Europa y la Cruz

Del gravísimo problema de la baja natalidad se empieza a hablar más públicamente, pero mucho menos de lo que se debiera, y de manera aún demasiado superficial, restringiendo tanto sus causas como sus consecuencias al terreno económico.

Para que se me entienda, lo voy a decir un poco a lo bestia: el peligro fundamental de la baja natalidad no consiste en que quiebre el sistema de pensiones (aunque también) sino que dentro de cincuenta años los europeos acabemos todos rezando a La Meca.

En algunos países y ciudades europeas, el nombre de la mayoría de recién nacidos es Mohamed. Sucede en Reino Unido, Bruselas, Berlín, Oslo… En Holanda es el segundo nombre más común y en Austria y Bélgica, el tercero. De hecho, es seguro, dada la escasa práctica religiosa de los cristianos, que en algunas partes de Europa ya haya más practicantes del islam que de ninguna otra confesión.

Ante esto algunos adoptan una actitud de inocencia real o fingida. Son los que aseguran que el multiculturalismo enriquece, que el islam es una religión de paz y el hiyab un atuendo que llevan las mujeres musulmanas con total libertad. Y así, con esta idílica libertad, nuestros inmediatos descendientes acabarán celebrando el ramadán, absteniéndose del jamón y el vino y censurando las obras del arte más imperecederas y universales que no sean compatibles con el islam.

Tenemos también la actitud de los optimistas, los que creen que el islam, simplemente, aún no ha tenido su Ilustración, como la tuvo el cristianismo, que lo limpie de sus aspectos más ásperos e intransigentes, y preserve sólo algunas de sus prácticas, con un sentido más culturalista que estrictamente religioso.

Desde luego, cuando hemos comprobado cómo los nietos o hijos de inmigrantes musulmanes, nacidos y educados en Europa, se entregan al yihadismo, hay que ser muy, muy optimista para seguir creyendo en este bonito cuento de la Ilustración como una fase normal e inevitable de toda civilización. Y sobre todo, más allá de la terquedad de los hechos, hay que padecer una ignorancia oceánica de las diferencias abismales entre cristianismo e islamismo.

Lo diré con los menos circunloquios posibles. El carácter bárbaro del islam no obedece a que “todavía” no haya nacido un Kant árabe, o iraní o turco, sino a que el cristianismo es una religión esencialmente racionalista y el islamismo esencialmente irracional. Esto chocará a cualquier progre, como es natural, pues está acostumbrado a considerar que todas las religiones son más o menos iguales y que en cualquier caso ninguna tiene nada de racional, al contrario. Pero no por ser comúnmente creída deja de ser esta idea una falacia.

Cristianos, musulmanes y judíos comparten la fe en un Dios creador, omnipotente e infinitamente sabio y bueno. Punto y final. En todo lo demás difieren drásticamente, en especial los musulmanes respecto a los otros. Tanto el judaísmo como el cristianismo giran en torno al problema de la existencia del Mal, es decir, se interrogan sobre por qué un Creador infinitamente poderoso y bueno ha permitido la existencia del mal y del sufrimiento. Su solución es la doctrina de la Caída, el pecado original cometido por los primeros padres, tal como se formula, en lenguaje mítico, en el libro del Génesis.

Aparentemente, Mahoma asumió las líneas principales de la Biblia, pero sólo aparentemente, porque en la religión islámica, especialmente en su práctica, la doctrina de la Caída no tiene ni de lejos la relevancia que encontramos en los otros dos monoteísmos. El musulmán no trata de comprender el origen del mal y del sufrimiento, simplemente acata la voluntad de Dios, tal como cree que le fue transmitida al Profeta. El musulmán renuncia desde el principio a la osadía de entender.

El cristianismo, por el contrario, se basa en el acontecimiento de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, cuyo sentido esencial es compensar el acontecimiento de la Caída. Es la solución del gran enigma cósmico, tal como resumía Pascal: “La fe cristiana no tiende sino a establecer principalmente estas dos cosas: la corrupción de la naturaleza y la redención por Jesucristo.” El cristianismo es una doctrina de salvación en tanto que una explicación de por qué y cómo el hombre se alejó de su Creador. Puede decirse, pues, que el sapere aude estuvo ahí desde el principio: “La verdad os hará libres.” La Ilustración, desde su núcleo más noble hasta sus formulaciones más chabacanas (o sea, anticristianas), no es algo que surge por casualidad en la Europa cristiana, no es un fenómeno externo al cristianismo. Es un resultado de él.

