El destino de Occidente

Las reacciones ante el brutal ataque sufrido por Estados Unidos en su territorio, hace hoy veinte años, fueron de dos tipos. Ambos pretendían responder de algún modo a la pregunta ¿Por qué nos odian tanto? Pero mientras unos analizaban el islamismo como una ideología teocrática que en germen ya contenía la posibilidad de una matanza semejante, otros trataban de comprender la rabia de los atacantes como una consecuencia de agravios sufridos en el pasado, o todavía en curso: las Cruzadas, el imperialismo, las desigualdades entre Norte y Sur, etc.

Esta clasificación es una simplificación, naturalmente, pues dentro de cada uno de los dos tipos cabe hacer subdivisiones. Por ejemplo, una explicación muy común, dentro del análisis de islamismo, consiste en señalar que el islam no ha pasado por una Ilustración como la que surgió en la Europa cristiana del siglo XVIII. Esta teoría, aparte de albergar supuestos muy problemáticos sobre la relación entre el cristianismo y la sociedad, parece ignorar esenciales diferencias entre las religiones, lo que lleva a sostener que todas podrían pasar por unas fases similares.

Dejo solo apuntado ese debate. Consideremos ahora el segundo tipo de teorías, las que tienden a culpar a las propias víctimas de los ataques. Aquí básicamente podemos distinguir dos subtipos, aunque suelen presentarse combinados. Por un lado, están quienes explican el 11-S como un episodio más de una espiral de venganzas que habríamos iniciado los cristianos con las Cruzadas. Estos olvidan que fueron los musulmanes quienes empezaron por imponer su religión con la espada desde el siglo VII, en territorios más o menos cristianizados desde época romana. Pero sin remontarse a la Edad Media, muchos acusan a los Estados Unidos de haber fomentado el resentimiento con sus intervenciones militares en Oriente Medio. De nuevo olvidan cosas como que este país tiene entre algunos de sus más firmes aliados a países musulmanes, que apoyó a los muyahidines en Afganistán contra la URSS, que estuvo del lado de los musulmanes kosovares y albaneses en las guerras balcánicas de finales del siglo pasado, etc. En resumen, presentar a la nación norteamericana como un enemigo del islam en bloque es una mentira muy burda.

Luego tenemos las explicaciones que acusan a los Estados Unidos como el país paradigmático del capitalismo, al cual culpan de la pobreza del llamado Tercer Mundo. Ya esta teoría sobre el origen de la desigualdad, obviamente marxista o de matriz marxista, es sumamente discutible. Pero incluso sin entrar en un debate que requeriría alguna extensión, cabe preguntarse por qué fueron precisamente musulmanes, entre cuyos países los hay riquísimos (empezando por la Arabia Saudita de la que procedía el multimillonario Ben Laden) quienes habrían reaccionado atacando los centros financiero y militar de la potencia supuestamente opresora.

Me basta lo dicho para mi propósito de sugerir la debilidad de las teorías autoculpabilizadoras, antiamericanas o anticapitalistas. Pero hay una cuestión que me parece especialmente interesante: ¿Cuál es la causa de la popularidad de estas concepciones, sobre todo entre las personas instruidas? En mi opinión, dejando de lado aspectos emocionales más turbios, hay una razón principal: el marco intelectual general en el que se encuadran, que las hace sugestivamente plausibles. Este marco no es otro que el pensamiento materialista, en gran medida inspirado en Karl Marx, aunque sin duda sea anterior a éste. Según esta concepción, quedarnos en los motivos ideológicos y subjetivos de los terroristas es un análisis idealista y burgués, como se estilaba decir no hace tanto, que no tiene en cuenta las relaciones de poder objetivas.

Ahora bien, establecida tal posición filosófica, no tardan en aparecer las contradicciones. Porque estos mismos que reducen la historia a un sórdido conflicto económico suelen ser los mismos que luego nos advierten contra la islamofobia, y contra muchas otras fobias, a las que pretenden combatir con pedagógicas campañas de sensibilización, visibilización y normalización, a fin de impedir que los ciudadanos se sientan atraídos por prejuicios irracionales, prestos a ser explotados por las fuerzas de la ultraderecha y el populismo. Es decir, son materialistas para explicar los actos terroristas, pero idealistas (que creen en la fuerza de las ideas) para defender lo que consideran justo. Este idealismo ha alcanzado hoy su expresión más extrema con la teoría de género, que considera la identidad sexual como algo completamente independiente de la biología.

Entre una parte de la izquierda intelectual está creciendo un considerable recelo hacia estas tendencias, y más en concreto hacia los discursos identitarios que han postergado como colectivos a emancipar a los pobres y a los trabajadores, sustituyéndolos por las mujeres, los homosexuales, los transexuales y las minorías étnicas. Pero la aporía irresuelta entre lo ideal y lo material se hallaba ya en la propia izquierda decimonónica. Siempre ha estado allí. Si el hombre es un animal más, un organismo surgido por azar de formas de organización molecular menos complejas, ¿qué sentido tiene cualquier lucha por la igualdad, la libertad o la justicia? ¿No son estos principios, acaso, meras entelequias metafísicas, meros epifenómenos neuronales en un mundo regido por leyes causales y amorales?

Como plasmó Arthur Koestler en un memorable pasaje de su novela El cero y el infinito, solo hay dos concepciones éticas posibles: una basada en la persona, como ente espiritual irreductible, y otra en los colectivos, los cuales pueden ser abordados como hace la ingeniería con cualquier otro material o fuerza inanimada. El progresismo intenta conciliar ambas cosmovisiones mediante la retórica de la marcha imparable del progreso, acompañada del “vertedero de la historia”, adonde van quienes se resisten inútilmente a aquél. Pero por la forma en que nos advierte sin descanso de la amenaza del fascismo, no parece tener tanta fe en ese progreso imparable. Más bien se diría que cree en algún tipo de justificación por la fe, o las opiniones, aunque sean en última instancia causalmente irrelevantes.

Como ha señalado Daniel Rodríguez Herrera en un reciente artículo, el progresismo sería a fin de cuentas una desviación del cristianismo protestante. Ahora bien, esta herejía laica y decadente, compuesta de una extraña mezcla de hedonismo nihilista y autoodio, no tiene la menor posibilidad de hacer frente por mucho tiempo a esos otros herejes que destruyeron las Torres Gemelas, capaces de sacrificar su propia vida por sus creencias. Si Occidente no se reencuentra de algún modo en la ética cristiana que le confirió su carácter, deshaciéndose de sus debilitadoras desfiguraciones, es dudoso que pueda ganar la guerra que le fue declarada al empezar este siglo.

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