Muerte a todos los hombres blancos

La sede de Vox en Tarragona, un modesto entresuelo, ha sido vandalizada de nuevo. He perdido la cuenta de las veces que van ya. Pero para que se hagan una idea, en la capital de la vieja provincia de Hispania gobierna ERC con apoyo de la CUP, En Comú Podem (la franquicia regional de Podemos) y el partido de Puigdemont (también me he perdido con sus cambios de nombre). Es decir, hay impunidad para todo el que quiera acosar a quienes hacen frente a la ultraizquierda, el separatismo, el feminazismo, la inmigración ilegal y los okupas.

Entre otros desperfectos cabe destacar las pintadas. Aparte de la inevitable esvástica en el rótulo exento de la izquierda, que no se aprecia en la fotografía tomada por mí ayer, pueden leerse las palabras siguientes: FACHAS – Jodeos Fachas – FCK VOX – MUJERES MUERTAS VIOLENCIA MACHISTA – KILL ALL THE WHITE MAN.

Fachas es la denominación despectiva de fascista, que en España se utiliza, junto con el término ultraderecha, para insultar a todo el que está un poco más a la derecha del centroizquierda. Es por tanto un término completamente amortizado, que ya no significa nada y que solo cabe ignorar.

“Mujeres muertas…”, etc. es un ejemplo de la táctica usual de culpar de determinados males a quienes discrepan de la explicación que ofrece de ellos la religión progresista global. Si no crees en el patriarcado estructural como causa de todas las diferencias entre los sexos, eres un cómplice de la violencia que sufran las mujeres. Si tienes tus dudas sobre las causas del cambio climático, prácticamente eres responsable de las muertes por todas las catástrofes naturales que se producen en el mundo. Si sostienes que los niños tienen derecho, en la medida de lo humanamente posible, a disfrutar de un padre y una madre, eres culpable de cualquier agresión que se pueda atribuir, con razón o sin ella, a la “homofobia”. Y así sucesivamente. El problema de esta táctica, aunque en sí misma sea tan groseramente ilógica, es que se utiliza como primer paso para justificar la persecución e ilegalización de todo el que se aparte de lo políticamente correcto. Por ello, no debemos cansarnos nunca de desenmascararla.

Del “F(u)ck Vox” poco hay que decir. A mí me ha recordado al actor Robert de Niro declarando “Fuck Trump”, como ejercicio de postureísmo para multimillonarios cuyas apretadas agendas les eximen de elaborar un poco más sus discursos, o bien como patético recurso de viejas glorias venidas a menos para seguir reclamando la atención de los medios. Si estos son los referentes de la izquierda, no me sorprende que pierda votos en barriadas obreras.

Pero he escrito este artículo, lo confieso, para comentar sobre todo el impagable “Kill all the white man”, que por cierto no sé si está correctamente escrito, porque creo que debería ser men, en plural, no man. O sea, “Muerte a todos los hombres blancos”. Tampoco me hagan mucho caso, la gramática inglesa no es mi fuerte. En todo caso, ante la duda, lo fácil era escribirlo en español. Pero por algún motivo, cuando una estupidez se escribe en inglés, a algunos les parece menos estúpida, y hasta profunda y ocurrente. La cuestión es que los medios locales no se han hecho eco de una pintada que ordena matar al 90 por ciento o más de la población española. Me imagino el escándalo que se hubiera producido de aparecer una pintada sugiriendo matar a los moros, los negros o los gais. Lo cual me recuerda una reflexión que me he hecho otras veces. A lo mejor los “antifascistas” (como se denominan a sí mismos los comunistas, en quienes se inspiró el fascismo) lo que no le perdonan a Vox es que no profiera exabruptos de ese tenor ni por supuesto nada que se le parezca, sino todo lo contrario. Vox es un partido que defiende consecuentemente los derechos humanos, la libertad y la igualdad, y por eso está contra las mafias de la inmigración ilegal y contra los grupos de presión que utilizan discursos identitarios de género o de raza para demandar tratos desiguales y recortar derechos de la mayoría de la gente. Esto es lo que no se le perdona a Vox, que no sea el demonio con cuernos y rabo que sus enemigos desean ardientemente que se les aparezca, para así sentirse justificados. Pero lo único que consiguen, en medio de su rabia y su odio, es reflejar sus propios demonios interiores.

El sistema de la mentira

¿Qué es una ideología? Es una triple dispensa: dispensa intelectual, dispensa práctica y dispensa moral. La primera consiste en retener sólo los hechos favorables a la tesis que se sostiene, incluso en inventarlos totalmente, y en negar los otros, omitirlos, olvidarlos, impedir que sean conocidos.

Jean-François Revel, El conocimiento inútil.

Probablemente muchos piensan que el famoso Noticiero Documental (NO-DO) era un instrumento de propaganda solo concebible en una dictadura. Pero no seamos ingenuos. Hoy el equivalente del NO-DO (aunque con mucha menor calidad estética) son los informativos y programas de actualidad de todas las grandes cadenas, que penetran en los hogares, bares y cafeterías a todas horas, a fin de orientar a la opinión pública con una apariencia de pluralismo. Frases como “la polémica está servida” o la cobertura de las declaraciones de algunos líderes de la oposición sólo engañan a un público habitualmente desprevenido, ocupado en sus tareas cotidianas con el televisor como hilo musical de fondo. La “polémica” siempre está hábilmente presentada para que las posiciones “progresistas” parezcan audaces, desinteresadas y nobles; y las opuestas, como retrógradas, miedosas e ignorantes, incluso cuando no se ridiculizan manifiestamente. Las declaraciones de la oposición son hábilmente seleccionadas entre las que, aunque puedan parecer duras por su tono, sean las que menos daño hacen al gobierno, y apenas sirvan para presentar a quien las esgrime como una persona de talante malhumorado, que sólo sabe criticar sin proponer nada constructivo, con el único fin de disputarle el poder a un gobierno que se desvive por nuestro bien.

El objetivo fundamental del complejo mediático no es informar, sino exactamente lo contrario: ocultar lo que no le interesa al poder que se sepa, que se hable en la calle. Naturalmente, no basta con no mencionar las cosas: hay que hacer el ruido suficiente, y durante todo el tiempo, para que el silencio no se convierta en un clamor. Lo comprobamos a diario con la crisis sanitaria: nos bombardean con alarmistas cifras de incidencia, contagios, “puntos” de índices técnicos creados por la burocracia político-sanitaria, mientras nos hurtan casi siempre un dato en tiempo real, perfectamente comprensible, para que la gente pueda sacar sus conclusiones, y aceptar o rechazar razonadamente las medidas de la administración que limitan sus libertades: es decir, el porcentaje de camas de hospital y de UCI ocupadas por enfermos de covid.

Bien es cierto que los medios no renuncian a formas de propaganda más proactivas. Hay varios géneros de adoctrinamiento. Uno es el formato pedagógico o de servicio público, casi una extensión de la paternal administración. En lugar de informar objetivamente del incremento de la factura de la luz debido a la nueva normativa dictada por el gobierno, nos ilustran con consejos sobre las diferentes maneras de ahorrar energía. Otro género es el de los relatos de “interés humano”. ¿Se han dado cuenta de que para hacer pasar la ley de la eutanasia, invariablemente acompañan la información legislativa con un ejemplo conmovedor de un enfermo terminal o crónico, con nombres y apellidos, junto a algún familiar cercano, aguardando la legalización del asesinato clínico como una liberación de sus sufrimientos? No hace falta decirlo, las voces discrepantes, algunas sólidamente elaboradas en discursos parlamentarios de gran interés, han sido omitidas o reducidas a unos segundos.

