Defendemos la uniformidad

Una de las estrategias de la manipulación masiva es la confusión de dos ejes: el eje verdadero/falso y el evidente/no evidente. Lo evidente es verdadero por definición, mientras que al revés no puede decirse siempre lo mismo. Ahora bien, siendo el hombre un ser social, lo evidente está condicionado por el grupo: si este se halla firmemente persuadido de la verdad de determinada afirmación, al individuo le resultará difícil resistirse a esa “evidencia”, aunque su razón e incluso sus ojos le digan otra cosa. Es más, ni siquiera hace falta que la mayoría esté realmente convencida de algo, basta con que alguien nos haga creer que lo está, y dejar luego que actúe el poderoso efecto rebaño. Así es como puede darse la paradoja de que casi todo el mundo elogie el traje del emperador, aunque individualmente nadie deje de ver que está desnudo. El gobierno autonómico catalán (pero podría ser cualquier otra administración) se ha gastado no sé cuántos miles de euros en una campaña de publicidad institucional llamada “Defendemos lo obvio”. (Defensem el que és obvi.) Hoy he visto uno de los carteles en un autobús: una imagen de dos hombres besándose, con la leyenda “Tienes derecho a amar a quien quieras”. Otros ejemplos, que se verán en el transporte público, marquesinas, televisión e internet, son: “Tienes derecho a ser un vecino más” (imagen de una persona negra), “tienes derecho a que nadie decida tu género” (imagen de una niña), “tienes derecho a no tener límites” (imagen de una persona con discapacidad), “tienes derecho a ser mujer y ser libre”, etc. Observen que el mensaje genérico de esta campaña, defender lo obvio, en sí mismo no lo es. Porque si algo es en verdad evidente, no tiene, o no debería tener, ninguna necesidad de ser defendido, al menos en el plano verbal. No tendría sentido proclamar en marquesinas que dos más tres suman cinco, o que la tierra gira, salvo que lo que realmente se pretenda no sea afirmar lo evidente, sino mezclarlo fraudulentamente con otras aserciones que no lo son en absoluto. En este caso, sí que podemos acabar viéndonos obligados a desenvainar la espada para poder afirmar que la hierba es verde, como profetizó Chesterton que ocurriría. El movimiento transexualista lleva tiempo realizando una amplia operación de ingeniería social para convencernos de que si un niño o una niña de seis o siete años manifiesta no sentirse conforme con su sexo, los adultos deben seguirle la corriente desde el principio (y pobres de los padres que no se sumen al parecer de las autoridades educativas), de manera que el menor, reconocido socialmente como perteneciente a un “género” distinto del sexo biológico, difícilmente será capaz por sí mismo de madurar (¿qué es madurar, sino admitir que no todo lo que deseamos nos conviene?) y reconciliarse con sus caracteres sexuales de nacimiento… Salvo quizás cuando ya haya sido sometido a tratamientos endocrinos o incluso quirúrgicos, difícilmente reversibles, y cuyos graves efectos sobre la salud están empezando a conocerse. Pero otros mensajes de la campaña que parecen más razonables tampoco son inocentes. Tras la aparente defensa de la igualdad, lo que hay es un intento sutil de criminalizar determinadas opiniones. Si sostienes que debe actuarse contra el tráfico de seres humanos y adviertes sobre los graves problemas económicos, culturales y de seguridad que conlleva la inmigración masiva, eres un racista que niegas a personas con otro color de piel el derecho a convivir con nosotros. Si defiendes el carácter fundamental e insustituible del amor entre el hombre y la mujer para la sociedad, fuente de inspiración del arte y la literatura universales, eres un homófobo que se opone a la libertad sexual. Si cuestionas el discurso radical contra el patriarcado, o te opones al aborto, eres un machista que pretende encerrar a las mujeres en casa y obligarlas a parir como conejas… Mediante esta suerte de terrorismo intelectual no se trata más que de imponer la igualdad de pensamiento, como inexcusable preliminar de una utópica igualdad de hecho. Y no hay que ser un lince para sospechar que al Poder lo único que verdaderamente le importa es conseguir el primer tipo de uniformidad: la de nuestras mentes.

