Un ejemplo de periodismo basura

(Imagen creada por Elentir)

Estamos acostumbrados al periodismo manipulador. Pero hay un tipo de periodismo que además de manipulador es vil y cobarde. Es ese que utiliza la insinuación pérfida hasta extremos bochornosos. Algo así como los chismorreos de la “vieja del visillo” en formato digital. Valga como ejemplo el artículo de Diego Rodríguez Veiga, publicado por El Español, cuyo largo título ya es una muestra paradigmática de carencia del menor pudor deontológico: “El enigma de Ortega Smith, el falangista soltero que solo ganaba 23.000 euros: ¿por qué cae tan mal?

Lo de menos es que se rescate un breve texto en conmemoración del 50 aniversario del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, escrito por el actual secretario general de Vox cuando tenía 18 años, y que ya descubrió Antonio Maestre hace meses, por lo que ni siquiera aporta nada nuevo. Tampoco hay gran cosa que objetar a que se recuerde un reciente encuentro con miembros de la Fundación Francisco Franco, donde Ortega Smith alabó la figura del fundador de la Falange. Le regalaron ahí una edición de sus Obras Completas, por lo que unas palabras más frías o ambiguas hubieran pecado de desagradecidas.

Lo significativo es la pegajosa prosa con la cual se entremezclan hechos tan nimios con suposiciones, sugerencias malintencionadas y testimonios anónimos para descreditar al político español, presentándolo como una especie de fanático criptofascista.

El momento culminante de esta chapucera faena es cuando el periodista revela que al funeral del abuelo de Ortega Smith (muerto seis años antes de que naciera su nieto), letrado del Ayuntamiento de Madrid, acudió, como es lógico, el alcalde, “José Finat y Escrivá de Romaní, hombre de confianza de Franco y de Ramón Serrano Suñer, antiguo embajador de España en Berlín y colaborador de la Gestapo nazi.” (No confundir con la Gestapo de las Carmelitas Descalzas.)

¡Paren las rotativas! ¡Noticia bomba! Resulta que al entierro del abuelo del dirigente de Vox acudió un señor que era amigo de un señor que era próximo a los nazis. Si el objetivo del artículo consistía en que, en algún párrafo, el nombre del político apareciera cercano a ese término infamante, hay que reconocer que lo ha conseguido, aunque sea de una manera tan tortuosa que incurre involuntariamente en el género humorístico. Pero también ha conseguido alcanzar unos niveles de bajeza difícilmente igualables. Esto no es periodismo, esto es basura, sin más. Una basura que ni de lejos consigue rozar la categoría humana de Javier Ortega Smith, el más digno segundo de a bordo que podría desearse para el partido presidido por Santiago Abascal.

Los derechos orwellianos

Imagen creada por @Tinosoft

Llamaré “derechos orwellianos” a aquellos falsos derechos que en realidad pretenden ocultar la vulneración de auténticos derechos. La referencia a la novela 1984 de George Orwell no por tópica deja de ser inevitable, puesto que este escritor, pese a que nunca renegó de sus ideas socialistas, supo retratar paradigmáticamente las mentiras que en nombre del socialismo y la democracia han servido para justificar las tiranías más ominosas.

En las primeras páginas de la citada obra, Orwell nos describe el colosal edificio del Ministerio de la Verdad, donde trabaja el protagonista, que por supuesto no es más que el Ministerio de la Propaganda más impúdicamente totalitaria que pudiera concebirse. Sobre la fachada de dicho edificio se pueden leer, “en letras de elegante forma, los tres eslóganes del Partido:

GUERRA ES PAZ

LIBERTAD ES ESCLAVITUD

IGNORANCIA ES FUERZA”

Es habitual colocar a Vox -enseguida se verá la relación con el tema- los infamantes vocablos ultraderecha y extrema derecha. En El País del día posterior a las pasadas elecciones (11 de noviembre) se repiten tales expresiones, junto con la forma abreviada “ultra”, ¡más de ochenta veces! Esto desde luego no es normal. Revela una obsesión demonizadora (literalmente incluso: se llega a decir que “el diablo viste de Vox” o que sus propuestas son “azufre”) digna de un Torquemada. Pero un Torquemada progresista, que en lugar de defender unos dogmas indemostrables, revelados por Dios, pretende que sus “verdades” están avaladas por una razón autosuficiente y por la voluntad democrática de la mayoría.

