No me toquéis a los reaccionarios

El movimiento #MeToo vendría a ser un remake de la mil veces recordada escena de Casablanca: “¡Qué escándalo: he descubierto que aquí se juega”. Ahora toca indignarse mucho por comportamientos que nadie de la farándula más aquilatadamente progresista, la del círculo exquisito del matrimonio Clinton, podía ignorar.

Es comprensible que este derroche de hipocresía llegue a abochornar incluso a una parte del feminismo, como ha puesto de relieve un manifiesto firmado por un centenar de mujeres, entre las que destaca la actriz Catherine Deneuve. Declaran estas señoras verdades tan elementales como que “la galantería no es una agresión machista”, y en estos tiempos señalar según qué tipo de obviedades ya tiene su mérito.

Pero si queremos mantener un mínimo rigor intelectual y moral, hay que decir que el texto publicado en Le Monde forma parte del propio mal que denuncia. Sostener que la histeria antimachista es un problema de “puritanismo”, que “sirve en realidad los intereses de los enemigos de la libertad sexual, de los extremistas religiosos, de los peores reaccionarios”, significa no entender o no querer entender nada.

La ideología de género, que promueve activamente el abortismo (defendido por Deneuve en otro manifiesto famoso de 1971), la homosexualidad y la deconstrucción de la familia, no tiene nada que ver con el puritanismo, ni con la moral cristiana, ni con los reaccionarios, sino exactamente con lo contrario.

Alude el manifiesto del 9 de enero, con razón, a un “clima de sociedad totalitaria”, pero él mismo remeda a ciertas “críticas” del comunismo que, ante sus desastres más difíciles de esconder, lo acusaban de haberse quedado en capitalismo de Estado: ¿quién va a tener la culpa de todo si no el capitalismo? Como la derecha o el patriarcado, chivos expiatorios al alcance de cualquier coeficiente intelectual.

Me producen auténtica pereza los que vienen a salvar un supuesto feminismo distinto, que no odiaría a los hombres ni pretendería masculinizar a la mujer. Eso está muy bien, pero lo siento, si acaba en ismo, ya no me fío. Confieso sentirme mucho más cerca de esos reaccionarios a los que se podrá acusar de muchas cosas, excepto de tener algo que ver con la caza de brujas contra el machismo.

–Pero entonces, ¿usted es contrario a la libertad sexual? ¡Blasfemia!

Que nadie se ponga nervioso, es muy sencillo de explicar. Me opongo firmemente a que el Estado se meta en las alcobas de personas adultas. Pero no deduzco de ahí que cualquier tipo de conducta tenga el mismo valor, ni menos aún que deba ser aireada ni normalizada, sin el menor respeto por el pudor, la decencia ni tan siquiera la inocencia infantil.

Porque si alguien alberga alguna duda de que las agresiones y abusos sexuales están fomentados en buena parte por la banalización del sexo y de sus formas más degradadas, pierde el tiempo leyendo esto. Debería darse primero una vuelta por el mundo real, que es lo que uno se encuentra cuando aparta la mirada de la pantalla.

Los reaccionarios se equivocan probablemente en cosas como el recelo hacia las libertades formales (esas que también tiende a despreciar, por distintos motivos, el progresismo) o la nostalgia de edades doradas que jamás existieron. Pero su diagnóstico de la modernidad se me antoja una isla de lucidez en un mundo desquiciado y frívolo.

Juan Donoso Cortés sintetizó los errores contemporáneos en las “dos negaciones supremas” de la Providencia y del pecado original. Para Nicolás Gómez Dávila, “la causa de la enfermedad moderna es la convicción de que el hombre se puede curar [salvar] a sí mismo.” Y Richard M. Weaver admitió que no veía otro modo de “resumir el principal delito del hombre moderno, como no sea declarándolo falto de piedad.”

Efectivamente, en el siglo XVIII las élites intelectuales y, desde hace medio siglo, las masas, llegaron a la conclusión de que el cristianismo se puede sustituir por la “educación para la ciudadanía”, que es algo que viene de mucho antes de que naciera el abuelo de Rodríguez Zapatero, y del que Hollywood ha sido uno de sus más formidables instrumentos, maleducando a generaciones enteras en la denigración de la moral tradicional y la castidad.

Como consecuencia de ese trágico error, hemos terminado en esto: a las puertas del suicidio demográfico por un desplome inaudito de la natalidad (véase el brillante artículo de Francisco J. Contreras en Disidentia), e impotentes para frenar la invasión musulmana de Europa, mientras todo lo que parece preocuparnos es que no quede algún rincón del planeta donde abortar no sea legal y gratis.

Pueden tachar este análisis de reaccionario y tradicionalista, pueden rechazarlo de plano. Pero por lo que más quieran, no me vengan con que la ideología de género es un nuevo puritanismo, con esta estúpida cantinela a la que sólo falta que se sume alegremente la derecha más inepta, incapaz de desarrollar el menor atisbo de idea al margen del progresismo dominante.

 

Anuncios

Catolicismo y autocrítica

Desde hace siglos, y más aceleradamente en las últimas décadas, la Iglesia no ha dejado de perder influencia en la sociedad y la cultura. La causa fundamental es la difundida percepción de que el cristianismo es incompatible con las ideas modernas. Esto es: con la razón, con la ciencia, con la igualdad entre sexos…

Desde el catolicismo se reacciona básicamente de dos formas distintas. Una, francamente minoritaria, que podríamos llamar desafiante, consiste en decir algo así como: pues peor para las ideas modernas. La otra, de carácter más conciliador, oscila entre la negación de esa incompatibilidad y la autocrítica, generalmente acompañada de una exigencia de reformas para adaptar la Iglesia a la sociedad actual.

