Progresismo mágico

Todos sabemos por experiencia que el debate ideológico rarísima vez sirve para acercar posiciones, no digamos ya para modificarlas radicalmente. Ello se debe a que no llegamos a determinadas conclusiones mediante argumentos, sino al revés: buscamos los argumentos que respalden conclusiones adoptadas a priori y a menudo inconscientemente.

Lo anterior no implica desdeñar la razón (puesto que a fin de cuentas, no sabemos prescindir de los argumentos), sino sólo señalar que no lo es todo, tal como resumió Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no conoce.”

Ser progresista o no serlo es una actitud ante la vida, un hecho que pertenece más a la esfera del corazón que a la razón, aunque involucre a ambos.

El progresista se sitúa ante el universo como un rebelde. No es que crea que hay que luchar contra tal o cual injusticia concreta, sino que el mundo como un todo está bajo el influjo de una Injusticia originaria, llámese el capitalismo, el patriarcado, el sistema o como se quiera.

El no progresista, al que llamaré conservador a falta de un antónimo que no suene demasiado pedante, reconoce –cómo no– la existencia de innumerables injusticias, pero no cree en la Injusticia como patrón explicativo de la realidad. El conservador no piensa que los problemas nacen siempre y globalmente de una mala organización social, sino de la propia naturaleza caída del hombre, que hace imperfecta a cualquier organización. Y por tanto mejorable, pero no de modo absoluto ni de una vez por todas.

La actitud conservadora tiene su raíz, como es evidente, en la doctrina judeocristiana del pecado original. El mundo, creado por Dios, es originalmente bueno (el Edén), pero el hombre, engañado por el demonio con la promesa de equipararse a Dios, desobedeció a su creador y así introdujo el mal en el universo. No es necesario creer en la literalidad de este relato mítico para percatarse de su hondo sentido metafísico y antropológico.

Por el contrario, el progresista niega el pecado original, al menos de manera implícita, lo que le lleva a buscar el origen del mal en el mundo, no como algo contenido en él, sino como parte de su propia estructura. Y ve la solución, exclusivamente, en la acción transformadora del hombre. Gabriel Marcel definió no sin cierta sorna el carácter esencial del progresismo:

“[La] insistencia sobre las imperfecciones del mundo está unida a la incapacidad radical de aprehender el mal en cuanto mal, el pecado en cuanto pecado. Y aquí aparece de nuevo la inteligencia técnica. El mundo es tratado como una máquina cuya disposición dejase mucho que desear; felizmente el hombre está aquí para rectificar ciertos errores, pero por desgracia el conjunto escapa por el momento a su control[1].”

Por supuesto, hay progresistas creyentes y conservadores ateos. Hay quienes viven como si Dios no existiera, aunque de algún modo crean en Él, del mismo modo que otros se conducen como si existiera efectivamente, aunque carezcan de fe. En cualquier caso, la fe y la incredulidad son posiciones irreductibles: ambas están más allá de toda demostración o refutación, aunque cada una de ellas sea capaz de aportar su propio repertorio de razones.

Para comprender cabalmente la dicotomía expuesta, además del concepto de pecado, resulta imprescindible hablar de la gracia y la redención. El hombre no podría salvarse por sí sólo, sin la intervención divina. Un conservadurismo sin la fe (que es un don de Dios) sólo puede conducir al pesismismo, a la “visión trágica” de Sowell. Se limitaría a constatar el pecado sin creer en la salvación definitiva.

Pero el progresista aún lo tiene peor: ni siquiera admite la existencia del pecado, por lo que difícilmente podrá reconocer la necesidad de la gracia divina; de ahí que termine persiguiendo meros sucedáneos terrenales, ya sea en forma de utopías o de liberaciones ilusorias.

De la palabra gracia deriva gratitud. Dar gracias significa reconocer que no nos merecemos los favores recibidos, sino que se los debemos a alguien. El agradecimiento es inseparable de un destinatario personal. Sin embargo, la poeta catalana Maria-Mercè Marçal, militante izquierdista, feminista y nacionalista, tenía por divisa los siguientes versos:

Al azar agradezco tres dones: haber nacido mujer,

de clase baja y nación oprimida.

Y el turbio azur de ser tres veces rebelde[2].

Agradecer algo al azar (es decir, a nadie) entraña una contradicción, por mucho que no se nos escape la soterrada ironía. Marçal subvierte una vieja plegaria judía, citada por Simone de Beauvoir, en la que el rabino agradecía a Dios por haberle hecho varón, judío y libre. Tales de Mileto dirigió a la Fortuna una oración análoga, felicitándose por ser hombre (no animal), varón y griego. Pero la conexión entre el azar como explicación última de la existencia y la rebeldía, no hace más que exacerbar la incongruencia con la supuesta gratitud.

Maria-Mercè Marçal no era ninguna positivista escéptica. Puede que no creyera en Dios, pero tenía gran afición por el tarot y la astrología. Ahora bien, la magia no es más que un estadio primitivo o preparatorio de la técnica, como los juegos infantiles suelen ser ensayos de los quehaceres adultos.

La inteligencia mágica y la inteligencia técnica coinciden en postular que el hombre depende exclusivamente de sus propias fuerzas y conocimientos (esotéricos o científicos) para manipular la realidad. La religión es todo lo contrario: descansa en la convicción de que no somos enteramente autosuficientes, de que en última instancia estamos en manos de Dios.

Conviene no obstante subrayar la diferencia básica entre magia y técnica. La primera, condenada insistentemente en la Biblia, apela a fuerzas irracionales en el mejor de los casos, y demoníacas en el peor. La técnica es factible gracias al carácter racional e inteligible del universo. Por eso el cristianismo, al sostener que el mundo ha sido creado por una Inteligencia infinita, fue un factor decisivo en la superación de la magia y el desarrollo de la ciencia. La revolución científica no se produjo en la Europa cristiana por casualidad.

Sin embargo, una técnica desvinculada de cualquier referencia trascendente, en última instancia sólo se distinguirá de la magia por sus resultados mucho más espectaculares, y por ello mismo rebosantes de peligros.

El progresismo es hijo de esta razón fáustica que cree arrogantemente deberse sólo a sí misma, que desconoce o desprecia su propia insuficiencia y sus límites, que hace de la voluntad política el único dios y que formula eslóganes ideológicos a modo de conjuros mágicos, con los que toda suerte de extravíos y crímenes acaban siendo fatalmente justificados. Conservador es quien ha comprendido esto y trata, al menos, de no participar de semejantes errores.

