Siempre existirán derecha e izquierda

Una de las citas más divulgada de Ortega es ésta, perteneciente a La rebelión de las masas: “Ser de izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral.” Conviene no obstante señalar el contexto en el que fueron escritas esas palabras, publicadas en plena Guerra Civil: una época terrible en la que tanto la izquierda como la derecha atacaban el liberalismo como algo caduco.

Pasados aquellos tiempos turbulentos, la derecha y la izquierda siguen siendo referencias políticas de las que es imposible sustraerse. Incluso los liberales pueden ser clasificados como liberales de izquierdas (progresistas) o de derechas. No hagan caso de quien les diga que él no es ni una cosa ni la otra. Sucede como con las creencias religiosas. O eres creyente o ateo. Los agnósticos se limitan a proclamar algo generalmente admitido, incluso por los creyentes mínimamente informados: que la existencia de Dios no se puede demostrar ni refutar formalmente. Pero lo relevante es que, tanto si prefieres llamarte ateo como agnóstico, no tienes fe en Dios. O crees en Él o no; no hay una tercera opción.

Si tratamos de definir con la mayor economía de palabras la diferencia entre la izquierda y la derecha, desde el punto de vista de la primera, podríamos decir algo así como que la izquierda está a favor del progreso y la derecha en contra. El problema surge cuando tratamos de ponernos de acuerdo acerca de qué es el progreso. Sin duda todos coincidimos en que progresar es sinónimo de mejorar. Pero esa mejora aún puede interpretarse de múltiples maneras. Ya lo señaló Chesterton: “La mayor parte de las discusiones modernas sobre dicha cuestión son meros argumentos circulares… La evolución sólo es buena si produce un bien; el bien sólo es bueno si ayuda a la evolución. El elefante se sostiene sobre la tortuga y la tortuga sobre el elefante.” (Ortodoxia.)

Concedamos por hipótesis que la derecha es contraria al progreso. La pregunta obligada es: ¿cómo puede haber alguien que esté en contra de mejorar las cosas? Para la izquierda existen dos explicaciones posibles: o bien se opone al progreso por ignorancia, o bien porque defiende intereses particulares que chocan con el interés general. De ahí que para alguien de izquierdas, un obrero de derechas tiene que ser tonto, o dicho finamente, estar alienado. Y una mujer consciente será feminista, y un gay comprometido apoyará las reivindicaciones del lobby LGTB. Lo que más le rompe los esquemas al izquierdista o progresista es que los obreros voten a Vox. O que Dolce y Gabbana no estén a favor de que los niños sean adoptados por parejas homosexuales.

La derecha, lógicamente, lo ve de otra manera. Ella sostiene que existe un modo alternativo de entender el progreso y por tanto de favorecerlo. Es decir, ser de derechas o de izquierdas no obedecería a causas sociales o materiales, sino de índole intelectual, y por tanto individual, en vez de colectiva. Aceptando este punto de vista, no debería sorprendernos que tantos aristócratas apoyaran la Revolución francesa, ni que el mejor amigo y colaborador de Marx fuera un rico industrial llamado Engels, o que Lenin naciera en el seno de una familia terrateniente. Ni que por el contrario haya tantos trabajadores, mujeres, inmigrantes o gais que voten a Vox. Simplemente, piensan con independencia de lo que algunos han decidido que tienen obligación o necesidad de pensar.

Curiosamente, suele ser la izquierda quien presume de independencia y superioridad intelectual. Un dato parece asistirle: probablemente la mayoría de quienes viven de su intelecto (docentes, literatos, artistas, periodistas, etc.) tienden a ser de izquierdas. Pero ello no es una prueba de que se hallen en posesión de la verdad, sino de que, efectivamente, la diferencia entre izquierda y derecha no es de orden socioeconómico, sino espiritual, cognoscitivo. Incluso para cometer determinados errores se necesitan unos conocimientos por encima de la media. Un analfabeto podrá decir “haiga” o “semos”, pero nunca llegará a afirmar que “la existencia precede a la esencia”, o que “el género es una construcción cultural”, porque ni siquiera es capaz de concebir semejantes tesis erróneas. Sin los intelectuales no existirían algunos de los errores más funestos de la Historia, como el comunismo o el nacionalsocialismo, si bien tampoco podríamos criticarlos ni entender cabalmente determinadas verdades.

Entre las concepciones del progreso que defienden la derecha y la izquierda hay tres diferencias principales, que enumero a continuación.

1) Para la izquierda es un progreso que cada vez haya menos pobreza, de ahí que defienda tenazmente la redistribución y el incremento de la lista de los llamados “derechos sociales”. La derecha coincide en el fin, pero discrepa en los medios: cree que lo más eficaz es la creación de riqueza, sin la cual la redistribución acaba convertida en un mero reparto de la miseria. Y no piensa ni remotamente que la pobreza pueda combatirse meramente con decretos o reformas constitucionales. Por decirlo con las palabras de Edmund Burke: “¿De qué sirve hablar del derecho abstracto que un hombre tiene a la comida o a los medicamentos? Lo que importa es el método para procurárselos y administrárselos. En esta deliberación yo siempre aconsejaré solicitar la ayuda del granjero y del médico, antes que la del profesor de metafísica.” (Hoy diríamos el politólogo o el sociólogo, sin que en la práctica suponga una mejora sustancial.)

