La ley KGBTI

En una vieja película de la guerra fría cuyo título lamentablemente no recuerdo[1], unos espías presionan a uno de los personajes mostrándole una filmación en la cual su joven hija es seducida por una mujer, a sueldo del servicio secreto. El padre apenas puede contener las lágrimas. En el cine más reciente (ya que no en la realidad), esta reacción de dolor sería impensable, porque la ideología progresista oficial nos enseña que la iniciación erótica temprana, tanto en la modalidad heterosexual como homosexual, es algo banal y hasta recomendable. El sentido de la vida es pasárselo bien, no importa cómo ni con quién (o con qué), con la única condición del consentimiento mutuo.

Este cambio de mentalidad es una clara victoria póstuma de la URSS en su estrategia de subversión ideológica, al menos en esa primera fase que el exagente soviético Yuri Bezmenov denominaba “desmoralización”. El objetivo era destruir los referentes religiosos, morales y nacionales de Occidente mediante la infiltración en los medios de comunicación, el sector educativo, los intelectuales y artistas, a fin de debilitar a las sociedades democráticas y, en una fase posterior, tomar el poder desde dentro para implantar regímenes comunistas.

Por supuesto, no se trataba de introducir abiertamente las ideas marxistas; esto hubiera sido demasiado burdo y evidente para ser efectivo. La estrategia consistía en cuestionar las convicciones occidentales, haciendo mella en el patriotismo mediante la difusión de sentimientos pacifistas, y minando las creencias morales y religiosas por la vía de discursos de emancipación sexual, o incluso favoreciendo las modas orientalistas.

Desaparecida la URSS, el viejo proyecto totalitario prosigue por su propia inercia, sin necesidad de recibir órdenes de ninguna potencia extranjera, aunque la extrema izquierda no desprecie la financiación procedente de Caracas, Teherán y posiblemente del Moscú poscomunista. O la  de multimillonarios como Soros. El progresismo, como nueva cara del marxismo cultural, es una ideología que extiende su influencia mucho más allá de partidos como Podemos. Prácticamente ninguna formación del arco parlamentario español escapa a ella. La prueba es su unanimidad en admitir a trámite la Ley de Igualdad LGTB, cuyo nombre completo (tomen aire si pretenden leerla en voz alta) es Proposición de Ley contra la discriminación por orientación sexual, identidad o expresión de género y características sexuales, y de igualdad social de lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, transgénero e intersexuales.

El carácter de engendro jurídico, moral y antropológico de esta ley es patente. Especialmente odiosos (por mucho que ya existan precedentes como la “ley Cifuentes” en la comunidad de Madrid) son sus previsibles efectos en los niños con problemas de identidad sexual, que en la mayoría de casos se desvanecen espontáneamente durante la pubertad, y que ahora se podrán convertir en crónicos mediante tratamientos de reasignación sexual, de más que dudosas consecuencias para su salud física y psicológica.

Pero señalar el mal no es suficiente, si queremos hacerle frente. En primer lugar, hay que notar que se trata de una propuesta de máximos, que llega hasta el extremo de instaurar un órgano administrativo censor y sancionador, sin garantías judiciales, para perseguir a cualquiera que discrepe de la ideología de género-LGTB, convertida en religión de Estado. Esto significa que cuando se modifiquen sus aspectos más claramente inconstitucionales, la ley no será mucho mejor. Las libertades de expresión, de educación y religiosa seguirán estando seriamente amenazadas aunque un procedimiento administrativo al estilo soviético sea sustituido por el calvario judicial al que se expondrá cualquiera que ose desafiar al imperio LGTB, sobre todo si en primera instancia cae en manos de un juez progre, lo que con el énfasis de la ley en la “formación”, en todos los niveles educativos y profesionales, será cada vez más inevitable.

Pero sobre todo, es preciso desactivar las falacias con las que se trata de justificar otra vuelta de tuerca más en el proyecto de ingeniería social iniciado por Zapatero, y mantenido por su sucesor Mariano Rajoy. Y la principal de todas ellas es la falacia de la homofobia. Básicamente se trata de crear una infundada alarma social provocada por una supuesta epidemia de agresiones a personas por su tendencia sexual. Para ello se cuentan como agresiones “homófobas” tanto las que realmente puedan serlo como muchas otras que ni tienen como móvil ninguna forma de odio o desprecio a la homosexualidad, o ni siquiera son realmente agresiones. La cuestión es inflar por todos los medios las estadísticas, a fin de demostrar que existe una minoría perseguida y maltratada, a la cual es necesario proteger mediante leyes especiales.

