Una película valiente

Hollywood nos tiene acostumbrados a películas donde humildes particulares se enfrentan a poderosas corporaciones. En general, suele tratarse de empresas armamentísticas, farmacéuticas, tabacaleras o petroleras, que en el imaginario colectivo ya tienen cierta mala prensa. Menos frecuente, por no decir inédito hasta hace poco, es que la corporación sea una multinacional abortista, y además se la identifique con total claridad: Planned Parenthood. La película Unplanned, basada en hechos reales y estrenada con algún éxito, el año pasado, en los EEUU, pese a los boicoteos sufridos, ha llegado ahora a España. El filme nos cuenta la historia de la activista provida Abby Johnson, quien tras haber dirigido una clínica abortiva termina enfrentándose a su antigua empresa. No esperen la típica película de juicios, género que a mí me gusta especialmente, y en el que los americanos son maestros. La obra opta por el drama personal, con un guión simple, sin giros inesperados ni apenas intriga. Sin embargo, la recomiendo sin reservas por varias razones. En primer lugar, porque muestra con esa claridad de la que solo el cine es capaz (y por tanto con inevitable dureza) qué es realmente el aborto, tanto el quirúrgico como el químico. Aunque esté clasificada para mayores de 18 años, creo que es apta, y sumamente didáctica, para menores a partir de unos catorce años. En segundo lugar, pese a que la película será acusada de panfletaria por los partidarios del aborto, en realidad lo es mucho menos que otras de temática análoga (idealistas contra cínicos poderosos), que transpiran un progresismo demagógico y maniqueísta. De hecho, el guión presenta los argumentos de los abortistas sin una ridiculización añadida, tanto los que reducen la vida humana del no nacido a un amasijo de células, como los que se basan en el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. La película rebate estas falacias inteligentemente, con hechos más que con palabras. Tampoco demoniza a quienes trabajan en clínicas abortistas. La única que aparece en el papel de “mala”, pero sin ensañamiento, es la fría jefa de la protagonista en Planned Parenthood. En tercer lugar, la película muestra la importante labor que realizan los activistas provida, empezando por sus intentos de convencer a las mujeres que van a abortar para que no lo hagan, en las mismas puertas de las clínicas. El filme muestra con realismo las terribles dudas, las angustias y el sufrimiento de estas mujeres, tanto las que abortan como las que deciden finalmente no matar a sus hijos. Y tampoco oculta las creencias cristianas de los antiabortistas. Aunque sean bienvenidos todos los defensores de la vida, tanto ateos, agnósticos como de cualquier religión, vale la pena recordar que quien profesa el cristianismo con coherencia no puede estar más que a favor de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, sin tibiezas de ninguna clase, ni timoratas ambigüedades para no molestar a nadie. Ya que tantos curas han dejado de sostener la causa provida desde los púlpitos, no viene nada mal que lo haga el cine.