[1] Gabriel Marcel, Incredulidad y fe, Ed. Guadarrama, Madrid, 1971, pp. 30-31.

[2] Al atzar agraeixo tres dons: haver nascut dona,

de classe baixa i nació oprimida.

I el tèrbol atzur de ser tres voltes rebel.

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De inquisidores y chekistas

Jesús Laínz es uno de los escritores de tendencia liberal-conservadora más lúcidos de los que tenemos el privilegio de ser contemporáneos y compatriotas. Sus artículos, certeros e iluminadores, así lo testimonian. Por si fuera poco, escribe muy bien, aunque esto no suele ser más que una consecuencia natural de la claridad de ideas. Su último artículo en Libertd Digital tampoco constituye una excepción. Sin embargo, tengo que ponerle un pero. Me refiero a la utilización de expresiones como la “Inquisición progre” (ya en el título) o incluso “Santa Inquisición Progre”.

Mi objeción no atañe a la cuestión de fondo. Estoy totalmente de acuerdo con Laínz en que los progresistas son amigos de la libertad de expresión –siempre y cuando sirva para defender ideas progresistas. Lo cual es una manera eufemística o sarcástica de decir que son declarados enemigos de ella. Tú puedes criticar y hasta zaherir del modo más grosero las creencias de los cristianos, pero ¡pobre de ti si osas criticar al islam! En este caso, pasas a ser reo de islamofobia, uno de los muchos ejemplos (y subiendo) de los llamados “delitos de odio”; categoría ideológico-jurídica parangonable, por su amenazadora vaguedad, a la de “enemigo del pueblo”, instaurada oficialmente por Lenin hace cien años.

La comparación del moderno progresismo con el comunismo soviético es absolutamente pertinente, porque en lo sustancial el primero procede de pensadores marxistas del siglo XX que trataron de hacer la revolución subvirtiendo la cultura occidental judeocristiana.

Jesús Laínz podría haberse referido perfectamente a “la Cheka progre”, pero en cambio ha optado por los trillados términos “Inquisición” e “inquisidores”. Sin duda, hay una intención irónica en ello: acusar a los enemigos del cristianismo de las mismas lacras que estos le atribuyen. Pero –y he aquí mi objeción– este procedimiento, tan común, es de muy cortos vuelos. Porque si bien es cierto que momentáneamente puede incomodar al adversario, a la larga no hace más que confirmar y reforzar la historieta ideológica de los progres, a saber: que casi todos los males vienen de la Edad Media, esto es, de la Iglesia; que luego la Ilustración consiguió arrojar un poco de luz sobre las tinieblas y, en fin, que la lucha continúa contra las acechanzas de unos pocos reaccionarios recalcitrantes.

A pesar de la patente rudeza de este relato, lo cierto es que prácticamente todos los occidentales lo tenemos grabado en nuestras almas con líneas ígneas como las del anillo del Señor Oscuro. Un Anillo para gobernarlos a todos. Nos lo dan de mamar desde la escuela hasta en las películas de Hollywood. No en vano se trata del mito fundacional de la modernidad. Incluso quienes se desmarcan de la ideología progre dominante la han interiorizado en lo esencial, apartándose de ella sólo en detalles superficiales. Y en gran medida, el éxito del relato progresista se basa en la colonización del lenguaje. Cada vez que para aludir a algo contrario a la razón o a los derechos humanos nos servimos inercialmente del vocabulario habitual (medieval, inquisitorial, fascista, etc.) contribuimos a que el progresismo siga siendo culturalmente hegemónico por mucho tiempo aún.

El relato progre consiste en una tupida trama urdida con unas pocas verdades, bastantes medias verdades y mentiras más gordas de lo que comúnmente se cree. Lo cierto es que la Inquisición no sólo perseguía delitos de herejía, sino otros que hoy siguen siendo penados por la ley, como violación, proxenetismo, contrabando o falsificación. Para ello empleaba la tortura y las condenas a muerte, sí, pero en medida significativamente menor que la mayoría de autoridades de aquellos tiempos. Algunos presos comunes llegaban a blasfemar para ser transferidos a cárceles de la Inquisición, más benignas. Y excuso decirlo, el Santo Oficio causó notablemente menos víctimas que los protestantes con sus cazas de brujas y de católicos, muchas menos que los revolucionarios franceses del siglo XVIII y muchísimas menos que los comunistas y nacionalsocialistas del XX.

No se trata en absoluto de caer en la pueril dialéctica del “y tú más”. Pero cuando la desproporción es tan escandalosa, no cabe quedar bien con todo el mundo recurriendo al trivial latiguillo de que “en todas partes cuecen habas”. No es igual ocho que ochenta, y menos si nos vamos a ochocientos u ocho mil. Según estudios rigurosos publicados hace décadas, entre los siglos XVI y XVIII fueron condenadas a muerte por el Santo Oficio cerca de 1.400 personas. Compárese esta cifra con las 120.000 víctimas de la Vendée, a manos de los jacobinos durante la Revolución Francesa, además de los 15.000 guillotinados en París. O con los 700.000 ejecutados por Stalin sólo durante el Gran Terror, en los años treinta; ya no digamos con los millones de muertos en los genocidios perpetrados por nacionalsocialistas y comunistas.

Aunque los crímenes de unos no sirven para justificar las hogueras de los otros, ni se pretenda tal cosa, la pregunta resulta inevitable: ¿Por qué seguimos recurriendo verbalmente a una institución desaparecida hace doscientos años (aunque en la práctica inoperante desde mucho antes) como emblema del Mal absoluto, cuando disponemos de ejemplos mucho más puros, notorios y cercanos en el tiempo? ¿Por qué todavía llamamos a los progres inquisidores en vez de jacobinos, chekistas o simplemente comunistas, con los que les une una filiación ideológica más o menos confesa?

Parte de la respuesta a estas preguntas la ofrece María Elvira Roca en un importante libro, publicado el año pasado, titulado Imperiofobia y leyenda negra. En esta obra apasionante se nos narra el origen de los mitos progres acerca de la Inquisición y la historia de España, fundamentalmente en la propaganda protestante, así como su transmisión acrítica hasta nuestros días, a través de la literatura, el cine y la televisión. Debemos sustraernos –aunque no es fácil– a esta influencia masiva y omnipresente, enquistada en el lenguaje cotidiano. Y precisamente por éste debemos empezar, depurándolo de expresiones que, insensiblemente, penetran la ciudadela de nuestro entendimiento y nos hacen la guerra desde dentro.

