El obsceno uso de una tragedia

El 24 de junio se daba a conocer la tristísima fotografía de los cadáveres de un joven salvadoreño y su pequeña hija, hallados a orillas del Río Bravo tras horas de búsqueda. Ambos se ahogaron al tratar de cruzar clandestinamente la frontera entre México y los Estados Unidos. Fue la propia madre de la niña quien presenció cómo la corriente arrastraba a su hija de apenas dos años y a su joven marido, de 25.

Inmediatamente, los medios compararon esta imagen con la del niño sirio Aylan, que apareció ahogado en 2015 en una playa de Turquía, y que, por remedar los vulgares latiguillos de la prensa, “sacudió las conciencias”. Tengo la sensación, sin embargo, de que esta vez la repercusión ha sido menor, quizás porque, al menos en España, los periodistas están demasiado ocupados con las especulaciones sobre la investidura de Pedro Sánchez y las celebraciones internacionales del poderoso lobby LGTB.

Con todo, tanto la izquierda como los medios en general, independientemente de su línea editorial, no han dudado en instrumentalizar sin el menor escrúpulo la terrible foto publicada por la corresponsal Julia de Luc en el diario izquierdista La Jornada, relacionándola con la política contra la inmigración ilegal del presidente Trump.

Una redactora de La Vanguardia escribía con dudosa prosa que padre e hija “se ahogaron por unas corrientes más fuertes que las del río Bravo: las de las políticas antiinmigración”. En general, la mayoría de periódicos han publicado entradillas que, con un lenguaje más o menos sobrio, concluyen en Trump como causa última. También se han referido casi invariablemente a la “desesperación” que habría motivado la temeraria tentativa de cruzar a nado uno de los ríos más grandes de América. El papa Francisco ha asegurado que reza por estas víctimas “y por todos los migrantes que han perdido la vida, tratando de escapar de la guerra y la miseria”.

No podemos dejar pasar un par de reacciones de una vileza singularmente obscena. Una es la del caricaturista Rafael Barajas, El Fisgón, autor de una viñeta titulada “Cosecha en el Río Bravo”, la cual nos muestra a Donald Trump pisando los cadáveres de Óscar y Valeria (como se llamaban el padre y la hija muertos) para alcanzar el fruto de un árbol en forma de papeleta con la palabra “Reelección”.

La otra es un tweet del ministro de Exteriores cubano Bruno Rodríguez, en el cual, sobre la fotografía de los dos cadáveres, sostiene: “No los mató el Río Bravo. Fue la política migratoria de #EEUU. La pobreza que el capitalismo provoca es la causa de la emigración. La solución es el desarrollo.”

Desmontar tal sarta de bajezas, mentiras y medias verdades es tarea bastante sencilla, aunque no deberíamos limitarnos a ello, sino ensayar una reflexión más amplia sobre una cultura periodística que hace mucho tiempo abandonó cualquier atisbo de pudor en aras de unos objetivos ideológicos perfectamente reconocibles.

En primer lugar, estadísticamente es una falsedad que la política de endurecimiento de los controles fronterizos produzca más muertes. Un sencillo gráfico nos muestra que durante los años del santo laico Barack Obama, las cifras de fallecidos en la frontera sur de los Estados Unidos eran claramente superiores a las actuales.

Tampoco es cierto que Óscar y su familia huyeran de una pobreza absoluta. Tanto él como su esposa tenían trabajo en El Salvador, como cajera de supermercado y como cocinero en una pizzería (que no es un mal empleo), respectivamente. Cierto que carecían de vivienda propia y convivían con la madre de él. Como en tantos casos, lo que atrajo a la desgraciada familia a los Estados Unidos fue la perspectiva de mejorar su condición, que al parecer unos familiares establecidos en Dallas habían visto ya realizada. Tras dos meses de permanencia en un campo de inmigrantes mejicano, esperando resolver los trámites para entrar legalmente en los Estados Unidos, Óscar perdió la paciencia y se desencadenó la tragedia.

