La ley KGBTI

En una vieja película de la guerra fría cuyo título lamentablemente no recuerdo[1], unos espías presionan a uno de los personajes mostrándole una filmación en la cual su joven hija es seducida por una mujer, a sueldo del servicio secreto. El padre apenas puede contener las lágrimas. En el cine más reciente (ya que no en la realidad), esta reacción de dolor sería impensable, porque la ideología progresista oficial nos enseña que la iniciación erótica temprana, tanto en la modalidad heterosexual como homosexual, es algo banal y hasta recomendable. El sentido de la vida es pasárselo bien, no importa cómo ni con quién (o con qué), con la única condición del consentimiento mutuo.

Este cambio de mentalidad es una clara victoria póstuma de la URSS en su estrategia de subversión ideológica, al menos en esa primera fase que el exagente soviético Yuri Bezmenov denominaba “desmoralización”. El objetivo era destruir los referentes religiosos, morales y nacionales de Occidente mediante la infiltración en los medios de comunicación, el sector educativo, los intelectuales y artistas, a fin de debilitar a las sociedades democráticas y, en una fase posterior, tomar el poder desde dentro para implantar regímenes comunistas.

Por supuesto, no se trataba de introducir abiertamente las ideas marxistas; esto hubiera sido demasiado burdo y evidente para ser efectivo. La estrategia consistía en cuestionar las convicciones occidentales, haciendo mella en el patriotismo mediante la difusión de sentimientos pacifistas, y minando las creencias morales y religiosas por la vía de discursos de emancipación sexual, o incluso favoreciendo las modas orientalistas.

Desaparecida la URSS, el viejo proyecto totalitario prosigue por su propia inercia, sin necesidad de recibir órdenes de ninguna potencia extranjera, aunque la extrema izquierda no desprecie la financiación procedente de Caracas, Teherán y posiblemente del Moscú poscomunista. O la  de multimillonarios como Soros. El progresismo, como nueva cara del marxismo cultural, es una ideología que extiende su influencia mucho más allá de partidos como Podemos. Prácticamente ninguna formación del arco parlamentario español escapa a ella. La prueba es su unanimidad en admitir a trámite la Ley de Igualdad LGTB, cuyo nombre completo (tomen aire si pretenden leerla en voz alta) es Proposición de Ley contra la discriminación por orientación sexual, identidad o expresión de género y características sexuales, y de igualdad social de lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, transgénero e intersexuales.

El carácter de engendro jurídico, moral y antropológico de esta ley es patente. Especialmente odiosos (por mucho que ya existan precedentes como la “ley Cifuentes” en la comunidad de Madrid) son sus previsibles efectos en los niños con problemas de identidad sexual, que en la mayoría de casos se desvanecen espontáneamente durante la pubertad, y que ahora se podrán convertir en crónicos mediante tratamientos de reasignación sexual, de más que dudosas consecuencias para su salud física y psicológica.

Pero señalar el mal no es suficiente, si queremos hacerle frente. En primer lugar, hay que notar que se trata de una propuesta de máximos, que llega hasta el extremo de instaurar un órgano administrativo censor y sancionador, sin garantías judiciales, para perseguir a cualquiera que discrepe de la ideología de género-LGTB, convertida en religión de Estado. Esto significa que cuando se modifiquen sus aspectos más claramente inconstitucionales, la ley no será mucho mejor. Las libertades de expresión, de educación y religiosa seguirán estando seriamente amenazadas aunque un procedimiento administrativo al estilo soviético sea sustituido por el calvario judicial al que se expondrá cualquiera que ose desafiar al imperio LGTB, sobre todo si en primera instancia cae en manos de un juez progre, lo que con el énfasis de la ley en la “formación”, en todos los niveles educativos y profesionales, será cada vez más inevitable.

Pero sobre todo, es preciso desactivar las falacias con las que se trata de justificar otra vuelta de tuerca más en el proyecto de ingeniería social iniciado por Zapatero, y mantenido por su sucesor Mariano Rajoy. Y la principal de todas ellas es la falacia de la homofobia. Básicamente se trata de crear una infundada alarma social provocada por una supuesta epidemia de agresiones a personas por su tendencia sexual. Para ello se cuentan como agresiones “homófobas” tanto las que realmente puedan serlo como muchas otras que ni tienen como móvil ninguna forma de odio o desprecio a la homosexualidad, o ni siquiera son realmente agresiones. La cuestión es inflar por todos los medios las estadísticas, a fin de demostrar que existe una minoría perseguida y maltratada, a la cual es necesario proteger mediante leyes especiales.

Pero lo perverso del concepto de homofobia no estriba tanto en su capacidad para crear una fantasmal alarma social como en su poder estigmatizador. Se mete en el mismo saco tanto a un neonazi que agrede físicamente a un homosexual como al padre que desea elegir la educación que reciben sus hijos, el funcionario o el empresario cuyas creencias religiosas les impiden colaborar en una boda homosexual o el propio sacerdote que se mantiene fiel al catecismo católico. Y no está de más recordar lo que en él se dice: que las personas homosexuales deben ser acogidas “con respeto, compasión y delicadeza”, evitándose “todo signo de discriminación injusta”, pero sin por ello dejar de considerar los actos homosexuales como “contrarios a la ley natural” y recomendar la castidad a quienes experimentan tales tendencias.

La artimaña de igualar moralmente a ese padre, ese funcionario, ese empresario o ese sacerdote a un cabeza rapada es burda pero terriblemente efectiva e intimidatoria. Resulta oportuno observar su exacta coincidencia con el procedimiento utilizado por el feminismo de género, a fin de crear una fantasmal amenaza machista. En primer lugar, se conceptúa a priori como “violencia de género” toda agresión de un hombre hacia una pareja o expareja femenina (nunca al revés, como si no existieran hombres agredidos por mujeres), sin necesidad de ninguna investigación de las causas concretas en cada caso, a pesar de que delitos motivados por celos y otros conflictos de convivencia se dan en todo tipo de relaciones, incluidas las parejas de gais y lesbianas. En segundo lugar, las cifras de maltrato se engordan también con el consabido recurso a la violencia “psicológica”, difícil de distinguir de la percepción subjetiva. Por último –y esto es decisivo– se asimila también como “machismo” cualquier mera disención intelectual de todo este montaje ideológico, como lo son estas mismas líneas.

