Racismo

Siguen llegando noticias de disturbios en EEUU protagonizados por los llamados “manifestantes”, si saquean, incendian y arrasan bajo el lema Black Lives Matter; y “supremacistas blancos”, si se defienden de los anteriores con fusiles de asalto. El problema de fondo es grave. Como es sabido, los policías blancos sólo matan a negros. Pero si matan a un blanco, tampoco nos enteramos, porque eso no es noticia. Pero es que si nos enteráramos, los blancos no reaccionarían como si les hubieran atacado a todos ellos. Los blancos son muy insolidarios. No se llaman entre ellos brother, ni esas cosas. Bien es verdad que la mayoría de los negros muertos violentamente son víctimas de otros negros. Pero la culpa la tiene una sociedad estructuralmente racista que los empuja a la delincuencia. Aunque un negro haya llegado a ser presidente de los EEUU, aunque antes un general negro fuera presidente del Estado Mayor y Secretario de Estado, y fuera sucedido en el cargo por una mujer negra, exrectora de la Universidad de Stanford; aunque un neurocirujano negro sea el Secretario de Vivienda con el gobierno Trump, aunque numerosos negros sobresalgan en la medicina, la Justicia, el ejército, la policía, el periodismo, la música, el cine o los deportes, EEUU sigue siendo racista. Siempre podrán encontrar numerosos ejemplos de ello. ¿Cuántos negros han ganado un Oscar? Quizás entiendan mejor lo que estoy diciendo si lo comparamos con la situación de las mujeres. Aunque son asesinados muchos más hombres que mujeres, aunque se suicidan muchos más hombres que mujeres, aunque mueren por accidentes laborales muchos más hombres que mujeres, aunque hay muchos más hombres en la cárcel o sin hogar que mujeres, nuestra sociedad es estructuralmente machista. La prueba es que sólo a las mujeres las matan por ser mujeres. Así lo reconocen todos los que han recibido la adecuada formación en perspectiva de género. Los celos, el alcohol y las drogas, los trastornos psicológicos, etc., no tienen nada que ver, salvo que la homicida sea mujer. No importa que ellas triunfen en todos los ámbitos, que haya reinas, jefas de gobierno, ministras, banqueras, jueces, científicas, policías, periodistas, etc. La opresión del patriarcado salta a la vista. ¿Cuántas premiadas con el Nobel de Física hay, me lo quieren decir? ¿Cuál es el porcentaje de multimillonarias con jet privado? Y los pequeños detalles no son menos reveladores. Ayer un camarero nos trajo a mi mujer y a mí una cocacola y una cerveza. Como no se acordaba de quién había pedido cada cosa, dirigiéndose a mí, aventuró prejuiciosamente: “¿La cerveza para usted?” ¡Como si una mujer no tuviera el mismo derecho que un hombre a beber alcohol hasta entrar en coma etílico! Queda aún mucho por hacer. Pero las mujeres están luchando por derribar esta sociedad insoportablemente machista, y su lucha converge en gran medida con los afroamericanos. Por fin se están censurando obras literarias y artísticas de carácter racista y machista. En EEUU han pasado ya a quemar Biblias, lo que no deja de ser un significativo progreso en un país fundado por puritanos cazadores de brujas. Pero si creen que eso es suficiente, andan muy equivocados. Son incontables los libros políticamente incorrectos que merecen la hoguera. Sin ir más lejos, el otro día estuve tentado de quemar yo mismo La sonata a Kreutzer de Tolstói, libro intolerablemente misógino. Por desgracia no pude evitar leerlo de un tirón: el patriarcado sabe vender muy bien su pérfido mensaje. Al final me disuadió del justo impulso incinerador mi firme compromiso contra el cambio climático; vaya ello en mi descargo. Por ahora tal vez sea suficiente el dióxido de carbono que están emitiendo, llevados de su santa ira pirómana, los pacíficos antirracistas.