Es al tratar de explicitar el contenido de la etiqueta ultraderechista, lanzada contra Vox y contra cualquiera que ose disentir de la religión progresista, cuando aparecen los derechos orwellianos, también conocidos como “derechos sociales”, obtenidos tras arduas luchas y erigidos en base de nuestra “convivencia”, otra palabra fetiche con la que se acusa implícitamente de intenciones poco pacíficas al disidente. Hace unos días, en el Diari de Tarragona, el periodista Pau Miranda se preguntaba con inquietud cómo tres millones y medio de ciudadanos podían haber votado “un discurs que confronta obertament alguns drets socials bàsics”.

¿Cuáles son esos derechos sociales básicos contra los que carga Vox? Aunque Miranda los da por sabidos en su artículo, por los numerosos comentarios que genera la formación liderada por Santiago Abascal no es difícil imaginar algunos: el “derecho” al aborto, la igualdad de “género”, los derechos de las personas LGTBI, etc. Pero más allá de las definiciones que podamos dar de tales supuestos derechos, lo que importa es en qué acciones se traducen.

El “derecho” al aborto significa poder eliminar (matar) a seres humanos que se encuentran todavía gestándose en el vientre materno. Por tanto, es un atentado rotundo contra el más sagrado de los derechos, el derecho a vivir. Parafraseando las consignas del Partido en 1984 podríamos decir:

MUERTE ES VIDA

En la llamada “igualdad de género” se contiene un principio que nadie discute en Occidente, como la igualdad de derechos de las personas de ambos sexos, junto con numerosas mentiras y despropósitos, algunos de los cuales se contradicen con la propia igualdad de derechos. Por ejemplo, que un hombre pueda ser detenido y pase una noche en un calabozo por la mera denuncia de maltrato de una mujer, sin pruebas ni testigos (que no al revés), o que las mujeres tengan trato privilegiado (discriminación positiva) para acceder a estudios superiores, puestos de trabajo o cargos. En neolengua orwelliana:

PRIVILEGIO ES IGUALDAD

Y tenemos también los supuestos derechos específicos de los gais, lesbianas, bisexuales, transexuales, intersexuales y todas las categorías que aquí se desee añadir, resumidas con el acrónimo creciente LGTBI. Lo que se exige aquí, más allá de respeto para la vida sexual privada de personas adultas, cosa que en absoluto discute Vox ni nadie civilizado, es por ejemplo que personas ajenas a los padres puedan decidir sobre la educación afectiva y sexual de sus hijos desde los tres años, destruyendo su inocencia y llenándoles la cabeza de auténticos disparates contra la familia natural.

CORRUPCIÓN ES DECENCIA

Y sí, Vox es el único partido con representación parlamentaria que se opone frontalmente a estos seudoderechos, precisamente porque defiende los derechos verdaderos: el derecho a la vida, la igualdad de derechos entre los sexos y el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones.

Cuestión apasionante es la de cómo se construyen los derechos orwellianos, cómo durante décadas se trabaja la conciencia colectiva hasta subvertir por completo los principios del derecho natural y el sentido común, para que parezca que lo bueno es malo y lo malo es bueno. Se explotan los sentimientos más primarios, como la compasión y el resentimiento social (si se prohíbe o restringe el aborto en España, las mujeres pobres morirán desangradas en tétricas clínicas clandestinas, mientras que las de clase alta irán a abortar cómodamente a Londres) y sobre todo se trata de presentar como monstruos insensibles a quienes se mantienen fieles a la moral cristiana, caricaturizándolos como intransigentes y fundamentalistas religiosos.