Son muchos, tanto creyentes como no creyentes, los que piensan que la autocrítica es la actitud más acorde con el Evangelio. De hecho, suele formularse como un regreso a la pureza primitiva. Sin embargo, aunque la apelación a los orígenes ha sido algo recurrente en el cristianismo a lo largo de sus dos mil años de historia, y probablemente sea consustancial a él, no pocas veces la mencionada autocrítica recuerda a la de ciertos líderes políticos tras unas encuestas o resultados electorales adversos. Se trataría más de un deseo de mantener la presencia social casi a cualquier precio, incluso mediante “rebajas” doctrinales, que de un sincero propósito de comprender las causas del descenso de la religiosidad.

Sin duda, hay una cierta verdad en el conflicto entre cristianismo y modernidad. Ésta gusta de identificarse con el conocimiento científico, y de hecho uno de sus iconos fundacionales es Galileo, cuyo choque con la Iglesia se convirtió en el paradigma del conflicto entre ciencia y religión. Sin embargo, numerosos autores, incluyendo grandes científicos, han argumentado que no existe ninguna incompatibilidad intrínseca entre determinadas creencias religiosas (como la existencia de un Dios personal) y la actividad científica.

Nos han repetido hasta la sociedad que la historia del progreso humano en los últimos siglos es una lucha victoriosa de la ciencia por superar la oscuridad de la religiosa Edad Media. Pero si admitiéramos que este relato es en gran medida mitológico, un conjunto de medias verdades, falsedades palmarias y mero desconocimiento de la historia, ¿qué nos quedaría de la tan reputada modernidad?

A favor de ella juega la ambigüedad del término, que unas veces alude a un cuerpo de ideas más o menos definidas, y otras a un mero período cronológico. En este segundo sentido, es indiscutible que los impresionantes avances de los últimos dos siglos en tecnología, medicina y reducción de la pobreza son avances “modernos”. Lo que cabe discutir es si había algo en el cristianismo que impedía que se hubieran producido antes.

De hecho, que en gran medida esos avances se hayan desarrollado en nuestra civilización cristiana y no en las asiáticas, más antiguas, nos lleva a preguntarnos si la realidad no sería todo lo contrario. Refuerza esta intuición que allí donde se implantaron regímenes basados en cosmovisiones radicalmente anticristianas, como el comunismo y el nacionalsocialismo, las condiciones de vida de la población y el mero respeto por la vida humana se vieron brutalmente quebrantados.

En cualquier caso, no podemos negar que el relato del supuesto conflicto entre fe y razón se sigue difundiendo a todos los niveles, desde la academia y desde la industria del entretenimiento masivo, especialmente mediante debates (a menudo, polémicas artificiales) en torno a las cuestiones de moralidad e igualdad sexual. Aquí es donde el progresismo, esa ideología difusa que se identifica con la modernidad, se ha hecho fuerte, y donde los católicos suelen responder con cierto acomplejamiento.

Cuando en la misa se lee el pasaje de las Escrituras donde San Pablo afirma que “el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia” (Efesios, 4, 23), es frecuente que el sacerdote se apresure a quitar hierro a estas palabras situándolas en su contexto histórico. “Hay que tener en cuenta la época en que vivía el apóstol.” Sin embargo, con ello transmite, lo quiera o no, la idea típicamente progresista de que la doctrina cristiana ha debido adaptarse, siquiera parcialmente, a los tiempos modernos, que es tanto como descartar su carácter de verdad atemporal.

Lo que debería decirse, con toda claridad, es que sostener una cierta preeminencia  del marido sobre la mujer, aunque ordinariamente imperceptible, no es en absoluto incompatible con la equivalente dignidad de ambos, sino que deriva del carácter del matrimonio cristiano como fundamento de la familia. El reparto de papeles conyugales asimétricos tiene su justificación antropológica si concebimos la maternidad como una misión privilegiada e intransferible, que requiere ser equilibrada por la figura paterna, como razonó C. S. Lewis, aportando agudas observaciones, en su libro Mero cristianismo.

También afirma San Pablo, a continuación del pasaje citado, que los hijos deben respetar a los padres, sin que por ello se le ocurra a nadie que niegue la igualdad moral entre unos y otros. Al contrario, el santo hace especial hincapié en que los maridos amen a sus mujeres como a sí mismos y que los progenitores eduquen a sus vástagos con delicadeza.

Naturalmente, todo sería más fácil si el moderno igualitarismo no hubiese adulterado completamente el concepto de igualdad, confundiendo la igualdad de derecho con una igualdad fáctica completamente irreal. Pero el origen de tal confusión no es accidental.

Cuando se deja de creer que el ser humano es una criatura divina, cuando el derecho natural queda relegado a la categoría de superstición precientífica, la única manera que encuentra el progresismo de justificar que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos es mediante la imposición iuspositivista que obliga a fingir hipócritamente que no existen diferencias psicológicas entre ambos sexos, que promueve reducir al máximo las fisiológicas (mediante la contracepción y la legalización del aborto) y culpa paranoicamente a un recalcitrante machismo cultural de las disparidades de conducta e inclinaciones.

En este sentido, no tenemos reparo en afirmar que el cristianismo es rotundamente incompatible con las “ideas modernas”, como por ejemplo la ideología de género. Sólo desde unos fundamentos trascendentes puede defenderse la igualdad moral de hombres y mujeres sin necesidad de caer en absurdos histéricos como negar las diferencias psicobiológicas entre ambos sexos ni relativizar la maternidad y la familia.