El Periódico de Cataluña o la conjura de los progres

El Periódico, al menos en su edición catalana, es un diario tan chillonamente progre que a veces parece una parodia de sí mismo. El ejemplar de ayer sábado 26 de agosto, que hojeé en un bar a falta de mejor lectura, no me defraudó. Tanto el editorial como un reportaje y varias columnas de opinión, entre otras secciones, se dedicaban coordinadamente, todos a una, a sugerir y remachar que el terrorismo yihadista es, al menos en parte, consecuencia de la marginación, la xenofobia e injusticias sufridas por los musulmanes.

¿Exagero? Juzguen ustedes mismos por algunos fragmentos. El editorial, tras constatar el fracaso en la integración de la segunda generación de musulmanes, se pregunta “qué hemos hecho mal.” Y acto seguido se responde: “Los hijos de la inmigración tienen… peores oportunidades para salir adelante en la vida… Ver a diario que muchas veces la mirada y la actitud de los otros te hacen sentir diferente explica que jóvenes aparentemente normales, como los de Ripoll, hayan sucumbido a las acechanzas de tétricos personajes como el imán Abdelbaki Es Satty.” Un reportaje desarrolla con cifras esta idea, titulando: “Sólo el 15 % de los hijos de inmigrantes viven mejor que sus padres.

En su artículo de opinión, el director de teatro Joan Ollé se recrea en la misma tesis de la exclusión social: Occidente proclama la igualdad de todos los seres humanos mientras “les dice a muchos, a millones, que no valen nada, que no son nadie. Y es entonces cuando en algunos cerebros nace la atroz idea de canjear su mierda de vida por la muerte de otros que sí que valen.”

Otro invitado a este festín de autoflagelación es Miguel Pajares, presidente de no sé qué comisión de ayuda al refugiado. Tras incidir de nuevo en que los jóvenes de familias inmigradas, “sobre todo musulmanes”, padecen más desempleo o dificultades para alquilar un piso, debido a una xenofobia difusa, pontifica: “No nos engañemos: no somos una sociedad tan acogedora”, y añade que “las instituciones no invierten lo que deberían invertir en la lucha contra la discriminación, la segregación y la exclusión.”

No contento con reclamar sutilmente más subvenciones para su tinglado, el tal Pajares se marca una proclama antiimperialista: “El brutal intervencionismo del mundo occidental, siempre a favor de sus intereses, de las petroleras y de otras, es algo que favorece tremendamente el desarrollo de sentimientos identitarios de opresión. Y mucho más lo es el tratamiento que hacemos del conflicto palestino…”

Creo que estas muestras son suficientes. Dejando de lado el carácter retórico y estereotipado de sus denuncias, todos estos textos no hacen más que incidir en dos falacias básicas. La primera es que la exclusión social y el neocolonialismo son las causas del terrorismo y de la violencia en general. Lo cual no es más que un corolario más o menos inconsciente de la teoría marxista según la cual todas las ideas, creencias e instituciones son meros reflejos pasivos de las relaciones económicas y la lucha de clases.

La segunda falacia básica es que, en los casos en que realmente exista marginación, la sociedad de acogida es la principal culpable de ella, como si los inmigrantes no estuvieran obligados a realizar ningún esfuerzo para integrarse en una cultura distinta o como mínimo respetarla. Lo cual a su vez se desprende de las concepciones izquierdistas que desdeñan el mérito y el esfuerzo individuales, en la medida que los conciben como incompatibles con su utopismo igualitario.

En cualquier caso, se trata de tesis que no resisten la mínima contrastación con los hechos. Uno de los yihadistas abatidos por la policía en Cambrils ganaba un salario de unos dos mil euros al mes. ¿Cómo puede decirse que la exclusión social tuvo que ver algo en su radicalización? ¿Cómo puede estar excluido un tipo soltero que gana dos mil euros? Pero incluso aunque lo estuviera –y esto es lo fundamental– ¿qué clase de conexión demencial puede encontrar nadie entre creer que se sufre alguna discriminación, incluso sufrirla de verdad, y ponerse a matar personas inocentes, arrollándolas con una furgoneta, o atacando con cuchillos y hachas a todo el que se encuentra por el camino?

Pero el hecho más notorio y que, pese a ello, con más fuerza se trata de ignorar es que, a despecho de toda la charlatanería progresista sobre las motivaciones de los yihadistas, estos una y otra vez nos están diciendo exactamente por qué cometen sus crímenes. Y además lo hacen siempre, sin excepción, en el momento en que menos insinceridad se les puede suponer, justo antes de morir o de exponerse a la muerte, cuando proclaman “Alá es grande”. (Curiosamente, nunca invocan a Cristo, ni a Buda, ni a Obatala.) Sin duda, en una sociedad tan materialista y hedonista como la nuestra, cuesta imaginar móviles que no responden a un interés terrenal. Pero ¿tan difícil es entender que ellos creen verdaderamente en su misión sagrada de someter a los infieles y matarnos si es necesario, para imponernos la ley islámica?

La palabrería progre, elaborada por conspicuos pensadores y académicos, y repetida por periodistas, faranduleros y vividores del cuento victimista, impide a muchos ver lo que tienen ante sus narices. Peor aún, proporciona munición intelectual a los terroristas y especialmente a sus cómplices (como tertulianos invitados a los platós televisivos en calidad de musulmanes “moderados”), quienes no dudan en utilizarla para dividirnos y debilitarnos moralmente, aunque generalmente les basta contemplar cómo nos disparamos nosotros mismos en el pie.

Si una parte considerable de la población llega a creerse que la culpa del terrorismo islamista la tiene el propio Occidente, difícilmente será proclive a apoyar (y menos aún a exigir) las medidas que nos permitirían luchar con eficacia contra el yihadismo. En lugar de ello, seguiremos poniendo velas y ositos de peluche en el lugar de cada atentado, inflando de memes hiperglucémicos las redes sociales y acudiendo a manifestaciones para expresar que matar es malo, por si alguien faltó a clase el día que lo explicaron. (Dicho sea de paso, la manifestación de Barcelona de ayer fue miserablemente saboteada por los separatistas y los antisistema, que comparten con los islamistas el odio a la España de los Reyes Católicos.)

Lamentablemente, a mucha gente jamás le han explicado en ninguna clase que aunque todas las personas son iguales, no todas las religiones lo son, ni tienen el mismo valor. Esta sociedad incrédula no distingue entre el Dios que se encarnó en Jesucristo y murió en la cruz, y el que se limitó a remitirle al profeta un libro que es a la vez doctrina religiosa y código civil.