En resumen, no huían de ninguna guerra ni de ninguna situación original de miseria insoportable. La gente no muere en las fronteras de Estados Unidos o de Europa por una política inmigratoria inhumana, sino por un efecto llamada casi irresistible, que les hace arriesgar sus vidas para alcanzar rápidamente una prosperidad personal que los países de destino hemos obtenido a lo largo de varias generaciones. Lo ha resumido perfectamente una autoridad inmigratoria de la administración Trump, Ken Cuccinelli: “Hasta que eliminemos los atractivos en nuestro sistema de asilo, las personas como ese padre y esa niña van a seguir haciendo viajes peligrosos.”

Lo decisivo aquí es si estas sociedades materialmente exitosas lo pueden seguir siendo absorbiendo a millones de personas que no sólo ponen a prueba sus sistemas asistenciales, sino que amenazan con su empuje demográfico la cultura que las ha hecho prósperas y libres, al importar a Estados Unidos mentalidades de populismo económico y anomia social y, en el caso de Europa, además, el teocratismo islámico.

Termino con la ineludible reflexión sobre el periodismo que padecemos. Cuando se utiliza una imagen que puede herir la sensibilidad para dar soporte a una interpretación ideológica, el cinismo del objetivo es evidente. Se explotan las emociones de la manera más impúdica para convertir en un monstruo a un líder político, y en monstruosas sus ideas o medidas. Y lo que es peor, se criminaliza a quien discrepe de esa interpretación, como si con ello demostrara ser, no ya fríamente insensible ante la muerte de seres humanos, y en especial niños inocentes (que también) sino incluso cómplice de sus supuestos verdugos.

La táctica, no por burda deja de ser eficaz, consiguiendo acallar la mayoría de opiniones discrepantes del discurso políticamente correcto. El resultado es una casi unanimidad hipócrita, que en lugar de plantear soluciones o paliativos realistas a los males que denuncia, se limita a expedir certificados de buena conciencia progresista, así como sambenitos de “populismo” o “xenofobia”, con el único fin de adquirir una mezquina ventaja política.

Significativo es que quienes no retroceden ante nada para obtener tan torpe ventaja son habitualmente dirigentes comunistas y la nutrida infantería de tontos útiles que escriben o dibujan en los periódicos de sociedades libres, defendiendo directa o indirectamente una ideología cuyo carácter asesino y empobrecedor está sobradamente demostrado. Y auténticamente sangrante es que un miembro del Partido Comunista de Cuba, responsable de la muerte de miles de personas que trataron de huir por mar de su ominosa dictadura, tenga los arrestos de acusar al “capitalismo” de las muertes de inmigrantes que no huyen de este sistema económico, sino que arriesgan sus vidas para entrar en él.

De manadas y muchedumbres

Tres años y tres juicios después de los hechos, los miembros del grupo conocido como “la Manada” han sido condenados por el Tribunal Supremo a quince años de cárcel, por agresión sexual contra una joven, durante las fiestas de San Fermín de 2016. Algunos creen que los jueces se han dejado influir por las manifestaciones callejeras, esas que se echan de menos contra otras “manadas” integradas por inmigrantes, bien es cierto que mucho menos aireadas por los medios de comunicación.

Otra posibilidad, no incompatible con esa, es que los magistrados hayan especulado con las previsibles reacciones a una sentencia que todavía no han dictado: la del juicio contra el referéndum ilegal de Cataluña. Pues si el Tribunal Supremo no hubiera apreciado agresión sexual y después, en la futura sentencia contra los separatistas, dictaminase que hubo rebelión (caracterizada por existir violencia) no me cabe la menor duda de que muchos compararían escandalizados ambos fallos judiciales, aunque no tengan nada que ver.

Es fácil imaginar algunas de las cosas que se dirían. Como mínimo, tacharían al tribunal de “misógino” y “franquista”, por no considerar violación que entre cinco individuos de fuerte complexión penetren a una mujer indefensa varias veces, y en cambio sí apreciar violencia en unos “pacíficos ciudadanos ” que ejercieron su “derecho democrático al voto”.

No sé cuál será la sentencia en el juicio contra el golpe de Estado del 1-O, pero es obvio que los jueces, hayan pensado o no en ello, al haber optado por un fallo más duro en el caso de “la Manada”, se han vacunado ante esas burdas descalificaciones del lado de quienes simpatizan o son más comprensivos con los políticos catalanes encausados.

