República Amarilla de Feoluña

Os gusta que os llamen independentistas, aunque para mí no sois más que unos vulgares separatistas, con mucha menos épica y estética que los esclavistas sureños de la guerra civil estadounidense. Estos trataron de secesionarse de la joven nación americana a fin de preservar su sistema de esclavitud racista; vosotros queréis preservar una Cataluña étnicamente jerarquizada, donde los Garcías, los Martínez y los López no se os acaben subiendo a las barbas en el gobierno y el parlamento autonómicos, ni en los consejos de administración.

Pero quiero dirigirme no a los políticos ni a los grandes empresarios que apoyan el llamado “proceso”, sino a los separatistas del montón, como los jubilados que llenan los autobuses de las manifestaciones nacionalistas y acuden al supermercado con el lacito amarillo en la solapa. Quiero haceros una pregunta: sinceramente, ¿qué creéis que os aportará la República? ¿De verdad creéis que viviréis mejor, que tendréis salarios más altos, pensiones más altas? ¿De verdad creéis que la sanidad y la enseñanza públicas van a ser mejores porque se gestionen desde Barcelona? ¡Ah, pero si ya se gestionan desde Barcelona!

Quizás sea una cuestión de lo que llamáis “dignidad”. Quizás pretendéis hablar más en catalán, aunque no sé cómo, si en vuestros pueblos no se puede hablar más catalán –ni más árabe. Es verdad que habláis castellano cuando os conviene, con vuestros clientes, aquellos que tenéis un comercio, un taller, una gestoría. ¿En la nueva república les hablaréis sólo en catalán?

Pero ya comprendo que no es sólo la lengua. Que disponer de un documento de identidad catalán os hará inmensamente felices. Que cuando no veáis ninguna bandera española ni en ningún bar sintonicen un canal de televisión en español, respiraréis mejor. A veces, el ser humano se conforma con muy poca cosa.

Pero ¿sabéis que os digo? Que no me lo creo. No me creo que vuestro estado de permanente borrachera sentimental esté motivado por meras fantasías utópicas, ni por dignísimas futilidades. Os diré cuál es la emoción que verdaderamente os mueve, cuál es el motor de todo el proceso: el odio. El odio, sí, un odio a España que no podéis disimular, que aflora cuando estáis más relajados, cuando os sentís entre los vuestros, en la intimidad, o cuando os enardecéis en una multitud, o en una brigada vecinal; los llamados C.D.R. que habéis copiado de Cuba o Venezuela.

¿Qué os ha hecho España para que la odiéis tanto, para que una perfecta imbécil, además de desagradecida, pueda decir en Twitter: “Ya es mala suerte que de todos los países de Europa nos haya tocado nacer en España”? (No menciono su nombre para no darle más relevancia.) No me vengáis con la matraca de los “presos políticos” ni los “exiliados”. No son ni una cosa ni otra, son ciudadanos que no están por encima de la ley, y que por tanto deben responder ante la Justicia de las acusaciones que pesan sobre ellos. Unos en prisión provisional y otros fugados, entre ellos Carles Puigdemont, viviendo a cuerpo de rey en Bélgica. Si algo demuestra que una república, incluso imaginaria, es mucho más cara que una monarquía parlamentaria, ahí tenemos la prueba fehaciente.

Permitidme que responda por vosotros lo que os ha hecho España: os ha dado uno de los países del mundo con más esperanza de vida, un país donde a pesar de los problemas (¿dónde no los hay?) se vive generalmente muy bien, donde hay bajos índices de criminalidad, donde se habla la segunda o tercera lengua del planeta (según se cuenten el número de hablantes vernáculos o los que simplemente la conocen), con una historia gloriosa aunque tengáis de ella una ignorancia abisal. España contuvo al islam, descubrió, pobló y civilizó América, construyó en el nuevo continente ciudades, universidades, catedrales, y escribió los primeros diccionarios y gramáticas de las lenguas indígenas; enriqueció la cultura universal con sus artistas y escritores… Cometió errores y crímenes, pero qué país no los ha cometido, algunos horrendos. Los alemanes, pobres, no pueden ocultar los suyos, demasiado monstruosos y recientes. Pero franceses, ingleses, norteamericanos, incluso los insignificantes belgas, han perpetrado atrocidades inenarrables, y no por ello dejan de estar encantados de haberse conocido.

Decís que España sigue siendo franquista, tras cuarenta años de democracia. Para empezar, habría que decir que la democracia llegó gracias a los franquistas, no a los antifranquistas retrospectivos, ni los antifranquistas terroristas y ultraizquierdistas, que nunca habían creído en el parlamentarismo “burgués”. Pero bien comprendéis el verdadero punto débil de los españoles: lo poco que se quieren a sí mismos, y el pánico que tienen a que los llamen fachas. Y lo sabéis tan bien porque, mal que os pese, sois españoles de pura cepa. Os llaméis García o Gilabert.

¿Cuándo empezasteis a odiar tanto a España y por qué? Probablemente ni vosotros mismos lo sabéis. Esto viene de mucho antes de que el separatismo se convirtiera en movimiento de masas, de siglos antes. Deberíamos remontarnos, sin duda, a la Leyenda Negra creada por los enemigos del Imperio español y del catolicismo, y que llevamos comiéndonos con patatas hasta hoy mismo.

No es necesario insistir en los efectos que el odio tiene para la convivencia. En lugar de ello, me interesa aquí señalar una de las consecuencias más significativas, aunque quizás menos estudiadas, de esa emoción: la fealdad. La fealdad en sus diversas formas, que incluyen lo cursi y lo ridículo, pero que no es meramente metafórica, sino real carencia o anomalía estética y que en Cataluña ha acabado por explotar, invadiéndolo casi todo. Siento decíroslo, pero la República de Feoluña es una terrible constatación experimental de esa profunda y misteriosa relación entre la ética y la estética.

