El milagro de Mark Wahlberg

Este fin de semana se ha estrenado en España la película “El milagro del Padre Stu”, dirigida por Rosalind Ross, protagonizada por Mark Wahlberg y con Mel Gibson como secundario de lujo. Se trata de una historia de redención basada en la vida real de Stuart Long, un boxeador aficionado, con problemas con la bebida, y herido psicológicamente por la muerte de su hermano, que tras un accidente del que salva la vida milagrosamente (en sentido no del todo figurado) se siente llamado por Dios a convertirse en sacerdote católico. La película es una exhibición interpretativa de Wahlberg en un papel muy propio de él, bravucón de barrio deslenguado y gracioso, que primero se acerca a la Iglesia para conquistar a una chica hispana (Carmen, interpretada por Teresa Ruiz) pero que acaba enredado en lo que Chesterton llamaría “la trampa de la verdad”. La obra puede parecer a primera vista un dramón, pero el sentido del humor que la recorre y la agilidad narrativa que demuestra Ross (socia y pareja de Mel Gibson) en esta ópera prima hace que sus dos horas de metraje fluyan sin fatiga.

Varias críticas coinciden en echar de menos una mayor elaboración de la transformación interior del protagonista, que hasta cierto punto puede parecer inverosímil. En unos pocos fotogramas Stu pasa de refocilarse con su novia a decirle que quiere ser cura, provocando que ella se levante de la mesa de un bar y salga llorando, comprensiblemente, pese a haber sido quien lo atrajo a la fe. Sin embargo, creo que esta transición aparentemente brusca encaja, por un lado, con el carácter atormentado y en incesante autobúsqueda del personaje, que antes había decidido inopinadamente triunfar como actor, tras haberlo intentado con el boxeo. Y por otro lado, permite destacar la acción inexplicable, en términos humanos, de la gracia, concepto clave de la película, que en dos momentos se llega a plasmar de modo sobrenatural. (He dicho dos momentos, aunque solo uno sea explícito: el segundo en el orden narrativo no lo anticiparé aquí.)

Otras críticas señalan, con buena voluntad, que la película puede interesar tanto a espectadores católicos como no católicos. Esto es cierto, pero solo si dentro de los segundos no incluimos a los anticatólicos, obviamente. Algunos críticos de cine no han ocultado su hostilidad hacia una obra en la que participa Mel Gibson, figura apestada de Hollywood, dicen que por su supuesto antisemitismo, sustentado por algún exabrupto de contexto dudoso y sobre todo por su obra maestra “La Pasión de Cristo”, que si es antisemita, también lo será el Evangelio según San Juan. Incluso no ha faltado algún imbécil que ha querido entrever supremacismo blanco en la selección de música country para la banda sonora. No menos sintomático es el caso de Jordi Batlle, crítico de La Vanguardia, cuyos prejuicios anticatólicos le llevan a caer de lleno en la deshonestidad intelectual, precisamente contra una obra que no solo no esquiva dichos prejuicios, sino que los trata de manera notablemente inteligente y desenfadada. Batlle titula su reseña “Una misa de dos horas”, dando a entender que es un rollazo apologético, lo que es sencillamente mentira, y remata su displicente despacho afirmando que en la película hay tanto arte cinematográfico como en una chincheta. ¡Ni que se hubiera sentado en ella! Pues miren, confieso que fue esta reseña la que me decidió ir a ver esa “misa de dos horas”. De lo cual no me arrepentí lo más mínimo, sino todo lo contrario. Moltes gràcies, Jordi.

La insufrible beatería progre-cultural

La mañana del día de Sant Jordi un compromiso me impidió acercarme a las paradas de libros. Por la tarde, mi mujer y yo, compartiendo un paraguas, recorrimos la Rambla Nova de Tarragona, pasando entre las paradas que trataban de proteger los libros de la lluvia con plásticos. Varias de ellas exponían unos letreros impresos en DIN A-4 con el mensaje ESPAI LLIURE DE FEIXISME (Espacio libre de fascismo).

Ignorando los letreros, busqué sin éxito la parada de Vox, donde esa mañana había estado Salvador Caamaño, autor del libro Tarragona, 1936. Terror en la retaguardia, firmando ejemplares. Imagino que el ubicuo mensajito iba contra ello, contra la visita de Rocío Monasterio a Tarragona o ambas cosas. Sin embargo, había representación de casi todos los partidos. Incluso de Ciudadanos, que cada vez recuerda más a Augusto Pérez, aquel personaje de Unamuno, protagonista de su novela Niebla, empeñado en existir fuera de la ficción.

No es que fuera la primera vez que no compraba un libro en Sant Jordi, pues no soy amante de las aglomeraciones, ni tampoco de las novedades editoriales. Me hace mucha más ilusión adquirir un ejemplar de La rebelión de las masas de 1935 (5ª ed.) por 10 euros que el último libro de un autor superventas por 26, y no lo digo precisamente por el precio.

Pero, sobre todo, miren: no puedo con la beatería de la cultura. Prefiero mil veces más la religiosa, como cualquier original a la copia. Aunque lo justo es distinguir, tanto en el ámbito sagrado como en el profano, entre beatería y devoción. San Francisco de Sales, a principios del siglo XVII, lo enseñó muy bien en su conocida obra Introducción a la vida devota, pero dudo que pudiera encontrarse ayer en alguna de las docenas de paradas de la rambla tarraconense.

Otro autor, Nicolás Gómez Dávila, que legó al morir una biblioteca de treinta mil volúmenes en varias lenguas, aseguró que sus convicciones eran las mismas que las de “la anciana que reza en el rincón de una iglesia”. Su devoción por la literatura y el pensamiento no le impidió escribir penetrantes aforismos contra los meapilas culturales: “El libro no educa a quien lo lee con el fin de educarse.” “El fomento de la cultura la enferma.” “La instrucción no cura la necedad, la pertrecha.”

Por supuesto, la beatería cultural es solo un aspecto de la beatería progresista, de quienes se creen mejores que los demás tanto moral como intelectualmente, aunque apenas lean un par de libros al año, y pocos de ellos escritos antes de que nacieran. El espíritu de quien declara espacios libres de lo que llaman “fascismo” es el mismo de los que cancelan obras clásicas, o incluso las queman, por no ser políticamente correctas. Son mucho peor que beatos; peor incluso que inquisidores. Porque estos, al menos, por injustos o ridículos que fueran, leían los libros que condenaban.

Putin y el III Imperio

Cien años después del establecimiento formal de la URSS en 1922, Putin invade Ucrania. ¿Casualidad? No lo creo. Todo indica que el autócrata del Kremlin pretende pasar a la historia como el fundador del Tercer Imperio ruso (tras el imperio zarista y el soviético, se entiende.)

Aquí vale aquello de que nunca segundos imperios, y menos aún terceros, fueron buenos. Miren, si no, cómo acabaron el II y el III Reich alemanes: con las dos guerras mundiales.

Hay sin embargo una corriente de opinión favorable a Putin, quizás incluso a los imperios en general. No en vano, uno de los ensayos de más éxito de los últimos años ha sido Imperiofobia y leyenda negra, donde su autora María Elvira Roca Barea desmonta con brillantez el grueso de las propagandas contra el imperio español, el “imperialismo” norteamericano y el imperio ruso, mostrando su denominador común.

Ahora bien, sin negar que exista la “imperiofobia”, no podemos perder de vista que al amparo del prestigio (nunca del todo desvanecido, más bien al contrario) del imperio romano, numerosas veces se ha pretendido hacer pasar mercancías adulteradas. De acuerdo en que el imperio romano o el español (yo añadiría incluso el británico, pero me da a mí que Roca Barea no es tan comprensiva con éste) han contribuido, pese a sus manifiestos abusos, a la extensión de la civilización. Pero lo que Hitler, Stalin o Hirohito trataron de extender a Europa y a China era algo mucho más parecido a la barbarie y la esclavitud.