Retrato robot

Una moción de censura puede perderse en el Congreso, pero ganarse en la opinión pública. Lo segundo es a todas luces lo que intentará Vox en setiembre. Y la clave se halla en la elección del candidato a presidente del gobierno (de la que se ha autoexcluido Santiago Abascal), requisito constitucionalmente obligado de toda moción. Si se trata de una personalidad que suscite un respeto mayoritario, el sambenito de “ultraderecha” sistemáticamente esgrimido contra Vox puede quedar seriamente inutilizado, lo que supondría hacer saltar la tapa electoral con la que se ha contenido a esa formación hasta ahora, con relativo éxito. Porque los medios pueden silenciar, tergiversar y opacar el programa, las declaraciones y las propuestas parlamentarias de Vox sin demasiados problemas y aún menos vergüenza, pero no podrán ocultar el nombre de un candidato a presidente del gobierno. Esa es la jugada que muchos escépticos (sinceros o tácticos) todavía no han entendido. Se comprenderá que para Vox es vital acertar en la elección de un candidato sorprendente y con pegada; a ser posible, que sea una auténtica bomba mediática. Algunos están especulando con listas de nombres, no sé si con alguna base. El retrato robot del candidato ideal es una figura conocida, respetada tanto por personas de derechas como de izquierdas (lo que no significa que no tenga detractores, y más que tendrá), pero enemigo irreconciliable del gobierno de Sánchez, hasta el punto de estar dispuesto a ponerse a tiro de toda la artillería mediática progubernamental y posiblemente también la más servil al PP. Además, aunque su ideología no coincida con la tercera fuerza parlamentaria o incluso abrigue importantes discrepancias, sería un requisito imprescindible que no haya abominado antes de ella públicamente, como han hecho tantos. Otra cosa sería difícil de comprender por la base electoral de Vox. Con semejantes rasgos se me ocurren dos nombres. Uno es un político socialista (sic) de la conocida como “vieja guardia”, que llegó a tener el máximo cargo de una comunidad autónoma, y que además de ser abiertamente detractor del sanchismo, se ha destacado como una de las pocas voces de izquierdas críticas con la corrección política. Más aún, desde su distancia ideológica, en un artículo publicado en ABC el año pasado (11 de enero) rechazaba la simplista calificación de extrema derecha aplicada a Vox, al que reconocía “su voluntad de poner en evidencia los agujeros y abandonos que ha traído consigo la ideología políticamente correcta, como son la inmigración ilegal y las imposiciones del feminismo radical.” Sin embargo, veo difícil que Joaquín Leguina (pues del expresidente madrileño hablamos, por si no lo habían adivinado) aceptase ser el candidato de la moción. Por un lado sigue demasiado ligado sentimentalmente al PSOE como para asumir el rechazo que una decisión semejante despertaría en muchos compañeros que, incluso siendo críticos con Sánchez, verían como una traición al partido el intento de desbancarlo del gobierno. Por otro lado, Leguina también tiene buena relación, al menos a nivel autonómico, con el Partido Popular, desde donde la moción de censura no deja de verse como una maniobra hostil al partido presidido por Pablo Casado. Ambas circunstancias dificultan imaginarlo aceptando la propuesta de Vox. La otra figura en la que algunos han pensado procede también del PSOE, del que se escindió fundando otro partido. Hablo evidentemente de Rosa Díez. La exdirigente de UPyD supera, si cabe, al anterior candidato potencial en su visceral animadversión al gobierno Frankenstein apoyado por nacionalistas y separatistas. Tampoco faltan, a favor de la vizcaína, declaraciones suyas donde se desmarca, sin negar las discrepancias, del linchamiento general contra Vox, en las cuales desdeña el falaz argumento que pretende equiparar a los de Santiago Abascal con Bildu o con los separatistas catalanes, como si se tratara de extremos opuestos pero igualmente aborrecibles. Argumento, por cierto, muy del gusto de cierto liberalismo exquisito, como por ejemplo el que representa Cayetana Álvarez de Toledo, a la que algunos no han tardado en señalar, con dudoso acierto, como otra posible candidata a la moción de censura. Veo mucho más idónea a Rosa Díez, y en su caso no me cuesta tanto imaginar su aceptación. Me da la sensación de que, sin demérito de su demostrada valentía, tiene menos que perder que Leguina, aunque es seguro que tampoco saldría indemne de una aventura de recorrido efímero, y en la que personalmente no hay nada que ganar. En cualquier caso, el paralelismo plutarquiano entre Rosa y Santiago es significativo: ambos rompieron con sus antiguos partidos por razones muy similares, por no decir las mismas. Quizás su destino sea encontrarse y abrir el voto de Vox, sin devaluaciones de principios, hacia la izquierda sociológica y el liberalismo reticente.