Pero lo perverso del concepto de homofobia no estriba tanto en su capacidad para crear una fantasmal alarma social como en su poder estigmatizador. Se mete en el mismo saco tanto a un neonazi que agrede físicamente a un homosexual como al padre que desea elegir la educación que reciben sus hijos, el funcionario o el empresario cuyas creencias religiosas les impiden colaborar en una boda homosexual o el propio sacerdote que se mantiene fiel al catecismo católico. Y no está de más recordar lo que en él se dice: que las personas homosexuales deben ser acogidas “con respeto, compasión y delicadeza”, evitándose “todo signo de discriminación injusta”, pero sin por ello dejar de considerar los actos homosexuales como “contrarios a la ley natural” y recomendar la castidad a quienes experimentan tales tendencias.

La artimaña de igualar moralmente a ese padre, ese funcionario, ese empresario o ese sacerdote a un cabeza rapada es burda pero terriblemente efectiva e intimidatoria. Resulta oportuno observar su exacta coincidencia con el procedimiento utilizado por el feminismo de género, a fin de crear una fantasmal amenaza machista. En primer lugar, se conceptúa a priori como “violencia de género” toda agresión de un hombre hacia una pareja o expareja femenina (nunca al revés, como si no existieran hombres agredidos por mujeres), sin necesidad de ninguna investigación de las causas concretas en cada caso, a pesar de que delitos motivados por celos y otros conflictos de convivencia se dan en todo tipo de relaciones, incluidas las parejas de gais y lesbianas. En segundo lugar, las cifras de maltrato se engordan también con el consabido recurso a la violencia “psicológica”, difícil de distinguir de la percepción subjetiva. Por último –y esto es decisivo– se asimila también como “machismo” cualquier mera disención intelectual de todo este montaje ideológico, como lo son estas mismas líneas.

El objetivo principal, insisto, no es meramente amañar estadísticas, sino asimilar al disidente de la ideología de género con la persona violenta, con el rufián que pega a las mujeres o el degenerado que disfruta vejando a homosexuales. Resulta muy difícil zafarse de una treta dialéctica tan sucia, por simple que parezca cuando se expone su mecanismo. El precedente de este uso de términos intimidatorios se halla en la palabra fascista, con la cual los socialistas vienen justificando su ejercicio de la violencia política y el terror desde Lenin hasta Maduro. Estamos viendo estos días el tratamiento que toda la prensa da al partido Alternativa por Alemania, sistemáticamente calificado como “ultraderechista”, con las connotaciones que ello supone, especialmente en el país germánico. Discrepar de la política migratoria de Angela Merkel y mostrar preocupación por el avance del islamismo es recibido asociando a quien expresa tales inquietudes con Hitler. Lo cual no es más que una forma de criminalizar toda opción política que desafíe a la corrección política.

La finalidad de dirigir calificativos como ultraderechista, machista u homófobo a simples disidentes de la ideología progresista no puede ser más evidente: atizar el odio contra ellos para excluirlos de la vida pública. Aquellos que tanto claman contra los “discursos de odio” son en realidad los verdaderos fabricantes de odio; y todos sabemos a qué atrocidades conduce esta emoción en política.

[1] Artículo editado. En la primera versión atribuía erróneamente al KGB lo que en la película (identificada por un gentil lector en su comentario) era una turbia actuación del servicio secreto norteamericano.

 

 

 

 

 

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El truco separatista

La estratagema del separatismo es muy burda. Plantea un referéndum de independencia de manera que si el Estado admitiera su celebración, estaría reconociendo implícitamente la soberanía del pueblo catalán. El resultado sería entonces lo de menos, porque un pueblo soberano puede votar en principio todas las veces que fueran necesarias hasta conseguir la independencia. Como lógicamente el gobierno se opone a tal cosa (de entrada incompatible con la Constitución) los separatistas le acusan de ser enemigo de la democracia, de tener miedo a que los catalanes voten libremente. Así, el debate sobre quién debe ser sujeto de soberanía (los ciudadanos españoles en su conjunto, los catalanes, los tarraconenses o los araneses) queda encubierto o desfigurado por un debate tramposo sobre la democracia.