A decir verdad, en El Periódico del sábado sólo faltó una cosa, a menos que me haya pasado por alto: el típico artículo o al menos carta al director donde se culpa a la religión en general del terrorismo islamista, metiendo a cristianos, musulmanes y rastafaris en el mismo saco. Ya saldrá mañana, o la semana que viene. Pero ayer hubiera sido la guinda: se habría batido la marca de acumulación de necedades.

Cambioclimatismo y cristianismo. Réplica a Luis I. Gómez

Hay un sector del liberalismo que sigue empeñado en incluir al cristianismo en el capítulo de las cosas que debemos ir superando, por tratarse de una forma de pensamiento primitivo, incompatible con la racionalidad y la ciencia. Por lo general es un liberalismo agnóstico o ateo bastante civilizado, muy alejado de los comecuras y asaltacapillas de izquierdas, pero que incurre en apreciaciones sobre la fe cristiana bastante torpes, aunque sean formuladas en un lenguaje comedido.

Uno de los subgéneros literarios favoritos del liberalismo agnóstico o ateo es el basado en criticar determinadas ideologías o sistemas filosóficos (el socialismo, el ecologismo radical, el psicoanálisis, etc.) tratando de demostrar que no son más que un sucedáneo del cristianismo, una especie de recaída lamentable en el irracionalismo y la superstición, aunque la encubran con lenguaje mundano e incluso ostenten apariencia “científica”.

Aprovecho para apuntar aquí un aspecto curioso de dicho subgénero, y es que suele despertar entusiasmo entre no pocos creyentes cristianos, cristianos culturales o liberal-conservadores, que se zampan cualquier línea de argumentación contra el progresismo y el izquierdismo, aunque parta de premisas anticristianas o específicamente anticatólicas que, planteadas en otro contexto, probablemente les parecerían ofensivas. Incluso vulgarizan esa literatura, adoptando con ligereza para uso propio expresiones como “dogmático”, “inquisitorial”, “medieval”, etc., con toda su carga “inocentemente” cristianófoba. Como si fuera necesariamente malo todo dogma proclamado y no el introducido a hurtadillas; como si la inquisición no hubiera sido un dechado de garantismo en comparación con las persecuciones de católicos y de brujas realizadas por los protestantes o como si la Edad Media hubieran sido mil años de oscuridad y opresión; todo ello creencias populares fundadas en la más crasa ignorancia.

A fin de ejemplificar lo que decimos, viene de perlas una entrada del muy estimable blog de Luis I. Gómez titulada “La teología del cambio climático. Medievalismo preindustrial”, que resume de manera entrañablemente ingenua la colección de tópicos neoilustrados en los que nuestra cultura vive inmersa, y de la cual los liberales agnósticos constituyen una de sus ramas o variantes.

Afirma Gómez: “A finales de la Edad Media, el hombre occidental comenzó a emanciparse de la hasta entonces omnipresente ideología religiosa mediante el uso de su inteligencia y el desarrollo de la lógica.” Es decir, que hasta hace unos cinco siglos, a los europeos no se les había ocurrido utilizar la inteligencia ni la lógica. Tela marinera, que diría un castizo.

El texto continúa en este estilo que, por su tono brutalmente simplificador, recuerda a cualquier manual de la asignatura de Educación para la Ciudadanía introducida por Rodríguez Zapatero:

“De este movimiento emancipador surgió la Ilustración. Se declara a la razón como la fuente universal del juicio, con la que es posible liberarse de las ideologías tradicionales, rígidas y anticuadas. (…) Con la Ilustración, la ciencia logró, por fin, liberarse de la camisa de fuerza de la superstición y comenzó a crear su visión del mundo.”

Gómez relata entonces cómo la Ilustración dio paso a la revolución industrial (¡de la Enciclopedia a la máquina de vapor!) que a su vez produjo un crecimiento económico exponencial, sin precedentes en la historia. Pasamos así de unas economías de subsistencia dependientes “del Dios de la lluvia” a la moderna sociedad industrial, basada en las enormes cantidades de energía obtenidas de los combustibles fósiles. Y acto seguido llegamos al nudo de este edificante relato. Cuenta el autor:

“Deberíamos estar felices e intentar que nuestra prosperidad alcanzase los últimos rincones del planeta, pero no es así: tenemos mala conciencia… porque nos va bien.”

Vuelven los viejos demonios de la superstición, ahora travestidos como cambioclimatismo. La nueva religión no habría hecho más que sustituir a Dios por Gaia (la Tierra), el Infierno por el calentamiento global, las bulas y penitencias por los impuestos ecológicos y la Salvación por “el paraíso descarbonizado en 2100”.

La comparación, más o menos forzada, entre ideologías terrenales y el mensaje de salvación cristiano no es nada nueva. George Steiner apuntó ideas parecidas ya en los años setenta, rastreando paralelismos entre el judeocristianismo por un lado, y el marxismo, el psicoanálisis y el estructuralismo (entonces en boga) por otro. Similitudes a las que se refirió como “nostalgia de lo absoluto”. Y por supuesto no podemos evitar remontarnos a Nietzsche, que concebía el socialismo como el último avatar de una secular rebelión de esclavos resentidos, abanderada ya por Sócrates, pero que llegó a su máxima expresión con el cristianismo.

Ahora bien, concediendo sin demasiados problemas que los paralelismos entre ideologías terrenales mesiánicas y cristianismo tengan algo de verdad, queda por dilucidar lo que esto significa. ¿Esas ideologías están equivocadas porque son una recaída en el irracionalismo religioso, o bien yerran precisamente en la medida en que se apartan del pensamiento cristiano y lo desfiguran, parodian o parasitan, según el procedimiento más o menos reconocible de anteriores herejías?

Para responder cabalmente a esta cuestión, deberíamos adentrarnos en el estudio de la historia del pensamiento y del conocimiento. Descubriríamos entonces que el relato ilustrado de la lucha entre razón y fe, con momentos estelares como el caso Galileo, es un montaje propagandístico infumable, que no sólo exagera y deforma, sino que llega a invertir lo que realmente ocurrió. Pero esta tarea supera con creces las intenciones mucho más modestas de este escrito. En lugar de ello, voy a proponer otra línea de reflexión para delimitar un poco más el problema.

Supongamos que realmente las ideologías seculares no fueran más que enésimas reediciones del mesianismo judeocristiano, ¿por qué se producirían una y otra vez estas recaídas? ¿Qué es lo que llevaría al ser humano a despreciar los evidentes beneficios de la ciencia y la técnica para entregarse periódicamente a los dudosos consuelos del irracionalismo y la superstición?