Sin ir más lejos, ¿qué civilización pretende Putin imponer a Ucrania que ésta no tenga ya? En vano se desgañitan algunos pintándonos una Ucrania genocida de la minoría rusófona, o colonia del globalismo sorosiano. Si esto fuera cierto sin más, no se explicaría por qué los ucranianos, incluyendo buena parte de la población rusófona, a la que por cierto pertenece el presidente Zelenski, están defendiendo con inesperado heroísmo su país, enarbolando la bandera nacional, en lugar del logo multicolor de la Agenda 2030.

Admito un punto en común entre Putin y el globalismo de Nueva York-Bruselas-Davos: el desprecio por la soberanía de las naciones. Sea en nombre de la diversidad, el cambio climático o la Gran Rusia, tanto el tirano ruso como las elites occidentales están dispuestas a derrocar gobiernos, e imponer leyes sin respetar los parlamentos ni los tribunales nacionales. Pero sinceramente, prefiero tener que enfrentarme al globalismo que a los misiles rusos. Llámenlo cuestión de gustos.

No es la Agenda 2030, es Ucrania

Ante la invasión rusa de Ucrania, algunas personas en Occidente se han posicionado a favor de Rusia. Es decir, justifican esta postura con los mismos argumentos que enarbola Vladimir Putin. El primero, que la OTAN lleva tiempo hostigando a Rusia, admitiendo en su seno a países cada vez más cercanos a sus fronteras como las repúblicas bálticas, Polonia, etc. El segundo, que Ucrania lleva a su vez maltratando desde hace años a la población rusófona en su territorio, lo que ha terminado agotando la santa paciencia rusa, y obligado al Kremlin a actuar militarmente para proteger a los habitantes de Crimea o el Donbass.

Ambos argumentos son sumamente endebles, y en boca del presidente Putin están cargados de cinismo. Quizás haya que recordar que Rusia, después de la Segunda Guerra Mundial, sostuvo militarmente a gobiernos comunistas en Europa del Este, hasta finales del siglo pasado. Que los tanques rusos se pasearon por Praga y Budapest para reprimir las revueltas contra las tiranías soviéticas teledirigidas desde Moscú. ¿Puede a alguien extrañarle que países como la República Checa, Eslovaquia, Polonia, Letonia, Estonia y Lituania deseen la protección de la OTAN? ¿Qué se supone que debería haber respondido la Alianza atlántica a sus peticiones? ¿Algo así como: no, no sois naciones soberanas con libertad para decidir vuestras políticas exteriores; quedaos como estáis, no vayamos a molestar a los rusos?

Se podría pensar que lo que es válido para Polonia no lo es para Ucrania, que ahí existe un límite que no debería haberse cruzado. Sin duda Ucrania es un país culturalmente dividido entre una población oriental más cercana a Rusia y la occidental, que se siente parte de Europa. Pero en cualquier caso, lo que quiera ser Ucrania, incluyendo si desea permanecer unida o dividirse en dos, es algo que debieran decidir los propios ucranianos, no el Estado Mayor de Putin.

El segundo argumento parece de carácter más empírico. ¿Quién inició antes las hostilidades en las zonas rusófonas de Ucrania? ¿Kiev o Moscú? ¿Fue el gobierno de Ucrania el que inopinadamente se puso a recortar derechos de los ciudadanos de Crimea, o fue Putin quien empezó a dar dinero y armas para instigar el secesionismo? Como catalán, conozco demasiado bien las mentiras sistemáticas contra España a las que recurren los separatistas de mi región, como para que me crea sin más la versión prorrusa sobre los territorios secesionistas de Ucrania.

Ahora bien, podríamos seguir discutiendo sobre estos argumentos sin ponernos de acuerdo, aduciendo unos hechos u otros en defensa de las posturas contrapuestas. Lo que interesa analizar son las posiciones de fondo que hay detrás de ellos. Quienes adoptan gustosos las justificaciones de Putin actúan, en mi opinión, movidos por dos concepciones previas. Una, la más elemental, es el antiamericanismo o anglofobia. Como ven a la OTAN, no sin cierta razón, como un instrumento de los intereses de los EEUU, no pueden evitar ponerse de parte del país que se declara acosado por la organización del tratado noratlántico, como si se tratara de una damisela desvalida sin la mitad de las armas nucleares del mundo. Más particularmente, algunos sostienen que a España no le conviene permanecer en una organización que no contempla explícitamente apoyar a nuestro país en caso de una agresión de Marruecos a Ceuta y Melilla.

Sobre lo último, el blog Contando Estrelas publicó una interesante entrada. Sobre la cuestión genérica, pensar que los intereses de EEUU son incompatibles con los de otros países, es una forma muy burda de la falacia de la suma cero: que en cualquier relación, lo que beneficia a uno no puede beneficiar también a otro. Personalmente, creo que ser aliado de la primera potencia militar del mundo, mientras siga siendo un país libre, es mejor que estar en contra, o incluso que ser neutral, salvo que fuéramos un país protegido por su orografía y su sistema bancario en el centro de Europa.

Pero quizás la posición de base que más ha decantado a algunos a favor de las tesis rusas es precisamente algo a lo que acabo de aludir: mientras los Estados Unidos sigan siendo un país libre. Porque en efecto, hay indicios inquietantes de que la ideología globalprogresista, conocida también como la cultura de la cancelación, podría transformar la patria de la libertad en una democracia totalitaria (no hay oxímoron, como sabemos desde Tocqueville), dividida en colectivos raciales y de género que reemplazarían las libertades individuales por una suerte de privilegios estamentales. Y lo que es aún peor para los que no vivimos en ese país, extendiendo semejante modelo a todo el mundo a través de los organismos internacionales, el capitalismo seudofilantrópico y las grandes compañías tecnológicas. Lo que en resumen se conoce como Agenda 2030 o también el Gran Reset.

Nada sorprendentemente, algunos están viendo el enfrentamiento entre Rusia y Ucrania, apoyada la última por esos organismos internacionales y unos EEUU con amagos pretotalitarios, como una primera batalla real, en términos militares, entre el modelo de Putin (que ha puesto freno a la ideología de género y LGTB en Rusia, aunque se pase un pelín cargándose opositores con caramelos de plutonio) y el modelo de Joe Biden, la Open Society y la Fundación Gates.

Sin embargo, esta antítesis descansa en un grave error. Un Occidente perdedor (como lo será si va cediendo ante Putin, a la muniquesa) no equivale a una derrota del globalprogresismo, sino todo lo contrario. Hoy, la causa de Ucrania representa exactamente lo más opuesto a los valores que propugna el autoodio progresista, paradójicamente coaligado con cierta derecha recalcitrantemente antiamericana. La soberanía nacional, el patriotismo, el sacrificio hasta la entrega de la propia vida, los hombres defendiendo con las armas a su país, a sus mujeres e hijos… Los ucranianos nos están dando una lección acerca de valores que hemos olvidado, peor aún, que llevamos ridiculizando desde hace demasiado tiempo. Es fácil hacer chistes sobre el presidente Zelenski, cuya figura se ha agigantado visiblemente tras la invasión de su país. ¿Puede un antiguo humorista liderar a su nación en la hora más grave de su existencia reciente? Quizás tanto como un mediocre actor de Hollywood, Ronald Reagan, lideró a su país y, junto al papa Juan Pablo II, contribuyó a que colapsara la Unión Soviética.

