Por culpa del resto

Dos años después de los atentados islamistas de Barcelona y Cambrils, me temo que los denominados “expertos” siguen sin haber aprendido absolutamente nada. Un ejemplo: Vicens Valentín, profesor de la UOC (Universitat Oberta de Catalunya) entrevistado por el Diari de Tarragona, se acaba de descolgar con las siguientes palabras:

“Hay que pensar que estas personas que atacaron eran de aquí y vivían entre nosotros. O mejor, dicho, es gente de aquí pero que no se siente suficientemente de aquí, seguramente por culpa del resto. Hay que hablar en términos de integración o de educación. La reflexión y el debate de fondo debe ponerse ahí, no en políticas reactivas como poner bolardos.” (Negritas mías.)

Es el peligro de no sentirse “suficientemente de aquí”, que te empiezan a rondar ideas de volar la Sagrada Familia. Tócate las narices. Yo es que, la verdad, no puedo. No puedo tomarme en serio a estos intelectuales de pacotilla, por muchos masters que tengan, que monopolizan la opinión supuestamente “experta” de los medios. El hecho de rebatir sus trilladas sentencias una y otra vez me produce una pereza casi invencible. Pero alguien tiene que hacerlo.

Según Valentín, la culpa de que fueran asesinadas dieciséis personas en las Ramblas de Barcelona no fue tanto del autor material de esa matanza, como “del resto”. O sea, de la sociedad en su conjunto, por no haber sabido integrar al pobre asesino mediante la educación y la inserción laboral.

La idea de que el crimen es consecuencia de una sociedad injustamente organizada, o lo que es lo mismo, el abandono del concepto de culpa individual, constituye uno de los corolarios principales de la crisis de la cultura cristiana. Hasta aquí, los progresistas no me quitarán la razón. Lo que nos diferencia es que ellos, desde su cosmovisión materialista, no ven que haya ningún mal en tal crisis ni por tanto en reducir la culpabilidad a la causalidad. Al contrario, lo consideran un progreso.

Por supuesto, ese reduccionismo es chapuceramente, interesadamente parcial. A los progres les conviene que siga habiendo culpables, incluso auténticos villanos de cine: son todos aquellos que no les siguen la corriente, los que osamos contradecirles: los “populistas”, la “ultraderecha”…

Ahora bien, insisto en destacar su empecinamiento, su incapacidad congénita para aprender de la experiencia. Si algo caracteriza a muchos de los autores de atentados islamistas es su integración en nuestra sociedad, la igualdad de oportunidades de que han gozado, tanto a través de la escolarización como del mercado laboral e incluso el asociacionismo. Pero los dogmas progres son inmunes a cualquier contrastación. Si la culpa es a priori de la sociedad, habrá que concluir, sean cuales sean los datos objetivos de que dispongamos, que si alguien se convierte en yihadista es porque no hemos sabido integrarlo “lo suficiente”, es decir, porque seguimos siendo unos redomados racistas que nos merecemos todo lo que nos hagan, o poco menos.

Personalmente, no puedo dejar de abrigar la idea de que el yihadismo tiene algo que ver con el islam. Que tal vez el problema se encuentre en una religión absolutamente intransigente con quienes no la profesan. De esta audaz hipótesis se deduciría que la solución no está en la “educación”, al menos no mientras se limite a algo tan superficial, aparte de transmitir algún que otro conocimiento, como a remachar tres o cuatro eslóganes pacifistas y buenistas.

Lo gracioso de todo esto, permítanme decirlo de esta manera, es que si los atentados se hubieran cometido en nombre de Jesucristo, los progresistas cargarían unánimes contra el cristianismo, y hasta propondrían sustraer a los padres la libertad de educar a sus hijos según sus creencias, como recientemente manifestaba una diputada de Podemos, que no se privaba ni siquiera de personalizar su totalitaria medida contra la dirigente de Vox Rocío Monasterio. Por el contrario, ya sabemos cómo se trata al islam: es una religión de paz, y no hay que generalizar unos actos lamentables para alimentar la islamofobia…

Como yo no soy progresista, no creo que haya que limitar la patria potestad, salvo en casos de claro maltrato o abandono, ni siquiera en el caso de los musulmanes. Personalmente, soy más partidario, entre otras medidas, del control de fronteras y de acabar con el efecto llamada, con unos objetivos muy claros: impedir la inmigración ilegal y conseguir que los musulmanes opten, en lo posible, por emigrar a países de su misma cultura, fuera de Europa.

No podemos ni debemos obligar a nadie a renegar de su religión. Pero sí es factible y admisible dejarle bien claro que nuestra sociedad se basa en principios completamente distintos, y además que si se viene aquí es para contribuir económicamente, no para vivir de subsidios. Para mí, esto no sólo es mucho más eficaz que lo que los progres entienden por educación, sino también mucho más liberal. Porque limitar el crecimiento de la población musulmana en Europa es indispensable para que –como lamenta Vicens Valentín– no sigamos perdiendo “trozos de nuestra libertad”. Esa libertad, fundada en la cultura cristiana y grecorromana, que retrocede en la misma medida que se expanden las zonas dominadas por la ley islámica.

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El aparato mediático progresista

Los medios de comunicación, en su abrumadora mayoría, son hoy un mero aparato de propaganda de la ideología progresista. La idea de que su tarea principal es informar, y que cada cabecera, cada canal, posee su propia línea editorial, que se limita a ver con el color de su cristal los hechos de los cuales nos informa diligentemente, peca de una ingenuidad totalmente injustificada. Prácticamente todos los medios no hacen apenas otra cosa que dictarnos, de manera más o menos explícita, lo que tenemos que pensar, lo que tenemos que opinar, lo que nos debe interesar o inquietar. Y prácticamente todos lo hacen en una misma dirección. Los periódicos de tendencia supuestamente conservadora se limitan en España a apoyar al Partido Popular, en la sección de política nacional; en todo lo demás, y en consonancia con la borrosa ideología de esa formación, son indistinguiblemente progresistas, sin apenas excepciones.