No creo en absoluto que sea casualidad que hayáis impuesto la bandera estrellada cuatricolor (amarillo, rojo, blanco y azul) sobre la bicolor, con las cuatro barras y la estrella rojas sobre fondo amarillo. Si ésta, teóricamente más izquierdosa, se ve todavía en algún balcón, la otra ha ganado por goleada la batalla icónica. Y me sorprende que nadie os haya señalado (hasta donde yo sé) lo hortera de esa combinación cromática, con el amarillo dándose patadas con el azul y el blanco, y el rojo acabando de arreglar el pastel. Desde luego, vuestro gusto está a la altura de vuestras pobres ideas.

Por si hubiera alguna duda sobre el efecto feísta del odio, ahí tenemos la invasión de los plásticos amarillos, la destrucción de los paisajes urbano y rural de Cataluña que estáis perpetrando quienes decís amarla tanto, contaminando con furia invasiva calles, plazas, puentes, árboles y monumentos. El odio hace estragos en el propio odiador, los sentimientos turbios se exteriorizan y terminan fijándose en el fenotipo, como se puede comprobar contemplando la cara de mala llet de vuestro líder Joaquim Torra. También me diréis que es casualidad.

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Histeria antimachista

Ruego al lector que considere el siguiente texto, procedente del Diari de Tarragona del 7 de setiembre:

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Lo primero que salta a la vista en esta noticia es la contradicción entre el antetítulo (“Violencia machista”) y la entradilla: “El precario estado de salud de las dos mujeres pudo ser el desencadenante que habría llevado a este médico jubilado a realizar la acción.” Si es cierto que este individuo cometió el doble crimen en un estado de enajenación o desesperación, ¿a santo de qué viene la “violencia machista”?

Nótese que no pretendo mitigar la culpabilidad del asesino, sino clasificar correctamente el delito cometido. El suceso tiene todo el aspecto de pertenecer a una tipología muy distinta del asesinato cometido por una pareja o expareja celosa o dominante, aunque no sea menos abominable. Más bien se encuadra dentro de esa clase de crímenes, cometidos tanto por hombres o mujeres, que en un momento determinado, acaso temporalmente trastornados, deciden quitarse la vida, no sin antes matar a las personas dependientes de ellas, por una desdichada “compasión” mal entendida.

Es lo que sugieren los hechos desnudos: que el hombre matara también a su propia madre, que su esposa fuera médico jubilada al igual que el homicida (lo que desmiente la trillada falacia marxistoide de que la violencia machista es consecuencia del sometimiento económico de la mujer) y que hubiera planificado su suicidio, como indica la nota que dejó.

Sin embargo, no contento con el antetítulo, el redactor concluye la noticia remachando la interpretación políticamente correcta. Tras señalar ritualmente que no existían denuncias previas por maltrato (lo que no descarta que hubiera maltrato y más bien nos invita a conjeturar que la esposa lo sufriera en silencio) suma las dos víctimas a la lista de “víctimas mortales a manos de sus parejas o exparejas”, que alcanzaría la cifra de 30 este año y de 954 desde el 2003.

El dato incurre por lo pronto en dos falsedades evidentes. En primer lugar, la madre del asesino no era su pareja o expareja, por lo que en rigor no debería contabilizarse dentro de esa lista, sino en otra de parricidios. En segundo lugar, las personas asesinadas por sus parejas o exparejas son más de treinta este año, y sin duda muchas más de mil desde 2003… Al menos si incluimos a las víctimas de sexo masculino, asesinadas por sus compañeras. Que las hay aunque oficialmente se ignoren.

Por supuesto, hay razones sobradas para cuestionar unos cómputos globales engrosados de manera tan arbitraria como nos indica este suceso. Pero incluso en los casos más claros de asesinatos por celos de pareja, el concepto de “violencia de género” es apriorístico y carente de valor científico. Pretende sugerir, sin necesidad de ninguna contrastación empírica, que los asesinos de mujeres no son meramente seres inmorales o disfuncionales que abusan de la superioridad física para resolver sus frustraciones, o por cualesquiera otros motivos, sino producto de una cultura patriarcal dominante que justifica o disculpa parcialmente ese tipo de violencia, como sucede en determinadas culturas.

De hecho, un elevado porcentaje de los delitos llamados “machistas” es cometido por ciudadanos extranjeros, y no podemos descartar que en algunos de ellos intervenga efectivamente una vaga creencia de una suerte de preeminencia del hombre sobre la mujer. Pero tal atavismo, de existir, hace mucho que no tiene el menor respaldo entre los europeos nativos, ni en las leyes ni en las costumbres, y desde luego no es un elemento imprescindible de la violencia, pues también hay mujeres que matan por celos o conflictos de convivencia, así como agresiones dentro de parejas homosexuales. Países con legislaciones igualitarias más antiguas que la española, como Finlandia (cuya igualdad entre los sexos ya llamó la atención de Ángel Ganivet hace un siglo), tienen estadísticas de feminicidios superiores a las nuestras.

Atribuir a un machismo ancestral todo asesinato de una mujer a manos de su pareja o expareja masculina es tan riguroso como la acusación de brujería (es decir, de tratos con el diablo) a la que se exponía en otras épocas cualquier persona que realizara prácticas de curanderismo o abortos. Personalmente no veo objeción a la existencia del diablo, como tampoco niego que exista el machismo, pero sospecho que en la gran mayoría de personas condenadas por sus relaciones con el maligno, si no en todas, tales cargos eran objetivamente infundados. Y algo análogo está sucediendo en la edad contemporánea, que tanto presume de su carácter racional y científico.

Resulta paradójico que el feminismo haya puesto en circulación el provocador lema: “Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar”. Mucho más exacto sería decir que gran parte del feminismo actual manifiesta una continuidad con las antiguas cazas de brujas, motivadas por creencias supersticiosas inmunes a la experiencia. Sólo que hoy la superstición tiene formato académico.

La ideología de género es una seudociencia que proporciona muchísimo dinero de los contribuyentes y poder institucional a quienes la utilizan. Las estadísticas demuestran que no sirve lo más mínimo para reducir las agresiones a mujeres, cosa lógica, pues en lugar de promover una investigación científica de su naturaleza multicausal, se limita a postular una guerra milenaria entre los sexos que sirve para explicar por adelantado cualquier cosa, desde la relativa escasez de ingenieras o directoras de cine hasta la violencia de pareja, del mismo modo que Marx convirtió la lucha de clases en el principio omniexplicativo de la historia y los fenómenos sociales. Es más, al añadir motivos de resentimiento entre los sexos y menospreciar la maternidad, favorece las disensiones y rupturas familiares que constituyen el contexto habitual de la violencia.