Un Occidente débil, cerrado en sí mismo, solo puede beneficiar a la ideología globalprogresista, la cual no está realmente interesada en extenderse a Rusia o a China, sino ante todo en constituirse como un régimen de pensamiento único en América y Europa. Para ello, no le vendría nada mal que los occidentales se desengañasen definitivamente de cualquier sueño de grandeza, de patriotismo, de unidad. Las únicas guerras que interesan al globalprogresismo y a la izquierda son las guerras internas, entre clases o entre identidades políticas. Por eso, lo confiesen o no, son objetivamente colaboracionistas de cualquier enemigo exterior, sea Rusia o el islam. El mayor peligro para el progresismo globalista es que una moral patriótica o de cruzada nos una a todos por encima de identidades de clase, de género o de raza, y sea la ocasión de reencontrarnos con nuestros auténticos valores fundacionales. Como está intentando hacer Polonia, contra los eurócratas de Bruselas, pero también contra el imperialismo ruso.

Silencios entre líneas I

Cuestionar una teoría sobre un hecho no es negar el hecho.

El consenso es el mejor amigo del Poder.

No hubo testigos de lo que pudo ocurrir pero no ocurrió.

El primer pecado fue el desagradecimiento; el segundo, la envidia. El tercero fue echarle la culpa a otro.

La ciencia solo puede predecir el futuro cuando deja de serlo.

Las leyes injustas nos permiten conocer quién es más amigo del Poder que de las leyes.

Sé tú mismo = Sé lo mismo que todos.

Jesucristo dijo poned la otra mejilla, no las otras.

No es que los esclavos tengan miedo, sino que el miedo tiene esclavos.

Primero dijeron disolved los ejércitos, abolid la familia, desterrad la religión. Más astutos, ahora dicen bienvenidos refugiados, hay muchas formas de familia, todas las religiones quieren la paz.

Odiar al que odia es la excusa perfecta para odiar, y con frecuencia el único odio real.

El aforismo es un pensamiento separado de los argumentos que lo oscurecen.

Caer en la ilusión del progreso es el mayor peligro del progreso.

La democracia no es lo contrario de la dictadura, sino muchas veces su prólogo o su cobertura.

Los derechos humanos nunca corren más peligro que cuando los defienden los gobiernos.

El moderno se cree superior al hombre medieval, a quien desprecia. El hombre medieval se creía superior al antiguo, a quien admiraba. Diferencia entre mezquindad y nobleza.

Si todo es diverso, todo es igual.

Resiliencia es cuando alguien gana dinero con lo que hacíamos antes sin saber que se llamaba así.

El peor despotismo es el que pretende liberarnos.

A más cómo menos por qué (Jorge Wagensberg) significa: A más técnica menos sentido.

Si un ateo al morir fuese al Cielo, diría: es una coincidencia, todo es azar.

Las noticias son los argumentos del que no piensa por sí mismo.

El Gran Tuteo

El pasado 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, la Generalidad catalana me envía un SMS dirigiéndose a mí en los siguientes términos, que traduzco del catalán: “Hola CARLOS. Ya puedes vacunarte con la dosis de refuerzo contra la COVID-19. Si todavía no tienes cita y hora, pide cita en…” Hoy cinco de enero vuelven a enviarme idéntico mensaje, dado que no me he dignado a responder al primero.

Que cinco meses después de haberme inoculado las dos primeras dosis experimentales tengamos que estar así, con “refuerzos” de los que, por cierto, ya nos avisan que su dudosa efectividad durará diez semanas, demuestra claramente que esto no son vacunas. Por decirlo brevemente, esto es una megaestafa de nivel global, mucho peor que las hipotecas subprime que provocaron la crisis del 2008, porque aquí directamente se juega con la salud de millones de personas, para engordar los beneficios de las grandes farmacéuticas.

No se confundan, no soy anticapitalista, ni estoy cuestionando que las empresas privadas y el mercado libre son el menos malo de los sistemas para que haya abundante producción de medicinas, y de cualquier producto, normalmente a los precios más razonables posibles. Pero admitir esto no supone un cheque en blanco para que algunas empresas puedan violar impunemente cualquier código ético, ni mucho menos para que nos obliguen a consumir sus productos.

Los biempensantes de siempre dirán que gracias a las vacunas se ha reducido la mortalidad. ¿Cómo lo saben? ¿Cómo saben que no se habría reducido de todos modos, como ha ocurrido con todas las grandes epidemias de la historia (cuando no existían vacunas), generalmente mucho más letales que este catarro que solo se complica en un pequeño porcentaje de quienes lo contraen?

¿Cómo se puede afirmar que los vacunados, aunque se contagien, no enferman gravemente, cuando hay tantos casos conocidos -imaginen los no conocidos- que contradicen esto; y cuando de todos modos, también la mayoría de no vacunados cursan el covid como un simple resfriado, más o menos molesto, como ocurre con todo resfriado estacional? ¿Cómo se pueden ignorar los numerosos reportes, demasiados para que todos sean falsos, de efectos adversos y muertes repentinas, inusuales en grupos de población joven, como los deportistas profesionales?

Y la pregunta más importante de todas, a mi entender: ¿Cómo diablos puede la gente tener tanto miedo de morirse, pese a la baja letalidad de esta epidemia, para entregar su libertad y atarse a un código QR, sentando un precedente peligrosísimo para las libertades, que lamentaremos por mucho tiempo? ¿O no nos damos cuenta de que China no solo nos ha atacado con el virus biológico sino con el más peligroso de todos, el virus totalitario con el que, en colaboración con las elites globalistas occidentales, confían en encadenarnos a todos, gracias a nuestros miedos?

Si alguien me quiere llamar negacionista, adelante, pero entonces no ha entendido nada. Negar que esta broma pesadísima sean vacunas no es negar las vacunas en general, como negar que Pedro Sánchez sea doctor en economía no es negar la economía. Y negar que la baja letalidad de esta epidemia justifique las violaciones masivas de derechos humanos que se están produciendo en el mundo no es negar que haya una epidemia, como negar que exista el patriarcado opresor fuera de la imaginación de las feminazis no es negar que haya tipejos execrables que maltraten a las mujeres.

Pero yo no quería limitarme a hablar de un tema que ya me tiene totalmente harto. Porque el asunto, evidentemente, se enmarca en un proceso mucho más amplio, al que acabo de aludir al mencionar a las elites globalistas. ¿Saben qué tienen en común el mensaje de la consejería de Salud catalana y algunos que se emiten públicamente en sintonía con la Agenda 2030 de la ONU? “No poseerás nada, pero serás feliz”, predice un conocido vídeo publicado por el Foro de Davos. Pues miren, lo que tienen en común es el tuteo. Nos hablan con esa confianza que se permiten los creadores publicitarios para vendernos todo tipo de mercancías, como si fueran nuestros amigos, o más intolerable aún, nuestros padres.

El “Gran Reinicio” (The Great Reset) a fin de cuentas no se llama así por casualidad, sino que copia el modelo de las grandes tecnológicas, de Apple, Microsoft, Google, que en cada reseteo actualizan en línea nuestros programas y aplicaciones sin consultarnos, sin habernos preguntado antes nuestra opinión, para proporcionarnos una mejor “experiencia”. En lugar de los procedimientos parlamentarios, de los controles judiciales, el modelo que quieren implantar a escala global es el de una “gobernanza” (en su jerga) sobre la que los ciudadanos tendremos tanto control como sobre los consejos de administración del Nasdaq. Ninguno, obviamente. Pero lo que en el sector privado es razonable, porque prima la búsqueda de la productividad sobre otros criterios, no es extrapolable a toda la sociedad, a todas las actividades ni decisiones humanas.

