Las tres enfermedades de la derecha

Las enfermedades de la derecha, como los enemigos del alma según San Juan de la Cruz, son tres: el economicismo, la conspiranoia y el antisemitismo. El primero es el más extendido. Se basa en la idea de que lo importante, lo que realmente mueve el mundo y preocupa a la gente es la economía. Habitualmente se presenta como una forma de liberalismo vulgarizado, según el cual bastaría con abolir los intervencionismos gubernamentales en el mercado para solucionar prácticamente todos los problemas sociales, a corto o largo plazo.

No es difícil darse cuenta de que detrás de esta concepción hay un adanismo o negación de la naturaleza caída del hombre, visión que el economicismo comparte con el progresismo en general. Por eso coincide con el centrismo, la aproximación servil hacia las posiciones morales (o más bien inmorales) de la izquierda, renunciando a todo debate de ideas más allá de la economía, e incluso adoptando en este campo posiciones llamadas socialdemócratas.

Hay una reacción frecuente contra el economicismo que en realidad yerra el tiro: consiste en negar lo bueno del liberalismo (la defensa de la libertad del individuo frente al Estado o la colectividad) y en una especie de nostalgia idealizadora de instituciones precapitalistas. Con ello sin duda nos salimos del liberalismo, pero no del economicismo, que es el verdadero mal.

A fin de cuentas, el economicismo es un materialismo, la negación u olvido de la esencia espiritual del hombre. Y este es también el origen (aunque no lo parezca) de la otra enfermedad o desviación de la derecha: la conspiranoia. Uso este término despectivo con reticencia, pues nació para desacreditar a las informaciones e investigaciones que pusieron en duda la versión oficial sobre los atentados del 11-M, para lo cual hay razones muy serias. Pero el conspiranoico no es el que sostiene la existencia de tal o cual conspiración, referente a un atentado, un magnicidio o acontecimiento similar. La teoría de la conspiración postula la existencia de una conspiración única, universal y, sobre todo, omniexplicativa. Todo lo que sucede, para el conspiranoico, es un indicio, una señal de la conspiración que mueve los hilos del mundo y la historia.

El error del conspiranoico consiste en atribuir sistemáticamente el mal no a voluntades individuales o ideas equivocadas o perversas, sino a fuerzas impersonales o casi impersonales (es decir, en esencia, estructurales, materiales) a veces identificadas con el dinero o el capitalismo, a veces con organizaciones secretas como la masonería o un legendario sanedrín judaico. Esta última puede adquirir un carácter tan obsesivo y monotemático que merece ser tratada aparte, como la tercera enfermedad de la derecha, sobre todo por las atroces consecuencias que tuvo el siglo pasado.

Aunque el odio a los judíos tiene raíces en la Antigüedad (al principio empezó como una persecución contra los cristianos), el antisemitismo contemporáneo nace en la constelación de teorías conspirativas sobre la Revolución francesa, que algunos tempranamente quisieron ver instigada por la masonería, exagerando desmedidamente la parte de verdad que hay en ello. Ello acabó degenerando en elucubraciones puramente fantásticas, en las que aparecían hasta los templarios, y pronto los judíos.

Lo cierto es que los monjes guerreros nunca han podido ser protagonistas de ninguna conspiración, porque, de hecho, ellos fueron víctimas de una, que los destruyó: Urdida por el rey francés Felipe el Hermoso, quien detuvo en 1307 a todos los templarios de Francia en una acción coordinada que prefigura asombrosamente las purgas de Stalin.

En cuanto a los judíos, el proceso que terminó en el Holocausto fue iniciado, antes de la llegada de Hitler al poder, por la policía secreta zarista, al difundir una obra conocida como los Protocolos de los Sabios de Sión, editada e imitada innumerables veces. Era ésta una ficción sumamente grosera sobre un plan secreto de los judíos para dominar el mundo, cuyo origen literario, plagiando numerosos pasajes de una obra de Maurice Joly, está sobradamente demostrado, pese a lo cual sigue impresionando a muchos incautos.

El antisemitismo, como toda conspiranoia, es una recaída en el viejo y persistente gnosticismo que se enfrentó con la Iglesia prácticamente desde su origen. Se trata de la creencia de que existe un conocimiento esotérico (es decir, al alcance de unos pocos iniciados en el secreto) que proporciona una interpretación del mundo maniquea, y eventualmente las claves para dominarlo. El resultado de estas concepciones de tipo mágico, con sus ilusiones de control de la realidad y dominio sobre los demás, es la negación de la doctrina cristiana de redención. Aquí ya no hay gente equivocada, o que hace cosas malas, sino personas a las que hay que combatir, y en última instancia exterminar, por ser lo que son, aunque no hayan hecho nada. Llámense judíos, burgueses o propietarios rurales. Las enfermedades de la derecha, después de todo, no son tan distintas de la izquierda como superficialmente puede parecer.

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