Quizás el efecto más inquietante de esta ideología neomarxista sea el ataque creciente que perpetra contra los derechos individuales, no sólo de quienes pueden verse acusados de violencia machista, conculcando normas tan elementales como la presunción de inocencia o la igualdad ante la ley, sino de todos aquellos que nos atrevemos a discrepar de semejante histeria colectiva, alimentada por una masiva propaganda con la cual nos bombardean todos los días, desde los periódicos de provincias hasta las televisiones que acaparan la mayor parte de la audiencia, y tanto desde la sección de sucesos como de la política, la económica y la cultural. Si decir esto es reaccionario, sinceramente creo que hoy el primer deber de una persona mínimamente inteligente e íntegra es ser reaccionaria.

Otra trampa del sanchismo

El gobierno de Pedro Sánchez parece especializado en la puesta en marcha de polémicas en las que, sea cual sea la posición que adopten la oposición y los críticos, aquel sólo puede ganar. El ejemplo paradigmático es la exhumación del cadáver de Franco. Apoyarla significa plegarse a la interpretación de la historia de la izquierda y convertirse en cómplice de la Comisión de la Verdad, engendro totalitario con el que ya se nos amenaza resueltamente. Ponerse en contra permite situar a quien tal posición adopta en el campo del “fascismo” más o menos confeso: o sea, estigmatizarlo como un enemigo contra el que todo vale, al que se debe aislar implacablemente e incluso negar los derechos más elementales, como la libertad de expresión.

Otra polémica que se encuadra en esta estrategia, también conocida como “si sale cara gano yo, si sale cruz pierdes tú”, es la del sindicato de prostitutas con las que el gobierno pretende alimentar más horas de informativos y tertulias –después de hablar de Franco, naturalmente. De nuevo asistiremos a esos debates trucados en los que se cumple la máxima (no recuerdo su autor) según la cual el diablo envía los errores al mundo por parejas de opuestos, para que los seres humanos creamos que la verdad se halla en uno de los dos miembros.

¿Por qué digo que también aquí el diablo, digo el gobierno y la izquierda, sólo pueden ganar? Pues porque el debate parece centrarse básicamente en dos posiciones: la de quienes ven en la prostitución femenina otra manifestación más de la opresión del patriarcado, frente a la de quienes defienden que se trata de una actividad tan respetable como cualquier otra. En el primer caso, es obvio que se refuerza un frente más de la ideología de género. En el segundo, se contribuye al encallanamiento de la sociedad, hundiéndola más en esa ciénaga pútrida donde la izquierda se mueve con destreza anfibia.

Muchos creen tener la receta mágica para resolver esta cuestión. Sería el principio de John Stuart Mill, según el cual la coacción estatal sólo es válida para prohibir comportamientos que dañen a terceros. En ningún caso el gobierno puede intervenir para salvarme de decisiones que sólo me dañan (si es que lo hacen) a mí, como por ejemplo drogarme o prostituirme. Reconozcamos que este principio es con frecuencia útil. Pero también la mecánica de Newton sirve aún para poner satélites en órbita, e incluso para viajar a la luna, y sin embargo desde Einstein sabemos que no es la verdad absoluta, sino que en todo caso tiene una validez parcial. Por ejemplo, es incapaz de explicar la órbita del planeta Mercurio, demasiado cercano a la gravedad del sol.

Dos son los problemas del principio de Mill, según mi opinión. El primero, que está lejos de quedar siempre claro si determinados comportamientos dañan o no a terceros. Ejemplos: el tráfico de drogas, el suicidio asistido, la eutanasia. Que ambas partes (el traficante, el cooperador del suicidio o la eutanasia, por un lado, y el consumidor de drogas, el suicida o el paciente por otro) actúen libremente, ¿justifica la no intervención de las leyes ni de la autoridad? ¿Un daño consentido deja de ser un daño? ¿No existen criterios objetivos?

El segundo problema es que quienes defienden la no intervención, de manera implícita o inconsciente están presuponiendo el relativismo moral. Aquí la prostitución es un buen ejemplo. Concediendo que esa actividad no daña a terceros, y que por tanto no debería prohibirse, ¿se deduce de ahí que es sólo una actividad económica más? O formulado de manera más general: ¿todo lo que no está prohibido legalmente tiene el mismo valor moral?

Si respondemos negativamente, se plantea entonces la siguiente cuestión, tal como agudamente me la transmitió el periodista Yago González a través de Twitter: “Si uno tiene la convicción firme de que algo es moralmente malo, legalizarlo es en cierto modo legitimarlo moralmente, ¿no? Es un poco contradictorio.”

Creo que, efectivamente, ese es un problema muy real de las leyes. Por un lado, no podemos prohibir todo lo que está mal, porque nos veríamos abocados a una especie de teocracia asfixiante, con la policía dedicada a perseguir toda clase de supuestos vicios. Pero por otro, es cierto que la ley es maestra, como decía Aristóteles, y que la opinión pública tiende a percibir como moralmente legítimo todo aquello que no está legalmente prohibido, es decir, sin mediar coacción de la autoridad.

No hay aquí una solución mágica. Este problema existe y humanamente es ineludible. Los cristianos nos regimos de manera genérica por las palabras de Jesús: “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Pero está claro que estas no nos permiten resolver de manera infalible cada caso concreto. Mi opinión respecto a los que nos ocupa sigue siendo la de Clint Eastwood en Sin perdón: “Dejad a las putas en paz”. Pero dejarlas en paz también implica no engañarlas, no halagarlas falsamente diciéndoles que, puesto que son libres de vender su cuerpo, no hay nada de malo en ello. Esto es mentira y ellas suelen ser las primeras en saberlo. En cuanto tienen la oportunidad, tratan de dejar esa clase de vida.

