¿Es Vox reaccionario?

Entre el ya crecido número de artículos (y los que vendrán) advirtiéndonos de lo impresentable que es Vox, el partido fundado por Santiago Abascal y José Antonio Ortega Lara, me llamó la atención uno de Cayetana Álvarez de Toledo. Se titulaba “Un muro infranqueable”, en alusión al muro infranqueable que Vox propone construir en Ceuta y Melilla para contener a los inmigrantes ilegales. (Es la medida 26 dentro de su documento “100 medidas para la España Viva”.)

Álvarez mete a Vox en el mismo saco que los separatistas catalanes y que Podemos, es decir, el saco de “los reaccionarios de todo signo”, eternos enemigos de la civilización. Esta retórica pasada de vueltas recuerda a la estrategia del PSOE y su coro mediático de alertar contra la “crispación”, que nunca he entendido muy bien lo que significa, pero que sirve para culpabilizar pérfidamente al PP y la derecha en general junto con los que tratan de destruir la unidad de España.

No es difícil calificar de reaccionarios a esos nacionalismos que a duras penas logran ocultar sus tics xenófobos y supremacistas. Especialmente si olvidamos que las elucubraciones de carácter racista son una forma de cientifismo, que a su vez es una degeneración ilustrada, más que un producto típicamente reaccionario. Pocos parecen querer recordar el prestigio que, antes de la Segunda Guerra Mundial, tenían entre pensadores progresistas y liberales ciertas interpretaciones de la teoría darwinista de la selección natural, avaladoras de la eugenesia o la esterilización obligatoria.

Por otra parte, calificar a la extrema izquierda de reaccionaria tiene su origen principalmente en su mal disimulada complicidad con el islamismo, que en algunos casos, tras los atentados del 11 de setiembre de 2001, se manifestó en una obscena euforia por “la humillación del imperio”, como la describió Juan Luis Cebrián mientras la zona cero de Manhattan aún humeaba.

Pero que algunos reaccionarios odien a los Estados Unidos y al capitalismo no quiere decir que todos lo hagan, ni tampoco que sólo lo hagan los reaccionarios. No hace falta ser catedrático de lógica para entender que el silogismo “Algunos reaccionarios son antiamericanos/La extrema izquierda es antiamericana/Ergo, la extrema izquierda es reaccionaria” es formalmente inválido.

En realidad, Podemos es un partido tan innegablemente progresista como Cayetana Álvarez de Toledo, aunque por supuesto de un modo distinto, mal que le pese a la hispanoargentina. Progresista, sea liberal, socialista o de Esquerra Republicana de Catalunya, es todo aquel que sostiene, de modo más o menos elaboradamente consciente, que la historia humana consiste en un proceso de liberación de las limitaciones de la naturaleza, así como de aquellas que el hombre se inflige a sí mismo, en forma de religiones, tradiciones, prejuicios y estructuras sociopolíticas y antropológicas de toda índole. Y reaccionario, en su sentido más amplio, sería quien no comparte esta concepción emancipatoria de la existencia.

Un musulmán que cree que la historia es el proceso de imponer a toda la humanidad los preceptos dictados por Alá al profeta Mahoma en el siglo VII, es un claro ejemplo de reaccionario. Pero también lo somos quienes profesamos que el ser humano sólo puede salvarse por la mediación de Jesucristo, lo que implica, entre otras cosas, que jamás aceptaremos someternos al islam. Contra el progresismo no vale cualquier forma de reaccionarismo. Los reaccionarios cristianos podemos coincidir en algunos temas con algunos progresistas, por ejemplo con los liberales en la desconfianza hacia el Estado, la defensa de la dignidad de la persona y la igualdad entre hombre y mujer. O para ser más precisos, hay un liberalismo de matriz progresista y un liberalismo “reaccionario” o no progresista, que defiende la libertad sin absolutizarla.