Estos son algunos de los principales métodos por los cuales se nos inocula la propaganda.

1) El más descarado es la mentira directa, lo que ahora está de moda llamar fake news, como si se tratara de un fenómeno nuevo que nos hubieran traído los “populismos”. No es tanto que los periodistas u otros agentes se inventen directamente hechos, o los fabriquen (que también), como que nos los sugieren sutilmente, sobre todo mediante el uso manipulador de imágenes. La imagen tiene la fuerza de un hecho incontestable, pero se puede usar, incluso sin necesidad de ningún montaje, para apoyar interpretaciones en absoluto evidentes. Así se hace con las fotografías o vídeos del deshielo estacional en regiones polares, utilizadas rutinariamente para crear alarmismo sobre el cambio climático en los espectadores profanos, que somos la inmensa mayoría. Toda imagen fuera de una adecuada contextualización objetiva (no la totalmente insuficiente y ya tendenciosa que suele aportar el pie de foto) debe siempre inspirarnos la máxima desconfianza.

2) Mucho más corriente es la confusión de opinión e información. El ejemplo paradigmático es el titular de portada de El País del 12 de setiembre de 2001, al día siguiente de los atentados islamistas contra el World Trade Center de Nueva York y el Pentágono: “El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush”. A partir de un hecho como que unos terroristas suicidas habían estrellado varios aviones de pasajeros contra objetivos civiles y militares, provocando miles de muertos y heridos, el periódico dirigido entonces por Juan Luis Cebrián se sacó de la manga un sentimiento imaginario (estar en vilo) aplicado a un sujeto sin voz propia (el mundo) respecto a algo que no había ocurrido, y que se anticipaba a juzgar, implícitamente, con un término (represalias) más cercano semánticamente a la venganza que a la Justicia o la Defensa.

Esa utilización de falsos sujetos es un procedimiento constante y generalizado de la prensa. A veces son puramente ficticios, otras se basan en confundir a las organizaciones que se arrogan la representación de los trabajadores, los estudiantes, las mujeres o los homosexuales con estos conjuntos de personas. Se da por sentado que todos los trabajadores o todas las mujeres piensan igual, salvo que sean idiotas. Un ejemplo de ayer mismo, 7 de agosto, entre miles, leído en el Diari de Tarragona: “La comunidad hispana pide a Trump que cese su discurso antiinmigrantes.” Habitualmente, el carácter manipulador del titular se puede descubrir o al menos sospechar simplemente con leer el cuerpo de la noticia. En este caso descubrimos que la “comunidad hispana” son en realidad cuatro personas entrevistadas: tres dirigentes de asociaciones de inmigrantes y un “estratega demócrata”.

También es frecuente sugerir una interpretación con la mera elección de una palabra aparentemente inocente. Por no salirnos del sesgo sistemático que se aplica a toda noticia relacionada con el actual inquilino de la Casa Blanca, el mismo periódico local titulaba el 6 de agosto: “Trump condena ahora el racismo”. Observen las connotaciones que se introducen con un simple adverbio como “ahora”, que no aporta ninguna información objetiva: que Trump antes no rechazaba el racismo, que su postura es hipócritamente electoralista… Por supuesto, uno puede pensar que esto es así, pero para decirlo están las columnas de opinión, no los titulares de las noticias.

3) Un tercer método es la burla o caricaturización, tanto gráfica como verbal. La fuerza de este procedimiento no es en absoluto desdeñable, porque incide directamente sobre nuestras emociones, no sobre la razón. El humor, bajo su carácter innegable de saludable ejercicio crítico o de mera diversión, en ocasiones se prostituye con el fin de ridiculizar, denigrar o incluso fomentar el odio contra determinadas personas, ideas o actitudes, sin apenas necesidad de argumentos o datos. A ello contribuye eficazmente el carácter gregariamente contagioso de la risa, que refuerza eficazmente los sentimientos que se pretenden inculcar.

4) Ahora bien, el recurso más poderoso y más difícil de detectar de los medios de comunicación no se basa en lo que dicen, sino en lo que no dicen: es decir, en su selección de los hechos que “son noticia” y su constante ocultamiento de información que es imprescindible para comprender adecuadamente la realidad, en especial para situar en su justo lugar la que nos proporcionan selectivamente. Por supuesto, es imposible contarlo todo; siempre resultará inevitable seleccionar, recortar, priorizar, dadas las limitaciones humanas. Pero lo cierto es que los periodistas encuentran aquí la excusa perfecta para imponernos su visión del mundo progresista.

Pensemos en algo tan premeditado como ocultarnos la nacionalidad de los delincuentes extranjeros, o en no contabilizar delitos cometidos por mujeres, o aquellos en los que las víctimas son hombres, para alimentar la ideología de género que criminaliza al varón. O, por terminar de decirlo todo sobre Trump, reflexionemos sobre la gran cantidad de informaciones favorables al presidente americano, que se nos hurtan sistemáticamente con el fin de crear una sensación, por acumulación de noticias exclusivamente negativas y desagradables, de que se trata de un personaje impresentable, que no hace una buena, ni de obra ni de palabra.

Los ejemplos en muchos otros temas son innumerables. Para no alargarnos, recordemos sólo la cobertura del conflicto palestino-israelí, que de manera sistemática oculta la mayor parte de la violencia ejercida por los palestinos, tanto contra la población civil israelí como contra los propios palestinos, en unos casos reprimidos brutalmente por sospechas de disidencia, y en su gran mayoría utilizados por los terroristas como escudos humanos.

Hemos aportado sólo unos pocos ejemplos muy obvios de información política. Pero para comprender el alcance de la propaganda mediática progresista deberíamos analizar no sólo la información de todas las demás secciones periodísticas, en especial la cultural y la social, sino la entera industria del entretenimiento, tanto televisivo como cinematográfico. En todos estos ámbitos se transmite, como quien no quiere la cosa, y con métodos muy similares a los aquí descritos, una misma cosmovisión poscristiana, que a la postre resulta siempre anticristiana, con la que se cuestionan de manera constante y reiterativa las bases de nuestra civilización occidental.