El error de muchos liberales consiste en creer que deben dejar la moral “aparte”, tal como también con gran acierto señalaba Yago, en el tuiteo en el que se originó nuestra breve conversación. Pero quien pone la moral entre paréntesis, no está haciendo más que realizar sus propios juicios morales implícitos, sin reconocerlos, haciéndolos pasar por pura lógica. El “¿quién soy yo para juzgar?”, que puso de moda el papa Francisco, es con frecuencia difícil de distinguir de ese relativismo moral que impide decir que hay cosas buenas o malas, independientemente de lo que piense cada cual.

¿Quién soy yo para juzgar? Como ejercicio de humildad, la pregunta está muy bien. Pero en esta era democrática, suele entenderse de manera externa al propio ego: ¿quién es nadie para juzgar, para decirme lo que tengo que hacer? A los progresistas les chifla esta relativización de la moral, este cuestionamiento de toda autoridad. Pero sólo cuando lo que se relativiza y cuestiona son las creencias y la autoridad ajenas, no las suyas. Así no sorprende que haya tantos progresistas.

El celibato y la inversión de los valores

Supongo que habrás tratado de persuadirle de que la castidad es insana.

C. S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino.

 

La estrategia del progresismo consiste en invertir los valores morales: que lo malo sea visto como bueno y lo bueno como malo. Que lo obsceno aparezca como inocente, y lo inocente como sospechoso. Que lo sacrílego se perciba como liberador, y lo santo como aberrante.

El orden apuntado no es arbitrario. Convertir el bien en mal sería imposible de buenas a primeras, pues produciría una indignación generalizada. Al principio hay que proceder al revés. Para ello se recurre a la “empatía”, en realidad una parodia de la misericordia cristiana. Se trata de ponernos en la piel de delincuentes, pervertidos, personas de mala vida, etc. Hacernos ver que todos, de haber vivido en otras circunstancias y pasado por determinadas experiencias, podríamos incurrir en pecados semejantes (lo cual es posiblemente cierto) y que esas personas por tanto son víctimas inocentes (lo cual es una deducción falaz).

En esta primera fase (convertir lo malo en bueno), interesa mucho desprestigiar las críticas de quienes advierten que esos ejercicios de empatía torticera pretenden atentar sibilinamente contra la moral y la familia. Hay que presentar a tales críticos como fanáticos intolerantes e insensibles, y sobre todo tranquilizar a cualquiera que piense que se trata de subvertir el orden tradicional. No, simplemente se pide tolerancia hacia otros modos de vida, igualmente legítimos.

Una vez se han superado las suspicacias de los más cándidos, y se han acallado las críticas de quienes no quieren pasar por “carcas” y “fundamentalistas”, sí se puede pasar descaradamente a la segunda fase, convertir el bien en mal. Se responsabiliza de las agresiones que puedan sufrir los homosexuales a quien defiende la familia tradicional. Se culpa de las muertes de mujeres por abortos clandestinos a quien se opone al aborto. Se acusa de la propagación de las enfermedades de transmisión sexual al Vaticano, por oponerse al preservativo. Y se culpa de los casos de pederastia dentro de la Iglesia al celibato clerical. Este último tema se ha puesto una vez más de actualidad, desgraciadamente.

Un informe judicial ha destapado unos mil casos de pederastia en varias diócesis católicas de Pensilvania, con unos trescientos sacerdotes implicados directamente a lo largo de unos setenta años. Sin duda, se trata de cifras aterradoras, pero conviene tener en cuenta el registro de agresores sexuales de la policía del Estado, que sumaba los 22.000 sujetos hasta 2017, por lo que el número de sacerdotes entre esta clase de individuos representaría menos del 1,4 %.

No pretendo minusvalorar la gravedad de los delitos sexuales perpetrados por curas. Al contrario, me parecen mucho más horrendos los cometidos por ellos que por cualquier otro colectivo, porque deberían ser ejemplo de pureza y no de la conducta más repugnante. Pero la avidez con la que los medios saltan sobre los escándalos más escabrosos dentro de la Iglesia, como si no hubiera muchos más casos de pederastia en colegios, clubes deportivos o asociaciones laicos, y también dentro de la familia (sobre todo las desestructuradas), es significativa.

Por supuesto, el sensacionalismo periodístico sobre el tema no obedece sólo a la mera motivación de captar audiencia. Su finalidad primordial se enmarca dentro de la estrategia progresista, que aunque aparentemente juzga a la Iglesia con sus mismos parámetros cristianos, lo que pretende en realidad es subvertirlos. Esto se observa claramente en artículos de opinión como la “Carta abierta al papa Francisco” de la escritora Nancy Huston, que culpa de los abusos y violaciones sexuales no a los pervertidos, sino al “dogma” del celibato.

La señora Huston empieza desviando las culpas de la pederastia, atribuyendo los delitos sexuales a una genérica “propensión de los hombres a aprovecharse de su poder político y físico para satisfacer sus necesidades [sic] sexuales”. Nótese la vulgata freudiana implícita: habría una “necesidad sexual” ciega e indeterminada, de modo que si se reprime su expresión de un modo, se manifestará de otro. Según la escritora canadiense, los curas abusadores eligen a los niños entre sus víctimas “no porque los sacerdotes sean pedófilos” sino porque si tuvieran relaciones consentidas con adultos o recurrieran a la prostitución serían más fácilmente descubiertos.

Es decir, se nos pretende hacer creer que un hombre de sexualidad normal se convierte en un depredador infantil simplemente porque la Iglesia le prohíbe tener pareja formal, aunque nadie le obligara a ordenarse. “El problema –dice Huston– no tiene que ver con la pedofilia ni la perversión”; se debe a que “a unas personas normales [sic] se les pidan cosas anormales [sic]”. O sea, un violador de niños es “normal”, lo que es “anormal” es el celibato. Por si no quedara lo suficientemente claro: “La ‘perversión’ está en la Iglesia, en su negativa a reconocer la importancia de la sexualidad y las desastrosas consecuencias de reprimirla.”