Por qué creo en Dios

Creer en Dios es una cuestión de fe, pero también de razones, pues si Dios existe, los argumentos de los ateos tienen que estar equivocados. En síntesis, para mí la idea de Dios responde a una cuestión metafísica radical: qué relación hay entre el Absoluto y todo lo demás. Entiendo por Absoluto un ser que existe por sí mismo, sin necesidad de ningún otro, y que por tanto es infinito y eterno, pues nada puede limitarlo. Que un Absoluto existe es algo que casi todo el pensamiento religioso y filosófico ha asumido, de manera más o menos explícita, desde sus remotos orígenes. Las únicas filosofías ajenas a tal concepto han sido el escepticismo radical y el positivismo. Pero estos, llevados hasta las últimas consecuencias, conducen a la destrucción del pensamiento; sólo habría una sucesión de fenómenos sin sentido ni conexión entre sí. Todos los demás sistemas religiosos y filosóficos, tanto ateos como teístas, tanto materialistas como idealistas, postulan, de manera sobreentendida o no, un Absoluto, es decir, una realidad primordial necesaria y eterna, ya sea la materia o el Dios judeocristiano. Y es que el Absoluto se puede concebir de dos modos fundamentales, como inmanente o trascendente. O bien es la totalidad de lo existente, y por tanto no hay nada fuera o además de él; o bien no es el todo, sino que el mundo existe separadamente de él, de alguna manera. La primera opción se halla sumamente desarrollada en el pensamiento oriental, por ejemplo, en el budismo. En Occidente fue formulada por numerosos filósofos griegos, al menos desde Parménides. Para los atomistas griegos, el todo era un número infinito de átomos danzando en el vacío, formando y destruyendo azarosamente infinitos mundos, a lo largo de la eternidad. Decía Epicuro en su Carta a Heródoto: “El todo fue siempre tal como ahora es, y siempre será igual. Porque nada hay en lo que vaya a cambiarse.” En el siglo XVII, Spinoza llamó Dios a lo Absoluto, aunque no tuviera nada que ver con el Dios bíblico. En su Ética afirmaba: “Todo cuanto es, es en Dios, y sin Dios nada puede ser ni concebirse.” Actualmente, el inmanentismo revive en las especulaciones cosmológicas sobre el llamado multiverso, que tratan de explicar por qué las leyes físicas parecen concebidas para favorecer la aparición del hombre, postulando la existencia de infinitos universos paralelos con leyes y constantes distintas. El inmanentismo o panteísmo (en el fondo son indistinguibles, como he desarrollado en una entrada anterior) atrae poderosamente a la mente humana por su simplicidad y elegancia, pero tiene un problema: que en él la libertad es una mera ilusión, puesto que todo cuanto sucede, y lo que haga el hombre, forma parte del ser eterno e inmutable desde siempre. Spinoza fue particularmente franco al respecto, pero lo mismo puede decirse de cualquier forma de inmanentismo/panteísmo. Chesterton, en su libro Ortodoxia, denominó “fatalismo científico” a la idea de quienes aseguraban que “todo era como debía ser y que se había desarrollado sin el menor error desde el principio.” Por supuesto, nada de lo que hagamos tiene valor moral alguno, si no hay libertad. “Es imposible extraer del panteísmo un impulso hacia la acción moral. Pues la naturaleza del panteísmo implica que tanto da lo uno como lo otro, mientras que la acción requiere que una cosa sea preferible a otra.” Si el positivismo destruye el pensamiento, el inmanentismo destruye la aventura. La alternativa a esta idea es, como dijimos, el Absoluto trascendente. Que el mundo existe de algún modo separado, sin confundirse, sin ser absorbido por el Absoluto. Y hay una asombrosa, casi inconcebible explicación para ello, por vez primera enunciada en el Génesis: que el mundo haya sido creado por ese Absoluto con plena libertad (de ahí que se conciba como un ser de carácter personal), no como una emanación o manifestación fatalmente necesaria de Él. Volviendo a decirlo con palabras de Chesterton: “La frase clave del teísmo cristiano es que Dios fue un creador, como pueda serlo un artista.” Y el principio que subyace a la idea de creación “equivale a una ruptura (…). Cualquier creación es una separación.” Cómo esta traumática ruptura puede llegar a superarse, sin anular la libertad humana, ya no es mero teísmo, sino cristianismo, del que no me queda espacio para hablar aquí. Lo que ahora importa es que esa separación primigenia en que consiste el acto creador es la condición de nuestro ser mismo, en lo que tiene de esencialmente distinto de una piedra, un perro o una máquina. Tal vez sea imposible demostrar la existencia de Dios. Pero podemos preferir una visión u otra del Absoluto. En un caso nos cerramos a la fe, y en el otro nos abrimos a ella. Yo he elegido lo segundo, sencillamente.