No se trata de imaginar conspiraciones. No hay probablemente ninguna conspiración mundial y eterna, no al menos de carácter humano. Sin negar la importancia de sociedades secretas como la masonería, o el poder de ciertas organizaciones y corporaciones internacionales, o de “filántropos” como George Soros, ellos por sí solos no son la explicación de los pecados de cada uno de nosotros, de las idolatrías en las que una y otra vez cae el hombre. Son solo agentes del error, que es lo que debemos identificar y combatir realmente, más que buscar chivos expiatorios. Los intelectuales son en general progresistas, incluso de izquierdas, porque el progresismo es un error intelectual. Los intelectuales son de izquierdas de manera análoga a como los médicos, y no los profanos, son los que cometen errores médicos. No debería hacer falta decir que señalar esto no es ir contra la inteligencia o contra la medicina. Ni tampoco contra el periodismo.

La dictadura del telediario

«El propósito de la educación totalitaria nunca ha sido infundir convicciones, sino destruir la capacidad para formar alguna.»

Hannah Arendt

Quizás el dogma fundamental del pensamiento moderno sea, paradójicamente, que todo dogmatismo es una cárcel de la mente, y que cualquier ortodoxia es la base de la tiranía. Por supuesto, este “todo” y este “cualquier” no tienen nada de inocentes. Contra lo que cargan, de manera más o menos implícita, la mayor parte de quienes gozan de un cierto poder de difundir su opinión (periodistas a la cabeza) es contra el cristianismo. Incluso quienes critican algunas de las derivas más preocupantes del progresismo suelen acudir al argumento de que no es tal progresismo, sino un regreso a “épocas oscuras” e inquisitoriales, bajo otros nombres y envoltorios.

Numerosos autores han cuestionado que la ortodoxia sea el (mejor) fundamento del despotismo, señalando que para el poder político es más útil una doctrina poco definida o cambiante que un sistema dogmático fijado. Este, sin duda, se puede retorcer o interpretar para legitimar a un dictador, pero sólo hasta cierto punto. Como señala Chesterton:

«Es cierto que se puede tergiversar la ortodoxia [se refiere al catolicismo] para que sirva en parte para justificar a un tirano. Pero es más fácil fabricar una filosofía a la alemana para justificarlo por entero.»

El derecho divino de los reyes, considerado como la justificación del absolutismo, durante la Edad Media significó más bien lo contrario, una limitación del poder monárquico, entre otras como la costumbre y el derecho. Ya San Pablo oponía la obediencia a Dios a la de los hombres, y con ello circunscribía claramente la segunda. Desafiando a la concepción vulgar, Bertrand de Jouvenel observó que la democracia otorga mucho más poder al Estado que la religión. En su obra maestra Sobre el Poder, nos ofrece esta reflexión clarividente:

«De la soberanía popular puede surgir un despotismo mucho más radical que de la soberanía divina, puesto  que un tirano, ya sea individual o colectivo (…), no podrá apoyarse en la voluntad divina, que se presenta en forma de ley eterna, para ordenar a su arbitrio. Por el contrario, la voluntad general no es, por naturaleza, fija, sino móvil. En vez de estar predeterminada por una ley, se puede oír su voz en leyes sucesivas y cambiantes. El Poder usurpador tiene en este caso las manos libres…»

En apoyo de esta tesis, que quizás a algunos pueda parecer rebuscadamente reaccionaria, me permito añadir las citas de dos autores poco sospechosos de defender algo así como una restauración del cristianismo. Uno es George Orwell, quien antes de escribir su famosa novela distópica 1984, decía que

«…las ortodoxias del pasado no cambiaban, o al menos no lo hacían rápidamente. En la Europa medieval, la Iglesia dictaba lo que debíamos creer, pero al menos nos permitía conservar las mismas creencias desde el nacimiento hasta la muerte. No nos decía que creyésemos una cosa el lunes y otra distinta el martes. (…) La peculiaridad del Estado totalitario es que, si bien controla el pensamiento, no lo fija. Establece dogmas incuestionables y los modifica de un día para otro. (…) Se afirma infalible y, al mismo tiempo, ataca el propio concepto de verdad objetiva.» (Ensayos.)

Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, nos descubre la misma clave para entender fenómenos como el comunismo y el nazismo. La lealtad total que exigen los partidos totalitarios les lleva a no querer estar constreñidos ni siquiera por su propia ideología, de ahí que hicieran todo lo posible «para desembarazarse de los programas partidistas que especificaban un contenido concreto». Antes que eso preferían que los militantes y ciudadanos estuvieran pendientes de la última orden o consigna, de modo que

«…una perfecta instrucción sobre el marxismo y el leninismo ya no fuera guía alguna del comportamiento político –es decir, que, al contrario, sólo pueda seguirse la línea del Partido si se repite cada mañana lo que Stalin ha anunciado la noche anterior.»

Pensemos, entre otros ejemplos innumerables, en el papelón de los partidos comunistas europeos en relación con el pacto germano-soviético que permitió a Hitler y Stalin desencadenar la Segunda Guerra Mundial: ahora tocaba no criticar a la Alemania nazi; ahora volvía a ser el Enemigo…

Más de un lector reticente estará pensando en el lema franquista “Caudillo de España por la gracia de Dios”. En este caso, sólo le pido que, honradamente, compare el poder que ejerció Franco con el de personajes como Stalin y Mao, y pregúntese si estos últimos hubieran podido llevar a cabo sus experimentos genocidas, con la total impunidad de la que gozaron, al amparo de una divisa como la que rezaban las viejas pesetas.

