El verdugo mártir

Marcos Hourmann es un médico conocido como el primer profesional condenado en España por practicar una eutanasia: le administró una inyección letal a una anciana gravemente enferma, que según él se lo había pedido, al igual que sus familiares. Esto sucedió en 2005. Denunciado por el propio hospital, en el juicio Hourmann pactó con la fiscalía una condena de homicidio involuntario, que no implicaba entrar en prisión ni ser inhabilitado. Ello no impidió que su carrera profesional y su vida privada se vieran perjudicadas por la repercusión mediática. Ahora ha escrito un libro, imparte conferencias y concede entrevistas donde es tratado como un mártir de los derechos humanos.

La que publicó La Vanguardia el 21 de febrero es un ejemplo casi perfecto de cómo la mayor parte del periodismo que padecemos aborda las cuestiones de bioética. El delito cometido por Hourmann es presentado como un verdadero acto de amor. Más aún, el doctor de origen argentino se permite criticar a la medicina actual por haberse deshumanizado: “ya casi ningún médico toca la mano de su paciente cuando sufre”. Debería haber más “buenos gestos humanos” como los realizados por nuestro verdugo mártir, pero desgraciadamente “cada vez cotizan menos como valores fundamentales de nuestra sociedad, y de esta manera el sentido común se rinde al poder.”

La subversión de valores es completa: matar es bueno, es un avance moral. Y los que están en contra son presentados como los malos, los retrógrados, incluso ¡como “el poder”! Pero, ¿habrá mayor ambición de poder que arrogarse la libertad de matar?

En este debate, los partidarios de la eutanasia omiten sistemáticamente que en la medicina moderna existen medios sobrados para reducir y hasta eliminar por completo el sufrimiento sin acabar con la vida del paciente. Puestos a soslayar información (ya no digo reflexión ética más allá de consignas), la entrevista ni siquiera menciona el detalle de la inyección letal; suena demasiado a ejecución. Como en el aborto, mejor no entrar en el desagradable asunto de los métodos, para no herir sensibilidades.

Tras perder su trabajo, Hourmann se estableció en Cardiff huyendo de la publicidad, pero “el tabloide The Sun recibió una denuncia anónima con mi historia y me volvieron a tildar de asesino”, se lamenta. La denuncia podría ser anónima y The Sun podrá ser un periódico sensacionalista, pero lo que importa es que la información era cierta y en absoluto confidencial. En España, al menos, las sentencias judiciales son públicas. Mucho peor es el extendido sensacionalismo ideológico que trata de influir en las opiniones del lector omitiendo datos que no encajan o no convienen a sus fines y jugando sin escrúpulos con las emociones.

 

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Qué es el liberalismo conservador

Pocas expresiones son más insatisfactorias que liberal-conservador y sus derivadas. (En adelante, emplearé indistintamente para todas ellas la abreviatura L-C.) En primer lugar, sugiere inevitablemente que el L-C es un híbrido caprichoso y poco coherente entre liberalismo y conservadurismo. “Liberal en economía y conservador en moral”, como quien elige chaqueta y pantalón de traje de distintos colores. Y en segundo lugar (aunque esto sería un problema de cualquier otra etiqueta) da a entender que el L-C es una ideología más, una doctrina perfectamente sistematizada. Sin embargo, mientras no encontremos un término mejor, tendremos que arreglarnos con este, que en la práctica permite entendernos.

Un L-C es quien cree que existe una naturaleza humana básicamente invariable, aunque libre, capaz del bien pero inclinada al mal, y que ambos son naturales, esto es, no convencionales o relativos. De ahí procede todo: desde la oposición al aborto hasta la defensa de un Estado limitado y la propiedad privada. El precedente más antiguo del pensamiento L-C es Sócrates, quien se opuso a las ideas de los sofistas sobre la moral, sintetizadas en la sentencia de Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas.” Para Sócrates, en cambio, el bien y el mal existen por sí mismos, independientemente de lo que decida una asamblea, como sin ir más lejos la que lo condenó a muerte.