La autodestrucción del progresismo

El progresismo es el sueño de la reforma radical del hombre por sí mismo. Su formulación más extrema, planteada ya en campos como la biogenética y la informática, se conoce como transhumanismo. Pero ¿qué garantías hay de que un ser imperfecto y pasional como el hombre pueda autotrascenderse en un ser intelectual y moralmente superior? El fantasioso barón de Munchausen, que intentó sacarse a sí mismo de una ciénaga tirando de los cordones de sus propias botas, es una buena imagen del carácter insolublemente paradójico del proyecto progresista. Claro está que la alternativa no se halla en ningún inmovilismo fatalista, no es mirando a la India donde encontraremos una salida. Lo que ha hecho grande a Occidente, sobre todo en el terreno cultural y científico (el poderío económico y militar no fueron más que sus frutos) ha sido la singular simbiosis entre el cristianismo y el racionalismo. El dualismo Dios-mundo, al tiempo que avala la inteligibilidad de lo físico, creado por una inteligencia infinita, y asegura nuestro libre albedrío separándonos de lo Absoluto, señala el único método de conocimiento de la naturaleza asequible a la naturaleza finita de la criatura humana: la humilde observación de la realidad y la amigable discusión racional. Ya sé que a todos nos han contado una historia muy distinta, la de un combate entre fe y razón que sólo en los últimos tiempos habría empezado a ganar la segunda, no sin resistencias reaccionarias. Este relato fraudulento, tejido con medias verdades y leyendas, empieza ya a caerse de modo evidente. En especial desde que, no contento con atacar al cristianismo, el progresismo cada vez se está alejando más de la propia razón, es decir, del debate argumentativo. La discusión racional (que no la inventó la Ilustración, sino que había alcanzado ya un alto grado de perfeccionamiento en la escolástica medieval, tan injustamente caricaturizada) se está viendo crecientemente desplazada por un emotivismo pringoso, compuesto tanto de “empatía”, buenismo y sensiblería como de sus inseparables correlatos, la ira, la indignación y el odio. Cada vez son más los temas que ni siquiera pueden discutirse, incluso las palabras que no pueden pronunciarse, porque ofenden a colectivos supuestamente discriminados, o a quienes hablan en su nombre. Este emotivismo es por naturaleza tramposo, no dudando en adoptar a veces un ropaje racionalista, si ello sirve a sus intereses y veleidades. Así, se nos dice, citando a Karl Popper, que no se puede ser tolerante con los intolerantes. Naturalmente, el pensador austríaco se refería a quienes emplean la coacción en lugar del debate racional, pero los progresistas retuercen el sentido de esas palabras para prohibir los debates que no les gustan, por muy pacíficamente que se planteen; es decir, lo entienden exactamente al revés. Del sapere aude (“atrévete a saber”) de Kant hemos pasado al “no quiero saber, no quiero escucharte porque la sola exposición de tus ideas me ofende”. La paradoja progresista no podía terminar más que de esta manera, en la autodestrucción. Solo saldremos de esta crisis de civilización si en lugar de abominar de la historia, como si no nos hubiera legado más que lacras, nos reencontramos en ella, lo que es tanto como decir en nuestros clásicos y en nuestra fe.

Duérmete niño o vendrá el fascismo y te llevará

El fascismo, desde que Hitler se voló los sesos en su búnker para bien de la humanidad, es una ideología meramente residual en Occidente. Si nos ponemos a buscar y rebuscar, claro que encontraremos neonazis y racistas (además de machistas, homófobos y todos los –fobos que quieran), pero por mucho que nos mareen con estadísticas, a menudo infladas, de agresiones a los llamados “colectivos vulnerables” (que en realidad representan un porcentaje muy bajo de todas las agresiones), no existe ninguna razón para pensar que los sujetos que las cometen sean una amenaza seria y organizada a las libertades de nadie, más allá de la cuota de indeseables que existe en cualquier grupo humano de cierto tamaño. Bien es verdad que el fascismo, dejando de lado su racismo y sus mitologías paganoides, comparte con el leninismo un culto a la violencia y al Partido o Movimiento que están lejos de haber sido superados. Lenin es el verdadero patrón de la violencia política contemporánea (como respuesta a una supuesta violencia estructural del capitalismo), así como de la politización de todo aspecto de la existencia humana, desde la sexualidad hasta el arte. Y de esto no nos hemos librado en absoluto; más bien al contrario, sigue siendo probablemente el mayor peligro que, este sí, se cierne sobre nuestra civilización. La razón del empeño en asustarnos con el fascismo reside exactamente ahí. La ultraizquierda necesita postular un fascismo eterno para justificar y embellecer épicamente su existencia, para enmascarar que es ella el auténtico y real totalitarismo, aún vivo, pese a su incruenta derrota con la caída del Muro de Berlín. Para ello recurre tanto a la descalificación (es fascista e intolerante todo el que se desvía del progresismo ambiental, por tanto no hay que permitirle siquiera expresarse) como a la técnica de la asociación. Son los mismos, nos dicen señalando a quienes quieren estigmatizar, que fusilaron a Lorca, los mismos que bombardearon Guernika, aunque no exista el menor indicio para establecer esa continuidad histórica, por ejemplo con un partido como Vox, fundado en 2014, entre otros, por víctimas del terrorismo nacionalmarxista de ETA. Pero quizás la técnica más efectiva sea la propia violencia ejercida contra el supuesto fascismo. El objetivo es hacer ver como real algo que “provoca” tal violencia, y de paso presentar a quien la ejerce como su airada antítesis. Los medios afines al progresismo, que son casi todos, colaboran de mil amores con la estrategia izquierdista. Ya se encargan ellos de hablar de “enfrentamientos”, de “cargas” y de piedras que vuelan autónomamente, como si las agresiones fueran bidireccionales, y a saber quién empezó. (¡Los que bombardearon Guernika, tal vez!). Ya deploran ellos hipócritamente la violencia izquierdista que no puedan ocultar, señalando que eso es lo que busca la ultraderecha, que no hay que caer en su juego. No preocupa a la extrema izquierda el riesgo de que, por utilizar esos métodos, reciba de vuelta, como un bumerán, su insulto preferido: fascista. Como si la violencia política la hubiera inventado Mussolini, y anarquistas y bolcheviques se hubieran dedicado antes a repartir caramelos. No se dan por aludidos, y ya les va bien: llamar fascistas a los comunistas contribuye a consolidar más aún la idea de que el gran problema, la gran amenaza, es siempre el fascismo, con una careta u otra, por definición. Así es como han obtenido su mayor victoria, que desistamos de llamar comunistas a los comunistas porque suene, cuando no como un elogio, como una acusación entre ridícula e histérica, algo así como señalar la presencia del diablo, en esta sociedad tan orgullosa de su agnosticismo y tan creída de su carácter científico. (Lo que no le impide dar crédito al yoga, o a la ideología de género, negadora de la biología.) Es sabido que el mayor éxito del príncipe de las tinieblas es hacernos creer que no existe. El comunismo ha conseguido lo mismo, escudándose con el antifascismo.