La clave es que el ruido y la emotividad impidan un debate racional y sereno, donde los derechos orwellianos tienen en realidad todas las de perder. ¿Qué motivos tendrían las mujeres acomodadas para abortar? Puede haber varios, pero por definición queda descartada la desesperación de índole económica. Así que lo razonable sería decir como mínimo “peor para ellas si quieren matar a sus hijos”, no envidiarlas porque cometan tan espantoso error, ni sostener que la única salida para mujeres sin recursos no sea ayudarlas a llevar adelante su maternidad, sino el aborto. Una Solución Final contra la pobreza digna del Tercer Reich. Pero la llamaremos “derecho social”, que suena mucho mejor, y diremos que los nazis son los de Vox.

La arrogancia progresista

Quiere el tópico que la derecha es inculta e irracional, y la izquierda al revés: ilustrada y racionalista. No en vano son estereotipos que proceden de la Ilustración, que identificó la religión y el statu quo con la ignorancia, el miedo y el oscurantismo, frente a los cuales había que oponer la educación, el cuestionamiento de los dogmas y la confianza en el progreso. Eran eso, estereotipos, ya en el siglo XVIII no menos falsos que hoy. Porque a la Iglesia debemos la preservación de la cultura clásica desde la caída del Imperio romano, el desarrollo del pensamiento católico fecundado por la filosofía griega, que en absoluto ha sido nunca enemigo de la razón, e incluso figuras de la historia de la ciencia tan sobresalientes como Copérnico, Mendel o Lemaître, entre muchos otros.

Pero el tópico es resistente, y en los últimos meses hemos podido comprobarlo. Desde que Vox entró con fuerza en el parlamento andaluz hasta hoy, ya consolidado como tercera fuerza en el Congreso, las descalificaciones hacia sus votantes y militantes han girado en torno a ese mantra del “discurso del miedo” o del “odio”, propio de personas que se dejan llevar por emociones primarias, debido a su bajo nivel intelectual. Se ha llegado a difundir bulos como que en Almería, uno de los graneros de votos de Vox, no había librerías. Y han proliferado análisis aparentemente más elaborados basados en la misma idea desdeñosa de quienes votamos a este partido. Un ejemplo entre innumerables lo ofrece un artículo de la veterana periodista Joana Bonet, “La España progre, publicado en La Vanguardia, y que puede leerse sin engorrosos registros en su propio blog.

Bonet afirma que los votantes de Vox “quieren ilegalizar partidos, cargarse las autonomías y la Ley de Violencia de Género” debido a que están en posesión de “un libro de dogmas que resuelve cualquier pregunta sin pensar”. Es decir, la periodista parece no contemplar siquiera la posibilidad de que pueda haber razones para ilegalizar partidos secesionistas, para concebir otro modelo de organización territorial o criticar los fundamentos ideológicos –y por ende la eficacia– de ciertas leyes. Sólo la ignorancia puede explicar que alguien defienda determinadas tesis. Pero, ¿no es eso ya en sí mismo un dogmatismo muy similar al que se denuncia?

Planteando la cuestión desde un punto de vista estrictamente empírico, sospecho que la supuesta superioridad intelectual de la izquierda carece de fundamento. Que la mayoría de intelectuales, en sentido amplio, sea de izquierdas, incluso admitiéndolo, no debería llevarnos a conclusiones precipitadas. A fin de cuentas, resulta difícil resistirse a una ideología que les susurra que son la vanguardia del progreso. Pero si observamos al español medio, tan poco dado a la lectura, es muy dudoso que haya grandes diferencias de instrucción entre los votantes de derechas y los de izquierdas. ¿A cuántos de los primeros les suenan siquiera los nombres de Edmund Burke, Roger Scruton o Nicolás Gómez Dávila? Seguramente a una exigua minoría, de acuerdo. Pero otro tanto podríamos decir de los votantes o militantes del PSOE o de Unidas Podemos. ¿Cuántos de ellos saben siquiera algo de Habermas? No digo que lo hayan leído, me conformo con que les suene. Estoy seguro de que una inmensa mayoría no tienen ni idea de quién es ese autor, ni sabrían citar a un solo pensador de izquierdas fuera de Marx. ¿A santo de qué, entonces, esas ínfulas de los progresistas?

