Consideraciones desde un cristianismo no progresista

1. Definición del progresismo

El progresismo es una cosmovisión poscristiana institucionalizada.

1.1. El progresismo es una cosmovisión porque ofrece una interpretación de la existencia humana global, más allá de la política.

El progresismo, en esencia, sostiene que el hombre se construye a sí mismo liberándose de todo aquello que lo condiciona o limita: prejuicios, tradiciones, normas y la propia naturaleza.

El progresismo mayoritario o mainstream es colectivista: concibe esta liberación no tanto como una tarea individual, aunque también, sino como una lucha entre grupos: trabajadores contra capitalistas, el pueblo contra los poderosos, mujeres contra hombres, etc., en la cual unos representan el progreso y la razón, frente a la ignorancia y la defensa del statu quo de los otros.

La concepción progresista es consustancial a una determinada concepción de la historia, sin la cual carecería de su enorme fuerza, que tiene su origen en el Renacimiento y se elaboró fundamentalmente en la Ilustración. El propio término “renacimiento”, por contraste con los mil años de la Edad Media, supuestamente bárbara y oscura desde el siglo V al XV, está en la raíz del progresismo. El cuadro se completa con los subrelatos de la leyenda negra hispanófoba y anticatólica[1], la mitificación de la revolución francesa[2], la visión izquierdista de la guerra civil española[3], el doble rasero en el juicio sobre nazismo y comunismo[4] y, más recientemente, la ideología de género[5].

1.2. El progresismo es poscristiano en el doble sentido de que surge contra el cristianismo (si bien lo disimula cuando le conviene) pero, por eso mismo, no puede entenderse sin él. El amor por los pobres y los marginados es obviamente central en el cristianismo, y resulta por ello fácil confundirlo con la actitud progresista. Muchos autores han venido a decir algo así como que el progresismo sería el cristianismo sin Dios, que es algo no menos absurdo que la tortilla sin huevo. Técnicamente puede considerarse como una herejía, en el sentido que dan a este término autores como Blaise Pascal o G. K. Chesterton[6]. Las herejías toman una verdad determinada, la aíslan de las demás y la lanzan incluso contra ellas. A la postre, una verdad así deja de ser verdad, se convierte en una triste parodia. Vale la pena citar aquí las lúcidas palabras de Pascal:

(Hay muchos que yerran tanto más peligrosamente cuanto que toman una verdad para comienzo de su error. Su vuelta [error] no consiste en seguir una falsedad, sino en seguir una verdad con exclusión de otra.)

Hay un gran número de verdades, tanto de fe como de moral, que parecen repugnantes [contradictorias] y que subsisten todas en un orden admirable.

La fuente de todas las herejías es la exclusión de algunas de estas verdades; y la fuente de todas las objeciones que nos hacen los heréticos es la ignorancia de algunas de estas verdades.

(Blaise Pascal, Pensamientos, XIII, traducción de Eugenio D’Ors, Ed. Orbis, Barcelona, 1982, p. 101.)

El socialismo a menudo se presenta como un Evangelio depurado del elemento teológico y sobrenatural (detalles diríase que decorativos), basándose especialmente en pasajes como el Sermón de las Bienaventuranzas o la expulsión de los mercaderes del templo. Jesucristo señala la riqueza como un obstáculo para el encuentro del hombre con Dios, porque le hace excesivamente dependiente de los bienes materiales; de ahí que los pobres se hallen en una posición más favorable para alcanzar la Salvación. Pero, evidentemente, esto no tiene nada que ver con ninguna pretendida “solución” terrena de la pobreza, como defienden los socialistas. Jesús, ciertamente, aconsejó a los ricos que repartieran sus bienes, lo cual sin duda sería un medio de acabar con la riqueza… pero no con la pobreza absoluta, salvo que caigamos en la falacia de la suma cero (hay pobres porque hay ricos). No era esta la verdadera preocupación del Salvador: ¿”Solucionar” la pobreza, cuando esta es mejor para el alma que la riqueza?

Entre los numerosos pasajes del Evangelio que dejan bien clara la verdadera doctrina de Jesús, hay uno que resulta especialmente ilustrativo. Se han citado innumerables veces las palabras de Cristo en Mateo, 6, 24, “No podéis servir a Dios y al dinero” como un ejemplo de una mentalidad antimercantilista. Sin embargo, tras esta frase, sigue inmediatamente una aclaración fundamental, igualmente archicitada, pero que a menudo no se relaciona con la anterior.

Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta.

(Mateo, 6, 25-26.)

¿Acaso estas palabras del Salvador deben interpretarse como contrarias a la agricultura y a la industria humana? Evidentemente, no. Cuando Cristo predica que no seamos esclavos del dinero, no está diciendo tampoco “¡abajo el capital”. Nos revela con su lenguaje eternamente sugestivo, por encima de tiempos y culturas, que lo material es secundario respecto a lo espiritual. Algo que tanto los comunistas como los capitalistas coinciden en olvidar. Es bien comprensible que los seres humanos sintamos la legítima aspiración de mejorar por medios honrados nuestras condiciones de vida, y las de nuestros hijos. Pero esa actitud está tan alejada del afán de enriquecimiento a toda costa como del revanchismo y la demagogia contra “los ricos”.

Con todo, los socialistas, en su interesada y oportunista interpretación del Evangelio, encuentran la paradójica colaboración de algunos cristianos, incluyendo lamentablemente muchos clérigos, especialmente los de más edad, afectados generacionalmente por el sesentayochismo, como el propio papa Bergoglio, quien ha llegado a afirmar que “los comunistas piensan como cristianos”. Coinciden de este modo, con gran inconsciencia, con el ateo Nietzsche, que tenía la misma mala opinión de cristianos y socialistas, identificándolos en lo esencial. Y coinciden también con libertarios pro mercado como Antonio Escohotado, quien en su monumental obra Los enemigos del comercio sostiene con gran despliegue de datos (por supuesto todos ellos sometidos a una plantilla interpretativa incuestionable) el carácter esencialmente cristiano del socialismo, lo que le permite matar de un tiro los dos pájaros de su animadversión personal. El libertarismo no deja de ser más que una corriente (si bien sociológicamente marginal) del progresismo[7].

También es preciso señalar, a despecho de las interesadas o ingenuas confusiones, el contraste entre cristianismo y progresismo en el asunto de la antidiscriminación. El cristianismo defiende que todos los seres humanos somos iguales en dignidad como hijos de Dios, independientemente de las diferencias y asimetrías naturales y sociales, por razones de sexo, raza, cultura, etc. En cambio, el progresismo o bien niega absurdamente esas diferencias empíricas, o pretende erradicarlas forzadamente, en contra de la biología, la historia y la experiencia en general. El cristiano considera al hombre y la mujer iguales en dignidad, y por tanto en derechos, pero no ve en ello ninguna incompatibilidad con que ambos tengan papeles complementarios y no intercambiables, y sí en cambio una riqueza que procede del mismo designio divino.

Asimismo, el cristiano no tiene nada en contra de las personas homosexuales, a las que acoge exactamente igual que al resto de los seres humanos, pero ello no implica en absoluto tener que aprobar moralmente la práctica de la homosexualidad. El progresista, en cambio, es incapaz de hacer estas distinciones. Para él, el rechazo de la homosexualidad, o la defensa del modelo tradicional de familia, son justificaciones implícitas para la discriminación y las injusticias. Y en efecto, desde una posición absolutamente secularista, en la que Dios no tiene cabida, no es difícil que se produzcan deducciones abominables.

El reverso del progresismo siempre es el nazismo. Los progres usan y abusan del argumento reductio ad Hitlerum de manera mecánica, con el evidente fin de desacreditar a cualquiera que se oponga a sus criterios. Así por ejemplo, cualquiera que cuestione abrir las fronteras a la inmigración masiva es un xenófobo, incluso un racista, fácilmente emparentable con los nacionalsocialistas de los años treinta del siglo XX. Pero se trata de algo más que de un recurso dialéctico o una inercia propagandística. Al faltar una concepción trascendente, que ponga la dignidad humana al abrigo de cualquier circunstancia material, el progresista siempre está luchando contra el nazi, no sólo exteriormente, sino, aunque parezca osado decirlo, interiormente.