La amenaza más seria que se cierne sobre el presente no es el retorno al dogmatismo cristiano, no es un regreso al clericalismo nacional-católico ni al puritanismo, como algunos ingenuos creen vislumbrar al analizar chapuceramente fenómenos como el Me Too. Mucho más real es el dogmatismo de usar y tirar, la tiranía relativista que nos dice lo que tenemos que pensar, lo que nos tiene que gustar o interesar, lo que nos debe preocupar en cada momento: la dictadura del telediario.

Posiblemente, el mayor ejercicio consciente de resistencia sea hoy apagar la condenada tele y el condenado smartphone, y sumergirse en la lectura de un buen libro, lo menos “actual” posible. Como más nos transporte a otras épocas, a otras maneras de pensar totalmente distintas e incluso antitéticas de las monsergas, las consignas y eslóganes de nuestro tiempo, mejor. Una hora de leer Grandeza y decadencia de los romanos, de Montesquieu, tiene en mí el efecto, durante un tiempo, de que no pueda escuchar las cretineces de un informativo televisivo sin estallar en una carcajada liberadora. Pruébenlo.

Lecciones de la ignorancia

Las conversiones de europeos al islam atraen el interés de los medios mucho más que las conversiones de musulmanes al cristianismo, que también existen. Y eso que las segundas albergan considerablemente más mérito, si tenemos en cuenta que apostatar del islam conlleva serios riesgos, castigándose en algunos países incluso con la pena de muerte.

En el Diari de Tarragona de este domingo nos ofrecen el testimonio de una alumna de Estudios Árabes, convertida a la fe de Mahoma con 19 años. La entrevista, como suele ser habitual, pasa de puntillas por los aspectos más discutibles de esa religión, limitándose a tocar el tema del velo. Las respuestas de la joven son también típicas. Aparte de edulcorar de manera inverosímil el papel de la mujer en el islam, destaca su espiritualidad, como si los dos mil años de pensamiento y arte cristianos fueran una broma y la joven no viviera en la patria de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.

Esta es la tónica de la mayoría de musulmanes conversos: la incomprensión o negligente conocimiento que demuestran tener del cristianismo, lo que les lleva a buscar en el islam un alimento que, con un mínimo de interés, hubieran encontrado hasta la saciedad en la religión de sus padres. También hay una perentoria sed de respuestas fáciles, algo característico de esta sociedad acomodada. Como confiesa Aida Oliver, que así se llama la joven conversa, “el concepto de la Santa Trinidad me chirriaba”. Es decir, como no lo entendía, en vez de leer sobre el tema y rezar para recibir alguna iluminación, lo rechazó, y se buscó una religión más simple. «Busque, compare, y si encuentra algo mejor, cómprelo», retaba el popular anuncio.

Si al menos la comparación fuera en serio… Insulta a la inteligencia que, para defender la posición subordinada que los mahometanos confieren a la mujer, se los contraponga con los cristianos. Dice Aida que “en el islam el divorcio está permitido y a diferencia del cristianismo reivindica que la mujer no es parte del hombre.” Pero el divorcio en el islam es en la práctica el derecho del hombre de repudiar a la mujer, algo a lo que Jesús se opuso con rotundidad, citando las Escrituras: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne?» (Mateo, 19, 4-5.)

Ahora bien, precisamente al ser una sola carne, el hombre y la mujer quedan situados en pie de igualdad; nada que ver con la patraña que pretende vendernos la joven conversa, supongo que aludiendo a la interpretación más superficial del relato de la creación de Eva, a partir de la costilla de Adán. Por cierto, dicho relato aparece después de que en el mismo Génesis (1, 27) se nos narre la creación de ambos sexos de manera simultánea, como dos modalidades esenciales del ser humano.

Sospecho que Aida en primer lugar le ha hecho al catolicismo las objeciones tópicas, propias del pensamiento progresista dominante, y que sólo en una fase posterior, huérfana de la creencia en algo más firme que el inane relativismo contemporáneo, se ha sentido atraída por el islam. Fascinante tema de meditación: El progresismo, especialmente en su versión más izquierdista, como un excelente abono para la religión más reaccionaria.

Insisto: para hablar de un tema hay que informarse. Máxime si se trata de la religión que impregna toda la cultura occidental. Al menos, no estaría de más intentar comprender un poco mejor las creencias y tradiciones que te han legado tus mayores, antes de abandonarlas alegremente. Le deseo de todo corazón a Aida que, si algún día se plantea dejar el islam, lo tenga tan fácil como lo ha tenido con el cristianismo.

Siempre existirán derecha e izquierda

Una de las citas más divulgada de Ortega es ésta, perteneciente a La rebelión de las masas: “Ser de izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral.” Conviene no obstante señalar el contexto en el que fueron escritas esas palabras, publicadas en plena Guerra Civil: una época terrible en la que tanto la izquierda como la derecha atacaban el liberalismo como algo caduco.

Pasados aquellos tiempos turbulentos, la derecha y la izquierda siguen siendo referencias políticas de las que es imposible sustraerse. Incluso los liberales pueden ser clasificados como liberales de izquierdas (progresistas) o de derechas. No hagan caso de quien les diga que él no es ni una cosa ni la otra. Sucede como con las creencias religiosas. O eres creyente o ateo. Los agnósticos se limitan a proclamar algo generalmente admitido, incluso por los creyentes mínimamente informados: que la existencia de Dios no se puede demostrar ni refutar formalmente. Pero lo relevante es que, tanto si prefieres llamarte ateo como agnóstico, no tienes fe en Dios. O crees en Él o no; no hay una tercera opción.

Si tratamos de definir con la mayor economía de palabras la diferencia entre la izquierda y la derecha, desde el punto de vista de la primera, podríamos decir algo así como que la izquierda está a favor del progreso y la derecha en contra. El problema surge cuando tratamos de ponernos de acuerdo acerca de qué es el progreso. Sin duda todos coincidimos en que progresar es sinónimo de mejorar. Pero esa mejora aún puede interpretarse de múltiples maneras. Ya lo señaló Chesterton: “La mayor parte de las discusiones modernas sobre dicha cuestión son meros argumentos circulares… La evolución sólo es buena si produce un bien; el bien sólo es bueno si ayuda a la evolución. El elefante se sostiene sobre la tortuga y la tortuga sobre el elefante.” (Ortodoxia.)