La impiedad moderna

Uno de los tópicos habituales del pensamiento progresista, además de oponer ciencia y religión como modos de conocimiento irreconciliables, es enfrentar a la Antigüedad clásica con el judeocristianismo. El procedimiento no es nuevo, pues tiene su origen en la propia Edad Antigua, cuando ya algunos autores culparon al cristianismo de la decadencia del Imperio Romano. Lo cual llevó a la réplica del más grande Padre de la Iglesia, y probablemente el mayor filósofo cristiano de todos los tiempos: San Agustín de Hipona. De hecho, la influencia de la literatura grecolatina en San Agustín, en Boecio, en Santo Tomás, en Dante, etc., es tan profunda y extensa que resulta casi ridículo señalarla. Pero el argumento principal contra la falacia de oponer Atenas y Roma a Jerusalén es que el pensamiento progresista no sólo supone una ruptura con el cristianismo, sino con el espíritu más íntimo del paganismo antiguo, que no puede entenderse sin el concepto de piedad. Por definirla con pocas palabras, ésta sería la virtud de amar y respetar (venerar) algo superior a nosotros. Tanto el hombre grecorromano, como su heredero el cristiano, explican la existencia del mal en el mundo como resultado de la pérdida de la piedad, es decir, la desobediencia o alejamiento de la divinidad, sea por ignorancia o por soberbia. Así nos lo relata el poeta romano Ovidio (coetáneo de Jesús), al narrar la decadencia de la raza humana por edades sucesivas, desde la mítica Edad de Oro hasta la sangrienta Edad de Hierro, cuando surgen el crimen y la guerra, y “yace vencida la piedad”. (Metamorfosis, I, 145-150.) El mundo contemporáneo se rige en cambio, nada secretamente, por la arrogante divisa anarquista “Ni Dios ni amo”: Por el cuestionamiento no sólo de Dios, sino de toda autoridad y objeto venerable, como la paternidad, la patria, la realeza… Lo cual, significativamente, no ha sido obstáculo, sino más bien causa, de la instauración de algunas de las peores tiranías de la historia. No hay paradoja en ello: todo tirano reclama una sumisión abyecta y exclusiva, una grosera parodia del amor y sincero respeto que el piadoso pagano profesaba a dioses, faunos y ninfas, y el cristiano al Dios Trino, a la Virgen y a los santos. Como sucedáneo de la piedad, el progresista contemporáneo nos ofrece la compasión, un sentimiento de carácter horizontal e igualitario, pero por ello mismo caprichosamente selectivo, y fácilmente manipulable. Si la piedad nos engloba e incluye a todos como criaturas de Dios, la compasión se manifiesta habitualmente como un sentimiento tribal, es decir, como compasión hacia unos (determinados colectivos o simplemente los que piensan como yo) y odio indisimulado hacia los otros. La aparente admiración de los tiempos modernos por la Antigüedad pagana se basa en un malentendido, en una mirada sesgada que pretende contraponerla al judeocristianismo (y es cierto que hay grandes contrastes entre ambos) olvidando lo fundamental que los une, que es la concepción piadosa de la existencia, el reconocimiento de una realidad divina superior al hombre, tal como éste es superior al resto de animales, en la medida en que alberga una “semilla divina”, según expresión del citado Ovidio. La irreligión de un Lucrecio es la excepción, no la norma del mundo precristiano. La impiedad moderna es por ello tan extraña a la Roma cristiana como a la pagana. Rompe con la Antigüedad entera, desde Homero hasta Boecio, pero no quiere privarse de su prestigio, así que la deforma para convertirla en una suerte de anticipo de la modernidad, frustrado por los mil años de la “barbarie medieval”, durante los cuales curiosamente no sólo no fueron olvidados Homero, Platón, Aristóteles, Sófocles, Virgilio o Tácito, sino que en los monasterios cristianos se preservaron y copiaron pacientemente sus obras. El mundo clásico sobrevivió no sólo gracias al cristianismo, sino en gran medida en él. Negarlo sí que es la auténtica barbarie.

