Menos libres que ayer y más que mañana

Tan peligroso para la libertad es que el Estado sea negligente en sus funciones esenciales (preservar la paz y la seguridad) como que se exceda en ellas y se desborde en ámbitos que no tienen nada que ver. No creamos que lo primero conduce al mero desorden y la anarquía, a diferencia de lo segundo. Ambas tendencias se retroalimentan y nos conducen hacia al totalitarismo. Si el Estado no es capaz de proteger las fronteras de un país contra un Estado agresivo, es obvio que ello nos expone a ser dominados por un ocupante que por definición no se considera obligado por nuestras leyes e instituciones. Esto es un caso que no se producía en Europa desde hace ochenta años, hasta la invasión rusa de Ucrania. Pero en la Europa occidental lo que está sucediendo no es menos grave a la larga: los Estados no nos están protegiendo contra la invasión migratoria, más o menos “pacífica”, y encima son cada vez menos eficaces en la lucha contra la pequeña delincuencia, que es la que afecta a la mayor parte de los ciudadanos, en especial a los de rentas medias y bajas.

Ahora bien, las burocracias y las fuerzas policiales del Estado moderno no se han desmantelado, ni están inactivas o funcionando a medio rendimiento. El formidable aparato del Estado, ya que no se emplea para garantizar la seguridad y la propiedad, tiende a utilizarse para controlar y fiscalizar a los ciudadanos respetuosos con las leyes, los que se dedican a trabajar honradamente para ganarse la vida y mantener a sus familias. Para que ello resulte aceptable, se desvía el foco de atención desde la delincuencia de todo tipo (tanto común como política) a otro tipo de males, aunque realmente afecten mucho menos a la seguridad y la prosperidad del ciudadano común.

Aquí entran en juego los discursos sobre el machismo, el racismo, el cambio climático y todo aquello que sirve para convencer a la gente de que debe aceptar nuevos sacrificios (impuestos, normas, restricciones de libertades) para combatir esas amenazas, y preocuparse ante todo por ellas, no por el creciente peso del Estado sobre sus vidas, ni por una delincuencia que funcionalmente adopta cada vez más un carácter parapolicial, con violaciones de las leyes y de la propiedad pública y privada que parecen más amparadas por la administración que la actividad económica legal, martirizada por los impuestos y normativas.

No hay, pues, ninguna paradoja en que el Estado por un lado desatienda sus funciones esenciales (preservar la paz y la seguridad) y por otro se inmiscuya en muchos otros aspectos de la vida: la economía, las familias, la educación, las creencias y costumbres. Lo primero conduce a lo segundo, porque el Estado no tiene ningún interés en disminuir su poder, y además se reviste de ideologías “progresistas” que justifican esa redefinición de su sentido. Ahora ya no se trata meramente de proteger la vida y la propiedad, sino de hacernos felices, de construir un mundo mejor. Ello abre la puerta a todo tipo de abusos y engaños que acaban amenazando valores primordiales, mucho más tangibles que la subjetiva felicidad, como son la vida, la propiedad y la privacidad. El Estado no está tan interesado en que las calles sean seguras y los ciudadanos prosperen con su trabajo e iniciativa, como en entrar en los hogares y las empresas privadas para garantizar que haya igualdad de sexos, se reciclen adecuadamente los desechos, no se malgaste la energía ni se emita CO₂ en exceso.

Cada vez más cosas dependen del Estado, es decir, de la minoría que lo controla. Cada vez más gente es dependiente de ayudas y subvenciones, lo que implica aumentar la presión fiscal sobre los que producen. Cada vez es más difícil emprender, circular o simplemente expresarse sin violar alguna norma o tener que pagar algún peaje económico o simbólico. Cada vez los medios de comunicación son más instrumentos de propaganda de la ideología progresista que sirve a los intereses de este incipiente Estado totalitario. Hoy somos menos libres que hace medio siglo, y vamos camino de serlo más que dentro de diez o veinte años. Porque el proceso, que es de carácter global y está auspiciado por las grandes organizaciones y corporaciones multinacionales, se está acelerando claramente. O conseguimos detener e invertir esta tendencia (para empezar, señalándola y denunciándola) o nuestra civilización se convertirá en algo irreconocible y mucho peor de lo que ha sido hasta ahora.

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s