El objetivo principal, insisto, no es meramente amañar estadísticas, sino asimilar al disidente de la ideología de género con la persona violenta, con el rufián que pega a las mujeres o el degenerado que disfruta vejando a homosexuales. Resulta muy difícil zafarse de una treta dialéctica tan sucia, por simple que parezca cuando se expone su mecanismo. El precedente de este uso de términos intimidatorios se halla en la palabra fascista, con la cual los socialistas vienen justificando su ejercicio de la violencia política y el terror desde Lenin hasta Maduro. Estamos viendo estos días el tratamiento que toda la prensa da al partido Alternativa por Alemania, sistemáticamente calificado como “ultraderechista”, con las connotaciones que ello supone, especialmente en el país germánico. Discrepar de la política migratoria de Angela Merkel y mostrar preocupación por el avance del islamismo es recibido asociando a quien expresa tales inquietudes con Hitler. Lo cual no es más que una forma de criminalizar toda opción política que desafíe a la corrección política.

La finalidad de dirigir calificativos como ultraderechista, machista u homófobo a simples disidentes de la ideología progresista no puede ser más evidente: atizar el odio contra ellos para excluirlos de la vida pública. Aquellos que tanto claman contra los “discursos de odio” son en realidad los verdaderos fabricantes de odio; y todos sabemos a qué atrocidades conduce esta emoción en política.

[1] Artículo editado. En la primera versión atribuía erróneamente al KGB lo que en la película (identificada por un gentil lector en su comentario) era una turbia actuación del servicio secreto norteamericano.

 

 

 

 

 

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El truco separatista

La estratagema del separatismo es muy burda. Plantea un referéndum de independencia de manera que si el Estado admitiera su celebración, estaría reconociendo implícitamente la soberanía del pueblo catalán. El resultado sería entonces lo de menos, porque un pueblo soberano puede votar en principio todas las veces que fueran necesarias hasta conseguir la independencia. Como lógicamente el gobierno se opone a tal cosa (de entrada incompatible con la Constitución) los separatistas le acusan de ser enemigo de la democracia, de tener miedo a que los catalanes voten libremente. Así, el debate sobre quién debe ser sujeto de soberanía (los ciudadanos españoles en su conjunto, los catalanes, los tarraconenses o los araneses) queda encubierto o desfigurado por un debate tramposo sobre la democracia.

Podría pensarse que la simpleza de la argumentación separatista no está reñida con su efectividad, sino más bien al contrario. Nada es más poderoso que una idea simple (¡queremos votar!) y no digamos ya si para divulgarla se cuenta con varios canales de televisión públicos y con un sistema de enseñanza que ha podido adoctrinar a placer a dos generaciones de catalanes, o que al menos lo ha intentado. La noche que en el parlamento catalán se aprobaba la ley del referéndum, puede que miles de espectadores habituales de TV3 le fueran infieles por un par de horas, para ver por enésima vez Pretty woman, que emitían en Tele5. Y es que probablemente sólo hay algo más popular que un argumento político simplón: una película romántica estúpida.

Aún así, los separatistas se ven obligados a mentir sistemáticamente sobre la demanda popular de un referéndum. Repiten sin pudor alguno que lo apoya el 80 por ciento de los catalanes, como si los que no somos partidarios de la independencia estuviéramos también locos por votar. Pero la encuesta realizada por la propia Generalitat a principios del verano muestra que sólo el 48 % de los catalanes desea un referéndum unilateral. (Los partidarios de que Cataluña sea un estado independiente quedan en el 44 %.)

¿De dónde sacan la otra cifra? Muy fácil, sumando el 23,4 % que estaría a favor de un referéndum, pero sólo acordado con el Estado (71,4 %), e incluso las respuestas “no sabe” y “no contesta” (pues no están explícitamente en contra), con lo que se alcanza por redondeo el fabuloso 80 por ciento de apoyo del que hablan los tertulianos separatas. Pero si no nos dejamos embaucar por estas artimañas contables, el hecho es que la mayoría de catalanes (52 %) no se muestra a favor del referéndum ilegal del 1 de octubre.

Como diría un castizo: menos lobos, separatistas. Vuestros trucos son tan groseros que a pesar de vuestro poder mediático, a pesar del venenoso antiespañolismo inculcado por la mayor parte del profesorado a vuestras órdenes, durante más de tres décadas, e incluso a pesar de los persuasivos gritos y sofocos de la señora Rahola, no conseguís convencer ni siquiera al 50 por ciento de los catalanes.

Pero en una cosa hay que reconocer que habéis acertado: en la elección del momento. Posiblemente no había mejor ocasión que tener en Madrid un gobierno cuyo presidente, Mariano Rajoy Brey, es un firme partidario de la teoría de que la manera óptima de enfrentarse a un problema es dejar que se pudra lentamente, entre recurso y recurso al TC. Como si no hubiera razones más que suficientes para haber depuesto al gobierno catalán y detenido y procesado al menos a su presidente, elegido a dedo, Carles Puigdemont. Que es lo que hubiera ocurrido en Francia o en Alemania si los dirigentes de un departamento o de un Land cualesquiera hubieran anunciado una sedición.

Tampoco sería justo olvidar la colaboración inestimable de la oposición en las Cortes, compuesta por un elenco de traidores enemigos del régimen constitucional, ignorantes de la Historia metidos a teóricos risibles del nacionalismo y adeptos de ese peculiar patriotismo consistente en ir diluyendo a España en Europa, a la mayor gloria de la burocracia de Bruselas. Separatistas, si en cuestión de un mes no conseguís vuestro objetivo, olvidaos ya para siempre. ¡Nunca lo tendréis tan a huevo!

Progresismo mágico

Todos sabemos por experiencia que el debate ideológico rarísima vez sirve para acercar posiciones, no digamos ya para modificarlas radicalmente. Ello se debe a que no llegamos a determinadas conclusiones mediante argumentos, sino al revés: buscamos los argumentos que respalden conclusiones adoptadas a priori y a menudo inconscientemente.

Lo anterior no implica desdeñar la razón (puesto que a fin de cuentas, no sabemos prescindir de los argumentos), sino sólo señalar que no lo es todo, tal como resumió Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no conoce.”

Ser progresista o no serlo es una actitud ante la vida, un hecho que pertenece más a la esfera del corazón que a la razón, aunque involucre a ambos.

El progresista se sitúa ante el universo como un rebelde. No es que crea que hay que luchar contra tal o cual injusticia concreta, sino que el mundo como un todo está bajo el influjo de una Injusticia originaria, llámese el capitalismo, el patriarcado, el sistema o como se quiera.

