¿Vamos hacia un totalitarismo blando?

El presidente del gobierno Pedro Sánchez afirmó en la ONU, el pasado 22 de setiembre, que la democracia “está amenazada”. Concretamente señaló a quienes tratan de “excluir o culpar a las minorías vulnerables”, los que “llaman al odio por razones de origen, sexo o creencia” y los que “apelan a muros y fronteras”. Unos meses antes, en un acto electoral, fue mucho más claro, al referirse a “la amenaza extremista de la extrema derecha”, en alusión a unas cartas con balas enviadas al ministro del Interior y al vicepresidente. Unas cartas cuya autoría sigue sin haberse aclarado, y que en el contexto de una campaña electoral huelen a montaje chapucero.

No deja de resultar irónico que quien tanto se inquieta por la democracia presida un gobierno que ha decretado al menos dos Estados de Alarma y un cierre del Congreso inconstitucionales, como así ha fallado el Tribunal Constitucional, gracias a las denuncias interpuestas por Vox, el partido supuestamente ultraderechista, según numerosos políticos y periodistas. Por no hablar de sus socios de gobierno ligados a la dictadura venezolana, y de sus apoyos en partidos filoterroristas y golpistas. Efectivamente, tiene razón Sánchez en que la democracia está amenazada: pero es por su propio gobierno.

Numerosos indicios apoyan la tesis de que las reiterativas llamadas a defenderse de un improbable resurgimiento del fascismo no son más que maniobras de distracción, cuya finalidad es ocultar de dónde procede el verdadero peligro. Aldous Huxley definió el problema en su obra Nueva visita a un mundo feliz (Brave New World Revisited). Pese a haberse escrito unos veinticinco años después de su novela Un mundo feliz, curiosamente este ensayo, en algunos aspectos, ha quedado más desfasado que su obra más famosa. Hijo de su tiempo, Huxley se mostraba en 1958 muy preocupado por la superpoblación, temor que, si bien algunos desinformados siguen alimentando, hoy carece de base empírica. Por el contrario, en gran parte del mundo, y no solo el desarrollado, actualmente nos enfrentamos al problema del envejecimiento demográfico. Sin embargo, el autor británico sí describió algo muy parecido a lo que estamos comprobando en nuestros días:

Las constituciones no serán derogadas y las buenas leyes permanecerán en las colecciones legislativas, pero estas formas liberales servirán únicamente para disfrazar y adornar una sustancia profundamente antiliberal.”

Menos de dos décadas después, esta predicción empezó a verificarse mediante leyes y sentencias judiciales a favor del aborto y la no discriminación, que gradualmente han ido retorciendo el derecho, vaciándolo de su sentido originario. En nombre de la privacidad se ha anulado el derecho a la vida del ser humano en gestación. En nombre de la igualdad, se han restringido las libertades religiosa, de expresión, de educación y de empresa. Y mientras las libertades individuales se ven cada vez más sometidas a criterios colectivistas (corrección política), se “libera” al individuo ofreciéndole el cambio de sexo y la eutanasia.

El técnico jurídico de la Comisión Europea Jakob Cornides teme que la lucha contra la discriminación acabe por transformarse en “un nuevo totalitarismo, en el que todo el poder estaría en manos de las personas e instituciones que se han arrogado el control de las definiciones del término «discriminación» y que, por ello, se verían facultadas para ejercer una nueva forma de gobierno arbitraria. Con la invasión de nuevas leyes, las libertades de los ciudadanos están cada vez más restringidas y sometidas al control de funcionarios especializados en tratamiento igualitario, comisiones de tratamiento igualitario, agencias de derechos fundamentales y otras estructuras burocráticas. Ello se asemeja a la experiencia comunista, que prometió una sociedad sin clases, pero que creó una sociedad de amos de esclavos.” (F. J. Contreras y M. Kluger, eds., ¿Democracia sin religión?, Stella Maris, Barcelona, 2014.)

En lugar de una burda regresión, el peligro para la democracia se halla en los avances hacia una sociedad donde la toma de decisiones se encuentra cada vez más en manos de “expertos” institucionales (en teoría de género, migraciones, climatología, epidemiología o lo que sea), los cuales de facto suplantan la voluntad popular (manipulable, pero no tanto como algunos desearían) y las soberanías nacionales, aunque las formalidades democráticas se sigan observando con aparente pulcritud. La pandemia del coronavirus de Wuhan no ha hecho más que exacerbar el fenómeno. No hace falta imaginar siniestras conspiraciones; con frecuencia, eventos fortuitos tienden a acelerar o intensificar determinadas tendencias históricas. La invisible dictadura científica novelada por Aldous Huxley, hará pronto noventa años, sigue siendo una inquietante advertencia, desde luego mucho más realista que el fantasma de la ultraderecha con el que tratan de amedrentarnos sin descanso.

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