Esto significa que cuando Occidente reniega de su pasado cristiano, con frecuencia contraponiéndolo a las luces, no hace más que renegar de sí mismo y por tanto, a la postre, socava esa misma Ilustración que tanto mitifica, y precisamente en lo que tiene más digno de estima. El progresismo, sobre todo en su modalidad o excrecencia más tóxica, que es la ideología de género, en combinación fatal con el multiculturalismo, actúa de manera asombrosamente suicida. Parece sistemáticamente empeñado en destruir nuestra cultura cristiana y racionalista para dejar el campo franco (o sea, yermo espiritual y demográficamente) a una barbarie foránea, que acoge con los brazos abiertos.

Recientemente saltaba la noticia en The Guardian: Una escuela de Birmingham interrumpió las “lecciones LGTB” tras las protestas de cientos de familias musulmanas. Si se hubiera tratado de padres cristianos, este medio no habría tardado ni un segundo en demonizarlos como peligrosos ultraderechistas, pero -¡ah, amigo!- como son musulmanes todo está en orden: es su cultura y no podemos imponerles la nuestra. Así es como la civilización europea, tras su autodesintegración por las vías de la seudociencia del “género” y el relativismo, crea un vacío que el islam tiende a llenar irresistiblemente.

No sé si estamos a tiempo de evitarlo. Nuestra civilización padece desde hace tiempo una enfermedad autoinmune, llamada progresismo, que la lleva a dañarse a sí misma. Pero hay signos de reacción, de que el instinto de supervivencia de Occidente está actuando. En las próximas elecciones al parlamento europeo ya se vislumbra el choque entre dos concepciones enfrentadas. La de quienes creen que debemos seguir por el camino actual (más feminismo radical, más antinatalismo, más inmigración masiva) y la de quienes piensan que nos hallamos tal vez ante una de las últimas oportunidades para rectificar el rumbo.

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Los católicos no molamos

Foto publicada por Javier Ortega en su cuenta de Instagram.

Me entero por Twitter (y parece creíble) que en Trece, la televisión de la Conferencia Episcopal, ayer alguien dijo que Vox quiere devolver a las mujeres a la cocina. Al mismo tiempo, entre comentaristas de izquierda es común tachar a este partido de “ultracatólico”, que suponemos debe ser algo tan malo como ultraislámico. ¿Que ultraislámico nunca se dice? Pues es verdad. Será porque el islam es una religión defensora de las mujeres. De eso sabe mucho la alcaldesa Ada Colau, que se gasta el dinero de los barceloneses en promocionar el ramadán, tras haber eliminado el tradicional pesebre durante la pasada Navidad, como ha denunciado Ignacio Garriga, diputado de Vox por Barcelona.

Por supuesto, Vox es un partido aconfesional, aunque su programa, implícitamente, debe más a las creencias cristianas que a otras, como no debería extrañar a nadie en nuestra cultura. Los malentendidos, más allá del juego sucio partidista, vienen de un equívoco muy generalizado que no ayuda a la recta comprensión de las relaciones entre religión y política.

Se habla de la separación entre Iglesia y Estado como si fueran dos cosas que pudieran y hasta tendieran a confundirse fácilmente. Pero en realidad, la existencia de la Iglesia es lo único que puede hacer frente a la absorción de la política por la religión y viceversa.

El gran escritor inglés Chesterton, que se convirtió al catolicismo en 1922, escribió ese mismo año, con su proverbial estilo paradójico: “El cristianismo no es una religión, es una Iglesia. Puede que exista una religión musulmana, pero a nadie se le ocurriría hablar con naturalidad de una Iglesia musulmana.”

No es casual que el islam tienda por naturaleza a la teocracia, y que cuando ha existido una teocracia cristiana, por ejemplo en la Ginebra calvinista, haya sido en violenta ruptura con la Santa Madre Iglesia Católica.

De ahí se desprende otro corolario. En la medida en que la Iglesia renuncia a su autoridad espiritual, acomodándose al mundo, declinando defender el derecho a la vida desde la concepción y adoptando un lenguaje “social”, en el que lo sobrenatural parece reducido a una función simbólica… En la medida en que la Iglesia es menos Iglesia, en suma, el poder político acaba usurpando el espiritual. Eso sí, suplantando al cristianismo por una seudorreligión llamada “progresismo”.