El no progresista, al que llamaré conservador a falta de un antónimo que no suene demasiado pedante, reconoce –cómo no– la existencia de innumerables injusticias, pero no cree en la Injusticia como patrón explicativo de la realidad. El conservador no piensa que los problemas nacen siempre y globalmente de una mala organización social, sino de la propia naturaleza caída del hombre, que hace imperfecta a cualquier organización. Y por tanto mejorable, pero no de modo absoluto ni de una vez por todas.

La actitud conservadora tiene su raíz, como es evidente, en la doctrina judeocristiana del pecado original. El mundo, creado por Dios, es originalmente bueno (el Edén), pero el hombre, engañado por el demonio con la promesa de equipararse a Dios, desobedeció a su creador y así introdujo el mal en el universo. No es necesario creer en la literalidad de este relato mítico para percatarse de su hondo sentido metafísico y antropológico.

Por el contrario, el progresista niega el pecado original, al menos de manera implícita, lo que le lleva a buscar el origen del mal en el mundo, no como algo contenido en él, sino como parte de su propia estructura. Y ve la solución, exclusivamente, en la acción transformadora del hombre. Gabriel Marcel definió no sin cierta sorna el carácter esencial del progresismo:

“[La] insistencia sobre las imperfecciones del mundo está unida a la incapacidad radical de aprehender el mal en cuanto mal, el pecado en cuanto pecado. Y aquí aparece de nuevo la inteligencia técnica. El mundo es tratado como una máquina cuya disposición dejase mucho que desear; felizmente el hombre está aquí para rectificar ciertos errores, pero por desgracia el conjunto escapa por el momento a su control[1].”

Por supuesto, hay progresistas creyentes y conservadores ateos. Hay quienes viven como si Dios no existiera, aunque de algún modo crean en Él, del mismo modo que otros se conducen como si existiera efectivamente, aunque carezcan de fe. En cualquier caso, la fe y la incredulidad son posiciones irreductibles: ambas están más allá de toda demostración o refutación, aunque cada una de ellas sea capaz de aportar su propio repertorio de razones.

Para comprender cabalmente la dicotomía expuesta, además del concepto de pecado, resulta imprescindible hablar de la gracia y la redención. El hombre no podría salvarse por sí sólo, sin la intervención divina. Un conservadurismo sin la fe (que es un don de Dios) sólo puede conducir al pesismismo, a la “visión trágica” de Sowell. Se limitaría a constatar el pecado sin creer en la salvación definitiva.

Pero el progresista aún lo tiene peor: ni siquiera admite la existencia del pecado, por lo que difícilmente podrá reconocer la necesidad de la gracia divina; de ahí que termine persiguiendo meros sucedáneos terrenales, ya sea en forma de utopías o de liberaciones ilusorias.

De la palabra gracia deriva gratitud. Dar gracias significa reconocer que no nos merecemos los favores recibidos, sino que se los debemos a alguien. El agradecimiento es inseparable de un destinatario personal. Sin embargo, la poeta catalana Maria-Mercè Marçal, militante izquierdista, feminista y nacionalista, tenía por divisa los siguientes versos:

Al azar agradezco tres dones: haber nacido mujer,

de clase baja y nación oprimida.

Y el turbio azur de ser tres veces rebelde[2].

Agradecer algo al azar (es decir, a nadie) entraña una contradicción, por mucho que no se nos escape la soterrada ironía. Marçal subvierte una vieja plegaria judía, citada por Simone de Beauvoir, en la que el rabino agradecía a Dios por haberle hecho varón, judío y libre. Tales de Mileto dirigió a la Fortuna una oración análoga, felicitándose por ser hombre (no animal), varón y griego. Pero la conexión entre el azar como explicación última de la existencia y la rebeldía, no hace más que exacerbar la incongruencia con la supuesta gratitud.

Maria-Mercè Marçal no era ninguna positivista escéptica. Puede que no creyera en Dios, pero tenía gran afición por el tarot y la astrología. Ahora bien, la magia no es más que un estadio primitivo o preparatorio de la técnica, como los juegos infantiles suelen ser ensayos de los quehaceres adultos.

La inteligencia mágica y la inteligencia técnica coinciden en postular que el hombre depende exclusivamente de sus propias fuerzas y conocimientos (esotéricos o científicos) para manipular la realidad. La religión es todo lo contrario: descansa en la convicción de que no somos enteramente autosuficientes, de que en última instancia estamos en manos de Dios.

Conviene no obstante subrayar la diferencia básica entre magia y técnica. La primera, condenada insistentemente en la Biblia, apela a fuerzas irracionales en el mejor de los casos, y demoníacas en el peor. La técnica es factible gracias al carácter racional e inteligible del universo. Por eso el cristianismo, al sostener que el mundo ha sido creado por una Inteligencia infinita, fue un factor decisivo en la superación de la magia y el desarrollo de la ciencia. La revolución científica no se produjo en la Europa cristiana por casualidad.

Sin embargo, una técnica desvinculada de cualquier referencia trascendente, en última instancia sólo se distinguirá de la magia por sus resultados mucho más espectaculares, y por ello mismo rebosantes de peligros.

El progresismo es hijo de esta razón fáustica que cree arrogantemente deberse sólo a sí misma, que desconoce o desprecia su propia insuficiencia y sus límites, que hace de la voluntad política el único dios y que formula eslóganes ideológicos a modo de conjuros mágicos, con los que toda suerte de extravíos y crímenes acaban siendo fatalmente justificados. Conservador es quien ha comprendido esto y trata, al menos, de no participar de semejantes errores.

[1] Gabriel Marcel, Incredulidad y fe, Ed. Guadarrama, Madrid, 1971, pp. 30-31.

[2] Al atzar agraeixo tres dons: haver nascut dona,

de classe baixa i nació oprimida.

I el tèrbol atzur de ser tres voltes rebel.

De inquisidores y chekistas

Jesús Laínz es uno de los escritores de tendencia liberal-conservadora más lúcidos de los que tenemos el privilegio de ser contemporáneos y compatriotas. Sus artículos, certeros e iluminadores, así lo testimonian. Por si fuera poco, escribe muy bien, aunque esto no suele ser más que una consecuencia natural de la claridad de ideas. Su último artículo en Libertd Digital tampoco constituye una excepción. Sin embargo, tengo que ponerle un pero. Me refiero a la utilización de expresiones como la “Inquisición progre” (ya en el título) o incluso “Santa Inquisición Progre”.