A decir verdad, no veo claro que los hechos de Pamplona sean equiparables penalmente a la agresión cometida por un individuo o grupo que asalta a una mujer desprevenida y la viola, haciendo uso de su fuerza o de amenazas. En este caso, soy partidario de la cadena perpetua, porque la experiencia demuestra que quien comete un crimen semejante no se reinserta jamás, sino que reincide en cuanto se ve en libertad, aunque sea condicional. Ahora bien, los integrantes de “la Manada”, por muy despreciables que me parezcan, no encajan en el perfil del violador en serie.

Sin embargo, es evidente que ahora resultaría  aún más difícil de comprender una sentencia que no apreciara violencia en el juicio por el referéndum ilegal. Si en unas circunstancias se entiende que el mero hecho de la superioridad física y numérica de los acusados es indicativo de agresión sexual, y no un mero abuso, en las otras, por distintas que sean, resultaría difícil argumentar que las muchedumbres que obstruyeron físicamente la acción de la policía y de la Justicia el 1 de octubre del 2017 y los días previos, como en los disturbios ante la Consejería de Hacienda del 20 y 21 de setiembre, se limitaban a manifestarse de manera “pacífica y festiva”.

Entiéndaseme. No se requiere en absoluto la sentencia de “la Manada” para afirmar que en el golpe de Estado de Cataluña hubo delito de rebelión. Pero sí cabe confiar en que el Tribunal Supremo sea tan sutil en su apreciación de la violencia en estos hechos como lo ha sido en los de Pamplona.

El argot progresista

En su aspecto más inmediato, el progresismo se nos aparece como un determinado lenguaje, o más exactamente como un vocabulario, un argot transmisor de conceptos que se introducen en la mente del lector o del oyente sin necesidad de argumentación, o apoyándose en letanías que actúan como sucedáneos  o malas imitaciones del razonamiento.

Un ejemplo muy actual es el término ultraderecha, aplicado a partidos como Vox y otros. En el caso de esta formación, basta un análisis somero de su programa para advertir que no presenta ninguno de los rasgos que en la literatura mínimamente seria permiten hablar de ultraderecha o fascismo. En Vox no hay autoritarismo, ni populismo antilegalista, ni se defiende ningún tipo de discriminación por raza o sexo, sino exactamente lo contrario.

Pese a ello, los medios emplean rutinariamente el adjetivo ultraderechista o el sustantivo metonímico ultraderecha para referirse a Vox. La intención obvia es que se fije en la imaginación colectiva la asociación de ese partido con el fascismo como un hecho indiscutible, una verdad que toda persona instruida admite. Lo cual a su vez permite excluir sus propuestas del debate racional sin asomo de mala conciencia, adoptando una pose de indignación o inquietud moral y hasta presumiendo de demócrata y tolerante.

Ultraderecha es una de esas palabras-mordaza, como lo son las formadas con el sufijo –fobia (xenofobia, homofobia, etc.) y muchas otras. (Machista, racista, etc.) Las palabras-mordaza no se utilizan, la mayor parte de las veces, de modo propiamente descriptivo, sino denigrante o disuasorio, con el indisimulado fin de convertir al adversario político en enemigo público. Así, quien cuestione la ideología de género, o simplemente utilice esta expresión (en vez de “perspectiva de género”) será llamado automáticamente machista u homófobo, sin atender a sus argumentos o datos, o rechazándolos con meras consignas mecánicas.

Pero el argot progresista se compone principalmente de palabras de carácter positivo, cuya función es introducir determinadas concepciones de manera que resulte muy difícil criticarlas o siquiera matizarlas sin que uno aparezca como un monstruo o un cavernícola. Me refiero a expresiones como inclusión, paridad, diversidad, visibilizar, normalizar, solidaridad, sostenible, moderno, avanzar, abierto, digno, social, comprometido, etc., etc. Este vocabulario es el que proporciona al progresismo su mayor fuerza, por lo que vale la pena comentar brevemente unos pocos de estos términos, seleccionados entre los más habituales y representativos.