La mundanización o acomplejamiento de la Iglesia nace del error de pensar que la propia idea de una autoridad espiritual es “represiva”. Es decir, que el mero hecho de proclamar lo que los católicos creemos que es la verdad ya es una ofensa contra quienes no piensan igual, incluso una amenaza velada de persecución. Esto nos conduce a incumplir el mandato de Cristo de dar testimonio de nuestra fe, en lugar de una versión muy secularizada y descafeinada de ella, limada de cualquier aspereza políticamente incorrecta.

Como señala el teólogo Ulrich L. Lehner en su muy recomendable libro God Is Not Nice, traducido al castellano por la editorial Homo Legens como Dios no mola: “Tenemos miedo de negar la verdad de otra persona porque tememos ser tachados de intolerantes o fanáticos, aunque es un signo de tolerancia aceptar otros puntos de vista que sé que son incorrectos. La tolerancia presupone una afirmación de la verdad… No estar de acuerdo con alguien no es lo mismo que el odio, el fanatismo o la intolerancia.

Lehner sostiene que este error tuvo su origen en la Ilustración del siglo XVIII, cuando empezó a extenderse una visión funcionalista de la religión, según la cual su único sentido sería cohesionar y moralizar a la sociedad. De ahí a pensar que los dogmas cristianos no pueden tomarse realmente en serio, salvo como mitos o símbolos que, convenientemente depurados, son útiles socialmente, no hay más que un paso. Era ya de hecho la actitud de Voltaire, que no creía en el Dios bíblico pero se confesaba partidario de que su criado sí lo hiciera, para que no le robara.

Naturalmente, tarde o temprano alguien acaba pensando que ya es hora de prescindir de cualquier creencia religiosa y sustituirla por principios supuestamente “científicos”, lo que al menos resultaría más honesto que el cinismo volteriano. Así llegamos a la sociedad actual, en la que siguen rigiendo ideas cristianas como la justicia, la libertad y la igualdad, aunque la mayoría haya olvidado su verdadero origen, del mismo modo que bebemos agua sin conocer su fuente o utilizamos el teléfono móvil sin saber quién lo inventó, como decía el arzobispo de Tarragona en una hoja dominical.

Siguiendo esas comparaciones, imaginemos lo que ocurriría con nuestra civilización si olvidáramos no solo quién inventó el teléfono móvil, sino cómo fabricarlo, o peor aún, si se perdieran las tecnologías de potabilización y canalización del agua. Esto es lo que sucede cuando caemos en el fatal error de creer que los “valores”, como ahora se dice, se pueden fundamentar en la “ciencia”, o mejor dicho en la caricatura romántica que nos hacemos de ella.

La ciencia es descriptiva, no prescriptiva. Nos ayuda a guiar nuestras decisiones éticas (por ejemplo, informándonos de que en el cigoto se contiene ya el ADN irrepetible de un ser humano) pero no puede motivarlas, no nos puede explicar por qué deberíamos valorar más la vida humana que cualquier otra realidad de la naturaleza. Por tanto, cuando se nublan las nociones que fundamentan la moralidad, esta puede seguir funcionando por inercia durante un tiempo, pero no tardará en navegar a la deriva.

Así es como se acaba afirmando que el aborto es un derecho, al igual que la eutanasia o los vientres de alquiler. Y como se esfuma cualquier objeción seria a que el Estado se convierta en el educador casi monopolístico, lo cual conduce de manera fatal a la asiatización de Occidente, es decir, al colectivismo. Cosa, por cierto, que no tiene nada que ver con la separación entre Iglesia y Estado, sino con lo contrario, con convertir al segundo en una Seudoiglesia Progresista, un megapoder que fusiona lo político y lo espiritual.

Cristo, al decir “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, nos enseñó que debe existir una autoridad espiritual independiente del poder político, como lo fueron los profetas de Israel. Una autoridad que nunca tendrán los medios de comunicación, sean públicos o privados, porque como dice la palabra, son meros medios, canales, vehículos, aunque a menudo se arroguen un papel mucho más pretencioso. Sólo la Iglesia tiene verdadera autoridad, aunque en nuestro tiempo parezca empeñada, más que en ejercerla, en resultar simpática. Mayúsculo error, porque los cristianos nunca molaremos, ni falta que hace.