No debemos dejar que las administraciones, ni las grandes corporaciones privadas, ni los periodistas estrellas nos tuteen, nos traten con paternalismo y pretendan asustarnos. Porque no son nuestros padres, ni siquiera unos padres insufriblemente pijoprogres, para que nos digan que nos vacunemos, que no salgamos, que no debemos comer carne, ni ducharnos a diario, ni conducir automóviles de combustión, ni cómo tenemos que hablar o pensar inclusivamente. No tienen derecho alguno; y sus emergencias climáticas, sus crisis de refugiados y sus pandemias no deberían atemorizarnos, sino por el contrario hacernos reír. O lo que viene a ser lo mismo, estimular nuestro espíritu crítico, provocarnos a investigar y pensar por nuestra cuenta. Nunca deberíamos comprar sus miedos, porque sólo sin miedo se puede ser un adulto libre, al que se le habla de usted.

Soberanía, el libro de Buxadé

Abordé el libro de Jorge Buxadé (Soberanía. Por qué la Nación es valiosa y merece la pena defenderla, Homo Legens, 2021) con ciertas expectativas y algunas prevenciones. La verdad es que apenas he seguido hasta ahora las ruedas de prensa del autor, pero confieso que tampoco suelo estar al día de las intervenciones de Santiago Abascal, Iván Espinosa de los Monteros y otros dirigentes y representantes de Vox. Veo algunos vídeos o incluso algunos mensajes breves en redes sociales, a menudo con semanas de retraso. Soy hombre de letra impresa, y ni puedo ni quiero seguir el ritmo frenético de las nuevas tecnologías, ni estar todo el día pegado a la actualidad. Prefiero infinitamente leer una obra del siglo XVII, sin mirar durante horas el maldito teléfono móvil.

Por eso, en cuanto supe que un conspicuo dirigente de Vox había escrito un libro, me dije: esto ya me gusta más. Acceder al pensamiento de una persona con el ritmo pausado de lectura de un volumen de 350 páginas (no está mal para una ópera prima) es un privilegio, resultado del esfuerzo de quien lo haya escrito, que merece al menos cierta consideración.

Poco antes de comprar Soberanía quise obtener alguna información más detallada sobre su autor, aparte de su currículum objetivo: vicepresidente de área política de Vox, eurodiputado, abogado del Estado y profesor de derecho administrativo. Tampoco está nada mal. Pero en una rápida búsqueda, descubrí que para Google lo importante es que el político nacido en Barcelona en 1975 se presentó en unas listas electorales de Falange, a la edad de veinte años. El diario El País, cómo no, llegaba a titular, tras las últimas elecciones europeas: “Jorge Buxadé Villalba: un falangista en el Parlamento Europeo”.

Cierto que Buxadé, en una entrevista, negó estar arrepentido de su fugaz relación con el partido fundado por José Antonio Primo de Rivera, y sí en cambio de haber militado en el PP durante diez años. Algo por lo demás poco sorprendente, dada la diferente duración de ambas circunstancias, y lo que determinó el fin de la segunda: el fracaso de Mariano Rajoy en impedir el golpe de Estado separatista en Cataluña.

Pero hay dos aspectos biográficos que me parecen mucho más destacables, y que me predisponen favorablemente, lo confieso, a favor de Buxadé. El primero, su condición de católico y padre de familia numerosa. El segundo, de carácter generacional: que el eurodiputado entró en el Partido Popular como reacción al 11-M, es decir, a la infame utilización política del atentado por la izquierda, contra el Gobierno.

Personalmente, yo no llegué a afiliarme al PP (nunca he sido de ningún partido hasta que en 2017 me afilié a Vox), pero ya he contado alguna vez a mis pacientes lectores que lo voté por vez primera el 14 de marzo de 2004, por el mismo motivo. La inmediata consecuencia de lo que sucedió en aquellas nefastas jornadas fue el cumplimiento del pacto del PSOE con la ETA, para salvar políticamente a los terroristas, y con ello a todo el nacionalismo vasco. Pacto que luego Rajoy respetó, junto al resto de la legislación ideológica de Rodríguez Zapatero, y que está directamente en el origen de Vox.

Paso a comentar el libro. En él podemos distinguir tres partes. La primera, de los capítulos I al IX, en los cuales el autor expone el concepto de soberanía (partiendo como buen jurista de su primer teorizador, el pensador francés del siglo XVI Juan Bodino) y desarrolla sus implicaciones siguiendo muy de cerca el programa de Vox, en relación a la crítica del Estado autonómico, la partidocracia y la facilidad con que miles de inmigrantes ajenos a nuestra cultura acceden a la nacionalidad española.

A Buxadé le interesa el concepto definido por Bodino no como una justificación de la monarquía absoluta, naturalmente, sino como instrumento teórico y jurídico al servicio de la nación, que es una realidad natural (en el sentido de que no ha resultado de ninguna convención), anterior al Estado, como la familia. Junto a la religión, “son tres elementos que de forma silenciosa pero suave nos moldean”, y gracias a los cuales “el individuo sale de sí mismo para ser persona, completarse, crecer, ligándose a otro pero sin hacer violencia de sí mismo”.

Aquí me surgía una primera duda, que es la principal prevención con la que empecé a leer el libro. ¿Por qué deberíamos destacar la nación por encima de los otros dos elementos, la familia y el cristianismo? Buxadé no se plantea esta pregunta porque en realidad él no afirma que la patria sea más importante que la familia ni la fe religiosa. Lo que dice es que las tres cosas van unidas, como lo demuestra que reciben el ataque en bloque del globalismo. Ahora bien, sucede que el principal obstáculo de esta forma de dominación mundial que pretenden implantar las elites políticas y financieras desde organismos internacionales, inmunes a cualquier control democrático y judicial, es la soberanía de los Estados-nación, particularmente los que sí están sometidos a las leyes y al sufragio popular.

En la parte central del libro, del capítulo X hasta el XVIII, más o menos, el autor acomete la disección de ese fenómeno del globalismo. Se trata a mi entender de las mejores páginas de esta obra, y reconozco que me han hecho adquirir una conciencia mucho más clara de la realidad que denominamos con esa expresión; la cual no designa solo una ideología, sino a una elite política y plutocrática que controla los organismos internacionales y los medios de comunicación, actuando sin control democrático ni judicial.

En los años noventa del pasado siglo, la izquierda abominaba de la globalización, entendida como sinónimo de neoliberalismo. Era sobre todo una forma de proseguir la lucha contra el capitalismo después de la caída del Muro de Berlín. Pero hoy esa izquierda ha pactado tácitamente con las grandes corporaciones y poderes financieros para liderar culturalmente lo que antes denostaba, utilizando los lenguajes y pretextos del género, el inmigracionismo y el catastrofismo climático.

Si el globalismo como sistema o régimen tiene en las naciones soberanas su principal enemigo, como ideología se manifiesta como una seudorreligión sustitutoria del cristianismo. Su arma dialéctica principal es el “consenso progre”. Buxadé acomete un brillante análisis de este sustantivo, poniendo de relieve su carácter falaz, y la habilidad con que se instrumentaliza para imponer el pensamiento que conviene al globalismo, persiguiendo cualquier disidencia.

Este falso consenso propugna un tipo humano, como retrata agudamente en un capítulo posterior, el XXI, “que se autodetermina y autoafirma cada mañana, en lo sexual, en lo familiar, en lo social; desarraigado, sin memoria ni tradición. Ese individuo que proponen rechaza todo lo que le viene dado: la familia y la nación; es un individuo aislado que no conoce el nosotros.” O, me permito precisar, que solo conoce el nosotros artificial de las identidades políticas (género, negro, inmigrante), que a diferencia del sexo, la familia, la nacionalidad o la religión no son previas a la política ni al Estado, y requieren la demonización de otro (el hombre, el heterosexual, el blanco) a falta de un auténtico contenido positivo.

Del resto de capítulos (XXVI en total) destacaría los XXIII y XXIV, donde el autor, como no podía ser menos por su experiencia como eurodiputado y su formación en derecho administrativo, nos ilustra sobre la deriva federalizante de la Unión Europea, empeñada, en perfecta coordinación con el globalismo con sede en Nueva York, Ginebra o Davos, en doblegar a los Estados nacionales para imponer sin límite alguno la “gobernanza” mundial y el dichoso “consenso progre”.