Pero la principal herramienta propagandística es lo que en términos lakoffianos podemos llamar el framing, el enmarcado. Si consigues imponer tu lenguaje, es decir, tu manera de interpretar la realidad, los hechos ya no importan gran cosa. Se convierten sólo en motivos, en pretextos para remachar una y otra vez el marco, la ideología que pretendes imponer. Un ejemplo de manual lo estamos viendo estos días con el triste suceso del asesinato de un joven en Galicia cuyo nombre, que todos tenemos presente, no volveré a mencionar por respeto a sus familiares. Aún antes de que la policía hubiera ofrecido las primeras informaciones sobre la investigación, alguien divulgó que el motivo del crimen era de carácter homófobo, lo que permitió a la extrema izquierda iniciar su agitación callejera profesionalizada, por supuesto para culpar a la “ultraderecha” (Vox) y al gobierno regional de Madrid, pese a tratarse de un crimen perpetrado a seiscientos kilómetros.

Esta agitación le bastó a la televisión pública y a cadenas privadas para poder presentar el asesinato como un efecto del supuesto discurso de odio contra el movimiento LGTB, sin ninguna prueba de ello. (Para una información solvente sobre el suceso y su instrumentalización política, recomiendo el blog Contando estrelas.) La extrema izquierda, con sus escenificaciones callejeras, es siempre el mejor aliado de los medios; ambos se basan en el mecanismo psicológico que lleva a muchas personas a creer que si una muchedumbre protesta indignadamente en las calles, posiblemente tenga algo de razón.

Pero a medida que las informaciones policiales tienden a descartar el móvil homófobo, TVE no tiene problema en seguir utilizando la muerte de un joven con fines ideológicos. Sin afirmar tajantemente que fuera asesinado por homosexual, porque no puede, se “amplía” la crónica periodística con otros crímenes que sí han podido tener ese móvil, y por supuesto con entrevistas a activistas LGTB. El resultado es que ese espectador pasivo y desprevenido del que hablaba, que rara vez no sigue el desarrollo de una información en el tiempo (ya se encargan los medios de llevar su atención cada dos o tres días a un tema nuevo), se queda con la primera versión, y eso es lo que cuenta. El triunfo inmediato de la manipulación es el gastado comentario de sobremesa con televisor de fondo: “No hay derecho a matar a nadie porque sea gay”. En lo cual todas las personas civilizadas estamos de acuerdo, pero el problema es que una gran parte de la población no sabe distinguir tal obviedad de las reivindicaciones más radicales del movimiento LGTB, como si hubiera que comprar el paquete completo.

El mero empleo generalizado del término homofobia (etimológicamente bárbaro, porque significa “odio a lo igual”) ya es un triunfo del enmarcado sistémico. En primer lugar, porque es harto problemático que toda agresión contra una persona homosexual o transexual se deba “al simple hecho de serlo”. La existencia de una serie de organismos político-burocráticos cuya justificación depende de que prolifere el mal que combaten, no es la mejor garantía de que sus estadísticas no estén groseramente infladas. En segundo lugar, porque una manera evidente de evitar que ese tipo de delitos aumenten es combatir la inmigración ilegal desde países mucho menos tolerantes hacia las minorías sexuales que nuestra sociedad: precisamente lo que declina hacer un sistema que se presenta como abanderado de los derechos LGTB. Aquí hay algo mucho más siniestro que la hipocresía: una perversa estrategia de atizar el incendio para luego presentarse como el bombero salvador, previa demonización -no lo olvidemos- del chivo expiatorio al cual se carga con las culpas. Esto último no solo no puede faltar, sino que probablemente sea la clave de todo.

Lo que opino de la dichosa epidemia

La publicación de una foto de la diputada de Vox Macarena Olona, en su cuenta de Twitter, en el momento de vacunarse contra el covid, seguida de las destempladas reacciones de fanáticos antivacunas poniéndola verde, como hacen habitualmente con su compañero de escaño, el Dr. Steegmann, me llevan a posicionarme con claridad. Lo que sigue es por supuesto discutible; simplemente es lo que yo pienso.

  1. El virus SARS-CoV-2 salió de un laboratorio de Wuhan, como ya he dicho otras veces. Lo pensé desde el primer momento, por la simple razón de su origen geográfico. Mucha casualidad que fuera junto a uno de los centros virológicos más importantes del mundo. Lo que no sé es si fue una fuga accidental, o algo premeditado. Tiendo a pensar en lo primero, no porque crea que el régimen comunista chino no sea capaz de iniciar una guerra biológica, sino porque no acabo de ver que los riesgos compensen los beneficios. He visto confirmada mi tesis de la fuga, primero, en un artículo de dos científicos españoles, de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, donde hace unos meses ya mostraban su extrañeza por las dificultades de explicar el paso del virus desde una especie animal al hombre. (Antoni Romeu y Enric Ollé, “COVID-19: descifrando el origen”.) En segundo lugar, por las informaciones de la inteligencia de EEUU, filtradas a la prensa, sobre personal del laboratorio de Wuhan que habría enfermado de covid antes del inicio de la pandemia.
  2. Los gobiernos en general han reaccionado contra la epidemia dando palos de ciego, algo nada sorprendente, salvo para quien tenga una idea excesivamente ingenua de la competencia de los políticos y los “expertos”. En el caso español, la coalición socialcomunista ha aprovechado para forzar los límites de la constitución, dictando un Estado de Alarma de seis meses, cuando en una primera lectura parece que debe solicitarse su aprobación al Congreso cada 15 días. En todo caso, el PSOE ya tiene una larga experiencia, como partido gobernante, de que el Tribunal Constitucional evite despavoridamente cuestionar sus leyes y medidas más francamente discutibles. Expropiación de Rumasa, supeditación del poder judicial a la partidocracia, legalización de Bildu, ley de plazos del aborto, ley de violencia de género, etc. El retroceso de las libertades, esta vez con el pretexto de la pandemia, es innegable.
  3. El uso de la mascarilla en lugares públicos cerrados ha sido una medida más que necesaria. Creo, por el contrario, que nunca debería haber existido obligación de mascarilla al aire libre, salvo en aglomeraciones estáticas, como conciertos o espectáculos.
  4. Las medidas de confinamiento han sido un disparate inútil, una ruina económica que además dará más poder al gobierno como administrador de los fondos de ayuda europeos.
  5. Las vacunas se han desarrollado en un tiempo demasiado breve para inspirar total confianza. Sin embargo, por ahora parece que al menos en España el resultado ha sido bueno. Al cabo de un mes de que empezara la vacunación las muertes diarias por covid alcanzaron el máximo y luego empezaron a disminuir de manera clara. Desde la primavera se mantienen en cifras muy inferiores a las de otras enfermedades. (Fig. 1) Por tanto, creo que ha sido beneficioso que las personas mayores y de media edad se vacunen. No veo en cambio necesario que lo hagan los más jóvenes, al correr un riesgo bajísimo de contraer el covid con síntomas graves.
  6. El papel de los medios, desviando la atención del total de muertos en España (mientras nos informaban cumplidamente de los muertos en EEUU o Brasil) y criminalizando a las fiestas clandestinas para salvaguardar al gobierno de Sánchez (previo pago de su importe) ha sido vergonzoso. Lo sigue siendo actualmente, cuando con la epidemia en fase de remisión no dejan de bombardearnos con cifras alarmistas de positivos, la gran mayoría de ellos asintomáticos o sintomáticos leves. Ya está bien de aterrorizar a la gente. En España hay un 2 % de camas hospitalarias ocupadas por enfermos de covid. (Fig. 2) Para poder calibrar esta cifra, téngase en cuenta que por todas las enfermedades y traumas, el porcentaje de ocupación de un año normal es del 77 o 78 %. (Fig. 3) Pasar de un 78 a un 80 % de ocupación, aunque pueda preocuparnos razonablemente, está lejos de suponer un colapso del sistema sanitario, como se vivió en meses pasados. Los positivos asintomáticos en realidad son una buena noticia, en la medida que contribuyen a la inmunidad de grupo. No hay excusas para reincidir en recortes de las libertades civiles, ni para que la atención sanitaria no vaya recobrando la normalidad. Terminemos cuanto antes la vacunación de grupos de riesgo y pasemos de una vez a la vida plenamente normal.
  7. Por último, un mensaje a los antivacunas y conspiranoicos. Por favor, dejad ya de ponérselo tan fácil al gobierno, dejad de ayudarle a ridiculizar cualquier crítica. Y aprended a respetar un poquito a los que no piensan como vosotros. Porque nos vacunemos no somos borreguiles colaboradores del NOM o cómo queráis llamar a la conspiración judeomasónica en la que creáis. Sin duda que existen conspiraciones, pero siempre he recelado de los que ven en todo una misma y única conspiración. Desconfiar de todo es tan pueril como fiarse de todo. Porque el gobierno diga que la tierra es redonda, no vamos a sostener que es plana. Algunos simplemente tratamos de pensar por nuestra cuenta, asumiendo que podemos acertar o equivocarnos, porque no estamos en posesión del ningún código definitivo para entender el mundo.
  8. Mi total apoyo a Macarena Olona, al Dr. Steegman y a mi partido, Vox, que en éste como en otros temas defiende lo que cree mejor para España, lo entiendan mejor o peor algunos que vociferan mucho en redes sociales.
Fig. 1
Fig. 2
Fig. 3