El filón de Vox

Hay una discusión sobre si Vox puede o debe crecer más a su izquierda que a su derecha. Barrunto que los que temen la lepenización de Vox, como los que la anhelan, se están precipitando. Antes de que se plantee esa posibilidad, si es que llega a plantearse, al partido presidido por Santiago Abascal le queda un filón de votantes casi inagotable, porque es creciente: el de todos aquellos que, no importa a quién hayan votado antes, acaban confesándote, casi a media voz, que “yo no soy de Vox, pero…” ¿Cuántas personas comparten muchas de las ideas fundamentales de la tercera fuerza en el Congreso, pero no lo saben, o quizás prefieren no saberlo? Cada vez son más quienes perciben que la ideología de género no tiene nada que ver con el feminismo de la igualdad de derechos, sino con una paranoia antimasculina explotada por la industria del activismo. Cada vez son más quienes comprenden que en los nacionalismos antiespañoles, al amparo de un concepto espurio de democracia, late un peligroso etnicismo, y que se los ha dejado ir demasiado lejos, desde hace demasiado tiempo. Cada vez son más quienes se dan cuenta de que la inmigración masiva, que nos venden como única fórmula para sostener el sistema de pensiones, y como insoslayable solidaridad, lo que por el momento está consiguiendo es que haya más subsidiados que cotizantes, que aumente la delincuencia y que nuestra cultura cristiana y humanista se vea hostigada desde dentro por el islam teocrático; todo ello sufrido en primera línea por los más humildes y vulnerables. Y cada vez son más quienes opinan que pretender abordar la historia no desde el conocimiento objetivo, sino desde las emociones y el sectarismo ideológico, es una grave irresponsabilidad. Pues bien, muchas de las personas que manifiestan semejantes inquietudes aseguran que no votan a Vox, o al menos se cuidan mucho de nombrarlo. ¿Por qué sucede esto? ¿Es que no son esas precisamente las ideas que sostiene Vox, no son justamente esas las legítimas preocupaciones que recoge, dándoles expresión? Lo cierto es que una mayoría social piensa (o más bien deja que la aplastante mayoría de medios lo piense por ella) que Vox no es que sea intelectualmente crítico con la ideología de género, sino que simplemente es machista, que pretende devolver a la mujer a un papel tradicional. Creen, porque se lo hacen creer, con obsesiva insistencia, que Vox no es meramente contrario a la inmigración ilegal, sino directamente xenófobo y racista, cruelmente insensible al drama de los inmigrantes africanos naufragados en el Mediterráneo. Que Vox no es en realidad antinacionalista, sino nacionalista español, y de un tipo no menos excluyente que los nacionalismos periféricos que combate. Y que Vox no critica la Ley de Memoria Histórica en defensa de la libertad de pensamiento y contra el guerracivilismo, sino que sencillamente no puede disimular su nostalgia franquista. Este es el monigote que el establishment político-mediático ha creado en suplantación de la verdad sobre Vox. Un partido de fachas, de machistas, de racistas. Normal que muchos de quienes reconocen inequívocamente sus opiniones en declaraciones de Abascal, Espinosa de los Monteros, Buxadé o Macarena Olona antepongan el cauteloso “yo no soy de Vox, pero…” A esto habría que añadir una argumentación algo más elaborada, sostenida por algunos autores liberales. Estos, como parte de su crítica al feminismo radical, a los nacionalismos, al multiculturalismo, etc., señalan al propio Vox como un indeseable efecto reaccionario de estos fenómenos, cuando no como su peor consecuencia. Vienen a decir algo así como lo siguiente: “¿Veis lo que habéis provocado con el feminismo de género? La aparición del neomachismo. ¿Veis a dónde nos lleva el multiculturalismo? Al resurgimiento de la xenofobia y del fascismo. ¿Veis los frutos de los nacionalismos periféricos? El regreso del casposo nacionalismo español.” Así pueden compartir muchas de las ideas de Vox, con su tirón popular, al mismo tiempo que proclaman su intachable pureza ideológica ante la élite progresista. El inevitable resultado, como no puede dejar de verse, es que determinadas posiciones acaban teniendo una representación política inferior a la que les correspondería, tanto por su verdadera popularidad como por su consistencia intelectual. La anomalía democrática no es que Vox sea tercera fuerza, sino probablemente que no sea la segunda o la primera; todavía.