Freud de mercadillo

Vivimos, todavía hoy, bajo la alargada sombra de Marx y Freud. Por culpa del alemán, todo pasa por el prisma de las relaciones de dominación: desde un conflicto laboral hasta una película de Disney o cómo se sienta un hombre en el transporte público. El vienés, por su parte, convirtió en dogma universal que cualquier problema de salud mental o infelicidad se originan en la represión de la sexualidad. La combinación de ambas tesis ha sido sencillamente devastadora. Hoy todo quisque quiere ser víctima de algo y además que sus debilidades sean tenidas por audaces reivindicaciones. El cantante Ricky Martin, cuyo patrimonio se estima en 60 millones de dólares, dijo en Twitter que “no es fácil” vivir en los EEUU de Trump siendo, como él, hispano y gay. Desde “La lista de Schindler” no nos habíamos conmovido tanto. Pero la cosa no se limita a celebridades y millonarios, ni mucho menos. La sombra alargada llega hasta los estratos más humildes de nuestra sociedad. Escuchado ayer mismo en boca de un paradista de mercadillo, en mi barrio: “prefiero que mi hija sea feliz con una mujer a que sea infeliz con un hombre”. Me imaginé los aplausos entusiastas de la claque si estas palabras se hubieran dicho en el plató de “Sálvame”. Sin saberlo, ese autónomo que probablemente no ha leído un libro en su vida se puso al nivel de esos catedráticos de ética que, mediante ingeniosos dilemas que nunca se producen con nitidez en la vida real, pretenden convencernos de que las nociones del bien y del mal son relativas. ¿Usted qué prefiere, sufrir horrorosamente en una cama de hospital o morir plácidamente mediante una sedación letal? ¿Usted qué prefiere, ser feliz tomando una pastilla o infeliz privándose de los últimos avances de la farmacología? Si la felicidad es algo completamente subjetivo e inmanente, un sentimiento que dura lo que duran nuestras funciones vitales y después sanseacabó, la respuesta a esas preguntas no puede ser más evidente. Y si Ricky Martin se siente oprimido a pesar de su patrimonio de sesenta millones, pues se siente oprimido y no hay más que hablar, malditos racistas y homófobos.

Humor a pecho descubierto

El humor gráfico vive en un eterno dilema entre dos objetivos aparentemente difíciles de conciliar: hacer reír sin más pretensiones y ser crítico con la realidad. Sin embargo, en los mejores momentos, y los mejores autores, esta esquizofrenia se resuelve en una suerte de lucidez sobre la naturaleza humana y sus miserias, donde desaparece la distinción entre la crítica y el humor, convirtiéndose ambos en la misma cosa. Viene esto a cuento de Miguel Villalba, “Elchicotriste”, un dibujante tarraconense y universal que para mí (junto con su paisano José Manuel Álvarez, “Napi”, del que hablaré otro día) es el mejor humorista gráfico de España. Pensarán que me estoy dejando llevar por el localismo, pero yo les invito a que busquen sus hilarantes y corrosivos dibujos en internet, y opinen por sí mismos. Su último libro se titula Humor sin mascarilla, y pueden adquirirlo en elchicotriste@hotmail.com, por un módico precio equivalente a ocho o diez cervezas, no recuerdo exactamente cuántas fueron. Si lo hacen antes del viernes, aportando una foto, serán obsequiados con su propia caricatura. Elchicotriste, en su ya dilatada trayectoria, ha arremetido lo mismo contra la corrupción del PP, el capitalismo financiero o la pederastia en la Iglesia, que contra el Procés (no ha habido, al menos en Cataluña, un humorista tan salvaje contra el separatismo), el gobierno de coalición PSOE-UP y la histérica corrección política feminista, antirracista y animalista. Villalba ataca al poder y al discurso dominante, sean del signo que sean y adopten el disfraz que adopten. No procede esta actitud de un escepticismo apolítico, sino de un empeño en desenmascarar las injusticias tras la demagogia y los sofismas. Villalba es de la estirpe moral de George Orwell, quien sin dejar de ser socialista toda su vida, retrató para siempre las cínicas y monstruosas mentiras de que se vale el totalitarismo para pisotear la dignidad humana, en nombre del socialismo. Otra cuestión es si realmente esas mentiras consisten en retorcer y deformar las ideas de izquierdas, o bien son las inevitables conclusiones a que conducen unas premisas intrínsecamente erróneas, como yo pienso. Pero no necesitamos ponernos de acuerdo sobre esto para reconocer el talento de quienes saben dar expresión artística al contraste entre lo ideal y lo real. Más aún, probablemente la crítica más demoledora sólo puede hacerla quien sigue creyendo en unos ideales que ve dolorosamente traicionados. Los reaccionarios como yo, en ocasiones, no podemos evitar experimentar un perverso regocijo al ver cómo los hechos refutan las prometeicas aspiraciones de emancipación terrenal, dándonos la razón. Pero es una razón que, a no ser por un Orwell o un Villalba, cada uno en su género, tendría escasísimas posibilidades de dejar de ser minoritaria. O como se dice ahora, ultraderechista.

