Los separatistas tienen razón

El gobierno autonómico de Cataluña está apoyado parlamentariamente por el partido que ha mandado durante décadas en esta región, el cual ha cambiado de nombre por su implicación en la corrupción institucional conocida popularmente como “el tres por ciento”.

Lo apoya además la Esquerra Republicana, el mismo partido bajo cuyo gobierno, durante la guerra civil, se produjeron miles de asesinatos de religiosos y “burgueses” y se expropiaron innumerables propiedades; y que en los tiempos actuales no ha ocultado su cercanía ideológica a grupos terroristas como Terra Lliure y la ETA.

Por último, el Govern recibe también el apoyo de la CUP, grupo comunista que ataca violentamente al turismo y a cualquiera que no le guste, además de sostener posiciones ultrafeministas contra la familia y la Iglesia que faltan al respecto a la mayoría de la gente.

Pues bien, este Govern trata abiertamente de instaurar una república separada de España en Cataluña, violando la Constitución democrática (aprobada por la mayoría de catalanes en 1978), el Estatut catalán y numerosas leyes de menor rango, además de sentencias del Tribunal Constitucional, entre otros tribunales. Eso sí, pretende que los ciudadanos catalanes estaremos obligados a pagar nuestros impuestos al nuevo Estado y a obedecer todas las leyes que los secesionistas promulguen.

Frente a esta clara sedición, el Gobierno español, en lugar de suspender al Govern y de detener y procesar a sus miembros, toma medidas como fiscalizar sus gastos para impedir el anunciado referéndum de independencia, o como estudiar si se produce un incumplimientio de la Ley de Protección de Datos. Que es como si, ante los preparativos evidentes de unos atracadores frente a la sede de un banco, la policía se limitara a ponerles una multa de aparcamiento y a expedientarles por no tener la ITV en vigor.

A todo esto, los sediciosos replican denunciando, como siempre, que “Madrid ens roba“,  y ante los discretos impedimentos judiciales que sufren, que España es una dictadura por no permitirnos votar a los catalanes.

Hay que tener realmente la cara muy dura para afirmar tales cosas, cuando los catalanes hemos votado decenas de veces desde que se instauró la democracia; cuando la renta per cápita de Cataluña es un 20 % superior a la media nacional; cuando la Generalitat cuenta con varios canales de televisión, prensa sumisa subvencionada, controla el sistema educativo, la sanidad y dispone de una nutrida policía autonómica; y cuando los partidos nacionalistas llevan décadas influyendo en los gobiernos de Madrid gracias a una ley electoral que los sobrerrepresenta en el Congreso. Esta es la terrible dictadura española.

Sin embargo, nunca faltan exquisitos equidistantes que critican al gobierno no por su inacción, sino por no mostrarse “dialogante”, y por no elaborar una propuesta que nos permita a los catalanes sentirnos cómodos (todavía más) dentro de España.

Definitivamente, hay que reconocer que los separatistas tienen razón en una cosa: en tomarnos a los demás por perfectos idiotas.

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La esclavitud progresista

Nuestro tiempo rinde un culto palabrero a la libertad individual, y al mismo tiempo prohíbe a unos padres que puedan sacar a su hijo enfermo de un hospital, donde no le ofrecen ninguna esperanza de curación, a fin de someter al niño a un tratamiento experimental. (Caso Charlie Gard.) El niño muere poco después, sin que sepamos si se hubiera podido salvar o no. Probablemente no, pero ¿qué mal había en intentarlo?

Obsérvese que se trata exactamente de la situación opuesta a la de algunos padres, pertenecientes a una conocida secta, que son obligados a consentir una transfusión de sangre, en contra de sus creencias religiosas, para salvar la vida de su hijo. Aquí, un juez antepone, (correctamente, en mi opinión) el derecho a la vida del menor a la patria potestad; allí, otro juez antepone no entiendo muy bien qué (¿el aberrante “derecho a la muerte digna”?) a la patria postestad… y al propio derecho a la vida.

Existen numerosos ejemplos, de lo más variado, que desmienten la envanecida idea que tenemos de nuestra civilización como culminación histórica de las libertades. Un pastelero es condenado judicialmente por negarse a elaborar una tarta para una boda homosexual, en contra de sus convicciones cristianas. Un periodista (Hermann Tertsch) es condenado por relatar la participación del abuelo de un dirigente político en crímenes de la guerra civil. Un autobús es detenido y sancionado por las autoridades por mostrar una leyenda según la cual hombres y mujeres se distinguen por sus órganos genitales. Y me limito a enumerar sólo unos pocos casos recientes entre centenares.

Hay razones de sobra para sostener que, en la práctica, la libertad se considera sagrada, siempre y cuando no sirva para defender el cristianismo, la familia “tradicional”, o una verdad que choque contra la versión progresista oficial de la historia. Análogamente, podríamos decir que también la vida es sagrada (especialmente, la de un asesino en serie juzgado y condenado a muerte en Estados Unidos), salvo si se trata de la vida de un bebé no nacido, de un anciano o un enfermo terminal.

Por supuesto, lo anterior es de hecho la pura negación de la libertad. Ser libre para manifestarse o conducirse sólo en una dirección, la aprobada por la ideología progresista oficial, es una forma bastante cínica de referirse a la esclavitud. Y cada vez más, esto es lo que está sucediendo en nuestra civilización.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La libertad, tal como la entendieron los pensadores clásicos, es la capacidad del individuo de autogobernarse mediante su facultad racional. Quien se deja arrastrar por sus emociones no es libre, sino su sirviente. En la cultura judeocristiana, esta libertad es reflejo de la propia divinidad creadora. Ahora bien, la época moderna, en contra de la grosera fábula que nos han inculcado a todos, se caracteriza no por el triunfo del racionalismo, sino por la crisis de la razón clásica y medieval. Como dijo explícitamente el filósofo ilustrado David Hume, la razón no es, ni puede ser, más que una “esclava de las pasiones”. Aquello que llamamos racional, como motivo de la acción, es en realidad un determinado estado anímico en que los sentimientos apacibles predominan sobre otras pasiones más violentas; pero se trata en todo caso de sentimientos, al fin y al cabo. Nietzsche y Freud llevaron a sus últimas consecuencias un descrédito de la razón que ya estaba en germen en los orígenes de la modernidad.

Naturalmente, la crisis de la razón socava de raíz el concepto de libertad, entendida como el imperio de la razón sobre las pasiones. Pero el prestigio de la palabra permaneció inalterado y nadie quiso renunciar a él, a pesar a que el significado original se hubiera invertido por completo. Libertad llegó a significar anteponer el deseo a todo, remover cualquier obstáculo que se interponga a la voluntad, sea o no razonable.

