Populismo para perezosos

Hay ciertos artículos que podrían ser escritos perfectamente por un programa de inteligencia artificial. Uno de ellos es el que nos instruye y previene contra los peligros del populismo, en alusión más o menos explícita a Trump, al Brexit o a Vox. Lo mismo puede estar escrito por un robot progresista que por uno conservador. La diferencia se halla en los ejemplos contemporáneos con los que ilustran sus tesis. El primero tiende a comparar a todo populismo con el nazismo, el patrón universal de medida del mal. También el conservador acostumbra a dejar entrever la alargada sombra de Hitler, pero si es español incluirá dentro de la categoría del populismo a Podemos y a los separatistas catalanes. Por lo demás, sus análisis son prácticamente intercambiables. El populismo se basa en atizar las bajas pasiones de la plebe, en el discurso del odio y en ofrecer soluciones simples a problemas complejos. Es un peligro que acecha siempre en los sistemas democráticos, por lo que hay que estar en permanente guardia contra él. El problema de este análisis es que se puede aplicar prácticamente a todo partido político. ¿Acaso la izquierda no fomenta el linchamiento de los que no comulgan con ella acusándolos de fascistas? ¿Acaso no ofrece soluciones simples a problemas complejos, como aumentar los impuestos a los ricos o dar papeles a todos los inmigrantes? ¿Es que no nos enseñó ya Aristóteles que ni la democracia ni ningún sistema político son eternos, que todos albergan en su seno los gérmenes de su autodisolución? Lamentablemente, muchos autores de este típico artículo no son robots. Me consta que algunos son personas inteligentes, como por ejemplo Josep Martí Blanch, cuyo libro Ets de dretes i no ho saps (Eres de derechas y no lo sabes, 2008) leí con agrado en su momento. Hace unos días ha publicado en el Diari de Tarragona un texto de título algo largo: “La ferida que infecta la democràcia. El populisme sempre dorm ben a la vora.” Desde el primer párrafo empieza comprando la versión oficiosa sobre el asalto al Capitolio, dando por hecho que fue instigado por Trump, cuestión sobre la que hay dudas más que razonables. Pero no entraré ahora en esto. Martí hace una serie de afirmaciones dentro del más puro “consenso de posguerra” (como denomina R. R. Reno en su libro El retorno de los dioses fuertes al pensamiento dominante en Occidente desde 1945,) como por ejemplo que la democracia se basa en “el reconocimiento de las ideas del otro”. Siempre y cuando no se salgan de ese mismo consenso, claro, en cuyo caso diremos que son ideas machistas, racistas y fascistas, y trataremos de excluirlas. Lo que demuestra que esa afirmación, aunque suene bien a nuestros oídos entrenados desde la infancia, es inaplicable y por tanto falsa. La democracia exige el reconocimiento del otro, el respeto a las personas, pero no necesariamente a sus ideas, a todas las ideas. Poner en cuestión ciertos dogmas del progresismo no es necesariamente negar la democracia; lo que la niega es impedir esta discusión. El resto del artículo sigue el patrón ya esbozado, y termina con un aparente esfuerzo de entender las causas del populismo, que también se atiene a la pauta canónica: tras reconocer vagamente que puede existir un malestar social, acto seguido retrata implícitamente a quienes puedan sufrirlo como unos pobres idiotas que se dejan dominar por emociones primarias como el miedo y el odio. Es significativo que acuse al populismo de utilizar el insulto como arma política, al tiempo que desliza un “hijo de puta” dirigido a Donald Trump, aunque sin nombrarle. Confieso que me da pereza contestar este tipo de artículos. Debería haber también un robot para ello, aunque me temo que los amos de Silicon Valley no estén por la labor, sino más bien todo lo contrario.