Un L-C coincide con un liberal en defender que el gobierno debe estar constreñido y contrapesado por leyes e instituciones, porque cree que existe una tendencia innata al abuso de poder. Sin embargo, ciertos liberales conciben la libertad como un absoluto que puede resolver todos los males. En esto difieren ambos drásticamente. El L-C es liberal a fuer de pesimista, porque recela de entregar excesivo poder a ningún hombre. Pero por ello mismo no se hace demasiadas ilusiones sobre el uso que los seres humanos vayamos a hacer de la libertad; no la considera una receta mágica para que triunfe el bien, sino en todo caso una mera condición de la moralidad.

Además de la tradición clásica, la fuente principal del L-C es por supuesto el pensamiento cristiano. La tendencia innata al mal no es más que la formulación secular del pecado original. Y el escepticismo hacia el poder de la razón para diseñar un mundo perfecto nace igualmente de la concepción cristiana principal o mainstream acerca de los límites de la razón, alejada tanto del racionalismo extremo como del fideísmo.

Muchos L-C no son creyentes. Simplificando, consideran verdadera la moral cristiana sin necesidad de admitir su fundamento sobrenatural. Esta posición, aunque se apoye en la experiencia y el sentido común, en mi opinión no es sostenible indefinidamente. La razón nos ilumina sobre los medios, pero es incapaz, por sí sola, de proporcionarnos una certeza absoluta sobre los fines de la existencia. El L-C agnóstico o ateo, con tal de que viva lo suficiente, o bien acaba convirtiéndose, o bien terminará flaqueando en sus convicciones. “Si Dios no existe, todo está permitido.” Esto sigue siendo una verdad incontestable, a la que tarde o temprano debemos enfrentarnos cada uno de nosotros, si queremos ser serios.

Hay que decir que los progresistas agnósticos tampoco suelen ser consecuentes. Siguen sosteniendo una actitud tan cristiana como que hay que ayudar a los pobres y acoger a los inmigrantes, a pesar de que no creen en Dios. Dirán que no hace falta creer en otra vida para hacer el bien y todo el repertorio habitual de lugares comunes que se descubren a los catorce años, cuando uno imagina haber sido el primero en empezar a pensar por su propia cuenta. Pero no; sin un absoluto que trasciende al hombre, volvemos a la sentencia protagórica: todo es relativo y cualquier delirio puede ser argumentado. Los totalitarismos comunista y nacionalsocialista nacen de ahí, de pensar que el hombre puede prescindir de Dios para darse sus propios principios, en base a supuestas doctrinas “científicas”, socialistas, darwinistas o del tipo que sean.

También hay progresistas cristianos, incluso en altos niveles de la jerarquía católica. Ahora hasta tenemos un papa progresista, que coquetea con el discurso de la izquierda populista y trata de rebajar la moral católica con una criptorreforma doctrinal para someter a la Iglesia a las ideas prevalecientes en el mundo sobre la sexualidad. Todo esto, hay que decirlo claramente, procede de una lectura errónea del Evangelio; lo que siempre se ha llamado herejía, tal como la definía Pascal: aislar determinadas verdades para oponerlas a otras no menos importantes. “La source de toutes les hérésies est l’exclusion de quelques-unes de ces vérités.” Al final de este escrito añadiré brevemente algo sobre esto.

Tenemos también las fuentes modernas del L-C. Desde la Escuela de Salamanca hasta Hayek, pasando por pensadores liberales (Adam Smith, Tocqueville), conservadores (Burke, Oakeshott), reaccionarios (Donoso Cortés, Gómez Dávila) e inclasificables como Chesterton. De todos ellos se alimenta el L-C, sin negar sus diferencias. Los reaccionarios tienen razón en diagnosticar el mal moderno, que no es otro que la ruptura con el cristianismo. Se equivocan a menudo en especular con sociedades neorrurales o variantes de distributismo, que jamás podrían sostener a un planeta donde viven siete mil millones de seres humanos.

En esta rápida caracterización del L-C, hay dos debates que apenas podemos apuntar, para no alargarnos en exceso. Una es la cuestión del liberalismo perfeccionista. ¿Es válido que el Estado incentive determinados comportamientos, por ejemplo para favorecer la natalidad? Algunos pensadores, como me consta por comunicaciones privadas, recelan del perfeccionismo, por considerarlo una forma de ingeniería social, tan peligrosa como la practicada por el progresismo.

