agotando la santa paciencia rusa, y obligado al Kremlin a actuar militarmente para proteger a los habitantes de Crimea o el Donbass.

Ambos argumentos son sumamente endebles, y en boca del presidente Putin están cargados de cinismo. Quizás haya que recordar que Rusia, después de la Segunda Guerra Mundial, sostuvo militarmente a gobiernos comunistas en Europa del Este, hasta finales del siglo pasado. Que los tanques rusos se pasearon por Praga y Budapest para reprimir las revueltas contra las tiranías soviéticas teledirigidas desde Moscú. ¿Puede a alguien extrañarle que países como la República Checa, Eslovaquia, Polonia, Letonia, Estonia y Lituania deseen la protección de la OTAN? ¿Qué se supone que debería haber respondido la Alianza atlántica a sus peticiones? ¿Algo así como: no, no sois naciones soberanas con libertad para decidir vuestras políticas exteriores; quedaos como estáis, no vayamos a molestar a los rusos?

Se podría pensar que lo que es válido para Polonia no lo es para Ucrania, que ahí existe un límite que no debería haberse cruzado. Sin duda Ucrania es un país culturalmente dividido entre una población oriental más cercana a Rusia y la occidental, que se siente parte de Europa. Pero en cualquier caso, lo que quiera ser Ucrania, incluyendo si desea permanecer unida o dividirse en dos, es algo que debieran decidir los propios ucranianos, no el Estado Mayor de Putin.

El segundo argumento parece de carácter más empírico. ¿Quién inició antes las hostilidades en las zonas rusófonas de Ucrania? ¿Kiev o Moscú? ¿Fue el gobierno de Ucrania el que inopinadamente se puso a recortar derechos de los ciudadanos de Crimea, o fue Putin quien empezó a dar dinero y armas para instigar el secesionismo? Como catalán, conozco demasiado bien las mentiras sistemáticas contra España a las que recurren los separatistas de mi región, como para que me crea sin más la versión prorrusa sobre los territorios secesionistas de Ucrania.

Ahora bien, podríamos seguir discutiendo sobre estos argumentos sin ponernos de acuerdo, aduciendo unos hechos u otros en defensa de las posturas contrapuestas. Lo que interesa analizar son las posiciones de fondo que hay detrás de ellos. Quienes adoptan gustosos las justificaciones de Putin actúan, en mi opinión, movidos por dos concepciones previas. Una, la más elemental, es el antiamericanismo o anglofobia. Como ven a la OTAN, no sin cierta razón, como un instrumento de los intereses de los EEUU, no pueden evitar ponerse de parte del país que se declara acosado por la organización del tratado noratlántico, como si se tratara de una damisela desvalida sin la mitad de las armas nucleares del mundo. Más particularmente, algunos sostienen que a España no le conviene permanecer en una organización que no contempla explícitamente apoyar a nuestro país en caso de una agresión de Marruecos a Ceuta y Melilla.

Sobre lo último, el blog Contando Estrelas publicó una interesante entrada. Sobre la cuestión genérica, pensar que los intereses de EEUU son incompatibles con los de otros países, es una forma muy burda de la falacia de la suma cero: que en cualquier relación, lo que beneficia a uno no puede beneficiar también a otro. Personalmente, creo que ser aliado de la primera potencia militar del mundo, mientras siga siendo un país libre, es mejor que estar en contra, o incluso que ser neutral, salvo que fuéramos un país protegido por su orografía y su sistema bancario en el centro de Europa.

Pero quizás la posición de base que más ha decantado a algunos a favor de las tesis rusas es precisamente algo a lo que acabo de aludir: mientras los Estados Unidos sigan siendo un país libre. Porque en efecto, hay indicios inquietantes de que la ideología globalprogresista, conocida también como la cultura de la cancelación, podría transformar la patria de la libertad en una democracia totalitaria (no hay oxímoron, como sabemos desde Tocqueville), dividida en colectivos raciales y de género que reemplazarían las libertades individuales por una suerte de privilegios estamentales. Y lo que es aún peor para los que no vivimos en ese país, extendiendo semejante modelo a todo el mundo a través de los organismos internacionales, el capitalismo seudofilantrópico y las grandes compañías tecnológicas. Lo que en resumen se conoce como Agenda 2030 o también el Gran Reset.

Nada sorprendentemente, algunos están viendo el enfrentamiento entre Rusia y Ucrania, apoyada la última por esos organismos internacionales y unos EEUU con amagos pretotalitarios, como una primera batalla real, en términos militares, entre el modelo de Putin (que ha puesto freno a la ideología de género y LGTB en Rusia, aunque se pase un pelín cargándose opositores con caramelos de plutonio) y el modelo de Joe Biden, la Open Society y la Fundación Gates.

Sin embargo, esta antítesis descansa en un grave error. Un Occidente perdedor (como lo será si va cediendo ante Putin, a la muniquesa) no equivale a una derrota del globalprogresismo, sino todo lo contrario. Hoy, la causa de Ucrania representa exactamente lo más opuesto a los valores que propugna el autoodio progresista, paradójicamente coaligado con cierta derecha recalcitrantemente antiamericana. La soberanía nacional, el patriotismo, el sacrificio hasta la entrega de la propia vida, los hombres defendiendo con las armas a su país, a sus mujeres e hijos… Los ucranianos nos están dando una lección acerca de valores que hemos olvidado, peor aún, que llevamos ridiculizando desde hace demasiado tiempo. Es fácil hacer chistes sobre el presidente Zelenski, cuya figura se ha agigantado visiblemente tras la invasión de su país. ¿Puede un antiguo humorista liderar a su nación en la hora más grave de su existencia reciente? Quizás tanto como un mediocre actor de Hollywood, Ronald Reagan, lideró a su país y, junto al papa Juan Pablo II, contribuyó a que colapsara la Unión Soviética.

Un Occidente débil, cerrado en sí mismo, solo puede beneficiar a la ideología globalprogresista, la cual no está realmente interesada en extenderse a Rusia o a China, sino ante todo en constituirse como un régimen de pensamiento único en América y Europa. Para ello, no le vendría nada mal que los occidentales se desengañasen definitivamente de cualquier sueño de grandeza, de patriotismo, de unidad. Las únicas guerras que interesan al globalprogresismo y a la izquierda son las guerras internas, entre clases o entre identidades políticas. Por eso, lo confiesen o no, son objetivamente colaboracionistas de cualquier enemigo exterior, sea Rusia o el islam. El mayor peligro para el progresismo globalista es que una moral patriótica o de cruzada nos una a todos por encima de identidades de clase, de género o de raza, y sea la ocasión de reencontrarnos con nuestros auténticos valores fundacionales. Como está intentando hacer Polonia, contra los eurócratas de Bruselas, pero también contra el imperialismo ruso.