Negacionismo

Supongo al lector enterado de la última o penúltima gesta del Congreso de los Diputados: la aprobación, con los votos en contra de la tercera fuerza parlamentaria (Vox), de la Proposición No de Ley del PSOE que “insta a combatir discursos machistas y negacionistas de la violencia de género”. No sabemos en qué se puede traducir jurídicamente la expresión “combatir discursos”. ¿En imponer la censura? ¿En perseguir delitos de opinión? ¿En instaurar una Policía del Pensamiento? Pero no es esto lo que más me preocupa, porque las PNL suelen ser brindis al sol, como cuando el parlamento catalán declara el derecho de autodeterminación. Lo que realmente me ofende aquí (y empleo no sin reticencias un verbo tan prostituido por la corrección política) es el término “negacionismo”. Ante todo, porque utilizar esta palabra para estigmatizar al que niega meras teorías, hipótesis o elaboraciones ideológicas, y no hechos evidentes, es un insulto a las víctimas de la Shoah. Esta sociedad amnésica olvida demasiado a la ligera que la palabra “negacionista” originariamente sirvió para calificar a quienes cuestionaban la verdad histórica del exterminio deliberado y sistemático, en especial mediante las cámaras de gas, de más de cinco millones de judíos, por el régimen nacionalsocialista de Hitler. Me van a perdonar el exabrupto, pero estoy hasta los cojones de los antisemitas de extrema derecha y de extrema izquierda. De los que o niegan el Holocausto o, estableciendo comparaciones falaces y ruines entre el estado de Israel y el nazismo, lo banalizan. Y quizás esto último sea lo peor. Porque si poner en duda hechos sobradamente documentados es una estupidez sin apenas recorrido, trivializarlos y desnaturalizarlos resulta mucho más dañino. No pretendo que no se pueda extrapolar el término negacionista a quienes cierran los ojos o callan ante otros genocidios, además del padecido por los judíos europeos. En España tenemos un gobierno con ministros comunistas (tanto de Izquierda Unida como de Podemos; no es nuevo que usen marcas distintas, lo han hecho siempre desde Lenin o antes) que no reconocen los genocidios cometidos por los socialismos totalitarios. Y hay un negacionismo especialmente sangrante, por ser tristemente actual: el de quienes niegan que en el útero materno exista vida humana, como los nazis negaban que sus víctimas fueran algo más que infrahombres. Tampoco es nuevo que la izquierda, la gran negadora, proyecte en los demás sus propias taras, y tenga la desfachatez de llamar negacionistas a los únicos diputados que hoy preservan la dignidad de nuestras instituciones representativas. Como la brava Macarena Olona, de Vox, que en pocas palabras desacreditó no por vez primera, pero sí quizás para siempre (con el tiempo se verá), la ideología de género: “El hombre no viola, viola un violador; el hombre no mata, mata un asesino.” Esta ideología que sostiene que la violencia que sufren algunas mujeres es “la manifestación más cruel de la desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres” en realidad está haciendo algo que, lo repito, es aún peor que negar un hecho. Decirle a esa mujer que de verdad sufre maltrato diario, por parte de un canalla o un psicópata con el que ha tenido la mala fortuna de cruzarse en su vida, que su problema se debe a un machismo estructural, de la misma naturaleza que supuestamente se manifiesta en el camarero que sirve un zumo y una cerveza a una chica y un chico, respectivamente, o en la escasa representación femenina en la lista Forbes de los mayores ricos del mundo, es una infame banalización, además de una burla y una estafa. Por lo pronto, permite justificar que los recursos económicos que la sociedad podría emplear en rescatar eficazmente a esas auténticas víctimas sean malbaratados por centenares o miles de chiringuitos políticos, que han hecho de un feminismo ultraizquierdista y androfóbico medio de vida y plataforma de poder. Pero al desamparo se añade la afrenta, cuando se le dice a una víctima que su maltratador no es, en el fondo, el mierda y el cobarde que la hace vivir aterrorizada, sino el “patriarcado”. Un ente mítico al cual se derrotará en un impreciso futuro dorado, siempre aplazado como el fin del mundo maya o el paraíso socialista. Vaya desde aquí mi profundo desprecio para todo maltratador, sea machista o no, sea del sexo que sea; y mi desprecio también para los negacionistas y banalizadores, pero los de verdad.

