El Gran Tuteo

El pasado 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, la Generalidad catalana me envía un SMS dirigiéndose a mí en los siguientes términos, que traduzco del catalán: “Hola CARLOS. Ya puedes vacunarte con la dosis de refuerzo contra la COVID-19. Si todavía no tienes cita y hora, pide cita en…” Hoy cinco de enero vuelven a enviarme idéntico mensaje, dado que no me he dignado a responder al primero.

Que cinco meses después de haberme inoculado las dos primeras dosis experimentales tengamos que estar así, con “refuerzos” de los que, por cierto, ya nos avisan que su dudosa efectividad durará diez semanas, demuestra claramente que esto no son vacunas. Por decirlo brevemente, esto es una megaestafa de nivel global, mucho peor que las hipotecas subprime que provocaron la crisis del 2008, porque aquí directamente se juega con la salud de millones de personas, para engordar los beneficios de las grandes farmacéuticas.

No se confundan, no soy anticapitalista, ni estoy cuestionando que las empresas privadas y el mercado libre son el menos malo de los sistemas para que haya abundante producción de medicinas, y de cualquier producto, normalmente a los precios más razonables posibles. Pero admitir esto no supone un cheque en blanco para que algunas empresas puedan violar impunemente cualquier código ético, ni mucho menos para que nos obliguen a consumir sus productos.

Los biempensantes de siempre dirán que gracias a las vacunas se ha reducido la mortalidad. ¿Cómo lo saben? ¿Cómo saben que no se habría reducido de todos modos, como ha ocurrido con todas las grandes epidemias de la historia (cuando no existían vacunas), generalmente mucho más letales que este catarro que solo se complica en un pequeño porcentaje de quienes lo contraen?

¿Cómo se puede afirmar que los vacunados, aunque se contagien, no enferman gravemente, cuando hay tantos casos conocidos -imaginen los no conocidos- que contradicen esto; y cuando de todos modos, también la mayoría de no vacunados cursan el covid como un simple resfriado, más o menos molesto, como ocurre con todo resfriado estacional? ¿Cómo se pueden ignorar los numerosos reportes, demasiados para que todos sean falsos, de efectos adversos y muertes repentinas, inusuales en grupos de población joven, como los deportistas profesionales?

Y la pregunta más importante de todas, a mi entender: ¿Cómo diablos puede la gente tener tanto miedo de morirse, pese a la baja letalidad de esta epidemia, para entregar su libertad y atarse a un código QR, sentando un precedente peligrosísimo para las libertades, que lamentaremos por mucho tiempo? ¿O no nos damos cuenta de que China no solo nos ha atacado con el virus biológico sino con el más peligroso de todos, el virus totalitario con el que, en colaboración con las elites globalistas occidentales, confían en encadenarnos a todos, gracias a nuestros miedos?

Si alguien me quiere llamar negacionista, adelante, pero entonces no ha entendido nada. Negar que esta broma pesadísima sean vacunas no es negar las vacunas en general, como negar que Pedro Sánchez sea doctor en economía no es negar la economía. Y negar que la baja letalidad de esta epidemia justifique las violaciones masivas de derechos humanos que se están produciendo en el mundo no es negar que haya una epidemia, como negar que exista el patriarcado opresor fuera de la imaginación de las feminazis no es negar que haya tipejos execrables que maltraten a las mujeres.

Pero yo no quería limitarme a hablar de un tema que ya me tiene totalmente harto. Porque el asunto, evidentemente, se enmarca en un proceso mucho más amplio, al que acabo de aludir al mencionar a las elites globalistas. ¿Saben qué tienen en común el mensaje de la consejería de Salud catalana y algunos que se emiten públicamente en sintonía con la Agenda 2030 de la ONU? “No poseerás nada, pero serás feliz”, predice un conocido vídeo publicado por el Foro de Davos. Pues miren, lo que tienen en común es el tuteo. Nos hablan con esa confianza que se permiten los creadores publicitarios para vendernos todo tipo de mercancías, como si fueran nuestros amigos, o más intolerable aún, nuestros padres.

El “Gran Reinicio” (The Great Reset) a fin de cuentas no se llama así por casualidad, sino que copia el modelo de las grandes tecnológicas, de Apple, Microsoft, Google, que en cada reseteo actualizan en línea nuestros programas y aplicaciones sin consultarnos, sin habernos preguntado antes nuestra opinión, para proporcionarnos una mejor “experiencia”. En lugar de los procedimientos parlamentarios, de los controles judiciales, el modelo que quieren implantar a escala global es el de una “gobernanza” (en su jerga) sobre la que los ciudadanos tendremos tanto control como sobre los consejos de administración del Nasdaq. Ninguno, obviamente. Pero lo que en el sector privado es razonable, porque prima la búsqueda de la productividad sobre otros criterios, no es extrapolable a toda la sociedad, a todas las actividades ni decisiones humanas.

No debemos dejar que las administraciones, ni las grandes corporaciones privadas, ni los periodistas estrellas nos tuteen, nos traten con paternalismo y pretendan asustarnos. Porque no son nuestros padres, ni siquiera unos padres insufriblemente pijoprogres, para que nos digan que nos vacunemos, que no salgamos, que no debemos comer carne, ni ducharnos a diario, ni conducir automóviles de combustión, ni cómo tenemos que hablar o pensar inclusivamente. No tienen derecho alguno; y sus emergencias climáticas, sus crisis de refugiados y sus pandemias no deberían atemorizarnos, sino por el contrario hacernos reír. O lo que viene a ser lo mismo, estimular nuestro espíritu crítico, provocarnos a investigar y pensar por nuestra cuenta. Nunca deberíamos comprar sus miedos, porque sólo sin miedo se puede ser un adulto libre, al que se le habla de usted.

3 comentarios sobre “El Gran Tuteo

  1. Hace décadas que cedemos libertades y responsabilidades a un Estado que como ya advirtió Tocqueville no deja de crecer «vislumbro un poder omnimodo, que nos conducirá desde la cuna a la tumba como eternos adolescentes». ¿Cómo no tratar de tú a tus siervos, o a los menores de edad de cuya tutela te has adueñado?

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  2. Aunque haya que ceder algunas libertades exteriores, sobre todo cuando es necesario para una convivencia apacible, es necesario mantener la libertad exterior para poder conseguir la auténtica libertad, la interior que nos convierte en personas.

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