Por qué matar está mal

El argumento primigenio de los abortistas es que los provida tratamos de imponer nuestras creencias a toda la sociedad. Si no quieres abortar, nadie te obliga. Pero deja que las demás mujeres decidan sobre su propio cuerpo. La falacia de este argumento es obvia: no estamos hablando de “mi propio cuerpo”, sino de un ser humano en gestación, que merece la misma protección que cualquier otra persona, sea cual sea su grado de autonomía, capacidad física e intelectual o estado de salud. Llegados a este punto, y se llega enseguida, porque es muy fácil de entender, el abortista se escabulle de dos maneras: una es con la retórica nazistoide del “amasijo de células”, por la cual se niega el carácter humano del nonato. La otra es con la retórica sentimentaloide de las mujeres violadas, o sumidas en la miseria, a las cuales los insensibles y fanáticos provida obligamos a arriesgar sus vidas arrojándolas a siniestros abortorios clandestinos, a lo que sumamos la amenaza de meterlas en la cárcel. Básicamente, se trata de invertir emocionalmente la culpa, volviéndola desde quien defiende matar a quien defiende la vida.

En resumidas cuentas, las razones en contra del aborto son las mismas que existen contra el homicidio y el asesinato. Cualquier civilización que se precie debe intentar reducirlos al máximo, sin duda mediante el sistema judicial, pero antes de ello, asegurándose de transmitir eficazmente el legado espiritual en que se basa el propio rechazo del atentado contra la vida humana. Que es por cierto lo contrario de lo que estamos haciendo en Occidente desde hace medio siglo con el aborto, al haberlo convertido en un falso derecho humano.

Pero dicho esto que parece tan obvio, nos hemos dejado atrás el crucial debate sobre el carácter de ese legado espiritual, o lo que es lo mismo, el fundamento último de la defensa de la vida. Para mí es evidente su origen religioso. Otros en cambio sostienen que se puede argumentar racionalmente que matar está mal. Creo que ambos tienen razón, y no pretendo con ello adoptar una posición equidistante. Lo que digo, desde mis convicciones católicas, es que el quinto mandamiento es a la vez mandato divino y de la razón, es decir, que no hay oposición entre ambas cosas en última instancia, porque Dios es al mismo tiempo razón y amor. Somos racionales, y tenemos capacidad de amar, porque estamos hechos a imagen y semejanza del Creador, como nos dice la Biblia en su primer libro. Aunque muchos provida no creen en ninguna religión positiva, su idea de que la vida es sagrada, de que no depende de una convención humana, es en nuestra cultura de origen judeocristiano, lo admitan o no. Sólo desde una metafísica no materialista, que considera al hombre como algo más que un animal, es decir, como el reflejo creado de un principio personal absoluto, puede defenderse radicalmente la vida.

Nota: El diagrama trata de expresar intuitivamente las relaciones entre fe y razón, y también el papel de la experiencia en relación a la defensa de la vida.

Una sola lucha

Hace un tiempo, hablando con un familiar, que vota a Vox sobre todo por su combativa postura frente a la inmigración ilegal y a favor de la unidad de España, me confesó que no compartía, en cambio, la posición de este partido sobre el aborto. Su argumento fue el sobado topicazo de que no podemos obligar a la víctima de una violación a tener un hijo fruto de ese crimen. Lo fácil es replicar que Vox no sostiene tal cosa, pero yo aquí entro siempre al trapo y hablo como particular, no como afiliado que soy del partido presidido por Santiago Abascal. Matar a un inocente no borra el modo criminal en que ha sido concebido. En realidad, lo que oculta pérfidamente el sofisma emocional de la violación es que una mujer tiene derecho a abortar un hijo no deseado, venga por causa de una agresión o de sexo consentido, como es probablemente el caso del 99,9 % de los embarazos. Pero además hay una incongruencia enorme en estar contra la inmigración ilegal (o sea, masiva) y al mismo tiempo a favor del aborto. Involuntariamente ha contribuido a ponerla de relieve Pedro Sánchez, cuando el otro día presentó su Agenda 2050, una especie de plan quinquenal que reedita el objetivo del paraíso socialista pintándolo como el paraíso de la diversidad descarbonizada, o algo así. Allí propuso que para paliar el invierno demográfico, España acoja 250.000 inmigrantes al año, más de siete millones hasta mediados de siglo. Ni aún así saldrían los números; se necesitarían decenas de millones, dada la baja cualificación de la mano de obra procedente de África. Pero le salió una réplica inesperada, y más seria, en boca de la joven escritora Ana Iris Simón, la cual se puso sin complejos del lado de la natalidad, con medidas para incentivarla que ahora no es el momento de discutir. Lo importante de su discurso fue que se negó a aceptar como una fatalidad que los españoles ya no tengamos hijos. Ahora bien, remontar nuestra baja fecundidad es algo que requiere un cambio drástico de paradigma cultural: dejar de mitificar una “diversidad” estéril (nunca mejor dicho) y revalorizar el amor entre hombre y mujer, a despecho de la lucha de sexos que propugna la enfermiza ideología de género. E ineludiblemente, abrir los ojos ante el crimen horrendo que nunca dejará de ser el aborto, diga lo que diga el derecho positivo, la ONU y el Sursumcorda. No son sólo 100.000 cotizantes que eliminamos cada año antes de nacer (de todos modos, el déficit a cubrir es muy superior), sino cien mil sacrilegios contra la vida y contra la maternidad. Por tolerar esto merecemos bíblicamente, como mínimo, ser invadidos por una cultura bárbara que, entre otras lindezas, considera a la mujer como un ser sometido al hombre por ley divina, y que juzga a las que no cubren su cabeza como casquivanas accesibles. Si de verdad nos repugnan las violaciones y el maltrato de mujeres, impidamos que se produzcan, empezando por defender nuestras fronteras, entre otras medidas; no queramos reparar lo irreparable cuando ya es tarde, añadiendo un crimen a otro. Inmigración ilegal, natalidad, lucha contra el aborto, y contra los que desprecian España, tanto los que vienen de fuera sin el menor ánimo de integrarse, ni el mínimo respeto a nuestras leyes y autoridades, como los separatistas y filoterroristas que desean su desintegración. Todo encaja, nada sobra, todo tiene su sentido. La lucha es una sola.