Palabras inocentes

Las palabras tienen vida propia. No es indiferente cuáles elegimos para expresar nuestras ideas. Si la elección no es afortunada, nuestro pensamiento tampoco lo será, quedará condicionado, deformado dentro del vehículo impropio con el que pretendemos transmitirlo.

Karol Wojtyla, antes de convertirse en Juan Pablo II, ya advirtió contra la sibilina sustitución del verbo “procrear” por el de “reproducirse”, en una obra titulada Amor y responsabilidad. (1962, 2ª ed.) Aunque no sea la intención consciente del hablante (generalmente mero repetidor de expresiones puestas en boga por otros menos inocentes) es evidente que el segundo término tiende a reducir al plano biológico una realidad de mucha mayor hondura. Seis décadas después tenemos suficiente perspectiva para valorar la importancia de síntomas aparentemente tan insignificantes.

Hoy, la separación entre sexo y procreación es dogma oficial de gran número de Estados y organismos supranacionales, lo que está detrás de la crisis de millones de familias y del desplome de la natalidad. Sin duda, el uso abusivo de la palabra reproducción, fuera de las ciencias naturales, fue un granito de arena más (o más bien una paletada) que contribuyó a la situación presente.

Hay otros ejemplos que parecen aún más inofensivos, pero de los cuales es imposible ignorar su profunda carga ideológica, a poco que se medite. Desde hace unos años (no sabría precisar cuántos), el saludo “adiós” se ve obligado a competir con la fórmula “hasta luego”, utilizada incluso entre personas que previsiblemente no volverán a encontrarse en la vida. Se trata a todas luces de otra manera de eliminar a Dios del lenguaje[1]. Seguramente irreflexiva en la mayoría de los casos, pero por ello mismo más perniciosa, porque se propaga así con mayor facilidad. Algo parecido sucede con la respuesta cortés al estornudo ajeno, “¡Jesús!”, que está siendo gradualmente desplazada por “¡Salud!”.

Aunque podría añadir muchos ejemplos, quisiera centrarme sólo en uno que viene acompañado de ese gran aliado de la ideología progresista que es la cursilería. De un tiempo a esta parte, se ha popularizado la expresión “mi mujer (o mi marido, o mi hijo) es lo mejor que me ha pasado en mi vida”. Aparentemente, se trata de una manifestación de amor que no sólo no tiene nada de reprochable, sino que además es merecedora de elogio. Y en buena medida lo es, aunque más respecto de quien la empleó originalmente que no de quienes, a fuerza de repetir la expresión, la han convertido en un trillado convencionalismo más.

Sin embargo, desde el primer momento, “lo mejor que me ha pasado” me pareció una fórmula sospechosa, aunque no advertí inmediatamente por qué. Después me di cuenta de que lo que subyace en esa manera de hablar ternurista es un sutil pero no por ello menos atroz egocentrismo. Cuando afirmamos–en lugar de que mi mujer, mi marido o mis hijos son lo que más amo en esta vida–que ellos son lo mejor que me ha pasado a mí, estamos insensiblemente haciendo girar nuestro amor alrededor de nuestro yo, de nuestra experiencia subjetiva. Es decir, estamos demostrando, involuntaria pero exactamente, lo contrario de lo que es el amor, que es darse por completo a otro, sin pensar en el propio interés o satisfacción.

El amor no es algo que nos pasa, sino algo que hacemos. El amor no es sólo sentimientos más o menos pasajeros, aunque sin duda deba ir acompañado por ellos. El amor es una acción consciente que no busca la gratificación propia (aunque paradójicamente, la mayor gratificación la obtiene quien no la busca) sino el bien objetivo de la persona amada.

No hace falta decirlo, esta concepción choca frontalmente con la mentalidad de nuestros días. Desde la prensa del corazón hasta los eslóganes de las asociaciones LGTB, la idea del amor que hoy triunfa es poco más que sexo adornado con un romanticismo de oropel. Es decir, una búsqueda más o menos inteligente, más o menos higiénica, de felicidad subjetiva.

“Lo mejor que me ha pasado” (¡hasta el momento!) es sólo un pequeño ladrillo más, como lo fue en su día “reproducción” en la torre babélica de la ideología progresista. Esta hunde sus raíces intelectuales en la sentencia de Protágoras, “el hombre es la medida de todas las cosas”; anticipo de todo el relativismo y la arrogancia modernas. Sin duda, la mayoría emplea las expresiones examinadas sin la menor consciencia de sus implicaciones, pero por ello mismo debemos insistir en que son más peligrosas. No hay palabras inocentes.

[1] Adiós procede como es sabido de “A Dios os encomiendo”. En catalán, junto al más habitual adéu pervive aún la abreviatura intermedia adéu-siau, de “a Déu siau encomanat”.

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