La derecha y los intelectuales

El debate sobre la esquiva relación entre la derecha y los intelectuales regresa periódicamente, si es que se va alguna vez. Miguel Ángel Quintana ha recordado recientemente la frase atribuida a Franco, “no se fíe usted de los intelectuales”, y se pregunta por el origen de esta desconfianza (que llega a calificar exageradamente de “odio”) al parecer característica de los políticos conservadores, al menos los españoles. Entendámonos, probablemente no haya ideología que haya provocado o justificado el asesinato o encarcelamiento de más intelectuales que el comunismo, aunque sus víctimas no hayan recibido la misma atención ni devoción que el martirologio progresista. Pero no podemos negar que la izquierda parece gozar de un mayor apoyo (si bien menos correspondido de lo que se cree) que la derecha, por parte de la intelligentsia. Las ideas de izquierdas, desde el movimiento ilustrado del siglo XVIII hasta las teorías del género y el relativismo cultural, atrincheradas en el mundo académico en las últimas décadas, pasando obligadamente por el santo patrón Karl Marx, no son otra cosa que elaboraciones filosóficas más o menos vulgarizadas. Esencialmente, el progresismo se basa en la presunción de que el ser humano, y en concreto el intelectual, puede desentrañar el significado último del mundo, a fin de transformarlo radicalmente. No es sorprendente que profesores y escritores se sientan halagados, y en consecuencia atraídos, por quienes abrigan tan alto concepto de su misión. Por contra, la desconfianza de la derecha hacia el mundillo intelectual no se debería tanto a una falta de lecturas o de inquietudes culturales (al menos, no más extendida que en las filas contrarias) sino que los propios intelectuales se la habrían ganado a pulso. Que no todos los filósofos, sociólogos, economistas o historiadores sean de izquierdas no ayuda a mejorar la credibilidad de quienes en conjunto “todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira” (Borges). Lo que resta mayor crédito a los pensadores es su falta de acuerdo en cualquier tesis concebible, incluso las avalados por el más puro sentido común. No hay dislate, aberración o tiranía que no hayan sido defendidos por algún filósofo. Y no hablamos de ermitaños o internados en manicomios, sino de renombrados profesores de Princeton como Peter Singer, que sostiene que la vida de un chimpancé vale más que la de un ser humano discapacitado. Como para fiarte de esta gente. Nadie caiga en el juego sucio de entender esto como un alegato antiintelectual. Prescindir de la clase de personas que se dedican a la reflexión a jornada completa sería, en cualquier civilización, tan ilusorio como prescindir de las personas que hacen pan, zapatos o casas. Lo que cabe discutir es que el papel de las primeras sea hallar la solución universal de todos los problemas, y que esto sea siquiera posible en absoluto. A fin de cuentas, no es que la derecha recele del intelectual, sino que tiene una idea mucho más modesta de su función, “bajo el fuerte convencimiento de la ignorancia y falibilidad de los seres humanos” (Edmund Burke). Lo cual es poco glamuroso, hay que reconocerlo.