La concepción progresista pura recuerda irresistiblemente al concepto de la hibris griega, así como al pecado original del Génesis. El hombre que trata de liberarse de todas las limitaciones, olvidando su carácter esencialmente finito, el ser que olvida su carácter dependiente del Creador, lo único que ha conseguido siempre es su propia perdición. Por eso las revoluciones que tratan de partir de cero terminan invariablemente en catástrofes sangrientas. Y los intentos de ignorar la naturaleza humana, como si estuviera en la mano del hombre salvarse e incluso rediseñarse a sí mismo, sólo generan dolorosos dislates. Ejemplos de ello son la ideología de género y los buenismos de tipo socialdemócrata y multiculturalista. El olvido del pecado original nos lleva a creer que cualquier problema o conflicto se puede solucionar mediante la educación, el diálogo y la redistribución de la riqueza. Esto es negarse a reconocer que la naturaleza caída del hombre implica la inevitabilidad de ejércitos y policías, de cárceles y fronteras.

Como afiliado de Vox, ya me gustaría a mí que mi partido fuera más francamente reaccionario, en el sentido que aquí he acotado y con el que me identifico sin ambages. Aunque me doy por satisfecho con las cien medidas de su programa, no veo que ninguna de ellas sea inequívocamente reaccionaria. De hecho, muchas son también perfectamente asumibles por una progresista liberal como Cayetana Álvarez. El muro infranqueable que ésta desearía levantar entre el PP de Pablo Casado y Vox se halla sin lugar a dudas entre Vox por un lado y la izquierda y los separatistas por otro. Y quien sea incapaz de percibir algo tan obvio debería preguntarse qué sesgos cognitivos pueden estar nublando su juicio.

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Vox y la dictadura del pensamiento

El fascismo sirvió tempranamente al comunismo para reivindicarse eficazmente por contraste. Convirtiendo al primero en el Mal absoluto, los comunistas hicieron olvidar a muchos que, desde 1917 y hasta la invasión de Polonia en 1939, gracias al pacto entre Hitler y Stalin, el régimen soviético había sido con diferencia mucho más asesino y represor que el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán.

En España, el sambenito de fascista permitió demonizar a la derecha democrática representada por Gil-Robles, quien hasta el último momento logró mantener a la CEDA dentro de la constitución republicana y el respeto al sufragio universal, pese a ser con frecuencia víctima de la violencia de las izquierdas y de arbitrariedades de las autoridades. Aún hoy los historiadores progresistas, ignorando los hechos que no cuadran con sus prejuicios, dan por cosa juzgada que el legalismo del principal líder de la derecha era impostado, lo cual les lleva a justificar o “comprender” con irresponsable ligereza la violencia izquierdista que acabaría conduciendo a la Guerra Civil.

Por supuesto, los progresistas no tienen problema en considerar como democrático al Frente Popular que llegó al poder en febrero de 1936 sin esperar a que concluyera el escrutinio electoral, y pese a que amparó los procedimientos más desvergonzadamente mafiosos para torcer a su favor los resultados, especialmente en las elecciones que se repitieron en mayo en Granada y Cuenca, tal como relatan M. Álvarez y R. Villa en su libro 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular.

El síndrome de estigmatización fascista opera hoy exactamente igual que en los años treinta. Cuando el progresismo criptomarxista imperante decide que alguien es fascista o ultraderechista, la sentencia es inapelable. Ni siquiera se requieren argumentos o pruebas mínimamente sólidas; basta con asociar rutinariamente y sin tregua el adjetivo ultraderechista con el nombre del partido o del personaje al que de manera poco disimulada se desea expulsar del consenso civilizado. Un político determinado dice un día cualquier cosa que, convenientemente descontextualizada, cuando no tergiversada, pueda interpretarse en el sentido que interesa a los efectos de la propaganda progre, y ya no es necesaria ninguna otra corroboración, ni tener en cuenta mil indicios de naturaleza opuesta: pasa a ser un peligroso ultraderechista por los siglos de los siglos.