Los católicos estamos obligados a tener ciertas ideas claras, sin dejarnos influir por modas ni intimidar por la corrección política. Al menos, si queremos que nuestras creencias resistan las acometidas arrogantes de ideologías que, pese a su inanidad intelectual, se han crecido precisamente gracias a nuestra cobardía y, en definitiva, nuestra débil fe. Esta es la verdadera autocrítica que podemos y debemos hacernos.

Pretextos progresistas para el expolio fiscal

Cuando el Estado nos mete la mano en el bolsillo, siempre es por nuestro bien. O eso nos dicen. Que nos lo creamos más o menos, acaba marcando la diferencia crucial entre una sociedad de súbditos y otra donde funcionan las limitaciones al poder político. A continuación comentaremos algunas justificaciones “progresistas”, esgrimidas por los gobiernos y los medios de comunicación, para mantener impuestos elevados o introducir otros nuevos.

Una justificación clásica es la matraca de “la redistribución de la riqueza”. Lo estamos viendo estos días con las reacciones periodísticas ante la reforma fiscal de Donald Trump (TCJA, Tax Cuts and Jobs Act) que pretende reducir los impuestos en 1,5 billones de dólares en dos años, el mayor recorte en tres décadas. Por lo general, los medios de comunicación la han calificado como un regalo de Navidad para “los más ricos”.

Ciertamente, la reducción del impuesto de sociedades del 35 al 20 % es una excelente noticia para las grandes empresas; pero no menos para las medianas y las pequeñas. Además, la TCJA baja también el impuesto sobre la renta y eleva considerablemente el nivel de ingresos exentos de tributación.

Incluso aunque fuese verdad que los únicos beneficiarios directos fueran los individuos adinerados, ello seguiría siendo una buena noticia para todos. Porque la mejor forma de redistribuir la riqueza es que haya gente que disponga de más dinero para gastarlo en crear empleo productivo, en donaciones y en su propio consumo, del cual se benefician infinidad de medianos y pequeños negocios.

Sin embargo, los medios de comunicación, en su mayoría copados por progresistas, se esfuerzan en convencernos de que el dinero lo gestionan mejor políticos y burócratas que los propios ciudadanos. Y para ello tratan de cortar de raíz cualquier amago de ilusión de la gente por ver aligerada la presión fiscal que padecen, como si eso fuera algo temible o inmoral.

Otro gran pretexto en alza para acribillarnos a impuestos es el ecologismo, especialmente mediante su tema estrella, el cambio climático. Recientemente el gobierno español ha presentado un recurso de inconstitucionalidad contra La Ley de Cambio Climático del anterior gobierno catalán. Una de las medidas impugnadas era un impuesto sobre las emisiones de CO2 de los coches.

Ya se pueden imaginar las reacciones. La Vanguardia del 22 de diciembre titulaba: “Un recurso al TC impide a la Generalitat combatir el cambio climático.” En el cuerpo de la noticia sólo mostraba opiniones del gobierno autonómico y de vividores del catastrofismo ecologista: la directora de no sé qué Instituto de Desarrollo Sostenible y el presidente del Obrador del Tercer Sector Ambiental de Cataluña.

“Salvar el planeta” se ha convertido en la coartada perfecta de las administraciones para endulzarnos la existencia con toda clase de nuevas tasas y normativas. Con tal objeto resulta imprescindible que cuestionar la teoría antropogénica del cambio climático no sea visto como un sano ejercicio de libertad de pensamiento, sino como poco menos que un crimen de lesa humanidad.

Por último, no podemos dejar de hacer un rápido comentario acerca de la ideología de género, sobre la cual hay montada una verdadera “industria mundial del género” (Alicia Rubio, Cuando os prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres) que se financia principalmente con dinero de los contribuyentes.

El gobierno central y los autonómicos han firmado un “Pacto contra la Violencia de Género” que nos costará 1.000 millones de euros en los próximos cinco años, con un adelanto exprés de 200 millones. Buena parte de este dinero irá a parar a una intrincada maraña de asociaciones feministas dedicadas a señalar con celo chekista supuestas discriminaciones, cuya efectividad en reducir las agresiones a mujeres es comparable a la que tenían las cazas de brujas en erradicar las epidemias.

La media de asesinatos de mujeres por violencia de pareja durante los años de gobierno de ese presunto monstruo de los recortes llamado Rajoy (52) ha sido inferior que en la etapa de Zapatero (64, contando desde la aplicación de la Ley de Violencia de Género), en la que se alcanzaron cifras de hasta 76 víctimas mortales. (Año 2008.) Todo indica que el efecto del gasto público en tan negras estadísticas (http://estadisticasviolenciagenero.msssi.gob.es/) es indetectable. Lo cual es lógico en crímenes que no tienen entre sí ninguna relación ideológica ni mucho menos organizativa.

No obstante, los intereses de políticos y activistas favorecen que cada nueva tragedia sea explotada emocionalmente como si se tratara de un atentado terrorista, de tal modo que el mero hecho de atreverse a cuestionar la doctrina de la opresión estructural de la mujer le haga a uno sospechoso de complicidad intelectual con el crimen.

Así es como la justicia social, la protección del medio ambiente o la “igualdad de género” se convierten en falaces pretextos para el expolio fiscal y la creciente invasión estatal de nuestras vidas.

Artículo publicado en El Club de los Viernes.