El artículo de Joana Bonet, aunque decae rápidamente en lo panfletario, empieza sin embargo con una reflexión muy interesante sobre la duda como la base del progreso del conocimiento, y por tanto del progreso en general. Pero lo curioso es que aporta una cita de Hannah Arendt que, si no estoy equivocado, parece sostener lo contrario: “El error principal es creer que la verdad es el resultado último de un proceso de pensamiento. La verdad, al contrario, siempre es el principio.” Si la verdad está al principio, y no al final del pensamiento, ¿no significa esto que existen ciertos principios que no deberían ser cuestionados, no por una sumisión ciegamente antiintelectual, sino como un ejercicio de sabiduría superior?

A fin de cuentas, Arendt dijo también que “el propósito de la educación totalitaria nunca ha sido infundir convicciones, sino destruir la capacidad para formar alguna.” En efecto, hay razones para pensar que el método de la duda cartesiana, es decir, de cuestionarlo todo para empezar desde cero, tiene mucho que ver con los fundamentos intelectuales del Terror revolucionario y de los totalitarismos. Si bien Descartes excluyó en su Discurso del método, significativamente, los principios morales del ácido corrosivo de la duda, inevitablemente señaló el camino para otros más audaces e imprudentes. De ponerlo todo en cuestión, negando que exista una verdad absoluta, a destruirlo todo hay un paso si no lógico, sí tentador para quien carece de la humildad suficiente. Y no parece que los intelectuales progresistas vayan precisamente sobrados de ella.

Las tres razones por las que votaré a Vox

La abrumadora mayoría de los análisis de Vox en los principales medios son hostiles. Este es el primer hecho que salta a la vista. Muchos no pasan del mero insulto gratuito. Para estos el partido presidido por Santiago Abascal no es más que una última reedición del fascismo eterno, que una y otra vez resucita… en la calenturienta imaginación de algunos. Claro que el sentido de la palabra fascismo se ha estirado tanto que casi cualquier cosa puede serlo. Como ocurre con la palabra machismo: ahora ya lo es, para el feminismo más histérico, incluso ceder el asiento a una mujer en el autobús.

Otros comentarios se limitan a acusar a Vox de mentir, de fabricar fake news, como se dice ahora, y de “ofrecer soluciones simples a problemas complejos”. Todas estas acusaciones, o al menos las que me han llegado, o bien son puramente apriorísticas, sin aportar ninguna prueba en contra de las afirmaciones de Vox (como si por sí solas se desmintieran y no hubiera lugar a debatirlas siquiera), o bien se basan en burdas e ineptas interpretaciones de las estadísticas. Si de cada 100 habitantes de España, 10 son extranjeros, y de cada diez delitos, dos los cometen extranjeros, los analfanuméricos funcionales razonan así: la mayoría de delitos los cometen españoles; por tanto, la relación que establece Vox entre inmigración y delincuencia es pura demagogia.

Sin embargo, no hace falta ser doctor en Matemática Aplicada para advertir que, según esos números (que no se alejan mucho de la realidad, aunque los haya redondeado a efectos didácticos) los extranjeros cometen el doble de delitos de los que les “corresponderían” por su población. Y si los desglosamos por nacionalidades y por tipos delictivos, la sobrerrepresentación de determinados grupos es mucho mayor. Cuatro de cada diez asesinatos de mujeres los cometen inmigrantes, cuando proporcionalmente, deberían ser solo uno de cada diez.