Fantaciencia poselectoral

El voto útil es el principal argumento con el cual el Partido Popular lleva años huyendo de la mínima autocrítica que le permitiría comprender por qué surgieron Ciudadanos y Vox. Pero ahora quiero centrarme en una versión de esa cantinela disfrazada de rigor matemático. Ayer publicaba el ABC un artículo titulado “Los 700.000 votos (inútiles) de Vox que penalizaron al centro-derecha”, aludiendo a los sufragios que ha recibido el partido liderado por Santiago Abascal en 34 provincias donde no ha logrado un solo diputado. 

Dejemos claro antes de nada que cada uno de los diputados del Congreso representa la soberanía nacional indivisible, no a su provincia. Dicho esto, una reflexión que cabe hacer es la siguiente: ¿Cuántos votos adicionales hubieran sido necesarios para que esos 700.000, o al menos la mayor parte, se hubieran traducido en representantes de Vox?

Si la respuesta es “relativamente pocos”, no corresponde hablar de votos perdidos o inútiles, sino de insuficientes, que es algo muy distinto. En este caso, la “culpa”, si se puede hablar así, no sería de los que hemos votado a Vox en provincias como Tarragona o Cáceres, sino de los que no lo han hecho. Con todo el derecho del mundo, excuso decirlo.

Para ser más precisos, mis cálculos me permiten afirmar que si sólo 366.000 personas más hubieran votado a Vox en veintisiete provincias, el partido hubiera logrado en total 51 escaños, sumando así, con los votos de PP, Cs y NA+, mayoría absoluta en el Congreso.

Lo explicaré con un ejemplo. En Huelva, Vox obtuvo 33.904 votos y cero diputados. Por otra parte, el partido que ahí consiguió un escaño provincial con menos votos fue Podemos, con 34.233. Esto significa que el primero hubiera alcanzado representación en Huelva con sólo “robarle” 329 votantes al segundo.

En otras provincias las diferencias fueron mucho mayores, pero frecuentemente con partidos como Cs o el PP, por lo que el baile de un escaño no era nada improbable. Numerosos votantes dudaron hasta el último momento. Es más, a menudo se consigue un diputado incluso con menos papeletas. Basta con variar los resultados de algún otro partido y la participación. Por eso, cuando en las elecciones de 2016 se obtuvo un escaño con menor número de votos, he tomado este dato en lugar del de 2019.

Para mayor verosimilitud, no he tenido en cuenta los datos de Gerona, Lérida, Lugo, Orense ni las tres Vascongadas, porque en estas siete provincias habría que multiplicar los resultados de Vox por más de cuatro (en Guipúzcoa por más de diez) para obtener un diputado.

Sumando los resultados de las veintisiete provincias que quedan sin representación de Vox, pero a no tanta distancia del escaño, tenemos que 988.903 votos se han convertido en 27 diputados de unos partidos u otros, uno para cada circunscripción, ya sea en 2019 o 2016. La diferencia con los “votos inútiles” de que habla el artículo de ABC (623.271, descontando los de las siete provincias mencionadas) sería por tanto de 365.632. Un mísero 1,4 % del total de votos válidos que sumado al 10 % de Vox, con esa distribución provincial, lo habrían disparado hasta los 51 diputados en total, alterando por completo los acuerdos parlamentarios para formar gobierno.

Aquí están también los “votos perdidos” en el espacio d’Hondt, que penalizaron al centro-derecha. Tan fantasioso es imaginar, por mucho aparato numérico que se utilice, que hubieran ido a parar a Vox como que los de éste fueran al PP. Y con no menos base aritmética podríamos decir que son los que nos han faltado para conseguir un gobierno decidido a enfrentarse al golpismo separatista, a las feminazis y al ruinoso socialismo.

Esto es solo el principio

Las elecciones  de ayer han demostrado que las encuestas no han fallado tanto como algunos creíamos y sobre todo deseábamos. Al contrario, en lo esencial han acertado: Pedro Sánchez seguirá como presidente del gobierno gracias a una ligera superioridad del bloque de izquierdas y sobre todo a los pactos con los nacionalistas, incluyendo probablemente a los separatistas.