Tabarnia revisitada

Mapa de TabarniaLo de Tabarnia va tan deprisa que dificulta una reflexión mínimamente reposada. En la entrada anterior del blog, desde la simpatía, expresé mis dudas de que la nueva comunidad autónoma fuera factible o siquiera deseable, “salvo como mal menor ante una improbable secesión de Cataluña o una eternización del procés.” Sé que rectificar a los tres días no ayudará a mi credibilidad, pero la lectura del lúcido artículo de Aurora Nacarino-Brabo, “Tabarnia, una broma muy seria”, me ha hecho reconsiderar el tema.

Ya no creo que Tabarnia sea algo así como un bote salvavidas para quienes queremos permanecer dentro de España. En realidad, Tabarnia vendría a ser lo más parecido a la puta solución del viejo problema catalán, con perdón. O si se quiere exprimir la metáfora naval, un torpedo en la línea de flotación del secesionismo nacionalista. (A distinguir del secesionismo autonomista tabarnés.)

Divídase Cataluña, en base al “derecho a decidir” tan reverenciado por los nacionalistas, en dos comunidades autónomas muy desiguales en demografía y riqueza, de tal manera que en la rica y poblada los nacionalistas no alcancen la mayoría absoluta parlamentaria, mientras que la otra sea tan esmirriada, demográfica y económicamente, que aunque allí gobiernen cómodamente, se les quiten las ganas de proclamar la república independiente de mi casa. Y así por décadas, probablemente siglos. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes?

En cuanto a la viabilidad del proyecto, si es que queremos pasar del nivel de broma gamberra, es inexcusable responder cuanto antes a una pregunta muy simple: ¿Cuál debe ser el territorio de la autonomía de Tabarnia? ¿Debe incluir, además por supuesto de la metrópoli barcelonesa, la parte más urbanizada de la provincia de Tarragona, como implica el exitoso nuevo topónimo? ¿O bien, como aseguran algunos, la Constitución no admite tal cosa, y hay que centrarse pragmáticamente sólo en la provincia de Barcelona?

La carta magna establece en sus artículos 143 y 144 que pueden constituirse en autonomías (aparte de las islas, y de las ciudades Ceuta y Melilla) los territorios que cumplan las siguientes condiciones:

  • “Provincias limítrofes con características históricas, culturales y económicas comunes”.
  • “Provincias con entidad regional histórica”.
  • [Con autorización de las Cortes, aquel ámbito territorial que] “no supere el de una provincia y no reúna las condiciones del apartado 1 del artículo 143.” [Es decir, aunque carezca de “entidad regional histórica”.]

Del texto constitucional se desprende claramente que, en principio, no puede establecerse una comunidad autónoma fuera de la división provincial establecida. Para que Tabarnia se constituya como autonomía sería imprescindible, por tanto, crear previamente una nueva provincia que uniera parte de las actuales Barcelona y Tarragona, mediante una ley orgánica, tal como prevé el artículo 141 de la Constitución.

Otra posibilidad, antes apuntada, y defendida por algunos, es que nos olvidemos de la simpática Tabarnia y nos centremos en conseguir la comunidad autónoma de Barcelona, lo que no requiere alterar los límites provinciales.

Sin embargo, esta opción presenta un arduo problema, y es que según el artículo 143.2 de la Constitución, para la constitución de una nueva comunidad autónoma se requiere la iniciativa de las Diputaciones y de dos tercios de los municipios de cada provincia. Lo cual sería prácticamente impensable en nuestro caso porque, aunque la mayoría de la población de la provincia barcelonesa no sea nacionalista, sí lo es con toda probabilidad la mayoría de los trescientos y pico municipios que la integran, la cual suele además determinar el control de la Diputación.

Así que, de todos modos, si se quisieran constituir como comunidad autónoma sólo las comarcas más urbanizadas de la provincia de Barcelona, no habría más remedio que alterar los límites provinciales mediante ley orgánica, con el fin de sacudirse los municipios nacionalistas (por decirlo sin tapujos), obviamente contrarios a una nueva comunidad autónoma que los dejaría fuera de juego. Siendo esto así, el argumento pragmático-legal en favor de una Barcelona autónoma sin Tarragona se desvanece en gran medida, porque en cualquier caso se requiere la creación previa de una nueva provincia.

No hace falta decir que la comunidad autónoma de Tabarnia, sumando el área urbana de Tarragona-Reus como mínimo, cumpliría aún mejor el objetivo de jugársela al nacionalismo que la versión restringida a sólo unos municipios de Barcelona, aunque concentren por sí solos la mayor parte de la población y la riqueza catalanas. A lo cual hay que añadir el efecto movilizador que ha demostrado el nuevo topónimo.

Pero la condición de dos tercios de municipios de la provincia a los que se refiere el artículo 143 nos lleva no sólo a justificar con más fundamento el territorio de Tabarnia; nos señala también cuál debe ser el procedimiento a seguir. Por resumirlo en tres palabras: Primero, la provincia. Dicho con toda claridad, sería un completo error iniciar el procedimiento constitucional sin antes reivindicar que las Cortes aprobaran la modificación provincial. Porque si la iniciativa autonómica fracasa (lo que con la actual división provincial es inevitable, dado el predominio de municipios independentistas) no podrá repetirse hasta pasados cinco años (art. 143.3), salvo que se obtenga una mayoría de 3/4 de municipios a favor (art. 151), lo cual es aún más difícil, evidentemente.

La buena noticia, pues, es que Tabarnia es viable constitucionalmente. La mala, que sigue siendo un procedimiento políticamente muy difícil. Pero con la movilización democrática todo es posible, incluso que la partidocracia se mueva. Después de todo, ¿quién iba a decirnos que la solución podría hallarse no en el famoso 155, sino en el anodino 141, que se ocupa de las provincias?