El problema nunca es Sánchez

No es que no esté a favor de elecciones anticipadas, o de una moción de censura contra Pedro Sánchez. Por supuesto que lo estoy. Pero si echamos a Sánchez, aún no habremos solucionado ni un solo problema. Lo único que habremos hecho es remover un obstáculo (y no es poco) pero nada más. El problema nunca es el gobernante endiosado, aferrado al poder, sino por supuesto quienes le apoyan, desde periodistas a votantes. Pero tampoco con eso hemos dicho lo más importante. Porque a menudo se cae en el error de pensar que el periodista es un vendido, un mercenario, y que el votante no hace más que decantarse por quien le promete más. Hay algo de esto, sin duda, pero no es lo esencial. La clave es el pensamiento. Mientras millones de personas piensen que el aborto es un derecho de la mujer, estamos apañados. Mientras millones piensen que los inmigrantes africanos compensarán los hijos que no tengamos, y nos pagarán las pensiones, lo tenemos crudo. Mientras millones crean que dialogando con los separatistas se solucionará el “conflicto catalán”, estos podrán seguir aspirando a lograr sus objetivos finales de implantar una república con los mismos males que la sociedad actual, pero exacerbados. El problema nunca es Sánchez, el problema es que Occidente lleva dos siglos deseducando, embruteciendo a las masas. Las elites han abolido de facto primero el cristianismo, y ahora están de lleno aboliendo incluso el humanismo grecolatino. Se empieza matando a Dios y se acaba matando al Hombre. Ya saben, hay que desterrar esas viejas concepciones patriarcales y vivíparas donde los hombres tenían pene y las mujeres vagina. En su lugar han entronizado un monopensamiento reiterativo de espantosa simpleza, donde solo rigen sentimientos primarios, lugares comunes, falacias lógicas y brutales demonizaciones de los pocos que se atreven a advertir a dónde nos dirigimos. Tenemos un problema mucho más gordo que Sánchez.

El Gran Cambiazo

La estrategia no es nueva, pero las señales de su intensificación y aceleración son obvias. Podríamos denominarla con algún término más o menos académico, pero cuando pienso en ello para mis adentros, la que primero me viene a la mente es la palabra cambiazo. Hay algo de trilerismo o de prestidigitación en el modo como el poder político-mediático (cada vez más es uno solo) trata de sustituir las libertades clásicas de pensamiento y de circulación por seudolibertades autodestructivas: aborto, eutanasia, promiscuidad, identidad sexual…

La libertad de pensamiento se erosiona de varias maneras:

  1. Hurtando a los padres el derecho a educar a sus hijos según sus convicciones, lo cual se plantea como una irreprochable intención de ofrecer educación supuestamente cívica y sexual, tras las cuales se amparan contenidos ideológicos radicales.
  2. Tipificando los llamados “delitos de odio”, o al menos denunciando supuestos estereotipos sexistas, racistas, etc., a fin de censurar manifestaciones imprecisamente ofensivas para grupos privilegiados, que se presentan como “vulnerables” y que son previamente determinados por gobiernos, grupos de presión y grandes empresas tecnológicas y de comunicación.
  3. Tipificando también delitos como la “apología del franquismo”, lo que en la práctica se traduce en la imposición de una historia oficial de la cual estaría prohibido desviarse.
  4. Poniendo trabas a la objeción de conciencia o la libertad religiosa de médicos, funcionarios o empresarios que no desean ser cómplices de abortos, practicar la eutanasia o ser obligados a participar en bodas homosexuales.
  5. Promocionando el acceso a contenidos culturales en línea, es decir, controlados por grandes empresas, y potencialmente por gobiernos y grupos de presión, que pueden decidir que determinadas obras o fragmentos de ellas sean discretamente retirados del espacio público, sin necesidad de prohibiciones formales, secuestros o quemas de libros.

Por su parte, la libertad de circulación se restringe con pretextos ecologistas, sanitarios, fiscales o de cualquier otro tipo que puedan surgir, mediante supresión de vuelos domésticos, restricciones a los vehículos privados con motores de combustión fósil, peajes, tasas, etc. También mediante las limitaciones al uso de dinero en efectivo, de modo que cada vez es más difícil, por no decir imposible, realizar cualquier desplazamiento o intercambio que no quede registrado y geolocalizado, en bases de datos potencialmente accesibles a la administración y las grandes corporaciones.

La otra cara de la moneda de estas claras restricciones de derechos son las llamadas “ampliaciones de derechos”. Tras la despenalización del aborto, en la mayoría de países desarrollados, ya el siglo pasado se inició una campaña global, promovida por la ONU, las multinacionales abortistas y un activismo generosamente financiado, para convertirlo en un “derecho a la salud reproductiva y sexual”. Esta campaña sigue a toda máquina, como se ha podido comprobar con la aprobación del parlamento europeo de un informe radicalmente proabortista, y en el empeño de medios públicos y privados en “denunciar” la objeción de conciencia de médicos provida en hospitales estatales.