Así, el progresista se autoprohíbe la crítica a las culturas no europeas. El islam es paz, nos dice, pero sobre todo se lo dice a sí mismo. Necesita deformar la realidad empírica, lo que nos muestra la experiencia, porque no tiene ningún criterio que la trascienda para evitar sacar conclusiones que con razón le asustan. No puede basar sus razonamientos en algo tan simple como, por así decirlo: “No me gusta el islam ni lo apruebo; pese a lo cual, los musulmanes son también hijos de Dios.” El progresista debe encontrar otros argumentos que le distingan del cristiano, necesita desesperadamente motivos seculares para seguir aferrándose al humanismo. El progresista ve nazis por todas partes porque en el fondo de su alma está siempre luchando para no ser él mismo un nazi. Lucha que le honra, pero que libra en autoimpuestas condiciones desfavorables porque se empeña en renunciar metódicamente (incluso cuando se declara creyente) a lo único que le ayudaría radicalmente: sacar las consecuencias de la fe en el Dios que se hizo hombre.

Más allá de sus guiños ocasionales y oportunistas al cristianismo, y de los numerosos casos de incoherencia personal y empanadas mentales varias, el progresismo es por esencia profundamente anticristiano, pues el cristianismo sostiene que el hombre sólo se realiza plenamente en su entrega a Dios y al prójimo, es decir, en trascender su propio ser, mientras que el progresismo aspira a una total autonomía o autosuficiencia, que desde el punto de vista cristiano es a la postre quimérica, además de fuente de pecado y dolor.

1.3. El progresismo está institucionalizado. Con ello pretendemos señalar que es la ideología oficial u oficiosa de la mayoría de gobiernos occidentales, organizaciones supranacionales, grandes corporaciones, instituciones educativas, los medios de comunicación y la industria cultural y de entretenimiento. Hoy la distinción clásica entre derecha e izquierda ya no significa gran cosa. Las administraciones y los medios han asumido un mismo lenguaje, con conceptos como el género y muchos otros, que nadie discute, al menos en espacios de gran audiencia, y que se están incorporando de manera acelerada a los códigos legales.

Esta institucionalización no es todavía absolutamente monolítica, sino que subsiste una crítica antiprogresista más o menos marginal. Pero incluso esta resistencia minoritaria podría ser arrasada, lo que nos lleva a otras consideraciones.

2. El progresismo tiene consecuencias, y no son buenas

El progresismo no se conforma sólo con la hegemonía, sino que pretende ser pensamiento único y obligatorio. Hasta el momento, al ser una ideología implantada en los principales Estados de derecho, experimenta dificultades para eliminar por completo toda disidencia. Pero los avances en la abusiva tipificación de delitos de “fomento del odio” representan una cuña formidable en dichos estados de derecho, que puede terminar desnaturalizándolos gravemente. El día que ya no se pueda discrepar lo más mínimo de la corrección política (esa forma de censura victimocrática surgida en la izquierda universitaria más elitista), nada podrá evitar que el progresismo se aplique hasta sus últimas consecuencias. Estas serían la prohibición del cristianismo, la erradicación de la familia biológica y la entronización de una dictadura tecnocrática justificada en la “ciencia”, en la que el individuo dejaría de tener ningún valor, estando supeditado, sin ninguna cortapisa moral, al “interés de la sociedad”, es decir, del estado. Todo esto podría llevarse a cabo de manera muy inteligente, sin aparente coacción excesiva, ofreciendo a los individuos una irrestricta libertad sexual y satisfacciones consumistas.

Este totalitarismo blando ha sido predicho más de una vez. Tempranamente por Tocqueville, en un famoso pasaje de su obra La democracia en América, mil veces citado[8]. Y medio siglo después, en la década de los treinta, por Aldous Huxley en su célebre novela Un mundo feliz (Brave New World). El novelista francés Michel Houellebecq, en su obra Las partículas elementales, ha señalado agudamente el carácter de Un mundo feliz como el manifiesto secreto del progresismo, aunque todo el mundo finja hipócritamente detestar la distopía que plantea Huxley. En realidad, quizás estamos cerca del momento en que ya no seremos capaces de entender Un mundo feliz como la amarga sátira que es. También es obligada lectura, sin salirnos de la novelística, la contraposición magistral que expone Arthur Koestler entre la moral cristiana y el colectivismo, en su obra El cero y el infinito[9].

3. Algunos errores comunes

Por ahora estamos lejos de revertir el poder hegemónico del progresismo. Pero hay que evitar imperiosamente que se instaure una dictadura progresista, y eso sí podemos lograrlo. La primera condición para ello es ser conscientes de a qué nos enfrentamos. Por eso urge detectar una serie de errores que proceden de esta conciencia escasa o insuficiente de la amenaza progresista.