2) La izquierda sostiene que es posible y deseable que la igualdad de condiciones aumente hasta que desaparezcan por completo cualesquiera diferencias de riqueza, o entre los sexos, o debidas a otras circunstancias. La derecha defiende la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades, pero (o más bien debido a ello) no cree que las disparidades que se produzcan a partir de ahí se puedan seguir considerando injustas. Por ejemplo, en aquellas sociedades donde los dos sexos gozan exactamente de la misma libertad a la hora de elegir sus estudios, está comprobado estadísticamente que las mujeres tienden a elegir principalmente profesiones en la enseñanza o la salud, mientras que los hombres se inclinan más a las ciencias exactas o a las ingenierías. Para la izquierda, esto es un síntoma de que persiste una intolerable discriminación machista, mientras que la derecha digna de tal nombre lo ve como un mero resultado de la libertad individual, en el que no es lícito intervenir sugiriendo a las mujeres lo que les debería gustar, ni culpando a los hombres.

3) La izquierda, al igual que con la igualdad, cree que la libertad puede aumentar de manera indefinida, aunque en este caso, si tenemos en cuenta los progresos tecnológicos, no haya un término final imaginable. La derecha en cambio sostiene que existen unas libertades fundamentales e inalienables, como el derecho a la vida y a la propiedad, o la libertad religiosa y de expresión, y que tampoco aquí tiene sentido seguir engrosando una lista de derechos como si se tratara de la carta a los Reyes Magos. La derecha, cuando se respeta a sí misma, no admite la idea de “nuevos derechos”. Los derechos humanos no han cambiado desde hace diez mil años, fueran reconocidos o no en el pasado. No se los inventaron los autores de la Declaración de los Derechos Humanos en 1948. En lugar de defender libertades cada vez más extravagantes, como el matrimonio homosexual, o tan viles como el aborto, el derechista coherente es partidario de proteger los derechos clásicos, que precisamente se ven amenazados por quienes, en su empeño de perseguir unas libertades y una igualdad quiméricas, más allá de todo lo razonable e incluso deseable, pretenden imponer a los demás los costes de sus delirios, y hasta cerrar las bocas de los discrepantes.

Este es el problema esencial del llamado progresismo. En su empeño por intentar mejorar a la humanidad desde su particular punto de vista, se deje o no se deje la humanidad, a menudo lo que consigue es lo contrario; incluso estropea lo que funcionaba aceptablemente bien. De ahí que la derecha se vea obligada tantas veces a actuar como reparadora de los desastres causados por la izquierda. La cual aprovecha este papel restaurador de su adversaria para reforzar la leyenda de las fuerzas enemigas del progreso, que pretenden hacernos retroceder hacia edades supuestamente oscuras.

Termino citando de nuevo a Burke, cuando hablaba de los revolucionarios franceses, lo que vale mutatis mutandis para nuestros progresistas de hoy: “…proceden argumentando como si todos los que están en desacuerdo con sus nuevos abusos han de ser necesariamente partidarios de los viejos; y argumentan así para que quienes reprueban sus rudos y violentos esquemas de libertad sean mirados como si estuvieran abogando por la esclavitud.” Y no sólo eso: “piensan que están haciendo la guerra a la intolerancia, el orgullo y la crueldad, mientras que, bajo la apariencia de estar aborreciendo los malos principios de los partidos anticuados, están de hecho autorizando y dando pábulo a esos mismos vicios en manifestaciones diferentes, y tal vez incluso peores.”[1]

Si al lector le parecen absolutamente vigentes estas palabras de Burke, admítalo: es de derechas.


[1]Reflexiones sobre la Revolución en Francia, Alianza Editorial, Madrid, 2013. Negritas mías. Páginas 105, 191 y 215.

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Qué pretenden los progres cuando culpan al porno

Como reacción al incremento de las violaciones en grupo (un 22,7 % en 2018, según El País del 25 de junio pasado), numerosos medios han llamado la atención sobre la relación entre la pornografía y la violencia sexual. Por poner sólo un ejemplo entre muchos, sirva el artículo de donde he obtenido ese porcentaje, titulado: «La escuela de “las manadas”», con la siguiente entradilla: «El porno, la normalización y erotización de la violencia o la falta de empatía están detrás de las violaciones en grupo.»

El mero sentido común ya nos indica que esa relación es difícil de negar. Si un individuo consume habitualmente pornografía, parece bastante lógico que tenga algunas probabilidades más de cometer un delito sexual que si, en lugar de ello, dedica sus horas de ocio a una irrefrenable pasión por la ornitología o la numismática. Además, existe en apoyo de esta intuición una nada despreciable literatura científica, de la que el catedrático Francisco José Contreras nos ofrece unas cuantas pistas en su imprescindible artículo titulado «Por qué un liberal debe combatir la pornografía».

Dicho esto, yo me pregunto cuál es la verdadera motivación de los medios progresistas (o sea, la aplastante mayoría de ellos) para acusar ahora al porno. Los “libertarios exquisitos”, como los llama F. J. Contreras, interpretan tal acusación como un neopuritanismo que podría llevar a regulaciones incompatibles con libertades individuales básicas. Leyendo a algunos de ellos, se diría que, en una sociedad donde la administración fija minuciosamente el tipo de información nutricional de las cajas de galletas y el tamaño de las jaulas de las gallinas ponedoras, el destino de la libertad en Occidente depende dramáticamente de si se puede acceder a la pornografía con mayores o menores restricciones.

En mi modesta opinión, de retorno al puritanismo, por parte del progresismo, no hay nada de nada. Más bien se trata de todo lo contrario, de una insistencia en seguir apuntalando las ideas matrices de una sociedad permisiva y relativista, ¡incluyendo el blanqueo de la pornografía! Intento explicar esta paradoja.

