Los infiernos sentimentales

En una suerte de intercambio de papeles, el catolicismo cada vez es más tolerante y abierto, o lo que hoy se entiende por tal, mientras que el progresismo ofrece día a día una faz más amenazadora e intransigente. Los curas del montón, esos que nos encontramos muchos católicos el domingo al ir a misa, ya no hablan casi nunca del Infierno, ni tratan del divorcio, ni suelen condenar el aborto. Más bien quitan hierro a esos temas, se muestran comprensivos e indulgentes hacia las parejas de hecho y los homosexuales, y piden rezar por los inmigrantes y refugiados, sea cual sea su religión.

Por llamativo contraste, el progresismo no cesa de advertirnos, con tono apocalíptico, sobre las amenazas que se ciernen sobre nuestra sociedad: el cambio climático, el avance de la ultraderecha, el machismo, el racismo, al tiempo que endurece sus posiciones, poniendo en el punto de mira a los médicos que objetan contra el aborto, a los provida que tratan de ayudar a las mujeres que van a abortar, a quienes no muestran entusiasmo ante los “otros modelos de familia”, a los que señalan los perjuicios de la inmigración ilegal, etc. El estereotipo del fanático ultracatólico sigue circulando, sigue siendo objeto de volterianas tribunas en el periódico dominical; pero el hecho es que en nuestros días abunda mucho más el fanático ultraprogresista, dispuesto a perseguir a quienes no comparten su seudorreligión, por los medios más expeditivos: censura, ilegalizaciones y tipificación de los llamados “delitos de odio”, sin renunciar a los escraches y actos vandálicos.

Otra cosa es que a veces los católicos tradicionalistas (en sentido amplio, no hablo de los que defienden posiciones preconciliares) entramos al trapo con cierta torpeza. La cuestión principal no es si los divorciados que conviven con una nueva pareja pueden comulgar o no (aunque el catecismo da una respuesta inequívoca), sino qué podemos y debemos hacer como cristianos para que haya menos rupturas matrimoniales, para restaurar la visión cristiana de la vida conyugal. Partir del hecho consumado del divorcio es como mínimo colocarse en una posición de desventaja dialéctica.

Algo análogo sucede en los repetitivos debates sobre el aborto, en los que de buenas a primeras se espeta a los provida que queremos meter en la cárcel a las mujeres que abortan. No habría que tener miedo de decir que quizás a algunas sí, tras ponderar posibles agravantes y eximentes; pero ¿por qué no empezamos hablando de cómo evitar los miles de abortos que se producen todos los meses?

El caso es que catolicismo mayoritario se va volviendo progresista, mientras que el progresismo adquiere un estilo religioso y hasta puritano. ¿Cuál es la causa de esto? Opino que la respuesta se halla en la preponderancia de una mentalidad, tanto entre creyentes como no creyentes, que podemos llamar sentimental. A muchos católicos se les hace cuesta arriba creer en la eternidad de las penas infernales, del mismo modo que la sociedad hoy rechaza la pena de muerte y los castigos físicos. Ambas actitudes tienen el mismo origen.

Sin duda, hay algo innegablemente bueno en la suavización de las costumbres y las leyes, pero esta sensibilidad contraria al sufrimiento no debería terminar eclipsando a la razón. El mayor rechazo al catolicismo no proviene hoy de la racionalidad sino del sentimentalismo. Si no se puede negar la comunión a las parejas adúlteras, porque sería una crueldad pedirles que renuncien a las relaciones íntimas, ¿tiene sentido ningún sacrificio? Al final, oponerse a la eutanasia, frenar la inmigración ilegal, defender que los violadores en serie no salgan nunca de la cárcel, son posiciones percibidas como “crueles” con los enfermos terminales, con los inmigrantes ilegales, con los criminales. Se empieza rechazando el infierno y se termina con inyecciones letales para ancianos, y dejando que los asesinos y violadores campen por las calles. Y es que el sentimentalismo tiene siempre dos caras, una tierna y otra brutal.

Ya lo advirtió nuestro injustamente olvidado Jaime Balmes, en fecha tan temprana como 1843, nada menos: “Este sentimiento muelle se esfuerza en divinizar el goce, busca una excusa a todas las acciones perversas, califica de deslices los delitos, de faltas las caídas más ignominiosas, de extravíos los crímenes, procura desterrar del mundo toda idea severa, ahoga los remordimientos y ofrece al corazón humano un solo ídolo, el placer; una sola regla, el egoísmo.” (Cartas a un escéptico en materia de religión, III.)

El hombre contemporáneo ha dejado de temer al Infierno, al que considera incompatible con la infinita misericordia de Dios, suponiendo que crea en Él. Se olvida, por supuesto, de su Justicia no menos infinita. Pero el lugar del Infierno teológico lo han ocupado con presteza el catastrofismo climático, las pandemias, el fascismo. Todos ellos, si bien se mira, tienen algo en común que los distingue del averno judeocristiano. La salvación de los nuevos infiernos, nacidos del miedo propagado por los medios de comunicación y del sentimentalismo, ya no depende de cada uno de nosotros, ya no nos sitúa como dueños de nuestro irreductible libre albedrío, sino que es una tarea colectiva, gregaria, la cual se utiliza para obligarnos a acatar sin discusión a los poderes terrenales (desde la ONU hasta el más anodino Ayuntamiento). Unos poderes cada vez más inapelables, más minuciosamente normativos; más tiránicos, en fin. Que cada cual juzgue si ganamos algo con el cambio.

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