Significativamente, nunca se procede de modo análogo con partidos o políticos que con mucha más propiedad sí pueden catalogarse de ultraizquierdistas. Este adjetivo es tan escasamente empleado que de hecho el prefijo aislado “ultra” se considera sin más como sinónimo de ultraderecha, como si no existiera una amenaza mucho más relevante de signo contrario.

No es sorprendente que los separatistas hayan adoptado la estrategia progresista. Nada como pintar una España fascista ayuda tanto a ocultar la naturaleza racista y supremacista del nacionalismo catalán, desde sus orígenes hasta los exabruptos de Torra (tachando de bestias inmundas a quienes según él se resisten a aprender el catalán, aunque simplemente exijan que en un vuelo de Barcelona a Palma se utilice al menos el español para las comunicaciones con los pasajeros) y pasando por las divagaciones antropológicas de Jordi Pujol sobre el andaluz, al que consideraba como poco más que un infrahombre.

Un ejemplo paradigmático del síndrome descrito lo encontramos precisamente en el artículo del intelectual orgánico del nacionalismo catalán, Francesc-Marc Álvaro, “Vox, atado y bien atado”, publicado en La Vanguardia el 11 de octubre. Conviene recordar que para el progresismo y el separatismo, franquista y fascismo son sinónimos, pese a que incluso un escritor tan poco franquista como Eduardo Mendoza ha reconocido que Franco estaba ideológicamente muy lejos de esa ideología totalitaria, más allá de que las necesidades bélicas le llevaran a aceptar el apoyo militar de Alemania e Italia, y de que premiara el apoyo de la Falange integrándola en un régimen que básicamente fue autoritario, católico y conservador.

El artículo de F.-M. Álvaro consiste en una serie de afirmaciones gratuitas y redundantes sobre el supuesto carácter fascista de Vox, de las que no se libran tampoco el PP y Ciudadanos, a los que considera igualmente ultraderechistas, aunque se esfuercen en disimularlo sin excesivo éxito. En todo el texto sólo hay unas pocas palabras que se puedan considerar como una argumentación o explicación de sus juicios, aquellas con las cuales el autor acusa al partido presidido por Santiago Abascal de “construir y señalar a varios enemigos interiores y exteriores de una España que debe ser salvada: independentistas, inmigrantes, feministas, sindicatos, etcétera.”

Ciertamente, para concluir que los independentistas son enemigos de España no hace falta ser de extrema derecha: basta con escuchar lo que dicen a todas horas. El propio Torra defendió textualmente “atacar al Estado español”, entre un sinfín de declaraciones y actuaciones de inequívoco carácter hispanófobo, perpetradas por los dirigentes separatistas y sus seguidores.

Lo demás es sencillamente mentira. Vox no va contra los inmigrantes sin más: sólo contra los ilegales y especialmente contra el salafismo, tanto de importación como cultivado en nuestro territorio. De hecho, nunca olvida dedicar palabras de afecto hacia los extranjeros o naturalizados de origen hispanoamericano, que en el acto de Vistalegre volvieron a escucharse por boca del secretario general Javier Ortega-Smith, de origen argentino.

Si el feminismo se entiende como sinónimo de la ideología de género, efectivamente Vox va contra el feminismo, es decir, contra el postulado neomarxista de la guerra de sexos que criminaliza al varón. Pero entre los miembros más prominentes del partido hay varias mujeres excelentes como la arquitecto y empresaria Rocío Monasterio (hispanocubana, por cierto) o la profesora Alicia Rubio, autora de un libro imprescindible sobre la ideología de género, lo que desmiente taxativamente cualquier pérfida insinuación de que Vox cuestione la libertad de la mujer y la igualdad de derechos de ambos sexos.