Esta subversión del significado, perniciosa en sí misma, tuvo una consecuencia trascendental e igualmente funesta: al dejar de entenderse al individuo como ente racional, el sujeto de la acción política pasó a ser el colectivo: los trabajadores, los arios, las mujeres, los LGTB, los inmigrantes musulmanes, los catalanes, etc. Ahora se trata de emancipar a grupos, no a individuos. Y esta liberación sólo puede hacerse a costa de los individuos, por pura lógica. Cuando alguien asegura representar la “lucha” de un colectivo, tengan por seguro que defiende hacerle pagar el pato a otro, so pretexto de que pertenece a un colectivo enemigo, el de los opresores o parásitos. El culpable puede ser el empresario, el judío, el varón blanco heterosexual, el europeo nativo o el español. Pero que es culpable y que se merece ser odiado, jamás se pone en cuestión. Este es el supuesto que permite elaborar legislaciones que violan derechos humanos básicos, como la presunción de inocencia, la libertad de expresión, la de educación y la religiosa.

Por suerte, la verdad es indestructible, y el concepto clásico de libertad no ha sido nunca del todo olvidado, por más que la elite política, cultural y económica intente desterrarlo definitivamente con sus expresiones orwellianas. Como son el género, el empoderamiento, el derecho a decidir y un sinfín más. De esta manera pretenden convertirnos en un rebaño feliz y eficiente, donde la disidencia sea ya no perseguida, sino prácticamente imposible. Creo que vivimos en una época en la cual se decidirá si vencen definitivamente las elites progresistas o se producirá una poderosa reacción humanista, que nos lleve a redescubrir nuestros valores judeocristianos y clásicos. En definitiva, reencontrarnos con lo que somos.

La otra versión

Este verano, nuestros diligentes informativos televisivos nos están ofreciendo por capítulos un melodrama protagonizado por Juana Rivas, una madre española obligada a entregar a sus hijos, por orden judicial, a su marido maltratador, que reside en Italia. El vídeo de la señora llorando, describiendo el pánico de sus tiernos niños ante la perspectiva de caer en manos del monstruoso padre, a buen seguro habrá amenizado los chiringuitos del país, entre ración de patatas bravas y ración de calamares.

Cuando escribo estas líneas, Juana Rivas se encuentra en paradero desconocido con sus dos hijos, tras no aparecer en el punto de encuentro donde debía entregárselos al padre. Las manifestaciones feministas en apoyo a la madre no se han hecho esperar, con pancartas que proclaman “Juana está en mi casa”, en claro desafío a las instancias judiciales. Incluso el presidente Rajoy, que se declara tan respetuoso con los jueces, ha manifestado su comprensión por la señora Chivas.

Confieso que reacciono instintivamente cuando alguien trata de tocarme la fibra sensible. Mi primera reacción suele ser precaverme contra un posible intento de manipulación sentimental. Sobre todo cuando la víctima (pues la cosa suele ir en estos casos de víctimas inocentes y desvalidas) es una mujer, un palestino, un afroamericano o un gay. No porque tenga absolutamente nada en contra de las mujeres, los negros o los gais. Tampoco porque tenga nada en contra de las personas de religión musulmana, aunque admito que sí contra su religión, que no me gusta ni un pelo. No es por nada de esto. Es que simplemente sé, por experiencia, que los medios de comunicación ofrecen informaciones sistemáticamente sesgadas, cuando no groseramente tergiversadas, en apoyo de quienes pertenecen a los colectivos que ellos consideran los “buenos”, dentro de su maniqueísta y ultraizquierdista cosmovisión, implantada de serie por nuestro sistema lúdico-educativo.

Por eso, no pude menos que experimentar una franca satisfacción, espero que no del todo insana, al leer el oxigenante artículo de Arcadi Espada en El Mundo, titulado “Juana está en casa de Rajoy”. Quiero antes aclarar mi posición en relación con este periodista. Aprecio mucho su crítica del nacionalismo catalán, pues los catalanes somos también otro colectivo de “víctimas de nacimiento”, y si algo detesto en esta vida es ser tenido por una víctima sin serlo y sobre todo sin merecerlo. Como católico, amo a las víctimas, empezando por la más excelente de todas, que fue Nuestro Señor Jesucristo. Pero sólo pido que sean víctimas de verdad, no de telefilme de sobremesa ni de Pallywood. Dicho esto, la verdad es que no me cuento entre los admiradores de Espada. En asuntos como la bioética debo decir que he leído textos suyos que me parecen francamente desacertados, así que nada me inclina a confiar ciegamente en su criterio.

Sin embargo, en el artículo citado, Arcadi Espada ha hecho algo digno de elogio, por mucho que debería ser pura rutina profesional. Nos ha aportado nada menos que la otra versión del caso Juana Rivas; la versión del padre, Francesco Arcuri. Permítanme que se la resuma. Francesco y Juana eran en 2009 padres de un niño de pocos años. Una mañana, Juana llegó a casa tras “una noche de farra” y ambos discutieron, cosa habitual en la pareja, con insultos recíprocos y destrozo de mobiliario por parte de ella. Al tratar de impedir que le rompiera algunas de sus cosas, Francesco le lastimó una mano. Ella se marchó y se fue a un hospital donde le diagnosticaron una lesión leve. No volvió a casa, y esa misma tarde la policía detenía a Francesco, para su sorpresa. A fin de evitar el juicio, él terminó admitiendo su culpabilidad, lo que le supuso una condena de tres meses de cárcel más un año de alejamiento. Grave decisión, por la cual quedó automáticamente estigmatizado como un “maltratador”, categoría ideológico-jurídica de tufo soviético, de esas en las que cabía desde un terrorista hasta Milan Kundera; o en nuestro caso, desde una bestia que le da una paliza a su mujer cada vez que se emborracha, hasta el infeliz que se arma de valor para decirle a su esposa que su madre debería ducharse de vez en cuando. (Maltrato psicológico y tiro porque me toca.)

Lo que sucedió luego forma parte también del guión ya conocido en este tipo de parejas conflictivas. Reconciliación efímera, con un segundo hijo de por medio, hasta que la mujer, insatisfecha por no disfrutar de la vida social que le gustaría, abandona al hombre, llevándose a los hijos de ambos, y obstaculizando el contacto con su padre desde mayo del 2016. Hay una segunda denuncia de maltrato, perdida en el limbo burocrático, pero por la cual los medios ya han juzgado y condenado a Francesco, faltaría más. Están en posesión de un instinto infalible para detectar machistas allí donde las asociaciones feministas dicen que los hay, que es en todas partes, como se creía de los contrarrevolucionarios en la Unión Soviética, o de las brujas en Salem.