Podría pensarse que la simpleza de la argumentación separatista no está reñida con su efectividad, sino más bien al contrario. Nada es más poderoso que una idea simple (¡queremos votar!) y no digamos ya si para divulgarla se cuenta con varios canales de televisión públicos y con un sistema de enseñanza que ha podido adoctrinar a placer a dos generaciones de catalanes, o que al menos lo ha intentado. La noche que en el parlamento catalán se aprobaba la ley del referéndum, puede que miles de espectadores habituales de TV3 le fueran infieles por un par de horas, para ver por enésima vez Pretty woman, que emitían en Tele5. Y es que probablemente sólo hay algo más popular que un argumento político simplón: una película romántica estúpida.

Aún así, los separatistas se ven obligados a mentir sistemáticamente sobre la demanda popular de un referéndum. Repiten sin pudor alguno que lo apoya el 80 por ciento de los catalanes, como si los que no somos partidarios de la independencia estuviéramos también locos por votar. Pero la encuesta realizada por la propia Generalitat a principios del verano muestra que sólo el 48 % de los catalanes desea un referéndum unilateral. (Los partidarios de que Cataluña sea un estado independiente quedan en el 44 %.)

¿De dónde sacan la otra cifra? Muy fácil, sumando el 23,4 % que estaría a favor de un referéndum, pero sólo acordado con el Estado (71,4 %), e incluso las respuestas “no sabe” y “no contesta” (pues no están explícitamente en contra), con lo que se alcanza por redondeo el fabuloso 80 por ciento de apoyo del que hablan los tertulianos separatas. Pero si no nos dejamos embaucar por estas artimañas contables, el hecho es que la mayoría de catalanes (52 %) no se muestra a favor del referéndum ilegal del 1 de octubre.

Como diría un castizo: menos lobos, separatistas. Vuestros trucos son tan groseros que a pesar de vuestro poder mediático, a pesar del venenoso antiespañolismo inculcado por la mayor parte del profesorado a vuestras órdenes, durante más de tres décadas, e incluso a pesar de los persuasivos gritos y sofocos de la señora Rahola, no conseguís convencer ni siquiera al 50 por ciento de los catalanes.

Pero en una cosa hay que reconocer que habéis acertado: en la elección del momento. Posiblemente no había mejor ocasión que tener en Madrid un gobierno cuyo presidente, Mariano Rajoy Brey, es un firme partidario de la teoría de que la manera óptima de enfrentarse a un problema es dejar que se pudra lentamente, entre recurso y recurso al TC. Como si no hubiera razones más que suficientes para haber depuesto al gobierno catalán y detenido y procesado al menos a su presidente, elegido a dedo, Carles Puigdemont. Que es lo que hubiera ocurrido en Francia o en Alemania si los dirigentes de un departamento o de un Land cualesquiera hubieran anunciado una sedición.

Tampoco sería justo olvidar la colaboración inestimable de la oposición en las Cortes, compuesta por un elenco de traidores enemigos del régimen constitucional, ignorantes de la Historia metidos a teóricos risibles del nacionalismo y adeptos de ese peculiar patriotismo consistente en ir diluyendo a España en Europa, a la mayor gloria de la burocracia de Bruselas. Separatistas, si en cuestión de un mes no conseguís vuestro objetivo, olvidaos ya para siempre. ¡Nunca lo tendréis tan a huevo!

Progresismo mágico

Todos sabemos por experiencia que el debate ideológico rarísima vez sirve para acercar posiciones, no digamos ya para modificarlas radicalmente. Ello se debe a que no llegamos a determinadas conclusiones mediante argumentos, sino al revés: buscamos los argumentos que respalden conclusiones adoptadas a priori y a menudo inconscientemente.

Lo anterior no implica desdeñar la razón (puesto que a fin de cuentas, no sabemos prescindir de los argumentos), sino sólo señalar que no lo es todo, tal como resumió Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no conoce.”