Estos datos objetivos, y muchísimos más, avalan la percepción de la gente de la calle, que padece el aumento de la inseguridad ciudadana en los barrios con mayor presencia de determinados inmigrantes africanos o de la Europa del Este. Negando las evidencias, las elites mediáticas no hacen otra cosa que ahondar en su descrédito. Luego se sorprenden del descenso brutal en la venta de periódicos y del auge de las redes sociales como medio preferido por muchos para informarse. Y vuelven a clamar contra las fake news, de las que ellos tienen la culpa principal, al ser los primeros que supeditaron hace mucho tiempo la humilde labor informativa al arrogante empeño de guiar ideológicamente a sus lectores por la senda de lo que juzgan correcto.

Incluso aunque se reconozca, al menos en parte, la realidad de ciertos problemas que señala Vox, abundan los que cuestionan las soluciones que propone. “Los muros no son la solución” y otros cándidos eslóganes por el estilo: las críticas no suelen pasar del nivel del buenismo, que es esa difusa ideología según la cual todos los problemas pueden solucionarse con diálogo y un Pacto de Estado por la Educación. Pero desgraciadamente, esto no es cierto. El mundo es un lugar mucho menos amable de lo que presupone el buenismo, y negarse a aceptar esta verdad no lo convierte en mejor, sino todo lo contrario.

Vox no es un partido populista ni demagógico, sino que realiza un diagnóstico sistemático de la realidad social y propone una serie de remedios estrictamente democráticos a los verdaderos problemas. Remedios con los que se puede estar o no de acuerdo, pero siempre de manera razonada, sin aspavientos ni rasgamientos de vestiduras porque cuestionen determinados prejuicios o ideas prefabricadas por los medios. Tres son las razones fundamentales y definitorias de Vox, de las que hay que partir para poder enjuiciar adecuadamente el detalle de sus medidas.

1) España

Vox es el partido que defiende con mayor determinación la soberanía nacional. ¿Y qué significa esto? La soberanía nacional no es más que el derecho de todos los españoles a darse sus propias leyes, pero también a preservar sus creencias, costumbres y tradiciones. Contra la soberanía se alzan los sueños arrogantes de los globalistas, con los burócratas de la ONU, la UE y los ejecutivos de las grandes multinacionales a la cabeza, quienes pretenden difuminar las fronteras para convertir el mundo en un solo mercado multicultural y homogéneo. Una quimera peligrosísima, que pone en riesgo la cultura europea, matriz de nuestras libertades, al trasplantar a nuestro suelo millones de musulmanes que exigen con creciente insolencia que nos adaptemos nosotros a ellos, en lugar de al revés; envalentonados, más que apaciguados, por los generosos subsidios y prestaciones que reciben, colapsando los servicios públicos.

En España, además, la soberanía nacional se ve amenazada por los nacionalismos hispanófobos, que aspiran a fragmentar territorialmente nuestra nación, para erigir unos nuevos estados independientes, sin contar con la voluntad de todos los españoles ni el respeto a las leyes, como es el caso actualísimo de Cataluña, donde se vive en un golpe de Estado crónico. Vox es el único partido que ha señalado una de las causas que han alimentado y exacerbado este gravísimo problema: el Estado de las autonomías, una estructura nacida con la ingenua intención de que nacionalistas catalanes y vascos se sintieran cómodos, pero que ha tenido exactamente el efecto contrario, debido a la Paradoja de Tocqueville. Y que se ha convertido en una especie de nido de escorpiones que ampara el nacimiento de nuevos resentimientos protonacionalistas, en otras regiones.