Naturalmente, es posible que la versión del señor Arcuri sea mentira, o no enteramente cierta. Pero lo mismo puede afirmarse de la versión de la mujer. Para el islam, el testimonio de una mujer vale menos que el de un hombre. Pero en nuestra cultura, se suponía que los dos valen igual. Digo “se suponía” porque actualmente, con las leyes vigentes contra la “violencia de género”, eso ya ha dejado de ser así. Ahora el testimonio de la supuesta víctima, si es mujer, pesa más que el del hombre.

Sin embargo, todavía los occidentales creemos más o menos débilmente en algo llamado ética periodística, que consiste, básicamente, en un esfuerzo por la objetividad y la imparcialidad; es decir, en tratar de conocer los hechos en sí mismos, independientemente de los observadores o de las partes; y cuando esto no es totalmente posible (casi nunca lo es, por desgracia), al menos recabar las distintas versiones que nos puedan aportar aquéllos, y que cada cual saque sus conclusiones.

Lo que ha hecho Arcadi Espada al publicar la versión del caso Juana Rivas es precisamente poner en evidencia la flagrante y sistemática violación de la más elemental ética periodística de esas televisiones y periódicos que, no es que se hayan decantado por una de las versiones (lo que sería legítimo), sino que simplemente han despreciado cualquier otra posible, como si el mero hecho de suponer que pueda existir una narración alternativa fuese un delito de pensamiento machista, un orwelliano “crimental”.

Porque esto es lo que le está ocurriendo a nuestra civilización, tan orgullosa de sus libertades y de su pluralismo. No sucede sólo con el tema del sexo (del “género”, en neolengua), sino con multitud de cuestiones, desde el cambio climático a la guerra civil española, desde la familia hasta la inmigración. Las elites político-mediáticas han determinado, por lo visto de una vez para siempre, lo que debemos pensar en toda una serie de materias, que lo abarcan casi todo; la discrepancia sencillamente no se concibe. Cuando pese a todo termina aflorando, por tímidamente que sea, es perseguida y condenada con auténtica saña, por métodos legales y a menudo ilegales.

¿Se imaginan, por ejemplo, en una cadena de gran audiencia la exposición de argumentos a favor de la vida del no nacido? No se trata solo de que nos hayamos acostumbrado a esta dictadura del pensamiento llamada eufemísticamente corrección política. Es que hemos cedido ya tanto terreno que no tenemos apenas base argumental para sostener una interpretación alternativa de la realidad. Y cuando falta el marco interpretativo, ni siquiera se plantea la necesidad de un relato objetivo de los hechos, que es lo que se ha limitado a ofrecernos Arcadi Espada. La realidad se adapta a la ideología, y no al revés.

Para realizar una interpretación alternativa de la violencia dentro de la pareja hay que luchar contra tal piélago de falacias acumuladas, en el que nos hemos sumergido insensiblemente, que no basta ni mucho menos con conocer otra versión de los hechos.

Es preciso cuestionar la entera visión dominante sobre la sexualidad, el matrimonio y la familia que nos han vendido desde Mayo del 68 (por poner una fecha simbólica), y que ha demostrado ser puramente destructiva. Una ideología que nos ha llevado a una siniestra banalización de la ruptura familiar (cuyas principales víctimas son los niños, empezando por los que son matados antes de nacer y terminando en los que son utilizados como rehenes en los conflictos de pareja) a cambio de una estéril búsqueda de experiencias sensuales, regida por el egoísmo y el narcisismo puros; o por la “autoestima” y “el derecho a ser feliz”, si prefieren la neocharlatanería en boga. La tarea es enorme, pero ineludible, si apreciamos en algo los valores cristiano-clásicos fundadores de nuestra civilización, hoy pervertidos y suplantados por el progresismo oficialista.

 

Consideraciones desde un cristianismo no progresista

1. Definición del progresismo

El progresismo es una cosmovisión poscristiana institucionalizada.

1.1. El progresismo es una cosmovisión porque ofrece una interpretación de la existencia humana global, más allá de la política.

El progresismo, en esencia, sostiene que el hombre se construye a sí mismo liberándose de todo aquello que lo condiciona o limita: prejuicios, tradiciones, normas y la propia naturaleza.

El progresismo mayoritario o mainstream es colectivista: concibe esta liberación no tanto como una tarea individual, aunque también, sino como una lucha entre grupos: trabajadores contra capitalistas, el pueblo contra los poderosos, mujeres contra hombres, etc., en la cual unos representan el progreso y la razón, frente a la ignorancia y la defensa del statu quo de los otros.

La concepción progresista es consustancial a una determinada concepción de la historia, sin la cual carecería de su enorme fuerza, que tiene su origen en el Renacimiento y se elaboró fundamentalmente en la Ilustración. El propio término “renacimiento”, por contraste con los mil años de la Edad Media, supuestamente bárbara y oscura desde el siglo V al XV, está en la raíz del progresismo. El cuadro se completa con los subrelatos de la leyenda negra hispanófoba y anticatólica[1], la mitificación de la revolución francesa[2], la visión izquierdista de la guerra civil española[3], el doble rasero en el juicio sobre nazismo y comunismo[4] y, más recientemente, la ideología de género[5].

1.2. El progresismo es poscristiano en el doble sentido de que surge contra el cristianismo (si bien lo disimula cuando le conviene) pero, por eso mismo, no puede entenderse sin él. El amor por los pobres y los marginados es obviamente central en el cristianismo, y resulta por ello fácil confundirlo con la actitud progresista. Muchos autores han venido a decir algo así como que el progresismo sería el cristianismo sin Dios, que es algo no menos absurdo que la tortilla sin huevo. Técnicamente puede considerarse como una herejía, en el sentido que dan a este término autores como Blaise Pascal o G. K. Chesterton[6]. Las herejías toman una verdad determinada, la aíslan de las demás y la lanzan incluso contra ellas. A la postre, una verdad así deja de ser verdad, se convierte en una triste parodia. Vale la pena citar aquí las lúcidas palabras de Pascal:

(Hay muchos que yerran tanto más peligrosamente cuanto que toman una verdad para comienzo de su error. Su vuelta [error] no consiste en seguir una falsedad, sino en seguir una verdad con exclusión de otra.)

Hay un gran número de verdades, tanto de fe como de moral, que parecen repugnantes [contradictorias] y que subsisten todas en un orden admirable.

La fuente de todas las herejías es la exclusión de algunas de estas verdades; y la fuente de todas las objeciones que nos hacen los heréticos es la ignorancia de algunas de estas verdades.

(Blaise Pascal, Pensamientos, XIII, traducción de Eugenio D’Ors, Ed. Orbis, Barcelona, 1982, p. 101.)