Mi objeción no atañe a la cuestión de fondo. Estoy totalmente de acuerdo con Laínz en que los progresistas son amigos de la libertad de expresión –siempre y cuando sirva para defender ideas progresistas. Lo cual es una manera eufemística o sarcástica de decir que son declarados enemigos de ella. Tú puedes criticar y hasta zaherir del modo más grosero las creencias de los cristianos, pero ¡pobre de ti si osas criticar al islam! En este caso, pasas a ser reo de islamofobia, uno de los muchos ejemplos (y subiendo) de los llamados “delitos de odio”; categoría ideológico-jurídica parangonable, por su amenazadora vaguedad, a la de “enemigo del pueblo”, instaurada oficialmente por Lenin hace cien años.

La comparación del moderno progresismo con el comunismo soviético es absolutamente pertinente, porque en lo sustancial el primero procede de pensadores marxistas del siglo XX que trataron de hacer la revolución subvirtiendo la cultura occidental judeocristiana.

Jesús Laínz podría haberse referido perfectamente a “la Cheka progre”, pero en cambio ha optado por los trillados términos “Inquisición” e “inquisidores”. Sin duda, hay una intención irónica en ello: acusar a los enemigos del cristianismo de las mismas lacras que estos le atribuyen. Pero –y he aquí mi objeción– este procedimiento, tan común, es de muy cortos vuelos. Porque si bien es cierto que momentáneamente puede incomodar al adversario, a la larga no hace más que confirmar y reforzar la historieta ideológica de los progres, a saber: que casi todos los males vienen de la Edad Media, esto es, de la Iglesia; que luego la Ilustración consiguió arrojar un poco de luz sobre las tinieblas y, en fin, que la lucha continúa contra las acechanzas de unos pocos reaccionarios recalcitrantes.

A pesar de la patente rudeza de este relato, lo cierto es que prácticamente todos los occidentales lo tenemos grabado en nuestras almas con líneas ígneas como las del anillo del Señor Oscuro. Un Anillo para gobernarlos a todos. Nos lo dan de mamar desde la escuela hasta en las películas de Hollywood. No en vano se trata del mito fundacional de la modernidad. Incluso quienes se desmarcan de la ideología progre dominante la han interiorizado en lo esencial, apartándose de ella sólo en detalles superficiales. Y en gran medida, el éxito del relato progresista se basa en la colonización del lenguaje. Cada vez que para aludir a algo contrario a la razón o a los derechos humanos nos servimos inercialmente del vocabulario habitual (medieval, inquisitorial, fascista, etc.) contribuimos a que el progresismo siga siendo culturalmente hegemónico por mucho tiempo aún.

El relato progre consiste en una tupida trama urdida con unas pocas verdades, bastantes medias verdades y mentiras más gordas de lo que comúnmente se cree. Lo cierto es que la Inquisición no sólo perseguía delitos de herejía, sino otros que hoy siguen siendo penados por la ley, como violación, proxenetismo, contrabando o falsificación. Para ello empleaba la tortura y las condenas a muerte, sí, pero en medida significativamente menor que la mayoría de autoridades de aquellos tiempos. Algunos presos comunes llegaban a blasfemar para ser transferidos a cárceles de la Inquisición, más benignas. Y excuso decirlo, el Santo Oficio causó notablemente menos víctimas que los protestantes con sus cazas de brujas y de católicos, muchas menos que los revolucionarios franceses del siglo XVIII y muchísimas menos que los comunistas y nacionalsocialistas del XX.

No se trata en absoluto de caer en la pueril dialéctica del “y tú más”. Pero cuando la desproporción es tan escandalosa, no cabe quedar bien con todo el mundo recurriendo al trivial latiguillo de que “en todas partes cuecen habas”. No es igual ocho que ochenta, y menos si nos vamos a ochocientos u ocho mil. Según estudios rigurosos publicados hace décadas, entre los siglos XVI y XVIII fueron condenadas a muerte por el Santo Oficio cerca de 1.400 personas. Compárese esta cifra con las 120.000 víctimas de la Vendée, a manos de los jacobinos durante la Revolución Francesa, además de los 15.000 guillotinados en París. O con los 700.000 ejecutados por Stalin sólo durante el Gran Terror, en los años treinta; ya no digamos con los millones de muertos en los genocidios perpetrados por nacionalsocialistas y comunistas.

Aunque los crímenes de unos no sirven para justificar las hogueras de los otros, ni se pretenda tal cosa, la pregunta resulta inevitable: ¿Por qué seguimos recurriendo verbalmente a una institución desaparecida hace doscientos años (aunque en la práctica inoperante desde mucho antes) como emblema del Mal absoluto, cuando disponemos de ejemplos mucho más puros, notorios y cercanos en el tiempo? ¿Por qué todavía llamamos a los progres inquisidores en vez de jacobinos, chekistas o simplemente comunistas, con los que les une una filiación ideológica más o menos confesa?

Parte de la respuesta a estas preguntas la ofrece María Elvira Roca en un importante libro, publicado el año pasado, titulado Imperiofobia y leyenda negra. En esta obra apasionante se nos narra el origen de los mitos progres acerca de la Inquisición y la historia de España, fundamentalmente en la propaganda protestante, así como su transmisión acrítica hasta nuestros días, a través de la literatura, el cine y la televisión. Debemos sustraernos –aunque no es fácil– a esta influencia masiva y omnipresente, enquistada en el lenguaje cotidiano. Y precisamente por éste debemos empezar, depurándolo de expresiones que, insensiblemente, penetran la ciudadela de nuestro entendimiento y nos hacen la guerra desde dentro.

El Periódico de Cataluña o la conjura de los progres

El Periódico, al menos en su edición catalana, es un diario tan chillonamente progre que a veces parece una parodia de sí mismo. El ejemplar de ayer sábado 26 de agosto, que hojeé en un bar a falta de mejor lectura, no me defraudó. Tanto el editorial como un reportaje y varias columnas de opinión, entre otras secciones, se dedicaban coordinadamente, todos a una, a sugerir y remachar que el terrorismo yihadista es, al menos en parte, consecuencia de la marginación, la xenofobia e injusticias sufridas por los musulmanes.

¿Exagero? Juzguen ustedes mismos por algunos fragmentos. El editorial, tras constatar el fracaso en la integración de la segunda generación de musulmanes, se pregunta “qué hemos hecho mal.” Y acto seguido se responde: “Los hijos de la inmigración tienen… peores oportunidades para salir adelante en la vida… Ver a diario que muchas veces la mirada y la actitud de los otros te hacen sentir diferente explica que jóvenes aparentemente normales, como los de Ripoll, hayan sucumbido a las acechanzas de tétricos personajes como el imán Abdelbaki Es Satty.” Un reportaje desarrolla con cifras esta idea, titulando: “Sólo el 15 % de los hijos de inmigrantes viven mejor que sus padres.