3.1. Un error muy extendido consiste en identificar exclusiva o principalmente el progresismo con la izquierda radical. En realidad, esta actúa al mismo tiempo como punta de lanza o como espantajo, abriendo camino con sus exigencias desmesuradas a otras exigencias que por contraste aparecen como “moderadas” o razonables, cuando no como el único medio de contener a los radicales. De hecho, dichas concesiones no hacen más que alfombrarles el camino, al ir “sensibilizando” gradualmente a una sociedad sumida en el relativismo, que se confunde con tolerancia. Aunque más correcto sería decir que van desensibilizándola, consiguiendo que se muestre cada vez más indiferente ante cualquier peregrina innovación. La tolerancia implica la distinción entre el error (que es lo que puede ser tolerado, de donde derivan libertades como la de expresión) y la verdad. En cambio, el relativismo sostiene que no existe algo así como una verdad única, sino que en todo caso hay muchas verdades, todas igualmente respetables… Excepto la de quien niega el propio relativismo, que es tachado de ultracatólico o fascista. (Curiosamente, nunca se oye hablar de ultraprogresista, o ultramusulmán. Al parecer, sólo es malo el exceso en ser cristiano, no en cualquier otra cosa.)

3.2. El progresismo radical no es (sólo) cosa de locos o idiotas. No hay que renunciar al humor como arma dialéctica, máxime cuando los progresistas lo utilizan en ocasiones con gran habilidad (aunque más habitualmente con bochornosa zafiedad), pero cometemos un grave error si nos quedamos meramente ahí, en el “hay más tontos que botellines”, eludiendo una réplica intelectualmente fundamentada. La cosa es muy seria, porque la experiencia demuestra que muchos disparates del pasado han acabado siendo asumidos por la sociedad del presente.

3.3. Uno de los errores más perniciosos consiste en utilizar los argumentos o el lenguaje del propio progresismo para volverlos en su contra. Así, por poner sólo un ejemplo entre cientos, cuando acusamos rutinariamente a la corrección política de “inquisitorial”, dando por buena, inadvertidamente, la leyenda negra anticatólica. Este procedimiento es sin duda efectista en tertulias y contextos informales, porque parece situar al progresismo ante sus contradicciones, que indudablemente las tiene, y además flagrantes. Pero a la larga sólo sirve para reforzarlo, y revela que no hemos escapado a su influjo.

No hay que olvidar que un ciudadano occidental es por defecto progresista (aunque generalmente de una manera superficial) al contrario de lo que se nos pretende hacer creer. Incluso muchos católicos, por no decir la mayoría, han asumido la idea de que la Iglesia se opone al progreso de la ciencia y a la razón, como supuestamente ejemplifica el caso Galileo, “el mayor golpe mediático de todos los tiempos” (Manfred Lütz[10]), y en contra de evidencias abrumadoras como el papel de la Iglesia en la preservación del legado clásico, la creación de las universidades, el cultivo del debate racional y los numerosos científicos católicos, desde Copérnico, el padre del heliocentrismo, hasta Lemaître, padre del Big Bang.

En realidad, el antiprogresismo no es hoy casi nunca algo que se herede, ni mucho menos un fruto de la ignorancia, sino más bien todo lo contrario: exige un esfuerzo considerable de reflexión y aprendizaje, de nadar fatigosamente contra la corriente del gregarismo y de la moda. Los más obstinados “prejuicios”, que tanto dice combatir el progresismo, no son otros, en nuestro tiempo, que los prejuicios progresistas.

3.4. El mayor error de todos, en fin, es olvidar el carácter poscristiano del progresismo. Siempre que tratamos de abstraer la cuestión de la fe, olvidamos nada menos que lo esencial, para entretenernos con aspectos accesorios o superficiales. Cuando decimos, por ejemplo, que el debate sobre el aborto no tiene carácter religioso, incurrimos en una media verdad. Porque el argumento fundamental para proteger cualquier vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, no es otro que teológico. Por mucho que, con el inestimable apoyo de la ciencia, caractericemos el cigoto como una vida humana, siempre se podrá argumentar que mientras no exista actividad nerviosa o cualquier otro criterio de nuestra invención, es lícito tratar a ese ser como un mero amasijo de células, carente de dignidad personal. Sólo si la vida se entiende en un sentido metafísico, y no como un mero hecho molecular, tiene sentido catalogarla como sagrada, sea cual sea su grado de desarrollo. Por supuesto que hay ateos y agnósticos que se oponen al aborto; pero sin dejar de alegrarnos por ello, hay que decir en honor a la verdad que se trata de una actitud teóricamente muy poco consistente. Mal negocio es relegar la fundamentación más rigurosa de nuestras convicciones para abrirnos con mal entendida generosidad a cualquier argumentación endeble, que a la larga no superará las objeciones más serias.