El socialismo a menudo se presenta como un Evangelio depurado del elemento teológico y sobrenatural (detalles diríase que decorativos), basándose especialmente en pasajes como el Sermón de las Bienaventuranzas o la expulsión de los mercaderes del templo. Jesucristo señala la riqueza como un obstáculo para el encuentro del hombre con Dios, porque le hace excesivamente dependiente de los bienes materiales; de ahí que los pobres se hallen en una posición más favorable para alcanzar la Salvación. Pero, evidentemente, esto no tiene nada que ver con ninguna pretendida “solución” terrena de la pobreza, como defienden los socialistas. Jesús, ciertamente, aconsejó a los ricos que repartieran sus bienes, lo cual sin duda sería un medio de acabar con la riqueza… pero no con la pobreza absoluta, salvo que caigamos en la falacia de la suma cero (hay pobres porque hay ricos). No era esta la verdadera preocupación del Salvador: ¿”Solucionar” la pobreza, cuando esta es mejor para el alma que la riqueza?

Entre los numerosos pasajes del Evangelio que dejan bien clara la verdadera doctrina de Jesús, hay uno que resulta especialmente ilustrativo. Se han citado innumerables veces las palabras de Cristo en Mateo, 6, 24, “No podéis servir a Dios y al dinero” como un ejemplo de una mentalidad antimercantilista. Sin embargo, tras esta frase, sigue inmediatamente una aclaración fundamental, igualmente archicitada, pero que a menudo no se relaciona con la anterior.

Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta.

(Mateo, 6, 25-26.)

¿Acaso estas palabras del Salvador deben interpretarse como contrarias a la agricultura y a la industria humana? Evidentemente, no. Cuando Cristo predica que no seamos esclavos del dinero, no está diciendo tampoco “¡abajo el capital”. Nos revela con su lenguaje eternamente sugestivo, por encima de tiempos y culturas, que lo material es secundario respecto a lo espiritual. Algo que tanto los comunistas como los capitalistas coinciden en olvidar. Es bien comprensible que los seres humanos sintamos la legítima aspiración de mejorar por medios honrados nuestras condiciones de vida, y las de nuestros hijos. Pero esa actitud está tan alejada del afán de enriquecimiento a toda costa como del revanchismo y la demagogia contra “los ricos”.

Con todo, los socialistas, en su interesada y oportunista interpretación del Evangelio, encuentran la paradójica colaboración de algunos cristianos, incluyendo lamentablemente muchos clérigos, especialmente los de más edad, afectados generacionalmente por el sesentayochismo, como el propio papa Bergoglio, quien ha llegado a afirmar que “los comunistas piensan como cristianos”. Coinciden de este modo, con gran inconsciencia, con el ateo Nietzsche, que tenía la misma mala opinión de cristianos y socialistas, identificándolos en lo esencial. Y coinciden también con libertarios pro mercado como Antonio Escohotado, quien en su monumental obra Los enemigos del comercio sostiene con gran despliegue de datos (por supuesto todos ellos sometidos a una plantilla interpretativa incuestionable) el carácter esencialmente cristiano del socialismo, lo que le permite matar de un tiro los dos pájaros de su animadversión personal. El libertarismo no deja de ser más que una corriente (si bien sociológicamente marginal) del progresismo[7].

También es preciso señalar, a despecho de las interesadas o ingenuas confusiones, el contraste entre cristianismo y progresismo en el asunto de la antidiscriminación. El cristianismo defiende que todos los seres humanos somos iguales en dignidad como hijos de Dios, independientemente de las diferencias y asimetrías naturales y sociales, por razones de sexo, raza, cultura, etc. En cambio, el progresismo o bien niega absurdamente esas diferencias empíricas, o pretende erradicarlas forzadamente, en contra de la biología, la historia y la experiencia en general. El cristiano considera al hombre y la mujer iguales en dignidad, y por tanto en derechos, pero no ve en ello ninguna incompatibilidad con que ambos tengan papeles complementarios y no intercambiables, y sí en cambio una riqueza que procede del mismo designio divino.

Asimismo, el cristiano no tiene nada en contra de las personas homosexuales, a las que acoge exactamente igual que al resto de los seres humanos, pero ello no implica en absoluto tener que aprobar moralmente la práctica de la homosexualidad. El progresista, en cambio, es incapaz de hacer estas distinciones. Para él, el rechazo de la homosexualidad, o la defensa del modelo tradicional de familia, son justificaciones implícitas para la discriminación y las injusticias. Y en efecto, desde una posición absolutamente secularista, en la que Dios no tiene cabida, no es difícil que se produzcan deducciones abominables.

El reverso del progresismo siempre es el nazismo. Los progres usan y abusan del argumento reductio ad Hitlerum de manera mecánica, con el evidente fin de desacreditar a cualquiera que se oponga a sus criterios. Así por ejemplo, cualquiera que cuestione abrir las fronteras a la inmigración masiva es un xenófobo, incluso un racista, fácilmente emparentable con los nacionalsocialistas de los años treinta del siglo XX. Pero se trata de algo más que de un recurso dialéctico o una inercia propagandística. Al faltar una concepción trascendente, que ponga la dignidad humana al abrigo de cualquier circunstancia material, el progresista siempre está luchando contra el nazi, no sólo exteriormente, sino, aunque parezca osado decirlo, interiormente.

Así, el progresista se autoprohíbe la crítica a las culturas no europeas. El islam es paz, nos dice, pero sobre todo se lo dice a sí mismo. Necesita deformar la realidad empírica, lo que nos muestra la experiencia, porque no tiene ningún criterio que la trascienda para evitar sacar conclusiones que con razón le asustan. No puede basar sus razonamientos en algo tan simple como, por así decirlo: “No me gusta el islam ni lo apruebo; pese a lo cual, los musulmanes son también hijos de Dios.” El progresista debe encontrar otros argumentos que le distingan del cristiano, necesita desesperadamente motivos seculares para seguir aferrándose al humanismo. El progresista ve nazis por todas partes porque en el fondo de su alma está siempre luchando para no ser él mismo un nazi. Lucha que le honra, pero que libra en autoimpuestas condiciones desfavorables porque se empeña en renunciar metódicamente (incluso cuando se declara creyente) a lo único que le ayudaría radicalmente: sacar las consecuencias de la fe en el Dios que se hizo hombre.

Más allá de sus guiños ocasionales y oportunistas al cristianismo, y de los numerosos casos de incoherencia personal y empanadas mentales varias, el progresismo es por esencia profundamente anticristiano, pues el cristianismo sostiene que el hombre sólo se realiza plenamente en su entrega a Dios y al prójimo, es decir, en trascender su propio ser, mientras que el progresismo aspira a una total autonomía o autosuficiencia, que desde el punto de vista cristiano es a la postre quimérica, además de fuente de pecado y dolor.