Concedamos por hipótesis que la derecha es contraria al progreso. La pregunta obligada es: ¿cómo puede haber alguien que esté en contra de mejorar las cosas? Para la izquierda existen dos explicaciones posibles: o bien se opone al progreso por ignorancia, o bien porque defiende intereses particulares que chocan con el interés general. De ahí que para alguien de izquierdas, un obrero de derechas tiene que ser tonto, o dicho finamente, estar alienado. Y una mujer consciente será feminista, y un gay comprometido apoyará las reivindicaciones del lobby LGTB. Lo que más le rompe los esquemas al izquierdista o progresista es que los obreros voten a Vox. O que Dolce y Gabbana no estén a favor de que los niños sean adoptados por parejas homosexuales.

La derecha, lógicamente, lo ve de otra manera. Ella sostiene que existe un modo alternativo de entender el progreso y por tanto de favorecerlo. Es decir, ser de derechas o de izquierdas no obedecería a causas sociales o materiales, sino de índole intelectual, y por tanto individual, en vez de colectiva. Aceptando este punto de vista, no debería sorprendernos que tantos aristócratas apoyaran la Revolución francesa, ni que el mejor amigo y colaborador de Marx fuera un rico industrial llamado Engels, o que Lenin naciera en el seno de una familia terrateniente. Ni que por el contrario haya tantos trabajadores, mujeres, inmigrantes o gais que voten a Vox. Simplemente, piensan con independencia de lo que algunos han decidido que tienen obligación o necesidad de pensar.

Curiosamente, suele ser la izquierda quien presume de independencia y superioridad intelectual. Un dato parece asistirle: probablemente la mayoría de quienes viven de su intelecto (docentes, literatos, artistas, periodistas, etc.) tienden a ser de izquierdas. Pero ello no es una prueba de que se hallen en posesión de la verdad, sino de que, efectivamente, la diferencia entre izquierda y derecha no es de orden socioeconómico, sino espiritual, cognoscitivo. Incluso para cometer determinados errores se necesitan unos conocimientos por encima de la media. Un analfabeto podrá decir “haiga” o “semos”, pero nunca llegará a afirmar que “la existencia precede a la esencia”, o que “el género es una construcción cultural”, porque ni siquiera es capaz de concebir semejantes tesis erróneas. Sin los intelectuales no existirían algunos de los errores más funestos de la Historia, como el comunismo o el nacionalsocialismo, si bien tampoco podríamos criticarlos ni entender cabalmente determinadas verdades.

Entre las concepciones del progreso que defienden la derecha y la izquierda hay tres diferencias principales, que enumero a continuación.

1) Para la izquierda es un progreso que cada vez haya menos pobreza, de ahí que defienda tenazmente la redistribución y el incremento de la lista de los llamados “derechos sociales”. La derecha coincide en el fin, pero discrepa en los medios: cree que lo más eficaz es la creación de riqueza, sin la cual la redistribución acaba convertida en un mero reparto de la miseria. Y no piensa ni remotamente que la pobreza pueda combatirse meramente con decretos o reformas constitucionales. Por decirlo con las palabras de Edmund Burke: “¿De qué sirve hablar del derecho abstracto que un hombre tiene a la comida o a los medicamentos? Lo que importa es el método para procurárselos y administrárselos. En esta deliberación yo siempre aconsejaré solicitar la ayuda del granjero y del médico, antes que la del profesor de metafísica.” (Hoy diríamos el politólogo o el sociólogo, sin que en la práctica suponga una mejora sustancial.)

2) La izquierda sostiene que es posible y deseable que la igualdad de condiciones aumente hasta que desaparezcan por completo cualesquiera diferencias de riqueza, o entre los sexos, o debidas a otras circunstancias. La derecha defiende la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades, pero (o más bien debido a ello) no cree que las disparidades que se produzcan a partir de ahí se puedan seguir considerando injustas. Por ejemplo, en aquellas sociedades donde los dos sexos gozan exactamente de la misma libertad a la hora de elegir sus estudios, está comprobado estadísticamente que las mujeres tienden a elegir principalmente profesiones en la enseñanza o la salud, mientras que los hombres se inclinan más a las ciencias exactas o a las ingenierías. Para la izquierda, esto es un síntoma de que persiste una intolerable discriminación machista, mientras que la derecha digna de tal nombre lo ve como un mero resultado de la libertad individual, en el que no es lícito intervenir sugiriendo a las mujeres lo que les debería gustar, ni culpando a los hombres.

3) La izquierda, al igual que con la igualdad, cree que la libertad puede aumentar de manera indefinida, aunque en este caso, si tenemos en cuenta los progresos tecnológicos, no haya un término final imaginable. La derecha en cambio sostiene que existen unas libertades fundamentales e inalienables, como el derecho a la vida y a la propiedad, o la libertad religiosa y de expresión, y que tampoco aquí tiene sentido seguir engrosando una lista de derechos como si se tratara de la carta a los Reyes Magos. La derecha, cuando se respeta a sí misma, no admite la idea de “nuevos derechos”. Los derechos humanos no han cambiado desde hace diez mil años, fueran reconocidos o no en el pasado. No se los inventaron los autores de la Declaración de los Derechos Humanos en 1948. En lugar de defender libertades cada vez más extravagantes, como el matrimonio homosexual, o tan viles como el aborto, el derechista coherente es partidario de proteger los derechos clásicos, que precisamente se ven amenazados por quienes, en su empeño de perseguir unas libertades y una igualdad quiméricas, más allá de todo lo razonable e incluso deseable, pretenden imponer a los demás los costes de sus delirios, y hasta cerrar las bocas de los discrepantes.