El subgrupo más influyente de vocablos progresistas lo integran aquellos que orbitan alrededor del concepto de género. Este puede definirse como la idea según la cual las diferencias empíricas entre sexos, y entre la heterosexualidad y las formas de sexualidad minoritarias, son de carácter fundamentalmente cultural. Es decir, se trata de imposiciones de un sistema “heteropatriarcal” que oprime a las mujeres y a las  minorías sexuales. Palabras con las que se elabora la ideología de género son paridad, inclusivo, diverso, empoderar, visibilizar, normalizar

Dicha ideología parte de la premisa de que si los hombres y las mujeres disfrutaran realmente de los mismos derechos y no existiera ni un ápice de discriminación arbitraria, no habría entre ambos sexos más diferencias que las estrictamente fisiológicas. Sentado este postulado, cualquier otra diferencia observable (por ejemplo, la falta de paridad en puestos directivos, en profesiones tecnológicas, en actividades artísticas, etc.) “demuestra” que no existe una misma igualdad de derechos, y que subsisten formas de discriminación más o menos ocultas o insuficientemente reconocidas. “Queda mucho por hacer”, es una de las letanías típicas que casi todo el mundo repite en este contexto.

No es difícil darse cuenta de que semejante discurso descansa en una petición de principio o razonamiento circular. Puedo sostener que cualquier diferencia, más allá de la mera anatomía, es producto de una desigualdad injusta. Pero no puedo pretender que la existencia de esas diferencias son en sí mismas la prueba de mi hipótesis, ni mucho menos que quien no esté de acuerdo conmigo es un malvado o un estúpido.

Sin embargo, el progresismo actúa exactamente así, y lo consigue en gran medida con la elección de un lenguaje que le otorga ventaja emocional. Por ejemplo, a destrozar la lengua castellana con expresiones como “todos y todas” o “portavoza”, se lo llama “lenguaje inclusivo”, lo que implícitamente convierte en “excluyente” a la gramática correcta.

Otros ejemplos muy claros de esa ventaja emocional son palabras como “solidaridad”, “social” o “público”, que pretenden justificar políticas socialistas (es decir, de control estatal) sugiriendo implícitamente que oponerse a ellas es ser insolidario, asocial o un mero defensor de intereses privados y egoístas.

Para no alargarme en exceso, me limitaré a comentar un par de palabras más. La primera es “moderno”, asociada o conectada con términos como progreso o avanzar. Cumple de manera insuperable su función de disuadir la discrepancia, mostrando como ridículo o indeseable a quien se atreva a cuestionarla. ¿Quién puede estar en contra de la modernidad, sino un cerril reaccionario, una especie de oscurantista nostálgico del feudalismo? Moderno se contrapone a medieval, con lo cual se da por sentado que la Edad Media fue de principio a fin una época oscura, y la modernidad una etapa luminosa.

Naturalmente, la Edad Media se asocia con el feudalismo y con la Inquisición, es decir, con la desigualdad y con la ausencia de libertad de pensamiento. De estos dos elementos, sólo el primero marca una distinción real entre modernidad y medievo. La trampa está en la asociación de la igualdad con la libertad. La relación entre ambas es mucho más problemática de lo que nos sugiere la mitología progresista. Porque si existe una época en la que se han producido las mayores violaciones masivas de libertades individuales, a pesar de los avances de la igualdad (aunque no estoy nada seguro de este “a pesar de”), ha sido la Edad Moderna, no la Edad Media. Los tiempos modernos son los de Maquiavelo, el absolutismo, el despotismo ilustrado, Bonaparte, Lenin, Hitler, Stalin, Mao… Comparar las tiranías y totalitarismos modernos con el poder de los reyes medievales y de la Iglesia revela una curiosa distorsión valorativa, como si las miles de víctimas de la Inquisición a lo largo de siglos fueran algo más antonomásico que las decenas de millones de víctimas del comunismo y del nazismo en sólo unas décadas.