La penúltima verdad

El autor de ciencia-ficción Philip K. Dick publicó en 1964 una novela titulada La penúltima verdad. La acción se sitúa en 2025, trece años después de la Tercera Guerra Mundial. La mayor parte de la población vive confinada en tanques subterráneos creyendo que la guerra no ha terminado, y que la superficie es inhabitable debido a la radiación y las armas bacteriológicas. Mientras, en el exterior, una administración al servicio de una clase neofeudal, posesionada de un planeta despoblado y reverdecido, mantiene en el colosal engaño a los de abajo gracias a su control de la televisión, única fuente de información de la que disponen las masas hacinadas bajo tierra. Hasta aquí la fantasía. Pero una breve reflexión sobre el mundo real de 2020 nos revela que, en rigor, no es necesario el confinamiento subterráneo para que el gobierno imponga con éxito una visión ficticia del mundo. Basta la existencia de una tecnología de comunicación audiovisual atractiva, unidireccional y universal, que alcance a todos los individuos, que penetre en todos los hogares. La misma que ya existía a mediados del siglo pasado. Hemos vivido, en estos últimos meses, cómo el gobierno de coalición de Sánchez e Iglesias ocultaba las cifras reales de muertos por la epidemia. Pero ya llevamos mucho tiempo comprobando cómo cualquier información que no encaja con las premisas llamadas progresistas es ocultada, escondida, silenciada. Esto se aplica en particular a la violencia existente en el mundo. La mayor parte de ella se debe a la delincuencia común u organizada, al extremismo izquierdista y al teocratismo islámico. Sin embargo, una persona que se informe principalmente por la televisión tendrá una visión completamente distinta de la realidad. Diariamente le recordarán que el principal problema de los países desarrollados es la violencia y la discriminación contra las mujeres, los homosexuales, los inmigrantes o las minorías raciales. Y cualquiera que ose salirse de este marco mental será identificado, de modo más o menos explícito, con el fascismo derrotado en la Segunda Guerra Mundial, como si ésta no hubiera terminado todavía. Todo esto gracias a esa pantalla que nos dicta a todas horas, en el mismo salón de nuestra casa, mientras se supone que nos informa o entretiene, lo que tenemos que opinar sobre cualquier tema, desde la religión y la política hasta el sexo. Y además con el prestigioso aval de esos modernos clérigos que llamamos intelectuales y científicos. Vivimos dentro de una novela de ciencia-ficción, casi literalmente.