Esos medios que ahora muestran una preocupación sobrevenida por la temprana iniciación en contenidos “para adultos” de muchos adolescentes, hasta un minuto antes ofrecían una imagen del porno mucho más frívola, considerándolo incluso como «un buen método para sanear (sic) las relaciones sexuales». El entrecomillado procede de un banal artículo publicado en El País, cuatro meses antes del citado sobre las causas de las violaciones grupales. En dicho texto, diversas “expertas” recomiendan a parejas con inapetencia sexual no sólo “consumir pornografía juntos o introducir juguetería erótica”, sino también las “relaciones abiertas” y el intercambio de parejas. «La monogamia –nos dicen– no es el único modelo de relación que existe», y en apoyo de esta tesis nos citan a grandes eminencias como las actrices Scarlett Johansson o Emma Thomson.

Es más, volviendo al artículo que nos presenta una imagen menos amable de la pornografía, veremos que las críticas a ésta no son más que un pretexto para lo acostumbrado: cargar contra el omnipresente “machismo”. Incluso si una “experta en género” entrevistada reconoce, en un efímero momento de lucidez, que quizás nos estamos cargando la familia tradicional demasiado alegremente, no deja de poner el acento en la panacea de las políticas igualitaristas.

Para acabar de entender plenamente el debate sobre la pornografía debemos caer en la cuenta de que su intención más inmediata es la de tapar otro debate latente: el que se produciría a poco que se dejaran de ocultar las cifras de la sobrerrepresentación de inmigrantes, en especial de origen magrebí, entre los autores de delitos sexuales.

Háganse esta pregunta: ¿por qué esta obsesión en proteger a los inmigrantes ilegales omitiendo la nacionalidad de origen de los delincuentes? La doctrina oficial es que no hay que alimentar la xenofobia. Lo cual, como denunció Santiago Abascal en su memorable primer discurso del Congreso, equivale a tomar a los ciudadanos por menores de edad.

Pero la razón de fondo es que una sociedad que acepte la inmigración sin apenas crítica se mantiene más inconsciente ante la gravedad del problema de la baja natalidad. La entrada masiva de extranjeros permite maquillar las inquietantes cifras del decrecimiento vegetativo de la población, incluso inspira la falacia de que “vienen a pagarnos las pensiones”, lo cual se contradice con la facilidad con que los inmigrantes obtienen subsidios y servicios públicos gratuitos, a menudo nada más poner los pies en nuestro territorio.

Pues bien, esa inconsciencia de la grave crisis de natalidad que padece la mayor parte del mundo civilizado, aunque España en superior grado que muchos países, es posiblemente la mejor garantía que tiene el progresismo hegemónico de que muy pocos se empiecen a cuestionar su escala de valores. La libertad sexual como principio supremo, al desacreditar la monogamia como una antigualla, socava el marco cultural e institucional más idóneo para la procreación. Si el placer es el objetivo principal, cualquier estilo de vida sexual (voyeurismo, onanismo, promiscuidad, homosexualidad) pasa a tener igual valor que la familia natural estable con dos o más hijos. Añadamos a ello el carácter de “derecho” sacrosanto que el progresismo confiere al aborto, y no hará falta ser un lince para darse cuenta de su carácter letal para la fecundidad.

En conclusión, las alertas de El País y los demás medios progresistas sobre el porno no sólo son notablemente hipócritas: en última instancia no tienen otra intención que distraernos, a fin de neutralizar un debate más hondo sobre las creencias fundamentales que rigen nuestra sociedad. Los progresistas no se han vuelto puritanos, sino que por el contrario siguen a lo suyo, que es defender una seudomoral donde la libertad de acostarse con quien uno quiera o masturbarse se valoran por encima de la fidelidad matrimonial y la castidad. Cuando superficialmente parece que critican el porno, en realidad no hacen otra cosa que agitar a los liberales divinos para que les hagan el juego. Yo quisiera tranquilizar a estos últimos. Los progresistas que nos gobiernan y nos adoctrinan desde los medios, lo último que harán es cuestionar las concepciones sexuales dominantes desde Mayo del 68. Antes prohibirán expresar la defensa de la familia natural, por “machista” y “homófoba”. Echo de menos ver a ciertos liberales tan preocupados por esta amenaza, mucho más real.

Igualitarismo y nacionalismo

Es habitual tratar de definir el separatismo catalán como un movimiento retrógrado, incluso como un racismo más o menos encubierto. En parte, esto obedece a la extendida y acrítica identificación entre el “progreso” y el bien, de manera que si algo nos parece mal, tendemos a clasificarlo como opuesto al progreso, escudriñando en él rasgos reaccionarios que nos permitan racionalizar nuestra aversión. Ya son un subgénero literario en sí mismo los artículos que, periódicamente, tratan de demostrar que nacionalismo e izquierda son radicalmente incompatibles, como si no ser de izquierdas fuera lo peor que se pudiera decir de uno, y por mucho que determinadas formaciones (ERC, la CUP, Bildu, BNG, etc.) se empeñen en contradecir esa incompatibilidad con su sola existencia.

Aunque es cierto que en nacionalismos como el catalán y el vasco existen claras tendencias “reaccionarias” (en el habitual sentido trivializador del término; olviden aquí el lúcido cuestionamiento de la modernidad de pensadores como Donoso Cortés o Gómez Dávila), ese análisis se queda muy en la superficie. Sostener que los nacionalismos ibéricos no son más que una reedición del carlismo sería como pretender que el comunismo no es más un retorno a herejías pobristas medievales. Aunque existen continuidades y analogías innegables, aplicar mecánicamente plantillas del pasado nos lleva a caer en el burdo anacronismo.

En mi opinión, el separatismo catalán de los últimos años encaja perfectamente con una tendencia muy honda de los tiempos modernos: es la pasión igualitarista, que no sólo tiene poco que ver con la igualdad ante la ley, sino que tiende, en aparente paradoja, a trastocarla. Para tratar de entender este aserto (que, como verán, no pretende precisamente embellecer al nacionalismo), conviene aclarar a qué nos referimos con el término “igualitarismo”.