La verdad popular

Con frecuencia, el pensamiento popular acierta a pesar de cierta incongruencia, mientras que los intelectuales, en la medida en que son más coherentes, meten la pata más hasta el fondo. Las mayores catástrofes provocadas por el hombre se deben a pensadores que se limitaron a ser consecuentes con unas premisas equivocadas, como un ingeniero que diseña un puente admirable a partir de unas mediciones erróneas. Viene esto a cuento de que la famosa Belén Esteban, en un programa de gran audiencia, haya señalado acusadoramente al Gobierno por su lamentable gestión de la epidemia. Con esa deliciosa incoherencia de la gente sencilla, Belén no sólo critica valientemente al ejecutivo presidido por Pedro Sánchez, sino que además muestra su indignación por que los políticos estén divididos y monten bronca en el parlamento. Que es como afirmar que la comida de un restaurante es mala, y quejarse al mismo tiempo de que sirve poca cantidad. ¿No sería peor que encima los platos rebosaran, quiero decir que el Congreso fuera un coro de voces unánimes a favor de un gobierno tan incompetente? Pero no nos pongamos tiquismiquis, que el pueblo no entiende de división de poderes, ni falta que le hace. La cuestión es que la opinión de la princesa del pueblo hará perder al restaurante más clientela, merecidamente, que la que ganará gracias a las pedantes reseñas de tantos gastrónomos comprados. La justicia popular y la poética a veces parecen hermanarse.

El innominado dios moderno

Toda concepción del mundo y de la sociedad deriva de alguna concepción teológica, como ya nos enseñara Donoso Cortés. Un cristiano y un musulmán sostienen posiciones completamente diferentes sobre la sociedad, no por casualidad, sino como consecuencia de sus maneras harto distintas de entender al Creador. Dentro de los mismos católicos, las discrepancias entre conservadores y progresistas pueden remontarse a implícitas teologías disímiles, que podríamos simplificar como la de un exigente Dios Padre, o la de un Dios “colega”, más afín a la desautorizada paternidad contemporánea. Incluso un ateo parte de cierta concepción de la divinidad, aunque sea negativa. No cree en el Dios bíblico (o al menos en la caricaturesca idea que quiere hacerse de Él) pero eso no significa que no adore otros dioses, aunque no los denomine así. Decía Nicolás Gómez Dávila en uno de sus escolios: “El ateísmo auténtico es a la razón del hombre lo que el miriágono a su imaginación.” Concebir hasta las últimas consecuencias un universo en el cual no exista Dios, ni por tanto ninguno de los atributos que inconscientemente abstraemos de Él cuando los aplicamos a la realidad inteligible o a fundar una ética supuestamente autónoma, sería empeño tan inalcanzable como figurarnos mentalmente un polígono de diez mil lados. Por eso, la metafísica monista que subyace en gran parte del pensamiento moderno, ya sea en la forma más tradicionalmente materialista, ya sea en algunas especulaciones cosmológicas punteras de la ciencia actual (como la que nos ofrece el físico Max Tegmark en su libro Nuestro universo matemático) podría sintetizarse perfectamente como un panteísmo, donde el carácter de “ser necesario” de la divinidad se transfiere a la realidad como totalidad. De Parménides a Tegmark, pasando por Hegel y Marx, fluye una corriente del pensamiento occidental que lo reduce todo, con fijación maniaca, a una única realidad necesaria y eterna, en la cual el cambio y la contingencia no dejan de ser ilusiones, o lo que es lo mismo, el desenvolvimiento de algo que en esencia habría estado ahí siempre. Incluso las sangrientas revoluciones que algunos gustan de elevar a grandes hitos de la humanidad no serían, en última instancia, más que transiciones a estados predecibles y por ende eternamente necesarios. No importa que reduzcamos la existencia entera a átomos, energía, razón dialéctica o estructuras matemáticas: la realidad primordial sería una e inmutable, en el sentido al menos de que en ella estarían contenidas todas las cosas desde el principio. De ello se desprende una devastadora conclusión: la inexistencia del libre albedrío, como admitió con implacable franqueza Spinoza. Siempre ha sido así, por cierto: el hombre no se “libera” del Dios del Sinaí y del Calvario (el que abolió el Hado de los paganos), no se libera de la dualidad entre Dios y el mundo, más que al precio de destruir la intrínseca posibilidad de la libertad. Si bien los antiguos filósofos atomistas creyeron hallar en el azar de las trayectorias atómicas una vía para salvaguardar teóricamente la libertad humana, basta desarrollar su concepción hasta el final para comprender que esa libertad sería una mera broma cósmica. Si existen infinitos universos, como postulaban Demócrito y Epicuro, habría también infinitas copias casi perfectas del nuestro (entre infinitas otras de todos los grados de disimilitud) que a su vez registrarían cualquier variante imaginable de cada uno de nuestros actos. Decir que yo soy “libre” de subir a un tranvía o no hacerlo, cuando la mitad de mis infinitos dobles decidirán una cosa y la otra mitad la contraria, en universos remotos, no pasa de ser un mero juego verbal, que se presta desde luego a variantes mucho más siniestras. Esto se aplica exactamente igual a las aparentemente novísimas hipótesis sobre universos paralelos, hoy tan en boga. Y para acabar de decirlo todo: si la libertad humana no tiene sentido, nada de lo que hagamos puede ser juzgado desde puras consideraciones éticas. Sólo importaría el fin subjetivo que pretendamos alcanzar. Lo cual admite un sinfín de aplicaciones digamos prácticas, desde la justificación del aborto hasta el genocidio, en las que si no siempre se desemboca, es porque los seres humanos rara vez somos plenamente consecuentes con nuestras premisas, verdaderas o falsas. Gracias a Dios, en el segundo caso.