En su artículo de opinión, el director de teatro Joan Ollé se recrea en la misma tesis de la exclusión social: Occidente proclama la igualdad de todos los seres humanos mientras “les dice a muchos, a millones, que no valen nada, que no son nadie. Y es entonces cuando en algunos cerebros nace la atroz idea de canjear su mierda de vida por la muerte de otros que sí que valen.”

Otro invitado a este festín de autoflagelación es Miguel Pajares, presidente de no sé qué comisión de ayuda al refugiado. Tras incidir de nuevo en que los jóvenes de familias inmigradas, “sobre todo musulmanes”, padecen más desempleo o dificultades para alquilar un piso, debido a una xenofobia difusa, pontifica: “No nos engañemos: no somos una sociedad tan acogedora”, y añade que “las instituciones no invierten lo que deberían invertir en la lucha contra la discriminación, la segregación y la exclusión.”

No contento con reclamar sutilmente más subvenciones para su tinglado, el tal Pajares se marca una proclama antiimperialista: “El brutal intervencionismo del mundo occidental, siempre a favor de sus intereses, de las petroleras y de otras, es algo que favorece tremendamente el desarrollo de sentimientos identitarios de opresión. Y mucho más lo es el tratamiento que hacemos del conflicto palestino…”

Creo que estas muestras son suficientes. Dejando de lado el carácter retórico y estereotipado de sus denuncias, todos estos textos no hacen más que incidir en dos falacias básicas. La primera es que la exclusión social y el neocolonialismo son las causas del terrorismo y de la violencia en general. Lo cual no es más que un corolario más o menos inconsciente de la teoría marxista según la cual todas las ideas, creencias e instituciones son meros reflejos pasivos de las relaciones económicas y la lucha de clases.

La segunda falacia básica es que, en los casos en que realmente exista marginación, la sociedad de acogida es la principal culpable de ella, como si los inmigrantes no estuvieran obligados a realizar ningún esfuerzo para integrarse en una cultura distinta o como mínimo respetarla. Lo cual a su vez se desprende de las concepciones izquierdistas que desdeñan el mérito y el esfuerzo individuales, en la medida que los conciben como incompatibles con su utopismo igualitario.

En cualquier caso, se trata de tesis que no resisten la mínima contrastación con los hechos. Uno de los yihadistas abatidos por la policía en Cambrils ganaba un salario de unos dos mil euros al mes. ¿Cómo puede decirse que la exclusión social tuvo que ver algo en su radicalización? ¿Cómo puede estar excluido un tipo soltero que gana dos mil euros? Pero incluso aunque lo estuviera –y esto es lo fundamental– ¿qué clase de conexión demencial puede encontrar nadie entre creer que se sufre alguna discriminación, incluso sufrirla de verdad, y ponerse a matar personas inocentes, arrollándolas con una furgoneta, o atacando con cuchillos y hachas a todo el que se encuentra por el camino?

Pero el hecho más notorio y que, pese a ello, con más fuerza se trata de ignorar es que, a despecho de toda la charlatanería progresista sobre las motivaciones de los yihadistas, estos una y otra vez nos están diciendo exactamente por qué cometen sus crímenes. Y además lo hacen siempre, sin excepción, en el momento en que menos insinceridad se les puede suponer, justo antes de morir o de exponerse a la muerte, cuando proclaman “Alá es grande”. (Curiosamente, nunca invocan a Cristo, ni a Buda, ni a Obatala.) Sin duda, en una sociedad tan materialista y hedonista como la nuestra, cuesta imaginar móviles que no responden a un interés terrenal. Pero ¿tan difícil es entender que ellos creen verdaderamente en su misión sagrada de someter a los infieles y matarnos si es necesario, para imponernos la ley islámica?

La palabrería progre, elaborada por conspicuos pensadores y académicos, y repetida por periodistas, faranduleros y vividores del cuento victimista, impide a muchos ver lo que tienen ante sus narices. Peor aún, proporciona munición intelectual a los terroristas y especialmente a sus cómplices (como tertulianos invitados a los platós televisivos en calidad de musulmanes “moderados”), quienes no dudan en utilizarla para dividirnos y debilitarnos moralmente, aunque generalmente les basta contemplar cómo nos disparamos nosotros mismos en el pie.

Si una parte considerable de la población llega a creerse que la culpa del terrorismo islamista la tiene el propio Occidente, difícilmente será proclive a apoyar (y menos aún a exigir) las medidas que nos permitirían luchar con eficacia contra el yihadismo. En lugar de ello, seguiremos poniendo velas y ositos de peluche en el lugar de cada atentado, inflando de memes hiperglucémicos las redes sociales y acudiendo a manifestaciones para expresar que matar es malo, por si alguien faltó a clase el día que lo explicaron. (Dicho sea de paso, la manifestación de Barcelona de ayer fue miserablemente saboteada por los separatistas y los antisistema, que comparten con los islamistas el odio a la España de los Reyes Católicos.)

Lamentablemente, a mucha gente jamás le han explicado en ninguna clase que aunque todas las personas son iguales, no todas las religiones lo son, ni tienen el mismo valor. Esta sociedad incrédula no distingue entre el Dios que se encarnó en Jesucristo y murió en la cruz, y el que se limitó a remitirle al profeta un libro que es a la vez doctrina religiosa y código civil.

A decir verdad, en El Periódico del sábado sólo faltó una cosa, a menos que me haya pasado por alto: el típico artículo o al menos carta al director donde se culpa a la religión en general del terrorismo islamista, metiendo a cristianos, musulmanes y rastafaris en el mismo saco. Ya saldrá mañana, o la semana que viene. Pero ayer hubiera sido la guinda: se habría batido la marca de acumulación de necedades.

Cambioclimatismo y cristianismo. Réplica a Luis I. Gómez

Hay un sector del liberalismo que sigue empeñado en incluir al cristianismo en el capítulo de las cosas que debemos ir superando, por tratarse de una forma de pensamiento primitivo, incompatible con la racionalidad y la ciencia. Por lo general es un liberalismo agnóstico o ateo bastante civilizado, muy alejado de los comecuras y asaltacapillas de izquierdas, pero que incurre en apreciaciones sobre la fe cristiana bastante torpes, aunque sean formuladas en un lenguaje comedido.