Un último apunte. La reivindicación de la quinta provincia catalana (que irónicamente coincidiría con un viejo anhelo de las comarcas del Ebro, al separarlas del resto de la provincia tarraconense) implica lógicamente también revisar la distribución de escaños por circunscripción, al añadirse una más. Hasta ahora, los nacionalistas se han sentido muy cómodos con un sistema electoral que les favorece, porque les aporta más escaños de los que les corresponden proporcionalmente. Pero si aman tanto a Cataluña como dicen, deberían ceder en esto, y así a lo mejor no nos veríamos obligados a crear la autonomía de Tabarnia. (Tot sigui per la unitat de la pàtria.) Acaso bastaría de momento con crear, a modo disuasorio, la provincia de Tabarnia.

[Nota del 1/01/2018: Para la creación de la autonomía de Tabarnia se requiere reformar el Estatut, al menos los artículos 9 y 10, que fijan el territorio y la capital de Cataluña. Se trata aparentemente de un obstáculo fatal para el proyecto tabarnés, mientras los nacionalistas tengan mayoría parlamentaria. Pero instaurar una república catalana implica superar el Estatut. Y no se puede apelar a dos de sus artículos y saltarse los doscientos y pico restantes. De nuevo, el nacionalismo tiene que elegir: secesión a costa de romper Cataluña o seguir dentro de España para mantener la unidad de Cataluña.]

 

Tabarnia: una broma de verdad

TABARNIA-mapa-de-Barcelona-eñ-magacin

No recuerdo cuándo leí por primera vez la palabra Tabarnia. Confieso que hace sólo dos días que le he prestado suficiente atención para tratar de averiguar algo más sobre su significado. Tabarnia es un nombre inventado, como Eriador (o como Euskadi) pero a diferencia del salido de la pluma de Tolkien designa un territorio real. Aunque no parece haber un acuerdo definitivo sobre sus límites, en la versión más amplia que he encontrado Tabarnia abarcaría (véase mapa) desde el municipio de Vandellòs en la costa de Tarragona hasta el pueblo gerundense de Tossa de Mar, ya en el límite con el Bajo Ampurdán, pasando por la capital tarraconense y buena parte de la provincia de Barcelona, incluyendo por supuesto la metrópoli, y adentrándose hasta Santpedor, el pueblo natal de Pep Guardiola (què li sembla, míster?) situado a escasos setenta kilómetros de la costa.

El elemento definidor de este territorio no sería otro que el rechazo al secesionismo catalán. La Plataforma por la Autonomía de Barcelona (PAB) tiene como objetivo formal separar a Tabarnia de Cataluña, convirtiéndola en otra comunidad autónoma de España. Todo el asunto no deja de ser una parodia demoledora del independentismo, como se puede comprobar por esta somera enumeración:

  • Tabarnia tiene su propia bandera, resultado de fusionar las de Barcelona y Tarragona. (Ver abajo.)
  • Sus impulsores han creado el eslogan Barcelona is Not Catalonia.
  • Proponen un referéndum de autonomía en 2019. “Esto va de democracia”, afirman.
  • Se quejan de que “Cataluña nos expolia. Barcelona aporta un 28 % más de lo que recibe.”.
  • Imaginan que los tabarneses vivirán mucho mejor si consiguen separarse de Cataluña.
  • Esgrimen argumentos históricos basándose en la antigua soberanía condal.
  • Buscan paralelismos de sus reivindicaciones territoriales en otros lugares (señalando por ejemplo que Madrid, La Rioja o Cantabria se constituyeron en comunidades autónomas, separadas de las dos Castillas).
  • Denuncian una supuesta barcelofobia de la Cataluña profunda contra los pixapins o camacus.
  • Etc.

(Nota: en el campo catalán se conocen diversas maneras despectivas de referirse a los barceloneses. Una sería pixapins -“meapinos”- en alusión a los groseros modales miccionales de cierto turismo invasivo, de origen capitalino. La otra es una burlona exageración de la pronunciación barcelonesa de la expresión Què maco! –“¡Qué bonito!”- habitual en labios del típico visitante urbano, ávido de pintoresquismos.)

La moraleja es obvia: donde las dan las toman. ¿Cataluña quiere separarse de España? Pues que no se queje si Barcelona, Tarragona o el Valle de Arán toman ejemplo y se plantean a su vez separarse del Principado. Sin rehuir una potente ironía servida en frío, que vuelve contra los secesionistas sus propios argumentos, los organizadores de la PAB parecen ir en serio. Se basan en los artículos 143 y 144 de la Constitución, que establecen las condiciones para la creación de una comunidad autónoma. Pero sobre todo, parten del hecho innegable de la existencia de dos Cataluñas: la nacionalista, rural, monolingüe y cerrada en sí misma, frente a la cosmopolita, urbana y bilingüe, que se encuentra perfectamente cómoda en España y en Europa. Apoyándose en sondeos y resultados electorales, los autonomistas de Tabarnia sostienen que ambas Cataluñas tienen un reflejo territorial innegable. Simplificando, el litoral urbano frente al interior rural.

Por supuesto, el proyecto de Tabarnia puede incurrir en vicios similares a los del secesionismo catalán, el principal de los cuales quizás sería hablar en nombre de una sociedad uniforme que no existe. En Tabarnia, aunque en menor proporción que en el resto de Cataluña, hay también muchos nacionalistas catalanes; tantos que, sin ellos, los partidos independentistas no habrían conseguido ni de lejos los resultados de las pasadas elecciones. Como he tratado de expresar en mi anterior entrada, la reducción del nacionalismo a un fenómeno de paletos de pueblo es una caricatura en la que no encaja objetivamente la mayoría de independentistas.

