Progresistas, reaccionarios y liberales

El progresismo utiliza el lenguaje liberal como un instrumento para introducir ideas que no tienen nada que ver con la libertad. Una vez aceptadas por la mayor parte de la sociedad, acaban sirviendo para recortar las libertades, so capa de luchar contra la xenofobia, el racismo, el machismo, la homofobia y toda la lista de “crímenes mentales”. Se trata, en efecto, de vocablos que por su definición borrosa permiten criminalizar cualquier conato de disidencia del discurso progresista dominante.

Recuerden esto cuando oigan hablar de “cordones sanitarios” para aislar a un partido democrático como Vox. Les dirán que es para proteger la democracia y las libertades, pero es falso. De lo que se trata es de continuar el proceso secular de implantación de una antropología poscristiana, que desnaturaliza todos los valores en los que se basan nuestras nociones más básicas sobre el carácter sagrado de la persona.

El objetivo no es otro que el poder absoluto, servido por una ideología llamada progresista que, en esencia, convierte la voluntad humana (aunque la llaman de diferentes formas) en el único absoluto. Reside aquí una contradicción fundamental: pretendiendo llevar hasta sus últimas consecuencias el humanismo, por la vía diabólica de emancipar al hombre de Dios, lo único que logramos es serrar la rama de la filiación divina, en la que se asienta toda nuestra dignidad.

Para conseguir esto, la estrategia fundamental del progresismo consiste, como decimos, en adoptar, cuando le conviene, la apariencia del liberalismo, a fin de cuentas un corolario del humanismo cristiano. Esto lleva a algunos autores a confundirse de enemigo, a renegar de principios liberales como la libertad de expresión, el mercado libre o el parlamentarismo, creyendo que en ellos se encuentra el huevo de la serpiente de las ideas progresistas disolventes.

A su vez, esta confusión engendra otra no menos lamentable, en aquellos adversarios del progresismo que, reconociendo su auténtico carácter antiliberal, rechazan a aquellos autores comúnmente llamados reaccionarios, a los que ven sólo como otra especie de antiliberales, o incluso como el antiliberalismo por antonomasia. Así, es corriente un análisis que convierte al progresismo en un reaccionarismo (de alguna manera, matando dos pájaros de un tiro), lo que parece confirmarse por sus complicidades con el islamismo (pensemos en la vil euforia de muchos izquierdistas tras el 11-S), el aparente neopuritanismo del feminismo extremista o las similitudes entre el anticapitalismo izquierdista y la mentalidad precapitalista tradicional.

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El error se convierte en padre de errores que luchan entre sí, multiplicando la confusión. Es fácil perder de vista quién es el auténtico enemigo. Si entendemos por reaccionarios a autores como Juan Donoso Cortés, Richard M. Weaver o Nicolás Gómez Dávila, que han identificado la esencia del progresismo o de la modernidad con la pretensión anticristiana de divinizar al hombre, debe admitirse que su análisis es radicalmente certero, aunque a veces puedan desafinar en algunas de sus conclusiones subalternas.

Digámoslo claramente: el progresismo no es “reaccionario” cuando conduce a resultados contrarios a los derechos individuales, sino perfectamente consecuente con su socavamiento de la antropología cristiana. Su retórica en ocasiones liberal no debe engañarnos, porque una libertad sin base en lo trascendente acaba negándose a sí misma. Si todo es materia, la libertad es una palabra vacía, un embeleco apto para uso de la última tiranía “democrática”. Un reaccionario, por el contrario y ante todo, es quien sabe reconocer la auténtica esencia del progresismo, detrás de su envoltorio liberal. Llamar reaccionarios a los progresistas sólo sirve para acabar de enredarlo todo.

Por supuesto, tampoco son el enemigo aquellos liberales, también conocidos como liberal-conservadores, que no convierten la libertad en un fin supremo, ni por tanto ven en la “cultura del deseo” su máxima expresión, sino todo lo contrario: aquellos que son perfectamente conscientes del origen cristiano de la concepción occidental de la libertad individual, basada en el imperio de la razón sobre las pasiones, y no al revés.

Los reaccionarios y los liberales, en sus momentos más lúcidos, se saben hermanos. Saben que el progresismo no es reaccionario ni tampoco liberal, aunque a veces parezca, superficialmente, una cosa o la otra. Las diferencias entre los reaccionarios y los liberales no progresistas se basan en malentendidos semánticos (y acaso en predilecciones de orden estético) que sólo benefician a su enemigo común, el progresismo ateo y seudoliberal que es hoy la ortodoxia del establishment

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