La otra expresión que deseo comentar, para terminar, es “cambio climático”. De nuevo, su cristalina intención es colocar en posición incómoda al discrepante. ¿Cómo se puede ser tan ignorante para negar la evidencia del cambio climático? El problema es que cuando se dice cambio climático, se está aludiendo no sólo al hecho del aumento de entre 0,7 y 0,9 grados en la temperatura media de la superficie del planeta registrada desde 1901. Lo que se introduce de contrabando, como si se tratara del mismo hecho simple, es que sabemos exactamente cuál es la causa de ese calentamiento, lo cual nos permite predecir con dogmática precisión las temperaturas futuras y las consecuencias que tendrán para la actividad humana. Pero la ciencia experimental no funciona así. Ningún pronóstico realizado a partir de ninguna hipótesis goza de certeza absoluta…, hasta que no se cumple la fecha de la predicción. Y digan lo que digan algunos de entre los propios científicos. Suponer que éstos son siempre fieles al método científico es tan ingenuo como creer que todos los empresarios son escrupulosos amantes de la libertad de mercado, o que todos los sacerdotes son santos varones.

Se puede dudar de la teoría antropogénica del cambio climático sin por ello negar el hecho del calentamiento global observado. Una cosa es el hecho y otra sus causas. Pero hay que reconocer que el progresismo, interesado en el alarmismo climático para justificar sus políticas de intervencionismo estatal, ha sido enormemente hábil al fundir en la misma expresión el hecho y su explicación hipotética, y al conseguir que incluso sus más vehementes críticos adopten a menudo su lenguaje trucado. Lo mismo sucede con expresiones como “violencia de género”, “muerte digna”, “salud reproductiva”, “conquista social” y muchas otras que ya no tenemos tiempo para comentar hoy.

El empirismo del carbonero

Una figura prototípica de las redes sociales (hace veinte o treinta años hubiéramos dicho de la barra de bar) es el empirista radical, aunque él probablemente se autocalifique de cualquier otro modo. Es ese personaje que en un momento dado de la conversación proclama que “yo sólo creo en los hechos”. Y con ello se está refiriendo, como suele ser obvio por el contexto, a su rechazo frontal a toda creencia religiosa, a todo lo que implique creer en realidades no palpables, no sensoriales. A menudo, en un tono levemente faltón, añade que no tiene ningún “amigo imaginario”, sugiriendo con ello que los creyentes somos personas aquejadas de algún tipo de desequilibrio mental, acaso potencialmente peligroso.

El pequeño problema de quien dice creer sólo en los hechos es que rara vez es cierto, aún si fuese posible. Normalmente este escéptico pagado de su gran superioridad intelectual cree en un sinfín de conceptos, como la libertad, la igualdad, la justicia, etc., cuya base empírica o fáctica no es ni mucho menos evidente. Pero incluso aunque fuera un consumado nihilista, dispuesto a deshacerse hasta de la última “superstición humanista”, apuesto a que creerá en cosas tan básicas como que el sol va a salir mañana.

Ustedes me dirán: ¿pero, no es un hecho que efectivamente mañana saldrá el sol, aproximadamente a las seis y media, en estas coordenadas y esta época del año en la que escribo? Pues siento desengañarles, pero eso no es ningún hecho, porque está situado en el futuro. Y todo hecho (participio del verbo hacer, como comido o bebido lo son de sus respectivos verbos) se sitúa por definición en el pasado, aunque sea ese pasado inmediato que solemos llamar presente. Si percibimos los hechos exclusivamente mediante nuestros sentidos (concedamos provisionalmente esta hipótesis), esto descarta automáticamente la existencia de hechos futuros, salvo que admitamos la facultad de la presciencia o profecía. Puedo efectivamente creer que el domingo saldrá el sol, pero desde luego no puedo verlo, constatarlo empíricamente hasta el momento en que suceda. Y entonces ya no será “mañana” sino hoy.