Es aún aventurado asegurar que la autonomía de Tabarnia sea políticamente realizable; ni tan siquiera que sea deseable, salvo como mal menor ante una improbable secesión de Cataluña o una eternización del procés. A mí personalmente me sobran las diecisiete autonomías (simpatizaría con una descentralización en el nivel municipal, no regional), así que teóricamente no debería ser partidario de una decimoctava. Sin embargo, a los impulsores de Tabarnia hay que reconocerles que, poniendo literalmente en el mapa la innegable división de la sociedad catalana, le prestan una visibilidad seductora a la parte de ella que durante cuarenta años ha venido siendo más ignorada y despreciada. Los llamados xarnegos o, más pérfidamente si cabe, “colonos”, ahora son -somos- tabarneses. ¡Un respeto! El mero planteamiento de una comunidad autónoma de Tabarnia ya implica responder a los nacionalistas donde más les duele y con sus mismas armas dialécticas, reforzadas con aquella de la que más carecen: el sentido del humor.

Bandera de Tabarnia

Para más información, lean esta entrevista a Carla Arrufat publicada en ElMagacín.com. El mapa de arriba procede del mismo sitio.

Hay otra plataforma que defiende la autonomía de Barcelona sin utilizar el topónimo Tabarnia, aunque tampoco parece rechazarlo. Se llama BCN Via Fora.

 

Reflexiones tras el 21-D

La victoria del separatismo en Cataluña el pasado 21 de diciembre es un desastre no por anunciado menos doloroso. Los 70 diputados de Junts per Catalunya, ERC y la CUP lo tienen todo a su favor para prolongar el maldito procés durante no sabemos cuánto tiempo, con las graves consecuencias que hasta los más tontos del lugar ya pueden extrapolar a partir de la simple experiencia de los últimos meses: continuación de la hemorragia de empresas, descenso de las inversiones y de las ventas, aumento del paro y, en definitiva, dificultades económicas para muchas personas. Además del deterioro inevitable de la convivencia y sin olvidar la tortura psicológica nada despreciable de tener que escuchar todos los días el trillado repertorio de sandeces hispanófobas del megalomaníaco Puigdemont y otros orates, las cursilerías sobre la futura república donde manará leche y miel de las fuentes y las cínicas apelaciones al “diálogo sin condiciones”, salvo las que ellos digan.

La meritoria victoria electoral de la candidata de Ciudadanos, Inés Arrimadas, apenas consigue arrojar alguna luz sobre este sombrío cuadro. Es verdad que a la larga supone una esperanza, incluso para los que estamos lejos del liberal-progresismo de la formación naranja. Que uno de cada cuatro votantes se haya decantado por esta catalana de origen andaluz; que en poblaciones como Tarragona haya alcanzado el 35 % de los votos y en algunas otras lo haya superado; que se haya desenmascarado la gran patraña de quienes se erigen en únicos representantes de un poble català monolítico, todo ello es algo que debe reconocerse y valorarse. El discurso asustaviejas de Xavier Domènech, pintando a Arrimadas como un engendro de Aznar y el IBEX-35, diablos laicos del papanatismo progre, no sólo no ha impedido que Ciudadanos ganara las elecciones, sino que tampoco ha evitado que el colau-podemismo perdiera tres diputados respecto a la penúltima edición (Catalunya sí que es pot) de lo que en tiempos menos eufemísticos llamábamos comunistas.

Pero las cosas como son: en el corto plazo, los diputados de Ciudadanos más los del PSC y el PP no nos sirven para desactivar el maldito y mil veces maldito procés, que era lo realmente urgente. La secesión ha sido impedida por la acción del gobierno central (aunque en el tiempo de descuento y como forzada por la Corona y la sociedad civil) y de la Justicia, gracias a las querellas de Vox y del malogrado fiscal José Manuel Maza. Pero aunque la secesión se haya neutralizado, lo que realmente está haciendo daño es el procés. Y éste, por desgracia, sigue vivo.

Importa mucho entender bien qué es el procesismo. Por lo pronto, evitemos los diagnósticos apresurados o perezosos. Sostener que el independentismo es un fenómeno de locura colectiva es un recurso facilón, válido no más allá de conversaciones de ascensor. Como ha argumentado Adolf Tobeña en su brillante ensayo La pasión secesionista, los independentistas no están locos, aunque es evidente que tampoco actúan racionalmente. Su conducta puede entenderse a la luz de los datos más recientes de la psicobiología, que nos indican que estaría anclada en aspectos profundos de nuestra naturaleza genética y neuronal.

¿Significa esto que el nacionalismo secesionista es un fenómeno de carácter atávico, algo por tanto “antiguo” (en el sentido coloquial que le gustaba utilizar a Zapatero) o, por ser más precisos, preilustrado? No corramos tanto. Es una tentación rutinaria del grueso de los intelectuales caracterizar lo que no les gusta como refractario a la modernidad, que por lo visto sería el sumo bien. De ahí interpretaciones como una reciente de Mario Vargas Llosa, que tachaba a la ultraizquierdista CUP de reaccionaria y “tradicionalista”. Ocurrencia enmarcable dentro de esos análisis, más o menos superficiales, que insisten en disociar o disculpar a la izquierda y al progresismo del nacionalismo, en flagrante contradicción con la existencia de partidos como ERC, fundada hace más de ochenta años. Otra variante de esta caracterización, que sin ir más lejos abonaba Salvador Sostres ayer en el ABC, trata de identificar el nacionalismo con lo rural/tradicional, en oposición a lo urbano/moderno.