El progresismo como adolescencia

La psicología moderna, o progresista, tiene importantes elementos en común con la psicología del adolescente. Particularmente pienso en afirmaciones típicas de esta edad como mi padre no me comprende, los adultos son hipócritas, lo viejo o antiguo es aburrido. En la adolescencia uno empieza a cuestionarse la infalibilidad de padres y adultos en general, en la que ingenuamente había creído hasta ahora. Es natural que las frustraciones debidas a normas que antes no tenía más remedio que aceptar, ahora provoquen sentimientos y conductas de rebeldía. Y en parte el adolescente tiene razón, porque es cierto que los adultos no son ni mucho menos infalibles. Pero eso no significa que él sí que lo sea, y que no se equivoque con frecuencia al impugnar normas que cree injustas o absurdas simplemente porque no las entiende todavía. Algo similar ocurre en la consciencia progresista. Esta empieza por juzgar a las generaciones precedentes como supersticiosas e intolerantes, sin duda con parte de razón, pero por ese camino se llega fácilmente a despreciar arrogantemente toda sabiduría procedente del pasado. Particularmente, la conciencia moderna tiende a pensar, como los adolescentes de todos los tiempos, que las convenciones sociales son absurdas y con frecuencia injustas. Desde el cuestionamiento del matrimonio (no necesitamos papeles para vivir juntos) o su redefinición (basta que dos se quieran, no importa si son del mismo sexo) hasta el republicanismo (qué sentido tiene que el jefe del Estado sea hereditario), las concepciones contra la religión establecida (Dios es un ser imaginario, y aunque existiera no necesitaría ser adorado ritualmente), contra las jerarquías, la autoridad, el Ejército, el código penal, la propiedad privada, etc. Todo ello se despacha temerariamente (si bien no siempre a la vez ni radicalmente, lo que revelaría demasiado a las claras el carácter utópico de la alternativa) como una imposición absurda e insensible contra la razón y los sentimientos. El hombre moderno, como el adolescente, cree que se podría, y por ende debería, vivir sin convencionalismos ni prejuicios, porque cada ser humano es perfectamente capaz, espontáneamente, de descubrir lo que es correcto, lo que está bien y lo que está mal, como si se tratara de algo sumamente simple y evidente. De hecho, el mal no tendría otro origen que estructuras y creencias heredadas del pasado, que surgieron primitivamente como consecuencia de la ignorancia y la fuerza bruta. Este análisis tiene una vez más, como todo, su parte de verdad más o menos anecdótica. Es cierto que gracias al pensamiento heterodoxo de algunos individuos, el ser humano ha logrado corregir injusticias, costumbres nocivas y falsas creencias. Pero que la norma deba a veces ser modificada no significa que no deba existir ninguna norma. El mayor error es pensar que el ser humano es un ser congénitamente bueno y racional, por lo que podría vivir en paz y armonía sin ningún tipo de prohibición, regla externa ni autoridad. Que podríamos abolir la policía, como algunos proponen estos días en algunas ciudades de los EEUU, sin que el crimen aumentara pavorosamente. Hágase el experimento: quizás sea la única dolorosa manera de que algunos aprendan. Por otra parte, cuando casi toda la sociedad ha asumido las ideas progresistas, la verdadera rebeldía consiste más bien en cuestionarlas. Hoy es más heterodoxo defender la religión cristiana que el ateísmo, es más heterodoxo el monárquico que el republicano, es más heterodoxo criticar la ideología de género que declararse feminista, es más heterodoxo el liberalismo que la socialdemocracia, es más heterodoxo (y sobre todo más valiente) quien afirma que el sexo lo determina la biología que quien confiesa en público su homosexualidad… El progresismo tiende a refutarse a sí mismo, en la medida en que acaba fatalmente convirtiéndose en una ortodoxia como las que tanto detesta, a veces mucho más autoritaria, intransigente y represiva. Pero mientras la adolescencia se supera en la mayoría de casos, no hay ninguna garantía de que ello suceda en la sociedad. En especial mientras haya quien se beneficie de prolongar su inmadurez indefinidamente.