Pero no quiero destripar el libro; prefiero recomendar encarecidamente su lectura. Debo confesar que Soberanía ha cumplido con creces mis expectativas. Estas eran que por fin existiera un libro que de alguna manera, aunque fuera oficiosamente, resumiera o compendiara el ideario, las concepciones y las propuestas de Vox. Por supuesto, ya teníamos antes algunas obras de representantes de este partido como Hermann Tertsch, sobre nuestra historia política reciente; de Alicia Rubio, sobre la ideología de género; del propio Santiago Abascal, como el libro entrevista con Kiko Méndez-Monasterio, Hay un camino a la derecha; o el firmado por Fernando Sánchez Dragó, Santiago Abascal. España vertebrada, que reproduce más o menos libremente largas conversaciones entre el escritor y el político.

Además, sería inexcusable no mencionar las numerosas obras del diputado de Vox Francisco José Contreras, catedrático de filosofía del derecho y especialista en liberalismo conservador, entre las que destacaría La fragilidad de la libertad (2018), en la misma editorial del libro de Jorge Buxadé. Máxima preocupación del profesor Contreras, con razón, es la cuestión del invierno demográfico. Difícilmente tendrá sentido defender la soberanía de la nación española, frente a cualesquiera enemigos internos y externos, si los españoles seguimos teniendo menos hijos de los necesarios para reemplazar a los que mueren. La baja natalidad es un problema de profunda raíz espiritual, relacionada sin duda con ese hombre desarraigado descrito por Buxadé, que al quedar desconectado del pasado, la familia y la tierra de sus ancestros, pierde todo sentido de proyección al futuro, salvo en la forma de un ecologismo malthusiano y desesperanzado, que ve como un bien el suicidio demográfico. Buxadé apenas ha podido más que dejar apuntado este tema, literalmente vital. Con todo, y aunque no sé si al autor le hará gracia que lo considere así, su libro es lo más cercano que tenemos a un manual de introducción al pensamiento de Vox. Algo completamente inusual en nuestro pedestre panorama político, y que honra y distingue a esta formación.

El culto al cero

El hombre contemporáneo, casi invariablemente progresista y ateo o agnóstico, hace tiempo que dejó de adorar lo Infinito. No es por tanto sorprendente que haya pasado a convertirse en un adorador de la nada, o en su forma aparentemente más científica, por mensurable, en un idólatra del cero; ese gran invento que nos llegó de la India, a través de los árabes, y que en su extravío metafísico se le antoja más deseable, o al menos más asequible.

Tolerancia cero contra esto o lo otro. Les suena, sin duda. Cero machismo. ¡Bien! Cero racismo ¡Bravo! Cero CO₂ ¡Sí, sí! Cero despilfarro de alimentos. ¡Eso, eso! Incluso en este blog, Cero en progresismo, no hemos podido escapar del todo al espíritu de los tiempos…

Es difícil no simpatizar con quien aspira a erradicar por completo la pobreza o la violencia. Pero una cosa es lo que debería ser, y otra lo que es. Una cosa son los sentimientos y otra los hechos. En la naturaleza, y eso incluye la sociedad humana, es prácticamente imposible reducir nada a cero. La gente que tiene pavor a la energía nuclear, posiblemente desconoce cuáles son los niveles de radiactividad natural. Los celíacos que consumen productos sin gluten (me refiero a los celíacos de verdad, como mi hijo mayor, no a los que siguen modas dietéticas absurdas) saben que en realidad el gluten free significa solo que el gluten se encuentra en proporción inferior a 20 ppm (partes por millón); siempre hay alguna traza, por infinitesimal que sea.

No es una cuestión de tecnología. Evidentemente, podemos acercarnos más al cero, pero llega un momento que el coste de cualquier minimización es mayor que el beneficio. Y esto sucede debido a una de las leyes físicas más fundamentales, la Segunda Ley de la Termodinámica. El universo en su conjunto avanza hacia el desorden. Todo proceso genera calor, es decir, pérdida de energía que, si bien no se destruye, tampoco se recupera. O por decirlo en términos matéricos: desperdicios, escoria. ¿Podemos conseguir despilfarrar menos, ser más eficientes? Naturalmente, pero nunca al cien por cien, ni frecuentemente mucho menos. Siempre sobra algo, siempre hay un resto.

Es más, no solo los esfuerzos por conseguir el cero de cualquier cosa, más allá de cierto límite, son quiméricos (¡un despilfarro de esfuerzo!) sino que en muchos casos serían indeseables. Reducir las emisiones de CO₂, entre otros gases de efecto invernadero, lo estamos pagando cada vez más caro. Y todo por unos hipotéticos beneficios que disfrutarán las generaciones futuras, suponiendo que el cambio climático actual, a diferencia de los que ha habido hace miles o millones de años, se deba principalmente a la acción humana. Pero además, el dióxido de carbono es un gas imprescindible para la vida. ¡Carbono, probablemente el elemento más característico de todo ser vivo! Un mundo con cero emisiones del gas que todos expelemos al respirar, a cada instante, no solo sería imposible, sino indeseable. Sería un mundo sencillamente muerto.

Sucede lo mismo con cualquier otra cosa que nos empeñemos en erradicar de manera absoluta. Ya hemos traspasado hace tiempo el Rubicón en que la lucha contra el machismo se ha convertido en una guerra abierta contra la masculinidad, en que cualquier palabra o conducta que no hace tanto tiempo eran consideradas heroicas o románticas, ahora son objeto de sospecha, cuando no se condenan de modo inapelable.

Desvalorizando la familia clásica, las virtudes heroicas o el romanticismo no disminuye la violencia contra las mujeres, como está más que comprobado a estas alturas. Al contrario, socavamos los mismos principios que nos llevan a protegerlas y ensalzarlas. O dicho en lenguaje teológico: El mal es la negación del bien. Solo Dios, que es el Bien absoluto, está exento del mal. Pero en este mundo finito, la obsesión erradicacionista por reducir el mal a cero solo podría alcanzarse destruyendo incluso el bien, sin el cual el mal no es posible, como la sombra no es posible sin la luz. Por eso los nihilistas más consecuentes, retratados por Dostoyevski en su novela Los demonios, soñaban con la destrucción de todo, con la aniquilación del universo entero, si hubieran tenido poder para ello.

Las tres enfermedades de la derecha

Las enfermedades de la derecha, como los enemigos del alma según San Juan de la Cruz, son tres: el economicismo, la conspiranoia y el antisemitismo. El primero es el más extendido. Se basa en la idea de que lo importante, lo que realmente mueve el mundo y preocupa a la gente es la economía. Habitualmente se presenta como una forma de liberalismo vulgarizado, según el cual bastaría con abolir los intervencionismos gubernamentales en el mercado para solucionar prácticamente todos los problemas sociales, a corto o largo plazo.

No es difícil darse cuenta de que detrás de esta concepción hay un adanismo o negación de la naturaleza caída del hombre, visión que el economicismo comparte con el progresismo en general. Por eso coincide con el centrismo, la aproximación servil hacia las posiciones morales (o más bien inmorales) de la izquierda, renunciando a todo debate de ideas más allá de la economía, e incluso adoptando en este campo posiciones llamadas socialdemócratas.

Hay una reacción frecuente contra el economicismo que en realidad yerra el tiro: consiste en negar lo bueno del liberalismo (la defensa de la libertad del individuo frente al Estado o la colectividad) y en una especie de nostalgia idealizadora de instituciones precapitalistas. Con ello sin duda nos salimos del liberalismo, pero no del economicismo, que es el verdadero mal.