1.3. El progresismo está institucionalizado. Con ello pretendemos señalar que es la ideología oficial u oficiosa de la mayoría de gobiernos occidentales, organizaciones supranacionales, grandes corporaciones, instituciones educativas, los medios de comunicación y la industria cultural y de entretenimiento. Hoy la distinción clásica entre derecha e izquierda ya no significa gran cosa. Las administraciones y los medios han asumido un mismo lenguaje, con conceptos como el género y muchos otros, que nadie discute, al menos en espacios de gran audiencia, y que se están incorporando de manera acelerada a los códigos legales.

Esta institucionalización no es todavía absolutamente monolítica, sino que subsiste una crítica antiprogresista más o menos marginal. Pero incluso esta resistencia minoritaria podría ser arrasada, lo que nos lleva a otras consideraciones.

2. El progresismo tiene consecuencias, y no son buenas

El progresismo no se conforma sólo con la hegemonía, sino que pretende ser pensamiento único y obligatorio. Hasta el momento, al ser una ideología implantada en los principales Estados de derecho, experimenta dificultades para eliminar por completo toda disidencia. Pero los avances en la abusiva tipificación de delitos de “fomento del odio” representan una cuña formidable en dichos estados de derecho, que puede terminar desnaturalizándolos gravemente. El día que ya no se pueda discrepar lo más mínimo de la corrección política (esa forma de censura victimocrática surgida en la izquierda universitaria más elitista), nada podrá evitar que el progresismo se aplique hasta sus últimas consecuencias. Estas serían la prohibición del cristianismo, la erradicación de la familia biológica y la entronización de una dictadura tecnocrática justificada en la “ciencia”, en la que el individuo dejaría de tener ningún valor, estando supeditado, sin ninguna cortapisa moral, al “interés de la sociedad”, es decir, del estado. Todo esto podría llevarse a cabo de manera muy inteligente, sin aparente coacción excesiva, ofreciendo a los individuos una irrestricta libertad sexual y satisfacciones consumistas.

Este totalitarismo blando ha sido predicho más de una vez. Tempranamente por Tocqueville, en un famoso pasaje de su obra La democracia en América, mil veces citado[8]. Y medio siglo después, en la década de los treinta, por Aldous Huxley en su célebre novela Un mundo feliz (Brave New World). El novelista francés Michel Houellebecq, en su obra Las partículas elementales, ha señalado agudamente el carácter de Un mundo feliz como el manifiesto secreto del progresismo, aunque todo el mundo finja hipócritamente detestar la distopía que plantea Huxley. En realidad, quizás estamos cerca del momento en que ya no seremos capaces de entender Un mundo feliz como la amarga sátira que es. También es obligada lectura, sin salirnos de la novelística, la contraposición magistral que expone Arthur Koestler entre la moral cristiana y el colectivismo, en su obra El cero y el infinito[9].

3. Algunos errores comunes

Por ahora estamos lejos de revertir el poder hegemónico del progresismo. Pero hay que evitar imperiosamente que se instaure una dictadura progresista, y eso sí podemos lograrlo. La primera condición para ello es ser conscientes de a qué nos enfrentamos. Por eso urge detectar una serie de errores que proceden de esta conciencia escasa o insuficiente de la amenaza progresista.

3.1. Un error muy extendido consiste en identificar exclusiva o principalmente el progresismo con la izquierda radical. En realidad, esta actúa al mismo tiempo como punta de lanza o como espantajo, abriendo camino con sus exigencias desmesuradas a otras exigencias que por contraste aparecen como “moderadas” o razonables, cuando no como el único medio de contener a los radicales. De hecho, dichas concesiones no hacen más que alfombrarles el camino, al ir “sensibilizando” gradualmente a una sociedad sumida en el relativismo, que se confunde con tolerancia. Aunque más correcto sería decir que van desensibilizándola, consiguiendo que se muestre cada vez más indiferente ante cualquier peregrina innovación. La tolerancia implica la distinción entre el error (que es lo que puede ser tolerado, de donde derivan libertades como la de expresión) y la verdad. En cambio, el relativismo sostiene que no existe algo así como una verdad única, sino que en todo caso hay muchas verdades, todas igualmente respetables… Excepto la de quien niega el propio relativismo, que es tachado de ultracatólico o fascista. (Curiosamente, nunca se oye hablar de ultraprogresista, o ultramusulmán. Al parecer, sólo es malo el exceso en ser cristiano, no en cualquier otra cosa.)

3.2. El progresismo radical no es (sólo) cosa de locos o idiotas. No hay que renunciar al humor como arma dialéctica, máxime cuando los progresistas lo utilizan en ocasiones con gran habilidad (aunque más habitualmente con bochornosa zafiedad), pero cometemos un grave error si nos quedamos meramente ahí, en el “hay más tontos que botellines”, eludiendo una réplica intelectualmente fundamentada. La cosa es muy seria, porque la experiencia demuestra que muchos disparates del pasado han acabado siendo asumidos por la sociedad del presente.

3.3. Uno de los errores más perniciosos consiste en utilizar los argumentos o el lenguaje del propio progresismo para volverlos en su contra. Así, por poner sólo un ejemplo entre cientos, cuando acusamos rutinariamente a la corrección política de “inquisitorial”, dando por buena, inadvertidamente, la leyenda negra anticatólica. Este procedimiento es sin duda efectista en tertulias y contextos informales, porque parece situar al progresismo ante sus contradicciones, que indudablemente las tiene, y además flagrantes. Pero a la larga sólo sirve para reforzarlo, y revela que no hemos escapado a su influjo.

No hay que olvidar que un ciudadano occidental es por defecto progresista (aunque generalmente de una manera superficial) al contrario de lo que se nos pretende hacer creer. Incluso muchos católicos, por no decir la mayoría, han asumido la idea de que la Iglesia se opone al progreso de la ciencia y a la razón, como supuestamente ejemplifica el caso Galileo, “el mayor golpe mediático de todos los tiempos” (Manfred Lütz[10]), y en contra de evidencias abrumadoras como el papel de la Iglesia en la preservación del legado clásico, la creación de las universidades, el cultivo del debate racional y los numerosos científicos católicos, desde Copérnico, el padre del heliocentrismo, hasta Lemaître, padre del Big Bang.

En realidad, el antiprogresismo no es hoy casi nunca algo que se herede, ni mucho menos un fruto de la ignorancia, sino más bien todo lo contrario: exige un esfuerzo considerable de reflexión y aprendizaje, de nadar fatigosamente contra la corriente del gregarismo y de la moda. Los más obstinados “prejuicios”, que tanto dice combatir el progresismo, no son otros, en nuestro tiempo, que los prejuicios progresistas.