Aquí se ve claramente la estrecha relación entre las seudolibertades y la pérdida de auténticas libertades. No se trata de que las primeras sean una mera cortina de humo, sino de que realmente no pueden sostenerse sin conculcar las segundas. Así, las denominadas educación sexual y la perspectiva de género, bajo el pretexto falaz de “empoderar” a los jóvenes y a las mujeres, no hacen más que promover unos patrones de conducta promiscua y experimentadora que, con lógica implacable, requieren del aborto o la opción por la homosexualidad para eliminar sus consecuencias “indeseadas”, que suelen darse en forma de bebés. También para terminar con los últimos restos de moralidad judeocristiana (lo que llaman eliminar el “sentimiento de culpa”), que todas las ideologías modernas ven como una rémora a la implantación de sus ambiciosas reformas y revoluciones.

Al mismo tiempo, las restricciones a la circulación, de manera indirecta, privilegian comportamientos individualistas, perfectamente simbolizados, aunque parezca anecdótico, por la difusión del patinete eléctrico, que inevitablemente marginalizan a las familias “patriarcales”, acostumbradas a desplazarse con vehículos privados relativamente grandes. Lo que desde luego no es anecdótica es la generalización del smartphone desde edades cada vez más tempranas, que favorece un modelo de toma de decisiones y formación de opinión cada vez más aislado de vínculos familiares o comunitarios de cualquier tipo, excepto los que nos unen a la administración y las grandes corporaciones proveedoras de servicios.

¿Qué ganan con este cambiazo los gobiernos y sus aliados mediáticos y financieros? La respuesta no es difícil. Basta comparar unas libertades con otras. Mientras que el aborto, la eutanasia, la promiscuidad y la homosexualidad son decisiones y conductas de resultados predeterminados, en gran medida dependientes del Estado como garantizador de su ejercicio, y que no afectan en lo más mínimo a sus prerrogativas, las libertades de pensamiento y de circulación son libertades abiertas, es decir, de resultados imprevisibles, y por tanto mucho más difíciles de controlar. Las ideas, creencias y opiniones, así como los lugares o los intercambios económicos, son casi ilimitados. El poder político no tiene ningún problema con que abortes o te cambies de sexo, eso no le afecta. Es más, promoverá tu “derecho” para tomar este tipo de decisiones en la medida en que esto le permita restringir tu libertad de pensamiento sin que tú protestes, o incluso se lo agradezcas, para protegerte frente a los “intolerantes” que no reconocen que haya un “derecho” al aborto, a la “muerte digna” o al “matrimonio igualitario”.

Inseparable de esta estrategia es la postulación de un enemigo amenazador, omnipresente e invisible (“estructural”), con denominaciones como “machismo”, “fascismo” o “ultraderecha”, que pretende hacer retroceder a la sociedad a tiempos oscuros, más o menos legendarios, donde las mujeres tendrían prohibida cualquier actividad fuera de las labores domésticas y reproductivas, y las personas homosexuales sufrirían persecuciones y humillaciones sin cuento. No debería sorprender lo más mínimo que quienes se erigen en defensores de las mujeres y el movimiento LGTB sean habitualmente los mismos que ven con buenos ojos la llegada masiva de inmigrantes musulmanes, cuyas sociedades de origen son, evidentemente, mucho menos respetuosas de la igualdad y la libertad sexual que la europea. En la medida en que esto conduce a un aumento de agresiones sexuales y conductas discriminatorias, y siempre con la entusiasta colaboración periodística, estos fenómenos, traducidos a estadísticas fácilmente manipulables, se cargan en las cuentas del neomachismo y el neofascismo rampantes. Lo cual, por supuesto, justifica nuevas vueltas de tuerca en la limitación de la libertad de pensamiento.

Así es como intentan darnos el Gran Cambiazo. En tiempos feudales era libertad a cambio de seguridad. Hoy es libertad a cambio de nuevos derechos y “empoderamiento”. La diferencia es que ahora el poder político, en las sociedades desarrolladas, recurre mucho menos a la coacción física, y prácticamente ha eliminado todas las formas de tratos crueles y degradantes. En esto hemos ganado, sin duda. En contrapartida (¡nada es gratis!), se pretende que renunciemos insensiblemente a la propia libertad interior, a la capacidad de pensar por nuestra cuenta, sin la cual no hay libertad de ninguna clase. No es una afirmación abstracta. Basta ver durante unos minutos cualquier informativo televisivo, en cualquier cadena, para comprobar que el objetivo de transmitir una información para que la audiencia saque sus conclusiones ha quedado totalmente desplazado por la oferta de unas conclusiones precocinadas, hábilmente vendidas con técnicas emocionales y listas para su consumo sin el menor esfuerzo intelectual. Este es el panorama, y no podemos endulzarlo sin autoengañarnos.

La realidad o el consenso

Hoy, como siempre, la auténtica disyuntiva es la realidad o el consenso. Lo real es lo que es, independientemente de que nos guste más o menos. A veces puede cambiarse, pero incluso en este caso, solo es posible desde las reglas de la propia realidad. Es decir, siempre hay algo dado, algo previo que tenemos que asumir, que debemos aceptar, sea para preservarlo tal cual o para intentar modificarlo. En cambio, el consenso es un acuerdo entre diferentes individuos, que puede partir de lo real o no. Lo segundo es más habitual de lo que se cree. Pues el consenso, al contrario que la realidad, se puede fabricar, puede ser creado por el hombre, hasta cierto punto, sin condiciones previas, sin atenerse a lo que realmente hay. Basta con influir en los demás para que piensen como yo quiero que piensen. Paradójicamente, esto con frecuencia pasa por hacerles creer que ya existe un consenso, y que si no lo aceptan quedarán marginados, señalados como los raros de la tribu, como el tonto del pueblo. El consenso nace en este caso, como digo muy habitual, de la ilusión del consenso. O dicho de otro modo, se convierte en verdadero consenso lo que antes era un falso consenso, lo que no significa que su contenido pase a ser verdad. Aunque mucha gente, incluso la mayoría, crea que la proposición P es cierta, eso no es una prueba de su certeza. De hecho la historia es una sucesión de proposiciones que, pese a contar durante siglos o milenios con la aprobación de casi todo el mundo, se han revelado erróneas.

Los partidarios del consenso poseen un arma nada secreta, pero no por ello menos poderosa: las dudas escépticas y relativistas sobre la verdad. Los escolásticos, siguiendo a Aristóteles, definían la verdad como la adaequatio rei et intellectus, la correspondencia entre la cosa y la mente. Esta definición siempre ha sido problemática, porque sólo la mente puede decidir si se ajusta a la realidad, lo que la convierte en juez y parte, o nos lleva a una regresión infinita. Por otra parte, la mente es cambiante, tanto en el tiempo (cambiamos de opinión, aprendemos, etc.) como en el espacio (no hay dos personas que piensen igual en todo). Los antiguos griegos identificaban la verdad con lo permanente y eterno, en contraposición a lo mudable y temporal, que reputaban por eso mismo ilusorio. Pero esto no es más que otra forma de plantear el problema en toda su radicalidad. La prueba es que proliferaron las concepciones filosóficas que diferían acerca de qué era lo realmente permanente, en qué consistía el principio primordial (arjé) en el cual se basa todo.