Pensemos en el feminismo y en el movimiento LGTB. Aunque todas las constituciones democráticas del mundo occidental reconocen la igualdad ante la ley sin distinción de nacimiento, sexo, raza, creencias, etc., el feminismo insiste en tratar de derribar cualquier otro tipo de diferencia fáctica o empírica. Así, por poner un ejemplo entre cientos, se reivindica que el fútbol femenino tenga la misma consideración y popularidad que el masculino, que las futbolistas profesionales gocen de los mismos ingresos que los futbolistas…

En realidad, nada permite suponer que las diferencias que existen entre el fútbol femenino y el masculino se deban a ningún tipo de discriminación, a leyes que prohíban o dificulten que las mujeres puedan jugar al fútbol, si es su deseo. Todo indica que son de origen natural: el fútbol es un deporte brusco inventado por hombres, y es normal que las mujeres no destaquen tanto en él, y sobre todo que se interesen minoritariamente por él. Pero el feminismo contemporáneo no quiere escuchar nada de esto. Toda diferencia le parece a priori injusta, y debe remediarse invirtiendo en ello recursos públicos, promoviendo campañas de “visibilización”, etc.

Otro ejemplo paradigmático de este igualitarismo hiperventilado es el matrimonio entre personas del mismo sexo. Aunque el matrimonio es una institución que surgió para proteger la maternidad y la procreación, implicando al padre biológico en las responsabilidades de crianza, el movimiento homosexualista (que no representa ni mucho menos a todos los homosexuales) ha hecho bandera de lo que llama, significativamente, “matrimonio igualitario”, y pretende que no reconocerlo es una violación de sus derechos.

No importa que el fútbol se concibiera como forma de diversión típicamente masculina, ni que el matrimonio sea una institución protectora de la familia natural: la obsesión igualitarista no atiende a razones de tipo histórico, cultural ni siquiera biológico. La cuestión es que hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales sean iguales no solamente ante la ley (lo que ya tienen reconocido) sino en todo aquello en lo que son intrínsecamente desiguales, no por razón de ninguna injusticia, sino por la mera naturaleza de las cosas. No deja de ser algo tan absurdo como si una asociación de calvos luchara para conseguir que los comercios suministren peines para calvos, que les proporcionen sensaciones similares a aquéllas de las que gozan los cabelludos. ¿O es que acaso no tienen los calvos el mismo derecho a peinarse que los demás?

Pues bien, los nacionalismos catalán, vasco y similares obedecen a la misma lógica igualitarista. El señor o señora que luce un lacito amarillo en Cataluña aspira a que su comunidad autónoma sea un Estado en igualdad de condiciones con los demás Estados reconocidos por la ONU. Quiere que Cataluña no sólo tenga su propio gobierno y parlamento, sino además sus embajadas, sus fuerzas armadas, su puesto en las organizaciones internacionales… Quiere que “su país” sea un país “normal”, como los demás. Igual que los demás.

Como el gay que asegura que poder casarse con un hombre es cuestión de “dignidad”, el separatista catalán también reclama dignidad: cree sinceramente que su reivindicación es de un derecho humano elemental, que “això va de democràcia”. Psicológicamente (ya que no lógicamente) esto puede ser perfectamente compatible con abrigar sentimientos supremacistas, con pensar que los meridionales son inferiores cultural o incluso genéticamente, que el catalán es más trabajador, culto y moderno que los habitantes al sur del Ebro, y toda la panoplia de desatinos que uno puede escuchar o leer tanto en la calle o las redes sociales como en círculos nacionalistas supuestamente más sofisticados. Pero nada de todo esto, si se analiza detenidamente, explica por qué un nacionalista no se conforma con un Estado tan políticamente descentralizado como el español, que le permite incluso discriminar a la lengua española común en la enseñanza y los demás servicios públicos.

La obsesión igualitarista de nuestro tiempo es lo que está detrás de aberraciones como la pretensión de que transexuales con pene puedan entrar en aseos públicos de mujeres, pero también de que una maestra maltrate a una niña en clase por pintar la bandera de España. En este segundo caso, esa funcionaria pública (el título de maestra le viene muy grande) no cree estar haciendo otra cosa que contribuir a que Cataluña sea una república como las otras repúblicas que hay en el mundo. Los miembros y simpatizantes de asociaciones LGTB, las feministas y los nacionalistas catalanes quieren ser “normales”, tal como entienden ellos la normalidad, que es en buena medida una cuestión de apariencias, de signos externos, de reconocimiento.

¿No son reivindicaciones perfectamente legítimas? Hay que decirlo claramente: no. A Tocqueville le admiraba que “por una singular extravagancia de nuestra naturaleza, la pasión por la igualdad, que debería disminuir a la vez que la igualdad de condiciones, aumenta, por el contrario, a medida que las condiciones se igualan”. Pero semejante aceleración emocional del igualitarismo, una vez se ha conseguido la igualdad formal, anda muy lejos de ser una ampliación de ésta. Por el contrario, la pone claramente en peligro, y sobre todo pone en peligro la libertad.

Todo lo que va más allá de la igualdad ante la ley, contiene en sí mismo el germen del despotismo, porque implica obligar a otros, cambiar a los demás, quiéranlo o no. Y también porque erosiona instituciones como la familia y otras que puedan actuar como contrapeso al estatismo. Al contrario de lo que parece, el igualitarismo no es una ampliación de las igualdades formales, sino una perversión o degeneración de ellas, que las acaba lesionando, al imponer las orwellianas “discriminaciones positivas”, o sea, lo que vienen siendo las discriminaciones de toda la vida. Es este igualitarismo desquiciado el que promulga normas que favorecen más al sexo femenino, pero también el que para “normalizar” el catalán discrimina a los castellanohablantes y destruye la igualdad de todos los españoles, por ejemplo ante la Sanidad pública. Ir “más allá de” la igualdad formal significa, siempre, ir contra la propia igualdad formal.