He aquí la inversión de los valores en todo su esplendor: la perversión no es sentirse atraído por niños prepúberes, sino el celibato asumido por quien libremente se ordena como sacerdote. No en vano “reprimir” es una de las palabras fetiche del progresismo. Es la forma en que se descalifica el concepto de autocontrol sobre las pasiones, una constante del pensamiento clásico desde Sócrates hasta Nicolás Gómez Dávila, hasta el punto de considerarlo nocivo para la Salud, ese ídolo incontestable de la sociedad del bienestar. Y que en el fondo, no es algo mucho menos vulgar que el pretexto del putero que justifica cínicamente su depravación con la necesidad de un “viril desahogo” de vez en cuando.

Para remachar su argumento, Huston engarza algunas necedades adicionales, como la comparación del celibato con el burka y la ablación del clítoris. Es típico de los progresistas señalar supuestas semejanzas entre el cristianismo y el islam a fin de denigrar al primero. Eso sí, después de un atentado islamista recordarán que “el islam es paz” y que no debemos caer en la islamofobia.

Sostiene Huston además, como es también habitual en los progresistas, que el Evangelio no dice nada acerca del celibato, lo cual es falso: véase Mateo 19, 12. Por lo demás, parece ignorar las cartas de San Pablo, cosa no menos típica: los progresistas, como los herejes de todos los tiempos, toman de las Escrituras sólo lo que les conviene.

Por último añade que “la mayoría de sacerdotes no logran conservar la castidad”. ¿Cómo lo sabe? No nos lo dice, seguramente por falta de espacio. Pero es muy propio de nuestra sociedad el escepticismo plebeyo hacia la continencia, la renuncia y el sacrificio, como en general hacia todo lo que es noble y santo. En programas de “telerrealidad” como “Gran Hermano” es habitual que algunos jóvenes participantes presuman de su supuesta incapacidad para abstenerse del sexo durante semanas o incluso unos pocos días. Naturalmente, con tan poco aguante, nunca descubrirán que es más fácil la abstinencia del sexo (o del tabaco) durante años que durante meses.

En cualquier caso, aunque fuera cierto que la mayoría de sacerdotes fracasaran en mantenerse castos, ello no demostraría nada. Que la santidad sea una empresa difícil y minoritaria no es un argumento contra ella, ni siquiera en estos tiempos supersticiosamente democráticos, en que el valor de las cosas parece reducirse a su popularidad. Jesús dijo: “sed perfectos, como vuestro Padre es perfecto”. Si los sacerdotes son los primeros que tiran la toalla, ¿qué clase de ejemplo estarían dando?

No hace falta decir que muchos de los críticos con el celibato ni siquiera son católicos. No se preocupan por el bien de la Iglesia, sino todo lo contrario, lo que desean es que deje de ser un modelo alternativo al imperio progresista, es decir, que sea cada vez más irrelevante. Su objetivo es que todo el mundo piense igual para que, en definitiva, el pensamiento progresista esté a resguardo de toda crítica. Porque un pensamiento que está en guerra contra la verdad sólo puede imponerse exigiendo la unanimidad totalitaria.

Dejemos las cosas claras sobre el aborto

El debate sobre el aborto sigue candente en Argentina: mañana miércoles el trámite legislativo pasa por el Senado, donde la ley que propugna que el aborto inducido sea un derecho sin limitaciones hasta la semana 14 (y en determinados supuestos hasta el final del embarazo) podría acabar siendo aprobada.

Los defensores del aborto argumentan básicamente de dos maneras. Por un lado, lo plantean como una emergencia de salud pública, es decir, como la única manera de acabar con los abortos clandestinos, que provocan decenas de muertes de mujeres al año. Por el otro lado, el aborto es uno de los frentes principales del feminismo, si no el principal, en su lucha por conseguir la igualdad plena entre hombres y mujeres.

Los contrarios al aborto argumentan, basándose en ciencias como la embriología y la biogenética, que desde el momento mismo de la concepción, el cigoto es un individuo humano con su propio código genético, dotado por tanto del mismo derecho a la vida que se le reconoce a todo ser humano desde el nacimiento. De ahí que la muerte inducida de un feto o un embrión sea equiparable a un asesinato u homicidio.

Los provida además exponen a la luz los numerosos errores y falsedades de los argumentos abortistas. Por ejemplo, las exageraciones sobre el número de abortos clandestinos y el carácter supuestamente inocuo y carente de riesgos del aborto legalizado. Un buen resumen de estas críticas lo pueden encontrar en este vídeo de Agustín Laje.

En cambio, la crítica de los abortistas a los provida se reduce básicamente a tacharlos de integristas religiosos, a pesar de que, como acabamos de ver, su punto de partida sea estrictamente científico, y de que muchos de los contrarios al aborto se declaran explícitamente ateos o agnósticos.

Sin embargo, en mi opinión, los abortistas tienen parte de razón: los argumentos fundamentales contra el aborto son de naturaleza religiosa o, si se quiere, metafísica, aunque a menudo de un modo implícito o inconsciente. Lo que sucede es que eso no debería ser considerado una crítica, o al menos los cristianos no deberíamos caer en el error de tomárnosla como tal, y mucho menos acabar negando a Cristo tres veces antes de que cante el gallo, para ser admitidos en el debate público.

La ciencia nos enseña que un ser humano surge en el momento de la fecundación, pero no nos dice que a un ser humano, sea cual sea su edad, no se le puede matar, ni torturar, ni perseguir por sus creencias o cualquier otra condición. La ciencia no puede fundar ninguna ética; por el contrario, es ella misma la que debe quedar sometida a la ética.

Por supuesto, existen diferentes concepciones de la ética, tanto inmanentistas como trascendentalistas. Pero es evidente que cualquiera que tome partido en el debate sobre el aborto lo hará desde alguna de esas concepciones. ¿Por qué una en concreto, la cristiana, debería ocultarse o ponerse entre paréntesis? La razón que esgrimen algunos cristianos es que los abortistas los acusan de querer imponer sus creencias a los demás. Pero ¿no es eso también lo que hacen los abortistas? El argumento de que ellos no obligan a nadie a abortar o realizar abortos es completamente cínico. Para empezar, porque algunas legislaciones abortistas, en determinados países, imponen restricciones a la libertad de conciencia de los médicos. Pero sobre todo porque, ¿qué diríamos de alguien que defendiera la esclavitud con el argumento de que no nos obliga a poseer esclavos si ello va contra nuestras creencias?

