Compraré los estereotipos que me dé la gana

Abacus es una cooperativa de decenas de tiendas en Cataluña, Valencia y Baleares, que venden libros, productos de papelería y juguetes educativos. Este año han editado un catálogo de juguetes titulado (traduzco en adelante del catalán), “Esta Navidad, no compres estereotipos”. En la portada y contraportada aparece el eslogan “Navidad comprometida”. Los estereotipos a los que se refiere el catálogo son los llamados “de género”. En la portada, con la imagen de un muñeco de bebé inexpresivo, nos invitan a descubrir a “Adán, el juguete que no existe”. ¿Y quién es Adán? Pues un muñeco para que un niño juegue a ser padre. Ya en el reverso de la portada nos preguntan retóricamente: “¿Dejarías que tu hijo jugara a ser padre?” La intención obvia es ridiculizar el acto de regalar muñecas para niñas, que supuestamente marcan sus vidas imponiéndoles el papel de madres y amas de casa (algo a todas luces horrible), en contraposición a los niños, destinados a triunfar profesionalmente como médicos, policías o pilotos de avión.

El catálogo se divide en varias secciones, tituladas con eslóganes como “Colores para todos” (“¿Quién decidió que el azul era para los niños y el rosa para las niñas?”), “No queremos vuestros estereotipos” o “La imaginación no tiene género”, donde se preguntan “¿Por qué sólo el 25 % de las chicas optan por una carrera técnica?” y ofrecen la solución por unos precios módicos: “Regalando juguetes STREAM [acrónimo inglés de Ciencia, Tecnología, Lectura, Ingeniería, Arte y Matemáticas] estimulamos la mente y el ingenio de niñas y niños, despertando su interés por la ciencia, la tecnología”, etc. En esta sección aparece un juego de figuritas que “facilita el conocimiento de los diferentes modelos familiares existentes en la sociedad actual”. La siguiente, “Los hombres de casa”, anima a que las niñas se interesen por el bricolage y los niños por la cocina… Creo, en fin, que los ejemplos son los suficientemente representativos.

Ante tal acumulación de gilipolleces (permítanme el cambio de tono un tanto brusco) uno no sabe por dónde empezar. Pero voy a intentar razonar mis sentimientos. Que un catálogo de juguetes se proponga ser políticamente correcto (aunque digan “comprometido”, porque nadie quiere reconocer que es asquerosamente “correcto”; hoy mola ser rebelde y transgresor) ya es en sí mismo un síntoma de que algo no va bien. Desde el momento en que la política se inmiscuye en los juguetes infantiles, podemos tener la seguridad de que se ha ido demasiado lejos por un camino equivocado.

Nada es más inconfundiblemente totalitario que la manipulación de los niños, especialmente poniendo en su boca palabras de adultos, cuando todo el mundo sabe que en las edades más tiernas no se hace más que reproducir lo que se oye en casa. “No queremos vuestros prejuicios” significa en realidad “repetimos como loritos bien amaestrados vuestros prejuicios de papis y educadores progres”.

Porque conviene recalcarlo: la idea de que las diferencias entre los sexos (como ese 25 % de chicas que optan por carreras técnicas) son todas debidas exclusivamente a factores culturales (el mítico “patriarcado”) no tiene la menor base científica, por no decir que está en contra de toda la evidencia empírica seria. Concretamente, la inclinación de los niños por juguetes distintos según su sexo ha sido objeto de numerosos estudios, que indican que es muy fuerte y que se da incluso en los países más igualitarios, independientemente de las ideas de los padres.

Reconocer esto no supone nada en contra de la igualdad moral de todos los seres humanos, independientemente de su sexo, raza o cualquier otra condición. Debate para otra ocasión es de dónde surge esa igualdad moral, y si puede justificarse desde posiciones materialistas o positivistas: quizás el empeño histérico de algunos por negar las diferencias naturales provenga de que, desde dichas posiciones, no tienen otro medio de sostener la igualdad.

Sean cuales sean los motivos profundos, lo que caracteriza a las ideologías, por contraposición a la ciencia y al sentido común, es su capacidad para blindarse ante los hechos. Uno de los mecanismos que emplean para conseguir esto es explicar la disensión como una confirmación o previsión de la propia teoría. Quienes critican al marxismo, por elaborados que sean sus argumentos, son burgueses. Quienes disienten de la ideología de género son machistas u homófobos.

Las ideologías son inmunes al razonamiento porque su objetivo no es obtener la verdad, sino el poder, aunque en su argot lo llaman “transformar la sociedad” o “empoderar” (chirriante anglicismo) a la mujer… Lo cual pasa por eliminar a burgueses, machistas y homófobos. Quienes critican las ideologías pretendidamente emancipatorias pasan a ser, por definición, malévolos saboteadores de la emancipación. El mero hecho de anteponer la búsqueda de la verdad a los objetivos de ingeniería social ya resulta en sí mismo sospechoso, contrarrevolucionario, reaccionario. Para los ideólogos, la pretensión de conocimiento puro no es más que una construcción social del poder. Y créanme, el poder es lo único que les importa.

Ellos ciertamente hablan de crear un mundo libre de dominación, pero para conseguirlo, curiosamente aspiran al dominio absoluto, acallar toda disidencia, prohibir toda discrepancia. Por eso, para justificar su propia coacción, necesitan retratar a sus enemigos como violentos, por ejemplo destacando arbitrariamente lo que ellos llaman “violencia de género” con respeto a otros tipos de violencia, e incluyendo en ella incluso delitos de opinión. El uso del sufijo “fobia” para designar a los que nos limitamos a no comulgar con sus ruedas de molino, metiéndonos en el mismo saco que a maltratadores, rufianes y asesinos, ya revela su intención totalitaria, su equiparación del enemigo político con un enfermo o criminal al cual hay que curar o reeducar a la fuerza. Aunque lo ideal para ellos es hacer imposible la disidencia, adoctrinar desde la infancia para que ni siquiera pueda uno albergar pensamientos desviados de la línea oficial.

Por supuesto, la realidad es demasiado persistente para que los totalitarios puedan triunfar por completo, al menos con la tecnología actual. Pero de momento, eso no les supone un problema. Al contrario, hechos como que hombres y mujeres, desde la infancia, sigan reproduciendo modelos tradicionalmente masculinos y femeninos, de manera espontánea, y a despecho de la masiva dosis de propaganda que vierten diariamente casi todos los medios, son para ellos la prueba no de su error, sino de que “queda mucho por hacer”, es decir, de que hay que seguir insistiendo en los mismos desvaríos antinaturales, seguir derrochando dinero público, engordando burocracias, discriminando al varón y a las familias convencionales, y seguir manipulando a los niños, sin escrúpulos. Hace tiempo ya que la ideología de género se ha convertido en uno de los peores monstruos de nuestro tiempo, y algunos vamos a seguir repitiéndolo, mientras nos dejen.

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