Tesis para una nueva década

Permítanme enunciarlo formulariamente: El trumpismo no ha muerto, aunque sería deseable que dejara de llamarse trumpismo. Para explicar esta tesis, debemos responder lógicamente, en primer lugar, a una sencilla pregunta: ¿Qué es el trumpismo? La definición oficiosa, la que nos han vendido durante cuatro años los medios de comunicación y las Big Tech, nos viene a decir que se trata de la enésima variante de una cosa llamada imprecisamente populismo, con ciertas peculiaridades accidentales achacables al personaje de Donald Trump, descrito como un grosero maleducado en el mejor de los casos, y como un fascista (autoritario, racista, conspiranoico, etc.) en el peor. Naturalmente, partiendo de esta definición, resulta imposible entender que el presidente saliente de los EEUU, pese a perder las elecciones, haya obtenido 11,2 millones de votos más que en 2016. Esto propicia un género periodístico en sí mismo, al que pertenecen todos esos artículos que tratan de explicarse la popularidad del gobernante, y cuya conclusión suele ser perfectamente previsible: sus votantes son unos pobres incultos e idiotas, frustrados porque han perdido sus empleos debido a la deslocalización industrial. La diferencia entre unos artículos y otros se reduce básicamente al grado de empatía hacia este tipo sociológico, que oscila desde el desprecio y el odio más indisimulados hacia millones de personas que no piensan como los autores, hasta una suerte de compasión condescendiente. Pero de nuevo, el incremento de votantes debido a un supuesto cabreo por razones económicas resulta incongruente con los datos de prácticamente pleno empleo y crecimiento (descontando los efectos de la pandemia made in China) conseguidos gracias a las políticas desreguladoras y de rebajas fiscales aplicadas por el todavía inquilino de la Casa Blanca, hasta el 20 de enero. Sin duda Trump ha recibido muchos votos nuevos de gente cuya situación personal ha mejorado bajo su mandato, pero a mí esta explicación me parece insuficiente para dar cuenta del fenómeno del trumpismo. Este no surge principalmente de una frustración económica, sino de un malestar mucho más amplio, de carácter cultural. Digámoslo ya: El trumpismo es una revuelta, al principio tal vez sorda e instintiva, pero cada vez más consciente de sí misma, contra las élites progresistas, que dominan en las administraciones de los países desarrollados y las organizaciones supranacionales, en los medios de comunicación, las grandes corporaciones tecnológicas y el sistema educativo. Es una revuelta del hombre común contra quienes tratan de imponernos a todos cómo debemos pensar y cómo debemos vivir, aplicando un terrorismo intelectual masivo, que criminaliza incesantemente, desde sus ubicuas pantallas, a aquellos que se resisten a plegarse al pensamiento dominante. Estoy hablando, por supuesto, del moralismo interseccionalista (género, raza), globalista y ecologista. En resumen, la cosa consiste en enseñarnos, como en la fábula de Orwell Animal Farm, que todos somos iguales, pero unos más iguales que otros. En la cúspide de la nueva jerarquía social estarían los transexuales no blancos, y en la base, la casta inferior compuesta por los varones blancos heterosexuales, que debemos aprender a pedir perdón por existir. El segundo elemento también establece una suerte de clases superior e inferior: la de los nómadas (desde inmigrantes de nula cualificación hasta miembros de la élite apátrida) y la de los desgraciados que están vinculados de más de un modo (sentimental, familiar, laboral) al lugar donde viven, y desean preservar la cultura y las costumbres de sus antepasados europeos. No menos importante es el tercer elemento, que remacha los dos anteriores tratando de abolir tanto sectores económicos enteros como comportamientos individuales que hipotéticamente atentan contra el planeta, erigido en una especie de nueva divinidad. Naturalmente, sólo por decir esto, soy calificado automáticamente como un homófobo, racista y negacionista del cambio climático. Un nazi, en definitiva. La ideología de estas élites actúa como si la Segunda Guerra Mundial no hubiera terminado en 1945, y la lucha contra un fascismo multiforme y omnipresente debiera proseguir sin pausa. Esto implica que las diferencias entre la democracia liberal y el comunismo (aliados contra natura en aquella contienda) no serían decisivas, lo cual inevitablemente lleva a un retorcimiento del verdadero sentido de la palabra democracia. Esta pasa a ser un republicanismo izquierdista, un régimen con un pensamiento oficial (“progresismo”) del que es lícito excluir a los discrepantes, sin importar su número. En estas condiciones, la existencia del trumpismo como rebelión contra esta democracia espuria no se explica por la aparición de un personaje histriónico, sino que obedece a la más profunda necesidad histórica, adopte las formas que adopte. Aquí es necesaria una aclaración: el asalto al Capitolio en Washington no debe llevarnos a error. Podría perfectamente haber sido provocado por elementos ultraizquierdistas infiltrados, que actúan, secundados por la tropa siempre disponible de los tontos útiles, como ejecutores de las decisiones de la élite progresista. Sea como fuere, lo que es claro es que tuvo el efecto de abortar la investigación parlamentaria de las elecciones, tal como proponía el senador Ted Cruz. Cui prodest, respóndanse ustedes mismos. Y haya habido o no fraude electoral en los Estados decisivos (excuso recordar que en el sistema de elección presidencial no basta con ganar en votos totales), lo que también es innegable es que los medios de comunicación, a despecho de su pretendida vocación informadora, se han negado a priori a divulgar los argumentos y las supuestas pruebas aportadas por los abogados de Trump. Es decir, si hubiera habido fraude, habrían tratado de ocultarlo de todos modos. Lo cual solo viene a confirmarnos que es vital recuperar la auténtica democracia, que se originó en la Atenas clásica, pero que cobró su forma contemporánea bajo el influjo de una creencia fundamentalmente judeocristiana: que el voto, entre otros derechos, de todo ser humano, sea cual sea su sexo, raza, cuna o creencias, vale exactamente igual. Ningún gobierno, ni ninguna arrogante expertocracia tienen derecho a imponer al pueblo lo que ellos crean que es mejor para el pueblo, sin contar con el pueblo. Pueden llamar populismo a esta idea, pero si lo hacen para meter en un mismo saco a Trump, Maduro, Iglesias o Puigdemont, seguirán preguntándose por qué más de 74 millones de americanos han votado al primero, y seguirán sin entender absolutamente nada de lo que sucede en el mundo.