Se dirá: creemos que el sol saldrá mañana porque lo ha hecho cada día desde que tenemos uso de razón, y la experiencia humana de milenios así lo corrobora. Pero esta es una razón psicológica, no una justificación formal de nuestra creencia, como bien señaló el filósofo David Hume, hace más de dos siglos. Que algo se repita millones de veces no es ninguna razón lógica para suponer que volverá a hacerlo una más. Por supuesto, tenemos también teorías científicas que nos aseguran que el sol seguirá brillando todavía unos miles de millones de años más, y que la Tierra seguirá girando a su alrededor al menos por ese tiempo, salvo una catástrofe cósmica muy improbable a corto plazo, de la que cabe esperar que se nos daría algún anticipo mucho antes de veinticuatro horas. Pero esas teorías se basan a la postre en la experiencia humana, todo lo cuantificada y matematizada que se quiera, pero experiencia al fin y al cabo, y por tanto falible. No hay nada esencialmente ilógico en la posibilidad de que los hechos puedan contradecir ninguna teoría.

A donde quiero llegar es que no podemos conocer absolutamente nada basándonos sólo en los hechos desnudos. El conocimiento, por esencia, va más allá del hecho, del dato sensorial. De otro modo es pura vivencia, algo de carácter prerreflexivo. Toda teoría sobre la realidad se basa, además de la experiencia, en un determinado postulado que en sí mismo no puede demostrarse formalmente. Toda razón descansa en algún principio (es decir, primer axioma, postulado, dogma o como queramos llamarlo) que no es deducible racionalmente, salvo que caigamos en una regresión hacia el infinito.

Y ahora, permítanme decirles cuáles son en mi opinión los dos postulados fundamentales en los cuales se basa todo conocimiento. El primero de ellos es que el universo es inteligible, es decir, que se comporta conforme a leyes que no se van a transgredir caprichosamente. Insisto, este principio no se basa en la experiencia, sino que es la condición misma para que podamos extraer leyes de nuestra experiencia. Sólo si tenemos una fe ciega en que el mundo no es absurdo, o no está regido por un espíritu burlón, podemos confiar en una cierta continuidad, en la permanencia de unas leyes inmutables, hasta donde podemos conocerlas, que nos autoricen a efectuar determinadas predicciones y las consiguientes aplicaciones técnicas.

El segundo postulado es que el mundo es contingente, es decir, que podría haber sido de otro modo, y en último extremo, no haber existido siquiera. No todo el mundo admite la necesidad de este postulado, sin embargo en mi opinión es la clave, junto con el anterior, del método científico, por contraposición a multitud de sistemas filosóficos antiguos y modernos. La ciencia, por hipótesis, no considera que existan unas leyes de la naturaleza necesarias, que pudieran deducirse mediante el ejercicio puro del pensamiento, sino que sólo nos es dado conocerlas mediante la observación, lo más rigurosa y objetiva posible. Si quieres saber cómo es la naturaleza, sal afuera a contemplarla y medirla. Quedándote en tu gabinete, sumido en tus reflexiones, no aprenderás nada.

Ahora bien, tanto el postulado de la inteligibilidad o racionalidad del mundo como el postulado de la contingencia proceden, al menos históricamente, de la doctrina hebrea de la Creación. Esta, resumidamente, plantea la existencia de un Ser análogo a la mente humana que habría creado el universo (de ahí que podamos comprenderlo, en alguna medida), y que lo hizo por un mero acto de su voluntad, sin que hubiera ninguna necesidad de ello, ni de que tuviera que ser precisamente este universo y no otro concebible. De ahí que sólo mediante la observación podamos descubrir qué tipo de mundo escogió el Creador, dado que el acceso directo a su mente infinita es inalcanzable para el hombre.

Esa doctrina plantea una serie de fascinantes cuestiones, entre ellas la cuestión de por qué existe el mal. La primitiva religión hebrea dio una respuesta a esta pregunta, formulada en el relato bíblico de la Caída: la desobediencia de Adán y Eva en el paraíso original. Mucho después, el cristianismo asumió y desarrolló este mito (en el sentido más profundo del término: forma de conocimiento prelógico) hasta un nivel insuperable, con la doctrina de la redención por Jesucristo resucitado.

El hombre moderno tiende a ridiculizar el concepto del pecado original contraponiéndolo a la teoría de la evolución e incluso a la moralidad. ¿Cómo podríamos haber heredado una culpa de nuestros antepasados? ¿No es esto algo manifiestamente absurdo e injusto? Además, Adán y Eva jamás existieron, porque el hombre procede de otras especies por un proceso gradual de millones de años, sin intencionalidad alguna.