Quien esto escribe es catalán, habla y lee en catalán, siente gran estima por las tradiciones y paisajes de su región, pero no necesita lo más mínimo que ésta sea una república con asiento en la ONU, ni tener un documento de identidad catalán, ni que un Ejército catalán desfile por la Diagonal de Barcelona el 11 de setiembre. No sólo no lo necesito para nada, sino que estoy orgulloso de la historia de España, de una lengua española con cientos de millones de hablantes, y de nuestras Fuerzas Armadas.

¿Es casual que yo no esté obsesionado lo más mínimo por la igualdad? Creo que ha quedado claro que defiendo firmemente la igualdad de los españoles ante la ley, en todo el territorio nacional. Lo que no concibo son engañosas extensiones de esa igualdad. No envidio a quien tiene más dinero que yo, ni vive en una casa más grande y confortable, ni tiene mejor coche. Me parece natural y hasta conveniente que existan diferencias de renta, porque, aunque no siempre se deban al mérito, sería imposible evitarlas sin dejar de reconocerlo. Un médico debe ganar más que un barrendero, porque se requieren muchos más esfuerzos y capacidades más escasas para llegar a ser lo primero. Y también es justo y natural que un empresario que crea cientos o miles de empleos gane considerablemente más que cualquiera de sus empleados.

Tampoco veo injusto que las mujeres tengan hijos y los hombres no. Es algo que forma parte del orden natural, y pretender ignorar sus consecuencias, por ejemplo en el terreno laboral, me parece una actitud inmadura, de negación del principio de realidad. Nunca se conseguirá que los hombres y las mujeres sean exactamente intercambiables, y además no veo por qué deberíamos desear tal cosa. No todo está bien por el mero hecho de que lo deseemos; a menudo tenemos deseos equivocados, salvo que neguemos la existencia de una realidad objetiva. Un mundo rediseñado a nuestro antojo no sería necesariamente un paraíso, y de hecho hay sobradas razones para pensar que se convertiría en un infierno.

Muy sumariamente, en esto consisten las razones por las que no soy de izquierdas, ni por tanto separatista. Esencialmente son las mismas.

El error de Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada goza de la irritante capacidad de proclamar grandes verdades, nacidas de su fe católica, ligándolas a una tesis obsesivamente simple que no hace más que arruinar casi todos sus artículos.

El último que he podido leer del novelista, titulado “Ultraderecha”, es un buen ejemplo de ello. Denuncia su autor, con toda razón, el discurso de quienes nos previenen reiteradamente contra la “ultraderecha”, mientras nos imponen un totalitarismo destructor de la familia y del asociacionismo civil, endulzado con el señuelo de “los derechos de bragueta”.

Pero J. M. de Prada no se limita a enunciar esta perversa estrategia, sino que identifica a su sujeto con el “mercado global”, que define como “el sometimiento de las economías nacionales al Dinero apátrida, los fondos de inversión y los valores bursátiles especulativos.”

Lo que caracteriza a las teorías conspirativas no es que sostengan la existencia de conspiraciones, pues es evidente que estas han existido y existirán, sino que todo lo explican por la acción de fuerzas en última instancia materiales. Se pueden denominar de distinto modo: la burguesía internacional, Wall Street o el judaísmo, pero en esencia se trata del poder del dinero, convertido en motor del mundo y culpable de todos los males, desde la pobreza de África y las guerras hasta los relativamente bajos sueldos de los repartidores de comida a domicilio.

Discrepo de raíz de semejante concepción. Creo firmemente que lo que mueve el mundo no es ninguna fuerza material, sino la opinión. Como decía Ortega en su libro más célebre, La rebelión de las masas: “El mando es el ejercicio normal de la autoridad. El cual se funda siempre en la opinión pública, hoy como hace diez mil años, entre los ingleses como entre los botocudos. Jamás ha mandado nadie en la tierra nutriendo su mando esencialmente de otra cosa que de la opinión pública.” Y para más precisión añadía unos párrafos después: “mando significa prepotencia de una opinión; por tanto, de un espíritu; (…) mando no es, a la postre, otra cosa que poder espiritual.”

Hay sin duda una parte de verdad en la tesis de Prada, aunque muy mal comprendida. El dinero está dispuesto a cambiar de principios, a lo Groucho Marx, a gusto del consumidor, o del grupo de presión que meta suficiente ruido, como hacen Disney o Google cuando se rinden a la mafia del género. Pero la cuestión aquí es: ¿quién utiliza realmente a quién?

En la imaginación popular, así como en el marxismo (¡y en los discursos de ultraderecha que pululan en las redes sociales!) el dinero se percibe como todopoderoso, por su capacidad de comprarlo todo, incluido el poder. Pero en realidad, el poder político es una de las pocas cosas que no se puede comprar con dinero, precisamente porque depende de algo tan poco físico como la opinión, esas ideas y creencias que libran combate incansable en nuestras almas. Lo único que las grandes corporaciones y las clases acaudaladas pueden conseguir es pagar el correspondiente peaje o mordida para que los gobiernos no las molesten durante un tiempo.

Los comunistas explicaban la aparición del fascismo y el nazismo como un mecanismo defensivo del capitalismo para frenar al comunismo, teoría que ilustraban con las donaciones de industriales alemanes a Hitler. No puede decirse que la jugada les saliera redonda: en poco más de una década, Alemania estaba literalmente arrasada, marco poco idóneo para los negocios. Probablemente, esos industriales se limitaron a elegir entre susto y muerte, prueba de que no eran tan poderosos como para evitar ambos a la vez.