Un mundo normal

Es difícil saber en qué momento consiguieron hacernos creer que de la tolerancia se desprendía la normalización. Nicolás Gómez Dávila, en uno de sus volúmenes de escolios publicado en 1986, ya puntualizó: “Tolerar no debe consistir en olvidar que lo tolerado sólo merece tolerancia.” Por lo demás, el diccionario de la RAE es claro. Tolerar es “llevar con paciencia”, también “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente” y, por si quedaba alguna duda, en su cuarta acepción: “Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.” (Aunque yo más bien precisaría: respetar a los demás, no necesariamente a sus ideas o actos, especialmente cuando éstos son aberrantes o estúpidos.) El caso es que, desde hace décadas, el Estado y sus infinitas terminales están pregonando algo completamente reñido con el diccionario: que para ser tolerantes en serio debemos normalizar toda una serie de manifestaciones y conductas que, al menos hasta no hace mucho, se apartaban de lo normal, ya sea en sentido estadístico o valorativo. A poco que se medite, esto acaba siendo lo contrario de la tolerancia. Porque si tolerar es un verbo que se refleja en el dicho “vive y deja vivir”, normalizar a alguien, que suele ser la sociedad entera, a la que hay que transformar mediante métodos de condicionamiento mental (“sensibilización”, “concienciación”) y coactivos (sanciones laborales, sociales y hasta penales por “delito de odio”, o contra la “memoria histórica”) no es precisamente una actitud pacífica. Preciso es reconocer que el argumento a favor de la normalización no carece de cierta lógica: en un mundo normalizado, donde determinadas creencias, costumbres o modos de vivir ya no produzcan ningún rechazo, sencillamente no sería necesario ejercer la tolerancia, por la mera desaparición de aquellos prejuicios que provocan la discriminación y las injusticias. El progresismo, en lugar de moralizar a las personas, mediante la conversión individual, para cambiar el mundo (como propugnó siempre el judeocristianismo, aunque tantas veces cayera, incongruentemente, en la intolerancia) defiende cambiar el mundo para moralizar (o lo que entiende por tal) a las personas. El problema con este método colectivista y determinista es que la moralidad se posterga indefinidamente, ya que de todos modos no se considera plenamente factible su aplicación actual, lo que acaba justificando hasta el crimen, si supuestamente contribuye a la implantación del paraíso ético futuro. La normalización trata de imponernos una serie de dogmas que ni siquiera reconoce como tales (suele confundirlos con conclusiones de debates ya cerrados), mientras que la tolerancia, aún creyendo en unas verdades determinadas, concede que la falibilidad humana no autoriza a establecerlas por la fuerza, ni tan siquiera aunque toda la humanidad, menos un solo individuo, las profesara, como nos enseñó el mejor John Stuart Mill. El tolerante confía, con aparente ingenuidad, en que, en un marco de debate intelectual libre y sin violencia, la verdad se abrirá paso por sus propios medios, sin necesidad de erradicar por siempre el error, que es consustancial al hombre. El normalizador no descarta crecientes grados de coacción, ni le hace ascos a la manipulación y la mentira, si con ello consigue su objetivo final: que exista un pensamiento unánime y oficial, o más exactamente, que los seres humanos no puedan, literalmente, pensar de modo discordante. No se dejen engañar cuando le oigan hablar de diversidad: se refiere a las identidades políticas (de género, étnicas, etc.), no a las ideas. Y como sentencia Carlos Marín-Blázquez: “Cuando las opiniones convergen, la tiranía acecha.” (Fragmentos, 588.) El normalizador no es más que un neoinquisidor que, si bien ya no quema a nadie en la hoguera, es perfectamente capaz de destruir civilmente a cualquiera que se atreva a cuestionar sus axiomas, o simplemente plantear debates tabú, como explica con detalle Axel Kaiser en su reciente libro La neoinquisición. Persecución, censura y decadencia cultural en el siglo XXI. Si la tolerancia es un concepto de evidente raigambre liberal, la normalización (y sus correlatos “inclusión”, “visibilización”, “paridad de género”, etc.) revela un espíritu genuinamente totalitario, aunque nos lo estén vendiendo como exactamente lo contrario.