Por mi parte, yo me equivoqué de pleno al predecir una clara victoria de las “tres derechas”. También perdí mi apuesta sobre el resultado de Vox. ¡Suerte que no me jugué nada! En un primer momento, llevado de la euforia, llegué a pronosticar cinco millones de votos y 75 escaños. Luego, revisando mi sencillo método con más frialdad, obtuve un resultado mucho más cercano a la realidad: tres millones de votos y treinta diputados. (Han sido casi 2,7 millones y 24 escaños.) Pero para ser honrados, me negué a creer en esos números mucho más realistas. Yo soñaba con, si no más de setenta, al menos unos cincuenta diputados…

En lo que todo el mundo ha fallado es en prever la dimensión de la hecatombe que sufriría el Partido Popular. Pensemos que aunque el PP hubiera perdido cuarenta diputados, que algo así se veía venir, con los mismos que cosecharon ayer Ciudadanos y Vox, se alcanzaba una mayoría absoluta holgada. Pero es que el partido liderado por Pablo Casado ha dilapidado nada menos que 71 escaños, más de la mitad. Dicho sea de paso, quien creo que debería dimitir no es Casado, que lleva muy poco tiempo, sino Maroto, el director de campaña electoral, fiel a la genial estrategia marianosorayesca de sobrevivir haciéndose el muerto frente a la izquierda y los separatistas.

Pero volviendo a lo que me interesa, a Vox, creo que el discurso que dio anoche Santiago Abascal resume a la perfección la situación, y no se me ocurre nada importante que añadir. “Esto es solo el principio”, ha empezado diciendo el presidente de mi partido, y ha concluido con unas palabras que siempre suele pronunciar nuestro secretario general, Javier ortega: “¡Bienvenidos a la resistencia!” Si hace seis meses, antes de las elecciones de Andalucía, nos hubieran propuesto que Vox obtuviera 24 diputados en el Congreso, creo que la mayoría de simpatizantes y afiliados de este partido hubiéramos firmado sin pensarlo.

Obtener un diez por ciento de votos sin las subvenciones de que disfrutan los demás partidos, siendo excluidos de los debates electorales, siendo demonizados desde la izquierda y la derecha, con todos los grandes medios manipulando y tergiversando nuestras ideas sin el menor escrúpulo, es una gran gesta. Un éxito sin precedentes. Vienen tiempos difíciles, pero existe una luz al final del túnel que se llama Vox.

El voto alegre

Nunca antes en mi vida (que ya supera el medio siglo) había experimentado este sentimiento ante la perspectiva de ir a depositar mi voto en unas elecciones: alegría. He votado siempre por el mal menor; más que a favor de unos, en contra de otros. Pero esta vez es distinto, porque por fin hay un partido que defiende mis ideas y mis principios, al menos en un grado altísimo.

Muchos hablan del voto de miedo. Miedo al “trifachito” o miedo a un “gobierno Frankenstein”, según el pie del que cojee cada cual. El miedo no es necesariamente malo, pues se trata de un mecanismo de defensa que nos impele a evitar el peligro. Pero generalmente, quienes hablan de ese voto miedoso lo hacen como un reproche contra su supuesta irracionalidad.

Si bien se mira, votar es en sí mismo irracional, al menos cuando hablamos de censos electorales de millones de personas. El voto de un individuo tiene una relevancia infinitesimal. Que yo vaya a votar mañana o deje de hacerlo no afectará lo más mínimo al resultado. ¿Por qué sin embargo tanta gente da su papeleta? Una respuesta común es que millones de actos irrelevantes como el nuestro se convierten en un acto relevante. Pero esto no es una verdadera respuesta. Mi voto particular sigue siendo innecesario, mientras no influya en lo que harán los demás.

No sé por qué vota realmente la gente; sólo puedo decir por qué voto yo. Para poder decirme a mí mismo: yo fui uno de los millones que contribuyeron a que las cosas cambiaran a mejor. Mi acto fue insignificante, sin duda, pero al menos no me quedé mirando. Hice algo.

Y esta vez lo haré con alegría, sin miedo. También sin rabia, como cuando voté en las generales de 2004, en contra de quienes se beneficiaron del 11-M y pusieron los cimientos para la dictadura del progresismo. Una dictadura aún en construcción, que todavía no es completa, aunque podría acabar siéndolo, si no reaccionamos.

Pero esta vez, como digo, no hay rabia. Los que trazan un perfil psicológico del votante “cabreado”, siempre en la misma línea de arrogarse el monopolio de la racionalidad, no han entendido nada. Están ciegos ante la corriente de ilusión (una ilusión cargada de razones) que recorre España entera.