3.4. El mayor error de todos, en fin, es olvidar el carácter poscristiano del progresismo. Siempre que tratamos de abstraer la cuestión de la fe, olvidamos nada menos que lo esencial, para entretenernos con aspectos accesorios o superficiales. Cuando decimos, por ejemplo, que el debate sobre el aborto no tiene carácter religioso, incurrimos en una media verdad. Porque el argumento fundamental para proteger cualquier vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, no es otro que teológico. Por mucho que, con el inestimable apoyo de la ciencia, caractericemos el cigoto como una vida humana, siempre se podrá argumentar que mientras no exista actividad nerviosa o cualquier otro criterio de nuestra invención, es lícito tratar a ese ser como un mero amasijo de células, carente de dignidad personal. Sólo si la vida se entiende en un sentido metafísico, y no como un mero hecho molecular, tiene sentido catalogarla como sagrada, sea cual sea su grado de desarrollo. Por supuesto que hay ateos y agnósticos que se oponen al aborto; pero sin dejar de alegrarnos por ello, hay que decir en honor a la verdad que se trata de una actitud teóricamente muy poco consistente. Mal negocio es relegar la fundamentación más rigurosa de nuestras convicciones para abrirnos con mal entendida generosidad a cualquier argumentación endeble, que a la larga no superará las objeciones más serias.

¿Significa esto que la resistencia antiprogresista debe tener carácter confesional? Mi respuesta es un sí con bastantes matices. Carece de sentido -y además se puede ver como algo poco transparente- que los cristianos que nos oponemos al progresismo ocultemos nuestra fe (eso más bien, dejémoslo para los cristianos que lo apoyan), cuando es de ella de donde procede el motivo fundamental de nuestra oposición. Hay no creyentes que se oponen al progresismo, ciertamente (aunque a menudo no a todos sus aspectos). Debemos celebrarlo, sin duda, pero es un error pensar que los retendremos mejor si ocultamos el quid teológico de la cuestión, en aras de un superficial consenso. Lo indicado es hacerles ver con delicadeza, sin caer en un proselitismo precipitado o demasiado burdo, que sus concepciones son en el fondo cristianas, cosa que muchas personas alejadas de la fe no tienen problema alguno en reconocer, honestamente. Lo peor que podemos hacer es ayudar a confirmarles en la idea de que es suficiente vivir como si Dios existiera, y que no se necesita dar el siguiente paso, que es abrirse a la acción de la Gracia. Poco favor les haríamos, y en el fondo, no otra es la semilla por la cual el progresismo vuelve a inocularse una y otra vez: pensar que no necesitamos un Salvador. O por decirlo con las lapidarias palabras de Nicolás Gómez Dávila:

La causa de la enfermedad moderna es la convicción de que el hombre se puede curar a sí mismo.

 

[1] Ver María Elvira Roca Barea,  Imperiofobia y leyenda negra (Siruela, Madrid, 2016) para un penetrante estudio sobre los orígenes y mecanismos de la propaganda denigratoria contra la España católica. La autora aclara (innecesariamente) en que no es católica, lo que no le resta (ni añade) valor alguno a la obra.

[2] Para una crítica de dicha idealización es imprescindible el clásico Reflexiones sobre la Revolución en Francia de Edmund Burke (Alianza Ed., Madrid, 2013.)

[3] Al respecto, es inexcusable acudir, contra el manto de silencio académico, a la obra historiográfica de Pío Moa. Entre otros, ver especialmente Los orígenes de la Guerra Civil Española, Ediciones Encuentro, Madrid, 1999, Los mitos de la guerra civil, La Esfera de los Libros, Madrid, 2003 y Los mitos del franquismo, La Esfera de los Libros, Madrid, 2016.

[4] Son imprescindibles los libros de Jean-François Revel, en especial su clásico El conocimiento inútil, Espasa-Calpe, Madrid, 2007.

[5] Obras recientes sobre el origen de la ideología de género son Nicolás Márquez y Agustín Laje, El Libro Negro de la Nueva Izquierda: Ideología de género o subversión cultural, Grupo Unión, 2016. Alicia Rubio, Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres, Kindle, 2017.

[6] Para un excelente repaso histórico de las herejías modernas, desde el protestantismo hasta nuestros días, donde se muestran lúcidamente su continuidad y sus puntos comunes, recomiendo vivamente la obra de Macario Valpuesta Bermúdez, Adversus haereses. Ensayo apologético de Historia de Occidente, Ediciones Ordás, Sevilla, 2017.

[7] Para una defensa documentada y rigurosa de un liberalismo conservador perfectamente compatible con el cristianismo, véase Francisco J. Contreras, Liberalismo, catolicismo y ley natural, Ed. Encuentro, Madrid, 2013.

[8] Alexis de Tocqueville, La democracia en América, Alianza Ed., Madrid, 1985, vol. 2, p. 266 y sig.

[9] Arthur Koestler, El cero y el infinito, Ed. Destino, Barcelona, 1963, p. 160.

[10] Manfred Lütz, Dios. Una breve historia del Eterno, Ed. Sal Terrae, Santander, 2010.

La tiranía LGTB

Ignacio Arsuaga, presidente de Hazte Oír, fue entrevistado hace un par de semanas en Antena 3. El tema fue, naturalmente, el autobús naranja que ha recorrido España y otros países, recibiendo todo tipo de ataques violentos, para denunciar la imposición de la ideología de género en las escuelas y defender la libertad de los padres de educar a sus hijos según sus convicciones.

Como era previsible, la periodista Susanna Griso sometió al activista a un interrogatorio con la finalidad de que su entrevistado tuviera que defenderse de la acusación de estar favoreciendo, indirectamente, el acoso escolar a niños con problemas de identidad sexual. Aunque dio la sensación de que, más que incriminar a Arsuaga, la periodista quería dejar clara su propia postura políticamente correcta.

La defensa de Arsuaga fue, en mi opinión, muy razonable, pero el problema es que, debido al formato breve de la entrevista, no pudo apenas ser otra cosa que eso, una defensa. El presidente de HO incidió sobre todo en la libertad de educación de los padres, lo cual por supuesto es absolutamente necesario. Pero no es suficiente, porque lo malo de la ideología de género no es sólo que atente contra libertades formales, sino que se basa en premisas acientíficas y nocivas sobre la naturaleza humana, que empiezan por perjudicar a aquellos que dice defender.

Para empezar, hay que desmontar con toda claridad la falacia de que existe una relación causal entre disentir de la ideología de género y el acoso escolar o cualquier violación del artículo 14 de la Constitución. Y que de este modo, asocia términos como “homofobia”, “transfobia” o “machismo” con cualquier discrepancia teórica de la ideología de género, que es algo tan burdo como llamar fascista a quien no esté de acuerdo con las ideas socialistas.