Los progresistas suelen ensayar diversas respuestas de índole psicológica y sociológica, sin considerar otra posibilidad, como es que quizás esos reiterados brotes de irracionalismo demostrarían que el relato neoilustrado podría ser en gran medida mitológico. Que la modernidad no sería la era de la razón que nos han enseñado, vencedora en una épica lucha contra la supuesta oscuridad medieval, sino por el contrario una profunda crisis de la razón, exacto reverso de la crisis de fe, y que dio lugar a una explosión de ideologías desnortadas, compitiendo por ocupar el vacío resultante.

Esto me lleva a caer en la cuenta de otro paralelismo. Los que se lamentan por la persistencia de la “religión”, creyendo detectarla incluso en las formulaciones más laicas, recuerdan poderosamente a los que deploran la capacidad de supervivencia del “patriarcado”, en alerta constante ante las mil epifanías del machismo. Frecuentemente aparecen artículos periodísticos señalando la llamada “brecha de género” en los estudios y profesiones. Todos se escandalizan de que los hombres y las mujeres se obstinen en elegir carreras y profesiones distintas (ellos más de tipo técnico, ellas más de tipo social), atribuyéndolo a la persistencia o retorno de estereotipos y prejuicios caducos. Nunca se plantean siquiera la posibilidad de que la ideología de género esté equivocada, que las diferencias psicológicas entre sexos carezcan de una causa exclusivamente cultural, y obedezcan en cambio a otras de tipo biogenético.

Algo similar podría ocurrirles a los neoilustrados, que no conciben siquiera la hipótesis de que sus sobadas ideas sobre el presunto conflicto entre razón y fe podrían ser falaces.

Este error de juicio tiene consecuencias paradójicas y devastadoras. La crítica anticristiana del sector agnóstico y ateo del liberalismo deja gravemente tocado al propio liberalismo, cuya concepción central de la libertad individual queda en el aire si la desconectamos de su origen cristiano. Decía Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio, precisamente dedicada a uno de los motivos clásicos del pensamiento cristiano católico, la íntima relación entre fe y razón, que si eliminamos la dimensión trascendente de la persona, esta “acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica.” He ahí la esencia de los totalitarismos secularistas que combate el liberalismo, de los colectivismos que reducen al individuo a una mera pieza en la maquinaria social. Un individualismo adánico o por mejor decir amnésico, desarraigado de la tradición judeocristiana, como hoy está en alza, muta en estatalismo tan fácilmente como se le da la vuelta a un calcetín.

Para el pensamiento judeocristiano, el error fundamental del ser humano consiste en buscar consciente o inconscientemente la salvación en algo distinto de Dios, y en especial en entenderla como algo que depende exclusivamente del hombre, ya sea por procedimientos mágicos o técnicos. Esto bastaría para distinguir drásticamente el cristianismo del socialismo, la ideología de género o el “cambioclimatismo”. Esta última, en concreto, aunque Gómez la presente como una regresión a épocas preindustriales, lo confía todo en la capacidad del hombre de detener o aminorar el cambio climático, que supuestamente habría iniciado él mismo, mediante el desarrollo entre otras cosas de tecnologías “limpias”, y exhibiendo de paso una ignorancia apoteósica sobre cómo funciona la innovación, como si con resoluciones políticas y burocráticas pudiera avanzar la teconología.

De nuevo, Juan Pablo II, en el documento citado, lo expresó con nitidez:

“Diversos sistemas filosóficos [vale decir, ideologías], engañándolo [al ser humano], lo han convencido de que es dueño absoluto de sí mismo, que puede decidir autónomamente sobre su propio destino y su futuro confiando sólo en sí mismo y en sus propias fuerzas. La grandeza del hombre jamás consistirá en esto. Sólo la opción de insertarse en la verdad, al amparo de la Sabiduría y en coherencia con ella, será determinante para su realización. Solamente en este horizonte de la verdad comprenderá la realización plena de su libertad y su llamada al amor y al conocimiento de Dios como realización suprema de sí mismo.”

El conflicto no es ni ha sido nunca entre fe católica y razón, sino entre la concepción del Dios que se ha hecho hombre y la de quienes creen que el hombre puede ser un dios. Estos últimos son quienes emplean una idea puramente instrumental de la razón, que rechaza cualquier enunciado no reducible a lo experimental, es decir, a lo que el hombre realiza o manipula. Pero esta concepción positivista es tan dogmática como la opuesta, porque se basa en algo tan absolutamente indemostrable como negar que exista lo que no podemos percibir, directa o indirectamente, mediante nuestros sentidos. Y el problema no es que sea dogmática, sino que no lo reconozca. Porque un dogma oculto es un dogma que se escabulle de la crítica.

La gran mentira sobre la cual se ha construido buena parte del pensamiento moderno es no admitir honradamente su carácter dogmático, a diferencia de lo que ha hecho siempre la Iglesia, exponiendo formalmente a la luz pública, y hasta con pompa y boato, los dogmas en los que se expresa la fe católica. Nos han vendido toda la vida el cuento de que lo racional es carecer de cualquier dogma, y de que modernidad y racionalidad son sinónimos, cuando lo cierto es que tenemos más dogmas subrepticios que nunca, como el dogma de que el género es una construcción cultural, el dogma del cambio climático antropogénico y muchos más. Sin olvidar el dogma de que el cristianismo es propio de edades oscuras, a pesar de que, en palabras de Chesterton, “la Iglesia fue la única que nos sacó de ellas.”

Peor que el miedo es la ceguera

Europa occidental sufre una oleada de terrorismo islamista desde hace algo más de dos años y medio. Son más de trescientas las personas asesinadas desde la matanza de París, en enero de 2015, contra la revista Charlie Hebdo. Los países más golpeados: Francia, seguida a considerable distancia de Bélgica, Reino Unido, Alemania… y ahora España. Hay serios indicios de que el atentado que planeaban los yihadistas en Barcelona podía haber sido indeciblemente peor. Igualmente, el atentado semifrustrado en la localidad tarraconense de Cambrils habría causado muchos más muertos y heridos, si no hubiera sido por la inmediata y contundente intervención de la policía, que abatió a cinco terroristas.