A fin de cuentas, el economicismo es un materialismo, la negación u olvido de la esencia espiritual del hombre. Y este es también el origen (aunque no lo parezca) de la otra enfermedad o desviación de la derecha: la conspiranoia. Uso este término despectivo con reticencia, pues nació para desacreditar a las informaciones e investigaciones que pusieron en duda la versión oficial sobre los atentados del 11-M, para lo cual hay razones muy serias. Pero el conspiranoico no es el que sostiene la existencia de tal o cual conspiración, referente a un atentado, un magnicidio o acontecimiento similar. La teoría de la conspiración postula la existencia de una conspiración única, universal y, sobre todo, omniexplicativa. Todo lo que sucede, para el conspiranoico, es un indicio, una señal de la conspiración que mueve los hilos del mundo y la historia.

El error del conspiranoico consiste en atribuir sistemáticamente el mal no a voluntades individuales o ideas equivocadas o perversas, sino a fuerzas impersonales o casi impersonales (es decir, en esencia, estructurales, materiales) a veces identificadas con el dinero o el capitalismo, a veces con organizaciones secretas como la masonería o un legendario sanedrín judaico. Esta última puede adquirir un carácter tan obsesivo y monotemático que merece ser tratada aparte, como la tercera enfermedad de la derecha, sobre todo por las atroces consecuencias que tuvo el siglo pasado.

Aunque el odio a los judíos tiene raíces en la Antigüedad (al principio empezó como una persecución contra los cristianos), el antisemitismo contemporáneo nace en la constelación de teorías conspirativas sobre la Revolución francesa, que algunos tempranamente quisieron ver instigada por la masonería, exagerando desmedidamente la parte de verdad que hay en ello. Ello acabó degenerando en elucubraciones puramente fantásticas, en las que aparecían hasta los templarios, y pronto los judíos.

Lo cierto es que los monjes guerreros nunca han podido ser protagonistas de ninguna conspiración, porque, de hecho, ellos fueron víctimas de una, que los destruyó: Urdida por el rey francés Felipe el Hermoso, quien detuvo en 1307 a todos los templarios de Francia en una acción coordinada que prefigura asombrosamente las purgas de Stalin.

En cuanto a los judíos, el proceso que terminó en el Holocausto fue iniciado, antes de la llegada de Hitler al poder, por la policía secreta zarista, al difundir una obra conocida como los Protocolos de los Sabios de Sión, editada e imitada innumerables veces. Era ésta una ficción sumamente grosera sobre un plan secreto de los judíos para dominar el mundo, cuyo origen literario, plagiando numerosos pasajes de una obra de Maurice Joly, está sobradamente demostrado, pese a lo cual sigue impresionando a muchos incautos.

El antisemitismo, como toda conspiranoia, es una recaída en el viejo y persistente gnosticismo que se enfrentó con la Iglesia prácticamente desde su origen. Se trata de la creencia de que existe un conocimiento esotérico (es decir, al alcance de unos pocos iniciados en el secreto) que proporciona una interpretación del mundo maniquea, y eventualmente las claves para dominarlo. El resultado de estas concepciones de tipo mágico, con sus ilusiones de control de la realidad y dominio sobre los demás, es la negación de la doctrina cristiana de redención. Aquí ya no hay gente equivocada, o que hace cosas malas, sino personas a las que hay que combatir, y en última instancia exterminar, por ser lo que son, aunque no hayan hecho nada. Llámense judíos, burgueses o propietarios rurales. Las enfermedades de la derecha, después de todo, no son tan distintas de la izquierda como superficialmente puede parecer.

¿La moralidad es el problema?

Hace tiempo que vengo siguiendo al psiquiatra Pablo Malo, a través de su blog y su cuenta de Twitter @pitiklinov, porque me interesa la psicología evolucionista desde que leí, mucho antes, dos libros de Steven Pinker: Cómo funciona la mente y La tabla rasa. En ambas obras, y en especial la segunda, el autor norteamericano arremete contra el “modelo estándar de las ciencias sociales”, que desdeña los fundamentos biológicos de la naturaleza humana y considera que nuestro comportamiento puede explicarse básicamente en términos culturales, como algo inculcado socialmente. Por el contrario, Pinker, y en España Pablo Malo, partiendo de la teoría de la evolución de Darwin, y apoyándose en una rica literatura de las ciencias experimentales, sostienen que, sin necesidad de negar dogmáticamente influencias ambientales obvias, muchos de los patrones de conducta e inclinaciones humanos se explican consistentemente como un producto de la evolución y la adaptación al medio por selección natural. Es decir, no somos una tabla rasa, como creía, influido por Locke, el influyente filósofo de la Ilustración Helvétius.

Es fácil ver las vastísimas implicaciones que tienen estas dos concepciones (la culturalista y la evolucionista) para los debates políticos e ideológicos actuales. Si tuviera razón Helvétius, sería posible perfeccionar ilimitadamente al hombre mediante la educación. El progresismo, desde hace dos siglos, y más aún en las últimas décadas, se basa exactamente en esta pretensión de reformar la sociedad cambiando los modos de pensar de la gente, las instituciones y el lenguaje. Si no hay una naturaleza humana fija, en principio no hay obstáculos insalvables a lo que unos ingenieros sociales, supuestamente benévolos, pueden llevar a cabo para conseguir establecer una sociedad perfecta, sin conflictos ni injusticias. En cambio, si hay una naturaleza humana, se deducen dos cosas. La primera, que no será posible alterarla exclusivamente mediante una especie de reprogramación educativa o propagandística. La segunda, que las tendencias o patrones de conducta innatos ya no se pueden considerar meramente como reminiscencias de una ignorancia primitiva, de la superstición religiosa o del heteropatriarcado. Lo primero no significa que la educación sea inútil, ni lo segundo quiere decir que toda conducta innata sea buena. Pero claramente desautorizan el lema formulado por Marx hacia 1845, conocido como la oncena tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos simplemente han interpretado el mundo de diversos modos, de lo que se trata es de transformarlo.” Difícilmente podremos trasformar el mundo (¡sin hacer un destrozo, se entiende!) si no conocemos antes el ser que es sujeto y a la vez objeto de esta transformación.

Aparentemente, el progresismo posmoderno supone una ruptura con el marxismo, al poner en la picota todos los “metarrelatos”. Pero hay un hilo conductor que une estas concepciones: ambas critican el conocimiento objetivo y de algún modo lo supeditan a la acción. Marx y Engels, porque lo consideran como parte de la superestructura ideológica al servicio de la clase dominante; los posmodernos porque lo consideran una construcción lingüística también al servicio del poder. Por eso yo sostengo que la nueva izquierda no es más que una reedición o remozamiento de la izquierda clásica; no, como pretenden algunos, una especie de simulacro al servicio del neoliberalismo. Otra cosa es que las grandes empresas crean, con razón o sin ella, que adoptar la sofistería sobre la “diversidad” es un precio irrisorio a cambio de la paz sociolaboral, además de un adorno cool para sus imágenes de marca. En cualquier caso, lo grave de estas doctrinas es que echan por tierra la idea de un conocimiento neutral y objetivo, liberado de sesgos políticos y moralistas, lo cual obviamente es letal para la ciencia, como muy certeramente argumenta Pablo Malo en su interesantísimo libro Los peligros de la moralidad (Deusto, 2021). A continuación voy a comentar esta obra, que me parece repleta de valiosas aportaciones, aunque al mismo tiempo discrepo de su tesis fundamental.