Sea cual sea el resultado, la dictadura progresista ya no podrá blindarse, con un partido en el Congreso que no podrá ser ilegalizado, al que no podrán callar, que dará voz a millones de españoles y reabrirá todos los debates cerrados en falso con el sello espurio del “consenso”. Eso, en el peor de los casos. En el mejor, habrá un cambio de Gobierno que permitirá restaurar las libertades lesionadas y corregir los grandes errores de la Transición, sin sacrificar lo esencial de su legado: una España unida y reconciliada, donde no se pretende imponer una ideología oficial que establezca desde el poder quiénes son los buenos y los malos.

Mañana iré a votar con la alegría de quien sabe que, pase lo que pase, ya ha ganado. Porque habrá ganado España.

Llamar comunistas a los comunistas

Una de los muchos detalles que me gustan de los discursos de Santiago Abascal es que llama comunistas a los comunistas, y además con frecuencia. Puede parecer que no tiene mayor importancia, que es algo tautológico, trivial. Pero no. El lenguaje político predominante, tanto en la izquierda como en la derecha “moderada” o del establishment, se caracteriza por la asimetría en el uso de los términos, aparentemente antónimos, fascismo y comunismo.

El fascismo fue derrotado 45 años antes de la caída del Muro de Berlín. Con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, los neofascismos han tenido una existencia puramente grupuscular. Sin embargo, para los medios de comunicación, la gran amenaza para la democracia es siempre, definitoriamente, el fascismo, la ultraderecha o el populismo de derechas, expresiones que emplean de manera prácticamente intercambiable y con total ligereza, aplicándolas a partidos que en algunos casos son incluso antitéticos con el fascismo, como es el caso de Vox, con su defensa de las libertades individuales.

De modo harto dispar, al término comunista se recurre sólo para denominar regímenes desaparecidos como la URSS. Rara vez para referirse a Cuba o Corea del Norte y menos aún a partidos como Podemos o Izquierda Unida. Los propios comunistas, aunque sigan presumiendo de serlo entre sus fieles, no acostumbran a hablar demasiado abiertamente de comunismo ante grandes audiencias. Alberto Garzón, autor de un libro titulado Por qué soy comunista, utiliza un lenguaje muy cercano al de Pablo Iglesias, un neomarxista que se cuida mucho de utilizar el argot de la secta para el gran público.

Incluso la derecha liberal evita hablar de comunistas para referirse a quienes lo son en la actualidad. Llamarlos por su nombre, y advertir contra sus ideas y actividades, se ridiculiza a menudo como “maccarthismo”, como si los millones de muertos que causó el marxismo fueran meras fantasías histéricas.

La razón de esta anomalía es que la ideología progresista, para ser hegemónica, requiere dos condiciones. La primera, ya aludida, consiste en demonizar toda disidencia, asociándola sin escrúpulos a los desastres de la última guerra mundial, al racismo y al Holocausto. La segunda condición es blanquear el comunismo para que las hordas de la extrema izquierda puedan actuar como la “banda de la porra” o la vanguardia del progresismo, como certeramente señala Abascal.

Comunistas y separatistas de extrema izquierda suelen ir de la mano para reventar violentamente manifestaciones y actos políticos de Vox, el Partido Popular y Ciudadanos, contando con unos periodistas escandalosamente indulgentes. Eso cuando no culpan insidiosamente a los mencionados partidos por “provocar”. De esta manera se anima a los extremistas violentos a seguir actuando con casi total impunidad contra las libertades básicas de expresión y reunión.

Si no se atajan estos métodos, nos encaminamos hacia una democracia fallida como la que ya existe en el País Vasco y Cataluña, donde determinadas opciones políticas sufren considerables dificultades para poder manifestarse sin sufrir represalias. Vox es sin duda el partido que advierte más claramente contra esta batasunización. Con razón los progres están inquietos, porque sus bandas de la porra, tanto mediáticas como callejeras, ya no dan miedo: ya se las llama por su nombre.

Posdata a Los nervios de la partidocracia

En las europeas de 2014, Vox obtuvo muchos más votos en Andalucía que en las autonómicas de 2015. Exactamente 32.407. Por tanto, para ser congruentes con el método, el factor multiplicador sería 12. Esto nos da unos tres millones de votos, lo que podría suponer unos 30 diputados. (Ciudadanos en 2016 obtuvo 32 escaños con 3.141.570 votos.) Pero hay muchas razones para suponer que el factor multiplicador será mayor, porque son las primeras elecciones en que Vox ha roto la ley del silencio. En todo caso, 30 diputados sería el suelo de Vox. El techo nadie lo sabe.