El propio J. M. de Prada parece tener una explicación distinta de lo que es el fascismo, que caracteriza sumariamente no en el sentido economicista propio del marxismo, sino como una concepción totalizadora, deudora de la filosofía de Hegel. Es decir, como un movimiento intelectual. Con ello creo que está mucho más cerca de la verdad, aunque sea de modo preliminar, que con su explicación del actual totalitarismo blando basado en “la exaltación de la sexualidad plurimorfa”, que en esencia reduce a una mera táctica para engrosar los beneficios de la empresas que cotizan en Bolsa.

Qué duda cabe que hay un tipo de liberalismo economicista, y que no casualmente suele colaborar con el progresismo global en la defensa del aborto, la eutanasia y el reemplazo migratorio, como si fueran los necesarios corolarios de la libertad. Pero lo que se evidencia aquí es la adoración al falso dios del dinero (al que llamarán prosperidad o bienestar), un ídolo que no tiene más poder real que el que le atribuyen sus adoradores.

Atacar a los ídolos, como si les reconociéramos autonomía, en lugar de atacar a la falsa idea que los hombres se hacen de ellos, no es más que otra forma de caer en la idolatría. Por eso, ciertas frases de Prada sobre los poderes económicos y los mercados, sacadas de contexto, encajarían perfectamente en un discurso de Podemos. En ambos casos se incurre en el mismo error materialista.

Desgraciadamente, no es un error que cometa sólo Juan Manuel de Prada, sino que lo descubrimos con pesar en declaraciones y textos que emanan de la máxima autoridad vaticana. La misma visión materialista, y por tanto idolátrica, subyace en documentos o comentarios informales del papa Francisco, en los que analiza mediante factores exclusivamente económicos los conflictos bélicos, la pobreza y los movimientos migratorios.

El problema de ver sólo causas económicas es que las soluciones acaban siendo también de naturaleza básicamente económica. Y eso desde luego no tiene nada que ver con el Evangelio.

El suicidio de Occidente

La muerte de Vincent Lambert, un tetrapléjico al que se dejó morir por deshidratación y desnutrición en un hospital para que –según los defensores de la eutanasia– tuviera una “muerte digna”, más allá del horror que es en sí misma, alcanza cierta categoría de símbolo. Símbolo de una civilización que parece empeñada en suicidarse, con el fin aparentemente loable de evitar sufrimientos. En Canadá, un estudio (no hay aberración que no cuente con al menos uno) ha recomendado la eutanasia de menores de edad sin informar previamente a los padres.

Esa civilización a la que nos referimos es, por supuesto, la que llamamos Occidente, aunque tiempo ha que dejó de circunscribirse a su sentido geográfico original. Occidente, por resumir al máximo su esencia, se funda en una concepción de la persona como criatura dotada de derechos inalienables. De aquí procede lo mejor de la cultura europeo-americana-oceánica, pero también lo peor.

Los edificios políticos y jurídicos de Occidente: la protección del individuo frente a los poderes públicos y frente a la masa; el reconocimiento de la igualdad ante la ley, independientemente del nacimiento, la religión, la raza, el sexo y, más recientemente, incluso la orientación sexual; la libertad de pensamiento, sin la cual no habría habido la revolución científica que ha cambiado la faz de la tierra… Son los excelsos frutos de la antropología clásica y cristiana.

Pero prácticamente al mismo tiempo que cosechábamos las primicias, empezaron a producirse degeneraciones de los principios inspiradores. La igualdad ante la ley mutó bien pronto en igualitarismo, es decir, en la peregrina idea de que cualquier desigualdad (económica, sexual, geográfica, etc.) es injusta per se, y debe resolverse por cualquier medio.

Esto llevó a imaginar un eterno enfrentamiento de unas clases económicas o de unas razas contra otras, lo que sirvió en el siglo pasado como excusa para establecer los peores despotismos que ha conocido la Historia, el comunismo y el nazismo. En nuestros días, sin estar totalmente derrotado el monstruo del totalitarismo, el artificioso conflicto entre sexos, y entre las minorías sexuales y los “heteronormativos”, tiende de manera algo más sutil, pero inequívoca, a cuestionar  derechos individuales, como por ejemplo el de educar a los hijos según las propias convicciones o la mera libertad de expresión.

Análogamente, la libertad individual ha degenerado en una enfermiza lucha contra cualquier frustración, confundiendo los derechos con los deseos, con cualquier deseo, hasta el extremo de pretender abolir el principio de realidad. Si una madre embarazada no quiere a su hijo, en lugar de intentar actuar sobre las causas de ese estado subjetivo, se le facilita e incluso recomienda el aborto. Si alguien quiere morir (o sus familiares más próximos se cansan de cuidarle), en lugar de luchar por la vida, de ofrecer ayuda y esperanza, se pretende elevar la muerte a derecho absoluto. Si alguien, incluso un menor de edad, decide que quiere cambiar de sexo, sus deseos son leyes inapelables, y se considera legítimo engañar a la genética mediante tratamientos hormonales e incluso la cirugía.

Por último, la libertad de pensamiento, reducida a uno de sus momentos, que es el necesario criticismo, ha degenerado en autonegación y autoodio, en una aceptación acrítica de cualquier cultura, excepto por supuesto la occidental, que sería la culpable de todos los males. Así es como se produce la más paradójica de las alianzas objetivas: entre quienes dicen luchar contra el patriarcado y los que querrían ver el mundo entero sometido al islam. Es imposible comprender toda la hueca palabrería seudomoralista sobre los movimientos migratorios sin tener en cuenta la amenaza de dicha alianza contra natura.