Ciertamente, el nacionalismo se hace fuerte en los pueblos pequeños, donde todo el mundo se conoce y la discrepancia adquiere rasgos de heroísmo. Salta a la vista, sólo con contar las banderas españolas que han florecido por doquier en las grandes poblaciones catalanas y las (inexistentes) que contemplamos en cualquier rincón de la Cataluña profunda, asfixiantemente forrada de cubanas, pancartas republicanas y lazos amarillos a favor de los “presos políticos”. Pero aun así, y a pesar de la ley electoral que infrarrepresenta a la provincia de Barcelona respecto a las otras tres, la gran mayoría de votos y diputados los siguen obteniendo los nacionalistas en la más poblada y urbanizada, con diferencia, de las cuatro circunscripciones catalanas. Sin una aportación elevada de voto urbano, los nacionalistas jamás podrían haber soñado con gobernar, porque la mayoría de los catalanes apenas vemos un tractor salvo cuando practicamos turismo rural.

La letanía de que la izquierda y el nacionalismo son incompatibles aún es más discutible. Hay un dato muy revelador, pero que está pasando desapercibido, debido a que ERC ha sido superada en votos por la formación del expresidente fugado Puigdemont. Esquerra Republicana de Catalunya ha obtenido, de largo, el mejor resultado absoluto de su historia, bastante más de novecientos mil votos. Lo máximo que había logrado con anterioridad fueron 544.000 papeletas en 2003. En 2012 quedó por debajo del medio millón. (Sólo Francesc Macià alcanzó en 1932 un porcentaje electoral muy superior, aunque con menos de 270.000 votos.) Por el contrario, Junts per Catalunya, pese a su ligera ventaja sobre el partido liderado por Oriol Junqueras, ha cosechado como sucesora de Convergència uno de los resultados más discretos de su historia.

¿Qué quiero decir con esto? Pues que la emergencia del independentismo rupturista es ininteligible sin tener en cuenta el ascenso de un partido de izquierdas como ERC (que ya protagonizó un golpe secesionista en 1934) y también sin la ultraizquierdista CUP. La propia radicalización de CDC y de la posconvergencia, en los últimos años, obedece a un intento de no dejarse arrebatar el espacio nacionalista por Esquerra, su más íntimo rival electoral, así como de asegurarse el apoyo parlamentario de la CUP. Dicho de otro modo, el motor del procés reside en la izquierda. El golpismo revolucionario, la agitación callejera, la hipertrofia del democratismo asambleario, el desprecio de la legalidad, son elementos consustanciales de una izquierda que por lo demás lleva cuarenta años llamando facha a quien luce los colores de la bandera constitucional, y no sólo en Cataluña. Quien no vea las sinergias de la visión victimocéntrica de la historia y de la sociedad que sostienen los progres y los nacionalistas, seguramente es porque le resulta incómodo reconocerlo.

¿En qué quedamos entonces? ¿El nacionalismo tiene una base psicobiológica y por tanto tan antigua como la humanidad, tal como sostiene el profesor Tobeña, y es por tanto en cierto modo una rémora, un peso muerto que arrastramos como especie? ¿O por el contrario está más bien relacionado con movimientos de emancipación como el socialismo o el feminismo? En cierto sentido, ambas cosas son verdad.

Que el nacionalismo, más allá de sus formulaciones decimonónicas, apela a sustratos paleolíticos de nuestro cerebro, cuenta con fuerte evidencia empírica. Lo cuestionable es la antítesis de trazo grueso entre “antigüedad” y modernidad en la que algunos pretenden encajonar todos los fenómenos sociopolíticos; también éste. Lo que llamamos modernidad podría definirse como la pretensión de que el hombre se convierta en dueño absoluto de su propio destino, desdeñando a Dios y al pasado. Ahora bien, el proyecto moderno es, paradójicamente, tan antiguo al menos como la Torre de Babel. No sugiero que la modernidad, en sentido meramente cronológico, tenga que acabar necesariamente como el episodio bíblico (aunque tampoco me sorprendería) ni mucho menos que no debamos congratularnos de los auténticos logros humanos y sociales de los últimos siglos. Sí sostengo que convertir la crítica a los nacionalismos en un pretexto para ajustar cuentas con otros (la derecha, el “populismo” o incluso Trump: análisis oportunistas de este jaez hemos leído), además de ineficaz, a menudo sólo sirve para reforzar las falacias y los mitos que alimentan al propio nacionalismo. Si para combatir a los secesionistas lo peor que se nos ocurre decir de ellos es que son reaccionarios y de derechas, entrando en el estúpido juego de “facha el último”, ya les hemos concedido su principal ventaja, erigida sobre una burda caricatura de la España negra con la que cualquiera desearía romper.

Progresista tu padre

A modo de introducción, sirva lo que de momento es una anécdota entre tantas: el hombre del chavismo en España, Pablo Iglesias, fiel a su estilo de hablar como si fuera ya el presidente de la república, ha anunciado para el año que viene una “Ley del Cambio Climático” que, entre otras cosas, pretende “acabar con el primo de Rajoy y los científicos que lo negaban”.

Traduciendo su lenguaje pérfido y taimado de leninista con piel de cordero, se trataría de prohibir la disensión en una materia que debería ser, como cualquier otra, objeto de debate absolutamente libre, especialmente en el ámbito científico. Pero esta pulsión totalitaria no es una novedad, ni tampoco exclusiva del personaje, ni mucho menos. Se suma a los intentos innumerables, en todo el mundo, de acallar cualquier opinión discrepante sobre el cambio climático, la ideología de género y el multiculturalismo, y en nuestro país a los esfuerzos amparados por la Ley de Memoria Histórica para imponer una visión oficial acerca de la segunda república, la guerra civil y el franquismo. En suma, el objetivo es establecer un pensamiento único progresista del cual sea legalmente imposible apartarse, o por lo menos muy costoso en términos personales.