Este es el problema esencial del llamado progresismo. En su empeño por intentar mejorar a la humanidad desde su particular punto de vista, se deje o no se deje la humanidad, a menudo lo que consigue es lo contrario; incluso estropea lo que funcionaba aceptablemente bien. De ahí que la derecha se vea obligada tantas veces a actuar como reparadora de los desastres causados por la izquierda. La cual aprovecha este papel restaurador de su adversaria para reforzar la leyenda de las fuerzas enemigas del progreso, que pretenden hacernos retroceder hacia edades supuestamente oscuras.

Termino citando de nuevo a Burke, cuando hablaba de los revolucionarios franceses, lo que vale mutatis mutandis para nuestros progresistas de hoy: “…proceden argumentando como si todos los que están en desacuerdo con sus nuevos abusos han de ser necesariamente partidarios de los viejos; y argumentan así para que quienes reprueban sus rudos y violentos esquemas de libertad sean mirados como si estuvieran abogando por la esclavitud.” Y no sólo eso: “piensan que están haciendo la guerra a la intolerancia, el orgullo y la crueldad, mientras que, bajo la apariencia de estar aborreciendo los malos principios de los partidos anticuados, están de hecho autorizando y dando pábulo a esos mismos vicios en manifestaciones diferentes, y tal vez incluso peores.”[1]

Si al lector le parecen absolutamente vigentes estas palabras de Burke, admítalo: es de derechas.


[1]Reflexiones sobre la Revolución en Francia, Alianza Editorial, Madrid, 2013. Negritas mías. Páginas 105, 191 y 215.

Qué pretenden los progres cuando culpan al porno

Como reacción al incremento de las violaciones en grupo (un 22,7 % en 2018, según El País del 25 de junio pasado), numerosos medios han llamado la atención sobre la relación entre la pornografía y la violencia sexual. Por poner sólo un ejemplo entre muchos, sirva el artículo de donde he obtenido ese porcentaje, titulado: «La escuela de “las manadas”», con la siguiente entradilla: «El porno, la normalización y erotización de la violencia o la falta de empatía están detrás de las violaciones en grupo.»

El mero sentido común ya nos indica que esa relación es difícil de negar. Si un individuo consume habitualmente pornografía, parece bastante lógico que tenga algunas probabilidades más de cometer un delito sexual que si, en lugar de ello, dedica sus horas de ocio a una irrefrenable pasión por la ornitología o la numismática. Además, existe en apoyo de esta intuición una nada despreciable literatura científica, de la que el catedrático Francisco José Contreras nos ofrece unas cuantas pistas en su imprescindible artículo titulado «Por qué un liberal debe combatir la pornografía».

Dicho esto, yo me pregunto cuál es la verdadera motivación de los medios progresistas (o sea, la aplastante mayoría de ellos) para acusar ahora al porno. Los “libertarios exquisitos”, como los llama F. J. Contreras, interpretan tal acusación como un neopuritanismo que podría llevar a regulaciones incompatibles con libertades individuales básicas. Leyendo a algunos de ellos, se diría que, en una sociedad donde la administración fija minuciosamente el tipo de información nutricional de las cajas de galletas y el tamaño de las jaulas de las gallinas ponedoras, el destino de la libertad en Occidente depende dramáticamente de si se puede acceder a la pornografía con mayores o menores restricciones.

En mi modesta opinión, de retorno al puritanismo, por parte del progresismo, no hay nada de nada. Más bien se trata de todo lo contrario, de una insistencia en seguir apuntalando las ideas matrices de una sociedad permisiva y relativista, ¡incluyendo el blanqueo de la pornografía! Intento explicar esta paradoja.

Esos medios que ahora muestran una preocupación sobrevenida por la temprana iniciación en contenidos “para adultos” de muchos adolescentes, hasta un minuto antes ofrecían una imagen del porno mucho más frívola, considerándolo incluso como «un buen método para sanear (sic) las relaciones sexuales». El entrecomillado procede de un banal artículo publicado en El País, cuatro meses antes del citado sobre las causas de las violaciones grupales. En dicho texto, diversas “expertas” recomiendan a parejas con inapetencia sexual no sólo “consumir pornografía juntos o introducir juguetería erótica”, sino también las “relaciones abiertas” y el intercambio de parejas. «La monogamia –nos dicen– no es el único modelo de relación que existe», y en apoyo de esta tesis nos citan a grandes eminencias como las actrices Scarlett Johansson o Emma Thomson.

Es más, volviendo al artículo que nos presenta una imagen menos amable de la pornografía, veremos que las críticas a ésta no son más que un pretexto para lo acostumbrado: cargar contra el omnipresente “machismo”. Incluso si una “experta en género” entrevistada reconoce, en un efímero momento de lucidez, que quizás nos estamos cargando la familia tradicional demasiado alegremente, no deja de poner el acento en la panacea de las políticas igualitaristas.

Para acabar de entender plenamente el debate sobre la pornografía debemos caer en la cuenta de que su intención más inmediata es la de tapar otro debate latente: el que se produciría a poco que se dejaran de ocultar las cifras de la sobrerrepresentación de inmigrantes, en especial de origen magrebí, entre los autores de delitos sexuales.

Háganse esta pregunta: ¿por qué esta obsesión en proteger a los inmigrantes ilegales omitiendo la nacionalidad de origen de los delincuentes? La doctrina oficial es que no hay que alimentar la xenofobia. Lo cual, como denunció Santiago Abascal en su memorable primer discurso del Congreso, equivale a tomar a los ciudadanos por menores de edad.

Pero la razón de fondo es que una sociedad que acepte la inmigración sin apenas crítica se mantiene más inconsciente ante la gravedad del problema de la baja natalidad. La entrada masiva de extranjeros permite maquillar las inquietantes cifras del decrecimiento vegetativo de la población, incluso inspira la falacia de que “vienen a pagarnos las pensiones”, lo cual se contradice con la facilidad con que los inmigrantes obtienen subsidios y servicios públicos gratuitos, a menudo nada más poner los pies en nuestro territorio.