Una película valiente

Hollywood nos tiene acostumbrados a películas donde humildes particulares se enfrentan a poderosas corporaciones. En general, suele tratarse de empresas armamentísticas, farmacéuticas, tabacaleras o petroleras, que en el imaginario colectivo ya tienen cierta mala prensa. Menos frecuente, por no decir inédito hasta hace poco, es que la corporación sea una multinacional abortista, y además se la identifique con total claridad: Planned Parenthood. La película Unplanned, basada en hechos reales y estrenada con algún éxito, el año pasado, en los EEUU, pese a los boicoteos sufridos, ha llegado ahora a España. El filme nos cuenta la historia de la activista provida Abby Johnson, quien tras haber dirigido una clínica abortiva termina enfrentándose a su antigua empresa. No esperen la típica película de juicios, género que a mí me gusta especialmente, y en el que los americanos son maestros. La obra opta por el drama personal, con un guión simple, sin giros inesperados ni apenas intriga. Sin embargo, la recomiendo sin reservas por varias razones. En primer lugar, porque muestra con esa claridad de la que solo el cine es capaz (y por tanto con inevitable dureza) qué es realmente el aborto, tanto el quirúrgico como el químico. Aunque esté clasificada para mayores de 18 años, creo que es apta, y sumamente didáctica, para menores a partir de unos catorce años. En segundo lugar, pese a que la película será acusada de panfletaria por los partidarios del aborto, en realidad lo es mucho menos que otras de temática análoga (idealistas contra cínicos poderosos), que transpiran un progresismo demagógico y maniqueísta. De hecho, el guión presenta los argumentos de los abortistas sin una ridiculización añadida, tanto los que reducen la vida humana del no nacido a un amasijo de células, como los que se basan en el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. La película rebate estas falacias inteligentemente, con hechos más que con palabras. Tampoco demoniza a quienes trabajan en clínicas abortistas. La única que aparece en el papel de “mala”, pero sin ensañamiento, es la fría jefa de la protagonista en Planned Parenthood. En tercer lugar, la película muestra la importante labor que realizan los activistas provida, empezando por sus intentos de convencer a las mujeres que van a abortar para que no lo hagan, en las mismas puertas de las clínicas. El filme muestra con realismo las terribles dudas, las angustias y el sufrimiento de estas mujeres, tanto las que abortan como las que deciden finalmente no matar a sus hijos. Y tampoco oculta las creencias cristianas de los antiabortistas. Aunque sean bienvenidos todos los defensores de la vida, tanto ateos, agnósticos como de cualquier religión, vale la pena recordar que quien profesa el cristianismo con coherencia no puede estar más que a favor de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, sin tibiezas de ninguna clase, ni timoratas ambigüedades para no molestar a nadie. Ya que tantos curas han dejado de sostener la causa provida desde los púlpitos, no viene nada mal que lo haga el cine.