Ser progresista o no serlo es una actitud ante la vida, un hecho que pertenece más a la esfera del corazón que a la razón, aunque involucre a ambos.

El progresista se sitúa ante el universo como un rebelde. No es que crea que hay que luchar contra tal o cual injusticia concreta, sino que el mundo como un todo está bajo el influjo de una Injusticia originaria, llámese el capitalismo, el patriarcado, el sistema o como se quiera.

El no progresista, al que llamaré conservador a falta de un antónimo que no suene demasiado pedante, reconoce –cómo no– la existencia de innumerables injusticias, pero no cree en la Injusticia como patrón explicativo de la realidad. El conservador no piensa que los problemas nacen siempre y globalmente de una mala organización social, sino de la propia naturaleza caída del hombre, que hace imperfecta a cualquier organización. Y por tanto mejorable, pero no de modo absoluto ni de una vez por todas.

La actitud conservadora tiene su raíz, como es evidente, en la doctrina judeocristiana del pecado original. El mundo, creado por Dios, es originalmente bueno (el Edén), pero el hombre, engañado por el demonio con la promesa de equipararse a Dios, desobedeció a su creador y así introdujo el mal en el universo. No es necesario creer en la literalidad de este relato mítico para percatarse de su hondo sentido metafísico y antropológico.

Por el contrario, el progresista niega el pecado original, al menos de manera implícita, lo que le lleva a buscar el origen del mal en el mundo, no como algo contenido en él, sino como parte de su propia estructura. Y ve la solución, exclusivamente, en la acción transformadora del hombre. Gabriel Marcel definió no sin cierta sorna el carácter esencial del progresismo:

“[La] insistencia sobre las imperfecciones del mundo está unida a la incapacidad radical de aprehender el mal en cuanto mal, el pecado en cuanto pecado. Y aquí aparece de nuevo la inteligencia técnica. El mundo es tratado como una máquina cuya disposición dejase mucho que desear; felizmente el hombre está aquí para rectificar ciertos errores, pero por desgracia el conjunto escapa por el momento a su control[1].”

Por supuesto, hay progresistas creyentes y conservadores ateos. Hay quienes viven como si Dios no existiera, aunque de algún modo crean en Él, del mismo modo que otros se conducen como si existiera efectivamente, aunque carezcan de fe. En cualquier caso, la fe y la incredulidad son posiciones irreductibles: ambas están más allá de toda demostración o refutación, aunque cada una de ellas sea capaz de aportar su propio repertorio de razones.

Para comprender cabalmente la dicotomía expuesta, además del concepto de pecado, resulta imprescindible hablar de la gracia y la redención. El hombre no podría salvarse por sí sólo, sin la intervención divina. Un conservadurismo sin la fe (que es un don de Dios) sólo puede conducir al pesismismo, a la “visión trágica” de Sowell. Se limitaría a constatar el pecado sin creer en la salvación definitiva.

Pero el progresista aún lo tiene peor: ni siquiera admite la existencia del pecado, por lo que difícilmente podrá reconocer la necesidad de la gracia divina; de ahí que termine persiguiendo meros sucedáneos terrenales, ya sea en forma de utopías o de liberaciones ilusorias.

De la palabra gracia deriva gratitud. Dar gracias significa reconocer que no nos merecemos los favores recibidos, sino que se los debemos a alguien. El agradecimiento es inseparable de un destinatario personal. Sin embargo, la poeta catalana Maria-Mercè Marçal, militante izquierdista, feminista y nacionalista, tenía por divisa los siguientes versos:

Al azar agradezco tres dones: haber nacido mujer,

de clase baja y nación oprimida.

Y el turbio azur de ser tres veces rebelde[2].

Agradecer algo al azar (es decir, a nadie) entraña una contradicción, por mucho que no se nos escape la soterrada ironía. Marçal subvierte una vieja plegaria judía, citada por Simone de Beauvoir, en la que el rabino agradecía a Dios por haberle hecho varón, judío y libre. Tales de Mileto dirigió a la Fortuna una oración análoga, felicitándose por ser hombre (no animal), varón y griego. Pero la conexión entre el azar como explicación última de la existencia y la rebeldía, no hace más que exacerbar la incongruencia con la supuesta gratitud.