Quien escribe vive en Tarragona, a veinte kilómetros de Cambrils. Gracias a Dios, nadie de mi entorno se vio afectado, aunque por poco. Una sobrina mía se hallaba en un bar, en la misma zona del tiroteo, cuando sucedió todo, y entró la policía ordenando a los presentes que abandonaran el local a toda prisa. Un amigo acababa de pasar por allí media hora antes. Mi mujer, mis hijos y yo podíamos perfectamente haber estado paseando por las inmediaciones, a esa hora, después de haber cenado en alguno de los numerosos restaurantes de ese encantador pueblo turístico, como hemos hecho muchas veces. En suma, he visto el terror más cerca que nunca.

La reacción cívica al atentado se ha expresado con el lema “no tengo miedo”. Es una forma de decirles a los terroristas que no han conseguido su objetivo, el cual sería, como la misma palabra que los define indica, aterrorizarnos. Sin embargo, sentir miedo es algo natural y, dentro de ciertos límites, perfectamente racional. El miedo es un mecanismo de defensa, en el sentido de que nos conduce a tomar precauciones adecuadas y a no correr riesgos innecesarios. Es bueno que intentemos recuperar la normalidad, pero sin caer en la inconsciencia o el autengaño, como si aquí, en Cataluña, en España, en Europa y en el mundo no pasara nada. Está pasando y es muy grave. Nos han declarado hace tiempo la guerra.

Sobre todo, recelo del “no tinc por” porque se queda en el aspecto más superficial de las motivaciones de los yihadistas. Evidentemente que quieren causar terror, y además lo consiguen, digamos lo que digamos, al menos durante unas horas. Pero para ellos el miedo sólo es un medio, valga el juego de palabras. Uno de sus medios. Su objetivo último es imponer el islam en Europa, como repiten incansablemente a quien quiera escucharles. No pretenden alterar nuestras rutinas diarias sólo por fastidiar; no es verdad que si modificamos en algo nuestra vida cotidiana, ellos habrán conseguido lo que buscan. Son por supuesto mucho más ambiciosos que eso. Por el contrario, la idea de que si continuamos haciendo y diciendo lo mismo de siempre como si nada hubiera sucedido, ya hemos vencido, puede ser una de las más estúpidas desde que Chamberlain y Daladier regresaron de Munich anunciando poco menos que la paz perpetua.

Para empezar, una de las cosas que deberíamos dejar de hacer, es repetir todos esos mantras y eslóganes hipnóticos de que el islam es amor, de que los yihadistas no tienen nada que ver con el “auténtico” islam, que la gran mayoría de musulmanes están en contra de la violencia sólo por el hecho de que no son cómplices directos de los actos terroristas, que el problema no es el islam sino la islamofobia… Pues lamentablemente, esto no es cierto.

La islamofobia hoy por hoy no es un problema ni lejanamente comparable al balance de miles de asesinatos del islamismo en todo el mundo. En Tarragona alguien arrojó pintura roja al consulado de Marruecos. Y en Montblanc, un pueblo del interior de la provincia con una bien conservada muralla medieval, han aparecido pintadas amenazantes en la persiana de una mezquita. Sin duda, se trata de gamberradas propias de gente de escasas luces, pero equipararlas al asesinato de catorce personas resulta un despropósito.

Los medios se esfuerzan en hacernos creer que los musulmanes moderados, que condenan la violencia, son la gran mayoría. Pero lo cierto es que las pocas veces que los vemos manifestarse, en escaso número, sus eslóganes se centran más en exculparse, en proclamar que el islam no es terrorismo, que en rechazar el yihadismo con rotundidad y claridad, y dejando para ocasión más oportuna protestas victimistas.

Hay que decir las cosas como son. El islam sí es el problema. La mayoría de musulmanes podrán no compartir los métodos terroristas, aunque sólo sea porque los consideren contraproducentes, pero la mayoría simpatiza con sus objetivos, a tenor de las encuestas. La mayoría está a favor de implantar la ley islámica incluso en aquellos territorios en que su religión es minoritaria. Por lo demás, como señala la periodista Brigitte Gabriel, que casi todos los musulmanes sean pacíficos es tan irrelevante como que también lo fueran los alemanes en la época nazi, o los rusos y los chinos bajo el comunismo. El carácter pasivo de las masas no hace mejor al totalitarismo, y probablemente sea una condición de su fuerza.

Los millones de musulmanes que residen en Europa occidental suponen un problema de seguridad difícil de exagerar, porque son el caldo de cultivo del terrorismo, y además un entorno en el que este se camufla con facilidad.

Pero la población musulmana es sobre todo un problema político, porque constituye el sujeto que los terroristas pretenden redimir. Es el motivo principal por el cual actúan, el que desde su punto de vista justifica su existencia. Donde no hay musulmanes no sólo es materialmente difícil exportar hoy la guerra santa, sino que carece de sentido. El islam no puede hoy conquistar tierras de “infieles” por métodos militares convencionales, porque está en franca inferioridad con Occidente, en el plano tecnológico y económico. Necesita, en primer lugar, invadir territorios mediante migración pacífica.

Afirmar que la solución está en la integración es una tautología estupenda, del tamaño de decir que la solución del asesinato es que haya más respeto por la vida humana. Los perfiles de los terroristas demuestran que su radicalización no procede de haber sido excluidos por la sociedad. Muchos de ellos recibían subsidios, participaban en actividades culturales y deportivas, han estudiado en nuestras escuelas e incluso universidades. Otros han pasado por la delincuencia común, al igual que tantos europeos nativos, a los que sin embargo no les da por la guerra santa tras un redescubrimiento de sus raíces culturales. Quien redescubre el cristianismo huyendo de las drogas y el delito suele rehacer su vida, incluso dedicarla a causas solidarias, exactamente al contrario que esos jóvenes que redescubren el islam de sus mayores a través de internet y deciden morir matando al mayor número de infieles.

Por supuesto, por si alguien pensaba que estoy sugiriendo algo así, no podemos deportar a veinte millones de musulmanes de Europa. Además de materialmente descabellado, sería ante todo un crimen que va contra nuestros valores religiosos, morales y políticos. Pero sí podemos hacer algunas cosas moralmente irreprochables, aunque no queden muy bien como discurso de una candidata a un premio de belleza. Primero, expulsar a todos los que no trabajen, cometan pequeños delitos o prediquen la guerra santa. Segundo, limitar físicamente la entrada de musulmanes a través de nuestras fronteras y tercero, dejar de atraer a la inmigración con la promesa irresistible de este El Dorado del bienestar, a cargo del contribuyente, en que se ha convertido Europa. Muchos huyen de la miseria y las guerras, sí, pero posiblemente podrían dirigirse a otros países musulmanes, donde experimentarían muchos menos problemas de integración. O mejor aún, podrían quedarse en los suyos y luchar para levantarlos, cosa menos seductora aunque probablemente mucho más beneficiosa para todos, a la larga. Y posiblemente se evitarían más muertes por naufragio en el Mediterráneo que todas las ONG que colaboran con los traficantes de personas.