En esto discrepo. La ingeniería social es intrínsecamente progresista, es decir, se basa en el principio de que el hombre es una tabla rasa en la que puede escribirse lo que se desee y en que todo es relativo, no existen modos de vida objetivamente más valiosos. Uno de los productos más aberrantes de esta concepción es la ideología de género, según la cual existiría una “identidad de género” no condicionada por nuestro sexo biológico, y que por tanto podemos elegir libremente.

El perfeccionismo, liberal o no, parte de la concepción opuesta. Existe una naturaleza humana, que debemos tener en cuenta a la hora de legislar. No cualquier uso que hagamos de nuestra libertad es igualmente valioso. El Estado no puede ser neutral moralmente, no porque no deba, sino porque es imposible: haga o deje de hacer, está adoptando posiciones morales y además las está avalando, siquiera implícitamente. Como señala nuestro pensador liberal-conservador español más importante, Francisco José Contreras, “las leyes tienen un efecto pedagógico, un impacto sobre las costumbres.” [1] 

La otra cuestión controvertida dentro del L-C es el nacionalismo. Por un lado, puede considerarse como una idolatría moderna más, cuyos efectos destructivos se han revelado en las dos guerras mundiales y en los conflictos separatistas que siguen amenazando la paz y la convivencia en Europa y en las repúblicas exsoviéticas. Pero por otro, no cabe duda de que existe un proyecto progresista de arrasar las tradiciones nacionales en sinergia con el proyecto anticristiano. Ambos se suelen amparar bajo un noble ideal europeísta y como una defensa de las virtudes del libre comercio y circulación. Pero es más que dudoso que la Unión Europea pueda construirse en contra de las identidades nacionales y cristiana sin deslizarse hacia una dictadura burocrática. Por lo demás, resultan poco creíbles las críticas al proteccionismo (oportunamente multiplicadas desde la elección de Trump en los Estados Unidos) mientras se continúa subvencionando sistemáticamente la agricultura europea.

Concluyo. El L-C no es una ideología, sino una actitud. Es decir, no tiene respuestas ni soluciones apriorísticas a todas las cuestiones ni a todos los problemas. Por el contrario, en buena medida es consustancial al pensamiento L-C la convicción de que no todo tiene remedio en esta vida, y que intentar hacer este mundo un poco mejor (o como mínimo no empeorarlo) requiere desprenderse de tentaciones utópicas que, como la historia nos enseña, sólo han servido para justificar los peores crímenes.

Pero las utopías no son a fin de cuentas más que “teologías sustitutorias”, como denomina Federico Jiménez Losantos al marxismo, en su recién publicado Memoria del comunismo. Y esto puede entenderse de dos maneras. Una, que el mal está en la teología en sí, en el propio cristianismo. Así lo entienden Nietzsche y autores libertarios como Antonio Escohotado. La otra, que el problema es el opuesto: no el cristianismo sino habernos apartado de él, tomando heréticamente sólo algunos de sus principios (la preocupación por los pobres, la misericordia), para volverlos contra otro de importancia capital, esto es, que el hombre no puede salvarse a sí mismo, sin la mediación de Cristo. Este punto de vista es en mi opinión el más genuinamente liberal-conservador: que el hombre, a diferencia de lo que sostiene Yuval Harari en Homo Deus, no debe ni podrá nunca suplantar a Dios.

[1] F. J. Contreras (ed. y coautor), El sentido de la libertad, Stella Maris, Barcelona, 2014, p. 311.

Reductio ad medievalum

En el debate político se incurre a menudo en la reductio ad Hitlerum, una cierta forma de razonar por la cual tendemos a identificar o asociar con el nazismo la posición que deseamos rebatir.

La comparación de determinadas ideas con las que sostenían los nazis es en ocasiones una advertencia pertinente. Pero es cierto que abusar de este procedimiento sólo acaba sirviendo para banalizar los crímenes cometidos por el régimen de Hitler y para empobrecer el debate, conduciéndolo a un bucle estéril de mutuas acusaciones infamantes.