Occidente, dos mil quinientos años después, sigue debatiendo sobre las mismas cuestiones que nuestros antepasados griegos, a menudo con otros términos, que a veces oscurecen más que aclaran. Pero los amigos del consenso quieren hacernos creer que el debate sobre la verdad ya estaría superado. Que como es imposible alcanzar la certeza sobre nada, a lo único que podemos aspirar es a ponernos de acuerdo, a forjar consensos sobre cada tema. Sin embargo, esta es una falsa solución, o más propiamente un escaqueo del problema. ¿Cómo puede nacer el acuerdo si no es, al menos provisionalmente, desde la realidad, desde los hechos, desde lo objetivo? Quien trata de eludir esto, normalmente partiendo de la subjetividad, de los sentimientos, de las buenas intenciones, sencillamente está haciendo trampa, y además una trampa peligrosa. Porque implícitamente transmite el mensaje de que quien no sienta como yo es un ser malvado, malintencionado. El que piensa diferente es racista, machista, homófobo… Les sonará.

Nuestro tiempo sigue bajo el signo de Nietzsche, muerto en 1900, el último año del siglo XIX. Para el filósofo alemán, solo es verdadero lo que contribuye a fomentar la vida de la especie. Curiosamente, se trata de una de las ideas que más han contribuido a fomentar la muerte de millones de seres humanos, sea en su formulación historicista o más crudamente biologicista. Y tal concepción está en la base de la concepción de la verdad por consenso: en lugar de una verdad ontológica, que existe independientemente del hombre, se propugna una verdad utilitaria, al servicio del hombre. Pero para determinar que algo realmente nos beneficia, debemos en algún momento acceder a lo real: de lo contrario hay que elaborar un consenso acerca de lo que debe entenderse por consenso, y así en un bucle sin principio ni fin, que tarde o temprano se zanja con la ley del más fuerte, como decía Sócrates. O como se dice ahora, de quien controle los medios de comunicación y la enseñanza.

Sin embargo, Occidente no se fundó sólo en las concepciones griegas sobre la verdad. La otra raíz de nuestra civilización es el judeocristianismo. El concepto de verdad hebreo difería del griego, aunque en modo alguno sean antitéticos. Al contrario, lo mejor de nuestra cultura se erige sobre la fértil conjugación de ambos. Mientras para el griego la verdad (aletheia) se identifica con la realidad frente a lo aparente, para el judío la verdad (‘emunah) equivale a confianza, a fidelidad. Como explica Ferrater Mora: “Verdadero es, pues, para el hebreo lo que es fiel, lo que cumple o cumplirá su promesa, y por eso Dios es lo único verdadero, porque es lo único realmente fiel.” La única manera de escapar a las antinomias escépticas sobre la verdad, una y otra vez se termina descubriendo que es hacer un acto de fe, un voto de confianza. Ya Descartes, en los orígenes de la modernidad, encuentra en la idea de Dios la única escapatoria del solipsismo radical al que lo abocaba el “je pense doncs je suis” como la primera certeza evidente. O Dios o la subjetividad elevada a absoluto.

Todos los intentos de esquivar y desacreditar esta conclusión, que obviamente choca de frente contra el anticristianismo más menos descarnado de la posmodernidad que nos hemos dado, nos conducen a la falsa solución del consenso, es decir, a excluir a quienes no piensen igual que el grupo detentador del consenso. Bienvenidos sean quienes vengan a desenmascarar falsos consensos, a los excluyentes disfrazados de inclusivos, a los autoritarios disfrazados de rebeldes, a los odiadores disfrazados de solidarios, a los que se mofan de toda verdad metafísica para imponer sus mentiras. Bienvenidos, ya me entendéis, quienes han venido a arrancarles sus caretas progresistas y centristas.

Las supersticiones ideológicas de hoy

Superstición. 1. Creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón.

2. Fe desmedida o valoración excesiva respecto de algo. Superstición de la ciencia.

(Diccionario de la RAE)

Los hombres cambian menos de ideas que las ideas de disfraz.

En el decurso de los siglos las mismas voces dialogan.

(Nicolás Gómez Dávila)

La superstición, al contrario de como suele entenderse en esta época descreída, es algo completamente distinto de la religión, por no decir opuesto. La superstición es la creencia en la magia, es decir, en la posibilidad de controlar la realidad, en mayor o menor grado, mediante un conocimiento esotérico o gnóstico. La religión no pretende ejercer ningún dominio de la realidad, sino que nos pone en contacto con un ente superior, que propiamente nos exime o libera de cualquier necesidad o ilusión de control. La magia trata de hacernos señores del mundo, mientras que la religión nos reconcilia con él, al proporcionarnos un acceso a su fundamento último.

Por otro lado, la magia se distingue de la ciencia, no tanto porque sus métodos sean mucho menos eficaces (eso es una consecuencia de algo previo), sino porque la segunda busca la verdad por la verdad misma. La eficacia práctica de la ciencia, que se ha demostrado espectacularmente a partir de la revolución industrial, viene como si dijéramos por añadidura, porque hombres que, con frecuencia, en lo último que pensaban era en la aplicación de sus teoremas, indagaciones y experimentos, y precisamente debido a ese amor desinteresado por la verdad, llegaron a desentrañar muchos secretos de la naturaleza con mucho más acierto que cualesquiera magos, alquimistas, adivinadores y curanderos.

Estas distinciones no son óbice para reconocer que la superstición casi siempre se inspira en la religión o en la ciencia. O mejor dicho, en formas degradadas o vulgarizadas de ambas. Los límites entre cierta praxis religiosa desviada, que confunde ritos y plegarias con mecanismos mágicos para obtener cosas concretas, a veces resultan borrosos. Asimismo, ciertos discursos sobre el medio ambiente, sobre la salud o la nutrición, bajo su terminología científica o seudocientífica, con frecuencia no esconden más que un interés político y comercial, que se aprovecha de la innata tendencia supersticiosa del ser humano.

Esa tendencia innata es la que explica que la época moderna, ufanamente convencida de haber relegado el pensamiento mágico a una presencia residual, sea tan supersticiosa como cualquier tiempo pasado. Lo que quizás distingue a la modernidad es el predominio de un tipo particular de superstición, más comúnmente llamada ideología, especialmente interesada por obtener el control del ser humano y la sociedad. Las principales ideologías de los dos últimos siglos revelan su carácter profundamente supersticioso en una serie de rasgos, que enumero:

  1. Gnosticismo: Se creen en posesión de la clave que explica la historia humana y en particular el presente.
  2. Chivo expiatorio: Culpan de todos los males a un grupo humano concreto, al que acusan de dominar el mundo o aspirar a hacerlo.
  3. Paranoia: Ven en todas partes la acción de ese chivo expiatorio, y están ciegos a ejemplos en contra.
  4. Histeria colectiva: Tienden a escenificaciones y ritualizaciones de indignación, a veces violentas, que desempeñan una función de autoconvencimiento y de intimidación de quienes no comparten su fanatismo, para que como mínimo finjan adhesión.
  5. Milenarismo: creen que puede y debe librarse un combate final entre el Bien y el Mal, en que uno de los dos acabará derrotado definitivamente.
  6. Irrefutabilidad: Consideran cualquier crítica como proveniente de los propios agentes del Mal, o influida por ellos. Más aún: la existencia de las críticas prueba que la superstición es cierta, pues el mal se revuelve contra quienes lo combaten.