Uno de los subgéneros literarios favoritos del liberalismo agnóstico o ateo es el basado en criticar determinadas ideologías o sistemas filosóficos (el socialismo, el ecologismo radical, el psicoanálisis, etc.) tratando de demostrar que no son más que un sucedáneo del cristianismo, una especie de recaída lamentable en el irracionalismo y la superstición, aunque la encubran con lenguaje mundano e incluso ostenten apariencia “científica”.

Aprovecho para apuntar aquí un aspecto curioso de dicho subgénero, y es que suele despertar entusiasmo entre no pocos creyentes cristianos, cristianos culturales o liberal-conservadores, que se zampan cualquier línea de argumentación contra el progresismo y el izquierdismo, aunque parta de premisas anticristianas o específicamente anticatólicas que, planteadas en otro contexto, probablemente les parecerían ofensivas. Incluso vulgarizan esa literatura, adoptando con ligereza para uso propio expresiones como “dogmático”, “inquisitorial”, “medieval”, etc., con toda su carga “inocentemente” cristianófoba. Como si fuera necesariamente malo todo dogma proclamado y no el introducido a hurtadillas; como si la inquisición no hubiera sido un dechado de garantismo en comparación con las persecuciones de católicos y de brujas realizadas por los protestantes o como si la Edad Media hubieran sido mil años de oscuridad y opresión; todo ello creencias populares fundadas en la más crasa ignorancia.

A fin de ejemplificar lo que decimos, viene de perlas una entrada del muy estimable blog de Luis I. Gómez titulada “La teología del cambio climático. Medievalismo preindustrial”, que resume de manera entrañablemente ingenua la colección de tópicos neoilustrados en los que nuestra cultura vive inmersa, y de la cual los liberales agnósticos constituyen una de sus ramas o variantes.

Afirma Gómez: “A finales de la Edad Media, el hombre occidental comenzó a emanciparse de la hasta entonces omnipresente ideología religiosa mediante el uso de su inteligencia y el desarrollo de la lógica.” Es decir, que hasta hace unos cinco siglos, a los europeos no se les había ocurrido utilizar la inteligencia ni la lógica. Tela marinera, que diría un castizo.

El texto continúa en este estilo que, por su tono brutalmente simplificador, recuerda a cualquier manual de la asignatura de Educación para la Ciudadanía introducida por Rodríguez Zapatero:

“De este movimiento emancipador surgió la Ilustración. Se declara a la razón como la fuente universal del juicio, con la que es posible liberarse de las ideologías tradicionales, rígidas y anticuadas. (…) Con la Ilustración, la ciencia logró, por fin, liberarse de la camisa de fuerza de la superstición y comenzó a crear su visión del mundo.”

Gómez relata entonces cómo la Ilustración dio paso a la revolución industrial (¡de la Enciclopedia a la máquina de vapor!) que a su vez produjo un crecimiento económico exponencial, sin precedentes en la historia. Pasamos así de unas economías de subsistencia dependientes “del Dios de la lluvia” a la moderna sociedad industrial, basada en las enormes cantidades de energía obtenidas de los combustibles fósiles. Y acto seguido llegamos al nudo de este edificante relato. Cuenta el autor:

“Deberíamos estar felices e intentar que nuestra prosperidad alcanzase los últimos rincones del planeta, pero no es así: tenemos mala conciencia… porque nos va bien.”

Vuelven los viejos demonios de la superstición, ahora travestidos como cambioclimatismo. La nueva religión no habría hecho más que sustituir a Dios por Gaia (la Tierra), el Infierno por el calentamiento global, las bulas y penitencias por los impuestos ecológicos y la Salvación por “el paraíso descarbonizado en 2100”.

La comparación, más o menos forzada, entre ideologías terrenales y el mensaje de salvación cristiano no es nada nueva. George Steiner apuntó ideas parecidas ya en los años setenta, rastreando paralelismos entre el judeocristianismo por un lado, y el marxismo, el psicoanálisis y el estructuralismo (entonces en boga) por otro. Similitudes a las que se refirió como “nostalgia de lo absoluto”. Y por supuesto no podemos evitar remontarnos a Nietzsche, que concebía el socialismo como el último avatar de una secular rebelión de esclavos resentidos, abanderada ya por Sócrates, pero que llegó a su máxima expresión con el cristianismo.

Ahora bien, concediendo sin demasiados problemas que los paralelismos entre ideologías terrenales mesiánicas y cristianismo tengan algo de verdad, queda por dilucidar lo que esto significa. ¿Esas ideologías están equivocadas porque son una recaída en el irracionalismo religioso, o bien yerran precisamente en la medida en que se apartan del pensamiento cristiano y lo desfiguran, parodian o parasitan, según el procedimiento más o menos reconocible de anteriores herejías?

Para responder cabalmente a esta cuestión, deberíamos adentrarnos en el estudio de la historia del pensamiento y del conocimiento. Descubriríamos entonces que el relato ilustrado de la lucha entre razón y fe, con momentos estelares como el caso Galileo, es un montaje propagandístico infumable, que no sólo exagera y deforma, sino que llega a invertir lo que realmente ocurrió. Pero esta tarea supera con creces las intenciones mucho más modestas de este escrito. En lugar de ello, voy a proponer otra línea de reflexión para delimitar un poco más el problema.

Supongamos que realmente las ideologías seculares no fueran más que enésimas reediciones del mesianismo judeocristiano, ¿por qué se producirían una y otra vez estas recaídas? ¿Qué es lo que llevaría al ser humano a despreciar los evidentes beneficios de la ciencia y la técnica para entregarse periódicamente a los dudosos consuelos del irracionalismo y la superstición?

Los progresistas suelen ensayar diversas respuestas de índole psicológica y sociológica, sin considerar otra posibilidad, como es que quizás esos reiterados brotes de irracionalismo demostrarían que el relato neoilustrado podría ser en gran medida mitológico. Que la modernidad no sería la era de la razón que nos han enseñado, vencedora en una épica lucha contra la supuesta oscuridad medieval, sino por el contrario una profunda crisis de la razón, exacto reverso de la crisis de fe, y que dio lugar a una explosión de ideologías desnortadas, compitiendo por ocupar el vacío resultante.

Esto me lleva a caer en la cuenta de otro paralelismo. Los que se lamentan por la persistencia de la “religión”, creyendo detectarla incluso en las formulaciones más laicas, recuerdan poderosamente a los que deploran la capacidad de supervivencia del “patriarcado”, en alerta constante ante las mil epifanías del machismo. Frecuentemente aparecen artículos periodísticos señalando la llamada “brecha de género” en los estudios y profesiones. Todos se escandalizan de que los hombres y las mujeres se obstinen en elegir carreras y profesiones distintas (ellos más de tipo técnico, ellas más de tipo social), atribuyéndolo a la persistencia o retorno de estereotipos y prejuicios caducos. Nunca se plantean siquiera la posibilidad de que la ideología de género esté equivocada, que las diferencias psicológicas entre sexos carezcan de una causa exclusivamente cultural, y obedezcan en cambio a otras de tipo biogenético.