La tesis del autor es que la moralidad, aunque necesaria socialmente, y por contraintuitivo que parezca, es también la responsable no solo de contaminar la ciencia y extremar las posiciones políticas, sino de las mayores atrocidades perpetradas por el hombre, como las guerras y los genocidios. Quien está convencido de hacer el bien (por Dios, por la patria, la humanidad, el socialismo, etc.) es capaz de eliminar por completo los escrúpulos que normalmente conserva, aunque sea en grado mínimo, aquel que se limita a perseguir sus pequeños intereses o se halla bajo los efectos de una pasión momentánea.  Según Malo, este carácter ambivalente de la moralidad se debe a que se trata de una capacidad forjada evolutivamente, que seleccionó a los individuos que practicaban la solidaridad dentro de grupos pequeños, como eran las bandas de cazadores-recolectores del paleolítico, mientras competían implacablemente con otros grupos. De ahí que uno de los binomios fundamentales de la mente moral sea el nosotros/ellos, fuente de los mayores conflictos, persecuciones y matanzas.

Esta teoría, que simplifico por razones de espacio, parece muy plausible. Pero el autor no se limita a sostener lo expuesto, sino que va más allá. Pablo Malo no solo trata de entender las bases biológicas de nuestros sentimientos morales, sino que hace una afirmación de mucho más calado: que no existe una moralidad objetiva -universal- fuera de la mente moral, sino que ésta ha surgido accidentalmente por evolución natural, carente de toda intencionalidad. La moral no es más que una adaptación biológica, no existen un bien y un mal en sentido absoluto. Malo se sitúa así en la estela de autores como Dawkins y Dennett, los cuales consideran que el darwinismo es la mayor revolución del pensamiento humano; mayor desde luego que la de Copérnico, pues acabó para siempre con la idea de que el hombre, al igual que los demás seres vivos, fueron creados por un ser infinitamente inteligente. Todo puede explicarse de manera mucho más sencilla y consistente como un producto del azar y la adaptación al medio.

Desde luego, la influencia de Darwin en nuestra cultura, aparte de su innegable valor científico, es difícil de exagerar. No hay duda de que es uno de los autores que más ha contribuido a la pérdida del sentido trascendente de la vida de millones de personas. Pero admitir esto es una cosa, y afirmar que realmente el naturalista inglés descubrió algo nuevo en relación a la existencia de Dios, otra muy distinta.

En una entrada anterior he sostenido que en rigor solo hay dos argumentos a favor del ateísmo: el problema del mal y la economía de los principios (lo que hay se basta por sí solo). Quienes interpretan el darwinismo como una refutación del teísmo no hacen más que reeditar la enésima variante del segundo de ellos. Puesto que hemos hallado una explicación natural de la aparición del hombre, y en particular de sus concepciones morales, la idea de un Creador es sencillamente superflua, una hipótesis innecesaria, como ya vino a decir Laplace, mucho antes de Darwin. En efecto, esto vale para la biología, pero también para la física o la astronomía: cualquier explicación en términos causales sirve a los ateos para confirmarles que no es necesaria la intervención de ninguna divinidad. El problema es que el propio hecho de que existan leyes de la naturaleza no se puede explicar mediante ellas mismas, sin caer en una circularidad lógica. La inteligibilidad del universo, que se da acríticamente por supuesta, nos remite a una Inteligencia primordial. Los ateos creen eliminar a Dios de sus teorías, pero lo reintroducen subrepticiamente en su concepción de la naturaleza como una entidad regida por leyes invariables. Lo mismo sucede con la moralidad, como veremos. Se niega su carácter objetivo al mismo tiempo que implícitamente se presuponen principios que van más allá de un mecanismo adaptativo.

La parte más interesante del libro de Malo es la que se ocupa de la crítica del hipermoralismo (él utiliza expresiones como “epidemia de moralidad”, entre otras) en que se ha convertido el pensamiento progresista dominante (feminismo de género, antirracismo, etc.), sobre todo en el mundo anglosajón, pero extendiéndose a todo Occidente. El autor aplica de manera verosímil conceptos evolucionistas como “tribalismo intragrupal” para entender el fenómeno de la preocupante escalada de la polarización política, de la indignación moral, las cazas de brujas, la cultura de la cancelación y la politización de todos los ámbitos públicos y hasta privados. En especial señala el papel de las redes sociales, a las que no sin razón atribuye un papel perverso como amplificador de estos fenómenos. Pero no se queda aquí, sino que apunta una causa mucho más profunda, y que quizás pueda sorprender, teniendo en cuenta los presupuestos filosóficos que enuncia el libro desde el primer capítulo. Malo suscribe una tesis en la que esencialmente coinciden diversos autores, según la cual el actual progresismo woke (conocido académicamente como teoría de la Justicia Social Crítica) es una nueva religión que ha venido a llenar el vacío dejado por el cristianismo, del cual toma algunos aspectos (sobre todo del protestantismo) pero rechaza otros fundamentales, como el perdón, o la propia idea de Dios, lo cual no contribuye precisamente a hacerlo más amable.

Pese a ello, creo que Malo, como muchos otros autores, se detiene más en las semejanzas entre el progresismo posmoderno y el cristianismo que en sus diferencias, que desde mi punto de vista cristiano (no me pretendo imparcial) son lo decisivo. Dicho de otro modo, para Pablo Malo y compañía, el problema parece ser, al menos en ocasiones, no que nos hayamos separado de nuestra matriz cultural judeocristiana, sino que no nos hemos separado lo suficiente. Aunque por otra parte reconoce que es difícil concebir una sociedad sin religión, sus propuestas se encaminan a disminuir su presencia en la vida pública, y lo mismo con la moralidad. ¿Es este realmente el camino?

Malo defiende que hay que reducir el discurso moralista en la democracia, porque ello conduce a posiciones irreconciliables. En mi opinión, se necesita menos democracia, no menos moralidad. Y antes de que nadie me malinterprete, no estoy defendiendo una dictadura, es decir, atacando el sistema parlamentario, sino al revés: para mí la esencia de la democracia es la elección de los gobernantes y el control del poder ejecutivo por el legislativo y el judicial. Todo lo que va más allá de eso, ideas revestidas de “democracia avanzada” y similares, conducen a una intromisión asfixiante del Estado en todos los aspectos de la vida, que entre otras cosas termina socavando el propio parlamentarismo, al desplazar el poder de los representantes electos a una intrincada administración no elegida, que se arroga competencias crecientes en aras de conseguir la igualdad, la diversidad, la sostenibilidad y todo lo que podemos englobar como una supuesta profundización de la democracia, o “más democracia”. Es lo que ocurre con la Unión Europea, que se atreve ya a rechazar las decisiones de parlamentos y tribunales de los países cuyos gobiernos, democráticamente elegidos, no se ajustan a la visión utópica de los eurofuncionarios. No es de sorprender que cuando la política lo invade todo, se produzcan conflictos morales irresolubles, pero echarle la culpa de ello al moralismo es cuando menos curioso.

Tal como yo lo veo, el hipermoralismo progresista no es tanto una herencia del cristianismo (aunque evidentemente haya cierta continuidad, nada nace de la nada) como una herejía, es decir, una ruptura, una desviación. En algunos momentos Malo parece estar cerca de compartir esta idea, pero en otros se diría que se le escapan sus implicaciones, debido posiblemente a que no es creyente. No se trata, como quizá alguien pueda anticiparse, de proponer una restauración del cristianismo. Desde luego, yo estaría muy a favor de que se produjese, pero no creo que ello solucionara nuestros males sociales, por la sencilla razón de que el cristianismo no es esencialmente una “solución” de ningún mal social, salvo quizás “por añadidura”, dicho sea en lenguaje evangélico.

Acaso entenderíamos mucho mejor el problema del hipermoralismo si en lugar de hablar de moralidad, lo hiciéramos de sentimientos. Porque a fin de cuentas, lo que efectúa Malo al negar que exista una moral objetiva es reducir la moral a sentimientos, a emociones con un trasfondo evolutivo y fisiológico, que no podemos ignorar (esto último es una gran verdad) pero que tampoco podemos identificar con la moral sin más. Los sentimientos morales no son la moralidad, aunque sean en la práctica inseparables de ella.