En cuarto lugar, tenemos la tarea más complicada, pero más fundamental de todas. Debemos recuperar nuestras raíces cristianas y humanistas. Si consideramos las leyendas negras antiimperialistas y anticristianas que hemos creado y difundido alegremente en contra de nosotros mismos, no puede sorprendernos que los musulmanes nos desprecien y se refugien en una identidad que consideran (erróneamente) la única alternativa seria a la corrección política y al relativismo.

Ya que hablamos tanto, en respuesta al yihadismo, de que no debemos renunciar a nuestros valores, es hora de que los rescatemos en su pureza original, y nos desprendamos de las capas de suciedad ideológica que los han desfigurado hasta volverlos casi irreconocibles. Es cierto que el judeocristianismo y el humanismo clásico chocan también con el islam, quizás casi tanto como las necedades de la ideología de género o el animalismo. Pero si el conflicto es inevitable, al menos que valga la pena lo que defendemos.

Soldados del feminismo

De Javier Cercas sólo he leído Soldados de Salamina. Dejando de lado el carácter ideológicamente trucado de la novela, reconozco que disfruté con su hábil combinación de realidad y ficción. Hay que separar siempre entre calidad literaria e ideas. Pero cuando un autor vomita exabruptos como el artículo de El País titulado “Feminismo salvaje”, se torna realmente heroico atenerse a esa máxima.

Dice el escritor en el citado artículo cosas como estas:

“…si don Quijote estuviera vivo (…) se dedicaría a perseguir por tierra, mar y aire a esos hijos de mala madre que maltratan y asesinan mujeres y, una vez los hubiera pillado, sin fórmula de juicio les cortaría el rabo y los testículos, se los metería en la boca (…) y los abandonaría en mitad de Los Monegros para que murieran al sol en medio de horribles tormentos.”

“No entiendo que, mientras unos cobardes de mierda matan mujeres indefensas a diario, no broten como hongos comandos de mujeres armadas que imiten a don Quijote y se tomen la justicia por su mano y se dediquen a cortar rabos y testículos y todo lo demás…”

“En resumen, hay quien piensa que el feminismo se está volviendo de un tiempo a esta parte extremista y ya está yendo demasiado lejos; yo lo que pienso es que de momento, y hasta nueva orden, la forma más extremista de feminismo es demasiado moderada.”

Esta furia emasculadora puede entenderse como una mera licencia literaria, como un simple desahogo verbal de quien trata sólo de expresar su comprensible odio y desprecio hacia los asesinos y maltratadores de mujeres. Pero Cercas no puede ignorar que en este mundo desquiciado “la forma más extremista de feminismo” ha propuesto exterminar a los hombres o recluirlos en campos de concentración. Y que las formas que pasan por moderadas han conseguido imponer leyes que eliminan garantías procesales como la presunción de inocencia del varón, y que estigmatizan como “maltratador” a un desgraciado que, en una discusión acalorada, ha pronunciado alguna grosería o le ha dado un torpe empujón a su mujer, metiéndolo en el mismo saco que a un sádico torturador y asesino.

Se suponía que un intelectual es alguien que sabe ir más allá de las ocurrencias de tertulianos de taberna: esos que aseguran, entre copa y copa, que todos los males patrios se solucionarían ahorcando a los corruptos, fusilando a los especuladores o castrando a los “maltratadores” sin juicio previo. Sin embargo, en estos tiempos en que la ultraizquierda telechavista ha puesto en circulación el término “cuñadismo” para ridiculizar a quienes no comulgamos con sus ideas comunistas o criptocomunistas, el cuñadismo progresista alcanza niveles inéditos.

No se trata sólo de unos pasajes desafortunados. El autor empieza con una autoconfesión de machismo digna de las autohumillaciones de los célebres juicios de Moscú durante el estalinismo. Y no se detiene ahí: sin la menor concesión de matiz, acusa a todos los varones de ser “en lo esencial una panda de descerebrados borrachos de testosterona y únicamente ocupados en beber cerveza y averiguar quién es más macho mientras provocamos catástrofes”. Que, digo yo, entre birra y birra algunos han tenido tiempo de pintar la Capilla Sixtina, componer la Quinta Sinfonía y publicar la Teoría de la Relatividad. Incluso se registran casos en la Historia de hombres que han formado una familia junto a sus esposas y han enseñado a sus hijos que no hay que pegar, robar ni decir tacos.

Todas esas expresiones tremebundas pueden parecer, al igual que los pasajes anteriormente transcritos, meros ejemplos de calentones verbales. Pero tales excesos parten de unos supuestos que casi todo el mundo ha terminado interiorizando, tras décadas de propaganda incesante. Lo cual significa que siempre puede haber alguien lo suficientemente consecuente para no considerarlos excesos.

La premisa fundamental de Cercas, y del pensamiento hoy dominante, es que las mujeres han estado durante milenios oprimidas brutalmente por los hombres, y que sólo ahora, desde hace unas décadas, empiezan a sacudirse su dominio. Ahora bien, permítanme una reflexión. Parto de la base de que las mujeres son, en promedio, tan inteligentes como los hombres. Incluso tenemos indicios (como lo son sus calificaciones académicas, sus menores tasas de delincuencia y menor afición al riesgo estúpido) de que gozan de una inteligencia global superior al otro sexo. ¿Cómo entonces se habrían dejado dominar por los varones desde el paleolítico?

No me vale la explicación de que los hombres se han beneficiado de su mayor fuerza física, cuando siempre hemos entendido que la inteligencia es precisamente la facultad que le ha dado al ser humano la superioridad sobre el resto de animales. Tampoco me valen los ejemplos de tantas injusticias sufridas por las mujeres, como si no fueran al menos tan numerosas las padecidas por varones, y como si pudiera ignorarse el hecho de que en todas las épocas y culturas hayan sido estos las víctimas mayoritarias de los trabajos más duros y penosos, así como de la violencia, tanto en circunstancias bélicas como de paz. Cosa que se puede demostrar gráficamente comparando las mortalidades femenina y masculina de cualquier pirámide de población. No hay ninguna guerra de los hombres contra las mujeres, aunque los informativos televisivos nos lo quieran hacer creer con sospechosa insistencia, llevando el conteo de mujeres muertas por violencia de pareja y callando el de hombres asesinados o que se suicidan sin matar a nadie.