Algo similar podría ocurrirles a los neoilustrados, que no conciben siquiera la hipótesis de que sus sobadas ideas sobre el presunto conflicto entre razón y fe podrían ser falaces.

Este error de juicio tiene consecuencias paradójicas y devastadoras. La crítica anticristiana del sector agnóstico y ateo del liberalismo deja gravemente tocado al propio liberalismo, cuya concepción central de la libertad individual queda en el aire si la desconectamos de su origen cristiano. Decía Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio, precisamente dedicada a uno de los motivos clásicos del pensamiento cristiano católico, la íntima relación entre fe y razón, que si eliminamos la dimensión trascendente de la persona, esta “acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica.” He ahí la esencia de los totalitarismos secularistas que combate el liberalismo, de los colectivismos que reducen al individuo a una mera pieza en la maquinaria social. Un individualismo adánico o por mejor decir amnésico, desarraigado de la tradición judeocristiana, como hoy está en alza, muta en estatalismo tan fácilmente como se le da la vuelta a un calcetín.

Para el pensamiento judeocristiano, el error fundamental del ser humano consiste en buscar consciente o inconscientemente la salvación en algo distinto de Dios, y en especial en entenderla como algo que depende exclusivamente del hombre, ya sea por procedimientos mágicos o técnicos. Esto bastaría para distinguir drásticamente el cristianismo del socialismo, la ideología de género o el “cambioclimatismo”. Esta última, en concreto, aunque Gómez la presente como una regresión a épocas preindustriales, lo confía todo en la capacidad del hombre de detener o aminorar el cambio climático, que supuestamente habría iniciado él mismo, mediante el desarrollo entre otras cosas de tecnologías “limpias”, y exhibiendo de paso una ignorancia apoteósica sobre cómo funciona la innovación, como si con resoluciones políticas y burocráticas pudiera avanzar la teconología.

De nuevo, Juan Pablo II, en el documento citado, lo expresó con nitidez:

“Diversos sistemas filosóficos [vale decir, ideologías], engañándolo [al ser humano], lo han convencido de que es dueño absoluto de sí mismo, que puede decidir autónomamente sobre su propio destino y su futuro confiando sólo en sí mismo y en sus propias fuerzas. La grandeza del hombre jamás consistirá en esto. Sólo la opción de insertarse en la verdad, al amparo de la Sabiduría y en coherencia con ella, será determinante para su realización. Solamente en este horizonte de la verdad comprenderá la realización plena de su libertad y su llamada al amor y al conocimiento de Dios como realización suprema de sí mismo.”

El conflicto no es ni ha sido nunca entre fe católica y razón, sino entre la concepción del Dios que se ha hecho hombre y la de quienes creen que el hombre puede ser un dios. Estos últimos son quienes emplean una idea puramente instrumental de la razón, que rechaza cualquier enunciado no reducible a lo experimental, es decir, a lo que el hombre realiza o manipula. Pero esta concepción positivista es tan dogmática como la opuesta, porque se basa en algo tan absolutamente indemostrable como negar que exista lo que no podemos percibir, directa o indirectamente, mediante nuestros sentidos. Y el problema no es que sea dogmática, sino que no lo reconozca. Porque un dogma oculto es un dogma que se escabulle de la crítica.

La gran mentira sobre la cual se ha construido buena parte del pensamiento moderno es no admitir honradamente su carácter dogmático, a diferencia de lo que ha hecho siempre la Iglesia, exponiendo formalmente a la luz pública, y hasta con pompa y boato, los dogmas en los que se expresa la fe católica. Nos han vendido toda la vida el cuento de que lo racional es carecer de cualquier dogma, y de que modernidad y racionalidad son sinónimos, cuando lo cierto es que tenemos más dogmas subrepticios que nunca, como el dogma de que el género es una construcción cultural, el dogma del cambio climático antropogénico y muchos más. Sin olvidar el dogma de que el cristianismo es propio de edades oscuras, a pesar de que, en palabras de Chesterton, “la Iglesia fue la única que nos sacó de ellas.”

Peor que el miedo es la ceguera

Europa occidental sufre una oleada de terrorismo islamista desde hace algo más de dos años y medio. Son más de trescientas las personas asesinadas desde la matanza de París, en enero de 2015, contra la revista Charlie Hebdo. Los países más golpeados: Francia, seguida a considerable distancia de Bélgica, Reino Unido, Alemania… y ahora España. Hay serios indicios de que el atentado que planeaban los yihadistas en Barcelona podía haber sido indeciblemente peor. Igualmente, el atentado semifrustrado en la localidad tarraconense de Cambrils habría causado muchos más muertos y heridos, si no hubiera sido por la inmediata y contundente intervención de la policía, que abatió a cinco terroristas.

Quien escribe vive en Tarragona, a veinte kilómetros de Cambrils. Gracias a Dios, nadie de mi entorno se vio afectado, aunque por poco. Una sobrina mía se hallaba en un bar, en la misma zona del tiroteo, cuando sucedió todo, y entró la policía ordenando a los presentes que abandonaran el local a toda prisa. Un amigo acababa de pasar por allí media hora antes. Mi mujer, mis hijos y yo podíamos perfectamente haber estado paseando por las inmediaciones, a esa hora, después de haber cenado en alguno de los numerosos restaurantes de ese encantador pueblo turístico, como hemos hecho muchas veces. En suma, he visto el terror más cerca que nunca.

La reacción cívica al atentado se ha expresado con el lema “no tengo miedo”. Es una forma de decirles a los terroristas que no han conseguido su objetivo, el cual sería, como la misma palabra que los define indica, aterrorizarnos. Sin embargo, sentir miedo es algo natural y, dentro de ciertos límites, perfectamente racional. El miedo es un mecanismo de defensa, en el sentido de que nos conduce a tomar precauciones adecuadas y a no correr riesgos innecesarios. Es bueno que intentemos recuperar la normalidad, pero sin caer en la inconsciencia o el autengaño, como si aquí, en Cataluña, en España, en Europa y en el mundo no pasara nada. Está pasando y es muy grave. Nos han declarado hace tiempo la guerra.