Malo reduce la moralidad a sentimientos basándose en la teoría de la evolución y en la neurología. Esto ya lo he discutido. Pero además ofrece un argumento filosófico, expuesto originalmente por Platón. En esencia nos dice que la moral religiosa se basa o bien en la obediencia ciega a la voluntad de Dios (si el quinto mandamiento fuera el opuesto, Matarás, matar sería bueno) o bien considera que Dios es bueno y no puede ordenar cosas malas, con lo cual la moral es independiente de la existencia de Dios, y hay que buscar otras fuentes para su fundamentación; por ejemplo, los sentimientos, como propuso David Hume. En cierto modo, se trata de otra variante de lo que yo llamo la economía de los principios, el gran argumento ateo, aparte del problema del mal. Igual que aparentemente no necesitamos a Dios para entender el universo, no lo necesitaríamos para distinguir entre el bien y el mal.

El pensamiento católico, salvo escuelas periféricas como el nominalismo medieval, y salvo tal vez los catecismos dirigidos a gentes sencillas y a los niños, siempre ha sostenido que la moral no se reduce a la obediencia a los mandamientos divinos, sino que estos responden a la propia naturaleza del bien, que en su modo absoluto coincide con Dios. Es decir, Dios no puede ordenar unos mandamientos opuestos a los revelados, no porque esté supeditado al bien, por así decirlo, sino porque Él es el Bien: sería ir contra sí mismo. Por eso San Agustín define el mal como el alejamiento de Dios, y no en un sentido figurado, sino ontológico: alejarnos del Ser absoluto significa que nos deslizamos hacia la nada, es decir, que perdemos nuestra esencia humana para volver a la animalidad, a la materia inerte.

Todo esto puede sonar muy especulativo, pero lo cierto es que se trata de la única alternativa a reducir la moral a hechos fácticos como los sentimientos, que es tanto como abolirla. Y lo bueno es que incluso quienes sostienen posiciones reduccionistas similares, casi siempre acaban presuponiendo, de manera implícita, una moral objetiva, por encima de nuestros precarios sentimientos morales. Afirma Pablo Malo, partiendo de la psicología evolucionista: “Favorecemos a los de nuestro grupo y desconfiamos de los de fuera. Es verdad que existe esta tendencia y no debemos negarla. Pero no tenemos por qué considerarla buena moralmente. Al contrario, nuestros valores morales nos dicen que queremos construir un mundo en el que no nos matemos unos a otros.” ¿A qué valores morales se refiere el autor? ¿No quedamos en que se originan en una evolución contingente? ¿Desde qué otro sistema moral podemos juzgarlos?

Creo que el libro de Pablo Malo es enormemente interesante, informativo y ayuda a pensar. Estoy de acuerdo con muchas de las cosas que dice. Pero yerra el tiro en su tesis fundamental, al hablar de moralidad, en lugar de los sentimientos. Decir que los nazis exterminaron a millones de personas por culpa de sus ideas morales creo que no solo es contraintuitivo: también es falso. Lo que les llevó al genocidio no fue la moralidad: fueron unos sentimientos que podemos llamar morales o quizás seudomorales, que en algunos casos podían experimentar sinceramente, pero eso no les podía impedir darse cuenta de que estaban subvirtiendo por completo la moral judeocristiana en la que sin duda habían sido educados. Es propio del ser humano racionalizar (moralizar) su conducta para justificarse, pero no por ello decimos que la razón es culpable de los mayores crímenes. Ni tampoco la moral misma.

C. S. Lewis hizo una observación, en su libro Mero cristianismo, que en principio resulta chocante, pero que arroja luz sobre una clave de las tinieblas del corazón humano: “Los nazis, al principio, tal vez maltratasen a los judíos porque los odiaban; más tarde los odiaron mucho más porque los habían maltratado. Cuanto más crueles seamos, más odiaremos, y cuanto más odiemos, más crueles nos volveremos…” Esto nos sugiere que tal vez no deberíamos dar más importancia de la imprescindible a los móviles morales, seudomorales o ideológicos de quienes hacen el mal.

Volviendo a la actualidad, el gran problema que amenaza a la convivencia no es un exceso de moralismo, sino de sentimentalismo, hasta el punto de hacer imposible el debate racional. Si yo siento que quien discrepa de mis ideas está movido por el odio, e incluso me odia a mí personalmente, como perteneciente a un “colectivo vulnerable”, quedo eximido de argumentar, porque no tendría sentido oponer razonamientos a emociones. Por supuesto, esto es letal para la ciencia, la libertad y la democracia parlamentaria. Pero el problema no viene de que yo haya moralizado el debate, sino que lo he planteado en términos puramente emocionales (egocéntricos, a fin de cuentas), aunque disfrazados, más o menos burdamente, de moralidad.

Sin duda, tiene razón Pablo Malo cuando dice que es simplista y esencialmente errónea “la visión de que hay personas buenas (morales) que hacen cosas buenas y personas malas (inmorales) que hacen cosas malas”. Pero no porque la moralidad sea la que autorice, o incluso anime, a las personas buenas a hacer el mal, sino porque después de todo, tal vez no eran tan buenas. ¿Cómo clasificamos a una persona como buena? ¿La que saluda cortésmente a sus vecinos, la que respeta las normas de tráfico, la que trata con afecto a sus familiares cercanos? Que alguien se comporte decentemente en circunstancias ordinarias no es una prueba infalible de bondad. Son recurrentes los casos de peligrosos criminales que, tras cumplir su condena, o durante la libertad condicional, reinciden con un crimen horrible. En estos casos, es habitual escuchar una frase exculpatoria de las autoridades judiciales o penitenciarias: “Se tuvo en cuenta su buena conducta en la cárcel.” Oh, claro, es cierto, no violó ni asesinó a nadie dentro de la cárcel. ¿Quién iba decir que lo haría fuera?

Mucho más cerca de la verdad está Solzhenitsyn, citado por Malo, cuando dice que “la línea que divide el bien del mal atraviesa el corazón de cada ser humano”. Pero no creo que aquí el escritor ruso apoye la tesis del autor. Lo que dice Solzhenitsyn, y en esto habla como cristiano, es que el mal procede de nuestra voluntad. Pero el hombre es una unidad, y sabe arreglárselas para que su voluntad concuerde con sus ideas morales e incluso con su religión. Dicho más exactamente, modifica sus ideas morales e incluso su religión, o las reinterpreta, para que se adapten a sus deseos. Los terroristas pueden creer sinceramente que están luchando por una buena causa, pero matar a personas inocentes no es algo de que debamos responsabilizar genéricamente a tener una visión moral del mundo, por el mero hecho de que los asesinos crean tenerla, y necesiten creerlo.

Pablo Malo nos dice que cualquiera de nosotros, si nos dejamos llevar por una moralidad desbocada, podemos convertirnos en monstruos. La idea es inquietante, pero no más que la subyacente en el milenario pensamiento judeocristiano: En cualquiera de nosotros, desde la Caída, ya hay un monstruo, y a buen seguro que, si le dejamos, encontrará la “moralidad”, o la interpretación de la misma, que le permita reivindicarse. Como decía San Juan de la Cruz, la forma más habitual en que el diablo nos engaña es “debajo especie de bien, y no debajo de especie de mal; porque ya sabe que el mal conocido apenas lo tomarán. Y así siempre te has de recelar de lo que parece bueno, mayormente cuando no interviene obediencia.” La última observación sobre la obediencia hay que entenderla en el contexto de la vida monástica, pero lo importante de las palabras del santo es que nos pone sobre aviso del mayor peligro: de que el mal se disfrace de bien, o dicho de otro modo, de moralidad. O de cualquier otra cosa que le sirva, como la racionalidad, o la ciencia.