Es obligado preguntarse por las causas de esa degeneración, de esa mutación de principios nobles en parodias abyectas. En mi opinión, las desviaciones proceden del olvido del sujeto de nuestra definición, o mejor dicho, de su esencia: la criatura humana. No he utilizado el sustantivo por costumbre retórica, sino con toda deliberación. Criatura procede de crear, es decir, se refiere a un ser creado por Dios, de donde dimanan todas sus cualidades, sus derechos inalienables.

Ahora bien, cuando se pierde de vista el origen, esos derechos dejan de tener sentido y legitimidad; se convierten en caprichos, en antojos, en veleidades. Ya no hay derecho a la vida, ya no hay derecho de propiedad, ya no hay libertad de expresión o de educación que estén protegidos ante los advenedizos “nuevos derechos” a la “salud reproductiva y sexual”, a la vivienda o a “amar a quien se quiera”. Los derechos, muerto el Padre, luchan entre sí disputándose la herencia.

El progresismo nos ofrece un relato aparentemente más edificante. Confiesa, es cierto, haber matado a Dios, pero no ve en ello nada reprochable. Pretende basarse en “la ciencia”, convertida en un sustituto del cristianismo. La ciencia nos reveló primero que la Tierra no era el centro del universo, y después que el hombre no era más que una especie animal entre otras, surgidas por un proceso evolutivo en gran parte accidental, de selección de los más aptos.

En realidad, ni la astrofísica ni la biología contradicen ni un ápice la doctrina hebrea de la creación, incluso la refuerzan, como es el caso de la teoría del Big Bang, o el descrédito del mecanicismo aparejado a la teoría cuántica. Pero nuestros antecesores intelectuales se empeñaron en verlo de manera distinta.

Imaginemos un ingeniero automovilístico que, preguntado por su hijo pequeño acerca de su profesión, le responde que él se dedica “a hacer coches”. Cualquier niño de tres o cuatro años vería con sumo orgullo y satisfacción (que diría aquel) la profesión paterna. Pensemos ahora en ese niño, unos años más tarde, ya con doce o trece cumplidos, de visita escolar en una fábrica de automóviles. El hijo del ingeniero podría decirse algo así como: “Ajá, ahora comprendo mucho mejor el proceso de creación de un coche, desde que lo concibe mi padre hasta que llega al concesionario.”

Pero la reacción del preadolescente o adolescente también podría ser esta otra: “Mi padre me engañó, los coches no los hace él, sino que salen de las manos de cientos de trabajadores, muchos de los cuales no saben mucho más que apretar tornillos o realizar soldaduras.” Como el lector habrá adivinado, nuestro excursionista escolar es una metáfora del hombre moderno, particularmente del intelectual, y más en concreto, del fanático darwinista.

El hijo del ingeniero, en la segunda versión, ¿es un niño cortito? No hay razones para pensar tal cosa. Más bien, todo indica que empieza a entrar en una edad contestataria y rebelde. En lugar de tratar de comprender a su padre, tiende a pensar que es su progenitor quien no le comprende, quien no se entera de nada, incluso que es un carca y un hipócrita. (¿Quién no ha pasado por esa fase, en términos más o menos agudos?)

Siguiendo con la metáfora, podríamos decir que Occidente ha tenido una adolescencia muy mala. En un determinado momento empezó a abrigar ideas de rebeldía, de resentimiento contra sus mayores, contra su herencia cultural, y parece haberse enquistado en esa fase. No es que esas ideas fueran totalmente injustificadas, no es que el mundo de los adultos, o la historia europea, estén libres de crítica, ni mucho menos. Pero una crítica que sea incapaz de separar lo valioso de lo equivocado o prescindible, que rechaza el pasado casi en bloque, no merece el nombre de crítica, sino de inmadurez.

Lo que caracteriza a la inmadurez es la resistencia a enfrentarse a los problemas propios de la edad adulta. Se opta por lo fácil: en la situación más extrema, para evitar el sufrimiento, se prefiere una muerte dulce, indolora. O al menos una muerte sin escándalo, pues es difícil meterse en la piel de un paciente en estado vegetativo, que agoniza durante nueve días pasando sed y hambre. Pero el inmaduro prefiere no pensar en ello, sino que ya está organizando sus próximas y merecidísimas vacaciones, liberado por fin de la carga de las visitas hospitalarias. El inmaduro a fin de cuentas es un tremendo egoísta corto de miras. Para él sólo hay derechos, no obligaciones. Solo ve merecimientos, no motivos de agradecimiento.

A veces tendemos a pensar en Occidente como una cultura decadente, senil. Yo quisiera creer en otra imagen más prometedora: que le falta madurar. Si bien es cierto que la alternativa puede equivaler al mismo desenlace de la senilidad, que no es otro que la muerte.

Los ateos no existen

Afirmar que Dios no existe posiblemente sea la paradoja de las paradojas. Porque realmente lo que no existen son (auténticos) ateos. No se me enfaden los escépticos religiosos, no cuestiono su sinceridad. Lo que pongo en duda es que haya personas que no sólo declaren su increencia en un Ser trascendente, sino que la lleven hasta las últimas consecuencias, siquiera sea en el plano teórico.

Tampoco sugiero que el ateo sea inconsecuente por falta de valor, más que nada porque se necesita poco para rebelarse contra alguien en quien no se cree. El problema del ateo es que no reconoce las verdaderas consecuencias que tendría la inexistencia de Dios. O para ser más exactos: las tiene absolutamente presentes, pero ¡ha llegado a la conclusión de que son pruebas en contra de Su existencia! Veamos cómo sucede esto.