2) La libertad

Vox, contra el cínico o ignorante sambenito que se le quiere colocar de “franquista”, es también el defensor más consistente de las libertades individuales, al denunciar lo que Santiago Abascal llama la “dictadura progre”. Una dictadura que de momento no encarcela a los disidentes, al menos de manera sistemática, pero que pretende imponernos un pensamiento único, lo que es el principio y fin de todo despotismo. Porque ser libres significa que cada cual pueda pensar y expresarse como quiera sobre la historia, sin leyes de Memoria Histórica que impongan una versión oficial del pasado, ni mucho menos sancionen a los discrepantes, so pretexto de una falsa justicia retrospectiva, para reabrir el guerracivilismo, distinguiendo entre antepasados buenos y malos de los españoles, según el bando de la Guerra Civil en el que combatieran.

Ser libres es también poder criticar la anticientífica ideología de género y LGTB, que enfrenta a mujeres y hombres según la estrategia del marxismo cultural, y es completamente inoperante contra la violencia intrafamiliar (por el contrario, desvía fondos ingentes a organizaciones feministas radicales). Es poder criticar todo esto sin por ello ser condenado al ostracismo social, multado o perseguido judicialmente, blandiendo como amenaza el delito de odio, abusivamente convertido en un orwelliano delito de pensamiento.

Ser libre es poder educar a los hijos en las propias convicciones, sin que  en las escuelas se les adoctrine contra la voluntad de los padres en “talleres” de sexualidad que objetivamente no se distinguen de la corrupción de menores, y que culpabilizan paranoicamente a la mitad masculina de la población de casi todos los males. Ser libre no es, desde luego, discriminar injustamente a las personas por su sexo u orientación sexual, que es precisamente lo que están haciendo los ideólogos del género (aunque ellos lo llamen discriminación “positiva”, es decir, contra los varones heterosexuales) en impune violación del artículo 14 de la Constitución, con la complicidad de un Tribunal Constitucional que mira hacia otro lado.

Por último, tampoco hay libertad sin seguridad jurídica ni leyes que protejan a la sociedad contra asesinos y violadores en serie, o dejen inerme a la clase media ante las okupaciones de viviendas. Tampoco hay libertad donde proliferan los impuestos confiscatorios e injustos, ni la hiperregulación económica, con pretextos ecocatastrofistas o sin ellos. Aquí de nuevo Vox es el partido más consistente, porque no solo promete bajar los impuestos o hacerles la vida más fácil a los autónomos y pequeños empresarios, sino que además nos dice de dónde va a sacar el dinero: de reducir el gasto político, hoy engañosamente camuflado como “gasto social” y “transición energética” irrenunciables, y en gran parte acaparado por las comunidades autónomas.

3) La vida

En tercer lugar, pero tan importante como las dos otras razones, está la defensa de la vida humana, amenazada por los falsos derechos del aborto y la eutanasia, como por una infranatalidad que no hace más que fomentarse de manera suicida desde las instituciones y las terminales mediáticas. Lo llaman derechos de la mujer, y derecho a una muerte digna, pero la realidad objetiva es que se pretende tener vía libre para deshacerse de los seres humanos que molestan, que estorban por la razón que sea: los bebés no deseados, los ancianos o enfermos cuyos cuidados nos generan obligaciones desagradables, porque el Estado del bienestar nos ha convertido en seres incapaces de aceptar la frustración y los sacrificios.

No se trata de decisiones que atañen solamente a las mujeres que deciden abortar o a las personas que piden elegir el momento de su muerte con la complicidad de terceros. La regulación permisiva de estos actos corrompe hasta el tuétano a la sociedad que la establece. Como dijo Santa Teresa de Calcuta: “La amenaza más grande que sufre la paz hoy en día es el aborto, porque el aborto es hacer la guerra al niño, al niño inocente que muere a manos de su propia madre. Si aceptamos que una madre pueda matar a su propio hijo, ¿cómo podremos decir a otros que no se maten?” En efecto, una sociedad que se muestra indiferente a eso, o aún peor, que lo considera un “progreso”, una “conquista social”, es una sociedad enferma, que no distingue ya entre el bien y el mal, y sienta por tanto un precedente para toda clase de iniquidades y aberraciones. Además de ir camino de la extinción demográfica.