Dicha falacia pretende que sólo se puede proteger a los transexuales y LGTB en general “normalizándolos”. Esto es como si dijéramos que sólo se puede proteger a los gordos (que suelen ser blanco fácil de burlas más o menos pesadas) normalizando la obesidad. Es decir, presentándola como una “opción”, y tratando de erradicar los “prejuicios” contra el exceso de peso. Imaginen que llevados de este impulso supuestamente justiciero, animáramos a ganar kilos a todo aquel que quisiera, incluso aunque gozara de una constitución adecuada, y en cambio prohibiéramos las dietas de adelgazamiento.

Si alguien objetara contra la comparación que la obesidad es una enfermedad o trastorno, mientras que la transfobia o la homosexualidad no lo son, podríamos acusarle por la misma regla de tres de gordófobo, y de paso exigir que los manuales de medicina eliminaran la obsesidad de sus listas de enfermedades. Pues bien, este es exactamente el disparate que se comete con la transexualidad.

El acoso y otras formas de injusticia contra cualquier ser humano son inadmisibles sin excepción, sean cuales sean las peculiaridades físicas o psíquicas de sus víctimas. No se requiere en absoluto “normalizar” lo que no es normal (es decir, que se sale de la norma estadística, o de lo preferible por razones de salud o de otro tipo). Más aún, los esfuerzos de normalización son contraproducentes, pues incentivan conductas poco saludables o recomendables, además de instaurar una suerte de hipocresía o “doblepensamiento” obligatoria.

Para que un niño con disforia de género no sea objeto de burlas lo peor que podemos hacer es escamotear la realidad, proclamando que hay niñas con pene y niños con vulva. Porque por mucho que nos empeñemos en lo contrario, la realidad seguirá ahí. Separar el sexo de la biología es tan absurdo como lo sería separar un supuesto “peso percibido” del peso real, dándole la razón a quienes padecen anorexia. En cualquier caso, no estoy ayudando sinceramente a alguien sosteniendo que la solución de sus problemas pasa por obligar al mundo entero a comulgar con piedras de molino.

El quid de la cuestión reside en que la dignidad inherente a toda persona humana es un concepto inseparable de nuestra raíz cultural judeocristiana. Pero como ahora los occidentales ya no somos oficialmente cristianos (especialmente, ya no lo son las élites que elaboran el pensamiento dominante), sino algo que podríamos definir como progres laicos multiculturalistas, nos hemos incapacitado prácticamente para entender la igualdad como algo que trasciende las diferencias empíricas y culturales entre los seres humanos. Desconectados de toda referencia trascendente, para no caer en un posible nihilismo nazistoide, nos vemos abocados a negar simplemente dichas diferencias. A negar absurdamente que existan los sexos y las razas. Y a negar también que haya culturas y religiones mejores que otras, al menos en ciertos aspectos fundamentales. Hay que proclamar que ser homosexual o transexual es un “orgullo”, y al mismo tiempo que el islam es paz y amor.

Esta negación esquizofrénica de la realidad implica inevitablemente acabar estrellándose contra ella, y es sin duda el mayor problema que amenaza a la civilización occidental. Requiere cuestionar toda nuestra tradición racionalista y cristiana, lo que históricamente ha sido la madre de los totalitarismos comunista y nacionalsocialista. (Como es sabido, el progresismo pretende enfrentar el racionalismo y el cristianismo, especialmente a partir de la reforma protestante. Es probablemente su truco de mayor éxito, y no debemos cansarnos de denunciarlo.)

Volviendo, para terminar, al terreno de lo concreto, una cosa es que respetemos a alguien que quiera ser llamado Vanesa en el trato cotidiano, aunque su documento de identidad diga Manolo. Personalmente, no tendría el más mínimo problema con ello. Pero ningún gobierno puede imponerme esa mera condescendencia o cortesía. Nadie absolutamente puede obligarme a afirmar en toda circunstancia (privada, académica, etc.) que Manolo es una mujer, a despecho de su cromosoma XY, o que la tierra es plana o que dos más dos son cinco.

Nadie puede obligarme a que acepte como “normal” o como verdadero lo que no lo es, o que aplauda aquello que no veo bien. Hay que decirlo claramente: las asociaciones LGTB tratan de establecer una tiranía. Quieren imponer su fanática intolerancia, y encima llamarla tolerancia. Hay que resistirse a ello con toda firmeza. Deben eliminarse todas las subvenciones públicas que reciben (y lo mismo digo de las asociaciones llamadas “feministas”) y hay que revertir toda la aberrante legislación que han conseguido (y todavía conseguirán) implantar, a nivel autonómico o estatal. Pero por encima de todo, hay que defender la familia natural formada por la madre, el padre y sus hijos biológicos, como la forma óptima de desarrollo e integración social del individuo, especialmente durante la infancia.

Gracias

Varias asociaciones que se autotitulan defensoras de la sanidad pública han mostrado su ofendido rechazo a una donación de cientos de millones de euros del multimillonario Amancio Ortega, destinada a adquirir costosos equipos para el tratamiento del cáncer.

¡No quiero ni pensar en cómo se las gastarán las asociaciones enemigas de la sanidad pública! Pero es de justicia escuchar los argumentos de las primeras. En resumen, dicen que la sanidad pública no debe estar al albur de la caridad privada, sino que debe financiarse mediante los impuestos.

El presidente de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, ha remachado el mismo razonamiento al afirmar que la Sanidad “no puede depender de cuántos pantalones o faldas venda Zara”, en alusión a la conocida marca fundada por Ortega.

Por supuesto, el señor Fernández expresa un deseo, disfrazado de juicio de valor, que choca directamente con la realidad; algo congénito en la izquierda, ya sea socialdemócrata, comunista o de entretiempo. Él podrá querer que la sanidad dependa de lo que dependa, pero el hecho es que por pura lógica, un país gozará de mejor sanidad cuanto más rico sea, es decir, más produzca. Pantalones, faldas, zapatos, coches, hidroaviones, neveras, naranjas y pimientos: el entero Producto Interior Bruto.

Todos los servicios públicos y privados de una sociedad, sin excepción, se financian gracias a impuestos o donaciones de los empresarios y los asalariados contratados por los primeros. Como no podría ser de otra manera.

Dicho sea de paso, incluso es más efectivo que alguien done directamente su dinero para comprar aparatos de radioterapia, que no que ese dinero pase previamente por manos de una legión de burócratas que pueden decidir dedicarlo a otros menesteres, además de sus propios sueldos, como por ejemplo… subvencionar a las asociaciones de defensa de la sanidad pública.

En cualquier caso, pretender que el nivel de vida de una sociedad no dependa de su productividad es sencillamente pueril, es puro pensamiento mágico. Si quieren una sanidad “blindada”, libre de las garras del “neoliberalismo”, vayan a ver cualquier hospital cubano o veneozolano.