Basta considerar estos rasgos para pensar inevitablemente en el antisemitismo; no en vano se trata de la primera gran superstición política moderna. Como sucede con muchas supersticiones, su origen se encuentra en una religiosidad heterodoxa o deficitaria. Pero en su forma moderna, se basó en el racismo seudocientífico y sobre todo quedó indisolublemente ligada al mito de la conspiración judía mundial, como demuestra Norman Cohn en su obra ya clásica sobre el tema. Este mito nació como una reacción a la Revolución francesa, convirtiéndose luego en una plantilla que sirvió lo mismo para cuestionar el capitalismo y el liberalismo que el comunismo, a los que se acusaba de ser instrumentos de dominación del judaísmo. Aunque las supersticiones en general son inasequibles a la argumentación racional y la experiencia, puede decirse que el antisemitismo quedó herido de muerte a causa de su siniestro éxito, al desembocar en el Holocausto. Desde 1945, pese a que está lejos de desaparecer, en su forma más obvia se encuentra completamente desacreditado, y fuera de círculos de lunáticos y de neonazis nadie lo defiende hoy.

No es de extrañar que las supersticiones que han tomado el relevo sean hoy de carácter liberal y de izquierdas, y por tanto aparentemente antitéticas del antisemitismo, que en gran medida surgió como una reacción antimoderna. El comunismo aprovechó la derrota del nazismo y la victoria de la URSS en la Segunda Guerra Mundial para, a través de su influencia en la intelectualidad y el periodismo, consolidar el mito antifascista, que consiste en restringir el totalitarismo a su variante fascista y asociar impúdicamente comunismo con democracia y progresismo. Esto permitió que la superstición anticapitalista, prima hermana del antisemitismo (no por casualidad la comparten la extrema izquierda y la extrema derecha), siguiera viva hasta finales del siglo XX. Pero tras la caída del Muro de Berlín, sin que el trasfondo anticapitalista haya desaparecido, el pensamiento mágico dominante gira en torno a las ideas de raza (sí, otra vez) y de género, ambas sintetizadas en el concepto de diversidad.

Lo que hoy se llama antirracismo no es más que una forma de racismo contra los blancos, término acientífico que designa a los europeos y los americanos descendientes de europeos. Todos los rasgos antes citados, que valen para el antisemitismo, se aplican también al antirracismo. En toda disparidad entre razas, real o imaginaria, así como en cualquier crítica razonable a la inmigración ilegal no se ve más que racismo de los blancos, en especial contra africanos y descendientes de africanos, como una expresión de su dominio mundial. Incluso a las pocas horas de un atentado islamista, la mayor preocupación de las autoridades parece ser la islamofobia (término fantasmagóricamente impreciso) que podría provocar, como si esa fuera la única y verdadera amenaza. Otro tanto podemos decir de la superstición del género. Esta sostiene que los hombres heterosexuales oprimen a las mujeres y a los llamados colectivos LGTB, y explica toda la historia, como mínimo de los últimos dos mil años, a partir de esta clave. El patriarcado tiene la culpa de casi todos los males, y en particular de que el sexo femenino no haya brillado tanto en determinadas actividades. El machismo está en todo, desde la menor presencia de mujeres en puestos directivos (aunque la mayoría de hombres tampoco sean jefes ni altos cargos) hasta la violencia de pareja, incluso la psicológica, como si ellas fueran seres angélicos, incapaces de cualquier ofensa. Por supuesto, no se tiene en cuenta la mayor mortalidad masculina, la mucho mayor tasa de suicidios, ni el número claramente superior de hombres sin techo o en la cárcel. Toda superstición es ciega ante los contraejemplos y desdeña las explicaciones alternativas. Y criticarla es la mayor prueba de que es cierta. Las críticas al feminismo radical no demuestran otra cosa sino que el machismo resurge, de que los hombres dominan el mundo y no están dispuestos a ceder su poder.

La diferencia principal entre el antisemitismo y la superstición de la diversidad es, por supuesto, que ésta no ha llevado a la persecución cruenta de los varones blancos heterosexuales, como culpables de casi todos los males, ni nada indica que algo semejante pueda llegar a producirse, por múltiples razones. Entre éstas, que los hombres blancos heterosexuales no son una minoría como lo eran los judíos europeos.

Sin embargo, la superstición de la diversidad tiene dos consecuencias sumamente graves. La primera es que, con una justificación feminista, el aborto ha sido legalizado en la mayoría de países. Esto significa millones de seres humanos asesinados durante su periodo de gestación, muchos de ellos cuando su corazón ya latía, los demás cuando faltaban pocas semanas o días para que lo hiciera. No sería adecuado llamarlo holocausto, porque no es un crimen deliberado y perpetrado por una sola organización o régimen, ni realizado contra un grupo humano determinado, pero guarda una semejanza, aparte del número: se justifica negando el carácter humano de las víctimas.

La segunda consecuencia de la superstición de la diversidad es que tiende a socavar el Estado de derecho, al provocar un clima de terror, que justifica juicios paralelos o adulterados y legislaciones inconstitucionales, en gran medida para adaptarse a decisiones supranacionales sin legitimidad democrática alguna, pero que los propios tribunales constitucionales no se atreven con frecuencia a objetar. Por no hablar de restricciones o desnaturalizaciones de derechos básicos como la libertad de educación, la religiosa o la de expresión. Parece que todo vale con tal de combatir los monstruos del machismo o del racismo que supuestamente rigen el mundo.

La superstición, no nos engañemos, acompañará siempre al ser humano. Su tendencia a la idolatría, particularmente a creer en entes malignos más o menos invisibles (estructurales, se llaman ahora) a los que se atribuyen todos los males, se muestra ahora igual que hace miles de años. E igual que entonces, será ineludible seguir defendiendo la verdad, lejos de todo pensamiento mágico.

Cambiar el mundo o yo

Hay dos clases de personas, las que quieren mejorar el mundo y las que quieren mejorarse a sí mismas. Tal vez mejorarse a uno mismo no pretenda otra cosa que mejorar el mundo: “Si todos hicieran como yo…” Pero en cualquier caso, hablemos de pequeños gestos o grandes gestas, sigue habiendo una diferencia radical entre quienes tratan, ante todo, de cambiar a los otros, y quienes piensan primordialmente en cambiar ellos mismos.

El caso paradigmático del primer tipo de personas, los mejoradores exteriores, es el progresista, lo que los anglosajones llaman últimamente woke. La persona concienciada, comprometida en la lucha contra los que, según ella, son los grandes males del mundo: el racismo, el machismo, la contaminación ambiental, etc. El paradigma del segundo tipo humano, los mejoradores interiores, sería el monje contemplativo que se retira del mundo para tratar de encontrar a Dios dentro de sí, desprendiéndose de todo lo superfluo.

Estos paradigmas aún no son las dos posiciones más extremas que cabe imaginar. La forma extrema de mejoramiento exterior es el terrorista, aunque suene paradójico. Porque sí, el que asesina o destruye por ideas políticas o religiosas, cree estar actuando para que el mundo se conforme con su idea de cómo debería ser; es decir, para hacerlo mejor, por lunática que nos parezca su visión de lo que más conviene al género humano. La antítesis del terrorista serían quizás esos monjes budistas que filtran incluso el agua que beben, para no matar las minúsculas formas de vida que pudiera haber en ella. Respetan a todo ser vivo, por insignificante que sea.