Pues bien, esa inconsciencia de la grave crisis de natalidad que padece la mayor parte del mundo civilizado, aunque España en superior grado que muchos países, es posiblemente la mejor garantía que tiene el progresismo hegemónico de que muy pocos se empiecen a cuestionar su escala de valores. La libertad sexual como principio supremo, al desacreditar la monogamia como una antigualla, socava el marco cultural e institucional más idóneo para la procreación. Si el placer es el objetivo principal, cualquier estilo de vida sexual (voyeurismo, onanismo, promiscuidad, homosexualidad) pasa a tener igual valor que la familia natural estable con dos o más hijos. Añadamos a ello el carácter de “derecho” sacrosanto que el progresismo confiere al aborto, y no hará falta ser un lince para darse cuenta de su carácter letal para la fecundidad.

En conclusión, las alertas de El País y los demás medios progresistas sobre el porno no sólo son notablemente hipócritas: en última instancia no tienen otra intención que distraernos, a fin de neutralizar un debate más hondo sobre las creencias fundamentales que rigen nuestra sociedad. Los progresistas no se han vuelto puritanos, sino que por el contrario siguen a lo suyo, que es defender una seudomoral donde la libertad de acostarse con quien uno quiera o masturbarse se valoran por encima de la fidelidad matrimonial y la castidad. Cuando superficialmente parece que critican el porno, en realidad no hacen otra cosa que agitar a los liberales divinos para que les hagan el juego. Yo quisiera tranquilizar a estos últimos. Los progresistas que nos gobiernan y nos adoctrinan desde los medios, lo último que harán es cuestionar las concepciones sexuales dominantes desde Mayo del 68. Antes prohibirán expresar la defensa de la familia natural, por “machista” y “homófoba”. Echo de menos ver a ciertos liberales tan preocupados por esta amenaza, mucho más real.

Igualitarismo y nacionalismo

Es habitual tratar de definir el separatismo catalán como un movimiento retrógrado, incluso como un racismo más o menos encubierto. En parte, esto obedece a la extendida y acrítica identificación entre el “progreso” y el bien, de manera que si algo nos parece mal, tendemos a clasificarlo como opuesto al progreso, escudriñando en él rasgos reaccionarios que nos permitan racionalizar nuestra aversión. Ya son un subgénero literario en sí mismo los artículos que, periódicamente, tratan de demostrar que nacionalismo e izquierda son radicalmente incompatibles, como si no ser de izquierdas fuera lo peor que se pudiera decir de uno, y por mucho que determinadas formaciones (ERC, la CUP, Bildu, BNG, etc.) se empeñen en contradecir esa incompatibilidad con su sola existencia.

Aunque es cierto que en nacionalismos como el catalán y el vasco existen claras tendencias “reaccionarias” (en el habitual sentido trivializador del término; olviden aquí el lúcido cuestionamiento de la modernidad de pensadores como Donoso Cortés o Gómez Dávila), ese análisis se queda muy en la superficie. Sostener que los nacionalismos ibéricos no son más que una reedición del carlismo sería como pretender que el comunismo no es más un retorno a herejías pobristas medievales. Aunque existen continuidades y analogías innegables, aplicar mecánicamente plantillas del pasado nos lleva a caer en el burdo anacronismo.

En mi opinión, el separatismo catalán de los últimos años encaja perfectamente con una tendencia muy honda de los tiempos modernos: es la pasión igualitarista, que no sólo tiene poco que ver con la igualdad ante la ley, sino que tiende, en aparente paradoja, a trastocarla. Para tratar de entender este aserto (que, como verán, no pretende precisamente embellecer al nacionalismo), conviene aclarar a qué nos referimos con el término “igualitarismo”.

Pensemos en el feminismo y en el movimiento LGTB. Aunque todas las constituciones democráticas del mundo occidental reconocen la igualdad ante la ley sin distinción de nacimiento, sexo, raza, creencias, etc., el feminismo insiste en tratar de derribar cualquier otro tipo de diferencia fáctica o empírica. Así, por poner un ejemplo entre cientos, se reivindica que el fútbol femenino tenga la misma consideración y popularidad que el masculino, que las futbolistas profesionales gocen de los mismos ingresos que los futbolistas…

En realidad, nada permite suponer que las diferencias que existen entre el fútbol femenino y el masculino se deban a ningún tipo de discriminación, a leyes que prohíban o dificulten que las mujeres puedan jugar al fútbol, si es su deseo. Todo indica que son de origen natural: el fútbol es un deporte brusco inventado por hombres, y es normal que las mujeres no destaquen tanto en él, y sobre todo que se interesen minoritariamente por él. Pero el feminismo contemporáneo no quiere escuchar nada de esto. Toda diferencia le parece a priori injusta, y debe remediarse invirtiendo en ello recursos públicos, promoviendo campañas de “visibilización”, etc.

Otro ejemplo paradigmático de este igualitarismo hiperventilado es el matrimonio entre personas del mismo sexo. Aunque el matrimonio es una institución que surgió para proteger la maternidad y la procreación, implicando al padre biológico en las responsabilidades de crianza, el movimiento homosexualista (que no representa ni mucho menos a todos los homosexuales) ha hecho bandera de lo que llama, significativamente, “matrimonio igualitario”, y pretende que no reconocerlo es una violación de sus derechos.

No importa que el fútbol se concibiera como forma de diversión típicamente masculina, ni que el matrimonio sea una institución protectora de la familia natural: la obsesión igualitarista no atiende a razones de tipo histórico, cultural ni siquiera biológico. La cuestión es que hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales sean iguales no solamente ante la ley (lo que ya tienen reconocido) sino en todo aquello en lo que son intrínsecamente desiguales, no por razón de ninguna injusticia, sino por la mera naturaleza de las cosas. No deja de ser algo tan absurdo como si una asociación de calvos luchara para conseguir que los comercios suministren peines para calvos, que les proporcionen sensaciones similares a aquéllas de las que gozan los cabelludos. ¿O es que acaso no tienen los calvos el mismo derecho a peinarse que los demás?