Pero quisiera ir más al fondo de este asunto. La noticia de las críticas a la donación de Ortega ha coincidido más o menos en el tiempo con la muerte de Ignacio Echeverría en un atentado islamista en Londres. Como saben, este hombre acudió heroicamente a defender a una mujer que estaba siendo atacada por los terroristas, armado únicamente con un monopatín, y murió asesinado en el empeño.

Pues bien, en las redes sociales y no sé si también en otros medios de comunicación, no han faltado los miserables de guardia que han calificado de tonto o poco menos a Ignacio Echeverría por perder la vida de esa manera, en lugar de salir huyendo como casi todo el mundo.

La conexión entre ambas noticias no puede ser más llamativa, sin pretender en absoluto comparar a sus protagonistas. Uno se ha desprendido de una parte de su riqueza que no necesita, mientras que el otro ha dado todo lo que tenía: su propia vida. Pero lo que sí son comparables son las reacciones. En ambos casos se reprueba vilmente el altruísmo, se llega a poner bajo insidiosa sospecha la generosidad. Desgravar a Hacienda, o actuar atolondradamente, son torpes explicaciones que ensayan las almas innobles para asimilar lo que no entienden.

Hay un tercer ejemplo, de carácter menor, pero que responde al mismo tipo de mezquindad increíble pero cierta. Son esas mujeres que se toman a mal que un hombre les ceda caballerosamente el paso o el asiento. Lo consideran un ejemplo de vetusto machismo, o como se dice ahora, “micromachismo”, que no debe dejarse pasar sin denunciar, porque está en el inicio de la siniestra espiral patriarcal que termina en el asesinato de mujeres a manos de sus parejas masculinas.

Resulta inevitable detectar en estas formas de desagradecimiento una incapacidad innata para comprender la generosidad, el heroísmo y la mera cortesía, y es siempre tentador echarse unos chistes a cuenta de “la merma”, como llaman algunos castizos a los tontiprogres que pululan en las redes sociales. Craso error si nos quedamos sólo ahí. No se trata tanto de un problema de disfunción psicológica o mala educación: tales actitudes derivan de premisas ideológicas muy determinadas, que pueden cegar al más pintado.

A riesgo de resultar excesivamente reiterativo, permítanme recordarles una tesis elemental. El progresismo considera que el mal (la pobreza, la violencia, la injusticia) es algo estructural, y que por tanto debe combatirse estructuralmente. Aquí “estructural” quiere decir en parte impersonal, y en parte artificial, aunque parezca contradictorio, y probablemente lo sea.

Esto viene en gran medida de Jean-Jacques Rousseau, que consideraba al hombre bueno por naturaleza (el “buen salvaje”), pese a lo cual la sociedad, y en especial la propiedad privada, lo han pervertido. De ahí que los progres crean que es factible, al menos teóricamente, una sociedad en la que el mal sencillamente no sea posible, o se haya reducido a un mínimo residual, mediante las adecuadas reformas.

Ahora bien, noten lo que eso implica. En una sociedad como ellos imaginan, determinadas formas del bien no tienen cabida. Sin ir más lejos, la generosidad o el heroísmo. Porque en esa utopía igualitaria y pacífica que ellos imaginan, no hay ricos ni pobres, no hay terroristas, no hay delincuentes, y por tanto no se necesitan filántropos ni héroes; no hay sencillamente ocasión para el ejercicio de tales virtudes. Igualmente, está de más cualquier forma de galantería viril, porque las mujeres son exactamente iguales a los hombres. Si el mal es una estructura, una forma de organización, el bien también debe serlo.

Ahora volvamos a la realidad: toda esta es una ensoñación de idiotas y para idiotas. La violencia no se elimina mediante la educación y la igualdad. La mayoría de terroristas islamistas en Europa ha recibido ayudas públicas, ha tenido acceso a la enseñanza, superior en algunos casos, y eso no les ha disuadido de odiar profundamente a la sociedad de acogida, o en la que han nacido, hasta el punto de cometer los más execrables asesinatos.

La mayor igualdad entre hombres y mujeres no acaba tampoco con los asesinatos de parejas, pero no porque un machismo atávico se resista a desaparecer: esto no tiene casi nunca nada que ver, en nuestra cultura, con el machismo, sino en cualquier caso con el pecado original, que es lo que lleva a algunos a matar a sus semejantes, frecuentemente a la persona con la que conviven, sea hombre o mujer, de sexo distinto o del mismo. Es más, la igualdad sexual llevada al absurdo no tiene otro efecto que desacreditar las normas con las que al menos la vieja cortesía dulcificaba el trato entre los sexos.

Rescatando el tema de la donación de Amancio Ortega, aumentar los impuestos a las empresas hasta niveles confiscatorios sólo consigue que su productividad se resienta, que es tanto como decir que la sociedad se empobrezca, y por tanto, haya menos dinero para la sanidad pública, se pongan como se pongan sus supuestos defensores. Los políticos pueden hacernos más pobres, como lo demuestra el caso de Venezuela, el país con las mayores reservas de petróleo del mundo; en cambio no pueden hacernos más ricos, porque incrementar la presión fiscal, o imprimir más billetes de banco, no aumenta un ápice la riqueza real.

La escasez, tanto absoluta como relativa, es consustancial a la existencia humana. Asimismo, el mal se halla en germen en cada uno de nosotros. Por eso siempre serán necesarios y bienvenidos, además por supuesto de las fuerzas del orden y otras instituciones sociales, los héroes, las Hermanitas de los Pobres y los Zaqueos generosos. Y sobre todo, por eso es necesario el Salvador, porque solos no podemos luchar contra el mal.

En lo más profundo de sus almas, oscuramente, quizás los progres llegan a barruntar algo de esto, aunque sólo sea porque sus intentos de erradicar el “mal estructural” fracasan una y otra vez. Pero en lugar de rectificar, de cambiar la estrategia para enfrentarse al mal, es por lo pronto más fácil… atacar al bien.

No acabaremos, con las recetas progresistas, con el terrorismo, con la pobreza ni con el maltrato, pero al menos pongamos en la picota a héroes cívicos, a filántropos, a empresarios creadores de empleos, a madres abnegadas y a caballeros bien educados. Así prepararemos el camino de la espléndida utopía en la que serán todos ellos sustituibles por funcionarios o por robots, y habrá sido por fin eliminada del vocabulario la reaccionaria palabra gracias.

La derecha chic

Es ya un lugar común acusar a determinada izquierda de “rancia”, volviendo en su contra uno de los adjetivos que tanto le gusta esgrimir para atacar y caricaturizar a la derecha. Se trata, en cualquier caso, de un recurso retórico francamente pobre. Pero usado por la derecha, es además inepto. Porque supone admitir implícitamente el marco mental progresista, que identifica sistemáticamente lo antiguo o tradicional con lo caduco, con aquello que debe ser superado obligatoriamente.

Artículo en Actuall.