Sostengo que la dominación universal del hombre sobre la mujer es un mito, entre otras cosas porque no puede ser verdad a la vez (1) que las mujeres y los hombres sean igual de inteligentes y (2) que en todos los tiempos y culturas los segundos hayan dominado a las primeras. En mi opinión, la segunda tesis es falsa. Es el feminismo quien se empeña denodadamente en hacer de las mujeres una suerte de eternas menores de edad, que necesitan ser emancipadas, como si fuera verdad la primera tesis.

Sostengo también que los dos sexos, desde la prehistoria, han asumido espontáneamente una eficaz división del trabajo de evidente origen biológico, gracias a la cual ha sobrevivido y se ha multiplicado nuestra especie, atravesando las largas edades en que la mortalidad infantil era abrumadora y las condiciones de vida en general mucho más duras que las actuales. Y que esta división del trabajo, como incidentalmente reconoce el propio Cercas en su artículo, ha sido plenamente aceptada y transmitida culturalmente tanto por las mujeres (madres y abuelas, en su función educadora) como por los hombres, hasta hace dos días.

Lo que en tiempos muy recientes ha cambiado drásticamente es que vivimos en sociedades mucho más prósperas, lo cual es causa y efecto a la vez de una mayor libertad individual. Por eso la revolución científica y tecnológica se ha producido en Occidente, una civilización más respetuosa con el individuo que las civilizaciones asiáticas, gracias a sus raíces clásica y cristiana. La persona, sea cual sea su sexo, se ve hoy mucho menos presionada por la comunidad para elegir su propio camino vital. Y esto es bueno, aunque como todo en esta vida, también puede ir demasiado lejos, llevándonos a la descohesión social y la ruptura de la continuidad generacional. Allí donde impera el individualismo narcicista del carpe diem, nadie se hace responsable de lo que ocurra en el futuro. Formar familias, criar hijos, con los esfuerzos y renuncias que ello implica: que lo hagan otros, que vengan inmigrantes, que se ocupe el Estado.

Pero justo cuando el individualismo ha alcanzado su punto culminante en la historia, probablemente necesitado de una serena corrección, surge una reacción tan inoportuna como destemplada. Entran en escena los colectivistas que clasifican a los individuos según su género, que supuestamente se elige… Pero, ¡ay del homosexual o del transexual que se lamentan de su “elección”! Libres para entrar, pero no para salir. Los nuevos colectivistas utilizan las categorías de género (como los totalitarios de quienes son hijos espirituales emplearon las de clase o raza) para dar rienda suelta a un odio revanchista que tarde o temprano fomenta los crímenes más atroces; invariablemente justificados por la acumulación de un largo memorial de agravios e iniquidades pretéritas y presentes, magnificadas o inventadas.

De momento, las feministas más radicales no van por ahí castrando ni matando hombres, aunque sus actos vandálicos y terroristas de “baja intensidad”, en especial contra la Iglesia, aumentan de día en día. Lo que sí hay es quien defiende la justicia popular contra el macho, sin jueces profesionales, abogados defensores ni todas esas formalidades burguesas. Se me ocurren pocas cosas más despreciables que quien azuza la androfobia para hacerse perdonar su condición varonil. Quizás la de aquella pintada, creo que apareció en una pared de Vigo, que tras el 11-S pedía: “Osama, mátanos”.

 

 

 

Los separatistas tienen razón

El gobierno autonómico de Cataluña está apoyado parlamentariamente por el partido que ha mandado durante décadas en esta región, el cual ha cambiado de nombre por su implicación en la corrupción institucional conocida popularmente como “el tres por ciento”.

Lo apoya además la Esquerra Republicana, el mismo partido bajo cuyo gobierno, durante la guerra civil, se produjeron miles de asesinatos de religiosos y “burgueses” y se expropiaron innumerables propiedades; y que en los tiempos actuales no ha ocultado su cercanía ideológica a grupos terroristas como Terra Lliure y la ETA.

Por último, el Govern recibe también el apoyo de la CUP, grupo comunista que ataca violentamente al turismo y a cualquiera que no le guste, además de sostener posiciones ultrafeministas contra la familia y la Iglesia que faltan al respecto a la mayoría de la gente.

Pues bien, este Govern trata abiertamente de instaurar una república separada de España en Cataluña, violando la Constitución democrática (aprobada por la mayoría de catalanes en 1978), el Estatut catalán y numerosas leyes de menor rango, además de sentencias del Tribunal Constitucional, entre otros tribunales. Eso sí, pretende que los ciudadanos catalanes estaremos obligados a pagar nuestros impuestos al nuevo Estado y a obedecer todas las leyes que los secesionistas promulguen.

Frente a esta clara sedición, el Gobierno español, en lugar de suspender al Govern y de detener y procesar a sus miembros, toma medidas como fiscalizar sus gastos para impedir el anunciado referéndum de independencia, o como estudiar si se produce un incumplimientio de la Ley de Protección de Datos. Que es como si, ante los preparativos evidentes de unos atracadores frente a la sede de un banco, la policía se limitara a ponerles una multa de aparcamiento y a expedientarles por no tener la ITV en vigor.

A todo esto, los sediciosos replican denunciando, como siempre, que “Madrid ens roba“,  y ante los discretos impedimentos judiciales que sufren, que España es una dictadura por no permitirnos votar a los catalanes.

Hay que tener realmente la cara muy dura para afirmar tales cosas, cuando los catalanes hemos votado decenas de veces desde que se instauró la democracia; cuando la renta per cápita de Cataluña es un 20 % superior a la media nacional; cuando la Generalitat cuenta con varios canales de televisión, prensa sumisa subvencionada, controla el sistema educativo, la sanidad y dispone de una nutrida policía autonómica; y cuando los partidos nacionalistas llevan décadas influyendo en los gobiernos de Madrid gracias a una ley electoral que los sobrerrepresenta en el Congreso. Esta es la terrible dictadura española.

Sin embargo, nunca faltan exquisitos equidistantes que critican al gobierno no por su inacción, sino por no mostrarse “dialogante”, y por no elaborar una propuesta que nos permita a los catalanes sentirnos cómodos (todavía más) dentro de España.

Definitivamente, hay que reconocer que los separatistas tienen razón en una cosa: en tomarnos a los demás por perfectos idiotas.