Lo que hay de verdadero y falso en el NOM

Tras la caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética, Bush padre acostumbraba a emplear la expresión “Nuevo Orden Mundial”, que podía entenderse, florituras aparte, como un nuevo statu quo en que los Estados Unidos ostentaban en solitario la hegemonía mundial. Los progresistas no tardaron en apropiarse de la expresión, confiriéndole un sentido siniestro y vagamente conspirativo, a fin de usarla como arma arrojadiza contra el presidente norteamericano. Como es sabido, todo presidente de los Estados Unidos perteneciente al Partido Republicano es automáticamente catalogado como una suerte de Satanás, si bien disfrazado de vaquero paleto, responsable de prácticamente todas las guerras y calamidades que suceden en el planeta. El fenómeno de la histeria antiTrump no es enteramente nuevo, ni mucho menos, como sabe cualquiera que no haya nacido hace menos de dos o tres décadas.

Ahora bien, de un tiempo a esta parte, “Nuevo Orden Mundial”, frecuentemente abreviado como NOM (lo que le presta una apariencia de realidad objetiva y concreta, ni que habláramos de algo tan real como la ONU o la OTAN), ha sido adoptado por algunos autores de derechas y las miríadas de sus seguidores en las redes sociales. Se trata de un caso análogo a esa otra expresión que era el “pensamiento único”, surgida también en los noventa en los medios izquierdistas para referirse a un supuesto predominio de la ideología “neoliberal”. Que entrecomillo porque nunca he visto a nadie definirse como tal, de lo cual dedúcese que es un término que esgrimen sólo los enemigos del mercado libre con fines despectivos. Pues bien, también la expresión “pensamiento único” se ha pasado al campo derechista, en el cual designa a esta religión laica que amalgama la charlatanería de “género”, el multiculturalismo y el ecologismo milenarista, y que en este caso sí que puede justamente caracterizarse como dominante en los medios de comunicación, en las instituciones supranacionales, en los gobiernos y en la academia.

Pero el acrónimo NOM no es simplemente una palabra que un bando ideológico ha sabido reclutar con hábil oportunismo para sus fuerzas dialécticas. En el uso que hacen de ella algunos de los autores de derechas a los que aludía se han deslizado connotaciones y algo más que connotaciones de tipo antisemita (ellos dirán “antisionista”) y anticapitalista (ellos dirán antiglobalización o antieconomía “especulativa”) que son extrañas al pensamiento liberal-conservador clásico. En la teoría del NOM han recalado viejos delirios esotéricos del estilo de los Protocolos de los Sabios de Sión y similares, que en lugar de someter a la Ilustración a la crítica inteligente que merece, se convierten en un remedo de la caricatura oscurantista que los propios ilustrados se habían fabricado a modo de contrincante fácil.

Varias son las causas de esta deriva, algunas fundadas en hechos objetivos y otras no. Por ejemplo, es un hecho objetivo que las instituciones que promueven la ideología de género-LGTB y el multiculturalismo son al mismo tiempo, por lo general, defensoras (aunque no siempre coherentemente) del libre comercio internacional y la globalización. Pensemos en las pretensiones de los dirigentes de la Unión Europea de seguir laminando las soberanías nacionales, no sólo en el orden económico sino en el político y cultural, como se aprecia por las severas críticas y amenazas disciplinarias a los países del Este que no se pliegan al discurso multiculturalista ni de “género”.

Otro ejemplo, enmarcado en la influencia de los judíos en Washington, nos lo ofrece que un poderoso defensor de la globalización progresista sea el multimillonario judío George Soros. También es un hecho innegable, aunque de importancia difícil de calibrar, la actividad de la masonería, entre cuyos miembros se encuentran numerosos dirigentes políticos.

Sin embargo, el salto de esos hechos a la teoría conspirativa del NOM supone incurrir en una falacia lógica muy burda pero muy extendida, tanto entre la izquierda como la derecha. Es la misma falacia que se comete cuando, a partir de hechos innegables como que algunos hombres maltratan a sus parejas o exparejas del sexo opuesto, se construye toda una teoría paranoica y seudofreudiana sobre el patriarcado opresor y omnipresente, que actúa discriminando a la mujer en todos los órdenes y grados, desde los mil y un ejemplos de “sexismo” y “micromachismos” hasta el asesinato de mujeres, como si existiera una especie de continuum conceptual desde los vestidos rosas para niñas hasta la crónica negra de sucesos.

Reconocemos el mismo razonamiento defectuoso en el asunto que nos ocupa. Sobre hechos como que algunos dirigentes y autores progresistas mezclan aviesamente la libre circulación de personas y de mercancías con ideas contrarias a las identidades nacionales, las tradiciones y al cristianismo (por ejemplo, apoyando la entrada masiva de inmigrantes musulmanes en Europa como una supuesta necesidad del mercado laboral), y que algunos líderes y conspicuas figuras del progresismo mundialista son judíos, masones o miembros del Club Bilderberg, algunos montan una entelequia consistente en un Gobierno Mundial secreto (es decir, indemostrable por definición) o Gran Conspiración que aspira a someter a los Estados nacionales a los designios de una plutocracia cosmopolita, aplicando un siniestro Plan (por supuesto, también secreto) minuciosamente pergeñado hasta el último detalle.

Este es el error en el que cae la derecha cuando se deja fascinar por actitudes propiamente revolucionarias o de izquierdas, consistentes en externalizar la culpa en entidades malignas abstractas, aunque a menudo encarnadas en sujetos concretos, como el “capitalismo”, el “imperialismo”, las multinacionales o la Trilateral. A esta derecha echada a perder por el izquierdismo es a la que podemos considerar con propiedad como ultraderecha, término a menudo utilizado con imperdonable ligereza. A la verdadera ultraderecha se la reconoce porque adopta con naturalidad un claro lenguaje anticapitalista y por una inconfundible vena esotérica. Tiende a sustituir el papel de las ideas en la historia y la sociedad por el de misteriosas y casi omnipotentes fuerzas ocultas, lo que paradójicamente la acerca más al materialismo histórico, es decir, a una visión en que la realidad primordial es de naturaleza impersonal. Por eso los liberal-conservadores que venimos de la izquierda tenemos calada a la ultraderecha: nos recuerda demasiado a aquello de lo que logramos escapar.

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