Pues bien, los nacionalismos catalán, vasco y similares obedecen a la misma lógica igualitarista. El señor o señora que luce un lacito amarillo en Cataluña aspira a que su comunidad autónoma sea un Estado en igualdad de condiciones con los demás Estados reconocidos por la ONU. Quiere que Cataluña no sólo tenga su propio gobierno y parlamento, sino además sus embajadas, sus fuerzas armadas, su puesto en las organizaciones internacionales… Quiere que “su país” sea un país “normal”, como los demás. Igual que los demás.

Como el gay que asegura que poder casarse con un hombre es cuestión de “dignidad”, el separatista catalán también reclama dignidad: cree sinceramente que su reivindicación es de un derecho humano elemental, que “això va de democràcia”. Psicológicamente (ya que no lógicamente) esto puede ser perfectamente compatible con abrigar sentimientos supremacistas, con pensar que los meridionales son inferiores cultural o incluso genéticamente, que el catalán es más trabajador, culto y moderno que los habitantes al sur del Ebro, y toda la panoplia de desatinos que uno puede escuchar o leer tanto en la calle o las redes sociales como en círculos nacionalistas supuestamente más sofisticados. Pero nada de todo esto, si se analiza detenidamente, explica por qué un nacionalista no se conforma con un Estado tan políticamente descentralizado como el español, que le permite incluso discriminar a la lengua española común en la enseñanza y los demás servicios públicos.

La obsesión igualitarista de nuestro tiempo es lo que está detrás de aberraciones como la pretensión de que transexuales con pene puedan entrar en aseos públicos de mujeres, pero también de que una maestra maltrate a una niña en clase por pintar la bandera de España. En este segundo caso, esa funcionaria pública (el título de maestra le viene muy grande) no cree estar haciendo otra cosa que contribuir a que Cataluña sea una república como las otras repúblicas que hay en el mundo. Los miembros y simpatizantes de asociaciones LGTB, las feministas y los nacionalistas catalanes quieren ser “normales”, tal como entienden ellos la normalidad, que es en buena medida una cuestión de apariencias, de signos externos, de reconocimiento.

¿No son reivindicaciones perfectamente legítimas? Hay que decirlo claramente: no. A Tocqueville le admiraba que “por una singular extravagancia de nuestra naturaleza, la pasión por la igualdad, que debería disminuir a la vez que la igualdad de condiciones, aumenta, por el contrario, a medida que las condiciones se igualan”. Pero semejante aceleración emocional del igualitarismo, una vez se ha conseguido la igualdad formal, anda muy lejos de ser una ampliación de ésta. Por el contrario, la pone claramente en peligro, y sobre todo pone en peligro la libertad.

Todo lo que va más allá de la igualdad ante la ley, contiene en sí mismo el germen del despotismo, porque implica obligar a otros, cambiar a los demás, quiéranlo o no. Y también porque erosiona instituciones como la familia y otras que puedan actuar como contrapeso al estatismo. Al contrario de lo que parece, el igualitarismo no es una ampliación de las igualdades formales, sino una perversión o degeneración de ellas, que las acaba lesionando, al imponer las orwellianas “discriminaciones positivas”, o sea, lo que vienen siendo las discriminaciones de toda la vida. Es este igualitarismo desquiciado el que promulga normas que favorecen más al sexo femenino, pero también el que para “normalizar” el catalán discrimina a los castellanohablantes y destruye la igualdad de todos los españoles, por ejemplo ante la Sanidad pública. Ir “más allá de” la igualdad formal significa, siempre, ir contra la propia igualdad formal.

Quien esto escribe es catalán, habla y lee en catalán, siente gran estima por las tradiciones y paisajes de su región, pero no necesita lo más mínimo que ésta sea una república con asiento en la ONU, ni tener un documento de identidad catalán, ni que un Ejército catalán desfile por la Diagonal de Barcelona el 11 de setiembre. No sólo no lo necesito para nada, sino que estoy orgulloso de la historia de España, de una lengua española con cientos de millones de hablantes, y de nuestras Fuerzas Armadas.

¿Es casual que yo no esté obsesionado lo más mínimo por la igualdad? Creo que ha quedado claro que defiendo firmemente la igualdad de los españoles ante la ley, en todo el territorio nacional. Lo que no concibo son engañosas extensiones de esa igualdad. No envidio a quien tiene más dinero que yo, ni vive en una casa más grande y confortable, ni tiene mejor coche. Me parece natural y hasta conveniente que existan diferencias de renta, porque, aunque no siempre se deban al mérito, sería imposible evitarlas sin dejar de reconocerlo. Un médico debe ganar más que un barrendero, porque se requieren muchos más esfuerzos y capacidades más escasas para llegar a ser lo primero. Y también es justo y natural que un empresario que crea cientos o miles de empleos gane considerablemente más que cualquiera de sus empleados.

Tampoco veo injusto que las mujeres tengan hijos y los hombres no. Es algo que forma parte del orden natural, y pretender ignorar sus consecuencias, por ejemplo en el terreno laboral, me parece una actitud inmadura, de negación del principio de realidad. Nunca se conseguirá que los hombres y las mujeres sean exactamente intercambiables, y además no veo por qué deberíamos desear tal cosa. No todo está bien por el mero hecho de que lo deseemos; a menudo tenemos deseos equivocados, salvo que neguemos la existencia de una realidad objetiva. Un mundo rediseñado a nuestro antojo no sería necesariamente un paraíso, y de hecho hay sobradas razones para pensar que se convertiría en un infierno.

Muy sumariamente, en esto consisten las razones por las que no soy de izquierdas, ni por tanto separatista. Esencialmente son las mismas.