Por qué creo en Dios

Creer en Dios es una cuestión de fe, pero también de razones, pues si Dios existe, los argumentos de los ateos tienen que estar equivocados. En síntesis, para mí la idea de Dios responde a una cuestión metafísica radical: qué relación hay entre el Absoluto y todo lo demás. Entiendo por Absoluto un ser que existe por sí mismo, sin necesidad de ningún otro, y que por tanto es infinito y eterno, pues nada puede limitarlo. Que un Absoluto existe es algo que casi todo el pensamiento religioso y filosófico ha asumido, de manera más o menos explícita, desde sus remotos orígenes. Las únicas filosofías ajenas a tal concepto han sido el escepticismo radical y el positivismo. Pero estos, llevados hasta las últimas consecuencias, conducen a la destrucción del pensamiento; sólo habría una sucesión de fenómenos sin sentido ni conexión entre sí. Todos los demás sistemas religiosos y filosóficos, tanto ateos como teístas, tanto materialistas como idealistas, postulan, de manera sobreentendida o no, un Absoluto, es decir, una realidad primordial necesaria y eterna, ya sea la materia o el Dios judeocristiano. Y es que el Absoluto se puede concebir de dos modos fundamentales, como inmanente o trascendente. O bien es la totalidad de lo existente, y por tanto no hay nada fuera o además de él; o bien no es el todo, sino que el mundo existe separadamente de él, de alguna manera. La primera opción se halla sumamente desarrollada en el pensamiento oriental, por ejemplo, en el budismo. En Occidente fue formulada por numerosos filósofos griegos, al menos desde Parménides. Para los atomistas griegos, el todo era un número infinito de átomos danzando en el vacío, formando y destruyendo azarosamente infinitos mundos, a lo largo de la eternidad. Decía Epicuro en su Carta a Heródoto: “El todo fue siempre tal como ahora es, y siempre será igual. Porque nada hay en lo que vaya a cambiarse.” En el siglo XVII, Spinoza llamó Dios a lo Absoluto, aunque no tuviera nada que ver con el Dios bíblico. En su Ética afirmaba: “Todo cuanto es, es en Dios, y sin Dios nada puede ser ni concebirse.” Actualmente, el inmanentismo revive en las especulaciones cosmológicas sobre el llamado multiverso, que tratan de explicar por qué las leyes físicas parecen concebidas para favorecer la aparición del hombre, postulando la existencia de infinitos universos paralelos con leyes y constantes distintas. El inmanentismo o panteísmo (en el fondo son indistinguibles, como he desarrollado en una entrada anterior) atrae poderosamente a la mente humana por su simplicidad y elegancia, pero tiene un problema: que en él la libertad es una mera ilusión, puesto que todo cuanto sucede, y lo que haga el hombre, forma parte del ser eterno e inmutable desde siempre. Spinoza fue particularmente franco al respecto, pero lo mismo puede decirse de cualquier forma de inmanentismo/panteísmo. Chesterton, en su libro Ortodoxia, denominó “fatalismo científico” a la idea de quienes aseguraban que “todo era como debía ser y que se había desarrollado sin el menor error desde el principio.” Por supuesto, nada de lo que hagamos tiene valor moral alguno, si no hay libertad. “Es imposible extraer del panteísmo un impulso hacia la acción moral. Pues la naturaleza del panteísmo implica que tanto da lo uno como lo otro, mientras que la acción requiere que una cosa sea preferible a otra.” Si el positivismo destruye el pensamiento, el inmanentismo destruye la aventura. La alternativa a esta idea es, como dijimos, el Absoluto trascendente. Que el mundo existe de algún modo separado, sin confundirse, sin ser absorbido por el Absoluto. Y hay una asombrosa, casi inconcebible explicación para ello, por vez primera enunciada en el Génesis: que el mundo haya sido creado por ese Absoluto con plena libertad (de ahí que se conciba como un ser de carácter personal), no como una emanación o manifestación fatalmente necesaria de Él. Volviendo a decirlo con palabras de Chesterton: “La frase clave del teísmo cristiano es que Dios fue un creador, como pueda serlo un artista.” Y el principio que subyace a la idea de creación “equivale a una ruptura (…). Cualquier creación es una separación.” Cómo esta traumática ruptura puede llegar a superarse, sin anular la libertad humana, ya no es mero teísmo, sino cristianismo, del que no me queda espacio para hablar aquí. Lo que ahora importa es que esa separación primigenia en que consiste el acto creador es la condición de nuestro ser mismo, en lo que tiene de esencialmente distinto de una piedra, un perro o una máquina. Tal vez sea imposible demostrar la existencia de Dios. Pero podemos preferir una visión u otra del Absoluto. En un caso nos cerramos a la fe, y en el otro nos abrimos a ella. Yo he elegido lo segundo, sencillamente.