El pecado original no se entiende cabalmente si nos quedamos en la superficie de una especie de culpa heredada incomprensiblemente, en lugar de lo que este aparente absurdo implica: la unidad fundamental, sincrónica y diacrónica, del género humano, así como el don de la libertad. Libertad que es a la vez don divino y puerta de entrada del mal. Y sin el pecado original, la vida de Jesucristo queda desprovista de cualquier significado trascendente.

Ahora bien, para juzgar el cristianismo, debemos antes decidir sobre el valor de la doctrina de la Creación. El mito de la Caída y el relato evangélico de la Redención constituyen la respuesta más satisfactoria y esperanzadora concebible al problema del mal, siempre y cuando sea cierto el dogma inicial del credo católico, al cual vienen a completar y coronar: “Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra…”

Evidentemente, si Dios no existe, el problema del mal ya no se plantea en esos términos y toda la fe cristiana se desmorona. Pero si negamos la existencia de Dios, ¿por qué deberíamos seguir dando crédito a los postulados de la inteligibilidad y la contingencia del universo? Lo que caracteriza habitualmente al ateo es que quiere prescindir de Dios, pero no de la razón. Y esto es imposible, aunque toda la cultura moderna nos bombardee a diario justo con la idea contraria, que razón y fe son enemigas irreconciliables. Cuando un ateo quiere ser realmente coherente, hasta las últimas consecuencias, desemboca en el salvaje existencialismo de La náusea, cuyo protagonista, alter ego del Sartre de entreguerras, desdeña drásticamente la ciencia y el humanismo enteros. Pero eso son excepciones, aunque reveladoras. Los ateos corrientes, del montón, pontifican sobre las leyes naturales como si fueran sagradamente inviolables, porque sí. No se plantean por qué el universo es inteligible, y a ese cercenamiento de la curiosidad natural lo llaman pomposamente positivismo. Y sobre todo dan lecciones de ética a cada paso, como si tuviera alguna importancia nuestra efímera existencia en un universo cuya duración se mide en miles de millones de años; como si fuéramos eternos. Vaya usted a saber de dónde habrán sacado esa idea supersticiosa.

Uno de los tópicos del escepticismo religioso es la llamada “fe del carbonero”. La del analfabeto o semianalfabeto que no se cuestiona los dogmas que le inculcó la Iglesia en la infancia porque carece de cualquier elemento cultural de comparación. Sin embargo, el escéptico típico no es tan distinto de esta caricatura. Ha comprado una concepción de la ciencia que es básicamente seudorreligiosa, asumiendo determinados dogmas secularizados como si fueran autoevidentes, o peor aún, sin ser consciente de ellos, ni mucho menos del auténtico origen de algunos de ellos. Como católico no puedo tener nada en contra del concepto de dogma en sí mismo; sería una contradicción. Lo que francamente me exaspera es el dogmatismo que no se reconoce, ese pretencioso empirismo de carbonero que fustiga todo dogmatismo pero es ciego ante el que tiene más a mano: el suyo propio.

Dignidad

El secretario general de Ciudadanos, José Manuel Villegas, ha dicho que no le importa hacerse una foto con Vox en una reunión, para explicarle los acuerdos a que haya llegado con el PP. Se trata de una afrenta subsidiaria de la afrenta principal que es decir: aceptaré tus votos, pero no pienso negociar nada contigo.

La presión política y mediática sobre Vox va a ser formidable. Si Vox no se humilla y acepta lo que propongan PP y Cs, se le acusará de permitir, con su abstención, que repita Carmena como alcaldesa y que la izquierda se haga con la Comunidad de Madrid después de muchos años.

Naturalmente, los de Ciudadanos pueden especular con que la postura de Vox sea un farol, y que en el último momento no se atreva a tumbar un gobierno de centroderecha. Pero si así piensan Albert Rivera y los suyos, me temo que no haya otra forma de sacarles de su error que la dolorosa experiencia. Es decir, que descubran, pasando una temporada en la oposición, que hay al menos un partido que antepone sus ideas y su dignidad a los cálculos políticos.