Autoritarios y totalitarios

Una tuitera a la que sigo, Marta López-Bravo, se pregunta en la red social: ¿Puede volver a ocurrir el totalitarismo? Recojo el guante y trato de responderle. Para ello, deberemos ponernos de acuerdo sobre qué significa totalitarismo, y quizás la forma más fácil de hacerlo sea distinguiéndolo del autoritarismo. Un régimen autoritario o dictadura es aquel en el cual los gobernantes no pueden ser reemplazados democráticamente, ni de otra manera, salvo quizás por un golpe de Estado o la muerte natural del dictador. De aquí se sigue que la dureza o crueldad de una dictadura es inversamente proporcional al apoyo que tiene entre la población. Si este es grande, la dictadura puede permitirse el lujo de ser benévola, limitando la represión a la minoría de opositores. El ejemplo más cercano para nosotros es el franquismo. La oposición democrática a Franco era débil y casi inexistente. Quienes de verdad combatían al régimen eran básicamente comunistas y terroristas, es decir, personas que de haber podido hubieran sustituido la dictadura por otra mucho más aborrecible, y que contaban con escaso apoyo popular. Los progresistas se esfuerzan en pintar la España entre 1939 y 1975 con los tonos más sombríos, pero esto, que es válido para la hambrienta posguerra, no casa con la experiencia de la mayoría de la gente en las décadas siguientes, que inconscientemente seguían el socarrón consejo atribuido al mismo Franco: “Haga como yo, no se meta en política”.

La esencia del totalitarismo viene en cambio definida por otra frase atribuida a Lenin, que en esencia es la antítesis de la anterior: “Si no te metes en política, la política se meterá contigo”. Con frecuencia se citan estas palabras como una advertencia contra el apoliticismo ingenuo, pero si es verdad que vienen de quien vienen, más bien son una amenaza: por mucho que creas que esto no va contigo, que tú eres inocente (burgués, propietario agrícola, judío), nosotros te iremos a buscar. Eres nuestro enemigo, lo sepas o no. El totalitarismo no te deja apartarte de la política, te obliga a tomar partido, y ni siquiera si te sumas al Partido, con mayúscula, puedes descansar tranquilo, como demostraron los famosos Juicios de Moscú contra la vieja guardia comunista. En el totalitarismo no hace falta que seas opositor para sufrir la represión: ya eras su enemigo antes siquiera de soñar que te pudieras oponer a él. Por eso el primer capítulo del mayor documento literario contra el totalitarismo, Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn, empieza como El proceso de Kafka: con el arresto. Cuando escuchan las palabras “queda usted detenido” sin que hayan cometido conscientemente ningún delito, “tanto los más agudos como los más lerdos sólo son capaces de extraer, de toda su experiencia, un: ¿¿Yo?? ¿¡¿Por qué?!? Pregunta que antes de nosotros se ha repetido millones y millones de veces y que jamás obtuvo respuesta.” Luego vienen los interrogatorios, las torturas, el campo de concentración o el tiro en la nuca. Porque el Gulag, los Konzentrationslager o el Laogai están lógicamente comprendidos en la naturaleza de un sistema que es capaz de crear enemigos incluso antes de existir.

Ahora ya podemos responder a la pregunta del principio, añadiendo sólo una observación más: igual que una dictadura puede ser más o menos represiva, también el totalitarismo admite grados de brutalidad. No necesariamente tiene que acabar en el campo de concentración, si por las causas que sean se tiene que conformar con desacreditar o causar incomodidades a quienes toma por disidentes. Pues dicho esto, yo creo que el totalitarismo no solo puede ocurrir, sino que ya está entre nosotros. La ideología radical y ultraizquierdista, con respaldo institucional cada vez más indisimulado, que se basa en postular unos supuestos enemigos colectivos a los que hay que combatir sin tregua (el patriarcado, el capitalismo, el racismo) y por ende conduce a politizarlo todo, desde la educación al entretenimiento, es en esencia totalitaria, por mucha habilidad que tenga en disfrazarse de “antifascista”. No hace falta que haya campos de concentración para que la libertad corra serio peligro; basta con que haya el número suficiente de cobardes o comodones.