Maria-Mercè Marçal no era ninguna positivista escéptica. Puede que no creyera en Dios, pero tenía gran afición por el tarot y la astrología. Ahora bien, la magia no es más que un estadio primitivo o preparatorio de la técnica, como los juegos infantiles suelen ser ensayos de los quehaceres adultos.

La inteligencia mágica y la inteligencia técnica coinciden en postular que el hombre depende exclusivamente de sus propias fuerzas y conocimientos (esotéricos o científicos) para manipular la realidad. La religión es todo lo contrario: descansa en la convicción de que no somos enteramente autosuficientes, de que en última instancia estamos en manos de Dios.

Conviene no obstante subrayar la diferencia básica entre magia y técnica. La primera, condenada insistentemente en la Biblia, apela a fuerzas irracionales en el mejor de los casos, y demoníacas en el peor. La técnica es factible gracias al carácter racional e inteligible del universo. Por eso el cristianismo, al sostener que el mundo ha sido creado por una Inteligencia infinita, fue un factor decisivo en la superación de la magia y el desarrollo de la ciencia. La revolución científica no se produjo en la Europa cristiana por casualidad.

Sin embargo, una técnica desvinculada de cualquier referencia trascendente, en última instancia sólo se distinguirá de la magia por sus resultados mucho más espectaculares, y por ello mismo rebosantes de peligros.

El progresismo es hijo de esta razón fáustica que cree arrogantemente deberse sólo a sí misma, que desconoce o desprecia su propia insuficiencia y sus límites, que hace de la voluntad política el único dios y que formula eslóganes ideológicos a modo de conjuros mágicos, con los que toda suerte de extravíos y crímenes acaban siendo fatalmente justificados. Conservador es quien ha comprendido esto y trata, al menos, de no participar de semejantes errores.

[1] Gabriel Marcel, Incredulidad y fe, Ed. Guadarrama, Madrid, 1971, pp. 30-31.

[2] Al atzar agraeixo tres dons: haver nascut dona,

de classe baixa i nació oprimida.

I el tèrbol atzur de ser tres voltes rebel.

De inquisidores y chekistas

Jesús Laínz es uno de los escritores de tendencia liberal-conservadora más lúcidos de los que tenemos el privilegio de ser contemporáneos y compatriotas. Sus artículos, certeros e iluminadores, así lo testimonian. Por si fuera poco, escribe muy bien, aunque esto no suele ser más que una consecuencia natural de la claridad de ideas. Su último artículo en Libertd Digital tampoco constituye una excepción. Sin embargo, tengo que ponerle un pero. Me refiero a la utilización de expresiones como la “Inquisición progre” (ya en el título) o incluso “Santa Inquisición Progre”.

Mi objeción no atañe a la cuestión de fondo. Estoy totalmente de acuerdo con Laínz en que los progresistas son amigos de la libertad de expresión –siempre y cuando sirva para defender ideas progresistas. Lo cual es una manera eufemística o sarcástica de decir que son declarados enemigos de ella. Tú puedes criticar y hasta zaherir del modo más grosero las creencias de los cristianos, pero ¡pobre de ti si osas criticar al islam! En este caso, pasas a ser reo de islamofobia, uno de los muchos ejemplos (y subiendo) de los llamados “delitos de odio”; categoría ideológico-jurídica parangonable, por su amenazadora vaguedad, a la de “enemigo del pueblo”, instaurada oficialmente por Lenin hace cien años.

La comparación del moderno progresismo con el comunismo soviético es absolutamente pertinente, porque en lo sustancial el primero procede de pensadores marxistas del siglo XX que trataron de hacer la revolución subvirtiendo la cultura occidental judeocristiana.

Jesús Laínz podría haberse referido perfectamente a “la Cheka progre”, pero en cambio ha optado por los trillados términos “Inquisición” e “inquisidores”. Sin duda, hay una intención irónica en ello: acusar a los enemigos del cristianismo de las mismas lacras que estos le atribuyen. Pero –y he aquí mi objeción– este procedimiento, tan común, es de muy cortos vuelos. Porque si bien es cierto que momentáneamente puede incomodar al adversario, a la larga no hace más que confirmar y reforzar la historieta ideológica de los progres, a saber: que casi todos los males vienen de la Edad Media, esto es, de la Iglesia; que luego la Ilustración consiguió arrojar un poco de luz sobre las tinieblas y, en fin, que la lucha continúa contra las acechanzas de unos pocos reaccionarios recalcitrantes.