Pero, dicen algunos: ¿cómo podría Vox rechazar un acuerdo “sensato” entre PP y Cs, un acuerdo que previsiblemente incluirá bajadas de impuestos, ayudas a las familias, a los autónomos, reducciones de gasto político, una auditoría de la gestión de Carmena, etc.? ¿Es esto lo que desean verdaderamente sus votantes?

Aquí está la clave. Porque si sólo sirve para apuntalar el común denominador entre PP y Cs, Vox es un partido prescindible, y a medio plazo debe integrarse en el primero, de donde salieron su presidente Santiago Abascal y una de sus figuras más emblemáticas, José Antonio Ortega Lara. Es evidente que Vox no puede asumir ese papel sin suicidarse.

La dignidad de Vox no es una cuestión de orgullo mal entendido. Es una cuestión de dar voz a millones de españoles para defender determinadas ideas que Ciudadanos y una buena parte del PP rechazan tajantemente, porque son un torpedo en la línea de flotación del pensamiento dominante. Y entre esas ideas está el principio materialista, común a la izquierda y a la derecha subsidiaria, de que “la economía lo es todo”.

Bien es verdad que PP y Cs, inteligentemente, podrían hacer algún guiño a medidas de Vox en el terreno cultural, relacionadas con la (des)memoria histórica, la (des)igualdad de género, la inmigración ilegal, la devolución de competencias autonómicas al gobierno central, etc., en la medida en que desde el Ayuntamiento y la Comunidad se pueda legislar sobre estos temas. Aquí se abren dos posibilidades: o bien se trata de incluir en un acuerdo meros señuelos retóricos, sin efectos tangibles, o bien puntos concretos cuyo cumplimiento se pueda verificar.

En el primer caso, estaríamos ante otra modalidad de burla, que Vox podría desenmascarar fácilmente. En el segundo, si esas medidas van en serio, Vox debería exigir entrar en el gobierno, única forma de garantizar su cumplimiento. Bastaría un concejal y un consejero, en proporción con la representación del partido de Abascal. Lo cual sería otra forma de denunciar un posible intento de engaño, de incluir esas propuestas sólo para poner en un brete a Vox, pero sin que hubiera una sincera voluntad de aplicarlas.

Si Vox se mantiene firme, incluso pagando el precio de que la izquierda permanezca en el Ayuntamiento y se haga con el gobierno autonómico, le lloverán las críticas e improperios, pero creo que la mayoría de los votantes, al menos los que hemos permanecido fieles también en las elecciones del 26M, estaremos orgullosos de nuestro partido. Si acaba apoyando a un gobierno de PP y Cs, conformándose con un gesto mínimo o ni siquiera con esto, y por mucho que entonces se multipliquen los elogios desde la derecha, siempre arrastrará el estigma de que en el fondo no es tan distinto de la “derechita cobarde” ni de la “veleta naranja”. Que al final le tiemblan las piernas y acaba cediendo por temor a la opinión pública y sobre todo a la publicada. Que, en definitiva, es más de lo mismo.

Eso sería darles la razón a los que piensan que aquello en lo que Vox se aleja más de PP y Ciudadanos son extremismos que no tienen cabida en el actual consenso democrático, y de los que antes o después debe deshacerse. Que no se puede cuestionar el Estado autonómico que amenaza con destruir la nación española, ni las leyes de género que acaban con la igualdad entre hombres y mujeres, ni la letal combinación de abortismo e inmigración masiva que nos imponen desde la ONU y la UE, ni los ataques a la propiedad privada perpetrados por okupas, asaltantes de viviendas y unas administraciones fiscalmente confiscadoras y a la vez permisivas con los delincuentes. Que, en fin, no hay alternativa a este orden mundial ni al Estado progresista que instauró Rodríguez Zapatero, el amigo de Nicolás Maduro.

Alguien debe tener la dignidad de decir no a todo eso, así se pierda un Ayuntamiento o una Comunidad durante unos años. Fiat justitia et pereat mundus. Quizás sea la única forma de que algunos nos tomen en serio de una vez.