Sobre todo, recelo del “no tinc por” porque se queda en el aspecto más superficial de las motivaciones de los yihadistas. Evidentemente que quieren causar terror, y además lo consiguen, digamos lo que digamos, al menos durante unas horas. Pero para ellos el miedo sólo es un medio, valga el juego de palabras. Uno de sus medios. Su objetivo último es imponer el islam en Europa, como repiten incansablemente a quien quiera escucharles. No pretenden alterar nuestras rutinas diarias sólo por fastidiar; no es verdad que si modificamos en algo nuestra vida cotidiana, ellos habrán conseguido lo que buscan. Son por supuesto mucho más ambiciosos que eso. Por el contrario, la idea de que si continuamos haciendo y diciendo lo mismo de siempre como si nada hubiera sucedido, ya hemos vencido, puede ser una de las más estúpidas desde que Chamberlain y Daladier regresaron de Munich anunciando poco menos que la paz perpetua.

Para empezar, una de las cosas que deberíamos dejar de hacer, es repetir todos esos mantras y eslóganes hipnóticos de que el islam es amor, de que los yihadistas no tienen nada que ver con el “auténtico” islam, que la gran mayoría de musulmanes están en contra de la violencia sólo por el hecho de que no son cómplices directos de los actos terroristas, que el problema no es el islam sino la islamofobia… Pues lamentablemente, esto no es cierto.

La islamofobia hoy por hoy no es un problema ni lejanamente comparable al balance de miles de asesinatos del islamismo en todo el mundo. En Tarragona alguien arrojó pintura roja al consulado de Marruecos. Y en Montblanc, un pueblo del interior de la provincia con una bien conservada muralla medieval, han aparecido pintadas amenazantes en la persiana de una mezquita. Sin duda, se trata de gamberradas propias de gente de escasas luces, pero equipararlas al asesinato de catorce personas resulta un despropósito.

Los medios se esfuerzan en hacernos creer que los musulmanes moderados, que condenan la violencia, son la gran mayoría. Pero lo cierto es que las pocas veces que los vemos manifestarse, en escaso número, sus eslóganes se centran más en exculparse, en proclamar que el islam no es terrorismo, que en rechazar el yihadismo con rotundidad y claridad, y dejando para ocasión más oportuna protestas victimistas.

Hay que decir las cosas como son. El islam sí es el problema. La mayoría de musulmanes podrán no compartir los métodos terroristas, aunque sólo sea porque los consideren contraproducentes, pero la mayoría simpatiza con sus objetivos, a tenor de las encuestas. La mayoría está a favor de implantar la ley islámica incluso en aquellos territorios en que su religión es minoritaria. Por lo demás, como señala la periodista Brigitte Gabriel, que casi todos los musulmanes sean pacíficos es tan irrelevante como que también lo fueran los alemanes en la época nazi, o los rusos y los chinos bajo el comunismo. El carácter pasivo de las masas no hace mejor al totalitarismo, y probablemente sea una condición de su fuerza.

Los millones de musulmanes que residen en Europa occidental suponen un problema de seguridad difícil de exagerar, porque son el caldo de cultivo del terrorismo, y además un entorno en el que este se camufla con facilidad.

Pero la población musulmana es sobre todo un problema político, porque constituye el sujeto que los terroristas pretenden redimir. Es el motivo principal por el cual actúan, el que desde su punto de vista justifica su existencia. Donde no hay musulmanes no sólo es materialmente difícil exportar hoy la guerra santa, sino que carece de sentido. El islam no puede hoy conquistar tierras de “infieles” por métodos militares convencionales, porque está en franca inferioridad con Occidente, en el plano tecnológico y económico. Necesita, en primer lugar, invadir territorios mediante migración pacífica.

Afirmar que la solución está en la integración es una tautología estupenda, del tamaño de decir que la solución del asesinato es que haya más respeto por la vida humana. Los perfiles de los terroristas demuestran que su radicalización no procede de haber sido excluidos por la sociedad. Muchos de ellos recibían subsidios, participaban en actividades culturales y deportivas, han estudiado en nuestras escuelas e incluso universidades. Otros han pasado por la delincuencia común, al igual que tantos europeos nativos, a los que sin embargo no les da por la guerra santa tras un redescubrimiento de sus raíces culturales. Quien redescubre el cristianismo huyendo de las drogas y el delito suele rehacer su vida, incluso dedicarla a causas solidarias, exactamente al contrario que esos jóvenes que redescubren el islam de sus mayores a través de internet y deciden morir matando al mayor número de infieles.

Por supuesto, por si alguien pensaba que estoy sugiriendo algo así, no podemos deportar a veinte millones de musulmanes de Europa. Además de materialmente descabellado, sería ante todo un crimen que va contra nuestros valores religiosos, morales y políticos. Pero sí podemos hacer algunas cosas moralmente irreprochables, aunque no queden muy bien como discurso de una candidata a un premio de belleza. Primero, expulsar a todos los que no trabajen, cometan pequeños delitos o prediquen la guerra santa. Segundo, limitar físicamente la entrada de musulmanes a través de nuestras fronteras y tercero, dejar de atraer a la inmigración con la promesa irresistible de este El Dorado del bienestar, a cargo del contribuyente, en que se ha convertido Europa. Muchos huyen de la miseria y las guerras, sí, pero posiblemente podrían dirigirse a otros países musulmanes, donde experimentarían muchos menos problemas de integración. O mejor aún, podrían quedarse en los suyos y luchar para levantarlos, cosa menos seductora aunque probablemente mucho más beneficiosa para todos, a la larga. Y posiblemente se evitarían más muertes por naufragio en el Mediterráneo que todas las ONG que colaboran con los traficantes de personas.

En cuarto lugar, tenemos la tarea más complicada, pero más fundamental de todas. Debemos recuperar nuestras raíces cristianas y humanistas. Si consideramos las leyendas negras antiimperialistas y anticristianas que hemos creado y difundido alegremente en contra de nosotros mismos, no puede sorprendernos que los musulmanes nos desprecien y se refugien en una identidad que consideran (erróneamente) la única alternativa seria a la corrección política y al relativismo.

Ya que hablamos tanto, en respuesta al yihadismo, de que no debemos renunciar a nuestros valores, es hora de que los rescatemos en su pureza original, y nos desprendamos de las capas de suciedad ideológica que los han desfigurado hasta volverlos casi irreconocibles. Es cierto que el judeocristianismo y el humanismo clásico chocan también con el islam, quizás casi tanto como las necedades de la ideología de género o el animalismo. Pero si el conflicto es inevitable, al menos que valga la pena lo que defendemos.