Despenalizar el aborto no es una opción moralmente neutral, no significa decirle a la gente que cada cual haga lo que quiera según sus creencias íntimas. Significa, en la práctica, transmitir el mensaje de que el aborto no es un mal, que incluso es un derecho de la mujer. Y sobre todo significa facilitar que haya muchos más abortos, es decir, que se pierdan centenares de miles de vidas humanas que posiblemente se podrían salvar si muchas mujeres no contemplaran acabar con la vida de sus hijos como una opción reconocida legalmente e incluso costeada por el Estado.

Innegablemente, prohibir el aborto resta libertad a las mujeres, aunque no sólo a ellas: también a los hombres de su entorno que colaboran de un modo u otro en esa práctica salvaje, a veces incluso presionando a las madres para que acaben con la vida de sus hijos. Pero también prohibir el asesinato y el robo resta libertades, y todos estamos de acuerdo en que son necesarias esas restricciones para defender la vida humana y la propiedad.

Bien es cierto que el feminismo contemporáneo ve en la maternidad un obstáculo en la completa emancipación de la mujer. Sostiene que ser madre es una opción entre otras muchas de igual valor, y que por ello la mujer debe ser libre de poder “desprenderse” de un hijo antes de que nazca. Este egoísmo demente va en realidad contra el sentir más profundo de la mayoría de mujeres, que conciben la maternidad no como una carga, sino como un privilegio. Nada hay más radicalmente antifemenino que el feminismo contemporáneo.

De esta última consideración se desprende algo crucial: es imposible librar en condiciones la batalla contra el aborto olvidando que esta obsesión necrófila sólo es comprensible dentro de la cosmovisión progresista, que sustituye el culto a Dios por el culto al hombre, según el cual éste sólo es totalmente libre si se rebela por completo contra cualquier dependencia religiosa, cultural e incluso natural, en la medida que lo permita la técnica.

La libertad así entendida empieza negando los “prejuicios” religiosos y culturales, para acabar negando las propias diferencias naturales entre los sexos, que es exactamente lo que hace la ideología de género. La libertad humana se convierte así en una demoníaca voluntad de poder ilimitado, que rechaza y trata de destruir todo lo que no nazca de ella.

El progresismo, tal como se entiende en la actualidad en las instancias supranacionales, la mayoría de gobiernos, los medios de comunicación y las grandes corporaciones es simple y llanamente una guerra contra el cristianismo, y nada lo pone más en evidencia que el abortismo. Por eso, sí, es verdad, el fondo del problema es religioso, o antirreligioso, según se mire. Y no reconocerlo es regalarle al enemigo una ventaja decisiva.

El bucle sórdido

El gobierno socialista de Pedro Sánchez repite desde el primer día el mantra del diálogo con los separatistas catalanes para distinguirse de su antecesor, sugiriendo que es la falta de este bálsamo milagroso y curalotodo el origen del “problema catalán”. La última en remachar el soniquete, cuando escribo estas líneas, ha sido Teresa Cunillera, delegada del gobierno en Cataluña, quien en una entrevista ha formulado así el profundo paradigma: “Donde [desde el gobierno del PP] ponían ordeno y mando y confrontación, nosotros ponemos diálogo, acuerdo y negociación.”

Se trata de una inversión de la realidad tan grosera y descarada que no debería ser necesario señalarla. Pero por desgracia lo es, porque hay demasiada gente que vive de difundirla. Para empezar, quienes rompieron cualquier diálogo fueron los separatistas cuando optaron por la vía unilateral, violando la Constitución y el Estatuto catalán, además de otras leyes de menor rango, desobedeciendo a la Justicia y proclamando formalmente en el parlament que eso es precisamente lo que habían hecho y lo que seguirían haciendo.

Dicen los separatistas que se vieron abocados a la ruptura con el Estado por culpa de un gobierno enrocado, que se negaba a hablar. Esto, después de décadas de autonomismo y de gobiernos centrales del PSOE y del PP sostenidos por los diputados nacionalistas, y haciendo la vista gorda ante la corrupción institucionalizada del pujolismo, es una burla feroz.

Por lo demás, nadie con dos dedos de frente puede creer que las enmiendas del Tribunal Constitucional a un nuevo Estatut, última de las preocupaciones de los ciudadanos catalanes, que ni habían imaginado que les hiciera puñetera falta, sean el origen de un problema real. Y menos creíble aún es que el origen se halle en ningún quítame allá esas pajas por desacuerdos en inversiones o en competencias, cuando la Generalitat tiene las más decisivas, incluyendo 17.000 policías autonómicos y más de 70.000 maestros y profesores dedicados al adoctrinamiento masivo de la juventud en el nacionalismo catalán.

Pero el estribillo del diálogo contiene una mentira aún más grande, la megamentira que corrompe todo el debate político contemporáneo. Aquella según la cual la derecha es autoritaria e intransigente, mientras que la izquierda es democrática y tolerante. ¡Permítanme que me ría! Desde la Revolución Francesa, si algo ha sido portador de los más brutales y sanguinarios despotismos del mundo ha sido la izquierda. Y cuando la derecha ha prohijado dictaduras y fascismos, ha sido unas veces como una reacción más o menos torpe a la izquierda, y otras como una mutación de la misma con la única finalidad de robarle su idea totalitaria.

Digámoslo sin tapujos: el objetivo último del PSOE y de Podemos no es solucionar ningún “problema catalán”, sino excluir del sistema a la derecha. Entiéndase bien, no me refiero al Partido Popular, que es un actor necesario para dicha exclusión. Conviene que exista una seudoderecha domesticada a la que los incautos sigan votando, para prevenir la irrupción de formaciones como Vox que realmente pongan en cuestión las premisas de la socialdemocracia hembrista y multicultural. Para ello, hay que seguir alimentando sin cesar el mito de una derecha archivillana y con ADN autoritario. Aunque el franquismo diera paso a la democracia parlamentaria, y el castrismo y el bolivarianismo sigan vendiendo cuarenta años después la misma tiránica opresión y la misma miseria de siempre.