Quien esto escribe declara que no está dispuesto a dejarse imponer ningún pensamiento progresista oficial. Lo diré con toda claridad: no soy progresista. O si alguien desea mayor precisión, estoy en contra de muchas cosas que los progresistas dicen que son “progreso”. ¿Quieren que les diga qué es el progreso para mí?

Para mí sería un progreso que descendiera drásticamente el número de abortos e incluso –puestos a pedir– que haya más nacimientos que defunciones, más cunas que ataúdes. Ya sé que esto es anatema para el ecologismo milenarista, que el ser humano es una plaga para el planeta Tierra y que lo mejor que podríamos hacer es extinguirnos. Y sé también que la maternidad es para el neofeminismo una rémora en el camino de la igualdad absoluta, algo que en el mejor de los casos debe quedar relegado al estatus de una opción vital entre muchas otras, no más loable que comprarse un perro. Pero yo me niego a llamar progreso al triunfo de la muerte.

Para mí sería progreso que hubiera cada vez menos rupturas familiares, que los niños crecieran generalmente con su madre y con su padre biológicos, y que en la mayoría de casos estos llegaran a la vejez disfrutando juntos de sus nietos. Sé que esto es para algunos una ofensa a los “otros modelos de familia”, y que ya se empiezan a poner bajo sospecha, e incluso a proscribir, las palabras padre y madre. Sé que el mundo actual coloca en la cima de los valores la búsqueda de una felicidad narcisista y sensual, en contraposición a conceptos como castidad, matrimonio y familia, los cuales son ridiculizados como dogmas del heteropatriarcado ultracatólico opresor y fascista (añádanse todos los epítetos que se quiera). Pero yo no admito que acabar con la familia, tal como se ha entendido durante miles de años, sea un progreso.

Para mí sería un progreso que cada vez más personas escaparan de la pobreza, gracias al trabajo dignificador, al esfuerzo, al talento. No que cada vez haya más gente dependiente de una subvención o ayuda estatal, no que cada vez haya más gente con títulos educativos desvalorizados, por culpa de un sistema de enseñanza que sustituye la transmisión de conocimientos y la tradición humanista por un igualitarismo uniformizador y un adanismo bárbaro, cuando no por el odio al cristianismo, a España y a Occidente. Sé que esto será tachado de neoliberal, de franquista, eurocéntrico y qué sé yo más por los que han prostituido palabras como “igualdad”, “libertad” o “educación”, convirtiéndolas en verdaderos diques contra cualquier cambio de mentalidad que nos haga realmente más libres y más prósperos. Pero para mí no es un progreso seguir fabricando dependientes de papá Estado y analfabetos funcionales.

Para mí sería un progreso que disminuyera el número de individuos, al menos en Europa, cuyas creencias les dicen que es bueno o al menos justificable en determinados casos matar “infieles”, pegar a la esposa, agredir o incluso violar a mujeres que no adoptan la indumentaria islámica, e imponer en general sus preceptos religiosos a toda la sociedad, incluso aunque sean una minoría dentro de ella. Ya sé que algunos tacharán estas afirmaciones de islamófobas e intolerantes. (Los musulmanes y sus defensores dando lecciones de tolerancia: ¡curioso espectáculo!) Pero qué quieren que les diga, para mí no es ningún progreso que haya barrios enteros en Europa donde las mujeres no se atreven a salir a la calle de modo distinto a como supuestamente lo ordenó un profeta del siglo VII.

Para mí sería un progreso, en fin, que en mi país, España, la lengua común fuera valorada y respetada en todas las regiones, que sirviera para unirnos más, para facilitar el comercio y los negocios, la libre circulación de personas, el florecimiento cultural… Ya sé que esto es inaceptable para los fanáticos que en Cataluña, País Vasco, Galicia y otras partes sólo buscan diferenciarse del resto, levantar barreras, rumiar interminables letanías de agravios y en definitiva cargarse una nación de quinientos años. Sé que ellos ven en la cultura española común un enemigo de las culturas regionales, al cual culpan de que estas sean minoritarias. Esto, por cierto, es tan ridículo como si los bajos culparan a los altos de su menor estatura. Se trata, aunque suene paradójico, de una derivada más de la idolatría igualitarista.

Muchos creen asestarle la mayor crítica a los nacionalismos cuando niegan que sean compatibles con el pensamiento progresista. Por todo lo dicho hasta ahora, se comprenderá que a mí esta crítica me parece especialmente ingenua. Lo que pienso es que buena parte de lo que se ha dado en llamar progresismo es muy poco compatible con el progreso. En este sentido, los nacionalismos irredentos no son más que subgéneros del progresismo deformado y deformante que lo pringa todo. Pero por supuesto, yo no creo que oponerse a las cosas que nos unen sea progreso.

No obstante, nada está más lejos de mi intención que disputar el término progresista, reivindicar algo así como el verdadero progresismo. Le regalo gustosamente la etiqueta “progresista” a quien la quiera. Me importan mucho más los principios que las palabras. Por mí, pueden continuar llamando progresistas a actores multimillonarios de Hollywood, a presentadores de telebasura y a terroristas de la ETA reciclados en “hombres de paz”. No pienso correr el más mínimo riesgo de que me relacionen lejanamente con alguno de estos personajes, por una mera cuestión de vocabulario. Así que llámenme facha, machista, islamófobo, lo que se les ocurra; pero si de verdad quieren insultarme, llámenme progresista.