La reductio ad Hitlerum no sería en el fondo más que una variante de la que podemos llamar reductio ad dextrum (reducción a la derecha), que suele combinarse casi siempre con la reductio ad medievalum, reducción a lo medieval. (Que los latinistas me corrijan si procede.) Como el lector habrá adivinado, estas formas de argumentación consisten en asociar las posiciones que se desea rebatir con formas de pensar periclitadas, anticuadas, medievales o de derechas.

Los ejemplos son interminables, pero creo que bastará uno reciente, que tiene que ver con la eliminación de las azafatas de la Fórmula 1, por razones feministas. Muchos no han tardado en reaccionar tachando tal medida de puritana, de ser un retroceso a tiempos pasados, en los que no se toleraba siquiera que las mujeres mostraran sus tobillos.

El diccionario de la Academia ofrece dos acepciones del vocablo “puritano”. La segunda se refiere a un grupo religioso inglés del siglo XVI que aquí no viene mucho al caso. La primera dice así: “Que real o afectadamente profesa con rigor las virtudes públicas o privadas y hace alarde de ello.” En este sentido, el gesto de la Fórmula 1 de prescindir de guapas azafatas podría efectivamente calificarse de puritano, puesto que es un modo de alardear de lo que en nuestro tiempo se considera una virtud: rendir pleitesía a lo políticamente correcto. Ya saben, la igualdad de género, luchemos contra el cambio climático y todo el repertorio de eslóganes que dan puntos de progresismo y buena conciencia sin esfuerzo, como los lacitos contra el VIH o el cáncer de mama.

Sin embargo, es obvio que la inmensa mayoría emplea el término puritanismo no en el sentido preciso del diccionario, sino como un sinónimo de mojigatería y de represión sexual. Y el feminismo, al menos desde Simone de Beauvoir, no encaja con estas actitudes. Al revés: defiende toda forma de sexualidad, especialmente no reproductiva, como la homosexualidad y el autoerotismo, y propugna el aborto libre como garantía para practicar las relaciones heterosexuales sin asumir responsabilidad alguna.

Ahora bien, cuando decimos que el feminismo ha caído en el puritanismo, no sólo lo acusamos injustamente de algo que no es. Estamos al mismo tiempo reforzando el discurso progresista, transmitiendo el mensaje implícito de que no hay nada peor que no ser moderno. Tal como entienden los progresistas la modernidad, naturalmente: menos cristianismo, menos familia tradicional y más Estado.

Existen dos clases de represión sexual. Una es la coacción física contra la libertad de las personas, o represión externa. La otra es la creencia (o represión interna) de que la sexualidad debe limitarse al matrimonio. Hoy la mayoría, también quien escribe, opina que el primer tipo de represión no debe ejercerse sobre sujetos adultos que se relacionen libremente entre sí. En cambio, la segunda, que tanto nos gusta ridiculizar, ha contribuido durante milenios a disciplinar hasta cierto punto los desbordantes instintos sexuales. Y como señaló Donoso Cortés antes de Freud, es gracias a la represión interiorizada (no sólo en el aspecto sexual) que la civilización puede reducir las formas de control externas, es decir, la violencia del colectivo sobre el individuo.

Hoy ya no creemos necesitar esa autodisciplina, sino que la consideramos una sarta de absurdos prejuicios religiosos. Más aún, la tendencia es a criminalizarlos, a percibirlos como causa de odio a las minorías sexuales. Pero estamos viendo las consecuencias de esta liberación de los prejuicios: agrandada cada vez más la separación entre sexualidad y procreación, la gente ha dejado de engendrar hijos suficientes para reponer la población. Y siguen habiendo tantos problemas psicológicos y pasionales, si no más, como los que antaño supuestamente provocaban los tabúes sexuales.

El hombre contemporáneo está convencido de que sus antepasados eran unos patéticos ignorantes, unos infelices que no sabían que la tierra gira alrededor del sol ni conocían la existencia de los microbios, y que por tanto tenían que estar equivocados en todo lo demás. Aquejado de un auténtico “chovinismo cronológico” (C. S. Lewis), se halla persuadido de estar por encima de todos los sabios de la Antigüedad y la Edad Media, mientras empuña el mando a distancia de su televisor para sintonizar cualquier vulgaridad indescriptible.