A primera vista, el cristiano, sea religioso o laico, no llega a tal extremo, e incluso parece encontrarse a medio camino entre las dos actitudes, la exterior y la interior. Aunque inicialmente su esfuerzo se encamine a mejorarse a sí mismo (a salvarse), es impropio de él que se desentienda del mundo. Más bien al contrario, Jesús encargó a sus discípulos la misión de predicar el evangelio por toda la tierra, de convertir a todas las naciones. La oración más importante del cristiano, el Padrenuestro, no se expresa en singular, como una plegaria individual, sino en plural. “Venga a nosotros tu reino.” Es un ruego colectivo, de toda la Iglesia, que significa asamblea, reunión.

Sin embargo, al mismo tiempo es innegable que en el cristianismo el cambio en sentido estricto es interior; es un estado del alma, aunque lleve necesariamente a determinados cambios en el exterior. El reino de Dios no es una organización política, sino la expresión de la comunión con Cristo y con todos los miembros de la Iglesia. Esto no significa que sólo exista en un más allá, al que accedemos tras la muerte, pero sí que su manifestación en el mundo visible es, por encima de cualquier otra cosa, de orden espiritual. Intentar establecer o cambiar estructuras sociopolíticas, incluso cuando pudiera parecer un empeño acorde con el evangelio, sobrepasa propiamente el marco cristiano, y raro es cuando el cristianismo y la política no chocan o se relacionan problemáticamente.

Bien es verdad que el hombre exterior, la persona comprometida con el cambio social, empieza siempre por promover un cambio de mentalidad. Hoy es un lugar común casi indiscutido que el secreto para conseguir una sociedad más justa, igualitaria y libre es una educación que enseñe a pensar sin prejuicios y sin tabúes, que más que transmitir unos contenidos doctrinales, permita a niños y jóvenes razonar por sí mismos, ser creativos y espontáneos. Pero el cristianismo, aunque otorgue un importante papel a la educación, inspirando la creación de escuelas y universidades, tiene sobre ella una idea completamente distinta de la ilustración. Los hombres no hacen ni padecen el mal por culpa de una sociedad patriarcal, racista o capitalista, que podamos reformar mediante la enseñanza u otros medios, sino porque se apartaron originalmente de Dios y precisan de su gracia para liberarse del pecado. El mal existente en el mundo no procede de una errónea organización sociopolítica y económica que fuera responsable de pervertir una naturaleza humana prístinamente buena. En todo caso, la relación causal sería a la inversa. El mal en estado puro, por así decir, no se debe a una inocente ignorancia, ni a unas estructuras que la preservan en su beneficio, sino que se origina en la voluntad humana. Más concretamente, en la voluntad que reniega de haber sido creada por Dios, y aspira a ser un dios para sí misma. Y esto significa que, en la medida que olvidamos nuestra filiación divina o la entendemos como una servidumbre, todos somos pecadores; no solo los ricos, los hombres, o los blancos, tal como proclama el actual identitarismo político.

El contraste entre la visión del hombre exterior y el interior se revela quizás de modo más claro en sus respectivas visiones del fin al que tiende la historia. Suele decirse que mientras el primero anhela un paraíso terrenal, una sociedad sin clases y sin conflictos donde el proceso humanizador alcanza su fase superior, el hombre interior, al menos en su variante cristiana, pone su esperanza en una consumación sobrenatural de la historia, que trasciende el mundo físico. Pero esta conceptualización es insuficiente e incluso, hasta cierto punto, desorientadora. En primer lugar, el cristianismo predica la resurrección de la carne y la renovación de la creación tras el Juicio Final: el paraíso que promete no es inmaterial, pues incluye la corporeidad dentro de su escatología. Esto contrasta con el sueño transhumanista, que confía en abolir la enfermedad, la vejez y la propia muerte, liberando al hombre de toda atadura material mediante la tecnología. Independientemente de que sean factibles o no, estas especulaciones no proceden de la literatura de ciencia-ficción, sino que se encuentran latentes en el utopismo socialista, y particularmente en la concepción marxista de las condiciones económicas, generalizables a toda condición material.

El transhumanismo prácticamente ve el mundo físico como una cárcel de la que hay que liberarse, y en este sentido es la enésima reedición del gnosticismo dualista, que abominaba de la materia, y que fue firmemente combatido por la Iglesia de los primeros siglos. Y es que la desmaterialización del mundo no es más que la pretensión de remodelarlo o, mejor dicho, recrearlo por completo a la medida del hombre, como si se le pudiera enmendar la plana al Creador, reduciéndolo a mero demiurgo. El progresismo y su última fase, el transhumanismo, son las ideologías propias de la voluntad autodeificadora, aquel pecado original relatado alegóricamente en el libro del Génesis.

Quienes pretenden ante todo cambiar el mundo, de hecho aspiran a plegarlo a sus despóticos deseos. Mientras que quienes parten del cambio interior no toman como referencia su subjetividad, sino que, muy al contrario, desean someterla a un principio superior. De otro modo no pensarían que deben cambiar, evidentemente. Ahora bien, tanto si a ese principio lo llamamos Dios como de otro modo, la crítica que suele hacérsele es que se trata de una norma o un ser imaginario, una proyección del propio ser humano. Ese trascender la propia subjetividad no sería más que una ficción. El hombre nunca sale de sí mismo, no se encuentra más que a sí mismo. Los exteriores ven al hombre como el único ser de referencia, como la medida de todas las cosas. Y por ello mismo lo imaginan y lo quieren liberado de todo prejuicio heterónomo, de todo condicionamiento y limitación. Es decir, como una pura libertad de ser lo que quiera ser. Sin embargo, tal cosa ¿qué es, sino la nada? En efecto, si no hay ningún contenido, ninguna condición siquiera corporal (piénsese en el transexualismo) que me constriña, que me defina, ¿qué soy yo, más que la mera posibilidad de ser algo? Si todo puedo y debo elegirlo, si no puedo asumir nada previamente dado, porque ya sería una imposición, en lugar de mi absoluta y pura elección, ¿qué soy yo, qué queda de mí?

En última instancia, el sueño de cambiar el mundo se revela quimérico por puramente contradictorio: un ser que se construye, que se crea a sí mismo. Frente a esto, plantear la existencia de un ser increado e infinito como origen de todo lo creado, y por tanto como su finalidad trascendente, lejos de ser una fantasía arbitraria, se aparece como la única forma intelectualmente radical de escapar al absurdo de un ser autocreador, cerrado en sí mismo. Se trataría no de cambiar la realidad para convertirla en nosotros, en un bucle vacío de sentido, sino de ser lo que somos, de aceptar la realidad en el sentido más profundo, que no tiene nada que ver con ninguna especie de conformismo, sino por el contrario con trascendernos hacia lo absoluto, hacia el Ser del que procede todo ser. Sólo saliendo de nosotros mismos podemos encontrarnos, podemos hallar el significado de lo que somos.

Si por un momento pudo parecer que quien desea mejorar el mundo es el altruista, frente al aparente egoísmo de quien quiere sólo mejorarse él, resulta que es al revés. Es el primero quien, al querer construir un mundo a su medida, no hace más que buscar su reflejo, como Narciso. Es él quien al reclutar sin descanso nuevas víctimas de quienes compadecerse, a las que salvar, no hace más que recrearse en sus propios sentimientos y gustarse a sí mismo. Mientras, quien quiere mejorarse no tiene de sí mismo, ni mucho menos, una idea tan halagadora, y por ello quiere precisamente salir de sí; lo que sólo puede alcanzar si deposita toda su confianza en el único Ser que está completamente libre de cualquier defecto o egoísmo. Mientras el hombre exterior trata de controlar y manipular, tanto a las cosas como a sus semejantes, el hombre interior intenta (lo que ya es mucho) regirse por el amor y el respeto. Es decir, acepta la realidad y a los otros como son y no trata de violentarlos para que sean como cree que deben ser, ni aún por su bien, o por la idea que pueda haberse hecho de lo que es su bien.