Todo indica que el PSOE se propone repetir la misma jugada que tan bien le salió con ETA. Negociar con quienes desean la destrucción de España, con tal de obligar al PP a bajar la cabeza por miedo a ser tildado de enemigo de la paz, y a que asuma su indigno papel subalterno, de partido conservador… de las “conquistas progresistas”, desde el aborto a la memoria histórica.

A resucitar al brazo político de ETA, llegando al extremo de implicar al Tribunal Constitucional en la infamia, se lo llamó “proceso de paz” y “derrota de ETA”. Ahora, a que los separatistas catalanes ganen tiempo y puedan rearmarse (metafóricamente y quizás no tanto), lo llamarán diálogo y acuerdo. Y el PP, si alguna vez regresa al gobierno, volverá a tragarse con patatas cualquier pacto infame con los separatistas al que llegue el PSOE. Y la izquierda volverá a decir que el PP es un partido autoritario e intolerante. ¿No habrá nadie que sea capaz de romper este bucle sórdido? Desde luego, no en ninguno de los actuales partidos con representación parlamentaria.

Por qué hay ateos

Del mismo modo que los ateos tratan de buscar respuestas en la sociología, la psicología y hasta la neurología a la pregunta de por qué muchos creemos en Dios, es lícito y conveniente preguntarse por qué hay ateos.

Los ateos se sienten intelectualmente superiores porque piensan que los creyentes tenemos motivos irracionales como la búsqueda de consuelo o de respuestas agradables a los enigmas de la existencia, el interés por preservar la moralidad y el orden social, etc. No suelen plantearse que ellos puedan tener sus propias motivaciones irracionales.

Creo que hay dos explicaciones psicológicas fundamentales del ateísmo. La primera es el orgullo o la rebeldía del hombre que no quiere deberle nada a una instancia superior, que pretende ser éticamente autosuficiente y aspira a conseguirlo todo por sí mismo. Esta rebeldía es una constante en la historia humana, pero caracteriza especialmente la época moderna. No es accidental que nuestra secularizada cultura haya elevado a valores supremos el ánimo rebelde, la transgresión y el inconformismo.

Subyace aquí, por cierto, una paradoja: la sociedad contemporánea recompensa sólo formas de rebeldía estandarizadas, prefabricadas. Falsas rebeliones, en suma, como por ejemplo el feminismo o el homosexualismo, que en realidad se integran en el orden establecido constituido por grupos de presión, medios de comunicación, partidos políticos y grandes corporaciones, y contra las que, significativamente, sí está mal visto y hasta perseguido sublevarse. Hemos cambiado la obediencia a la ley divina, que nos acerca a los ángeles, por servidumbres humanas que rebajan nuestra dignidad al nivel de las bestias.

Pero hay otra causa psicológica del ateísmo nada desdeñable, procedente de una de nuestras debilidades: es la pereza intelectual. Ésta se manifiesta en forma de una serie de razonamientos simplistas y sofísticos, entre los cuales destacaría el naturalismo grosero, la carga de la prueba, el paso prescindible y la paradoja de Epicuro.

Naturalismo grosero

Por naturalismo entiendo la idea de que no existe ninguna realidad sobrenatural, es decir, que todo puede y debe explicarse mediante las leyes de la naturaleza. Esta tesis, aunque no la compartamos, merece ser respetada. Sin embargo, con frecuencia se adopta sin tener consciencia de que se trata de un mero postulado, es decir, que no se sostiene en ningún otro principio más fundamental o general, ni en ninguna evidencia. (Puede haber evidencia empírica de que exista algo, pero no de que algo no exista.) La inconsciencia del naturalismo como mero postulado es lo que denomino naturalismo grosero.

Un naturalista grosero asegura que los milagros no existen, porque suponen violar las leyes de la naturaleza. Pero precisamente esta es la definición de milagro: una violación de las leyes de la naturaleza, realizada directa o indirectamente por Dios. Afirmar que los milagros no existen porque violan las leyes de la naturaleza es una argumentación circular: es exactamente lo mismo que decir que las leyes naturales no se pueden violar porque las leyes naturales no se pueden violar. O más concisamente: los milagros no existen porque los milagros no existen.

El naturalismo grosero es claramente perezoso. Lo más fácil es decir que sólo existe lo que podemos percibir por los sentidos, y fin de la historia. Pero que una idea sea cómoda o intuitiva no significa que sea cierta. Existen infinidad de cosas que no percibimos, salvo por sus efectos, y que muy pocos ateos se atreverían a negar.

La carga de la prueba

Consiste este argumento en la idea de que los ateos no tienen ninguna obligación intelectual de argumentar por qué Dios no existe, sino que corresponde a los creyentes ofrecer pruebas positivas de la existencia de un Creador. Es decir, el ateísmo sería la posición “normal” o por defecto de un ser racional, que no estuviera contaminado por prejuicios recibidos. Comte señaló que ya nadie cree en los dioses de la mitología griega, y que no por ello se exigen pruebas de su inexistencia. Más humorístico, Bertrand Russell imaginó que podría existir una tetera orbitando entre Marte y Júpiter, indetectable para cualquier telescopio por su insignificante tamaño. Refutar la existencia de Dios sería tan ocioso, según él, como tratar de probar que no existe esa tetera.

Traspasar la carga de la prueba a los creyentes es sin duda una demostración de pereza intelectual. No tiene más justificación que si los creyentes hicieran lo mismo, pues las comparaciones que se hacen de Dios con seres imaginarios como los citados y cualesquiera otros eluden sistemáticamente la naturaleza del concepto monoteísta de Dios. Aquí no nos estamos planteando la existencia de un ser cualquiera, como la diosa Afrodita, la tetera de Russell o el ratoncito Pérez, cuya existencia o inexistencia no afectan globalmente al resto del universo, sino la naturaleza básica de la realidad.