El ateo común cree en el Bien y el Mal. Según él, no se requiere de ningún Cielo ni ningún Infierno para conducirse moralmente. De hecho, tiene a honra prescindir de tales estancias ultraterrenas para ser una buena persona. En esto, incluso los propios creyentes contemporáneos suelen estar dispuestos, algo precipitadamente, a darle la razón. Si Dios no existiera, tiende a pensar casi todo el mundo, las normas morales seguirían siendo las mismas. Más aún: la realidad del mal es para muchos la principal razón para no creer en un Dios bondadoso y omnipotente al mismo tiempo.

Ahora bien, tratemos de definir el Bien y el Mal. Creo que se nos concederá fácilmente que el segundo es inseparable del sufrimiento, ya sea propio o ajeno. Pero si la realidad primordial no es de naturaleza personal (como sería el caso en un universo creado por Dios), el dolor no es más que un estado neuroquímico, un accidente molecular, en definitiva. Salvo que neguemos la existencia de Dios pero admitamos la del alma inmaterial, extravagancia a la que no son dados nuestros queridos ateos, que en esto sí suelen ser coherentes.

Cabe entonces preguntarse lo siguiente: ¿Por qué deberíamos evitar unos estados neuroquímicos en lugar de otros? ¿Por qué debería preocuparnos el sufrimiento de millones de seres humanos si la conciencia fuera una mera superstición (“el fantasma en la máquina” de Ryle), si no hubiera más que determinados accidentes moleculares en nuestros cerebros?

La respuesta se impone por sí sola: el sufrimiento no puede entenderse sin la conciencia, es decir, prescindiendo de la existencia de un ser personal. El dolor puede tener una causa material, pero él mismo es irreductible a la materia, como todas las demás sensaciones subjetivas. Por tanto, quienes afirman que el Mal prueba que el universo no ha sido creado por un Ser espiritual, sino que tiene un fundamento exclusivamente material, se basan en la existencia de una realidad irreductible a los principios físicos conocidos, como es la conciencia sufriente. Niegan que exista una Mente trascendente partiendo de su propia experiencia del dolor, un fenómeno mental que trasciende lo físico.

La otra gran incongruencia de los ateos es su fe en la inteligibilidad del universo, es decir, su creencia inquebrantable en la existencia de las Leyes de la Naturaleza. Y de nuevo, no se detienen aquí, sino que afirman triunfantes que la existencia de tales leyes, felizmente descubiertas por la ciencia, hacen de Dios una figura completamente superflua, sencillamente innecesaria.

Ahora bien, el concepto de ley nos lleva con naturalidad a pensar en un legislador. ¿Por qué la naturaleza, por sí misma, debería obedecer determinadas normas? ¿Por qué deberían simplemente existir regularidades, y no un caos fenoménico completamente aleatorio e impredecible? La respuesta de la mentalidad irreligiosa es que las leyes naturales son simplemente un hecho, y que carece de sentido preguntarse por su razón de ser, o más exactamente, no hay necesidad de que tenga que existir tal razón.

No deja de ser curioso que quienes tanto valoran la curiosidad intelectual por encima de todo, criticando a la religión por supuestamente ser enemiga de ella, se muestren tan reacios a interrogarse sobre el fundamento de las leyes naturales. Vienen a decirnos: esto es lo que hay, no indaguéis más. Prohibido hacer más preguntas.

Sin embargo, del mismo modo que la existencia de la conciencia nos señala que la entraña de lo real es de carácter personal, las leyes naturales proclaman que algo análogo a la mente humana, capaz de establecer normas, estaría en el origen del carácter legaliforme de la naturaleza. No hay motivos para pensar que, en un mundo sin Dios, la naturaleza tendría que permanecer indefinidamente fiel a sí misma, que su aparente regularidad no podría verse truncada en cualquier momento, inopinadamente.

“Yo veo esa naturaleza, yo la veo… Sé que su sumisión es pereza, sé que no tiene leyes: lo que ellos toman por constancia… Sólo tiene hábitos y puede cambiarlos mañana.” (Sartre, La náusea.)

Por el contrario, en nada cree más fervientemente el ateo ilustrado o cientificista (que sigue siendo el más común) que en las “sacrosantas leyes de la naturaleza”, como ingenuamente las denominaba el barón d’Holbach.

Llegados a este punto, no se me escapa que a mis argumentos se les podría replicar con la misma moneda. Si no hay verdaderos ateos, tampoco habría verdaderos creyentes. Como decía Borges: “Israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o a castigarlo.” ¿Cuántas personas conocemos, empezando por cada uno de nosotros, cuya fe pasaría la prueba mejor que San Pedro, en el relato evangélico de Jesús caminando sobre las aguas, donde el santo no sale muy airoso?

Preciso es reconocer que los creyentes manifestamos con demasiada frecuencia una fe débil e insuficiente. Pero los ateos caen en algo quizás peor: una fe degradada, que no se reconoce a sí misma, que es ajena a la autocrítica. Creen fervientemente en las Leyes de la Naturaleza, generalmente también en algún tipo de moral, sin ser conscientes de dónde han obtenido tales creencias; ni siquiera de que son creencias. Las conciben como puramente evidentes, porque siguen viviendo, mal que les pese, en un marco mental cristiano.

Nadie puede escapar de creer en algo. Quizás el ateo dirá que con creer en las leyes físicas, y acaso en algunos principios éticos, tiene más que suficiente. El problema es cuánto puede durar esa fe que se detiene deliberadamente en el punto justo donde empiezan las preguntas decisivas. Una fe, por tanto, mucho más cerrada e irracional que la fundada en la existencia de un Ser racional infinito, el cual encaja admirablemente tanto con nuestra experiencia interna de lo mental como con la externa del orden cósmico.