El milagro de Mark Wahlberg

Este fin de semana se ha estrenado en España la película “El milagro del Padre Stu”, dirigida por Rosalind Ross, protagonizada por Mark Wahlberg y con Mel Gibson como secundario de lujo. Se trata de una historia de redención basada en la vida real de Stuart Long, un boxeador aficionado, con problemas con la bebida, y herido psicológicamente por la muerte de su hermano, que tras un accidente del que salva la vida milagrosamente (en sentido no del todo figurado) se siente llamado por Dios a convertirse en sacerdote católico. La película es una exhibición interpretativa de Wahlberg en un papel muy propio de él, bravucón de barrio deslenguado y gracioso, que primero se acerca a la Iglesia para conquistar a una chica hispana (Carmen, interpretada por Teresa Ruiz) pero que acaba enredado en lo que Chesterton llamaría “la trampa de la verdad”. La obra puede parecer a primera vista un dramón, pero el sentido del humor que la recorre y la agilidad narrativa que demuestra Ross (socia y pareja de Mel Gibson) en esta ópera prima hace que sus dos horas de metraje fluyan sin fatiga.

Varias críticas coinciden en echar de menos una mayor elaboración de la transformación interior del protagonista, que hasta cierto punto puede parecer inverosímil. En unos pocos fotogramas Stu pasa de refocilarse con su novia a decirle que quiere ser cura, provocando que ella se levante de la mesa de un bar y salga llorando, comprensiblemente, pese a haber sido quien lo atrajo a la fe. Sin embargo, creo que esta transición aparentemente brusca encaja, por un lado, con el carácter atormentado y en incesante autobúsqueda del personaje, que antes había decidido inopinadamente triunfar como actor, tras haberlo intentado con el boxeo. Y por otro lado, permite destacar la acción inexplicable, en términos humanos, de la gracia, concepto clave de la película, que en dos momentos se llega a plasmar de modo sobrenatural. (He dicho dos momentos, aunque solo uno sea explícito: el segundo en el orden narrativo no lo anticiparé aquí.)

Otras críticas señalan, con buena voluntad, que la película puede interesar tanto a espectadores católicos como no católicos. Esto es cierto, pero solo si dentro de los segundos no incluimos a los anticatólicos, obviamente. Algunos críticos de cine no han ocultado su hostilidad hacia una obra en la que participa Mel Gibson, figura apestada de Hollywood, dicen que por su supuesto antisemitismo, sustentado por algún exabrupto de contexto dudoso y sobre todo por su obra maestra “La Pasión de Cristo”, que si es antisemita, también lo será el Evangelio según San Juan. Incluso no ha faltado algún imbécil que ha querido entrever supremacismo blanco en la selección de música country para la banda sonora. No menos sintomático es el caso de Jordi Batlle, crítico de La Vanguardia, cuyos prejuicios anticatólicos le llevan a caer de lleno en la deshonestidad intelectual, precisamente contra una obra que no solo no esquiva dichos prejuicios, sino que los trata de manera notablemente inteligente y desenfadada. Batlle titula su reseña “Una misa de dos horas”, dando a entender que es un rollazo apologético, lo que es sencillamente mentira, y remata su displicente despacho afirmando que en la película hay tanto arte cinematográfico como en una chincheta. ¡Ni que se hubiera sentado en ella! Pues miren, confieso que fue esta reseña la que me decidió ir a ver esa “misa de dos horas”. De lo cual no me arrepentí lo más mínimo, sino todo lo contrario. Moltes gràcies, Jordi.

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