A pesar de la patente rudeza de este relato, lo cierto es que prácticamente todos los occidentales lo tenemos grabado en nuestras almas con líneas ígneas como las del anillo del Señor Oscuro. Un Anillo para gobernarlos a todos. Nos lo dan de mamar desde la escuela hasta en las películas de Hollywood. No en vano se trata del mito fundacional de la modernidad. Incluso quienes se desmarcan de la ideología progre dominante la han interiorizado en lo esencial, apartándose de ella sólo en detalles superficiales. Y en gran medida, el éxito del relato progresista se basa en la colonización del lenguaje. Cada vez que para aludir a algo contrario a la razón o a los derechos humanos nos servimos inercialmente del vocabulario habitual (medieval, inquisitorial, fascista, etc.) contribuimos a que el progresismo siga siendo culturalmente hegemónico por mucho tiempo aún.

El relato progre consiste en una tupida trama urdida con unas pocas verdades, bastantes medias verdades y mentiras más gordas de lo que comúnmente se cree. Lo cierto es que la Inquisición no sólo perseguía delitos de herejía, sino otros que hoy siguen siendo penados por la ley, como violación, proxenetismo, contrabando o falsificación. Para ello empleaba la tortura y las condenas a muerte, sí, pero en medida significativamente menor que la mayoría de autoridades de aquellos tiempos. Algunos presos comunes llegaban a blasfemar para ser transferidos a cárceles de la Inquisición, más benignas. Y excuso decirlo, el Santo Oficio causó notablemente menos víctimas que los protestantes con sus cazas de brujas y de católicos, muchas menos que los revolucionarios franceses del siglo XVIII y muchísimas menos que los comunistas y nacionalsocialistas del XX.

No se trata en absoluto de caer en la pueril dialéctica del “y tú más”. Pero cuando la desproporción es tan escandalosa, no cabe quedar bien con todo el mundo recurriendo al trivial latiguillo de que “en todas partes cuecen habas”. No es igual ocho que ochenta, y menos si nos vamos a ochocientos u ocho mil. Según estudios rigurosos publicados hace décadas, entre los siglos XVI y XVIII fueron condenadas a muerte por el Santo Oficio cerca de 1.400 personas. Compárese esta cifra con las 120.000 víctimas de la Vendée, a manos de los jacobinos durante la Revolución Francesa, además de los 15.000 guillotinados en París. O con los 700.000 ejecutados por Stalin sólo durante el Gran Terror, en los años treinta; ya no digamos con los millones de muertos en los genocidios perpetrados por nacionalsocialistas y comunistas.

Aunque los crímenes de unos no sirven para justificar las hogueras de los otros, ni se pretenda tal cosa, la pregunta resulta inevitable: ¿Por qué seguimos recurriendo verbalmente a una institución desaparecida hace doscientos años (aunque en la práctica inoperante desde mucho antes) como emblema del Mal absoluto, cuando disponemos de ejemplos mucho más puros, notorios y cercanos en el tiempo? ¿Por qué todavía llamamos a los progres inquisidores en vez de jacobinos, chekistas o simplemente comunistas, con los que les une una filiación ideológica más o menos confesa?

Parte de la respuesta a estas preguntas la ofrece María Elvira Roca en un importante libro, publicado el año pasado, titulado Imperiofobia y leyenda negra. En esta obra apasionante se nos narra el origen de los mitos progres acerca de la Inquisición y la historia de España, fundamentalmente en la propaganda protestante, así como su transmisión acrítica hasta nuestros días, a través de la literatura, el cine y la televisión. Debemos sustraernos –aunque no es fácil– a esta influencia masiva y omnipresente, enquistada en el lenguaje cotidiano. Y precisamente por éste debemos empezar, depurándolo de expresiones que, insensiblemente, penetran la ciudadela de nuestro entendimiento y nos hacen la guerra desde dentro.