En cuanto a la afirmación de que Vox va contra los sindicatos, así, genéricamente, es una pura y simple bellaquería, basada en el punto del programa de la formación derechista que aboga por eliminar las subvenciones a los sindicatos, sí… Pero también a los partidos políticos, patronales y fundaciones, lo que groseramente olvida Francesc-Marc Álvaro.
El resto del artículo se limita a intercalar puras majaderías: Vox no sería más que una reedición de Fuerza Nueva “tuneada y libre de plomo”, con Martínez el Facha como referente y resuelta a aplicar el legado de Franco, resumido en las palabras “atado y bien atado”. Fuente: Francesc-Marc Álvaro, Porque lo digo yo.

No se quedan ahí las tonterías vertidas por el articulista. Para él, las imágenes utilizadas en un vídeo promocional de Vox (ignoro a cuál se refiere) donde aparecen las Fuerzas Armadas, los toros, un campo de trigo y una madre con su bebé son parte de una iconografía propia de “un franquismo sin Franco” (¡Sic!).

Probablemente, lo que nuestro columnista menos le perdona a Vox es su desacomplejado nacionalismo (aunque yo prefiero llamarlo patriotismo) español. Para el autor, la relación de este nacionalismo con la democracia es constitutivamente problemática. Hay que reconocerle un cierto desparpajo a quien sostiene tal cosa mientras desdeña la voluntad de la gran mayoría de españoles, y entre ellos la de más del 50 % de los catalanes. Significativamente, el único partido al que Álvaro concede que tenga una posición correcta sobre la cuestión es Podemos, “que no niega el debate sobre la autodeterminación”. Veamos si lo he entendido bien: Vox es predemocrático por reivindicar la unidad indivisible de España, tal como reconoce la Constitución, mientras que la formación bolivariana es un ejemplo a imitar.

Son muchas necedades para un artículo tan breve, en efecto. Pero es que hoy el progresismo, del cual el separatismo antiespañol constituye sólo un apéndice, aunque monstruosamente hipertrofiado, es esto: sólo se sostiene a base de lanzar vocablos intimidatorios contra el discrepante y contra quien ingenuamente alega el sentido común. Ultra, homófobo, xenófobo, populista… Los grandes medios de comunicación no hacen otra cosa que dirigir a los ciudadanos, casi las veinticuatro horas del día, en la dirección que ellos consideran correcta, emitiendo veredictos morales previos a cualquier información objetiva, y seleccionando ésta cuidadosamente para que sólo pueda avalar dichos veredictos. Basta encender la radio al levantarse para empezar a recibir una dosis concentrada, en cuestión de minutos, de ideología de género, buenismo multicultural o resentimiento anticapitalista.

Las difamaciones contra Vox y contra la derecha en general no son más que uno de los efectos colaterales de la dictadura del pensamiento en la que vivimos. Una dictadura que está lejos de ser tan incruenta como aparenta: sus principales víctimas son los miles de seres humanos abortados con la complicidad de la administración. Lo cual me hace caer en la cuenta de que F.-M. Álvaro tiene razón en una cosa. Asegura que “no es casual que Abascal lance proclamas antiabortistas en el mismo mitin donde promete desmantelar las autonomías.” Efectivamente, yo tampoco creo que sea casual que quienes defienden el aborto sean los mismos que apoyan la existencia de diecisiete gobiernos y parlamentos autonómicos, los mismos que creen que la baja natalidad puede compensarse importando mano de obra sin cualificación y culturalmente inasimilable, los mismos que consideran al islam una religión de paz mientras atacan los símbolos y las creencias cristianos…

Son los que nos llaman fachas por no pensar como ellos, por no plegarnos a su monopensamiento. Pretenden obligarnos a callar, con sus leyes de Memoria Histórica y demás engendros jurídicos. No debemos dejarnos amedrentar, lo que entre otras cosas significa no dejarnos afectar por lo que puedan decir ellos de Vox.