Por ello esta razón es tan importante como las otras dos. De hecho, las tres están tan íntimamente relacionadas que si Vox cae algún día en la tentación de ceder o vacilar en la defensa de alguna de ellas, dejará de tener sentido como partido, porque ya no será la potente y sólida alternativa a la dictadura progre que es ahora. Mi esperanza es que eso no va a ocurrir, y por ello me afilié a Vox, lo votaré mañana de nuevo, y las veces que hagan falta.

Mientras sea feliz

Uno de los lemas modernos, o sea progresistas, es: “Mientras sea feliz”. Hay otros derivados de éste, como por ejemplo “mientras se quieran”, pero conviene no perder de vista el principal. He pensado en ello al ver la enésima repetición del anuncio de una conocida cadena de tiendas de bricolaje. Probablemente ustedes también lo hayan visto. Una madre entra sin avisar en la habitación de su hija y la descubre besándose con otra chica. Su reacción pasa de la sorpresa a una sonrisa pensativa que sirve para ilustrar el lema antedicho. Mientras sea feliz…

Por supuesto, la intención del microcuento publicitario no es llamar nuestra atención sobre la amplia gama de pestillos para puertas del catálogo comercial, sino mostrar una imagen moderna, desenfadada y progresista de la cadena de bricolaje. Y por halagadora extensión, de sus modernos, desenfadados y progresistas clientes. Pero no es sobre las estrategias publicitario-ideológicas de las corporaciones capitalistas sobre lo que quería hablar, sino sobre la sonrisa de esa actriz en el papel de madre moderna, desenfadada y progresista.

La reacción de los padres que descubren la homosexualidad de sus hijos difícilmente puede resumirse con una simple sonrisa comprensiva. Al menos si hablamos de padres reales, no de los padres del guión políticamente correcto. Hasta hace sólo décadas lo estadísticamente normal era que los hijos se casaran y dieran nietos a los padres. Era también el contexto habitual de las felicidades más hondas que depara la vida, y lo socialmente bien visto. Pero hoy, al igual que las estanterías de los supermercados nos ofrecen una diversidad mareante de productos, existen muchas más posibilidades vitales, y lo que está socialmente bien visto es decir que todas son igual de respetables, como son igual de respetables el yogur natural y los de sabores frutales.

Tanto engendrar hijos como no, tanto emparejarse con una persona del otro sexo como del mismo, tanto casarse o “juntarse” como separarse, tanto concebir a los hijos naturalmente como mediante técnicas biomédicas que eclipsan las figuras paterna o materna… Desde los medios de comunicación, desde la escuela e incluso desde la propaganda comercial, se nos pretende inculcar la idea de que todo vale lo mismo, de que lo único que importa es ser feliz.

Naturalmente, esto tiene como consecuencia inevitable que vienen menos niños al mundo, porque los bebés están bastante reñidos con una felicidad inmediata, sin incomodidades ni desvelos, y también estorban muchos proyectos a largo plazo. En nuestras calles ya se ven muchos más perros que niños, salvo en los barrios con mayor proporción de inmigrantes, que muchos perciben como la solución para nuestra voluntaria infecundidad. Por un lado, parejas de lesbianas paseando a sus perros; por el otro, mujeres ataviadas con negros hiyabs empujando cochecitos de bebés. Este es el paisaje urbano propio del relativista y hedonista eslogan “mientras sea feliz”.

Ciertamente, no todo el mundo lo ve de la misma manera. A algunos no nos da todo igual, aún creemos que hay estilos de vida mejores y peores, y que la felicidad no se puede reducir a un sentimiento inmediato. La sociedad moderna y progresista tiene diversos calificativos poco cariñosos para nosotros: homófobos, xenófobos, ultraderechistas… Pero las palabras mordaza sí que me dan igual, y sospecho que cada vez les dan exactamente igual a más gente.