O bien la realidad primordial (lo que los presocráticos denominaban arjé) es una Inteligencia personal, creadora de todo lo demás, o bien el arjé es la materia inerte, de la cual surgiría accidentalmente la inteligencia. El ateo ha realizado su elección entre ambas posibilidades, como lo ha hecho el creyente. No veo por qué el primero estaría menos obligado a justificar su posición, si es que lo está de algún modo, que el segundo.

Como enseñaba Joseph Ratzinger en su libro Introducción al cristianismo: “Nadie puede sustraerse al dilema del ser humano. Quien quiera escapar de la incertidumbre de la fe caerá en la incertidumbre de la incredulidad, que jamás podrá afirmar de forma cierta y definitiva que la fe no sea la verdad. Sólo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable.”

El paso prescindible

Uno de los argumentos simplistas favoritos del ateísmo es el siguiente: Si decimos que el universo existe porque fue creado por Dios, pero Dios es un ser increado, ¿por qué no ahorrarnos un paso y decir que el universo es increado? En realidad, esto ya ha sido contestado en la sección anterior, pero reformularemos aquí el razonamiento para que se comprenda bien. Decir que Dios ha creado el universo no es añadir un ente superfluo más al conjunto de lo existente, sino que altera por completo el carácter y el sentido de dicho conjunto.

Supongamos que el universo sea increado, es decir, que exista por sí mismo. Esto puede significar dos cosas: o bien que existe sin razón alguna, o bien que la razón de su existencia se halle en sí mismo. Si admitimos los primero, cualquier cosa puede darse (puesto que no necesita razón alguna para ello), y por tanto se derrumba la inteligibilidad última de lo real. No habría ningún motivo por el cual el universo se nos presentara regido por las leyes naturales conocidas, ni tan siquiera por cualesquiera otras; sencillamente habría habido un determinado orden -hasta ahora- que en cualquier momento podría concluir abruptamente. El filósofo ateo Sartre comprendió perfectamente eso y lo reflejó en su novela La náusea.

Si en cambio suponemos que el universo existe por su propia naturaleza, se deduce que todo cuanto existe es necesario, que nada podría ser de otra manera, pues tiene en sí mismo la fuerza para existir. En un universo así no hay lugar para la libertad humana, como ya vio el gran pensador Spinoza, porque la libertad es la negación de que todo acontecimiento esté sometido a la necesidad causal o al azar.

Por el contrario, si Dios ha creado el universo, se justifica tanto su inteligibilidad (pues procede de una Inteligencia ordenadora) como la libertad humana, que sería un trasunto de la libertad absoluta del propio Creador. Por tanto, no se trata de un paso lógico de más o de menos: se trata de elegir entre una concepción u otra de la existencia, radicalmente distintas. El ateo es una persona a la que le da una enorme pereza tan tremenda elección, y por eso se deja seducir fácilmente por el argumento de que basta con prescindir de un paso, aplicando la ley del mínimo esfuerzo.

La paradoja de Epicuro

Por las redes sociales circula un diagrama llamado “paradoja de Epicuro”. Importa poco que la atribución al filósofo griego sea fantasiosa, aquí nos interesa sólo analizar la argumentación lógica. Este es el diagrama:

paradojaEpicuro

El razonamiento básico no es más que la exposición del clásico problema del mal: Si Dios es omnipotente e infinitamente bueno, ¿por qué existe el mal? Si lo permite no es bueno, y si no puede impedirlo, no es omnipotente. De lo que se deduce, dice el ateo, que Dios no existe.

El diagrama considera y rechaza tres posibles respuestas de los creyentes al problema del mal. La primera respuesta es que Dios permite el mal para que el hombre sea libre de elegir el bien. La segunda, que el mal procede del diablo. Y la tercera, que el mal es una forma de poner a prueba al hombre. Las tres se rechazan por el mismo motivo: un Dios omnipotente puede crear un mundo con libre albedrío y libre del mal; asimismo, puede destruir al diablo. Por último, no necesita probar al hombre, porque es omnisciente y ya puede prever sus actos.

Todos estos razonamientos se basan en una errónea concepción de la omnipotencia. Esta, como ya señaló Tomás de Aquino, no puede incluir lo lógicamente contradictorio. Dios no puede hacer que dos más dos sumen cinco, o que un triángulo tenga dos lados, no porque haya una limitación a su poder, sino simplemente porque tales cosas son absurdos que ni siquiera pueden pensarse.

Aplicado a nuestro problema, vemos que Dios no puede hacer libre al hombre y al mismo tiempo imposibilitarle que sea capaz de elegir el mal. Sería lógicamente contradictorio. Ahora bien, si Dios permite el mal por razón del libre albedrío, puede entre otras cosas admitir que exista el diablo, aunque por supuesto sin llegar a concederle un poder ilimitado. Y también tiene sentido someter al hombre a prueba, no porque Él necesite conocerlo (ya lo conoce, obviamente) sino porque es el hombre quien necesita conocerse a sí mismo, con el fin de que a partir de ese autoconocimiento tenga la oportunidad de perfeccionarse, arrepintiéndose del pecado y relativizando los bienes materiales.

No se me ocurre ni remotamente haber zanjado en estas pocas líneas el problema del mal. Por el contrario, el diagrama de la paradoja de Epicuro, con su engañosa sencillez, es una presuntuosa simplificación de un problema que ha ocupado a los filósofos cristianos durante siglos, como si bastaran unos pocos letreros y flechas para ahorrarnos la lectura meditada de una bibliografía ingente. ¿Cabe mayor demostración de pereza?

Termino apuntando una reflexión sobre la conexión entre la pereza intelectual y el orgullo rebelde contra Dios. No es extraño que quien se cree capaz de prescindir de Dios quiera creer que el universo puede existir por sí mismo, sin necesidad de un Creador, e incluso que tenga la osadía de enmendarle la plana, de pensar que en su lugar hubiera hecho las cosas mejor. Si la pereza es ignorancia del coste de las cosas, la rebeldía es negarse a pagar su precio, no reconocer ninguna deuda. Es una actitud vital básica que hoy se manifiesta en muchas formas subalternas, en la constante exigencia de derechos sin obligaciones, en las políticas económicas deficitarias, en la desvalorización pedagógica del esfuerzo y muchas más. Todas ellas derivan de la misma negación o transgresión original.