Los fachas no leemos

Se trata de algo consustancial al progresista: cree tener el monopolio del bien y la “cultura”, por no decir de la higiene, así que por definición, los no progres, más comúnmente conocidos como fachas, somos malos o iletrados, pobres víctimas crédulas de las fake news.

Al poco de conocerse la irrupción de Vox en el parlamento de Andalucía, alguien puso por escrito la patraña de que en Almería, donde el partido de Santiago Abascal y Ortega Lara tuvo especial éxito, no había librerías. El desmentido tardó minutos en llegar, merced a una rápida consulta en Google Maps que cualquiera puede hacer con su móvil. Pero aquí lo significativo es el acto reflejo progresista: cuatrocientos mil andaluces votan a Vox, ergo tienen que ser unos analfabetos funcionales.

La misma plantilla sirve para explicar el voto a Trump, el Brexit y cualquier resultado democrático que no cuadre con los planteamientos progresistas. Frecuentemente se adorna con análisis seudosociológicos que tratan de explicar por qué la gente comete el estúpido error de votar a la “ultraderecha” o al “populismo”, y no a partidos socialdemócratas. En su modalidad más paternalista, tales análisis eluden insultar directamente al votante díscolo, pero básicamente lo consideran como a un menor de edad que se deja llevar por miedos o prejuicios irracionales.

Sin embargo, hay síntomas de que esta estrategia está dejando de intimidar o impresionar a muchos. La distancia entre la ideología progresista y la realidad es ya tan escandalosa que cada vez engaña a menos gente. E internet ha acabado con la relación unidireccional entre las elites culturales y las masas, no siempre para mal. Cuando el pedante te dice que en Almería no hay librerías, basta hacer un par de clics para descubrir que es mentira. Y encima se lo puedes decir directamente por Twitter.

Cuando te cuentan que sólo hay un 0,0075 % de denuncias falsas por violencia de género, no hace falta ningún título de posgrado para enterarse de que la gran mayoría de denuncias “verdaderas” terminan siendo sobreseídas o en absolución, por lo que es razonable sospechar que se interponen para obtener beneficios sociales o la custodia de los hijos.

Cuando te explican que la inmigración masiva es necesaria para sostener las pensiones futuras, basta darse un paseo por cualquier barrio o pueblo con alta densidad de inmigrantes africanos, viendo cómo matan el tiempo en los bares o trabajan en la economía sumergida, para no dejarse tomar el pelo de manera tan burda.

Cuando pretenden hacerte creer que el Estado de las Autonomías (instaurado para que los nacionalistas catalanes y vascos se sintieran “cómodos”) ha sido un éxito, sencillamente te tienes que reír. Y así podríamos seguir.

A medida que el progresismo se ve más desacreditado, aumenta su tono faltón. El escritor Antonio Muñoz Molina, un progresista “moderado”, firmaba hace pocos días una tribuna en El País titulada “La edad de la revancha”, en la que se dedica a arrojar expresiones infamantes contra las opiniones de millones de personas que han votado a Bolsonaro en Brasil, a Trump en Estados Unidos, a Salvini en Italia o a Vox en Andalucía: “toxicidad”, “virulenta”, “impúdica”, “sórdido”, “absceso repulsivo de racismo”, “fealdad”, “mueca crispada”, “pozo de negrura”, etc.

No crean que Muñoz Molina se limita a vomitar exabruptos. También nos explica por qué es tan malo Trump para los trabajadores, incluyendo los palurdos que lo votan: porque “beben un agua y respiran un aire más envenenados todavía gracias a las políticas de desguace de los controles medioambientales puestas en marcha desde que tomó el poder”. Pruebas empíricas de ese envenenamiento de la clase obrera, un progre no las necesita: sabe que cualquier recorte de burocracia tiene que ser nefasto a priori.

Por supuesto, Trump también perjudica a las mujeres pobres, debido a “la reducción cada vez mayor de asistencia pública para el control de la natalidad y los obstáculos al derecho al aborto”. Algunos abrigamos la loca idea de que a las mujeres pobres las ayudaría mucho más poder tener sus hijos, a ser posible en una relación estable con el padre; no tenerlos solas ni mucho menos matarlos antes de que nazcan. Pero cualquiera le dice a un progre que la familia tradicional es mejor para los niños, o en cualquier caso que vivir es mejor que morir. Te llamará machista, homófobo, fanático religioso y hasta “pozo de negrura”. Últimamente están muy nerviosos.

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2 comentarios sobre “Los fachas no leemos

  1. Excelente artículo. Solo un comentario. Creo que es más correcto y riguroso hablar de familia natural que de familia tradicional, que ya es aceptar que hay otras y entrar en el juego progre. Un saludo.

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    1. Natural o tradicional, cualquier adjetivo sugiere, aunque sea involuntariamente, que hay otros «modelos de familia», como dicen los progres. Y lo tradicional en general no tiene para mí nada de malo. En realidad, utilizo un adjetivo u otro indistintamente. Pero gracias por el comentario.

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