¿Significa esto que la resistencia antiprogresista debe tener carácter confesional? Mi respuesta es un sí con bastantes matices. Carece de sentido -y además se puede ver como algo poco transparente- que los cristianos que nos oponemos al progresismo ocultemos nuestra fe (eso más bien, dejémoslo para los cristianos que lo apoyan), cuando es de ella de donde procede el motivo fundamental de nuestra oposición. Hay no creyentes que se oponen al progresismo, ciertamente (aunque a menudo no a todos sus aspectos). Debemos celebrarlo, sin duda, pero es un error pensar que los retendremos mejor si ocultamos el quid teológico de la cuestión, en aras de un superficial consenso. Lo indicado es hacerles ver con delicadeza, sin caer en un proselitismo precipitado o demasiado burdo, que sus concepciones son en el fondo cristianas, cosa que muchas personas alejadas de la fe no tienen problema alguno en reconocer, honestamente. Lo peor que podemos hacer es ayudar a confirmarles en la idea de que es suficiente vivir como si Dios existiera, y que no se necesita dar el siguiente paso, que es abrirse a la acción de la Gracia. Poco favor les haríamos, y en el fondo, no otra es la semilla por la cual el progresismo vuelve a inocularse una y otra vez: pensar que no necesitamos un Salvador. O por decirlo con las lapidarias palabras de Nicolás Gómez Dávila:

La causa de la enfermedad moderna es la convicción de que el hombre se puede curar a sí mismo.

 

[1] Ver María Elvira Roca Barea,  Imperiofobia y leyenda negra (Siruela, Madrid, 2016) para un penetrante estudio sobre los orígenes y mecanismos de la propaganda denigratoria contra la España católica. La autora aclara (innecesariamente) en que no es católica, lo que no le resta (ni añade) valor alguno a la obra.

[2] Para una crítica de dicha idealización es imprescindible el clásico Reflexiones sobre la Revolución en Francia de Edmund Burke (Alianza Ed., Madrid, 2013.)

[3] Al respecto, es inexcusable acudir, contra el manto de silencio académico, a la obra historiográfica de Pío Moa. Entre otros, ver especialmente Los orígenes de la Guerra Civil Española, Ediciones Encuentro, Madrid, 1999, Los mitos de la guerra civil, La Esfera de los Libros, Madrid, 2003 y Los mitos del franquismo, La Esfera de los Libros, Madrid, 2016.

[4] Son imprescindibles los libros de Jean-François Revel, en especial su clásico El conocimiento inútil, Espasa-Calpe, Madrid, 2007.

[5] Obras recientes sobre el origen de la ideología de género son Nicolás Márquez y Agustín Laje, El Libro Negro de la Nueva Izquierda: Ideología de género o subversión cultural, Grupo Unión, 2016. Alicia Rubio, Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres, Kindle, 2017.

[6] Para un excelente repaso histórico de las herejías modernas, desde el protestantismo hasta nuestros días, donde se muestran lúcidamente su continuidad y sus puntos comunes, recomiendo vivamente la obra de Macario Valpuesta Bermúdez, Adversus haereses. Ensayo apologético de Historia de Occidente, Ediciones Ordás, Sevilla, 2017.

[7] Para una defensa documentada y rigurosa de un liberalismo conservador perfectamente compatible con el cristianismo, véase Francisco J. Contreras, Liberalismo, catolicismo y ley natural, Ed. Encuentro, Madrid, 2013.

[8] Alexis de Tocqueville, La democracia en América, Alianza Ed., Madrid, 1985, vol. 2, p. 266 y sig.

[9] Arthur Koestler, El cero y el infinito, Ed. Destino, Barcelona, 1963, p. 160.

[10] Manfred Lütz, Dios. Una breve historia del Eterno, Ed. Sal Terrae, Santander, 2010.