La autodestrucción del progresismo

El progresismo es el sueño de la reforma radical del hombre por sí mismo. Su formulación más extrema, planteada ya en campos como la biogenética y la informática, se conoce como transhumanismo. Pero ¿qué garantías hay de que un ser imperfecto y pasional como el hombre pueda autotrascenderse en un ser intelectual y moralmente superior? El fantasioso barón de Munchausen, que intentó sacarse a sí mismo de una ciénaga tirando de los cordones de sus propias botas, es una buena imagen del carácter insolublemente paradójico del proyecto progresista. Claro está que la alternativa no se halla en ningún inmovilismo fatalista, no es mirando a la India donde encontraremos una salida. Lo que ha hecho grande a Occidente, sobre todo en el terreno cultural y científico (el poderío económico y militar no fueron más que sus frutos) ha sido la singular simbiosis entre el cristianismo y el racionalismo. El dualismo Dios-mundo, al tiempo que avala la inteligibilidad de lo físico, creado por una inteligencia infinita, y asegura nuestro libre albedrío separándonos de lo Absoluto, señala el único método de conocimiento de la naturaleza asequible a la naturaleza finita de la criatura humana: la humilde observación de la realidad y la amigable discusión racional. Ya sé que a todos nos han contado una historia muy distinta, la de un combate entre fe y razón que sólo en los últimos tiempos habría empezado a ganar la segunda, no sin resistencias reaccionarias. Este relato fraudulento, tejido con medias verdades y leyendas, empieza ya a caerse de modo evidente. En especial desde que, no contento con atacar al cristianismo, el progresismo cada vez se está alejando más de la propia razón, es decir, del debate argumentativo. La discusión racional (que no la inventó la Ilustración, sino que había alcanzado ya un alto grado de perfeccionamiento en la escolástica medieval, tan injustamente caricaturizada) se está viendo crecientemente desplazada por un emotivismo pringoso, compuesto tanto de “empatía”, buenismo y sensiblería como de sus inseparables correlatos, la ira, la indignación y el odio. Cada vez son más los temas que ni siquiera pueden discutirse, incluso las palabras que no pueden pronunciarse, porque ofenden a colectivos supuestamente discriminados, o a quienes hablan en su nombre. Este emotivismo es por naturaleza tramposo, no dudando en adoptar a veces un ropaje racionalista, si ello sirve a sus intereses y veleidades. Así, se nos dice, citando a Karl Popper, que no se puede ser tolerante con los intolerantes. Naturalmente, el pensador austríaco se refería a quienes emplean la coacción en lugar del debate racional, pero los progresistas retuercen el sentido de esas palabras para prohibir los debates que no les gustan, por muy pacíficamente que se planteen; es decir, lo entienden exactamente al revés. Del sapere aude (“atrévete a saber”) de Kant hemos pasado al “no quiero saber, no quiero escucharte porque la sola exposición de tus ideas me ofende”. La paradoja progresista no podía terminar más que de esta manera, en la autodestrucción. Solo saldremos de esta crisis de civilización si en lugar de abominar de la historia, como si no nos hubiera legado más que lacras, nos reencontramos en ella, lo que es tanto como decir en nuestros clásicos y en nuestra fe.