El hombre exterior y el hombre interior no se corresponden exactamente con ninguna ideología, por más que el primero tienda a adoptar ideas progresistas y de izquierdas, mientras que el segundo se incline hacia el conservadurismo. Pues todos caemos en un momento u otro en la tentación del hombre exterior; nadie se libra, en algún grado, de querer cambiar a los demás, o por lo menos de imponerles lo que cree que es mejor para ellos, frecuentemente en nombre del bien común o de la mayoría. Sin embargo, sí podemos ser conscientes de esta inclinación inherente a la condición humana: esa es la verdadera diferencia entre una clase de personas y la otra. Entre quienes se creen moralmente superiores y quienes no albergan tan elevado concepto de sí mismos.

Por qué matar está mal

El argumento primigenio de los abortistas es que los provida tratamos de imponer nuestras creencias a toda la sociedad. Si no quieres abortar, nadie te obliga. Pero deja que las demás mujeres decidan sobre su propio cuerpo. La falacia de este argumento es obvia: no estamos hablando de “mi propio cuerpo”, sino de un ser humano en gestación, que merece la misma protección que cualquier otra persona, sea cual sea su grado de autonomía, capacidad física e intelectual o estado de salud. Llegados a este punto, y se llega enseguida, porque es muy fácil de entender, el abortista se escabulle de dos maneras: una es con la retórica nazistoide del “amasijo de células”, por la cual se niega el carácter humano del nonato. La otra es con la retórica sentimentaloide de las mujeres violadas, o sumidas en la miseria, a las cuales los insensibles y fanáticos provida obligamos a arriesgar sus vidas arrojándolas a siniestros abortorios clandestinos, a lo que sumamos la amenaza de meterlas en la cárcel. Básicamente, se trata de invertir emocionalmente la culpa, volviéndola desde quien defiende matar a quien defiende la vida.

En resumidas cuentas, las razones en contra del aborto son las mismas que existen contra el homicidio y el asesinato. Cualquier civilización que se precie debe intentar reducirlos al máximo, sin duda mediante el sistema judicial, pero antes de ello, asegurándose de transmitir eficazmente el legado espiritual en que se basa el propio rechazo del atentado contra la vida humana. Que es por cierto lo contrario de lo que estamos haciendo en Occidente desde hace medio siglo con el aborto, al haberlo convertido en un falso derecho humano.

Pero dicho esto que parece tan obvio, nos hemos dejado atrás el crucial debate sobre el carácter de ese legado espiritual, o lo que es lo mismo, el fundamento último de la defensa de la vida. Para mí es evidente su origen religioso. Otros en cambio sostienen que se puede argumentar racionalmente que matar está mal. Creo que ambos tienen razón, y no pretendo con ello adoptar una posición equidistante. Lo que digo, desde mis convicciones católicas, es que el quinto mandamiento es a la vez mandato divino y de la razón, es decir, que no hay oposición entre ambas cosas en última instancia, porque Dios es al mismo tiempo razón y amor. Somos racionales, y tenemos capacidad de amar, porque estamos hechos a imagen y semejanza del Creador, como nos dice la Biblia en su primer libro. Aunque muchos provida no creen en ninguna religión positiva, su idea de que la vida es sagrada, de que no depende de una convención humana, es en nuestra cultura de origen judeocristiano, lo admitan o no. Sólo desde una metafísica no materialista, que considera al hombre como algo más que un animal, es decir, como el reflejo creado de un principio personal absoluto, puede defenderse radicalmente la vida.

Nota: El diagrama trata de expresar intuitivamente las relaciones entre fe y razón, y también el papel de la experiencia en relación a la defensa de la vida.

Una sola lucha

Hace un tiempo, hablando con un familiar, que vota a Vox sobre todo por su combativa postura frente a la inmigración ilegal y a favor de la unidad de España, me confesó que no compartía, en cambio, la posición de este partido sobre el aborto. Su argumento fue el sobado topicazo de que no podemos obligar a la víctima de una violación a tener un hijo fruto de ese crimen. Lo fácil es replicar que Vox no sostiene tal cosa, pero yo aquí entro siempre al trapo y hablo como particular, no como afiliado que soy del partido presidido por Santiago Abascal. Matar a un inocente no borra el modo criminal en que ha sido concebido. En realidad, lo que oculta pérfidamente el sofisma emocional de la violación es que una mujer tiene derecho a abortar un hijo no deseado, venga por causa de una agresión o de sexo consentido, como es probablemente el caso del 99,9 % de los embarazos. Pero además hay una incongruencia enorme en estar contra la inmigración ilegal (o sea, masiva) y al mismo tiempo a favor del aborto. Involuntariamente ha contribuido a ponerla de relieve Pedro Sánchez, cuando el otro día presentó su Agenda 2050, una especie de plan quinquenal que reedita el objetivo del paraíso socialista pintándolo como el paraíso de la diversidad descarbonizada, o algo así. Allí propuso que para paliar el invierno demográfico, España acoja 250.000 inmigrantes al año, más de siete millones hasta mediados de siglo. Ni aún así saldrían los números; se necesitarían decenas de millones, dada la baja cualificación de la mano de obra procedente de África. Pero le salió una réplica inesperada, y más seria, en boca de la joven escritora Ana Iris Simón, la cual se puso sin complejos del lado de la natalidad, con medidas para incentivarla que ahora no es el momento de discutir. Lo importante de su discurso fue que se negó a aceptar como una fatalidad que los españoles ya no tengamos hijos. Ahora bien, remontar nuestra baja fecundidad es algo que requiere un cambio drástico de paradigma cultural: dejar de mitificar una “diversidad” estéril (nunca mejor dicho) y revalorizar el amor entre hombre y mujer, a despecho de la lucha de sexos que propugna la enfermiza ideología de género. E ineludiblemente, abrir los ojos ante el crimen horrendo que nunca dejará de ser el aborto, diga lo que diga el derecho positivo, la ONU y el Sursumcorda. No son sólo 100.000 cotizantes que eliminamos cada año antes de nacer (de todos modos, el déficit a cubrir es muy superior), sino cien mil sacrilegios contra la vida y contra la maternidad. Por tolerar esto merecemos bíblicamente, como mínimo, ser invadidos por una cultura bárbara que, entre otras lindezas, considera a la mujer como un ser sometido al hombre por ley divina, y que juzga a las que no cubren su cabeza como casquivanas accesibles. Si de verdad nos repugnan las violaciones y el maltrato de mujeres, impidamos que se produzcan, empezando por defender nuestras fronteras, entre otras medidas; no queramos reparar lo irreparable cuando ya es tarde, añadiendo un crimen a otro. Inmigración ilegal, natalidad, lucha contra el aborto, y contra los que desprecian España, tanto los que vienen de fuera sin el menor ánimo de integrarse, ni el mínimo respeto a nuestras leyes y autoridades, como los separatistas y filoterroristas que desean su desintegración. Todo encaja, nada sobra, todo tiene su sentido. La lucha es una sola.